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I Feel It in My Bones // Priv, Zack Dankworth

Circe A. Masbecth el Sáb Mar 05, 2016 12:28 pm


Mansión Aldridge, afueras de Hogsmeade · Con Zack Dankworth · 22.30 horas · Sábado, 5 de marzo · Nublado, 5ºC

Las indicaciones habían llegado en un sobre lacrado aquella misma mañana y, dado sus aspiraciones, no podía desaprovechar una oportunidad como aquella. Una casa, un objeto y un traidor. Su misión era fácil. Entrar a la casa sin que nadie pudiese saber que había pasado por ahí, hacerse con la pertenencia robada y dejar un mensaje al traidor una vez se hubiese marchado. Un trabajo pulcro y bien hecho del que debía encargarse alguien como ella. O al menos, eso es lo que pensaba que se había considerado a la hora de mandar aquella carta. No pensó que aquella carta tenía su contenido duplicado y que otra exactamente igual había llegado hasta Londres al mismo tiempo que ella abría la suya. De haberlo sabido, hubiese reclinado la propuesta.

Paso el día en la Biblioteca leyendo sobre encantamientos rastreadores y no llegó a ninguna conclusión clara, pues todos precisaban de demasiadas premisas de las que carecía por falta de tiempo. Aquella carta había llegado demasiado tarde, quizá porque la primera opción a quien se le envió la rechazó sin previo aviso apenas unas horas antes del suceso o, quizá no. Jamás lo sabría.

Se puso unos pantalones ajustados de cuero y un jersey amplio de lana gris, unas botas negras sin tacón y recogió su cabello en una larga cola de caballo rubia que contrastaba con el resto de su apariencia. Pintó sus labios de rojo con cuidado tal y como siempre hacía y se acabó de arreglar frente al espejo, echando unas gotas de poción sobre su cabello para que este siguiese de color rubio durante lo que restaba de noche.

No tardó en salir de la Sala Común de Slytherin y pasar de largo por delante de varios de sus compañeros que volvían de Hogsmeade tras un largo día de compras y tiempo libre, aprovechando que el sol estaba brindando más horas de calor de las habituales para aquella época. Circe no habló con ninguno de ellos, simplemente pasó por delante de cada uno de ellos hasta salir por la puerta principal, recorrer las mazmorras y perderse por uno de los caminos secundarios al pueblo para no tener que cruzarse con nadie que pudiese recriminarle que era demasiado tarde para ir a Hogsmeade cuando la hora de cierre de las puertas estaba a apenas una hora por llegar.

Pasó por las callejuelas del pueblo sin cruzarse con ningún rostro conocido e hizo una corta parada en Cabeza de Puerco para ver si, por casualidad, podía toparse con alguno de los Mortífagos a los que conocía. Pero no había ni un alma ni allí ni en ningún lugar, por lo que, tras dos cortos minutos en la estancia, salió rumbo a las afueras.

Una mansión no demasiado amplia y unas verjas que impedían el paso a todo aquel que no contase con el permiso necesario para pasar a través de ellas pero, aquel día, se encontraban abiertas. Circe no comprendía el por qué de aquella tan fácil oportunidad, pero dio por hecho que estaba todo preparado para que no tuviese problemas para colarse a encontrar el objeto robado.

No entró por la puerta principal. Sino que lo hizo por la cocina, pasando por la zona de servicio y subió rápidamente las escalinatas hasta el piso superior escuchando como las voces del piso inferior comenzaban a aumentar de un momento a otro. Había más gente de la esperada en la mansión y ya no había vuelta atrás.

Miró por las escalinatas y vio como la puerta principal se encontraba abierta de par en par en esos momentos y como un grupo numeroso de personas ataviadas con trajes de gala hacían su entrada triunfal a la mansión. Una fiesta. ¿No había otra noche para que le dieran el aviso? No, debían elegir la noche en la cual aquella casa estaría plagada de personas y que no tendría la más mínima oportunidad de toparse con el dueño de la casa para poder interrogarlo amablemente sobre donde estaba lo que había robado a los Mortífagos.

De pronto, pudo ver como dos de los trabajadores de la casa comenzaban a subir al piso superior donde se encontraba. Dejó el pasillo central y, rápidamente, se introdujo en una de las estancias varita en mano por si tenía que utilizarla. Apoyó la espalda contra la puerta y abrió los ojos de par en par al ver una cara conocida frente a ella. – Tú. – Se limitó a decir mirando al chico que tanto conocía. - ¿Qué demonios haces tú aquí?

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Zachary S. Dankworth el Lun Mar 07, 2016 4:25 pm

Me habían ofrecido una misión, y yo no me lo había pensado ni dos segundos antes de aceptarla. Esta vez Abi no iría conmigo, y tenía ganas de hacer algo por mí mismo. Lo único que no me gustaba mucho era que me habían avisado con poquísima antelación, la misión tenía que cumplirse ese mismo día y eso me dejaba casi nada de tiempo para prepararme o idear un plan. Abi solía ser siempre la que se encargaba de los planes para que todo salirse bien y yo iba detrás de ella y me dedicaba a matar gente, pero esta vez tenía que hacerlo todo yo. Me dijeron también que no iba a estar solo, que iba a venir alguien más a cumplir la misión conmigo, pero que yo fuese adelantándome. Podía ir deshaciéndome de los hechizos de protección antes de que llegase la otra persona.

Para cumplir esta misión tenía que colarme en la mansión de los Aldridge, una familia rica pero con la que casi no tenía trato, pues mi padre se llevaba a matar con el patriarca. Lo bueno era que, aunque no tuviésemos mucho trato más allá del debido, les conocía lo suficiente para saber que tenían una hija de mi edad que era tonta de remate. ¿Por qué era eso algo bueno e importante? Porque esa chica tan tonta iba a ser mi ticket de entrada a los terrenos de la mansión.

Yo no podía entrar por mí mismo ni desaparecerme, los hechizos de protección que había alrededor de los terrenos de la mansión eran demasiado fuertes y me lo impedían. Para entrar, cualquier extraño tenía que ser invitado por un Aldridge. Antes de llegar a la mansión me enteré de que el hermano menor de la familia no iba a estar en todo el día allí porque estaba en Hogwarts, y el padre y la madre iban a salir, dejando a la hija tonta sola. En el tiempo en el que tenía que esperar a que los padres se fuesen me desaparecí a un pueblo muggle, donde le robé pelo a un hombre joven cuyo aspecto físico me servía para lo que iba a hacer. Tenía un frasco lleno de poción multijugos que teníamos siempre preparada en mi casa por si la necesitábamos en cualquier momento, y utilicé el pelo de ese tipo para transformarme en él: más alto que yo (parecía casi un gigante ese hombre), cabello rubio, ojos de color miel verdosos. No se parecía en absolutamente nada a mí, y ese era el objetivo. Cuando el señor y la señora Albridge se marcharon de su mansión yo ya estaba listo, y esperé sólo unos minutos antes de acercarme a la verja de los terrenos y llamar al timbre que había allí y que avisaba en la mansión de mi presencia. Fue la hija de ellos la que salió a recibirme.

-Buenas tardes, me envían del Departamento de Control de Criaturas Mágicas- le dije con una encantadora sonrisa.- Parece ser que tenéis una plaga de gnomos que necesita ser atendida con urgencia.

-¿Gnomos? No sabía que teníamos gnomos. Bueno, ¡pasa!- y se lo creyó, la muy tonta.

Podría haberle lanzado una maldición o algo y haberla dejado fuera de juego a partir de entonces, pero decidí dejarla tranquila pues usar la violencia podría traerme algunos problemas. La misión era recuperar un objeto robado de los mortífagos, no matar a los que vivían en la casa. Me tomé un sorbo más de la poción que llevaba en mi frasco para que durase mientras la chica se metía en la mansión y yo me ponía a caminar por el jardín haciendo como que hacia algo. Apenas estuve ahí diez minutos, y me dirigí a la mansión justo al mismo tiempo en el que la chica salía de ella. ¿Me engañaba la vista o se había puesto más escote y colorete?

-Hay una plaga enorme- mentí descaradamente.- Necesito hacer magia para librarme de ellos totalmente, pero los hechizos protectores no me dejan…

-¡Espera, creo que puedo quitarlos!- exclamó ella contentísima, como si eso fuese lo mejor del mundo. Desapareció en el interior de la casa y volvió a salir un tiempo después- ¡Ya está!

Alcé la varita e hice un pequeño conjuro que creó chispas sin que saltasen las alarmas, comprobando así que efectivamente de alguna manera la chica había conseguido quitar los hechizos protectores que había en la casa. Joder, qué tonta…

-¡Rechórcholis, qué tarde es! ¡Tengo que terminar de terminar de prepararme!- exclamó ella alteraba mientras desaparecía en el interior de la casa. No llegué a preguntar para qué se tenía que preparar, pues a mí me venía eso estupendamente, ya que me la había quitado de encima y tendría así la mansión a mi disposición…

…O eso creía. Apenas llevaba un rato en el interior de la mansión y estaba empezando mi búsqueda cuando de repente escuché que entraba gente en la mansión. Mucha gente, entre los que se encontraban los dueños. Iba a haber una fiesta en la puta casa. Maldije por lo bajo en todos los idiomas que sabía y me alejé de las escaleras a toda prisa cuando vi que alguien iba a subir. La primera planta estaba llena de gente, eso parecía la fiesta del siglo. Me cago en la madre de todos los mortífagos, ¿no podrían haberme mandado a hacer esto otro día? Podría haberme desaparecido y haberme olvidado del asunto, pero había aceptado la misión y debía cumplirla, aunque todo esto era un contratiempo. Me escondí en una sala vacía porque no tenía tiempo de esconderme mejor, y preparé mi varita por si acaso. No tenía otro sitio al que ir. Escuché gente caminando por los pasillos y hablando y riendo. Una voz se alzó por encima de todas las demás:

-Cariño, ¿te has dado cuenta de que los hechizos de seguridad no están funcionando?- preguntó la señora Albridge a su marido.

-Habrá sido la niña. ¡Rebekah, te he dicho mil veces que no quites los hechizos sin pedirme permiso antes!- unos instantes después los hechizos de seguridad protegían la mansión y los terrenos de nuevo. No había pasado una hora desde que me había tomado la poción multijugos, pero en cuanto los hechizos de protección volvieron a funcionar uno de ellos debió de anular los efectos de la poción, porque yo volvía a tener mi propio aspecto físico. Todavía no consideraba seguro salir al pasillo, y mucho menos en aquel momento, así que me quedé quieto hasta que de repente la puerta se abrió y alguien entró. Alcé la varita rápidamente por si acaso, pero me quedé helado al ver allí a Circe Masbecth. Ella se sorprendió muchísimo también al verme a mí.

