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On your side {Sam J. Lehmann}

Henry Kerr el Dom Dic 11, 2016 1:43 am

Henry sintió un escalofrío, y se acomodó mejor el abrigo que llevaba. Con un movimiento rápido se ajustó mejor el cuello de la chaqueta larga, y siguió avanzando metiendo las manos dentro de sus bolsillos.

El viento soplaba a rachas. Como queriendo mostrar el poder que tenía, pero sin llegar a tener constancia. Solo dando un aviso de lo que podía llegar a hacer si quisiera. Si aumentaba esa fuerza y la mantenía durante el tiempo suficiente para provocar el caos.

Seguramente, eso era motivo suficiente para que las calles estuvieran tan vacías esa tarde. Más aún, cuando ese viento había estado acompañado de lluvias hasta hacía un rato.

Aunque la realidad, es que las personas de esa ciudad debían de estar muy acostumbradas a ese clima. Y pese a que él había nacido en Escocia, y estaba igualmente familiarizado al tiempo que lo acompañaba en esa tarde, se sentía como un extraño. Como un extranjero.

Era una sensación sorprendente, teniendo en cuenta que se había criado en las islas. Si embargo, no debería ser tan extraño después de todo. ¿Cuánto tiempo llevaba fuera del país? No sabría decirlo con exactitud, pero eran muchos años. Cerca de cinco años, desde que acabara la universidad y partiera por trabajo.

Había vuelto alguna vez a suelo británico. Alguna visita corta para ver a su familia, como en esa ocasión. Pero nunca se había quedado más que unos días, unas semanas como mucho.

Por suerte, pronto el mago pudo redirigir sus pensamientos al objetivo que tenía en principio. Aquel por el que estaba andando por esa calle vacía, solo con la poca grata compañía del frío y del viento.

El pequeño de los Kerr dobló una esquina, y avanzó por el callejón hacia el lugar que andaba buscando. Un cuchitril abandonado y de mala muerte, que parecía más un basurero, que el lugar donde un hombre se podría haber tomado unas copas en antaño.

Henry no perdió el tiempo analizando el deplorable estado del local, y accedió al bar por la maltrecha puerta. Una que sin dudas había visto mejores días, como el resto del sitio. Luego avanzó hacia donde estaban los baños, que se encontraban bajando unas escaleras. Antes de hacerlo, echó una última mirada atrás, hacia la puerta por la que había entrado. Para finalmente volver a mirar al frente y bajar los peldaños.

Nada más bajar, se dirigió al que sería el antiguo baño de caballeros, y entró en este para colocarse delante de uno de los retretes.

- Maldita sea. Que tenga que entrar de esta forma-, musitó para sí mismo, maldiciendo la manera que tenía para entrar. - La próxima vez recordaré conseguir polvos Flu, antes de visitar a mi hermano-, terminó de decir resignado, colocando los pies dentro del retrete y tirando de la cadena.

Lo siguiente que pudo contemplar, ya no era un excusado con sus pies dentro, sino el primer piso del Ministerio de Magia. El lugar donde trabajaba Nathaniel. Concretamente en el departamento de misterios. Seguro que sería una agradable sorpresa para él, ver que su hermano menor había vuelto al Reino Unido.

- Por fin-, comentó, saliendo de la chimenea, y desabrochando el cuello de su abrigo por el cambio de temperatura.

Ahora solo debía llegar hasta el piso donde trabajaba Nathan, que era… ¿Cuál era? Estaba comenzando a tener la sensación, de que era más complicado ir a ver a su hermano, que realizar cualquier otra cosa que se pudiera hacer en esta vida.

Tenía que venir más a menudo a las islas británicas.

No tardó en averiguar que debía ir al noveno piso, cuando el trabajador del ascensor le informó de ello, después de preguntarle. Y por la expresión del hombre supo en seguida lo que pensaba. Quien sería ese chico que nunca había visto, y por qué quería ir a ese departamento en concreto.

Seguramente, el trabajador aún andaría divagando sobre si el rubio sería un nuevo empleado por allí, cuando el ascensor llegó a la planta solicitada.

Aunque todavía estaba un poco perdido. Ya había localizado el piso donde trabajaba su hermano. Pero seguía sin saber a dónde tenía que ir exactamente.

- Hola buenas. Mentiría si dijera que no estoy algo perdido-, rió levemente, y sonrió a la chica. – Verá, necesito encontrar a mi hermano. Sé que trabaja en el departamento de misterios, pero no exactamente donde.
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Henry KerrMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Lun Dic 12, 2016 2:16 pm

A medida que pasaban los días, presagiaba que algo malo iba a suceder. No es que sus dotes de legeremante se le hubiesen disparado y pudiese sentir el mal karma de mucha gente, no, simplemente era intuición femenina. Había habido demasiada tranquilidad, demasiada para el caos de año en el que ha estado metida una y otra vez sin una pizca de descanso. Y ahora... simplemente, se había calmado todo. Y eso no le gustaba lo más mínimo.

