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When It's All Over. {Z.D, N.C, C.D, A.M, S.D}

Zachary S. Dankworth el Vie Jun 17, 2016 10:44 pm

Recuerdo del primer mensaje :


Cementerio del Valle de Godric. Martes 21 de junio. 5:30 P.M.

Había deseado con todas mis fuerzas no tener que volver a este cementerio para visitar una tumba nueva. Había rezado todas las oraciones que me sabía para que las tumbas que iba a visitar fuesen siempre las mismas y que el apellido Dankworth no apareciese en una lápida más, pero mis plegarias habían caído en oídos sordos. Durante años había visitado periódicamente este mismo cementerio. Al principio era para visitar a mi madre, vine casi todos los días desde los siete años hasta los once para contarle cosas y para poder verla, aunque lo único que viese fuese una lápida con su nombre. Después vine menos porque fui a Hogwarts, pero años después mis visitas no fueron solo para mi madre, sino también para mi tío Jonathan. Le siguieron mi abuelo asesinado, mi abuela que sucumbió al dolor de la pérdida de ambos, mi tía…

Y ahora mi prima. Clarissa. Clary… A pesar de que no la había visto tanto como me hubiese gustado porque se mudó a Francia con su madre cuando a mi tío le encerraron la había querido muchísimo. Joder, era mi prima, mi familia… Y de la noche a la mañana había aparecido muerta, asesinada de la manera más cruel posible, mutilada de una manera inhumana… Y el dolor había vuelto de repente, el inmenso dolor que supone perder a alguien a quien quieres, como si una mano invisible se clavase en tus entrañas y te arrancase salvajemente una parte de ti. ¿Es que acaso esto no iba a acabar nunca? ¿Es que acaso estaba condenado a enterrar a mis seres queridos uno a uno?

Sabía que no era mi prima de sangre. Me lo había confesado mi padre días después del funeral. Él estaba destrozado por la muerte de Clary, a pesar de todo para él había sido su sobrina, la hija de su querido hermano, a pesar de que no llevaba su sangre en sus venas. Me había sorprendido la verdad, pero me había dado igual. ¿Qué más daba que Clary no hubiese sido una Dankworth por nacimiento? Era mi prima, y sería parte de esta familia para siempre. Por lo visto su “madre” no opinaba lo mismo. Mi tía Chloe ni siquiera vino al funeral; Clary no era su hija biológica, al fin y al cabo, y solo había sido un cheque para ella. Clary muerta ya no le servía de nada a mi tía, no podría intentar usarla para quedarse con la herencia, ya no valía nada para ella. Así que no había aparecido, y estoy seguro de que si lo hubiese hecho mi padre la hubiese matado. Así que en e funeral solo habíamos estado los que queríamos a Clary, los que la queríamos de verdad y la echaríamos siempre de menos.

Habían sido esos malnacidos. Los sangre sucia que apoyaban a sus queridos aliados, los muggles… Hacía tiempo que pensaba que los muggles no eran como nosotros, que eran inferiores, y aquellos que les apoyaban fieramente me producían desagrado. Ahora estaba confirmado: eran todos escoria. Un muggle (o al menos quien yo creía que era un muggle) me había arrebatado a mi madre para siempre cuando era un niño y ahora, años después, los defensores de esos animales me habían arrebatado a mi prima…

Estaba en el cementerio, sentado en el suelo frente a la tumba de mi prima. Había sido enterrada justo al lado de Jonathan, no muy lejos de donde la tumba de mi madre estaba. Quería hablar con ella, decirle cualquier cosa… Estaba acostumbrado a hablar con lápidas con los nombres de mis seres queridos, a estas alturas debería ser fácil ya. Pero no lo era. Nunca lo sería.
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Zachary S. Dankworth el Miér Jul 06, 2016 5:38 pm


El mocoso le gritaba a su padre que se fuese, pero Caleb no hizo tal cosa. Se quedó ahí, tras el cristal reforzado de manera que le sería imposible pasar al otro lado y rescatar a ninguno de los dos prisioneros, mirando mientras Serguéi jugaba con ellos como si le perteneciesen. Eso era cierto, le pertenecían. En ese búnker él era un dios, y ellos sus criaturas. Podía hacer con ellos lo que quisiese, y nadie podía impedírselo. Podía torturarles, matarles… Podía disfrutar de mil maneras y hacer que ellos obedeciesen cada una de sus órdenes, pues no tenían la capacidad de luchar contra él. Y todo eso sin mover la varita…

Jugó un poco más con las emociones de la sabandija y de la chica, amenazándoles de manera sutil delante del padre y provocando que a la chica le diese un arrebato de valentía en forma de autosacrificio para intentar salvar a su amigo. Patético. A Serguéi le asqueaban las personas así, tan débiles, tan fácilmente manipulables… Pero ese era el arma que utilizaba contra ellos: lo manipulables que eran gracias a sus emociones. Serguéi se enorgullecía de conocer perfectamente a sus víctimas, había estudiado cada mínimo detalle de ellos, y sabía exactamente con qué gestos y con qué palabras conseguiría lo que quería. Él no tendría que tomar a la fuerza lo que deseaba de ellos, pues ellos mismos se lo darían voluntariamente. Eso era lo que más disfrutaría, verles rendirse ante sus caprichos.

Retiró el cuchillo del cuello de la chica y caminó hacia el cristal para situarse a apenas palmos de distancia de Caleb. Le miró de arriba abajo. Serguéi pretendía mantener sus emociones neutras, pues no quería envenenarse y pudrirse por dentro como hacían el resto de personas del mundo, pero cada vez que miraba a Caleb Dankworth no podía evitarlo y sentía un profundo odio. Por culpa de ese hombre Rose no había ido con él cuando se lo pidió. Por culpa de ese asqueroso gusano había tenido que apretar el gatillo. Por culpa de él había tenido que matarla, para liberarla y que ya no fuese una prisionera entre sus garras. Serguéi, a causa de su manera distorsionada de ver el mundo, creía firmemente que Rose le hubiese elegido a él si Caleb no hubiese estado metido en el asunto. No se daba cuanta de que Rose nunca le había visto como a nada más que un amigo, que estaba enamorada de su marido, que quería con locura a su hijo, y que no les dejaría a ellos por nada del mundo, y menos para irse con un loco delirante. Pero eso Serguéi no lo sabía, y por eso odiaba a Caleb. Porque realmente creía que le había arrebatado algo que le pertenecía a él, y a nadie más.

-No me toca a mí decidir cuál de los dos va a morir- dijo Serguéi cuando se detuvo delante del cristal justo enfrente de Caleb. Miró el cuchillo, manchado con la sangre de la sabandija, y sonrió antes de limpiarlo en su manga. Después jugueteó con el cuchillo entre sus dedos y miró a Caleb a los ojos. Eran exactamente del mismo color azul que los de su hijo. Por eso mismo siempre que Serguéi miraba a Zack nunca veía en él al hijo de Rose, sino a una repugnante sabandija que era un parásito.- La decisión es tuya, moy drug. ¿Quién vive, quién muere…?

Obviamente Caleb no le creyó. Era demasiado fácil, tenía que haber alguna trampa. Tenía que ser una broma. Pero Serguéi no estaba allí para gastar bromas. Él realmente estaba dejando que Caleb escogiese quién de los dos iba a morir, si su hijo o su hija. Vio la confusión en los ojos de Caleb, pues aquello era demasiado sencillo. Serguéi sonrió de manera retorcida.

-Vamos, Caleb, es fácil. Escoge a uno de ellos. A quien escojas puede irse a casa contigo, estaréis a salvo los dos. Quien se quede no tendrá tanta suerte. La decisión es tuya. La chica… o tu hijo.

Caleb dudaba de que Serguéi estuviese diciendo la verdad, pero no tenía ninguna duda respecto a quién de los dos iba a salvar. Eso lo tenía muy claro, y Serguéi lo sabía. La decisión era obvia, pero si Caleb tomaba esa decisión caería en la sutil trampa que Serguéi había preparado para él. Caleb salvaría la vida de su hijo, pero se ganaría el odio de este para el resto de su vida. Serguéi sabía cuánto quería Caleb a su hijo, y sabía también cuánto quería Zack a la chica. Escapase quien escapase, alguien iba a terminar sufriendo muchísimo por culpa de la pérdida de un ser querido.


__________________________________________

Cuando Serguéi llamó por teléfono a mi padre no pude avisarle de que aquello era una trampa, pues la pistola en manos de Serguéi apuntando a la cabeza de Natalie me tenía enmudecido. Una mano negra hecha de hielo se había metido en mi interior y apretujaba mis entrañas mientras escuchaba al asesino engañaba a mi padre para que viniese.

Cuando mi padre apareció pude por fin gritar una vez que nos vio, para que se fuese de aquí. Ya no había nada que hacer por Natalie y por mí, no quería que él corriese el mismo destino que nosotros. Serguéi disfrutó atormentando a mi padre haciéndole creer que me iba a cortar el cuello, y entonces me callé y me mantuve lo más inmóvil que fui capaz. No quería gritar, no quería temblar de miedo aunque estaba aterrorizado, no quería darle ese gusto a Serguéi. Cuando sentí el cuchillo clavándose en mi piel y la sangre corriendo por mi cuello pensé que esta vez sí que lo iba a hacer, que me iba a degollar, y apreté los dientes para no hacer nada ni gritar. No quería morir así, y no quería que mi padre me viese así en mis últimos momentos.

Pero aquello resultó ser otro de los juegos de Serguéi del gato y el ratón. Él era el gato y nosotros los ratones, y no nos tenía que perseguir porque ya nos tenía en su poder y podía hacer con nosotros lo que quisiésemos.

-No, Natalie, no le provoques…- murmuré entre dientes cuando Serguéi dirigió su atención a ella después de que ella gritase.- ¡Serguéi, ne delayte etogo!

Por suerte a Natalie no le hizo nada, pero yo ya no sabía si era mejor seguir vivos un rato más, o si por el contrario sería mejor acabar con esto de una vez por todas. De todas maneras estábamos condenados. Natalie tomó mi mano en la suya, y yo la miré a los ojos.

-Lo siento… Lo siento tanto…- sollocé desesperado.- Perdóname…- supliqué, pues solo yo tendría que estar pasando por esto. Natalie no debería estar aquí, ella no tenía nada que ver con esto. Ella estaba aquí por mí.- Perdóname…

Y entonces escuché lo que le dijo Serguéi a mi padre, y mi mirada de disparó hacia ellos. Uno de los dos podía escapar. Uno de los dos viviría, pero mi padre tenía que escoger. Debería haber estado feliz. Debería haber estado aliviado, porque me iba a salvar. Pero no estaba feliz, ni aliviado, porque si mi padre escogía era obvio que me iba a escoger a mí. Yo me iba a salvar… y Natalie moriría.

-¡No!- grité.- ¡Papá, no! ¡NO! ¡Llévatela a ella! ¡Escógela a ella! ¡PAPÁ, LLÉVATELA A ELLA!

Chillé, le supliqué… Pero la decisión la estaba tomada desde el mismo momento en el que Serguéi le juró a mi padre que podía salvar al que escogiese e irse de este infernal lugar.

