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The Endless [Eunice L. Lyall]

Steven D. Bennington el Mar Sep 20, 2016 12:18 pm


Dos personas pueden vivir en el mismo lugar durante años y, aún así, no cruzar palabra alguna. Puede que el destino no quiera que se conozcan o simplemente no es su momento. No es el momento adecuado para que ese vínculo que sólo existe entre algunas personas surja. Puede que los hilos que conforman sus vidas aún no estén preparados para cruzarse y tan sólo esperen el momento adecuado para no acabar convirtiéndose en un nudo por encontrarse cuando las cosas aún no estaban preparadas.

Durante seis años pueden vivir en el mismo lugar e incluso llegar a cruzar un par de palabras. Un saludo. Una pregunta desinteresada. Una frase cordial para acabar con un silencio incomodo. O simplemente nada. Pero ese no fue su caso. Si hubo más de una palabra. Un saludo y también una despedida. Alguna que otra salida entre la multitud, un par de amigos comunes e incluso alguna que otra fiesta. Nada serio. No era una amistad que se recordaría durante siglos. No sería ese tipo de amistades con las que todos sueñan. No. Tan sólo era una relación cordial entre dos alumnos más en Hogwarts.

No era el momento. No era su momento.

Pasaron apenas dos años cuando volvieron a cruzarse. Habían pasado seis años juntos en el mismo castillo pero aún así no había surgido la amistad. Pero quiso la casualidad, quiso el destino o quizá simplemente fue la aleatoriedad quien lo quiso. O puede que ninguna de estas, que ninguna exista realmente y simplemente llegó su momento para conocerse. Llegó el día en el que fuera de los muros se conocieron como algo más que compañeros que tienen en común ese gen denominado como mágico por muchos, especial por otros tantos y raro por unos pocos.

No había muros de piedra ni uniformes grises. No había corbatas de colores ni insignias en el pecho que les clasificaran según el simple juicio de un sombrero en mal estado. Había mar. Había arena. Toneladas de arena. También había más personas, muchas más a decir verdad. Las había con sangre mágica pero la mayoría de ellas eran tan sólo muggles con una afición común: el surf.

Fue este nexo común lo que hizo que surgiera la amistad entre ambos. Ella competía. Él solo miraba. Nunca había sido una persona competitiva por lo que prefería mantenerse sentado en la arena observando los giros de unos y las piruetas de otros. Prefería mantener la distancia y limitarse a observar lo que sucedía ante sus ojos.

Pero reconoció su rostro. Esperó al final de la competición para acercarse a saludar y desde ese día sus aficiones comunes sirvieron para crear una amistad que prometía ser eterna. Él tan iluso y ella con los pies tan en la tierra. Eran muy diferentes, pero a fin de cuentas eso es lo que complementa una amistad, encontrar a alguien que llene ciertos vacíos que sin ellos no podrías llenar. El uno complementaba al otro y por eso su amistad parecía que sería eterna.

Pasaron los años y vivieron muchas emociones juntos. Alegrías y tristezas. Eventos importantes como fue su propia boda o el nacimiento de su hija. También hubo roces inevitables. Hubo malas caras que se arreglaron con un café a tiempo. Y cuando llegó el momento, incluso llegaron las lágrimas en la despedida. Volveremos a vernos; te escribiré todas las semanas; sabes que tendrás una casa para visitarme. Esas fueron algunas de las promesas que se pronunciaron y que acabaron por romperse en apenas unos meses.

Él dejó el país pero siguió en contacto con ella. Volaban cartas como habían prometido. Se mantenían al día de lo que había pasado a lo largo de aquellos días donde no podían juntarse para quedar como antaño. Planeaban visitas que nunca llegarían.

Pocos meses después de su  marcha del país, las cartas dejaron de llegar. Él dejó de contestar. Ella acabó por dejar de intentar buscar respuesta. Él se negó a verla cuando fue a visitarlo. Ella no tuvo más remedio que aceptar que su amistad había llegado a su fin. Que ese momento que habían tenido había sido algo efímero que había terminado. Era una causa perdida que se negaba a explicar qué había sucedido para romper su amistad de tal manera.

Y durante años, no recibió explicación alguna.

Él volvió. Pero no fue en su búsqueda. No encontraba el valor necesario para enfrentarse a su pasado y mucho menos a algo que él mismo se había encargado de romper sin explicación previa. Él había roto su amistad como si de un simple juguete de cristal se tratase. Y ahora no había forma de pedir perdón a las piezas. Las piezas no se arreglar por disculparte con ellas. El juguete de cristal se rompe por no cuidarlo. Y eso había pasado con ellos.

Siguió con su vida. Siguió con todo sin intentar retomar aquella amistad hasta que ella volvió a cruzarse en su camino. Tres días atrás. Tres días atrás había vuelto a su vida y no parecía molesta. Había sido cordial y él se esforzó en serlo del mismo modo. Cruzaron un par de palabras amables e incluso compartieron algún que otro baile. Pero aquello no era suficiente. Era el momento de arreglar lo que había roto meses atrás. O al menos, explicar por qué había decidido lanzar el juguete de cristal al suelo para que se hiciese pedazos.

Distaba media hora para las siete de la tarde, su hora de salida para aquel día. Estaba terminando de colocar los nuevos materiales que habían llegado esa misma mañana. Estaba ordenando y apuntando en el inventario que todo estuviese en orden cuando la campanilla en la entrada indicó que la puerta se había abierto de par en par. Pero no lo escuchó. Seguía colocando materiales de un lado a otro ajeno a que su compañía para aquella tarde acababa de llegar.
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Invitado el Mar Sep 20, 2016 4:02 pm

¿Por qué dos personas que se llevan bien y entre los cuáles hay un lazo de algo tan sagrado como la amistad se separan con el tiempo? ¿Qué es lo que se puede entrometer entre ellos de tal manera que hagan que se alejen uno del otro sin remedio y ninguno de los dos haga nada por intentar arreglarlo? ¿Por que cuando necesitas los consejos de un verdadero amigo para volver a encauzar tu vida y seguir manteniendo los pies sobre la tierra el destino te lo pone tan difícil y te lo arrebata sin dar explicación alguna? Vivir la vida, el día a día, algunas veces puede ser condenadamente difícil, pero hacerlo sin el apoyo de la persona a la cuál puedes confiarle todos tus miedos e ilusiones, y éste desaparezca como si se lo hubiera tragado la tierra en un chasquido de dedos, es algo prácticamente imposible. Es cuando te has de desligar de tus propios sentimientos, aferrarte a la realidad y seguir respirando porque tu momento aún no ha llegado y la parca no te quiere a su lado. Es morir segundo tras segundo, o vivir un estado de letargo absoluto entre tinieblas.

Cuando vives algo por primera vez en tu vida, todo lo que lo envuelve se convierte en una vorágine de recuerdos y sensaciones que no sabes en donde ubicar, y cuando te falta el consejo de ese amigo especial, esa persona capaz de sujetarte las manos y susurrarte al oído: "Deja que suceda, simplemente deja que suceda, amiga, porque pase lo que pase me tendrás a tu lado y no te dejaré caer", entonces es cuando te das cuenta de lo importante que es tener un amigo. Y entonces la realidad te golpea con tanta rudeza que tu corazón se convierte en coraza y dejas a un lado los sentimientos, y parte de tu alma muere.

La primera vez que vi a Steve fue en el colegio, en mi primer curso, el día de mi selección, sí, no fue muy afortunado, caí de la barca (seguramente por lo tranquila que era y no intentar coger el reflejo del farolillo que llevábamos y sacar medio cuerpo fuera de la misma por la proa) y una de las patas del calamar gigante me devolvió a la misma. Así que mi selección la hice completamente chopada, y directa a Gryffindor. Él estaba sentado en la mesa de Ravenclaw, y ya llevaba un año en el colegio. Se levantó con otros cuántos estudiantes y se colocó delante de todos en el coro, para cantar el himno dirigidos por el entonces profesor de Encantamientos. Y su voz era preciosa.

Como en primero no se podía jugar al quidditch, entré a formar parte del coro, y nos veíamos en cada ensayo, pero entonces era muy cría para fijarme en chicos, y él no estaba en mi casa, ni mi curso, anteriormente las clases se dividían por casas  cursos, y Slytherin solía coincidir con Gryffindor en la gran mayoría. Por unas de mis meteduras de pata en cursos posteriores en la asignatura de Pociones, conocí a una de mis mejores amigas actuales, Fly, y en la boda de la misma había vuelto a coincidir con Steve, alguien a quien me imaginaba que no volvería a cruzarme en la vida, pues la vez que quise arreglar o al menos saber porqué la correspondencia se había truncado tan súbitamente, me encontré la puerta cerrada y ninguna ventana por la que hablar. Y aquello hizo que abandonara mis esperanzas, cuando más lo necesitaba, cuando necesitaba a un verdadero amigo, cuando supe que estaba enamorada de mi compañero en el trabajo, y que si seguía así terminaría mal. Porque me decía a mí misma, me recalcaba que aquel sentimiento no era lógico, lo apreciaba, lo amaba, pero el problema es que también lo deseaba, y por como era él, jamás recibí ninguna muestra a cambio, sólo seguía en su línea. Pero el tiempo había pasado, y algunas cicatrices se habían cerrado, el corazón había dejado de sangrar, y mientras la persona que había herido el motor de cualquier vida siguiera haciendo y convirtiéndose en lo que yo más odiaba, estaba segura, pero claro, mi vuelta al castillo era justamente para evitar aquello, el dejar que se perdiera para siempre el mejor auror que había tenido el Ministerio en toda su historia.

Quedaban muchas cosas por recoger en la casa de Cambridge de mi abuelo, pero llevaba todo el día allí, llenando cajas de recuerdos, así que necesitaba despejarme, aparte de querer hacerme con unas partituras que había perdido hacía unos años y que me gustaba interpretar, bandas sonoras de películas, y una en especial, la de Matrix, pero estaba segura que en la tienda de música que había en Hogsmade y que regentaba Steven, ya que me lo había dicho él mismo el día de la boda de Fly y Drake, en donde compartimos algunos bailes y volví a ver a su hija, la cuál vi que había como alumna de primero, hallaría esta vez algo más que una partitura en especial.

Empujé la puerta con cuidado pero hoy arreciaba con fuerza el viento y ésta se abrió de par en par, golpeando contra el marco del despacho que había a la izquierda de la misma tienda. Tuve que cogerla para volver a cerrarla, y muy curioso que Steven no se inmutase siquiera, siguiendo de espaldas al incidente colocando en las estanterías varias púas de guitarra y algunos diapasones, y metrónomos.

Me acerqué hasta él y asomé la cabeza por su lateral derecho- Vaya que estás concentrado en lo que haces. Buenas tardes -le sonreí- Oye, está bien que seas tan dedicado pero podrías no abstraerte tanto, imagínate que en vez de ser yo hubiera sido cualquier maleante.

Y me retiré para que terminara lo que estaba haciendo, dirigiéndome hacia el mostrador para ver si podía localizar las partituras que buscaba.
Off: editado por ajustar requerimientos rolísticos.


Última edición por Eunice L. Lyall el Vie Sep 23, 2016 11:58 pm, editado 2 veces
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Steven D. Bennington el Mar Sep 20, 2016 4:46 pm

Jugó con una púa de color rojizo entre sus dedos mientras se encargaba de ir colocando el resto en el interior de una pequeña caja de madera con la marca de estas en su reverso. Colocó con sumo cuidado la caja en uno de los estantes y pasó a sacar de una caja de cartón un metrónomo. Comprobó que estuviese en perfectas condiciones, lo giró sobre sus manos y acercó el rostro para cerciorarse que no tuviese ninguna tara. Una vez hecho esto, lo colocó sobre el estante.

Repitió el proceso con el resto de metrónomos. Uno por uno y con sumo cuidado de no hacer caer ninguno de ellos al suelo. Los fue colocando con sumo cuidado en el mismo estante donde reposaba el primero que había colocado y, tras colocar el último de estos, cogió la libreta que se encontraba a su espalda.

Con la pluma en la mano, escribió el nombre del producto, el código y el número de ejemplares que tenían por el momento. Ya se encargaría al final de la semana de hacer el inventario completo, por el momento tan sólo comprobaría los paquetes que habían ido llegando a lo largo de la mañana.

Estaba absorto en su tarea. Concentrado en lo que debía hacer. Pero no fue esa la razón por la cual no escuchó el sonido de la puerta al abrirse. Sino el hecho de haber perdido parte de la audición. Uno de sus oídos estaba completamente inutilizado, mientras que el otro contaba con un implante que le permitía amplificar el sonido y aislarlo, de tal modo que pudiese captar mejor el sonido. Pero aquello no era tan fácil como parecía. Pues si no ponía su atención en intentar captar aquel sonido, este podía llegar a pasar desapercibido. O ser simplemente un susurro al que no prestaría importancia.

