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Do you hear the people singing? [Sirius Black / Priv.]

Circe A. Masbecth el Miér Jul 20, 2016 12:18 pm

Recuerdo del primer mensaje :

 
Esplanade Theatre, Londres · 17 de julio · 18.00 h · Nublado, 25 ºC

Desde que el curso había llegado a su fin apenas había parado por casa. Preparativos para la universidad y las nuevas clases, visitas frecuentes a la sede de las Arpias de Holyhead para formalizar su nuevo empleo como parte del equipo profesional de Quidditch, una breve visita a Apolo y a sus dragones, una aparición en Francia para visitar a sus padres que veraneaban por Lion, algún que otro encuentro con Ian para ayudarle con la documentación universitaria y unas pequeñas vacaciones en Italia. Apenas había terminado el curso unas semanas atrás y ya parecía que había pasado todo el tiempo del mundo con lo que había hecho. Pero lo que no había hecho era contestar la carta de Sirius.

Había pasado semanas pensando que escribir en ella. Que contestarle, pues no era dada a escribir nada y menos como respuesta a sus palabras. Lo mejor era verse, sin duda, pero no había tenido tiempo primeramente. Y segundo… En parte no tenía ganas de verle. No estaba acostumbrada a sentir aprecio por los demás y con Sirius… Con Sirius todo era tan diferente que podía acabar por provocarle un verdadero dolor de cabeza de darle tantas vueltas a la misma situación. Y por otra parte realmente le apetecía verlo. Quedar un rato y ver cómo había pasado los pocos días que habían pasado desde el final de las clases.

Por esa misma razón se decidió a contestar la carta aquel mismo lunes. No era de decir mucha palabra a través de las cartas y mucho  menos cuando esta iba destinada a Sirius. Cualquiera podía leerla, era cierto, pero las posibilidades se incrementaban en el caso del chico, el cual no vivía con su familia, sino con su mejor amigo. Y si James era remotamente parecido a Ian, se encargaría de mirar la correspondencia privada de su amigo buscando cualquier pretexto para bromear a su costa. Definitivamente, contestar una carta a Sirius siendo clara no era la mejor de las ideas.

Depositó un pequeño paquete sobre la mesa y se dispuso a buscar a la lechuza de  sus padres, más desquiciada por tener que tocar aquel animal que cualquier otra cosa. Cuando por fin dio con él, tardó varios minutos en armarse de valor para atar el paquete a la pata del animal y dejar que este emprendiese el vuelvo en busca de Sirius.

Para el domingo por la noche, decidió ponerse un vestido negro abierto por la espalda y unos tacones del mismo tono. Cogió un bolso de mano de color rojo y se apareció cerca de donde comenzaba el espectáculo, esperando que el chico fuese mínimamente puntual. Hacía tiempo que quería ir a ver aquel Musical y, dado que con Sirius podía hacer lo que le apeteciese a cada momento, no lo pensó dos veces cuando consiguió dos entradas. Primeramente había dudado en ir con él porque aquello parecería una cita pero a fin de cuentas, era a lo que ambos se dedicaban, ¿No? Quedaban cuándo y cómo les apetecía, y en aquella ocasión no tenían que estar pendientes de que ninguno de sus compañeros de Hogwarts doblase una esquina y diese con ellos hablando en un aula vacía con total tranquilidad. Era lo bueno de no estar en el castillo.

Se colocó la totalidad del cabello sobre su hombro izquierdo y avanzó entre la multitud que comenzaba a entrar en fila por la puerta principal. Se situó en un lateral de la puerta esperando a que Sirius apareciese, pues le había mandado ambas entradas al chico para no tener que mediar palabra alguna a través de la carta.

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Circe A. MasbecthUniversitarios

Invitado el Dom Ago 21, 2016 7:56 pm

Le pareció gracioso que Circe tuviese tanto problema para soportar a uno de sus hermanos. Siempre había escuchado que en familias numerosas, no todos los hermanos se llevaban bien, aunque eran pocos los que acababan realmente peleados. Todo eso le hizo preguntarse una vez más, que se sentiría ser parte de una familia bien constituida. Más de alguna vez se lo había preguntado viendo a los Potter y estos ya le trataban como a un hijo más, así que imaginó que realmente ya tenía la respuesta y no necesitaba de otra. Él mismo había elegido su camino y no se arrepentía de ello.

Fuese como fuese, todo el tema familiar dejó de importarle para irse de paseo al infinito y más allá cuando Circe le besó. Quizás ahí, por primera vez en su vida, entendió la euforia y felicidad que había sentido James cuando Lily le besó. Aunque, por supuesto, él no estaba ni la mitad enganchado de Circe de lo que lo estaba James de Lily ¿o sí? No, no lo creía, de partida porque ellos eran demasiado distintos. James llegaba a fantasear con casarse y pasar casa uno de los minutos de su vida con la pelirroja, mientras que Sirius soñaba más con vivir su vida minuto a minuto y disfrutarla a concho rebelándose ante la sociedad. Si habían momentos con Circe, aquellos eran un plus a su propia felicidad, pero querer pasar cada de los minutos del resto de su vida con una chica, es algo que jamás hubiese pasado por su mente y no es que fuese capaz de querer menos, es que él simplemente era así; libre.

—Creo que a mucha gente no les encanta tu genialidad, pero yo estoy de acuerdo, no les entiendo.

Y lo decía con total sinceridad, pues a su modo de ver Circe era una persona genial. No era la típica chica sensible con quien tuviese que andar midiendo sus palabras para no llegar a lastimarla, tampoco andaba acosándole o intentando acaparar más de su tiempo porque si no estaba más tiempo con ella comenzaba a sentir que no le importaba. Sabía dar buenos puños y era capaz de entenderle cuando hablaba estupideces sin llegar a enojarse en plan “Olvídate de mi” ¿Qué más podía pedir? Lo único que le faltaba para ser perfecta es que fuese en la casa de Gryffindor y le saliera pene, pues sí, aún cuando la rubia le gustaba, a veces sentía que le gustaría mucho más poder hacerla parte de pandilla, pero si lo hacía… ella ya no sería Circe.

—A decir verdad, siempre me he imaginado que la carne de elfo doméstico debe ser algo así como masticar una goma… Tal vez como un alga.

Arrugó la nariz, pero en seguida recordó que no todas las algas eran malas. De hecho, si les cortaban delgadas y les echaban sal quedaban hasta buenas, quizás con la carne de elfo doméstico pasaría lo mismo, pero la verdad es que no era un pensamiento muy agradable de probar.

—No sé que hará mi familia con los cuerpos de los elfos domésticos cuando se mueren. Es una extraña costumbre, pero sé que los decapitan y luego adornan una de las chimeneas con sus cabezas disecadas como parte de homenaje a sus años de servicio —torció la boca —. Imagino que el resto lo creman, pero la verdad es que no deseo saber. No me sorprendería enterarme que alguna vez me comí un sandwich de elfo.

Confesó riendo y se detuvo en la cocina para apoyarse en una de las encimeras mientras la chica le explicaba acerca de lo que podrían comer y de su plan para esa noche. Escuchó lo de dormir cómodos y tener una buena ducha, de no ser porque llevaba la tienda de campaña habría sido prácticamente música para sus oídos, pero la verdad es que en la tienda no lo hacía nada mal, así que para él era exactamente lo mismo, así que sólo asintió con la cabeza y no dijo nada más.

