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Heathens —Alec Parrish

Abigail T. McDowell el Lun Ene 02, 2017 9:36 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Heathens —Alec Parrish - Página 2 GJtv6kt

El mundo mágico había cambiado y, con ello, la vida de todos aquellos que componían nuestra sociedad. Los que antes nos escondíamos, ahora liderábamos las grandes masas; y los que antes nos hacían escondernos, ahora o estaban enterrados bajo tierra, disfrutando de su estancia en Azkaban o pudriéndose en las cloacas junto a sus compañeros las ratas.

En cuanto a mí... mi vida había cambiado mucho y a mejor. Durante el ataque del 19 de diciembre no tuve solo el placer de acabar con la vida de Milkovich y arrebatarle el puesto de Ministra de Magia, algo que siempre deseé conseguir desde que entré a trabajar al Ministerio, sino que cumplí otros de mis muchos deseos... Vencer a mi madre en un duelo, hacerle mucho, mucho daño y perdonarle la vida para que pasase el resto de sus miserables días en Azkaban, pudriéndose como la asquerosa mujer que es. Debería sentirse orgullosa de su hija: benevolente y poderosa. Aunque todos sabemos que con Lord Voldemort al mando, lo más benevolente sería haberla matado. Esa maldita mujer va a sufrir más ahí dentro de lo que ha sufrido en toda su vida y sólo esperaba que fuese los suficientemente fuerte para no morir. Algunos dirían que mi odio y mi evidente satisfacción al verla allí es por venganza, pero no... yo no quería vengarme de ella, solo darle el castigo que se merece.  

Llevaba unos días de puro caos. Entre los destrozos de un Ministerio caótico, mis nuevas obligaciones como Ministra de Magia, los nuevos decretos, las nuevas leyes, mi cumpleaños y las festividades navideñas... habían sido unos días en donde no había parado de hacer cosas, sobretodo relacionadas con mi trabajo. Jamás había tenido en alta estima ni mi cumpleaños ni las festividades de esta época. Lo único que ahora me hacía contentarme es que con solo 29 años ya había conseguido estar en la cima de una de las más poderosas administraciones mágicas.

Ahora mismo acababa de entrar en mi despacho con el sonido de mis tacones de aguja resonando en el silencio de aquellas paredes, redecorado para darle un aspecto más de mi agrado ya que pretendía quedarme mucho tiempo en el puesto. Todavía no tenía asistente —ni lo necesitaba—, pero sí un secretario obediente que estaba en su mesa organizando todo lo del día. Recién acababa de llegar de los juicios de ese día a sangre sucias, por lo que en mi mano derecha tenía una buena pila de informes sobre las resoluciones de cada uno de los casos. Dos traidores a la sangre han terminado en Azkaban, uno se libró y el resto de sangre sucias, para su desgracia y nuestro placer, lo último que verán será a un Dementor dándole el más mortífero y sutil beso que existe. Su vida se esfumará considerándose la persona más desgraciada en el mundo; sin un ápice de felicidad.

Dejé los informes sobre la mesa, observando la hora que marcaba el reloj mientras me dirigía al sofá de cuero y me servía una copa de whisky. Aún me quedaba una cita en la agenda, pero esta vez no era una cita relacionada con el trabajo, ni tampoco con temas más personales o privados. Se trataba de volver a ver a un buen amigo que no veía desde el ataque y, si seguía tan puntual como siempre, no tardaría en aparecer y hacer que éste día de oficios y seriedades termine con un final muy distinto al esperado.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Miér Feb 15, 2017 6:21 pm

Conocía a Abi desde hacía años ya, cualquiera que la conociera de verdad sabía como yo que aquella sonrisa de ángel escondía toda la oscuridad que ella albergaba. Yo no era menos, pues ambos habíamos acabados en la misma tesitura, trabajando para el Ministerio, como cualquier otro empleado para acabar corrompiéndolo desde el interior y hacer nuestra toma de poder mucho más fácil.   Ambos seguíamos a Lord Voldemort, sin embargo mas allá de ser fieles seguidores, obedientes cual corderos, ambos sentíamos fascinación por el dolor que podíamos causar desde nuestro bando, poder sentir todo aquello sin temor y disfrutarlo.

- Muy inteligente, son como las bestias….protegiendo a sus crías aun cuando aquello las puede llevar a un destino más oscuro, más frío – pincelé con aquello todo lo que acababa de decir mi querida amiga.

En apenas unos instantes allí estábamos ante aquella cabaña e influenciando bajo el yugo del Imperius que había abandonado mi varita a la estúpida que había salido en salvación de su compañero. Estaba claro que nunca aprenderían, podían chocar mil veces con la misma piedra y nunca se darían cuenta de por qué tropezaban. Era fácil controlar a la chica, rondaría mi edad, quizás veinticinco o veinticuatro años, y fue más fácil obligarla a abrirles paso tras aquellos hechizos defensivos. Tras conseguir aquello invite a Abi a avanzar, seguro que ver por allí a la mismísima ministra les dejaría boquiabiertos.

Corté la conexión con la chica para erguirme y avanzar decidido hacía la cabaña – Que empiece el espectáculo.