-Jugar al escondite, ¿a ti qué te parece?- repliqué sarcásticamente cuando me preguntó que qué hacía yo allí. Yo no pregunté qué hacía ella allí, pues me quedó claro en apenas dos segundos que ella era la otra persona que me habían avisado que iba a venir. Iba a decir algo más, pero escuché entonces que alguien se estaba acercando a esta sala. Cogí a Circe del brazo y tiré de ella para que se alejase rápidamente de la puerta y salimos de la sala por una puerta que había en el otro extremo de ella y que conducía a un pasillo pequeño. Solté a Circe y cerré la puerta justo a la vez que las otras personas entraban en la sala, y no llegaron a vernos ni a oírnos. Íbamos a tener que tener mucho cuidado.

Nos pusimos a caminar por el pasillo para alejarnos de allí, y miré a nuestro alrededor para asegurarme de que no aparecía nadie más por ahí.- ¿Te han dicho a ti qué mierdas es lo que estamos buscando? A mí solo me dijeron que tenía que recuperar una reliquia, y que me deshiciese de los hechizos protectores para que pudieses entrar- los hechizos volvían a funcionar, pero al menos Circe había entrado. Aunque, dada nuestra historia personal de violencia el uno hacia el otro siempre que estábamos en el mismo sitio, no sabía si hubiese sido mejor que ella se hubiese quedado fuera.

Me fijé entonces en que el cabello de Circe ya había crecido lo suficiente para que unos centímetros de su cabello volviesen a ser rubios, pero solo unos pocos. Sabía que ella ocultaba con pociones y magia lo que Ian y yo le habíamos hecho a su cabello, pero los hechizos que habían anulado los efectos de la poción multijugos que yo me había tomado debían de haber hecho lo mismo con su pelo, porque salvo esos pocos centímetros todo lo demás estaba de color negro azabache. Al ver su pelo y recordar lo que había hecho estuve a punto de reírme, pero me contuve. Este no era el lugar ni el momento ideal para discutir.
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Circe A. Masbecth el Mar Mar 08, 2016 6:23 pm

De todas las personas que había en el mundo, un grupo reducido pertenecía a los Mortífagos. Pero ese propio grupo era amplio en sí. Tenía infinidad de miembros y futuros miembros. Había desde magos de gran talento y con años de experiencia a sus espaldas al más joven de ellos que apenas sabía conjurar un par de encantamientos. Los había agradables y los había con un palo metido por el culo cual profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Los había altos y también bajitos. Los había hombres y mujeres. Los había quienes eran padres y madres mientras que otros no tenían una familia. Los había con grandes mansiones donde pasar la noche  y otros que no tenían ni donde caerse muertos. Los había… Los había por malditos centenares pero la mala suerte había querido que fuese precisamente él quien se cruzase en su camino aquella noche.

Su rostro se tornó a una mueca fruto del asco y la rabia. No le soportaba. Era la persona que más odiaba del maldito mundo y es que, por muy mal carácter y fama que pudiese tener la menor de los Masbecth, no odiaba a nadie en absoluto. No consideraba que nadie tuviese la importancia suficiente en su vida como para ser merecedor de su odio. Nadie salvo  Zack Dankworth.

Durante sus seis años en Hogwarts había soportado a aquel chico más de la cuenta. Habían tenido discusiones acaloradas, se habían tirado literalmente de los pelos y habían llegado a las manos en todo ámbito posible. Les había pasado de todo. E incluso Circe había pensado que podría llegar a soportarlo tras guardar bajo llave uno de los más graves secretos del chico como fue su primer asesinato. Había pensado que era posible seguir adelante ignorando su mera existencia y lo había conseguido durante un par de meses. Un par de meses que se tornaron de lo más agradable fingiendo que no existía el otro, fingiendo que no se conocían y dejando de lado su estúpido tira y afloja.

Y las cosas habrían sido maravillosas si todo hubiese ido según lo planeado pero, a pocos días de final de curso, tuvieron que cruzarse. Circe consideraba aquel encuentro como lo peor que le había pasado en sus seis años en Hogwarts y, a día de hoy, lo consideraba como la mayor catástrofe que había vivido hasta el momento. Pues, toda persona que conozca mínimamente a Circe Masbecth sabe de sobra que se antepone a sí misma por encima de los demás.

Ese fatídico evento había sucedido meses atrás en el baño de los prefectos y, contrariamente a lo esperado entre dos Slytherin con cierta tensión sexual entre ambos, no habían pasado a lo físico. Al menos, no a lo físico que se esperaría entre dos personas que ya han tenido más de un encuentro tras insultos y faltas de respeto.

A causa de un filtro, poción, brebaje o lo que diablos fuese aquello, habían intercambiado sus cuerpos y, si las cosas no hubiesen pasado de ahí, no hubiese sido un problema. Pero sí pasaron de ahí. Pasaron a vengarse el uno del otro por lo mal que se habían llevado durante los años previos y, la venganza de Zack fue utilizar el cabello de Circe como si de un lienzo se tratase. Un lienzo al que pintar con tinte permanente que, por suerte, podía ocultarse con una dosis de poción diaria sobre este.

Por esa razón, le odiaba. No porque hubiese intentado matarla y casi lo hubiese logrado. No por sus insultos y sus faltas de respeto constantes. No. Sino porque se había atrevido a tocar su pelo. - ¿No eres ya mayorcito para esas cosas? – Enarcó una ceja clavando los ojos en el chico y deseando sacar su varita y lanzar cualquier hechizo contra este. En aquel momento no le importaba en absoluto hacer ruido o ser descubiertos. Lo único que quería era golpear a Zack y hacerle sufrir de todas las maneras humanamente conocidas y, con suerte, conocer otras nuevas. – Aunque, claro, lo de tener un padre más interesado en meterse en las bragas de tus amigas y una madre ausente tenía que pasar factura. – Dijo con tono divertido con intención de salir de allí tras sus palabras.

No quería soportar la existencia de Zack. No quería respirar el mismo oxígeno que él y no quería seguir viendo aquel rostro durante más tiempo. Pero antes de poder hacerlo algo sonó al otro lado de la puerta.

Notó el brazo de Zack sobre el suyo propio y la fuerza de este hizo que terminasen en un pequeño pasillo alejado del resto de la fiesta que estaba teniendo lugar en la casa. Se pasó la mano por la zona que Zack había tocado sin abandonar la mueca de asco en su rostro. Sacudió su brazo intentando quitar los gérmenes que podía haberle pasado con solo tocarla y elevó el mentón con superioridad.

Se adelantó al chico sin saber hacia dónde iban o que tenían que buscar. No quería ir a su lado y mucho menos tras este pudiendo verle. Además, ella siempre tenía la necesidad de ir por encima de los demás y, cuando se trataba de Zack, esa necesidad era mucho mayor. - ¿A ti no te lo han dicho? – Preguntó denotando cierto sarcasmo hacia el chico como si ella sí supiese lo que andaban buscando y quisiese demostrar que estaba, una vez más, por encima.

Avanzó un par de pasos e intentó abrir una puerta a su paso, pero obviamente esta estaba cerrada. Sacó la varita e intentó abrirla sin resultado alguno. – Creo que la mitad de lo que tenías que hacer no lo has hecho. Ya en la universidad y sigues tan inútil como un niño de séptimo que mata a un Hufflepuff por error en el bosque. – Dibujó una irónica sonrisa de oreja a oreja quitándose una horquilla del pelo y soltando un par de mechones de este. Abrió la horquilla acabando con su utilidad real y la introdujo por interior de la cerradura hasta escuchar un “click” que indicó que había logrado abrirla. A fin de cuentas, aprender trucos muggles gracias a Odiseo iba a terminar por servir para algo. - ¿Y qué? ¿Ya te has echado una novia nueva que soporte tu violencia y tus cambios de humor o sigues dándole a la mano? – Inquirió la rubia recolocándose la horquilla en el cabello inconsciente de que este ya no era rubio, sino que la parte de abajo se había tornado a un tono más oscuro debido a los restos de tinte que aún quedaban en él. No era el negro total que había sido en un principio, pero sí que se diferenciaba notablemente del resto de su cabello.
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Zachary S. Dankworth el Lun Mar 14, 2016 9:43 pm

Circe, tan encantadora como siempre… Lo mejor era ignorarla, porque siempre que estoy en el mismo sitio que ella ocurrían dos cosas: o nos arrancábamos la ropa y destrozábamos los muebles, o destrozábamos los muebles usándolos como armas el uno contra el otro en intentos desesperados de asesinato. Lo primero estaba cien por ciento descartado en esta situación, y prefería evitar lo segundo y dejarlo para un momento y un lugar en el que si nos pillaban intentando matarnos el uno al otro no nos arrestasen por ello. Sus palabras me entraron por un oído y me salieron por el otro, y solo la hablé después de que saliésemos de esa sala y nos librásemos por los pelos de ser descubiertos.

Le pregunté si sabía ella qué objeto estábamos buscando en concreto, pues yo no había recibido información muy específica. Nunca era específica en realidad, pues recordaba una misión a la que había ido con Abi y lo único que habían dicho era que había gente secuestrada y que les salvásemos. Ni qué gente, ni de dónde coño teníamos que sacarles, ni nada, eso lo dejaban todo a manos de los que mandaban a ensuciarse las manos, y lo mismo ocurría en esta ocasión. Cuando escuché la contestación de Circe la miré con expresión neutra.

-Vamos, que no tienes ni puta idea- dije, interpretando su sonrisa y su tono sarcástico como una manera de evadir el decirlo directamente. Resoplé y miré alrededor del pasillo en el que estábamos. Nos habían mandado a por una reliquia robada, así que deduje que no era muy grande, puede que incluso fuese pequeñísima, algo así como una joya, y por eso nos habían enviado solo a dos personas en vez de a más. Una persona podría, pero siempre era más seguro enviar a dos. Debía de estar en una caja fuerte, pero no creo que la hubiesen guardado en una caja fuerte normal, tenía que estar en algún lugar muy protegido de la casa, pues era una reliquia robada de los mortífagos. Debía de ser muy importante para que se hubiesen tomado la molestia de robarla de los mortífagos, y que éstos ahora la quisiesen de vuelta.

