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Novias de la Luna (Stella)

Invitado el Miér Abr 20, 2016 4:18 pm

¿Cómo? ¿Que qué hacía yo sentada sola en Las Tres Escobas mirando con mala cara un vaso de leche? Todo tiene una explicación sencilla, por absurdo, poco probable e idiota que parezca la situación. Todo empezó cuando quise ir a Hogsmeade, ya fuera sola o en compañía, con la idea de comprar un libro que me ayudara a repasar el temario de Runas Antiguas. ¿Por qué Runas en concreto? Porque me picaba el orgullo. Dije que era una asignatura fácil, y lo era si te sabías de memoria el significado y uso de cada puta runa de cada puto alfabeto. El problema, como vuestras habilidosas mentes ya habrán sospechado, es llegar a memorizar todos los signos existentes. Así pues, el deseo de demostrar que era capaz de aprobar Runas y sacar un excelente con mayor o menor esfuerzo me hizo ir al pueblo en busca de un libro.

¡Ah, avispado lector! Sí, en efecto, no había ningún maldito escrito conmigo en la taberna. ¿El motivo? Que no encontré nada. Nada que considerara que fuera a serme útil. Me pateé cada dichosa librería y repasé cada libro que contenían sin preguntar nada a nadie. Sólo cuando me percaté de que mis búsquedas eran tan útiles como hacer magia para que un ladrillo sacara piernas y se pusiera a romper nueces con las pestañas, me di por vencida y pregunté. Ninguna respuesta recibida fue de ayuda. Así vagué por el pueblo, con un enfado considerablemente mayor según pasaban los minutos. En algún momento de la tarde, vencida por la resignación, entré en el local ya mencionado. Sí, Las Tres Escobas.

¿Qué pintaba el vaso de leche? Muy simple. Demasiado simple. Molesto incluso. En su momento, pedí un vaso de ronmiel con total desprecio, fastidiada conmigo misma y con mi suerte. El posadero de turno no me miró con buenos ojos, mirada que fue debidamente correspondida con la mía. El duelo de miradas suspicaces terminó con un movimiento de cabeza suyo, indicándome que no me lo serviría. Fruncí el ceño y pedí cerveza de mantequilla. Tampoco. Me miró raro cuando pedí Coca-Cola, y me miró aún peor cuando pedí un Cola-cao. Con el mayor desprecio habido y por haber en el mundo entero, lo mandé a freír espárragos de una forma muy maleducada y pedí un miserable vaso de leche. Eso, como habréis visto, sí me lo sirvieron.
Lo tomé sin ganas y bebí un trago pequeñito, con el rostro prácticamente inexpresivo, pero molesta por dentro. Al menos no estaba agria. Me acomodé en la silla, suspiré y miré a mi alrededor sin mover la cabeza, distante. Rebosaba actividad, iban y venían los clientes, afloraban las risas y el buen ambiente. Bufé, con la vaga esperanza de que el estado de ánimo general se me pegara. De lo contrario, yo iba a pegar algo. Puñetazos, tal vez, como algún imbécil se pasara de listo.


Última edición por Ashley Rodwell el Miér Abr 27, 2016 4:11 pm, editado 1 vez
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Stella Moon el Vie Abr 22, 2016 3:01 am

Había recibido una queja en el Ministerio por parte de un alumno de Hogwarts de último curso que aseguraba que su examen de aparición había sido suspendido injustamente. Como jefa de ese departamento me había tocado encargarme personalmente de reunirme tanto con el alumno como con el instructor, escuchar las versiones de ambos, y decidir si se le daba otra oportunidad al alumno o si se le hacía esperar el tiempo requerido para volver a hacer el examen. Normalmente yo no tenía que desplazarme para estas cosas, deberían solucionarse en el Ministerio, pero como el alumno estaba en Hogwarts y no podía salir me tomé la molestia… Además, queda mejor para mi fachada de chica buena aparentar que me preocupo tanto por mi trabajo que soy tan atenta con los alumnos…

Pero resultó que el instructor tenía razón y el alumno era un inútil que merecía suspender. Puto Hufflepuff. Le puse un suspenso del tamaño de una catedral, además de que le puse una restricción para no poder hacerse el examen de Aparición en todo un año para que aprendiese a no mentir y a no hacerme perder el tiempo inútilmente. La única razón por la que toleraba que alguien me hiciese perder el tiempo en el trabajo era si me daban sexo del bueno. No había nada mejor que el sexo de oficina, salvaje y sucio sobre una mesa de escritorio en la que tenían que morderte la lengua para no hacer ruido a pesar de que querías gritar a pleno pulmón para que los jefes de departamento que estaban reunidos en el despacho de al lado no nos escuchasen… aunque a veces estaba bien que lo hiciesen, disfrutaba de sus miradas de desaprobación (y en algunos casos de envidia que le dirigían al hombre que salía conmigo del despacho) con las que me fulminaban cuando me veían pasearme con la ropa y el pelo algo “desorganizado” y la cara radiante luciendo una expresión que decía “sí señores, me han follado bien follada, como debe ser”. Pero no, obviamente ese tipo de pérdida de tiempo no era la que había tenido hoy.

Fui a las Tres Escobas a tomar algo y a desahogarme, pues ya que había perdido el tiempo de aquella maneta al menos me merecía una buena bebida. A lo mejor me encontraba allí a algún hombre decente que me hiciese perder el tiempo de la manera que a mí me gustaba, quién sabe. Puede que eso alegrase mi día.

Pero no, en las Tres Escobas no encontré a ningún hombre con aspecto complaciente. Qué asco, últimamente en Hogsmeade solo hay chiquillos, viejos, y memos. No quería cerca de mí a ninguno de esos tres tipos de hombre, gracias. Pero lo que sí que llamó mi atención al entrar en las Tres Escobas fue un aroma muy distintivo, un aroma que yo conocía de sobra desde hace ya veintidós años, el aroma de licántropo que nosotros a veces somos capaces de captar cuando estábamos en presencia de otros de nuestra especie. Miré a mi alrededor y vi a una chica pelirroja, una alumna de Hogwarts, pidiendo en la barra que le sirviesen unas bebidas que el barman no parecía muy por la labor de servir. Por favor, ¿cuándo se habían vuelto tan estrictos en las Tres Escobas que no servían cerveza de mantequilla a los alumnos de Hogwarts? En mis tiempos esas siempre se servían, lo que más costaba era el whisky de fuego. La chica acabó pidiéndose un simple vaso de leche, lo cual me hizo reír por lo bajo al tiempo que me acercaba a la barra. Conocía al barman, siempre hablaba conmigo sin mirarme a los ojos.

-Un whisky de fuego- le pedí al hombre, que no tardó en servírmelo. Giré la cabeza para mirar a la chica y a su triste vaso de leche con una expresión divertida en el rostro, y volví a mirar al barman.- Y un ronmiel- el hombre se dio perfecta cuenta de que el ronmiel no era para mí y me miró mal, pero la expresión con la que le miré le convenció de no protestar. No fue una expresión coqueta, la típica que en muchas ocasiones utilizaba para salirme con la mía con los hombres, sino una expresión de “o haces lo que te digo, o lo haces” acompañada de una fría sonrisa encantadora. El barman acabó dándome las dos bebidas.- Gracias guapo.