Aquella imagen era digan de ver, aquel hombre a punto de morir intentando alertar a la que debía ser su compañera de nuestra intrusión en su refugio. Consiguió por fin alertarla cuando casi le rompió la camisa y yo no pude evitar una risa contenida cando ella se quedo mirándonos sin saber cómo reaccionar. Claramente no sabía cómo reaccionar, no se esperaban a dos mortífagos aquel día, ni aquel ni ninguno por lo que parecía, sin embargo allí estábamos y no nos iríamos sin antes divertirnos. Observe como Abigail conjuraba algo, aquel gesto le dio a entender que pretendía, inteligente, aunque nosotros tampoco podríamos desaparecernos de allí, lo principal era que ellos no consiguieran escapar.

No pude contener más la risa cuando el hombre cayó al suelo y la chica intento entrar en la cabaña sin conseguirlo, por supuesto, encontrándose ahora encadenada de un tobillo y con su compañero moribundo por los suelos – Menos mal que le estabas ayudando – solté aquello antes de escupir al hombre que se encontraba en el suelo y ver como los sangre sucia del interior intentaban ayudar al chica. – Perfecto, te dejo a ti a la cobarde entonces  - le dirigió una sonrisa vacía la joven – No tardes mucho, nos vemos ahora. – proseguí mi camino, dejando de lado lo que estaba por suceder en la puerta delantera, lanzando un “Bombarda” al techo de la cabaña, incitando a los inquilinos a arriesgarse a salir, no quería acabar solo ahí atrás.

Aquel grito desde el interior me obligo a ampliar mi sonrisa, adoraba escuchar a mis victimas gritar y suplicar por sus vidas. Seguí avanzando mientras observaba desde la ventana lateral como un hombre cano abandonaba la cabaña, entre la chica cobarde y el señor mayor estaba claro que Abi no tardaría demasiado en reunirse conmigo dentro de aquella cabaña, esperaba encontrar mejor resistencia allí atrás. Dejé atrás el sonido de los hechizos que ya empezaban a sonar en la entrada para fijar la mirada en el chico que acababa de abandonar la protección de la cabaña, creyéndose que nadie le había visto, craso error.

- ¿Ibas a alguna parte? – me mordí el labio inferior cuando aquella mueca de sorpresa y miedo se hizo presente en el rostro del joven, parecía ser incluso más joven que la cobarde, rondaría los veinte años.

- Em…mierd…Exp-Expelliarmus – consiguió pronunciar el chico. Aquello podría haber funcionado con alguien menos hábil en combate, con algún aspirante a mortífago quizás, sin embargo yo no era uno cualquiera, aquello me encantaba y era realmente bueno. Antes de que acabara de pronunciar aquel hechizo para intentar desarmarme un agujero, de tamaño considerable, engulló al chico hacía abajo, desviando su intento de agredirme e imposibilitando su plan de huida por ahí atrás, obligándome a conjurar un Protego en el ultimo momento cuando vi que madera de un árbol cercano, donde había impactado su hechizo, se dirigían hacia mi.

- ¿Enserio pensabas largarte sin avisar? Que maleducado – reí mientras le observaba intentando recomponerse de la caída - ¿Es que el viejo de la entrada no os ha enseñado modales? – pregunté jocoso.

- No te atrevas a hablar así de mi padre, el es mucho mejor que vosotros. – alzó la varita para lanzarme una segunda arremetida, aquello se ponía interesante, había tocado un punto sensible para el chico.

- Oblígame entonces… ¡venga, vamos! – increpé al joven mientras desviaba aquel expulso que había abandonado su varita.

No podía evitar reír mientras le provocaba, un hechizo tras otro abandonaban la varita, y la garganta, del joven intentando acertarme. Solo estaba jugando, aquello no me estaba suponiendo reto alguno, menos aun si lo que pretendía era pillarme desprevenido, pues aquella rabia con la que conjuraba solo hacía que volverlo patoso, impreciso en sus embistes. Estaba entreteniéndome demasiado en aquellas provocaciones cuando una nube de flechas abandonó su varita, aquel Lacio saggitas si era algo digno de lo que defenderse. Una floritura de mi varita hizo que la nube de flechas chocara contra un muro negro como la noche, para volatilizarse después y tornarse humo de nuevo…la versatilidad de aquel hechizo le maravillaba. – Jaque mate – declaré cuando aquella masa negra formó tres lanzas. Una para su hombro derecho, la segunda para partir su varita en dos y la tercera y última para obligarle a seguir el paso. El grito de dolor que inundó la parte trasera de la cabaña debió de llegar a los oídos de aquel viejo que parecía ser el padre del chico, pronto se reunirían.

- Bombarda… - conjuré para abrir una puerta improvisada en la cabaña – ¡Vamos, avanza! No me hagas repetirlo dos veces. – le ordené mientras aquella tercera lanza rozaba la espalda del chico, advirtiéndole de que no tenía escapatoria. Me interné en la cabaña, esperando que Abigail no tardara en llegar.


Última edición por Alec Parrish el Vie Feb 17, 2017 12:20 pm, editado 2 veces
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Abigail T. McDowell el Jue Feb 16, 2017 12:40 am

He dicho que sueltes la varita —repetí la orden, sin dejar de apuntar a la joven bruja con una actitud amenazante—. No quieras jugar con mi paciencia; tengo realmente poca.

Baja la varita, cariño... —dijo el hombre mayor.

P-pero... —balbuceó la chica, mirando a su padre.

Finalmente, tras una larga mirada, comenzó a bajar la varita progresivamente sin apartar la mirada de mí. Yo, con un movimiento limpio y corto, desarmé a la chica con un sencillo expelliarmus que hizo que la varita volase hasta mí.

