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Dark Paradise. {Abigail McDowell}

Caleb Dankworth el Miér Ene 18, 2017 10:21 pm


Suspiré pesadamente al leer otra vez la carta que tenía entre las manos y que me había llegado aquella mañana durante el desayuno. Me la había enviado desde Rusia el abogado del tío de mi madre, Vyacheslav Raskolnikov, quien había sido un hombre viejo muy rico, sin esposa y sin hijos. Había muerto recientemente, y en su testamento me había nombrado a mí como uno de sus herederos, junto a algunos de mis primos. La carta del abogado de Vyacheslav me informaba de que para recibir la extensa herencia que agrandaría más la fortuna de los Dankworth tenía que viajar inmediatamente a San Petersburgo para reclamarla, cosa que no había entrado en mis planes pero que haría igualmente. Hacía mucho tiempo que no viajaba a Rusia, el país de mi madre, y echaba de menos esa tierra.

No sabía cuánto tiempo iba a tener que quedarme en San Petersburgo, pero estaba suficientemente familiarizado con los asuntos de testamentos y herencias como para saber que tendría que quedarme allí al menos un par de días. No era una herencia cualquiera, después de todo, sino una herencia millonaria que incluía tierras, propiedades, y acciones en negocios. Tendría que encargarme de establecerme como el nuevo dueño y administrarlo todo de manera que siguiese habiendo orden en las propiedades y los negocios, pero podía dejar a gente de confianza a cargo de todo como hacía con mis demás propiedades y volver entonces a mi hogar en el Valle de Godric. Todo aquello era una lata, pero el resto del viaje podría ser aprovechado en temas más entretenidos.

Preparé una pequeña maleta para al menos un par de días. No le había comentado todavía a Abi que tendría que irme de viaje, pues ella había estado trabajando todo el día y todavía no había vuelto del Ministerio. Su nuevo puesto como Ministra de Magia la tenía muy ocupada en ocasiones, pero yo no me quejaba; estaba orgullosísimo de ella y de todo lo que habíamos conseguido. Estábamos, por fin, consiguiendo el mundo por el que tanto habíamos luchado. Hablaría con ella en cuanto viniese a casa, puesto que yo había tenido todo el día libre y me había quedado en la mansión con Grace y no había ido al Ministerio en todo el día.

Acababa de cerrar la maleta cuando sentí un tirón en los pantalones. Miré hacia el suelo, donde Grace había estado sentada jugando muy entretenida con sus peluches. Tenía uno con forma de serpiente, y Grace había hecho como que era serpiente, a la que llamaba “Da-Da” porque todavía no sabía hablar bien, “atacase” a todos los demás peluches. Ya se veía que ella de mayor acabaría en Slytherin como buena Dankworth, no en Ravenclaw como su madre o en Gryffindor como uno de sus abuelos. Era un alivio, en verdad. Cuando vio que la estaba mirando, Grace rió felizmente y alzó los brazos, indicándome así que quería que la alzase en brazos. Así lo hice, y le di un fuerte beso en la mejilla.

Papá va a tener que marcharse durante unos días, pero te vas a quedar con tu hermano. Él te cuida bien, ¿no? —En realidad nunca me fiaba mucho de Zack cuando le dejaba solo en la mansión durante días, siempre pensaba que volvería y me encontraría la casa en llamas o en ruinas, pero sí que me fiaba de su novia. Natalie no era una descerebrada, le mantendría controlado durante estos días.  

Grace, lógicamente, me ignoró completamente pues no comprendía lo que decía. De repente la atención de ambos fue desviada a la puerta de la habitación cuando escuchamos el sonido de unos tacones golpeando el suelo, acercándose cada vez más. Ambos supimos inmediatamente que Abi ya había llegado gracias a ese sonido. Una sonrisa se dibujó automáticamente en mi rostro, mientras que Grace comenzó a menear sus brazos y a patalear mientras se quejaba para que volviese a ponerla en el suelo. Lo hice, y la niña echó a correr como loca hacia la puerta. Ya había aprendido a caminar meses atrás, y era muy hiperactiva, a veces parecía una moto. Llegó a la puerta justo cuando Abi llegaba por ella, y Grace rió felizmente mientras se abrazaba fuertemente a una de las piernas de la pelirroja. Era increíble, pero Grace adoraba a Abi.
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Abigail T. McDowell el Jue Ene 19, 2017 1:22 am

Hoy había sido un buen día. La gran mayoría de cosas que me llegaban era resolutivas y no tenía que mandar ningún tipo de aviso de cambio o modificación, sino que por fin el Ministerio empezaba a ser verdaderamente productivo. Los problemas en el departamento de Seguridad Mágica se terminaron por fin después de estas semanas, los juicios continuaban siendo tan efectivos como hasta la fecha y hasta el más mínimo desorden en el Ministerio parecía haberse arreglado. Seguramente habían nimiedades que aún estuviesen fuera de su funcionamiento, pero ahora mismo yo tenía que preocuparme por las bases que movían el Ministerio y no por tonterías de las que se puede ocupar mi secretario.

Continuaba sin tener asistente, pero seguía sin considerarlo necesario. Llevaba años ejerciendo ese trabajo, así que la persona en cuestión tendría que serme de mucha ayuda o prefiero prescindir de ella. No obstante, el secretario que tengo ahora mismo es posiblemente el secretario más eficaz que jamás he tenido, un chico de aproximadamente veinticinco años, con estudios administrativos y una carrera de leyes terminada, fiel seguidor de las nuevas leyes y leal no solo a mí, sino a Lord Voldemort. Parecía más un mayordomo que un secretario de la pelota que me hacía todos los días a todas horas.

Me aparecí en la Mansión Dankworth más pronto de la hora a la que solía volver normalmente, directamente en la parte superior de las escaleras principales. Por inercia fui hacia la derecha en dirección al cuarto de Caleb para cambiarme, ducharme, etc... Pero nada más asomarme por la puerta sentí como aquel pequeño monstruito abrazaba una de mis piernas con una encantadora sonrisa en ese rostro. No era muy amante de los niños, pero aquella niña me inspiraba tanta dulzura como mi hermano cuando nació, así que por desgracia tenía que admitir que le había cogido cierto cariño a semejante bicho, aunque no fuese la persona más cariñosa del mundo con ella. No entendía porqué ella me había cogido cariño a mí si yo era posiblemente lo más maceta posible con ella. No me salía hacer esos cariñitos o tonterías para hacerla sonreír... lo máximo que hacía era insultarla cariñosamente y ella se reía de lo que decía porque evidentemente no me entendía.

Pero qué tenemos aquí... —Me agaché y cogí a Grace en brazos, cargándomela en la cintura. No porque me gustase cogerla demasiado —porque no—, sino porque si no me iba a ser imposible moverme con un koala pegado en la pierna. Ella me abrazó por la nuca mientras jugueteaba con mi pelo tranquilamente. Yo, mientras tanto, miré a Caleb con una sonrisa y acorté la distancia entre ambos para darle un beso en los labios—. Hola —dije, curvando una sonrisa—. ¿Qué tal tu día libre? ¿Lo has aprovechado?

Entonces, con Grace todavía sobre mí, me acerqué a la cama y la dejé sobre ella junto a uno de sus peluches. Aquella niña era tan feliz y despistada que podía estar totalmente ofuscada matando a una hormiguita, que desde que le pusieras otro juguete delante, se le olvidaba lo que estaba haciendo y se enfocaba en jugar con su nuevo objetivo. Sin embargo, la niña se bajó de la cama tras un arduo trabajo y salió corriendo de la habitación de Caleb al grito de: "waaachaa, aaaaaw". Aún no hablaba su idioma, pero tenía ese entusiasmo típico de los niños cuando recuerdan que quieren enseñarte algo y ha ido a buscarlo. Eso sí, sabiendo cómo es esa cabeza loca con la misma por el camino se encuentra con Feto y se pone a jugar a las casitas con él y no vuelve más.

Yo negué divertida con la cabeza y me acerqué a Caleb, dándome la vuelta a su lado y apartándome el pelo de la nuca para que me bajase la cremallera del traje que llevaba puesto. En esa posición, comencé a hablar.

¿Y esa maleta? —pregunté con curiosidad. Nada más entrar en la habitación me había percatado de que la maleta de viaje estaba sobre la cama—. ¿Viaje por placer o por obligación? —añadí a la pregunta mientras me daba la vuelta, ya que solo había dos opciones y dudaba mucho que fuese por trabajo, ya que yo me enteraba de las movilizaciones del personal, sobretodo cuando son enviados a otros Ministerios u otros destinos.
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Caleb Dankworth el Jue Ene 19, 2017 2:21 am

Jamás me cansaría de ver a Abi y a Grace interactuando. Ver a Abi con bebés era la cosa más extraña del mundo, y recordaba que cuando nos hicimos amigos muchos años atrás me sentí en parte aliviado de que en aquel momento mi hijo no fuese un bebé, pues había estado seguro en aquella época de que a Abi no le haría nada de gracia interactuar con un bebé aunque fuese mi hijo. Sin embargo con Grace parecía estar llevándose maravillosamente y la conocía desde que tenía tres meses, aunque no era muy cariñosa con ella pero aún así a mí no podía ocultarme que le tenía cariño a la niña. Me hacía feliz ver que la mujer de mi vida se llevaba bien con mis dos hijos, tanto con la bebé como con el adulto. Ellos tres eran las personas más importantes de mi vida, lo eran todo para mí.

Sonreí al ver a Abi coger en brazos a Grace, era una imagen muy peculiar y muy tierna, al menos para mi punto de vista. Abi se acercó a mí y me dio un beso en los labios, cosa que yo llevaba deseando todo el día pues no podía mentir: Abi era como una droga para mí. Estar todo el día sin verla no me hacía mucha gracia, aunque cuando estábamos juntos nos lo pasábamos muy bien.

Hola —respondí a su saludo, devolviéndole la sonrisa y posando una mano sobre el lado de su cadera en el que no estaba apoyando a Grace, quien en aquel momento estaba jugueteando con el cabello de Abi. Era increíble que no le tirase del pelo, a todos los demás se lo hacía, pero a lo mejor la bebé era capaz de intuir que había límites en la paciencia de Abi. —Muy bien, esta cosita me ha tenido ocupado todo el día exigiendo mi más absoluta atención —dije, refiriéndome a mi hija mientras sonreía y acariciaba entonces el suave cabello rubio de la niña. Lo tenía recogido con un lazo a juego con su vestidito. —Sabes que esto se te da genial, ¿verdad? —dije a Abi con tono algo pícaro, refiriéndose a que se le daban bien los niños. Sabía que al decir aquello me arriesgaba a que me diese una hostia o me tirase algo a la cabeza, tal vez un zapato o tal vez una maldición imperdonable, pero me daba igual. —¿Y a ti qué tal te ha ido el día? —Supuse que bien. Todo iba estupendamente en el Ministerio de Magia desde que era ella quien estaba al mando.

Abi dejó entonces a Grace en el suelo, y la niña salió corriendo inmediatamente mientras hacía graciosos sonidos. Lo dicho, era un huracán.

¡Ferdinand, vigila que no se mate la niña! —grité para que mi mayordomo me oyese desde otra sala, pues no quería que Grace anduviese sola por la mansión y se cayera por las escaleras, saltase por una ventana abierta, se abriese la cabeza con el bordillo de una esquina, o muriese asesinada tras tirarle de la cola al endiablado gato de Zack.

Le presté entonces toda mi atención a Abi. Cuando se giró, dándome la espalda para que yo pudiese desabrochar la cremallera de su vestido, lo hice lentamente dejando su espalda desnuda al descubierto, y me agaché para besas su piel suavemente desde el cuello hasta donde bajaba la cremallera, justo encima de la cadera. Le quité el vestido, haciendo que este resbalase por su cuerpo y cayese a sus pies, y acaricié su costado y sus esbeltas piernas con las manos mientras volvía a ponerme de pie y a besar su espalda, esta vez de abajo arriba.

