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First Date [Steven]

S. Natasha Kuznetsova el Dom Nov 06, 2016 10:28 pm

Restaurante Chino.
Vestido para quitarle el hipo (?)
20:00 Viernes

Había recibido por fin la carta. Seguía sintiéndose más estúpida por haber estado esperándola de manera tan impaciente. Cuando la recibió se hizo la dura, la desinteresada. Abrió la carta y la leyó con una ligera sonrisa, asombrada todavía por esa facilidad de hacer toda situación una sonrisa en ella. Aquello era algo demasiado... ¿Agradable? Cerró la carta nuevamente y la guardó, ya en su día había aceptado el ir y claramente guardó la dirección en el GoogleMaps.

La cosa era qué vestido coger. ¡No podía ir con cualquier cosa! Llegado el día aún no se había decidido, se sentía rara. Gilipollas. Algo así, si. No entendía como con sus casi treinta tacos podía estar de una manera tan adolescente. Solo había que verla coger vestidos, posando los mismos sobre su cuerpo para ver frente al espejo como le quedaban y luego lanzándolos por el aire para coger otro. Repitiendo aquello una y otra vez. Finalmente acabó por optar por uno rojo. Uno rojo y con escote, aunque tuvo dudas por unos segundos. No estaba segura si estaba siendo demasiado descarada por ello o se estaba arriesgando poco. La cosa era que quería causar buena impresión en aquella... Cita. Llamarlo cita le hacía ponerse más nerviosa. ¡Tenía que ir perfecta! Aceptando sus imperfecciones, claro.

Mientras se duchaba se permitió el lujo de cantar. Cantar bien alto y feliz. Por primera vez no tenía porqué quedarse en casa sin hacer nada fuera de lo común o teniendo que irse a San Mungo a trabajar por hacer algo. Aquella noche había quedado con un ex-paciente. Se mordió el labio de la vergüenza de pensar que lo había conocido por haber sido su doctora. Aunque como él bien dijo ya no iba a ser más su paciente, y por ello intuyó que ambos estaban muy alegres por ello. Steven era un chico bastante agradable, gracioso y se le veía alguien muy sensible. ¿Por qué no tener una cita? Aquella noche se vería que tal se desenvolvían en un ambiente que no fuera sanitario, ni con una mujer tosiendo como un camionero de fondo. Puede que todo se quedara en aquella cita, o no. Había tantas posibilidades que ni si quiera pensó en ellas. Ella pensaba en el presente y en que iba a ser ella misma. Siempre siendo ella misma.

Cuando terminó de duchar se fue a vestir rápido, pero sin mucha prisa para no sudar. Luego de eso se maquilló apenas un poco los labios y algo de base en el rostro. No le gustaba ir muy maquillada porque con los años había entendido que no le favorecía esos maquillajes de puerta que muchas llevaban. Tras estar lista se dirigió al restaurante acordado y dejaría que todo lo que viniera después fuera como tuviera que ir. Lo malo es que llegó unos cinco minutos tarde pero no fue más que por el tráfico además de que el maldito google map le quería llevar por una calle cortada. ¿Lo bueno? Es que verlo a lo lejos le hacía inevitablemente mostrar una pequeña sonrisa en los labios. ¿Cómo iría aquella cita? Fuera como fuese, parecía prometer.
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Steven D. Bennington el Miér Nov 09, 2016 1:11 pm

Según los estereotipos, son las mujeres las que se pasan horas frente al espejo. Las que se demoran más de una hora en elegir que atuendo utilizarán para cada momento determinado. Las que están largos minutos encerradas en el baño arreglándose para luego hacer lo que en menos de cinco minutos podrían haber hecho.

Y en aquel caso no iba a ser diferente.

Steven comenzó a arreglarse apenas veinte minutos antes de tener que salir de casa. Se dio una ducha rápida, se lavó los dientes e hizo un intento de arreglar su cabello que siempre acababa haciendo lo que le venía en casa. Por lo que tampoco dedicó mucho tiempo a intentar que este se comportase de manera diferente en aquella ocasión.

En cuanto a la ropa… ¿Qué tipo de ropa debía ponerse? Esa pregunta no surgió en su mente. Simplemente abrió el armario y sacó un pantalón negro, una camiseta de manga corta del mismo tono y una camisa de manga larga de color blanco. Contrariamente a lo que solía hacer, esta vez sacó unos zapatos y uno unas zapatillas del armario.

No tardó demasiado en arreglarse y, para poner el toque final a su atuendo, cogió una chaqueta de cuero prácticamente nueva con la que aún se sentía algo incómodo por el poco uso que esta tenía. Se estiró con el fin de dar de sí la chaqueta, pero no fue algo muy efectivo y tampoco algo a lo que le dio demasiada importancia.

Apenas diez minutos después, se apareció cerca del local donde habían quedado. De no vivir en Hogsmeade, hubiese tomado el coche para ir hasta allí, pero no era algo que pudiese hacer cuando vivía a horas de distancia de aquel lugar.

Guardó sendas manos en el interior de los bolsillos delanteros del pantalón mientras miraba en dirección a la fachada del edificio que se encontraba frente al restaurante. No porque pensase que su compañía fuese a salir en cualquier momento de esa dirección, sino porque solía quedarse mirando a un punto fijo con una facilidad que a veces carecía de lógica. No se preocupó de que pasase la hora prevista. No le dio importancia a que su acompañante se demorase. Es más, no le dio importancia principalmente porque ni él mismo se percató de ello.

Hasta que Natasha no estuvo a pocos centímetros de él, ni se percató de su presencia. Rápidamente cambió su postura para sacar sendas manos de sus bolsillos y se giró en dirección a la chica, mostrando una sonrisa en aquel momento en sus labios.

- Te ves fantástica. – Admitió el chico antes de darle dos besos en forma de saludo. – De haber sabido que te arreglarías tanto me hubiese puesto un traje. – No era dado a usar ese tipo de atuendos, pero sí que era cierto que ahora desentonaba respecto a su acompañante, quien para aquella noche lucía realmente espectacular. – Siempre olvido que con la magia todo esto tiene arreglo. – Se encogió de hombros y miró a su alrededor. Había bastante gente, pero todo el mundo estaba demasiado entretenido con sus propios asuntos como para preocuparse por alguien más.

Steven sacó su varita y golpeó su propio atuendo, haciendo que ese cambiase de golpe por un traje y una camisa más adecuados para aquella situación. O, más bien, más conjuntado con Natasha. Él no había considerado que para ir a un restaurante chino debía arreglarse tanto, pero por lo visto sí su acompañante, y no pensaba permitir que ella fuese con un vestido tan formal y él con un atuendo tan informal.

- Ahora mejor. – Comentó abriendo la puerta del local para dejar que Natasha pasase en primer lugar. – Si no te gusta la comida china estamos a tiempo de irnos a otro restaurante. Una vez que nos sentemos ya no habrá marcha atrás.
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S. Natasha Kuznetsova el Jue Nov 10, 2016 4:19 pm

No sabía bien si su atuendo era bueno o malo. Había cogido uno de los pocos trajes que tenía. Hacía mucho que no tenía una cita y sobretodo mucho que no se arreglaba. Tampoco estaba segura como sería su reacción, lo cierto es que no pudo observar su rostro ni nada porque no se había percatado de que llegaba hasta que llegó a él. — Gracias, tú también te ves muy bien. — Admitiría, y eso que no iba el hombre con gran cosa, porque iba bastante sencillo y eso denotaba su personalidad. Le gustaba que fuera el mismo, al igual que ella iba así y más que nada porque de ir tan informal se hubiera sentido ella misma incómoda por no verse tan bien para él. Todo era cuestión de ir guapa pero de por sí era una mujer de arreglarse bien siempre que quedaba o salía.

Realmente no me arreglé tanto, ¿no? — No pudo evitar soltar una pequeña risa mientras se tapaba con una mano la cara, avergonzada. ¿Tan arreglada iba? Lo que más le llamó la atención, y a lo que no le dio tiempo reaccionar, fue cuando comentó sobre la magia. — No serás... — Si. Si fue capaz. Justo en aquel momento se tornó roja de la vergüenza y no estaba segura si era por los nervios de ser pillada o porque le estaba impresionando lo atrevido y loco que era el hombre para hacer aquello. Todo para bien, claro. — Estabas muy bien como estabas antes, parece que la ropa te quiere. — Diría aquello como un halago, tres conjunto que le había visto, los tres le quedaban bien. —
Pero así también estás muy guapo. No paras de sorprenderme, ¿eh? — Y tras aquello una pequeña sonrisa coqueta.