Fue consciente de la llegada de Eunice cuando esta ya se encontraba en la habitación colindante donde él se encontraba almacenando el material. Ya estaba demasiado cerca como para no darse cuenta y su voz hizo que levantase la cabeza y se voltease para encontrar su rostro.

Sonrió amablemente a pesar de no haber escuchado nada en absoluto de lo que Eunice acababa de decirle, pero dio por hecho que se trataba de algún tipo de saludo que no tenía ninguna importancia en la conversación. Quizá había preguntado por cómo se encontraba aquel día o qué hacía en la trastienda. Pero no podía asegurarlo como para dar una respuesta y toparse con que ella no había preguntado nada en absoluto.

- ¡Eunice! – Dejó el cuaderno sobre la repisa y se levantó para acercarse hasta donde estaba la chica, colocando un beso en la mejilla de esta. - ¿Cómo estás? ¿Llevas mucho tiempo esperando fuera? – Preguntó sin saber a ciencia cierta si acababa de llegar o si por el contrario llevaba un buen rato dando vueltas por el interior de la tienda. – Perdona que no saliese a saludarte, no me di cuenta que llegó nadie.

Su compañero debía de haber dejado su puesto de trabajo durante un segundo y ese habría sido el momento en el que Eunice habría entrado a la trastienda, pues sino, su compañero no le hubiese permitido entrar allí sin su consentimiento.

- Dame un segundo, acabo de colocar esto y voy contigo. – Aprovechó que la chica se dirigía a la zona del mostrador para acabar de guardar lo que pudo. Cerró la caja donde aún quedaban varios materiales que sacar, algo que ya dejaría para otro momento. Cogió la libreta y la dejó en el interior de la cajonera y lo cerró con llave antes de salir hacia la zona de la tienda.

Salió de la trastienda hasta situarse en el mostrador, cerca de donde Eunice se encontraba buscando entre la pila de partituras que podían encontrarse en la tienda.

- Si me dices lo que buscas quizá tardemos menos. Pero si eres una cabezota que no quiere mi ayuda deberías saber que las partituras están clasificadas por géneros y a su vez dentro de cada grupo están ordenadas alfabéticamente. Así que si por ejemplo buscaras… - Hizo una leve pausa y sacó un archivador de color magenta con el número 3 en números romanos en su reverso. – La banda sonora de Titanic, estaría en la carpeta de bandas sonoras y lo buscaríamos por la letra T. – Pasó las páginas hasta dar con la T y pasó hasta encontrar la continuación de la palabra. – Si lo pusiéramos por compositor, en el caso de las bandas sonoras nadie encontraría nada. A no ser que fuera de Hans Zimmer, parece que últimamente se ha hecho incluso más famoso.

Volvió a colocar el archivador en su lugar correspondiente y  miró en dirección a la chica, esperando que esta decidiese si necesitaba ayuda o había entendido el sistema y quería probar ella en esta ocasión.

- ¿Un poco de música para relajarte de las clases? Realmente te admiro, tantos alumnos… Yo no podría. – Rió. Él daba clases de música, eso era cierto. Pero eran grupos reducidos que no pasaban de tres personas en ningún caso, por lo que el hecho de toparse ante un grupo de alumnos tan grande acabaría por estresarle.
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Invitado el Mar Sep 20, 2016 5:44 pm

Tuve que sonreír al ver su reacción y negué con la cabeza divertida, no pretendía meterle el susto de su vida, aunque un poquito sí, en forma de juego simplemente- No, que va, acabo de llegar no vi nadie fuera y pensé que andarías en la trastienda. Espero no estar rompiendo ninguna normativa por venir a saludar a un viejo amigo -me encogí de hombros y seguí revisando las partituras- Por eso te dije lo de los malechores, Steve.

Seguí mirando, había varias que ya me interesaban, pero primero las que quería eran las que llamaban mi atención, porque interpretarlas me permitía sacar de dentro todo el mal rollo, e incluso liberar la tensión dejando escapar algunas lágrimas que jamás nadie vería. Pues raro era la vez que alguien me veía tocar el piano, escucharlo desde luego que sí, ¿Pero quien se iba a imaginar que alguien como yo tocara el piano?

Sopesé su ofrecimiento y me eché a reír- Bueno, lo haremos de dos formas, te digo la partitura de la banda sonora que busco y toco una pieza para que me busques la otra canción, ¿De acuerdo? -le guiñé un ojo y señalé uno de los pianos que había en la zona de instrumentos para dirigirme a él, sentarme con la espalda recta y estirar los brazos entrelazando los dedos para recolocar los hombros en su sitio antes de levantar la tapa y colocar ambas manos sobre el teclado, rozando ligeramente cada una de las blancas sin llegar a presionarlas y sacar ningún sonido- ¿Preparado?

Tañí las teclas con suavidad, dejando mis dedos libres sobre ellas, jugándomela a tener algún fallo pues iba de memoria la partitura, sacada de oído, pero había escuchado que él la cantaba, y necesitaba recabar todo aquello que lo hiciera regresar, volver a ser la persona que era antes. Si había alguien capaz de reconocer aquella canción en unas manos que habían perdido cierta agilidad sobre un piano, ese era Steve.

- No busco la banda sonora de Titanic, Steve, mi vida no es una tragedia, por Dios. He tenido siempre buenas experiencias, aunque fueran dolorosas siempre aprendí algo de ellas, así que las considero como buenas, camino de la perfección. Quiero la partitura de Clubbed to death, de la banda sonora de Matrix, y esta pieza, por favor -seguí tocando y acomodé la voz para sacar alguna frase entonada con el acompañamiento del piano- I wanna hold to you till I die, till we both break down and cry, I wanna hold you til the  fear in me subsides -le guiñé un ojo y seguí serpenteando sobre el piano, hasta llegar de nuevo al estribillo y dejar de tocarla, mirándolo con una sonrisa- ¿Sabes cuál es? -no era un reto, bueno sí, pero estaba segurísima que sabía de qué canción se trataba, yo misma la había tocado el día de su boda en el convite, dedicándosela a él y a su mujer, en un amor que se suponía que duraría toda la vida.

Se les veía tan enamorados que no pude colocar bien el golpe cuando me enteré que se divorciaban, ¿Como se llegaba a eso? ¿Como se podía extinguir la llama de un amor tan puro? Sino fuera por mis padres adoptivos, los que había adoptado del compañero del cuál me enamoré, ya no creería en el amor, la magia más pura del Universo, capaz de romper cualquier barrera, sólo que a mí por lo visto no me tocaba, ese amor real no era para mí, pues una vez que me enamoré, no fuí correspondida. Y no lo había vuelto a intentar, estaba aterrada de volver a sentir algo tan fuerte con alguien. Ese era mi mayor miedo, y al cuál era incapaz de hacerle frente, por más que diera los consejos a mis alumnos que el día que superasen sus mayores miedos serían capaces de poder vivir la vida en plenitud.

- Mi vida como profesora tiene tiempo límite, Steve, en el momento cumpla el objetivo regreso a las calles y a esa pequeña mesa en el departamento de aurores -me encogí de hombros y los relajé, colocando las manos por delante mientras me mantenía sentada en el banquito del mismo piano tapizado en verde esmeralda, antes de bajar la tapa para que las teclas no cogieran polvo- Yo aún no me creo que esté dando clases, pero dudo mucho que a los chicos les guste mi manera de tratarlos, es casi como dirigir un grupo de reclutas. Y además en una asignatura que pocos deciden tomar -y que cuanto el grupo fuera más reducido, menos trabajo daba- De momento sólo estoy valorando sus aptitudes físicas, pero ya quieren jugar a Quidditch.
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Steven D. Bennington el Mar Sep 20, 2016 7:30 pm

Mantuvo la sonrisa en su rostro intentando ocultar la vergüenza por no haberse dado cuenta de la llegada de Eunice. Con los años había aprendido a asumir que tenía una dificultad auditiva y que no tenía más remedio que lidiar con ello, pero cada vez que algún suceso como aquel tenía lugar, no podía más que avergonzarse por lo sucedido y ponerse nervioso por aquello.

- Creo recordar que cuando firmé el contrato no ponía nada referente a saludos así que… - Era cierto que la trastienda era un lugar privado para los trabajadores del local y que aún con previa autorización no era muy bien visto por el resto dar paso a una persona ajena a la tienda.

Asintió a las palabras de la chica y creyó entender lo que había dicho previamente a modo de presentación. Sin duda, debía tratase de algo referente a esos “malechores” de los que hablaba. Posiblemente algún tipo de broma a lo fácil que era entrar en la tienda sin que nadie se percatara de su presencia. Se limitó a sonreír intentando ocultar que no había escuchado sus palabras previamente y terminó de recoger mientras la chica buscaba partituras en la tienda.

- Que manera tan educada de rechazar mi ayuda y darme más trabajo al mismo tiempo. – Rodó los ojos fingiendo cierta molesta antes de reír. – Venga, sorpréndeme, virtuosa de las teclas. – Siguió a Eunice de cerca, pues si esperaba escuchar el sonido del piano a tal distancia le resultaría imposible siquiera distinguir las notas de las que se trataba. Se colocó a su lado, colocando el brazo izquierdo sobre la tapadera superior del piano para poder notar como los macillos interiores golpeaban las cuerdas y resonaban gracias a la tabla armónica.

Escuchó la melodía que Eunice comenzó a interpretar con cierta agilidad para cualquiera que no distinguiese a un buen de un mal músico, pero con una evidente torpeza provocada por la falta de una partitura a la que ceñirse. Sonrió de medio lado al reconocer las primeras notas que salían del piano y esperó a que la chica dejase de tocar.

- Era un ejemplo, mujer, no hace falta que te lo tomes todo al pie de la letra. Para tragedias te hubiese sacado Romeo y Julieta o Hamlet. – Si alguien consideraba que R.R.Martin era capaz de matar a cualquiera de sus personajes es que no sabían nada de Shakespeare. – Te saldría más barato comprar una partitura en blanco y escribir las notas. Te sabes casi todas a la perfección. – Añadió alejándose del piano para ir rumbo a la zona de partituras y buscar ambas. La primera de ellas resultó fácil de encontrar, pero para la segunda tardó algo más.

Cuando llegó hasta Eunice, la canción estaba a punto de llegar a su fin, pero los dedos de la mujer aún se movían de manera ágil sobre las teclas al tiempo que su voz entonaba la canción que años atrás le había escuchado cantar frente a todos sus seres queridos.

Creo que sé cuál es. – Lo sabía, no creía saberlo. – Pero la recordaba con más silencios de blanca y no tanto de negra. – Colocó las partituras sobre el piano y miró con una sonrisa a la chica. - ¿Puedes creerte que con treinta años y con una familia no mágica aún no he visto Matrix? No salgo de las películas de Disney por culpa de Alex. He visto Frozen más de treinta veces en lo que va de año, te lo prometo. – Podía jurarlo. Tener una hija pequeña en ocasiones era un verdadero tormento, pues cuando decidían que una película les gustaba, parecía que el resto de películas del mundo ya no existían para ellos.

Hacía años que no se veían por lo que había mucho de lo que ponerse al día. Durante la boda el pasado fin de semana tan sólo habían tenido tiempo para saludarse de manera cordial e interesarse, brevemente, por cómo le iba la vida al otro. No habían tenido tiempo de entrar en detalles, por lo que Steven tan sólo sabía que Eunice había tomado un puesto en Hogwarts como profesora de vuelo y, gracias a aquellas últimas palabras, que además mantenía su puesto en el Departamento de Aurores.

- ¿Tan mal carácter tienes con los chicos? Venga, Eunice, que todos tuvimos su edad, pórtate bien con ellos. Muéstrales que detrás de esa apariencia de Auror responsable que cumple con sus obligaciones hay una mujer amable y encantadora. – Era cierto que muchos docentes optaban por mantener las distancias con sus alumnos mostrándose serios y cortantes, pero Steven no entendía ese tipo de comportamientos. – Ah, el Quidditch… Siempre pensé que acabarías dedicándote a ello profesionalmente, si te digo la verdad. Pero acabaste en el Departamento de Aurores y, mírate, ahora enseñándoles a subirse a la escoba. ¿No es genial enseñar algo que te apasiona? – Él se sentía de aquel modo con la música. - ¿Cómo es que acabaste en Hogwarts?