Buena chica. Ahora entrad a la cabaña —ordené otra vez.

La chica fue la primera en encaminarse al interior, mientras que el hombre fue después porque tuve que hacer desaparecer la cuerda que lo mantenía en aquella posición. Era muy fácil obligarles mediante magia a entrar en la cabaña, pero era mucho más gratificante que lo hiciesen por decisión propia, sumisos ante un poder al que no pueden vencer. Utilizar la fuerza era divertido... pero ver cómo los demás son vencidos por ella es mucho mejor.

Una vez en el interior de la cabaña, vi a Alec junto con un adolescente que apenas habría terminado sus estudios universitarios. ¿Sólo eran esos tres? ¿Un padre con dos hijos?

¿Sólo estáis vosotros tres? Qué decepción. Se supone que veníamos a divertirnos... —ironicé en voz alta—. Supongo que sois conscientes de que no voy a ser tan estúpida de creerme que sois los únicos que os escondíais aquí. O los otros escaparon a tiempo o todavía no saben que vuestra casa franca ha sido encontrada por la justicia. Así que... ¿quién quiere ser el primero en hablar? Os advierto que habrá dolor si no hay cooperación.

Me senté en una silla, cruzándome de piernas en frente de los tres. Mi rostro era serio mas mi sonrisa era el concepto de perversidad. Se hizo el silencio durante unos largos segundos, hasta que el padre decidió hablar.

Déjalos libres a ellos dos, por favor. Él único hijo de muggles aquí soy yo, ellos son mestizos, son tan merecedores de ser magos como tú. Encárguense de mí y déjenlos libre a ellos, por favor —dijo el señor mayor, tirándose al piso de rodillas en un intento de súplica por la supervivencia de sus hijos—. Cooperaré y diré todo lo que queráis saber, pero dejad que se vayan.

Yo alcé una ceja ante tremendo teatro y miré a Alec, bufando con suma diversión sin una pica de respeto por su petición.

Qué manera de humillarse a sí mismo. Cada vez me dejáis más claro que sois lo peor de esta sociedad —respondí con sorna en mi voz—. Pero oye, no me parece tan mala idea. Dejaré libre a tus hijos... —añadí, haciendo una pausa para crear expectación—...si demuestran que son leales al nuevo gobierno y no unos asquerosos traidores. Y sólo hay una manera de demostrarme eso ahora mismo... —Alcé la varita y el cuerpo del padre se movió a mi antojo con un movilicorpus. Se chocó fuertemente contra la pared de atrás formando una cruz con las manos abiertas, luego, con un movimiento de varita hice que dos tablas astilladas de madera, fruto del destrozo de la cabaña, volasen rápidamente hasta la palma de sus manos. De esa manera, no podía moverse. Estaba literalmente clavado y de las heridas de sus manos comenzó a emanar sangre.

La joven soltó un pequeño chillido horrorizado, bastante en contra de la idea de su padre. Sin embargo, el chico parecía más sereno aunque cada ápice de su cuerpo estuviese tembloroso.

Si quieren salvarse, van a tener que matad a vuestro sucio padre muggle —dije, como única opción.

Miré entonces a Alec, con una mirada traviesa. Me encantaba jugar con las esperanzas de las personas, aunque no solía ser una máster demasiado benevolente con mis juguetes. No tenía pensado dejar libre a nadie, ni mucho menos perderme la diversión. Allí solo habían muggles y traidores y bajo mi gobierno ambos tenían el mismo castigo. Lo único que estaba haciendo era jugar con sus sentimientos, dejar que la rabia y la incertidumbre les corroyera. De esta manera, hablarían todo lo posible por salvar las vidas de sus seres queridos. No soy madre, ni tampoco tengo padres que hayan infundido en mí el más mínimo amor paternal, pero después de ver las locuras que hace Caleb por sus hijos, yo era consciente de lo mucho que significaba una familia para una persona.

No tenemos varitas... —dijo el chico, buscando alguna excusa para no atacar a su padre.

Yo caminé dos pasos a la derecha, cogí un martillo y se lo lancé.

Improvisa —respondí, encogiéndome de hombros.

La cuestión ahora era. ¿Qué harían los hijos? ¿Y qué haría el padre?


OFF: Sé libre de usar los PNJs como más te guste, además de avanzar como más te parezca adecuado. <3
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Vie Feb 17, 2017 6:21 pm

Aquel inicio de semana estaba yendo cada vez mejor, podríamos haber seguido todo el día bebiendo una copa tras otra para acabar cayendo rendidos en aquellos sofás tan cómodos de Abi, sin embargo esto era mucho mejor.

- Vale, vale – dijo el chico mientras apretaba los puños, no le quedaba más que acatar mis órdenes puesto que se había quedado sin varita – Pero que sepas que no os saldréis con la vuestra.

Realmente si el chico se pensaba que saldrían de allí sanos y salvos estaba claro que no sabía con quien trataba. El ruido al otro lado de la cabaña ya había cesado, más la presencia de Abigail, acompañada del viejo y la joven, confirmo mis sospechas.

- Creó que ya nos hemos salido con la nuestra – clavé la punta de aquella lanza en la espalda del chico para hacerla desaparecer.
Estaba realmente decepcionado, pensaba que el trío les daría más trabajo. Dos niñatos y un viejo cano, aquello era lo único que habíamos encontrado allí, esperaba que al menos pudieran darnos algo de diversión.

