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Tragedia plantistica (Sybill)

Odiseo Masbecth el Mar Mayo 24, 2016 3:58 am

Era una bella mañana… Tarde… ¿Madrugada? Era un bello momento del día para que Odi fuese a cuidar de sus bellas, bellísimas plantas a quienes amaba tanto como a un hijo, si deseará tener niños. Así que silbando alegremente y a lomos de su vaca enfiló hacia el invernadero número siete. Ese que la entrada estaba tan destruida que poca gente quería entrar. No era una puerta, era una masa poco uniforme de restos de matera, hojas podridas, madera y otras cosas poco identificables, sostenidas todas juntas por enredaderas y mas enredaderas. La única forma de entrar era pegando el estomago al piso y  arrastrándose. Salió al otro lado siendo una imitación barata de un minero.

Y ahí, bajo una bola de luz que colgaba del techo por arte de magia, estaban sus amadas plantas. Las mejores de las mejores. Nada en el mercado podía compararse a sus plantas de marihuana fertilizadas con popo de vaca alimentada con marihuana.

Con un movimiento de la varita una nube inmensa y gris se formó sobre las plantas, empezando casi al instante a llover. Una buena hidratación es vital para un crecimiento apropiado de las plantas y Odi se tomaba muy en serio su cultivo. Por eso fue tan trágico lo que sucedió a continuación. Él estaba caminando tranquilamente entre las plantas, empapándose de agua, cuando sus ojos repararon en una mancha. Una mancha grande y café en la hoja de su favorita.  Eso… Eso… Solo podía significar una cosa.

Se abalanzó sobre ella y la tomó entre sus brazos como si fuese un delicado bebé o una bella mujer. Había lágrimas en sus ojos.

-No, no puedes dejarme así ¿Qué seré sin ti? ¡No me hagas esto ahora! ¡¡MILDRED!!

La vaca pastaba tranquilamente al otro lado del invernadero, comiendo el mas tierno pasto, que aún así no era tan agradable de sabor como la marihuana de Odi* hasta que la voz del hombre, cargada de tragedia y desesperación, interrumpió su alimentación. El animal mugió largamente antes de girarse, bajar la cabeza y embestir con fuerza la puerta del invernadero. La susodicha se estremeció un poco, como dudándolo, pero otro golpe la convenció para caer en pedazos. La vaca encontró a Odiseo abrazado a su planta. Se acercó a olerla con curiosidad para luego abrir sus ojos aterrorizada, dar media vuelta y volver corriendo hacia su hogar, dejando al hombre y su moribunda planta a su suerte.

Pero a este no le importó, Mildred ya había cumplido su misión. Se levantó lentamente, aún con la inmensa planta–aproximadamente un metro de altura- en brazos y con enormes zancadas abandonó el lugar. No pudo caminar ni siete metros antes de enredarse con una rama que había en el piso. La maceta salió volando de sus brazos, mientras su cuerpo caía en cámara lenta con un dramático y largo no saliendo de su boca. La maceta volaba, volaba, esperando el momento de ser llamada de nuevo a la tierra por la gravedad. Aunque pareció demorarse una eternidad el llamado ella, siempre tan amable y dulce, la recibió con los brazos abiertos y para suerte de Odi, la maceta quedó intacta, rodando cuesta abajo, en inminente dirección hacia las piernas de una chica de larga cabellera rubia. El hombre se levantó como un resorte y empezó a correr ladera abajo tras ella. No se daría cuenta del poco control que tenia sobre su carrera sino instantes antes de chocar contra el cuerpo de la chica, con sus propias piernas hechas un nudo intentando frenar y evitar la maceta al mismo tiempo.

* que esta tan solo a una lechuza de distancia de usted, no tema, compre ahora.
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Invitado el Miér Mayo 25, 2016 8:53 pm

Era común que los profesores dejaran tareas, mandaran a hacer investigaciones o, en el caso de pociones, pidieran a los alumnos que recolectaran ingredientes específicos. Eso había llevado a Sybill hasta los límites del bosque prohibido, donde estuvo buscando plantas de ortiga hasta dar con un sitio en el que crecían bastantes. Había sido cuidadosa a la hora de arrancar las hojas haciendo uso de unos guantes y su varita, pues no quería terminar con las manos irritadas, pero justo cuando estaba pensando en regresar y ya se había quitado los guantes, dio un paso en falso y tropezó. Por reflejo antepuso sus brazos para evitar caer de cara al suelo y sus manos dieron de pleno contra las plantas de ortiga, que de inmediato le quemaron la piel.