Empujé con cuidado la jarra de ronmiel para que se deslizase por la barra y se pusiese enfrente de la chica pelirroja. –¡Salud!- le dije a la chica antes de darle un sorbo a mi whisky de fuego. Adoraba el ardor que me producía en la garganta. No lo bebía tanto cuando estaba en Londres, y me hacía recordar mis tiempos en Hogwarts. Habían sido buenos tiempos… o al menos los que recordaba, porque había descubierto que los recuerdos de mi último año habían sido muy modificados. Todavía no había conseguido recuperar mis recuerdos reales. No estaba del todo segura de si quería recuperarlos todos, en verdad.

Mi instinto me decía que ella era la licántropa cuya presencia había notado al entrar en las Tres Escobas, y sentía curiosidad. Cuando yo era alumna no había habido más licántropos en Hogwarts, solo Scott que yo supiera.
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Invitado el Miér Abr 27, 2016 4:16 pm

Suspiré fastidiada, viendo sin emoción alguna el vaso de leche ahí, solo, abandonado. Tenía sed, por supuesto, notaba reseca la garganta y agradecería de corazón un sorbo de algo fresco. Algo, efectivamente, implicaba una gran selección de bebidas entre las cuales no se encontraba un puto vasito de leche. Aun así, bebí con la vaga esperanza de que este acontecimiento fuera una señal de que el día no podía ir peor.

Mi mirada se deslizó siguiendo el trazado de una jarra de ronmiel que fue directa hacia mí. Ni falta me hizo cogerla con la mano, pues ella misma se frenó en mis narices. Alcé una ceja, curiosa, y reaccioné al mismo tiempo que alguien me habló desde el otro lado de la barra. Por unos fugaces segundos, sentí el irrefrenable deseo de estampársela en la cara y meterle las patas de un taburete por los ojos, creyendo que la bebida ofrecida no era más que una forma de cachondearse de mi inintencionada elección para beber.
Lejos de mostrar el más mínimo agradecimiento, mis ojos reflejaron el mal humor del que hacía gala. Tomé la jarra sin vacilar y bebí hasta que me sentí como si pudiera exhalar fuego por la boca cual dragón. Durante el proceso, la mirada desafiante y agresiva que le regalé al posadero fue digna de mención. Huelga decir que, si no le dije nada, fue por pura suerte.

A diferencia de ella, yo no me percaté de nada. Podría decirse que mis sentidos estaban adormecidos, pero sería mentir. Realmente, entre el enfado que llevaba encima y la poca disposición a observar el resto de parroquianos de la posada condicionaba que sudara de todo lo que acontecía a mi alrededor como nunca antes.
Pese a todo, tanta hostilidad iba a resultar contraproducente. Algo resignada a mostrar un mínimo de educación, devolví la mirada a la chica que me ofreció la jarra y la observé. No era una estudiante de Hogwarts, tampoco una profesora, por lo que sopesé que fuera una simple trabajadora del pueblo que había decidido tener un gesto amable y desinteresado con una desconocida.
Gracias —le dije a regañadientes, como si me hubieran regañado por no haberle dicho nada. Era normal, ¿O no? ¿Acaso vosotros habrías añadido más palabras? Yo no. Estaba de mal humor y no necesitaba la bondad de nadie, pero me iba a beber el ronmiel porque tenía ganas, y punto. Sin prisas, bebí unos pocos sorbos más clavando los ojos, con odio, sobre el posadero, que estaba atendiendo a otra persona. ¿A santo de qué no iba a poder pedir alcohol yo? ¡Por favor!
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Stella Moon el Miér Mayo 18, 2016 9:52 pm

La expresión del rostro de la chica pelirroja me hizo gracia. Durante unos instantes me recordó a mí misma cuando tenía su edad (calculaba que tendría unos quince o dieciséis, aunque a veces las edades son fáciles de malinterpretar), en la época en la que la mitad de los días de la semana estaba peleada con el mundo y le ponía mala cara a todo. Pude ver durante un segundo en su mirada que estaba pasándosele por la cabeza rechazar la invitación, tal vez de una manera grosera (cosa que, de nuevo, me recordó a mí misma en mi época adolescente malhumorada), pero en el último momento pareció pensárselo mejor y lo aceptó tras darme las gracias secamente.

-De nada- respondí, y me centré entonces en mi propio whisky de fuego. Di un trago y sentí cómo me ardía en la garganta mientras bajaba por ella. Era un ardor exquisito que echaba de menos siempre que iba a un bar muggle y, por muchos tragos que tomase, ninguno me resultaba tan placenteramente ardiente como ese. Los había ardientes, claro que sí, pero ninguno tenía el mismo toque.

El barman volvió a mirarme un poco mal por haberle dado la bebida a la chiquilla que él mismo le había negado antes, pero tras devolverle la mirada el hombre por fin entendió que esa era una pelea perdida y se dispuso a fregar vasos y a secarlos con un paño antes de ser llamado por otras personas en el otro extremo de la barra, y se alejó para atenderlos, dejándonos solas en este lado de la barra a la chica pelirroja y a mí.

Cuantos más tiempo la tenía cerca más convencida estaba de que ella era la licántropa a la que había percibido al entrar en las Tres escobas. Algunos licántropos tenían una presencia más fuerte que otros, y la de esta chica era fuerte. Me preguntaba si estaría en lo correcto o si me habría equivocado, cosa que hizo que mi curiosidad creciese. Mientras le echaba una ojeada a la gente a mi alrededor, como hacía casi siempre que bebía en una barra, mi mirada cayó sobre un tatuaje que la chica tenía en su antebrazo, perfectamente visible. Era un lobo aullándole a la luna. Arqueé ligeramente las cejas mientras lo miraba, y entonces volví a darle un sorbo a mi whisky de fuego y sonreí ligeramente. Tenía pocas dudas ahora, pues sería una casualidad muy grande que la misma chica que mi instinto me decía que era una de los míos tuviese un tatuaje tan característico, ¿no creéis?

-Si supiese lo que eres te hubiese dado las bebidas desde el principio- le dije entonces a la chica pero sin mirarla a ella, sino que mirando al pobre barman que seguía atendiendo al grupo grande de gente que le pedían bebidas sin cesar en el otro extremo de la barra y le mantenían ocupado. Nunca me había aprendido el nombre de ese tipo, a pesar de que trabajaba en algunos turnos aquí desde que yo iba a Hogwarts. De todos los que trabajaban aquí ese tipo era el que siempre me había caído peor.- Piensa que si nos enfada le vamos a morder- bufé medio sonriendo y volví a beber. Vacié la jarra entera y la posé de nuevo sobre la barra antes de mirar a la chica.- Como si no tuviésemos cosas mejores que hacer en luna llena, ¿no crees?

Tenía curiosidad. ¿Lo negaría y se haría la loca, o me confirmaría lo que yo sospechaba y estaba casi segura que era verdad?
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Invitado el Jue Mayo 19, 2016 3:56 pm

El ronmiel me sabía a gloria. Me lo merecía, joder si me lo merecía. Después de tanto buscar y de toparme con el posadero más soso e hijo de puta en todo Hogsmeade, reírme en su cara celebrando el hecho de tomar alcohol y jactándome de él era un premio con el que me conformaba. Es más, solía mirar al tabernero de vez en cuando, y en un momento incluso alcé la jarra en su dirección como si brindara en su salud. Lo más gracioso de todo era que, incluso si llegaba a echarme del local, yo ya había saciado mi sed.