“Paciencia, Señor, paciencia…” supliqué mientras respiraba profundamente cuando Circe volvió a hablarme mientras habría la puerta cerrada a lo muggle.

-He conseguido que entres en la mansión, ¿no? Pues entonces he hecho lo que tenía que hacer, aunque debería haberte dejado fuera. Al menos en mi caso no han tenido que mandar a alguien a que viniese antes que yo y quitase los hechizos protectores para que pudiese pasar, se ve que consideran que la inútil es otra- le dije, devolviéndole la misma sonrisa que ella me estaba dedicando a mí. No, era imposible tener la fiesta completamente en paz con Circe, el día que aquello ocurriese sería el Apocalipsis y el Caos reinaría en el universo. Esperé a que Circe terminase de abrir la puerta con la horquilla, pues sabía que aquel método llevaba su tiempo, y cuando lo hizo alcé la varita para estar preparado por si nos encontrábamos algo indeseado al otro lado de la puerta. Iba a abrir para cruzar al otro lado, pero Circe volvió a hablarme y me detuve a escucharla. Reí por lo bajo.

-No, mi violencia y mis cambios de humor son exclusivos para una persona- contesté antes de guiñarle un ojo a ella.- ¿Y tú a quién le tiras mesas a la cabeza este año?

Debía de haber mucha paz en la Sala Común de Slytherin ahora que no la compartíamos los dos. Yo solo había conocido esa paz en mi primer año, cuando ella todavía no estaba, y ahora volvía a tener esa paz en la universidad.

Abrimos la puerta y pasamos a la sala que había al otro lado y entonces nos dimos casi de bruces con una mujer que estaba allí y que dio un respingo al vernos y tiró una bandeja con pastelitos que llevaba en las manos. Estaba vestida de manera muy extraña, como una sirvienta del siglo XVII. El tema de la fiesta debían de ser disfraces e iban vestidos todos con trajes de ese siglo… y nosotros éramos los únicos en toda la mansión con ropas normales. La sirvienta (probablemente una squib) se quedó perpleja al vernos, pero reaccionó antes que nosotros.

-No sois invitados de la fiesta…- dijo, más para ella misma que para dirigirse a nosotros. Miré a Circe, y entonces la sirvienta se dio a la vuelta para darse a la fuga y avisar a sus empleados de que había intrusos en la mansión. No le dio tiempo, pues agarré un candelabro de una mesa que había al lado de nosotros y se lo estampé sin miramientos en la cabeza. La chica se desplomó en el suelo y me agaché a su lado y le puse los dedos primero en el cuello y luego en la garganta, y no encontré pulso. No había sangre, pero estaba muerta.

La agarré sin decir nada y la llevé hacia un sofá que había en esa sala (¿cuántas salas de este estilo nos íbamos a encontrar?), donde levanté la tela que cubría la parte de abajo y descubrí que esa tela ocultaba un hueco entre el sofá y el suelo que era más que suficiente para que el cadáver de la chica cupiese en él y nadie la encontrase.

-Si nos vuelven a ver van a saber inmediatamente que nos hemos colado por la ropa. Cámbiate y ponte la de ella, si alguien te ve disimularás muchísimo más- le dije a Circe, sin esconder todavía a la chica bajo el sofá. Siempre era mejor estar preparados para cualquier situación.
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Circe A. Masbecth el Jue Mar 17, 2016 10:18 pm

No, no tenía ni la más remota idea de cuál era el objeto que andaban buscando y es que la sede Mortífaga no se caracterizaba precisamente por la claridad de sus mensajes o por la capacidad de dar toda la información pertinente. Ellos eran más de mandarte una lechuza a pocas horas de la cita acordada y poner cuál era el lugar de encuentro. En ocasiones tenían incluso la molestía de añadir que la misión sería conjunta y, en raros casos, te hablaban sobre quién sería la persona encargada de acompañarte. En otras ocasiones podían ser incluso más amables de lo habitual y añadir una breve reseña de cuál era la tarea a completar. Pero nada de ser claros con lo que había que hacer, no, no, eso nunca. Como mucho un resumen tan resumido de lo que se debía hacer que tan sólo quedaba claro que era una misión a favor de la causa mortífaga. ¿Coherencia? Ninguna. Circe estaba segura que si los Mortífagos fallaban en sus misiones era en un noventa por ciento de los casos por culpa de un malentendido por la informacion y, en el otro porcenjate, por ir de seres superiores imposibles de vencer. Porque lo que era ego, precisamente no faltaba en aquel bando.

No le dijo nada a Zack ante su afirmación. ¿Él que cojones sabía sobre ella? Nada. Pero tenía la mala costumbre de ir de sabelotodo por el mundo como si alguien pudiese importarle lo que salía por ese agujero que algunos se esforzaban en llamar boca y no "agujero de mierda que Zack usa para decir aún más mierda". Efectivamente, el odio de Circe hacia Zack podía olerse a kilómetros a la redonda. Y es que Circerara vez se tomaba el esfuerzo de odiar a alguien y darle tal importancia pero Zack... Se haría Auror en ese preciso instante si le aseguraban que despegaría la cabeza de Zack del resto de su cuerpo.

A ojos de Circe, Zack era la perfecta representación gráfica de lo que sucede cuando tienes un padre capullo que no te hace caso porque prefiere acosar mujeres y una madre muerta. Sí, lo mejor para Zack hubiese sido acabar en una casa de acogida donde seguro hubiese eecibido más cariño que en su casa. - Tú eres tonto, ¿No? - Preguntó retóricamente sin esperar respuesta alguna al tiempo que clavaba sus ojos de tal forma en los de Zack que si las miradas matasen, Zack tendría un agujero en el craneo que lo atravesaría de un lado al otro y se podría ver perfectamente la pared a su espalda a traves del agujero. - He entrado sin magia. Hay algo llamado puerta que la gente suele usar para entrar y salir de las casas. Incluso los muggles tienen unas. Fascinante, ¿No crees? - La ironía irradiaba por todas las palabras que la chica dejó escapar entre sus labios con total tranquilidad. - Incluso hay casas que tienen varias puertas y la gente puede entrar por la que le sea más cómodo, ¿No es sorprendente? - Enarcó una ceja y negó con la cabeza. - ¿No has pensado que a lo mejor deshacerte de esos hechizos protectores era para que pudiésemos salir de aquí lo antes posible y nos fuese más fácil encontrar lo que buscamos? - Ella no había tenido problema alguno para entrar. Las puertas estaban ya abiertas para los invitados cuando había llegado, por lo que dudaba mucho que la misión previa de Zack tuviese como fin permitirle a ella el paso.

La relación entre ambos era complicada por utilizar la palabra más agradable posible. Pues si echaban la vista atrás lo que tenían encima era un enorme cubo lleno de mierda en la que ambos estaban metidos hasta las rodillas. - Que suerte la mía. - Ironizó sin darle importancia. Había coincidido suficiente con Zack para saber que eso era cierto que al parecer ella era de esas pocas personas que lograban sacar de quicio al ex-Slytherin. - A nadie. Mi vida es tranquila y feliz desde que no tengo que verte la cara casi a diario. Y no lo digo precisamente porque mejorarías si te lanzasen ácido a la cara, sino porque tu simple presencia me provoca nauseas. - No era cierto. Al menos, no la primera parte. Su vida no era ni tranquila ni felz últimamente, pero él no tenía nada que ver en ello. Todo era culpa del subnormal de Derek por desaparecer sin previo aviso y haberla engañado durante tanto tiempo, viendo a la rubia únicamente como un juguete inocente con el que jugar. Y es que el antiguo profesor se había comportado como un niño que sólo quiere su juguete cuando alguien más juega con él pero mientras tanto sólo se aprovecha de la incapacidad del juguete para ver lo que pasa.

No tuvieron mucho más tiempo para seguir insultándose el uno al otro, pues de una de las puertas salió una mujer que se sorprendió al verles. La mujer no tuvo tiempo para dar la voz de alarma pues rápidamente recibió un golpe de lleno en la cabeza. Circe miró el cuerpo de la mujer desplomarse hasta el suelo tras aquel golpe seco y no dijo nada en absoluto. Devolvió la vista a Zack y luego nuevamente a la mujer cuyo alrededor comenzaba a estar rodeadobpor una capa de sangee bastante llamativa. Puso los ojos en blanco y clavó su mirada en Zack. - No. - Dijo secamente sin pararse en pensar, pues ella no era de esas personas que primero se tomaban unos segundos para pensar cuál era la mejor de las opciones. - Estás loco si piensas que voy a ponerme la ropa de una muerta. ¿Es que ahora tus fantasías son con sirvientas? No cuentes conmigo para una de ellas. - Avanzó pasando con cuidado por encima del cuerpo de la mujer intentando no pisarla y abrió levemente la puerta por la que había entrado.

Miró y comprobó que era una amplia estancia que comunicaba varias habitaciones, por lo que era el lugar idóneo para elegir qué habitación registrarían primero. - Si alguien hubiese hecho bien su trabajo podríamos deshacernos del cuerpo, ponernos ropa para disimular que no somos parte de la fiesta e incluso encontrar ese puto objeto antes. Pero no, ese alguien no es capaz ni de hacer bien la única tarea que se le encarga. La única. Y no es capaz. - Repitió aquello último y cerró la puerta a sus espaldas. - Dado que no funcionan las varitas, ¿Tienes alguna brillante idea de cómo encontrarlo o pretendes darme un golpe en la cabeza para que nadie pueda saber que eres incapaz de hacer las cosas bien? - Elevó una ceja que acompaño con su tono de voz, el cual retaba claramente a Zack. Pues así era Circe. El tipo de persona de palabras ácidas y sin ningún tipo de tapujo a la hora de decir las cosas. Especialmente cuando podía insultar a alguien con ellas.

- Empecemos por esta habitación, supongo que cuando lo veamos sabremos qué es. - Los objetos con cualidades mágicas tenían esa característica común, y es que cuando los veías ese aura diferente al resto destacaba casi sin necesidad de entablar contacto físico con ellos. - Y del cadáver te encargas tú. Ya tuve suficiente ayudándote una vez a deshacerte de un cuerpo y te aseguro que no se repetirá. - Y dicho esto, se volteó y comenzó a buscar en los estantes rastro alguno de aquella peculiar magia.
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Circe A. MasbecthUniversitarios

Zachary S. Dankworth el Sáb Mar 26, 2016 10:43 pm

No llevábamos ni diez minutos juntos dentro de la casa porque a algún listillo se le había ocurrido que ponernos a nosotros dos juntos para llevar a cabo una misión era una buena idea, y ya tenía ganas de cogerla del pescuezo y estrangularla. Todo el estrés del que me había liberado en meses de no tener que verla ni una sola vez estaba volviendo a mí de golpe.