Compartía aquel pensamiento con mi compañera, era realmente raro que solo aquellos tres despojos ocuparan aquella cabaña como escondite, demasiado grande para tan pocas personas. – Y no seáis tímidos, que no mordemos – reí al escuchar lo falso que había sonado aquello de mi boca. – Bueno, si, si lo hacemos. Así que venga, no nos hagáis perder el tiempo. – alcé un poco el tono de mi voz, dejando de lado la guasa en aquel momento.

Viendo como Abi se sentaba, me acerqué a su lado. Recorriendo pequeños espacios a su alrededor mientras esperábamos a que alguno de aquellos tres se animara a hablar, como no….fue el viejo el que se decidió a dar la cara. Que ridícula había sonado su súplica, si realmente pensaba que aquello iba a evitar que alguno de los tres sobreviviera estaba muy equivocado, no tenía que preguntarle a mi compañera para saber que ambos estábamos de acuerdo en aquello, simplemente estaba seguro de que lo estábamos.

Puse los ojos en blanco, respondiendo a la mirada teatral de Abigail, esbozando una sonrisa hueca de sentimientos. Esperando escuchar las condiciones de ella.

Escuché lo que decía con atención, ya tenía claro que pensábamos igual y ninguno de aquellos tres saldría de la cabaña con vida, no si de ellos dependía. Observar como aquel hombre, el padre aquellos dos, estaba clavado a la pared me hizo sonreír sin poder evitarlo, sin querer disimular mi excitación ante aquello. Clavado en la pared, sangrando por las heridas que aquellas maderas, que lo anclaban a la pared, le habían provocado, era una escena diga de Hollywood. – Casi parece una obra de arte Abi – alagué aquello.

Aquel grito de la joven ante la perversa idea de Abigail rebotó por todas y cada una de las paredes de la cabaña, o de las que quedaban en pie al menos. – Será sencillo, no parece que vaya a moverse chicos. – añadí irónico aquel comentario.

Le guiñe un ojo ante aquella mirada  divertida que me había dirigido, yo no pude evitar esbozar una sonrisa cómplice. Estaba claro que tras aquello de allí no saldría nadie con vida, nadie excepto nosotros dos, claro. Abigail se levantó para ofrecerle aquel martillo al chico, ya no tenía excusa para realizar el trabajo que ella les había encomendado, “su camino a la libertad”. Sin embargo yo no podía solo esperar a ver qué hacían, avancé hasta llegar al hombre de la pared – Venga chicos, no seáis tímidos – busqué provocarles mientras la punta de mi varita se tornaba incandescente, roja como la mismísima lava de un volcán, gracias a un Flagrate. Con una sonrisa les di la espala un momento para posar la varita en una de sus muñecas y provocar grandes espasmos de dolor al hombre, que no podía más que gritar por el dolor y la impotencia al no poder liberarse de aquella crucifixión. - ¿Veis? Es fácil… - aparte mi varita del hombre para observar al chico con el martillo y a la joven que parecía a punto de llorar.

- Tu, la rubia – avancé en su dirección mientras recogía un clavo de tamaño considerable que pude ver por el suelo. – Aquí tiene el sustituto de tu varita, no seas vergonzosa. – Le dirigí una sonrisa para apagar en su hombro mi varita, cesando el conjuro cuando un nuevo grito, esta vez de dolor, broto de su garganta.

- A ellos no, por favor, haced lo que queráis conmigo, pero dejadlos fuera de esto. – Balbuceó el padre de aquellos dos - ¡Venga, acabad conmigo de una vez! – les gritó a sus hijos.

Ambos miraban al suelo y a su padre, como si se encontraran en un bucle, la única diferencia era que la chica no paraba de apretarse el hombro herido. Mi paciencia tenía un límite, quería reacción por parte de aquellos jóvenes. Un movimiento de varita después una tercera y una cuarta tablas volaron hacia el padre y se clavaron en sus tobillos, crucificándolo completamente. Contuvo sus gritos, mas el joven aquella vez no se contuvo y se lanzó directo a por mí.

- ¡Alto!, yo soy tu objetivo. Solo vais a conseguir que nos maten a todos. ¡Sacrificadme y vivid, volved con vuestra madre! – consiguió pronunciar el viejo, deteniendo al joven a escasos centímetros de mi cara, yo dejaba ver una sonrisa relajada. No podía creer como pretendía sacrificarse aquel hombre para que vivieran esos dos críos, teniendo la edad que tenía no entendía como se estaba creyendo aquel macabro juego que ellos habían iniciado, y del cual ninguno de ellos escaparía.
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Abigail T. McDowell el Vie Mar 17, 2017 12:38 am

Como era de esperar, al prometer la liberación de sus hijos, el padre no tuvo ningún problema en aceptar su derrota y pedirle a sus propios hijos que acabasen con él. Era una visión un poco triste, o por lo menos lo hubiese sido si acaso me importase algo los sentimientos de la gente.

Mientras yo me mostraba de lo más desinteresada por ver cómo se desenvolvía la escena, fue Alec quién se cebó a base de bien de los sentimientos de los más jóvenes. No era difícil sacar de quicio a aquellos que están en presión, mucho menos si le das en donde más le duelen y le pones cada vez más difícil su cometido. Entre más pensasen lo que debían de hacer, más probabilidades había de que no lo hiciesen. O por lo menos, yo quería pensar en que nadie en su sano juicio mataría a su propio padre por sobrevivir; asumía que la relación padre-hijos era mucho mejor de la que yo jamás tuve con ninguno de mis progenitores.