Y luego estaba la chica esa. Su rostro me sonaba, y lo escudriñé sin reparo. Sí, lo había visto en algún lugar. ¿Cuál? ¡Ah! La mortífaga esa que se redimió dando nombres de otros mortífagos o algo así. Sí, de eso me resultaba conocida. Se armó un buen revuelo y en Hogwarts no se habló de otro tema durante unos días. Incluso yo, que solía ignorar las noticias del mundo mágico porque todas empezaban a ser repetitivas, me hice con un ejemplar del periódico y me lo leí por curiosidad. Arrugué la frente, preguntándome por qué alguien con la marca tenebrosa traicionaría a los suyos a cambio de la redención. Lejos de lograr siquiera una simple deducción, negué con la cabeza. Que hiciera lo que le viniera en gana mientras no me tocara los ovarios.

Y me los tocó, más o menos. Le devolví la mirada, dura, ocultando vagamente cualquier rastro de sorpresa en mí. ¿Si supiera lo que era? ¿Qué? ¿Acaso ella sabía qué era yo? Fruncí el ceño, planteándome creer que los rumores de una licántropa en Hogwarts que le daba dolores de cabeza a Dumbledore se había extendido en demasía. ¿Ahora tendría que explicarle lo que era? ¿Me tendría miedo? Estaba cansada de ser el centro de todas las miradas.
O me habría atizado con una escoba. Y yo se la habría metido por el culo —respondí a la defensiva, juzgándola. Preguntándome qué quería, cuál era su objetivo. Desvié la mirada hacia la jarra, reparando en el detalle de que el tatuaje del lobo aullando a la luna de mi antebrazo era visible. Sonreí. Debió sacar sus propias deducciones.
¿Qué haces hablando en plural? —le corté abruptamente, de sopetón, e incapaz de no mostrar que me había cogido con la guardia baja. ¿Que si nos enfada le vamos a morder? ¿Qué insinuaba? De repente separé levemente los labios, asintiendo lentamente con la cabeza y riéndome sola. Claro. Ella también era una licántropa. Tenía un leve presentimiento que me lo decía, que lo aseguraba, y yo me lo creía.

La noche es larga. Visitar un tabernero antipático no suena tan desagradable —dije irónica, sonriendo de medio lado y haciendo oscilar el poco líquido que quedaba en la jarra. Estiré los brazos y seguidamente los acomodé sobre la barra, mirándola a ella—. Así que otra licántropa, ¿Eh? ¿Durante cuánto tiempo? Eres la primera que conozco y que no se ha cortado a la hora de hablar del tema. ¿Cómo te llamas? —Quise saber, sentándome en el taburete más cercano al suyo para reducir la distancia. Me terminé el contenido de mi jarra mediante un par de traguitos y me relamí los labios. No era amiga del alcohol, pero sentir su agradable calorcillo me gustaba. Y en este caso, el ronmiel no sabía a pis de rata como el vodka barato. La miré de nuevo y negué con la cabeza.
No lo digas, me acuerdo. Stella, la mortífaga que se redimió de sus actos. Se habló de ti durante bastantes días. —Ella una loca purista que se dio cuenta de que no estaba haciendo lo correcto y yo una licántropa que buscaba controlar la supuesta maldición. Menuda pareja.
Y si no la mandé a paseo fue, primero, porque me cayó bien. Que alguien te invite a beber no ocurre todos los días, y menos cuando el gesto proviene de alguien desconocido. No consideré la opción de que no fuera una licántropa, pues no vi posible que quisiera tocarme las narices sin más. Pobre de ella, le estamparía los nudillos en la cara sin cortesía alguna. Se podría argumentar que no la vi peligrosa, o que la intuición me decía que no estaba mintiendo. O que un sexto sentido me avisaba de lo mismo. Llamadlo como queráis.
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Stella Moon el Mar Jun 07, 2016 10:45 pm

Me había tocado lidiar con muchísimos alumnos de Hogwarts a causa de mi carrera, sobre todo en la época en la que fui Instructora de Aparición y prácticamente todos los días tenía que venir a Hogsmeade a dar clases o a examinar a alumnos de sexto y séptimo. Nunca había conocido a ninguno que fuese licántropo, así que me sorprendía que por fin de nuevo hubiese una licántropa en el cuerpo estudiantil. Cuando yo fui alumna mordí y transformé a Scott. ¿Mordería esta chica a alguno de sus compañeros antes de graduarse y seguiría mis pasos o mantendría su historial “limpio”?

La chica era algo agresiva. ¿Culpa de la maldición, o de la edad? No lo sabía, pues no la conocía, pero aun así la hablé por pura curiosidad, la cual se me disparaba cada vez que conocía a otro licántropo. Reí por lo bajo al escuchar el comentario de la chica sobre el pobre tabernero.

-Estoy segura de que eso sería muy entretenido de ver.

La chica me miró, estudiándome con esa mezcla de curiosidad y de desconfianza típica de los adolescentes, o al menos de los más astutos. Los tontos no suelen desconfiar nunca de nadie, y eso era malo para ellos… y bueno para los que querían aprovecharse de su ingenuidad. De repente pareció que por fin la chica se había dado cuenta de lo que significaban mis palabras y mis verbos en plural, e inmediatamente se la vio mucho más interesada. Era normal. Incluso se acercó un poco más a mí, ocupando otro taburete en la barra, y se dispuso a hacerme preguntas.

-Desde hace…- arrastré un poco la última palabra mientras hacía memoria para recordar a qué edad había sido mordida. Era muy pequeña, pero me acordaba perfectamente de esa noche. Había sido una de las noches más importantes de mi vida, ya que me había convertido en lo que era. Y yo amaba lo que era- veintidós años. Nunca he sentido la necesidad de ocultar lo que soy. Pienso que si lo ocultas como si fuese una vergüenza entonces te mereces que la gente lo trate como tal.

Estaba a punto de responder a la otra pregunta de la chica y presentarme pero entonces ella me detuvo y me dijo que me reconocía y ella misma fue la que dijo mi nombre. Me sorprendió un poco, la verdad, pues todos los que me habían reconocido como la “mortífaga redimida” eran adultos, sobre todo del Ministerio, pero nunca alumnos. No era algo que me molestase, pues después de todo aquel teatrito público que había montado años atrás para limpiar mi nombre y comenzar mi trabajo de espía había funcionado perfectamente. Había arriesgado mucho, y todo me había salido bien. Como siempre.

-Veo que mi reputación me precede- dije con una ligera sonrisa antes de llevarme de nuevo mi vaso a los labios y vaciar por fin todo su contenido.- No había muchos actos de los que redimirme, solo de la estupidez de declarar mi lealtad a la persona equivocada y poco más- o al menos eso era lo que se pensaba. Habría sido muchísimo más difícil conseguir el perdón si se hubiesen sabido todos mis crímenes, pero por suerte había sabido cubrirme las espaldas. Ayudaba también el hecho de que no me habían pillado, sino que yo misma “me había entregado”.