Ahora sentía que las manos le ardían terriblemente, y mientras se alejaba del sitio se las soplaba con una mueca de dolor y algunos quejidos bajos. Lo que había logrado recolectar se encontraba cuidadosamente empacado en una pequeña bolsa de plástico que descansaba en uno de los bolsillos de su uniforme. Avanzó cuesta arriba por los terrenos de Hogwarts preguntándose internamente en qué poción utilizarían la condenada ortiga cuando un sonido extraño llamó su atención. Los invernaderos se hallaban un poco más arriba y cuando alzó la mirada se encontró con una vaca. Un momento, ¿era una vaca de verdad? Sí, el animal corría como si acabara de salir de uno de los invernaderos abandonados.

Sybill apresuró el paso mientras la silueta del animal se hacía cada vez más pequeña al alejarse. ¿Qué hacía una vaca en Hogwarts? No recordaba haber visto nunca un animal así en el colegio. Tan concentrada estaba en eso que casi no se dio cuenta cuando dos cosas más aparecieron en su campo de visión: primero una maceta que rodaba peligrosamente hacia ella, y segundo un hombre muy alto que corría aún más peligrosamente hacia ella también. Logró frenar la pesada maceta con uno de sus pies evitando así que golpeara sus piernas, pero el hombre no se detuvo a tiempo. Sybill estiro sus brazos para amortiguar el impacto y el cuerpo del tipo se estampó contra las palmas de sus manos.

-¡AAAUUUCH! -gritó como si acabaran de prenderle fuego a sus dedos, y es que así se sentía. El impacto le hizo perder el equilibrio, la maceta se escapó de debajo de su pie y la Ravenclaw dio varios pasos hacia atrás entre tambaleos y otro chillido de dolor. A poco estuvieron de salir rodando, pero finalmente ambos se detuvieron por completo y para su suerte no terminaron en el suelo. Por su parte la maceta continuó su recorrido ladera abajo y se detuvo recién varios metros más allá, aparentemente sana. Sybill miró al hombre con expresión interrogativa.
-Merlín santísimo. ¿Se encuentra bien? -parecía bastante preocupado y supuso que la dichosa planta debía ser verdaderamente importante.

Volvió a bajar el camino recorrido junto con él hasta llegar a donde yacía la maceta y se agachó para observarla. Sus manos, que mantenía frente a ella en el aire como si estuviese esperando que le entregaran algo, estaban rojas y le ardían demasiado como para tocar alguna cosa, así que dejó la planta en su sitio.
-Creo que está intacta -le dijo luego de una rápida inspección, y sólo tras unos segundos fue que empezó a parecerle todo bastante sospechoso. Frunciendo el ceño con confusión, volvió a incorporarse para mirar al hombre una vez más.
-¿Qué clase de planta es esta? ¿Y quién es usted? -de pronto se le ocurrió que tenía frente a ella a un intruso ilegal.
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Odiseo Masbecth el Jue Mayo 26, 2016 3:32 am

Uy, uy, ese pie no debía ir ahí. Frena, frena Odi, ¡freeeenaaaaa que la vas a aplastar! Y… la aplast… Pero no la había aplastado. Mostrando una fuerza increíble, la chica había detenido su inminente caída con sus manos, que se estrellaron contra su pecho de forma que hubiera sido chica, hubiese sido bastante problemática. Aún intentando recuperando el control de sus pies, Odi se enredó, tambaleó y maldijo hasta finalmente quedar perfectamente mal parado en una posición bastante precaria.

¿Encontrarse bien? No, la verdad que no. La verdad que había gente que tenia mejores días en el funeral de un familiar amado que el que él estaba teniendo ahora. Su amada planta, su amada Sumenergilda tenia una horrible, terrible, horrorosa mancha café muy prominente en una de sus hojas. Y eso solo significaba una cosa. La muerte de su planta favorita, su primera y hermosa planta, que lo había acompañado por todas sus giras mundiales, viajando de ilegal en transbordadores y aviones muggles. La que lo había acompañado en noches frias, y cálidas y le había salvado la vida cuando ya no quedaban mas cosas para comer, regalándole de sus muy nutritivas hojas, sin emitir nunca ni una queja. Era también la favorita de Mildred, la que daba las hojas mas tiernas.