Mi acompañante sacó de sus cabales al chico, el cual se abalanzó contra él con el martillo en alto, como si de verdad tuviese intención de hacerle daño. No fue solo el grito del padre quién paró su intención, sino también su miedo. Ese tipo no tenía ni de lejos lo que había que tener para atacar a otra persona, hacerle daño o matarla. Las tres personas que estaban allí dentro rebosaban bondad y posiblemente se considerasen a sí mismo alguna especie de guardianes de una justicia subjetiva, pero si no eras capaz de dar un paso hacia adelante y sacrificar tu alma por una causa, al final no servías para nada.

Carraspeé con incomodidad por tanta cháchara e indecisión.

Quizás tengamos que enseñarles como se hace, Alec. —Me adelanté unos pasos hasta llegar al chico y quitarle el martillo de la mano. Continué mi camino hacia el hombre, crucificado, que cada vez se mostraba más débil por la sangre que perdía y las heridas que se agravaban debido a su propio peso—. Podéis decidir si preferís darle una muerte rápida a vuestro padre, o una lenta. Es fácil con un martillo o con un clavo. ¿O acaso no sabéis cuáles son sus puntos vitales? —pregunté con retórica, pasando el martillo por el cuerpo del hombre, allí en donde estaban sus puntos más débiles—. Pero si queréis hacerle sufrir un poco... —Con el martillo le di un fuerte golpe a una de las tablas que habían atravesado su mano, clavándosela todavía más y produciéndole dolor debido a su cambio de tamaño y las astillas que poseía. El hombre gritó. Yo volví a repetir el proceso, hasta que saltó un poco de sangre de la gran herida de su mano, a lo que retrocedí al notar como una gota caía sobre mi mejilla. Prácticamente se había quedado sin palma de la mano.

Los dos chicos habían evitado gritar, pero sus rostros eran claras muestras del dolor que sentían por su padre. O aquello se movía, o no iba a haber interés alguno en acabar con ellos; se iban a convertir en presas muy aburridas.

Juguemos a un juego —dije, acercándome al chico y obligando a que se sentase en una de las sillas—. Nosotros le haremos daño a él siempre y cuando tú no estés haciéndole daño a tu padre. ¿Vemos a ver quién muere primero? Ambas muertes serán por tu culpa, así que te recomiendo que elijas rápido si prefieres matar a tu padre para salvaros a ambos, o prefieres matar a tu hermano por tu falta de valor —añadí, esbozando una sonrisa muy traviesa—. Nadie dijo que fuese fácil.

Rodeé al chico hasta colocarme por detrás de él, con la varita en mi mano. Apunté directamente a su nuca, antes de conjurar mentalmente un Cruciatus muy efectivo. El odio que tengo en mi interior es más que suficiente para cualquiera. El chico comenzó a gritar, a vociferar como si en su interior estuviesen clavándose mil y un alfileres que le estuviesen desgarrando. El padre, entonces, gritó con seriedad para mirar a la chica.

Hazlo, rápido —dijo débilmente—, clávalo en el corazón o en el cuello. Salva a tu hermano.

¿Sería suficiente presión o íbamos a tener que quedarnos sin diversión?
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Mar Mar 21, 2017 4:04 pm

Cada vez que me topaba con aquel tipo de personas, aquellos que promulgaban su verdad, aquella que había imperado sobre la nuestra, sobre nuestro supuesto sadismo y extremismo me daba cuenta cuan acertado estaba en mi elección, en haberme permitió liberar mis demonios de la mano de Lord Voldemort. Aquel trío de padre e hijos no podía ser más penoso, todos inútiles aun con varita en mano y además ellos, los hijos, incapaces de herir a los responsables del sufrimiento que sufría su padre.

No tuve ni que pestañear en el momento en el que el chico quiso demostrar su bravura en aquel fútil intento de agredirme, no pensé en ningún momento en apartarme, estaba seguro de que, incluso, sin la intervención de su padre tampoco hubiera tenido el valor de acabar aquello que había empezado, de golpearme con aquella arma que le habíamos ofrecido. Aunque menos parecía poder hacer aquella chiquilla temblorosa que era su hermana.

Toda aquella verborrea sin sentido comenzaba a cansarme, a cansarnos a ambos, pues Abi y yo teníamos muchas veces la misma paciencia con aquel tipo de gente, por eso di un paso atrás para dejarle hacer cuando se acerco al chico.

- Esta claro que una imagen vale más que mil palabras. – me encaminé hacia la silla que quedaba mirando al hombre en la pared, mientras observaba la escena desde aquella perspectiva. Aquel hombre estaba en un estado deplorable, su carne cedía ante su propio peso y aquellas heridas antes o después se abrirían por completo, partiéndole las manos en dos y acabaría cayendo al suelo gracias a la misma gravedad. Los únicos capaces de acabar con aquel sufrimiento, y encontrar su misma muerte, eran aquellos dos niñatos sin cojones.

No pude evitar que una risa se me escapara y retumbara en aquella habitación cuando, tras señalarles los puntos vitales de su padre, y de cualquiera, Abigail hundió aquella madera todavía más en la palma del hombre. Si su peso ya estaba colaborando aquello era un extra para que acabara antes con la mano partida en dos. El grito del viejo apagó mi risa para ocupar todo el espacio de aquella habitación.