Por obligación —contesté a su pregunta mientras besaba su cuello y la abrazaba por detrás, pegando su espalda a mi cuerpo, y acariciaba su vientre. —Ya sabes que no hago viajes por placer sin avisarte primero —le mordisqueé juguetonamente el lóbulo de la oreja. —He de ir a Rusia, a reclamar una herencia. Ha fallecido el tío de mi madre y ha tenido la gentileza de hacerme mucho más rico de lo que ya soy… ¿Por qué no te vienes conmigo? —le propuse entonces. Volver a mi amada Rusia sería muchísimo mejor si ella me acompañaba.
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Abigail T. McDowell el Jue Ene 19, 2017 3:29 pm

De tener un día libre probablemente también lo pasase como Caleb, en casa sin hacer nada. Desde el día del ataque había estado tan ocupada que tenía la sensación de que era el mes que más he trabajado en toda mi vida. No me importa trabajar, es más, me encanta. Pero trabajar tanto al final termina por llevarte a un estado de cansancio en donde la comodidad es relativa.

Él había dedicado todo su día libre a su hija, la cosa hiperactiva que ahora mismo cargaba sobre mi cintura y me miraba con ganas de jugar. Al principio iba a hablar cuando me dijo lo que había hecho esa tarde, pero su siguiente afirmación me hizo fruncir el ceño y rodar los ojos cínicamente.

Tienes suerte de que lo único que tenga a mano sea tu hija y esto no pueda tirártelo a la cabeza. No se me da genial, la he cogido en brazos para poder caminar —respondí con tranquilidad, algo molesta—. No me gustan los niños, ya lo sabes. Si lo intento con Grace es solo porque es tu hija —añadí mientras la dejaba sobre la cama y le colocaba bien el vestido que se le había subido. Y era verdad... no me gustaban los niños, me parecían molestos y una carga innecesaria que te quitaba muchísimo tiempo. Si a Grace la tenía en consideración es porque evidentemente al ser la hija de Caleb, o mi implico o al final aquello va a ser un desastre. Ella va a estar toda la vida con su padre y yo, hasta la fecha, no tengo pensado irme a ninguna parte. Era cuestión de lógica eso de encajar bien.

Dejé correr el tema porque era un tema que me tocaba la fibra sensible de la mala hostia y estaba demasiado cansada como para hablar de ello. No era la primera vez que Caleb me dejaba caer que sería una buena madre ni posiblemente la última, pues al parecer no le ha quedado claro que yo no quiero tener hijos. La simple idea de quedarme embarazada me aterra, sería como tirar a un pozo todo lo que he conseguido hasta ahora.

Genial. —Hice una pausa antes de continuar—. Por fin todo lo que había que arreglar en el Ministerio después de todos los cambios que hemos hecho, ha sido solucionado. Vulgarmente podría decir que hemos tirado la basura en el Departamento de Seguridad Mágica, que ya era hora. —Curvé una sonrisa irónica, viendo como la loca de su hija salía corriendo de la habitación. Me coloqué entonces de espaldas a él para que me bajase la cremallera del vestido—. Fue un día productivo y por eso me he tomado la libertad de venir dos horas antes. Estoy harta de llegar siempre tan tarde. —Se supone que la jornada laboral sana es de ocho horas, ¿no? Bien, yo llevaba un mes trabajando casi por dos personas. Por lo menos, poco a poco el volumen de trabajo estaba bajando progresivamente, pero no era fácil coger el mando de un gobierno tan diferente a cómo tú lo has planteado.

Al quitarme el vestido, sentí el tacto de sus labios bajando por mi espalda y cerré los ojos, concentrándome en adivinar segundos antes dónde sería su siguiente beso. Curvé una pícara sonrisa cuando acarició mis piernas de esa manera y terminó pegándome a él mientras besaba mi cuello. Aún tenía puesto los tacones por lo que la distancia entre ambos no eran tan grande como cuando voy descalza. ¿Eran mucho pedir unos cuántos centímetros más?

Fruncí el ceño cuando dijo que tenía que ir a Rusia, ya que siempre me olvidaba que tenía familia de allí. Eso sí, teniendo en cuenta la cantidad de dinero que tenían los Dankworth me parecía increíble que todavía pudiese recibir más dinero de sus familiares. Me giré entonces, en tacones y ropa interior de encaje, mirándole a los ojos durante unos segundos.

El tío de tu madre... —repetí, bufando—. Qué familia más asquerosa tenéis... —respondí divertida, refiriéndome a las insanas cantidad de dinero que se repartían entre ellos cada vez que alguien moría. Grace perfectamente podría decidir ser una aventurera de la vida, sin estudios y sin nada, que probablemente hasta sus bisnietos podrían vivir con la fortuna de su padre.— ¿Y cuánto tiempo estimas estar en Rusia? Porque te llevas una maleta —cuestioné antes de dar una respuesta, separándome de él para coger de una percha mi bata de seda y ponérmela, cerrándola delante de mí—. Te acompañaré y así me despejo un poco de tanto trabajo, pero si hay alguna urgencia tengo que volver a atenderla.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Vie Feb 03, 2017 8:29 am

Se me notaba perfectamente en la cara cuándo estaba bromeando y cuándo no, pero parecía ser que a Abi aquel tema le ponía tan nerviosa que nunca se daba cuenta de que lo decía totalmente de coña. Ya tenía dos maravillosos hijos y, además, durante toda mi vida había pensado que solamente tendría a uno, a Zack, pero Grace fue una completa sorpresa en mi vida, aunque muy bienvenida. Con esas dos bendiciones en mi vida no estaba buscando más, sentía que mi familia estaba completa así como estaba. Aun así me gustaba bromear con Abi, pues la expresión y el tono de voz que ponía cuando se enfadaba era, aunque muy intimidante y probablemente una señal de que un día definitivamente me lanzaría algo pesado a la cabeza, extremadamente divertida.

Me encanta hacerte rabiar, ya lo sabes —dije con una sonrisa para dejarle claro que estaba bromeando mientras ella depositaba a mi hija sobre la cama. Me mordí la lengua mientras la veía colocándole bien el vestido y la escuchaba hablar, pues no quería que se me escapase un comentario tal como que sí que se le daba bien, pues todo estaba dentro de los pequeños detalles. Había visto a suficiente gente con bebés e hijos de todas las edades como para saber quién hace un trabajo decente y quién es un verdadero desastre a quien se la suda todo. Esas últimas personas no deberían tener un niño cerca en sus putas vidas. Pero a Abi no se la sudaba cuando se trataba de mis hijos Zack y Grace, y yo, como padre devoto y amante locamente enamorado que soy, estaba agradecido por ese hecho de que a Abi le importase yo lo suficiente como para intentarlo lo mejor que podía con mis hijos, aunque no fuesen nada de ella.

El tema cambió una vez que Grace salió escopetada de la habitación, dejándonos solos. Abi estaba más relajada entonces, hablando de su jornada mientras yo me dedicaba a quitarle el vestido y besar y acariciar su precioso cuerpo que me tenía constantemente viciado como una droga de la que cada vez necesitaba más y más sin poder parar nunca.

Me alegro de que hayas podido venir antes de lo normal —susurré mientras mis labios se deslizaban suavemente por su piel, haciendo que esta se erizase y provocando así también un ligero efecto en mi propio cuerpo, pues deseaba tocarla más. Ya había dicho que ella era como una droga para mí, estaba más que demostrado. —Ya sabes que me encanta tenerte en casa conmigo… —Había cosas muy interesantes que hacer en casa, aunque con una puerta bien cerrada para evitar interrupciones también podían hacerse perfectamente en el despacho, como ya habíamos comprobado en más de un par de ocasiones con todo nuestro descaro.

Le revelé la razón de mi viaje mientras pegaba la espalda de su cuerpo a la parte delantera del mío, sintiendo su calor mientras le mordisqueaba juguetonamente la oreja antes de deslizar mis labios por su cuello y mordisquear allí también un poco la piel, y después su hombro. Sonreí contra su piel al escuchar su comentario, pues ya sabía bien cuál era su opinión acerca de las cantidades indecentes de dinero que poseía mi familia. Mi fortuna individual era la mayor de todos los miembros de la familia Dankworth por ser el patriarca y el dueño de la mayoría de nuestras posesiones, pero entre todos los miembros juntábamos una cantidad billonaria de dinero. Sin embargo, cada vez la familia parecía reducirse más y más, muriendo miembros de ramas secundarias de la familia sin herederos, inflando todavía más la fortuna individual de aquellos que seguíamos con vida, y eso era sin contar a los familiares que no llevaban el apellido Dankworth sino que provenían de otras ramas del árbol genealógico… Sí, definitivamente teníamos más suerte de la que merecíamos, y todos nosotros éramos unos indecentes sin moral que sabíamos aprovechar más que bien los lujos de los que disponíamos explorando todos los placeres de la vida fuera del alcance de la mayoría de los mortales sobre el planeta.

En un principio no debería estar más de dos días allí, pero no me fío —dije mientras Abi se alejaba de mí y se ponía una bata, tapando así su cuerpo que hasta el momento había estado cubierto únicamente con su ropa interior. Puse una exagerada cara de pena cuando se cerró la bata, indicándole que me gustaba más sin ella puesta. Cogí su mano y la atraje de nuevo hacia mí, estaba vez estando ambos cara a cara. —Hay acciones de las que tomar el mando, propiedades que administrar… Confío en que mis hombres de confianza lo hagan todo por mí sin fallos, pero a lo mejor se da el caso de que se requiera mi presencia para algunos asuntos. —Sylvan y Zack también deberían ir, pero Sylvan se había largado de aventurero por el mundo, como había hecho durante dos años, y Zack quería quedarse en Inglaterra a pesar de que le había dicho de que tenía que empezar a encargarse personalmente de sus propias gestiones y no dejármelo todo a mí y a los abogados. Confiaba en que empezase a ser verdaderamente responsable de su fortuna pronto, y que no se dedicase únicamente a despilfarrarla, aunque a eso le había enseñado yo.

Sonreí feliz cuando Abi dijo que iría conmigo. Entendía que si había alguna emergencia en el trabajo tendría que atenderla, era ahora la Ministra de Magia, después de todo, en un régimen completamente nuevo para nuestro mundo y su trabajo no iba a ser nada fácil. Ella sabía bien que tenía todo mi apoyo. —Espero que tales urgencias no surjan, pues —comenté mientras la acercaba a mí, casi rozando nuestros labios. —Tienes que preparar algunas cosas, salgo hoy mismo. Pero antes…

Mi varita descansaba sobre la cama. La cogí un instante para apuntar la puerta y hacer que ésta se cerrase mágicamente, impidiendo así que ojos indiscretos nos viesen al pasar por el pasillo. Tiré la varita por cualquier lado, cogí a Abi en brazos, la besé, y ambos caímos sobre la cama.

_____________________________

Un par de estupendas horas más tarde, ya duchados y vestidos y con las maletas para al menos dos días preparadas, cogimos el traslador que estaba preparado para transportarnos desde el Valle de Godric hasta San Petersburgo. Aparecimos directamente en medio del salón de una mansión, más pequeña que la que acabábamos de abandonar en el campo de Inglaterra pero definitivamente majestuosa, reminiscente de la época de gloria de Rusia, aquella en la que la nobleza era grande y los zares reinaban sobre aquel magnífico país que era tanto mi tierra como lo era Inglaterra. Había hechizos protectores iguales que los de mi mansión en el Valle de Godric. Cualquier otra persona no habría conseguido aparecer mágicamente allí, pero yo ahora era el propietario de aquella mansión, y Abi tenía mi permiso para entrar, por lo que ambos habíamos llegado bien.

Durante toda mi vida había pasado grandes cantidades de tiempo en aquel país. Pasaba todas las vacaciones de Navidad en Rusia en las propiedades de mi madre, heredadas de mi abuela, y casi la mitad de las vacaciones de verano. Mi niñez se dividió entre Rusia e Inglaterra, y ya cuando fui más mayor y me había graduado de Hogwarts continuaba viniendo con mi esposa y con Zack. El pequeño había estado a punto de nacer el Rusia, pero Rose estaba delicada y había preferido dar a luz en casa, donde estaba más cómoda y se había sentido más tranquila. Con el paso de los años mis viajes a Rusia se fueron viendo reducidos, tristemente. Esperaba poder cambiar eso.