Siguió a la chica como un zombie, inmerso en la cantidad de recuerdos que ahora acudían a su mente, todos aquellos momentos enternecedores y únicos que había pasado con su planta hacia que se le aguaran los ojos, así que cuando la chica dijo que estaba bien no pudo evitar romper en llanto y abrazársele como si fuese un viejo amigo que le estaba prestando su hombro para desahogar todas sus desgracias. Lo cual en realidad era muy gracioso, porque le llevaba casi cuarenta centímetros a la chica y podía descansar cómodamente su mojada mejilla en su cabeza mientras sollozaba.

-No, no lo estoy. Y no es una planta cualquiera, es Sumenergilda, la mejor, la única, la bella. Ha sido mi fiel compañera durante años y años- soltó a la chica y se dejó caer junto a la maceta- me ha dado de sus frutos, ha creado mi pasión por estas plantas y otras similares. Ha sido mi amiga, mi inspiración- llorando desconsolado, Odi la abrazó gentilmente contra su pecho. Ya solo faltaba que el cielo se echará a llorar también su perdida, pero el cielo no parecía muy inclinado a hacerlo.

Apartó la planta de su pecho y cuando fue a acariciar sus hojas se dio cuenta que aquella mancha enorme ya no estaba y en cambio sentía algo frío y húmedo en su mejilla, algo aparte de las lágrimas, claro esta. Se llevó la mano a la mejilla para luego retirarla, con lo que quedaba de la mancha café que antes tenia Sumenergilda en su hoja. Aquella prominente e inmensa mancha café que le había hecho derramar tan amargas lágrimas, no era, como el temía, una señal de vejez y muerte inminente. No, era tan solo una mancha de suciedad, que Merlín sabia que no mantenía especialmente limpio el invernadero, no fuese a ser que alguien quisiera entrar.

Se echó a reír de la pura emoción. Una risa grande, gigante. Carcajadas de felicidad. Luego, se levantó como un resorte. Sumenergilda se quedo en el suelo, descansando esplendida e impoluta bajo el sol. Estaba tan embriagado de felicidad que Odi no encontró otra forma que expresarse que agarrar a la pequeña rubia por la cintura y abrazarla con fuerza, alzándola en el aire, riendo aún.

- No va a morir, Sumenergilda no va a morir- decía emocionado mientras giraba y giraba con Sybill abrazada.


Última edición por Odiseo Masbecth el Jue Mayo 26, 2016 3:35 am, editado 1 vez (Razón : El color de los dialogooos, el coloor.)
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Invitado el Sáb Mayo 28, 2016 11:22 pm

Las reacciones del hombre la estaban tomando completamente por sorpresa. Primero, no entendía por qué alguien haría tanto escándalo por una planta, aunque bueno, ella no era nadie para juzgar cuán especial podía llegar a ser un vegetal para una persona. Segundo, tampoco esperaba que el tipo prácticamente se le tirara encima para descargarse en sollozos. Quizás en una situación diferente le habría incomodado, pero en esos momentos había empezado a sentir lástima por él. Parecía verdaderamente perturbado, fuera lo que fuese que estuviese pasando.
-Ya, ya -dijo en voz baja mientras le daba unas suaves palmaditas en la espalda como si estuviese consolando a un niño pequeño, sin moverse más de lo necesario porque sentía que tenía buena parte de su peso apoyado sobre ella. El roce de sus manos con la ropa del hombre nuevamente le causó ardor, aunque esta vez no fue tan doloroso.

Luego de que la soltara, escuchó la historia de la planta con una mezcla de enternecimiento y horror. Sybill nunca había fumado un porro. Ni siquiera había tenido una planta de marihuana frente a ella -hasta ese momento, claro está-. Pero sí había visto imágenes y dibujos y si no estaba mal, aquella era una de esas. ¿Cuántas otras plantas existían cuyas hojas tuviesen esa particular forma? No se le venía ninguna a la mente. Así que tenía a su lado a un completo desconocido llorando desconsoladamente por una planta de marihuana que a sus ojos no tenía ningún problema. O el tipo simplemente era raro o estaba muy drogado, y Sybill no sabía cómo debía tratar con gente drogada. Tampoco descartaba la primera opción, simplemente no lo conocía lo suficiente como para decantarse por una o la otra. Ay, dulce e ingenua Sybill, siempre tratando de encontrarle el mejor lado a las personas.