Cogió las partituras y las llevó al mostrador, apuntando en un papel el código de ambas partituras para sustituirlas al día siguiente por unas iguales por si alguien las precisaba en otro momento.

- Te debo una conversación y un café. – Sacó un sobre de color crema y guardó las partituras allí antes de ponerle al paquete el sello de la tienda. Lo cerró con cuidado y le tendió el paquete a Eunice. – Cerramos en veinte minutos. Puedo decirle a mi compañero que ya acabo yo de cerrar y nos tomamos algo en la parte de arriba de la tienda. Tenemos una buena cafetera, asientos cómodos y vistas a todo Hogsmeade, ¿Qué me dices?
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Invitado el Mar Sep 20, 2016 9:28 pm

"Y espero que mucho menos de saludos de viejas amigas, Steven, porque una vez de desplante en la vida ya fue suficiente", más aunque aquel pensamiento era bastante negativo sabía que tarde o temprano se lo echaría a la cara para poder limar asperezas en nuestra relación. Si queríamos volver a ser amigos tendríamos que sincerarnos de nuevo el uno con el otro. Ya no era la niña que soñaba con castillos e arena en la playa, o encontrar a su príncipe azul, de hecho me había resignado a mantener una vida solitaria centrada exclusivamente en mi trabajo, era la mejor manera de que nadie me volviera a dañar en la vida. O al menos no dañarme de la manera en que era tan difícil recuperarse tras la caída, porque un rasguño se podía tapar con un apósito, pero un corazón fragmentado a ver quien era el valiente que se atrevía a recogerlo en sus manos y volver a hacer que latiera con fuerza.

Y aunque no me molestó su cercanía me hizo preguntarme porqué tenía que colocarse tan cerca y pasar las manos sobre el piano, como si estuviera captando la vibración a través de la piel de las palmas de las mismas. ¿Por qué hacía aquello? Podría haberse quedado detrás del mostrador, la tienda tenía una buena resonancia acústica y de paso haber usado ese tiempo de la pieza para buscar ambas partituras.

Lo observé alejarse apartando un momento la mirada del piano, sin entender su manera de proceder, creo que tendría que darme más de una explicación.

- Oye, no me eches en cara por entender lo que dicen tus palabras, que de vez en cuando te tropiezas con gente que vive de indirectas, y la verdad, es bastante desagradable. Prefiero la sinceridad -preferencias, en eso consistía la elección de tus amistades, porque la familia te tocaba, pero los amigos los elegías tú, y muchas veces esos amigos rellenaban los huecos de carencia en tu misma familia y se convertían en personas mucho más importantes en tu vida- pero a poder elegir, la honestidad. Al menos de mis amigos, Steve.

Sí, tal vez tuviera razón, pero prefería tener en mi haber la original, aunque luego le hiciera yo mis propias modificaciones, para serenarme necesitaba tocar la pieza exacta hasta que saliera o sonase a la perfección, hasta que los dedos se quedaran agarrotados de tantos acordes seguidos, y Clubbed to death era perfecta para sacar la ira de mi cuerpo, sobretodo la parte en que debías estar completamente concentrada, compás cincuenta y uno en adelante- No quiero robar la obra de un genio, amigo, al menos con la compra de esa partitura ya que a mi me ayuda, él se sigue llevando un tanto por cien. Robar no está bien -no al menos en mi código,  esperaba que en el de muchas personas. El mundo no podía estar en total decadencia, aún había gente con valores los cuáles le ayudaban a regir su manera de vivir.

Ya sabía yo que no estaba sonando como la original, iba de oído, pero él era todo un profesional de la música, a mi simplemente me gustaba, un hobbie más en mi vida que me ayudaba a superar baches y calmar mis nervios- Sabía que tú encontrarías la diferencia en cuanto me escucharas, pero muchísimas gracias por el cumplido, no lo merezco, simplemente hago lo que puedo. No tengo tu talento, yo no podría vivir de la música -y no era un cumplido, era na verdad como un templo, él podría seguir viviendo no sólo de aquella tienda sino con la genialidad suficiente como para componer sus propias piezas y lanzarlas al mercado- ¿Tú tocabas en un grupo o me lo acabo de sacar de la manga, Steve?

Haciendo clara alusión a aquellas viejas trampas que nos hacíamos en algunas partidas de pocker, cuando jugábamos en la playa a la luz de una pequeña hoguera cuando ya había caído el sol, y antes de volver a coger las tablas y surfear bajo la luz de las estrellas, cuando éramos jóvenes insensatos que no veíamos el peligro aunque nos diéramos con él de lleno.

Asentí con la cabeza- Sí, me lo creo, pero al menos sí habrás visto la Guerra de las galaxias y los X-men, ¿no? Porque sino me levanto ahora mismo de aquí y no acepto nada más tuyo- y si en el mundo mágico pudiera adquirir un don sería poder hablar con los pájaros, como la hija de Magneto. Aunque esperaba que no con ese final, madre mía, ensartada junto a su madre con una flecha, vaya manera más trágica de morir- Oye Steven, aclárame una cosa, ¿Por qué te diste tanta prisa en casarte y formar una familia? ¿Por que no te diste tiempo a poder cumplir tus sueños? ¿O es que estas eran tus mayores aspiraciones en la vida?

Sus siguientes palabras, antes de que me contestara aquellas preguntas me hicieron soltar una carcajada verdadera, casi caigo del taburete- ¡Pero si yo me porto bien con ellos! Intento mantener una relación de confianza, y te aseguro que es mucho más de lo que hacen la mayoría de profesores del colegio, que andan todos de estirados e intocables. Para los chicos el resto suelen ser personas sin vida propia, me da que tienen la idea preconcebida que sólo se dedican a transmitirles conocimientos -dejé escapar el aire de los pulmones despacio tras aquellas palabras y escuché su siguiente pregunta asintiendo con la cabeza. Sacar aquel tema me producía malestar- Muchos a mi suerte ya han volado antes de pisar Hogwarts, sólo a los de primero es a los que debo tratar en paños, si por un casual le cogen terror a volar luego es muy difícil sacarlos de ahí, se convierten en miedos irracionales -lo miré detenidamente, no sabía si su fobia a volar seguía con él- ¿Cuando vas a armarte de valor y concederme un vuelo rápido en escoba, Steve?

Había tenido que elegir, conforme avanzaba en mis estudios universitarios había tenido que dejar atrás algunos hobbies, porque los estudios y las prácticas consumían todo mi tiempo, pero una vez ya siendo adulta había retomado muchos de ellos, salvo que ser jugadora de quidditch profesional no era compatible con mi puesto, no podía ser parte del Servicio Secreto y al mismo tiempo ver mi cara en todas las revistas de deportes mágicos, porque lo que estaba segura es que de haberme dedicado al quidditch hubiera metido de la misma manera en que lo hice en mi decisión, la carne en el asador.- Desde muy pequeña supe que quería ser auror, Steve, y lo único que hice fue seguir el camino que yo misma había elegido, pero sí, algunos ojeadores incluso en la Universidad vaticinaron que tendría un futuro brillante de seguir jugando al deporte rey entre los magos, sólo que esa no era mi decisión -y yo quise seguir mis propias decisiones.

Tomé aire de nuevo y me levanté del banquito para seguirlo hasta el mostrador, dejando los codos apoyados sobre éste y la barbilla sobre mis puños cerrados- Tal y como se presentan las expectativas de vida, a lo que los voy a enseñar es a sobrevivir ante situaciones difíciles, Steve. Estamos a las puertas de una guerra por si no te has dado cuenta, y de las guerras más peligrosas, aquellas que se disputan entre ideologías contrarias, por lo tanto quienes las luchan son fanáticos, y nadie se va a quedar fuera. No me gustaría que a los chicos que voy conociendo y les voy cogiendo cariño cayeran como bajas colaterales -¿Por qué estaba en Hogwarts? Una pregunta fácil de formular, y demasiado compleja de responder como no me ciñera a dar la versión oficial o resumirla- Si quieres mi versión más que un café vas a tener que hacer cerca de veinte, si te conformas con la oficial, te lo resumo con dos palabras: Cumplo órdenes.

Me quedé mirándolo en la misma posición, pensaba que ya le había respondido aquella pregunta- Venga acepto ese café, y nos ponemos al día, quiero recuperar a uno de mis mejores amigos y no tener que volver a ser cordial contigo.

Si quería honestidad conmigo la iba atener a capazos, años atrás le había encantado mi manera de ser, ¿Le seguiría gustando esa cualidad en mí?
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Steven D. Bennington el Miér Sep 21, 2016 12:54 am

En lo referente a las indirectas, Steven siempre había tenido una incapacidad innata para no ser capaz de entender ninguna de estas. Parecía que si no se le decían las cosas de manera directa era imposible que lograse entender algo de lo que se le decía, y es que tendía a captar las palabras de los demás tal cual las escuchaba, sin buscar ningún tipo de mensaje oculto o trasfondo al que hubiese que acceder dándole vueltas a la oración. No. Él era una persona bastante simple en lo referente a las relaciones sociales, por lo que no entendía la necesidad de andarse con indirectas que puede que la otra persona ni llegue a entender en cien años.

- Eso sí es una indirecta, ¿No? – Preguntó no muy seguro de su propia pregunta. Consideraba que Eunice no era la única persona en el mundo que prefería la honestidad por encima de cualquier otra cosa en una conversación con otra persona. Y puestos a pedir, él también valoraba la honestidad, pero en aquel caso sabía que era ella quien le estaba echando en cara que no había sido honesto en el pasado.

Y en cierto modo tenía razón. No había sido honesto. No le había contado la verdad ni había ido corriendo a enumerarle todos los cambios que había sufrido su vida. Pero tampoco le había contado ninguna mentira. No había sido del todo honesto, cierto era. Pero tampoco había sido un mentiroso. Tan sólo alguien que prefirió aislarse ante un problema y que luego no fue capaz de enfrentarse a las consecuencias de sus decisiones. Y es que, como bien dicen, las malas respuestas emocionales siempre tienen sus consecuencias por mucho que no quieran ser asumidas.

- Hacía años que no escuchaba esa canción. – Si recordaba bien, la última vez que lo había hecho había sido en su propia boda, pues poco después había dejado el país y no había tenido tiempo de encontrarse cara a cara a Eunice frente a un piano. - ¿Y quién hace lo que puede no merece un cumplido? – Negó con la cabeza. – Tiene más mérito viniendo de alguien que no se dedica profesionalmente a ello, piénsalo. – Él tampoco se dedicaba profesionalmente a la música. Ya no. Pero años atrás sí lo había hecho, por lo que consideraba que no era lo mismo.

- Te lo acabas de sacar de la manga. Pero al menos con eso no pierdo cien libras y un reloj nuevo. – Años atrás, había decidido jugarse el dinero que le quedaba y un reloj de poco más de una libra muggle que había adquirido en un mercadillo. Por causas desconocidas, o quizá porque habían bebido más de la cuenta, habían pasado a apostar cualquier cosa que se les pasase por la mente. Dado que tendían a hacer trampa cuando sólo jugaban ambos, Steven dio por hecho que llegaría su victoria. Algo que no sucedió cuando otro de los jugadores destapó una escalera de color. Jamás lo olvidaría. Y tampoco la risa de Eunice al ver la cara de su amigo al perder su dinero.

Tener una hija pequeña hacía que los días en los que estaban juntos se limitaran a ver películas infantiles, visitar parques, frecuentar jugueterías, pasear por las tiendas de golosinas e ir a la feria para acabar por pedir un algodón de azúcar que su hija decía adorar pero que nunca era capaz de terminarse ella sola. Por lo que él acababa por tener un dolor de tripa al día siguiente de terminarse las sobras de la pequeña.

- Todas y cada una de ellas. Y tengo que decir que prefiero a los X-Men, aunque la última de las películas no me gustó tanto como la anterior. Y mejor no hablemos de las de Lobezno, eso ni son películas. Son como… Como la cuarta parte de Piratas del Caribe, que es una película independiente que no puede manchar la trilogía original. – Durante semanas se había encerrado en casa a leer por negarse a asumir que había perdido parte de la audición pero una vez recuperó el sentido y la coherencia, pasó a tener largas temporadas de maratones de películas, especialmente subtituladas para no perder ningún detalle.

Aclarar por qué había sucedido todo en su vida de una manera tan acelerada. Realmente no tenía una respuesta clara para aquello. Simplemente las cosas habían pasado así. Habían llegado de golpe y él no se había apartado. En su momento consideró sus elecciones como correctas pero de poder mandarle un mensaje a su yo de hacía once años le pediría que por favor pensara las cosas antes de hacerlas. Eso o le golpearía hasta dejarlo inconsciente para que no pudiese tomar las decisiones.

