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Me declaro... [Sam] Flashback

Ben A. Winslow el Lun Sep 12, 2016 12:37 am

16 de abril.

No sé que ha sido más embarazoso, haber dimitido simplemente por las acusaciones sin fundamento y así conservar mi imagen o que me obliguen a comparecer ante juicio. Sin duda lo segundo. Mi sustituta parecía estar empeñada en seguir con su cruzada, ilusa, ni que sus intentos fueran a lograr que las tornas se girarán. Mi señor iba a lograr hacerse con el poder y unos pocos defensores del “bien” no iban a evitarlo.

A mi favor tenía que conocía perfectamente cómo funcionaba el ministerio, y qué decir queda, que sabía cómo procedían los juicios. Por eso aquella mañana de abril, con un calor poco usual en Londres, me dirigí al ministerio. Entrar por la cabina me resultó extraño, mas en esa ocasión no podía entrar por otro lugar.  Abrí la puerta roja y descolgué el auricular. Segundos más tarde el suelo de la cabina comenzó a descender, llevándome consigo al hall del ministerio.

Como era usual, un flujo de gente circulaba por la entrada, muchos con prisa, otros cabizbajos. Pocos se detenían a mirarme, lo cual era de agradecer. Caminaba con la cabeza alta, seguro de mi mismo y mostrando así que nada tenía que ocultar. Me acerqué a los ascensores y esperé paciente. Poco tardó en aparecer el primero. - A la novena planta, William. - Comenté al ascensorista nada más entrar. Él se limitó a asentir y dedicarme una sonrisa afligida. Al llamar a todos por su nombre había logrado una conexión con algunos empleados, tal que creían en mi inocencia más pura. Era agradable ver como tantos años de fachada y buen ser habían surtido efecto, aunque no sirviera para todo el mundo. - Novena planta, departamento de misterios. - Dijo William nada más llegar. - Espero que le vaya bien, señor Winslow - Sus palabras sonaban sinceras, le dediqué una sonrisa y asentí con la cabeza a modo de agradecimiento.

He de reconocer que el camino desde el ascensor hasta el tribunal se me hizo eterno. Y las escaleras finales más aún. Dos aurores esperaban en la puerta de la sala, y dos corresponsales del profeta esperando una buena foto. El sensacionalismo estaba dejando en evidencia las carencias humanas, no se debería permitir que divulgaran tan alegremente las cuestiones del ministerio, no sin fundamento y menos inventando como hacían en algunas ocasiones. Me abrieron paso y me escoltaron hasta el centro de la sala, pidiéndome amablemente que dejara mi varita en su posesión.

- Procedemos con la causa 56891. Se acusa a Benjamin Angel Winslow de obstrucción a la justicia con el fin de ayudar a los mortifagos. - El juicio daba comienzo, el secretario había leído el número de instrucción y los cargos que se me imputaban. Sorprendido me hallaba ante tales acusaciones, puesto que se suponía que acudía en calidad de testigo y no con una acusación tan formal. Por fortuna mi abogado se había adelantado a mí y ya se encontraba en la sala cuando yo llegué. - ¿Señor Winslow, es consciente de los cargos que se le imputan? - Preguntó la magistrada. - Sí, señoría. - Respondí con firmeza. - ¿Cómo se declara el acusado? - Eran las preguntas de rigor, y como era obvio defendía mi inocencia. Así fue como procedió a explicar que un miembro del ministerio altamente cualificado en legeremancia iba a proceder con mi interrogatorio ante los presentes. Simplemente por asegurarse de que no mentía y la verdad salía a la luz. Bendito el día en que declararon ilegal el veritaserum.
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Sam J. Lehmann el Miér Sep 14, 2016 12:21 pm

Estaba harta de seguir siendo partícipe de los juicios contra sospechosos de la Causa Mortífaga. Harta. Harta porque no podía ser sincera y estaba terriblemente cansada de tener que mentir a la justicia. ¿Pero como podía, acaso, negarse a algo así? Podrían echarle la culpa a ella misma por no querer colaborar y, por tanto, intentar encubrir a algunas personas. Así que solo le quedaba, por propias palabras de Rodolphus Lestrange, apoyar a la causa todo lo que estuviera en su mano... Y para no desobedecerle, no podía siquiera pensar en negarse a seguir siendo la legeremaga encargada de acudir a los juicios, sobre todo teniendo en cuenta el alto índice de éxito que tenía siempre.