-Al menos ha podido pasar un buen tiempo con Su… merigilda -pronunció aquel extraño nombre lentamente, estando segura de que se equivocaba. Ahora el hombre se encontraba en el suelo abrazando a su planta. Todo era demasiado surreal. Sybill no sabía cómo actuar ni qué decir, y a decir verdad le hubiese encantado que alguien más apareciera en ese momento y se hiciera cargo de la situación. Miró a su alrededor en busca de alguien, cualquier persona que estuviese pasando por allí en esos momentos, pero aquella zona de los terrenos se veía desierta. Volvió a bajar la mirada hacia el desconocido de la planta y se metió la mano en los bolsillos. Sacó la pequeña bolsa con las hojas de ortiga… no, bolsillo equivocado, no es eso lo que estaba buscando. Un pequeño paquete de pañuelos desechables: ¡eso sí!
-Tenga -le ofreció uno al hombre inclinándose un poco hacia él.

De pronto la situación cambió por completo y el llanto se convirtió en risa tan rápido que Sybill creyó que le estaban tomando el pelo. Pronto las carcajadas se hicieron aún más sonoras y la chica dio un paso hacia atrás como si tuviese en frente una bomba que podría explotar en cualquier momento. El hombre se puso de pie en menos de lo que canta un gallo y tomándola por la cintura la alzó en un abrazo giratorio que le hizo preguntarse nuevamente por el nivel de cordura del tipo. ¿Pero qué podía decirle? En esos momentos no veía a un loco ni a un drogado, veía a un hombre que parecía estar teniendo uno de los días más intensos de su vida, entre la desesperación de hace un momento atrás y el actual júbilo que demostraba con sus risas. Y sin embargo la situación no dejaba de ser cuanto menos extraña, sobre todo cuando recordaba que no tenía idea de quién la estaba abrazando.

-¡No va a morir! -repitió sus palabras por no saber qué más decir. Trató de sonar igual de emocionada que él, pero su sonrisa mezclada con la expresión de “¿qué mierda estoy haciendo aquí?” no era del todo convincente, al menos no para quien la observara detenidamente. Por suerte, el hombre parecía estar demasiado pendiente de lo suyo como para darse cuenta.
-¿Podría bajarme ahora? -le pidió con una risita nerviosa. Cuando sus pies volvieron a tocar el suelo se acomodó un poco el uniforme y luego inspiró profundamente.
-Señor, de verdad me alegro de que su planta… Sumenergilda -se corrigió-, se encuentre bien, pero no pude evitar notar que se trata de una planta de marihuana y, bueno, estamos en un colegio -alzó los hombros y torció los labios con inseguridad; el hombre se veía tan feliz repentinamente que de verdad no quería arruinarle el momento, así que no quería sonar como si estuviese inculpándolo. ¿Pero qué estaba haciendo allí y quién era? Por alguna parte había que empezar. Extendió el brazo y le ofreció una mano llena de pequeños sarpullidos a causa de su reciente encuentro con la ortiga.
-Me llamo Sybill. Encantada -se presentó esperando que le estrechara la mano -ojalá con delicadeza- y le dijera también quién era.
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Odiseo Masbecth el Miér Jun 01, 2016 3:54 am

¡La desdicha no era más parte de este hogar! ¡Ahora todo era alegría! ¡Risas y dicha! Oh, la buena de Sumenergilda había vuelto a demostrar que era una planta perfecta, indestructible.  Estaba tan sumergido, embobado en su repentina magnifica noticia que la noticia de que la chica deseaba ser puesta en el suelo una vez mas lo tomó por sorpresa. ¿Ah? ¿Bajarla? Miró a la chica y luego al suelo. Oh, claro, claro. Que le sacaba casi 40 centímetros y la joven debía empezar a sentir un poco de vértigo al encontrarse a semejante altura.

- ¡Oh sí! ¡Perdona!

Con mayor delicadeza de la que uno esperaría, Odi la dejó en el suelo, apartándose un paso. En su rostro estaba aún esa encantadora sonrisa que derretía prejuicios y provocaba malos pensamientos en los corazones mas débiles. Mientras la chica se acomodaba el uniforme el hombre aprovechó para tomar de nuevo a Sumenergilda en brazos y acomodarla entre ellos de forma que fuese cómoda de llevar pero le permitiese ver a la chica. A Odi muchas veces se le olvidaba que tenía varita… O bien se le olvidaba la varita en casa.