Estuvo a punto de decir que pizza estaba bien, pero luego ella comenzó a decir que también podían pedir algo más y que tenía otras cosas en la nevera, por lo que Sirius se puso de pie y se acercó para ver lo que tenía en el refrigerador y en la despensa, por lo que luego le miró con una sonrisa y se echó las mangas hacia atrás, para luego lavarse las manos.

—Yo puedo cocinar —le guiñó un ojo —. Haré pasta, que es fácil y rápido y así no moriremos de hambre antes que nos de la media noche sin comer.

Fue así como sacó un poco de carne y la descongeló por medio de magia, para luego ponerse a trabajar con las verduras y freírlas en una cacerola en donde fue agregando el resto de los ingredientes y aliños, y es que Sirius había comenzado a aprender a cocinar luego de negarse tantas veces a salir con sus padres y quedarse solo en casa, pues tampoco le gustaba mucho la comida que preparaba Kreacher. Parecía que el elfo doméstico hacía su venganza cuando él se quedaba a solas, pues siempre cocinaba de manera desastrosa si acaso no estaba ningún otro miembro de la familia presente. Era un odio mutuo que no podía evitarse.

En unos cuarenta minutos ya tuvo preparada una deliciosa salsa boloñesa, acompañada de espaguetis al dente recién sacados del agua. Sirvió un plato para Circe y otro para él, por lo que de cuando en vez sólo tuvo que pedir un poco de ayuda para saber en donde estaban las cosas, pero luego de abrir varias puertas y cogerle el ritmo, la cena salió bastante rápido.

Ambos comieron y al menos por parte de Sirius no se habló demasiado, porque tenía mucha hambre, así que sólo se limitó a hacer comentarios breves y entregar respuestas rápidas, para luego acabar sobándose la panza y excusándose por no haber preparado ningún postre.

—Entonces… tienes cuarto de invitados, me imagino —inquirió limpiándose la boca con una servilleta —. A menos que quieras que duerma contigo —rió entre dientes —, prometo portarme bien si eso es lo que quieres, pero lo dudo. Te escucharé roncar y veré la baba corriendo por tu boca mientras pones los ojos blancos y se te escapan los gases por detrás —arrugó la nariz —. Sería un trauma total.
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Circe A. Masbecth el Dom Ago 21, 2016 9:18 pm

Su rostro se convirtió en una auténtica mueca de asco al imaginar lo que Sirius mencionaba. No sabía cómo alguien podía llegar a relacionar la carne de elfo doméstico con las algas pero imaginar a los chinos haciendo un plato de ensalada de algas con carne de elfo doméstico le estaba haciendo replantearse seriamente su gusto hacia la comida asiática. Aunque, teniendo en cuenta que más de uno opinaba que la carne de gato era primordial para una buena comida asiática, no era ninguna sorpresa que otro de sus ingredientes estrella resultase ser la carne de elfo doméstico.

Su mueca quedó estática en su rostro, acompañándolo alzando una de sus cejas sin creer que alguien pudiese hacer semejante cosa con un elfo doméstico. Era cierto que Circe no les apreciaba ni lo más mínimo y que le resultaban nauseabundos, pero quizá precisamente por eso ni se le ocurriría decorar su casa con cabezas disecadas de elfo doméstico. – No puedes hablar en serio. – Dijo sin poder borrar aquella mueca de su rostro. – Por Merlín, que asco, ¿Cómo pueden tener cabezas de elfo en la pared? – Había pasado por alto el resto de la información pues le impactaba demasiado que alguien consideraba que para honrar el trabajo prestado durante años lo mejor que podías hacer era disecar la cabeza de los elfos. – De verdad, es repulsivo. Joder. – Ahora se alegraba que la mitad de los elfos domésticos al servicio de su casa hubiesen desaparecido antes de que Odiseo fuese desheredado gracias a que este lanzaba prendas a diestro y siniestro con el fin de sacar de quicio a sus padres haciendo desaparecer al servicio.

Para sorpresa de la rubia, Sirius se ofreció a cocinar y ella no puso ninguna queja. Se limitó a irle explicando donde estaban las cosas y ejercer de pinche cuando este necesitaba algún tipo de ayuda. Circe no era una experta cocinando, ni mucho menos, pero lograba desenvolverse con cierta soltura. Pero, teniendo alguien que hiciese el trabajo duro por ella, no pensaba quejarse bajo ningún concepto.

Mayor fue la sorpresa al descubrir que Sirius no sólo se ofrecía a cocinar, sino que realmente sabía lo que hacía sin acabar por prender fuego a toda la casa. Aquello sí que era toda una sorpresa, puesto que Circe había dado por supuesto que acabarían por necesitar las pizzas que había en el refrigerador si no querían morir de hambre o intoxicados.

Acabaron de comer en la mitad de tiempo de lo que había tardado Sirius en preparar la cena. Resultar incluso estar bueno, algo que agradeció Circe en más de una ocasión, pues seguía esperando acabar en San Mungo intoxicada. Hizo alguna que otra broma referente a aquel tema, o al hecho de haber usado carne de animal y no de elfo doméstico a la hora de preparar el plato.

- Hay habitaciones de sobra y más cuando no hay nadie en casa. – Quedaban vacías las de todos sus hermanos que se habían ido yendo de casa, así como un par más que habían estado siempre vacías para diferentes usos. – Puedes usar la de Adonis y mearte encima. Luego diré que alguno de los elfos domésticos se volvió loco y fue el causante de todo aquello. – Hizo una breve pausa para recordar el nombre de alguno de los elfos, pero si era sincera, les hacía tan poco caso que no sabía el de ninguno. – Diré que fue ese con cara de amargado y seguro que acierto. – En aquella casa todos tenían la misma cara. - ¿Tú crees que los elfos son como los perros? Eso de que se parecen al dueño, digo. – Preguntó antes de reír por la tontería que acababa de preguntar.

- Eh, perdona, pero yo soy toda una señorita que ni ronca ni deja babas por ahí. Eso sí, como me hables, te contesto. – No entendía por qué y a veces dudaba que fuese cierto, pero como más de una persona le había dicho que si le preguntabas algo en sueños, contestaba, había pasado a tomarlo como algo cierto. – Y tú a ver si no me llenas la casa de pulgas, que aquí no tenemos perro y a ver qué me invento para justificar que esté todo lleno. Y… - Tiró del pelo de Sirius con apenas fuerza. - ¿Pierdes pelo? Dicen que los perros lo dejan todo hecho un desastre. – Rió. - ¿Y tendré que levantarme pronto para sacarte a pasear o puedes hacerlo tú solito? – Añadió levantándose para recoger los platos y dejarlos en el fregadero.

Sacó la varita apuntando a los platos sucios y estos se encargaron de limpiarse por sí mismos. – Tú cocinas, yo friego. – Dijo con tono bromista, ya que la cantidad de trabajo comparado entre el uno y el otro era exagerado.

