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Heathens —Alec Parrish

Abigail T. McDowell el Lun Ene 02, 2017 9:36 pm

Heathens —Alec Parrish GJtv6kt

El mundo mágico había cambiado y, con ello, la vida de todos aquellos que componían nuestra sociedad. Los que antes nos escondíamos, ahora liderábamos las grandes masas; y los que antes nos hacían escondernos, ahora o estaban enterrados bajo tierra, disfrutando de su estancia en Azkaban o pudriéndose en las cloacas junto a sus compañeros las ratas.

En cuanto a mí... mi vida había cambiado mucho y a mejor. Durante el ataque del 19 de diciembre no tuve solo el placer de acabar con la vida de Milkovich y arrebatarle el puesto de Ministra de Magia, algo que siempre deseé conseguir desde que entré a trabajar al Ministerio, sino que cumplí otros de mis muchos deseos... Vencer a mi madre en un duelo, hacerle mucho, mucho daño y perdonarle la vida para que pasase el resto de sus miserables días en Azkaban, pudriéndose como la asquerosa mujer que es. Debería sentirse orgullosa de su hija: benevolente y poderosa. Aunque todos sabemos que con Lord Voldemort al mando, lo más benevolente sería haberla matado. Esa maldita mujer va a sufrir más ahí dentro de lo que ha sufrido en toda su vida y sólo esperaba que fuese los suficientemente fuerte para no morir. Algunos dirían que mi odio y mi evidente satisfacción al verla allí es por venganza, pero no... yo no quería vengarme de ella, solo darle el castigo que se merece.  

Llevaba unos días de puro caos. Entre los destrozos de un Ministerio caótico, mis nuevas obligaciones como Ministra de Magia, los nuevos decretos, las nuevas leyes, mi cumpleaños y las festividades navideñas... habían sido unos días en donde no había parado de hacer cosas, sobretodo relacionadas con mi trabajo. Jamás había tenido en alta estima ni mi cumpleaños ni las festividades de esta época. Lo único que ahora me hacía contentarme es que con solo 29 años ya había conseguido estar en la cima de una de las más poderosas administraciones mágicas.

Ahora mismo acababa de entrar en mi despacho con el sonido de mis tacones de aguja resonando en el silencio de aquellas paredes, redecorado para darle un aspecto más de mi agrado ya que pretendía quedarme mucho tiempo en el puesto. Todavía no tenía asistente —ni lo necesitaba—, pero sí un secretario obediente que estaba en su mesa organizando todo lo del día. Recién acababa de llegar de los juicios de ese día a sangre sucias, por lo que en mi mano derecha tenía una buena pila de informes sobre las resoluciones de cada uno de los casos. Dos traidores a la sangre han terminado en Azkaban, uno se libró y el resto de sangre sucias, para su desgracia y nuestro placer, lo último que verán será a un Dementor dándole el más mortífero y sutil beso que existe. Su vida se esfumará considerándose la persona más desgraciada en el mundo; sin un ápice de felicidad.

Dejé los informes sobre la mesa, observando la hora que marcaba el reloj mientras me dirigía al sofá de cuero y me servía una copa de whisky. Aún me quedaba una cita en la agenda, pero esta vez no era una cita relacionada con el trabajo, ni tampoco con temas más personales o privados. Se trataba de volver a ver a un buen amigo que no veía desde el ataque y, si seguía tan puntual como siempre, no tardaría en aparecer y hacer que éste día de oficios y seriedades termine con un final muy distinto al esperado.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Ene 03, 2017 6:10 pm

La noche de aquel 19 de Diciembre, en el que el manto de estrellas quedó relegado por la marca tenebrosa, había marcado un punto y aparte en la comunidad mágica, aquella que había sido sometida bajo el yugo de un Ministerio que promovía la seguridad de los malnacidos muggles sobre la de los magos, aquella que permitía que viviésemos escondidos a los ojos del mundo, como si nuestros dones, otorgados por la naturaleza en señal de evolución y estatus superior al hombre ordinario debieran mantenerse ocultos de a los ojos del mundo. Sin embargo aquello se había acabado y ahora la balanza se inclinaba ante nosotros, mientras nuestros opositores se encontraban atrapados tras los muros de Azkaban o bajo la tierra que pisábamos, siendo devorados por los gusanos, los mortífagos nos alzábamos triunfantes, dominando las más altas esferas de la magia.

Aquella noche marcó un antes y un después en la vida de todos, y por supuesto también en la mía. Ya no debía ocultar nada ante nadie y lucia la marca tenebrosa allá donde mis pies se posaran, pues nadie osaba interponerse en nuestro camino, y si alguien lo hacía solo debía enseñarle el respeto que merecía un mortífago como yo, podía desatar el nuevo orden sobre los muggles y opositores sin tener nada en cuenta, simplemente era lo que debía hacerse.

El trabajo en el Ministerio de Magia había aumentado considerablemente, y el volumen de interrogatorios en los que tenía que estar presente era mayor que nunca, aunque muchas veces podía ir más allá de mis habilidades mentales y aprovechar para torturar a algún que otro sangre sucia que se me cruzara entre ceja y ceja. Aquello realmente le encantaba, antes había tenido que hacer todo aquello para un Ministerio benevolente e hipócrita para con los magos de verdad, ahora sin embargo servía a un propósito de verdad y a expensas de  la gran cantidad de mentes que debía invadir el trabajo diario me reconfortaba.

En aquel preciso instante me encontraba culminando de explorar la mente de un supuesto sangre sucia, para su desgracia su bello rostro no lo salvaría de mí, aunque aquello sin duda hacía mi trabajo más apetecible. Los recuerdos de joven mago que se encontraba delante de mí, a escasos metros en aquella sala oscura, se veían atrapados bajo el manto helado que era mi mente, apenas mostraba resistencia, pues posiblemente sería el primero que habría intimado un nivel tan profundo con el chico. Aun así, aun escarbando en cada recuero nimio no conseguía hallar prueba de su complicidad para con los muggles, aquello estaba siendo una perdido de tiempo, algo que odiaba sobre manera, sin embargo cuando pensaba que no encontraría nada un suculento recuerdo apareció ante mí; y sin dudarlo un segundo le di forma a aquello que había encontrado, una manada de acromántulas invadió su mente y su corazón se detuvo al instante. – Pensé que lo soportarías, solo era una pequeña broma. – pensaba que duraría algo mas, que conseguiría sacar algo de aquel temor, sin embargo el chico era más débil de lo que esperaba, una pena; al menos ya había acabado con la ronda de interrogatorios que le correspondían y aquel cadáver podría agradecerle no haber tenido que ser pasto para Dementores.

Sin demorarme más en el cadáver que tenía delante, estiré los brazos y crují cada uno de los dedos de mis manos, y con pasos decididos abandoné la sala de interrogatorios, mi sala de interrogatorios. Dirigiendo una mirada al personal que presupuse que era el de limpieza, concretamente en el chico pelirrojo, me introduje en su mente al compás de un Legeremens, siendo claro y conciso - “Deshazte del cadáver, y que no quede ni una mota de polvo dentro”-  le guiñe el ojo al chico sin reparar si quiera en su habría acertado para con su profesión, sin embargo mis pensamientos ya se encontraban lejos del departamento de misterios.

Avanzaba sin detenerme a saludar a nadie, sabía hacia donde me dirigía y necesitaba llegar diligentemente. Aquel cascado ascensor se estaba haciendo de rogar, aquellas antiguallas del Ministerio parecían más obra de muggles que de propios magos, algo que deberíamos remediar. Por fin, tras una espera realmente tediosa el ascensor se dignó a ascender hasta aquella novena planta, encontrándolo vacío entre y dispuse rumbo a la primera planta, esperando que aquel dichoso aparato tardase menos en bajar de lo que le había costado subir. Estando ya en la primera planta llegué en un momento a mi destino, tendría que reconocerle el éxito a mi amiga, no cabía duda alguna de que aquello había sido un ascenso en toda regla.

- ¿Y para mí no hay una copa? – le dirigí una mirada de reproche a mi amiga Abi, nuestra nueva Ministra de Magia, acoplando mi trasero en el lujoso sofá de cuero al que pronto me acostumbraría. Sin darle tiempo a responder agarré el vaso de su mano y le di un primer trago – Delicioso, esto sí es vida, como te envidio… - dije estirando los brazos por segunda vez aquel día.
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Abigail T. McDowell el Lun Ene 09, 2017 2:07 am

Como suponía, Alec no se hizo de rogar, sino que apareció puntual en mi despacho; la puerta estaba abierta, por lo que con confianza entró al interior sabiendo que era bienvenido. En el interior de mi nuevo despacho habían dos sillones de cuero, uno de una plaza y otro de dos, colocados de tal manera que creaban un pequeño espacio en donde se podía mantener una conversación tranquila e informal. Yo estaba sentada en el de dos plazas, mientras que él se sentó en el de una tras arrebatarme de la mano el vaso de whisky que recién me había servido. Enarqué una ceja ante su gesto confianzudo. Era cierto que entre ambos había una confianza superior a la que podía tener con cualquier otra persona a la que considerar mi amigo, pero nunca había sido una persona a la que le gustaran los excesos de confianza. Hasta Caleb, mi propia pareja, sabía que tenía cierto límite.