-Sí, no va a morir- repite cuando la chica le dice que se alegra. Su felicidad es completa, no se tendrá que desprender de uno de sus mas queridos amigos. Y no tenia muchos como para ir perdiéndolos por ahí como si fuesen dinero. Tendría que contarle a Mildred. Sí, se iba a poner feliz. La pobre había pensado que… eh… ¿dónde estaba Mildred? Iba a preguntarle a la chica por su vaca cuando la mano de esta se materializó frente a él. Esta la sabia, de este ritual social se acordaba. Así que balanceó magistralmente la enorme planta en una mano y estrechó la mano que le era ofrecida, antes de volver a abrazarse a su planta.

- Odiseo, pero me puedes decir Odi. Nadie me dice Odiseo, en realidad, bueno, al menos nadie que me aprecié.

Como si se lo acabará de decir y no antes, Odiseo recordó que la chica había comentado sobre el hecho de que era una planta de marihuana. Las conversaciones con Odi solían ser complicadas, no solo por el hecho de que era como era sino porque la información llegaba en desorden y cuando salían de su cabeza no tenían el sentido que la otra persona esperaba

- No te preocupes- le aseguró- es una planta de marihuana completamente inofensiva. La cannabis carnivorus no esta entre mis plantas preferidas. Suele comerse sus propios frutos o a sus plantas vecinas. Lo intenté una vez, porque dicen que, si se logra cultivar, da una hierba tan poderosa que te hará creer en todos los dioses… Pero cuando intentó comerse a Sumenergilda le di una paliza y se la regalé a un viejo enemigo- otra cosa que también se había de tener en cuenta con Odiseo era que no tenía filtro a la hora de hablar. Se olvidaba que supuestamente tenia que tener una fachada frente a sus alumnos y no hablar de su otro trabajo y se olvidaba de ello constantemente- A Dumbledore no le molestará mientras no se enteré. Ojos que no ven, corazón que no siente… Y es un milagro que aún vea el hombre. Esta verdaderamente viejo.

Sí, definitivamente no tenía filtro. Empezó a notar que se le empezaban a cansar los brazos. Sumenergilda, por muy amada que fuese no era precisamente liviana y Odi tampoco era el ser humano mas fuerte de todo el campus, así que como si fuese lo mas obvio del mundo, sacó la varita de su bolsillo y pronunciando un encantamiento y con una floritura de la varita, Sumenergilda fue a hacerle compañía al resto de las plantas y a liderarlas hacia una hermosa y provechosa cosecha, como era su conocido trabajo. Una vez se hubo deshecho de la planta, encontrándose considerablemente mas comodo, Odi dirigió toda su volátil atención a la persona que tenía frente a sí. Una nueva imagen se abrio paso a su cerebro, con dificultad pero decidida a llegar hacia su consciente. La imagen de la mano de la joven cubierta por un incomodo sarpullido que debía provenir de una ortiga. Porque pueden decir lo que quieran, pero Odi sabia de plantas y dolores a punta de prueba y error. Sin pedir permiso ni preguntar nada estiró su mano y tomó la de la chica entre las suyas para observarla con el ceño fruncido.

- Que vergüenza de profesor de Herbología deben tener que no les enseña a recoger apropiadamente las ortigas. No es con la mano, pequeña- le dice, antes de soltarle la mano y empezar a rebuscar entre sus bolsillos, que parecen ser una cantidad cercana a infinitos. Finalmente saca algo que se parece mucho a un musgo de uno de ellos y lo aprieta gentilmente contra la palma de la mano de la chica- ahora, la próxima vez que vayas a coger ortiga con las manos sin guantes, que no lo recomiendo, al menos asegúrate de llevar esto. Es un musgo que crece al pie de los sauces llorones. No los sauces llorones muggles, los reales, los que lloran lágrimas de verdad. Este musgo nace de esas lágrimas y es bastante bueno para los males de la piel- dicho esto, retiró el musgo de la mano y lo puso en la otra palma, dejando la primera suave y sin el menor rastro de sarpullido.
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Invitado el Dom Jun 19, 2016 11:17 pm

Las demostraciones de alegría eran interesantes, pero más le interesaba saber el nombre del desconocido. Odiseo. No le sonaba de nada; bien podía ser el pariente de algún estudiante o profesor, bien podía ser un psicópata drogadicto en busca de alumnos a los cuales desmembrar para poner en venta sus órganos. De verdad esperaba que la segunda opción estuviese muy alejada de la realidad.