-¿Y tú cómo te llamas?- ahora era mi turno de hacer preguntas y satisfacer mi curiosidad.- ¿Hace mucho que eres licántropa?- obviamente dada su edad era imposible que lo hubiese sido durante tanto tiempo como yo, pero a lo mejor también había sido mordida de pequeña. Tal vez no. Tenía buen aspecto, eso parecía indicar que no lo estaba llevando tan mal. Aquellos para los que esta condición es verdaderamente una maldición tienen un aspecto horrible.- ¿Cómo te transformaste?
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Invitado el Jue Jun 09, 2016 7:16 pm

Me reí bajito, entre dientes, dándome el lujo de olvidar durante unos pocos segundos lo desagradable que había sido toda la tarde. A decir verdad, no albergaba esperanza alguna en esta taberna, creía que no pasaría más de media hora sentada bebiendo sin más antes de emprender de nuevo un viaje por Hogsmeade, visitando cada tienda con la que me topara en busca de algo provechoso. Curiosamente, ese “algo provechoso” me encontró a mí sin que lo yo buscara.
Te haría pagar por verlo —contesté, divertida y bromista a mi manera. Me cogió con la guardia baja, sí, pero eso no se volvería a repetir. Ahora ya sabía qué era ella, por lo tanto, mi simpatía hacia su persona aumentó considerablemente a pesar de ser una antigua radical, posiblemente imbécil también. ¿O los que se unen al lado oscuro tienen sus razones, salvo una total falta de neuronas en la cabeza que deben compensar creyéndose que son los guionistas de las películas de Saw?

Naturalmente, mi curiosidad hacia ella se incrementó de forma considerable. Atenta a sus explicaciones, crucé los brazos sobre la barra y la observé detenidamente, como si fuera algún tipo de examen visual. Luego, ostensiblemente sorprendida, alcé una ceja y ladeé mi cabeza con el ceño fruncido. Veintidós años, ¿Eh? ¿Y cuántos tenía esa chica? ¿Veinticinco, como mucho? O se cuidaba que daba gusto o había empezado a aullar a la luna antes de siquiera caminar. Aun así, su breve explicación acerca de cómo ella veía la licantropía me arrancó una grata sonrisa de medio lado y una contestación que me salió sola.
Un licántropo que se avergüence de sí mismo es gilipollas y cobarde —sentencié con dureza, como si yo fuera la juez portadora de la verdad absoluta. Y, por supuesto, hablando sobre ser un hombre lobo, o mujer lobo en este caso, me consideraba como tal. Yo no veía nuestra “maldición” como tal, todo lo contrario. Y aquellos que me tomaran por loca podían besarme los pies.

No se habló de otro tema durante una temporada —expliqué, encogiéndome de hombros y ahorrándome decirle qué opinaba sobre los mortífagos. Ya ha quedado claro antes, ¿No? ¿O toca repetirlo? Muy bien. ¿Sabéis lo que hacen esos musulmanes locos? Sí, esos que se inmolan y matan civiles porque su Dios es el mejor y les regala un cielo con vírgenes y esas chuminadas. Pues los mortífagos son lo mismo, pero sin paraíso de vírgenes ni explosivos—. Sí, claro. Tú sigue invitando a hidromiel a gente desconocida y te acabarás llevando el premio a maga cordial de mes —dije después, entre suaves risas y sin querer tocar el tema de esa gente. Tanto por falta de interés como porque lo veía absurdo. ¿A santo de qué deberíamos hablar sobre locos?
Ashley Rodwell. Este verano hará dos años que soy licántropa —comenté con tranquilidad, completamente serena. No obstante, no me gustaba explicar por qué accedí a que mi hermana mayor me mordiera, simple y llanamente porque daba por sentado que todo el mundo no comprendería mis razones ni el deseo de convertir una maldición en una bendición—. Me transformó mi hermana mayor, tengo unos bonitos recuerdos en forma de zarpazo en la espalda y de mordida en mi muslo. Y antes de que preguntes, yo se lo pedí. Los magos son unos hipócritas. O los humanos, total, según el Ministerio soy una criatura mágica. No saben cómo tratarnos y la gente cree que encerrándonos todo se arregla, pero luego ponen el grito en el cielo cuando hay un caso de transformación. Nadie ha tenido nunca la idea de investigar sobre nosotros, y yo quiero hacer precisamente eso. Conseguiré transformarme cuando a mí me dé la gana y sin sentir dolor, como un animago. Me las apañaré —argumenté, con la mayor convicción posible. Lejos de estar nerviosa, se lo dije como si estuviera totalmente convencida de mi éxito—. Por cierto, dile a ese panoli que vuelva a llenarme la jarra —pedí, apuntando con bastante desdén al camarero que no quiso servirme nada al llegar.
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Stella Moon el Sáb Jun 18, 2016 7:04 pm

Sonreí satisfecha cuando escuché lo que la chica contestó después de que yo dijese que los licántropos que trataban su condición como si fuese una vergüenza se merecían que la sociedad les tratasen como tal. Esta chica pensaba igual que yo, se veía que no era una de las que se hacían las víctimas cuando eran mordidas y andaban por la vida lamentándose de su penosa existencia. Me gusta.

Después de que ella me reconociese a mí por culpa de los malditos periódicos en los que salí hace años cuando empezó todo mi teatrito de mi “conversión” de mortífaga a espía después de que supuestamente me arrepintiese de todos mis errores, le pedí a ella que me dijese su nombre, pues en el tema de las identidades yo estaba en desventaja ya que no sabía quién era ella. Me había esperado cualquier otro nombre menos el que me dijo. Se presentó como Ashley Rodwell. Si hubiese estado bebiendo cuando escuché su apellido me hubiese atragantado.

Estaba segura de que había miles de personas apellidadas Rodwell en el mundo. Joder, sería una coincidencia enorme que justo esta chica fuese hija de ese hombre… Mi subconsciente casi me estaba gritando que era una locura que fuese la persona que pensaba que era, aunque una parte incluso más profunda de mi subconsciente me gritaba que era una locura más grande pensar que todo se trataba de una simple coincidencia. Bruja, de apellido Rodwell… y licántropa. Ese último dato era el que disparaba todas las alarmas en mi interior.

“No puede ser…”

Pero claro que podía ser. Joder, además el mundo mágico es diminuto. Claro que era perfectamente posible…

-¿Rodwell?- dije al fin, tras darme cuenta de que durante un par de segundos debía de haberme quedado con la mirada algo perdida mientras mi mente vagaba entre mis pensamientos. Estaba simplemente sorprendida, nada más, porque en el fondo no era un tema que me importase muchísimo sino que más bien me producía curiosidad. Cuando me enteré de la verdad había estado en shock, pero me había enterado de tantas cosas en los últimos meses que había aprendido a manejar mis emociones casi perfectamente, con frialdad.- ¿Eres hija de Wayne Rodwell?

Ese era el nombre que había descubierto tras investigar a Wayne Moon. Se lo había cambiado después de… de lo que cojones fuese que pasase entre él y su familia. Sus padres no eran como lo habían sido los míos. Habían sido odiosos, le habían despreciado… Mis padres no, mis padres siempre me habían querido con locura, incluso después de ser mordida y transformada.

La chica, Ashley, me contó cómo se había transformado. Encontré irónico el hecho de que la transformase su hermana, pues parece que lo de morder y transformar a miembros de la familia es una tradición familiar a este paso. Me sorprendieron sus últimas palabras, y sentí una creciente admiración por ella.