La mansión en la que estábamos, una de las residencias principales del difunto Vyacheslav Raskolnikov, no era una en la que hubiese pasado más tiempo durante mis estancias en San Petersburgo. Sin embargo, dado que ahora iba a ser mía, me parecía apropiado quedarme allí si acaso a Abi le parecía bien. Era muy distinta a cualquier mansión que pudiese encontrarse en Inglaterra, pues obviamente los justos de los arquitectos variaba de nación en nación y de época en época.

Me giré para mirar a Abi tras echarle un vistazo a la lujosa sala a la que habíamos llegado. —Dobro pozhalovat’ v Rossiyu, Miss McDowell —dije en el idioma oficial de aquella tierra y mi segundo idioma natal, dándole la bienvenida así aunque sabía que no me entendería, pero iba a tener que acostumbrarse a escuchar ese idioma por todas partes durante los próximos días. Tal vez me sorprendiese y resultase que, tras un año en una relación conmigo, había pillado algo de vocabulario. Después de todo, era común vernos a Zack y a mí discutiendo entre nosotros en ruso en varias ocasiones por diversas razones.
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Abigail T. McDowell el Miér Feb 08, 2017 7:02 pm

A mí no me hacía tanta gracia que me hiciera rabiar con el tema de los niños. Era verdad que nunca me había dicho nada sobre tener más hijos, pero era tan cercano a su familia y su mirada era tan reveladora cuando me veía con Grace que no hacía falta que me dijera nada para yo suponerlo. Conocía demasiado bien a Caleb para saber en lo que está pensando. Yo jamás había querido tener hijos y hasta el momento mi pensamiento seguía siendo el mismo. Era una pérdida de tiempo que podía aprovechar en mí misma, era joderme el cuerpo, joderme el empleo y joder todo lo que había conseguido hasta llegar a donde estoy actualmente. No iba a tirar mi vida por la borda por tener un estúpido bebé, eso lo tenía bien claro.

No dije nada al respecto porque el tema me ponía de muy mala hostia y la verdad es que no procedía añadir más nada. Me tomaría como una broma la broma sin llevarla al terreno más personal.

Estaba algo cansada por lo que comencé a desvestirme para ir a tomar una ducha, aunque mientras lo hacía le pregunté a Caleb sobre lo que tenía pensado hacer con la maleta que estaba preparando. Se trataba de un viaje a Rusia por una herencia familia de posiblemente una fortuna que, en comparación con la economía de los Dankworth, seguro que era insignificante. En realidad no tenía ganas de ir a Rusia con ese pretexto, ya que lo más normal es que hubieran familiares de Caleb, pero aún así sabía que necesitaba un ambiente nuevo en el que respirar después de pasar días y más días encerrada en el ministerio.

Deberías hacer que Zack se inmiscuyera en esos asuntos. ¿No le interesa o prefiere desentenderse y dejarle todo a esos hombres de confianza? —pregunté por pura curiosidad. Yo era una obsesa del control, jamás podría tener a "personas de confianzas" que hicieran ese tipo de trabajo por mí. Además, también me encantaba ese tipo de cosas, por algo había estudiado algo parecido—. Al fin y al cabo, es tu heredero. En algún momento tendrá que hacerlo.

Zack, a mi manera de verle, era una persona responsable y madura, pero todavía le faltaba hacerse cargo de asuntos más importantes y familiares para convertirse en todo un hombre de negocios, así como lo era su padre.

Accedí a acompañarle, dándome pereza al momento de decirlo al recordar que tendría que hacer la maleta. No había nada que me diese más pereza en esta vida que desorganizar mi ropa para tener que organizarla en una maleta para luego tener que volver a organizarla allá a donde iba. Puse levemente los ojos en blanco con una sonrisa que caracterizaba perfectamente la pereza que me daba hacer eso que me había dicho, para luego sonreír pícaramente al ver que había cerrado la puerta y me cogía en brazos para acostarme sobre la cama. Eso sí que no me daba pereza y sí que lo necesitaba.


Después de varias horas, ya preparados para partir hacia Rusia, nos desaparecimos directamente de la mansión Dankworth para aparecer en un lugar igual de majestuoso y elegante. Parecía otra mansión, probablemente su hogar en Rusia o el de algún familiar cercano. Tenía una decoración y un estilo bastante diferente a la mansión de Inglaterra a la que yo estaba acostumbrada, pero aún así era muy bonita. Fue la voz de Caleb con ese acento ruso tan extrañamente sensual la que me hizo girar la cabeza para mirarle con una ceja alzada. No le entendí, aunque por el contexto no me fue difícil suponer lo que había dicho.

Creo que estos días voy a poder socializarme muy bien aquí en Rusia con todos tus familiares. ¿Ninguno habla inglés? —ironicé ante el hecho de que no tenía ni idea de ruso, a excepción de algunos insultos que Zack me había dicho en algunas ocasiones. Pero no creo que sea lo adecuado dirigirme a los familiares de Caleb como su novia y Ministra Británica con insultos por delante—. ¿Dónde estamos? ¿Es otra de tus múltiples propiedades o es la de algún familiar? —No había venido nadie a recibirnos, por lo que supuse que era de Caleb y no de nadie más.

Tras dar una pequeña vuelta por la planta baja nos dirigimos a la habitación principal para dejar las maletas y prepararnos, ya que a esa noche no teníamos nada que hacer y habíamos decidido ir a dar una vuelta para que me enseñase algunos lugares que el apreciaba de allí.

Me miré al espejo mientras me dibujaba con perfecto pulso la oscura raya del ojo, en ropa interior. Estábamos en silencio, hasta que lo que parecía un pico tocó varias veces en la ventana de la habitación, como si estuviese pidiendo permiso para entrar. Miré a través del mismo reflejo para buscar a Caleb detrás de mí y ver cómo iba a abrir la ventana para recibir a un hermoso águila que portaba un sobre cuadrado. Esperé a que lo cogiese y lo abriese para preguntar lo evidente, girándome para apoyarme a la mesa del tocador y mirarle a él.

¿Qué es?
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Mar Feb 28, 2017 9:00 am

Abi tenía razón al decir que Zack debería preocuparse de este tipo de cosas, pues al ser mi heredero un día sería él quien ocupase mi puesto y fuese el patriarca de toda la familia Dankworth, lo cual conllevaba tener una gran responsabilidad con ciertos temas y para eso hacía falta práctica. No me quejaba en ese aspecto de mi hijo. Aunque a veces prefiriese no ocuparse él mismo de algunos asuntos de la familia y dejar que otros se encargasen de ello por él, sí que era responsable, y yo no iba a negarme a que disfrutase un poco la vida a lo loco igual que hice yo a su edad… aunque a su edad yo no era todavía el heredero de la familia Dankworth, era solo el segundo hijo.

Él se encarga personalmente de manejar toda la herencia que le dejó su madre, desde que cumplió los diecisiete yo ya no administro nada de eso —dije, y el tono de mi voz cambió un poco, apenas imperceptiblemente, de manera que alguien que no me conociese muy bien no habría sabido siquiera detectar, pues mencionar a Rose todavía me causaba punzadas de dolor en ocasiones, sobre todo por culpa de los recientes sucesos del verano pasado que habían abierto heridas viejas. Inmediatamente volví a la normalidad, aunque un simple conocido no se habría dado cuenta del cambio en aquel par de segundos. —Está haciendo un buen trabajo. Así que no voy a quejarme porque decida pasar ampliamente por el momento de los asuntos que son de mi lado de la familia, ya tendrá tiempo para eso.

El resto del tiempo que nos quedaba a ambos en Inglaterra lo pasamos de una manera muy buena, perdiéndonos ambos en brazos de otros en el inagotable mar de pasión que siempre nos rodeaba. Horas más tarde, aunque no tenía ninguna gana de separarme de Abi y lo único que quería hacer era estar en la cama con ella todo el tiempo, tuvimos que prepararnos para partir. Además, en Rusia si queríamos podíamos tener todo el sexo que nos diese la gana si acaso queríamos, nada nos lo impedía. Le recomendé a Abi que llevase ropa muy cálida y abrigada, pues en Rusia en esa época hacía mucho más frío que en Inglaterra, y eso que aquí no hacía como pasa salir a la calle con una chaquetita. Íbamos a aparecernos directamente dentro de una casa, así que no hacía falta que nos abrigásemos en ese momento, pero íbamos a necesitar gorros y abrigos de piel seguro. En cuanto estuvimos listos ambos dejamos atrás Inglaterra para aparecer a Rusia.

Tras observar un poco la casa a la que hacía bastante tiempo que no iba me dediqué a contemplar la reacción de Abi. Me pareció que estaba complacida con el lugar, lo cual me hizo sonreír ligeramente. Le di la bienvenida a Rusia hablándole en ruso, dándole así un adelanto de lo que le esperaba en ese lugar, ya que no todo el mundo iba a saber comunicarse con ella en su idioma. Ella era consciente de ello.

Puedo ser tu intérprete —sugerí como solución a su pequeño problema de comunicación. ¿Cómo no se había inventado todavía un hechizo traductor? Había literalmente hechizos para todo menos para eso, tal vez podría ponerme a trabajar en algunas investigaciones sobre ello. —Prometo no mentir y cambiar las palabras al traducir —dije con cierto brillo travieso en mi voz. Me puse entonces a intentar recordar a todos mis familiares para ver con cuáles podría comunicarse. Había muchísimas ramas de la familia, de las cuales algunas tenían sangre británica y otras eran cien por ciento rusas. —No, algunos sí que hablan inglés. No encontrarás ningún Dankworth aquí, obviamente, pero sí Blackburns, que son medio británicos y hablan inglés perfectamente, y algunos Ivanov y algún que otro Volkonsky y Gorchakov —dije, mencionando el nombre de grandiosas familias de sangre limpia rusas que eran mis primos. —Dadas las circunstancias de nuestro viaje no creo que nos crucemos que muchos de ellos, pero si eso sucede ya te los presentaré, pero te advierto que ninguno de ellos tiene el mismo encanto que yo —dije, siempre tan narcisista y vanidoso como siempre mientras esbozaba una sonrisa orgullosa.

Abi inquirió acerca de la mansión rusa en la que habíamos aparecido, en la cual parecía que estuviésemos completamente solos, lo cual era muy probable puesto que la propiedad estaba pasando de unas manos a otras y seguramente habría sido desalojada hasta que todo quedase en orden, incluyendo hasta a los sirvientes en el desalojamiento. Era incómodo tener que atendernos a nosotros mismos en la mansión, o al menos según mi punto de vista, ya que estaba acostumbrado a sirvientes y a lujos las veinticuatro horas del día y a no hacer nada que me disgustase, pero no importaba.

Estamos en la que era la casa de mi tío en San Petersburgo, pasé varias temporadas aquí de niño cuando le visitábamos. Ahora es mía, según me han informado. Es curioso, pero es mi primera propiedad en San Petersburgo, todas las propiedades que poseo están o bien en Moscú o en el campo. Me alegra que eso cambie —dije, sin ningún tipo de tacto. ¿Y qué si había heredado todo esto gracias a la muerte de mi tío? Cualquier cosa que añadiese riquezas y grandeza a la fortuna Dankworth eran bienvenida con los brazos abiertos. —¿Te gusta? Si no es de tu agrado podemos buscar algún otro sitio en el que alojarnos estos días, no faltan lugares en la ciudad, que se diga.

Tras ver un poco la casa para conocer el lugar en el que íbamos a pasar los próximos días y comprobar que todo estaba en perfecto orden, decidimos salir por ahí. Hacía mucho tiempo que no estaba en esa ciudad, y Abi no la conocía, ¿así que qué mejor manera de pasar el tiempo libre, pues, que saliendo a ver todas las maravillas que esta escondía? Le recomendé a Abi que se vistiese muy abrigada, pues aunque el clima de Inglaterra en invierno era muy frío, parecía hasta caluroso comparado con el de Rusia en la misma época, y a mucha gente se las veía en la calle abrigados con enormes abrigos de pieles para combatir el frío. Estábamos ya casi a punto de estar listos cuando me llamó la atención un águila que llamaba a la ventana esperando poder entrar para entregar un mensaje. Sin duda alguien ya estaba al tanto de nuestra presencia en Rusia y quería comunicarse conmigo por cualquier tema. Esperaba que fuese una aburrida carta de algún primo mío cuando la cogí del pico del águila. Sin embargo, me sorprendió ver que el contenido no era precisamente aburrido como esperaba.