Con curiosidad y recelo a partes iguales, escuchó lo que le decía acerca de las plantas de marihuana. ¿Cannabis carnivorus? Sybill jamás había escuchado tal cosa. Aunque para ser sinceros tampoco tenía mucha idea de la marihuana en general, así que tampoco era decir mucho. ¿Pero por qué el tipo hablaba de esa forma tan relajada? ¿No se daba cuenta de que estaba demostrando haber infringido una buena cantidad de normas con todo lo que le había dicho? ¿Tendría un permiso especial para cultivar plantas de marihuana o algo así? ¡¿Acaso existía semejante permiso?!

Eran demasiadas preguntas. Y antes de que la Ravenclaw pudiese verbalizar alguna, Odiseo la desconcentró de sus pensamientos cuando le tomó la mano y luego empezó a buscar algo en sus bolsillos. “Por favor, que no me ofrezca una bolsa de cocaína” -imploró internamente mientras lo observaba con cara de duda. Sin embargo (y para alivio de Sybill) lo que sacó no fue droga, sino un particular musgo que nunca había visto. Empezó a darle instrucciones y ella boqueó varias veces con la intención de decir algo, pero no pudo hacerlo hasta que Odiseo guardó silencio.

Para entonces una de sus manos, la que había sido frotada delicadamente con el musgo, se encontraba en perfecto estado. Sybill estaba impresionada. Repitió lo mismo en la otra mano hasta que también esta quedó sin muestras de sarpullido y más importante aún, sin dolor alguno.
-Vaya -fue lo primero que se le ocurrió decir cuando volvió a alzar la vista hacia Odiseo-. Gracias, señ… Odi- se corrigió rápidamente-. ¿Me puedo quedar con el resto? -le preguntó refiriéndose al musgo. No planeaba volver a tener un enfrentamiento con ortigas en un futuro próximo, pero tener aquel musgo a la mano no estaría de más.

-Y en realidad no ha sido culpa de la profesora de Herbología. Ella es muy buena profesora. Estaba buscando ortigas para la clase de Pociones, y sí estaba usando guantes -se defendió para que no pensara que carecía de sentido común-. Pero justo luego de quitármelos tropecé, me caí y mis manos dieron con la ortiga. A cualquiera le puede pasar, ¿no? -le preguntó sin esperar que le respondiera. Se mordió los labios y observó al hombre detenidamente, acababa de ayudarle y aliviarle el dolor de las manos pero eso no quería decir que fuese de fiar… ¿o sí? Bueno, había que admitir que tenía cierto encanto.

Pero tampoco había que olvidar que Sybill era una Ravenclaw, y como tal su sentido de la responsabilidad era bastante fuerte. Había cosas que simplemente no se podían evitar.
-Y ahora volviendo a la planta de marihuana -continuó tras unos momentos, sin dejar que el tema se escapara-, ¿se da cuenta de que estamos en un colegio y de que tener plantas como esa en este lugar no es buena idea? Quiero decir, hay un montón de niños aquí. Y también otros no tan niños que sabrían darle buen provecho a una planta de esas -tras decir eso se dio cuenta de que el hombre podría pensar que se refería a ella misma.

-Oh, pero no hablo de mí, por supuesto -dijo rápidamente, negando repetidamente con la cabeza-. Yo no tendría interés por esas cosas. Pero seguro hay otros estudiantes que sí -estaba dando demasiadas vueltas, tenía que ser más directa.
-A lo que voy es que creo que es un poco irresponsable, por no decir peligroso, andar con una planta de marihuana en pleno colegio, ¿no le parece? -sus ojos volvieron a encontrarse con los de él y nuevamente sintió una especie de compasión por el hombre, algo que le impedía sonar recriminadora. Bajó la mirada y la fijó en la punta de sus pies.
-¿No se ha detenido a pensar en la situación por un momento?
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Odiseo Masbecth el Lun Jul 04, 2016 2:44 am

Cuando le preguntó si podía quedarse con el resto Odi tan solo asintió con una media sonrisa. Él tenía más en su habitación. Nunca sabías cuando algo podía tener propiedades alucinógenas si la mezclabas con el compañero correcto. Cuando le dijo que no había sido culpa de la -previa- profesora de Herbología y en vez de eso culpa del de Pociones y que cualquiera podía caerse encima de la ortiga asintió repetidas veces. Merlín sabía que él se había caído sobre cosas mucho más problemáticas que unas inocentes ortigas. Ni siquiera se planteó en contarle, como cualquier persona normal, que él era el nuevo profesor de Herbología porque… Bueno, tal vez porque aún no se terminaba de hacer la idea o simplemente estaba muy distraído para hacerlo.