-¡PAPÁ, POR FAVOR! ¡POR FAVOR, SÁLVALA A ELLA!
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Caleb Dankworth el Miér Jul 06, 2016 6:50 pm

No me detuve a pensar en por qué Serguéi nos había traicionado de esta manera. No me detuve a sorprenderme de que fuese un asesino, de que nos hubiese estado engañando todo el tiempo, porque no era algo nuevo para mí. Yo asesinaba y engañaba. Mis amigos y conocidos asesinaban y engañaban, nos presentábamos como gente decente frente a la sociedad mientras por la noche nos poníamos las máscaras que eran nuestros verdaderos rostros y sembrábamos el caos, y al día siguiente pretendíamos estar tan impactados y horrorizados como el resto de la sociedad. Ni siquiera me sentí herido por el hecho de que una persona a la que durante muchos años había considerado mi amigo hubiese resultado ser el asesino de mi mujer (lo cual, aunque no me lo había revelado explícitamente con palabras, sí que lo había hecho con hechos. Todas las pruebas e indicios estaban aquí, enfrente de mis ojos. No había duda alguna), pues no era tampoco nada distinto a lo que yo muchas veces había hecho. ¿Cuántos de mis supuestos amigos y de mis conocidos eran familiares de víctimas mías, o de alguno de mis compañeros y amigos mortífagos? Muchos.

Lo que me había pillado completamente desprevenido era que yo siempre había sido el verdugo y otros habían sido las víctimas y los afectados. Jamás pensé que algún día yo estaría en la misma posición que ellos. Jamás pensé que miraría a los ojos a alguien a quien consideraba cercano a mí, una persona en la que podía confiar, y descubriría que durante años había sido mi peor enemigo. Jamás pensé que yo mismo caería en la misma trampa que durante muchos años le había tendido a otras personas. Dios, qué ciego había estado…

Y ahora mi hijo estaba sufriendo por mi ignorancia. Cuando Serguéi le colocó el cuchillo en la garganta y vi caer unos finos hilillos de sangre golpeé el cristal con todas mis fuerzas intentando romperlo, e incluso saqué mi varita y lancé un bombarda, pero la protección mágica del cristal estuvo a punto de lanzarme a mí por los aires cuando bloqueó el hechizo. Estaba a punto de intentarlo otra vez. Sabía que era en vano, pero no podía mantenerme inmóvil allí mientras veía que ese desgraciado le hacía eso a mi hijo. Por suerte la chica, Natalie, intervino, y finalmente Serguéi centró su atención en mí.

-¿Por qué haces esto? Es el hijo de Rose…- no siempre había estado tan ciego como lo había estado cuando no vi lo que Serguéi realmente era. Sabía que Serguéi había estado enamorado de Rose. Había sido tan obvio… pero jamás dije nada, ni sentí celos. Sabía que Rose me quería a mí y que jamás se fijó en él como nada más que un amigo, y como Serguéi nunca dijo nada ni actuó en consecuencia nunca sentí la necesidad de intervenir de ninguna manera. La gente tiene todo el derecho del mundo de enamorarse de quien quisiese, no era algo que se pudiese evitar. Yo pensé que mi amigo dejaría ese amor en el olvido y que todo estaría bien. No ha sido hasta ahora mismo que me he dado cuenta de que Serguéi sí que actuó en consecuencia de sus sentimientos. Mató a Rose, porque no podía tenerla.

No sabía si odiarle a él por lo que hizo, o a mí mismo por permitirlo. Nunca supe la verdad hasta ahora, pero pasó delante de mis narices. Dejé que me consolase en el entierro. Dejé que pasase tiempo con mi hijo. Le dejé entrar en mi casa… y no hice nada por vengar a Rose. La fallé a ella hace once años, y ahora iba a fallarle de vuelta al no poder evitar que Serguéi le hiciese a nuestro hijo lo que le estaba haciendo.

-Pero él no es Rose- replicó Serguéi.- Es un parásito.

De repente Serguéi me explicó las reglas del juego. Tenía que elegir yo. Podía salvar a uno de ellos e irme a casa con él. No, eso no podía ser verdad. Era demasiado fácil. Tenía que haber alguna trampa por algún lugar, pues sino no tenía sentido. ¿Era la trampa acaso que a quien yo escogiese salvar, Serguéi le mataría?

-Me estás mintiendo- murmuré, sin confiar en él. No podía confiar en él, estaba seguro de que me clavaría un puñal en la espalda en cuanto pudiese. Pero tenía miedo de que sí que estuviese diciendo la verdad y, por culpa de mi miedo a que todo fuese una trampa, perdiese la oportunidad de salvar a mi hijo.

-No es ningún truco- me aseguró Serguéi. Parecía que decía la verdad, pues no escondía el placer retorcido que había en su mirada. Le estaba dando placer ver mi confusión, y mi desesperación por creerle.- Escoge a uno, y se irá contigo. Vivo. Os dejaré en paz durante el resto de vuestras vidas. ¿A quién vas a escoger, Caleb? ¿A tu hijo, la persona a la que más quieres en el mundo… o a una chica cualquiera que para ti no es nada y que no te importa en absoluto?

Serguéi tenía toda la razón del mundo. La chica no me importaba nada, pero Zack lo era todo para mí. Entonces Zack gritó desesperado, y aparté mi mirada de Serguéi para mirarle a él. Le escuché gritando desesperado, suplicándome no que le salvase, sino que le dejase allí. Que le dejase morir, y que salvase a su amiga. Su desesperación era tan desgarradora que le miré con tristeza, pues comprendí que lo hacía por amor. Comprendí que en el mismo momento en el que dijese su nombre para que le sacasen de esa celda a mi hijo se le rompería algo por dentro en mil pedazos, igual que se había roto algo dentro de mí cuando Serguéi asesinó a Rose. Comprendí entonces que esa era la trampa. Podía salvar a mi hijo, pero en cuanto le salvase le perdería para siempre. Lo veía en los ojos de mi hijo: si le escogía a él sufriría su pérdida igualmente.

No importa. Prefiero mil veces tener a mi hijo vivo y que me odie con todas sus fuerzas durante el resto de mi vida, en vez de dejarle morir a manos del asesino de su madre. Y Serguéi lo sabía, había jugado con eso.

-Devuélveme a mi hijo- mascullé.

Serguéi sonrió, se dio la vuelta, y sacó a Zack de la celda mientras él gritaba desesperado e intentaba agarrarse a cualquier cosa para que no le apartasen de Natalie.
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Natalie Corvin el Jue Jul 07, 2016 12:23 am

Al coger la mano de Zack, él empezó a disculparse una y otra vez como si tuviera la culpa. Yo aún no sabía qué hacía allí, por qué había sido elegida para pasar por este calvario y si realmente me lo merecía o solo era ese daño colateral que a nadie le importa; esa muerte necesaria o desafortunada. Yo le apreté la mano con fuerza mientras negaba con la cabeza para que no lo sintiera. No tenía que sentirlo porque no era culpa de él, era culpa de la persona ruin que estaba en frente de nosotros y que nos había hecho tanto daño.

Cuando llegó el padre de Zack me preocupé por él, por la trampa que Serguéi le había hecho, pero también me sentí aliviada. ¿Nos salvaría? ¿Sería capaz de poder con este engendro de Dios y sacarnos de allí? Pero absolutamente todas las esperanzas que podía atisbar aún mi cuerpo desaparecieron cuando Serguéi le dijo la condición al padre de Zack. ¿Elegir a uno para que sobreviviese mientras que el otro muere? No entendía nada. ¿Para qué había sido todo esto? ¿Para atraer a Caleb a una trampa en dónde va a salir ileso, vivo y perfecto? ¿Aquello no era un plan maquiavélico de venganza? ¿Voy a morir por nada? Porque está claro que voy a morir, que seré ese daño colateral que, efectivamente, a nadie le importa. La amiga. Una chica que no tiene nada que ver con nadie, que simplemente tiene mala suerte, una mala suerte que parece perseguir a sus seres queridos y a sí misma. Era una condición injusta que no me daba ninguna opción de sobrevivir, pero supongo que ese fue el propósito de todo. Escuchar gritar a Zack a su padre para que me eligiera a mí fue abrumador y horrible, porque solo era un acercamiento a lo que iba a ser mi final. No dudaría ni un momento en ser yo la que muriese en vez de Zack, pero ver como Serguéi lo arrastraba hasta la puerta en contra de su voluntad y notar cómo su mano y la mía se separaban, hizo que me entrara un miedo atroz por la muerte; a morir sola. Pero no me moví, además de no tener fuerzas, prefería mil veces que fuera él quién saliera de la habitación.

Cuando nuestras manos se separaron, lo miré a los ojos mientras lo alejaban de mí. ¿Sería verdad lo que dijo Serguéi? ¿Me querría? ¿De verdad éramos tan estúpidos los dos? Estúpidos los dos porque no habíamos sido capaces de dejar las cosas claras y aquí estamos, a punto de dar por finalizado todo. Tenía curiosidad... ¿desde cuándo? ¿Desde antes de William? ¿Desde antes incluso, en Hogwarts? Aunque bueno, la estúpida soy yo, que me doy cuenta de que estoy enamorada de él cuando los dos estamos al borde de la muerte.

Alcé la mirada cuando escuché como Serguéi había conseguido sacar a Zack a través de la puerta y la había cerrado, quedándose él en el interior, ahora sólo conmigo. Serguéi se acercó a mí con lentitud, consciente de que no me iba a mover de mi sitio. Mi final estaba escrito y no tenía fuerzas, ni ganas, de intentar cambiarlo. Estaba tirada en el suelo, de rodillas, con un aspecto que seguramente era mucho más que denigrante. Comencé a llorar al ver a Zack detrás del cristal, sano y salvo, incapaz de hacerme a la idea de lo que me iba a pasar a mí...

-Qué final más inesperado.-Dijo Serguéi con ironía.-Lo siento, cariño, estabas condenada desde el primer momento. No ibas a salir de aquí con vida y yo lo sabía. ¿Pero hubiera habido diversión si no hubiera habido esperanzas? Claro que no... La chispa de la esperanza... solo hay que avivarla un poco para no hacer que se pierda. Ha sido muy fácil.-Añadió con una perversa sonrisa.

Estaba temblando y pude ver como los zapatos de Sergueí se posicionaban justo a mi lado, de pie. Escuché como  sacaba la pistola y la apoyaba en mi cabeza, apretando con fuerza. Cogí aire con desesperación, con puro pavor en cada ápice de mi piel. Y en ese momento me acordé de no solo todas las cosas malas que he hecho, sino de todas de las que me arrepiento. ¿Odiar a mi familia? ¿De verdad había sido necesario? ¿Morir estando enfadada con tu único hermano? ¿De verdad, de verdad que valía la pena? Debería haberle dicho a Zack que le quería cuando tuve la oportunidad.

-Zack. ¿No quieres despedirte de tu amiga?-Preguntó, jugando con el tiempo; con la indecisión. No podía parar de llorar, cada vez con más desesperación ante la espera de no saber cuándo iba a apretar el gatillo.-Ella ya lo sabe. ¿No quieres decírselo tú? Es tu última oportunidad antes de verla morir.-Entonces miró a Caleb.-¿Y tú? ¿No quieres decirle nada a la chica a la que acabas de sentenciar a muerte?

-¡Cállate! ¡Mátame ya!-Dije a pleno pulmón, con una voz consumida por las lágrimas y el llorar. Aquella angustia era inaguantable y me sentía un estorbo en mi propia muerte. Si tenía que morir, que lo hiciera ya, rápido. No podía seguir soportando esta presión tan desagradable.-¡Deja de jugar con ellos de una maldita vez y dispara!-Le exigí, asustada.

-¿Y tú no tienes últimas palabras?-Preguntó con una sádica sonrisa juguetona, agachándose a mi lado, solo para sacarme de quicio, desesperarme y volverme loca.

-Espero que mueras con dolor. Con el triple de dolor del que yo he sentido hoy aquí.-Alcé la mirada, por primera vez, para decírselo a la cara con los ojos rojos cargados con odio.