- La familia llegó sola. Alex no estaba planeada pero las cosas nos iban bien así que… ¿Por qué no? Y no me arrepiento de haber elegido tenerla, es la persona más importante de mi vida y dudo que eso cambie. – Adoraba a todos los miembros de su familia, pero Alex era especial. Era parte de él y tenía tanto de sí mismo que era imposible que alguien fuese más querido por Steven que su hija.  – En cuanto a la boda… Llevábamos unos años saliendo, las cosas nos iban bien, terminábamos de estudiar y estaba completamente loco por ella. Lo vi como una buena idea y podría haber salido bien. – Se encogió de hombros. – Pero no lo hizo.

¿Sueños? Su mayor sueño de niño era ser policía tras una visita de estos a la escuela infantil en la que estudiaba. Luego se le pasó cuando llegaron los bomberos a hablar de prevención ante caso de incendio. También pensó en construir. En construir cualquier cosa. Daba igual si eran edificios, puentes o ciudades enteras. Aquello pasó. De la misma manera que pasó el sueño de ser médico, abogado y periodista. Pero la música seguía a su lado. Ese hobbie que fue creciendo y creciendo hasta ser todo lo que movía su vida.

- Nunca tuve altas aspiraciones. Claro que mi idea no era formar una familia nada más salir de la universidad, pero tampoco tenía el sueño de dar la vuelta al mundo y tener una familia me lo impedía. Siempre he sido un hombre sencillo, para qué engañarnos. Me gustaba la música y nada me impedía dedicarme a ello así que… Eso hice. – Si lo pensaba, nunca había tenido un gran sueño. Una gran aspiración en su vida que fuese el motor y movimiento de cada una de sus decisiones. Pero había descubierto que su sueño era su propia hija la primera vez que la vio.

No imaginaba cómo debía ser el comportamiento de Eunice dentro de un aula, pero de lo que estaba seguro es que los alumnos debían verla como una figura de autoridad debido a su experiencia como Auror.

- Si todos tus alumnos son como era yo en mi época, no intentes tener confianza con ellos. – Durante sus años en Hogwarts no habían tenido mucho contacto, por lo que tampoco podían saber cómo era el uno o el otro dentro del aula. – Antes de que me mires mal, no era ningún diablo ni mal alumno. Todo lo contrario. Era todo un ejemplo de Ravenclaw aplicado. – Dijo con cierto orgullo, aunque fuese con tono bromista en todo momento. – Pero mi teoría era que los profesores no tenían una vida del colegio. Ya sabes, que estaban ahí, daban sus clases y dejaban de existir luego. Creo que si me hubiese encontrado a alguno de mis profesores durante esos años fuera de Hogwarts no les hubiese reconocido. – Rió de su antigua inocencia, la cual tampoco había perdido demasiado con el paso del tiempo.

El Quidditch. El vuelo. Esos grandes desconocidos para Steven. Y es que su relación con las escobas se remontaba a su primer curso en Hogwarts y… Hasta ahí había sido su relación con ellas. Salvo las que tenía que usar para barrer cuando el polvo comenzaba a acumularse.

- Cuando quieras. Mira, yo voy al aeropuerto con una escoba y me monto en el avión. Si quieres hasta me subo en la escoba, aunque quizá tengamos que hechizar a las azafatas. – Negó con la cabeza ante su comentario absurdo sin borrar la sonrisa de los labios. – Me pides demasiado.

No sabía cuáles eran las razones por las cuales Eunice había optado por una carrera como la de Auror en lugar de elegir el Quidditch como salida profesional. Pero la respuesta llegó rápidamente y él se limitó a asentir a sus palabras, pues no había mucho que decir al respecto.

- Clases de vuelo donde les enseñas a sobrevivir. – Repitió intentando buscar la relación entre aquellos dos conceptos al tiempo que jugaba con una pluma que se había encontrado en el mostrador. – Espero que lo relaciones bien con tu asignatura, sino algún padre acabará quejándose de ti. Por eso de no ceñirte a tu asignatura y que sus hijos no sepan ni subirse a una escoba pero sí a sobrevivir a una guerra. Prioridades del primer mundo. – Dijo con tono bromista. Pues muchos padres hacían lo que fueran por quejarse de los profesores, sin importar en que lo que estos enseñaban fuese útil o no.

Enarcó una ceja al escuchar la respuesta de Eunice al café. ¿Qué tipo de órdenes? No sabía si quería meterse en aquel tipo de asuntos, pues lo más posible es que tuvieran que ver con el Ministerio de Magia y él no quería inmiscuirse donde no le llamaban.

- El viernes pasado compramos café, así que el paquete está prácticamente entero. Da para veinte y para cincuenta si te gustan poco cargados. – Dejó la pluma sobre el mostrador y se alejó levemente de este. – Dame un momento. – Salió por una de las puertas laterales hasta dar con su compañero de trabajo, quien se encontraba ordenando libros sobre la historia de la música y de variados compositores.

- ¿Te parece si cierro yo hoy? Puedes irte a casa o… - No le dio tiempo a responder, pues su compañero ya guardaba las cosas para irse en cuanto tuvo la más mínima oportunidad.

- Nos vemos mañana. – Apoyó la mano sobre el hombro de Steven y avanzó en dirección a la zona principal de la tienda. – Gracias por cerrar. – Añadió antes de salir esta vez por la puerta principal y desaparecer por las callejuelas de Hogsmeade.

Una vez este se fue, Steven volvió donde había dejado a Eunice y le hizo una señal con la mano para que le acompañase por esa misma puerta hacia el piso superior, donde encontraron una amplia zona luminosa con un sillón frente a la chimenea y, a su lado, una especie de cocina de lo más simple con una mesa y varias sillas de diferentes tamaños, colores y materiales.

- Tardará un rato. – Colocó la cafetera al fuego tras preparar el café y el agua y se dejó caer sobre una de las sillas de cuero de color granate. – Comencemos entonces con tu versión. Y después de eso, tenemos unos cuantos años sobre los que hablar. – Las cosas por partes. Y como aquel tema había sido el primero en surgir, sería él quien escucharía pacientemente para luego contarle a Eunice qué fue lo que pasó. Pues era como una espinita clavada que necesitaba sacarse.
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Invitado el Miér Sep 21, 2016 2:47 am

- No, jajaja, de indirecta nada he sido completamente directa contigo, me cerraste la puerta en las narices, te negaste a hablar conmigo cuando hice el puto viaje para saber porqué habías dejado de escribir, de la nada Steve, de un día darnos los besos y abrazos de despedida para todos los nuestros a el silencio más sobrecogedor, y me asustaste. Y no me gusta que la gente me asuste, una cosa es que me sorprenda, las sorpresas siempre son agradables, pero los sustos los dejo para la parte profesional de mi vida, en la que sé como debo reaccionar en cada momento -apreté as manos con más fuerza siguiendo en la misma posición. Ya se lo había soltado, directamente y sin anestesia, a ver como iba a reaccionar él ahora- Es una buena canción, yo la escuché de los labios del chico del cuál me enamoré y por el cuál fui a visitarte, porque necesitaba de tu consejo. Pero ya no estabas, y la vida me golpeó con tanta fuerza que me hice tan resistente como el diamante.

Era cierto, la última película de Starwars no era ni la mitad de ingeniosa como las seis primeras, casi parecía un remake de la cuarta, pero más avanzada- ¡Oye, Lobezno no está tan mal! Aunque puestos a elegir me quedo con los poderes de Nina, la hija de Magneto, aunque sin su trágico final, por favor -negué con la cabeza divertida, yo la hubiera dejado con vida, claro que el pseudovillano tenía que sufrir, era ley de vida, todos los villanos sufrían en esas películas y terminaban pagando por sus atrocidades, y de la manera más cruel, separándolos de sus seres queridos, retirándoles esa parte de la vida que los hacía felices- Yo no he visto la cuarta parte de Piratas del Caribe, si te digo la verdad veía las películas de Johnny Depp porque en mi adolescencia me ponía cachonda, pero mis gustos han ido evolucionando con los años, ahora me atraen otras cosas y no sólo una cara bonita.

¿Por qué jamás me declaré a mi compañero Iorwerth Cosmas? Por una simple razón, nunca percibí que aquel sentimiento que tenía por él fuera correspondido y prefería seguir siendo su amiga que tener que separarme de él, pero aún así, terminé en la otra punta del mundo, detrás de gente sin ningún escrúpulo. Había tenido que matar incluso para salvaguardar mi vida, y esas muertes aún pesaban sobre mis hombros, sobretodo la de aquellos niños adoctrinados por sus propios padres que entregaban su vida recubierto el cuerpo con explosivos y provocaban tales masacres entre los muggles, con tantos magos a su alrededor.

- ¿Por qué no funcionó Steve, qué ocurrió?- ¿Cómo se perdía ese sentimiento tan fuerte entre dos personas?- Porque ella sigue teniendo en su haber todos los recuerdos y experiencias vividas, ¿verdad?- algo que había visto en Cosmas y sí me había agradado, sus sentimientos por su esposa seguían imperturbables, pese a que ella, según sus propias palabras, las de él, no recordaba ni quién era- Oye, yo tampoco tenía el sueño de dormir cada noche en una ciudad, pero así me lo brindó la vida, y aproveché los momentos. Sabes que me gusta ver el vaso medio lleno y la sonrisa en los rostros de las personas, las sinceras -me refería a las sonrisas, aunque bien podía tomarlo haciendo referencia a las personas, porque la sonrisa era la carta de presentación más valiosa de cualquier persona- De hecho incluso llegué a plantearme el tener hijos, pero no va con mi forma de vida, como mucho un perro y si consigo asentarme en algún lado. Pero me alegro por tí y tus decisiones, tienes una hija maravillosa.

¿Por qué no podía intentar entablar confianza con los alumnos? ¿Por que me tenía que presentar como todos los profesores que se ganaban el respeto a través del miedo?- No quería que me respetasen por miedo, Steve, no soy ningún ogro y el miedo a enfrentarme a ellos creí haberlo superado la víspera de mi primera clase, cuando tropecé con uno de los alborotadores en las cocinas después del toque de queda... -sonreí de medio lado, pobre chico, que sueño había pasado en la clase de vuelo- le invité cordialmente a acompañarme a recorrer los terrenos y aceptó. Digamos que encontré la manera de convencerlo a ayudarme.

Asentí ante sus palabras- Sé como eras exactamente, y no es por dármelas de lista, pero en la Academia de Aurores nos hacen estudiar Psicología. Eras como bien dices todo un ejemplo de Ravenclaw y yo de Gryffindor, por lo que no entiendo bien porqué Dumbledore aceptó que el Jefe de Aurores me propusiera este curso como Profesora de Vuelo y aceptase, sin ningún tapujo. El Castillo no necesita más seguridad de la que ya posee, aún así puse mi granito de arena en la consecución de ese objetivo- como padre de una de las alumnas del colegio, supuse que le gustaría conocer ese dato, dejando a un lado que éramos amigos y en caso de ataque al castillo podía dar por seguro que podían contar conmigo.

Reí ante su ocurrencia de hechizar a las azafatas- No, eso sería saltarnos el Estatuto de la Magia, y paso, gracias -me incorporé tras llevar un tiempo en la misma posición  saqué la varita para apuntar al banquito en donde había estado sentada frente al piano, elevarlo con un conjuro silencioso y poder sentarme un rato, ya que la conversación pendiente parecía que la hubiéramos iniciado en la misma tienda, en vez del piso de arriba- No te pido demasiado, te pido lo que estoy segura que eres capaz de hacer, siempre y cuando te enfrentes a tus miedos.

Algún padre se quejaría, de eso estaba segura, pero mi estadía en el colegio ya había caducado, al menos en calidad de profesora, y tenía que agradecerlo o hubiera terminado peor que más de uno, no pensaba que me fuera a costar más de dos años recuperar el efectivo, ese era el margen de tiempo que me había dado yo, pero debía ayudar a Dumbledor para pensar cosas que lo mantuvieran alejado de la bebida, y quizás tendría que tragarme su deliriums tremens, pero estaba dispuesta porque seguía importándome, y el amor que sentía por él ya no tenía nada que ver con el que había sentido el día que le partí la boca de un puñetazo al antiguo Jefe de Aurores y no conseguí la expulsión del cuerpo por puro milagro. Las cosas ya no volverían a suceder igual, sabía cuál era mi lugar, siempre lo había sabido, no estaba hecha para profesora, yo era auror. Mi lugar estaba en el Ministerio- ¿Quien ha dicho que no quisiera enseñarles a mantenerse sobre una escoba? No quería que viesen el instrumento como una prolongación ajena a ellos, sino parte de su propio cuerpo, que aprendiesen a moverse en armonía sobre ella. ¡Pues caro que hay una parte de vuelo, esa es mi asignatura y la razón por la que estuve en el colegio! -vale, no había sido esa la razón, pero necesitaba un motivo para mantenerme cerca de Cosmas y siendo parte del mismo cuerpo de profesores, era más fácil coincidir con él. Aunque la verdad es que después de sus últimas palabras referidas a mi madre, había caído muchos puestos en el aprecio que le tenía, y me daba igual que estuviera borracho, esa era su elección para poder afrontar el dolor- Pero las escobas que gastan no son juguetes, Steve, necesitan una condición física para poder manejarlas.