Miró el reloj de la cocina y luego a Sirius. – ¿Quieres dormir ya? No es tarde pero… Si mañana piensas que nos levantemos pronto. – Rodó los ojos, ella no iba a pegar ojo cuando aún no tenía nada de sueño y era de esas personas que si se ponían a dar vueltas en la cama sin sueño acababan por querer matar a alguien. – Es broma. Bueno, a medias. – Se encogió de hombros saliendo de la cocina en dirección al salón, el cual estaba directamente al lado de esta. Se dejó caer en uno de los sillones, el cual estaba frente a una chimenea y rodeada por una amplia biblioteca. – Si quieres saco pintauñas y hacemos una fiesta de pijamas típica americana. Y luego un asesino en serie entrará mientras peleamos con las almohadas y nos apuñalará porque solo sabemos gritar. – Hizo una pausa mirando hacia el techo, como si allí estuviesen las respuestas a ese tipo de preguntas existenciales como la que iba a formular. – No me gustan las películas de miedo, ¿Son todas malas? – No había visto demasiadas pero las pocas que había visto habían resultado ser tan decepcionantes que no tenía ganas de comprobar si verdaderamente eran todas tan horribles.
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Circe A. MasbecthUniversitarios

Invitado el Lun Ago 22, 2016 4:32 am

Circe puso cara de asco con sus comentarios respecto a lo que hacía su familia con los elfos domésticos una vez que se morían y él le entendía perfectamente. Jamás le había gustado como lucía la chimenea de su casa, de pequeño que le había dado incluso un poco de miedo, pero ya con el tiempo se había ido acostumbrando y para esas alturas ya no le provocaba ni desagrado. Sin embargo, no era una costumbre que tuviese pensado seguir si acaso un día él también formaba un hogar.

Lo siguiente fue cocinar y, como estaba cocinando italiano, no dudó en ponerse a cantar “La Donna È Mobile” aunque la mitad de sus palabras acertaban con la canción y la otra mitad se las inventaba, aún cuando Circe no tuviese verdadera fe en su cocina, por lo que le hizo demasiada gracia su cara de aprobación cuando por fin la probó.

Rió con su respuesta en cuanto a la repartición de recamaras, comprendiendo que era Adonis ese a quien precisamente no soportaba. Mas aún cuando le parecía divertido y odiase también al elfo doméstico de su familia, no le pareció realmente justo culpar a un elfo doméstico de sus travesuras. A Sirius le gustaba que se supiese que había sido precisamente él quien había hecho las cosas, a menos que tuviese algo muy valioso que perder, como la vez en que se había robado los espejos comunicadores del Torneo de los Cuatro Magos.

—Hey… Los perros no se parecen al dueño, son los dueños a los que se les antoja divertido alguna vez el buscarse a una mascota que les identifique.

O al menos eso creía, pues a él le encantaban los perros y creía que todos ellos tenían una personalidad tan propia como la de las mismas personas.

—¡Auh! —se quejó exageradamente cuando Circe le tiró del cabello y luego comenzó a reír divertido —. Puedes sacarme a pasear si quieres, así te aseguras.

Se puso de pie cuando la rubia recogió los platos e iba a decir que él le ayudaba o que podía recoger el suyo, pero al final no hizo más que reír luego de que ella le dijera que se encargaba de fregar.

—Qué bueno que llegar a tener diecisiete años y poder usar magia fuera de Hogwarts ¿no es así?

Comentó divertido, porque esa era la verdad de las cosas. La magia ayudaba muchísimo y no entendía porque no la permitían antes. Bueno, sí, eran más irresponsables, pero ¿y qué? Él seguía siendo irresponsable.

—Pues… podemos ver una película, leer un libro en voz alta, jugar a las cartas, sacar un poco de alcohol y jugar a la mentira y verdad, salir a mirar las estrellas, volver a pegarle al tío de la opera —rió divertido —o… también puedo pintarte las uñas pero no respondo por calidad de servicio.

Propuso todo lo que se le ocurrió y que podía efectuar porque precisamente andaba trayendo una minicolección de películas en su morral, así como también un juego de cartas. Por lo que se sentó en el sillón, junto con ella y sacó ambos. Las películas se encontraban en una carpeta y eran, en su mayoría, discos pirata, copias de un original. Esperó a que Circe les echara una ojeada, mientras él revolvía el mazo de cartas y se ponía una en la frente para decir:

—Soy de color rojo.

Y poner cara de no saber si había acertado o no. Así, jugaron un rato y vieron algo de películas mientras bromeaban acerca de ella y se reían de las pésimas actuaciones

—¿Sabes qué? Hay algo que quiero saber —dijo de pronto —¿Por qué te aterra tanto andar en motocicleta? Es miedo a la maquina en sí, a como conduzco ¿qué? Y... —sonrió como si estuviese pensando alguna travesura —eso del beso... ¿se volverá a repetir?
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Circe A. Masbecth el Lun Ago 22, 2016 1:00 pm

La simpe idea de leer un libro en voz alta le resultó graciosa. Era un plan que nunca había llevado a cabo y es que en cierto modo tenía que ser agotador, pues no era fácil encontrar un libro que agradase a dos personas y que estas pudiesen ir leyendo de manera conjunta durante semanas, o incluso meses, hasta llegar al final. Imaginó aquello como una especie de ritual infantil donde los más pequeños acudían a escuchar los relatos contados por un adulto, donde este se encargaba de poner las diversas voces que atribuía a cada uno de los personajes.

Rió con el hecho cuando este siguió con la enumeración de posibles planes que llevar acabo aquella noche y es que cada uno que enumeraba era incluso peor que el anterior. – Sólo si yo puedo pintártelas luego de rosa, creo que hace juego con tus ojos. – Le miró a los ojos y torció los labios. – O no, pero te quedarían muy horteras. – Rió divertida imaginando la cara de Sirius al ver una manicura de color rosa en sus propias uñas.

Pusieron un par de películas de fondo, bastante malas todas a decir verdad. Mientras jugaban a las cartas y hablaban sin prestar caso alguno al argumento de la película, podían escuchar como una mujer corría por un largo pasillo hasta ser encontrada por el asesino que, por supuesto, llevaba un cuchillo en alto. Circe miraba de reojo en aquellos momentos hacia la película para no perder detalle de las escenas más estúpidas de la película que, al mismo tiempo, eran las más importantes. A pesar de haber visto las escenas más importantes, no pilló argumento alguno en las películas que habían estado viendo, bien fuera por prestar escasa atención a la película o porque verdaderamente carecían de un argumento y tan sólo eran un baño de sangre, efectos malos y actuaciones pésimas.

- No me aterra la moto. – Dijo negando con la cabeza y ladeando los labios. – Bueno, solo un poco. – Dibujó una media sonrisa para levantar una carta sobre el sofá que habían improvisado como tablero de juego. Bajó la mirada a las cartas, concentrada en la jugada que, por supuesto, estaba perdida de nuevo. – Conduces bien, creo. – Pues las veces que se había montado en aquella moto voladora había estado demasiado concentrada en cerrar los ojos y no mirar a ninguna parte deseando que el trayecto llegase a su fin como para cualquier otra cosa. – Simplemente no me gusta que otro tenga el control de mi vida. No me gustan los vehículos muggles pero… A veces monto en tren. – Se encogió de hombros y elevó la vista para dejar el turno de juego a Sirius. – Creo que son poco seguros, pero aún así en tu moto sólo me siento incomoda cuando vuelas. Me pasa lo mismo si voy en escoba con otra persona. No me gusta no controlar las cosas, supongo. – Se encogió nuevamente de hombros para recibir una vez más su turno de juego.

- Puede que sí, puede que no. – Rió ante la pregunta de Sirius, pues por algún casual pensaba que ese tema estaba más que zanjado y no tendrían que volver a él. – No pretendas que vaya contigo cogida de la mano a todas partes, que me preocupe por ti a todas horas o que te bese porque me importes. No soy ni tu novia, ni tu lío, ni nada de eso. Somos amigos, y ya está. – Miró las cartas sin saber qué jugada hacer, porque aquello estaba más perdido que una guerra mundial para los alemanes. Elevó nuevamente los ojos en dirección a Sirius y siguió hablando. – Quedamos en que haríamos lo que nos apeteciese y cuando nos apeteciese. Si me apetece darte una colleja porque eres tonto, lo haré. Si me apetece repetirte que eres estúpido, también lo haré. Y si me apetece besarte… ¿Por qué no puedo hacerlo?