-La puta puerta antes no podía cruzarse sin la invitación de un miembro de la familia, es muy común que este tipo de casas tengan ese tipo de hechizos protectores para que no entre nadie por sorpresa- mascullé entre dientes, explicándole a aquella insoportable espina que me amargaba la existencia por qué había podido entrar usando una puerta como si fuese tan normal.- La chica pensó que era otra persona, pero la poción multijugos ya no funciona. Ahora los hechizos protectores vuelven a funcionar, pero en cuanto tengamos lo que hemos venido a buscar salimos corriendo a toda ostia y en cuanto estemos fuera del jardín podremos marcharnos, nada nos impide salir de aquí, solo entrar y ese ya no es nuestro problema.

No iba a discutir más ese tema con ella, daba igual lo que cada uno hubiese tenido que hacer o no al principio. Lo que importaba era que nos habían enviado a recuperar la reliquia robada y parece que nos estaban poniendo a prueba puteándonos sin habernos dicho qué mierdas era lo que estábamos buscando. ¿Habrían sabido los mortífagos que esta fiesta se iba a celebrar? Probablemente, y les pareció buena idea putearnos todavía más para ver qué tal trabajábamos bajo presión. Puedo trabajar bajo presión, pero añadir a Circe a todo el asunto era demasiado.

Desde que yo no estaba en Hogwarts yo no era violento ni agresivo con nadie, pues nadie me sacaba de quicio como Circe lo hacía. Admito que a veces echaba de menos nuestras estúpidas discusiones, pero esas veces eran muy pocas. Escuché lo que me dijo Circe, y por mucho que sus palabras dijesen que todo le iba estupendamente había algo en su voz y sus gestos que decían que podía ser que no todo eso fuese verdad.- ¿En serio? Pues suenas un poco tensa para tener una vida tan tranquila y feliz.

Nuestros primeros diez minutos en aquella casa ya se habían cobrado su primera víctima, y ahora la simple sirvienta yacía muerta en el suelo sin haber tenido más culpa que estar trabajando en aquel lugar. Puse los ojos en blanco cuando Circe se negó a vestirse como ella para poder pasar más desapercibidos por la casa en caso de que alguien volviese a vernos.- Este no es el mejor momento para andar de diva escrupulosa, Circe.

Hice oídos a la mayor parte de lo que me dijo después, aunque una gran sonrisa se dibujó en mi rostro cuando me preguntó si a ella también la iba a golpear en la cabeza, y me la imaginé tendida en el suelo desnucada como la sirvienta. Qué imagen tan bonita.- Ganas no me faltan, en verdad.

No necesitaba su ayuda para esconder el cadáver de la joven. El hueco entre el suelo y el sofá era suficientemente grande para dejarla ahí metida y la tela del sofá la ocultó perfectamente.- A veces me arrepiento de haberte quitado las acromántulas de encima- mascullé entre dientes cuando ella recordó la vez en la que me había ayudado con el cadáver del crío Hufflepuff en el Bosque Prohibido.

Seguí a Circe hacia el interior de una sala de la casa que no tenía nada en especial. Parecía simplemente una sala más como la anterior en la que habíamos estado, y no había nada en ella que llamase mi atención. Decidí dejar que Circe buscase por ahí por si acaso encontraba algo mientras que yo me metía en otra de las salas a las que se podía acceder desde la sala con muchas puertas. La primera sala a la que me metí era igual que las otras, pero la segunda era distinta. Era como una exposición en un museo, en la que había muchas vitrinas de cristal con objetos de todo tipo dentro. Las vitrinas estaban rodeadas por un levísimo halo de tonalidad violeta muy suave. Aquella debía de ser la única magia que funcionaba en la casa por motivos de seguridad. Volví a la sala en la que se había quedado Circe para conducirla a la otra.

-Ven, he encontrado algo- le dije para que me siguiese a la otra sala, y fuimos allí.

Dentro de las vitrinas había de todo: joyas, varitas, copas, libros, y otros diversos objetos. Debían ser muy importantes para la familia que vivía aquí si los tenían tan protegidos.

-Así que son coleccionistas, por eso han robado la reliquia de los mortífagos… ¿pero cuál de estas será?- pregunté mientras me paseaba entre las vitrinas observando todos los objetos. ¿Qué esperaban los mortífagos, que agarrásemos todas y nos largásemos con todo metido en un saco como ladrones de cómic?

Estaba a punto de preguntarle a Circe si alguno de estos objetos le parecía especialmente oscuro, pero no llegué a hacerlo pues en ese preciso momento escuché que se acercaban pasos a la puerta del otro extremo de la sala, una puerta que no era por la que habíamos entrado nosotros. ¡Joder, están por todas partes a punto de pillarnos todo el tiempo! No nos iba a dar tiempo a escaparnos de la sala como habíamos hecho la vez anterior, así que casi sin pensarlo abrí la puerta del armario que estaba justo al lado de nosotros y empujé a Circe dentro.

-¡Ssshhh!- a advertí de que no hiciese ruido mientras me metía yo en el armario con ella y cerraba la puerta justo cuando varias personas entraron en la sala. El espacio dentro del armario era muy pequeño y claustrofóbico, y Circe y yo estábamos bastante apretados e incómodos.

-Veo que has agradado tu colección, Anthony- dijo una voz masculina en la sala que pudimos escuchar perfectamente desde el interior del armario.

-¡Oh, sí! Sí, es una reliquia muy valiosa… Conseguí información de que unos mortífagos lo habían robado, y conseguí sorprenderlos mientras lo transportaban a un lugar más seguro y se lo quité a ellos. ¡Idiotas!- dijo otro hombre, el dueño de la casa, y entonces soltó una sonora carcajada.- Y ahora es mío… Es excepcionalmente antiguo, y contiene todos los secretos de magia tremendamente oscura, ¡pero muy poderosa! Y sobre todo, ya casi completamente olvidada. Cielos, hasta el mismísimo Merlín habría matado por hacerse con este libro. Además, aunque sea magia oscura lo que contiene, usada de la manera correcta podría servir también para el bien. Lástima que cada vez que alguien intenta abrirlo sin la contraseña correcta la maldición que lo protege carboniza al desdichado. ¡Pero ya estamos trabajando el resolver ese problema!

-¿Y no temes que tu hija lo abra sin querer y ocurra una desgracia?

-¡No, amigo mío!- el señor Aldridge rió de nuevo muy satisfecho consigo mismo.- ¿Ves esta protección mágica? ¡Quien quiera poner sus manos sobre este libro tendrá que pasar antes por encima de mi cadáver!

Desde el interior del armario sonreí de manera siniestra. Aquel idiota nos acababa de dar toda la información que necesitábamos.

“Eso está hecho,” pensé. Escuché entonces pasos que indicaban que alguien se había marchado de la sala, pero todavía quedaba alguien en ella (más de dos personas) pues se escuchaban cuchicheos mientras admiraban la colección de reliquias de la familia Aldridge.
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Zachary S. DankworthUniversitarios

Circe A. Masbecth el Dom Abr 03, 2016 2:56 pm

Los Mortífagos no tenían muchas luces al parecer a la hora de realizar misiones conjuntas. Pues a nadie en su sano juicio se le ocurriría la brillante idea de mandar a aquellos dos a una misma misión sabiendo la relación existente entre ambos. Nunca se habían llevado bien y era evidente que con el paso de los años su relación no había mejorado sino que había empeorado. No se soportaban y no se podían ni ver, ¿Qué razón había entonces para juntarles cuando eso suponía que se empeoraría el resultado final?

- Pues menudo hechizo protector de mierda tienen. – Dijo la rubia con total naturalidad. Vamos a ver, que no estaba funcionando en aquel momento y supuestamente se había vuelto a activar. Ambos estaban ahí tranquilamente cuando ninguno había sido invitado a la celebración, no era como si alguna fuerza invisible les obligase a salir de allí para cumplir con el hechizo de protección.

No dijo nada más respecto al tema. Podía discutirle que era imbécil o que sí había recibido invitación aunque fuese mentira, pero no tenía ni ganas de hablar con él. Consideraba que todo tiempo gastado en hablar con él era una pérdida de tiempo. Los años anteriores había usado a Zack como entretenimiento cuando se aburría. Como una forma de diversión mediante la humillación pública o privada tanto verbal como física. Pero ya no. Ya no soportaba su mísera existencia y realmente le odiaba. No quería ni compartir el oxígeno con él aunque fuese una obligación. Se sentía incómoda, se sentía con ganas de sacar la varita y clavársela en un ojo, directamente. No quería ni pensar un hechizo con el que atacarle, no. Lo único que quería era no tener que soportar su  mísera existencia ni por un segundo más.

- Es lógico estar tenso cuando tengo que soportarte. Ha sido un año de lo más tranquilo pero no podía ser feliz del todo, tenías que volver a aparecer tú para ponerme de mala hostia, ¿Verdad? – Enarcó una ceja y clavó su vista en el castaño con cara de pocos amigos. – Sigues siendo el mismo gilipollas que eras cuando decidiste que era gracioso teñirme el pelo por una puta rabieta de niño mimado que eres, así que cierra la puta boca si no quieres acabar la misión encerrado en un armario y petrificado para que te encuentren como regalo de lo que diablos estén celebrando en esta fiesta. – Añadió de manera agresiva. Y es que Circe no sabía ni lo que eran los modales ni pensaba intentar saber lo que eran. No era dada a comportarse cómo se esperaba para alguien de su posición y sus palabras podían ser las más crueles que llegasen a oírse, del mismo modo que su vocabulario rompía de lleno con su apariencia de chica frágil e inocente.

- Sigue soñando, Zachary. – No pensaba ponerse la ropa de un muerto. Quizá no era el mejor momento para andar de diva escrupulosa, pero no iba a ponerse la ropa de un muerto ni ahora ni nunca. ¿Pero qué se creía aquel subnormal que era para ponerse esa ropa? No era por ser un disfraz sacado del armario de una sirvienta, sino por llevarlo puesto un puñetero cadáver.