No me seas pretencioso —exhorté mientras me levantaba del sillón y me dirigía hacia la puerta—, que ya sabes que no soy una persona con demasiada paciencia y, mejor que nadie, deberías saber lo que me molesta. —Entonces esbocé una traviesa sonrisa y cerré la puerta del despacho—. Y ahora soy más peligrosa que nunca. No quieras molestar a la nueva Ministra de Magia o podrías acabar muy mal...

Era una amenaza seria porque yo nunca hacía amenazas en vano, pero como era una especie de confidente y amigo, sonó tan juguetona que parecía inofensiva. No obstante, él debía de saber que a mí las cosas inofensivas no me iban para nada.

Caminé entonces a dónde hace apenas unos minutos había ido y cogí nuevamente un vaso de cristal grueso y con un diseño sofisticado y la botella de whisky, nada más ni nada menos que un Bourbon. Me serví y volví al sillón, dejando la botella sobre la mesa y cruzándome elegantemente de piernas de tal manera que una sugerente parte de mi muslo podría atrapar la vista de cualquier hombre heterosexual en menos de tres segundos. Por suerte, o desgracia, aquel hombre que tenía en frente tenía otros gustos muy diferentes, por lo que no debía de preocuparme de que su atención en medio de nuestra atención se centrase en otro lugar.

Cualquiera me envidiaría. Tengo una vida que no todos se pueden permitir; unos desean talento y otros nos encargamos de hacerlo realidad. —Sonreí con prepotencia, bebiendo sugerentemente de mi vaso sin apartar la mirada de él. Me había currado estar en donde estoy y, por fin, había sido recompensada con lo que verdaderamente me merezco. No pensaba perder la oportunidad de conservar el puesto y mucho menos joder mi ocasión de ser un antes y un después junto a nada más ni nada menos que Lord Voldemort—. ¿A ti como te ha sentado el cambio? Es maravilloso como se ha limpiado el Ministerio de asquerosas sangres sucias. Hemos lanzado el aviso y ellos han huido como sucias ratas al borde de la extinción. Estoy deseosa de encontrarlos a todos y darles su merecido, ya no solo a los impuros, sino también a los traidores —dije de manera perversa, dejando a un lado la metódica mente de Ministra de Magia y dando paso a la pérfida mente que caracterizaba a mi verdadero yo—. Es más, creo que encuentro hasta más placentero ensañarme con los traidores a la sangre que con los aburridos sangre sucias.

Los hijos de muggles solo merecían de nosotros un trato tan despreciable que le llevasen a la muerte. ¿Castigarles? ¿Por qué? ¿Por ser unos ladrones inconscientes? No. Esos se merecen la muerte más angustiosa posible, pero un fin inminente. Los que verdaderamente se merecen un castigo son aquellos repugnantes magos que tienen la indecencia de posicionarse a favor de esas vomitivas personas; un castigo que les plantease verdaderamente la posibilidad de someterse, a la fuerza, a un nuevo orden liderado por nosotros. Eso sí que era divertido.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Lun Ene 09, 2017 9:45 pm

La puntualidad era algo que podía afirmar que me era innato, al menos la mayoría de las veces, a excepción de cuando mis sabanas se empeñaban en secuestrarme, y aquel día no sería por mi culpa si llegaba tarde al despacho de mi compañera ahora Ministra de Magia; aquellos malditos ascensores eran lo mas tedioso de todo lo que conformaba el ministerio, incluso la Red Flu era más cómoda que aquellas arcaicas maquinas. Sin embargo no permitiría que aquello me alterase más de lo estrictamente necesario, pues ya había terminado la jornada y pretendía pasar de todo aquello con una copa de buen alcohol entre las manos, seguro que el nuevo puesto de Abi me aseguraría la copa llena en todo momento.

No había tardado mucho en llegar al despacho, mientras me quejaba y actuaba de manera pretenciosa ante la ministra, derrochando confianza a mí alrededor observaba aquel lujoso despacho que había obtenido con el asesinato de Lena, la antigua jefaza. Mis ojos  se posaban en todo aquello que había a mi alrededor… aquella lujosa mesa que adornaba el centro del cuarto, el mueble bar repleto de bebidas alcohólicas y dejando de lado todo lo demás, lo más cómodo de aquel despacho, un sillón doble y uno individual, del cual me acababa de hacer propietario copa de  whisky en mano.

- Estoy cansado, sabes que soy un mortífago bueno – contesté de manera burlona, pero la realidad era que si estaba algo agotado de aquel día, sin embargo aquellas palabras no debía tomármelas a la ligera. – Nunca, su eminencia, mi lealtad es suya como uno de sus empleados – concluí sonriente, en parte en broma pero siendo sincero en gran parte, observando como Abi cerraba la puerta del despacho, creando así un ambiente totalmente privado.

Realmente no me tomaría esas palabras en broma, sabía de sobra que aquellas amenazas no caerían en saco roto si me extralimitaba. Conocía de manera bastante cercana a Abigail para saber que aunque fuera yo aquello podría ir muy enserio, sin embargo bajo ese ambiente no me tensé, aquello no les aguaría la fiesta para nada, realmente se apreciaban.

Con las manos vacías, vi como volvía a dirigirse al mueble bar para reponer la copa que descaradamente yo mismo le había arrebatado, viendo al servirse que aquello que tenía entre manos era un Bourbon - Delicioso, por cierto – era la realidad, hacía tiempo que no probaba un whisky de verdad. Con su copa llena volvió al sofá de dos plazas que ella estaba ocupando, y que invitaba realmente a tumbarse en el, observé como cruzaba las piernas de manera un tanto sugerente; aquello no me distraería pues tanto ella como yo sabíamos que el cuerpo femenino no me interesaba en los mas mínimo, quizás en el arte. Y no siempre.

Aquellas palabras que salieron por su boca no dejaron espacio para una respuesta, al menos yo no supe que responder ante tal alarde de prepotencia por su parte, le acompañé bebiendo de manera un tanto provocativa como ella estaba haciendo, aquel comportamiento era como un juego entre los dos. Con aquel puesto podría lograr muchas cosas y sobre todo acercarse a su Señor Tenebroso, al mismísimo Lord Voldemort, y sin duda ser una de sus más fieles seguidoras; una parte de mi la envidiaba, otra sin embargo creía que tener a Voldemort fuera de la cabeza era mucho mejor. – La verdad opino lo mismo, ha sido una victoria indudable. No puedo creer lo lleno que estaba el Ministerio de malditos sangre sucia, entre los que han huido y los que hemos ajusticiado parece que no quedamos ni la mitad – rió, posponiendo su respuesta – Deberíamos salir de caza algún día, sentir de nuevo el placer de borrar la existencia de los sangre sucia y los estúpidos que osan  ayudarlos. Ya que la verdad por culpa de todos ellos esto está siendo un caos, debo estar presente en la mayoría de interrogatorios a puerta cerrada, y aunque disfrute de torturar sus mentes muchas veces son demasiadas las que tengo que abordar, algunos días son agotadores. - Puse los ojos en blanco.- Hoy mismo un sangre sucia ha muerto mientras le asustaba con lo que parecía ser su boggart, algunos no valen ni para interrogarlos – rió, pensando aun en la cara de aquel imbécil – Simplemente decepcionante, creo que no merece la pena ni enseñártelo – me señalé la cabeza, dándole a entender que podía enseñarle aquel recuerdo.

Aquello que decía realmente era algo que compartían, los traidores incluso merecían mas la muerte que los sangre sucia, ello habían nacido así, los otros sin embargo se obcecaban en ir contra corriente. – Deberíamos matarlos a todos, quizás hasta alguno consiguiera defenderse – comenté jocoso, pensando en el joven al que había enfrentado en la conquista de Hogwarts, que decepción se había llevado aquel día con el chico.

- He visto que no tienes asistente todavía, ¿ninguno suficientemente atractivo?- le pregunté – Se que es difícil superarme, pero seguro que alguno aparece- bromeé, aunque realmente me consideraba bastante atractivo, mientras remangaba las mangas de mi camiseta y desabotonaba sugerentemente algún botón de mas en mi camiseta, la realidad era que tenía algo de calor. - ¿O la realidad es que te bastas tu sola? Ya que no me sorprendería nada conociéndote – Fui sincero. Si Abi había sido capaz de escalar hasta ese puesto no era porque no fuese autosuficiente, todo lo contrario mas bien.


Última edición por Alec Parrish el Sáb Ene 14, 2017 11:30 am, editado 1 vez
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Jue Ene 12, 2017 10:34 pm

Habían muchos mortífagos de dudosa reputación en las filas, pero precisamente de Alec era uno de los últimos en los que desconfiaría. Sabía que su lealtad era real y que su pasión por la causa era casi tan grande como su determinación a la hora de defenderla.

Ambos vasos ahora estaban rellenos de whisky, por lo que me senté en el sofá para mantener una conversación. Si bien había mucho de lo que hablar, lo que todavía seguía siendo motivo de fascinación por parte de los mortífagos, había sido la increíble victoria que habían tenido y cómo habían podido acatar un gobierno tan diferente y que, en base al miedo, muchos continúan apoyando por miedo a salir perdiendo. Lord Voldemort era un nombre que siempre había infundido temor y ahora, por primera vez tras muchos intentos, por fin había llegado a lo más alto. Sólo le quedaba encontrar lo último que le faltaba para hacerse inmortal y, por fin, podría ser eterno.