Dentro de poco era su cumpleaños y dentro de un poco más haría un año desde que se había metido en el peor error de su vida y... la verdad es que estaba un poco depresiva por ambas cosas. Aunque en realidad era un cúmulo de toda la mierda que le estaba pasando, sólo que ella lo atañía a eso para no meterse todavía más en la mierda al pensar que todo le va mal. Sam siempre había sido una mujer optimista y llena de alegría, pero a decir verdad, últimamente le faltaba de las dos cosas: optimismo y alegría. Y era una auténtica pena.

Así que esa mañana en el trabajo fue tan aburrida como siempre. La única diferencia fue que ese día, una persona decidió visitar el Ministerio, una persona que si bien ignora quién fue, Sam lo recordaba demasiado bien.

Llevaba unos informes entre los brazos en dirección a los ascensores, con intención de subir a las plantas superiores a entregarlos. Sin embargo, nada más abrirse la puerta del ascensor que estaba llegando y ver quién salía por la puerta, sintió un tremendo pinchazón en el pecho. Se quedó estupefacta; blanca. Los informes se le cayeron al suelo y ella solo pudo llevarse la mano a la boca en señal de sorpresa y evidente incapacidad para reaccionar. Él sólo sonrió y la trató como una desconocida a la que pedirle unas indicaciones, lo cual la hizo sentir fatal y sentirse todavía más perdida en aquella inesperada  y repentina situación.

Sam era mala para muchas cosas, pero jamás olvidaría el rostro, la voz y los ojos del que fue como un hermano para ella, esa persona por la que sufrió tanto su supuesta pérdida. Y después de casi cuatro años, acababa de verlo de sopetón en una situación en donde ella no es nadie. Ella sabía perfectamente quién era él, pero él no parecía tener la más mínima idea de quién podía ser ella. ¿Por qué? ¿Por qué narices no se acordaba de ella? ¿Por qué estaba allí delante? ¿Qué narices estaba pasando? ¿Qué pasó hace cuatro años para que esté ahora delante de ella? Sam ahora mismo acababa de entrar en un estado de ansiedad inexplicable y ni se había agachado a recoger los informes—. ¿Henry? —preguntó tras apartar la mano de su boca, con los ojos brillantes de emoción y miedo. El ascensor cerró sus puertas y se fue, quedándose ellos dos solos en aquel oscuro pasillo de paredes y suelos brillantes—. Soy Sam... —añadió asustada ya que no parecía recordarla ni un poco.

Claro que sabía perfectamente donde trabajaba el hermano de Henry. Nathaniel Kerr era uno de los mejores oclumantes del Ministerio y, por desgracia, tenía demasiado trato con él diariamente. De hecho, podría decirse que trabajaban puerta con puerta. Pero a diferencia del Henry al que Sam conocía, Nathaniel era un ser despreciable y cruel que jamás había tenido una pizca de respeto por Samantha. Era uno de esos conocidos puristas cargado de arrogancia y egoísmo. Desde que pasó lo de la desaparición de Henry hace cuatro años, Nathaniel y Sam sólo han tenido una relación de pura hostilidad en el trabajo y todo el departamento es consciente de ello.
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Henry Kerr el Jue Dic 15, 2016 2:33 am

Una nube se formó ante sus ojos, acompañada por el característico sonido del papel, cuando las hojas chocaron y se dispersaron por el suelo.

Henry siguió avanzando hacia la mujer, algo extrañado por la escena. No porque fuera raro que a una persona se le cayera la montaña de papeles que llevara. Eso a veces pasaba. El pan de cada día en una oficina. Seguro que pasaba constantemente en el Ministerio.

No. No era eso. Lo que le daba esa extraña sensación era otra cosa. Concretamente la propia chica a la que había hablado. Y no porque hubiera tenido ese accidente, sino… ¿Por qué lo miraba de ese modo?

La chica bien parecía que había visto un fantasma. Había perdido todo el color de las bellas facciones de su rostro, y no había que ser demasiado inteligente para imaginar que era por él. Que el espectro que aterrizaba a esa joven era él.

El benjamín de los Kerr no pudo evitar mirarse a si mismo unos segundos. Sin dejar de caminar hacia ella. Intentando ver si tenía algo en la ropa que causara ese efecto, pero lo cierto es que no halló nada. Sus prendas estaban impolutas, y de todos modos, que podría llevar encima para provocar esa reacción en la dama.

