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We're all just runaways [Priv./Clementine Boot J.]

Steven D. Bennington el Mar Ene 24, 2017 7:48 pm


Hacía ya más de un mes que había ocurrido todo aquello. Más de un mes desde que había tenido que dejar su residencia en el pequeño pueblo de Hogsmeade ante la oleada de ataques a nacidos de muggles y traidores a la sangre. Más de un mes desde que el Ministerio de Magia había dado un giro completo a sus ideales, Hogwarts había sido tomado por partidarios de la pureza de sangre y el pueblo en el que solía vivir había quedado totalmente devastado. Se había visto obligado a desaparecer, a alejarse de su casa y de todos aquellos que había considerado amigos por miedo a la traición.

Había perdido de vista a muchos de sus amigos. Algunas caras las había visto en El Profeta el día después de la batalla. Unos tantos acusados y esperando a juicio, otros enviados directamente a Azkaban. Otros, simplemente, habían desaparecido del mapa sin dejar rastro alguno, como si el viento se los hubiese llevado a cientos de kilómetros del país. Y es que la opción de huir parecía la más favorable de todas, pero no para él. No podía irse del país dejando a Alexandra en Hogwarts.

Gracias a su metamorfomagia había logrado pasar desapercibido aún viendo su cara en diversos carteles, pues al parecer su juicio para ser juzgado por sus crímenes ya había pasado de fecha y él no se había presentado. ¿Cómo iba a presentarse a un juicio que tenía perdido? No quería perder su varita ni su libertad. No quería pasar lo que le quedaba de vida en prisión por el crimen de no poseer una familia mágica. ¡Él no había robado magia a nadie!

Por suerte, había logrado dar con su hermana antes de que el nuevo régimen lo hiciese, y ambos residían en una pequeña casa a las afueras de la ciudad, donde lograban pasar desapercibidos. Por su parte, Beatrice no contaba con la libertad de Steven para moverse, pero este hacía lo que podía para que el día a día de su hermana no fuese tan aburrido encerrada entre aquellas cuatro palabras.

Como un día más, se vio obligado a dejar la zona segura en la que ambos se habían asentado para ir a comprar. Pues entre sus planes no estaba el de sobrevivir a una guerra mágica y acabar muriendo de simple inanición por miedo a ser capturado al salir a la calle.

Tras haber realizado la  compra para lo que restaba de semana había decidido dar un paseo por la ciudad y, sin darse cuento, las horas habían volado. Londres parecía tranquilo a pesar de lo que estaba pasando en el Mundo Mágico y aquello le agradaba. Ver cómo la gente podía seguir con su vida le hacía tener esperanza. Pero la esperanza se deshizo rápidamente cuando escuchó gritos tras de sí.

Pudo ver como el cuerpo sin vida de una mujer impactaba contra el suelo y como un mago se reía de su gran logro. La gente a su alrededor parecía no comprender lo que había sucedido y permanecían inmóviles, sin entrar en pánico. Steven no pensó. Simplemente sacó su varita y lanzó un hechizo de lleno contra aquel mago, el cual salió disparado a varios metros y cayó inconsciente. Pero para su sorpresa aquellas personas que permanecían inmóviles no lo hacían por el estado de shock, sino por estar a favor de aquel hombre.

Sin siquiera darse cuenta, toda su compra estaba derramada por el suelo y sus pies corrían sin rumbo por las calles de Londres. Escuchó un par de gritos a su espalda pero ningún hechizo impactó en él, pues aquellas personas eran simples muggles bajo un encantamiento. Pero entre toda aquella marea de personas, también estaban los que llevaban la voz cantante del maleficio.

Esta vez un hechizo si impactó bien cerca de su cabeza, pero por suerte dio de lleno contra una de las paredes justo antes de que doblase una esquina. Y de verdad creyó haberles dado esquinazo tras varios minutos corriendo, pero no podía estar más confundido.

Uno de los magos aún seguía tras de él, casi pisándole los talones. Steven lanzó un par de hechizo sin mirar a dónde iban disparados y de pronto cayó al suelo. Pero no por ningún hechizo, sino porque había chocado con una mujer que pasaba por la misma calle. Steven se levantó a toda velocidad para seguir corriendo cuando reconoció aquel rostro. Y sin mediar palabra alguna, cogió la mano de la mujer y tiró de ella mientras lanzaba varios hechizos protectores para impedir que ninguno les golpease.

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Clementine Boot el Jue Ene 26, 2017 2:00 am

Sólo habían pasado tres días desde que había regresado a Londres junto a sus amigos Odi y Mildred. Aún recuerda la opresión en el pecho que le vino al tan sólo poner un pie fuera del avión. Era como si todo su cuerpo se manifestara de volver a pisar  aquellas tierras, como si se diera cuenta que volver no era la mejor opción en estos momentos. Y quizás efectivamente no lo era, pero los tres habían llegado a la conclusión de que por más que India era una maravilla de principio a fin, no podían hacer caso omiso de lo que ocurría en el mundo mágico.

Por una parte a Odiseo lo habían llamado para pedirle ayuda, al parecer personas que pensaran como su amigo estaban en escasez, y ella por su parte ya no podía más permanecer alejada de su familia, amigos, gatos y plantas. Ella era una chica de casa,  por más que le gustará viajar y descubrir nuevos mundos, el mejor momento siempre era cuando después de vivir mil aventuras, ella regresaba a su casa se sacaba sus zapatos, escuchaba los saludos (ronroneos) de sus gatos y a su nariz le llegaba el exquisito aroma de las flores de su jardín.  Y por más que confiara en su  padre que iría todos los días a regar sus plantas, y que junto a su madre cuidarían muy bien a sus gatos, ya no podía permanecer más tiempo alejada. Extrañaba mucho su hogar, sus amigos, su familia, su vida.

Pero ahora que se encontraba ya tres días después, entendió porque su cuerpo reaccionó así al llegar. Aquí todo era desolación, cuando vio el rostro amigos en los periódicos y no precisamente para cosas buenas, sino todo lo contrario. Fue como si todo eso por lo cual quisieron alejarse, y no querer ver ahora estuviera frente a sus ojos y mucho peor, mucho más terrible, más real y doloso.  Luego supo lo de Hogwarts, lo de la Ministra…tantas cosas.

Aún recuerda cuando salió a recorrer Hogsmeade al llegar, nunca durante todos los años que ha vivido ahí había habido tanto silencio, y eso que a ella le gustaba el silencio, pero no ese, porque era como si ni siquiera las aves cantaran, por miedo a expresarse, como si todos hubieran dejado de hablar porque las palabras podían llegar a estar en su contra de una momento a otro. Era como una especie de tiranía del terror, o algo así lo había terminado por definir ella en una de sus noches en desvelo.

Al regresar el matrimonio Flume le recomendó permanecer un mes más apartada del trabajo, durante su ausencia semana tras semanas habían ido aliados del nuevo régimen en su búsqueda, y no para llevársela sino para interrogarla. Y semana tras semana el matrimonio les respondía que ella no se encontraba en el pueblo. Ellos esperaban que algún día se cansasen y no fueran más, y ella también lo deseaba con todas sus fuerzas. Por mientras la mayoría del tiempo pasaba en su hogar (poderosamente protegida por sus amigos), haciendo pedidos. Durante el último tiempo se puso a pintar y a tejer más que nunca. Es que abrió una página online , donde los muggles (y algunos magos) le pudieran comprar sus tejidos o pinturas.  Y no lo hizo  principalmente por falta de dinero, sino porque necesitaba distraerse, hacer otras cosas, airearse de todo lo malo y entregarles a personas algo hecho con cariño y dedicación. Dar un poco de amor en tiempos difíciles, expresarse de una u otra manera o algo así.

Es por eso que se encontraba a esas horas de la noche en Londres, había ido a dejarle una manta enorme a Karine, una de sus clientas muggles, ella la tentó a quedarse a comer unos pastelitos y tomar té. Cosas que Clementine simplemente no se puede negar y fue como el tiempo voló hasta ahora.

Caminaba por la solitaria calle en busca de algún bus, o taxi que tomar de regreso a su hogar. Sumida en el acto de abrazarse lo más posible para resistir el frío, cuando de pronto contra con alguien que venía a suma velocidad de un costado.Se desestabilizo por un momento pero logro sujetarse de un poste para no caer y  sin siquiera entender todavía que había pasado,  el chico ya la tiraba de su mano y comenzaba a correr por el camino que ella venía.

No entendía qué estaba pasando, hasta que de pronto un rayo de color pasó rozando por su cabello, abrió los ojos como platos y miró hacia atrás mientras casi por inercia aumentaba la velocidad de su correr, divisó a los lejos a un hombre que no cesaba de lanzarles hechizos. Enseguida pensó que de seguro era un aliado al nuevo régimen, ella siente que puede distinguirlos de las demás personas, diciendo que simplemente podía ver que eran  seres cargados de un color lleno de rabia y dolor.

No tenía idea quién era el chico con el que estaba corriendo, pero escapaba de ellos, y sin entender por qué algo en él le inspiraba una cierta confianza , un algo. Es por eso que siguió a su lado en vez de soltarle la mano y dejarlo solo, “En estos tiempos no se puede confiar en nadie” le repetían a diario. Pero ella siempre hacía caso omiso a todo si es que le venía una corazonada, de que a pesar de ser arriesgado valía la pena.

Miró hacia todas partes para recordar lo poco que había visto de este barrio en particular, y ver  dónde podrían esconderse y  perder de vista al hombre que no cesaba de lanzar hechizos, antes de que el corazón se le saliese de la boca. ¿Además que más podía hacer que correr? No tenía varita...pensar se dijo así misma.