Entonces él se adelantó y abrió la puerta del restaurante, lo que le hizo adentrarse en el mismo. — Me encanta la comida china, por eso ni te preocupes. Además, ¿para ir a un sitio muy formal? No, que luego ahí me quedo con hambre. — Admitiría sin ningún problema. Que fuera tan arreglado no implicaba que fuera pija para el resto de cosas. Solo le gustaba arreglarse pero en cuanto a comida era de muy buen comer.

Una vez sentados en la mesa, ella dejó su pequeño bolso la espalda de la silla colgado. Cruzó las piernas con mucho cuidado y se quedó mirando a los ojos del chico. Sin duda en aquella situación se podían ver mucho mejor que en aquella consulta y menos si tenía que trabajar. — ¿Sabes qué..? Me muero de ganas que me cuentes esa historia pendiente con la del papel de la dirección. — Admitió sin poder evitar tener una sonrisa en los labios con tan solo verlo. Todo realmente era psicológico. Dado a que siempre que el chico hablaba le sacaba una sonrisa o una risa ella, como su cuerpo, estaban dispuesto a hacerlo y desde un primer momento ya sonreía. ¿Cómo podía tener aquella facilidad? También era cierto que hacía mucho que no se reía ni se sentía tan a gusto con un hombre a la hora de hablar, ni tampoco había encontrado lugar para ello. No obstante, de alguna forma lo había hecho aquel chico para que Natasha hubiera optado por una cita antes que San Mungo. ¿Quizá sus formas? ¿Esa disposición? Quizá fuera por un poco de todo lo que tenía y le había mostrado..
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Steven D. Bennington el Vie Nov 11, 2016 11:34 am

Para Steven sí estaba realmente arreglada. Pero seguramente habría pensado aquello de igual manera de haberse puesto cualquier otro atuendo que no estuviese relacionado con la bata de Medimaga. Steven no era dado a arreglarse a no ser que la situación lo precisase. Y aquellas situaciones podían resumirse a las bodas, funerales o… Quizá una fiesta de disfraces donde en lugar de ir disfrazado usase un traje por alguna extraña razón. Como Odiseo en la fiesta de Halloween. Aún no lograba entender qué hacía con un traje de chaqueta y corbata, pero tampoco había tenido la oportunidad para preguntárselo ya que el chico había salido corriendo en busca de su vaca. O su tigre. No sabía qué era en aquel momento.

- Eso es que no me has visto con un pijama de ositos. – Dijo muy orgulloso. Lo cierto era que no tenía ningún pijama de ositos, pero de tenerlo lo hubiese lucido con mucha dignidad. Igual que los calcetines que llevaba en aquel momento y que, por suerte, no se veían. Ya que Steven siempre llevaba calcetines un tanto infantiles, siendo los que llevaba en aquel momento regalo de su hermana por su cumpleaños. Uno de ellos era amarillo y negro de rayas desiguales, mientras que el otro era de un tono más claro de amarillo y con dibujos de abejas por todas partes. – Soy una caja de sorpresas. Como esos paquetes de productos sorpresa, ¿Alguna vez compraste uno? En el mundo muggle suelen venderlos en las ferias y pagas una libra por un paquete sorpresa donde puedes encontrar cualquier cosa. Normalmente te sale confeti, algún dulce, un silbato, a lo mejor un collar hortera… Pero bueno, es sorpresa, así que es divertido. – A Steven le encantaban aquellas cosas aunque lo que hubiese en el interior del paquete no costase la libra que acababa de pagar.

Le cedió el paso para que ella fuese la primera en pasar, y una vez dentro del local, no pudo más que reír ante su comentario sobre ir a un sitio más formal.

- ¿Quién te ha dicho a ti que un restaurante chino no sea formal? – Preguntó aún con la sonrisa en los labios. – Y te obligaré a comer palillos chinos para que pierdas la dignidad. – Quizá sabía comer con palillos chinos y aquello no era un problema. Pero siempre que iba a un restaurante chino sus acompañantes tendían a pedir tenedores, haciendo que los dueños del local pusiesen cara de pocos amigos. O quizá aquella cara era la suya habitual.

Se quitó la chaqueta debido al calor que hacía en el interior del local y se remangó ligeramente la camisa una vez se sentó frente al asiento que había tomado Natasha. Hizo una señal al camarero para que se acercase lo antes posible para ir pidiendo las bebidas y que les llevase los menús cuando la castaña hizo una pregunta.

- ¿Nunca has probado a escribir con tinta hecha con zumo de limón? Porque si lo haces y luego pasas el papel por encima de la llama de una vela, sale el mensaje que has escrito. Y yo no recordaba que era así como se hacía. En mi cabeza si se te mojaba un papel, para ver lo que ponía antes tenías que echarle las gotas de limón… Obviamente me equivocaba y tu dirección olía a limón. – Hizo una pausa. – Sí, es que eché a lavar la ropa con el papel en el bolsillo. Mira que mi padre me decía desde pequeño que mirase que no había nada en los bolsillos pero… Nada, que no aprendo. Una vez me dejé varias monedas y le rompí la lavadora, pero ni con esas. – Negó con la cabeza sin borrar la sonrisa del rostro. – El tema es que le eché limón y no salía tu dirección. Así que dije, como el papel estaba mojado, pues lo mejor era secarlo. Probé con un secador de pelo que no sé ni por qué tengo uno en casa porque no lo uso. Pero bueno, yo lo usé y casi prendo fuego a la hoja. Luego recordé que había estado siete años en un colegio donde te enseñaban magia y que aún tengo una varita que puedo usar para hacerme la vida más fácil. Y así fue cómo conseguí ver qué tenía que comprar champú, mantequilla, algo de fruta y lechuga.

En aquel momento el camarero llegó y les tendió un menú a cada uno. Steven dio las gracias y pidió una botella de vino rosado para ambos, aunque no sabía si Natasha preferiría tomar otra cosa.

- Ah, y tu dirección estaba en otra chaqueta. Pero así pude ver qué tenía que ir a comprar.
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S. Natasha Kuznetsova el Vie Nov 11, 2016 12:35 pm

¿Con un pijama de ositos? Aquello si que debía de ser tierno, más sonando de la forma que él lo hacía sonar. ¿Cómo era tan tierno? Iba a desconectar aquel sensor de ternura porque iba a morir de amor. ¿Cómo podía ser un hombre de su edad tan abierto a mostrar su lado más tierno, e íntimo? Natasha estaba poco acostumbrada a ello porque básicamente su marido era el hombre más frío del mundo, y Natasha no es que hubiera aprendido por entonces a ser muy cálida. Siendo rusa si que era cierto que el calor se apreciaba muchísimo más, y eso era lo que estaba ocurriendo con Steve. Una persona que realmente le acabó sorprendiendo como aquellas cajas de la que le estaba hablando, lo cual le habían entrado ganas de comprobar cómo eran esas cajas.

No pudo evitar reírse al entrar por el hecho de que jamás había comido con palillos chinos porque se le daba realmente como el culo. ¡Como el culo! Realmente no podía ser más torpe con unos palillos chinos, por mucho que lo intentaba no le salía. ¿Había algo que hacer al respecto? No lo creía. Veía aquello como algo que sencillamente no iba a ocurrir nunca. Había personas que nacían para ser cantantes y otras no. Pues como un símil se podía decir que había personas que estaban hechas para comer con palillos y otras no. Fuera como fuese realmente iba a dejarse la dignidad comiendo palillos si él la obligaba, porque ella se dejaría obligar perfectamente porque por algún motivo aquella idea le parecía hasta divertida cuando en su interior algo le decía que podía acabar humillada pero... ¿Qué más daba?

Cuando se sentaron se quitó la chaqueta y se remangó. No se podía imaginar que aquel hombre tuviera tanto atractivo para ser alguien que en principio no tenía la típica postura ni gestos de alguien coqueto y estiloso como solían ser los hombres de hoy en día. ¿Quién decía que por ser más coqueto y dejarte llevar más por las modas como aires de grandeza te hacía un tipo más atractivo? Seguramente físicamente lo fueran pero no tenían materia gris en el cerebro.