Apretó los puños clavando sus propias uñas sobre la palma de sus manos y dibujó una amplia sonrisa cargada de ironía por todas las partes por donde era posible. – A veces me arrepiento de haberte ayudado a deshacerte del cadáver en lugar de ir avisar a Dirección para que pasases el resto de tu miserable vida encerrado en Azkaban. – Dijo imitando el tono de voz del chico. Por Merlín, no iba a ganar un duelo verbal ni en sus mejores sueños.

Se alejó de Zack en cuanto tuvo ocasión y comenzó a inspeccionar los objetos allí presentes esperando encontrar un rastro de magia en alguno de ellos. Pero no dio con nada. Cogió un libro que resultó ser un diario y comenzó a leer la serie de problemas matrimoniales existentes entre los dueños de la casa, incluida una breve reflexión sobre la creencia de la mujer sobre la amante de su marido, así como la descripción detallada de la receta de flan de huevo que le había dejado en herencia su abuela antes de morir, sintiéndose de tal modo orgullosa por ser la única en conocer tal receta.

Una vez la voz de Zack volvió a aparecer, no pudo evitar rodar los ojos decepcionada porque no se hubiese caído por unas escaleras y abierto la estúpida cabeza carente de cerebro que se erguía sobre sus hombros. Siguió al chico sin cruzar palabra alguna y se cruzó de brazos sobre su regazo mirando la colección de objetos curiosos que Zack había encontrado. - ¿Esperas que sepa la respuesta o simplemente haces una pregunta retórica al aire para parecer que eres interesante y no un despojo humano como es evidente que eres? – Preguntó haciendo otra pregunta retórica en dirección al chico. Pero vamos a ver, ¿Para qué haces semejante pregunta en voz alta? ¿Para hacerte el interesante? ¿Para parecer que tienes cerebro? No Zack, es evidente que no tienes, no empeores las cosas.

La rubia pasó entre las vitrinas mirando los objetos allí presentes sin saber muy bien qué era exactamente lo que estaba buscando cuando recibió un brusco golpe por parte de Zack, quien la empujó al interior de un armario y cerró tras él. – Gilipollas. – Dijo en apenas un susurro. De no ser porque afectaría a su propia seguridad, abriría la puerta del armario y le empujaría fuera de él. Pero aquello significaría que ella sería encontrada pocos segundos después a no ser que en el armario hubiese una salida secreta o una puerta trampa. Algo que era posible, pero tardaría más en dar con ella que lo que tardarían ellos en abrir la puerta del armario.

Al parecer una parte importante de la celebración era subir al piso superior, entrar en la curiosa sala de trofeos del matrimonio y presumir de todo lo que se tenía. Pero no sólo eso, había que añadir la mención a los Mortífagos y su robo. ¿Acaso aquel hombre era incluso más estúpido que Zack? Porque ir pregonando a los cuatro vientos que había robado a los Mortífagos y cuál era la manera de hacerse con aquel objeto del que había dado prácticamente toda la información existente no era de ser muy inteligente. No debía haber pensado que cualquiera de los allí existentes podría intentar hacerse con el libro, podría vender la información al bando al que había robado o, simplemente, podría ser torturado por alguna razón y revelar la información. No, evidentemente neuronas con vida no tenía.

- Esto de no poder usar la varita es una puta mierda. – Dijo la rubia cruzándose de brazos y apoyando la espalda contra una de las paredes del interior del armario, esperando a que las voces cesaran y pudieran salir de allí para llegar hasta el dueño de la casa.
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Zachary S. Dankworth el Lun Abr 18, 2016 5:47 am

Estaba acostumbradísimo a ver a Circe de mal humor, pero esta noche me parecía aún más desagradable que en las anteriores ocasiones en las que habíamos estado juntos en anteriores ocasiones. Estaba seguro de que yo no era la única fuente de su amargura en esta ocasión (además, el amargado por estar ambos juntos ahora mismo debería ser yo, que soy el que contaba con que ella se quedase encerrada en Hogwarts durante el año y no tendría que volver a verla hasta que ella entrase en la universidad si es que decidía ir), pero cuando mencionó lo de su cabello y lo que Ian y yo le hicimos una ligera sonrisa torcida se dibujó en mi rostro.

-No puedes petrificarme- repliqué a su amenaza, pues no podía usar la varita dentro de esta casa. Volví a mirar su cabello. ¿Se había dado cuenta de que ya no estaba rubia a causa de los hechizos protectores de la casa que acababan con todas las pociones y hechizos de camuflaje o cambio de apariencia? Recordé cómo se había puesto Circe cuando descubrió lo que Ian y yo habíamos hecho con su pelo, tiñéndolo permanentemente de negro con una poción que no se podía quitar. Había llorado. Esa fue la única ocasión en la que la había visto llorar en mi vida, y me había reído de lo lindo, aunque había ocasiones en las que me sentía mal por haberlo disfrutado.- Vale, admito que fui un cabrón y que lo de tu pelo fue una putada… ¿A Ian también le tratas tan mal después de eso? Recuerda que el que te puso (bueno, me lo puso a mí) el tinte fue él, no actué solo.

Daba gusto el amor que había en el aire entre nosotros, era brumador. Nótese el sarcasmo. El día en el que una pelea entre nosotros había acabado con mi primer asesinato de otro alumno de Hogwarts y ambos habíamos colaborado para deshacernos del cadáver y habíamos acordado no delatarnos el uno al otro había sido un día extraño, pues que ambos colaborásemos en algo era la cosa más insólita del mundo, razón por la que no entiendo por qué coño los mortífagos habían decidido que nosotros dos nos encargásemos de recuperar la reliquia robada juntos. Pero al menos habíamos descubierto que, si queríamos, sí que era posible que trabajásemos juntos para nuestro beneficio mutuo. Aunque claro, ahora aquí estábamos, echándonos e uno al otro en cara aquel día, diciendo que ojalá hubiésemos hecho algo para jodernos el uno al otro. Le dediqué una sonrisa encantadora a la vez que fría.- Y tú habrías acabado muerta.- Pues si yo hubiese acabado en Azkaban la involucración de Circe en esa situación no hubiese quedado impune. En realidad era mejor que a ninguno de los dos nos ocurriese nada por culpa del otro, pues la venganza era un círculo vicioso del que no parecía haber escapatoria.

Después de eso me dediqué a pasar totalmente de Circe. La escuché cuando habló dentro de la sala llena de reliquias, pero no la hice ni puto caso porque lo que decía no era relevante. Estar discutiendo todo el tiempo por gilipolleces solamente iba a hacer que alguien nos oyese y descubriese que nos habíamos colado en la casa y eso nos traería muchísimos problemas que prefería ahorrarme. Me dediqué a pasearme entre las vitrinas de cristal en cuyo interior estaban expuestas todas las reliquias y objetos mágicos que coleccionaba la familia, intentando averiguar cual podría ser la reliquia que los mortífagos querían que recuperásemos para ellos. No nos habían dado ninguna pista ni ninguna descripción de qué era lo que les habían robado, ¿cómo se suponía entonces que íbamos a encontrarlo? ¿Era esto acaso parte de la prueba, ver si podíamos ingeniárnosla para encontrar la reliquia correcta? ¿No era ya suficiente prueba que nos hubiesen puesto a Circe y a mí a trabajar juntos? Los mortífagos estaban jugando demasiado con la suerte esta noche…

No dudé en empujar a Circe en el interior del armario cuando vi que iba a entrar gente en la sala, pues era el único lugar al que nos daba tiempo ir para escondernos, no teníamos otra opción. Circe, como no, me insultó. Creo que el día que Circe no insulte en todo momento a alguien que esté en su presencia morirá allí mismo de un infarto.

-Que te den- dije entre dientes tan bajito como ella me había insultado a mí. Entonces nos mantuvimos ambos en silencio (¡milagro!) mientras la gente de fuera andaba por toda la sala y el dueño de la casa se dedicaba a jactarse de sus pertenencias y a decir exactamente todo lo que Circe y yo necesitábamos saber para poder cumplir con nuestra misión. Tuve que cubrirme la boca con una mano para no abrirla y echarme a reír ante la imprudencia y la estupidez de algún tipo. No lo sabía, pero acababa de sellar su sentencia de muerte.

Por primera vez estuve de acuerdo con Circe cuando dijo que era una mierda no poder usar la varita, porque sí que era verdad que era una mierda.- Al menos ellos tampoco pueden usarla- dije bajito mientras imitaba a Circe y apoyaba la espalda en la pared del armario para esperar. El interior del armario era demasiado pequeño para ambos, así que estábamos muy apretujados y aquello era bastante incómodo. Estaba seguro de que había mil personas con las que ambos preferiríamos estar apretujados dentro de un armario, pero esto era lo que tocaba y no podíamos hacer nada al respecto.

Pensaba que las personas se irían pronto y podríamos salir de allí, pero no. No, no se fueron pronto, sino que algunos se iban y otros venían, y al final pasaron horas y durante toda la fiesta estuvieron grupos de gente pasando por la sala en la que Circe y yo estábamos atrapados dentro del armario, y no pudimos salir porque nos habrían descubierto y eso habría puesto fin a la misión. No tenía un reloj, pero sabía que pasamos allí encerrados demasiado tiempo. El tiempo pasaba y pasaba, y a punto estuve de quedarme dormido y todo dentro de aquel estúpido armario en compañía de Circe. Puto aburrimiento. Hice uso de todo mi autocontrol para no ponerme a mover la pierna no un tic nervioso que habría hecho ruido, pero al estar quieto me estaba poniendo más nervioso, aunque conseguí permanecer tranquilo. Mi salud mental habría comenzado a peligrar de haber tenido que estar allí encerrado más tiempo, pero por fin las voces cesaron y no se oyeron más sonidos hechos por gente cerca de allí. Escuché durante un rato sin salir del armario por si acaso eso era una falsa alarma y de repente volvía a aparecer gente allí, pero no volvió nadie a la sala.

Abrí las puertas del armario y salí fuera. Joder, se me había dormido la pierna, qué puto dolor. Pero la sensación de libertad después de tanto tiempo encerrado era tan grata que compensaba aquella punzante molestia de la pierna dormida.

-¡Por fin! Joder, qué agobio…- resoplé, y me dirigí a donde estaba el libro del que había hablado el dueño de la casa, la reliquia que teníamos que recuperar. Jodía que no pudiésemos simplemente cogerlo y llevárnoslo, teníamos que matar primero al hombre, pero no tenía ninguna queja en contra de tener que matar al tipo.- Espera, voy a comprobar una cosa.