Y ahí estaba ante, nada más y nada menos, que el ex-Ministro de Magia, siendo la encargada de buscar en su mente evidencias de que verdaderamente era un mortífago o que, aún no siéndolo, había apoyado cualquier tipo de movimiento aliado de El que no debe ser nombrado.

Esperó sentada detrás del acusado hasta que fue llamada. Caminó con tranquilidad hasta donde estaba Benjamin Winslow y se posicionó detrás de él, apuntándole directamente con la varita a la sien mientras que la otra mano la posicionaba a la misma altura al otro lado de la cabeza. Respiró profundamente, cerró los ojos para concentrarse y conjuró un legeremens no verbal, entrando así en su mente.

Cuando eras una experta legeremaga como Sam, internarse en la mente de una persona y ver recuerdos irrelevantes era tremendamente fácil, al igual que sentir los sentimientos de esa personas en ese momento. Cuando una persona verdaderamente quería ocultar algo, se notaba a la legua, ya que los recuerdos de importancia, pero irrelevantes en el momento, estaban tan accesibles que daba miedo. Así que lo que tenía que hacer era abrirse paso a través de las múltiples opciones y recovecos que se presentasen ante ella, buscando aquellos recuerdos que no quieren ser mostrados.

Para haceros una idea, una persona que domina la legeremancia, cuando se enfrenta a una mente cargada de protección, se enfrenta a un laberinto en el que debe abrirse paso hasta encontrar el premio final, burlando a la máquina base que lo controla todo y la gruesa intimidad de las personas. Por otra parte, están las personas que controlan la oclumancia, que tienen toda la ventaja de jugar en casa; en ese laberinto. Los magos que dominan la oclumancia tienen que jugar con sus propios recuerdos para evitar que los legeremagos lleguen a donde quieren llegar y que no puedan burlar las propias defensas que han impuesto en esos recuerdos tan valiosos que no quieren que se sepan. El oclumático busca burlar, mientras que el legeremático busca la distracción para pasar de largo.

Pero lo verdaderamente importante allí, en aquel sepulcral silencio que se había creado en la cámara del juicio, era saber quién sería el ganador de aquel encuentro. ¿Sería capaz Sam de encontrar sus recuerdos y, por tanto, tendría que mentir a la justicia del mundo mágico? ¿O Benjamin sería lo suficientemente bueno como para evitar que una de las mejores legeremagas del Ministerio pudiera averiguar sus secretos?
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Ben A. Winslow el Lun Oct 10, 2016 1:00 am

La situación me resultaba graciosa. Estar frente a esa mujer que ahora ocupaba mi cargo, siendo acusado de traición, de no hacer nada por detener a los mortifagos. Había mandado a prisión a un supuesto mortífago, quizás es lo que les había causado tanto dolor, que un miembro del departamento de seguridad fuera acusado de mortífago. Pero no podían esperar que me quedara de brazos cruzados cuando aquel engendro había atacado a mis hijas...No, no podía salvarse.

Allí estaba, sentado en medio del tribunal, siendo observado y juzgado por todos los presentes. Algunos esperaban que se probara mi inocencia, otro sólo querían mandarme a Azkaban. Por mi parte iba a poner a prueba a su mejor legeremaga. Sí en su día Dumbledore no pudo sacar nada en claro, por qué iba a hacerlo ahora una cría recién salida de la universidad.

Se colocó detrás de mí y enseguida noté como se adentraba en mi mente. Durante años había puesto en práctica mis dotes como oclumante, pocas personas tenían acceso a ella, y desde luego no iba a dejar que esta niña entrara como Pedro por su casa.  El primer recuerdo que se encontraría era uno de los recuerdos más fuertes e importantes para mí. Uno con el que estaba seguro sería capaz de conjurar un patronus si mi alma no estuviera tan oscura.