En eso una imagen se le vino a la cabeza.- Ya sé dónde ir, sígueme.- le dijo enseguida al chico, lo tiró ella esta vez de su mano para guiarlo a doblar a la derecha en la esquina próxima. Corrió lo más rápido que sus pies le permitieron hasta  llegar a una capilla que había a mitad de calle. Había recordado una conversación con Karine, y como esta le había mencionado sobre ese  lugar abierto las 24 horas para como dijeron literalmente sus palabras “los fieles al Señor”.

Abrió la puerta de aquel lugar, empujó al chico a un costado, mientras ella se ponía al otro lado de la puerta- Cuando entré yo le salto encima y tú lo atacas con tu varita ¿si?.- no le dio tiempo ni de responder ya que el mago que los perseguía había entrado, y ella sin pensarlo dos veces se le abalanzó por la espalda con todas sus fuerzas.
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Steven D. Bennington el Jue Ene 26, 2017 10:15 am

En momentos como aquel, donde la adrenalina era la protagonista de su organismo, las personas no eran verdaderamente conscientes de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Tampoco eran conscientes del dolor, como el que Steven tendría después por haberse llevado el latigazo de algún que otro hechizo no demasiado efectivo mientras corría sin rumbo fijo. Y también acabaría con un buen dolor de rodillas por haberse precipitado al suelo llevándose consigo a Clementine. Pero esos eran problemas de los que tendría que preocuparse el Steven del futuro. Pues el Steven del presente sólo era capaz de pensar en qué tenían que alejarse lo más rápido posible de aquel hombre que aún le seguía – y ahora les seguía – la pista.

Sin previo aviso tiró de Clementine sin ser consciente que no estaba siendo él mismo y que la castaña bien podía preguntarse quién diablos tenía la confianza como para arrastrarla por toda la ciudad y meterla, sin darse cuenta, en una persecución donde podía salir muy mal parada. ¡Pero es que Steven pensó que si la hubiese dejado ahí tirada su muerte habría sido inminente! Quizá no había sido la mejor forma de reencontrarse tras tanto tiempo, pero al menos ambos seguían de una sola pieza.

Steven tiró de la castaña y rápidamente notó que ya no había necesidad de tirar de ella, pues Clementine parecía haberse dado cuenta de la gravedad de la situación cuando el siguiente rayo de luz impactó contra una pared cercana, haciendo que Steven mirase el socavón con olor a quemado que quedó en lo que antes había sido una pared de ladrillo. No quiso pensar qué habría pasado si aquel hechizo le hubiese impactado de lleno, sino que se limitó a acelerar incluso más de lo que había considerado posible manteniendo el rumbo desconocido que había iniciado al principio de la persecución.

Por suerte, su acompañante tenía más consciencia del lugar donde estaban y, sin pensarlo dos veces, Steven siguió los pasos de Clementine aún sin soltar su mano, para llegar a una especie de capilla en mitad de la calle. Steven no tenía ni la más remota idea de dónde estaban y no entendía por qué Clementine quería ir a rezar. ¿Acaso pensaba que así solucionarían sus problemas? Por suerte estaba equivocado, y las intenciones de Clementine no eran, ni de lejos, las que en un primer momento pasaron por la cabeza del castaño.

No tuvo tiempo de decir nada. Afirmó con la cabeza y esperó a que, como bien había dicho su amiga, el hombre entrase. Y eso hizo. Apenas fueron cinco segundos los que tardó en cruzar el umbral de la puerta. Cinco segundos que a Steven le parecieron una verdadera eternidad por los nervios de lo que pasaría o dejaría de pasar a continuación.

Y fue entonces cuando Clementine se lanzó de lleno contra el cuerpo del hombre, que no vio venir aquel ataque e intentó zafarse de la castaña por todos los medios. No habían pasado ni dos segundos cuando el hechizo de Steven salió de su varita e hizo que el hombre cayese inconsciente contra el suelo. Se convirtió en algo similar a una alfombra, pues Clementine cayó sobre él como si de un peso muerto se tratase.

- Tenemos que salir de aquí, no venía solo. – Dijo Steven tomando nuevamente la mano de Clementine, esta vez para ayudarle a levantar, y antes de que pudiese poner algún tipo de queja o decir algo al respecto de aquella situación, ambos se desaparecieron lejos de allí.

El lugar elegido por Steven era la azotea del piso donde residía con su hermana desde que todo aquello había empezado. El castaño apoyó sendas manos sobre el alfeizar del edificio y tomó aire por vez primera desde que toda aquella situación de pánico había comenzado.

- ¿Por qué has vuelto? Clementine, Londres ya no es un lugar seguro para ti. – Tampoco lo era para él. Pero ahí seguía, negándose a dejar el país para no alejarse de su hija, quien seguía encerrada en Hogwarts gracias a la nueva dirección del centro escolar. No dijo nada más, sino que cambió su posición para abrazar a la castaña. – Creí que cuando atacaron Hogsmeade te habían llevado con ellos. – No sabía si las personas como Clementine estaban siendo buscadas y capturadas, pero si antaño eran consideradas una abominación por los puristas, aquello dudaba que hubiese cambiado.
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Clementine Boot el Sáb Ene 28, 2017 8:00 pm

El corazón le latía a mil por hora, y si seguía corriendo por más tiempo estaba casi segura que ese mismo corazón terminaría saliéndole por la boca. Pero una vez había leído que el cuerpo cuando ésta en peligro saca fuerzas de algún extraño lugar, algunos lo llaman instinto de supervivencia.

Y fue eso mismo - o al menos eso ella cree- que hizo que recordase aquella capilla al doblar la esquina a mitad de calle, y confiando totalmente en su instinto tiro de la mano de aquel desconocido hombre para llevarlo aquel lugar sagrado, y no a rezar precisamente. Sino que al entrar lo empujo a un costado y le dijo su plan elaborado en tres segundos.

Para su suerte, el hombre confío en sus palabras, y en cuanto ella se abalanzó sobre el mago que los perseguía aferrándose con todas sus fuerzas, no dudo y le lanzo un hechizo que hizo que este cayera al suelo con ella encima. No tuvo tiempo ni de volver a respirar nuevamente, cuando el hombre le dijo que debían irse cuanto antes de allí, porque al parecer el ahora mago inconsciente no venía solo. Y sólo basto un pestañear de ojos, para que el hombre la tomara de la mano y todo comenzase a girar…

Cuando nuevamente volvió a pisar tierra firme, se llevó ambas manos a la cabeza y cerró sus ojos, como si quisiese detener el girar de su cabeza con aquel simple gesto. Nunca le había gustado la sensación que dejaba la aparición. Lo encontraba muy útil, más si se trataba de escapar de magos que querían acabar con tu vida, o torturarte hasta la locura. Pero aun así, a pesar de todo, ella seguía prefiriendo su bicicleta Romilda si de transportarse simplemente se trataba.

Cuando su corazón volvió a latir normal, y su respiración volvía a ser la de una persona normal, no la de un pudú asustado a mitad del bosque abrió nuevamente sus ojos, mirando al hombre que por alguna extraña razón le recordaba a alguien…iba a abrir su boca para hablar pero él habló primero.

Sabe mi nombre, pensó.

Sintió como todo su cerebro comenzaba a maquinar rápidamente buscando desesperadamente alguna información con la imagen de aquel hombre que tenía enfrente. Su don era recordar rostros, o más que los rostros gestos de la persona, desde pequeña se fijaba en detalles que nadie más le tomaba atención, aquello le sirvió mucho cuando entro a estudiar Artes plásticas, los retratos siempre eran su fuerte. Es por eso que entrecerró los ojos para observar cada detalle del aquel hombre desconocido, sus ojos, sus mejillas, y algo le decía que de alguna persona había visto esas arrugas alrededor de los ojos que sólo se forman de tanto reír…
En eso el hombre la abrazó, y por un momento llegó a pensar que quizás era otro de sus sueños, o pesadilla, todo dependía de cómo continuará todo. Tenía muchos sueños así desde el ataque, donde ella escapaba y los más feos eran cuando veía a algunos de sus amigos sufrir y ella sentía tanta impotencia de no poseer magia en su ser y despertaba así triste como hace mucho no lo hacía por ser squib.

Se alejó un poco de él, sin decir ninguna palabra y con un total descaro llevó sus manos a su rostro y comenzó a recorrerlo mientras lo miraba pensativa, y después de un par de segundos, o minutos tal vez, una sonrisa se apareció en su rostro.

- ¿Steve, eres tú?.- le preguntó esperanzada mientras sus ojos recuperaban su brillo particular. No sabía de él desde que todo había cambiado, sabía que era hijo de muggles y cuando vio su rostro en las calles más que tensarse, se alivió al pensar que al menos había escapado, y esperaba que estuviera en un lugar muy lejos y a salvo.

Quizás se equivocaba, quizás sólo era una desconocido para ella, pero no ella para él. Pero había un algo, y era más allá de saber que él era un metamorfomago, aunque este último dato , debía admitir, le había ayudado a tomar el valor de preguntarle. Y quizás si era un sueño después de todo, pero esta vez por alguna extraña razón no quería despertar.
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Steven D. Bennington el Dom Ene 29, 2017 11:45 am

Lo único en lo que pensaba Steven era en salir de aquellas calles lo antes posible. Alejarse lo máximo posible del centro de Londres e ir a un lugar donde las persecuciones no fuesen el día a día al que debía acostumbrarse. Pero a fin de cuentas aquello no era posible. Él había elegido quedarse en Inglaterra aún sabiendo el riesgo que aquello suponía. Y, para mayor problema, se había metido en mitad de una pelea que a él no le incluía por su afán de intentar proteger a todos a su paso. Aquello acabaría costándole la vida si no tenía cuidado y, por esa misma razón, se encontraba corriendo sin rumbo alguno de la mano de Clementine, intentando que ningún hechizo impactase de lleno contra su amiga o contra él mismo.