-Que así sea.-Susurró con perversidad, antes de levantarse y amartillar la pistola, lista para disparar.
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Zachary S. Dankworth el Jue Jul 07, 2016 3:41 pm

Mis súplicas fueron en vano. Desde que Serguéi le había dado esa opción a mi padre sabía que me elegiría a mí, pero yo no podía marcharme y dejar allí a Natalie para que Serguéi la asesinase. No podía, me negaba. Intenté hacérselo ver a mi padre, hacerle entender que si me salvaba a mí vivir con la muerte de Natalie sobre mis hombros sería un millón de veces peor que morir aquí. Creo que sí que se lo hice entender, o al menos un poco, pero no importó. Mi padre siempre me elegiría a mí.

-¡No! ¡NO! ¡SUÉLTAME! ¡NO!- grité cuando Serguéi vino y me agarró del brazo para arrastrarme fuera de la celda y conducirme hacia la libertad. Me agarré a la mano de Natalie con suficiente fuerza como para rompérsela, negándome a soltarla.- ¡SUÉLTAME! ¡MÁTAME A MÍ! ¡MÁTAME A MÍ!

Serguéi tiró fuertemente de mí y consiguió que soltase a Natalie. Intenté agarrarme a cualquier cosa para que no me sacase de la celda. Intenté agarrarme a la puerta cuando me arrastró por ella, y casi me dejé las uñas ahí de lo fuerte que me agarré a pesar de lo débil que estaba, pero Serguéi puto conmigo. Me retorcí, pataleé, arañé, golpeé… Sentía que iba a desmayarme por el dolor de la pierna, pero no me importaba. Seguí luchando en vano hasta que Serguéi me sacó a la sala detrás del cristal, donde estaba mi padre esperándome. Serguéi me empujó y me lanzó a los brazos de mi padre, quien me agarró igual que cuando yo era pequeño y me tropezaba y me caía, pero él siempre estaba allí para sujetarme antes de que me golpease contra el suelo. Incluso ahora, él seguía estando allí para sujetarme.

-Papá…

Durante un segundo me sentí a salvo, sin miedo, protegido, hasta que todo el dolor y el horror volvieron de sopetón a mí y miré al cristal que me separaba de Natalie. Serguéi volvía a estar allí, junto a ella, diciendo palabras llenas de veneno.

-¡NATALIE!- empujé a mi padre para apartarme de él e intenté dar un paso hacia el cristal. Mi pierna cedió a causa del dolor y se dobló, impulsándome hacia delante y haciendo que casi chocase contra el cristal. Mis manos dejaron huellas de sangre en él mientras lo golpeaba.

No iba a despedirme de ella, como me pedía Serguéi que hiciese. Despedirme de ella sería mostrar que me rendía, que estaba dejando que la matasen. Era, de alguna manera, como si le estuviese dando permiso a Serguéi para que apretase el gatillo. Si Natalie moría sabía que me arrepentiría de no haberme despedido de ella, de no haber dicho algunas cosas que siempre había querido decir o que debería haber dicho en el pasado, pero no podía vivir con el recuerdo de que, en el último momento, me rendí.

Giré la cabeza para mirar a mi padre, quien permanecía con expresión seria y solemne y algo impaciente. Él quería marcharse y alejarse de este lugar y de Serguéi y ponernos a ambos a salvo, pero yo no quería irme. No podía irme y dejar a Natalie allí. Mi padre no sentía culpa por haberla condenado a muerte. Para él ella no era nadie, Serguéi había tenido razón antes al decir eso, pero para mí sí que lo era.

-Papá, por favor… Por favor, no puedo dejarla morir. No puedo- murmuré, suplicando que me dejase a mí allí y que cambiase de opinión y se la llevase a ella. Sabía que estaba siendo un iluso al intentarlo, pero no podía hacer otra cosa. Jamás en toda mi vida me había sentido tan sin control, tan vulnerable e impotente como ahora. No podía hacer nada, más que esperar y sufrir.

Serguéi se preparó para disparar, y volví a golpear el cristal. Mi corazón latió con tanta fuerza que sentí que se me iba a salir del pecho.

-No no no no no…
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Caleb Dankworth el Jue Jul 07, 2016 6:24 pm

Sentí una profunda angustia mientras veía como Serguéi arrastraba a mi hijo fuera de la celda en la que le había estado torturando junto a su amiga, y mientras escuchaba sus horribles gritos y súplicas. Jamás pensé que vería a mi hijo suplicando que le matasen con tanta desesperación, y todo por salvar a esa chica. La miré a través del cristal mientras Serguéi me traía a Zack. Esperaba ver tal vez rencor en la mirada de Natalie, o amargura por el hecho de que Zack se salvaría a cambio de que ella muriese. Esperaba verla mirándome a mí con odio por haber tomado la decisión más obvia e ignorar las incesantes súplicas de mi hijo. Sería lo normal, pues nadie quiere ser asesinado por algo que no es culpa suya, y esa chica no tenía culpa de nada más que de ser amiga de Zack. Estaba allí por lo mucho que significaba para él, y porque Serguéi había querido utilizarla para hacerle sufrir. Pero me sorprendí al no ver nada de ese rencor y odio que esperaba ver en sus ojos. En su lugar vi una pizca de alivio porque Zack se iba a salvar, y mucho miedo porque no quería morir.

Cuando Serguéi por fin consiguió arrastrar a Zack hacia donde yo estaba le empujó y yo rápidamente atrapé a mi hijo en mis brazos antes de que cayese al suelo. Estaba muy herido, y su pierna no aguantaba su propio peso. Mi ropa quedó empapada con la sangre de mi hijo, pues estaba por todas partes. Incluso cuando hablaba le salía sangre de la boca. Miré a Serguéi con odio. ¿Qué le había hecho a mi hijo? Prefería no pensar en ello, pues entonces intentaría matarle, y lo más importante ahora era sacar a Zack de ese lugar y llevarle de vuelta a casa, donde estaría sano y salvo.

-Tranquilo, tranquilo…- intenté tranquilizar a mi hijo, pero él no me escuchaba. Luchaba como un animal salvaje para separarse de mí y volver a la sala en la que estaba atrapada su amiga. Consiguió zafarse de mí y abalanzarse sobre el cristal, pero le sirvió tan poco golpearlo como a mí antes cuando había intentado romperlo para llegar hasta él.

Serguéi se puso a jugar con palabras odiosas, buscando hacer daño psicológico. Le miré con expresión de hielo a través del cristal. Entendía el placer que sentía él en estos momentos, causando daño, torturando… Era el mismo placer que yo sentía siempre que estaba en su lugar, y mis víctimas eran Aurores o muggles o gente que estaba en contra de la causa mortífaga a la que yo fielmente servía. Sabía lo delicioso que era ver el miedo en los ojos de las víctimas, escuchar sus gritos y sus llantos, sentir su sangre en las manos. Sabía la maravilla que era arrancar una vida de la forma más dolorosa posible. Y por eso mismo no podía despreciar a Serguéi en estos momentos por estar disfrutando de la misma manera que yo lo hacía tan a menudo. Despreciarle por ser lo que él era sería convertirme en un hipócrita. Pero sí que podía odiarle, porque le había hecho daño a mi hijo. Porque a pesar de que Zack ya estaba a salvo, Serguéi continuaba haciéndole daño. Porque hace once años destrozó nuestras vidas. Por eso sí que podía odiarle, y lo hacía con todas mis fuerzas sin miedo a pecar de hipócrita.

Miré a Natalie cuando Serguéi me preguntó que si no tenía unas últimas palabras para ella. Era cierto, la había condenado a muerte. ¿Qué podría decirle? ¿Lo siento? No puedo, pues no siento haber salvado a mi hijo. Pero sí que siento que el precio a pagar por ello sea la vida de ella. Escuché cómo le hablaba ella a Serguéi, y sentí empatía por ella y tal vez algo de orgullo por cómo se había enfrentado a él en el último momento.

-Vámonos, Zack- le dije a mi hijo mientras intentaba sujetarle, pero él se apartó. Me puse nervioso, pues quería marcharme antes de que Serguéi cambiase de opinión y decidiese no dejar marchar a mi hijo. Escuché a Zack cuando me habló. Parecía que le estaban arrancando el alma de cuajo, realmente estaba sufriendo. No sabía qué hacer, no sabía qué decirle para convencerle de que tenía que dejar a Natalie atrás.

Miré entonces otra vez a la chica, a punto de ser ejecutada por Serguéi con un disparo, a través del cristal, y vi a Zack llamándola desesperado. ¿Qué hubiese pasado si hace once años hubiese podido salvar a Rose? ¿Qué hubiese pasado si Serguéi me hubiese ofrecido la opción de morir yo a cambio de que ella viviese? No tenía ni que preguntármelo, en realidad, sabía que hubiese suplicar morir yo, igual que Zack estaba haciendo ahora. Es más… si ahí dentro no hubiesen estado Zack y Natalie, sino que hubiésemos estado en su lugar Abi y yo y Serguéi le hubiese dado la opción a Zack de salvar a uno de nosotros hubiese gritado de la misma manera que él había hecho para que escogiese a Abi y la salvase a ella y me dejase a mí morir.

Había entendido antes lo mucho que sufriría Zack al perder a Natalia comparándolo con lo que había sufrido al perder a Rose. Pero al pensar en perder a Abi… comprendí entonces que mi hijo se iba a volver loco si dejaba que Serguéi matase a Natalie.

“¡No lo hagas!” exclamó alarmada una voz en el fondo de mi mente.

Pero tenía que hacerlo. Respiré profundamente. Ser padre era la responsabilidad más grande del mundo, y conllevaba hacer grandes sacrificios. Sacrificios que jamás harías por cualquier otra persona, sacrificios que nunca te habrías creído capaz de hacer. Pero por ellos se hacen.

-Espera- dije entonces con voz alta y firme, antes de que Serguéi apretase el gatillo. El disparo nunca llegó, sino que él esperó a que yo volviese a hablar. Pude ver la manera en la que su boca se curvaba con una sonrisa: él sabía qué iba a decir yo, lo había estado esperando, era lo que quería. Iba a servirle lo que andaba buscando en bandeja de plata, y a pesar de que lo odiaba no tenía otra opción.- Déjala ir.

No necesité decir nada más, pues Serguéi me entendió perfectamente. El hijo de puta me conocía demasiado bien. Bajó la pistola, y se giró para mirarme con una sonrisa satisfecha.

-Te has vuelto blando- se mofó, pero yo permanecí con la misma expresión fría y determinada de antes.- ¿Estás seguro?

Por toda respuesta asentí con la cabeza. Serguéi se dirigió hacia la puerta para abrirla, llevando a Natalie con él. Mientras tanto aproveché el poco tiempo que quedaba, y abracé a mi hijo con fuerza. Sería la última vez que lo hiciese. Zack había dejado de gritar; pensaba que yo había accedido a que él tomase el lugar de la chica.

-Cuida de tu hermana- le dije justo antes de soltarle cuando Serguéi abrió la puerta. Pude ver la confusión en sus ojos. Pensé en añadir algo más, en pedirle que le dijese algo a Abi. ¿Pero qué iba a hacer, despedirme de ella? Estaba seguro de que Abi me mandaría a la mierda si pudiese verme en este momento y supiese que iba a hacer lo que estaba a punto de hacer.