No le agradaba el hecho de que le apeteciese besar a alguien cuando se había negado una y otra vez volver a acercarse de tal modo a una persona. Pero ahí había un vacío  legal, y es que había rechazado parejas y líos de una noche. Pero no había rechazado considerar a alguien su amigo y hacer lo que le apeteciese a cada momento. A fin de cuentas, no estaba haciendo nada malo ni nada que violase aquella autopromesa.

- El día que deje de sentirme cómoda contigo, dejaré de quedar. El día que no me apetezca besarte, no lo haré. Y no habrá nada malo en ello, ¿No? Esto no es una obligación ni un “felices para siempre”. Cuando te aburras de quedar conmigo o ya no te aporte nada, puedes irte con tus amigos con pene por ahí y no me enfadaré. Si alguien no te aporta nada, es estúpido pasar tiempo con esa persona, así que por el momento seguiré soportándote. – Rodó los ojos como si estuviese molesta por tener que soportar a alguien cuando le caía bien y pasaba buenos ratos a su lado. – Y por cierto, he perdido la partida, no sé si lo has notado. – Hizo una breve pausa. – Otra vez. No entiendo este juego. – Sirius había insistido en jugar a las cartas a diferentes juegos muggles que Circe no conocía, por lo que había acabado por mezclar todos los juegos en su cabeza debido a que ya eran más de las tres de la madrugada y ellos seguían viendo películas malas y jugando a las cartas.
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Invitado el Miér Ago 24, 2016 9:34 pm

Sirius enarcó una ceja con expresión incrédula y es que por mucho que le valiese madre que Circe hiciese y deshiciese con su estilo y llegase a maquillarle como una princesa, no veía por donde sus ojos pudiesen combinar con el color rosa.

—Ya has notado que mis ojos son grises ¿no? Pues… no sé donde ves la combinación, pero confío en tu criterio. No sé, yo me las pintaría negro hardcore.

Rió divertido, aunque tampoco hablaba en serio, no le gustaría pintarse las uñas, principalmente porque luego no tenía idea como es que se limpiaban, ya que muchas veces había visto a mujeres con las uñas pintadas por siglos, mientras que a había visto a otras con los colores todo raspados y todo ello le hacía pensar que la pintura era difícil de sacar y es que menudo misterio que eran para él las cosas femeninas.

Le echo un vistazo a la película escogida por Circe y le sorprendió que de todas las cosas que tenía, principalmente sagas famosas, hubiese escogido una de terror. Era una de las que no había visto; American Psycho del año dos mil, dieciséis años atrás. Le habían dicho que era buena, pero al no estarle prestando demasiada atención, tampoco le entendía mucho, aunque la actuación del protagonista sí le gustaba, pero ¿qué sabía él de actuación?

Cuando la chica habló de la motocicleta, Sirius le miró de manera suspicaz, casi adelantándose a lo que ella podría decir y es que ya veía venir que no le tenía miedo al artefacto en sí, sino al chofer, por lo que cuando dijo que creía que él conducía bien, el ojigris alzó ambas cejas con sorpresa.

—Vaya, no creí que fueses a desaprovechar una oportunidad para meterte conmigo —sonrió —. Me halaga saber que opinas que conduzco bien, viniendo de ti es mucho decir —rió brevemente —. Pues… si lo que te molesta es no tener el control, puedo enseñarte a conducirla, si quieres. Lo de volar es un poco más complicado, aunque no difícil, es sólo que cuando le hechicé puse una trampilla para que ni fuese capaz de volarle cualquiera —volvió a reír —. No quiero que me la roben, me costó mucho conseguir hacerle volar.

Mucho no era una exageración, pues no sólo se había dado el trabajo de hechizarla apropiadamente, sino que tuvo que hacer muchas pruebas para lograr que la motocicleta volara y, principalmente, que le obedeciera, pues alguna vez el vehículo pareció incluso adquirir vida propia y solía distraerse de su camino para volar siguiendo a las aves, o directamente se estrellaba contra el suelo si Sirius no presionaba los pedales con sutileza. Así tal como esas máquinas de afeitar a las que tienes que pedirle por favor y buenos modales para que te rasuren sin cortarte la cara.

—No pretendo que vayas conmigo cogida de la mano —opinó riendo y estuvo a punto de agregar que no eran pareja, cuando la misma Circe se le adelantó, por lo que él sólo asintió con la cabeza y dijo —. Exacto.

Entendió y compartió toda la explicación de la chica, aún cuando no le gustó mucho la parte de dejar de verse cuando alguno de los dos sintiera que el otro ya no le aportaba nada y es que de cierto modo sentía que no quería dejar de verla. Circe se había transformado con el tiempo en una persona demasiado importante para él, y a pesar de que eso le había asustado en un principio y que luego hasta había aceptado que poco la vería una vez que entrase a la universidad, pero… dejar de verla por completo era ya otra cosa.

—Bueno, entonces ahora ya sé que si quiero sacarte dinero u otras cosas, tengo que hacerte una apuesta por medio de un juego de cartas muggles —rió entre dientes —o… tal vez volverme un perro baboso y perseguirte para lamerte la cara hasta que canses de correr —comentó medio burlón, cuando de pronto recordó que Circe también era animaga —¡Por Merlín! ¡Ahora que estamos solos! Transfórmate, déjame verte, de seguro te ves toda adorable como un ratoncito alado —mencionó acercándose a ella para apretarle suavemente de las mejillas —¿Cuál era tu problema? ¿Qué durabas poco y no podías volar?

No estaba lo suficientemente seguro, ya habían pasado varios días de que habían tenido esa conversación, así que mejor prefería corroborar. Además, ahora tenían toda una semana para poder practicar.

—Por cierto ¿puedes ver cuando te transformas o eres ciega como la mayoría de los murciélagos y sientes la presencia de las cosas por medio de las ondas auditivas? Sí es así, se debe sentir extraño ¿no? ¿No te asustaste la primera vez? ¿Qué sentiste?
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Circe A. Masbecth el Miér Ago 24, 2016 10:26 pm

Soltó un suspiró y negó con la cabeza. No todo lo que salía de su boca eran insultos y Sirius lo había comprobado en más de una ocasión, aunque también era cierto que de cinco frases que decía cuatro y media tenían como finalidad humillar a la otra persona mientras que la otra media servía para alimentar su amor propio. – Tampoco es que haya subido en motos con otra persona antes. – Los padres de Ian le habían regalado a este una tras finalizar sus estudios pero Circe se había negado en rotundo a subirse en dicho aparato si era él quien conducía. Porque no confiaba en él. Ahí estaba la diferencia con Sirius, que confiaba ciegamente en que este no le haría ningún daño. Y aunque Ian era su amigo, estaba segura que si tenía oportunidad se apuntaría a cualquier plan que fuese molestar a otra persona, aunque esa persona fuese su mejor amiga.

- No me llama la atención aprender a montar en moto, la verdad. Además, eso de tener que ir con casco… ¿Has visto mi pelo? No merece la pena tenerlo ahí guardado. – Dijo elevando una ceja y rompiendo a reír. – Además, si pretendes enseñarme algo tendrías que armarte de paciencia, soy una alumna nefasta. – Y eso era cierto. Era una persona cabezota hasta la médula y no le importaba comportarse mal por ello. Era de las personas que preferían aprender solas porque acababan discutiendo con alguien que les intentaba ayudar cuando no les salían las cosas. Lo que posiblemente supondría acabar golpeando a Sirius u odiándole por lo que restaba de vida. – Será mejor que no lo intentes.