-Llevo muchos años buscando a un licántropo con un espíritu tan fuerte como el tuyo. Me gusta ver que hay alguien más en el mundo que tiene ideas algo parecidas a las mías. Te deseo mucha suerte en el futuro con tus investigaciones y tu ambición, y espero que tengas éxito. A mí también me gustaría poder transformarme cuando me diese la gana- pero no para controlarme y no transformarme, como harían muchos, sino para transformarme incluso más veces al mes. Le sacaría el máximo provecho posible a esa situación. Por desgracia, en el presente eso no es posible.

Le hice una señal al barman y nos miró, y con un gesto le indiqué que nos sirviese más a la chica y a mí. Puso mala cara pero no rechistó e hizo lo que se le mandaba.
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Invitado el Mar Jun 21, 2016 1:42 pm

Todo iba bien, es decir, bastante bien. Una tarde de mierda se convertía en una tarde medianamente aceptable, con bebida gratis y la compañía de otra licántropa aguerrida que no se hundía en la miseria con su nueva condición. Un día lamentable se estaba convirtiendo lentamente en una jornada mínimamente agradable, incluso positiva. Además, la bebida no estaba tan mala y ya no debía aguantar la desagradable mirada de desaprobación del tabernero. No me arrepentía de haber paseado por Hogsmeade tanto tiempo sin ningún resultado positivo. Hasta que preguntó por mi apellido.

Fruncí el ceño y la miré con los ojos entrecerrados, sin molestarme en ocultar un deje de desconfianza en mi mirada. ¿Qué le pasaba a mi apellido? No éramos una familia pura ni pertenecíamos a ningún linaje. Asimismo, tampoco éramos ni importantes ni conocidos en el mundo muggle. No podía sonarle de ningún modo.
Sí, Rodwell. ¿Pasa algo? —inquirí, algo agresiva. Incluso nerviosa, tal vez. Me tensé incluso más cuando dijo el nombre de mi padre y agarré mi jarra con fuerza, lista para estampársela en la cara si hacía falta. ¿Tenía razones para hacerlo? Las mismas que ella para conocer a mi padre. Por un momento, pensé e hice que mis neuronas entraran en trabajo como toda Ravenclaw que se precie. ¿Un ligue? No, demasiado joven. ¿Compañera de trabajo? Imposible, él estaba en el mundo muggle. ¿Compañera de clase? Más remoto aún dada la diferencia de aspecto, al menos a primera vista. ¿Entonces, qué?
¿De qué conoces a mi padre? —Creí adecuado suponer que, si él la conociera a ella, me habría hablado de su persona. Una licántropa orgullosa de su bendición, porque es una puta bendición, no se encuentra todos los días. Pero claro, ¿No era ella una antigua mortífaga? ¿Entonces, qué diantres pasaba ahí? ¿Fue una de sus posibles víctimas por traidor a la sangre al contraer matrimonio e hijos con mi madre, una hija de muggles? ¿Mi padre la mordió a ella en alguna noche? No, no, ella era licántropa desde hacía demasiados años. ¿Qué cojones pasaba aquí?

No necesito suerte —contesté, orgullosa. No la iba a necesitar, la suerte es para la gente que necesita un empujoncito fruto del azar para lograr sus metas. Yo la lograría sí o sí—. Lo que necesito es no encontrarme con gente que me moleste. Como Dumbledore, que en su sano juicio cree que encerrarme es una solución perfecta. O el imbécil de Iorwerth, un profesor pedante que se cree que soy un animal salvaje y que lo mío es contagioso al contacto físico, o algo así. Estúpido profesor de DCAO, Jefe de la Casa de Gryffindor, antiguo Auror y ganador del Premio de la Orden de Merlín Segunda Clase. Imbécil —farfullé al final, enfadada. ¿Por qué todo el mundo es tan imbécil? Bufé molesta y cogí rápidamente mi vaso una vez el tabernero me lo entregó, bebiendo unos tres o cuatro sorbos rápidos.

¿Qué harías su pudieras transformarte cuando quisieras? —pregunté mirándola de reojo, pues justo había terminado de beber y me disponía a dejar la jarra en su sitio, sobre la barra. Me crucé de brazos, clavando mi mirada en ella de forma expectante. Oh, sí, ella podría conocer a mi padre, pero yo no sabía qué clase de persona era esa chica, salvo lo que se dijo en los periódicos. Nada alentador. ¿Que qué haría yo? Fácil. Transformarme cuando me diera la gana, asustar a la gente que se mete conmigo, amedrentar a todos los que creen que un licántropo es peligroso y cazar. Cazar libremente. Debe ser placentero correr por el Bosque Prohibido, oliendo sus múltiples aromas y disfrutando de un buen combate cuerpo a cuerpo contra otra criatura mágica, ¿No? O mirar a la luna llena y saber que ya no tiene poder alguno sobre ti, ver tu propio reflejo, conocerte, conocer al lobo interior. Tendría mucho trabajo por hacer.
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Stella Moon el Jue Jun 23, 2016 1:28 pm

Antes incluso de que la chica contestase a mi pregunta sobre su padre su lenguaje corporal me dio la respuesta automáticamente. Se tensó, su cuerpo se puso a la defensiva, la expresión de su rostro cambió, y no tuve ni siquiera que desviar mi mirada de sus ojos para detectar el ligero movimiento que hizo para agarrar la jarra con fuerza, como preparándose para utilizarla de arma si fuese necesario. Mis labios se curvaron en una ligerísima sonrisa divertida al escuchar el tono agresivo de su voz cuando fue ella la que me hizo preguntas a mí. Sí, definitivamente me recordaba muchísimo a mí cuando yo tenía su edad. Y ahora me doy cuenta de por qué.

Es mi hermana. O medio hermana, mejor dicho. Aparte de la licantropía y del carácter no había nada más en lo que nos pareciésemos, pues físicamente éramos muy distintas. Yo me parecía a mi madre, y un poco a mi padre… bueno, a mi tío. Mientras investigaba todos los pedazos perdidos de mi pasado esa era una de las verdades con las que me había topado, que Drake y yo no éramos hijos de Darren Moon, sino de su hermano mellizo, Wayne Moon. Ni Drake ni yo habíamos sabido nunca que teníamos un tío, aunque al final había resultado que quien creíamos que era nuestro padre era en realidad nuestro tío. Darren no lo sabía, y yo nunca le iba a decir la verdad, no pondría en evidencia a mamá de esa manera. Además, él era mi padre y siempre lo sería. Wayne Moon (o Rodwell, mejor dicho) era solamente el desconocido que se había acostado con la mujer de su hermano un día y había desaparecido para siempre hasta el día que volvió para intentar llevarse a sus hijos. Pero fracasó, y ya no volvió nunca más.

Después de descubrir que Wayne Moon era mi verdadero padre no había investigado nada más sobre él. Suficientes problemas tenía encima con respecto a mi familia como para encima ponerme a buscar más. Pero el destino tiene una manera curiosa de juntar a las personas, y aunque no le he encontrado a él he encontrado a Ashley, su hija, mi medio hermana. Qué raro sonaba eso en mi cabeza. Yo siempre había tenido solo un hermano, Drake, y ahora resulta que tengo una medio hermana pelirroja y licántropa… No, dos, porque me ha dicho que su hermana mayor la mordió… ¿Cuántos medios hermanos tengo perdidos por ahí por el mundo?