Steve era de otro estilo de hombres. No era como aquellos que te podías encontrar fácilmente en algún evento o algo similar. El castaño que tenía frente así era capaz de captar su atención con una estupidez, como podía ser aquella historia que le resultaba de lo interesante del mundo porque él le había creado aquellas ansias de saber lo que ocurrió por la carta que le había hecho llegar. Por ello escuchó toda la historia, medio embobada en la mirada ajena pero atenta de lo que pasaba. No pudo evitar alguna risa ante algunas anécdotas que le estaba contando y es que cada vez la caja de sorpresas de la libra que le había hablado él antes se estaba rellenando de más cosas impresionantes sobre él. Sobre su personalidad tan feliz consigo mismo y con tan pocos complejos como... Ni si quiera tenía palabras para describir aquello.

Cuando terminaron de pedir ambos, y él añadió el vino rosado, se echó el cabello un poco para atrás porque el flequillo le estaba siendo molesto, pero se lo pudo recoger tras la oreja. — Sin duda una historia que hasta el final ha sido intrigante. Al menos no te olvidaste de comprar comida y no perdiste mi dirección. ¿Qué hubiera pasado si la hubieras perdido? — Preguntó con curiosidad. — Aunque por cierto, no tenía ni idea sobre lo del limón. No sabía que eso funcionara ni tampoco sabría como hacerlo. Debe de ser super interesante, aunque claramente con las enseñanzas que hemos tenido todo se soluciona. — Tenía que admitir que hablar del mundo mágico en el mundo muggle le hacía ponerse nerviosa en el sentido de la travesura. Como si aquello fuera algo super temerario, pero no podía evitarlo.

Por cierto, si me vas a obligar comer con palillos que menos que me enseñes, ¿no? — Le puso ojitos tiernos para luego no poder evitar reír sintiéndose boba por ello. — Debo confesarte que soy una inútil con los palillos, lo vas a ver. Yo utilizando palillos sería como ponerme a mí a tocar la batería. Seguramente hiciera un estropicio. — No tenía vergüenza de hablar de sí misma de aquel modo, al menos no con él. ¿Y qué más daba? Realmente era la cita más poco común que había tenido, aunque había tenido pocas, pero sin duda la que por ahora estaba siendo la mejor de todas ellas.
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Steven D. Bennington el Vie Nov 11, 2016 10:50 pm

No sabía cómo lo acababa haciendo, pero tendía a vivir situaciones terriblemente estúpidas y las acababa contando como si fuesen lo más apasionante que pudiese pasarle a alguien sobra la faz de la tierra. Para él todos los días eran importantes y todos los sucesos igual de fantásticos. Había aprendido a valorar cada segundo de su vida, por lo que contaba cada una de sus anécdotas desde la perspectiva más positiva y aventurera que pudiese existir. Como si el hecho de haber perdido  (o más bien lavado) el papel con su dirección hubiese sido toda una odisea  en el espacio.

- Lo cierto es que luego perdí la nota con la compra, así que cuando fui a comprar se me olvidó el champú. Menos mal que siempre tengo uno de emergencia para cuando me pasan estas cosas. Pero algún día se me acabará también el champú de emergencia. – Admitió encogiéndose de hombros. Tenía facilidad para acabar perdiendo las cosas y con los años había pasado a no considerarlo ningún tipo de vergüenza. Él era así, no tenía razones para ir escondiendo nada. – Supongo que… - Hizo una leve pausa para pensar. Pero apenas fueron dos segundos, ya que la respuesta llegó rápidamente a su cabeza. – Sé donde trabajas. – Dijo fingiendo cierto amenazante antes de reír. – Podría haber ido a pedirte nuevamente que me dieses tu dirección. O directamente a decirte el lugar y la hora, aunque hubiese parecido un tarado acosador.

Sus ojos se abrieron de manera exagerada ante la afirmación de Natasha. ¿Cómo no podía conocer un truco tan básico como era la tinta de limón? Aunque de pronto una bombilla se encendió sobre su cabeza con una posible respuesta a su propia pregunta.

- ¿Tus padres son magos? – Preguntó rápidamente al escuchar aquello. – Me refiero. Es un truco muggle que usan los niños para mandarse mensajes, los magos tienen métodos más… No sé, más profesionales. – Rió al no dar él mismo con la palabra adecuada en aquel caso. – Mi padre nos escribía mensajes con tinta de limón a mi hermana y a mí por nuestros cumpleaños. La primera pista siempre venía en un sobre lacrado y dentro había un pedazo de cartulina a la que había quemado los bordes para darle aspecto de pergamino antiguo. Escribía ahí algún tipo de adivinanza y nosotros cuando veíamos lo que ponía empezábamos a buscar por toda la casa. – Era una persona dada a la palabrería. Si le dabas la oportunidad, Steven podía hablar de cualquier tema con total soltura. Sin ningún tapujo. Era una persona que bien podía hablar del cambio climático como de las motas de polvo que viajan por una habitación de un adolescente después de ignorar las peticiones de su  madre a limpiar su cuarto durante tres meses.

El camarero volvió a aparecer, esta vez colocando sobre la mesa una botella de vino y dos copas. A su vez, depositó dos paquetes con su correspondiente par de palillos chinos en su interior.

- Aún no hemos elegido, perdone. – Dijo Steven al ver como el hombre permanecía allí de pie mirándoles. - ¿Te parece que cojamos varios platos y compartamos? Así probamos de todo un poco. – Propuso Steven, ya que cuando iba a aquel tipo de restaurantes prefería pedir algo variado que no un plato que acababa resultándole demasiado repetitivo. – Yo voto por la ternera con cebolla. Y si quieres un rollito de primavera para cada uno. Y… Elige tú el resto. – Animó a la chica, pues sentía que en ocasiones hablaba demasiado.

Una vez pidieron, el camarero afirmó con la cabeza y se fue en dirección a la cocina. Mientras, Steven aprovechó para coger ambos paquetes de palillos y abrirlos. Le tendió el primero de ellos a Natasha y él se quedó con el segundo par.

- Vale, vamos. – Separó los dos palillos que venían unidos por la parte superior y los colocó entre el dedo gordo y el índice. – Apoya la parte superior aquí y la inferior aquí. – Lo dejó caer sobre la parce cercana a la uña del dedo anular. – El otro lo sujetas más arriba. – Mostró la pinza entre el índice y el gordo al tiempo que reposaba sobre el corazón. – Y ahora intentas coger algo con ello. – Animó a Natasha con una sonrisa. La verdad, él no tenía ni idea de usar palillos chinos.
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S. Natasha Kuznetsova el Dom Nov 13, 2016 4:35 pm

Que hubiera tomado la iniciativa de haber perdido la dirección le impresionaba, aunque esperaba que no lo dijera por cumplir. Podía decirlo por quedar bien delante de ella pero de la manera que se lo había contado parecía demasiado obvio que aquel no era el caso. Sin duda aquel hombre la confundía, ¿cómo podía ser tan directo y despreocupado? Sobretodo el cómo podía tener ese humor tan envidiable, imposible no compartir las risas con él.

Ver la expresión que seguidamente aparecería en el rostro ajeno tras afirmar que jamás había conocido aquel truco le hizo agachar la mirada con una sonrisa vergonzosamente. — Ambos padres son magos, casi toda mi familia menos por parte de un abuelo así que es fácil que todos prescindamos tanto de métodos muggles, incluso de pequeños. — Admitió sin poder evitar querer reír por lo emocionado que parecía el contrario, sobretodo después cuando le estuvo contando de sus anécdotas. Su vida parecía de lo más interesante, sobretodo le agradaba ese toque de nostalgia que sentía que le daba. Tanta felicidad junta era impresionante, tanta facilidad de hablar de cualquier cosa era impactante. Sobretodo se fascinaba esa facilidad que tenía el castaño de transmitir sus energías. ¿Pero de dónde había salido? Parecía que podía ponerse a hablar durante horas y no se quedaría sin ideas, y Natasha escucharía sin dudas todo el tiempo que este quisiera. ¿Escuchar? No era ninguna dificultad para ella.

Steve pareció darse cuenta de que no habían pedido aún los platos, cuando para Natasha aquello no fue un detalle que se hubiera dado cuenta del todo. — Si, claro. Hay platos que aún no he probado... — Comentaría mientras jugaba con el paquetito de palillos en sus manos, de manera inquieta y distraída mientras miraba al contrario elegir y ella elegía en su propia cabeza. El músico eligió poca comida, parecía como si dejara que ella eligiera más por los dos, lo que le hizo pensar en qué le podía gustar. — Me parece perfecta esa ternera. Después podíamos pedir el arroz, yo es que el arroz tres delicias no lo puedo dejar de lado. ¿Y que más? ¿Pollo agridulce? ¿Tallarines con gamba? ¿Puede ser mitad y mitad? — Preguntó al camarero llevándose el paquete de palillos chinos a los labios de manera pensativa. — Esas dos cosas y los rollitos que mi acompañante dijo. — Finalizó para dejar el paquete de palillos en donde estaba. Había tenía la costumbre y la manía de tener algo entre las manos con lo que jugar y distraerse mientras pensaba, como manera de concentrarse más.