Septiembre de hace diecinueve años. Una noche de verano calmada. Me encontraba en el salón principal de la mansión Winslow, leyendo el periódico con impaciencia. Era el único modo de matar mi tiempo mientras la espera me desesperaba. - ¿Papi, falta mucho para que llegue mi hermanita? - Me preguntaba un joven Thomas, apenas tenía diez años y sus palabras me desconcertaron. No sabíamos que sería, o habíamos acordado no conocer el sexo del bebé hasta que naciera. Pero él lo sabía. - ¡Vete a tu cuarto Thomas! - Le grité prácticamente. Tenía diez años y todavía no había desarrollado ni una gota de magia, era una deshonra. Ahora no podía estar respondiendo sus estúpidas preguntas. Él se limitó a mirarme con gesto afligido, y se sentó frente al fuego, esperando que las llamas le dieran la respuesta que yo no le había dado. Desde luego era rarito.

Gritos se escuchaban desde el piso superior, gritos desgarradores. Margareth se había empeñado en dar a luz en casa y no podía más que respetar su opinión. Después de unos largos minutos, interminables quince minutos, los gritos cesaron. - Ha nacido, mi amo. - Dijo Lrog nada más aparecerse. Una sonrisa de oreja a oreja adornaba su rostro, una imagen un tanto desagradable en algunas ocasiones, más esa noche nada me parecía desagradable. Thomas se levantó y corrió escaleras arriba. Yo le seguía con un paso más calmado. Al entrar a la habitación pude contemplar a mi esposa, sentada sobre la cama con gesto cansado y el rostro sudoroso. Mi hijo a su lado, sentado ya sobre la cama y contemplando al bebé que acababa de nacer. - Es una niña. - Dijo Margareth alzando la vista hacia mi. Con paso casi tembloroso me acerqué. Un nerviosismo extraño se había apoderado de mí al ver a mi pequeña. Mi niña. Ella era mi esperanza, la esperanza de que continuara con el legado familiar. - Te presento a Ophelia. - Dijo alzando los brazos para que la cogiera. Con sumo cuidado la sujeté, mirando esos enormes ojos y su piel sonrosada. - Es preciosa. - Fueron mis únicas palabras, aunque interiormente no dejaba de pedirle que no me defraudara. No podría soportar tener otra squib en la familia.
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Sam J. Lehmann el Sáb Oct 22, 2016 5:51 pm

Encontrar algunos de los recuerdos de Benjamin no le supuso ningún problema y eso no le gustó lo más mínimo. A veces subestimaba sus propias capacidades como legeremaga, pero si de verdad aquel hombre apoyaba la Causa Mortífaga, tendría nociones básicas de oclumancia y Sam lo notaría. También cabía la posibilidad de que fuera un experto oclumante y que por tanto el recuerdo que ahora mismo Sam estaba viendo solo hubiera sido puesto ahí por él para desviar la atención de la rubia.

El recuerdo que Sam pudo ver con total claridad en la mente de Benjamin fue el del nacimiento de su hija y la felicidad que albergó el rostro del hombre al sujetar a su hija entre sus brazos. Por su gesto, ilusión y mirada parecía más su primogénita que su segundo hijo, pero fue algo a lo que Sam no prestó demasiada atención. Sí, era un recuerdo muy bonito, pero no era lo que estaba buscando y por tanto no iba a recrearse en él para encontrar algo que ahí no existe.

Se abrió paso a través de la mente de Winslow. El recuerdo que acababa de ver parecía importante y emotivo, por lo que Sam tenía la teoría de que había sido puesto ahí para afligir la intensidad de Sam a la hora de meterse en su mente, pero no iba a ser así.