Lo seguí con la mirada, observando cada uno de sus movimientos, parecía perder el equilibrio, pero ni olía a alcohol ni sus pupilas estaban dilatadas a causa de estupefacientes, además, seguía teniendo la misma personalidad que recordaba en él, estábamos retomando la amistad y para mí era como haber hecho un alto en el camino. No era muy dada a las segundas oportunidades, pero Steve me importaba y era alguien importante en mi vida. Un buen apoyo para los momentos difíciles. Y un auror siempre tenía momentos difíciles en su vida con los que lidiar. Yo tenía que hacerle frente a la muerte de mi abuelo, pero me estaba costando.

Cuando regresó sonreí, me levanté del banquito y me adelanté cuando me indicó el lugar por donde acceder al piso de arriba, terminando en una hogareño espacio con chimenea incluída, algo que adoraba. Pese a ser una mujer de mundo apreciaba el tener un lugar en donde poder recoger mis pensamientos, un lugar en donde poder realmente descansar, lejos del mundanal ruido que habitaba en los sentimientos de cualquier persona que se hubiera enfrentado a algunos de sus mayores miedos. No podía permitir que la cordura se me escapase, no podía permitirme el lujo de despegar los pies del suelo y verme recluida en una habitación acolchada. Y no era por la claustrofobia, sino porque de aquella manera no podría defender a los más débiles o a los fuertes que me necesitasen.

Tomé asiento en el sofá delante de la chimenea tras retirarme la capa corta gris que cubría mi camiseta y dejarla en el respaldo de una de las sillas, viendo como se movía para preparar ese café- Un año después que tú terminé en Hogwarts, eso lo sabes, ahí aun teníamos relación, cordial, pero la teníamos, en el verano de mi primer curso en la Academia es cuando empezamos nuestra amistad, en tercero tuve que dejarme el surf y las competiciones, me quitaba demasiado tiempo a los estudios y éstos se hacían cada vez más exhaustivos, no me podía permitir el lujo de perder la beca ni bajar mis notas, no si quería entrar a trabajar en el Ministerio de Londres, sabes que ahí entra la élite, al menos antes era así, cuando yo entré y generaciones anteriores, ahora hay demasiado mamoneo -negué con la cabeza- no me gusta un pelo. Casi finalizando tercero me hicieron unos exámenes de aptitud de los cuáles jamás me dieron los resultados, pero al terminar el quinto curso directamente me colocaron de compañera de un cabrón -asentí con la cabeza despacio y solté el aire- No sé cómo ocurrió pero año y medio después estaba enamorada de él, intenté poner tierra de por medio, evitar esos sentimientos que estaban floreciendo con tanta fuerza en mí, pero no lo conseguí, y seis meses después estaba en la base militar de Texas, en la que tenía que cubrir mis propias espaldas para protegerme de mis compañeros. Cinco meses con los Navy Seals y después un pase directo al Ministerio Americano de Magia, el MACUSA. Ellos fueron los que me habían reclutado desde un principio, al tener mi partida de nacimiento, pero...el Ministerio Inglés volvió a reclamarme, sólo que éstos no querían soltarme, por lo que terminé en un cuerpo digamos intermedio, ¿Has escuchado del MI-6? -no tenía intención de contarle aún que había ejercido de espía, pero esa era la pura verdad, y que un agente secreto necesitaba tiempos de desaparición para que su cara fuera medianamente olvidada. En algunas misiones había sido incluso dada por muerta, pero hierba mala nunca moría.


Última edición por Eunice L. Lyall el Sáb Sep 24, 2016 12:14 am, editado 1 vez
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Steven D. Bennington el Miér Sep 21, 2016 3:36 pm

Resultó ser como un puñetazo asestado directamente en la boca del estómago. Como una ola que golpea tu rostro de manera inesperada. Como una tormenta que te cala por segundos según va avanzando en su afán por destruir todo lo que encuentra a su paso. Pero sabía que lo merecía. Que merecía que aquellas palabras llegaran tarde o temprano a sus oídos, por lo que no hizo más que resignarse a escuchar como las palabras de Eunice salían de su boca sin interrumpir en su discurso. Tenía razón y no podía decirle lo contrario.

- En mi defensa diré que no fue tanto viaje. A fin de cuentas somos magos. – Dijo con una media sonrisa en los labios intentando que aquella conversación no terminase en una discusión ni nada similar, pues era una persona que a la más mínima discusión terminaba por dar la razón al otro para no tener que seguir discutiendo. – Pero sí, tienes razón. Por mucho que me disculpe no voy a arreglar lo que hice. Ya está hecho y no puede arreglarse, pero sí que sé que te debo una explicación. – Añadió de manera algo nerviosa. No estaba hecho para meterse en aquel tipo de problemas porque luego no sabía cómo salir de ellos. Era una persona demasiado simple como para enfrentarse a ese tipo de situaciones. – De verdad que siento no haber estado ahí cuando lo necesitabas pero en aquel momento no quería saber de nadie. Fue una mala época que no justifica que te diese de lado sin ningún tipo de explicación.

Sabía de sobra que una disculpa no era suficiente, pero no podía volver atrás en el tiempo y explicar a su yo pasado que las cosas no podían hacerse como las hizo en su momento. Ya estaban hechas y no había otra opción que asumir la culpa y seguir hacia delante. Esa era la única salida posible.

No pudo más que reír ante la reacción de Eunice ante su comentario de Lobezno, pues él hablaba de las películas en sí y no del personaje como sujeto individual. Rió con la sonrisa aún en los labios y negó con la cabeza.

- Me refería a sus películas. La de Inmortal y demás. – Dijo intentando recordar el título del resto de películas de aquella saga pero no recordaba más que aquella. – Nina… Esa era la niña a la que atraviesa la flecha, ¿No? – Preguntó no muy seguro de aquello. No recordaba a Nina de su juventud cuando seguía la serie de X-Men, sino al resto de hijos de Magneto en el que no recordaba a ninguno con aquel nombre. - ¿Hablaba con los animales? – Tan sólo había visto la última de las películas una vez y en su estreno, por lo que no estaba seguro de que su recuerdo fuese del todo acertado. – No la veas, es mejor que creas que no existe esa película. Pero el resto son buenas, no sólo si eres una adolescente que adora a Jack Sparrow. – Pues para él aquel actor era ese personaje y nada más. Nada de Eduardo Manostijeras, nada de Willy Wonka o cualquiera de las otras películas de Tim Burton donde Johnny Depp interpretaba a un rarito con mucho maquillaje.

¿Por qué se torcieron las cosas en su matrimonio? Porque él lo había querido de tal modo. Él había sido el culpable de todo aquello y no culpaba de nada a su ex – mujer. De nada en absoluto. Quizá por eso aún mantenían una buena relación después de todo aquello.

- El amor es complicado. No todo es blanco o negro, sino que hay una amplia gama de grises. Te aseguro que la quería muchísimo y a día de hoy sigo queriéndola, aunque no de la misma manera. Pero si ella era la persona adecuada, no era el momento adecuado. Y de verdad que creo que existe una persona especial para cada uno de nosotros y si ella era la mía, yo tengo la culpa de que no funcionasen las cosas entre nosotros. – Una sonrisa melancólica se dibujó en su rostro, y es que era consciente de su culpabilidad en el asunto del mismo modo que también se culpaba por haberse alejado de Eunice en su momento. – Tuve un accidente hace unos años. Pocos meses después de irnos a vivir a Australia. No quería saber nada de nadie, me volví malhumorado, no salía de casa, no hablaba con nadie… Tan solo existía. Y ella acabó por perder la paciencia. No puedo culparla en absoluto, entiendo que lo hiciera. – Se encogió de hombros. – Por eso dejé de responder a tus cartas. Era como si simplemente esperase a que llegase el final de mi vida sentado en una silla, sin hacer nada más que respirar y mirar cómo el tiempo pasaba. – Si volvía la vista atrás, aquellos meses habían sido los peores de su vida, pero finalmente había logrado pasar página gracias a su hermana.

Cada uno tenía unos sueños y no todos se encargaban de encaminar sus acciones a cumplirlos. No conocía cuáles eran los sueños de Eunice, pero sí sabía que había llegado lejos movida por sus propios ideales, algo que no muchas personas son capaces de hacer.

- ¿Tú con hijos? – Preguntó asombrado. – Nunca te imaginé sentando la cabeza, si te digo la verdad. Quizá si con una pareja estable pero eso de tener hijos… - La vida daba diferentes oportunidades y experiencias a cada persona pero estas siempre iban marcadas por sus propias decisiones, y la decisión de tener hijos era algo que no había visto jamás en el rostro de Eunice.

Steven siempre había considerado Hogwarts como un lugar seguro. Albus Dumbledore era un gran mago según decían y los profesores eran lo bastante competentes como para poder impedir que algo malo pasase en el interior del castillo. Pero saber que antiguos Aurores eran ahora profesores de Hogwarts daba un punto más a favor de la seguridad del colegio y la confianza que Steven le prestaba a este.

- ¿Y por qué no iba a aceptar? Sabe que siempre fuiste buena en la asignatura que te toca impartir y además era una persona competente y responsable. Creo que es algo que todo profesor tiene que tener, o al menos yo quiero que eso tengan los profesores de Alex. – Podía pedir miles de características más para que fueran adecuados a la educación de su hija pero ya se sabe que los padres siempre quieren lo mejor para sus hijos.

No tenía miedo a volar. No le importaba subirse a una escoba y dar un par de vueltas subido en ella. Pero había perdido ese hábito. Quizá fuese como montar en bici, que era algo que no se perdía con el paso de los años.

- No es un miedo al que tenga que enfrentarme. Montar el avión tampoco me fascina y lo he hecho más de una vez. – Se encogió de hombros. – Pero prefiero tener los pies en la tierra. Simplemente volar no me agrada, no es que no sea capaz de subirme a una escoba pero eso de ir a toda velocidad o jugar al Quidditch ya es otra cosa. No me veo seguro sobre la escoba como para hacer algo así.

Su vida quizá había sido demasiado simple, pero si la comparabas con la de Eunice ya era algo tan simple que no tenía ni importancia. Su vida había sido toda una aventura tras otra, lleno de riesgo y de situaciones límite. A decir verdad, no envidiaba aquella vida en absoluto. No le importaba haber pasado unos años tranquilos y es que no pedía más en su vida. Él era feliz, no necesitaba más. Y las cosas estaban bien tal y como estaban.

- ¿El servicio secreto? – Preguntó no muy seguro de sus propias palabras. No tenía un amplio conocimiento en aquel ámbito como el que parecía tener su acompañante y es que sin duda alguna Eunice sabía de lo que hablaba porque lo había vivido en primera persona. Él lo más cerca que había estado de aquel tipo de situaciones había sido frente al televisor viendo alguna película sobre el ejército o James Bond.

Se levantó a coger dos tazas, una botella de cristal llena de leche de la nevera y la cafetera, lo cual colocó con cuidado sobre la mesa para no derramar nada.

- Sírvete. - Dijo amablemente esperando a que Eunice se sirviera en primer lugar mientras seguía contando aquella historia.
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Invitado el Miér Sep 21, 2016 5:46 pm

- Claro, no fue tanto viaje para ti, que sólo viajabas de Inglaterra a Australia, pero yo llevaba más de un mes sin dormir cada noche en la misma cama, y no lo saques de contexto -sonreí divertida, porque aquellas palabras podían sonar muy mal si hacía aquello, como si compartiera la cama con alguien, cuando sólo había tenido amigos a lo largo de mi vida. Jamás nada serio, pero sí había estado enamorada con toda la intensidad de mi corazón, tanto que me levantaba asustada en la noche con pesadillas, después de haber soñado que se le apagaba toda la luz abatido por un hechizo y moría entre mis brazos, y una cosa devino en otra y al final pasaba los días sobreviviendo a base de cafeína, sólo por no tener esos sueños. Pero llegabas al día siguiente al curro, después de no haber pegado ojo en toda la noche y en su rostro no veías más que la misma seriedad de siempre, ni siquiera un "Llevas mala cara, ¿No dormiste bien?", ni el mínimo atisbo sobre que esa persona se preocupara por ti, y si lo hacía, yo desde luego, no lo percibí. Estar enamorada casi me supone mi vida y la de mi compañero en un par de ocasiones, y no podía permitir que eso ocurriera, por lo que tomé distancias con él, cruzando los dedos para que aquellos sentimientos que habían despertado en mí, se volvieran a dormir y pudiera seguir rindiendo en la vida que había decidido tener.