Parecía que la chica estaba verdaderamente preocupada por el hecho de que tuviese una planta de marihuana en la escuela. Y volvía y volvía sobre el tema de ella como si planease contarle a alguien. Sí Odiseo tuviese dos dedos de frente también estaría preocupado porque una alumna hubiese descubierto que tenía su invernadero en los terrenos del colegio. O principalmente porque los había tenido, no tenía miedo. Podía ser un irresponsable en absolutamente todo, pero para él el bienestar de sus plantas y de Mildred era primordial en absolutamente todo. Por eso había hecho el hechizo Fidelio. Aunque muchos piensen lo contrario cuando Odiseo se acordaba que ese pedazo de madera que llevaba consigo a todos lados en realidad era una varita era un mago bastante decente. Así que había hecho el hechizo Fidelio con Atlas para mantener el secreto de su maravilloso invernadero como eso, un secreto. Eso sí, la chica tenía razón en algo.

-Tiene toda la razón. Es un peligro andar con ella por todo el colegio. Alguien podría robarla y esconderla. Mildred me mataría si se llegase a perder y yo caería en la depresión más profunda- en aquel momento recordó que el trozo de madera servía para algo y con un encantamiento sencillo hizo que la planta volviese a hacerle compañía a su rebaño. Bien sabía él que estas se encontraban perdidas sin su liderazgo. Luego se giró a mirar una vez más a la rubia- claro que lo he pensado. Por eso por mas que busques no vas a encontrar ninguna en el campus -le dijo, guiñandole el ojo y acompañando el gesto con su encantadora sonrisa- no te preocupes por los niños y los no tan niños. Con estos últimos lidio yo y los primeros nunca las encontrarán, como ya he dicho- la miró unos instantes- y además, la marihuana no es una planta que sirve solo para lo que estás pensando. Es altamente medicinal y su té es muy sabroso, además que es muy bueno para la tos y ese tipo de cosas. Tienes que recordar que su mala reputación la hemos dado en el presente porque antes era tan solo una planta y las plantas no son culpables de nada- si hasta sonaba como un profesor y todo, se dijo. Sí, definitivamente sería un magnífico profesor. Se estiró un poco y le revolvió el pelo juguetonamente a la chica, sonriendo- vamos, no estoy haciendo nada malo ¿Como puede ser malo un hombre con una vaca? -dijo, pues había visto a Mildred aparecer a lo lejos, bañada por el sol de la tarde y trotando en su dirección con la majestuosidad que tan solo su vaca podría tener. Cuando llegó a su lado y mugió leventemente reclamando su atención, Odi apoyó su mano en la cabeza del animal- Sybill, Mildred, Mildred esta es Sybill- había que ser educado y presentar a la gente que no se conocía, que además servía para ayudar a refrescar la memoria y no olvidar su nombre. La vaca miró a la chica y mugió en su dirección a forma de saludo.
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Invitado el Dom Ago 07, 2016 1:07 pm

Se sorprendió un poco de que el hombre le diera la razón, aunque luego se dio cuenta de que tenían visiones bastante diferentes; mientras Sybill había demostrado su preocupación por el resto de los alumnos, Odiseo parecía darle más importancia al bienestar de la planta que a otra cosa. Y Mildred… ¿quién rayos era Mildred? La Ravenclaw suspiró, resignada y confundida. No había imaginado que su plan de buscar los ingredientes para Pociones acabaría en una situación tan curiosa como aquella. Tampoco sabía si confiar del todo en lo que escuchaba. ¿Entonces sí había más plantas pero estaban escondidas? ¿Era eso tranquilizador o aún más preocupante?