Supuse que ella no tenía ni idea de la verdad. Si hubiese sabido algo se habría dado cuenta de quién soy yo al saber que mi apellido es Moon. No tendría por qué saber que soy su hermana, podría haber pensado que soy su prima. Pero parecía obvio que al crear a Wayne Rodwell su padre había enterrado a Wayne Moon en un agujero muy profundo.

-No le conozco- es la verdad, nunca había hablado con él, nunca había visto fotos, solamente le había visto en persona transformado en licántropo, y hasta hace meses ni siquiera sabía que existía.- No en realidad. Fue él quien me mordió hace veintidós años, cuando yo tenía seis.- Eso no lo había sabido hasta hace poco tampoco. Mi padre (bueno, mi tío Darren… ¡joder, qué lío!) no sabía que su hermano era el licántropo que me había mordido, ni por qué, pero mi madre sí. Sonreí de manera alegre entonces.- Así que le debo una. Cuando le veas dale las gracias de mi parte.

Ashley se puso a despotricar un poco contra Dumbledore entonces, cosa que también me hizo sonreír un poco. Yo tenía unas ganas tremendas de darle un buen mordisco a ese hombre y arrancarle de una vez la cara. Me parecía insoportable en las reuniones de la Orden, aunque lo disimulaba a la perfección. Podía permitirme que algunos de mis compañeros de la Orden sospechasen de mí, pero no podía permitirme tener a ese viejo chocho vigilándome, todo se complicaría, aunque no sería imposible. Chochea tanto ya que no se da cuenta de que tiene mortífagos metidos hasta la sopa. Me reí entonces un poco por lo bajo cuando Ashley siguió despotricando contra otra persona, esta vez mucho más que contra Dumbledore.- Sé perfectamente de quién hablas, vivo con él- dije mientras ponía los ojos en blanco pero sin borrar mi pequeña sonrisa divertida. En problema de Iorwerth era que él no veía la licantropía de la misma forma que nosotras a causa de la experiencia de su mujer… mea culpa. Y por eso a veces sí, era un pesado. Pero un pesado extremadamente útil para mí, pues me adoraba gracias a lo engañado que estaba por mí, y yo me aprovechaba de eso.- Si quieres puedo hacer que te deje un poco en paz. Suele hacerme caso. Cuando yo estaba en Hogwarts no había nadie así dándome el coñazo, menos mal.

Me preguntó qué haría yo si pudiese transformarme a voluntad. Tuve que controlarme muchísimo para no dejar que la maldad se reflejase claramente en mis ojos mientras pensaba en lo que haría. Mataría a todo el mundo que yo quisiera utilizando la transformación cuando a mí me diese la gana, sin tener que planear las misiones para una noche concreta al mes. Mordería, desgarraría, destrozaría…

-Para empezar le mordería el culo a ese para ver si espabila- dije mientras miraba al barman, que se estaba tomando su tiempo en ir a por las bebidas y traerlas y el gilipollas no tenía absolutamente nada más que hacer. Le di un fuerte golpe a la barra que resonó muchísimo, lo cual le sobresaltó y casi se le cayeron los vasos que iba a llenar al suelo.- ¡Es para hoy!

Nos las trajo por fin apresuradamente y nos volvió a mirar mal pero no rechistó, y le di un sorbo a mi nueva bebida.
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Stella MoonInactivo

Invitado el Lun Jun 27, 2016 2:48 pm

Me mentalicé para ser capaz de digerir cualquier tipo de respuesta, por rara o extraña que pudiera ser. Alguna relación había tenido esa chica con mi padre para saber su nombre, ¿O no? Por nimia que fuera, algo debía haber pasado.  Quién sabe, tal vez era la hija de un amigo suyo. Puestos a plantear hipótesis, en esos momentos todas ellas podían ser perfectamente válidas.
Claramente, que dijera que no le conocía me descuadró por completo. ¿Y por qué sabía su nombre, entonces? Volví a entrecerrar los ojos, desconfiada, y a mirarla como si estuviera desgranando los secretos de un libro antiguo y polvoriento. Abrí la boca con la clara intención de responder, pero me callé cuando añadió que fue mi padre quien la mordió.
¡Eso es…! —Me callé. Era probable. Si no mintió al decir que la mordieron hacía unos veintidós años, yo todavía no había nacido. Ni mi hermana mayor, siquiera. Puede que por aquel entonces mi padre no estuviera ni casado—. Es posible —concedí, sin quitarle el ojo de encima.
Pero sabes su nombre —contesté, seria y escueta, como si hubiera visto un fallo en sus respuestas. Y… ¿Con seis años la mordieron? ¿A santo de qué? Siempre imaginé a mi padre como un hombre cuidadoso con la licantropía, más que yo. Las posibilidades de toparse con una cría bajo la luna llena eran casi nulas. Y más extraño aún que sobreviviera—. Con seis años... ¿Cómo no te mató? Un zarpazo destrozaría un cuerpo tan pequeño, y un mordisco te rompería por la mitad como si fueras papel. —Muy a mi pesar, soné como si lo hubiera visto con mis propios ojos. Quién sabe, no tener recuerdos de ninguna noche implicaba una serie de posibilidades muy variopintas. Pese a todo, juraría que nadie había muerto por mi culpa. ¿No?

Después, me puse a despotricar alegremente contra Dumbledore y Cosmas. Se lo habían ganado a pulso, qué queréis que os diga. Uno por viejo, barbudo y por dárselas de humilde y sabiondo, y el otro por imbécil, borracho y antipático. A los dos les deberían de haber dado un par de tortas cuando eran pequeños, y a Dumbledore un premio por cuidarse la barba durante tantos años. ¿No debía ser incómodo? ¿Y rasposo? Y… ¡Diantres, que era una barba donde se podía esconder un elfo doméstico!
¿Qué acabas de decir? —Al no esperarme tal confesión, me cogió desprevenida. Abrí los ojos como platos y alcé una ceja conforme procesaba lo que dijo. ¿Ella vivía con Cosmas? ¿De verdad? Pobre chica, debía ser cosa del karma ese—. Tú… ¿Vives con ese energúmeno? ¿Sois…? —¿Familia? No, no. Es decir, ¿No? No tenían semejanza alguna, y a menos que Cosmas fuera un picaflor como Ian en su época de jovencito, no debería tener una hija cercana a la treintena. Aunque, realmente, ni recordaba la edad del profesor. ¿Entonces…? ¿Ella era su pareja? ¿El profesor de DCAO, galardonado con varias chuminadas, pareja de una antigua mortífaga? Sí, claro. Y yo era la princesa de la luna.
Dale un par de guantazos —dije, pasando por alto qué trato tenía ella con el profesor—, y hazle saber que no soy un animal y que no debo vacunarme contra la rabia. Y que como me vuelva a tirar carne medio cruda le regalaré un horno —zanjé, todavía sin dejar de mirarla con curiosidad y confusión.