My rady priglasit' vas na vecherinku vo dvortse Gorchakov v polnoch' —leí para mí mismo en ruso, el idioma en el que estaba escrita la carta, antes de girarme hacia Abi y traducirle el mensaje parafraseando un poco. —Es una invitación de mis primos, los Gorchakov —una de las distinguidísimas familias casi de sangre azul que había mencionado antes a Abi. —Para una fiesta a medianoche. Será todo un acontecimiento, créeme —dije mientras leía el resto de la carta, pero sin revelar el contenido a Abi. Ya podría descubrirlo ella por sí misma y juzgar según su propio criterio si decidía atender aquella fiesta o no dentro de algunas horas. —¿Qué opinas? ¿Quieres ir?

Al final entre los dos decidimos que sí. Aprovechamos las horas previas a la fiesta para salir por la ciudad y verla entretenidamente, haciendo turismo entre sus bellísimas calles y magníficos edificios llenos de historia bajo la nieve que caía sin cesar y lo cubría todo de blanco, creando una imagen hermosa, y aprovechamos también esas horas de turismo para ir de compras a las mejores tiendas de toda la ciudad en busca de los atuendos y accesorios perfectos para la fiesta, sobre todo para Abi. Los hombres, después de todo, no teníamos mucha variedad a la hora de vestirnos para tales eventos, pero las mujeres eran toda una novedad en cada ocasión que brillaban con su presencia con la fuerza de una supernova. Y Abi siempre brillaba con la fuerza del Big Bang en todos los lugares a los que iba, deslumbrando a todas las demás mujeres sin darles siquiera oportunidad de darle competencia.

Volvimos a la mansión para cambiarnos y prepararnos. Yo había mandado un mensaje a mi primo confirmando nuestra asistencia, así que un carruaje estaba esperándonos en la puerta poco después de las once.

Mis primos son muy extravagantes, muchísimo más que yo. Parezco soso y austero a su lado —le informé a Abi antes de que comenzásemos el camino hacia el hogar de los Gorchakov, el cual nos condujo hacia las afueras de la ciudad, a través de campo nevado y vacío hasta lo que parecía un lugar alejado de la mano de Dios, lleno de privacidad para huir de la molestia que eran los vecinos muggles que andaban por todas partes.

Cuando llegamos a nuestro destino nos encontramos no frente a una enorme mansión, sino frente a un bellísimo palacio cuya hermosura y grandeza parecía irreal, de la cual incluso la más noble realeza sería indigna de poseer pero que de alguna manera se había hallado en manos de mis primos. Más carruajes estaban llegando a él por el camino, trayendo en ellos a todos los invitados de la clase más alta de la sociedad mágica purista rusa. Bajé del carruaje, ofreciéndole mi brazo entonces a Abi como todo un caballero.

Estás increíblemente hermosa esta noche —dije entonces, con tono suave, pero a la vez grave y seductor, con los ojos brillando tanto con la más absoluta devoción como con la más profunda lujuria mientras la miraba primero a los ojos y luego deslizaba mi mirada por su cuerpo entero, admirándola sin tapujos.
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Abigail T. McDowell el Vie Mar 17, 2017 1:57 am

Sabiendo cómo se comportaba Caleb en familia y lo travieso que podía ser en muchas ocasiones, no sabía yo si fiarme o no de que fuese mi intérprete. Seguro que me la terminaba liando con tal de pasar un buen rato, aunque a mí no me hiciese nada de gracia. En realidad, mi mirada, totalmente desconfiada, hizo que él  tuviese que matizar que no pretendía engañarme con las traducciones. Yo sonreí ante nuestra telepatía.

Me parecía increíble la cantidad de familias, conocidas y puristas, que pertenecían directamente a la familia de Caleb. Prácticamente las cuatro familias que acababa de nombrar eran conocidas por su línea purista a través de generaciones, además de su poder económico, claro. Luego me veías a mí, una McDowell y te preguntabas que quién narices son los McDowell, que han hecho con su vida y que si son alguien en esta sociedad. Por suerte para toda mi indeseable familia, soy la primera que le da un significado al apellido.

Sobrevaloras tu encanto, cariño —respondí, con el único motivo de picarle. Ni yo era mujer de cumplidos y él debía de saber que obviamente no lo pensaba. Si había conseguido conquistarme a mí, es que su encanto sin duda era excepcional y único—. ¿Cuántas personas están involucradas en esta herencia? —pregunté por curiosidad al ver que había nombrado a tantas familias y, no sé por qué, las imaginé a todas frente al notario queriendo llevarse la mansión más grande.

Me hacía gracia escuchar a Caleb hablar de propiedades como quién habla de bragas y es que lo decía con tanta naturalidad como quién acaba de comprarse o heredar ropa de sus primos. Solo tenía propiedades en el campo —a saber cuántas—, o en Moscú. Menos mal que ahora tiene esta, no vaya a quedarse la familia Dankworth sin lugares en donde vivir. Aquel lugar era enorme, elegante y muy, muy bonito. No era mi estilo para nada porque a mí me encantaba el diseño de interior minimalista y actual, pero debía de admitir que tenía una belleza que muy pocas edificaciones de hoy en día tienen. Sonreí ante su inexistente tacto por la muerte de su tío.

¿Sabes si te tocó por la repartición de bienes o si te lo cedió directamente tu tío? —pregunté por mera curiosidad—. Él sitio está bien. No te líes. Si además solo nos vamos a quedar como mucho un par de noches. Creo que poder soportar el quedarme en una lujosa mansión de San Petersburgo —ironicé, curvando una sonrisa.

Como teníamos toda la tarde y noche por delante sin ningún compromiso al que asistir, Caleb me había convencido para salir y ver la ciudad. Nos estábamos preparando en la habitación principal, para cuando una lechuza irrumpió en nuestra tranquilidad con lo que parecía una carta. No sabía cómo iban las comunicaciones en Rusia, ¿pero en qué momento habíamos hecho nuestra llegada a Rusia pública? Era fascinante cómo corrían las noticias. Fuera como fuese, una de las familias de Caleb organizaba un evento esa noche y habíamos sido invitados. Y la verdad es que ya que estábamos allí, yo por lo menos no tenía ningún reparo en ir. No era de mi agrado ir a eventos así teniendo en cuenta mi posición actual, más que nada por los lameculos y los formalismos, pero era la familia de Caleb.

¿Un acontecimiento por qué? ¿Montan una por todo lo alto cada vez que los Dankworth se dejan caer por Rusia? —pregunté, apoyándome en el tocador de espaldas mientras cruzaba las piernas—. Vamos, pero creo que aprovecharemos nuestra vuelta por la ciudad para comprar algo a la altura de los acontecimientos de esta noche.

Tras acordar que iríamos a la fiesta, salimos a la ciudad para verla y que Caleb pudiese mostrarme la belleza de la que tanto alardeaba. Tenía razón. Siempre había sido de lugares fríos, húmedos y oscuros, por eso quizás me sentía tan identificada con Londres. Aquello, sin embargo, tenía un aspecto mucho más bonito y cuidado que cualquier lugar de mi ciudad natal, otorgándole mucha más belleza de la que pudiese imaginar. No obstante, si bien nuestro plan inicial era dedicar todas las horas al turismo, dada las nuevas circunstancias, nos metimos en una de las mejores tiendas de la ciudad para poder hacernos con unas galas propias para esta noche. Yo tenía ropa que estaba a la altura, pero para ser sincera, el único derroche de dinero que hago en mi vida es en ropa porque adoro la moda, por lo que el capricho de tener un hermoso y atractivo vestido de Rusia era mucho mayor que la comodidad de repetir atuendo.

Una vez de vuelta a la mansión nos vestimos y prácticamente ya teníamos un carruaje esperándonos en la puerta. Mi cara a ver semejante vehículo fue todo un poema. De hecho, cuando entramos y Caleb me dijo que sus primos eran más extravagantes que él, bufé.

Me lo llegas a decir hace media hora y no te hubiera creído. Pero tras ver esto... —Con la mirada señalé todo el carruaje en el que nos movíamos—, creo que no cabe duda. —Curvé una sonrisa. ¿Quién narices usa carruajes? ¿Aquí no se sacan la licencia de aparición? Después de un rato, frente a nosotros se contemplaba un palacio tan bonito que parecía propio de una película de ficción. Estaba tan escondido y alejado de la sociedad muggle que parecía incluso irreal, como si alguien lo hubiese puesto allí solo por aquella noche; para aquel acontecimiento. Yo tenía una economía elevada, pero aquel tipo de casa se escapaba de mi entendimiento, sobre todo cuando yo siempre me he conformado con un piso en donde el salón, el comedor y la cocina están en la misma habitación—. ¿Y tú no tienes una casa como esa? La riqueza de los Dankworth está tan sobrevalorada como tu encanto... —ironicé con demasiada diversión—, voy a tener que ligarme a uno Gorchakov para hacerme con su fortuna —comenté como si fuese lo más usual, obviamente en broma. No era la primera vez que me calificaban como una caza fortuna por estar con uno de los solteros más millonarios del mundo mágico británico.

Sujeté entonces el brazo de Caleb para bajar de allí, dejando ver lo primero de todo unos zapatos de color negro y tacón de aguja muy alto. Del zapato salían unas medias de color negro que llegaban hasta mi muslo, el cual se podía ver debido a la abertura extremadamente sensual que tenía el vestido por un lateral, dejando ver prácticamente toda mi pierna derecha. El vestido era negro, de satén, con unos sencillos tirantes y la espalda totalmente al descubierto. Al posar mis tacones sobre el helado suelo, mantuve mi mirada en la de Caleb.

Con esa mirada te has ganado saber que no llevo ropa interior... —susurré, cerca de su oído, mordiendo el lóbulo de su oreja.

¡Has venido, primo! —dijo repentinamente un aparentemente hombre varonil, pero con la voz demasiado chirriante—. Sabía yo que no te podrías resistir a una de nuestras famosas fiestas... —Le pasó la mano por detrás de los hombros a su primo Caleb, abrazándolo con bastante rapidez no fuese a arrugarse su horterada que llevaba como chaqueta.

Dejé entonces que corriese el aire entre Caleb y yo para observar a aquel tipo. Era rubio, de unos ojos tan celestes como los Dankworth y con un atuendo que sin duda sobrepasaban con demasiado nivel a la extravagancia que en algún momento pudiese tener Caleb y que espero, de verdad, que jamás tenga. Era horrendo.

Y usted debe ser la famosa y bellísima Ministra de Magia británica. —Sujetó entonces mi mano con delicadeza, besando su dorso.

Abigail McDowell, un placer. —Me presenté a equis, ya que aún no se había presentado. Esperaba que si no tenía la decencia de hacerlo, al menos lo hiciese Caleb.
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Caleb Dankworth el Miér Mayo 17, 2017 12:20 am

Ni respondí a su intento de picarme diciendo que sobrevaloraba mi encanto porque bien sabía yo que era imposible sobrevalorarlo, mi encanto era innegable. Cuando me preguntó cuántas personas estaban involucradas en esta herencia me paré a pensarlo unos instantes, arrugando levemente el ceño mientras hacía un recuento mental de mis familiares, pero al final me di por vencido. —Ni idea —dije, encogiéndome de hombros. —Ya sabes que esta familia se reproduce por esporas, a saber cuántos hay… Aunque mi tío se llevaba mal con todo el mundo menos con mi madre y un par más, así que puede que seamos muy pocos. Ya veremos mañana.

Fuésemos muchos o pocos los involucrados en la repartición de vienes de la herencia de mi tío, sus posesiones eran tantas que aunque fuésemos cientos de personas sus herederos a todos nos tocaría una gran fortuna. —Eso sí lo sé, me lo ha cedido directamente. A Sylvan también le ha tocado algo, somos los hijos de su sobrina favorita, después de todo. Pero supongo que me tocará administrar lo de mi querido hermano también mientras él anda perdido por el mundo haciendo de Indiana Jones —bufé, mencionando a aquel personaje de películas muggles que alguna vez había visto en la televisión que había en la mansión. Los muggles eran sabandijas asquerosas que merecían la extinción, pero en entretenimiento son muy buenos y no se puede negar.