- Es un juego totalmente justo. ¿No os parece? – esbocé una sonrisa mientras el chico se sentaba en una silla próxima a la mía y yo le dirigía una mirada vacía, dejándole entrever la oscuridad de mi mente. No aparte la vista, ni mucho menos, cuando aquella maldición le hizo retorcerse de dolor y le obligo a cerrar los ojos y a gritar como un descosido, estaba claro que aquella era la primera maldición cruciatus que recibía su cuerpo, algo que no olvidaría durante los minutos que siguiese vivo.  – Venga chica, no quieras que tengamos que matarte a ti también, ya sabes las reglas. A jugar… - arrastré aquellas palabras mientras observaba a la chica que había respondido a las palabras de su padre con unos temblorosos pasos en su dirección.

- Demasiado lenta querida – mantuve mi mirada sobre ella mientras con un golpe de varita tres cortes aparecían en el brazo izquierdo del chico gracias a un Septum, dejando caer su manga, y dejando brotar tres hilos de sangre fresca.

No necesitó de ninguna advertencia mas para abalanzarse, esta vez a paso ligero, sobre su padre y hundir sobre su carne aquel clavo. Aquel intento de matarlo de un golpe, de atravesarle el cuello a la altura de la yugular acabó no fue de los más acertado, pues el clavo entro en calor en la zona de su clavícula, dejándonos escuchar un ligero “crack” que indicaba que aquel hueso acababa de romperse, mas aquello solo acrecentaría el dolor del padre en vez de acabar con su sufrimiento.

- Vamos, joder, acaba con él…no seas tan estúpida – el chico no pudo evitar insultar a su propia hermana mientras se recuperaba de aquel Crucio y apretaba los dientes por el dolor de aquellas nuevas heridas.

- N-no puedo, es papá…p-p-ero – no dejaba de balbucear – a ti tampoco puedo dejarte morir, no puedo. – dirigió una mirada a su padre, para extraer aquel clavo de su cuerpo y volver a intentar hundirlo en su cuerpo, sin embargo el clavo se resbaló de sus patosas manos y aquello acabó en un rotundo golpe contra el pecho del padre.
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InvitadoInvitado

Abigail T. McDowell el Miér Mar 22, 2017 12:36 am

Como era evidente, la chica no tenía lo que había que tener para asesinar a su padre en pos de salvar a su hermano. Matar era algo muy, muy difícil y más todavía si era a un ser querido. Gente como nosotros, que tenemos el alma negra y la consciencia tranquila, somos capaces de arrebatar vidas como si se tratase de aplastar a una mísera mosca. No obstante, cuando jamás has matado, todo en ti se vuelve irracional y la culpa incluso antes de hacerlo te puede.

Ella lo intentó. Clavó aquel clavo en su garganta pero de una manera nefasta que sólo hizo acrecentar el sufrimiento de su padre, ya que ni de lejos lo mató. Menuda inútil.

En el último intento de acabar con él, perdió la fuerza y no pudo darle el golpe de gracia. Aquello era aburrido. Así que la apunté con la varita y con un Imperio no verbal la mantuve bajo mi control. Ella no iba a salir viva de allí, eso era un hecho, así que iba a asegurarme de que sus últimos momentos de vida fuesen los más desesperantes y horribles de su vida.

Oh vamos, no seas tímida. Recoge el clavo del suelo—ordené, para justo después ver cómo ella se agachaba con una mirada cargada de inquietud por no saber por qué hacía caso con tanta facilidad. Aferró el clavo entre sus manos—. Quiero que se lo claves varias veces a la altura de su corazón y quiero que disfrutes con ello.

Ella intentó resistirse, pero no pudo. De repente, su mano libre se posó sobre el pecho del hombre mientras que la mano que sujetaba con fuerza el clavo comenzó a clavar una y otra vez aquel objeto punzante contra el pecho de su propio padre. Ella gritaba con desesperación, llorando tan profundamente que podría ahogarse en sus propias lágrimas mientras no paraba de clavar aquello una y otra vez; una y otra vez. Se estaba salpicando de la sangre de su propio y sucio padre. El hermano, mientras tanto, gritaba que parásemos con angustia, intentando competir con los gritos que vociferaba su hermana.

El cuerpo del padre, mutilado, dejó de emanar vida y el cuerpo de la chica cayó al suelo de rodillas, derrotada, cuando yo dejé de doblegar su voluntad. De repente, solo se escuchaba la respiración acelerada del chico y los sollozos de la chica mientras miraba sus propias manos envueltas en sangre de su padre.

Ahora es vuestro turno de morir—dije, apuntando a la chica con la varita.

El hermano, al darse cuenta de que iba a matar a su hermana sin remordimientos a pesar de la promesa vacía que hicimos en un principio, pareció estallar en cólera y a pesar de su débil estado mental, se convirtió repentinamente en una enorme bestia peluda. Un oso. Ignoraba su edad, pero aquella transformación completa y perfecta de animagia acababa de sorprenderme. De un manotazo intentó empujarme, aunque con un Aura me protegí del golpe a pesar de que éste consiguió empujarme hacia atrás y hacer que me chocase contra la pared. También empujó a Alec lo suficientemente fuerte como para que le diese tiempo a coger a su hermana, montarla en su espalda y salir corriendo de allí. Los osos, además de ser muy mortíferos, eran sumamente rápidos y podrían perfectamente ocultarse en el bosque que nos rodeaba e irse, muy muy lejos. Cazarlos en forma humana era una pérdida de tiempo.

Rápidamente me dirigí a Alec.