Tras varios metros recorridos, varias esquinas dobladas, a tres o cuatro manzanas de donde todo había comenzado y, con más nerviosismo encima del que creía capaz de sentir, lograron dejar inconsciente a su enemigo y salir huyendo de allí antes de que el resto de la cuadrilla que acompañaba al mago decidiese tomar el mismo rumbo que este y comenzasen a pisarles los talones como aquel mago había hecho durante tanto tiempo.

Fue una azotea el lugar donde ambos fueron a parar. Por suerte, la lluvia aquel día había dado un respiro a la capital inglesa y el frío era el único encargado de congelar hasta los huesos de aquellos que fuesen más desprotegidos. Pero en aquel momento no sentía frío. Había corrido tanto, con un nivel de alerta tan elevado, que su cuerpo irradiaba calor por todos los poros posibles.

Sin pensárselo dos veces habló a Clementine, olvidando una vez más que su cuerpo no era el que habituaba a ser. No comprendió cuando la castaña se acercó palpando su rostro con sus manos, como si de una persona ciega intentando leer el papel se tratase. Clementine siempre había sido alguien peculiar, por lo que a Steven tampoco le extrañó demasiado aquel particular comportamiento por parte de la castaña.

Cuando pronunció su nombre comprendió todo.

Cuando pronunció su nombre los pensamientos comenzaron a tomar sentido en el interior de su desorganizada mente. Comprendió el extraño comportamiento de su amiga y su rostro comenzó a cambiar poco a poco ante los ojos de su amiga.  Su cuerpo se elevó apenas dos centímetros. Su espalda se volvió menos ancha y a continuación fue su rostro el que fue cambiando. El color y tamaño de sus ojos. Sus labios y pómulos. Su nariz e incluso sus cejas. Su pelo apenas cambió en color, pero sí lo hizo en longitud y, finalmente, fueron sus orejas las que se encargaron de poner la guinda del pastel.

- Había olvidado por completo ese detalle. – Rió el castaño pasándose la mano por el cabello en un gesto infantil y ciertamente despreocupado. – Y perdona por tirarte al suelo. Y arrastrarte por media ciudad. Y conseguir que casi te maten. Y sacarte de tu plan de esta noche para traerte aquí. – Añadió volviendo a su tono más alegre, dejando a un lado la seriedad de la situación en la que se encontraban en aquel momento y por la peor situación que habían vivido apenas unos minutos antes. – La próxima vez seré negro, así no me reconoces. Si tú eres capaz de reconocerme, ¿Por qué no lo haría cualquiera de esos locos que le han puesto un precio a mi cabeza? Un precio a mi cabeza. – Repitió negando con la cabeza. – Parece que estamos en una película del oeste y el sheriff quiere limpiar el pueblo de bandidos.
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Clementine Boot el Jue Feb 02, 2017 9:09 pm

Y cuando logro tocar su rostro, y mirarlo directamente a los ojos sin tener que escapar de un mago que les lanzaba hechizos a diestro y siniestro comprendió que quién tenía enfrente suyo era un viejo amigo que hasta entonces no sabía de su paradero. Sus ojos adoptaron un nuevo brillo, y una sonrisa apareció en su rostro cuando dijo su nombre en voz alta, esperando fervientemente que sus teorías fueran ciertas.

Pero lo que sucedió después fue mucho más mágico de lo que ella tenía pensando, delante de sus ojos aquel hombre que a simple vista le era desconocido, de a  poco fue adoptando los rasgos de alguien muy querido por ella, su amigo Steven. Sintió como sus ojos se le achinaban por el sólo hecho de que su sonrisa aumento al menos tres tallas en esos treinta segundos.

Sabía que no se había equivocado, ya que bajo toda esa pintura, nuevos trazos y borrones, el lienzo de su amigo Steven prevalecía, y ella por alguna extraña razón lo había logrado ver.

Se rió ante las palabras del castaño, y cuando terminó simplemente se abalanzo hacia él y lo abrazó.- No sabes cuanto me alegra saber que estas bien.- le dijo sincera. Ella era una chica de amigos, de familia, fue por eso mismo que desistió de seguir recorriendo el mundo junto a Odi, porque simplemente no le cabía en su cabeza abandonar a todas esas personas queridas a su suerte. Sabía que quizás ella no serviría de nada, cuando una varita estuviese entre medio, pero a veces como en esta oportunidad ella lograba ver que sí. Ya que después de todo, en algo ella había ayudado para que los dos se encontraran en... Se alejó del metamorfomago, y se permitió por primera vez que había llegado allí mirar alrededor. Al parecer se encontraban en una azotea ¿de dónde? Ni idea. Se acercó a la orilla, y miró hacia la calle, por más que repasará en su cabeza ninguna imagen se le venía a la cabeza para responder su localidad.

Volvió a mirar a Steven.- No me tienes que pedir perdón, me alegra haber sido yo la persona con que te hayas topado .- dijo sincera, mientras nuevamente una sonrisa se apoderó de su rostro, no le duró mucho tiempo ya que recordó lo de "precio por mi cabeza", frunció el ceño.- Por más que repaso una y otra vez en mi cabeza los ideales de este nuevo régimen no logro entenderlo. Por qué existe tanta ambición, egoísmo y  rabia...no, no puedo entenderlo y menos compartirlo.- resopló y bajó la mirada.

Sacudió su cabeza y miró a Steven.- Pero repito, me alegro que este bien.- volvió a decir sonriente.- Y sobre cómo te reconocí, creo que una virtud tuya querido amigo se volvió en tu contra.- le comenzó a decir sonriente mientras se acercaba a él.- Eres un sonriente por naturaleza, y al parecer cuando haces cambios de piel se te olvida o siempre adaptan tus pequeñas marcas al costado de tus ojos de tanto reír, no muchas personas la poseen, pero también no muchas personas se fijan esas cosas como yo, así que creo que no deberías preocuparte tanto.- terminó por decirle con una sonrisa de lado, mientras se encogía de hombros.

Volvió a mirar alrededor.- Ya no me aguanto ¿Dónde estamos?.- terminó por preguntarle curiosa.
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Steven D. Bennington el Mar Feb 14, 2017 2:32 pm

Había perdido de vista a todos sus amigos y no había querido pensar demasiado en ello. Al principio había pensado una y otra vez en qué sería de cada uno de estos pero cuando comenzó a ver que algunos aparecían en las esquelas y otros en los encarcelamientos prefirió pasar un tiempo al margen de lo que las noticias pudiesen decir de unos y de otros.

Había sido todo un alivio encontrar a Clementine de una pieza. No había sabido nada de ella desde el ataque al pueblo en el que ambos vivían y había dado por hecho que no habían tardado en encontrar a la chica. No tenía varita y era imposible poder defenderse de los Mortífagos, pero parecía haber subestimado a su amiga, pues esta se encontraba frente a él de una sola pieza.

- ¿Cómo lograste escapar? Masacraron el pueblo. A todos los que se interpusieron en su camino o… Los que eran como nosotros. – Ambos tenían muchas cosas en común. Pero aquello que les unía en ahora ser perseguidos por el nuevo gobierno era su sangre. Clementine tenía sangre mágica pero no lo suficiente como para poder dar lugar a su propia magia. Y Steven podía hacer magia aun cuando en su familia no hubiese  mago alguno. Eso era una vergüenza a juicio del nuevo gobierno y por ello eran despreciados y, en muchos casos, masacrados sin pensarlo dos veces.

No podía estar más de acuerdo con Clementine. La nueva situación por la que pasaba el país era surrealista. No comprendía cómo podía haber tantos partidarios de aquel régimen y cómo habían conseguido acabar con todos sus detractores con incluso cierta facilidad.

- Yo tampoco lo entiendo. Nunca lo he hecho, la verdad. – Resopló algo molesto. – Cuando comencé a estudiar en Hogwarts tenía ilusión. Ya sabes, nuevo colegio, nuevos amigos. ¡Y encima era un mago! Pero ahí había gente que no veía las cosas como yo. Pero eran niños. Niños que pensaban que no merecía la magia por no tener padres magos. Pensé que eran cosas de niños, que era algo transitorio que cuando te haces mayor te das cuenta que no tiene ni pies ni cabeza. Pero me equivocaba. Son muchos más de los que creía y más poderosos que nosotros. – La nueva situación estaba acabando con su salud. Apenas veía la luz del sol y cuando salía sentía que tenía el corazón en un puño. Sentía que en cualquier momento alguien llegaría y se lo llevaría a prisión, dejando a Beatrice sola y sin saber qué había sucedido. O peor aún, que ella fuese la capturaba por el régimen.

- Espero que tengas razón. – Dijo dibujando de manera inconsciente su habitual sonrisa. – No me apetece que me descubran porque sonrío demasiado. – Intentó decir de manera animada, aunque lo cierto es que aquello le había hecho dudar sobre si salir seguiría siendo una buena idea o lo mejor sería intentar vivir al margen como había hecho hasta el momento. – Redbridge. – Respondió. – A las afueras de la ciudad. Beatrice y yo vivimos aquí desde que todo esto comenzó. Es el piso de una anciana muy amable. Le ayudamos con todo en casa y ella a cambio nos permite estar en casa. Su familia pretendía internarla en un asilo para no hacerse cargo de ella, así que estamos nosotros con ella. – Beatrice se había mostrado reacia a aceptar aquella opción en un principio pero con el paso de los días y las semanas se había empezado a sentir cada vez más cómoda. – No suelo alejarme mucho de aquí pero hoy se me hizo tarde y… Bueno, vi un altercado y no pude no intervenir. Pero eran demasiados, ya no se ocultan, ¿Sabes? Van por ahí sin máscaras atacando a magos y muggles y nadie les puede decir nada. ¿En qué tipo de mundo de locos vivimos ahora?
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Clementine Boot el Vie Mar 03, 2017 12:03 am

Su vida durante el último mes había sido como una especie de paréntesis. Junto a sus amigos Odiseo y Mildred habían estado alejados de todo el caos del mundo mágico, sin comprender, o quizás sin querer hacerlo muy bien cómo iba todo. Es por eso que no fue hasta que pisó nuevamente Londres mágico que pudo ver ante sus ojos el desolado paisaje.