Esbocé una maliciosa sonrisa en el rostro al escuchar lo que decía.

Todos tienen miedo. Miedo de morir, de acabar el resto de sus días en Azkaban o, peor, sufrir a manos de personas tan despiadadas, capaces de matar a tanta gente por conseguir el poder. Alguien como tú podría matarlos a todos sólo torturando su mente sin ningún tipo de esfuerzos. Son débiles; el miedo les hace débiles. —Soné divertida porque me parecía la manera más divertida de torturar a una persona. Invadir su mente, violar sus recuerdos, hacerle sufrir buscando sus recuerdos más dolorosos y terroríficos. Sí, era divertido ver cómo algunos gritaban de dolor por daños físicos... pero a mí me volvía loca ver cómo perdían la mente, de ahí mi increíble interés en aprender legeremancia—. Aprovéchate y pásalo bien jugando con ellos. Total, no sirven para otra cosa. —Era todo un alivio poder hablar tan tranquilamente de todo cuando era verdaderamente lo que pensabas. Llevaba tanto tiempo mintiendo en aquel despacho... que ahora, que soy la dueña de él, es cuando puedo hablar con la verdad.

Estábamos de acuerdo. Los traidores de la sangre eran personas con la cabeza hueca y llena de simbolismos que le hacían creer en la igualdad, una mentalidad que con este nuevo gobierno no se puede permitir en sus ciudadanos.

Matarlos parece demasiado fácil, ¿no? —Sonreí, arrugando la nariz con un gesto infantil ante la inconformidad—. Yo prefiero intentar doblegarlos. Obligarles a que se sometan. Matar a nuestros iguales nunca ha sido una buena idea, por lo menos no antes de intentarles hacer cambiar de opinión —añadí, algo juguetona. Hacerles cambiar de opinión era, probablemente, lo peor que podrían experimentar unos traidores a la sangre, pues lo más que harían sería sufrir hasta que decidiesen si someterse o morir. Había que verlos como personas rotas; estropeadas. Personas que no son capaces de ver la verdad. Había que intentar arreglarlos, pero de ser una pérdida de tiempo, lo mejor que podemos hacer con un juguete roto es tirarlo a la basura. Pero ningún traidor a la sangre se merecía la benevolencia de un asesinato limpio.

Alec, bastante observador, se fijó en que la puerta del despacho del Asistente del Ministro, además de no tener placa, estaba abierta y vacía, por lo que era fácil deducir que aún no tenía. Su presuposición me hizo sonreír. Cierto que era un chico bastante atractivo, pero la verdad es que no era mi tipo. Entre que era más joven que yo y estoy acostumbrada al cuerpo y hombría de Caleb Dankworth, no había nadie que pudiera compararse a él.

Llevo ejerciendo de Asistente de los múltiples Ministros desde hace más de cuatro años... no creo que haya nadie mejor que yo para ese puesto y, hasta el momento, no puedo dividirme. Además, no me soportaría —Me encogí ligeramente de hombros, hablando con sinceridad pero sin ponerme seria. Al fin y al cabo estaba hablando con un amigo—. Pero tengo pensado encontrar a alguno, siempre y cuando merezca la pena. Si no, tampoco es necesario tener algo que no me hace falta.

Me llevé el vaso a los labios y bebí un sorbo de whisky, para luego mirar a Alec con un divertido rostro. Yo estaba tan metida en los cambios y en recomponer el Ministerio que no había tenido tiempo para involucrarme en asuntos más comprometidos y que verdaderamente me hiciesen disfrutar.

¿Y te has enterado de algo? —pregunté con intención de matizar—. En donde se esconden los sangre sucias... Algún traidor que esté deambulando tranquilamente por las calles aún no siendo leal al Ministerio y mintiéndonos a la cara... No sé, ¿algo que se pueda cazar? —añadí, usando el mismo término que él había utilizado antes—. Con la cantidad de mentes que investigas al día, no me extrañaría que supieras más de lo que parece —dije finalmente, preguntando por curiosidad. El trabajo de Ministra de Magia estaba muy bien, pero le faltaba algo que yo necesitaba; le faltaba acción.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Sáb Ene 14, 2017 12:46 pm

Nuestra charla sobre todo lo acontecido realmente me tenía metido de lleno en la conversación. Pues tras todos aquellos años dentro de los mortífagos, ahora realmente si habíamos conseguido algo de real importancia, pues la toma de poder aquel 19 de Diciembre había supuesto un cambio total en todos los niveles del mundo mágico.
Aquel whisky se deslizaba por mi garganta, delicioso, recorriéndome por dentro y dejando una sensación de calor por cada rincón de mi cuerpo. Quizás era el alcohol o mi falta de vergüenza la que hacía que las palabras brotasen tan sinceramente de mi cuerpo, aunque lo mas probable seria que Abi fuese la responsable, pues la confianza que sentía con ella era totalmente sincera.

Una sonrisa se dibujó en mi cara al escuchar todo aquello. - Tienes toda la razón, y te lo aseguro yo que me paso la mayor parte del día dentro de la mente de esos debiluchos. Apenas ninguno es capaz de oponer resistencia, y se que soy bueno - le guiñé un ojo - sin embargo no entiendo como no se preparan lo más mínimo para resistir...¡que se yo! Unos minutos al menos - Exclamé entre risas. Abi tenía razón, indagar en la mente de aquellos traidores y hacerlos sufrir hasta llegar a morir incluso gracias sus propio recuerdos era de lo más gratificante, incluso a veces más que hacerlo sufrir de manera física, sin embargo aquello era un gran pasatiempo para el castaño y no renunciaría a torturarlos. - No lo dudes, aunque a veces me queje, puedo asegurarte que el cansancio merece la pena. - Aquella sinceridad era abrumadora, todo aquello que antes nos veíamos obligados, en cierta manera, a ocultar ahora lo soltábamos sin tapujos, podíamos hablar de todo aquello con total sinceridad y aquello era magnífico.

- Demasiado fácil dices… - comencé, dejándola seguir, empapándome de lo que decía - Realmente tienes razón en eso, someterlos a aceptar nuestra voluntad es más humillante para ellos. Sin embargo una buena batalla y sus gritos de dolor es algo que puede conmigo. - Confesé totalmente sincero. Si bien es cierto que sumar magos a su causa era una importante victoria, aquella sensación de placer al hacer morder el polvo a mis contrincantes es algo que me apasionaba, no podía evitarlo.

Aquellas palabras de Abi eran realmente ciertas, yo mismo lo había podido comprobar. Los ministros habían ido rodando por aquel despacho y al igual que habían llegado se habían ido, sin embargo ella había seguido allí, esperando pacientemente el momento de tomar el control de todo aquel cotarro que conformaba el ministerio. Indudablemente lo había conseguido.

- Pues si, de nada sirve un secretario que no te llegue ni a la altura de los zapatos. -Aporté jocoso, pues Abi no era precisamente alta, y sin tacones aún menos.

- Cantidad si, sin embargo la calidad deja que desear -
confesé, pues la mayoría de aquellos a los que interrogaba no tenían nada útil que aportar. Aunque sin embargo sí que había conseguido la ubicación de varios sangre sucia que se creían seguros y a salvo. - Sin embargo no todo son decepciones, se con seguridad que al menos  cuatro sangre sucia se ocultan en un sótano oculto bajo alguna de las tabernas de Hogsmeade -dije mientras una sonrisa aparecia en mi cara, cavilando la idea de salir y darles caza el mismo, con Abi incluso si ella estaba realmente interesada. - Cazar….una buen manera de salir de la monotonía, ¿No crees? - Pregunté, sonando tentador, intentando que Abi quisiera deleitarse con aquellos sangre sucia. Hacía tiempo que no íbamos de caza juntos.

Mi copa de whisky estaba ya en las últimas y mi sed no hizo más que aumentar al confesar aquello que había averiguado….¿apagaría esa sed con otra copa o sembraría el caos en la derruida Hogsmeade? Aquel pensamiento recorrió mi mente, tornando mi sonrisa un tanto macabra.
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Mar Ene 17, 2017 3:12 pm

No hay que pedir en donde no hay —dije francamente divertida ante la realidad—, la gran mayoría de esos incompetentes no saben nada y el dominio mental hasta de sus propios recuerdos les supone un entrenamiento que está muy por encima de su nivel. —No tenía en ninguna estima a los sangre sucias, pero a los traidores sí que no los subestimaba. Si tenían los cojones para darle la espalda a un gobierno, es que tenían cojones para cualquier cosa.

Por eso mismo la muerte era a veces un regalo para ellos. Además, hacía tanto tiempo que, centrada en mi trabajo, me perdía los placeres más pecaminosos de los que podía disfrutar, que solo de pensar en la posibilidad de disfrutar de uno de ellos se me hacía la boca agua.

