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Castle of Glass [Beatrice Bennington/Priv.]

Steven D. Bennington el Vie Nov 25, 2016 12:03 pm


Llevaba planeando aquello por un par de días, y es que desde que Beatrice había conseguido un puesto en San Mungo, su horario hacía que fuese casi imposible verla de no ser una madre embarazada. Algo que Steven no era, por lo que le costaba más de lo normal poder contactar con su hermana. Por suerte, ninguno de los dos provenía de una larga estirpe de Magos con tendencias puristas que tachasen la tecnología Muggle de algo digno de permanecer únicamente en los libros de historia pero lejos de ellos. Todo lo contrario, los hermanos Bennington habían crecido en el mundo Muggle y por esa razón, Steven podía recurrir a mandar un WhatsApp a su hermana o, directamente, llamar a esta. Dado que su horario era un tanto complicado, se había quedado con la primera de las opciones y habían acordado hacía ya una semana verse aquel sábado pasada la hora de comer, hora en la que Beatrice no tenia turnos en el Hospital.

Steven por su parte, tenía un horario mucho mejor y flexible. Entraba y salía de la tienda cuando le venía en gana y eso que no era ni de lejos el dueño. Pero sabía cómo organizarse junto con su compañero en la tienda para poder cuadrar horarios y horas libres. Y, aquel sábado, sólo había trabajado hasta la hora de comer, hora en la que había vuelto a su casa en Hogsmeade y le había dejado a James el honor de trabajar lo que restaba de tarde.

- Pensaba que llegarías tarde. Se nota que te estás haciendo mayor. – Dijo Steven fingiendo cierta sorpresa mirando el reloj de su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo al ver aparecer a su hermana. Le dio un corto beso en la mejilla acompañado de un abrazo algo más largo y ambos comenzaron a cruzar el paso de peatones situado justo en frente de la parada de metro en la que habían quedado. Y es que por su parte Steven se había aparecido cerca de aquella parada, pero consideraba que era un buen punto de encuentro aunque no usasen el transporte público. – He comprado las entradas por internet, sólo tenemos que ir a la taquilla y nos las dan. – Comprobó que en su bolsillo siguiese estando el resguardo que había impreso en casa mientras iban caminando por la calle rumbo al museo de cera. Y es que en todos los años que llevaba en Londres, no había pisado aquel lugar. Se lo había comentado a Beatrice y esta parecía no haberlo pensado ni dos veces a la hora de aceptar. O podía que lo hubiese pensado mucho pero había aceptado sólo por complacer a su hermano, algo que Steven sería capaz de creerse dada la forma de ser de Beatrice.

Una vez se situaron frente al edificio que albergaba el museo se dirigieron a la zona de las taquillas y Steven enseñó el resguardo de las suyas para así obtener dos tickets que les permitían entrar al lugar en cualquier momento.

- ¿Quieres entrar ya? – Preguntó tendiéndole una de las entradas a su hermana mientras él se dedicaba a mover la suya para ver cómo el brillo de las letras iba variando según se encontrase en una postura más o menos horizontal. – He oído que hay una figura de cera de Elvis… Quizá podamos robarla y te la llevas a casa. Le colocas una vela en la mano y puedes usarla de lámpara. Aunque bueno… Es de cerca, ¿Se derretiría? – Preguntó no muy seguro de la respuesta. ¿Qué tipo de cera era la que usaban para hacer aquellas figuras? ¿Se derretía con el calor? No tenía ni la más remota idea y había que tener en cuenta que era un Ravenclaw de lo más curioso.
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Beatrice Bennington el Jue Dic 22, 2016 12:33 pm

Al haber nacido y crecido en el mundo muggle, algunas cosas como la simple salida a un museo me hacía verdadera ilusión. Me había propuesto al entrar a Hogwarts que no olvidaría mis raíces, y que haría todo lo posible por unir aquellas dos vidas mías. Por suerte, contaba con mi hermano, que también disfrutaba de todo lo muggle.

Aquel encuentro con Steven me hacía especial ilusión. Mi trabajo en San Mungo me tenía casi completamente ocupada, y echaba de menos pasar tiempo con mi familia. Por ello, cuando mi hermano me propuso vernos aquel sábado no pude sino aceptar sin pensarlo dos veces. Me encantaba mi trabajo, pero no podía negar que en demasiadas ocasiones me hubiese gustado tener algo más de libertad y tiempo para mí, por mucho que las mamás brujas necesitasen de mis conocimientos en Medimagia.

Me preparé de una forma sencilla: me vestí con un vestido vaporoso de color azul y unas medias tupidas de color morado, que rematé con unas botas negras brillantes y un abrigo del mismo color. Nerviosa, mientras caminaba las escasas manzanas que separaban mi casa del lugar donde había quedado con mi hermano, no podía parar de tocarme el bolsillo del abrigo, esperando que mi teléfono móvil sonase o vibrase. Casi parecía que en vez de ver a mi hermano estuviese esperando noticias sobre una cita, cosa que no tenía desde hacía varios años.