Como mucho le habría caído algo por culpa del viento. Una hoja de árbol quizás. Pero, maldita sea, él no se llamaba Henry si algo tan simple dejaba pálida a alguna persona. Además, bien parecía que a la mujer se le habían caído las hojas de papel precisamente por verle. Percibía que no había un simple accidente laboral fortuito.

Y para colmo, había algo que no cuadraba en todo ello. Sin ser la extraña actitud de la trabajadora. Su cerebro intentaba decirle algo en vano, pero no era capaz de comprender bien lo que querían decirle sus más profundos pensamientos. Notaba que debía... No lo tenía claro. No podía pensar con lucidez.

- Tranquila, yo la ayudo-, comentó, volviendo a sonreír a la joven, para luego inclinarse y apoyar una rodilla en el suelo. - Parece estos papeles se han vuelto un poco rebeldes-, bromeó sin perder la sonrisa, intentando ordenar la montaña de hojas estrelladas.

Fue entonces cuando esa sonrisa, que había mantenido desde que hablara por primera vez con la joven, desapareció. Su rostro pasó de la simpatía a la confusión. Y eso que no se podía que no lo estuviera de antes.

Henry paró de recoger papeles, y comenzó a girar la cabeza hacia arriba, hasta mirar directamente a los ojos de la bella chica. Durante unos instantes no dijo nada. Solamente la miró, sin saber que decir, intentando comprender. O mejor dicho recordar.

- ¿Nos conocemos? – preguntó extrañado, aunque inmediatamente después de decirlo comprendió lo mal que sonaba. – Eh, oh. Lo siento-, comenzó a decir nervioso, incorporándose de nuevo, y sin poder evitar hacer una leve sonrisa fruto de su nerviosismo. - Es evidente que me conoces. O de otro modo no sabrías mi nombre-, comenzó a decir, recuperando la compostura.

Parte de la inquietud que lo había invadido, no era por su respuesta desafortunada. Sino por la confusión que había tenido al ver la reacción de la mujer.

Mientras se acercaba a ella, había tenido la sensación de que la conocía. Vagamente al menos. Pero eso era imposible, pues, a parte de esa impresión, no tenía ningún recuerdo de ella. Algo muy dentro de él le decía que debía conocerla, y sin embargo la realidad era muy distinta, pues en su cabeza no había nada referente a esa mujer. Era por ello que  había descartado por completo la sensación de conocerla. Para él era una completa desconocida que acaba de ver por primera vez. Y lo demás pues, debía ser algún parecido con alguien que no había conseguido relacionar.

Pero ahora todo cambiaba, ya que la mujer sabía su nombre. Así que debían haberse cruzado alguna vez en su vida, pese a que no tenía nada en su mente con el aspecto de esa chica.

No estaba en las islas con regularidad desde que terminara la universidad. Así que simplemente debía ser que la chica había cambiado mucho desde entonces, y por eso no la reconocía.

- Supongo que me he vuelto famoso-, bromeó, quitándole hierro al asunto. - Me tendrás que perdonar, porque no consigo situarte. Y ambos sabemos que me acordaría de una chica tan guapa como vos-, se permitió decir y volvió a sonreír. - Imagino que hemos coincidido en algún lugar. ¿Alguna fiesta quizás?
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Henry KerrMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Lun Dic 19, 2016 7:38 pm

Henry se agachó para recoger los papeles que a Sam se le habían caído, pero ella no hizo nada por ayudar a recoger lo que le pertenecía. Se quedó de pie, mirando hacia abajo, aún incrédula de lo que estaba viendo. Era horrible y terriblemente confuso ver de repente a una persona que creíste muerta y, sobretodo, darte cuenta de que esa persona a la que tenías en tan alta estima, no se acuerda ni un ápice de ti. Bastante mierda tenía Sam encima suya como para encima tener que lidiar con aquel choque inesperado que le había dado un vuelco de ciento ochenta grados a sus sentimientos. La simple pregunta que sonó inocentemente a través de sus labios de que si se conocían hizo que Sam se sintiese en un mundo que no era en el que ella había estado estos últimos años. Era como no saber quién eras y sentir que todo lo que siempre has creído, en realidad no es así.

Pudo darse cuenta de que sus dedos estaban temblando ligeramente ante la sorpresa, pero cerró fuertemente el puño para evitarlo. Reprimió las ganas de abrazar al que fue su mejor amigo; su hermano, durante más de diez años y simplemente lo miró resistiendo las ganas de perder la compostura.

¿Estaría fingiendo? ¿Realmente no la recordaba? ¿Había decidido olvidar todo su pasado y convertirse en una persona nueva en la que no quería ni necesitaba a una Sam en su vida? ¿Había olvidado después de estar en coma y ella no sabía enterado jamás de nada de su vida después de su recuperación? Fuera como fuese, aquel rostro aparentemente inocente y distraído que poseía le hacía pensar que no estaba mintiendo. Samantha llevaba siendo legeramente durante años y la manera de encarar un tema, de gesticular e incluso de hablar, decían casi tanto como leer una mente. Y no, Henry no parecía estar ocultando nada ante ella lo cual era todavía más confuso.