Supo de la desaparición, perseguimiento, y encarcelamiento de algunos de sus amigos. Era como si su amado y tranquilo pueblo ahora estuviera dominado por el miedo de algunos y la rabia incomprensible de otros.
Miró a Steven y suspiró.- La noche del ataque no supe nada de lo ocurría, una amiga puso mucha protección en mi hogar, tanto así que a veces es como si viviera en un lugar escondido dentro de dos casas, invisible para el mundo, el mundo invisible para mí.-  soltó una pequeña risa. En un comienzo no había entendido las sobre preocupación que a veces su amiga Fly, o hasta Odiseo ponían sobre ella y su hogar, pero ahora todos esos regaños y discursos de cómo era de importante su seguridad o el simple hecho de cerrar bien su puerta cobraban sentido.- Pero no fue hasta la madrugada que comprendí un poco el caos que había ocurrido. Odiseo llegó herido a mi casa, venía de Hogwarts y jamás lo había visto tan triste hasta aquel momento. Ni sus ojos le brillaban y eso…- hizo un pausa mirando al metamorfomago para hacer mayor hincapié en sus palabras.- Eso sí que era algo jamás visto. No me explicó mucho, sólo me dijo que necesitamos irnos lejos y que sabía muy bien a dónde ir. Y fue así como sin pensarlo mucho, ya tenía mi maleta lista, y junto a él y Mildred nos fuimos a India.- dijo con la mirada perdida recordando aquella noche vivamente en su cabeza.- Sí, India.- volvió a repetir con una sonrisa.- Y bueno ahí hemos estado durante todo este último mes. Conocimos a mucha gente nueva, hasta algunos magos. Diferentes culturas, lugares…Odiseo volvió a tener el brillo en sus ojos, Mildred se volvió una diosa como cual Madonna para ellos, y yo aprendí el hermoso arte de teñir telas…- sonrió de lado algo melancólica.- Pero ¿sabes? Por más que fueron unos días grandiosos los tres sabíamos que debíamos volver, que nuestro lugar no era aquel sino estar aquí, al pie del cañón.- terminó por decir encogiéndose de hombros y dedicándole una sonrisa.

- Muchos me dicen que es una estupidez que haya vuelto, ya que por mi sangre no puedo defenderme de aquellos que andan por las calles lanzándote hechizos porque chocaste con su hombro, o según ellos los miraste mal.- frunció su ceño sintiendo una impotencia enorme al pensar en esas personas.- Pero a todos siempre le respondo que la magia no necesariamente es con una varita. ¡Cómo lo que hablamos esa vez en aquel delicioso restaurant! Porque me pongo a pensar que muchos como tú o tu hermana están de fugitivos, sin trabajo, encerrados… Y bueno a mí me gustaría ayudarlos. Quizás podría enseñarles a tejes, o pintar y después vender sus productos fuera, hasta quizás vía muggle… o ¡los niños! No sólo hay adultos perseguidos, también hay pequeños seres que han tenido la mala suerte de nacer justo cuando unos gilipollas les dio por creerse Hitler… No lo sé, tengo la idea de crear una pequeña escuela o algo, quizás ahí también me podrías ayudar por el lado de la música…- lo miró con una sonrisa.- Quizás estoy pensando muy a lo grande, pero simplemente quiero ayudar, con lo que este a mi alcance…- se encogió de hombros y suspiró.

- Son muchos sí… ¿más poderosos? No lo sé. EL poder te lo dan los demás. Lo que están haciendo ellos es la doctrina del miedo, así nos mantienen a todos encerrados  y separados. – frunció el ceño y arrugó su nariz.- Me niego a pensar que esto va a durar para siempre, o que son más las personas que están a favor de esto que en contra… Quizás, aún no hemos tenido la oportunidad de reunirnos, pero creo que ya pronto se podrá hacer algo. Para un yin siempre debe haber un yang ¿no?.- le preguntó mirándola con una sonrisa débil de lado. Se obligaba durante los últimos días a poder ver las cosas de una manera más positiva, porque si no lo hacía caería profundamente en una tristeza enorme.

Sonrió cuando volvió a ver esa sonrisa habitual en su amigo.- ¡Ahí esta! La sonrisa de siempre.- agregó animada.- Redbridge…- repitió por lo bajo para volver a mirar todo alrededor. Sintió el viento golpear su rostro y se abrazó a sí misma, la ciudad de noche se veía hermosa. Tan tranquila, tan en paz…volvió a mirar a Steven y sonrió.- ¿Cómo se llama la anciana a la qué cuidan?.- le preguntó curiosa. A la castaña adoraba a la gente mayor y se llevaba muy bien con ellos, por lo que llegar a conocer a la anciana que cuidaban él y su hermana le llamaba mucho la atención.

- En uno que todo está patas para arriba…-  dijo haciendo una mueca para volver a suspirar.- Ahora que ya se de tu paradero y que estas bien…puedes contar conmigo ¿sabes? Yo no soy muy querida para ellos, pero al parecer me toleran si es que no causa mucho revuelco. Así que si un día te hacen falta provisiones de comida, o hasta dinero no dudes en pedir ¿sí? Aquí estaré.- le dijo con una sonrisa sincera.
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Steven D. Bennington el Dom Mar 19, 2017 6:44 pm

¿Acaso el mundo se había vuelto loco sin previo aviso? Steven recordaba cómo todo había cambiado de un día para otro desde la última vez que se había topado con Clementine. Antes había tiempo para chocolate caliente y pastel del limón. Antes había tiempo para largas charles frente al parque mientras las hojas otoñales caían y creaban su propia alfombra en el suelo. Pero esos tiempos habían llegado a su fin. Ya no había hueco para aquellos buenos tiempos y su consecuente despreocupación por el mundo.

Steven palideció mientras escuchaba el relato de Clementine. Palideció al pensar en el miedo que tendría que haber pasado alguien como ella. Alguien para quien la magia no era, ni de lejos, un aliado, más bien todo lo contrario. Intento que su rostro no delatase la preocupación que ahora sentía. Intentó pensar en que aquello ya no podía dañar a su amiga. Pero no podía. Clementine podía haber muerto aquella noche aunque ahora estuviese frente a él de una sola pieza.

¡Pero estaba sana y salva! Una leve sonrisa afloró en sus labios como acostumbraba a hacerlo. Una sonrisa sincera, cargada de paz y armonía porque todo, dentro de lo posible, había ido bien. Dentro de lo posible, todos estaban sanos y salvos. No había grandes pérdidas humanas, sino que la mayoría se limitaban a todas sus posesiones. Pero ya estaban a salvo, al menos por el momento.

- Siempre has confiado demasiado en los demás. – Tal y como él mismo hacía. Eran ese tipo de personas que veían lo mejor de los demás. Que en lo que parecía pura oscuridad lograban encontrar un resquicio de luz que soñaba con hacerse ver y contrastar. – Suerte que estás bien. – Dijo una vez más. – Odiseo hizo bien en sacarte del país. ¿Te contó qué pasó en Hogwarts? La prensa no es muy objetiva con lo que cuenta… La huída de Dumbledore, alumnos muertos, otros que mataban a sus propios compañeros… No parece muy realista. – Tragó saliva como si aquello también sirviese para tragar todos sus sentimientos. Para aliviar el miedo que sentía sobre todo lo que había sucedido aquella noche. – No les dejan salir de Hogwarts, leen su correo… No hay manera de saber de verdad si están bien. – Hizo una pausa y miró a Clementine directamente a los ojos. – No sé nada de Alex desde el fin de semana anterior al ataque. No sé si está bien o siquiera si sigue con vida, Clementine. No sé si mi hija está muerta porque su padre sea un sangre sucia o si ha tenido suerte porque su madre es mestiza. Ella no ha elegido a su familia, tampoco yo pero… Es sólo una niña de once años y ni su madre ni yo sabemos si está bien. ¿Crees que Odiseo podría saber si está bien? Él… Él estaba ahí cuando les atacaron. Podría saber algo. – Sabía que la respuesta era una rotunda negativa. Si Odiseo se había marchado precisamente lo habría hecho en mitad de la batalla sin llegar a saber quién caía y quién seguía en pie.

De pronto se dio cuenta que dejando escapar aquellas palabras todo se hacía más real. Aquello que había estado guardando durante las semanas previas había salido de entre sus labios a forma de una preocupación por su hija.  Y es que debía saber cómo estaba. Se lo debía a sí mismo, a su hija y a su ex mujer, quién iba a entrar en pánico de un momento a otro si no sabía nada de su hija.

Steven no tardó en contarle a Clementine que había sido de su vida en aquellos últimos tiempos que corrían. No tardó en contarle cómo había tenido que dejar su hogar y ahora vivía lejos de Hogsmeade, en un pequeño barrio londinense en una casa que no era la suya.

Agnes. – Dijo con una pequeña sonrisa. –Se niega a ponerse las gafas así que no ve nada la pobre mujer. Dice que ve bien pero va dándose golpes con las paredes prácticamente. – Por lo que Steven y Beatrice tenían que controlar que sus medicinas fuesen las adecuadas y no acabase echándole mata ratas al caldo cuando le daba por hacer comida para los tres. Pues les había cogido tal cariño a los dos hermanos que se sentía cómo si verdaderamente fuese su abuelita.

Lo bueno de ser Squib era que eras como un simple muggle para los Mortífagos y el nuevo régimen que habían instaurado, por lo que la vida de Clementine irónicamente parecía mucho mejor que la de cualquier mago contrario a los ideales que ahora reinaban. Nadie iba a pensar que una simple Squib sin magia iba a iniciar una revolución, ni que fuese a ser peligrosa para ese tipo de personas que con un simple movimiento de varita podrían acabar con su vida sin problema alguno.