Yo la cabeza —contesté, colocando un codo en la barra para luego apoyar mi mejilla en los dedos. Huelga decir que me quedé con las ganas de precisar más en la pregunta que le formulé, pero no insistí más porque me pareció gracioso el golpe que le dio a la barra para llamar la atención del pobre barman. Sonreí, pues yo habría hecho lo mismo si se hubiera demorado medio minuto más. Le mostré la más burlona de mis sonrisas a ese hombre cuando los dio las bebidas que pedimos.
¿Cómo era Hogwarts cuando estudiabas ahí? —Lo quería saber, sin duda. Tanto por curiosidad como para saber si el elenco de profesores tan estrafalarios se había alterado mucho o no—. ¿Dumbledore también llevaba una barba larguísima en aquella época? —dije luego, entre risas. Ese tío ya nació con esos pelos.
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Stella Moon el Miér Jun 29, 2016 10:36 pm

La chica, lógicamente se sorprendió muchísimo al escuchar que había sido su padre quien me mordió cuando yo era apenas una niña pequeña e indefensa hace tantos años. No era de extrañar, cualquiera se sorprendería si una perfecta extraña le revelase una verdad semejante. Le estaba muy agradecida a Wayne Rodwell por haberme mordido hace tantos años y haberme convertido en lo que era, pero a veces le maldecía mentalmente por no haber mordido también a mi hermano. Cierto es que el carácter de mi hermano era mucho más débil que el mío en cuanto a perder el control se refería, era lo que él detestaba de ser vampiro, y los licántropos perdemos el control todos los meses. Él a lo mejor sí que lo hubiese visto como una maldición, aunque jamás me despreció a mí. Pero si hubiese sido un licántropo jamás hubiese sido mordido y transformado en vampiro, y ahora no estaría muerto. Jamás pudo controlarse como vampiro, no volvió a ser él mismo nunca más después de su tragedia… y eso le mató.

Había dicho que no conocía en realidad en Wayne Moon. Era cierto, no le conocía, no le había vuelto a ver nunca más y no sabía cómo era como humano, pero sí que sabía su nombre y eso a Ashley le pareció extraño.

-Mis padres le conocían- dije, respondiendo a su pregunta silenciosa. Sonreí para mí misma a causa de la ironía, si así podía llamársele. “Mis padres le conocían,” menudo chiste. Era el hermano mellizo de Darren y se había follado a mi madre. Como para no conocerle…- Siempre he sido fuerte. Estuve grave, pero me recuperé y aquí me tienes. No soy el primer miembro de mi familia a quien muerde un licántropo siendo tan pequeño- parece casi como si lo tuviésemos en la sangre, marcando nuestro destino.

Si la cara que había puesto cuando le había revelado lo que me había hecho su padre me pareció divertida, la que puso cuando oyó que vivo con Cosmas me arrancó una carcajada. Asentí divertida para confirmarlo, y entonces ella hizo preguntas con curiosidad.

-Somos amigos- aclaré, pues parecía que ella estaba pensando otra cosa que dadas las circunstancias podrían perfectamente convertirse en un malentendido. Ni harta en vino me haría yo pareja de Cosmas, pero me daría un buen revolcón en la cama con él, eso no lo niego. Volví a reír ante la sugerencia de Ashley de que le diese un par de guantazos a Iorwerth. Podía imaginarme de dónde venía el impulso. Después de todo pasaba muchísimo tiempo con Cosmas, y aunque fingía adorarle y ser genuinamente su amiga, en el fondo no le podía aguantar. Pero debía mantener mi fachada, maldita sea. Asuntos de trabajo, ya me entendéis.- Iorwerth es a veces… un poco especial. Ha pasado momentos muy duros- de nuevo, como siempre que me acordaba de lo que le pasó a su mujer, tuve que hacer un esfuerzo enorme por no sonreír encantada.- ¿Por qué le tienes tú tanta manía? Hace poco que es profesor, pero me imagino que debe ser uno de los estrictos.

Después de darle un golpe en la mesa para espabilar al barman, este nos trajo nuestras bebidas aunque poniendo muy mala cara, pero no osó rechistar. Bebí mientras escuchaba la pregunta de Ashley. Dejé el vaso apoyado sobre la barra y pensé durante un par de segundos cómo responder.

-Sí, entonces también tenía esa barba- respondí a la segunda pregunta primero.- Esconde muchos secretos en esa barba, por eso es tan grande- dije.- Hogwarts era… supongo que un poco más descontrolado que ahora. No estábamos en guerra, así que creo que en general en el mundo mágico todo era mucho más… ¿fácil, tal vez? Sí, definitivamente todo estaba más descontrolado- dije mientras me encogía de hombros, y volví a beber.- Era un lugar peligroso. Dumbledore nunca ha controlado muy bien quién entra en el castillo. Si no estaba intentando matarte un alumno desquiciado lo estaba intentando un profesor psicópata.
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Stella MoonInactivo

Invitado el Vie Jul 15, 2016 1:55 am

La contestación de Stella volvió a dejarme completamente sin ideas ni hipótesis, como si de un guantazo hubiera apartado todos los papeles de una mesa. Entrecerré los ojos mirándola de nuevo, cual libro cerrado que guarda con recelo un gran secreto.
¿De qué? —Fue lo único que pude decir al respecto. ¿De qué conocían sus padres al mío? ¿Por qué nunca me había hablado de ellos? Si conservaran una buena amistad, les habría visto en algún momento, ¿no? ¿O habían perdido el contacto entre ellos? ¿O nunca llegaron a llevarse bien? Demasiadas preguntas y demasiadas posibles respuestas, infinitas. No tenía sentido tratar de desgranar qué decía, no ahora—. ¿No? —Alcé las cejas al no esperarme esa confesión. ¿Que ella no era la primera a la que mordían tan joven su familia? Eso sonaba rarísimo, aunque la mía sucediera—. ¿De dónde has salido? —dije de forma retórica, pues me había pagado una bebida, confesado que era una licántropa desde muy joven, que conocía a mi padre y que no veía nuestra condición como una enfermedad. Si me pincharan, no me sacarían sangre. Era la tarde más rara de mi vida.

Si bien me pregunté cómo diantres podía alguien ser amigo de ese grandísimo gilipollas, no se lo dije abiertamente por respeto. Pude haberlo hecho, pero me mordí la lengua. Sí, a mi modo de ver las cosas a ella le pareció divertida mi forma de describir al profesor de DCAO, pero no quería seguir descubriendo qué tan bien se llevaban. Ni tampoco qué había entre esos dos. Al oír su pregunta, cerré el puño con fuerza y le solté toda la verdad.
Se suponía que iba a vigilarme durante una noche, porque le llevo insistiendo a Dumbledore con que me deje libre. No me cae bien, no me gusta, se comportó como un gran idiota todo el viaje. —Yo también actué del mismo modo, pero no lo dije al asumir que era lo que cualquier otra persona habría hecho en mi lugar—. Me trató como un animal. Me atacó a traición por la espalda y me encadenó a un árbol. Luego, se fue y me dejó ahí. Quiero verlo muerto —dije con frialdad y dureza, percatándome de que lo decía muy en serio. ¿Cómo se podía odiar tanto a alguien? Qué importaba.