Salí de la sala para ver si la fiesta ya había acabado o si todavía quedaba gente en la mansión aparte de la familia que vivía allí. Recorrí los pasillos encontrándomelos completamente vacíos, y llegué a las escaleras y las bajé al primer piso, donde me asomé al salón principal y escuché voces por primera vez desde que había abandonado la sala. Escuché al señor y a la señora Aldridge hablando, y a tres amigos suyos que se habían quedado en la mansión después de la fiesta y que hablaban sin parar. Había un reloj de pared en el pasillo en el que estaba yo, y vi que efectivamente llevábamos horas allí y era muy tarde. Joder.

-¿A dónde ha ido la niña?- oí que preguntaba entonces el señor Aldridge a su mujer.

-Se ha ido a dormir, dijo que le dolía la cabeza.

Volví al piso de arriba para volver con Circe. Teníamos que empezar a ponernos las pilas y salir de la mansión cuanto antes para cumplir con la misión rápidamente y no tirarnos toda la noche aquí.

-Se han marchado ya todos los invitados menos tres, están con los dueños de la casa en el salón principal. Cinco contra dos, podría ser peor- por mucho que insultase a Circe todo el tiempo sabía que no era completamente inútil por rubia (o exrubia) que fuese, y podría ingeniárselas aun estando en desventaja. O al menos eso esperaba, pues más le valía.- No podemos esperar a que se marchen, pueden tardar horas. Podemos matarles al estilo muggle con cualquier arma que consigamos en la casa, no debería ser difícil, o podemos conseguir que la estúpida de su hija levante otra vez los hechizos protectores. No debería ser difícil, la chica está sola en su cuarto, sería una víctima muy fácil. Entonces podríamos hacer magia, pero el problema sería que los adultos podrían hacer magia entonces también. Les sería más fácil defenderse, o incluso podrían desaparecerse, pero también podríamos despacharles más rápidamente que si lo hacemos sin varitas. ¿Qué opinas?- le pedía su opinión porque, después de todo, nos habían enviado a los dos a cumplir con la misión, y quisiéramos o no teníamos que trabajar en equipo. Ambos estábamos metidos en esto.
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Circe A. Masbecth el Vie Mayo 06, 2016 8:16 pm

Claro que llevaba razón, pero lo único que quería era que se callase. ¿Por qué demonios no se daba cuenta? Ninguno soportaba al otro, era algo más que evidente, así que, ¿Por qué no hacer aquello de manera rápida e indolora? Estar juntos teniendo que trabajar de manera cooperativa era como tener que depilarse, lo mejor era hacerlo rápido, así se sentía muchísimo menos dolor que tardando más. - ¿Por qué no haces un favor al mundo y cierras ese agujero de mierda que tienes en la cara y que algunos se atreven a llamar boca? De verdad, Zachary, ya tengo bastante con tener que verte la cara como para tener que seguir escuchándote. – Dijo de manera cortante y fría, tal y cómo había sido hasta el momento con el chico. Y es que Circe no consideraba odiar a nadie. Tan sólo a aquel idiota con cara de pánfilo que ahora mismo tenía enfrente y al que sería capaz de desgarrar el cuello con el primer objeto punzante que se encontrase a su paso. – ¿Te importa cómo trato o dejo de tratar a los demás? Preocúpate de ti mismo y deja de meterte en mi vida. Si trato a Ian bien o mal es mi problema, no el tuyo. ¿O también quieres saber cómo trato al resto de la gente del castillo? ¿Qué pasa, Zachary, te sientes uno más en mi vida y quieres ver que eres especial para mí? – Preguntó de manera irónica con una sonrisa a juego con sus palabras invadiendo su rostro. – Me importas una mierda y tu vida me importa una mierda. Aprende y haz lo mismo. – Añadió con el fin de zanjar aquello de una vez por todas.

Rodó los ojos ante la incapacidad de su acompañante por cerrar la boca y dar los temas por zanjados. Si se habían metido en aquel problema, había sido por su culpa, ¿Acaso no se daba cuenta? ¿Tenía tan pocas luces como aparentaba tenerlas? Evidentemente era así. Zachary no destacaba por su brillante mente, estaba claro. – La próxima vez que alguien haga mención a tu madre muerta deberías irte a tomar un té con pastas en lugar de perseguirle e intentar acabar con su vida. Porque eso fue la causa de todo, tu puta impulsividad. ¿Qué tu madre está muerta y te molesta que la mencionen? Pues oye, no hables conmigo, sabes que soy una zorra sin escrúpulos, así que mejor mantente alejado de las cosas que te sacan de quicio o acabarás sufriendo un puto ataque al corazón. – Si Circe podía presumir de algo era de parecer una señorita educada y recatada y no serlo. La mitad de las palabras que dejaba escapar de su boca eran palabrotas o insultos, especialmente cuando estaba enfadada. Y, estando al lado de Zack, eso era el noventa por ciento de las veces.

Una vez en el interior del armario en el que se habían visto obligados a esconderse, se vieron obligados a guardar silencio. Circe, ni corta ni perezosa, golpeó a Zack en el estómago ante su insulto a pesar de haber sido ella quien había comenzado con aquello. No iba a hablar ni contestarle, aunque fuese con palabras como más le gustaba actuar, pero tampoco iba a quedarse de brazos cruzados tras haber recibido un insulto.

Por suerte, la oscuridad estaba presente en aquel armario y Circe no pudo ver como Zack se tapaba la boca como si de un dibujo animado se tratase para aguantar la risa. Debía ser muy gracioso todo o él demasiado estúpido, y de haber visto aquello, se hubiese decantado por la segunda de las opciones.

No contestó a las palabras del chico para no volver a romper el silencio, el cual en aquella ocasión era su aliado para llevar a cabo cualquier tipo de acción con la que contaban con el elemento sorpresa. Nadia sabía que estaban allí. Nadie tenía ni la más mínima idea de que dos personas se encontraban a pocos metros de algo que tan preciado era y que requería de tantas protecciones, pues su valor resultaba ser incalculable para los Mortífagos.

Los segundos se convirtieron en minutos. Los minutos en horas. Y las horas en la compañía de Zack no resultaron tan horribles porque al menos no abría la boca y no tenía que escuchar su voz una vez más. Era lo único que se repetía en la mente de  Circe. Intentaba ser positiva en todo aquello. Intentaba demostrarse a sí misma que podía mantener los papeles, podía respirar hondo y no demostrar una vez más su impulsividad y su incapacidad por mantenerse quieta. Jugó con su pelo, jugó con la tela de su ropa y se dedicó a clavar sus propias uñas en los brazos como medida anti estrés. Algo que pareció surgir efecto durante un tiempo, pero su paciencia comenzaba a agostarse.

Por suerte, la espera no duró mucho más. No sabía el tiempo que habían permanecido en el interior de aquel armario pero sabía que de haber pasado mucho más tiempo allí habría acabado usando el cuerpo de Zack como escudo para salir de allí.

En cuanto Zack abrió las puertas, Circe entrecerró los ojos ante el contraste de la luz y pasó a tientas hacia el exterior del armario, con cuidado de no caerse por haber pasado tanto tiempo en aquella incómoda postura que había hecho que no notase ni las piernas. - ¿Vas a comprobar que no te has meado en el armario? – Enarcó sendas cejas, acercándose hasta el libro del que habían estado hablando previamente y colocando ambas manos sobre sus caderas para intentar estirar la espalda lo máximo posible.

Le dolían partes del cuerpo que dudaba que pudiesen llegar a doler. Soltó su cabello y lo movió para volver a hacerse la coleta cuando se dio cuenta que algo en él había cambiado. Toda la magia de aquella casa estaba anulada, incluso la que ocultaba el color castaño que había tomado su pelo al ir perdiendo el negro del tiente pero no haber recuperado totalmente el rubio. Maldijo a Zack en silencio una vez más y se hizo un moño intentando de tal modo ocultar donde acababa su color natural que había empezado a surgir y dónde empezaban los restos del tinte.

Zack no tardó en llegar y Circe se giró para escuchar qué demonios tenía que decir ahora.  – Sin varita. – Dijo sin pensarlo dos veces. Circe era dada al uso de la varita para cualquier cosa, pero era cierto que la única vez quela primera vez que había matado a alguien consciente de que su acción acarrearía una muerte segura, lo había hecho sin magia.

Abrió la puerta para salir y se volteó para mirar a Zack una vez más. – No me gusta golpear con candelabros a la gente en la cabeza. Bajó su mano hacia su tobillo y sacó una pequeña daga plateada. – Por si la necesitas. – La lanzó a ras de suelo hacia los pies de Zack y cogió la otra de su bota opuesta para bajar hacia el salón principal. – Están desprevenidos, podemos llevarnos a dos por delante rápidamente. Incluso a tres. Deja a los dueños de la casa para el final. La mujer parece que usa la varita para rizarse el pelo y el hombre… No tiene muchas luces, tenéis mucho en común. – Añadió la rubia con una sonrisa irónica mirando a Zack junto a la puerta del salón principal, donde el grupo de personas hablaba pausadamente mientras tomaban las últimas copas antes de irse a casa o a sus respectivos dormitorios.
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Zachary S. Dankworth el Jue Mayo 26, 2016 11:52 pm

Después de ir a comprobar quién había quedado en la casa para así estar preparados y pensar cómo debíamos actuar para conseguir lo que queríamos. Después de ver que los dueños de la casa se habían quedado con tres invitados charlando tranquilamente sin tener ni idea de que Circe y yo nos habíamos colado en su casa y estábamos poniendo en peligro sus vidas, volví a la sala en la que había dejado sola a Circe. Le dije a Circe lo que había visto y las diferentes maneras en las que podríamos actuar, y ella dijo que prefería que atacásemos sin varita, sin encargarnos antes de deshacer los hechizos protectores que nos impedían hacer magia.

-Está bien- dije, de acuerdo con esa decisión. Por fin estábamos colaborando como se suponía que tenía que hacerse en situaciones como esta.

Circe abrió la puerta para salir ella primero al pasillo, pero antes de comenzar a caminar por él se dio la vuelta y me lanzó una daga plateada por el suelo que me agaché para poder agarrar y jugueteé con ella entre mis dedos ágilmente y sin hacerme daño.