Por alguna razón, había imaginado que la moto de Sirius no era una moto muggle tradicional, sino que este ya la había comprado con la capacidad de volar, por lo que fue una grata sorpresa descubrir que Sirius había sido capaz de embrujar por sí mismo un objeto tan grande. - ¿Lo hiciste tú solo? – Preguntó con curiosidad. – Y yo que te veía como el alumno vago que había ido pasando de curso por su carisma y resulta que incluso tienes más de una neurona ahí dentro. – Dijo sonriente, pues por muy amable que dijese las cosas, lo que hacía al fin y al cabo era meterse con él.

En lo referente a lo que había entre ellos, Circe fue clara y concisa. No veía a Sirius como alguien con quien pasar el resto de su vida en la manera romántica del concepto. Más bien le veía como alguien con quien hacer más ameno el día a día y con quien se sentía realmente cómoda. Alguien con quien ser ella misma y soltar todo comentario que le apeteciese sin tener que preocuparse por la reacción opuesta. Le consideraba su amigo. Un gran amigo a quien apreciaba y al que daba un gran valor en su vida. Y era cierto que no era un amigo más, pues nadie sabía de su amistad y ambos se empeñaban en seguir manteniendo las cosas así.

Si lo pensaba fríamente, Sirius lo que le causaba era miedo. Pero era algo que prefería no tener que pensar y que estaba mejor dejar al margen. Mientras que ambos siguiesen tal y como estaban, todo iría bien y no tendría razones para dar más vueltas al tema de las necesarias.

- ¿Tan muerto de hambre estás que necesitas aprovecharte de lo inútil que soy jugando a las cartas? – Preguntó fingiendo cierta molestia con el ceño fruncido. – No, ni se te ocurra. – Elevó el dedo índice como si aquello diese alguna autoridad dadas las circunstancias. – Como vuelvas a hacer eso, te llevaré a una clínica veterinaria para que te corten las pelotas. – Aquello sonó como una verdadera amenaza y hubiese sido totalmente creíble si no fuese porque al final dibujó una media sonrisa.

Nunca se había transformado en presencia de nadie. O al menos, en presencia de nadie que no le hubiese enseñado a realizar dicha transformación.  – No, una mierda, no pienso hacerlo. – Dijo golpeando las manos de Sirius que ahora se zafaban en sus mejillas como si de una abuelita a su nieto se tratase. – Poco será lo que duras tú en la cama. – Añadió de manera arisca bajando. – Vale, perdona. – Rectificó rápidamente al darse cuenta que Sirius no estaba diciendo aquello como un ataque contra su persona, sino como una pregunta curiosa de una persona cualquiera. – Olvida mi reacción, a veces… Bueno, ya sabes. – Se encogió de hombros, las disculpas no eran su punto fuerte y no le gustaba admitir que se había equivocado.

- Principalmente es que si consigo volar, no paso de estar un minuto transformada. Y si consigo estar más tiempo, soy como un peluche de un murciélago. – Se encogió de hombros. – Vamos, que una piedra hace lo mismo que yo, porque no sé controlar ni las patas traseras y eso que no sirven para volar. Es como… Como que soy consciente que ese cuerpo no es el mío y no sé hacer nada con él. – No sabía si aquello era una explicación suficiente, pero era lo que sentía. – En cuanto empiece el curvo volveré a practicar, una amiga de mi hermano lleva enseñándome un par de años pero con las vacaciones ha sido imposible cuadrar horarios. Y a veces me da miedo intentarlo yo sola, ¿Y si me quedo así mucho tiempo y luego no sé volver a mi forma? - Negó con la cabeza. – Supongo que son tonterías, pero hasta que no tenga confianza con ello quiero algo de supervisión. – Por esa razón había insistido tanto con que Abi tenía que ser quien le enseñase, pues tenía tan mal carácter como ella y sería estricta, algo que Circe necesitaba para aprender.

El resto de preguntas de Sirius llegaron de manera atropellada y seguidas, algo que hice que Circe riese al imaginarlo como todo un niño lleno de curiosidades. – Los murciélagos no son ciegos, ¿Vale? Que puedan ver en la oscuridad no significa que no vean por la noche. Es cierto que no ven igual que los humanos pero,,, Los perros se supone que ven en… ¿Blanco y negro? – Le sonaba aquello, pero no estaba segura. - ¿Tú ves así? – Preguntó ahora ella con curiosidad. – Yo veo, no igual de bien que con mi forma humana, pero veo. Pero no he podido probar cómo funciona eso de las ondas auditivas. Se supone que es como si fuese el radar de un barco pero si no puedo volar, imagínate intentar hacer algo tan complejo como eso. – O al menos a sus ojos, aquello parecía mucho más complicado.

- Y no, no pienso transformarme ahora. Que podrías hacer cualquier cosa conmigo porque me cuesta hasta volver a mi forma humana. – Negó con la cabeza. Si no le gustaba sentirse dependiente de otra persona, no quería ni imaginar lo que era estar en presencia de otra persona y no poder tener control de sí misma.

Dejó caer el peso de su cuerpo hacia atrás, cayendo sobre el respaldo del sillón y mirando hacia el techo. Entrecerró los ojos y ladeó ligeramente la cabeza para mirar a Sirius. - ¿Vamos a dormir? – Preguntó con voz suave, pues realmente estaba cansada. – Sino mañana te aseguro que no saldré de la cama hasta las cinco de la tarde y tendremos que aplazar un día más tu… Secuestro. ¿Aún puede llamarse así cuando soy consciente que nos vamos y voy por mi propio pie?
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Circe A. MasbecthUniversitarios

Invitado el Vie Ago 26, 2016 12:45 am

Sonrió de medio lado al escuchar que ella no tenía intenciones de aprender a conducir una motocicleta, mas no le sorprendió en lo absoluto que una de las razones fuese su cabello, aún cuando él tenía claro que ella lo decía en broma. Le entendía, claro que sí, si algo no te llama la atención realmente ¿para que aprenderlo? Circe no era Ravenclaw, ni tampoco lo era él.

—Paciencia es algo que me escasea —reconoció poniendo cara de circunstancias —. Sin embargo, contigo me he ganado ya el Premio a la Orden de Merlin Primera Clase por toda la paciencia que ya te he tenido.

Eso era algo que nadie podía negar, aunque ha decir verdad la paciencia había sido reciproca. Ambos habían querido matarse el uno al otro en más de algún momento y, sin embargo, ahí estaban, compartiendo un rato más como los buenos amigos en los cuales se habían convertido. Era cierto que tenían una relación extraña y que muy pocos entenderían, pero ellos parecían sentirse más que cómodos de esa manera y además les libraba de las liosas explicaciones.

—Claro que lo hice yo solo —se defendió cuando ella pareció dudar que él solo hubiese podido hechizar su motocicleta para hacerla volar —, y me costó mucho, así que NO pienso compartir el secreto —dijo cruzándose de brazos —. Además, no es la primera vez que te demuestro tener más neuronas que un alumno común, te recuerdo que también aprendí la animagia por mi propia cuanta cuando apenas tenía quince años y… y… ¿quién te sacó de Hogwarts por uno de los pasadizos secretos? Este pechito lo hizo —señaló golpeándose el pecho con orgullo —Y créeme, no te he mostrado todas mis habilidades, aún tengo muchas ocultas.