- Si necesito provisiones de calcetines tejidos a mano contactaré contigo. – Bromeó antes de tomar su mano. – Sé que puedo contar contigo, tranquila. – Dijo amablemente antes de hacer lo que pensaba hacer. Y es que segundos después todo a su alrededor había cambiado, dando paso a un callejón bastante oscuro donde a lo lejos podía verse un parque con unos jóvenes que gritaban y bebían en mitad de la calle. – Un barrio encantador. – Dijo irónicamente antes de soltar a la chica y avanzar por las calles. – Seguro que Agnes tiene algo para que podamos tomar a estas horas. Y Beatrice se alegrará de verte.

No tardaron demasiado en recorrer los pocos metros que separaban el callejón de la entrada de la casa de Agnes. Steven abrió la puerta con ayuda de una de las llaves que la mujer les había dado y sólo tuvieron que subir las escaleras principales para llegar al bajo donde vivía la mujer.

Abrió la puerta principal de la casa con cuidado de no hacer demasiado ruido debido a la hora y pudo ver cómo Agnes dormía en el sofá mientras la tele permanecía a todo volumen en el salón.

A lo mejor hay algo en la nevera. Además, seguro que en un rato se despierta, tiene el sueño ligero. – Afirmó el chico cerrando la puerta tras de sí y dejando las lleves en el aparador de la entrada. – Siéntete como en tu casa. – Hizo una leve pausa. – Yo lo hago.
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Clementine Boot el Dom Abr 23, 2017 6:09 pm

Mientras estuvo en India junto a Mildred y Odiseo no paso un día en que sus familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, en fin…todas esas personas saca sonrisas de su vida aparecieran en su cabeza. Las pintó en sus cuadros, se los encomendó a Vishnú y Shiva forma la trimurti, y los pensó en cada risa, saludo al sol o abrazo que dio. Y fue  porque no aguantaba estar más tiempo lejos de ellas que volvió a pisar las calles de Londres, pese a saber que el escenario que vería sería todo menos de colores.

Pero pese a todo y para su gran alivio frente a sus ojos volvía a tener al sacador de risas profesional de Steven. La felicidad era inmensa, ya que pese a que odiaba que tuviera que andar ocultándose para poder sobrevivir, el hecho de saber que aún estaba vivo le alegraba de sobremanera.

- Pero esa es la gracia de vivir ¿no?, confiar en el otro. A mi modo de ver es que cuando la confianza se quiebra pasa que la gente comienza a matar en las calles.- terminó por decir algo decaída. Es que sí, en más de una ocasión se dio enormes porrazos al confiar en personas que luego terminaban  causándole daño. Porque vamos, ser un squib en el mundo mágico nunca ha sido fácil, pero fue algo que ella jamás le prestó atención o al menos logro sobrellevarlo de muy buena manera. Pero una cosa es ignorar comentarios sarcásticos o despectivos,   uno que otro empujón “sin querer queriendo”  o  hasta un hechizo burlón hacia su persona, pero una cosa muy diferente era tener que ver gente morir frente a tus ojos. Pero aún así, ella seguiría confiando en la humanidad, es que si no lo hacía de seguro terminaría tirándose de un puente cansada de todo lo que estaba ocurriendo.

Volvió a dirigir su mirada a Steven, sintió como su rostro se iba contrayendo a medida que escuchaba sus palabras, imaginándose lo terrible que ha de ser tener una hija de quien no sabes nada y más aún saber que no puedes hacer nada para revertirlo. Sentía que sus ojos se  le comenzaban a aguar por la impotencia de todo aquello. Y por más que buscaba en su cabeza algo, o alguien que pudiera ayudar a su amigo pero nada encontraba. Es que todos sus cercanos eran lo más alejado a lo que le nuevo régimen tuviera de aliado. ¡Que rabia! ¡Que tristeza! Pensó, mientras sentía como el corazón se le contraía un par de centímetros.

- Odiseo, se fue de Hogwarts el día del ataque y no ha regresado más. Y de alumnos sólo vio a una chica llamada Lily Evans y…- tuvó que detener su relato al recordar quién era el otro chico y que había pasado con él, y por unos momentos revivió toda la angustia que Odiseo le trasmitió hace semanas atrás.- y…Dave Blackshine- terminó por decir con su garganta algo apretada.- Sé que nada podrá calmarte hasta que tengas a Alex entre tus brazos y sepas que está bien. Pero te prometo que vamos a encontrar la forma de comunicarnos con ella Steven.- sabía que no era una promesa fácil, pero también sabía que no se quedaría de brazos cruzados mientras un amigo está pasando por tal angustia. Porque nadie se merecía lo que estaba viviendo el metamorfomago, y cuando de sus amigos se trataba ella era capaz de todo por ayudarlos. – Sé que hay personas en el Ministerio que tienen acceso a Hogwarts, podría hablar con alguna amiga que trabaja allí  y ver si ella conoce a alguien que aún este de nuestro lado y pueda hacernos esa averiguación. No perdemos nada con intentarlo.- le dijo ofreciéndole una sonrisa cálida para luego acercarse a él y darle un abrazo acogedor.- Ya verás que ella está bien, confiemos en que es así.- le dijo aún dentro de su abrazo.

Las cosas habían cambiado para todos, para algunos más que otros como era el caso de su amigo, quién tuvo que cambiar hasta de piel para poder ir a comprar algo de comida sin morir en el intento. Al menos, había tenido la fortuna de encontrarse con buenas personas en su camino que le ayudaron a permanecer sano y salvo, algo que se agradecía en estos días. – Agnes…- repitió más  para ella como una forma de registrarlo en su memoria.- Pobre, a mí tampoco me gusta andar con mis lentes, así que la comprendo.- admitió risueña. Sí, ella tenía que ocupar lentes, no siempre pero al menos para cuando leyera algo, viera televisión o series en su computador, o tejiera pero en ninguna de esas oportunidades lo hacía, así que  lo más probable que terminará como la anciana Agnes chocando con las paredes cuando fuera mayor.

- ¡Oh! ¡Qué alegría! Ahora que sé dónde estás podré darte tu regalo de navidad.- exclamó al recordar aquel detalle, a todos sus seres queridos les había pintado o tejido algo. En el caso de Steven, les había tejido unas calcetas de color negro que en una de ellas habían un submarino amarillo, mientras que en la otra decía “Yellow Submarine”, ya que había recordado que a su amigo le gustaba The Beatles y mientras estaba en India a veces soñaba con que algún día todos sus seres queridos se subieran a aquel submarino a conquistar terrenos acuáticos mientras se alejaban de todos los males que los rodeaban. Sueños que encontraban hogar sólo en cabezas como las de Clementine.

Miró a su alrededor, no se veía un barrio sumamente acogedor pero ella ya le tenía algo de cariño por estar acogiendo en sus tierras a su buen amigo Steven.- ¡Beatrice! Que agrado más grande será poder verla.- le dijo sonriente, es que los Bennington eran unos seres sumamente encantadores.

Lo siguió mirando curiosamente todo a su paso, se fijaba en detalles sin importancia pero que a ella le gustaban como los rayones de las paredes, las grietas que daban hogar que las arañas pusieran sus prolijas telarañas o que el cuarto eslabón de la escalera tuviera dibujada un rosa roja en una de sus esquinas, siguió así hasta que Steven le abrió las puertas de su nuevo hogar. Sonrió al ver a Agnes dormir en su sofá, a simple vista se veía una mujer muy tierna, tuvo unas inmensas ganas de despertarla y poder conocer de su vida, sus historias y escuchar horas sus aventuras, como lo hacía con los abuelos del hogar que iba de voluntaria.

Observó el lugar y le hecho un mirada rápida, ya más tarde podría conocerlo mejor pero por el momento no quería ser la causante de intervenir en el sueño de Agnes, así que se limitó a mirar todo desde su posición.- Se ve un lugar muy acogedor.- le susurró con una sonrisa de medio lado. Soltó una pequeña risa.- Bueno, entonces yo también lo haré.- le dijo con ojos risueños.

Y tomándose muy a pecho esa invitación se dirigió a la cocina y comenzó a mirar los estantes de las paredes, el refrigerador, los muebles, dentro de la cocina hasta que cuando logró encontrar todo lo que andaba buscando se detuvo y miró a Steven con una enorme sonrisa.- Hay todo para poder hacer un exquisito queque de zanahoria ¿te animas? .- le preguntó. Es que ella amaba cocinar, y más si era para gente que ella estimaba.- Además, no debíamos un día de cocinar ¿recuerdas?.- ahora parece tal lejano, se tentó a decir pero sólo lo dejo allí. Hoy era un nuevo día, y pensaba pasar y darle un rato agradable a gente como los Bennington y Agnes, personas que eran dulces como el queque que tenía en mente.
Offrol: Perdón por la demora <3
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Steven D. Bennington el Dom Abr 23, 2017 10:28 pm

Desde bien niño había tenido esa debilidad por el resto de la humanidad sin siquiera proponérselo. Era incapaz de ver la maldad en el resto y siempre tendía una mano amigo aunque la persona en concreto a la que esta iba dirigida no lo mereciese en absoluto. Bajo su punto de vista, todo el mundo merecía esa oportunidad que muchos rechazar. Para él, todo el mundo tenía sus partes buenas que debían ser tenidas en cuenta. Aunque aquella mentalidad tan peculiar y poco común en la sociedad actual – y más en los tiempos actuales – le había costado más de un dolor de cabeza en alguna que otra ocasión.