Antes de que Zack pudiese procesar lo que estaba ocurriendo o que intentase detenerme fui junto a Serguéi, y él empujó a Natalie junto a Zack y cerró la puerta de nuevo, encerrándonos a ambos en la celda en la que antes había estado torturándoles a ellos.
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Natalie Corvin el Jue Jul 07, 2016 8:13 pm

Cerré los ojos fuertemente cuando sentí la pistola en mi cabeza y respiré fuertemente para parar de llorar. No quería morir llorando bajo la mano de un hombre que me ha hecho sufrir en tan poco tiempo más de lo que he sufrido en toda mi vida. Iba a serenarme, a cerrar los ojos y a rezar porque aquello no me doliera y, que del primer impacto, simplemente dejase de existir. Había hecho un esfuerzo tremendo en concentrarme en mi propio dolor y sólo en mí para no escuchar a Zack más allá del cristal. Tenía la mirada baja y pude ver en mi muñeca el tatuaje que me hice con Zack. Dicen que no hay mal que por bien no venga... bueno, sin duda lo que estaba a punto de pasarme era el mal mientras que la recompensa era que Zack viviese. Yo creo que valía la pena.

No obstante, cuando ya me sentí en el último segundo de mi vida, escuché como la pistola dejaba de hacer presión contra mi cabeza y cómo el padre de Zack pedía un momento. ¿Que me deje ir? ¿Qué iba a hacer? ¿Había cambiado de opinión? ¡No podía cambiar de opinión! De repente todo comenzó a irme en cámara lenta, como si no fuera capaz de procesar lo que estaba pasando a mi alrededor, como si no fuera capaz de procesar ni la idea de que Caleb hubiera cambiado de opinión y, mucho menos, que yo no estuviera muerta. Esa era, sin duda, la idea que ahora mismo más distorsionaba mi realidad. Primero sentí como Serguéi me sujetaba del brazo herido y apretaba con fuerza para levantarme de allí y obligarme a ir hacia la puerta; de lo segundo que me di cuenta es de yo intentando evitar llegar allí. Pude ver como Zack se abrazaba a su padre y sólo pude negar con la cabeza ante la idea de que mi amigo fuera a ocupar mi puesto. Sin embargo, cuando llegué a la puerta, la única persona que se me cruzó fue el padre de Zack, dejándome a mí sana y salva junto a mi amigo. No pude hacer más que mirar a través del cristal.

¿Qué acababa de hacer? ¿Por qué ocupa mi puesto? ¡No debería ocupar mi puesto! ¡Jamás podría perdonarme que el padre de Zack muriese por mi culpa! Sujeté la mano de Zack sin mirarle, por miedo, por pesar y, sobre todo, por culpabilidad. ¿Cómo era posible sentirse tan miserable cuando acabas de sobrevivir a una muerte segura? O más bien, cuando una persona ha decidido intercambiar su muerte por la tuya.

-Lo siento.-Dije aún sin mirarle, sin poder creérme como yo estaba fuera de esa habitación del dolor y ahora ocupaba nuestro puesto Caleb.-Lo siento mucho Zack, yo...-No tenía palabras que decirle.

El padre de Zack comenzó a decirnos que nos fuéramos, que nos desapareciéramos y que nos pusiésemos a salvo. Y era lógico, acababa de venir para salvar la vida de su hijo y al final acababa de sentenciar la suya propia. No querría bajo ningún concepto que sus esfuerzos y, sobre todo, su muerte, fueran totalmente en vano. Pero yo no quería irme; tenía la sensación de que debería de haber sido yo la que estuviera ahí dentro y, de verdad, me sentía en la más absoluta miseria.

Pero entonces no fue Caleb el único que instó con nuestra ida, sino que Serguéi se acercó junto a Caleb al cristal y le obligó a apoyar su rostro contra el mismo.

-Sed agradecidos e iros.-Miró entonces a Zack, con una perversa y sádica sonrisa en el rostro. No quería espectadores, quería disfrutar de su carnicería y de su venganza sin que nadie le molestase. Y nosotros sólo habíamos sido un medio, no un fin. Y ahora que ha conseguido lo que quiere... no le servimos para nada.-Como no os vayáis, me encargaré personalmente de destripar a tu padre delante de tus ojos, obligarte a ver cómo ella se come sus tripas y mantenerte vivo hasta que te hayas comido hasta la última parte de tu padre y de tu amiga.-Y como reiteración a su aviso y sujetando a Caleb por el pelo, le dio un fuerte golpe contra el cristal.-¡Voy a contar hasta tres con la cabeza de tu padre, tú decides, sabandija!

Caleb volvió a insistir en que nos fuéramos con un grito severo, como una orden alta y clara. Una orden que o cumplíamos o parecía que él mismo iba a salir a hacernos cambiar de opinión. Para cuando quise darme cuenta, sentí un leve tirón a mi alrededor fruto de una aparición. Aparecimos en medio del hall de la entrada de la mansión Dankworth. Zack cayó el suelo tras apoyar mal la pierna con la herida de bala y yo, que estaba sujetada a él, caí detrás. Rápidamente me recompuse para ayudar a Zack. ¡Me sentía horrible! ¡Fatal! ¡Me quería morir en este preciso momento, aunque fuera una jodida ironía desear eso precisamente ahora!

-Lo siento muchísimo Zack.-Intenté ayudarle con la herida sin percatarme de lo que había a nuestro alrededor.-Lo siento mucho. No debería haberse cambiado por mí.-¿Cómo narices se llamaba el mayordomo de Zack? ¡Qué viniera por Dios a ayudarle o me iba a dar un infarto! No me podía creer que estuviera más mal ahora que estoy a salvo que hace unos minutos en la cuenta atrás de mi vida.-¡Ferdinand!-Misteriosamente apareció el nombre en mi cabeza.-¡Ferdinand, ven, por favor!-Pero vi como el tío de Zack y la novia de su padre aparecían, por suerte para mí no los relacioné como tal o me hubiera muerto allí mismo de la presión de pensar que por mi culpa el padre de Zack, el novio de aquella mujer y el hermano de aquel hombre está siendo torturado hasta la muerte.-Le han disparado.-Fue lo único que pude decir.
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Abigail T. McDowell el Jue Jul 07, 2016 10:16 pm

Por suerte para mí nunca había experimentado la muerte de un ser querido, lo cual era toda una ventaja en mi vida. Aunque seguramente fuera, quizás y posiblemente porque tengo muy pocas personas en mi vida a las que quiero de verdad. No obstante, ver a una persona a la que quieres sufrir tanto por una pérdida era horrible, sobre todo para gente como yo, inútiles a la hora de consolar. Tengo una capacidad cínica desde que tengo uso de razón, además de una empatía nula. ¿Cómo cojones se supone que iba yo a consolar a nadie? Pero lo iba a intentar. De verdad que quería intentarlo. Quería ir a donde estaba Caleb e intentar consolarlo porque me sentía terriblemente mal cuando le veía a él tan mal. Y joder, qué difícil me lo ponía.

Me pegué muchísimo tiempo en la puerta de su habitación intentando que me dejase entrar. Podría haberme aparecido en el interior, decirle que era un subnormal por dejarme en la puerta esperando y obligarle a pasar tiempo conmigo, pero no era el caso. Quería convencerle de que me abriera la puerta por propia decisión y que quisiese realmente pasar ese tiempo conmigo, pero no parecía funcionar. Caleb no quería verme. Si quería estar solo, lo respetaba, aunque sin duda alguna no lo compartía.

Bajé entonces por las escaleras principales al no escuchar absolutamente nada en el interior de la habitación de Caleb durante ya un buen rato, dándome por vencida. Quizás se había quedado dormido y yo como una gilipollas molestándole en la puerta. Lo mejor que podía hacer ahora era dejarlo en paz para que descansara lo suficiente.

Cuando llegué al salón vi a Sylvan en el sofá bebiendo lo que siempre bebía. Puto ron. ¿Pero a quién cojones le gusta esa mierda? Omití comentar respecto a la calidad de las bebidas alcohólicas porque a mi me gustaba el whisky y era consciente de que al principio sabía a puta mierda, además, estaba demasiado molesta por el hecho de que Caleb me ignorase como para entrar en una conversación basada en gustos, conversaciones que rara vez llegan a ningún sitio.

Tú hermano me ignora y no me deja verle ni ayudarle ni nada. Ni siquiera me abre la puta puerta, joder —dije repentinamente con una voz que reflejaba claramente la dulzura de MI MALA HOSTIA. Me tiré en el sofá de en frente de Sylvan y le di un golpe al posabrazos—. Me cago en la puta tío, de verdad. —No consideraba que Sylvan y yo tuviéramos una relación demasiado íntima de confianza, pero el hecho de haber estado en la misma clase durante siete años hacía que tuviera la sensación de que siempre había estado ahí, pululando por mi vida. Y ahora era, oficialmente, mi cuñado. Tenía algo así como derecho a quejarme de su hermano y esas cosas.  

Podría haberme servido un vaso de whisky para calmarme, acompañar a Sylvan allí y esperar a que Caleb se dignase a despertarse, abrir su maldita puerta y bajar para ser persona, pero no me apetecía nada en aquel momento, solo cagarme en la puta mentalmente y auto debatirme si era una desgracia no poder consolar a mi pareja o una dicha no tener que consolar a mi pareja. Porque en verdad se me daba tan mal que casi mejor que no quiera verme.

Aproveché ese momento de socialización familiar para hablar con Sylvan, aunque a decir verdad de poco hablamos, ya que cuando menos nos lo esperamos alguien se apareció en el Hall. Es decir, en la habitación de al lado. Pocas personas podían aparecerse en la mansión, así que miré con rapidez para ver quién era. Me levanté de golpe del sillón cuando vi como Zack y su amiga caían al suelo llenos de sangre y heridas. Me apresuré en acercarme a ellos con presteza cuando la chica comenzó a llamar a Ferdinand, dirigiéndose entonces a nosotros para decirnos que Zack estaba herido de bala. ¿¡Sólo herido de bala!? Se le ha olvidado comentar los múltiples cortes que tiene por todo el maldito cuerpo, por ejemplo. Me puse de cuclillas a su lado para observar las heridas y su peligrosidad. Él estaba lleno de cortes, por la cara, por el cuello, por no nombrar las horribles heridas que tenía en las muñecas. Ella, sin embargo, estaba llena de moratones y claras marcas de haber recibido algunos latigazos bastantes dolorosos.

¿Qué os ha pasado? ¿Quién os ha hecho esto? —pregunté con seriedad, sin inmutarme demasiado al ver sangre. Vivir con un sádico sangriento algún beneficio tenía que tener.

Pero si bien había adoptado una postura seria, autoritaria y con ganas de meterle por el trasero un Avada Kedavra a quién quiera que le hubiera hecho eso a mi ahijado, mi rostro cambió por completo cuando Zack nombró a su padre, diciendo que les había salvado y que estaba allí; que iban a matarle. Al principio no me lo creí, pero ahora tendría sentido el hecho de que los últimos minutos me hubiera ignorado por completo sin dar señales de vida. ¿Pero por qué se había ido? ¿Por qué no había avisado? ¿Qué cojones había pasado y cómo era posible que todo cambiase tan rápido? Pero de repente se me olvidó todo y sólo quería saber dónde estaba Caleb. Zack y su amiga estaban mal heridos, pero nada que Ferdinand y los milagrosos ungüentos de Caleb no pudiera arreglar; estaban a salvo. Ahora sólo podía centrarme en las palabras que había dicho sobre su padre.

¿Estar en dónde? ¿Cómo que le van a matar? —dije, sintiendo como casi se me quiebra la voz—. ¿Quién?