-Gracias- dije, pues la daga hacía mucho más fáciles las cosas que tener que utilizar un candelabro de arma para ir dando porrazos con él, o cualquier otra cosa. Obviamente no faltó el típico comentario poco amable por parte de Circe después, pero a ese tipo de comentarios suyos yo ya estaba acostumbrado desde los doce años así que no dije nada, sino que simplemente le devolví la sonrisa irónica antes de salir de la sala y seguirla por los pasillos de la mansión hasta que llegamos a la puerta del salón donde el matrimonio Aldridge estaba con sus tres invitados que se habían quedado después de la fiesta.

Nos mantuvimos ocultos unos instantes detrás de la pared al lado de la puerta antes de entrar a atacar. Miré a Circe, quien parecía muy segura de sí misma, antes de salir de aquel escondite e irrumpir de repente en la pared. Busqué primero a los dueños con la mirada para reconocerles y saber que era a ellos a quienes no debía matar durante este repentino ataque. La mujer estaba sentada en un sillón mientras que el hombre estaba de pie enfrente de a chimenea con una copa en la mano. Cerca de él estaba uno de sus invitados, mientras que los otros dos estaban sentados en otros sillones cerca de la mujer. Antes de que nadie pudiese reaccionar lancé la daga con excelente puntería, clavándola en el cuello del invitado que estaba sentado más cerca de la puerta. Un chorro enorme de sangre salió de la herida y después de su boca y el hombre se atragantó con su propia sangre. La señora Aldridge chilló horrorizada, y los demás hombres por fin reaccionaron y se abalanzaron sobre nosotros para intentar detenernos.

Uno de los invitados sacó su varita e intentó lanzar un hechizo sin ser consciente de los hechizos protectores que había sobre la mansión, así que se quedó con cara de idiota cuando no ocurrió nada y vio que su varita no era en ese momento más útil que un simple palito de madera. Corrí hacia el hombre herido para recuperar la daga que me había dado Circe, pero el otro invitado me alcanzó e intentó golpearme. Esquivé su ataque y le di un puñetazo en el costado con suficiente fuerza para apartarle de mí, momento que aproveché para recuperar la daga (no sin antes terminar de rebanarle la garganta al hombre para asegurarme de que estaba definitivamente muerto), y cuando el hombre al que había golpeado volvió a por mí le hundí la daga en el estómago. El hombre atacó, y volví a apuñalarle varias veces hasta que cayó al suelo cubierto de sangre y muerto. No estaba pendiente de lo que estaba haciendo Circe, pero vi por el rabillo del ojo entonces que la mujer intentaba escapar del salón a mi lado y la tiré al suelo poniéndole la zancadilla. Ella no hizo nada más que gritar en estado de pánico por lo que estaba sucediendo, y llamaba a su marido para que la ayudase. La agarré del pelo y la obligué a ponerse de pie.

-¡Cállate!- le ordené mientras le ponía la daga ensangrentada en el cuello. Dejó de chillar, pero no de llorar. No la solté, y tampoco la maté, solamente esperé mientras la mantenía inmóvil y amenazada.
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Circe A. Masbecth el Sáb Mayo 28, 2016 7:10 pm

Ambos se mantuvieron ocultos el tiempo suficiente como para poder observar la situación y llevar a cabo la planificación pertinente. Ambos debían pensar detenidamente cómo actuarían, qué sería lo que harían y contra quién. Debían pensar antes de actuar si querían que las cosas saliesen bien y, lo más importante, por una vez en su vida ambos debían trabajar en equipo, algo que hasta el momento habían hecho una vez por supervivencia. Y es que una vez más se enfrentaban al mismo problema: la supervivencia.

Contaban con una simple daga cada uno, algo ínfimo comparado con lo que podrían tener aquellos hombres escondido. Pero ninguno estaba preparado para un ataque en plena noche y mucho menos tras finalizar la fiesta. Ninguno de ellos pensaba que en una casa protegida de los hechizos y la magia podrían encontrarse ante un peligro tan inminente como el que estaba a punto de zafarse contra ellos.

A ninguno de ellos le gustaba el trabajo en equipo por lo que ante la más mínima oportunidad se separaron a la hora de actuar. Circe se mantuvo ajena a lo que Zack estuviese haciendo o dejando de hacer. Apreciaba su vida más que la del chico, por lo que no le importaba nada en absoluto que acabase muerto tras aquella velada. Tan solo esperaba que tuviese la decencia de morir llevándose a alguien por delante y no dejándole la situación tan jodida como podría hacerlo de morir sin matar a nadie previamente.

Por su parte Circe avanzó tras Zack con total tranquilidad y, cuando uno de los hombres intentó envestir contra ella, le propinó codazo en el estómago que hizo que el dueño de la casa cayese al suelo intentando recobrar la respiración. Mientras tanto, aprovechó ese lapso inconcluso de tiempo para rasgar la garganta del segundo hombre que se abalanzó sobre ella vociferando y lanzando faltas de respeto a todo aquello que le venía a la cabeza. Circe rodó los ojos y se apartó de su camino, dejando que embistiese contra una de las paredes de golpe, haciendo temblar el suelo y tirando la mitad de los objetos que se encontraban en el estante más cercano.

Circe no tardó en voltearse para ver como el hombre se daba la vuelta para embestir, esta vez en la dirección opuesta. Elevó la daga justo al tiempo que el hombre recorría la distancia que les separaba a ambos. Una vez terminó su embestida frenó en seco, se giró para mirar a Circe con sendas manos sobre su garganta, y se dejó caer en el suelo tapándose la herida abierta con ambas manos mientras la sangre brotaba a borbotones desde su garganta.

El hombre no tardó en ahogarse con su propia sangre mientras Circe limpiaba el filo del cuchillo con la tela de la camisa del dueño de la casa, el cual no paraba de temblar y balbucear al ver cómo el resto de sus invitados se encontraba sin vida en el suelo y su mujer estaba a punto de unirse a ellos. – Deja que hable, así la matas y se ahorra limpiar todo este estropicio luego. – Dijo Circe irónicamente, con los brazos cruzados mirando en dirección a la mujer.

Desvió la mirada al dueño de la casa que todavía estaba temblando en el suelo y que, por fin, logró a hablar. - ¿Qué… ¿Qué queréis? ¿Quiénes sois? Yo… Yo no he hecho nada a nadie. Era mío antes de que ellos me lo intentasen robar. Ellos son los ladrones, yo no he hecho nada a nadie. No soy mala persona. – Intentó disculparse, haciendo evidente que conocía la razón que traía a ambos chicos a su casa. El objeto robado. – Creo que te estás condenando a ti mismo, mejor cállate y danos lo que no has robado. – Dijo con una sonrisa ladeada de forma infantil, como si jamás hubiese roto un plato en su vida.
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Zachary S. Dankworth el Mar Jun 07, 2016 10:07 pm

El peor error que cometieron aquellos hombres fue haberse dejado coger desprevenidos. La paranoia constante era de locos, o al menos eso pensaban muchos, pero al final eran los locos los que sobrevivían mientras que los demás se dejaban sorprender por las amenazas que había en el mundo y que se cernían sobre ellos. Circe y yo pillamos desprevenidos a aquellos hombres, y como consecuencia fueron completamente incapaces de defenderse. Circe y yo acabamos con ellos rápidamente y dejamos el salón decorado con cadáveres y sangre, y al matrimonio Aldridge sin defensas. Ni siquiera tenían su magia para defenderse, pues fuese lo que fuese que había que hacer para deshacerse de la seguridad anti-magia de la casa el señor Aldridge no podría hacerlo pues ya era prisionero de Circe, mientras que la señora Aldridge era mi rehén.

-Tal vez lo haga- mascullé con malicia después de escuchar las palabras de Circe. Mi intención era solo la de asustar a la mujer y continuar usándola de rehén hasta que su marido hiciese lo que tenía que hacer. La mujer quiso volver a chillar, pero solo gimoteó cuando sintió el filo de la daga rozando un poco más su cuello. Un fino hilo de sangre resbaló por su piel.

El hombre intentó suplicar por su vida y la de su esposa de manera patética. Circe le ordenó que nos diese el libro que los mortífagos ansiaban recuperar, y nos sorprendió con un repentino arrebato de lo que pretendía ser valentía.

-No- dijo el hombre tratando de mantener la voz firme, pero aun así le temblaba.- Si os lo damos nos mataréis igualmente. No pienso ayudaros.

-¿Y qué hay de tu hija? ¿Vas a dejar que muera ella también?- había dado en el clavo al mencionar a su querida hija, la cual dormía plácidamente en su dormitorio sin enterarse de nada de lo que estaba sucediendo en el piso de abajo. La bravuconería del hombre despareció en cuanto supo que su hija también estaba en peligro.

La mujer seguía temblando y lloriqueando aterrada. Yo no tenía la paciencia para lidiar tanto con ella como con el marido hasta que nos diesen el libro. Podríamos hacernos con el libro Circe y yo solos, pero no sabíamos cuál de todos los libros que tenían en la colección era el que queríamos.

-Mira, dinos cuál es el libro y soltaré a tu mujer- le dije al hombre.- Ella no tiene la culpa de que robes cosas que no te pertenecen, ¿no crees?

-¿Prometes que la soltarás?

-Lo prometo. Pero solo si dices la verdad.

Aquello fue suficiente para el pobre ingenuo.

-Es el libro blanco con runas negras- dijo, y pude ver en su mirada que estaba diciendo la verdad.

-Gracias- dije justo antes de degollar a su mujer y soltarla, dejando de su cuerpo inerte cayese al suelo a mis pies. El hombre gritó horrorizado.

-¡LO PROMETISTE!

-Prometí que la soltaría- le corregí, y miré entonces a Circe con una amplia sonrisa.- Ya le has oído antes. Para poder coger el libro solo hay que pasar por encima de su cadáver.

Yo pasé por encima del de su mujer para volver a la puerta del salón y salir al pasillo, dejando atrás a Circe para que hiciese los honores y acabase con el señor Aldridge de la manera que le diese la gana. Subí las escaleras para volver a la sala de la colección, donde el hechizo que antes protegía al libro ya no debería estar en su lugar. En cuanto llegué y vi el libro blanco de runas negras lo cogí, pues efectivamente ya no estaba protegido, pero tuve cuidado de no abrirlo pues no tenía la contraseña correcta para no ser carbonizado por su antigua y poderosa magia.