- Depende. – Contestó pareciendo seco antes de abrir la boca nuevamente. – La gracia de vivir puede ser diferente para cada uno. Para unos la gracia de vivir es tener un plato de comida cada día, para otros es disfrutar de cada momento. Hay quien se conforma con vivir, y para ellos esa es la gracia. Y bueno… - Salió de las palabras profundas. No era dado a las conversaciones serias que requerían poner a flor de piel emociones sinceras o sentimientos. Ideas o pensamientos. Él era más de tomarse la vida con humor, cada minuto de ella. – Otros dicen que la gracia de vivir es un payaso lanzando tartas. Cuestión de gustos y opiniones. La gracia de vivir para mí sería que una de esas tartas fuese a parar a mi plato.

Steven no había sabido nada de Alexandra desde antes de aquel suceso. Desde la noche en la que el mundo se había puesto patas arriba y nada había importado más al hombre que saber algo de la pequeña. Pero por mucho que había intentado indagar su resultado había sido nulo. Las cartas que su madre enviaba a Hogwarts no obtenían respuesta y se había encargado de hablar con las madres de algunos de sus compañeros para darse cuenta que, efectivamente, todos se encontraban en la misma situación. Eso había tranquilizado en cierta medida al ex matrimonio que, en momentos como aquellos, se encontraban más unidos que nunca. Steven se preocupaba más por Alex que por cualquier otra cosa en el mundo y la mera idea de que la pequeña no estuviese bien le ponía enfermo. La incertidumbre era abrumadora.

Escuchó las palabras de Clementine ateniendo a cada una de ellas. Odiseo había sido profesor en Hogwarts durante un tiempo y aquella noche se encontraba en el castillo. Tenía información sobre dos alumnos cuyo nombre Steven no había escuchado nunca. No conocía demasiados alumnos y a los que lo hacía eran por las historias que Alexandra traía de la escuela. O, en el mayor de los casos, porque estos habían acudido a la tienda de música donde no mucho tiempo atrás Steven trabajaba e impartía clases a algunos de ellos.

- ¿Podrías hacer eso? – Su voz tembló al iniciar a hablar, pero rápidamente recobró su tono habitual. Carraspeó y dibujó una leve sonrisa, intentando así dejar de lado el tema que tantos dolores de cabeza le estaba costando. Pero no lo hizo. Se sintió incapaz de no preguntar nada más. - ¿Mataron a algún alumno? Alex es solo una niña pero… Podría haber salido de su cuarto. Pero ella es mestiza. No le harían nada, ¿Verdad? – Él mismo sabía la respuesta pero no estaba preparado para oírla. Sabía que aquellas personas no sentían respeto por la vida humana. No importaba la sangre de unos ni de otros, para ellos las personas solo eran obstáculos en su camino hacia la gloria, los cuales debían derribar si querían llegar a lo más alto.

Una sonrisa acompañó a su carcajada ante las palabras de Clementine. Resultaba sorprendente que en los tiempos que corrían la máxima preocupación de su amiga era, precisamente, poder darle los regalos de Navidad a personas como Steven. Y más cuando la Navidad ya hacía un mes que había quedado atrás.

Una vez en el interior de la casa se toparon con una Agnes que dormitaba en uno de los sillones del salón y un completo silencio que giraba en torno al resto de la casa. Steven cerró la puerta con cuidado y siguió a Clementine en dirección a la cocina, siguiendo los pasos de la chica mientras, en un vano intento por fingir disimulo alguno, abría la puerta de la despensa para coger una bolsa de patatas y robar unas cuantas de estas mientras la chica se dedicaba a mirar en el interior del refrigerador.

- ¿Comida? ¿En serio necesitas preguntármelo? Me ofendes. – Dijo pasando tras la chica para sacar los ingredientes y depositarlos sobre la encimera. – Pero jamás he hecho eso. Tendrás que ser mi maestra, Profesora Boot. – Hizo una corta reverencia y se acercó a la puerta para entornarla con sumo cuidado para intentar hacer el menor ruido posible. – Harina, azúcar… ¡Zanahoria! ¿Qué más necesitamos? Ah, un molde. Agnes los tiene en forma de corazón, dice que cuando algo es bonito se come mejor. – Se encogió de hombros. - ¿Te vale o esperabas uno con forma de muñeco de nieve?
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Clementine Boot el Vie Mayo 05, 2017 10:29 pm

En cuánto Steven pronunció la palabra “depende” sonrió, porque claro que dependía de quién se tratase su gracia de vivir. Lo escuchó atenta asintiendo a cada palabra con la que estuviera de acuerdo, y soltando una leve risa al escuchar lo último recordando la afinidad por lo dulce que tenía su querido amigo. En una fracción de segundo pensó si aquel día traía una barra de chocolate en su bolso, pero hizo un fugaz puchero cuando recordó que hace mucho que no iba a Honey, y como  extrañaba sobre-humanamente al matrimonio Flume, que no habían ido a verla precisamente para no hacer que corriera más de los riesgos.

Sacudió su cabeza para alejar esos tristes pensamientos y volver a tomarle atención a Steven.- Yo creo que también me sumo a esa gracia de vivir, aunque si le incorporamos a aquello un té de canela o frutos rojos, sería la felicidad máxima.- dijo sonriente, y con los ojos brillosos al imaginar tan extraordinario panorama.

Aunque aquella imagen dulce se volvió amarga al empatizar con la preocupación de su amigo por su  adorable pero ahora incomunicada hija. No podía ni imaginar la angustia que debe estar pasando por esos momentos el metamorfomago, si de tan sólo recordar esa alegría que tiempo atrás inundaba su cuerpo al hablar de Alex le hacía sentir una terrible opresión en el pecho de sólo pensar  que algo terrible le podría haber pasado.  Pero antes de que se terminaran de ahogar en ese vaso de angustia, Clementine quiso tirar un salvavidas y proponer una solución, para que pudiera estar más tranquilo y la esperanza volviera a surgir en su rostro.

- Podré hacerlo. En cuanto tenga respuestas, te las diré.- le dijo mirándolo a los ojos trasmitiéndo toda la seguridad posible. Y a pesar de no estar cien por ciento segura de poder cumplir su promesa, al menos ella haría hasta lo imposible por conseguirlo, y como bien dicen por ahí…”Querer es poder”, o “La fe mueve montañas”, o “Pensar positivo atrae cosas positivas” y así podría seguir toda la tarde diciendo las frases alentadoras que se repetía cada día para no terminar llorando como una magdalena ante el escenario que le daba a diario Londres mágico. - ¿Cómo puedo comunicarme contigo? Digo, ¿tienes algún medio muggle? Que en estos días creo que son los medios más seguros para poder comunicarse ¿no crees?.- le dijo haciendo una mueca de lado. Es que las lechuzas por más que las encontraba increíblemente adorables y bellas desde el cambio de gobierno les tenía algo de desconfianza, no a ellas sino a los magos que podrían intervenirlas a mitad de camino. Y no quería correr riesgos innecesarios si la vida de su amigo podía ponerse en peligro.

Miró a Steven y tragó amargo.-  Sólo sé lo que me contó Odiseo…- comenzó a decir con voz débil al sentir su garganta apretarse al recordar tan horrible relato.- Uno de ellos mató a un aspirante a mortifago que posteriormente Odi reconocería como un alumno, él se había arrepentido de todo, había intentado ayudarlos y la mortifago que estaba su cargo lo mató por alta traición. Ni siquiera le tembló la mano, Steven.- no pudo continuar ya que la voz se le quebró, bajo la mirada y respiro para no ponerse a llorar ahí mismo, y cuando comprobó que podía seguir hablando sin romperse levantó nuevamente su mirada.- Pero tranquilo, también escuchó que su misión no era ir matando a los alumnos,  sino que simplemente tomarse el poder de Hogwarts, aquello fue una excepción, como te dije vieron al niño como traidor a “la causa”.- contrajo su rostro en una especio de entre rabia y frustración.- Ellos simplemente no conocen la bondad o empatía o me atrevería aún más al decir que no conocen el significado de amar.- quizás se equivocaba, pero es que quién haya amado aunque sea una vez en su vida podía hacer esa clase de horrores sin siquiera dudar en el intento, sin siquiera que por unos breves instantes esa persona amada tome el rostro de la persona que su vida quieren acabar. – Pero debemos pensar en positivo, te prometo que más temprano que tarde te diré cómo está tu hija, aunque tenga que ir yo misma disfrazada de Periodista del Profeta.- bromeó, más que nada para alejar tan escalofriantes pensamientos.

En cuanto estuvieron en el hogar de la dormilona Agnes, y quién durante el último tiempo le había ofrecido inconscientemente refugio a los adorables hermanos Bennington, al primer lugar al cuál se dirigió en cuánto le dijeron que se sintiera como en casa fue la cocina. Revisó con total confianza los muebles y las cosas de su interior, le echo un vistazo al horno y le sonrió a modo de saludo, más que mal sería gracias a el que más tarde tendrían un dulce y sabroso momento.

Todo su rostro se le iluminó al recibir un sí por parte de Steven, es que adoraba cocinar con su vida, pero a decir verdad Clementine adoraba muchas cosas con su vida; como su amigos, su familia, su gatos, sus tés, cocinar, cantar, bailar (aunque no se le daba del todo bien), dibujar, tejer, ver películas, ver las hojas, lluvia, o nieve caer, recostarse y sentir el sol abrazar su piel, el olor a césped mojado, el olor a libro antiguo, y así podría seguir con listas y listas interminables. Pero debía admitir que cocinar definitivamente estaba en su top ten.