Ya con la bebida en la mano y con menos tensión sobre los hombros, me reí con alegría mientras ella confirmaba que la barba de Dumbledore siempre estuvo ahí. ¿Puede que incluso antes de su nacimiento? Imaginadlo. Bebí con interés escuchando su relato, comprendiendo que sus palabras tenían sentido. Ahora estábamos en mitad de una guerra, aunque a veces no lo parecía, y los aurores estaban por todas partes. Antes también, claramente, pero imaginaba que la paz implicaba que todo se controlara menos.
En eso el castillo no ha cambiado —dije con pesadez. Los puristas se dejaban ver en todos los lugares, en todo momento, y había una sobrepoblación de idiotas alarmante. Y los profesores eran unos psicópatas, y si no, preguntádmelo a mí.
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Stella Moon el Vie Jul 22, 2016 11:37 pm

Obvio la chica no se iba a contentar con que simplemente le dijese que su padre y mis padres se conocían antes de que él me mordiese a mí cuando era pequeña. Esbocé una pequeña sonrisa divertida mientras pensaba. Sería gracioso contarle la verdad en ese momento y soltarle el bombazo de que sus padre y el mío se conocían porque eran hermanos mellizos... y en realidad mi padre era mi tío y su padre era mi verdadero padre. ¿Qué cara se le quedaría entonces a la joven licántropa? Parte de mí tenía muchísima curiosidad y quería averiguarlo para echarse una risas. La otra parte de mí me digo que fuese más discreta, al menos por el momento, y me tomase las cosas con calma.

-Tu padre es de Washington DC. Mis padres también. Tu padre y el mío se conocen desde niños- ¡vaya una manera de resumirlo!- A mi madre la conoció en Hogwarts. Creo que fueron amigos, fueron todos a Slytherin.

Supuse que aquello debería ser suficiente para satisfacer la curiosidad de la pelirroja, aunque seguramente ahora me atacaría con una nueva pregunta como "¿y por qué te mordió?", a la cual tampoco podría responder con la verdad porque entonces dejaría de ser discreta. 

Si bien me había hecho gracia el desagrado que Ashley había expresado en su voz cuando mencionó a Cosmas y la sorpresa que demostró cuando le dije que yo vivía con él, no me hizo tanta gracia escuchar lo que había ocurrido entre ambos. Mientras la chica que yo me acababa de entere que era mi medio hermana me contaba lo que el hombre le había hecho la noche de su transformación mi rostro se fue ensombreciendo y mi expresión de volvió más sería hasta hacerse casi dura, pero no tan duda como podía llegar a serlo en los momentos en los que realmente estaba cabreada. En esta situación simplemente estaba molesta por algo que me resultaba desagradable. ¿La había atado? Eso era denigrante, y algo que yo odiaba a muerte que le hiciesen a los de nuestra especial. Ese tipo de trato era lo que me había impulsado a mí a ser lo que era; me encantaba matar y destrozar a los humanos que nos creían simple bestias salvajes porque me encantaba demostrarles que no podían con nosotros, que deberían habernos tratado con respeto y así se habrían ahorrado ese sufrimiento. 

-¿Te encadenó?- repetí asqueada. Di un sorbo muy largo de mi bebida antes de volver a hablar con una ligera mueca de desagrado en el rostro.- Él más que nadie debería saber cómo tratar con respeto y humanidad a una licántropa- dije, recordando a Ella. Oh, me había sentido tan bien y tan feliz al morderla... Puede que hubiese sido una de las mejores cosas que he hecho en mi vida.- Hablaré con él. Me jode cuando los magos se portan así. ¡Y luego se sorprenden de que me hiciese mortífaga cuando era adolescente! Al menos ellos no nos trataban como animales- dije lanzando una pequeña risotada, hundiendo sin darme cuenta las uñas de la madera de la barra y dejando en ella largos y profundos arañazos.

Le conté a Ashley como había sido Hogwarts cuando yo estaba allí. Lo echaba mucho de menos, pero no tanto como para desear volver. Estaba muchísimo mejor como estaba ahora, completamente libre y haciendo todo lo que me venía en gana. 

-¿En qué Casa estás?- le pregunté entonces a Ashley con curiosidad, suponiendo que estaría en Slytherin, tal vez. Aunque ella misma no lo supiese, era en realidad una Moon, y los Moon casi siempre caen en Slytherin. Incluso Wayne, siendo como era, había acabado allí.
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Invitado el Miér Jul 27, 2016 12:23 am

¿Debería preocuparme que una presunta desconocida supiera tantas cosas acerca de mi padre? La escruté con la mirada sin discreción alguna, como tantas veces hice ya, y me formulé una cantidad ingente y aberrante de preguntas sin respuesta. Finalmente, terminé achinando los ojos con escepticismo.
Nunca habló ni de ti ni de tus padres, ni siquiera cuando saliste en los periódicos —le dije. No con dureza como si tal confesión fuera a herir sus sentimientos, sino con desconfianza. Me pagó una bebida e invitó a otra, todo lo que queráis, pero aquí había gato encerrado. Encerrado a cal y canto—. ¿Y por qué te mordió? —Aunque mi padre es un defensor de la licantropía, no le veía visitando a compañeros de Hogwarts para morder a su hija de cinco años. ¿O siete? ¿Cuántos tenía ella por aquel entonces?

Noté cierto tono de desagrado en su voz, que más adelante me confirmó la ostensible mueca de su rostro. Fruncí el ceño observándola por el rabillo del ojo, ya que en ese momento me encontraba bebiendo.
Me encadenó como un animal —repetí con un deje de puro asco al recordar la situación—. Ah, ¿sí? ¿Ese tío? —pregunté con una curiosidad muy destacable. Al estar hablando de cierto individuo a quien no le guardaba simpatía alguna, era comprensible que mi interés por él fuera mísero, casi inexistente. Alcé una ceja levemente sorprendida ante sus siguientes palabras, nuevamente confundida. ¿Qué la movía a querer interferir en una relación tan bella y encantadora como la mía con el señor Iorwerth? Una pequeña carcajada salió de mis labios, y antes de darme cuenta asentí. Ojalá le dijera cuatro cosas a ese hombre. Mi interés sí creció cuando dijo que los mortífagos no la trataron como un animal.
¿Te trataron bien? —No deseaba unirme a sus filas. Primeramente porque no compartía sus ideales, aunque sí estaba empezando a odiar a todo mago de mente cerrada. Y aunque sí quisiera entrar en ese grupo de gente loca como una regadera, al ser mestiza lo tendría bastante difícil. Qué narices, sería imposible. Y a diferencia de ella, yo sí vi que los arañazos que dejó en la madera. Lejos de decírselo o de alarmarme, me callé y sonreí de medio lado. Jódete, tabernero, tendrás que arreglar el estropicio.

En Ravenclaw —contesté antes de beber largamente de mi vaso, secándome los labios con el brazo y suspirando—. El sombrero debió ver que tenía ganas de aprender más sobre nuestra “maldición”. —Puse comillas en el aire—. Y me envió a la casa de las águilas. Creo que lo hizo bien, si estuviera en Slytherin me pelearía aún más que ahora, no soportaría a los héroes de Gryffindor ni a los de Hufflepuff. —Pese a tirar de tópicos, lo vi muy factible. Al menos en Ravenclaw me sentía bastante cómoda, aunque iba a pasar a los anales de la historia como la peor de todas. O una con los peores historiales. Qué divertido.
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