En algo sí debía darle la razón, y era que la marihuana no se consumía sólo como droga. Eso también lo había escuchado. Llegó a sentirse incluso un poco culpable, agachando la cabeza por un momento mientras pensaba en ello. Ella había estado sacando sus propias conclusiones desde el principio, ¿pero por qué había que pensar siempre en la peor de las situaciones? Volvió a mirar a Odiseo cuando este le revolvió el cabello; no tenía cara de traficante ni de secuestrador. Aunque era cierto que los criminales sabían cómo engañar a la gente y pasar desapercibidos, pero… Vamos, su sonrisa era encantadora y hasta ahora había sido amable con ella.

-¿Una vaca? -repitió un instante después, parpadeando varias veces aún más confundida que antes. Fue entonces cuando escuchó unos golpecitos a lo lejos, pasos pesados que avanzaban hacia ellos. Se giró y vio bajar a la vaca por una pequeña colina; parecía sacada de un cuento de niños. Sybill la observó con la boca levemente abierta, pues era la primera vez que veía una vaca en el colegio. Había visto centauros e hipogrifos pero se sorprendía con una vaca. El animal mugió tras la introducción de Odiseo y a Sybill se le escapó una carcajada.

-Hola Mildred -la saludó al tiempo que estiraba la mano hacia el morro de la vaca. Y entonces olvidó las plantas y cultivos ilegales mientras tocaba la húmeda nariz de Mildred y esta le lamía la mano.
-No sabía que se podía traer vacas a Hogwarts -comentó empezando a acariciar la peluda cabeza del animal, tratando de encontrar sus ojos tras las marañas de pelo. Tampoco es que fuese una mascota común.
-¿Usted viene del campo? -preguntó tras un momento, volviendo a mirar al hombre.
-Porque sabe mucho de plantas y además tiene una vaca. ¿Qué lo ha traído hasta Hogwarts?
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Odiseo Masbecth el Sáb Ago 27, 2016 8:54 pm

A la gente solía sorprenderle el hecho de que alguien tuviese una vaca. Había todo tipo de reacciones. Odi había tenido que salir corriendo por ataques de histeria, por alergias asesinas y por terror. Como había hecho magníficos amigos que se habían enamorados de su belleza pelirroja y es que ¿Cómo no enamorarse de semejante muestra de majestuosidad y belleza? A ojos de Mildred no había nada mas perfecto que su vaca. Ningún animal o ser humano era mas inteligente, grandioso y bello que su vaca. No, no hasta el nivel sexual, mas como un padre que mira a su hijo. Su hija. Que era vaca hasta donde sabía.

Le gustó que la chica la saludará. Las vacas también merecían ser saludadas. La verdad aquella chica le agradaba. No era tan estirada como muchos de los estudiantes que se había encontrado en su breve estadía en el colegio. Muy breve y le gustaba el aire distraído que arrastraba consigo. Con su pelo revuelto y desordenado. Sí, había encontrado su alumna favorita. Le daría puntos extras solo por ir o no ir a clase.

- Digamos que a Dumbledore también le cae bien Mildred. Es una vaca con buenos contactos. Es encantadora como podrás ver- a la vaca también le había caído bien la chica y como la buena consentida que era se acercó un par de pasos mas para que esta pudiese consentirla a placer- le encanta que le rasquen el cuello- le indicó pues la vaca no podía hablar y estaba intentando explicarlo por el método de frotarse contra la chica. Cuando le preguntó si venia del campo soltó una carcajada- no, no, vengo del Ministerio- era y no era verdad. Su anterior trabajo había sido en el ministerio para mucha desgracia de este dirían muchos- pero sé mucho de plantas porque he viajado mucho por todos lados. Pase varios meses en el amazonas con un chamán. Me enseñó sobre todo tipo de plantas. Era la mar de simpático, excepto las noches en las que se convertía en un jaguar. Si no entendías lo que intentaba decirte te daba un buen garrazo. Nada que no pudiese arreglar él luego, pero se enojaba bastante. Era bastante temperamental ahora que recuerdo. Y el de Africa, ese sí que era un peligro de la naturaleza. Le daba por convertirse en elefante y perseguirte por todo el desierto cuando se aburria. Y se aburria bastante- no es que hubiese decidido ignorar la pregunta, es que no había sido consciente de ella- y luego, el de Asia... Ese era bastante agradable en realidad, aunque nunca entendi la mitad de lo que decia. Nuestro traductor vivia bastante drogado.
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