- Dichosamente seré su profesora, señorito Bennington.- dijo en tono solemne siguiéndole el juego, haciendo una mini reverencia. Sonrió cariñosamente de sólo imaginar el molde de forma de corazón que tendría Agnes.- Aquel molde estará perfecto y Agnes tiene toda la razón al decir aquello.- dijo cariñosamente, ya que para muchas personas la comida primero le entraba por la vista, aunque ella personalmente era del grupo de personas que le entra por el olor, y más que eso por el sabor.- Pues, sí que nos faltan cosas para hacer nuestro súper queque….- comenzó a decir mirando los ingredientes que había dejado Steven sobre la mesa.- de ingredientes nos faltarían unos tres huevos, polvo de hornear y estoy casi segura que por aquí….- dijo mientras se dirigía hacia uno de los estantes.- ¡Aja, aquí estas! Un poco de esencia de canela ¡delicioso!.- dijo sonriente mostrándole el pequeño frasco para depositarlo junto a los demás ingredientes.- Ahora los elementos, ya tenemos el maravilloso molde, ahora necesitamos un bol para hacer la mezcla, una batidora que nos ayude a mezclar todo de manera más eficaz, una cuchara, una taza, y un rayador para la zanahoria.- mientras iba diciendo toda las cosas se iba moviendo por la cocina abriendo y cerrando estantes recolectando todo lo necesario para la elaboración del queque.

- Y cuando ya tenemos todo, viene lo más entretenido ¡cocinar!.- dijo animada y con una sonrisa enorme que hacía que sus ojos se volvieran chinitos, dedicó una última mirada en búsqueda de algo y en cuanto lo encontró se dirigió a paso seguro. Para su suerte encontró dos delantales colgados en la Cocina de Agnes, le dispuso a Steven uno de flores mientras ella se quedaba con el de osos panda vestidos de Chef, se lavó las manos y ya lista y dispuesta miró a Steven.- ¿Listo?.- le preguntó dedicándole una cálida sonrisa.
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Steven D. Bennington el Dom Mayo 07, 2017 1:07 pm

La noche del veinte de diciembre su mayor preocupación había sido Hogwarts. No había pensado en los problemas en los que él mismo estaba metido por su procedencia. Tampoco en qué sería de su casa y del negocio donde tanto adoraba trabajar. Él sólo había pensado en cómo estaría Alexandra y si la pequeña estaría sana y salva en el interior del castillo. Por un momento se había planteado que Hogwarts era verdaderamente el lugar más seguro del mundo y los Mortífagos no podrían acceder a él. Pero se había equivocado, de aquello no había ninguna duda. Habían logrado derrocar al director, lanzar por tierra todos los planes que aquellos jóvenes tenían, atacado a alumnos y profesores… Habían acabado con todo a su paso y él seguía sin saber nada en absoluto sobre su hija. Su preocupación se centraba únicamente en ella. Había hablado con su ex mujer en más de una ocasión y ella estaba igual que él. La incertidumbre iba acabando poco a poco con ellos y Steven necesitaba saber, de una vez por todas, cómo estaba su hija.

- Por favor. – Casi rogó a Clementine. Suponía que si en aquel momento Odiseo no sabía nada, las cosas no cambiarían en cuestión de semanas. No es que el hombre fuese a intentar recuperar su puesto de trabajo como profesor en el colegio, por lo que no le quedaba más remedio que seguir esperando de la mano de su ya tan conocida incertidumbre. Esperando a que una lechuza llegase a casa de su ex mujer firmada a nombre de Alexandra, diciendo que todo estaba bien y que habían permanecido incomunicados durante semanas. Rogaba que fuese eso lo que pasase. Y, por suerte, sería lo que pasaría no mucho después de aquel encuentro con Clementine. - ¿No ves que soy un ladrón de magia? – Bromeó Steven sacando de su bolsillo el teléfono móvil y tendiéndoselo a Clementine. – Apunta tu número. – Sonrió. – Si prefieres tengo email pero… Creo que es más rápido que me llames. – También estaba el número de casa de Agnes, pero eso sería meter en problemas a la pobre mujer que suficiente estaba haciendo refugiando a dos fugitivos sin saberlo.

Steven escuchó el relato de Clementine. Por desgracia, era el tipo de persona capaz de imaginar todo aquello que le cuentan, por lo que no le costó nada en absoluto dibujar una imagen mental de todo aquello que la chica estaba narrando. Se estremeció solo de pensar en cómo habría sido vivir aquello para Odiseo. La muerte de un niño nunca era plato de buen gusto. La de nadie en general, pero una de un menor siempre era algo más impactante. Más cuando su muerte no tenía justificación alguna y tú estabas ahí para verlo sin poder hacer nada en absoluto.

- ¿Está bien? – Preguntó rápidamente. – Odiseo, me refiero. – Estaba claro que el chico muerto no estaba bien en absoluto. En aquel momento lo que le preocupaba era Odiseo. Era un hombre bueno, de esos que no abundan y suponía que algo tan traumático como aquello dejaba una especial mella en las buenas personas y en su sentido de la culpabilidad.

Una vez en casa de Agnes la conversación se destensó. Volvieron a temas menos serios como era el hecho de realizar un queque. Steven adoraba la cocina en lo referente a pasteles y bollos, pero lo cierto es que jamás había hecho ninguno con zanahoria. Y eso que los había probado una y mil veces y le parecía que tenían un sabor ciertamente exquisito. Algo raro teniendo en cuenta que estaban hechos con zanahoria y Steven pensaba que eso era algo más que debía añadirse a las lentejas o la ensalada.

- Vamos a quemar la casa. – Dijo apenas en un susurro mientras veía cómo Clementine sacaba los ingredientes que faltaban y todas las herramientas precisas para comenzar a hacer el queque. Antes de que pudiesen siquiera cascar los huevos, la puerta de la cocina se abrió. Steven miró en dirección hacia la puerta de manera lenta y dramática a falta de música épica de fondo. Ahí se encontró con Agnes, escoba en mano, que avanzaba por la cocina para dar a Clementine con la escoba en la cabeza. - ¡Agnes! – Gritó el chico asustado al ver la cara de loca dormida que tenía Agnes. Frenó la escoba con ambas manos y sujetó a Agnes que comenzó a gritar.

- ¡Ladrona! ¡Se ha colado en mi casa! ¡Se está comiendo mi comida! ¡Policía! ¡Policía! – Steven se agachó ligeramente para que su rostro quedase a la altura del de Agnes.

- Agnes, soy Steven, ¿Te acuerdas de mí? – Preguntó sujetándole la cabeza entre ambas manos tras depositar la escoba en el suelo.

- ¡Policía! ¡Policía! ¡Policía! ¡Policía! – Repetía la mujer bajando el volumen de su voz en cada una de las repeticiones. - ¡Policía! – Dijo una última vez en un susurro antes de guardar silencio.

- Venga, vamos a sentarnos. – Movió uno de los taburetes de la cocina y ayudó a que una desorientada Agnes tomase asiento. - ¿Ves a esta chica de aquí? Es Clementine, es una amiga mía y ha venido a hacerte una sorpresa. ¿Ves? Es una amiga. – Agnes miraba con ojos perdidos a Clementine. Estaba demasiado dormida de la siesta que acababa de echarse. O más bien, del largo letargo en el que se había vuelto a perder. – Te preparo un vaso de leche caliente y te acompaño a la cama. Te vas a hacer daño de dormirte en el sillón.

- ¡Clementine! – Bramó la mujer con una sonrisa de oreja a oreja. - ¿Cómo estás, cariño? ¿Te va bien trabajando en el supermercado? Hace mucho tiempo que no te veo y tu sustituta no me cae bien. Siempre me pone las monedas encima del ticket. – Sí, Agnes tendía a confundir a la gente. O a inventarse historias.
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Clementine Boot el Jue Mayo 18, 2017 9:01 pm

A todos de alguna u otra manera le había afectado lo ocurrido aquella noche en dónde el mundo mágico tomo un nuevo rumbo.  Uno terrible para algunos, mientras que para otros lejanos al pensar de Clementine desde aquel día la vida les sonreía de par en par. Ella por suerte no tuvo que enfrentar en primer plano el ataque, pero si posteriormente vio todo el horror reflejado en la mirada de su mejor amigo. Y ahora, al mirar los ojos de Steven lograba ver otra parte de aquella noche, su propia historia y la angustia que significaba no saber nada de su hija hace semanas. Y ella, quién daría sin dudarlo todo por sus seres queridos haría todo lo que estuviera a su alcance para poder ayudarlo y obtener información.

Soltó una pequeña risa y negó con la cabeza aún sin poder creer posible como había personas que creyeran en aquel pensar, como si fuera posible robar magia JÁ ella era el claro ejemplo de que eso no era posible, tenía todo lo que se necesitaba para ser una maga y al parecer había llegado tarde a la repartición. Tomó el móvil y anoto su número devolviéndoselo a Steven con una sonrisa.- Llamadas es mejor, o whatsapp también es bueno, hace poco descubrí que se pueden hacer video llamadas y me ha encantado.- dijo sonriente. Ella quién siempre ha sido muy expresiva siempre le quedaban cortos medios como email, cartas o llamadas, ya que muchas veces necesitaba explicar corporalmente las cosas más que decirlas, ella era más de piel que cualquier otra cosa, prefería  más las acciones que las palabras.

La sonrisa se le esfumó cuando relató lo ocurrido a Odiseo la noche del ataque a Hogwarts, sintió como su piel se le erizaba, y su pecho se contraía de la tristeza, y del no poder entender cómo podía haber tanta belleza y al mismo tiempo tanta maldad en el mundo. – Esta mejor, India y su gente lo ayudó mucho. Pero por un momento creí que jamás volvería a ver ese brillo tan característico en su mirada, me dio terror. Pero nuevamente está allí, y me alegra. Pero al igual que todos, aún esta ese miedo constante. Ahora él también es un fugitivo y un traicionero ante los ojos del nuevo Ministerio…- bajó la mirada y suspiró. Esa era una de las cosas que hacía que Clementine perdiera el sueño en las noches, el hecho de ver a uno de sus amigos en problemas y no poder hacer absolutamente nada. Había aprendido a defenderse de manera muggle en India, pero ella era consciente que ante una varita era poco y nada lo que podía hacer ¡Que frustración!