Una buena batalla siempre está bien, siempre y cuando luego puedas regocijarte en la victoria viéndole sufrir hasta su último hálito. —Negué con la cabeza mientras sonreía. Cada día me daba cuenta, por mis deseos y mis más sinceros sentimientos, que sin duda alguna yo no estoy bien de la cabeza. ¿Sentir placer mientras ves a otra persona sufrir? Parece objetivamente enfermizo, pero lo peor de todo es que me daba igual y me encantaba—. Hace tiempo que no estoy en una buena batalla. El día diecinueve maté a Milkovich, pero no se presentó como una rival digna. No sé si porque estaba cansada, lo suyo era el diálogo y no la guerra o porque estaba demasiado atónita asimilado que mi intención era matarla. Supongo que fue un palo para ella que su fiel asistente le atacase por la espalda. ¿Tú al final por dónde te moviste? ¿En Hogsmeade o entraste a Hogwarts? —pregunté con curiosidad. Yo había estado demasiado ocupada siendo la cabeza de todo el ataque al Ministerio como para preocuparme de los demás flancos.

Dejé caer mi interés por saber si había descubierto algo en las mentes de todos aquellos acusados a los que tenía libertad de entrar en su mente, para hacer saber todo lo relevante que ocultaban y no decían. No obstante, Alec estaba en la libertad de ocultarse cosas que o bien no venían a cuento, o que bien podía solucionar por sí solo. ¿La ubicación de sangre sucias? Por norma general debería de haberlo dicho para tomar parte e ir a por ellos, pero como Ministra de Magia que está aburrida en este preciso momento, me pareció mejor decisión la que había tomado el oclumante.    

Apuesto a que eso no se lo has dicho a tus superiores —cuestioné a la par que me levantaba del sillón, con un tono de voz que denotaba mi jovialidad—, menos mal que ahora yo soy tu superior y estás libre de pecado —añadí con diversión y un guiño mientras cogía la botella de cristal de whisky y se la entregaba a Alec para que se sirviese su último trago. Luego retrocedí y me apoyé en la parte delantera de mi escritorio de espaldas, terminándome mi bebida—. Sabiendo lo acobardados que estarán, será una caza un poco aburrida. Tendremos que divertirnos en la segunda parte en donde les tendremos que dar su castigo al negarse a venir con nosotros por las buenas. —Fingí ser justa y honorable—. Nosotros siempre de buenas y ellos siempre resistiéndose a la ley... —Sonreí maliciosamente, mirando a Alec—. Termínate eso. Vamos a divertirnos un rato.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Ene 17, 2017 5:31 pm

- Ese es el tema, parece que esos inútiles que hemos conseguido atrapar no sabían ni por qué lo hacían. Simplemente luchaban. – Una risa se escapó de mi garganta,  realmente detestaba a aquellos imbéciles que tenía que interrogar en el Ministerio. Primero porque rara era la vez que conseguía sacarles algo de aquellas vacías mente, y segundo porque tal y como decía Abi parecían no poder controlar ni sus propios recuerdos, yo al menos esperaba que tuviesen algún conocimiento de Oclumancia, por nimio que fuera, pero aquello claramente había sido mucho pedir. – Pero bueno, no hay mal que por bien no venga. Me ahorran tiempo. – aquello al menos me permitía avanzar de una mente a otra más rápido, aunque un poco de pelea seria de agradecer.

Abi me comprendía, entendía aquello que le quería decir. La batalla sacaba lo mejor de cada uno de nosotros, o lo peor, aquello ya dependía del punto de vista de cada uno. Sabía que ella llevaba ya tiempo sin tomar la varita para darle su merecido a algún imbécil que se opusiera al Ministerio actual, por eso esperaba que me hiciera caso, que se inspirara con mi información.

- ¡Hasta el último! – alcé la voz para elevar la copa de whisky y darle el último trago. Realmente aquel placer que me hacía sentir el dolor ajeno era algo por demás, quizás alguno pensaban que enfermizo, sin embargo lo que pensara el resto del mundo me importaba un bledo, sobre todo ahora que nosotros mandábamos. – Ya me imagino que tuvo que ser una locura por aquí, sin embargo conseguiste lo que pretendías – eché una mirada a todo aquel despacho, que acompañaba a su puesto – Mi atención se centro en Hogwarts, luche contra uno de los alumnos de último año, un cazador llamado Potter. Fue un tanto decepcionante la poca habilidad para la batalla que tenía el chico – reí recordando aquello – pero bueno, me sirvió para desahogarme. Además el panorama general era maravilloso, una pena que te lo perdieras. – concluí rememorando todo el caos que habían causado en aquella escuela.

Su pregunta me estaba poniendo en bandeja el tentar a Abi a salir de caza, claramente no había cedido la información a nadie, puesto que pretendía ocuparme yo mismo de aquello. Nadie iba a quitarme la oportunidad de encargarme de una sangre sucia personalmente. – Ya me conoces, me gusta acabar con las ratas por mi mismo – le guiñé un ojo, dándole a entender que andaba en lo cierto, y que me había pillado, aunque yo mismo se lo acababa de confesar. – Menos mal – le sonreí abiertamente, dejando escapar un suspiro fingido pues no era la primera vez que me guardaba información, ni seria la última.

Recogí la botella que mi compañera me seguía, escuchando aquello último que decía. La veta de caza estaba abierta y nosotros seriamos los cazadores aquella tarde, mi alegría por haber conseguido tentar a Abi se agrandaba por momentos. – Bueno, esperemos que den un poco de guerra. Nos divertiremos antes o después, eso está claro – esperanzado por que aquellos sangre sucia supieran pelear al menos.

Mi sonrisa se torció dejando un gesto de locura en mi cara, algo que no podía evitar antes de abalanzarme antes una situación como aquella, respondiendo a aquello que decía Abi. Me llevé la botella a los labios, bebiendo hasta la última gota de aquel delicioso whisky. – Te espero allí, no tardes. – la reté a alcanzarme, soltando la botella medio segundo antes de aparecerme en Hogsmeade.

Mis ojos no podían centrarse en ningún punto en concreto, pues aquella ciudad fantasma me tenía absorto. La recordaba antes del ataque, pero ahora era incluso más mágica que antes, más bonita incluso, encontraba la belleza en esos recuerdos que había creado allí instantes antes de encontrarse en Hogwarts. Mi concentración volvió al tema que nos había traído hasta allí al ver como Abi se aparecía un par de metros a mi izquierda. – Yo busco en “Las Tres Escobas”, tu mira en el sótano de “Cabeza de Puerco” – dije, avanzando hacia las ruinas de aquello que había sido antes una taberna, y un hostal a la vez. – El primero que los encuentre les lanza el primer “Crucio”. – grité, dejando en el aire aquella regla que yo mismo me acababa de inventar.

Off: No se si quieras concluir esta trama, cerrarla y abrir una nueva en Hogsmeade. Si es así dime y puedo cortar una parte del post y ponerla en Hogsmeade en la nueva trama. O lo hacemos todo así de seguido?? Mi no saber >_<
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Abigail T. McDowell el Jue Ene 19, 2017 1:17 am

Hace años hubiera preferido mil veces estar en el furor de la batalla, con la varita en alto y disponiéndome a aceptar a cualquier subnormal que Lord Voldemort quisiese poner en el mando en el Ministerio. Sin embargo ahora... ahora sabía que dentro de las filas del Señor Tenebroso no había nadie mejor que yo para el puesto y lo ansiaba muchísimo, por eso le había hecho saber a nuestro líder lo que yo valía y lo que era capaz de hacer. No sabía si por placer personal, para declarar abiertamente hasta donde soy capaz de llegar por lo que quiero o para dejarle claro a todo el mundo quién manda a partir de ahora. Y como bien dijo Alec... por mucho que una parte de mí prefiriese estar en batalla, aquí conseguí lo que tanto tiempo había deseado.

Los alumnos de ese colegio salen con una base muy pobre. Dumbledore es demasiado blando —bufé, poniendo los ojos ligeramente en blanco—, ahora con Rodolphus de director y su mano dura, saldrán de ahí auténticos magos. —Y no tenía la menor duda de ello. El matrimonio Lestrange nunca habían sido personas con los que he tenido demasiado trato, pero sabía que eran dos mortífagos que tenían bien claras sus ideas y que hacían bien su trabajo—. Ya... una pena. Pero prefiero ver arder el Ministerio que Hogwarts.

Finalmente, ambos parecíamos dispuestos a dejar aquel whisky para ir en busca de esos supuestos sangre sucias que estaban escondidos en algunos de los bares de Hogsmeade. Por mi parte, lo más que me preocupaba era que mi imagen como Ministra se viese afectada... pero teniendo en cuenta todos los cambios que han habido, solo un necio aún pensaría de otra manera de mí.

Cogí mi varita de mi escritorio y me apunté a mí misma cuando Alec se desapareció. Cambié mi ropa para dejar de tener unos elegantes tacones y una falda de tubo y ponerme unos pantalones ajustados de cuero, una chaqueta del mismo estilo y unas botas con un sugerente y alto tacón. El pelo, como de costumbre cuando no estoy en el trabajo, suelto y alocado.

Me desaparecí entonces y aparecí en las calles de Hogsmeade, allí en donde a ambos lados podías encontrar todo tipos de tiendas para el ocio. Sin embargo, ahora mismo muchas estaban cerradas en remodelación después del ataque y teniendo en cuenta que no dejaban salir a nadie de Hogwarts, aquello parecía un pueblo sin vida. Alec estaba a unos pasos de mí, por lo que acorté la distancia entre ambos para escucharle decir su idea.

Nos vemos aquí si en ninguno de los dos lados están —añadí a su plan antes de darme la vuelta y comenzar a retirarme.