Entonces llegó el momento del reto. ¡Los palillos chinos! Su acompañante le pasó los palillos y los abrió para luego comenzar colocar de la manera que el contrario le fue indicando en cada momento. Haciendo total caso a ello como si fuera su maestro máximo. — Va, a ver si no se me cae nada... — Rió un poco tímida mientras intentaba agarrar la servilleta propia para tratar de levantarlo pero se le cruzaban los palillos. — Menos mal que aún no lo he probado con la comida, ¿crees que para cuando venga sabré cogerla? Si la cojo así seguro que me mancho entera. — Volvió a reír, tratando nuevamente de coger la servilleta, ya que no encontraba mejor objeto con el que practicar. — ¿Puedo ver como lo haces tú? Quizá así sepa guiarme mejor de como hacerlo... — Le pidió, prestando atención el cómo lo hacía. — Por cierto, aún no sé de qué géneros musicales eres. ¿Cuales son los tuyos? — Tenía curiosidad por saber si en aquello coincidirían.
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Steven D. Bennington el Dom Nov 13, 2016 7:49 pm

La gente no tenía a valorar la diversidad. No valoraban lo valioso que podía ser conocer tanto el Mundo Muggle como el Mundo Mágico y eso era algo que Steven verdaderamente no entendía. Ambas partes tenían cientos de curiosidades que hacían que el conocimiento se ampliase más y más. Pero no solo en temas importantes para la vida diaria. Sino también en temas que no tenían importancia alguna, como podía ser aquella tinta invisible hecha con algo tan simple como el jugo de limón. A Steven le encantaba hablar y más cuando podía enseñarle nuevas cosas al resto, quizá por eso se llevaba especialmente bien con los más pequeños.

- Entonces, no sabrás que si en lugar de usar zumo de limón usas leche obtienes un resultado parecido. – Los magos tenían sus propios trucos, pero los muggles también los tenían. – Con el zumo de limón, al acercarlo a un foco de calor queda en color marrón el mensaje. Mientras que si lo haces con leche, se ve al contraste con la luz, pero si luego quitas el papel en este no queda rastro alguno del mensaje. – Dijo como si aquello fuese un gran descubrimiento para alguien que no lo conociese. – Cuando era niño estaba totalmente convencido de que cosas así eran magia aunque la cosa cambió cuando un mago se presentó en mi casa con la carta de Hogwarts y comenzó a hablar de trasformaciones, pociones y varitas mágicas. Entonces comencé a darme cuenta que la magia y la ciencia eran parecidas, pero no iguales. – Eran como hermanas pero eso no hacía que fuesen la misma persona. O en este caso, la misma cosa.

El camarero permaneció esperando a que ambos decidiesen que tomar. A Steven, aunque sonase algo racista, los chinos le daban un poco de miedo. No porque usasen carne de gato para hacer sus platos. Eso era lo de menos, ya que era un fiel creyente de que lo que no mata engorda. Además, el ser humano come un promedio de quince bichos al año mientras duerma. O más. O quizá menos, porque no recordaba el dato exactamente. Pero lo importante es que los chinos no le inspiraban confianza. Principalmente por su experiencia en las tiendas de todo a cien, donde no sólo las cosas no valían cien pounds, sino que además te iban persiguiendo por todo el local como si fueses a robar algo. Ah, y esa uña del meñique tan larga. ¿Qué tramaban con esa uña? ¿Llegar a los rincones más difíciles de su nariz? Eran unas grandes preguntas para una mente tan curiosa como era la de Steven.

- Sí, pon todo lo que ha dicho ella. – Había nombrado tantos platos que había perdido la cuenta. Pero la comida china no era precisamente cara y todo estaba bueno. Menos el pato, ¿Quién comía pato? Steven no comía pato. – Gracias. – Se apresuró a decir el chico al ver como el camarero, sin tomar nota, se volteaba sobre si mismo rumbo a la cocina. - ¿Crees que se acordará de todo? Yo no he visto que apuntase nada.

Intentó explicarle a Natasha cómo usar los palillos chinos pero teniendo en cuenta que él era el primero que iba a recurrir al tenedor a la más mínima oportunidad, su explicación tampoco fue muy clara. Ni siquiera sabía si los palillos se cogían así, lo que sí que sabía es que en cuanto intentase coger algo se le iba a caer todo Y eso fue exactamente lo que pasó cuando intentó coger una servilleta. Steven rió y negó con la cabeza, como si él supiese hacerlo mejor.

- Seguro que sí, en un par de sesiones intensas de quince segundos habrás conseguido coger la servilleta. – Dijo manteniendo el tono bromista. Iba a intentar fingir que sabía usar los palillos cuando el camarero llegó de nuevo, sirviendo dos copas con Lambrusco a ambos y colocando los respectivos rollitos de primavera frente a cada uno de los comensales. – ¿Por qué crees que se llaman rollitos de primavera? Lo de rollito bueno, tiene su lógica. – Golpeó el rollito con uno de los palillos chinos. – Pero de primavera… ¿Tienes alguna teoría? – Él tenía la suya propia. Como para todo en esta vida. – Perdone, ¿Nos puede traer tenedores? – El hombre afirmó con la cabeza y se marchó en busca de estos. – No voy a hacerte perder la dignidad públicamente, tranquila. No soy tan mala persona. Y bueno… Yo tampoco sé usarlos, así que así tampoco pierdo yo la dignidad. – Admitió encogiéndose de hombros. - ¿Había quedado creíble mi explicación de antes? – Preguntó sin poder borrar la sonrisa del rostro.

El camarero depositó sobre la mesa los cubiertos para que ambos pudiesen comer sin acabar recurriendo a las manos y Steven empezó abriendo su rollito de primavera para que este comenzase a enfriarse. Seguidamente sirvió sendas copas de vino e invitó a Natasha a brindar.

- Es lo que se hace en estos casos, ¿No? – Preguntó aún con la copa en alto. – Para que no se te caiga el arroz con salsa de soja sobre el vestido si intentas usar los palillos chinos para hacerte la guay. – La gente brindaba por cosas. Pues él también, aunque tampoco se le ocurrían razones. Dio un trago a su copa y la volvió a colocar en su sitio. – En cuanto a la música… Trabajo en un tienda de música, como comprenderás escucho de todo. – Admitió encogiéndose de hombros. – Pero si tuviese elegir, soy partidario del rock clásico. Sonará típico, pero uno de mis grupos favoritos son los Beatles. El resto tengo que admitir que son más alternativos y quizá menos conocidos. – Si le dabas coba en lo referente a la música podía no acabar la conversación. Como prácticamente con cualquier tema, ya que tenía salidas para todo. – Por cierto, el otro día vi que tenemos un bajo que se dejó un alumno hace tiempo en la tienda y está prácticamente nuevo. Lleva ahí cosa de dos años y no ha vuelto a por él y tú tocabas el bajo así que si quieres… Puedes pasar un día por la tienda, probarlo y si te convence puedes quedártelo.
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S. Natasha Kuznetsova el Dom Nov 20, 2016 12:14 pm

Prestó atención a todo aquello que el contrario le estuvo contando con respecto al limón y sus utilidades muggles para hacer magia. Sus padres no sabían demasiadas cosas de los trucos muggles, esa era la diferencia entre ambos padres. Se estaba quedando asombrada de lo que podía llegarse a hacer con un limón y con leche, nunca hubiera pensado en esa posibilidad, y sin duda cuando decían que nunca te ibas a dormir sin aprender algo nuevo era algo muy cierto. Allí estaba la clara representación de lo mismo. Por no hablar sobre el tema de la magia y la ciencia, lo cual nunca se había planteado de esa forma antes. —Pues si te soy sincera es cierto que se tienen sus similitudes y es sorprendente lo que se puede hacer con un limón, o con leche. Jamás mis padres me habían hablado de esas cosas, posiblemente ni ellos lo supieran. — Puede que su madre tuviera alguna idea, por su parte muggle que tenía. No obstante si era así nunca se lo había dicho.