Llegaron a la casa en donde los hermanos Bennignton habían encontrado refugio y enseguida los ánimos cobraron otro color, se podía respirar la calidez tanto de los hermanos como de Agnes, que sin duda era igual de radiante que Steven y Beatrice.  

En cuanto vio la cocina sus instintos culinarios se hicieron presentes, amaba cocinar y más si era para personas tan maravillosas como ellos. Sintiéndose como en su casa sacó los ingredientes y herramientas necesarias para realizar el mejor queque de zanahoria que haya hecho hasta el momento.  Estaban comenzando su realización cuando de pronto la puerta se abrió y antes de un pestañar una escoba se encontraba a centímetros de su cabeza, abrió los ojos como huevos fritos, y observó cómo Steven con excelentes reflejos ya se encontraba delante de ella deteniendo el ataque de la de ahora despierta Agnes.

Clementine decidió dar unos pasos hacia atrás y darles espacio. Durante el último tiempo había ido a cocinar a un hogar de ancianos y no le era extraña la reacción de Agnes ante su presencia, un par de veces se había tenido que topar con el despertar de los abuelitos y la rabieta o desorientación eran muy comunes, más aún si la persona que tenían enfrente era una perfecta desconocida.

Le ofreció una sonrisa cálida en cuánto Steven la presento, sintiendo como las palabras y el suave decir por parte de su amigo lograban calmar a la mujer que de a poco comenzaba a recobrar la calma perdida ante la sorpresa de pillarla en su cocina, a decir verdad quizás hasta ella misma hubiera entrado con una escoba si escuchase una voz que no le es familiar en su propia cocina, más aún en estos tiempos.

- ¡Agnes!.- exclamó de la misma manera Clementine.- Ahora estoy un poco mejor, estuve un poco enferma la semana pasada por eso no he podido ir al supermercado. Pero ya sin falta volveré esta otra semana. Le he dicho mil veces a Susan que no haga aquello, pero se lo volveré a repetir.  Ahora vine a cocinar un exquisito queque de zanahoria ¿te gustan, Agnes?.- le preguntó sonriente siguiéndole el juego a la mujer.

- ¿Gustarme? ¡Me encantan querida! ¿Tienes todo lo que necesitas? Steven ¿le mostraste el molde de corazón? .- miró a su amigo, pero Clementine fue más rápida y le mostró que si lo había hecho levantándolo y moviéndolo sonriente.- ¡Oh! Muy bien, las cosas quedan mucho mejor en el.- dijo soltando una pequeña risita, como si de una niña de seis años se tratase.

- Le enseñare como hacerlo a Steven así podrá hacerlo más adelante, prometo que te encantara.- le guiño el ojo y se acercó a ella sentándose a su lado.- ¿Y tú cómo has estado, guapa?.- le preguntó mirándola. Adoraba a la gente mayor, adoraba escuchar sus innumerables historias, ver sus ocurrencias, y simplemente observar la historia ante sus ojos.

- De maravilla. Steven y la hermosa Beatrice hacen un gran labor en cuidar a esta viejita que a veces se vuelve algo insoportable...- soltó una risita y miró a Steven con ternura.- Laquieren tal como es. ¿Dijiste algo de leche caliente, galletas de chocolate y  una película de MGM, querido?.- le preguntó sonriente mirando a su amigo levantándose de la mesa y caminando a paso lento hacia su habitación, no sin antes pasar por el lado de Clementine y darle un pequeño beso en la frente.- Que bueno verte, cuida de tus gatos.- le dijo dulcemente, abrió los ojos sorprendida al pensar si es que aquello último lo había dicho al azar o Agnes los había engañado a todos y realmente sabía leer mentes, pero dejando de lado aquello Clem le devolvió el cálido gesto con un abrazo y luego miró a Steven.

- Te espero acá, prepare algunas cosas y luego continuamos cocinando. Si necesitas cualquier cosa me llamas.- le dijo a su amigo, para disponerse a rayar la zanahoria para ahorrar tiempo. Hace mucho que no sentía ese calor de hogar, ya que no eran muchos los amigos que la visitaban últimamente más que nada porque aún era muy complejo y peligroso. Y ella una persona que necesita de otros para llenarse de color, lo extrañaba en demasía.

Sacó su móvil y busco una canción, ya que un poco de música a nadie le venía mal, y menos cuando de cocinar se trataba.

- And i say: hey! yeah yeaaah, hey yeah yea. Isaid hey, what´s going on?.- cantaba mientras seguía rayando la zanahoria. Es que cabe destacar que sin importar el lugar en el que se encontraba siempre era un buen tiempo para cantar.  
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Steven D. Bennington el Vie Mayo 19, 2017 2:53 pm

Steven se había criado en el mundo muggle  desde niño por lo que su conocimiento de la tecnología muggle estaba en la mayor parte de los casos por encima del resto de los magos. En el caso de Clementine, quién había tenido una familia maga pero no una magia aflorando en su interior, no sabía muy bien cuál sería su conocimiento de esto. Aunque, sin duda alguna, no era lo mínimo, pues conocía que los teléfonos no solo contaban con la opción de marcar el número contrario y llamar, sino que había vías de mensaje instantáneo rápidas y otras como las llamadas donde podías ver al tiempo que oías a la persona. Lo que era parecido a verse en persona, pero con problemas de conexión cada poco tiempo.

- También puedes mandarme un WhatsApp con tu paradero y antes de que puedas pestañear estaré a tu lado. – Dijo el chico ladeando la cabeza de manera infantil. Y es que él tenía la posibilidad de poder aparecerse donde y cuando le apeteciese sin necesidad de utilizar un transporte como precisaba Clementine. – Pero no me pidas que vaya si estás en el baño. –Hizo una breve pausa y miró a Clementine de manera dramática. – Es que me pone nervioso el sonido de los cepillos de dientes cuando lo usa otra persona, así de raro soy. – Rompió a reír. Había personas cuyo vello se erizaba al escuchar una uña rasgando una pizarra o un cuchillo intentando cortar un plato, pero por su parte eso de oír un cepillo de dientes e incluso ver a alguien cepillándose los dientes le ponía nervioso de sobremanera. Le incomodaba.

Odiseo era un mago sangre limpia que, a pesar de los ideales de sus familiares, había tomado el rumbo de su vida que él mismo había decidido. No había hecho caso a lo que el resto dijese o pensase de él, sino que había hecho lo que consideraba correcto durante toda su vida y siempre acompañando cada una de sus acciones con una cálida sonrisa en los labios. Steven siempre le había admirado por su manera de ver el mundo, de la misma manera que le sucedía con Clementine. Y pensar que podía haber dejado de ser esa persona le aterrorizaba. ¿Qué pasaba cuando el mal a su alrededor acababa con lo bueno de las personas? ¿Incluso de las mejores? ¿Ya no quedaba esperanza para el resto? Saber que el hombre había reaccionado y cambiado aquello le hizo sonreír. Saber que Odiseo seguía siendo aquel niño alocado en el cuerpo de un adulto.

- Mira el lado bueno, ahora somos famosos. Tú no, no te pongas celosa de nuestra fama. – Intentó quitarle peso al asunto. – Dile a Odiseo que intentaré conseguirle uno de los carteles con su cara para que lo cuelgue en la pared de su dormitorio. O para que se lo mande a sus padres autografiado. – Veía a Odiseo capaz de eso y mucho más. Eso era lo que más le gustaba a Odiseo, que siempre podías esperar que hiciese cualquier cosa alocada.

Una vez dejaron la azotea para bajar al piso de Agnes, ambos chicos fueron en dirección a la cocina. Ambos se caracterizaban por comer todo aquello que quedase a su alance, especialmente si se trataba de dulces, por lo que la idea de hacer un pastel, una tarta, un bizcocho o incluso galletas sonaba como un canto celestial para Steven. Su sonrisa se borró cuando Agnes apareció en escena sacudiendo una de sus escobas como si de una bruja de dibujos animados se tratase e hiciese un intento que, por suerte, sólo quedó en intento, de golpear a Clementine con ella.

Ante los típicos comentarios donde Agnes hacía alarde de no saber dónde se había metido, Clementine no dudó en seguirle la corriente como todos hacían. Siempre había sabido tratar con las personas y eso hizo que el castaño dibujase una amplia sonrisa. Agnes parecía más tranquila al saber que Susan intentaría no poner sus monedas sobre el ticket.

- No dije nada de… - Pero Agnes le miró con cara de “dame chocolate o tendrás una muere lenta y dolorosa” por lo que el chico cerró la boca tan rápido como la había abierto para darse la vuelta para coger las galletas y la leche, la cual puso a calentar en el microondas mientras Agnes iba de vuelta a su dormitorio. – Gracias. – Dijo con una sonrisa antes de irse tras ella para llevarle a la cama lo que había pedido.

Una vez dejó a Agnes en la cama con la leche y las galletas, volvió en dirección a la cocina. La mujer había decidido ponerse un capítulo que estaban echando en la televisión de Heidi. No entendía por qué. Pero había acabado viendo Heidi alegando que fue la primera serie de televisión que vio en color cuando era joven. Steven no preguntó, sino que se limitó a subirle el volumen, colocar el mando a su alcance y arroparla a sabiendas que no tardaría en quedarse dormida.

- ¿Tienes complejo de discoteca con patas? – Preguntó cerrando la puerta rápidamente para que la música no alertase a Agnes de la fiesta que había en la cocina y viniese rápidamente a coronarse ella misma como el alma de la fiesta. – Yo creo que lo mejor que podría hacer sería sentarme y ver cómo cocinas. No vaya a ser que prenda fuego a la casa. – Totalmente falso. Lo único que Steven sabía cocinar sin tener que acabar llamando a los bomberos eran los postres. Antes de acabar de decir aquello ya estaba echando el resto de ingredientes en un bol para unirlo con la zanahoria cuando Clementine terminase y batirlo.
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