Me alegró que Abi estuviese complacida con la mansión que heredaría y en la que íbamos a quedarnos, pues si no le hubiese gustado me habría dado igual que nuestra estancia en San Petersburgo fuese solamente por un par de días, pues habría buscado el lugar perfecto en el que Abi estuviese encantada. Me gustaba consentirla, tanto de maneras sutiles como extravagantes, ¿hay algún problema con eso? Era la mujer de mi vida, no le negaría nada ni aunque le diese por el capricho de querer el planeta entero servido en bandeja de plata.

Estábamos a punto de salir de la mansión para ir a conocer (bueno, yo ya conocía la ciudad, pero quería enseñársela a Abi y aprovechar el tiempo ya que estábamos allí) cuando llegó un águila con una carta de mis primos. Viniendo de mis primos, lo sorprendente era que la carta no la hubiese traído un fénix y que el papel no estuviese bañado en oro. Leí el mensaje y se lo transmití a Abi, quien pareció algo sorprendida. Reí levemente ante su comentario y negué con la cabeza.

No, para nada. Esta fiesta ya estaba organizada, deben de haberse percatado de mi llegada por el asunto de la herencia, saben que yo no faltaría. Sé qué evento va a ser este, los organizan de vez en cuando. Es… peculiar —dije, sin encontrar otra palabra para describirlo, además de que prefería que Abi lo viese con sus propios ojos en vez de que yo le destripase la sorpresa. —Me parece una idea estupenda.

Así que eso hicimos, salir por la ciudad en busca de algo que estuviese a la altura de los acontecimientos de esta noche, como Abi había dicho. Por supuesto, no reparamos en gastos. Visitamos las mejores tiendas, las boutiques más lujosas, adquirimos todo lo que nos dio la gana. Muchos hombres odiaban acompañar a sus mujeres y novias de compras, lo consideraban una pesadilla, pero a mí me parecía fascinante acompañar a Abi en la única actividad en la que ella decidía despilfarrar el dinero sin siquiera pestañear, dándose cada capricho que le daba la gana. Y el resultando de eso, obviamente, es que acabó llegando a la fiesta siendo la mujer más hermosa del lugar, aunque para eso Abi no necesitaba mucho adorno. Podría haber llegado al palacio de mis primos vestida con un saco de patatas y habría sido la mujer más hermosa del lugar de todas formas. No podía quitarle los ojos de encima, tan embelesado como estaba con ella como siempre aunque a veces se me notaba más que otras, que no significa eso que en algunos momentos no lo esté, porque siempre lo estoy. Ella, sin embargo, miraba sorprendida a todas las excentricidades de mis primos, empezando por el carruaje que enviaron a recogernos a San Petersburgo.

¿Dudas de mi palabra? —repliqué con un deje divertido en la voz. No iba a poder dudar mucho más ahora que empezaba a ver con sus propios ojos las cosas de mis primos… ¡Y que se preparase para verles a ellos! El viaje en carruaje fue agradable, pues la temperatura dentro era perfecta y nos protegía del frío del exterior, pero a la ve pudimos contemplar el hermoso paisaje nevado, completamente de puro color blanco… Y pronto llegamos al palacio de los Gorchakov. Excéntrico, sí, pero hermoso sin lugar a dudas. Esbocé una media sonrisa ante los piques de Abi. —Bueno, sabiendo todos los líos en los que se meten probablemente acabe heredando esto también dentro de poco —dije con tono casual. —Aunque ya me imagino a Ferdinand quejándose del mantenimiento. No se cansa de quejarse del trabajo que da la mansión del Valle de Godric, imagina esto.

Escolté a Abi al salir del carruaje, e inmediatamente pude sentir todas las miradas puestas sobre nosotros. Las mujeres con envidia, los hombres con deseo. Todos miraban a Abi, que parecía una diosa de la sensualidad, seduciendo a todo aquel que posaba la mirada sobre ella sin que pudiesen hacer nada para evitarlo. Esa noche ni siquiera las veelas tenían poder suficiente para apartar la atención de los hombres de la pelirroja. Ni siquiera yo, acostumbrado como estaba a ella, podía dejar de admirarla, y es que básicamente cada día y cada noche Abi conseguía seducirme otra vez como si fuese la primera de todas. Cuando ella se acercó a mí y susurró aquellas provocativas palabras en mi oído, mordisqueándome suavemente después, tuve que hacer uso de todo mi autocontrol para no agarrarla en ese mismo momento y no arrancarle el vestido delante de todo el mundo como si fuésemos animales. Respiré profundamente y caminamos al interior del palacio, no sin que antes mi mano se deslizase de su espalda a su hermoso trasero.

No tardó en aparecer uno de mis primos, Konstantin Gorchakov, quien no perdió el tiempo en saludarnos y en alabar la belleza de Abi en inglés, ya que era bilingüe.

Me conoces bien —le dije con una siniestra sonrisa. ¿Por qué siniestra, si esto no era más que un lujoso evento de ricos rusos? ¿Oh, pero acaso era eso realmente todo lo que era…? —Abi, te presento a mi primo, Konstanti Gorchakov, la vergüenza de la familia —dije con una encantadora sonrisa. Konstantin no se ofendió en absoluto; es más, él se habría ofendido de no haber sido calificado así.

Mira, por ahí vienen mis hermanos.

Cierto, por ahí venían los otros dos miembros de aquella generación de los Gorchakov. Ambos idénticos, de cabello platino casi blanco y rasgos tan afilados que parecía que sus pómulos y barbillas estaban cincelados y podrían cortar al tacto, de piel muy pálida. La única diferencia eran sus ojos, los de uno grises, los del otro negros. También vestían de manera extravagante, con trajes de piel de dragón, aunque de colores menos horteras que el atuendo de su hermano Konstantin.

Caleb, qué gusto verrte —dijeron en inglés con acento muy fuerte en las R’s cuando vieron que venía acompañado.

Lo mismo digo, primos. Permitid que os presente a Abigail McDowell, la Ministra de Magia británica. Y mi novia —añadí, con gran orgullo. —Abi, estos son mis otros primos, Mikhail —dije, presentándole al de los ojos grises —y Leonid —dije, presentándole al de los ojos negros, quien estaba mirándola como si Abi fuese una enorme tarta de suculento chocolate a la que no podía esperar para hincarle el diente. Mientras que las miradas que Abi estaba recibiendo de todo el mundo no me molestaban lo más mínimo (y confieso que hasta me hacían sentir orgulloso porque, ¿a quién no le infla el ego que su pareja sea tan deseada por aquellos que no pueden tenerla?), la manera en la que mi primo la devoraba con la mirada no me gustaba. Y el muy gilipollas no parecía contento con simplemente mirar y quedarse callado.

Ona prekrasna. Vy ne vozrazhayete, yesli podelites' yeyu? —dijo en ruso, para que solamente le entendiésemos sus hermanos y yo.

No perdí el tiempo replicándole, ni siquiera dándole un golpe, ya fuese amistoso o real. Mi varita asomó levemente de su escondite, y apenas un segundo después un grito de mi primo provocado por un Crucio ahogó momentáneamente la música clásica y las conversaciones de la gente, haciendo eco entre las frías paredes del palacio. Algunos curiosos a nuestro alrededor miraron, otros ni se inmutaron, y nadie dijo nada. Ni siquiera se mostraron escandalizados. Mi varita volvió a su lugar como si nada hubiese sucedido.

La próxima vez te corto la lengua —le advertí con una sonrisa amistosa que él devolvió con cierto retintín.

Mi prrimo siemprre tan posesivo… —masculló, y entonces tras un saludo con un gesto de la cabeza a Abi se retiró, seguramente a incordiar a otras personas.

¡Bienvenida a Rusia! —exclamó Konstantin, alzando la copa que traía en la mano alegremente antes de marcharse con su hermano, dejándonos solos a Abi y a mí. Suspiré.

En fin… ¿Me concedes este baile? —le pregunté a Abi, ofreciéndole mi mano, al ver que en el inmenso salón de baile varias parejas danzaban al son de la música, y hacía mucho que no bailaba con Abi. Recuerdos de nuestras vacaciones en Punta Cana invadieron mi mente. Aquellos ya no eran recuerdos tristes, sino unos que guardaba preciadamente en mi memoria.
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Abigail T. McDowell el Vie Mayo 26, 2017 3:30 am

No dudaba de sus palabras, pero la familia Dankworth y todas las otras que sucedían junto a ella tenían tantas peculiaridades e historia detrás de sus apellidos... que una ya se puede esperar cualquier cosa. Y teniendo en cuenta lo bien acostumbrada que me tiene Caleb a los gozos de una familia adinerada y lo extravagante que podían llegar a ser... me parecía de lo más extraño que hubiese gente que pudiese superarlos. Pero los había; y lo superaba con creces, en el mal sentido de la palabra. En comparación, los Dankworth parecían una familia normal con un valor económico medio.

Te vas a quedar sin personal que pueda encargarse de tus propiedades. ¿Cuántas tienes, aparte de la de Godric? —pregunté por simple curiosidad. —Y no me extraña que Ferdinand se queje de la explotación laboral a la que le tienes sometido. Una mansión como esa es mucha mansión para un squib. ¿Qué os dio a los Dankworth por confiar en un squib en vez de en un elfo doméstico? Son más sumisos y poseen magia. ¿Acaso es de la familia y os daba pena deshaceros de él? —añadí. Siempre había tenido curiosidad de por qué un mayordomo, en vez de un elfo doméstico. Cierto era que la vista lo agradecía, pero hasta yo, la más superficial del planeta, poseía uno de esos bichos anti estéticos cuya funcionalidad era incuestionable.

El viaje en carruaje se me hizo verdaderamente corto, aunque más corto fue el momento en el que Caleb me ayudó a bajar de allí y nuestras miradas se cruzaron al borde de la pasión. En ese momento deseé no haber ido a esa estúpida fiesta. Sin embargo, su primo, bastante oportunista, hizo aparición con una felicidad que en cualquier otra ocasión podría resultarme molesta. Ahora, sin embargo, me resultaba entretenida. Era propio de mí mostrar una afable sonrisa en el rostro en estos eventos, ahora más todavía teniendo en cuenta en donde me encuentro y la posición que ostento.

Me presentó a los primos que se acercaron a saludar, entre ellos dos bastante convencionales y, por último, a uno cuya mirada era francamente repulsiva. Podía verse en ella todo lo que pasaba por su mente y eso jamás sería algo que atrayese a nadie, no cuando todo lo que transmite es obsceno. Al parecer Caleb también pudo leer su mirada, pues la maldición que le lanzó fue rápida y concisa. Ignoraba lo que le había dicho en ruso, pero apostaba que era un comentario cargado de contenido inapropiado contra mí. Sabía que a Caleb le gustaba alardear de lo que poseía, al igual que a mí me gustaba alardear de tener la pareja con las que muchas mujeres soñarían tener. Pero una cosa es el deseo platónico en el cual nos regocijamos y otra cosa muy distinta es caer en esas acciones tan asquerosas y desesperadas. Ambos teníamos muy claro que éramos objetos de deseo, pero no permitiríamos que nadie fuese capaz siquiera de sugerirlo de esa manera tan irrespetuosa y desagradable. Ante todo, exigíamos respeto. Y cuando alguno de los dos no lo tenía, ya puedes ver cómo Caleb actúa en consecuencia.

En mi rostro se formó una sonrisa irónica cuando su primo, tras aquel crucio, pronunció aquellas palabras que querían quitarle hierro al asunto.

La próxima vez mírame a los ojos y quizás tu primo no sea tan posesivo —le dije con una fingida sonrisa cordial, rebosante de ironía.

Él no tardó en irse junto con sus primos los más agradables. Nos quedamos de nuevo Caleb y yo solos, aunque esta vez dentro de aquel enorme palacio. Su pregunta me hizo mirarle, esbozando una pícara sonrisa. Tenía la sensación de que con Caleb, el tercer mejor idioma que hablábamos era mediante el baile, aún cuando ninguno fuésemos fanáticos de ese arte. El primero era mediante el sexo, el primer idioma que nos unió; y el segundo, a pesar de las diferencias, el de la tortura.