La legeremancia era como un juego y cada mago tendría su manera de abrirse paso a través de la mente de sus sujetos, pero Sam tenía la teoría de que si jamás salías de un recuerdo, éste podía enlazarse con todos aquellos a dónde querías llegar. Sólo hacía falta jugar sucio y jugar bien. Porque al fin y al cabo, aquello era solo un juego en dónde uno de los dos saldría ganador. Sam tenía que desconcentrar y desconectar suficiente al sujeto como para que no fuera capaz de controlar su propia mente y le dejara total libertad a Sam para moverse en aquella mente laberíntica y ser capaz de descifrar aquella barrera que se le anteponía a sus objetivos. En ese mismo recuerdo en donde se encontraba visualizando la vivencia pasada de Winslow, ella, como un ente omnipresente e invisible en aquella memoria, se abrió paso a través de una de las puertas. La puerta de aquella sala en donde el joven Benjamin Winslow sujetaba a la pequeña Ophelia, hizo que Sam llegase a una sala llena de puertas a su alrededor en medio de un terreno sin orientación; parecía que estaban en medio del espacio, en un lugar oscuro, incoherente y que parecía no tener orden a pesar de su vacío.

Aquello podía volver loco a cualquiera que no estuviera acostumbrado a internarse en mentes ajenas, pero para Samantha era el pan de cada día. Era como algo metafórico, aparentemente irreal y surrealista si fueras capaz de explicárselo a cualquier persona... pero cada uno vivía su poder como era capaz de asimilarlo, sobre todo éste, un poder mental que podría dejar loco a cualquiera que no sepa utilizarlo.

Sam pudo notar que de todas esas interpretativas puertas, algunas tenían mayor facilidad para entrar y otras muchísima dificultad, por lo que optó por esas; las más difíciles. Al no poder entrar directamente en ninguna, lo que hizo fue entrar en aquella que presentaba menos protección y comenzó a correr a través de ese recuerdo tal cual había hecho anteriormente. Fue saltando de recuerdo en recuerdo, intentando que Benjamin tuviese que mostrar más preocupación en evitar tanta libertad por parte de Sam en su mente y que no fuera consciente de que desprotegía aquello que realmente quería esconder de ella.
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Ben A. Winslow el Miér Nov 23, 2016 1:20 am

Los juegos mentales eran entretenidos, y cuando el juego era en tu mente, más divertido aún. Tenía el control, sabía bien cómo evitar que descubrieran o anduvieran a sus anchas por mi mente. Sólo le había permitido a mi señor que anduviera a sus anchas por mi mente, y había sido mucho antes de que tuviera que ocultarle algo.

La mente es como una sucesión de puertas, o así veía la mía. Por eso había dejado a Sam entrar con tanta facilidad a uno de los recuerdos más felices de mi vida, el nacimiento de mi pequeña. No podía haber sido más bonito, un recuerdo que solía bajar las defensas de los legeremagos. Pero ella no se rendía, lo podía comprobar. Intentando entrar a todos los recuerdos posibles de mi mente. Estaban a buen resguardo. Mis mayores secretos se escondían tras puertas de acero grueso, impenetrables a cualquiera.

Más su empeño en acceder a puertas difíciles menguó, acudiendo a una que había dejado abierta. Ophelia tenía apenas dos meses, y Thomas estaba junto a ella haciendo que se calmara. Su primera demostración de magia, un día que me había llenado de orgullo. No tenía un hijo squib, debía celebrarlo…

Varios recuerdos banales se fueron sucediendo hasta que en un momento de confusión la dejé entrar en uno de mis recuerdos más preciados. Ahí estaba yo, en el pasillo de un hospital muggle, frente a un cristal que dejaba ver una habitación llena de pequeñas cunas y bebés en su interior. Observaba a mi pequeña. Estaba en una de las cunas más cercanas al cristal. Una mujer se acercó a mi derecha.. - ¿Quiere estar un rato con su hija? - Dijo la enfermera, haciéndome un gesto con la mano para que la siguiera. No podía resistirme, los nervios volvían a recorrer mi cuerpo una vez más. Era tan pequeñita.

Con cuidado la cogí en brazos. - Encantado de conocer Davina. - dije admirando su pequeño rostro, esos ojos grandes que me miraban sin ver realmente. - Mi pequeña Davina, lamento que no puedas llegar a conocerme. - Le susurraba, la enfermera estaba pendiente de un niño llorón algo lejos de mi. Disfruté de ese momento con mi hija todo lo posible, pero debía volver. La dejé en la cuna, dándole un suave beso en la frente. No volvería a tenerla en brazos nunca más, quizás no volviera a tener un contacto tan directo con ella, era lo correcto.  