Hice una mueca, poniendo cara de pato, cuando mi hermano me dijo que esperaba que llegase más tarde, y que parecía que me estaba haciendo mayor. Lo dejé pasar, aunque tenía una muy buena respuesta en el tintero, porque no quería que aquella velada terminase siendo un día más en la vida de los Bennington, con piques y discusiones infantiles. —Para la próxima, aparécete en mi casa, que solo está al otro lado del parque—Le dije, poniendo los ojos en blanco antes de soltar una ligera risa.

Bailoteaba en el sitio como una niña pequeña emocionada, que al fin y al cabo no se diferenciaba mucho de lo que en realidad era, pese a mi edad. —Ay, que ilusión. ¡Qué ilusión!—Zarandeé el brazo de mi hermano mientras nos íbamos acercando a la taquilla. Parecía mentira, tantos años en Londres y nunca se me había pasado por la cabeza visitar el museo de cera. Cierto era que las figuras de cera me daban algo de mal rollo, pero estaba segura de que era porque nunca las había llegado a ver en todo su esplendor.  —Como le pase algo al Elvis de cera te las vas a cargar, ¿me oyes, Stevie? Hmm—Fingí hacer un mohín, para darle veracidad a mi comentario, infantil, pero cierto.
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Steven D. Bennington el Sáb Ene 07, 2017 11:17 pm

La relación entre ambos siempre había sido buena. A diferencia de muchos hermanos, Steven y Beatrice no habían tenido grandes discusiones o rabietas durante su infancia. Quizá porque Steven nunca había sentido celos de la aparición de una hermana menor o porque las circunstancias habían hecho que se uniesen un poco más por tener que dejar su país natal sin previo aviso. O quizá había sido la magia, la cual les diferenciaba del resto de su familia y les hacía únicos.

- ¿En tu casa? ¿Y si te pillo medio desnuda? ¿O con la mascarilla verde y los pepinos en los ojos? ¿O comiendo una tarrina de helado y viendo una película romántica como… Crepúsculo? O peor, imagínate que estás viendo Cincuenta sombras de Gray. O el improbable caso de que estés con un chico… No, no, prefiero que llegues tarde, no quiero ningún trauma en mi infancia. – Dijo con tono bromista como si algo de lo que había dicho previamente tuviese algún tipo de sentido.

Se aproximó hacia la zona de las entradas y en apenas dos minutos la fila había terminado para situarse frente a la cajera.

- Buenas tardes. – Sonrió con su habitual gesto amable. – Hemos comprado las entradas por internet, ¿Tenemos que hacer algo más?

La mujer, quien no era demasiado amable ni habladora, negó con la cabeza y se dio por satisfecha con aquella mera contestación. Si es que acaso aquello podía llamarse contestación.

- ¿Y podría darme unas entradas de las de taquilla? De esas rojas como las que lleva la gente. - Amplió su sonrisa, obviando la contestación tan inexistente por parte de la mujer que se encargaba de atenderle.

- Solo para compra en tanquilla. ¡Siguiente!

Steven no entendía cómo podían existir personas en el mundo como aquella mujer, pero ya había aprendido con los años que cada persona era un mundo y que desgraciadamente el mundo estaba lleno de personas como aquella. Se limitó a encogerse de hombros e ir junto con Beatrice en dirección a la entrada.

- ¿Te vas a chivar a papá? – Soltó una carcajada irónica. – Además, si le pasa algo al Elvis de cera no tiene porque ser mi culpa. Hay cientos de personas que odian los tupés y podrían querer destrozar el suyo como acto reivindicativo. No todo tiene por qué ser mi culpa.

Le tendió sendos folios al hombre que se encontraba a la entrada y le saludó con una sonrisa amable mientras este partía la esquina superior del folio donde se encontraba impresa la entrada.

- O a lo mejor viene el Elvis de verdad y decide destruirla porque es un insulto a su belleza natural. Que dicen por ahí que Elvis no murió, sino que se fue porque quería desaparecer. Aunque bueno, también lo dicen de Marilyn Monroe y de Michael Jackson. Aunque yo creo que lo de Michael Jackson no es creíble. Elvis y Marilyn podrían disimularlo pero Michael… Como no se operase la cara para ser negro otra vez.

Entraron al interior del lugar, donde la luz era más tenue y las voces de las personas no eran demasiado elevadas para no molestarse los unos a los otros. Menos las de dos niños que corrían por la estancia mientras sus padres ignoraban su comportamiento. Steven negó con la cabeza al ver aquello pero no dijo nada, sino que siguió avanzando junto con su hermana para llegar a la primera sala.

- Estar aquí de noche tiene que dar verdadero miedo. ¿Te imaginas que son como los juguetes de Andy y cobran vida?
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