Agarré una de sus manos con la mía y caminamos hasta donde estaban todos bailando. La música clásica estaba lo suficientemente alta para que cualquiera pudiese evadirse bailando con su pareja, pero lo suficientemente baja para que si no te fijabas en ella, pudieras volcarte en cualquier tipo de conversación. Caleb y yo nos paseamos por aquel palacio como si fuésemos los reyes del mismo. Era la primera vez que yo estaba allí, la primera vez que veía a todos aquellos señores, pero rara vez me siento pequeña en un lugar; por muy grande que éste sea. Además, cuando iba con él, era como si juntos formásemos un estallido de grandeza insuperable; como si todo lo que pisásemos, lo convirtiésemos en nuestro.

Una vez en la pista, me puse delante de él y posé mi mano sobre su hombro con elegancia y suavidad. Él, siguiendo el protocolo, la posó en mi cintura con una intensa firmeza que pegó nuestros cuerpos. Sonaba un vals, por lo que él comenzó a llevar el baile y a mí no me costó lo más mínimo seguir sus pasos, como si estuviésemos perfectamente acompasados.

¿Te acuerdas en Punta Cana? —pregunté finalmente, después de estar unos cuántos segundos con mis ojos clavados en el azul de los suyos. —No sé si llegué a decírtelo en algún momento, pero ha sido con diferente el mejor baile que he tenido nunca. Después de aquello recuerdo que intenté violarte en la habitación... —Eso lo dije con un tono jocoso, apartando levemente la mirada cómo si no quisiese reconocerlo, obviamente en broma. Bien que admitía que intenté tirármelo, cómo para no después de lo a tono que me dejó después de aquel baile. Caleb me dio entonces una vuelta y, cuando volvimos a estar frente a frente, continué hablando: —Y luego me acuerdo que me dijiste que Alyss estaba embarazada. Sin duda fue la mejor manera de bajarme la libido. —dije, con un reproche de lo más irónico y divertido. —Pero aquel tango... Joder, aquel tango fue increíble... Si comparamos, ahora estos bailes no son nadie a su lado. Se quedan... insípidos y efímeros; como si no valiesen nada. —Puse un mohín inconformista, quizás retándole a que hiciese de aquello algo memorable.

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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Vie Jun 09, 2017 12:07 am

Abi no era una persona muy interesada en la riqueza, y yo no era una persona que hablase de ellas si no le preguntaban específicamente sobre el tema. Era por eso mismo que Abi tenía una idea de la fortuna familiar, mas no conocía todo al detalle. Se la veía un poco más curiosa en estos momentos a causa del tema de la herencia, y contesté cada una de las preguntas que formuló, proporcionándole así no solo más conocimiento sobre las finanzas de la familia, sino sobre la familia en sí.

No me gusta tener propiedades así porque sí en las ciudades que me gustan, tener propiedades cerradas es un gasto de dinero que además devalúa la propiedad en sí porque se deteriora —expliqué mientras a la vez pensaba en cuáles eran las propiedades que sí poseía, pues hacía tiempo que no había salido de Inglaterra. —Prefiero tener propiedades en lugares que me beneficien por mis negocios o de las cuales pueda sacar provecho, y en todos los demás sitios o alquilo o me voy a la suite más lujosa del mejor hotel que haya en la zona. Veamos, tengo la mansión de Godric, un apartamento en Londres, las propiedades en Moscú, esta misma, un piso en París, otro en Nueva York y, esto va a parecer ridículo pero es únicamente por razones de negocios, un piso también en Singapur y una hacienda en México —todo me había sido heredado, menos el piso en Singapur, de ese era yo culpable, no algún antepasado. —Siempre he querido tener algo en Italia. ¿Qué opinas de Venecia? —pregunté de repente con curiosidad antes de que Abi me preguntase la razón por la que mi familia tenía un mayordomo squib y no un elfo doméstico como todas las demás familias mágicas. —Mi madre odiaba los elfos domésticos. No me preguntes por qué, nunca lo he sabido. Solo sé que un día se deshizo de todos y, pues no sé, nunca volvimos a contratarlos —me encogí de hombros. —Ferdinand lleva en la familia desde los tiempos de mi abuelo. No me sé muy bien la historia, pero Jonathan una vez me dijo que había oído que Ferdinand era el hermano o el primo del mejor amigo de nuestro abuelo y que venía de una familia purista que no le quería, así que los Dankworth de la época fueron almas caritativas y le dieron un lugar aquí.

No hubo ningún percance a la hora de ir al palacio al que mis primos nos habían invitado tan de improvisto para una de sus poco ortodoxas fiestas que eran famosas entre la alta sociedad purista de Rusia, y la noche parecía ir completamente sobre ruedas. El único atropello que ocurrió fue el desafortunado comentario de mi primo en cuando a mi posible predisposición de compartir a Abi. Predisposición que no existía. Mi primo pronto se dio cuenta de que podría faltarle el respeto a cualquier otra mujer que hubiese a nuestro alrededor, mas no a Abi, pues a pesar de que ella sería más que capaz de partirle la cara en mil pedazos si la cabreaba yo no iba a esperar a que se me adelantaran. Una buena maldición imperdonable bien ejecutada hizo el truco. Nadie se inmutó; era lo estupendo de Rusia, la gente lanzaba Crucios con la misma alegría con la que conjuraban Accios al aire libre y nadie pestañeaba siquiera.

Tras ese breve paréntesis, todo volvió a ir sobre ruedas. Mis primos se alejaron después de la breve conversación, dejándonos libres para que anduviéramos a nuestras anchas por el palacio lleno de gente vestida con sus mejores galas. En vez de detenernos a socializar con la élite rusa, Abi y yo fuimos a hacer lo que mejor se nos daba a ambos, aparte de matar, torturar, y tener el mejor sexo del mundo: bailar.

Estoy seguro de que podía recordar cada uno de todos los bailes que había compartido con Abi a lo largo de los años desde que la conocía. Tenía imágenes muy nítidas en mi memoria de todos ellos, pues eran momentos que atesoraba en mis recuerdos, pero había uno que resaltaba con especial brillantez: el tango en Punta Cana. Como si estuviese leyéndome la mente, Abi lo mencionó en ese momento, arrancándole a mi rostro una leve sonrisa mientras bailábamos al son del vals.

¿Cómo olvidarlo? —contesté a su pregunta inicial con otra. Era imposible que olvidase ese baile; incluso si llegaba a la vejez (cosa que, honestamente, siempre me había parecido improbable) y padecía Alzheimer, recordaría ese baile toda mi vida. —No te lo dije porque ni yo mismo era capaz de asimilarlo, quizás debido a las circunstancias no quería creerlo… pero ese día fue el día que me di cuenta de que estaba perdida e irrevocablemente enamorado de ti —confesé con gesto serio, aunque luego la sonrisa volvió a aparecer en mi rostro. —Adelante, táchame de romanticón empalagoso, no me importa. Pero sí que fue a partir de entonces que cuando nos separamos… fue insoportable. Y ya me di cuenta de que no quería volver a tenerte lejos jamás. Necesitaba que fuese mía. Y yo ser tuyo. —Seguimos bailando. La música no era como uno de esos aburridos vals de Londres, de notas simples y poco imaginativas, carentes de emoción, sino notas intensas, que acompañaban cada movimiento de nuestros cuerpos sobre la pista como si la música tuviese alma y esta estuviese colmada de sentimientos desbordantes. Esas notas guiaban nuestros movimientos sobre la pista y, como casi siempre que ambos nos uníamos para un baile, la gente nos miraba, pero yo solo tenía ojos para Abi. Me resultó gracioso cuando dijo que en comparación con el tango de Punta Cana, todos nuestros demás bailes parecían insípidos y efímeros. Entendía perfectamente lo que quería decir, mas para mí cada momento compartido con ella era especial independientemente de lo épico que fuera. —Hay momentos que están destinados a ser los más brillantes. No se pueden superar.

La besé mientras la música hacía eco en las inmensas paredes del palacio y la gente bailaba a nuestro alrededor, casi haciendo que desapareciese todo salvo ambos durante unos instantes que parecieron eternos.

Retomamos después brevemente el baile hasta que decidimos detenernos. Conseguimos unas copas para beber, y entonces de repente sonaron los golpes de un metal pequeño contra un cristal, llamando la atención de todos hacia donde estaba mi primo Konstantin dirigiéndose a todos sus invitados.

Dobro pozhalovat'! —exclamó, y continuó hablando a todos nosotros en ruso mientras yo me acercaba a Abi y le susurraba al oído, traduciendo al mismo tiempo.

Bienvenidos —comencé a traducir, pero como vi que mi primo era tan amanerado para los discursos como lo era para la vestimenta, decidí parafrasear en vez de traducir palabra por palabra lo que decía. —Dice que es un honor tener aquí reunida a esta gente. Pilares de la verdadera comunidad mágica, una comunidad si la sucia mancha de la sangre muggle emponzoñándola. —No le había dicho a Abi de lo que realmente trataban las fiestas como esta. No era solo una fiesta que mis primos lanzasen para derrochar dinero y fardar de fortuna, sino que servían un propósito oscuro. —Es nuestro deber purgar a la sociedad de esa mancha que la corrompe y que amenaza con asfixiarnos a todos. Verás—dije entonces, dejando a un lado la traducción para hablarle como yo mismo a Abi —todos los aquí reunidos tienen exactamente los mismos ideales de los mortífagos, solo que en Rusia no hay todavía una organización como tal. Y son mucho, mucho más abiertos de lo que nosotros éramos hasta hace recientemente…

Да начнется игра! —exclamó eufórico Konstantin antes de que las enormes puertas a sus espaldas se abriesen y entrasen por ella filas de hombre y mujeres encadenados como esclavos, aunque en muy buen estado físico, y aparentemente limpios y bien tratados y cuidados, sin signos de hambre, fática, o del sufrimiento de haber sido torturados. Porque unos juegos con gente ya marchita no tienen sentido.

Y esos son algunos de los sangre sucia, traidores a la sangre, y squibs más importantes de la ciudad —le expliqué a Abi, mientras a nuestro alrededor comenzaba a notarse la excitación de todo el mundo ante la idea de cazar y destrozar a aquellas personas como si fuesen animales.
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Abigail T. McDowell el Miér Jun 21, 2017 2:43 am

Cuando comenzó a decirme todas la propiedades que poseía, fui enarcando cada vez más mi ceja izquierda, sorprendida por la cantidad de casas que poseía alrededor del mundo. Lo peor de todo, es que desde que lo conozco y llevamos una relación medianamente cercana, creo que jamás le he visto irse a ninguna de esas propiedades. Seguía sin entender el por qué de tener tantas, cuando como bien había dicho, con el dinero que tenía podía costearse el mejor hotel para el tiempo que quisiera pegarse en cualquier país. Al preguntarme que qué opinaba de Venecia, bufé divertida.

¿En serio necesitas también otra propiedad en Venecia? —pregunté retóricamente. —Tienes montones que no utilizas para nada, ¿y encima piensas en comprarte otra en Venecia? Que podrías, eres absurdamente millonario, ¿pero cuántos usos le dará a esa casa?, ¿cuántas veces has ido a Venecia? —añadí finalmente la pregunta del millón. Podría encontrar lógico que comprarse una casa en un país que visita con asiduidad, pero si no, no le encontraba la gracia. —Y no sé que opino de Venecia, nunca he ido. —Me encogí finalmente de hombros. A pesar de lo que me gustaría admitir, no había sido una mujer que hubiera viajado demasiado en mis veintinueve años de vida. He estado demasiado ocupada preocupándome por la vida que tengo en Londres.

No sabía como me habría llevado con mi suegra, pero al menos compartiríamos el resquemor por los elfos domésticos. No comenté nada al respecto, ya que la historia del viejo de Ferdinand me pareció mucho más interesante. Era muy común desheredar a los squibs cuando éstos venían de familias puristas, pero no era nada común que otra familia purista adoptase a ese squib para tenerlo como fiel mayordomo. De hecho, era muy divertida la situación.