La puerta del nido se abrió con un leve empujón, y conmigo atravesando la puerta saltamos a otro recuerdo. Más oculto. Estaba en una habitación de hospital, aunque en esta ocasión sólo había una mujer guapísima. Ella sonrió al verme entrar. - ¿La has visto? Se parece a ti. - Decía con suma emoción. No sabía cómo responder, solo asentí con la cabeza. Cerré la puerta tras de mí, saqué mi varita. - Lo siento, esto no debió pasar, no debí haberme encaprichado contigo y mucho menos tener una hija con una muggle. - Mis palabras no mostraban emoción alguna, pero su rostro sí mostraba una gran confusión. Un suave movimiento de varita y un conjuro mental bastaron para adentrarme en su mente y modificar todo recuerdo que a mí me concernía.  No me recordaría, criaría a su hija pensado que su padre era cualquier otro. Simplemente había sido borrado de sus recuerdos…

Había visto demasiado, había logrado vulnerar mis defensas momentáneamente. Era buena, muy buena, pero le iba a demostrar que yo podía serlo más. ¿Quería conocer algo que me inculpara? Pues lo tenía muy claro, un recuerdo ligeramente modificado la esperaba tras una puerta aparentemente difícil de acceder. Era como todas aquellas puertas que no había podido abrir, le costaría hacerlo, pero acabaría accediendo.

Yo en mi despacho, leyendo un informe y el expediente de Smith, el asqueroso trabajador de seguridad que había atacado a mis hijas. Frente a mí una mujer, mas no se podía distinguir bien su rostro, estaba difuminado - como dirían los muggles. - Smith, quiero que lo busques, quiero que esté en Azkaban lo más pronto posible. Ese idiota ha tenido la osadía de atacar a mis hijas. Lo mataría yo mismo, pero sería sospechoso. Quiero que con tus artes logres que me ataque en la inauguración de éste fin de semana. Mataremos dos pájaros de un tiro, nos libramos de un idiota y dejamos en evidencia a los aurores. - Mi voz sonaba contundente. No había sucedido tal que así, pero sí en esencia. Una de las pocas cosas que como Ministro había hecho y no me importaba que se conocieran. Lo había hecho para vengar a mis pequeñas. No era tonto, los que concernían a nuestra causa y mi condición de mortífago a buen recaudo estaba.
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Sam J. Lehmann el Miér Dic 07, 2016 2:37 pm

La legeremante pudo darse cuenta de que muchos de los recuerdos no significaban nada para él; que no le importaba lo más mínimo enseñarlos a alguien que podía responder en su contra. Sin embargo, hubo uno en dónde ella notó como sus sentimientos se enfierecían ante no poder ocultarlo. Uno de los muchos dones de una legeremante era no sólo poder leer los pensamientos, sino inclusive llegar a sentir las emociones de aquellos que tenía delante. Era casi tan revelador un recuerdo como una emoción ante dicha memoria.

Benjamin Winslow tenía a una hija por ahí no reconocida, algo que por cómo se había comportado, suponía que no sabía nadie más que él y ahora ella. Aún así, a pesar de que Sam sintió cierto instinto maternal dolido por las decisiones de Benjamin en dicho recuerdo, no se sintió afligida. Es más, luchó por salir de ese recuerdo y buscar algo que de verdad repercutiese en lo que debía buscar.

No, Sam no podía ir en contra de alguien que apoyase los ideales de Lord Voldemort, por lo que aunque encontrase una evidencia clara de ello, no podía decir la verdad ante los jueces de Wizengamot. ¿Pero por qué insistía tanto, entonces, en entrar en la mente de Benjamin para buscar lo que ella tenía que buscar? Porque una de las muchas cosas que la impulsó a ser lo que es ahora mismo, es la búsqueda de la verdad. Sentía una terrible frustración interna por no poder hacer justicia con la verdad, pero sería ir en contra de sus propios ideales no buscarla sólo por no poder contársela al mundo. Sam necesitaba saberla y necesitaba encontrarla.