-Vamos, tenemos que irnos- le dije a Circe cuando volvimos a encontrarnos. Llevábamos en la mansión Aldridge muchas más horas de las previstas y teníamos que encontrarnos con unos mortífagos a los que nos habían indicado que les entregásemos la reliquia robada.
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Circe A. Masbecth el Jue Jun 09, 2016 2:08 pm

La sangre comenzó a bañar el suelo del comedor mientras los cadáveres de los invitados se iban acumulando a forma de la nueva decoración de la estancia. Por su parte, los únicos que aún seguían con vida eran los miembros del matrimonio. La mujer estaba a punto de entrar en un ataque de pánico provocado por la situación, el estrés y el nerviosismo.  Zack sujetaba su cuerpo de manera tensa e impasible mientras su daga permanecía estática en el cuello de la mujer amenazando con darle un final poco feliz para los dueños de la casa si se movía un solo centímetro o se atrevía a proferir palabra alguna.

Por su parte, el hombre se encontraba en el suelo, sin mover un ápice de su cuerpo por miedo a las represalias. Circe no tenía intención alguna de acercarse a él mientras pudiese evitarlo. Le resultaba una persona carente de interés alguno y cuyo rostro ya le provocaba nauseas. Era un hombre desagradable, carente de atractivo alguno, ni un mero atractivo simpático. Era desagradable, y colorado por el miedo y la furia era incluso peor.

Circe se mantuvo en silencio. Se dejó caer sobre uno de los sillones y se cruzó de piernas sobre este. Apoyó sendos brazos sobre los reposabrazos del asiento y escuchó la conversación como si de una mera película carente de importancia se tratase. Como si la vida de aquellas dos personas que gimoteaban y rezaban por sus vidas fuese un mero juego sin consecuencias. Y es que para Circe así eran las cosas. Simples juegos con los que amenizar su vida.

Ladeó la cabeza al ver cómo el cadáver de la mujer caía inerte contra el suelo cubierto ahora también por su sangre y cómo su marido alzaba la voz pidiendo por su vida. Era demasiado tarde. Se había ido del mismo modo que lo habían hecho el resto de los invitados. Ya no tenía nada qué hacer. El hombre miró en su dirección al ver cómo Zack se iba rumbo escaleras arriba y Circe le respondió la mirada encogiéndose de hombros.

- No me mires así, yo estaba aquí sentada. – Elevó sendas manos mostrando las palmas, como aquel que intenta quitarse el peso de un delito. Como si de un niño pequeño que enseña sus  manos manchadas de chocolate tras negar y negar que no se ha comido el pastel. Aún con un puñal en una de sus manos, se levantó y se acercó hasta donde estaba el hombre, quedando a una distancia prudencial del hombre.

El señor Aldridge aún seguía en el suelo, apenas se había movido unos centímetros desde que había caído y sus ojos no se apartaban de la figura su esposa, como si supiera que iba a llegar su final de manera inminente. – Por mucho que le odies, te aseguro que no le odiarás más que yo. – El hombre apartó la mirada del cadáver de su esposa para volverse hacia Circe. – Te daré todo lo que tengo. Le mataremos entre los dos. Y tú podrás quedarte con lo que quieras. – Circe enarcó una ceja. Realmente, no era un mal plan. – Me gusta la idea. Sigue hablando. – Se sentó sobre el reposabrazos y cruzó sendas piernas mirando al hombre con curiosidad mientras se explicaba. - Dile que me necesitáis con vida para poder sacar el libro. Que… Que yo soy la llave para poder llevaros el libro de aquí, que si yo muero, el libro morirá conmigo. – A Circe no le parecía una mala idea, pero esperó a recibir más información. – Subimos al cuarto y me llevas como si fuese tu rehén para que le explique cómo funciona todo. Él confiará en ti y ahí podremos acabar con él. – Lo lógico habría sido saber cómo harían aquello, pero a Circe le importó una mierda.

Se levantó y clavó la mirada en el hombre. – Levanta, vamos para arriba. – El hombre, nervioso, asintió. Veía aquella oportunidad como la única para salir con vida de allí y no la desaprovechó. Subió en primer lugar por la escalera rumbo a la habitación donde Zack se encontraba y frenaron en seco frente a la puerta. – Si me mientes, te aseguro que te cortaré el cuello. – Dijo Circe colocando la daga sobre la piel del hombre para fingir aquella escena. – Abre la puerta cuando yo te diga. – El hombre asintió y se dispuso a esperar la indicación para entrar, pero Circe dejó resbalar el filo por su cuello, haciendo que la sangre brotase y el cadáver cayese de bruces contra el suelo.

Se apartó para que el cadáver no le rozase lo más mínimo y se limpió la sangre de las manos cuidadosamente en una de las cortinas. En lugar de ir rumbo a la habitación donde Zack se encontraba, fue al dormitorio de la hija de los Aldridge. - ¿Dulces sueños? – Preguntó a la joven que leía tranquilamente en la cama. La chica rápidamente sacó la varita de su mesilla y la elevó. – Sabes que no hay magia en tu casa, ¿Verdad? – Preguntó Circe al ver tal alarde de estupidez junta. La chica rápidamente reaccionó, desactivando aquello que protegía a su casa y haciendo que las varitas funcionasen nuevamente.

De su varita salió un rayo de luz azul que impactó contra una de las paredes, sin siquiera rozar a Circe. La rubia miró la marca quemada en la pared y le devolvió la vista a la chica. – Vas a tener que mejorar tu puntería si quieres salir mejor parada de aquí que tus padres. – Cerró la puerta tras de sí y lo único que llegó a escucharse fue un leve grito antes de que llegase el silencio nuevamente.

Abrió la puerta del dormitorio y cruzó el pasillo hasta encontrarse a Zack, quien salía de la habitación con el libro entre sus manos. – Me vuelves a dar una orden más y te reviento el cráneo contra una pared. – Aseguró la rubia molesta por el trato de Zack. – Y dame mi daga. Ya no la necesitas. – Le tendió una mano manchada de sangre esperando a recibir su arma antes de marcharse.

Bajaron las escaleras topándose con el cadáver del señor Aldridge para recorrer el comedor y toparse el resto de los cadáveres. Un bonito regalo, cuanto menos. Circe abrió la puerta tras de sí y salió rumbo a la zona indicada para el intercambio. No estaba muy lejos de allí por lo que apenas tuvieron que andar durante diez minutos. – El hombre quería venderte, ¿Sabes? Me parecía una buena idea matarte, pero su plan era un desastre. – Sí, realmente había pensado en traicionar a Zack. Luego no habría tenido que dar explicaciones a nadie. – Pero Señor Dankwort, su hijo no estaba atento a lo que pasaba y yo estaba ocupada librándome del resto de hombres. No pude defender cuando le clavaron un puñal en el cuello. – Sonrió de medio lado y siguió caminando con la sonrisa en el rostro.

Llegaron a una zona cubierta por los árboles, donde apenas había luz y pudieron vislumbrar dos figuras encapuchadas a lo lejos. - ¿Lo tenéis? - Preguntó  uno de ellos . Ambos chicos se acercaron, manteniéndose a una distancia prudencial. - Están todos muertos. - Añadió la rubia con la varita aún entre sus dedos.
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Zachary S. Dankworth el Dom Ago 07, 2016 12:20 am

En cuanto tuve el libro en mis manos fui a reunirme con Circe. Ni siquiera me molesté en mirarla mal cuando me replicó de mala manera, pues estaba más que acostumbrado a sus arranques de mal humor como para que me importase lo más mínimo que a ella le molestase que yo le dijese que nos teníamos que largar de allí ahora mismo antes de que algo saliese mal. Todo había salido bien hasta ahora, pero podría salir algo mal, y no me daba la gana. Le entregué la daga cuando me la pidió, ya que por fin podía volver a usar la varita.

Sin embargo sí que la miré cuando me dijo que el hombre había intentando conspirar con ella para matarme. Sinceramente, no me hubiese sorprendido que ella hubiese accedido a ello, pues realmente me odiaba, más de lo que yo la odiaba a ella. Para mí ella solo es una enorme espina clavada profundamente en mi culo.

-Gracias- dije sin un solo rastro de sarcasmo en mi voz, pues era perfectamente consciente de que ella sí que habría sido capaz de matarme y haber fingido que no había tenido la culpa, pero no lo había hecho.

En cuanto ambos nos marchamos de la mansión y fuimos al lugar al que nos habían indicado los mortífagos que fuésemos para entregarles la reliquia que nos habían ordenado que recuperásemos para beneficiar a nuestro bando no tardamos en reunirnos con los hombres enmascarados y encapuchados. No nos acercamos mucho, y Circe fue la que habló primero mientras que yo me mantenía en silencio a su lado con el libro entre las manos.

-Dádnoslo- ordenó uno de los mortífagos, pero vio que no nos fiábamos mucho. Nos había costado conseguir este libro, teníamos que asegurarnos de que no se lo dábamos a impostores. El mortífago resopló molesto y dijo unas palabras que eran la clave que necesitábamos para saber que no eran impostores. Entonces me acerqué y se lo entregué.- Estupendo. Seréis recompensados… Ahora podéis marcharos, no os necesitamos más esta noche.

Nos dimos la vuelta. Íbamos a marcharnos en direcciones separadas cuando mi instinto se disparó, algo me dijo que algo no andaba bien. Giré la cabeza y vi al mortífago que estaba sosteniendo el libro apuntando con su varita a la espalda de Circe. Estaba conjurando la Maldición Asesina.

-¡Cuidado!- conseguí entreponerme entre Circe y el hombre, y la empujé a ella para que se apartase de la trayectoria de la maldición. Caímos al suelo, y el Avada Kedavra nos pasó justo por encima. Los mortífagos se habían revelado y pretendían quedarse con el libro, desobedeciendo las órdenes de Lord Voldemort. Me levanté y apunté al mortífago que había intentado matar a Circe.- Víscera Expulso.

Sus órganos salieron despedidos de su cuerpo, matándole al instante. El libro cayó al suelo entre el otro mortífago y nosotros. Lo recuperamos rápidamente, y un nuevo hechizo prendió en llamas al mortífago traidor que quedaba allí y que quería matarnos también. Mientras el hombre ardía y gritaba mientras intentaba apagarse agarré el brazo de Circe y ambos nos desaparecimos muy lejos, en un lugar seguro, ambos sanos y salvos. Aún teníamos el libro. Avisamos a otros mortífagos, mortífagos de confianza, y les contamos lo sucedido antes de entregarles la reliquia. Nos dijeron que seríamos recompensados por haber conseguido que los traidores no se hiciesen con el libro, y nuestra misión finalizó. Increíblemente Circe y yo habíamos conseguido colaborar durante la noche entera, y todo había salido bien.
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