Los Dankworth almas caritativas... —Lo miré de reojo, con una sonrisa traviesa. —Creo que las nuevas generaciones de los Dankworth se han ido deteriorando, ¿no crees? —bromeé, con la única intención de pinchar su ego.

Acostumbrada a una vida llena de normalidad, vivir una vida en la escala de los Dankworth era bastante más intensa y diferente. Los lujos a los que se sometían no solo la familia de Caleb, sino toda su familia en Rusia, era increíble. En mi opinión tantos lujos eran innecesarios —yo bien era feliz en mi piso en Londres el cual podías recorrerte entero en cuatro zancadas—, pero me daba la sensación que rodearme de ellos con tanta asiduidad, hacía que comenzase a acostumbrarme. El evento en sí que organizaban los primos de Caleb parecía, a simple vista, un evento más a los que varias veces he asistido por culpa del Ministerio de Magia, la única diferencia era el lugar en donde se ejercía, un enorme palacio en donde las expectativas de Disney quedan muy por debajo.

Comenzamos a bailar en la pista una vez nos presentamos a aquellos que se habían acercado a nosotros, lugar en donde recordé lo especial que había sido, al menos para mí, el baile que habíamos tenido la última noche en Punta Cana. Su contestación me hizo mirarle con cierta reprobación.

Pues tu fidelidad me hizo pensar que no era nada para ti —le dije entonces, sin tener en cuenta lo efectivamente empalagoso que había sonado. Normalmente no solía contestar ese tipo de cosas, básicamente porque no sé cómo contestar algo así sin sonar borde. —En el Halloween de ese mismo año recuerdo que nos mandamos a la mierda con bastante fundamento. ¿Estás seguro que fue en ese momento en el que te diste cuenta de que estabas perdidamente enamorado de mí? —pregunté poniendo un tono de voz al final bastante cursi en comparación con el usual que utilizaba. —Es broma. Sé que nos mandamos a la mierda porque fui una absoluta gilipollas. Lo sé. Asumo la culpa de ese momento, pero no la de intentar violarte en Punta Cana. Ahí recayó sobre ti toda la culpa de que yo intentase violarte, estúpido y sensual Dankworth —dije visiblemente divertida. Entonces dijo una frase que no podía tener más veracidad y me besó, parando de bailar durante unos segundos.

Retomamos el baile, pero después de un rato decidimos ir a por unas copas de champagne que repartían unos camareros bien organizados por todo el salón en el que nos encontrábamos. Fue justo en ese momento, en el que su primo Konstantin comenzó a hablar en voz alta para todos tras captar nuestra atención. Comenzó a hablar en ruso y, a pesar de que mi mirada estaba sobre aquel hombre, mi absoluta atención recaía en las palabras que Caleb me decía al oído. Por el momento todo bien, hasta que las puertas se abrieron y salieron esas personas encadenadas hacia donde nos encontrábamos. La emoción de la gente y la frase final de Caleb fueron suficiente como para saber lo que estaba pasando allí, aunque aún así no pude reprimir mirarle con sorpresa en los ojos, aunque no por mucho tiempo, ya que después de dos segundos de sorpresa, en mi rostro se esbozó una sonrisa de lo más maliciosa. Ahora Rusia parecía mucho más divertido que hace dos minutos, ¿o sólo me lo parecía a mí?

¿Los van a matar aquí, delante de todo el mundo? —pregunté para cerciorarme. —¿Hacen un espectáculo de sus muertes para todos los que están aquí? —Él sabía que a mí no me gustaba sentarme de brazos cruzados y ver cómo otra persona mata a otro. Qué aburrimiento. A mí me gustaba ser partícipe, era lo que te daba poder y placer.

Pero claro, yo aún no sabía como funcionaba ese juego, algo que distaba mucho de ser un mero espectáculo. Estaba segura de que la mitad de los que allí estaban, no se conformarían simplemente con mirar. ¿Qué hay de satisfacción en eso?
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Caleb Dankworth el Jue Jun 22, 2017 1:10 am

Ya te he dicho que tengo propiedades en lugares donde tengo negocios, y tengo negocios en Italia, ¿así que por qué no una pequeña en Venecia? —fue toda la excusa que tuve para mi sugerencia, con aire completamente despreocupado. Como quien hablaba de ir a por el pan.

Bailar con Abi era un placer de la vida al que jamás me negaría, ni siquiera si tuviese una pierna rota y tuviese que bailar sintiendo profunda agonía. Merecería todo la pena, ya fuesen bailes épicos que quedarían grabados a fuego en nuestros recuerdos para siempre, o bailes insulsos como ella los llamaba, bailes cualquier de un momento puntual que sería efímero. Adoraba cada segundo con ella en la pista, cada paso que dábamos al unísimo al son de un mismo compás.

Pues perdóneme usted si la fidelidad es el único valor moral que tengo grabado a fuego en el ADN y soy incapaz de sacarla de mí —bromeé después de que hiciese aquel comentario que casi me hizo rodar los ojos porque, ¿cómo había podido pensar durante un segundo siquiera que ella no era nada para mí? Jamás acabaría de comprender del todo a las mujeres y a su retorcidísima lógica que no había más que volvernos locos a los hombres. Pero, al fin y al cabo, ellas están un paso más evolucionadas que nosotros, y la evolución trae complicaciones innecesarias en mi opinión. —Sé que ese es el momento en el que dejé de ser un ciego imbécil —confirmé cuando ella quiso asegurarse de que Halloween fue el día que super que la amaba, tras nuestra estúpida pelea que ella empezó, y tras la cual pensé que la había perdido. —Dejé de ser un ciego imbécil porque me di cuenta y porque decidí que si algún día conseguía recuperarte, jamás te dejaría ir —concluí aquella confesión antes de sonreír pícaramente ante sus últimas palabras. —Si te soy sincero me pusiste muy, muy, muy difícil eso de ser fiel… En realidad… —me interrumpí a mí mismo al recordar nuestro apasionado beso en el hotel, antes de que yo consiguiera frenarse —¡por tu culpa sí que hay una mancha en mi hasta el momento completamente impecable historial! Señorita McDowell, eso no está nada bien…

El comienzo de la noche se había disfrazado como una velada normal, de gente importante que asistía a eventos sociales porque eso es lo que se hace en la sociedad, hasta que llegó el momento más esperado por aquellos que sabían a qué habíamos acudido en realidad. Mi primo Konstantin acaparó la atención de todo el mundo mientras los siguientes protagonistas de la noche hacían acto de presencia en la sala: los sangre sucia, traidores a la sangre y escoria encadenada de la que los puristas querían deshacerse para purgar a la sociedad de su mancha ponzoñosa. Aquí no necesitaban máscaras tras las que ocultarse y Marcas Tenebrosas con las que identificarse, sino que hacían de sus más oscuros deseos un espectáculo, una atracción, una fiesta. Traduje las palabras de mi primo para Abi, susurrándoselas al oído, y sonreí macabramente al ver la expresión de oscura excitación que aparecía el su rostro. Estaba, sin embargo, descontenta con algo, y no tardé en darle buenas noticias.

El espectáculo somos nosotros —le expliqué en voz baja, para no interrumpir el discurso que mi primo le daba a los allí presentes. —Escoge a uno de ellos. El que más te guste —le indiqué a Abi, mirando a los encadenados. Había de todo, hombres y mujeres, jóvenes y más mayores, altos y bajos, delgados y gordos y musculosos. Para todos los gustos. Y todos ellos, de una manera u otra, habían caído en desgracia a los ojos de la élite purista de la sociedad. Mi primo estaba dándole al público una breve descripción de quiénes eran los cautivos, y yo seguí traduciendo. —Esa es una profesora de Durmstrang a la que han descubierto que daba clases particulares a escondidas a hijos de muggles que la escuela no aceptaba… Ese es un periodista del periódico de aquí que escribe artículos en defensa de los muggles y que no dices cosas muy buenas del Señor Tenebroso del Reino Unido —sonreí malévolamente al mirar al pobre diablo. No sabía dónde se había metido al meterse con Lord Voldermort, que tenía fanáticos en todo el mundo. —Esos son empleados del Ministerio de Magia ruso, sangre sucias todos, o traidores… Ese —dije, cuando mi primo indicó al hombre más grande y fuerte de todos, uno que no tenía miedo en el rostro sino que nos miraba desafiantemente, con asco —es el mejor Auror de toda Rusia. Según Konstantin, iba a ser elegido nuevo Jefe del Cuartel de Aurores la semana entrante. —No me sorprendió que fuese ese al que Abi eligió.

Van a subastarlos —expliqué, justo antes de que dicha subasta comenzase. —Quien compre a cada uno tiene el derecho exclusivo de matarlo. Verás, esto es una competición. Quien le ofrezca a los espectadores la muerte más espectacular gana —expliqué los sangrientos gustos de esta tradición mientras dejaba que la subasta corriera su curso hasta que llegó el turno del Auror. La víctima que yo quería todavía no había sido subastada. No ofrecí ninguna suma, dejé que todos se peleasen por el Auror, quien era sin duda el más solicitado por todos, hasta que ya solo una persona se atrevió a dar una suma por él y mi primo estaba a punto de venderlo. —¡Odin million dve tysyachi rubley! —exclamé, y nadie superó esa suma.

¡Vendido! —exclamó mi primo en ruso, sonriente.

Son rublas —le aclaré a Abi en bajo antes de que pensase que había pagado una burrada que se había entendido bastante bien.
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Abigail T. McDowell el Lun Jun 26, 2017 6:46 pm

En realidad me quejaba en el pasado, puesto que ahora mismo no tenía ningún tipo de queja con respecto a lo fiel que era Caleb. Actualmente, con toda la traición y egoísmo que hay en el mundo, encontrar a alguien tan leal a ti como a sí mismo era prácticamente imposible. Yo hubiera puesto la mano en el fuego hace años en que jamás encontraría a nadie con quién sentir esta sensación de protección y seguridad, pero ahora mismo la pondría siendo consciente de que ambos somos tan leales a nosotros mismos como hacia el otro. Aún no había conseguido descifrar si eso era algo que te ofrecía fortaleza o debilidad, pero para ser sinceros... ahora mismo eso no importaba. Estábamos en la cima y si alguien quería bajarnos de ahí, tenía mucho trabajo por delante antes de llegar a nosotros.

Está muy bien —le corregí con una pícara sonrisa cuando me echó la culpa de la mancha de su historial. —Mientras sea yo esa mancha, yo creo que no hay ningún problema. Puedo pasar por alto esa pequeña desgracia en tu historial —respondí con cierto orgullo en la voz. ¿Era normal encenderme sólo con recordar aquel momento?

Mis expectativas estaban bastante bajas, ya acostumbrada a varios de éstos eventos que, por norma general, no distan mucho unos entre otros. Sin embargo, los rusos volvieron a sorprenderme gratamente cuando comenzaron a meter en el interior de aquel palacio a varias personas encadenadas con un solo objetivo en aquella noche. Las palabras de Caleb me sorprendieron, ya que la sociedad en la que se movían aquellos magos era muy diferente a la que había habido por siempre en Londres. Allí había un montón de personas, poderosas y ricas, ¿qué les impedía hacerse con el poder? Con personas así en el poder del Ministerio Ruso, sería otro fuerte aliado para el Ministerio Británico. Y teniendo en cuenta cómo estaban las cosas entre las diferencias entre países, no vendría nada mal más aliados que apoyen los ideales que hemos comenzado a promulgar de manera oficial en Inglaterra.

Pero ahora no era momento para ponerse a pensar y mucho menos a hablar de política. Presté total atención a las descripciones que iba dándome Caleb de las personas que iban saliendo por allí. Muchas no me interesaban lo más mínimo: personas emocionalmente débiles como aquella profesora de Durmstrang habían a millares, el periodista que hablaba mal del Señor Tenebroso... sí, por mis ideales y mi fidelidad debería castigarle, pero no era para nada tan jugoso como el Auror que nombró en última posición. Aurores... odiaba con toda mi alma a los aurores. No era difícil adivinar por qué: mi madre era un auror, un asqueroso miembro altanero cuya profesión se les sube a la cabeza hasta el punto de olvidarte de todo lo demás. No eran tan distintos a nosotros. Los aurores no buscaban protección para el mundo mágico, buscaban regocijo en sus propios logros, galardones que garantizasen su fama y una altivez propia de todo lo que le alza en la gloria, aunque los muy hipócritas lo escondían en la protección para el pueblo. Los defensores, los héroes... Nosotros hacíamos lo mismo, pero por una causa. Nos alzábamos como grupo en pos de defender un ideal; ellos se alzaban individualmente con el objetivo de alzar su ego. Repito que en realidad no somos tan diferentes, sólo que unos luchamos por un ideal y otros por otro. Pero ellos hacían cosas tan despreciables como nosotros, sólo que eso no sale en la prensa.