Iré tras ellos y los guiaré hasta el Gran Lago, cuando los árboles del bosque se acaban. Haz los honores para que cuando lleguen allí, no escapen con vida —ordené con una mirada cargada de perversidad. Allí sería al aire libre y la luz estaría a nuestro favor. En medio del bosque, el enorme oso jugaba con ventaja.

Guardé mi varita y corrí hasta salir de la casa, saltando en el aire para caer al suelo a cuatro patas, convertida en un hermoso zorro rojo, mi animal animago. Corrí rápidamente detrás de aquel oso, siguiendo su rastro sin dificultad debido a las habilidades que acogía al convertirme en un animal no solo cazador, sino también nocturno. No tardé más de unos segundos en alcanzarles y seguirles rápidamente por un lateral, evitando árboles y los obstáculos que se presentaban en mi camino. Tenía que hacer que pensasen que ir hacia el lago era idea suya, por lo que comencé a meterles presión por un lateral, de tal manera que ellos tuvieron que desviarse progresivamente hacia el lugar que yo quería.

Tras una persecución en modo animago que hacía mucho tiempo que no hacía, llegó a mi olfato el olor del lago. Estábamos al lado. Corrí entonces más rápido y, cuando aquel oso fue a salir de la protección de los árboles hacia aquella explanada que daba al lago, yo salté agilmente por encima de él hasta coger a la hermana por un hombro de un mordisco y tirarla al suelo salvajemente. Ella rodó varias veces, mientras que yo caí elegantemente en mis cuatro patas, colocándome justo al lado de ella. Sólo tendría que moderle la yugular para que muriese y podía estar seguro de que yo no iba a fallar.  
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Miér Mar 29, 2017 7:00 pm

Si bien no esperaba demasiado de aquella chiquilla, de aquella traidora, era bien cierto que el gesto de decepción que apareció en mi cara en el momento en el que pude observar como erraba en sus embistes era del todo real, aquello era un circo. Entendía que debía ser difícil matar a tu propio padre, si es que lo has querido alguna vez, que no era mi caso, sin embargo estando en juego su vida y la de su propio hermano no entendía aquel poco aguante por su parte.

Él no fue más interesante, estaba ahí sin resistirse un poco siquiera. Sufriendo las heridas de mi Sectum y apretando los dientes mientras intentaba no soltar una lágrima por lo que estaba por acontecer.

Aquellas palabras, aquel movimiento de varita y aquella mirada decidida de Abi me dieron a entender que nosotros tomaríamos las riendas de aquello, ella precisamente las de la chica. Se pudo notar el intento por resistir los deseos de la pelirroja, sin embargo fueron en vano…una y otra vez se clavó aquel clavo en el cuerpo del hombre, mientras los gritos de los tres miembros de la familia se entremezclaban con mi risa divertida. Entre todos aquellos gritos volvía cortar al joven, esta vez en el pecho. – Os lo dijimos, antes ha fallado. Aunque ahora no tienes de que preocuparte. – Le guiñé un ojo para dejarle seguir gritando, observando cómo sus ojos parecían salirse de sus orbitas.

Sin embargo la diversión nunca es eterna y poco después de que aquello empezara, terminó de golpe. Las rodillas de la chica tocaron el suelo a la vez que el último aliento de vida se escabullía por la garganta de su padre.

- No deberíais fiaros de los desconocidos. – concluí, apunto al chico con la varita.

Lo que pasó a continuación sí que fue una sorpresa para ambos, ninguno de los dos nos esperábamos aquello, menos aun en el estado en el que se encontraba aquel niñato. Lo que fue un joven pasó a ser un enorme oso de pelo oscuro. Siempre me había impresionado la animagia, y aquella vez no sería una excepción. Aquel golpe le llegó un segundo después de ver como su compañera salía despedida hacía la pared, con un Crasso armorum me protegí de aquel impacto, sin embargo no pude evitar salir disparado hasta topar con la pared del fondo, una sonrisa divertía apareció en mi rostro en aquel momento, aquello si era realmente excitante.

- Perfecto, te dejo a ti la persecución, seguirlo a dos patas no sería muy eficaz. Suerte con el acecho. – contesté con una sonrisa divertida, devolviéndole una mirada oscura y cómplice. Tenía claro que ella los perseguiría mucho mejor en su forma animal de lo que yo sería capaz a dos patas.

Tarde un instante en moverme del sitio, estaba esperando a verla marchar, a verla transformarse en su forma animal. No tardo en suceder, y con aquella imagen de Abigail transformada en zorro me aparecí en el mismísimo lago, unos metros más allá del límite con el bosque que lo rodeaba por ambos lados. No tuve que esperar demasiado para empezar a ver como los árboles cercanos empezaban a tambalearse y como una sombra grande y oscura peleaba por emerger de entre aquellos arboles, con un destello rojizo a escasos metros.

Todo pasó muy rápido en aquel momento, el zorro salto sobre la chica y ambos cayeron al suelo, aquella chica estaba acabada. El oso sin embargo siguió corriendo en mi dirección, obnubilado por su ira, dominado por su instinto animal, dispuesto a destrozarme con sus enormes fauces. Sin embargo yo no estaba dispuesto a morir aquel día, ni de aquella manera. Devastier… - susurré, para hacer emerger del suelo unas enormes raíces que en primer lugar atraparon al oso con su poderosa fuerza, elevándolo en aire, formando un tronco de raíces del que el animal era el centro, para después descender y clavarse por todo su cuerpo, obligándolo a apagarse, a volver a su forma humana y regar con su sangre aquel árbol de raíces del que ahora era parte.
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Abigail T. McDowell el Sáb Abr 01, 2017 3:19 am

Tenía a aquella asustadiza mujer debajo de mí, debajo de las fauces de un zorro que ahora mismo podría atinar exitosamente en su carótida de un mordisco y hacer que se desangrase hasta la muerte. No obstante, todavía mi fobia no estaba tan curada como para que mi boca tocase sangre ajena de esa manera tan asquerosa. Aunque ganas no me faltaban.