Sirius estaba orgulloso de sí mismo, pero por mantener el secreto y evitar que todo el Mundo les molestara intentando obtener sus mismos resultados, que tanto él como sus amigos habían optado por guardarse muchas de esas cosas en secreto. Si quería presumir lo hacía con otras cosas, pues no es que fuese una persona humilde, sino que creía que habían cosas de las que podía jactarse y otras de las que no; por ejemplo, jamás hablaría tampoco de las chicas con las que hubiese estado, al menos no en el modo de pavoneo como lo hacían otros en Hogwarts. Si había que jactarse de algo, prefería hacerlo de haber logrado hacer estúpido a Ian Howalls para que les diera la contraseña de la Sala Común de Slytherin o de inundar el baño de los Prefectos con un prefecto dentro, entre otras cosas.

Rió cuando la chica dijo que sería capaz de llevarle al veterinario para que le caparan si acaso volvía a lamerle la cara. Sabía que no lo decía en serio, pero él también sabía que sería tentador el ponerlo a prueba. Fue entonces cuando recordó lo de su problema con la animagia, por lo que creyó que estaban en el lugar idóneo para practicar, mas Circe parecía no pensar lo mismo y hasta reaccionó un poco agresiva cuando él se lo comentó, pero él pareció no darle importancia y sólo se alzó de hombros al mismo tiempo en que ella los encogió.

—Pues… tú me dijiste antes si acaso podía ayudarte, y puedo hacerlo, pero eres tú la que tiene miedo de ensayar conmigo ahora —rió brevemente —. Ok, entiendo si te sientes más cómoda con la otra señora, pues me imagino que ya es mayor, pero si quisieras practicar, créeme que yo también sé lo que hago.

Sonrió cuando entonces comenzaron a hablar de la visión de los animales y Sirius rió y negó con la cabeza cuando ella dijo que los perros veían en blanco y negro y luego preguntó si acaso él veía así también.

—No, los perros no ven en blanco y negro. Simplemente tienen una gama cromática más reducida, mientras que los humanos tenemos tres colores primarios; rojo, verde y azul, los perros tienen sólo dos; el azul y el amarillo. Así que lo que ellos no ven, es el rojo —señaló alzando un dedo pulgar —¿Y cómo lo sé? Precisamente porque yo sí veo así cuando soy un perro. Mi transformación es completa, adopto todo el cuerpo del animal, sus ojos, su olfato, sus órganos… y también sus pulgas —rió brevemente —. Más de alguna vez James sugirió hiciese una transformación permanente y ya he intentado estar lo más que he podido en esas condiciones, pero las pulgas me matan lentamente.

Acabó soltando la carcajada que sólo se detuvo varios segundos después. En otro momento, o de ser otra persona, hubiese insistido, pero Circe de verdad tenía cara de cansancio y eso de seguro podría traer alguna complicación.

—Vale, vamos a dormir —dijo poniéndose de pie y tendiendo ambas manos hacia la chica para ayudarle a ponerse de pie —. Pero no creas que esta es la última vez que te pediré que te transformes, sólo que no será ahora porque estas cansada y eso puede ser peligroso si aún no le dominas bien. Y ya sabes que no voy a hacerte nada —agregó, pero cuando Circe se estaba levantando, en ese mismo momento la empujó de nuevo al sillón —, sólo si me tientas.

Rió divertido y se apresuró en alejarse de la chica antes de que ésta pudiese lanzarle cualquier tipo de golpe.

—Sip, será un secuestro, sólo porque yo lo valgo.

Le guiñó un ojo y le esperó al inicio de las escaleras, para subir con ella y entrar a su habitación, sí, a la de Circe. Y quedarse ahí a la entrada, sonriendo como si estuviese esperando a que ella le echara a patadas de ese cuarto.

—Dime donde voy a dormir —dijo al fin.
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Circe A. Masbecth el Vie Ago 26, 2016 2:16 pm

No podía negárselo. Contrariamente a lo que Circe había pensado desde un primer momento, Sirius resultaba ser sorprendente en todos los sentidos. No sólo por haber resultado una persona totalmente diferente a lo que esperaba, sino porque aún con todo su carácter, había tenido una paciencia infinita con ella desde el primer momento. Circe no era una persona fácil de tratar y ella era consciente de aquello. Tenía un carácter atroz hasta en sus mejores días y era imposible que de su boca no saliesen comentarios hirientes que incluso llegaba a pronunciar sin malicia alguna. Era simplemente su forma de ser, y pocos eran capaces de soportarlo.

Otra sorpresa llegó al descubrir que la moto voladora no sólo había sido obra de Sirius, sino que este no había contado con ayuda alguna para conseguir que aquel armatoste consiguiera volar contra todo pronóstico. No ocultó su sorpresa ante aquello, y es que Circe no era de esas personas que van aparentando para agradar a los demás. Ella era desagradable hasta la médula y no le importaba lo más mínimo que Sirius pudiese sentirse infravalorado ante su gusto de sorpresa.

- Y yo que pensaba que confiabas en mí… - Rodó los ojos fingiendo cierto grado de molestia cuando verdaderamente no buscaba recibir la respuesta a su pregunta. Sonrió de medio lado y negó con la cabeza mientras Sirius comenzaba a enumerar muchas de las razones por las cuales destacaba por encima del resto de alumnos. Había que admitir que tenía razón, pero eso era algo que Circe prefería dejar en sus pensamientos. - ¿Y quién ha preparado la cena? – Preguntó animando a Sirius a seguir enumerando razones por las cuales era mejor al resto. - ¿Y quién ha tenido que dejar inconsciente a su mejor amigo para que no le viera conmigo? – Sonrió ampliamente tras decir aquello.

Wow. – Fingió asombro. - ¿Más habilidades? ¿Puedes lamerte el codo o mover las orejas? – Preguntó fingiendo aún más asombro para, seguidamente, pasar a reírse de él descaradamente en su cara. – No seas creído, no estás a la altura. – Y sí, hablaba de ella misma. Por favor, ¿Quién se creía para estar a la altura?

A Circe no le gustaba demostrar que tenía debilidades. Y sí, consideraba como tal la incapacidad de poder llevar a cabo una transformación completa. No le gustaba que los demás pudiesen encontrar en ella rastro alguno de debilidad aunque bien sabía que Sirius ya había descubierto más de un rasgo en ella que podía hacerla ver como una humana más y no como doña perfecta que fingía ser.

- Me fío más de ella, sí. – Admitió con toda la sinceridad del mundo. No podía negarle a Sirius que confiaba en él, más incluso que en cualquier otra persona, pero eso no quitaba que en ese sentido confiase más en Abi. Abi tenía experiencia y tenía casi treinta años, por lo que en algunas cosas era bastante más madura. Además, era una persona bastante estricta, lo que había supuesto más de una discusión entre ambas y si no habían llegado a matarse era gracias a que Abi era la mejor amiga de Apolo. – Lleva dos años soportando mi mal carácter cuando no me salen las cosas. Y te aseguro que es algo que tú todavía no has visto. – Circe había sido cruel con Sirius. Había sido borde e incluso hiriente. Había mostrado que tenía un carácter peculiar cuanto menos, pero ni de lejos se había comportado con él como lo había hecho con Abi en más de una ocasión.