No... —contestó automáticamente cuando él dijo que debía de ser famoso. ¿Henry Kerr famoso? Más que ella seguro, pero entre los Kerr posiblemente era el menos conocido de todos. No sonrió a su halago, sino que frunció el ceño—. No nos conocemos de ninguna fiesta, nos conocemos de Hogwarts. Ravenclaw, generación del 89... —Intentó hacerle recordar lo evidente. Aún no entendía como era posible que no la recordase. ¿Acaso no había significado nada para él?—. ¿En serio no me recuerdas lo más mínimo?

Si bien estaba sintiendo frustración sentimental en aquel momento, también estaba sintiendo una terrible curiosidad profesional por saber qué narices estaba pasando por aquella cabeza. ¿Dónde narices estarían todos los recuerdos con ella? ¿Le estaría vacilando?
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Henry Kerr el Vie Dic 23, 2016 10:54 pm

La mujer no tardó ni medio segundo en negarle su posible fama. Fue tan rápida y directa, que le había convencido totalmente de que no había alguna posibilidad de que su broma fuera cierta de rebote, de ninguna de las maneras imaginables. Ya fuera con magia, por designo de dios, si es que existía, o porque alguien colgara carteles con su foto y nombre por todas las farolas de la ciudad, era imposible que él llegara a ser una celebridad. Fuera como fuese, estaba claro que su fama era algo inviable para la bella rubia que tenía ante sus ojos.

Que podía decir, ser el benjamín de la familia tenía sus ventajas, pero ser famoso no era una de ellas.

Y además, en realidad, su comentario tajante no dejaba de tener gracia por eso mismo. Solo había dicho lo de su posible notoriedad como una broma, así que el hecho de que la joven fuera tan sincera tenía su encanto.
De todos modos, su mente dejó de estar sumida en la diversión, para dar paso una vez más a la confusión cuando la chica mencionó de qué que conocían.

Estaba llegando al punto de pensar que la trabajadora del Ministerio estaba tomándole el pelo, y que en realidad solamente se le habían caído los papeles por cualquier otro motivo ajeno a él. O que quería llamar su atención para conocerlo.

Pero eso no tenía sentido. Pues para que le habría mentido diciéndole que se conocían de Hogwarts. Si quería conocerle, con tirar el papeleo y luego iniciar una conversación cualquiera tenían. Luego invitarle a un café, si eso seguía siendo costumbre en el siglo veintiuno, y ese largo etcétera de posibilidades para conocer a una persona.

Hablarle como si hubiera visto un fantasma, y decirle que lo conocía de un momento donde él estaba seguro que no era así, pues no servía para más nada que para aumentarle la sensación de: “loca a la vista, medidas evasivas”.

Sin embargo, no podía tratarla como a cualquier loca que hubiera conocido. No podía simplemente sonreír, darle los papeles que había recogido, y caminar hacia adelante como si no hubiera un mañana.

Algo en la mujer parecía indicarle que no estaba mal de la cabeza. Y no solo era la vehemencia con la que hablaba. Con la firmeza y sinceridad con la que decía conocerle. Sino que había tenido esa sensación de conocerla de alguna parte cuando se había acercado a ella, aunque desgraciadamente no había podido situarla en sus recuerdos. Y si por si eso no fuera poco, sabía su nombre, así como la generación a la que pertenecía. Incluso sabía a la escuela a la que había asistido. Demasiadas casualidades que hacían imposible que no hubiera tratado con ella en el pasado.

Henry la miró aún más confuso, intentando buscar una explicación, mas en su cabeza no había nada que le sirviera en ese momento.

- Entonces, ¿nos conocemos de Ravenclaw? - dijo, enarcando una ceja, sin recordar a nadie que se pareciera lo más mínimo a ella, durante el colegio. – Mmm, no, lo siento. Si te recordara te lo diría. No tendría por qué decirte lo contrario ¿no?

Esperaba con sinceridad,  que la mujer no se cabreara más por no reconocerla, al menos no tanto como para mandarlo a volar con un golpe de su varita. Pues ese entrecejo fruncido tenía mala pinta.

- No te hubiera dicho lo de la fiesta si te recordase de Ravenclaw. Y sin duda me conoces, pues sabes mi nombre, donde estudié, y hasta la generación a la que pertenezco. Pero…-, se acarició la corta barba y se mordió un labio. - ¿Eres también del ochenta y nueve? A lo mejor no me acuerdo de ti, porque entraste después que yo en Hogwarts. ¿Es eso?