Una vez pedido todo el hombre se marchó, sin aparentemente haber apuntado nada. ¿Cómo pensaba acordarse de todo? Ya podía ser un genio. Una vez se fue el contrario se lo preguntó. — Seguramente se olvide de algo sino... ¿Cómo lo hará? Ya puede tener una buena memoria. Aunque no me extrañaría que fuera una clase de robot. — Si, si había algo que le llamaba mucho la atención era aquellas máquinas que salían muchas veces por la tele, sobretodo aquellas que parecían tan humanas. — Quizá haya visto demasiadas películas y programas sobre máquinas pero... Una ya no sabe hasta que punto pueden llegar los muggles con sus máquinas. — Rió por lo bajito, un poco avergonzada por su alocada idea. Aunque por algún motivo sabía que él la entendía, pero no entendía por qué sentía aquello.

Al rato de estar intentando utilizar los palillos acabó por dejarlos de lado, no lo estaba consiguiendo y ni si quiera había comida para practicar de verdad. Una servilleta era un objetivo muy complicado para una novata como ella y la comida que acabó llegando fue los rollitos de primavera, lo cual no sabía como iba a partir y comer con palillos. ¡Aquello era demasiado complicado! Pero de algún modo le parecía gracioso. Entonces el contrario pidió cubiertos. ¿Así que él tampoco sabía? ¡Madre mía que vergüenza! Y ella como boba intentando coger con los palillos la servilleta y sin embargo él tampoco sería capaz si tampoco sabía. — Si, fue muy creíble. Me lo creí totalmente. Hay que ver lo que me haces hacer... — Mantuvo una sonrisa, medio sonrojada pero apenas muy visible mientras se echaba hacia atrás el cabello. — Con respecto a lo de primavera... Puede que cuando hicieron por primera vez el rollito fuera primavera, o incluso puede que tengan algún evento en primavera donde se coma el rollito. Son mis dos teorías, no sé si puede haber alguna más. ¿Crees que puede ser porque los alimentos con los que se hace son de primavera? No, no creo porque algunos se pueden coger en otra temporada... — Y tras eso no pudo evitar quedarse unos segundos pensativa pero atenta de lo que el contrario dijera.

Observó como le servía la copa de vino y no pudo evitar reír para sí misma con aquel brindes al cual no se pudo resistir. Alzó la copa para brindar y seguidamente bebería un poco de la misma para dejarla en sus sitio. ¿Habría algún momento en el que no sonriese? Igualmente el tema retomó otra vez una conversación, esta vez sobre la música. Para ella era importante saber qué tipo de música le gustaba, más que nada por comparar los gustos de él con el propio. Pero no se esperaba que él le ofreciera ir a la tienda y que se pudiera llegar hasta llevar un bajo. ¿En serio le ofrecía eso? Sin duda los bajos era algo que le fascinaba de sobremanera y aquello le había sorprendido gratamente. — Los buenos grupos se hacen ver, a pesar del tiempo que a pasado Los Beatles siguen siendo un clásico y sin duda inimitables. — Comentaría al respecto. A ella también le gustaba aunque ciertamente no era de sus favoritos pero no quitaba que hubiera sido fan de ellos cuando no era más que una cría. Le volvían una adolescente loca. — ¿Y lo del bajo hablas en serio? Eso sería genial, me encantaría ver la tienda. Tiene que haber instrumentos de todo tipo, debe ser una pasada. Aunque me da un poco de corte que me quieras dar el bajo. ¿De verdad que no te importaría? Adoro ese instrumento, me pierde. — Admitió un poco nerviosa, pero nerviosa por él porque se estaba comportando como una chica adolescente que había quedado con el popular del instituto.

Cuando vaya podríamos tocar algo más que el bajo, ¿no? — Preguntó con curiosidad y de manera súper inocente. Es decir: no se dio cuenta de lo que dijo hasta que lo pensó un par de veces y se sonrojó muchísimo por la torpeza. — Digo... Tendrás más instrumentos y seguramente muchos no los conozca. — Añadió al rato, ya no tenía arreglo lo que había dicho primeramente pero no podía evitar sentirse avergonzada incluso de haber malpensado aquello. ¿Y si él no se había dado cuenta? ¡Menuda pervertida! Aunque ella le echaba toda la culpa al alcohol, aunque tuviera mucho aguante y no hubiera bebido casi nada.
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Steven D. Bennington el Dom Nov 20, 2016 9:39 pm

De la misma manera que su acompañante afirmaba haber visto demasiadas películas o programas de máquinas, Steven se encontraba en la misma posición. Pero él no pensaba que aquel asiático podía ser un robot que recordaría absolutamente todo lo que le habían dicho que cenarían aún cuando ni el propio Steven recordaba qué era ya lo que habían pedido. Sino precisamente porque había visto demasiadas películas donde los robots decidían saltarse la primera ley de la robótica y atentar contra los seres humanos.

- Está bien tener un tostador o una nevera, pero eso de una mascota robótica aún no me convence. – Comenzó a decir. Y es que había visto de todo en aquellas películas pero también en las noticas muggles, donde presentaban frecuentemente ferias de robótica. – Aunque eso de las impresoras 3D debe ser genial. Tener en casa una máquina que te fabrique cualquier objeto que necesitas… O que te fabrique una casa. Bueno, los componentes, creo que aún no han hecho una impresora 3D tan grande como para imprimirte una casa. Aunque… - Hizo una breve pausa divagando una vez más. – El otro día en las noticias estaban hablando de una feria de robótica y contaron que había una impresora 3D en Italia que hacía casas para los refugiados sirios. Así que puede que si consigo una de esas máquinas pueda mostrarme mi propia inmobiliaria. – Lo cierto era que si realmente aquellas máquinas pudiesen fabricar cualquier cosa, la vida estaría solucionada.

No pudo evitar reír al ver cómo las mejillas de su acompañante se coloreaban ligeramente al darse cuenta que él tampoco sabía cómo se usaban aquellos palillos chinos. Steven adoraba ir a los restaurantes asiáticos pero por muchos años que llevase visitándolos jamás había conseguido perfeccionar la técnica de utilizar los palillos chinos para coger comida sin tirarla antes de que esta llegase a su boca. Y lo cierto es que había practicado. O más bien, lo había intentado en numerosas ocasiones. Pero parecía que no tenía ese don asiático. O quizá ese gen asiático. Quién sabe.

- Piensa que no fue nada humillante. Podía haber sido peor. – Se encogió de hombros como si de un niño pequeño se tratase. Y es que en lo referente a su mentalidad, Steven era un tanto infantil, algo que él mismo sabía de sobra. – A lo mejor es por los ingredientes, sí… - Escuchó la teoría de la chica aunque esta se negase al final y rió. – Pues puede ser si lo piensas. La lechuga es verde y eso puede significar el campo en primavera. Y los ingredientes son de colores, como las flores. Más primaveral. Y a mí me gustan con salsa agridulce, así que eso es la lluvia ácida. – Dijo aquello último de manera seria, como si realmente hablase en serio. Luego no pudo evitar reír y negó con la cabeza. – Debería investigarlo, sería un dato curioso que podría haberte contado para que pienses que sé algo de la cultura asiática. Ya demostrado que no sé usar los palillos chinos.

Lo bueno de tener una tienda de música era… Ah no, él no tenía una tienda de música. Pero era encargado en una y eso le hacía tener ciertas ventajas sobre el resto de trabajadores y, además, sobre el resto de apasionados de la música. Y es que había más de un alumno que por una causa o por otra olvidaba un instrumento en el aula. También existían las ventajas referentes a CDs de música y ofertas, pero la más llamativa era conseguir instrumentos a mejor precio o incluso gratis.

- Claro que no. Si te ofrezco el bajo es porque no me importa para nada dártelo, sino no te lo diría, te lo aseguro. – No era del tipo de personas que alardeaban de lo que tenían, lo ofrecían y luego fingían olvidar su oferta. No, realmente Steven era alguien que compartía con facilidad, especialmente en lo referente a la música con aquellas personas que verdaderamente la apreciaban. – Además, para que esté comiendo polvo en la trastienda es mejor que lo esté usando alguien que verdaderamente lo aprecie, ¿No?

Steven era el tipo de personas que si le lanzabas una indirecta le daba de golpe contra la frente, caía al suelo y aún así no era capaz de verla. Y es que en lo referente a las mujeres, era más bien una persona extraña. Por lo que no se dio cuenta del comentario de Natasha ni aun cuando esta no lo había hecho a propósito.