Por eso, prestó especial atención al recuerdo que aparecía delante de ella, un recuerdo que claramente relacionaba a Benjamin con cierto abuso de poder. No lo relacionaba con el apoyo a la Causa Mortífaga, ni tampoco a Lord Voldemort, pero sí que lo evidenciaba como un Ministro poco competente sólo por abusar de su poder ante un problema familiar; mucho más todavía por querer dejar a los aurores en la mierda. Sin embargo, Sam supo que ese recuerdo, por fuerte que fuera, no era lo peor. Si fuera lo peor que podría encontrarse en esa mente, ella sentiría que Benjamin lo sabría y se sentiría cohibido por lo que Sam pueda descubrir.

Volvió a salir del recuerdo, esta vez para hacer que la mente de Benjamin se viese controlada por Sam, figuradamente hablando. La legeremante abrió cada una de las puertas que aparecían ante ella, una tras otra; sin darle verdadero interés en ninguna. Lo único que quería es que Benjamin se sintiese saturado y, por tanto, no fuera capaz de saber qué recuerdos debía esconder y cuales no en tanto exceso de información. La punta de la varita de Sam se posó sobre la sien de Benjamin.—Vamos, ábreme tu mente... sé que hay más... —susurró muy bajito, tanto que sólo podría escucharle el exMinistro.

Cuando la mente de Benjamin y el auto-control de Sam ya estaban al límite ante tanta información irrelevante y a la vez importante en el pasado y vida de Winslow, fue cuando la chica aprovechó para abrir aquellas puertas que verdaderamente podrían revelarle la verdad.
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Ben A. Winslow el Mar Feb 21, 2017 12:59 am

La joven Lehman era mejor legeremante de lo que imaginaba. Se adentraba en mi mente con cierta facilidad, comenzaba a costarme impedir que se adentrara en mis recuerdos. Si bien, estaba accediendo a aquellos que yo elegía. Era la fuerza de la juventud contra mis largos años de práctica. Una batalla digna de ver, si se pudiera. Desde fuera la gente sólo vería a una chica de pie tras un hombre sentado. Era una estampa aburrida. Pero dentro de mi mente era más divertido.

Le daba acceso a recuerdos importantes pero que no me implicaban. No soy tonto, no voy a permitir que nadie se adentre en mi mente y se pasee a sus anchas para meterme en azkaban. Como dulce señuelo le había dejado acceso a recuerdos alterados, imágenes que no me implicaban directamente con los mortífagos pero si dejaban latente mi desprecio a los aurores. ¿Era suficiente? Estaba claro que no. Por ello decidí dejarle ver un recuerdo diferente, algo que podía dejarle intuir algo.

Retrocedimos años, probablemente ella ni había nacido. Un yo joven se presentaba ante ella, con el uniforme de Slytherin. La sala común estaba casi vacía, más había un grupo de jovenes algo separado. Los miraba con fijación, esperando que me dejaran acercarme. Eran mayores que yo, y tenían ese aire misterioso que tanto llamaba mi atención. El recuerdo se difuminaba, dando paso a uno un par de años después. Mi último año en Hogwarts, sentado con mi esposa. - Tengo intención de dar con él, sé que podremos llegar muy lejos con su ayuda. Es hora de que las cosas cambien en este mundo. Asqueado estoy ya de compartir clase con esos asquerosos sangre sucias. - Decía sin preocuparme de quien pudiera escucharme. - ¿Se acordará de ti? No lo creo, Ben. - Respondía ella, no tenía la misma ambición que él en ese punto. - Mi apellido siempre me ha abierto puertas, lo sabes bien Margareth. Eso le será de utilidad, además, nuestras familias siempre han sido partidarias de estas prácticas. ¿Por qué iba Riddle a negar nuestra ayuda? - Esas últimas palabras parecieron calar más aún en la mente de su esposa, que asentía sin más mientras el recuerdo se volvía a difuminar.