La gente también cambiaba mucho con la edad. Podía ser eso, y era de las últimas posibilidades que le quedaban. Esa o que no se hubieran tratado mucho durante la época colegial. Pocas opciones más quedaban.
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Sam J. Lehmann el Mar Dic 27, 2016 3:06 pm

Bien. La mente de Sam estaba a punto de colapsar hasta un punto insospechado. No entendía nada en esta vida. En menos de cinco minutos, su mente había pasado por tantos estados que ahora mismo si alguien le metía una pajita por la oreja podría beberse el cerebro de Sam como si fuese zumo de melocotón, ya que se le había consumido por completo.

Aquella persona que tenía delante estaba cien por cien segura de que era la misma persona que había significado tanto para ella en el pasado, pero al parecer, solo había sido un sentimiento en una dirección, ya que Henry no se acordaba absolutamente nada de Sam. Vale, necesitaba tranquilizarse... Él parecía sincero en lo que decía, ya que poseía un semblante confundido y un cuidado en sus palabras propio de él cuando no quería herir a nadie.

Él intentó buscar un motivo por el cual hubiese sido lógico que no la recordase, pero para Sam no era más que un intento fruto del desconcierto para poder justificar que no se acordaba de absolutamente nada, cuando en realidad estaba claro que algo pasaba allí porque era imposible que Henry se hubiese olvidado de prácticamente doce años al lado de Sam siendo mejores amigos y tratándose más bien como si fueran hermanos. La chica, ante ese momento, supo que no debía de hacer que le afectase. Hacía mucho tiempo que no le veía y podía haberle pasado cualquier cosa, pero era inevitable que, teniendo en cuenta lo sensible que era Sam, no se le notase. Su rostro se entristeció y su mirada obtuvo un brillo incómodo.—Sí, será eso —contestó automáticamente.

Iba a irse de allí tras agacharse y recoger los últimos informes que estaban en el suelo, ya que Henry había recogido una gran parte de todo lo que se le había caído, pero una persona hizo aparición en aquella incómoda situación de la que Sam quería huir. Era nada más ni nada menos que el hermano de Henry, Nathaniel Kerr.

¡Vaya, mira quién se ha dejado caer por el Ministerio Británico! —dijo, dirigiéndose obviamente a su hermano porque posiblemente Sam fuese invisible para él. Se acercó a su hermano y le dio un fuerte abrazo con varias palmaditas en la espalda—. Pensé que te vería en casa...

Pero entonces Nathaniel se percató de su presencia. Él, a no ser que fuese tan olvidadizo como su hermano, también sabía la relación que había entre Henry y Sam, por lo que no tardó en curvar una sonrisa que parecía de lo más perversa y malvada.

Veo que has conocido a Samantha —dijo para Henry, aunque miraba directamente a los ojos de la legeremante—. Aún no entiendo por qué el Ministerio sigue aceptando incompetentes sangre sucias cuando perfectamente podrían optar por personas mejor cualificadas para el trabajo —añadió con voz hiriente y palabras que parecían agujas. No era la primera vez que Nathaniel dejaba clara su posición de purista y dejaba a Sam como la mierda delante de su círculo de confianza—. Me parece vergonzoso que tengamos que compartir nuestro trabajo con personas como ella que claramente no están al nivel. —Entonces miró a su hermano y le puso una mano en el hombro—. ¿No crees, hermanito?

Sam miró con odio a Nathaniel a medida que hablaba. Si Henry seguía siendo el mismo Henry que hacía años, posiblemente le pegase un puñetazo a su hermano para mandarle a callar, rabioso por sus palabras. De hecho, Henry y Nathaniel nunca se habían llevado bien, o por lo menos eso es lo que sabía Sam de las propias palabras de su amigo. ¿Pero y ahora? ¿Qué esperaba demostrar con todo eso? Sam, al contrario que Nathaniel y su verborrea, no pudo decir nada.
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Henry Kerr el Sáb Dic 31, 2016 4:51 am

No tardó en comprender que todo lo que decía iba de mal en peor. No porque fuera algo malo y netamente negativo lo que dijera, sino porque no importaba que dijera. La mujer terminaba por mostrar la misma confusión que él anteriormente, y lo que es peor, unos rasgos de tristeza que se marcaban visiblemente en su rostro.

Era complicado para él, ver como había entristecido a una chica nada más aparecer en el ministerio. Y no pudo evitar pensar, que quizás para ella, hubiera sido mejor que no hubiese aparecido por allí. La trabajadora de ese departamento hubiera tenido un buen día, ajeno a su presencia.