No tenía ni la más remota idea de cómo veía un perro y tampoco le había importado hasta aquel momento. Escuchó lo que Sirius tenía que decir al respecto. – Cómprate un collarín anti pulgas. O que James te lleve al veterinario cuando estés en tu forma de perro y que te digan si tienes algo raro para tener siempre pulgas. – No entendía ni lo más mínimo de perros. – Aunque será mejor que esperes un tiempo a que James ya te haya devuelto las dos que te debe. – Una por el golpe, otra por la cara pintada, pues seguro que sabía que había sido Sirius el causante de todo aquello. – Seguro que en lugar de llevarte al veterinario para que te haga una revisión le dice que te ponga un par de inyecciones. – No conocía a James lo suficiente como para saber qué haría este al respecto, pero sí que imaginaba que intentaría vengarse a toda costa.

No podía negar que estaba cansada, por lo que se lo dijo a Sirius y, sorprendentemente, este aceptó. Estiró las manos para levantarse con la ayuda de Sirius pero antes de poder a estar de pie completamente, volvió a darse de bruces contra el sofá al ser empujada por el chico. – Tentarte a ti es demasiado fácil. – Inquirió levantándose ahora sin la ayuda de Sirius. – Encuentras razones que nadie más ve para molestar al resto. Eres un verdadero grano en el culo. – Afirmó apresurándose a ir rumbo a las escaleras, ya que Sirius ya se había encargado de alejarse de ella por miedo a las posibles represalias.

Adelantó a Sirius nada más llegar a las escaleras y comenzó a subir hasta llegar a su dormitorio. Antes de poder decir nada, Sirius ya se encontraba en la entrada. La rubia se volteó al escucharle hablar y se acercó a la puerta. – Mi cama es grande. – Miró en dirección a esta antes de acortar más la distancia entre ambos quedando a apenas un par de centímetros de su rostro. – Y cómoda. Pueden dormir perfectamente dos personas sin rozarse. – Añadió antes de voltearse en dirección a su cama. – La de mi hermano es más pequeña, pero seguro que duermes bien en ella. Es la siguiente puerta a esta.
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Circe A. MasbecthUniversitarios

Invitado el Vie Ago 26, 2016 7:16 pm

—Eso… no es una gran habilidad, pero vale.

Señaló cuando ella sacó a flote que él también había preparado la cena, pero cuando ya se metió más aún con él y sacó también que había dejado inconsciente a su mejor amigo, Sirius le arrojó uno de los cojines que tenía más a mano.

—Ja! No es gracioso, te estas riendo de mi muerte ya anunciada —rió entre dientes.

Pero cuando ella siguió enumerando cosas que en humano no era natural hacer, como mover las orejas y lamerse el codo, Sirius la miró con los ojos entrecerrados y se puso de pie, haciéndole un gesto con la mano para que esperase un momento. Entonces, ya apartado un poco del sofá, se transformó en un enorme lobero irlandés de color negro y ahí, sí movió las orejas y se lamió un codo, para luego de ello ponerse de pie y comenzar a mover la cola, antes de volver a su forma humana original y seguir moviendo el rabo, esta vez con ayuda de las caderas, antes de largarse a reír y dejarse caer una vez más sobre el sofá.

—Por supuesto que puedo y que sí estoy a la altura —señaló acomodándose el cabello.

Habiendo defendido ya el orgullo por sus habilidades, continuaron hablando de porque no sería una idea que Circe practicase la animagia precisamente en ese momento. Sirius apuntó que ella estaba cansada y Circe alegó preferir hacerlo en presencia de una adulto, por lo que el Gryffindor simplemente alzó los hombros y lo dejó pasar, aun cuando moría de la curiosidad por verle transformarse en un murciélago blanco.

—No tengo siempre pulgas —se defendió de inmediato —. Sólo se me pegan cuando así por mucho tiempo y salgo a la calle. Es que soy muy dulce.

Sonrió con orgullo, mas no entendió muy bien a que se refería Circe con llevar a un perro al veterinario para que le pusieran inyecciones. Al menos él, nunca había llevado una mascota a un médico de perros muggle y no relacionó las inyecciones con algo malo, sino más bien como aquellas que sabía que los muggles usaban para sanar enfermedades. Por eso no refutó nada. Sabía muchas cosas de los muggles, pero aún le faltaba bastante para ser un experto en todas las cosas, a él le iba más informarse del rock, cine, medios de transporte, juegos, cosas para divertirse y fastidiar a sus padres.

—Muchas gracias —mencionó haciendo una breve reverencia cuando ella volvió a decirle que era un grano en el culo —. Hago mi mejor esfuerzo.

Subió las escaleras en diagonal a ella, ni a su lado, ni atrás, pues se estaba dejando guiar, pero al mismo tiempo quería evitar el tener que mirarle el culo. Circe le parecía una chica muy guapa, pero a diferencia de otras chicas a ella prefería respetarla quizás más de lo que debiera y moverse a su lado con pies de plomo. Por eso, había entrado al cuarto de la chica y se había quedado ahí a modo de broma, esperando a que ella le echara de la habitación a patadas en el trasero, pero ello no ocurrió. La rubia se acercó a él diciendo que su cama era lo suficiente grande para que ambos durmiesen en ella sin tocarse.

No supo porque, pero ese pequeño comentario hizo que se le anudara el estómago. Por fortuna no había nada que tuviese que responder por palabras porque de seguro habría comenzado a titubear ininteligiblemente antes de poder responder. Sólo se limitó a respirar profundo y a morderse los labios antes de seguir a la rubia e ir a pararse del otro lado de la cama, desde donde le miró.

¿Y ahora qué? ¿Se metía con ropa? Estaba todo nervioso, aunque sabía perfectamente no iba a pasar nada entre ellos, es sólo que no estaba preparado para ese momento y toda la seguridad que siempre inundaba su esencia parecía haberse quedado pegada en las escaleras.

Se quedó mirando a Circe, sin saber que hacer, hasta que vio que ella hizo un amago de comenzar a sacarse la ropa por lo que él respiró profundo y desvió su mirada para comenzar a hacer lo mismo. Lo primero que hizo fue sacarse los zapatos y luego la camiseta, para acabar finalmente con los pantalones y mover toda la ropa con los mismos pies hasta dejarla a un orilla. Sólo entonces volvió a mirar a la rubia, no de forma depravada, sino más bien con curiosidad en sus tatuajes y ¿una marca de nacimiento? Dejó de mirarla en cuanto ella le dio la impresión de que ella le miraría a él y quiso meterse a la cama, pero su curiosidad fue más fuerte.

—¿Qué es eso? —preguntó apuntando a su muslo izquierdo —. Es bonito —le sonrió —¿Es por ello que te sientes representada con un murciélago blanco?

Inquirió al mismo tiempo que abría la cama, para esta vez sí meterse a ella, por debajo de las cobijas y acomodarse de costado para mirarla mientras le hablaba.
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Circe A. Masbecth el Vie Ago 26, 2016 7:54 pm

Más de una mujer afirma que los hombres no pillan las indirectas de contenido sexual o romántico. Esas indirectas que buscan decirle al hombre que existe esa amplia posibilidad de acabar acostándose o en una relación de algo más de amistad. Pero en lo que respectaba a Sirius, este no entendía que acababa de mandarle a dormir a otra cama, lejos de la suya. Al parecer Sirius estaba tan acostumbrado a escuchar lo que quería en ocasiones que ya lo había convertido en un hábito natural sin necesidad de esfuerzo alguno.