Cabeza de Puerco nunca había sido un lugar que me gustase demasiado, entre la calaña que se juntaba en ese sitio, el olor a sudor y alcohol y la asquerosa limpieza de aquel antro, me daba asco. Lo único para lo que servía era para reunir gente de dudosa reputación y ser un lugar en donde jugar al azar a ver quién de todos los que allí estaban era más idiota. Sin embargo, hoy no iba allí cono una mera visitante. Abrí la puerta con bastante disposición y entré al interior con la cabeza bien alta, mirando a todos lados.

La Ministra McDowell... —dijo con sorpresa el barman.

Allí dentro estaba ese y tres personas más, uno bebiendo de manera solitaria mientras leía El Profeta y otros dos compartiendo una entretenida partida de cartas mientras bebían algo. Los tres me miraron y yo simplemente me dirigí hacia la barra.

¿Qué puedo hacer por usted, señorita McDowell? Todo lo que sea necesario por complacer a la nueva Ministra de Magia. —Sonrió con algo de necesidad, como si el hecho de que yo estuviera allí fuera a repercutirle a él en algo.

Puedes abrirme voluntariamente la puerta trasera para que pueda bajar a tu sótano e inspeccionarlo —dije sin rodeos—. Si dudas, supondré que escondes algo y entonces estás en un problema. Si no lo haces, estás en un problema. Si lo haces ya, podré ver qué hay en el interior e irme en el caso de que no esté lo que estamos buscando. —Soné seria e imponente.

Pero... —Se dio cuenta que eso podría entenderse como una duda, por lo que rápidamente rectificó—. Claro, claro, no tengo problemas en enseñarle el sótano, ¡faltaría más! —Comenzó a moverse hacia allí—. Lo único es que me resulta extraño que el Ministerio tenga curiosidad por saber lo que guardo ahí, solo son botellas y mercancía de repuesto... —Una vez delante de la puerta, el barman sacó la varita y con un hechizo se oyó el pestillo de la puerta. Él sujetó el pomo y la abrió—. Pase usted.

Saqué mi varita y conjuré un Lumos que se despegó de la punta de mi varita y recorrió escaleras abajo todo el sótano, iluminando todo el recinto. Bajé justo detrás de la luz y aquel lugar era incluso más desagradable y asqueroso que la zona visible de Cabeza de Puerco. A cada paso que daba por aquellas escaleras de madera, una bomba de polvo parecía que hacía aparición bajo cada escalón. Sin duda sería un sitio ideal para que viviesen un grupo de sangre sucias, pues no se merecen nada más.

Allí no había nada.

Volví a subir las escaleras y el barman me dirigió algunas palabras, pero sinceramente, no las escuché. Me aburrían las conversaciones mundanas con personas tan simplonas. Además, estaba demasiado ocupada fijándome en el hombre solitario que si bien quería hacer como que estaba concentrado en el Profeta, llevaba observándome durante todo el momento desde que entré a aquel sitio. Alcé la mano para hacer que el barman se callase y solo entonces le miré a los ojos a aquella rechoncha persona.

Gracias por cooperar con el Ministerio. Siga así y en un futuro se verá recompensado, señor... —dije automáticamente.

Bodemich. —Terminó mi frase el barman.

Lo que sea, pensé. Pero sonreí con fingida amabilidad y caminé en dirección a la puerta para salir de allí.

Una de mis muchas virtudes es que hasta las más nimias cosas no se me pasan por alto, sino que soy minuciosa y observadora. Nací con una especie de radar para captarlo todo y cada vez que llegaba a un sitio, aunque pareciera que solo me fijo en un punto, en realidad observo todo. Y aquel hombre que leía El Profeta no era precisamente un borracho que pasa allí los días en busca de un entretenimiento.

Caminé hacia las Tres Escobas, recinto que no estaba muy alejado. Esperaba que a él le hubiese ido mejor, porque si no íbamos a tener que buscar por propiedades privadas. No sería descabellado pensar que cambian de lugar bastante para evitar poner en peligro siempre a las mismas personas, porque al igual que ellos son culpables, lo serán aquellos que les estén dando cobijo.

OFF: Seguimos aquí sin problemas x)
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Vie Ene 20, 2017 11:58 pm

- Y que lo digas, menos mal que nosotros nos volvimos duros al salir de allí. – Sonreí mientras nos señalaba a ambos – Esperemos que puedan salir buenas cosechas, que no estén corroídos ya esos niños que adoraban a Albus – realmente no esperaba mucho de aquellos alumnos, Albus les debía de haber llenado la cabeza con su magia defensiva y ni para eso iban a servir.  – Pero bueno, la mano dura puede que les haga espabilar – concluí mientras asentía las palabras de Abi y las mías propias, pues realmente pensaba aquello y el tiempo les diría si esos niños servirían para algo. – Espero que aquí nuestros compañeros se divirtiesen más que yo en Hogwarts.

La visión de las casas derruidas de Hogsmeade y verla en su inmensidad como una ruina, una ciudad que no parecía haber sido para nada una ciudad mágica, provocaba mi sonrisa sin poder evitarlo. Algunos edificios estaban en pie, el “Cabeza de puerco” al menos parecía casi intacto, quizás su mal estado general ayudase a que yo lo viese así, pues tampoco solía ser la taberna mas glamurosa del lugar.

Sin embargo no todo era caos, pues muchas otras viviendas y demás tiendas de la ciudad ahora las podía ver en remodelación, volviendo a levantarse e intentando volver a una normalidad. Estaba claro que la vida del pueblo se veía mermada por la falta de alumnos durante las vacaciones que estaba obligados a vivir en el castillo, sin embargo aquella ciudad estaría mucho más decente con la salida de los jóvenes llegado el momento.

- Esperemos que no haga falta, malditas ratas – escupí al suelo mientras Abi avanzaba hacía el lado contrario al que yo me dirigía. Hacía “Las Tres Escobas” o lo que quedaba de aquel edificio.

Realmente la taberna, y posada a la vez, había acabado bastante mal parada. El piso superior era ahora inexistente, estaba claro que no se hospedaría nadie en algún tiempo, además a juego con este el de abajo casi no era más que  paredes y tres ventanas a juego. La barra estaba destrozada y apenas quedaba mucho que se pudiese recuperar, allí quedaba trabajo, sin embargo parecía que no habían tocado nada, ni una simple roca parecía haberse movido desde el ataque de aquel diecinueve de Diciembre.

- Buena elección Alec, si señor – me dije en voz alta. Pues al menos “Cabeza puerco” seguía en pie y sería fácil de registrar, sin embargo aquello que se presentaba ante mis ojos era una tortura. Sabía que debía haber alguna entrada al sótano por el suelo de la taberna o por la zona de la barra, pues todos sabíamos que había uno pero la puerta nunca era visible. Abi había tenido suerte con mi elección. – Wingardium Leviosa – pronunciaba acompañando las palabras con una floritura de la varita, una y otra vez, apartando rocas para despejar aquel caos que se presentaba ante mis ojos. Poco a poco los restos del edificio empezaban a esclarecer lo que antes había sido una taberna – Mobiliarbus – para apartar aquellos escasos muebles que se habían salvado y molestaban mi visión, aquel trabajo no era el que esperaba encontrarme al llegas a Hogsmeade, y esperaba que el esfuerzo valiese la pena. Sin embargo habiendo quitado ya todo no veía nada, ningún acceso por ningún lado, aquello era absurdo.

- Aparecium conjuré sobre toda la taberna, era lo único que me quedaba por probar, dando efecto. Una trampilla se dibujaba al otro lado de la barra, oculta bajo una espantosa…no sabría decir que era aquello, si una manta o una piel de algún animal muerto, sin embargo y sin perder más tiempo la abrí y descendí las escaleras. Un “Lumos” que danzaba por aquello que podría ser perfectamente un escondite me rebeló que allí o había nadie, sin embargo estaba claro que alguien había estado allí recientemente – Sangre sucias – susurré tomando el camino de vuelta por las escaleras abandonando aquellas ruinas que había ordenado con mi varita, mientras la luz que había abandonado mi varita desaparecía, sumiendo aquel lugar en la oscuridad que lo caracterizaba.

- Si estás aquí es que tampoco has tenido suerte, ¿no? – le pregunté a Abi con los ojos en blanco, aquello que esperaba que fuese fácil se estaba volviendo turbio, esos sangre sucias pagarían hacerles perder el tiempo. Debían estar por allí, por alguna parte del pueblo mágico. – Pienso que tiene que estar por aquí cerca, ahí abajo había una pequeña fogata. Debieron encenderla ellos. – informé de aquello que había visto abajo. - ¿Qué crees que deberíamos hacer? – la miré esperando que ella tomase la iniciativo ahora, pues mi plan con aquellas tabernas no había salido como había planeado.
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Abigail T. McDowell el Mar Ene 24, 2017 1:35 am

Yo de Hogwarts salí con una buena base, pero nada en comparación con lo que conseguí una vez fuera, una vez descubrí mi verdadera vocación y puse en orden mis metas más ambiciosas. Unirme a la Causa de Lord Voldemort, ser la aprendiz de un mago increíble, aprender de los mejores y, sobre todo, no conformarme. Al final, el conformismo es lo que te hace ser mediocre.