Justo en ese momento apareció Ferdinand a través de una puerta, pero al ver lo que había en el Hall de la entrada giró sobre sus tobillos para darse la vuelta. Probablemente a buscar algo que pudiera servir de ayuda. Ayudé entonces a Zack a ponerse de pie para acercarlo al sillón y que se sentase para ser tratado y, sobre todo, que se calmase y me dijese todo lo que tenía que saber. No sabía en dónde se había metido Caleb, pero yo allí no me iba a quedar de brazos cruzados. Miré a Sylvan con rostro serio, pero en realidad estaba preocupadísima, por lo que volví a mirar a Zack una vez Ferdinand hubo llegado con sus enseres médicos.

Dinos todo lo que sepas. —A la pobre amiga le estaba haciendo el vacío, pero la verdad es que me importaba una mierda. Si tenía algo que aportar que lo hiciera libremente.
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Invitado el Miér Jul 20, 2016 10:17 pm

Clary había muerto. Se había ido y un nuevo silencio se había implantado en la mansión Dankworth. Un silencio que no estaba ahí desde la muerte de su padre. Hasta Ferdinand estaba más silencioso que nunca y eso que él ya suele ser bastante ninja. Caleb no llevaba bien otra muerte en la familia y Zack tampoco. Mis ganas de huir habían vuelto a aparecer y las peleaba con todas mis ganas por no abandonar de nuevo a mi familia en un momento de necesidad. Algo en mi me repetía una y otra vez que Clarissa Dankworth no era en realidad un miembro de mi familia. Que ella no era en realidad la hija de mi difunto hermano mayor ni la mala semilla de la que había sido su mujer. Ella no era mi sobrina de verdad...pero sí que lo era. Ella había sido la niña de mis ojos hasta el nacimiento de Grace. Lo había sido aunque su madre fuese una auténtica hija de puta. Clarissa era lo único que me quedaba de Jonathan y eso era algo que ni siquiera la lógica más fuerte podía cambiar.

Mientras otros habrían llorado, gritado, roto cosas o lanzado maldiciones a destajo yo me senté a beber en la oscuridad. Era muy Dankworth eso de buscar la solución a todo en el fondo de un vaso de cristal y si otras veces había funcionado, por qué no lo iba a hacer esta? Pero mi soledad triste y alcoholica se vio interrumpida por la insistencia de Abi en el piso de arriba intentando entrar en la habitación de Caleb. Zack había salido y Ferdinand había entrado en modo camuflaje así que lo único que oia yo en mi soledad era el amortiguado sonido de Abi en la otra punta de la casa que era lo bastante grande como para que no hubiese escuchado nada de no haber estado todo en silencio. Seguí bebiendo, haciendome el indiferente ante aquellos sonidos mientras recordaba y pensaba y deseaba tener algo de trabajo en....la Conchinchina, por ejemplo. Un trabajo también llamado escusa para irme a casi morir y huir a otro sitio lo bastante alejado.

Después de un rato, la pelirroja pareció desistir o al menos yo dejé de percibirla hasta que apareció en el salón que yo estaba bebiendo. Mi actitud parlanchina habitual no tenía ganas de hacer acto de presencia y colaborar con la situación así que me limité a decir- Amén, hermana- y levantar el vaso cuando se cagó en la puta. Conocía a Abi desde que teníamos 11 años. Habíamos sido compañeros de clase, de casa y de todo durante toda nuestra adolescencia y la vida nos había vuelto a juntar siendo ahora ella la novia de mi hermano y obligándome a olvidar muchas de las cosas que habían pasado entre nosotros. Sin embargo, todo eso hacia que la conversación entre nosotros fuese fácil de llevar pues nos conocíamos lo suficiente. A pesar de todo, no nos dio tiempo a hablar demasiado pues un sonido de aparición sonó en el hall de la mansión. Ella se levantó mucho más rápido que yo y llegó a donde estaba todo antes. Yo me preguntaba qué es lo qué pasaría ahora cuando llegué tambien y me encontré con mi sobrino y su amiga hechos papilla casi por completo. Me alegraba de haber dejado el vaso en el salón o se me habría caído de la mano.

- Ferdinand!- Dije con voz potente, mucho más autoritaria y clara que la de la chica que acompañaba a mi sobrino. Me agaché al lado de Zack, observando su cuerpo y todas sus heridas mientras Abi le hacía todas las preguntas pertinentes. Mi sobrino empezó a farfullar sobre su padre y cuando dijo que iba a morir, me levanté de un salto y salí corriendo hacia su habitación. La mansión era muy grande, pero tardé menos de un minuto en llegar a la habitación de mi hermano y tirar la puerta abajo de una maldición. No había nadie. Apareciéndome de nuevo en el hall, llegué a tiempo para escuchar las últimas preguntas de Abi e intercambiar una mirada complice con ella. Ayudé a mi sobrino a incorporarse y lo miré a los ojos- Zack, centrate. Iremos a por él- dije intentando mantener la calma y cargando de convicción cada una de mis palabras. Quien le hubiese hecho esto a mi sobrino planeaba matar a mi hermano. Pues bien, yo se lo iba a poner jodidamente dificil. No entraba en mis planes que se muriese ningún puto familiar más hoy. Y ya me daba igual que fueran mortífagos, muggles o su puta madre en vinagre. Yo ya solo quería ver el mundo arder hasta que mi hermano estuviese de nuevo a salvo en casa.
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Zachary S. Dankworth el Mar Jul 26, 2016 6:33 pm

Había sido un iluso. Había pensado que mi padre cedería a mi petición y me dejaría volver al interior de la celda para dejarme morir en lugar de Natalie. Había pensado que él me dejaría sacrificarme por ella como él mismo lo habría hecho por mamá en el pasado o por Abi en el presente. Pensé que me dejaría… pero mi padre jamás me dejaría morir. Pero tampoco quería que sufriese como él lo había hecho en el pasado, así que ocurrió algo horrible, y él mismo acabó sellando su propia muerte.

Grité. Intenté impedírselo. No lo conseguí, él fue hacia donde estaba Serguéi y quedó fuera de mi alcance, pero Natalie quedó libre. La cogí entre mis brazos, a pesar de que la presión en la pierna me hizo gemir de dolor, y contemplé desesperado cómo mi padre era conducido al interior de la celda en la que anteriormente habíamos estado siendo torturados Natalie y yo. Entre mi padre y Serguéi nos obligaron a marcharnos. Yo no quería, no podía marcharme de allí sin mi padre. No podía abandonarle, jamás me lo perdonaría. Pero se había sacrificado para salvar a Natalie, y no podía despreciar ese sacrificio. Tenía que poner a Natalie a salvo, aunque me doliese igual que mil puñaladas en todo el cuerpo.

Aparecimos en la entrada de la mansión. No pude mantenerme en pie por más tiempo y caí al suelo atropelladamente. Natalie inmediatamente se puso a disculparse por todo, y yo no tenía fuerzas para contestarle de manera coherente y hacerle saber que no tenía que disculparse por nada. Ella no tenía la culpa de nada… Y al menos estaba viva. Nunca jamás sería capaz de estarle lo suficientemente agradecido a mi padre por lo que había hecho por mí. Era yo el que tenía que disculparse por todo.

Abi llegó corriendo, y por fin pude hablar, aunque escupí mucha sangre al hacerlo. Comencé a farfullar cosas sobre mi padre entre palabras sin sentido. La cabeza me daba vueltas y no era capaz de concentrarme en condiciones. Conseguí hacerle saber que mi padre no estaba en la mansión, y que iba a morir. Decir esas palabras en alto casi me hicieron entrar en un ataque de pánico. Cuando Abi me sujetó para llevarme hacia uno de los sillones del salón cogí la mano de Natalie casi con desesperación y tiré de ella. No iba a dejar que se separase de mí después de lo que había pasado. Sentía que si la soltaba algo terrible volvería a por nosotros e intentaría hacerla daño otra vez, y yo sentía pánico al pensar en eso.

Ferdinand llegó con el ungüento que mi padre siempre tenía en casa para cuando volvíamos llenos de heridas de las misiones. Fue a ponérmelo en mis heridas, pero negué rápidamente con la cabeza y señalé a Natalie, que estaba a mi lado porque yo seguía sin soltarla.

-No… A ella primero…- Ferdinand dudó y miró mis heridas con vacilación, pero insistí.- ¡A ella primero!- El mayordomo me hizo caso entonces y aplicó el ungüento en las heridas de Natalie provocadas por los despiadados golpes que había recibido por todas partes, y por los horribles latigazos. Serguéi había rasgado su ropa, pero Ferdinand le dio una ligera manta para que se tapase sin hacerse daño con el roce. Después me ayudó a mí con el ungüento.

-Tiene la bala dentro- le informó Ferdinand a Abi y a mi tío Sylvan. Ferdinand no me había aplicado el ungüento en esa herida para que no cicatrizase con la bala aún dentro de la carne.- Esto no puedo sacarlo yo…- dijo con pesar, puesto que no era ni mago ni médico.

Me estaba dando vueltas la cabeza y sentía mi consciencia desvaneciéndose, pero escuché a Abi y a mi tío haciéndome preguntas sobre lo que había pasado. Mi padre. Quería saber dónde estaba mi apdre. ¿Podrían salvarle?

-Le tiene… Serguéi… Serguéi Diatlov…- no sabía si Abi le conocía, pero mi tío sí que le conocía, además de que creía que habían coincidido en el trabajo a veces. Les miré a ambos a los ojos mientras intentaba mantenerme consciente.- Él… Él mató a mamá… Y ahora quiere matarle a él…

Apreté la mano de Natalie en la mía, todavía con pavor por que fuese a desaparecer de repente. Era un miedo irracional, pero no podía deshacerme de él.

-Le tiene en un búnker muggle…- dije entonces a Abi y a mi tío. Temía por ellos, ahora que sabía perfectamente que iban a ir a por mi padre. Serguéi era muy peligroso, tenía miedo de que les hiciese algo a ellos, pero no podía dejar a mi padre solo allí, sufriendo y muriendo en manos de ese animal. Serguéi había dicho la dirección delante de Natalie y de mí cuando estaba hablando por teléfono para tenderle la trampa a mi padre. Recordaba la dirección, y la repetí en voz alta para que Abi y mi tío pudiesen encontrarles.

No conseguí aguantar más. Cerré los ojos y perdí el conocimiento.
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Abigail T. McDowell el Sáb Jul 30, 2016 3:47 am

Habían sido dos golpes fuertes en muy poco tiempo. Primero ver a Zack y a su amiga aparecer tan malheridos  me hizo preocuparme, sobre todo por el hecho de que se hubiera metido en algún lío relacionado con la causa Mortífaga metiendo a su amiga de por medio. Sin embargo, cuando nombró a su padre y afirmó con tanta seguridad y pánico que iba a morir, me dio la sensación de que alguien apretaba mi corazón con un puño durante unos segundos, amenazándome con romperlo. Sylvan fue mucho más rápido en reaccionar y desaparecerse para comprobar que, efectivamente, Caleb no estaba en la mansión.

Ayudé a Zack a llegar al sillón, en donde se sentó junto con su amiga. Yo me senté en la mesa de enfrente, cerca de él, observando con detenimiento cada una de sus heridas para saber cuál requería de atención inmediata y, además, atendiendo a cada una de las palabras que decía. Sentía unas irrefrenables ganas de no contener mis nervios e impaciencia para decirle que fuera al puto grano, pero tenía que relajarme y dejar de pensar en lo estúpido que era Caleb. Tenía que relajarme y esperar a que Zack se tranquilizase, porque si mal no había entendido, el asesino de su madre volvió de entre los fantasmas para terminar lo que en un día comenzó. Ordené contra todo pronóstico mis prioridades y me mantuve calmada. Miré a Zack con seriedad cuando dijo que estaba en un búnker muggle, un dato que aunque interesante, no nos servía para absolutamente nada en aquel momento.