Circe se dio la vuelta nada más hablarle y, por alguna razón, había dado por hecho que este entendería que si decía que dormiría bien en la cama de su hermano, era porque él iba a pasar la noche allí y no precisamente en su cama. Tenía cierta confianza con Sirius, no podía negarlo, pero no pensaba pasar la noche en la misma cama. Lo primero de todo, ella era un culo inquieto que tardaba hasta que era capaz de dar con la postura en la que iba a dormir. Segundo, si le hacías algún tipo de pregunta en sueños, lo más seguro era que te acabase contestando. Y, tercero, era su cama y quería dormir tranquila. No soportando a otra persona en ella.

Sin ser consciente que Sirius no sólo seguía en su cuarto, sino que se había acercado, se quitó los zapatos y seguidamente los pantalones. Y fue ahí cuando se dio cuenta que Sirius seguía allí, cuando este decidió romper el silencio y preguntarse acerca de su marca de nacimiento en la pierna. Circe miró hacia abajo para focalizar que era aquello que señalaba y luego le devolvió la vista al chico. Dobló los pantalones y los colocó sobre la silla con cuidado de que no se arrugasen y apartó los zapatos al interior del zapatero que tenía en su cuarto. – Siempre lo he tenido. – Se encogió de hombros acercándose hacia el tocador. Se quitó los pendientes y la cadena dorada que siempre llevaba colgada al cuello y los colocó en sus respectivos lugares. Aprovechó aquel momento para respirar profundamente y no hacer ver a Sirius que estaba sorprendida e incluso nerviosa por tenerle allí. ¿Es que acaso aquel chico no entendía lo que era irse a dormir a otro cuarto?

Se volteó y fue en dirección a la cama, dejándose caer sobre las sábanas y alzando sendas piernas hasta quedar sentada en posición de indio. Pasó su mano por la marca de nacimiento situada en el muslo izquierdo y dibujó con la punta del dedo índice el trazo que este tenía. – La verdad es que no. Me gusta la marca, es algo mío, no sé. – Sonrió cambiando ahora la vista hacia Sirius. – Pero no tiene que ver con que me sienta identificado con uno, más bien creo que es casualidad. – Rió. – La animagia no se elige y no tenía ni idea que podría salir de ahí pero mira, coincidencia con la marca. – Era cierto que tenía muchas características comunes con los murciélagos y de aquello no se había dado cuenta hasta que había pasado a convertirse en animaga. – Es un animal con mala fama. Muchos los relacionan con los vampiros por la cultura popular y los juzgan sin pararse a ver cómo realmente son. Pocos murciélagos se alimentan de sangre, pero aún así la gente tiende a creer que todos son así. La gente que sí se para a conocer cómo es un murciélago saben que es un diferente. Es único en todo. Puede ver dónde los demás no ven, es el único mamífero que puede volar, son conscientes de todo lo que les rodea, son perceptivos,  son exigentes y desconfiados. – Había leído mucho sobre los murciélagos después de aquello y no estaba mal demostrar que no todo lo que se sabía de ellos era malo. – Irónicamente son animales fieles si se encariñan contigo, sino son traicioneros.

Estiró sendas piernas sobre la cama y miró a Sirius, quien parecía estar bastante cómodo en su cama. Circe se acercó a él y agarró la almohada hasta tirar de ella lo suficiente como para quitársela. – Esta es mi almohada. – Marcó el “mi” al hablar. – Y esta es mi cama. – Repitió el mismo modo de pronunciarlo hasta hacer una última réplica. – Y esta es mi habitación. – Elevó sendas cejas. – Así que si no pillas las indirectas, vete al cuarto de al lado y duerme en la cama que hay ahí, porque esta es mi cama y no la pienso compartir con nadie. – Golpeó la cabeza de Sirius con la almohada y se dejó caer con ella sujeta entre sus brazos.

Ladeó la cabeza para mirar a Sirius con una sonrisa alegre en el rostro. – Despiértame mañana cuando te levantes, desayunamos y nos vamos. – Dijo antes de colocar la almohada en su lugar correspondiente para darse la vuelta y acomodarse para dormir sobre la cama, pues no tenía frío como para taparse. – Buenas noches. – Dijo cerrando los ojos esperando que Sirius se fuese a su cama o hiciese lo que quisiera hacer, pues por su parte estaba tan cansada que ya no le iba a insistir más en que se fuese a la otra cama.
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Circe A. MasbecthUniversitarios

Invitado el Lun Ago 29, 2016 10:06 pm

Asintió con la cabeza cuando la chica dijo que siempre había tenido aquella marca y es que él podía darse cuenta de ello a simple vista, pero creía que tratar a Circe de tonta en ese momento en que ya se sentía algo cansada e irritable, sería algo así como cavar su propia tumba. Por ello mismo es que se aguantó las ganas de rodar los ojos cuando dijo que la animagia no se elegía, porque nuevamente era algo que él ya también sabía, así que simplemente se contuvo las ganas de echarse a reír y poner cara de idiota diciendo “Daaaaah”.

—Entiendo —agregó luego de que ella acabase con su relato de porque le agradaban los murciélagos —. Entonces tu crees que tienes mala fama, te gusta ser única en todo y además eres perceptiva, exigente y desconfiada —le sonrió —. Debería sentirme orgulloso de ser tu amigo.

Rió entre dientes y se dejó caer sobre la almohada, la que no le duró mucho, pues Circe tiró de ésta para quitársela, alegándole que esa era su habitación, su almohada, su cama. Cosa que a Sirius no le hizo más que reír, para luego coger la otra almohada y apretarla bien entre sus brazos para apoyar la cabeza y cerrar los ojos con una sonrisa burlona en los labios. No se pensaba mover ni aún cuando la rubia le agarrase a patadas.

—¿Qué pasa si eres tú la que se despierta primero? —preguntó sin abrir los ojos, para luego sólo agregar un — Buenas noches.

Por supuesto, no se quedó dormido inmediatamente, por lo que esperó un momento para abrir sólo uno de sus ojos, comprobar que la chica parecía ya dormida y entonces abrir el otro.
Le quedó mirando por un momento, para luego cambiar de posición y mirar hacia el techo. Con la única persona que había compartido cama para dormir en lo que tenía memoria, había sido su hermano Regulus, cuando éste de pequeño se asustaba con las tormentas eléctricas. Un recuerdo que hizo sentir a Sirius más extraño de lo que ya se sentía compartiendo cama con Circe.

¿Por qué lo hacía? Se preguntó varias veces, tentado de marcharse de la habitación para dormir en el otro cuarto y así no darle más importancia a la ex-Slytherin de lo que ya la tenía en su vida, y es que sin saberlo, la rubia había acabado siendo la única o la primera en muchos asuntos de la vida del Gryffindor y eso no le gustaba. Pero tampoco le gustaba dar su brazo a torcer y hacerle caso a la chico, lo cual le dejaba en una muy difícil decisión.

Al final, optó por quedarse en la habitación, después de todo, ella no tenía porque saber la otra parte de sus pensamientos y eso ya le dejó un poco más tranquilo. Darle más importancia era una cosa, pero que ella lo supiera ya era otra.

Volvió a cerrar los ojos y esta vez intentó conciliar el sueño. Claro, hasta que la rubia pareció farfullar alguna burrada, lo que Sirius volviese a abrir los ojos y le mirara divertido.

—¿Qué dices? —preguntó.

No se esperaba a que la chica respondiera, pero lo hizo. Lo que dio cabida a que Sirius volviese a hacerle una nueva pregunta que dio pie a un nuevo par de horas de diversión hasta que el sueño finalmente le venciera para bien.
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