Si está aquí ha quedado claro que no es el mejor Auror de toda Rusia, sólo un pobre perro más que sirve como entretenimiento —respondí a Caleb. —Obviamente elijo el auror. Ya sabes lo mucho que detesto esa profesión y a todos los que ejercen en ella.

Siempre había sido una persona muy competitiva, por lo que al escucharlo sonreí perversamente. En realidad no había ido allí con ninguna intención asesina y, de hecho, sólo llevaba encima la varita bajo el vestido. No obstante, aquello simplemente lo volvía más divertido. Nunca me había hecho falta nada más que la varita para divertirme matando a una persona.

¿Y el qué se gana? —pregunté por curiosidad mientras todos los tipos empezaban a subastarse. —No quiero precipitarme en volver a dar por supuesto algo aquí en Rusia otra vez, pues está claro que voy a equivocarme... pero teniendo en cuenta la de atrocidades que hemos hecho tú y yo juntos... ¿crees acaso que tenemos oportunidad de perder? —Fue una pregunta retórica.

Caleb y yo éramos unos asesinos y, encima, teníamos un arte envidiable para torturar a las personas. No éramos dos personas convencionales que se divirtiesen viendo películas o yendo de paseo al monte, no, Caleb y yo teníamos vicios perversos, malvados y totalmente pasionales. De hecho, sabiendo cómo nos habíamos pasado mucho tiempo de nuestra vida jugando con la vida enemiga y practicando tanta magia oscura, no entendía como es que nosotros seguíamos cuerdos y era Zack el que estaba loco. ¿Lo peor de todo? Te sentías vivas. En este preciso momento, en aquel lugar en donde no conocía a nadie más que a él, me sentía ansiosa de participar y demostrarles a todos los rusos allí presentes de lo que está hecho un mago británico, aunque eso significase descuartizar a una persona frente a cientos. Era como un referente de poder, algo con lo que te asegurabas un puesto. ¿A que no suena tan diferente a un auror? Ya lo he dicho, en realidad no somos tan diferentes.

Miré a Caleb de repente con los ojos abiertos. ¿Ha dicho un millón? Le di un codazo. No quiero que pague un millón para matar a una persona. ¿Acaso caga dinero? Maldito derrochador, si quisiera podría limpiarse el culo con dinero. Cuando me dijo que eran rublas lo miré todavía con mayor confusión. No tenía ni puta idea del cambio de moneda, pero supongo que por cómo lo había dicho, con ese gesto tranquilizador, es que era mucho menos.

De repente todo el mundo miró hacia donde estábamos nosotros. Suponía que después de todo lo que ha pasado, mi rostro era conocido: no es normal que de repente un gobierno caiga estrepitosamente y quede en el olvido quién ha usurpado el poder en Inglaterra, no cuando el Ministerio Británico tiene la fama que tiene. Los cuchicheo revelaron que efectivamente eran conscientes de quiénes éramos. Caleb, por el contrario, era conocido allí: era Dankworth y una de las familias más ricas, al parecer, en todos lados del mundo.

¡Los británicos se han hecho con el mejor Auror de Rusia! ¿Ahora que ya os habéis hecho con el control de vuestro Ministerio nos queréis enseñar a nosotros cómo deshacernos del poder en el nuestro? —Habló en ruso, por lo que evidentemente no entendí nada. Pero a la gente le pareció gracioso lo que dijo. —Tengo ganas de ver cómo os desenvolvéis los ingleses. Pero dejemoslos para el final. Es un espectáculo que requiere expectación y todos queremos que Alekseev vea lo que le espera.  

Todos parecieron estar de acuerdo con Konstantin y fueron los compradores de la profesora de Durmstrang —un hombre y una mujer mayor—, los primeros en caminar hacia adelante para prepararse para su víctima.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Caleb Dankworth el Lun Jul 24, 2017 12:30 am

Las fiestas de mis primos rusos siempre habían sido famosas en el país debido a lo sangrientas que eran. Eran un espectáculo para sádicos que no le daban valor alguno a la vida humana, para quienes el sufrimiento de aquellos que no eran sus amigos o su familia era mero espectáculo que proveía una diversión mucho mayor que el teatro, en el que todo era fingido. Al torturar y matar nada era fingido, todo era real. El sufrimiento, el dolor, los gritos, la satisfacción al ser el verdugo que segaba la vida de la manera que se le antojase. Sabía que Abi estaría satisfecha con una fiesta como esta, por eso me había permitido el lujo de traerla conmigo y guardar el secreto hasta el momento oportuno.

No lo sé —confesé cuando me preguntó qué se ganaba poco antes de comprar para ella al Auror en la subasta por una cifra que bien si en rublas era millonaria, en libras se quedaba en milenaria. Nada que no me hubiese gastado saliendo de fiesta los fines de semana, o en cualquier viaje que hacía por capricho. —Cada vez se gana algo distinto. Recuerdo una vez cuando era niño que me trajo mi hermano mayor, Jonathan. Según mis tíos yo era demasiado joven para participar, tenía nueve años —puse los ojos en blanco, pues todavía estaba ofendido por aquello. ¡Claro que sabía cómo utilizar cuchillos a esa edad! —Mi hermano tenía catorce, así que a él sí que le dejaron participar. Ganó y se llevó de premio una cría de dragón. Un Colacuerno Húngaro precioso. El muy imbécil lo perdió en una apuesta poco después.

Una sonrisa siniestra se dibujó en mi rostro cuando Abi puso en duda que fuésemos a perder. Tenía toda la razón del mundo, ambos habíamos cometido atrocidades completamente inhumanas, atrocidades que no habían abierto sin duda alguna las puertas directas al infierno más profundo en el que arderíamos para toda la eternidad en cuanto nos llegase la hora del juicio final tras la muerte. Era algo de lo que estábamos orgullosos, algo que nos marcaba como personas y que nos hacía invencibles ante nuestros enemigos. Porque el guerrero más temible no es el que no le teme a nada, sino el que no teme perder su propia humanidad o incluso deshacerse de ella voluntariamente hundiéndose en la sangre de todos aquellos que se cruzasen a su paso.

Tú no tienes oportunidad de perder —corregí pícaramente. —Mírales, todos quieren verte a ti.

En efecto, todas las miradas estaban clavadas sobre nosotros, pues tras el golpe que había sacudido los cimientos de la sociedad británica y había colocado en el gobierno a Abi, quien había revolucionado toda la sociedad moldeándola a los ideales que todos y cada uno de los ocupantes de aquel palacio compartían y deseaban para su propio país, se morían de curiosidad. Mi primo comenzó a hablar en ruso para que todos pudiesen entenderle, aunque no Abi, por lo que traduje para ella en su oído como había hecho otras veces a lo largo de la noche.

Alekseev preferiría ser torturado y asesinado por el propio Lucifer que por ella, os lo garantizo —dije entonces en alto en ruso, arrancando sonrisas sádicas de expectación por todo el palacio.

¿Solo por ella? ¿Acaso no participarás tú también, primo? —preguntó Konstantin y yo negué con la cabeza. La verdad es que yo también tenía curiosidad por ver qué le haría Abi al Auror, la dejaría trabajar sola mientras se encargaba de él. —Oh, ¡vamos! Mira, todavía queda este pobre inútil por subastar. Es barato —Konstantin señaló al último prisionero que quedaba. Era normalito, nada que ver con el Auror que le había regalado a Abi y que todo el mundo habría deseado torturar. —No supondrá un gran reto para ti, primo. —Al final Konstantin insistió tanto que acepté y me quedé yo con ese pobre inútil. Él también acabaría prefiriendo que le hubiese torturado el demonio en vez de yo.

Esperamos nuestro turno mientras contemplábamos las ejecuciones, todas predecibles y aburridas. Aplaudíamos por compromiso, aunque muchas personas parecían impresionadas de verdad. Mientras tanto Abi y yo compartíamos miradas cómplices y sonrisas ladeadas, pues nosotros sí que conocíamos el arte del asesinato a la perfección, no como aquellos amateurs.

Finalmente llegó mi turno, un par antes que el de Abi que sería el último. El suelo estaba bastante manchado de sangre para cuando llegó ese momento, y colocaron a mi víctima en el centro mientras yo caminaba hacia él. Todo el mundo nos rodeaba y nos miraba, expectantes. Actué por instinto, dejándole llevar por mis sádicos impulsos. Hoy no habría cuchillos ni armas ni instrumentos de tortura. Hoy solo estaríamos mi varita y yo, y una idea muy especial que había venido a mi mente. Saqué la varita; el hombre iba descalzo, así que no me hizo falta quitarle los zapatos para lo que planeaba. Con un toque de la varita el hombre levitase en el aire boca abajo, y unos profundos cortes aparecieron en las platas de sus pies, arrancándole un grito. Otro movimiento de la varita rasgó su ropa, arrancándosela y dejándole desnudo ante la mirada de todo el mundo. No tenía un cuerpo estupendo, pero no era un mierdecilla. No era divertido torturar mierdecillas. El hombre levitaba a unos metros por encima del suelo y yo me coloqué justo debajo. Caían gotas de sangre de sus pies, y una de ellas cayó en mi rostro. Una sonrisa retorció mi rostro antes de comenzar con la verdadera diversión.

Se oyeron algunas exclamaciones cuando con magia comencé a tirar de la piel a ambos lados de los cortes en las plantas de los pies del hombre, comenzando a despellejarle desde ahí. Cayó más sangre en pequeños ríos, manchando el suelo y manchándome a mí como si estuviese bajo una fuente roja. La piel se arrancó de los pies, de las piernas, separándose cada vez más y más del hombre que se retorcía de una manera inhumana y chillaba tanto que parecía que resquebrajaría el cristal del que estaba hecho el palacio. Chilló y chilló mientras la piel se desprendía de su cadera y de su estómago y de su pecho, y entonces el hombre se quedó medio inmóvil y silencioso y tiré fuertemente con mi varita, haciendo que la magia arrancase de cuajo toda la piel que se quedaba en el cuerpo, dejándolo completamente en carne viva mientras su piel caía al suelo y una catarata de sangre descendía sobre mí, empapándome entero de pies a cabeza, dejándome casi irreconocible. Cogí la piel con mis propias manos y la blandí en el aire como un trofeo de caza mientras a mi alrededor aplaudían y vitoreaban.

¡¿Os estáis divirtiendo?! —grité, haciendo levitar la piel en el aire y rasgándola entonces en varios pedazos con mi varita. Cogí uno de los pedazos y lo lancé hacia el público, manchando de sangre los hermosos vestidos de las mujeres y los elegantes trajes de los hombres. Hice lo mismo con los demás trozos, regalándoselo al público como trofeos mientras yo permanecía en el centro de la pista, sin un solo centímetros de mi piel, cabello o ropa limpio de sangre. Alcé de nuevo la varita, y le arranqué entonces la carne al hombre de un tirón, destrozándola como había hecho con su piel y lanzándosela a la gente. Algunos reían, otros chillaban al abalanzarse sobre ellos trozos de carne descuartizada, y más adelante músculos hasta que solo quedó del hombre un esqueleto ensangrentado mantenido unido únicamente por magia. Con un toque de la varita los huesos salieron volando en todas direcciones como habían hecho las demás capas del cuerpo del hombre, lloviendo sobre la gente mientras yo me carcajeaba fuera de mí. Los órganos y vísceras del hombre cayeron al suelo destrozados, y yo regresé a mi lugar cubierto todavía de pies a cabeza en sangre que no era mía, viscosa y caliente e increíblemente satisfactoria. Ese era mi perfume favorito.
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