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Plan de acción fallido. [Priv]

Invitado el Dom Nov 20, 2016 1:37 pm

Un día de descanso cualquiera lo toma como el placer de dormir o retozar hasta tarde, eso era lo que realmente esperaba, ese era su plan en su día libre pero su hija tenía un mecanismo de pensamiento tan distinto que a veces se preguntaba por qué no se parecía lo suficientemente en eso a él como para acomodarse a su lado, acurrucarse contra su pecho y dormir placenteramente. No, ella comenzó el día hurgándole los y ordenando como buena hija de una serpiente, su desayuno a la hora reglamentaria.

Arrastra los pies por su casa, mantiene los ojos lo suficientemente abiertos como para no quemarse y poner atención en lo que su rubia debilidad hacía o en términos de niños pequeños, que travesura estaba realizando mientras él no ponía la debida atención. La adoraba sí, pero también era dueña de todos los sustos que ha logrado ganarle, y también está seguro que tendrá más de un dolor de cabeza su sale calcada a su madre. Merlín, amparame cuando eso pase.

Desayunan, y después de un tira y encoge, de un par de pucheros que eran la apertura a un berrinche, es que termina en el Callejón Diagon. Desde que Sophie-Ann es capaz de caminar por sí sola, también había desarrollado ese entusiasmo de explorador de todo niño a su edad, y cada vez que eso pasaba era Kaíke quien lo terminaba pagando. ¿Por qué su hija no entendía que papi necesitaba descansar al menos hasta mediodía? ¿Era mucho pedir? Bien le repetía su madre que el ser padre le quitaba cualquier irresponsabilidad que quisiera hacer.

- ¿Estas… Segura? – pregunta a su hija que la mira con esas enormes gemas que tiene por ojos, era como mirarse a un espejo y también era la razón total de por qué era incapaz de negarle algo. – Sophie…

Suspira con una resignación difícil de ver en él porque le habían enseñado a salirse con su cometido, a su vez le estaba enseñando eso a su pequeña y esa era la consecuencia de que le estuviera aprendiendo tan bien. Rompe con los dientes el envoltorio de la rana de chocolate que casi se traga a entero y le da la etiqueta de adentro a su hija que chilla feliz, un sonido que es directamente proporcional a la sonrisa paternalista que se trepa a sus labios.

Sus dedos se aferran a la muñeca de su hija porque no pretende perderla entre el conglomerado mágico. A su parece le dan ñañaras estar tan sofocado de gente como está el Callejón pero solo sería un rato en lo que su hija se agotara, tal vez la llevaría a ver las lechuzas o por otro nuevo libro para sus noches, es un pensamiento que retiene porque realmente no tenía un plan de acción ahí.
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Apolo Masbecth el Mar Dic 06, 2016 7:11 am

Se encontraba en el callejón diagon, un lugar peculiar donde la comunidad mágica va para surtirse con todo tipo de objetos, desde estudiantes hasta magos que buscan algo que en otro lado quizá no encuentren. La razón porque el rubio se encuentra en ese lugar a tan pronta hora del día es porque recibió una lechuza la noche anterior, su hijo necesita unos libros que no se encuentran en Hogwarts pero si en una de las tiendas del callejón. Tenía la mañana libre así que no le costaba hacer esa diligencia y si se trata de su hijo no pone objeciones. Llegó tan temprano como pudo, a sabiendas que es entre semana y el sitio se vuelve muy concurrido a medida que transcurre el día. Al entrar a la tienda se llevó la sorpresa de que ya habían varias personas haciendo las compras, la mayoría adultos pues los estudiantes estaban en Hogwarts, uno que otro niño que aún no tiene la edad suficiente para ir al colegio de magia y hechicería.


No fue difícil encontrar el libro que buscaba, en uno de los estantes principales lo vio, además que todos en la tienda estaban tras el mismo, quedando solo unos pocos ejemplares cogió el suyo y fue a formarse en la fila para pagar. Un niño con alrededor de cinco años se le quedó viendo, estaba justo delante de Apolo. El pequeño sostenía la mano de su madre y con la otra golpeaba las rodillas del mortífago, esté puso cara de pocos amigos y el niño le mostró la lengua. La mujer no se daba por enterada de la situación mientras conversaba con su amiga esperando que sea su turno para comprar el libro y salir de ahí, lo mismo que Apolo, quien al final detuvo la mano del niño, este parecía comenzar a llorar así que hizo aparecer una golosina y se la dio, este sonrió y se la llevó a la boca para después no molestarlo.