Los que están echados a perder ya no tienen remedio —respondí, consciente de que los más adultos que poseían ideas claras sobre lo que es correcto y lo que no, no iban a ceder ante un nuevo gobierno con ideas tan contrarias. Siempre existían ese tipo de personas en el mundo, personas testarudas que apoyan un ideal hasta la muerte aunque eso les lleve a una muerte muy temprana que en realidad no les corresponde—. Pero los más necios y jóvenes sí cambiarán. Aunque Rodolphus puede doblegar a cualquiera si se lo propone.

No me quejé cuando me tocó Cabeza de Puerco, pues a pesar de que no era un lugar de mi agrado, prefería mil veces tener que mirar ahí que rebuscar entre los escombros de Las Tres Escobas. Sin embargo, allí no había nada. Intenté que con el encargado del local aquello pareciese simplemente una revisión casual, para luego irme, no sin antes quedarme con que uno de los que allí se encontraba no me quitó el ojo de encima en ningún momento.

Volví hacia donde había quedado con Alec y lo vi caminar hacia allí prácticamente a la misma vez que yo, por lo que era evidente que tampoco había encontrado a nadie. A simple vista parecía lógico cuál sería el siguiente paso.

El recuerdo que habrás visto no será actual, sino de hace algunos días, quizás —di sentido al hecho de que no hubiésemos encontrado nada en los locales más famosos de Hogsmeade, tal y como él había visto en el recuerdo—. Sin embargo, si has visto una fogata es que han estado. Hogsmeade es un buen sitio donde esconderse, sobre todo desde que lo hemos hecho un punto de ataque por parte de nuestras fuerzas... Cualquiera que se considere inteligente pensaría que esconderse cerca del peligro en realidad te está alejando de él —respondí con tranquilidad, mirando entonces a todos lados—. Pueden estar en cualquier lugar, desde el sótano de una casa privada hasta en el de alguno de los demás locales. Tenemos la opción de ir recinto por recinto o...

Hice una pausa al escuchar como la puerta de Cabeza de Puerco se cerraba fuertemente. De allí salió aquel hombre corriendo, el mismo que no me había quitado ojo de encima, cruzando la calle para meterse por un callejón. No le dije nada a Alec, sino que automáticamente me convertí en humo negro y lo perseguí. No tenía tiempo de explicarle el por qué perseguirlo, pero supondría que Alec me seguiría sin preguntar.

Mientras le perseguía él había sacado su varita y había comenzado a atacar hacia atrás con ella, intentando darnos a alguno de los dos. Yo aún envuelta en oscuridad saqué mi varita y debido a la velocidad le terminé acortando la distancia. Dejé que aquel humo negro desapareciese y con un Flare no verbal una cuerda flamígera voló hacia él hasta darle un latigazo en la espalda tan fuerte que le tiró al suelo en medio de una pequeña intersección de dos caminos. Volví a mover la mano y esta vez la cuerda envuelta en llamas le sujetó el tobillo para atraerlo hacia donde estaba yo de pie, arrastrándole por el suelo y dándole la vuelta hasta quedarse boca arriba. De otro latigazo le quité la varita y, finalmente, sin dejar de apuntarle con la varita, me coloqué a su lado.

Atentar contra la Ministra de Magia se considera traición. Si sabes quién soy, no has sido muy inteligente con tus decisiones. Quizás es culpa mía, que me empeño en sobreestimaros. —Si mis sospechas no fallaban, él era algún sangre limpia o mestiza a favor de la igualdad con los hijos de muggles pero que había intentando pasar desapercibido como un ciudadano más. ¿Por qué? Porque así podía apoyar y ayudar mejor a los hijos de muggles que siendo un fugitivo más. Miré entonces a Alec.—Si no me equivoco, este hombre sabe dónde se ocultan. Me ha visto entrar a Cabeza de Puerco y no me ha quitado ojo de encima, está claro que si la Ministra de Magia va a un lugar y pide revisar un lugar inhóspito sin dar explicaciones, es porque está buscando algo que ahora mismo se demanda mucho: los asquerosos sangre sucias. —El rostro del hombre se tornó rabioso—. Seguramente él sabe que sus amigos aquí escondidos en Hogsmeade están en peligro, por lo que ha salido corriendo como una sucia rata a avisarlos. Por suerte, a este tipo le falta un hervor y su toma de decisiones es tan ruin como sus ideales —expliqué mi teoría a Alec.

¡No voy a hablar! —contestó, visiblemente asustado, confirmando, en parte, mi teoría—. ¡Tu gobierno no va a llegar a ninguna parte, McDowell! ¿¡Me oyes!? ¡Les derrocaremos más rápido que a ningún otro gobierno con anterioridad y seréis aplastados por aquellos que subestimáis!

Fruncí el ceño y rodeé los ojos. Odiaba la verborrea de éstos supuestos héroes de hoy en día que no saben más que hablar y hablar. De mi varita salieron cadenas que apresaron sus muñecas a sus respectivos tobillos, dejándolo rígido y sin moverse.

Alec, haz los honores. —Me giré, guiñándole un ojo al oclumante.

Torturar en Hogsmeade hasta que hablase a una persona no era demasiado inteligente, ya que podían haber ojos mirando. Nuestra política estaba clara, pero una cosa es el trabajo sucio, que lleva a la desconfianza de hasta aquellos que confían en ti, y otra cosa era el trabajo bien hecho. Yo como Ministra, a ojos de los ciudadanos, tenía que verme como alguien rápida y eficaz a la hora de resolver los problemas, no como una sádica a la que le gusta disfrutar con los gritos de dolor ajenos. Eso era para la intimidad.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Vie Ene 27, 2017 12:05 pm

Realmente hablaba enserio, ya que aunque es cierto que Hogwarts me lo había enseñado casi todo, la vida real, fuera de sus muros, era mucho mas dura que bajo la protección de los profesores y su tutela. Mi curiosidad por dominar un arte que no esta bien visto en aquel castillo fue lo que me llevó a ser el instructor de Oclumancia y ser un gran Legeremante también, no aquellos estúpidos profesores, al igual que mis ideales me llevaron a ser un gran luchador en las filas de Lord Voldemort. Todo aquello lo había conseguido por mi mismo, si bien los primeros ladrillos los puso Hogwarts, el resto de mi vida la había construido yo mismo a cada paso que daba, a cada decisión que tomaba.

- Esperemos que así sea, no nos vendrían mal nuevos integrantes – dejé aquello en el aire, pues al igual que nosotros habíamos preparado aquel golpe desde la mayor calma, en aquel mismo momento los detractores al nuevo orden podrían estar urdiendo un plan similar, aunque estaba claro que nosotros no nos sorprenderíamos tanto si algo así sucediese, varita en mano los harían arrodillarse de nuevo llegado el momento.

Tendría que haber elegido Cabeza de Puerco, al menos aquel tugurio estaba en pie y habría alguien dentro, no como aquel montón de escombros que me había tocado mover y aquel sótano abandonado, aunque no hacia mucho, que me había adjudicado yo mismo.

- Esta claro, no pude ver nada relativo a una fecha. Sin embargo si que se que era reciente, eso es algo que se nota – le di la razón, pues ella estaba en lo cierto. Yo sabia que aquello sería probable, estaba claro que no iba a ser tan fácil. – Exacto, los restos lo confirman. Parece que las ratas están siendo mas listas de lo que pensábamos – realmente era de esperar, estar quietos en un solo sitio no sería lo mas inteligente. La siguiente frase de Abi se quedó a medias, aunque ya podía imaginar que acabaría de decir, sinceramente no me apetecía buscar por todos los rincones del pueblo y aquello nos vino como anillo al dedo.

Un hombre salió del Cabeza de Puerco, el tugurio que había investigado su amiga la Ministra, corría y aquello era extraño. No pude pensar mucho mas pues cuando el hombre se interno en un callejón la pelirroja se torno humo negro y salió tras él, yo sin pensármelo dos veces la seguí siendo rodeado por el mismo humo negro que ella había conjurado, en pos de aquel hombre.

El hombre al vernos llegar envueltos en aquella oscuridad no tardó en esgrimir su varita y atacarnos, con unas simples florituras de la varita nos protegí a ambos, no iba a permitir que aquellos absurdos ataques nos rozasen si quiera, si ese tipejo se atrevía a alzar la varita ante nosotros es que de algo nos serviría. No tardamos en recortar la distancia y hacer desaparecer aquel humo. Aquel látigo de fuego abandonó la varita de Abi y lanzó al imbécil que había salido corriendo al suelo, lo acercó a nosotros y, como no, acabó sin varita y a nuestra merced.

- Eso no se hace, no señor. – Gesticulé con el dedo, riéndome del hombre que recibía aquel sermón de parte de la que era su Ministra de Magia por derecho. Estaba claro que aquel sabía algo y había reconocido a mi amiga, había intentado aprovechar que ella había salido del local y había intentado irse de rositas, sin embargo aquello no le había salido bien, mala suerte. Sostuve la mirada de Abi. – Así que observando a nuestra atractiva Ministra, ¿no te enseñaron educación en la escuela? – solté bromeando mientras una mirada asesina se dirigía hacia el hombre. – Esta claro, y nosotros no estamos para perder el tiempo – afirmó con la cabeza todo aquello que su amiga decía – Además esto es traición a la sangre….por si no lo sabes, y los culpables no suelen salir muy bien parados. – le guiñé un ojo al mago que teníamos en el suelo. Sonriendo vilmente.