Volví a transformarme en humana justo encima de ella y me puse de pie lentamente, sacando mi varita.

Siempre estuviste muerta, solo que no lo sabías.

Conjuré de manera no verbal un Mortis Scarlatte. Un orificio se formó en su hombro y yo no hice más que retroceder y darme la vuelta. Ella no tenía varita, no tenía valor y dentro de poco dejaría hasta de tener fuerzas. Esa chica ya no era nadie por la que preocuparse, aunque en realidad nunca lo fue. Iba a dejarle sus últimos minutos de vida para que agonizase ella sola por lo inútil que ha sido. No hay nada peor que morir sabiendo que no has sido más que una decepción.

Al girarme vi como Alec había hecho que aquel chico fuese la guinda final de un sangriento árbol. Caminé hacia mi compañero con paso tranquilo sin dejar de observar su obra de arte, hasta que me paré en su lado y coloqué mi antebrazo en su hombro.

Muy bonito —dije con cierta diversión, desviando mi mirada entonces a la chica para que Alec me imitase. La chica se caía al suelo por no poder mantenerse en pie a un poco más de veinte metros—. Esa está agonizando hasta morir.

Observé el panorama unos segundos más hasta que la chica cayó al suelo, para finalmente dejar de apoyarme en Alec y sacar las dos varitas de los ahora cadáveres. Rápidamente las rompí por la mitad y las dejé caer al suelo. Tenía la manía —u obsesión— de coleccionar las varitas de aquellas personas a las que mato, pero sólo de aquellas que realmente merece la pena. Aquellos dos eran tan inútiles que no creía que sus varitas fuesen mucho mejor que ellos.

Te invito a un Bourbon para que al menos esta noche tenga algo de sabor. ¿Quieres? —le ofrecí con una mirada cómplice—. Han sido los fugitivos más aburridos con los que me he encontrado. ¿Todo son así o qué? Desde que soy Ministra salgo muchísimo menos, pero no esperaba esto. Dime por favor que hay nivel ahí fuera y que hemos tenido una estrepitosa mala suerte.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Jue Abr 20, 2017 6:25 pm

Observar como aquellas raíces que acabarían siendo la tumba viviente para aquel animago, aquel sangre sucia que a duras penas había intentado huir con su hermana me había provocado una sensación de satisfacción irrepetible. Observar como la naturaleza lo atrapaba y envolvía, inmovilizándolo, dejándole ver que no escaparía de aquello, que aquel era su fin…todo aquello había sido un espectáculo perfecto para el final de aquel chico.

No pudo ver que hacía Abigail con la chica, aquella que ella había elegido, pues estaba demasiado entretenido en darle vida a aquellas raíces. Sin embargo si podía escuchar sus palabras mientras recobraba su forma humana, dejando de ser aquel precioso zorro en el que era capaz de transformarse. No hizo falta mucho mas, pues el grito de la joven le dio a entender que ella, la ministra, ya había actuado y estaba muerta o estaba a punto de estarlo.

Mi mirada siguió fija en aquel árbol que empezó a verse regado por la sangre del animago, absorto en aquello que había creado. No tardé mucho en dejar de distraerme con aquello cuando Abi se posó en mí y me señalo aquello que había hecho. Aquella chica no podía más que arrastrar los pies en un penoso intento de mantenerse en pie, un intento que no duró demasiado, pues apenas unos segundos desde que la observé cayó al suelo y su vida se apagó, tal y como lo había hecho la de su hermano, y la de su padre antes también.

- Bueno, dos ratas menos. – esbocé aquello mientras las dos varita caían al suelo, partidas por la mitad. Ellos habían perdido la vida y ellas, aquellas varitas, a su dueños. Ahora eran inservibles, tanto unos como otros, el trabajo estaba hecho y aunque había sido un tanto decepcionante no había estado mal del todo.

- Si, la verdad han sido lamentables. De no ser por nuestro ímpetu por divertirnos un poco todo había acabado allí en la cabaña. – Resoplé mientras esbozaba una media sonrisa. – Y no, creeme que no, hay algunos mucho más habilidosos…está claro que hemos tenido mucha mala suerte, una pena. – Callé un segundo para volver a observar a aquellos dos cadáveres. – Y creo que esta vez paso, tengo planes…y ya llego tarde, me están esperando. Espero que sepas volver sola, y no bebas mucho sin mí. – Le guiñé un ojo. – Me apunto esa copa, vamos hablando Abi. – acabó aquella frase en el mismo momento que se separó de ella y desapareció de allí. Dispuesto a encontrarse con aquel que ya debía estar esperándole.

OFF: Si quieres postear una ultima vez adelante, si no avisame por MP o algo y lo mando yo a cerrar o tu, me da lo mismo.
PD: Perona por la tardanza, que estuve enfermo y con mucho curro y apenas tuve tiempo para contestar hasta esta semana >__<
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