Quince minutos más tarde ya estaba saliendo de la tienda, se dio cuenta que el callejón estaba muy concurrido, apenas y se podía caminar entre el mar de gente, pensó en largarse de ahí cuando vio algo que le hizo sonreír. La imagen de aquel sanador caminando con una pequeña de la mano entre los otros magos, le reconocería donde fuera. Aquel perfil griego y esa silueta eran algo digno de recordar. No dudó en acercarse, había sido persistente durante las última semanas, yendo cada tres días  a revisión médica con Sasha y aprovechando para pasar a saludar al sanador, aunque sea con un hola que no durase más de dos segundos, pero para que lo tuviera presente en la mente.


La última vez que lo vió fue hace exactamente una semana, pues ya había sido dado de alta y se había recuperado totalmente de su mano, la cual podía utilizar a la perfección. De todas formas iban caminando de tal forma que se iban a encontrar cara  a cara. Cuando estuvo lo suficiente cerca su rostro dejó entrever una sonrisa tan enorme que casi cubría la mitad de su cara. - Doctor Humberth, buenos días - saluda de forma efusiva mirando aquellos preciosos ojos para luego desviarse hasta la pequeña. - Que niña tan mas linda tiene usted   - dice poniéndose en cuclillas para quedar al nivel de la pequeña y le toca apenas la punta de la nariz con la yema de sus dedos sonriendo. Los niños nunca han sido de su agrado pero si quiere ganarse al hombre esa es una excelente ventana de acceso a ello.


Con un poco de magia hizo aparecer una flor, un tulipán rosado que le entregó en la mano a la pequeña y luego volvió a incorporarse para quedar a la altura del sanador. - ¿De paseo? Yo he venido por unas cosas que necesita en el colegio mi hijo - dice sosteniendo la bolsa con libros para que no crea que lo está acosando como de alguna u otra forma hizo en San Mungo.
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Apolo MasbecthMagos y brujas

Invitado el Jue Dic 15, 2016 1:46 pm

Hablaba de trivialidades de niñas con su pequeña, por ejemplo, que le haría de comer al llegar y de cómo no lo iba a chantajear para comprarle un helado aunque eso era una total mentira, estaba dando esa dirección mientras aún tomaba a su pequeña de su mano y esta le seguía explicando entre su forma de balbuceos que solo para quienes le conocían, tenía sentido, decía como la abuela la había llevado a los rosales y eso le hace sonreír porque era la misma forma en que su madre le calmaba cuando estaba aburrido de estar encerrado. Todo una técnica infalible, y así también sabía que su hija no era tan bien portada como sus padres confiaban.

Cuando obtiene esa imagen nítida de Apolo, detiene en seco y siente como su hija se aprieta en una de sus piernas y sonríe tanto por la cortesía como en la forma que se siente aliviado de que su pequeña haya puesto atención a su charla de no acercarse a desconocidos a menos que fuesen amigos de papi, y él tenía que confirmarlo.

- Señor Apolo…- susurra muy suave a pesar del bullicio y sus dedos se deslizan lentamente por los rulos rubios de su pequeña que avanza cuando toma esa flor, escucha como chilla de felicidad a ese gesto. - ¿Cómo se dice, mi cielo? -  pregunta y su pequeña con su lenguaje bebé-niña agradece con una enorme sonrisa.

Realmente no es capaz ya de llamarlo por su apellido, lo había visto constantemente en San Mungo, tanto que se había memorizado su nombre mejor que el de cualquier paciente, y tenía muchos que iban consecuentemente porque tenían seguimientos permanentes, eran esas caras conocidas que llamaba por su nombre y no podía evitar pensarlos, ahora creía a Masbecth algo similar a eso. Esboza una pequeña sonrisa de cortesía. – Nosotros tenemos un momento de tranquilidad y pensamos en pasear un rato. A Sophie le gusta mucho venir, y tengo el día libre así que… - hace un gesto señalando con cuidado el espacio geográfico en donde estaban, lento y medido para completar la idea que quería transmitir hasta que su hija dice un símil a: “Eado”.

Rie levemente, el sonido es limpio y calmo porque es de esos días donde se puede están en paz y calma, donde no tiene por qué salir corriendo al trabajo por una emergencia mayor o salir corriendo del mismo a casa de sus padres porque, repetía, sabía que su hija no era ninguna santa y que sus travesuras podían ser altamente variadas si no se le podía la atención que ella exigía como la bebé caprichosa que era, muy a su pesar. – Y sí, vamos por un helado. Si gusta. – invita porque realmente le vendría bien otro adulto que le ayudara a lidiar a su hija – Claro, si no tiene apuro porque… Es posible que… - señala a la pequeña que inmediatamente se ruboriza porque aún no está acostumbrada a la atención de más adultos que no sean su padre o sus abuelos, o el pequeño círculo social donde se movían – Ella se coma todos los helados posibles.
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