Los errores del pasado no los podíamos corregir, pero podíamos hacer todo lo posible para no volver a cometerlos, y retomar esas relaciones que alguna vez existieron y lanzarlas hacia el infinito, sin necesidad de un Juramento Inquebrantable, la palabra de algunas personas era mucho más poderosa que cualquier hechizo, porque eran palabras salidas del amor, la magia más pura de todas- Espero esa explicación, Steve-le animé sin perder la sonrisa de mi rostro, necesitaba arreglar las cosas entre los dos, volver a tejer ese puente de confianza mutua, saber que nos tendríamos el uno al otro para poder hablar de cualquier tema, o recibir ese abrazo cuando el frío de las noches te golpeaba con fuerza, y ni las teclas de un piano lograban encender la vida- Deja de disculparte, por favor, ahora puedes volver a estar si tú quieres, porque yo te acepté la primera vez en mi vida, fuiste tú quien se alejó- más le valía empezar a dar aquel discurso, porque a cada disculpa que volvieran a escuchar mis oídos le llegaría otra frase hiriente. No quería palabras, las palabras se las llevaba el viento, quería hechos, demostraciones de que nuestra amistad aún separada o abandonada tantos años, no había mermado, sino que se había quedado en un estado de letargo hasta que llegara el momento de volverla a retomar, y este era el momento. Así que cerré la boca unos instantes para que pudiera explicarse, pero me había quedado con muchas dudas- ¿Qué clase de accidente? Esteve, te he preguntado qué ocurrió, que me contestes que tuviste un accidente no es suficiente explicación. ¿Porque pierdes el equilibrio al andar cuando giras rápido? -ya que no se iba a pronunciar sobre aquel suceso que había ocurrido abajo en la tienda, la forma más sencilla era preguntarle directamente y de paso valorar el nivel de confianza que tenía en estos momentos conmigo- El final de la vida no llega cuando uno quiere, amigo, sino cuando le toca. Sin más, hay que resignarse a que el destino nos tiene en jaque toda la vida, y la misma vida nos lo pone lo más difícil posible, para que cuando llegue tu día no te puedas arrepentir de nada de lo que hiciste, sino de aquello que no te atreviste a hacer- ¿Y en qué lugar me dejaban a mi esas palabras sino en la mayor cobarde que había pisado la Tierra desde que Gea la cediera para que Zeus pudiera poner a sus creaciones sobre ella misma?- ¡Claro! Algún día tendré que sentar la cabeza, digo yo -pero no, esa época de querer tener hijos había pasado y me eché a reír- ¿No verdad? Yo tampoco me veo con hijos, como mucho unos cuántos adolescentes a mi cargo, y durante un tiempo limitado -y a decir verdad, ese tiempo limitado empezaba a ser de día y de noche, por las noches tenía que revisar informes, algo grande se acercaba, y sólo lo comentaría con la única persona con la que confiaba a ciegas, Cosmas. Mi primer, único y verdadero amor, no correspondido- ¿Me ves con una pareja estable? Yo no me veo ni con pareja, Steve, la persona que eligió mi corazón eligió a otra mujer en su vida. Y si te digo la verdad, me aterra tener que pasar por lo mismo una vez más, así que mejor sola.

¿Por que Dumbledore no me iba a aceptar? Pues exactamente por lo mismo que sí lo había hecho, me conocía a la perfección y sabía que cuando algo se me metía entre ceja y ceja ya podían lloverme truenos y centellas que mi ánimo no decaía, ya podía golpearme tan fuerte quisieran que una vez más volvería a levantarme, que encontraría la manera de salirme con la mía, y que esta vez la persona, la única persona que era capaz de aplacar ese instinto impulsivo en mí y con necesidad de acción se las pasaba encerrado en su despacho todas las tardes bebiéndose hasta el agua de los floreros- Gracias, es un apoyo importantísimo que al menos uno de los padres ya esté de mi lado -asentí con la cabeza realmente agradecida, las ideas eran como las pulgas, saltaban de unos a otros, pero no picaban a todos- Pues ten cuidado, porque las inseguridades se suelen transmitir de padres a hijos, y tu hija está en primero, por lo que vuelo la tiene no sólo optativa. Además, quisiera tener la certeza de que en caso de ataque en Hogsmade vas a enganchar a Booty y alejaros de cualquier peligro. No os quiero ver en medio de un ataque mortífago o pro-muggle.-porque una cosa era defender a los débiles y otra muy distinta que esos débiles no fueran tanto y se aliaran con fuertes para perpretar un ataque indiscriminado, los fanatismos eran extremistas en ambos lados.

Le conté un poco el pequeño resumen de lo que había pasado antes de regresar de nuevo a Londres, y tuve que asentir con la cabeza- El mismo, y sí, el anterior Jefe de Aurores se comió un puñetazo en todo el mentón por proponerme unirme a ellos, pensé que me intentaba tomar el pelo al mandarme fuera, sin ninguna explicación. ¿Pero sabes una cosa? En todos estos años no llegué a perder el contacto con el director, sino le escribía yo, era él quien lo hacía. En verdad Hogwarts es un hogar, y los chicos se dan cuenta que la casa en la que caes no es lo importante a fin de cuentas, porque los amigos rozan tu alma de tal manera que no es importante el color que lleven sus corbatas, sino las vivencias que estén dispuestos a compartir contigo. Tanto el amor como la amistad es pura magia y nosotros somos seres mágicos -y ahora que lo pensaba, no le había respondido a su pregunta de la habilidad de la hija de magneto- Sí, Nina podía hablar con los animales, pero sobretodo las aves. ¿Sabes cuál era la forma de mi patronus?


Última edición por Eunice L. Lyall el Sáb Sep 24, 2016 12:28 am, editado 1 vez
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Steven D. Bennington el Miér Sep 21, 2016 6:45 pm

Al contrario que con las personas que había ido conociendo tras su vuelta a Inglaterra, con Eunice tenía que partir de una raíz a la hora de contar toda aquella historia. Con los demás, simplemente podía mencionar que había perdido parte de la audición años atrás y el tema quedaba zanjado aunque algunos siempre se interesaban algo más por el tema. Con las personas que le habían conocido cuando no tenía ningún tipo de problema las cosas eran más complicadas. No porque la historia cambiara, sino porque se sentía incómodo contándole a alguien que le había conocido en sus plenas facultades, que había perdido algo que en un pasado tenía.

Con los años había asumido lo sucedido y no le molestaba en absoluto hablar del tema pero con alguien de su pasado que se topaba con aquello le resultaba algo más complicado. O quizá la palabra no era complicado, sino duro.

- Me caí de la tabla. – Se limitó a decir para que aquello sirviera como pie al resto de la historia. No le gustaba hablar de sí mismo en ningún sentido pero aquella historia la había relatado tantas veces que ya parecía que su cabeza había formado un guión estándar para cuando tenía que relatar aquel suceso. – No sé cómo pasó exactamente pero me caí. Perdí el equilibrio, tenía una mala postura en ese momento, choqué con alguien o con algo… Verdaderamente no lo sé. Pero sé que tragué suficiente agua como para casi ahogarme. Lo último que recuerdo fue estar sobre la tabla e instantes después desperté en el hospital como quien se despierta después de pasar toda la noche durmiendo. Tenía un par de fracturas pero nada serio. Heridas superficiales en su mayoría o eso creíamos al principio. – Los médicos le habían asegurado que en unos días se iría a casa con un par de vendajes y que en una semana tendría que volver para ver si estaba todo en orden. Pero antes de darle el alta ya pudieron comprobar que no todo estaba en orden. No había ninguna herida interna, pero bien por el agua o por la caída, uno de sus oídos había perdido totalmente la audición, mientras que el otro de ellos apenas escuchaba algo. – Perdí la totalidad de la audición en el oído derecho y parte del izquierdo. – Giró la cabeza y levantó levemente el cabello que cubría el transmisor. Lo escondió nuevamente y volvió a la conversación. – Pasé una mala racha. Para mí la música siempre ha sido importante y lo veía todo tan negro sin poder escuchar… Me puse en lo peor, dejé de salir de casa y de hablar con la gente. Me odiaba a mí mismo por no poder enterarme de lo que pasaba a mi alrededor pero con el tiempo fui asumiendo que tenía que vivir con ello. – Quizá había sucedido demasiado tarde pues le había costado su matrimonio y más de una amistad, pero más valía tarde que nunca.

Si lo pensaba, no había conocido a ningún novio de Eunice. Ni tampoco había visto interés de esta hacia ningún chico. Ni chica. Nada en absoluto. Pero dada la historia que brevemente le acababa de contar, tenía todo el sentido del mundo que ahora se plantease seriamente si sería posible dar con una persona adecuada.

- Dicen que hay una persona para cada uno, tan sólo tienes que dar con la tuya. Puede que él no fuera esa persona y la tuya puede estar… De crucero por las Islas Griegas. – Dijo con tono bromista intentándole quitar peso al asunto. – No tiene porque pasar nuevamente pero la vida no se basa en encontrar pareja. Si acabas sola y feliz, ¿A quién le importa? Ni que ahora resultase que necesitas a otra persona. – Añadió con tono amable. Por su parte, se había resignado a la soltería el día que firmó los papeles del divorcio y no tenía intención de volver a tener pareja en lo que le restaba de vida.

Steven jamás le había mencionado a Alexandra que no le agradaba volar. Del mismo modo que le había enseñado que por mucho que te caigas puedes volver a levantarte, como él mismo había hecho siguiendo practicando surf sin importar su caída. Por esa misma razón, intentaba que Alex aprendiese por ella misma, que fuese capaz de tomar sus propias elecciones sin verse condicionada por su padre.

- Y seguro que acabará en el equipo de Quidditch. En eso te aseguro que no ha salido a mí. – Era una niña inquieta, como todos los niños de su edad. Y era posible que quisiera sentirse alguien mayor intentando formar parte del equipo de Quidditch de su casa. – Ten claro que si algo malo pasara mi prioridad sería mi hija. No me metería en ningún duelo y lo sabes bien. No me interesan los fanatismos. – El mundo estaba demasiado mal tanto por un lado como por el otro. Los magos con sus guerras y los muggles con las suyas. No entendía la naturaleza humana y su afán por odiar lo diferente o lo que no comprendían.

Escuchó el relato de Eunice mientras se servía su propia taza de café y removía el contenido de esta con ayuda de una cuchara.  Asintió a sus palabras y dibujó una que otra sonrisa en las partes de humor, pues imaginar cómo Eunice golpeaba la cara de su jefe era toda una hazaña digna de haber presenciado.

- Entonces… - Intentó hacer un resumen en su cabeza de toda la información que le había llegado de golpe. – ¿Ahora trabajas en Hogwarts porque te cansaste de ir saltando de país en país? – Había entendido qué había sido de la vida de Eunice los años anteriores y también que había mantenido contacto con el director de Hogwarts durante todos estos. Pero aún no entendía cuáles eran las razones que habían llevado a la chica a cambiar el Departamento de Aurores por un castillo lleno de alumnos.

Nunca había visto la forma del patronus de Eunice pero dado el tema de la conversación en aquel momento podía deducir que se trataba de algún tipo de ave. No imaginaba que fuese un búho o una lechuza. Tampoco algo tan común como un gorrión o tan colorido como un ave tropical.

- Un ave, supongo. – Dijo encogiéndose de hombros. – Espero que no seas animaga, dicen por ahí que pierden parte de su inteligencia al estar transformados. O algo así, la verdad es que nunca me ha interesado mucho la animagia. – Dado que él no podía utilizarla, había preferido no saber del tema para no acabar con los dientes largos.
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Invitado el Miér Sep 21, 2016 7:51 pm

Me levanté del sofá para dirigirme a la mesa en donde había dejado las tazas y la cafetera y poder servirme mi propia taza, como me había indicado, dejando un dedo hasta el borde- ¿Tienes azúcar? -porque de no tener no me iba a poder tomar aquella bebida, por más que hubiera sido una droga en algún tiempo, algo que necesitaba para seguir funcionando, aunque mis reflejos habían mermado considerablemente por el cansancio acumulado y todas las sensaciones que se iban a cumulando en mi mente y mis sentimientos día tras día.