- Ah sí. Hay instrumentos mágicos y muggles. Mi hija dice que los mágicos son aburridos y no le gustan, pero ella ha crecido con magia siempre así que… Para mí son interesantes y sorprendentes, también puede ser porque yo me críe con gente no mágica.– Admitió sin ningún problema. – Deberías pasarte por la tienda un día y te la enseño. Está en la Calle Alta de Hogsmeade, pásate cuando quieras y seguro que me encuentras por ahí. Si te pasas a horas normales, si es a las tres de la mañana lo más seguro es que estén dormidos hasta los instrumentos.
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S. Natasha Kuznetsova el Dom Nov 27, 2016 12:42 pm

Por unos segundos empezó a dudar de la propia negación sobre la relación de la primavera con los ingredientes. Escucharle y pensar que tal vez, solo tal vez, todo aquello que parecía decirse por ambas partes de casualidad fuera cierto. Realmente por el modo que tenía el contrario de hacerlo le hacía sentir que cualquier idea remota podría ser posible. No es que se sintiera engañada en aquel momento, o la hiciera parecer idiota como solía hacer su marido. No. Él hacía que su imaginación volase con más facilidad y que no tuviera mucha vergüenza a la hora de hablar porque sencillamente él tampoco le daba mucha importancia a aquello. Todo aquello era como estar en una misma ola y surfear a la par sin caerse. Quizá estaba muy acostumbrada a la seriedad y al frío que aquello le parecía muy cálido, como agradable.

Me haré la loca, un poco más, y esperaré a ver descubres sobre los rollitos de primavera. Olvidaré que tampoco es lo tuyo los palillos. — Luego correspondió la risa ajena mientras miraba al alrededor fijándose en si los demás los estaban mirando. Aquello era para hacer un cuadro realmente pero no le importaba. Además de que el vistazo fue muy rápido e inconsciente, ¿quizá por no ser capaz de aguantarle tanto la mirada por vergüenza?

Cuando se tomó el tema del bajo no pudo evitar sentirse agradecida por lo que le estaba ofreciendo, como también tontamente feliz porque significaba que la cita estaba yendo bien y que quería volver a verla a ver. Sentimientos que parecían estar olvidadas. — Vaya, pues muchas gracias. Lo cierto es que el bajo que tengo se lo quiere llevar mi hermano. Tengo un mellizo, ¿sabes? Pues bueno, no me desvío del tema. Se lo quiere llevar porque dice que no lo cuido, pero no es más que una excusa de que se lo quiere llevar porque desde que me lo compré siempre le gustó y bueno... Lo que se hace por un hermano. — Se encogió de hombros con una sonrisa, quería muchísimo a su hermano y haría lo que fuera por él. — Así que fíjate las casualidades de la vida. ¿Me leíste quizá la mente? — Se paró a tomar un gesto pensativo y luego rió sin poder evitarlo.

Luego le estuvo contando de todos los instrumentos que tenía en la tienda, al menos en general, cosa que le pareció muy curioso todo lo que le estaba contando, sobretodo lo relacionado con su hija y sus gustos. Hasta aquel momento no se había planteado de que si realmente quería intentar algo con él debía aceptar a su hija, cosa que no era un problema sino más bien el problema era aceptar ciertos recuerdos del pasado que dañaban y que no estaba segura de si iba a poder evitar pensar. — De acuerdo, pues me pasaré por la tienda, aunque no te diré cuando. — Y tras decir aquello comenzaron la comida que quedaba por ser traído, por suerte ya tenían los cubiertos. — ¿Eres de las personas que le gustan las sorpresas? — Preguntó curiosa.

Entonces miró a la comida, pensativa sin saber qué elegir primero. — ¿Por donde empezo? Tiene todo buena pinta y no me decido. Bueno mejor empiezo por los rollitos de primavera y luego pruebo la ternera que has pedido, nunca la he comido. — Cogió los cubiertos al revés de como solía cogerlo a la gente, ya que su mano más diestra era la izquierda. Si, era zurda. — Por cierto, ¿quién es tu hermana? Me comentaste que trabajaba en San Mungo, a lo mejor hasta la conozco. Aunque bueno, últimamente estoy muy metida en mi trabajo y a penas hablo con otros sanadores o enfermeros.
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Steven D. Bennington el Dom Nov 27, 2016 2:54 pm

Siempre había sido una persona curiosa, por lo que no sería ninguna novedad que llegase a su casa aquella noche y lo primero que hiciese fuese mirar en internet cuál era la historia que verdaderamente daba el nombre a aquella comida tan típica que siempre tomaba cuando iba a un restaurante chino.

- Ya que estoy aprenderé algo de chino. – Dijo manteniendo el mismo tono bromista respecto a aquel tema de conversación. – En Londres hay muchos locales de comida china, y también tiendas en las que venden de todo. Tan sólo tengo que pasarme unos días comiendo y comprando ahí y yo creo que podría sacarme al menos el A1 en chino. – No, lo más probable era que no, y era totalmente consciente de aquello. – Aunque dicen que es un idioma complicado. Hay muchas variantes del chino aunque el más común es el chino mandarín. Pero dicen que ni una persona nativa logra aprender todas las palabras de su idioma a lo largo de toda una vida. Y realmente me lo creo, es como el ruso y sus letras raras. – Hizo una pausa cuando las conexiones nerviosas de su cerebro parecieron dar lugar a una conexión correcta entre sí. – Ah, tú eres rusa. ¿Has vivido allí o eres de aquí? – Podía haber pasado tiempo en Rusia y haber decidido mudarse con los años. Y bien podía ser la hija de un matrimonio ruso que hacía años que pisaba su país natal y, por tanto, Natasha jamás habría puesto un pie en Rusia.

El tema de los hermanos mellizos siempre le había llamado mucho la atención. Desde que era niño. De tal manera que pensaba que tanto mellizos o gemelos eran capaces de leerse el pensamiento. Incluso que eran exactamente iguales en personalidad. Una idea que con los años había ido abandonando, no sólo por la experiencia, sino por la madurez mental y la capacidad de crear pensamientos más coherentes que eso.

- Nunca he estudiado legeremancia. ¿Se dice legeremante o legeremago? Siempre me lo he planteado. – Rió ante su estúpida pregunta. Y es que no había sido una disciplina que llamase demasiado su atención. – Así que eso de leerte la mente… Complicado. Pero si quieres puedo fingir que te leo la mente, si se me da igual de bien que fingir que sé usar palillos chinos a lo mejor encuentro trabajo en el campo de la legeremancia si algún día me da por cambiar de trabajo.

¡Le encantaban las sorpresas! Tanto darlas como recibirlas. Aunque era mucho más apasionado de dar sorpresas al resto. O más bien, de hacer regalos. Steven era ese tipo de persona detallista a la que le encanta dar regalos personalizados al resto. De esos que dan muchas vueltas – tanto que llegan a marearse – sobre qué regalo es mejor para cada persona.

- ¿A quién no le pueden gustar las sorpresas? – Preguntó tomando su copa y dándole un corto trago a la bebida. – Entonces quizá debería decirte que trabajo de lunes a viernes. Una semana por la mañana, otra semana por la tarde. Y un sábado completo cada tres semanas. Ah, y los domingos libro siempre, así que será mejor que nunca pases un domingo. – Dijo con una amplia sonrisa.

De la misma manera que Natasha, Steven comenzó con un rollito de primavera partiendo este por la mitad y echándole salsa agridulce tanto a una mitad como a la otra. Luego se dispuso a coger la comida con ayuda del tenedor y el cuchillo, olvidando que los palillos chinos estaban sobre la mesa.