Así se fueron sucediendo recuerdos, pequeños recuerdos que no mostraban grandes detalles, sólo pequeñas cuestiones que dejaban libertad a la imaginación. Más jamás dejaría entrever nada importante. Pero Sam Lehman seguía insistiendo, con más fuerza. Un recuerdo cerrado a cal y canto en su mente estaba siendo forzado por la joven, pero Ben se negaba en rotundo a que fuera revelado, moriría antes de que saliera a la luz. Centró todos sus esfuerzos en protegerlo más aún, dejando desprotegidos otras memorias, importantes sin dudarlo, pero no tanto como lo que allí se escondía. Jamás permitiría que su hija terminara en ese tribunal.
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Sam J. Lehmann el Vie Feb 24, 2017 1:54 am

Un sinfín de memorias aparecían frente a Sam, todas pertenecientes a Benjamin Winslow. Eran recuerdos que lo dejaban con una dudosa reputación en sus hombros, algo que a Sam le suponía un problema pues no podía evidenciar nada y mucho menos saciar su curiosidad como legeremante. Pero no se dio por vencida.

Le llegaron a su mente recuerdos de cuando Winslow era joven, aún perteneciente a Hogwarts, más conretamente a la casa de Slytherin. Una charla con su futura esposa hizo que las primeras sospechas de Sam se viesen acompañadas por un apoyo, pero en realidad aquello no era nada con lo que pudiese estar segura. Así que continuó en su mente, presionando. No quería ver posibilidades, quería ver la realidad. Continuó presionando en su mente como si su mente fuese la madera y la de Sam fuese el martillo, penetrando a través de un clavo con un golpe tras otro, golpes que abrían mil y una puertas en las que poder internarse. Pero la legeremante no quería caer en esos recuerdos que al otro no le importa perder, sino que quería debilitarle hasta el punto de abrir esa puerta que con tanto ahínco estaba protegiendo.

Se produjo una lucha por el más fuerte. Él jugándosela todo a la protección de un recuerdo, mientras que ella hacía lo imposible por descubrirlo. Finalmente, la mente de Winslow se volvió un caos y aquello que parecía tener entre sus metafóricos dedos, se escapó de entre ellos gracias a la resistencia mental de Benjamin. Sam se alejó de ese recuerdos, pero otros muchos, reveladores, se presentaron ante ella.

Pudo ver cómo mataba a sangre fría a personas inocentes...

Llegó a ver cómo su gobierno fue corrupto por sus ideales...

Vio como Benjamin se vestía con la capa negra y la máscara metálica de rostro impasible frente a las órdenes de El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado...

Presenció en primera persona como el mismísimo Lord Voldemort le otorgaba la marca tenebrosa.

El mismo rostro de Lord Voldemort, tan claro y agresivo en la mente de Benjamin fue lo que hizo que Sam cortase la conexión mental. Él debía de saber que Sam había visto todo eso. Debía de saber que en ese preciso momento ella podía delatarlo como mortífago y terminaría sus días en Azkaban, ya que su oclumancia había fallado y sus secretos habían sido revelados.

No obstante... si bien su sentido de la justicia estaba deseando mandar a Benjamin Winslow a Azkaban por el resto de sus días, sus ganas de sobrevivir le recordaron las palabras de Rodolphus, aquellas que le obligaban a ayudar a "sus colegas" en estos casos para librarse de la prisión.—Señoría —dijo en voz alta, mirando al juez—. El proceso ha terminado y con ello corroboro la inocencia de Benjamin Winslow —sentenció de manera segura, frunciendo el ceño. Odiaba mentir a la justicia, se sentía casi tan repugnante como los propios mortífagos.

Finalmente el juez dio un golpe declarando inocente a Benjamin Winslow por falta de pruebas y Sam directamente se fue de allí desde que pudo, ya que no quería tener que lidiar con él. No quería tener que explicarle por qué le había salvado de una vida llena de aburrimiento y sufrimiento en Azkaban. No quería que supiera que un mortífago la tenía atada, porque si no podría aprovecharse. Él único consuelo que tenía es que por lo menos ella sabía la verdad.
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