Volví la cabeza hacia él y abrí la boca- ¿Te caíste de la tabla? ¿La de surf? -había tenido varias caídas aparatosas, pero jamás algo demasiado serio, salvo algún hueso roto y brechas en la cabeza. La última me había arañado con las rocas del malecón  ya en la boda había podido retirar el apósito para poder ponerme aquel traje de llamativos colores. No iba a ir de largo conociendo a Fly y sabiendo el tipo de música que le gustaba, así que encontré algo cómodo y que no restaba facilidad de movimientos. Y por supuesto, botas militares con estilo y plataforma. No pude evitarlo cuando me relató lo sucedido, mi instinto auror, la curiosidad se apoderó de mí, necesitaba crearme el entorno, poder asimilar aquello como si de la escena de un crimen se tratara- ¿Dónde ocurrió Steve? ¿Con quien surfeabas? ¿Qué hora era? -quizás para él no fuera importante, pero yo necesitaba atar cabos, para poder comprender lo ocurrido. Vamos, que Steve era músico, que su oído estaba trabajado, su equilibrio era sublime, ¿Contra qué chocó? ¿Quien lo trasladó al hospital? ¿Como estaba todo bien y luego de repente estaba sordo de un oído y parcialmente del otro? Bueno, al menos ya entendía a qué venía esa falta de equilibrio cuando vi el implante cloquear, y tragué saliva- Lo siento por ti, amigo -di unos pasos hacia él y lo abracé con fuerza, sin motivo para quizás algunas personas, pero lo necesitaba, yo necesitaba aquél abrazo porque podía sentir todo su dolor, la ira que recorrió su cuerpo en aquellos momentos, y podía entender que deseara la muerte- Estás perdonado. No vuelvas a sacar el tema, para mí ya está olvidado. Estás aquí y es lo que importa, lo que realmente importa.

Me separé esperando que me dijera donde estaba el azúcar, me seguían gustando las cosas dulces, de ácidas ya tenía de sobra en mi vida, sobretodo el carácter de muchas personas que realmente me importaban.

- Pues por mi se puede seguir quedando de crucero, porque te aseguro que yo no voy a propiciar ese encuentro, no de momento, tengo demasiadas cosas en la cabeza como para plantearme buscar una pareja, y además, ¿Qué tipo de chico aguantaría que su chica estuviera dando tumbos por el mundo tras los malos con una varita en las manos y una pistola en la cinturilla? ¿O que le llegara por la espalda intentando darle un susto y terminara en el hospital con el tabique nasal partido? Steve, en serio, te aseguro que dudo mucho que exista alguien para mí, alguien que pueda aguantar mi humor de perros los días de regla, o el carácter agresivo cuando estoy en tensión así junto a mis comentarios mordaces. Si esa persona existe creo que le han dado el chivatazo de que le iría mejor con cualquier otra chica, para poder formar lo que la mayoría quiere, una familia y un lugar estable en donde vivir. Tener la seguridad de que cuando llegara a casa su mujer lo iba a recibir con muestras de cariño y no murmurando cosas sin sentido, o con todo el comedor lleno de fotografías de gente asesinada, con papeles llenos de flechas por todas partes, redondeles en las preguntas y aún con la chaqueta puesta porque se le ha olvidado quitársela cinco horas atrás -sí, realmente no pintaba nada bien, no me veía como una auténtica ama de casa, no me veía ejerciendo el papel de mi madre adoptada que llevaba a Antoline en volandas, que lo arropaba en el sofá los días de frío, aunque tuviera manos el hombre- y sobretodo has de contar que a esta chica no le gusta el alcohol, por lo que el truco de emborracharla para que se abra de piernas, no funciona con ella. Pero sí necesito de las personas, amigo, los humanos somos seres sociables. En absoluta soledad, morimos.

Comencé a reír por lo que contaba de su hija- Seguro que hace montones de amigos, y entrar en el equipo de quidditch siempre te abre las puertas a relacionarte con gente de tu casa y de las otras de otros cursos, y eso es positivo para ellos. El poder relacionarse con gente de diferentes edades. A los mayores les recuerda su infancia, y a los pequeños les enseña que un día ellos serán los mayores -y todos salían ganando.

En cuanto a su deducción tuve que negar despacio con la cabeza- No, Steve, estuve en Hogwarts porque el cabrón es profesor de Hogwarts, porque el objetivo de mi misión era profesor en ese centro, y para tenerlo completamente localizado y poder trabajarlo, necesitaba estar cuantas más horas al día con él mejor. Tengo que conseguir que deje la bebida y vuelva a ser la persona que era antes de abandonarse totalmente. Supongo que tanto Dumbledore como el Jefe del Departamento de Aurores decidieron que yo era como su terapia de choque. Y me lo está poniendo muy difícil, debo mostrarme calmada con él, no puedo permitirme el lujo de perderlo, y me las voy a tragar sin papas, de hecho ya he tenido que morderme la lengua en más de una ocasión, por no partirle la boca por sus comentarios fuera de lugar -y no, nunca había sido dada a la paciencia, pero había durado dos años con él de compañera, y aprendí a apreciarlo- Me duele verlo en ese estado. Era muy grande, y ahora es un esperpento. Pero aún le queda algo de su esencia, por lo que no es un caso perdido. ¿Que hacía yo si no rodeada de pequeños seres en continua expansión y que son poco menos que esponjas andantes y saquitos de hormonas con patas?

Al menos esa deducción, la del patronus sí era correcta- Un halcón, dicen que el patronus muestra parte de tu alma, pero no pienso como tú, algunos magos ganan mucho en su forma animaga, en vez de perder inteligencia, la ganan, y muchísima, al menos se vuelven instintivos, y en un animal el instinto de supervivencia es el más arraigado- y todo aquel superviviente era capaz de hacer cosas maravillosas si su esencia era buena, horrendas si ya había sido tocado por la oscuridad, pero grandiosas de todas maneras- No soy ni animaga ni metamorfomaga, aunque esta última me vendría de perilla en algunas ocasiones, pues yo debo recurrir a los disfraces.


Última edición por Eunice L. Lyall el Sáb Sep 24, 2016 12:33 am, editado 1 vez
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Steven D. Bennington el Miér Sep 21, 2016 10:12 pm

Se giró para seguir a Eunice con la vista y comprobar como esta se dirigía a la zona donde se encontraba el café y las tazas y señaló con el dedo índice en dirección al estante situado a la derecha mientras daba un trago a su bebida.

Le contó la historia a Eunice, o al menos, lo más importante de ella. Pero parecía que no tenía suficiente y necesitaba todo lujo de detalles para quedarse satisfecha. Steven no pudo hacer otra cosa que sonreír y negar con la cabeza ante la reacción de su amiga. Quien no solo no se esperaba su respuesta, sino que comenzó a lanzar preguntas a diestro y siniestro como si estas fueran hechizos en mitad de uno de sus habituales duelos en su jornada de trabajo como Auror.

- Eunice, fue hace muchos años, no tiene importancia. – Dijo aún con la sonrisa en el rostro debido a la reacción de la chica. – Simplemente me caí. A veces pasa, ni que tú nunca te hubieses caído. A veces intentas hacer un giro diferente y acabas por perder el equilibrio. Otras no te esperas que la ola tenga tanta fuerza y acabas en el agua… No importa lo que fuera. Me caí y fui a parar a un mal lugar. Me debió golpear la tabla y luego las rocas. Es algo normal, no hay por qué darle más vueltas. – Parecía que el sentido detectivesco de Eunice acababa de activarse en cuanto terminó su historia, pues la cantidad de preguntas y la calidad de estas indicaban que parecía que quería resolver algún tipo de crimen. – Estaba con unos amigos en Sídney y… No sé qué hora era, por la mañana. – Se encogió de hombros. No era algo que tuviese importancia y de tenerla, habían pasado demasiados años como para recordar la hora exacta a la que sucedió el accidente.

Había pasado inconsciente algo más de cinco horas y cuando despertó estaba demasiado mareado y fuera de lugar como para entender lo que estaba sucediendo. Le dolía cada músculo del cuerpo e incluso le dolían zonas que creía que no podían llegarle a doler. Le pesaba el cuerpo como si no fuese el suyo y tenía tal dolor de cabeza que no podía apenas pensar. No era de extrañar que hubiese tardado un par de horas en darse cuenta que no era el mareo o el dolor de cabeza lo que le impedía escuchar, sino que aquello era permanente.

Por sorprendente que pudiese parecer, había personas que se consideraban insoportables a sí mismas en muchos aspectos y esos mismos eran el aliciente que otros necesitaban para ser felices. Cada persona tenía unas manías y unos defectos que a simple vista podrían ser tachados por el resto pero cuando das con la persona que no sólo aguanta esas manías y defectos, sino que le encantan, te das cuenta que no eran para tanto. Eso suponía que le sucedería a Eunice cuando diese con la persona idónea, si es que había una para ella.

- Eso es lo que te hace ser única. Puede que algún día encuentres a alguien que considere que eso te hace adorable y única. Todos tenemos lo nuestro, ¿Te crees que la gente emparejada es perfecta? – No pudo evitar reír. – Pero han dado con alguien que les ve perfectos, aunque para el resto no lo sean. Hay algunas personas que considerarías insoportables y sus parejas están locamente enamoradas de ellas. Seguro que eso acaba por pasarte a ti. – Al menos, eso era lo que creía él. Enamorarse no era tarea sencilla y dar con la persona idónea para hacerlo era incluso más complicado. – Y en caso de no dar con nadie, siempre puedes quedar a tomar café conmigo. Aunque si la encuentras no estaría de más que también quedases conmigo de vez en cuando. – Añadió con una sonrisa alegre ocupando su rostro.

No tardó en atar cabos cuando por fin Eunice fue a la cuestión del asunto. La verdadera razón por la que ahora se encontraba en Hogwarts era centrarse en uno de los profesores del castillo e hiciese que volviese a ser el de antes. Realmente, aquello lo asustó. ¿Qué tipo de problema tenía aquel hombre que requería de la ayuda del cuerpo de Aurores?

- ¿Es peligroso? – Preguntó sin entender muy bien la historia de la que hablaba. Suponía que serían asuntos privados del Ministerio de Magia y en cualquier otro caso no habría preguntado pero se trataba de uno de los profesores de su hija, ¿Cómo no iba a preocuparse? – Si fuera peligroso Dumbledore le despediría, ¿No? – Ahora sabía que un alcohólico trabajaba en Hogwarts y que, por lo que sabía, podía ser incluso hasta un hombre peligroso.

Dio un nuevo trago a su bebida y esta vez se sirvió una nueva taza antes de hablar, pues de tanta conversación la primera que se había servido había llegado rápidamente a su fin.

- No me refiero a cualquier animago, sino a los que toman la forma de aves. Pero tampoco me hagas mucho caso, no sé mucho de animagia. – Sabía lo mínimo que se estudiaba en Hogwarts y nunca se había interesado en averiguar más porque no le agradaba ser incapaz de hacer algo por mucho esfuerzo que pusiera en ello. – Con la magia lo de los disfraces no es tan complicado. Además, puedes abastecerse de poción multijugos e ir por ahí con la cara de otra persona aunque es posible que en futuro puedas meter en un problema a la persona original. – Rió. - ¿Has tenido que hacerte pasar por alguien alguna vez? – Preguntó con marcada curiosidad en cada una de sus palabras. Pues el trabajo de Eunice, aunque peligroso, le parecía de lo más interesante.
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Invitado el Miér Sep 21, 2016 11:21 pm

Seguí con la mirada la dirección que marcaba su dedo y sonreí al dar con una pequeña azucarera de loza blanca, con su tapa y su cucharilla de alpaca. Me separé de la mesa y estiré el brazo, colocándome de puntillas para alcanzarla, manteniendo el equilibrio- Para tí puede que no tenga importancia. Si supieras la de traiciones que he vivido a lo largo de estos años, harías por recordarlo todo, pero perdona, es mi vena profesional -si él no quería darle importancia, por mi estaba bien, pero que tampoco se quejara por quedarse sordo- ¡Pues claro que he tenido accidentes con la tabla! Todos los deportes conllevan sus riesgos, eso lo saben quienes los practican -no hacía falta meter el dedo mucho más en la llaga, él había sido testigo de varias de mis caídas, incluso de alguna pérdida de conciencia o ataque de tiburón. Otra cosa a tener en cuenta, para ese supuesto chico que encontraría algún día según él, ¿Le gustarían mis cicatrices por todo el cuerpo?- Si era ya entrada la mañana es poco probable que fuera el ataque de un tiburón lo que hiciera desequilibrarte de la tabla, ni siquiera una foca, más si no tienes ningún mordisquito. ¿Te falta algo, Steve? -volví a bromear con él, mientras removía las tres cucharadas e azúcar que había echado dentro de la taza de café, sin perder la sonrisa pícara del rostro.