- Beatrice Bennington. Es rubia, no muy alta, ojos azules, bastante pálida… Bueno, con eso creo que te he descrito a la mitad de la población femenina de Londres. – No sabía cuáles eran las relaciones de Beatrice dentro de su trabajo, así que tampoco podía estar seguro de que estas dos llegasen a conocerse. – Trabaja en maternidad, por si eso te sirve de ayuda. – Añadió antes de acabar con la mitad del rollito. - ¿Sabías que durante años se consideró que los zurdos estaban poseídos por el diablo y se les quemaba en la hoguera? Igual que a los que tachaban de brujos. Y a los pelirrojos. Irlanda debía ser una masacre. – Añadió antes de comenzar con la otra mitad del rollito. En ese momento, de manera inconsciente, su color de pelo había tomado un tono más anaranjado del habitual, por el mero hecho de mencionar a los pelirrojos, algo que hacía cuando era pequeño junto con Beatrice y, por tanto, surgía a veces de manera totalmente inconsciente.
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S. Natasha Kuznetsova el Sáb Dic 03, 2016 5:40 pm

Escuchó sus ideas sobre el idioma del chino. No sabía mucho de él porque tampoco fue algo que le llamara mucho la atención pero sin duda ella creía que existía solo el chino mandarín y no más a parte de ellos. Aunque no pudo evitar reír con su manera de querer aprender el idioma. ¿Quién aprendía así? Se imaginaba sin duda a turistas yendo a muchas tiendas de los chinos como sus restaurantes para aprender el idioma. Lo cierto es que debía ser muy complicado si era tan complicado como Steve le estaba contando. Nunca había oído realmente las personas hablar aquel idioma, o cualquier idioma complicado, pero no pudo evitar arquear una ceja sintiéndose dañada por aquello de las palabras raras del ruso que él decía, para luego reír cuando cayó en cuenta que era ella rusa y le preguntó sobre ello.

He nacido allí y me he criado allí, aunque he pasado cinco años de mi infancia aquí en Londres y los años de la universidad. El resto de tiempo en Rusia. ¿No se me nota? — Preguntaría sin poder evitar reír bajo mientras se llevaba la mano a la boca. Natasha tenía particularmente el acento ruso bien marcado y no era algo que se le fuera fácilmente. — El ruso no tiene letras raras, o eso creo. Aunque suena más raro quizá el escucharlo. — Se para un segundo a pensar. — No, tan raro no es. Los ingleses si que tienen algunas cosas más raras que los rusos. Quizá porque hacen las cosas más complejas. — Al menos para sí misma el ingles le había sido más difícil porque sencillamente no era su idioma y de pequeña tuvo ciertos "traumas" con el idioma para aprenderlo en la escuela, teniendo que adaptarse al mismo con mucha dificultad.

Entonces se sacó el tema de la legeremancia, algo que le llamaba mucho la atención. — Creo que se dice legeremante. Creo. No me hagas mucho caso porque no entiendo mucho de ese tema y puede que se digan de las dos formas. — Se iba a informar más al respecto, realmente era algo que le llamaba mucha la atención y sobretodo porque sabía que podía hacer buen uso del mismo para la medimagia. — Sería una situación muy graciosa esa, eeh. Quien sabe, alguna vez podrías hacerlo para ver si cuela. — Animaría al mago a hacerlo porque realmente fue gracioso con respecto a los palillos así que seguramente lo fuera también con la legeremancia. — ¿Sabes? A mí me gustaría estudiarlo, puede que pronto lo haga y de algún curso intensivo. Quiero saber para poder ayudarme en la medimagia. Así poder ayudar mejor a los pacientes. — Sonrió alegremente, muy feliz de pensar que así podría ayudar a más personas. Sobretodo a aquellas que no eran capaces de expresarse bien o hablar con propiedad.

Dentro de sus pensamientos se apuntó las horas que el contrario le había dicho, no quería ir a horas que no eran. — De acuerdo, si voy es por ti y ese bajo así que me encargaré de no ir a una hora en la que solo me reciban los ronquidos de los instrumentos. — Sonrió coqueta y emocionada por la idea de volverlo a ver.

Eso si, no tenía ni idea de quien era su hermana y tampoco trabajaba en la rama de la misma. — Con lo que me cuentas es muy complicado pero no creo conocerla, además no tengo mucho en común con la maternidad. No me he pasado nunca por esa parte y no es algo que se me de bien. — Torció el labio un poco apenada por ello, porque realmente adoraba los niños pero nunca tuvo la oportunidad de tener hijos y eso la entristecía. Luego de eso se cambió de tema y esta vez se hablaría de zurdos, como Natasha, y pelirrojos... Como él. Como si nada lo observó el pelo de un tono anaranjado, distinto al del comienzo. — Tu pelo... Ten cuidado. — Susurró con una pequeña risa como si aquello fuera una travesura el que él tuviera el pelo cambiado. — Pues debía ser todo un peligro todas esas cosas. Espero que nunca me dé por teñirme de pelirroja porque entonces acaban conmigo por muchas cosas. — Se llevó un mechón del cabello tras la oreja, sin apartar la mirada en aquel momento del hombre, que cada vez le parecía más atractivo. — ¿Me disculpas un segundo? Voy al servicio. — Le guiñó el ojo de manera cómplice para luego dejar las cosas sobre la mesa para levantarse lentamente.

Una vez se levantó tomó el bolso y marchó al baño para acicalarse un poco. Se pintó los labios y se colocó bien el cabello. Se echó un poco de agua a las mejillas y suspiró, colocándose la falda del vestido bien, al igual que el escote que se le subió por estar sentada. Tenía mucha calor y toda la culpa era de Steven. Rió ante ese pensamiento y finalmente saldría para volver a la mesa. No tardó más de dos minutos y ya estaba en la mesa con él nuevamente. Con todo el aliento recuperado del que él le había robado con sus encantos.

¿Hay cosas para las que eres zurdo? No sé, a lo mejor para la varita, o quizá para jugar algún deporte. — Preguntó con curiosidad por saber más de él, humedeciéndose inevitablemente los labios de ciertos pensamientos que por su cabeza pasaba mientras comía. — Yo soy zurda para casi todo, hay otras cosas para las que soy ambidiestra, aunque para la varita para nada sé con la derecha. — Admitiría. Aquello de las manos era algo que siempre le llamó la atención porque podía condicionarte mucho a la hora de una tarea. — Por cierto, me parece muy curioso las personas con esa capacidad de lo del pelo... Tú me tiendes. ¿Has tenido problemas con los muggles de ello? — Preguntó nuevamente curiosa y también en un volumen más bajito.
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Steven D. Bennington el Dom Dic 11, 2016 12:34 pm

Para Steven el ruso era un idioma raro. Y por mucho que Natasha dijese lo contrario, para él esas grafías eran totalmente incomprensibles. No era como intentar hablar alemán, donde era capaz de leer las sílabas aunque no fuese capaz de darle sentido alguno a las palabras. Pero en ruso veía las grafías utilizadas y era como enfrentarse a algo totalmente desconocido. Algo así como a un problema de trigonometría cuando cabía destacar que era un total inútil en el ámbito de las matemáticas.

- No niego que sean raros. – Dijo el chico riendo. – Pero para mí son menos raros los ingleses que los rusos. Llevo desde los siete años viviendo en Inglaterra y ya me he ido acostumbrando aunque hay cosas que todavía no entiendo. Como eso de tener un plato típico que sean patatas con pescado frito y lleno de grasa. – No, a Steven ese plato no le agradaba nada en absoluto. – La gente considera rara la hora del té, la monarquía, la moneda y conducir por el lado opuesto. Pero para mí no es raro, Australia en ese sentido no es tan diferente de Inglaterra. – Hizo una breve pausa. – Que si no se nota por mi acento, no he nacido aquí. Aunque he pasado la mayor parte de mi vida aquí. – Steven tenía bastante acento australiano, pero dado que había dejado su país natal a muy corta edad no era tan notable como podía serlo en otros miembros de su familia que jamás habían dejado el país.

Steven siempre había sido un fanático del conocimiento. Una de esas personas que leen absolutamente todo lo que cae sobre sus manos. Una de esas personas cuyos intereses están centrados en ámbitos académicos y que valoran la conversación por encima de cualquier otra cosa siempre y cuando esta sea de provecho. Pero a pesar de todo esto, jamás se había planteado ampliar sus estudios e ir a la rama recurrente a la mente ajena. Él ya tenía suficiente con los hechizos de modificación y eliminación de recuerdos.

- ¿Eso no sería atentar contra la privacidad del paciente? – Preguntó con algo de curiosidad. – Quiero decir, es útil para poder saber qué le pasa a alguien que no puede hablar pero sí piensa en lo que le sucede. Pero a lo mejor el paciente no quiere que sepas cómo ha llegado a esa situación. – Se encogió de hombros. – Cuando era niño me caí por las escaleras y me hice un esguince. Era porque estaba leyendo y no miraba por donde iba. Mi padre me decía mil veces que no hiciese aquello porque un día iba a caerme así que cuando fuimos al médico yo dije que me había caído jugando al fútbol con mis amigos. – Cabía mencionar que Steven jamás había jugado al futbol con sus amigos. Algo que su padre no sabía y el médico no había sospechado. O eso creía cuando era niño. – Si el médico hubiese conseguido leer mi mente me habría molestado. Es un lugar privado. – Él lo veía de aquel modo. Pues Steven era una persona bastante respetuosa con el resto que intentaba hacer lo mejor por los demás sin dejar de pensar en las consecuencias de sus acciones.