Aunque por otro lado era incomprensible para él, que mosca le había picado a la dama. Lo que le había dicho del colegio no tenía ningún sentido. Había pasado muchos años de su vida en Hogwarts como para no acordarse de alguien, y solo le cabía en la cabeza que fuera de generaciones distintas. No debería ser mucha diferencia, por el cálculo de edad que le echaba a ojo, pero igual podía ser, que no hubieran estado mucho tiempo juntos, mientras estaban en el colegio. O como había pensado antes, que fuera muy distinta a como cuando era una niña.

En cualquier caso, la respuesta de ella no le convencía en absoluto. La había dicho sin ninguna convicción, ni decisión. Como si no creyera en ella. Y parecía fruto de un intento de pasar por alto el asunto, y dejarlo correr. Pero era extraño, pues había sido cosa de ella, asegurar que se conocían de Ravenclaw. Él en ningún momento la había recordado, y mucho menos del colegio.

Así que esta nueva actitud de la trabajadora, solo era una suma más para que la situación fuera un poco más rocambolesca.

Por suerte, una cara familiar vino a su rescate.  Y bien familiar que podía definir ese rostro.

- Hermano. Me alegra verte-, comentó sincero, dejándose llevar por el abrazo de Nathan. - Quería darte una sorpresa. Hace mucho que no estoy en las islas, y quería reunirme lo más pronto posible contigo. Así podríamos conversar, antes de subir contigo a Escocia a ver a nuestros padres-, sonrió a su hermano. - ¿O estas demasiado ocupado para ir tan al norte?

La intervención de Nathaniel sirvió para distraerlo por un momento. Para hacerle pensar en algo que no fuera tan confuso. Con él podía conversar de cosas tangibles. Reales. En el sentido de que podía estar perfectamente seguro de todo lo que hablaría con él, pues no dudaba de la mujer. Estaba seguro de que decía la verdad… solo que no cuadraba con su verdad. Simplemente, la mujer tenía alguna laguna y no recordaba con claridad. A esa chica le habían hecho un lavado de cerebro, se permitió bromear mentalmente.

Eso sí, las palabras de su hermano, habían sacado a relucir un dato que desconocía completamente de la trabajadora.

- Bueno, que puedo decir. Es simpática al menos-, contestó a su hermano. - Y alguien tiene que hacer el papeleo-, bromeó esta vez.

Nathaniel, por su parte, rió la chanza de Henry, antes de hablar de nuevo.

- Muy cierto, hermano. Muy cierto-, dijo, divertido, mirando a la joven directamente a los ojos.

El pequeño de los Kerr no buscaba ofender a la mujer. Había sido amable hasta ahora con él, pese a la confusión que tenía y le contagiaba. Pero era hija de muggles. No había mayor bajeza para un mago, y por muy amable que fuera, no tenía los mismos derechos al don de la magia que ellos. Eso era un hecho.

De todos modos, no podía evitar sentirse mal por ella. Y no sabía muy bien por qué. Era la misma sensación que lo había acompañado cuando se había acercado a Sam. La misma que había tenido cuando había sentido que la conocía. Aunque en esta ocasión, no le decía que debía conocer a la chica, sino que estaba obrando mal.

Pero en fin, entonces, sus sentimientos, su recoveco en la mente, o lo que fuera, se había equivocado. Ni por asomo conocía a esa chica del colegio, así que ahora no tenía por qué pensar diferente. Los sangre sucia no merecían lastima.

- Bueno, Henry. Es mejor que nos marchemos. Demos un paseo y vayamos a un lugar… más agradable-, comentó su hermano, remarcando las últimas palabras en clara referencia a Sam.

Henry asintió, y se dispuso a seguir a su hermano, pero en última instancia se paró.

- Nathaniel. Samantha dice que me conoce de Hogwarts. Que estudiamos juntos-, dijo, aún en presencia de la rubia. - Y sus datos son muy fiables. Sabe el año en que ingresé, que estuve en Ravenclaw. Incluso sabía mi nombre antes de que se lo dijera-, alzó las manos confuso, alternando la mirada entre su hermano y ella en repetidas veces.

Debía haber dejado el asunto correr. Olvidado como ya lo estaba dando por sentado Sam, antes de que apareciera su hermano. Pero algo dentro de él… Esa maldita sensación en su cabeza. Lo estaba volviendo loco. De algún modo, esos sentimientos le decían que le diera una oportunidad a la chica, pese a que fuera hija de muggles. Para que se explicara con su hermano delante, que podría ayudarle a comprender mejor la situación. Al fin y al cabo, no perdía nada por darle esa oportunidad. Y si con ello conseguía calmar el caos en que se había convertido su mente, mucho mejor.