Lo que me molestaba del asunto es que no me hubiera dicho nada nadie en cuanto tuvo el accidente, de la misma manera que tampoco había sido avisada de la boda de Cosmas, o de la siguiente desaparición de su mujer. Ni siquiera mis padres habían sacado el tema este verano, ¿Por que entonces seguían queriendo que hiciera sentar la cabeza a su hijo si ya la tenía asentada? Algo que tendría que seguir descubriendo, pues para mi Ella había sido poco menos que una heroína, delatando a sus compinches de su época mortífaga.

- Conozco una pareja que aunque no sea perfecta, casi roza la perfección, Steve. Pero conoces mi historia, te la conté, mi padre le voló la cabeza a mi madre en estado de embriaguez, llegaron los aurores, entre ellos mi abuelo y con un desmaius el hombre terminó desnucado contra la estantería del mismo armario en el cuál me había disparado también a mí, atentando contra mi vida siendo una mocosa de cinco años, pero eso no me hizo dejar de creer en el amor, Steve -me encogí de hombros, aquello era tan lejano en mi vida que ya lo tenía superado, más después de que esa maravillosa pareja me aceptase como hija adoptiva- Tienes un concepto demasiado positivo sobre mi manera de ser, y por eso te aprecio tanto. Sabes elevarme los ánimos cuando decaen, por eso necesitaba tu apoyo, necesitaba de tu consejo en aquellos momentos, pero ahora entiendo que tú más que nadie necesitabas del apoyo de los que te querían y por ello quiero disculparme, por no haber insistido a que volvieras a hablar conmigo, aunque igual es que no escuchaste el timbre de la puerta -y de nuevo estaba ahí ese humor tan negro, ese que me caracterizaba desde siempre y que me había metido en tantos malentendidos con las personas.

Sorbí despacio una pizca de café y mis ojos volvieron a brillar de la emoción, había recuperado a mi amigo, y no pensaba dejarlo escapar esta vez, si volvía a ocurrir algo como lo que nos pasó dejaría el camino de la armonía que intentaba conseguir a través del Aikido y me desplazaría hacia las raíces del kendo, dándole de palazos hasta volver a ponerle las neuronas en su sitio- Esta vez no voy a permitir que nada ni nadie pueda romper esta amistad, así que es para siempre. Jajaja -no pude aguantar la carcajada- Ya verás como al final te arrepientes y todo de haber vuelto a cruzarte en mi camino.

¡Oh, vaya! Mis palabras no habían sido de nuevo demasiado claras, pero le quitaría aquella cara de susto a mi amigo con unas concisas palabras- Sólo para los mortífagos, es ex-auror, Steve, es mi ex-compañero -y con la taza en las manos regresé de nuevo al sofá, en donde mi espalda podía descansar un rato, al lado de una grata compañía- Si fuera peligroso para los alumnos del castillo Dumbledore ni lo hubiera contratado. Ya sabes que la mayor parte de sus frases parecen sacadas de la cabeza de un orate, pero es que él ha vivido tanto que me da que está ya en otra dimensión muy superior a todos nosotros.

Negué con la cabeza de nuevo ante sus axiomas sobre los animagos- No, la animagia es una rama de la magia demasiado avanzada, en la cuál se requiere una gran constancia, concentración y aptitudes, no todos los magos llegan a transformarse completamente y algunos se quedan con partes del cuerpo semifuisionadas con el animal en cuestión. Se complementan, el animal elegido y la persona, se ayudan mutuamente, se desarrollan características que el mago no poseía en un principio y no hay ningún ave tonta, así que el mago que se convierta en un ave, no puede ser tonto. El animal elegido, como en el caso del patronus suele definirte, sólo que en el patronus no lo eliges tú y en la animagia, sí -esperaba haber sido lo suficientemente clara, aquello era lo que había aprendido en la academia de aurores, en una de las asignaturas para poder defendernos de animagos nada razonables con la tolerancia de la manera de vida de otros magos y muggles.

El buen ambiente y las risas habían vuelto a nuestra vidas, esto lo echaba de menos, había echado tanto de menos a Steve durante estos años, que ahora era como encontrarme de nuevo sobre una nube rosa, viendo que ya nada me podía volver a dañar, porque él estaría allí sujetando mis manos cuando lo necesitase, y podía contar con las mías en cuanto quisiera. Asentí con la cabeza- Sí, me he tenido que hacer pasar por varias personas, pero los marrones se los comen ellos cuando ya no estamos en el lugar, sobretodo mortífagos de poca monta, aspirantes a unirse a sus filas de oscuridad, es a lo que me he estado dedicando estos últimos años, y otras de las razones por las que estoy en Hogwarts. Una identidad falsa, papeles en regla y demasiadas ciudades. Debo dejar pasar un tiempo antes de volver a dedicarme a lo mismo, pero en estos momentos nos encontramos en el ojo del huracán, está todo demasiado en calma, por lo que los buenos aurores intuímos que algo gordo está por suceder, quizás se estén reagrupando, llenando sus filas, pero es muy curioso que la Ministra esté controlando que no hayan ataques, ¿No crees? -porque los novatos siempre cometían errores, y no se había escuchado de ninguno, ningún ataque salvo contra los squibs, el caso que había tenido que dejar sin concluir en el Ministerio cuando me habían asignado esta nueva misión.

Tuve que sonreír, de tanto hablar me había quedado sin saliva en la boca, pero me daba que teníamos tan poco tiempo y debíamos contarnos tanto, que no sabía donde dejarlo, sin dejar de estar ilusionada,con las emociones a flor de piel.
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Steven D. Bennington el Jue Sep 22, 2016 3:08 pm

Con los años había asumido de tal manera aquel suceso de su pasado que ya no le daba importancia. Era algo que había ocurrido tiempo atrás y no podía volver en el tiempo para impedir que esto sucediese. Algo así como el asesinato de Hitler con el que tantos sueñan una vez descubran como poder ir atrás en el tiempo. Pero él ya no pensaba en cómo arreglarlo de poder volver atrás, pues era algo imposible incluso con el uso de la magia, donde apenas podías volver unas horas atrás gracias a los giratiempos.

- ¿Crees que alguien como yo tiene algún tipo de enemigo, Eunice? – Río. – Vale, soy un sangre sucia y puede que por eso sí que tenga algún enemigo, pero no creo que uno tan inútil como para intentar matarme y dejarme sordo. – En los tiempos que corrían sabía de sobra que su sangre podía ser un impedimento para seguir con vida mucho más tiempo y era por eso que no quería tener nada que ver con las batallas entre bandos. Él no tenía nada en contra de nadie. Era tan pacífico como una hoja cayendo del árbol en pleno otoño, y no entendía por qué demonios tenía que acabar en el punto de mira de algún que otro mago con aspiraciones a “limpiar” el Mundo Mágico. ¡Cómo si este necesitase ser limpiado!

Él nunca había sido un profesional del surf y en más de una ocasión había dado algún que otro traspié. Del mismo modo que se había confundido al tocar una partitura o había acabado por romper la cuerda de una guitarra. Era algo normal cuando perdías la atención, llevabas muchas horas practicando o, simplemente, sucedía. Lo mismo había pasado con la tabla. Simplemente, pasó.

- ¿Además del oído? – Preguntó con tono bromista. – Creo que tengo los diecinueve dedos en su sitio. – Contestó como si realmente le faltase un dedo antes de romper a reír.  

Todas las relaciones tenían sus más y sus menos. Y bien la historia familiar de Eunice podía tener todo lo negativo que el resto de parejas no tiene ni acumulando durante años. Pero por esa razón no debía ser negativa en ese aspecto o al menos, él lo veía de tal modo. Sus padres estaban divorciados desde hacía años y él mismo había acabado de tal modo pero no por eso creía que dos personas no pudieran estar juntas para siempre. Que en su caso las cosas no hubiesen salido bien no quería decir que para el resto las cosas tenían que suceder de igual manera.

- Los amigos están para eso, supongo. – Se encogió de hombros. – Si pensase que eres una amargada insoportable con un humor de perros no sería tu amigo, así que ten claro que lo que digo es verdad, no es para subirte la moral. – Era una persona sincera, básicamente porque no sabía mentir. – Yo soy un bicho raro aburrido y tengo amigos. Será porque ellos no piensan eso de mí. – La mayor parte de las personas tenían amigos aunque ellas considerasen que tenían cientos de defectos. El ser humano era sociable por naturaleza y al fin y al cabo las demás personas acaban por convertirse en el pilar de la cordura.

Soltó una carcajada ante el comentario cargado de humor negro por parte de su amiga. Por su parte, no tenía aquel tipo de humor pero a diferencia de otras personas, no le importaba en absoluto que tipo de humor tuviesen los demás.

- Sí, fue eso. No es que no quisiera aislarme del resto es que no os escuchaba llamar a la puerta. Deberías disculparte tú conmigo por pensar que fui yo el que dejó de mantener el contacto. – Dijo con marcado tono bromista pues las cosas no eran como acababa de contar, como bien ambos ya sabían. – En cuanto a las lechuzas… Pensé que mis sentidos se agudizarían y tenía todas las luces apagadas. Así que no las veía ni oía. Culpa mía, culpa mía. – Rió. No había sido así en absoluto pero imaginarse en una casa a oscuras andando a tientas era algo que le hizo reír.

No tardó en borrar el gesto de confusión en su rostro. La misión de Eunice no era ocuparse de algún mago peligroso, sino de llevar a su antiguo compañero de los Aurores de vuelta a estos. O algo por el estilo. Al menos, que dejase la bebida, algo que tampoco le hacía demasiada gracia a Steven. Tener un profesor con problemas con la bebida en un castillo lleno de niños no era lo que se llama precisamente una buena impresión tanto de aquel profesor como del director que contrataba a un alcohólico como si de cualquiera se tratase.

- Eso tampoco me deja más tranquilo. ¿Da las clases borracho? – Preguntó con algo de miedo a recibir una respuesta afirmativa por parte de su amiga. Por mucho que fuese su antiguo compañero, debía comprender que Steven se sintiese incómodo sabiendo que alguien así estaba dando clase a su hija.

Frunció el ceño. Parecía que lo que recordaba de Hogwarts no era acertado o acababa de tener un lapsus mental que no comprendía. Según él tenía entendido, las personas que en su animagia adoptan la forma de un ave sí que pierden parte de sus capacidades como humanos en lo referente a su inteligencia y mentalidad dado el pequeño cerebro de las aves. Pero sabía que podía estar totalmente confundido. En cuanto al hecho de elegir la animagia… Eso estaba más seguro que no era cierto.

- ¿La animagia se elige? – Preguntó asombrado. – Según tenía entendido la forma del animago es la misma que la del patronus, en el caso de los que pueden conjurar uno, claro. Y que tanto la animagia como el patronus venían marcados por la personalidad y la forma de ser de la persona. – Hizo una leve pausa. –Pero seguro que me equivoco, hace años que no estudio nada de eso y era lo que me sonaba de Hogwarts. – Consideraba que no tenía una mala memoria pero dado que hacía ya años de aquello y que no había vuelto a tocar el tema… Todo era posible.

Steven no era dado a meterse en problemas y mucho menos del calibre de los de Eunice. Él tenía su vida tranquila sin andarse con preocupaciones como su identidad o el número de Mortífagos a los que tenía que perseguir aquel día. No, con tener el inventario de la tienda a punto cada día tenía más que suficiente.

- No estamos acostumbrados a que el Ministerio controle las cosas. Con el anterior Ministro sólo había desapariciones y muertes y te aseguro que para alguien ajeno a todo como yo, el cambio de Ministro ha sido todo un soplo de aire fresco. – Las cosas parecían más tranquilas que nunca, los Mortífagos no perpetraban tantos ataques y apenas se había escuchado alguna desaparición desde el nombramiento de la nueva Ministra de Magia, por lo que él estaba bastante tranquilo y contento al respecto. - ¿Crees que puede ser uno de ellos y por eso ahora no hay ataques? – Eunice sabía mucho más del tema que él, por lo que era posible que aunque a él le pareciese que era buena gente, podía estar totalmente equivocado.
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