¿Dónde? —pregunté con aparente tranquilidad, aunque en mi rostro contraído y serio podía denotarse claramente los nervios que me estaban revolucionando por dentro.

Zack dijo en voz alta una dirección, pero casi al momento cerró los ojos, quedándose inconsciente. Cogí su mano y le tomé el pulso en la muñeca; el ritmo cardiaco era elevado pero parecía ir relajándose. Entonces miré a la amiga de Zack y debió de asumir que mi mirada no era muy amigable, ya que sin yo decir nada, ella habló asustada.

La dirección la dijo el propio Serguéi. Llamó a Caleb delante de nosotros para atraerlo hacia la trampa y pudimos escucharlo todo —corroboró la chica, con voz temblorosa—. Seguéi le dio a elegir para que salvara a uno de los dos, o a él o a mí, ofreciéndole a ambos la libertad. Eligió a Zack, pero luego Caleb se intercambió por mí —añadió, intentando ser breve.

No me sentó nada bien esa información.

Entonces me levanté de allí y miré a Ferdinand, ya que antes había dicho que él no podía hacer nada con la herida de bala. Y era normal, como alguien sin experiencia intentara sacar eso iba a dejar la herida mil veces peor. Y por bastante había pasado Zack como para encima ocasionarle más daños por un trato inútil.

Llama a algún sanador que sea de confianza para ayudarte con ellos, Ferdinand.

Después de aconsejar al mayordomo, ya que no pensaba quedarme ahí ni un minuto más, cogí a Sylvan por la mano y lo saqué del salón hasta llegar al hall de la entrada, lo bastante lejos de Ferdinand, Zack y Natalie como para que ninguno de ellos escuchase nada. Sobre todo la chica, que no me fiaba de ella ni un pelo. Solté la mano del Dankworth y le miré con una mirada cargada de odio y determinación. Por una parte estaba asustada por lo que pudiera pasarle a Caleb, pero por otra estaba cabreada. Muy cabreada.

Lo más probable es que sea una trampa. ¿Lo sabes, verdad? Ese tío no va a jugar al azar. Juega en casa, juega con ventaja y sabe que Caleb no va a estar solo, si no no hubiera dejado que Zack se escapase sabiendo la ubicación del búnker. —O era gilipollas. Pero teniendo en cuenta lo que había hecho quería pensar que ese hombre contaba con cierta inteligencia y perspicacia. Normalmente cuando me enfrento a un enemigo peligroso, suelo tenerlo en alta estima. Se llama ser precavida—. Solo te advierto para que estés atento de las posibilidades, pero me importan una mierda todas las trampas que puedan haber. Hay que ir ya, antes de que sea tarde.

Saqué la varita y le tendí la mano a Sylvan, asumiendo, por supuestísimo, que ir o no ir no era discutible. Era Sylvan, al fin y al cabo, estaba cien por cien segura de que a él también le importaban una mierda la posibilidad de que fuera una trampa. Yo por lo menos estaba dispuesta a meterme de lleno en la trampa por Caleb. Fuera lo que fuese lo que pudiera haber entre Caleb y su muerte, no iba a ser ni de coña un impedimento para mí.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Miér Ago 10, 2016 3:40 pm

Zack no parecía estar en una condición demasiado buena como para darnos toda la información que necesitábamos y la chica tampoco parecía poder colaborar demasiado. Abi parecía haber alcanzado un estado zen envidiable pues estaba demostrando una paciencia que jamás me habría imaginado de ella y mientras tanto yo sentía que vibraba por dentro de la angustia y el ansia. Ferdinand no podía hacer mucho por Zack pues aunque era un hombre muy mañoso, el tema de las balas era mejor dejarlo en manos de profesionales. Mientras la conversación entre todos ellos seguía a mis espaldas cogí un papel de una mesa cercana y empecé a escribir el número de un mago especializado en medicina muggle aparte de sus tareas como sanador. Seamos francos, los magos no tienen ni puta idea de como sacar una bala, pero este tio sabía lo que se hacía. Siempre que me metía en lios de este tipo recurría a él. Incluso Caleb lo había hecho en alguna ocasión. Sin embargo, mientras escribía el número y por quién debía preguntar Ferdinand, el nombre de la persona que mantenía preso a mi hermano se atravesó en mi cabeza como una puñalada.

Sergei era el hijo de la gran puta que se había cargado a mi cuñada. Sergei era el bastardo cabrón que había torturado a mi sobrino. Sergei era retorcido gilipollas al que iba yo a castrar en cuanto me lo cruzase que tenía preso a mi hermano para torturarlo. Y de todo eso me enteraba yo en una frase salida de los labios de mi heridisimo sobrino. No me había enterado después de años trabajando con él. No. Me había enterado porque me lo había dicho Zack antes de desmayarse ante mi. Soy un absoluto imbécil.

Jodido cabrón asqueroso.


Mi mente se quedó paralizada por unos segundos ante la rabia incipiente que estaba sintiendo. Iba a encontrar Sergei y lo que le iba a hacer le ayudaría a desear haberse muerto antes de meterse con mi familia. El diablo iba a ser el jodido San Pedro en comparación conmigo.

La dirección del búnker me sacó de mi estado de rabia contenida en la que me había quedado paralizado y sabía, en mi interior, que no era nada bueno que supiesen tan claramente donde estaba aquel búnker. Ir sería meterse en la boca del lobo, pero con lo que él lobo no parecía contar es con que yo me iba a vestir con su maldita piel aunque fuese lo último que hiciese.

Zack cayó inconsciente al momento de decirnos la dirección y una mirada compartida por mi parte y la de Abi fue suficiente para que la chica nos explicase porque sabían a donde nos teníamos que dirigir. En un momento de más calma, me habría enorgullecido de mi sobrino por su gusto con las mujeres, pero en aquel momento ni lo pense. La chica solo era un saco de carne para mi que tenía información que yo necesitaba. Y además, era uno de los motivos por los que mi hermano estaba en peligro de muerte asi que prefería no pensar demasiado en ella o cometería una locura que no ayudaría a nadie.

Con las palabras de Abi, le di a Ferdinand el papel con el número de teléfono que había escrito- Llámalo a él- dije con firmeza y sin mirar al hombre justo antes de que Abi cogiese mi mano y tirase de mi hacia un sitio más privado. Pude ver con claridad en su rostro el reflejo de mis propias emociones y aunque nadie hubiese dicho nada todavía, los dos teníamos muy claro desde hacía rato lo que iba a pasar- Ese tipo es mi compañero de trabajo. Hemos hecho misiones juntos. Mi vida ha estado en sus manos. Esto no me lo esperaba, lo reconozco. Pero me la sopla vilmente que sea una trampa. Sé perfectamente como respira ese cabrón y sé que se confía cuando piensa que va ganando. Si hace falta tirar el sitio abajo lo tirare, pero por todos mis muertos que traigo a mi hermano a casa de vuelta.- dije clávandole la mirada totalmente convencido de lo que le decía a Abi. Ese cabrón podría intentar matarme una y mil veces, pero estaba completamente convencido de que no lo iba a conseguir. Hoy no.- Vámonos- dije finalmente cuando ella me agarró la mano y nos desaparecimos. Mi varita iba en mi mano también y no descartaba sacarle un ojo con ella a nadie si la magia dejaba de ser una opción.

Abi y yo aparecimos justo delante de la entrada al edificio que debía ser el búnker que Zack nos había descrito. No me molesté ni en esperar que la rescaca de la aparición se me pasase. Con un violento movimiento de varita, un rayo de luz roja derrumbó la puerta y parte de la pared que formaba la entrada. El hechizo habia sido tan fuerte que los efectos habían llegado a la siguiente pared también, derribando un buen trozo de la misma.- Si es una trampa y nos espera, ser sútil es una pérdida de tiempo que no estoy dispuesto a asumir- dije sin girar la cabeza, a modo de explicación gratuita mientras empezaba a andar hacia dentro del búnker por los agujeros que yo mismo había hecho.
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Caleb Dankworth el Jue Ago 11, 2016 12:45 am

Respiré profundamente cuando vi a mi hijo y a Natalie desapareciéndose del búnker, alejándose de allí y yendo a un lugar seguro. Sentí que se levantaba un enorme peso de mis hombros, pues cuando había llegado aquí antes y había visto a mi hijo al otro lado del cristal, malherido y en manos de Serguéi realmente pensé durante unos horribles momentos que iba a perderle para siempre. Y si me lo hubiese llevado de aquí y hubiese dejado a Natalie a enfrentarse ella sola a la muerte, entonces también habría perdido a mi hijo para siempre. No podía soportar eso, así que había hecho lo correcto. Zack no sufriría por la muerte de Natalie, y ambos estarían a salvo ahora que seguramente estaban con Abi y Sylvan. Ellos les protegerían…
 
Detrás de mí Serguéi rio, burlándose de mí y de lo que acababa de suceder.
 
-Ha sido una estupidez- se mofó hablando en ruso.- Después de tantos años en el lado oscuro pensaba que habrías aprendido una lección. Las cosas nunca son tan fáciles, amigo mío.
 
-¿Esto te parece fácil?
 
-Nunca has sido la víctima, no estás acostumbrado- dijo Serguéi mientras seguía apretando mi cabeza contra el cristal con el cual me había golpeado antes para amenazar a mi hijo y que se fuese.- No, tú siempre has sido el verdugo, el cazador… Estoy jugando uno de tus juegos, Caleb, tú siempre has sido un maestro de las artes retorcidas… Venga, ponte en mi lugar. Sabes que si en lugar de tu hijo y su zorra hubiesen estado los seres queridos de tu enemigo, hubieses disfrutado tanto como yo.
 
No dije nada, pero ambos sabíamos que lo que él decía era verdad. Yo amaba torturando a mis enemigos y haciendo sufrir a mis víctimas. Solía tender más a la tortura física que a la psicológica, pero entendía perfectamente el asqueroso juego que estaba jugando Serguéi. Era un juego que había jugado demasiadas veces, pero siempre desde la posición de quien movía las fichas en el tablero, no desde la posición de un peón como estaba siendo ahora. Desde esa posición había olvidado todo lo que sabía, no había sido capaz de ver la imagen completa desde arriba, solamente había percibido lo que tenía delante en ese momento. Pero me estaba poniendo en los zapatos de Serguéi… y no me gustaba lo que veía. Mi corazón comenzó a latir mil veces más deprisa que antes, desbocado dentro de mi pecho, porque ahora me daba cuenta de que ese juego retorcido todavía no había terminado.
 
-Sabes que soy un hombre muy paciente- comenzó a decir Serguéi.- He esperado once años para venir a por ti… Cuando me apetezca volveré a por tu hijo, y mataré a ese asqueroso parásito que jamás debería haber existido de una vez por todas. Pero antes mataré a su amiguita delante de él, para que sepa que tu sacrificio fue en vano.- Intenté apartarme del cristal para golpear a Serguéi, pero él hizo más fuerza que yo y golpeó otra vez mi cabeza contra el cristal, provocando esta vez que me abriese una brecha en la frente.- Luego iré a por tu hermano… y también iré a por tus primos y sobrinos y esos amigos a los que tanto quieres y que consideras tu familia, para que no quede nadie en ese mundo a quien quieras, igual que ya no queda nadie en este mundo a quien yo quiero por tu culpa, porque tú me hiciste matarla- masculló lleno de odio, haciendo gala otra vez de la ponzoñosa obsesión que tenía con Rose, la obsesión que no hizo más que alimentar su locura y que me la arrebató para siempre de manera cruel.- Y luego, cuando ya no quede nadie… entonces iré a por tu puta. He oído que es una verdadera fiera, me encantaría comprobarlo a mí mismo antes de que le vuele la cabeza igual que hice con tu mujer.
 