- Estupideces. No le hagas caso, Henry. Que puede esperarse de una mujer de su condición-, contestó, con una sonrisa ladina en el rostro.
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Henry KerrMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Miér Ene 11, 2017 2:01 am

Si todo iba genial ya —nótese la ironía—, imagináos lo bien que se sintió Sam cuando el oclumante más egocéntrico, arrogante, cabrón y gilipollas de todo el Ministerio hizo acto de presencia: Nathaniel Kerr, nada más ni nada menos que el hermano mayor de Henry. Jamás la había tratado bien por su condición de hija de muggles, ni en Hogwarts ni profesionalmente en el Ministerio, aún cuando Sam era mejor legeremante que él. Incluso estaba segura de que en el arte de la oclumancia también podría ganarle y eso que se suponía que era su campo maestro. Si Sam podía albergar odio por alguna persona en este mundo, ese era Nathaniel Kerr y toda su asquerosa familia de puristas prepotentes. Eran malas personas que actuaban de mala manera y, por lo menos el hermano mayor, le había hecho la vida imposible a Sam en varias ocasiones. No entendía como es que Henry ahora actuaba con tanta normalidad y tranquilidad frente a Nathaniel cuando nunca, nunca se habían llevado bien. Él, un Slytherin con aires de grandeza y una arrogancia superior a su astucia contra Henry, un Ravenclaw que podría considerarse la oveja negra de esa familia de maleantes por el gran corazón que albergaba en su interior. ¿Y ahora? ¿En qué burbuja llevaba viviendo Sam todo este tiempo? O mejor dicho, ¿en qué burbuja había estado viviendo Henry?

Las palabras de Nathaniel hicieron que Samantha se pusiese todavía más seria de lo que estaba, pero que adoptase una pose mucho más determinante. Había aprendido —irónicamente gracias a Henry— a que no le afectasen ese tipo de discriminación ni odio injustificado. Y, como por el momento, lo que estaba mal visto socialmente era ese tipo de actitud, Sam no iba a quedarse callada.—Siguen aceptando sangres sucias porque somos mucho más competentes que magos como tú, Nathaniel. Un linaje purista no hace a el mago y un apellido no te hace útil. Un inútil se nace, no se hace y tú, por desgracia, no sirves para otra cosa que para perpetuar un apellido que ha hecho famoso y poderoso tu familia, no tú. —Lo dijo con rabia en la voz, poniendo en duda todas sus cualidades no solo como mago, sino también como persona.  

Él adoptó una pose seria y enfadada.—Ni se te ocurra volver a meterte conmigo, asquerosa sangre sucia —Murmuró por lo bajo, acercándose a ella—. Estarás protegida por unas leyes que te hacen parecer igual a mí, pero fuera de estas paredes no eres más que escoria en nuestra sociedad; una piedra molesta en el zapato de la que poder deshacernos con una sacudida. —Le amenazó.

Sam se quedó callada ante la amenaza de Nathaniel y bufó entonces cuando Henry dijo que "era simpática al menos", ya que no se podía creer lo que estaba escuchando salir de sus labios. No añadió nada. Cuando Nathaniel animó a su hermano para irse, Sam sintió que se quitaba un peso de encima y que podía irse corriendo a su despacho a soltar todo lo que tenía metido en su interior, lleno de emociones y decepciones, pero no. Henry preguntó a su hermano sobre ella y, como no, él sólo la menospreció como si valiese aún menos que una mierda de elfo doméstico.

La chica le estampó entonces todos los informes en el pecho a Nathaniel. Ambos trabajaban en el mismo departamento, por lo que podría perfectamente hacerse cargo de ellos si tan experto y profesional era.—Vete a la mierda, Nathaniel —dijo con rencor y odio en su voz. Luego se separó de él y se dirigió hacia Henry con una mirada más entristecida. Tenía mil y una cosa que decirle... que no intentase ser quién no era, que no fingiese un nuevo él, que se enfrentase a lo que tuviera en contra, que no dejase que nadie le dominase... pero una marabunta de sentimientos se le aprisionaron en el pecho y simplemente bajó la mirada antes de darse la vuelta e irse caminando, rápidamente, hacia su despacho. Sonaría triste... pero necesitaba llorar. ¿Cómo te sentirías tú si la única persona que siempre te apoyó en todo y a la que más has querido nunca, no te reconociese y encima te rechazase? Sam, al menos, había sentido como se le había caído una gran parte de ella.
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Henry Kerr el Miér Ene 18, 2017 8:21 pm

La tensión se fue haciendo cada vez más palpable. Hasta el punto que parecía que, tarde o temprano, esa joven acabaría en un enfrentamiento con su hermano que no sería solo verbal.