Una vez se concentraba en una historia su cuerpo tendía a sufrir modificaciones. Cuando era niño era cuando esto podía observarse más, y es que antes de la llegada de la carta de Hogwarts a su casa, Steven modificaba levemente sus rasgos a la hora de contar un cuento a su hermana cada noche.

- Uh, no pasa nada. – Dijo negando con la cabeza al tiempo que su pelo volví a su tono habitual. Suponía que de haberlo visto alguien este habría pensado que se trataba de un efecto óptimo provocado por la luz del local, por lo que no le dio importancia alguna.  – Claro. – Sonrió el chico de manera amble antes de terminar con su rollito de primavera mientras Natasha se levantaba en dirección al baño.

Hizo un gesto al camarero para que trajese además una botella de agua, y es que Steven no era muy dado a beber alcohol a la hora de cenar y prefería irlo mezclando con agua, pues sí era de esas personas que acababan llenándose el estómago de agua antes de hacerlo con la comida.

- Si te digo la verdad nunca he sido muy dado a los deportes. Sólo me agrada el surf y es porque no es un juego de equipo. Eso de depender de tanta gente no es mi punto fuerte. – Rió. – Pero soy diestro para todo, creo. – Intentó coger el cubierto con la mano opuesta y no resultó tan complicado. – Bueno, pero para escribir ya te digo yo que parecería que lo he hecho en arameo. – Añadió cogiendo un pedazo de ternera usando el tenedor con la zurda.

- ¿Con la capacidad de teñirme el pelo sin gastar ni una libra? – Preguntó como si no supiese de lo que estaba hablando, acompañando sus palabras con una sonrisa. – Mi familia es muggle y nunca se dieron cuenta. Según he leído la metamorfomagia es algo que tienes desde tu nacimiento, pero yo sólo recuerdo que apareció cuando me mudé a Inglaterra. Me pasaba el día usando gorros de lana con la excusa del frío para que mi pelo no cambiase sin darme cuenta. Pero cuando más aparecía era cuando le contaba cuentos a mi hermana por la noche. Ella era la única que sabía de… Mi pequeño secreto. Así que cuando llegó la carta de Hogwarts ella estaba segura de que todo era cierto y ese supuesto profesor no era ningún tipo de timador. Y eso que tenía seis años por aquel entonces, la verdad es que siempre ha sido muy inteligente. – Steven siempre había admirado a su hermana menor en absolutamente todo y si existía alguien por quien Steven sintiese verdadero aprecio esa era precisamente Beatrice. – Hablaste antes de tu hermano, ¿Él también vive en Inglaterra o sigue en Rusia? – Preguntó con cierta curiosidad.
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S. Natasha Kuznetsova el Mar Feb 28, 2017 10:21 am

Los ingleses hacían muchas cosas extrañas, su propia cita se lo estaba enumerando y es que había muchas cosas que no entendía. Cierto era que Rusia tenía otras tantas que muchos otros no podrían llegar a entender, estaba más allá del entendimiento humano y es que no le extrañaba que dijeran que los rusos estaban locos cuando veían las burradas que eran capaces de hacer. ¿Brutos? Podría ser, la cuestión era que hacían muchas cosas sin sentido alguno, además de todas esas cosas vetadas, aunque no fueran directamente, hacían del país un tanto estúpido.Realmente cada país tiene lo suyo, admito que los rusos podamos ser un tanto raros en algunas cosas pero supongo que como todos. Lo cierto es que lo que menos entiendo es la hora del té que comentaste. ¿realmente es necesario eso? Además de que me da curiosidad saber de dónde viene esa costumbre. ¿Tú la sabes? — Preguntó curiosa por saber la historia pero seguramente acabasen derivando como lo hicieron con el rollito de primavera.

Entonces quizá saliera un tema delicado del que hablar, pero no le importaba tampoco hablar mucho de ello dado que no tenía ningunas intenciones malas y sobretodo tampoco iba a entrar en las mentes ajenas, de saber hacerlo, como si nada. Mas antes de responder nada de lo que el contrario le estaba contando y haciéndole ver otro punto de vista, meditó cómo le iba a explicar lo que ella quería decir con utilizarlo a su favor para el campo de la medicina.  — No me refiero a entrar en sus mentes sin permiso, jamás haría algo así. Ciertamente no sé como irá ese tema pero lo único que haría sería poder comunicarme mejor con el paciente con el permiso del mismo. Quien no quisiera no lo haría. Aunque más bien lo centraría más a aquellos pacientes que tienen dificultades como mudos, sordos o personas que no fueran capaces de explicar lo que siente mediante palabras porque les resulta más complicado. No entrar en todo momento en la mente del contrario, eso es una grave falta de respeto. No me lo puedo permitir. — Explicó su punto de vista con total tranquilidad y sin querer tampoco hacer que el contrario cambiase de opinión, que no tenía por qué ya que no iba en contra de lo que Steve había dicho. — Eso de entrar en cabezas ajenas sin permiso alguno, aunque los tuviera y fueran personas con la capacidad de comunicarse bien, solo haría que mis pacientes se incomodasen y rechazaran mi trato, hay que conseguir todo lo contrario para que el paciente esté a gusto. — Añadió con una sonrisa, feliz de seguir aquellas sobre el trato a los pacientes, dado que muchos otros medimagos carecían de ese cuidado.

Y tras aquello el tema quedaría zanjado, o eso creía, al menos por su parte dado que había explicado todo lo que tenía que explicar. Tras esa charla tan solo tuvo que marchar al baño para poco después volver con el pelo mucho mejor colocado, dado que este tendría a alborotarse sin petición alguna. Resultaba ser todo un adolescente rebelde, el que no tenía.  Claro que ahora el tema a tratar era el ser zurdo o no en lo que se hacía. Lo cierto era curioso lo que le estaba contando de él mismo, aunque realmente le resultaba curioso todo aquello que le contaba en sí porque era un hombre con bastantes sorpresas y que tenía una gran facilidad de robarle una sonrisa con cada una de sus historias.  — Escribir de manera poco legible tampoco es un problema, eeh. ¿No viste la nota médica que te di? Y eso que era con mi mano diestra... — Si, aquello era totalmente cierto, la letra de Natasha no es que fuera muy bonita y no sería la primera vez que se plantease el mejorarla.

Y escuchando nuevamente una de sus historias, no pudo evitar el quedarse algo embobada escuchándole y sintiéndose verdaderamente atraída por él, sin hablar del sentido físico. ¿Cómo una persona podía ser tan.. él? Sin duda debería estar muy acostumbrada a su marido y el comparar con el mismo, aunque de manera inconsciente en su cabeza, hacía que Steve fuera una persona bastante peculiar y de la que no ibas a poder encontrar en otro sitio. Su historia realmente era impresionante, ella sin embargo tenía una historia normal y corriente con respecto a la magia dado que era algo bastante común en su familia. — Es increíble, suena muy emocionante y más si tu hermana es la primera en apoyarte como animarte para ello a pesar de las circunstancias. — Aquello lo diría con cierto asombro por lo que le había contado y es que era algo que jamás se hubiera imaginado así, más siendo un cambiante.

Tras eso salió el tema de su hermano, el de Natasha. — ¿Ese loco? Está viviendo en Inglaterra, va conmigo allá donde yo voy. No me lo quito de encima ni queriendo. — Tenían una relación los hermanos de bastante colegueo y muchas bromas, muchas muchas de ellas. Tenían un humor juntos impresionante y la gente a veces no comprendía porqué eran tan... locos, como ella le acababa de decir. — Supongo que es por ser mellizos, él dice que por haber nacido del mismo lugar juntos tenemos que estar juntos. No me puedo quejar, por mucho que me meta con él es una persona con un gran corazón. — Admitió con una sonrisa nostálgica, por aquellos tiempos en los que eran pequeños. — ¿Tu hermana y tú estáis muy pegados desde pequeños? ¿Cómo es ser el hermano mayor? Yo soy la mayor pero simplemente por unos minutos... — Preguntó aquello porque le daba curiosidad saber la visión del contrario, dado que se la daba para diversos asuntos no iba a ser esta una excepción, ¿no?
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