A pesar del profundo asco y odio que sentí al escuchar las amenazas de Serguéi, en cuanto dijo aquello último fue mi turno de reír esta vez, de manera baja y burlona como lo había hecho él antes mientras disfrutaba con el juego en el que nos había atrapado a todos.
 
-Inténtalo… No conoces a Abi. Te tendrá llorando y suplicando piedad a sus pies antes de que consigas hacer nada contra ella. Será lo último que harás en tu vida…- Solo el mismísimo Señor Tenebroso era más peligroso que ella.- Y mi hermano… todavía no has visto el lado oscuro de mi hermano.
 
-Te he estado vigilando desde las sombras, Caleb. Os he estado vigilando a todos. Os conozco a todos mejor de lo que os conocéis a vosotros mismos- no añadió nada más, dejando la amenaza abierta, libre para que mi imaginación actuase y crease distintas visiones del futuro en mi mente. Confiaba en Abi y en Sylvan y en que conseguirían proteger a Zack después de esto… Pero, al fin y al cabo, yo jamás me había imaginado en una situación así. Tenía miedo por lo que pudiese pasar, por que las cosas saliesen mal…- Solo quedaría la pequeña Grace.
 
-Mantén tus asquerosas manos lejos de mi hija.
 
Serguéi me hizo caso omiso.
 
-Su madre Alyss es excepcionalmente parecida a Rose. Idénticas, me atrevería a decir. Me pregunto si la pequeña Grace será igual que su madre y que su tía también… Cuando estéis todos muertos me la quedaré, y en cuando crezca por fin tendré a mi Rose… Tal vez ni siquiera tenga que esperar muchos años para eso. En cuanto sus rasgos sean los de una FitzRoy la haré mía.
 
Lo único que impidió que vomitase en ese mismo momento fue la rabia que me consumió entero como el fuego de una violenta explosión. Grité lleno de rabia y eché la cabeza hacia atrás muy rápidamente, golpeando con fuerza la cara de Serguéi sin que él se esperase un movimiento tan violento. Se oyó un crujido, probablemente de su nariz rompiéndose ante el impacto. Serguéi me soltó y dio un par de pasos hacia atrás mientras le causa sangre por el rostro, y entonces aproveché para lanzarme contra él. Si hubiese tenido mi varita a mano le hubiese lanzado un Avada Kedavra ahí mismo y hubiese tenido mi varita, pero Serguéi me la había quitado al intercambiarme antes por la chica, y no me quedaba más remedio que atacarle con los puños. 

El primer impacto de mi puño contra su cara hizo que se oyese otro crujido y que saltasen chorros de sangre por los aires. El segundo impacto le tiró al suelo. Me abalancé encima de él como un animal rabioso fuera de control. Estará fuera de mí mismo; lo veía todo rojo por culpa de la rabia. No podía pensar en nada, sólo pensaba en que quería matarle a golpes. Con la mano izquierda le agarré del cuello y apreté para mantenerle inmóvil mientras con el puño derecho le golpeaba una y otra vez sin pausa, gritando fuertemente cada vez que le golpeaba, descargando toda mi rabia sobre él.

En cualquier otra ocasión hubiese sido más cauteloso, habría pensado mejor en lo que hacía y hubiese encontrado la forma de que todo me saliese bien. Siempre me salía todo bien, siempre era yo el monstruo y otro la víctima, pero en el búnker estábamos encerrados dos monstruos, y para mi desgracia a pesar de los golpes Serguéi tenía la ventaja. Él estaba armado, yo no, y al estar golpeándole no me fijé en sus brazos ni en sus manos, ni en como agarraba su cuchillo y me lo clavaba en el costado antes de que pudiese terminar de matarle a golpes. 

Me empujó a un lado y me quitó de encima, sacando el puñal de mi costado en el acto. Caí de espaldas, y entonces fue él quién se abalanzó sobre mí y me golpeó. Mi rabia hizo que me olvidase del dolor e intenté golpearle de nuevo, pero Serguéi estaba bien entrenado. Agarró mi brazo, lo inmovilizó, y con un fuerte golpe lo rompió. Mi grito sí que llenó la sala esta vez, y antes de que se ahogase y el dolor se disipase un poco Serguéi agarró mi otro brazo y me lo partió de la misma manera. 

-Vamos a jugar a un juego, Caleb...- masculló Serguéi mientras se levantaba (y se tambaleaba un poco a causa de los golpes. Su cara había quedado casi completamente amoratada) y agarró mis brazos para tirar de ellos y arrastrarme por el suelo, lo cual me hizo gritar aún más.- Te va a encantar, es de tus favoritos...

Pasamos por una puerta a otra parte del búnker. No se cansó de arrastrarme por los pasillos, pues los gritos de dolor que se me estaban escapando a causa de los huesos rotos de los que él estaba tirando que causaban un placer mucho más grande que el cansancio por tirar de mí todo el tiempo hasta que llegamos a otra sala un rato después, parecida a la sala en la que había tenido encerrados a Zack y Natalie antes. Había unas cadenas colgando del techo, y me encadenó las muñecas a los grilletes que había en ellas. 

Serguéi se acercó con un cuchillo. Antes de que empezase a hacer nada se oyó un ruido lejano, como de una explosión, y se sintió un ligero temblor. Serguéi no parecía sorprendido; caminó hacia un monitor donde había pantallas de cámaras de seguridad en el búnker. En una de ellas se veía claramente a Sylvan y a Abi. Serguéi sonrió.

-Tenemos compañía...- murmuró antes de apretar un botón rojo en la pared.


Última edición por Caleb Dankworth el Jue Sep 22, 2016 4:25 am, editado 1 vez
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Abigail T. McDowell el Jue Ago 11, 2016 4:02 pm

Sin perder más tiempo, ambos nos aparecimos en la dirección indicada, justo en la puerta. Antes de que pudiera reaccionar, fue Sylvan el que abrió sutilmente la entrada —y parte de la pared— para poder entrar al interior sin problemas. Sujeté fuertemente la varita en mi mano derecha y le perseguí, estando totalmente de acuerdo con su método operandi de ir directos al grano. Si aquel enfermo había llegado tan lejos, no iba a dejar al azar la posibilidad de que fuera un rescate a por Caleb, por lo que andarse con sutilezas en terreno enemigo era incluso más peligroso que meterse de lleno en la boca del lobo siendo conscientes de lo que nos podemos encontrar.

Comenzamos a caminar por el búnker, un lugar alto, de paredes lisas de piedra y con muy poca iluminación, la justa y necesaria para ver cómo se dividían los caminos en distintos pasillos, creando un laberinto que solo me daba la sensación de que servía para hacernos perder el tiempo. Una luz que iluminaba muy poco comenzó a tintinear, creando un ambiente todavía más desesperante. No se oía nada, solo el eco de nuestros pasos y aquel sonido molesto de la luz rota.

Caminamos por lo que parecía el camino principal hasta llegar al punto de intersección de tres caminos, lugar en donde estaba esa luz. Miré los tres caminos sin tener ningún argumento para elegir uno, por lo que miré a Sylvan para ver si él sí los tenía. Sin embargo, la solución se presentó sola ante nosotros. Se escuchó un grito desfasado por el eco, acompañado del ruido de cadenas y de puertas cerrándose. Automáticamente seguí ese camino desesperada, corriendo para evitar perder el tiempo. ¿Qué debía hacer si no? ¿Correr por otro camino en dónde no se ha escuchado nada para correr el riesgo de que no tenga salida o me meta en un bucle circular del que no sepa salir? No. Iba a seguir por el camino que me abre opciones, sean peligrosas o falsas.

Nada más comenzar a correr por ese camino, una explosión hizo aparición delante de nuestras narices, justo antes de coger una esquina. De repente todo parece que fue a cámara lenta. La onda expansiva, terriblemente caliente, me empujó hacia atrás varios metros, cayendo de espaldas al suelo y dándome un fuerte golpe en la cabeza. Reaccioné todo lo rápido que pude, aún sintiendo la cabeza dolorida y escuchando un terrible pitido en mis oídos que iban a hacer que me estallasen. Me levanté y seguí retrocediendo al ver como el techo del búnker estaba precipitando en dirección hacia nosotros, cogiendo la mano de Sylvan a la vez que me metía en un pasillo perpendicular para evitar aquella avalancha que amenazaba con sepultarnos.

Respiré entonces, apoyándome de espaldas en la pared, dejando una mancha roja de sangre por el golpe de la cabeza. Nada por lo que quisiera preocuparme en este momento. Ahora mismo estaba demasiado cabreada y me habían tocado tanto los cojones que no podía pensar en otra cosa que no fuera arrancarle los ojos a Serguéi con mis propias manos.

Cuando salvemos a Caleb y tengamos a Serguéi me pido cortarle la polla para poder dársela de comer —dije mientras miraba a Sylvan, llevándome la mano al ojo porque sentía que algo líquido caía por mi mejilla. Y efectivamente, tenía un corte desde la frente a la mejilla, pasando por el ojo, aunque por suerte como cerré los ojos ante la explosión, no había daños en la vista—. ¿Estás bien?

Me apunté entonces con la varita a la sien, ya que no la había perdido porque lo primero que hice al sentir la explosión fue sujetar la varita como si se fuera a fusionar con mi mano. Conjuré sobre mí un echoes y alcé una mano para que Sylvan no hablara ni hiciera ruido, intentando escuchar algún sonido revelador; un sonido real, porque estaba claro que lo que oímos hace un rato había sido solo una trampa. Me giré para observar todo el búnker y podía ver como hasta el mínimo sonido de las piedras aún cayendo me distorsionaban la visión, hasta que di con un lugar, bastante lejano a donde estábamos (sobre todo porque el paso estaba cortado por las piedras) en donde también había ruido. Y, hasta el momento, era todo lo que teníamos. Me quité el hechizo y miré a Sylvan.

Vamos al Este, he usado el encantamiento echoes. Hay algo allí, no sé si serán ellos, pero es lo único que tenemos —le expliqué, dejando detrás nuestra aquel muro de piedras para caminar por el pasillo que, por el momento, a pesar de oscuro, parecía inofensivo. Conjuré una luz con mi varita y continué caminando. Por mi mente, aunque parecía concentrada en intentar evitar cualquier trampa y atenta al entorno, solo estaba recreándome en la de cosas que le iba a hacer al maldito Serguéi cuando estuviera delante suya. Le voy a hacer tanto daño que no suplicará por piedad, sino que suplicará por nuestro perdón.
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Invitado el Mar Ago 16, 2016 11:12 pm

Cualquier persona con dos dedos de frente se habría dado cuenta de que abrirse paso para entrar en aquel búnker era o más sencillo a lo que nos íbamos a enfrentar aquella noche. Aun así, no iba a ser yo el que lo complicase y tras abrir un buen agujero en la estructura, entramos en aquel sitio que parecía un laberinto de película de terror. A cada paso que dábamos no parecíamos estar más cerca de nada que dos metros antes. Las luces tintineaban, aumentando la sensación de humedad, silencio y oscuridad, y las paredes eran tan austeras, lisas y altas que solo parecía que a medida que caminabas te ibas enterrando más y más. Pero ya nada de aquello importaba. Ninguno de nosotros hablaba porque estaba demasiado claro lo que había que hacer y cómo. Yo quería ver arder el mundo y Abi me ayudaría a prenderle fuego. Seguro que ella pensaba lo mismo de mi.