Entendía perfectamente a Nathan, pues había sido criado en una familia de digno linaje, y había crecido con la responsabilidad que ello conllevaba. Ambos habían ido al prestigioso colegio de magia, como representantes de una generación más de Kerr, y sabía que no era justo que los hijos de muggles estudiaran junto a niños que habían nacido de familias puras. No era justo que personas que habían desarrollado el don de la magia por algún antepasado squib, tuvieran los mismos derechos que ellos. Pues se habían criado junto a los muggles y no tenían conocimiento alguno de la magia que circulaba por sus venas hasta que llegaban a Hogwarts.

Era impactante para esos nacidos de muggles llegar hasta el mundo mágico. Un cambio drástico con la vida que había tenido anteriormente, y él no creía que fuera correcto mezclarlos con los niños que provenían de un linaje ancestral como ellos. Hogwarts no era su sitio, simplemente. Quizás otro colegio distinto para los sangre sucia fuera la mejor opción, donde por lo menos aprendieran a controlar la magia que poseían, y a partir de ahí, dejaran que las familias como la suya manejaran los puestos más importantes. Y por ende, llevaran las riendas del mundo mágico, como debía ser.

De todos modos la chica tenía razón. Al menos en una parte. Seguían aceptando a nacidos de muggles como ella, así que la mujer no hacía nada ilegal allí. Muy al contrario, la ley estaba de parte de la joven. Por ahora.

- Tranquilo, Nathaniel-, dijo, agarrándolo suavemente del hombro, pero con firmeza. Ya que el siseo de su hermano había llegado hasta sus oídos también, y era algo que de momento, era mejor pensar, pero no decir abiertamente. - Señorita Samantha. Eso no es cierto, mi hermano es uno de los mayores expertos en su rama. Ayuda a perpetuar nuestro apellido como todos los miembros de nuestra familia-, la corrigió, serio, aunque sin perder el tono amable.

Lo último que necesitaba era un espectáculo el primer día que volviera a las islas. Y una pelea de su hermano contra una compañera de trabajo, era sin duda un espectáculo que prefería no ver ese día.

Además, la chica además de tener la ley de su parte, debía ser inteligente cuanto menos. Había estudiado en Ravenclaw, y aunque fuera una nacida de muggles, eso significaba algo. En su escuela no aceptaban a cualquiera, él mismo lo había vivido.

Y si eso no fuera poco para andarse con pie de plomo, y dejar a la chica tranquila. Tenía una sensación que lo acompañaba en todo momento. Seguramente ligada a la primera de todas que decía que la conocía, pero que le hacía mantener una posición neutra con la joven. No podía… odiarla. Y suponía no solo que fuera porque le cayera simpática, sino… No sabía explicarlo. Era extraño.

En cualquier caso, la situación se resolvió por si sola cuando la joven decidió que la compañía de los hermanos Kerr, era tan agradable como la de ella para Nathaniel.

- Vaya, Nathan. Esto sí que ha sido una vuelta a la patria en condiciones-, bromeó a su hermano, y le sonrió. – Como te decía, me alegra mucho volver a verte-, le dio uno golpecitos afectivos en la espalda con la palma de la mano. - Y venía dispuesto a invitarte a comer, pero veo que súbitamente te ha llegado una gran carga de trabajo-, volvió a sonreir. Divertido por la situación.

Por su parte, Nathaniel, le respondió con un bufido despectivo. No hacía él, sino hacia la mujer de dorados cabellos que los dejaba atrás.

- Malditos…-, se contuvo de decir sangres sucias como antes le había dicho a Sam en susurros. – Te juro que solo traen problemas-, miró la montaña de papeles entre sus manos y clavó una mirada de odio en la espalda de la fémina. – Algún día me libraré de tener que ver a esa mujer por estos pasillos.

- Pues es una pena. Porque es una chica muy bonita-, picó a su hermano, antes de reír ligeramente. – Vamos, es una broma-, comentó al ver la cara que ponía Nathan ante su comentario. – Venga, deja eso para luego. Tu querido hermano está aquí para verte, hombre. Alegra esa cara. Te invitaré a unas copas además de a la comida si así te sientes mejor-, volvió a sonreír.

- Lo siento. Es que me saca de quicio. Pero sí, tienes razón. Vayamos a tomar algo. Me vendrá bien para despejar la cabeza-, contestó su hermano, encaminándose seguramente hacia su despacho, para dejar el papeleo y recoger sus cosas antes de partir.

Henry le acompañó por los pasillos, con una extraña sensación metida en la cabeza. ¿Por qué esa mujer le había mirado con esos ojos tan tristes antes de marcharse? Era algo que no podía quitarse de la cabeza, igual que el hecho, de que nadie le había podido explicar con certeza, las “casualidades” que tan bien conocía esa chica de él. Le preguntaría a Nathaniel. Algún día. Hoy no parecía el mejor día para preguntarle nada que tuviera que ver con esa chica que tanto odio despertaba en su hermano.
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