Mucho estaba tardando en llegar aquella absurda verborrea de los que “no van a hablar”, ¿realmente pensaban que aquello los detendría?. Estaba claro que los traidores no sabían muchas veces con quienes jugaban, y aquel día había topado con nosotros dos. Y de nuevo basura sobre el nuevo gobierno, como nos derrocarían, malditos traidores  - Esperamos ansiosos el día que no os escondáis y nos obliguéis a esforzarnos, un poco al menos. – Escupí a la cara de aquel hombre, cuantas gilipolleces podían salir de la boca de una misma persona.

- Encantado, sin embargo tengamos un poco de intimidad – le contesté con una sonrisa, aceptando su invitación. Salvio Hexia conjuré alzando la varita sobre mi cabeza y creando una cúpula a nuestro alrededor. Así no nos delataríamos si el hombre gritaba demás, aunque no pensaba dejarlo vivo mucho tiempo. Bajé la varita hasta apuntar a aquel traidor y conjurar un Crucio no verbal, aquello haría mi trabajo mucho mas fácil; además ver como se retorcía de dolor estando encadenado era de los mas satisfactorio.

Detuve el la maldición sin apartar la varita para indagar en su mente, arañándola con fuerza para que sufriera, al son de un Legeremens. Los recuerdos reciente sobre Abi entrando a Cabeza de Puerco y como trazaba su huida fueron los primeros que pude observar y desechar en un instante, pues necesitaba saber donde estaban aquellos que protegía, aquellos que estaban escondidos en el devastado pueblo. No tardé mucho mas en dar con aquella información, pude ver que eran tres los sangre sucia que se ocultaban en una especie de cabaña a escasos metros de lo que Hogsmeade colindaba con el bosque. Abandoné su mente, aquel hombre ya nos servía para nada, así que no pedí opinión alguna a Abi – Gracias por la información – le dirigí una sonrisa irónica a aquel imbécil, que se veía bastante demacrado – ¡Mortis Scarlatte! – produciendo un agujero del tamaño de una canica en el hombro de aquel traidor, suficiente para que el hechizo hiciese su efecto y acabase muriendo en poco tiempo por aquel veneno que ya empezaba a recorrerle por dentro – Se te declara culpable, y tu condena es la pena de muerte. Suerte con el poco tiempo que te queda. – solté una carcajada ante el grito de dolor que él había soltado cuando el conjuro agujereó su cuerpo.

- Nunca acab… - comenzó a decir el traidor, sin embargo un Silencius de mi varita detuvo aquello que sería otra estupidez por su parte. Ahora tocaba compartir lo que había visto con mi amiga.

- Están cerca, ahora si que los tenemos. Mira. – dirigí mi mirada a Abi, dándole a entender que iba a enseñarle lo que había visto, lanzando a su mente la imagen de aquella cabaña que no quedaba lejos. – Solo un poco mas y son nuestros. – Al menos aquel viaje parecía que no sería en vano, menos mal.
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Abigail T. McDowell el Jue Feb 02, 2017 2:19 am

El oclumante fue el encargado de indagar en la mente de aquel sujeto en busca de lo que necesitábamos, por lo que yo le preparé su manjar y el preparó todo lo demás para poder meterse en su mente y violar hasta su más profunda intimidad. Yo, mientras tanto, observé a nuestro alrededor para asegurarme de que no había nadie mirando o con intención de intervenir, por lo que conjuré mentalmente un Homenum Revelio con la varita en mi mano para asegurarme de que estábamos solos.

Hogsmeade actualmente era el espectro de lo que era un pueblo vivo y animado, por lo que ahora mismo apenas había personas andando por sus calles porque aún no había sido arreglado desde el ataque. Muchos aún seguían de luto, otros adaptándose a las nuevas leyes y... otros simplemente escondiéndose de la realidad.

Me di la vuelta lentamente al escuchar hablar a Alec nuevamente, sentenciando a aquel hombre a una muerte segura con un hechizo que te provocaba una muerte lenta y dolorosa a causa de un veneno que inyectas directamente en su piel. Era un hechizo muy útil cuando quieres dejar que tu enemigo muera mientras piensa en todas sus más absurdas cagadas y cree la ilusa posibilidad de salir de allí. No me entrometí lo más mínimo, sino que simplemente miré a los ojos a Alec para que mediante la legeremancia pudiese ver el mismo recuerdo que recién él acababa de ver.

Son tan predecibles... pensé, curvando una sonrisa de lo más perversa.

No podemos dejarlo aquí. —Fue lo único que dije, antes de atraer con un Accio un escombro hacia mí, conjurar un Portus sobre él en donde conectaba dicho objeto con un destino alejado en medio del bosque y luego lo dejé caer sobre la mano abierta del tipo. Automáticamente desapareció. Luego atraje la varita que anteriormente le había arrebatado y la partí en dos antes de dejarla caer al suelo. Tenía la manía de coleccionar las varitas de aquellas personas que suponen un reto antes de su muerte, pero la de aquel hombre para mí tenía el mismo valor que una mierda. La última adquisición de valor que obtuve fue la pálida varita de Lena Milkovich.

El nuevo gobierno intentaba purificar la sociedad mágica y eso no se conseguiría dejando carroña moribunda en nuestras calles, por lo que no pensaba dejar a aquella persona allí. Después de deshacerme de las evidencias, no obstante, me dirigí a Parrish, comenzando a caminar hacia el bosque.

Sé dónde está esa cabaña y por eso sé que es un lugar en donde es muy fácil ocultarse. Tendrán encantamientos protectores por todos lados que le adviertan de nuestra llegada, por lo que desde que capten visita no deseada desaparecerán y no podremos capturarles —contemplé en voz alta para mi amigo, de manera seria y metódica—. Es por eso que he enviado al tipo aquel cerca de esa ubicación. He supuesto que él, al ser aliado, la barrera mágica actuará de otra manera que no le matará. Se debilitará la magia y podremos entrar, además de que es posible que sus amigos salgan a socorrerle pensando que se ha aparecido por una emergencia médica hacia su único destino de confianza.

Fue entonces cuando esbocé una pequeña sonrisa que podría caracterizarse de astuta y maliciosa.

Serán tan necios y estúpidos como para salir a socorrer a una persona que tiene sus minutos contados y no puede siquiera avisar a sus amigos de que es una trampa —añadí con cierto desdén por las que para mí eran como un libro abierto—. Así que si no queremos que se nos escape la presa, vamos a tener que darnos prisa.

Volví a envolverme en humo negro y el espectro que conformaba mi figura se coló entre los primeros árboles del bosque, abriéndose paso a través de los troncos hacia aquella cabaña en donde encontrarían a los que iban en contra de mi gobierno. Nunca había sonado tan bien eso de repartir justicia bajo tus propias leyes. Era incluso más excitante que hacerlo entre las sombras.

No tardamos en ver al tipo que recién acabábamos de enviar a otra parte arrastrándose por el suelo a lo lejos, mientras que otra persona corría en pos de socorrerle.
Abigail T. McDowell
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RP : 11
PB : Hayley Williams
Edad del pj : 30
Ocupación : Ministra de Magia
Pureza de sangre : Sangre limpia
Galeones : 33.862
Lealtad : Lord Voldemort
Patronus : No tiene
RP Adicional : +1H /+2F
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Miér Feb 08, 2017 11:43 am

No había encontrado resistencia alguna al indagar en el interior de la mente de aquel mago, si yo era capaz de leer la mente de aquellos sin práctica de aquella manera no me imaginaba de que sería capaz Sam, era digna de admiración en ese sentido. Aquella vez sin embargo no sería necesario indagar mucho, pues aquellos recuerdos superficiales, quizás un tanto más profundos los de la posición de la cabaña,  habían florecido tras exponer al estúpido que tenía delante al cruciatus. Pude escuchar como Abi comprobaba que no hubiese nadie por allí, pues toda precaución es poca cuando se va en busca de traidores, no queríamos que se escaparan, no teniéndolos tan cerca.

Aquella mirada cómplice acompañada de aquel pensamiento y su sonrisa me dio total confirmación de que Abi sabía lo que debían hacer y que además el destino que había marcado para el hombre era de su agrado, estaba claro que tenía planes para el hombre que aun seguía con vida, al menos de momento. Observé atento mientras ella hechizaba una roca para hacer desaparecer al hombre con ella, imaginaba que lo habría dejado en algún lugar del bosque, donde no llamara tanto la atención. – No creo que le haga falta – aporté sonriente al ver como ella rompía la varita del mago, partiéndola en dos, pues estaba claro que aquella varita no iría a parar a ninguna colección privilegiada de antiguos magos celebres. Dejando la varita ahí tirada seguí los pasos de la pelirroja, que parecía saber hacia dónde nos dirigíamos.

- Te diría que me sorprende que sepas de la existencia de la cabaña, sin embargo no se por qué no me parece nada raro – confesé mientras la seguía escuchando – Si está claro, si llevan un tiempo aquí deben de tomarse todo esto muy enserio. Buena idea la verdad, como se nota que eres nuestra Ministra, habrá que ir con cuidado, tampoco sabemos como de importante será él para ellos. Aunque estas ratas son demasiado buenas para no ayudar a uno de los suyos. – esbocé una sonrisa jocosa, pues la realidad era esa. Aunque aquello les pareciera raro o una trampa seguro que acudían a su rescate.