Sin embargo, los caminos eternos e inútiles no duraron para siempre. Minutos después de nuestra entrada llegamos a una intersección de 3 caminos en la que no se oía nada. La chica me miró como buscando respuestas y estaba a punto de darle una, cuando un sonido de gritos y cadenas rompió el silencio. Era una trampa. Era una trampa de manual. Y sin embargo ella, que sin duda debería saber que se trataba de una trampa, siguió el sonido sin pestañear- No!- dije en voz alta aunque ella me ignoró- Joder...-susurré entonces sabiendo que de todos los caminos que podíamos haber tomado ese era el peor. Ese era en el que Serguéi nos quería, ergo en el único en el que no debíamos estar. A pesar de todo la seguí. La seguí porque enfrentarme solo a Serguéi era tan suicidio como enfrentarse solo a mi. Y en aquel búnker y aquella noche, yo no contemplaba otra opción que no fuese sacar a mi hermano de allí y también a su capturador. Solo que a este último con los pies por delante.

No nos dio demasiado tiempo a recorrer el camino porque el que Abi había tirado pues a los dos metros de empezar, antes de dar una esquina, todo se vino abajo. Alguien con un super-oído habría percibido el disparador de la bomba que estalló ante nosotros y habría previsto la onda expansiva y el fuego que lograron lanzar a Abi por los aires ante mientras yo salía volando a su vez a poca distancia de ella. Una explosión es algo rápidisimo pero cuando te pilla en medio ves el fuego y las paredes a caer a cámara lenta, como si, de poder moverte más rápido, pudieses evitar todo aquello. Por desgracia, tu velocidad siempre será más lenta que la suya.

Cuando me di con el suelo, mi experiencia ya me había enseñado lo que hacer. Caí bien, como tantas otras veces, dentro de templos malditos, y rodé, de manera que mi cuerpo se magulló y me hice un par de cortes en un brazo, pero me libré de romperme algo o de alguna herida grave. Mis oídos aun pitaban con un sonido que ya me resultaba hasta familiar cuando vi a Abi acercarse a mi y coger mi mano, gesto que correspondí pues el techo estaba empezando a acompañar a las paredes en todo el tema ese de caérsenos encima. Corrimos para alejarnos todo lo posible hasta llegar a un pasillo perpendicular con uno de los que debían ser los pilares maestros del edificio que frenó la explosión, o más bien, su onda expansiva. Miré a Abi, y vi que ella no había tenido tanta suerte como yo. La chica tenía un corte bastante feo en la cara, pero seguramente nada que no se pudiese curar.

-Me lo apunto: A polla para Abi- dije levantando el dedo pulgar en respuesta a lo que me había dicho de su venganza. Me parecía algo apropiado.- Sí, perfectamente- dije con calma mirando a ambos lados del pasillo.

Mi varita seguía fuertemente agarrada en mi mano y en perfecto estado cuando vi como Abi se llevaba la suya a la sien y me pedía que no hablara. Tampoco es que estuviese en mi día más parlanchín. Por el bien de todo aquello, hasta aguante la respiración, pero eso no evitaba que por mi cabeza pasasen cientos de cosas. Yo no estaba planeando mi venganza, eso no era productivo en esa ocasión, era algo que vendría después. Ahora lo importante era llegar hasta Caleb y Serguéi y sobrevivir en el intento. Notaba mi mente como una nebulosa pero a la vez tenía mis protocolos de acción muy claros. Aquello era el templo maldito de aquel día y yo era el saqueador que iba a prederle fuego y tirarlo abajo.

La voz de Abi me sacó una vez más de mis pensamientos. Según ella teníamos que ir hacia el este, y yo estaba totalmente de acuerdo puesto que no tenía ninguna indicación de lo contrario así que asentí- Vamos- dije empezando ya a ir en la dirección acordada- Y esta vez no te dejes engañar por ninguna voz. Escucha solo la mia. Serguéi es lo bastante bueno para que solo escuchemos lo que él quiera que escuchemos así que no nos podemos fiar de lo que se oiga a lo lejos. Si el quiere que estemos aquí, entonces es aquí donde no debemos estar.- dije sin mirarla solo avanzando.- Probablemente no encontraremos a Caleb hasta que él quiera ya que esta claro que nos espera.-Dije alzando la varita de nuevo y tirando otra pared de un solo movimiento. Aquel edificio parecia un laberinto pero no siempre había sido así, los pilares maestros eran muy evidentes, para abrir paso, solo había que tirar los demás.- Probablemente nos esté mirando, asi que si tiramos todo abajo, sus cámaras serán inservibles- expliqué repitiendo la operación con una pared en la que la cámara se veía claramente. Antes de tirarla abajo, le había dedicado una sonrisa.

Sin embargo, mi método no era infalible y al intentar tirar la tercera pared esta no se movió. En su lugar, se cayó como la parte delantera de la misma, dejando a la vista una especie de circuito por el cual fluía un líquido azul brillante- Cuidado- le dije a Abi frenando la marcha. Tirando dos paredes habiamos conseguido avanzar el doble que al principio el doble de rápido, pero a saber que nos tenía preparado aquel cabron morboso.

Agarré a Abi del brazo y conjuré un hechizo Nottium Argentum que nos protegiese a los dos. Aquella esfera transparente había sido demasiado útil para mi a lo largo de mi carrera como para despreciarla ahora.
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Abigail T. McDowell el Vie Sep 02, 2016 4:45 am

No me había hecho especial daño con la explosión ni con la caída, pero no era cuestión de dolor físico, sino de impotencia por el quebradero de cabeza al que ahora mismo me enfrentaba junto a Sylvan. Primero ante la pregunta de por qué Caleb había caído en esa trampa y por qué había decidido cambiar su vida por la de aquella Don Nadie. Segundo al preguntarnos no solo en donde estábamos, sino también a qué nos enfrentábamos. Sylvan podía llegar a conocer a ese hijo de puta de nombre Serguéi, pero yo no tenía ni la más remota idea de quien era o de lo que sería capaz. Por no contar la jodida impotencia de sentir como la persona que tiene a tu ser querido parece tener hasta el más mínimo detalle cuidado y que es imposible de burlar.

Así que asentí a lo que había dicho Sylvan, ya que había sido un recordatorio a tener en cuenta sobre todo después de la absoluta cagada que acababa de cometer. Podría ser una chica muy orgullosa —y de las peores—, pero cuando tengo la culpa siempre reconozco mi error. Una vez ambos tuvimos claro que la referencia más clara estaba hacia el Este, no tardamos en abrirnos camino. ¿A Serguéi le gustaban las explosiones? Iba a tener explosiones, eso te lo aseguro.

Rompiendo las cámaras de seguridad que nos encontrábamos por el camino y aprovechando los huecos entre los pilares que sostenían aquel búnker y que sería fatal hacerlos explotar, nos abrimos caminos a través de aquel laberinto de cemento y oscuridad. En cierta ocasión la pared rota soltó un líquido azul y denso, un líquido que a simple vista parecía ácido y del cual debíamos alejarnos muy rápidamente. Como a Serguéi se le ocurriese la brillante idea de hacer explotar una pared con dicho líquido en su interior… Podía llegar a hacernos el mayor destrozo de nuestra vida. Supongo que para prevenir justamente eso, Sylvan me sujetó y nos ocultó ante posibles ojos curiosos. No sabía donde estaba Serguéi y cuántas maneras de vernos tenía, pero no podíamos dejar nada al azar, no jugando en un terreno desconocido y lleno de trampas que podrían hacernos desaparecer. Así que nos ocultamos con aquella esfera, entre humo y oscuridad, de cualquier tipo de visión tecnológica que pudiese estar por la zona.  

Pero aún así faltaba algo. Necesitábamos algo que nos llevase hasta Caleb rápido o íbamos a arrepentirnos de no saber salir de aquel laberinto.

Mientras caminábamos, se escuchó entonces a través de todos los pasillos cómo unos altavoces se activaban en un pitido molesto que nos hizo pararnos de golpe. La voz de Serguéi sonó a través de ellos, con perversidad y demasiada seguridad en sus palabras.

Hola, queridos —dijo como si estuviera saboreando las palabras—. ¿Os estáis ocultando de mí? ¿Creéis que eso es una buena idea? —Entonces el altavoz de cortó con las palabras a medias, pero luego escuchar unos repetidos golpes y a Serguéi de fondo quejándose. En ese momento tiré de Sylvan para continuar caminando, ya que si estaba ocupado hablándonos, es que no estaba ocupado buscándonos por las cámaras de seguridad—...Maldito micrófono... ¿Por dónde iba? Ah, sí... Lo sería, sería buena idea, claro... Lo sería si yo no tuviera a vuestro querido Caleb entre mis manos a punto de hacerle sufrir como nunca antes ha sufrido... porque claro, si yo tengo a Caleb y vosotros os escondéis de mí... Yo puedo torturar a Caleb para que ustedes salgan a la luz, como sucias ratas que sois, movidas por el miedo y el caos. Y todos aquí sabemos que no seréis capaz de quedaros quietos ante tanta impotencia. Qué bien nos conocemos entre la sociedad de los cabrones, ¿verdad que sí? Pues bien, empecemos a jugar...

Entonces se produjo un silencio acompañado de pasos y de sonido de cuchillos chocando entre sí. Y lo siguiente que se escuchó fue a Caleb gritar a través de los altavoces, siendo ésto claramente su voz y su sufrimiento, no como la puta trampa de antes.

¿Dónde estáis, ratas? —preguntó con la voz demasiado pegada al micrófono—. Apareced para que pueda mataros antes de disfrutar de mi premio final.

Normalmente en las películas americanas no era una idea sana eso de separarse de tu único compañero en un lugar peligroso, pero en este momento, separarnos era una opción totalmente plausible. Así que me acerqué a Sylvan.

¿Y si nos separamos? —Se lo pregunté porque estaba desesperada y no sabía si era una buena idea o una puta mierda de idea creada por mi subconsciente por culpa de mi desesperación—. Uno podría dejarse ver y llamaría la atención de Serguéi. —Volvió a sonar un grito desgarrador de Caleb a través de los altavoces y apreté los dientes antes de continuar hablando—. Y si uno capta su atención, el otro puede abrirse paso rápidamente a través de los pasillos hasta dónde teníamos pensado ir, además de que no se centrará en hacerle daño a Caleb. Tengo una manera de ir sin ser vista por las cámaras y más todavía si tú lo mantienes ocupado.

Hice una pausa para intentar concentrarme y dejar de escuchar el maldito altavoz, cuyo sonido se me estaba metiendo de lleno por los oídos hasta la mente, volviéndome loca. Es demasiado fácil actuar cuando no tienes nada que perder. Miré a Sylvan con seriedad.

Puede ser la peor idea que he tenido en mi vida, o puede salir bien. Tú decides si lo hacemos o no. Pero de verdad, soy toda oídos. —Caminar y simplemente caminar hasta dar con aquello no iba a resultar, sobre todo porque iríamos muy lentos y seríamos un blanco fácil.

Yo, si me convertía en zorro, podría burlar todo tipo de cámaras, además de ir muchísimo más rápido y tener una mejor visibilidad. Y Sylvan tendría que darlo todo por parecer vulnerable e incluso aprovecharse de lo predecible que puede ser Serguéi como para hacerle creer que lo ha dejado fuera de juego. Teníamos que jugar contra la única debilidad que parecía tener nuestro enemigo: su seguridad. Y la verdad es que no se me ocurría otra manera.
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