- Y que lo digas, que estúpida puede ser la gente a veces – reí sin poder evitarlo al imaginarse al hombre muriendo por el veneno que ya corría por sus venas, imparable. – A por ellos – concluí aquello para tornarse humo de nuevo y avanzar entre los arboles del bosque hasta aquella cabaña que había visto hacía escasos minutos.

Ahí estaba aquel tipo que habíamos enviado junto al traslador, se arrastraba tristemente por el suelo, tuve que contener una risa al verle ya que no quería que nos descubrieran por mi indiscreción. Mis ojos se centraron en la chica que salió corriendo de la cabaña para lanzarse como loca a socorrer a su compañero, estaba claro que si había salido con esa urgencia es que no esperaba que nadie estuviera observándoles en la cercanía. Aquella era su oportunidad, debían usar a la chica para entrar y dar con el resto de ellos. – No se esperan lo que les viene encima, ahora nosotros moveremos  los hilos. – le susurré a Abigail mientras un Imperius tomaba el control de la alterada traidora, que bajo el estrés de ver a su compañero moribundo no se había podido resistir a la toma de control de Alec.

Todo estaba en marcha, ahora solo tocaba aparentar normalidad para no asustarlos. La obligué a cerrar su mente y a seguir con lo que naturalmente estaba haciendo, ayudar a su amigo y ayudarlo a llegar con ella a la cabaña. Avanzaba con dificultad mientras le ayudaba a dar un paso tras otro, sin embargo bajo el control de la maldición yo no pensaba dejar que parase, no ahora que estaba tan cerca. Por fin consiguieron llegar a la cúpula de hechizos que conformaban la defensa del sitio, obligando a la chica a bajar las defensas unos instantes en los que Abi y yo tendríamos la oportunidad de infiltrarnos allí y acabar rápido con todo aquello. – Es nuestro turno de entrar, no sospechan nada. – Invité mi amiga a comenzar la fiesta. Obligando a la chica que aun ayudaba a su compañero a avanzar y avisar de que todo estaba bien, que necesitaban primeros auxilios, ilusos quienes se creyeran aquello.

OFF: Perdona la tardanza!! No me di cuenta y pensaba que no te debía post >__< Pero me quieres(?)
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Miér Feb 08, 2017 7:02 pm

Podía parecer una persona un poco carente de conocimiento de guerra porque siempre me he mostrado como alguien frágil, teórica y que siempre suele estar entre las cuatro paredes o dando órdenes o haciendo su trabajo. Pero eso no podía estar más alejado de la realidad. En mis últimos años quizás ha disminuido, pero siempre solía dedicar más tiempo a mi lealtad con el Señor Tenebroso que a mi trabajo en el ministerio. No por la sumisión que sentía hacia Lord Voldemort, que en realidad no era demasiada, ni tampoco para sentir reconocimiento por él, sino porque verdaderamente era algo que me iba como anillo al dedo. Matar y torturar en su nombre a personas a las que no tengo en ninguna estima, por enfermizo que sonara, me encantaba.

Lo que sí te sorprendería saber es todo lo que sé y que no aparento saber —respondí con una pícara sonrisa en el rostro, sin dar más detalles—. Exacto. He basado toda mi estrategia en asumir que son buenos por naturaleza y no dejarían sufrir a ningún compañero. El día que eso no funcione, sabré que habrán evolucionado como personas —dije finalmente ante su comentario.  

Nos pusimos en marcha hacia la zona en donde se encontraba aquel pobre desgraciado al borde de la muerte. Aquella cabaña la conocía porque no era la primera vez que le daba uso. Es más, recuerdo perfectamente el momento en el que compartí una agradable experiencia junto a mi desaparecido compañero Derek L'oree.

Ocultos detrás de los árboles, observamos con detenimiento como se llevaba a cabo la escena. Una chica, aproximadamente de veinticinco años fue la encargada de salir del escondite para ir a socorrer a su camarada, una persona que no paraba de gesticular sin fuerzas para intentar que la chica le hiciese caso, posiblemente intentando advertirla de que todo era una trampa. Evidentemente, no funcionó. Entre que no podía hablar y que su cuerpo cada vez estaba perdiendo más y más fuerzas, aquel intento por su parte fue totalmente inútil.

Observé como Alec sacaba la varita y conjuraba algo, para que entonces los movimientos de la chica me parecieran ser menos naturales y la dirigiera a la zona en donde se vería obligada a bajar las defensas. Posé suavemente mi mano sobre el hombro de Alec y, con una sonrisa en el rostro, comprendí que me estaba invitando a comenzar con la cacería. Se me hacía raro no tener que ponerme la máscara ante un ataque así, pero ahora deberían de ser ellos los que se oculten ante la nueva ley.

Me levanté, pues estaba de cuclillas y comencé a caminar tranquilamente hacia allí con la varita en la mano, no sin antes susurrarle a Alec.

Suéltala ya que si no, no tiene gracia.

A medida que la chica ayudaba al moribundo a entrar al interior de la cabaña, éste se dio cuenta de nuestra presencia, por lo que tiró de la chica con sus últimas fuerzas para alertarla. Ella, en la puerta, se quedó sin saber como reaccionar al vernos. ¿Soltar a su amigo y entrar para ponerse a salvo? ¿Gritar para avisar a todos sus amigos? Posiblemente ver a la Ministra de Magia, de clara ideología opuesta, con apoyo en su lugar seguro, ahora mismo acababa de dejarle el cuerpo helado a esa traidora.

Yo alcé la varita, pero no hice ninguna maldición, sino que conjuré un Terreo Aparecium para que nadie pudiese aparecerse en aquel lugar y, por tanto, no pudiera huir si no era a pie. Ella, asustada por el hecho de que mi movimiento fuese una amenaza, soltó a su amigo para entrar al interior, pero esta vez sí que conjuré un Religio para apresar el tobillo de la chica sin dejar que pudiese entrar del todo. Tiré de ella hacia atrás para sacarla, pero unas manos sujetaron las suyas para evitarlo desde el interior de la cabaña mientras la chica gritaba todo el tiempo que los habían encontrado.

Haré presión en la entrada, ocúpate de las ventanas traseras —ordené, acostumbrada a tener siempre el mando. Sin embargo, en estas ocasiones tenía muy claro que mis compañeros podían rebatirme, negarse o dar una idea mejor. Aunque pocas veces habían ideas mejores que las mías—. No me extrañaría lo más mínimo que intentasen huir por ahí los más cobardes. Evítalo. —Esbocé una perversa sonrisa—. Nos vemos en el interior.

Continué caminando hacia la puerta principal de aquella cabaña, dando un fuerte tirón a la chica para sacarla totalmente de la cabaña y que rodase salvajemente por el pedregoso suelo hasta chocar contra el tronco de un árbol. Detrás de ella salió un hombre entrado en años, de pelo canoso y mirada clara que portaba su varita contra mí para proteger a su amiga, o quizás hija. Se colocó delante de ella de manera paternal y protectora mientras la chica intentaba ponerse en pie con severos raspones en sus piernas y brazos, es más, cojeaba un poco de una pierna debido a la caída.

No le harás daño a mi hija —dijo de manera autoritaria.

Enternecedor —ironicé con muy poca empatía. Mi instinto familiar era más bien nulo, para mí no tenía ningún tipo de peso o importancia que aquellas dos personas fueran padre e hija—. ¿Quién me lo va a impedir? ¿Tú? —pregunté con desdén.

Sí.

Fue el primero en lanzar un hechizo contra mí, pues era conocido por todo duelista inteligente que la mejor defensa es una buena ofensiva, pero no fue suficiente como para cogerme desprevenida. De hecho, si esperabas encontrarme con la guardia baja para ganarme, podías esperar sentado. Desvié su hechizo con suma facilidad, para luego recibir unos cuantos más que de la misma manera me defendí, no obstante, un Bombarda impactó justo a mi lado, por lo que mi defensa fue mucho más compleja que las anteriores e incluso pudo parecer que realmente me hizo daño, pero no fue así, la explosión simplemente me envolvió pues un aura me había protegido por completo. Aproveché ese momento de debilidad por su parte en donde prestaba atención a su hija para atacar yo con un Incarcerous que sujetó la muñeca de la mano que portaba su varita con un extremo, mientras que el otro extremo se anudaba alrededor de la rama de un árbol, dejándole en una posición desventajosa pues no podía atacar ni defenderse mágicamente.

Su hija rápidamente sacó su varita para ayudarle y quitar aquella cuerda mágica, pero para cuando lo hizo, una flecha fruto de un Iacio sagittas impactó justo en la muñeca del tipo, atravesándola de un lado a otro. Gritó de dolor. Automáticamente dejó caer la varita dolorido y con un movimiento de la mía la hice explotar. Luego apunté rápidamente a la chica y el padre intentó hacer un movimiento protector que dejó a medio hacer consciente del peligro.

Suelta la varita, querida, no vayas a hacerte daño —exhorté, para luego señalar a la cabaña—. Caminad hasta la cabaña. Ya —ordené.

OFF: Claro que siii. No te preocupes.
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