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We're all just runaways [Priv./Clementine Boot J.]

Steven D. Bennington el Mar Ene 24, 2017 7:48 pm

Recuerdo del primer mensaje :


Hacía ya más de un mes que había ocurrido todo aquello. Más de un mes desde que había tenido que dejar su residencia en el pequeño pueblo de Hogsmeade ante la oleada de ataques a nacidos de muggles y traidores a la sangre. Más de un mes desde que el Ministerio de Magia había dado un giro completo a sus ideales, Hogwarts había sido tomado por partidarios de la pureza de sangre y el pueblo en el que solía vivir había quedado totalmente devastado. Se había visto obligado a desaparecer, a alejarse de su casa y de todos aquellos que había considerado amigos por miedo a la traición.

Había perdido de vista a muchos de sus amigos. Algunas caras las había visto en El Profeta el día después de la batalla. Unos tantos acusados y esperando a juicio, otros enviados directamente a Azkaban. Otros, simplemente, habían desaparecido del mapa sin dejar rastro alguno, como si el viento se los hubiese llevado a cientos de kilómetros del país. Y es que la opción de huir parecía la más favorable de todas, pero no para él. No podía irse del país dejando a Alexandra en Hogwarts.

Gracias a su metamorfomagia había logrado pasar desapercibido aún viendo su cara en diversos carteles, pues al parecer su juicio para ser juzgado por sus crímenes ya había pasado de fecha y él no se había presentado. ¿Cómo iba a presentarse a un juicio que tenía perdido? No quería perder su varita ni su libertad. No quería pasar lo que le quedaba de vida en prisión por el crimen de no poseer una familia mágica. ¡Él no había robado magia a nadie!

Por suerte, había logrado dar con su hermana antes de que el nuevo régimen lo hiciese, y ambos residían en una pequeña casa a las afueras de la ciudad, donde lograban pasar desapercibidos. Por su parte, Beatrice no contaba con la libertad de Steven para moverse, pero este hacía lo que podía para que el día a día de su hermana no fuese tan aburrido encerrada entre aquellas cuatro palabras.

Como un día más, se vio obligado a dejar la zona segura en la que ambos se habían asentado para ir a comprar. Pues entre sus planes no estaba el de sobrevivir a una guerra mágica y acabar muriendo de simple inanición por miedo a ser capturado al salir a la calle.

Tras haber realizado la  compra para lo que restaba de semana había decidido dar un paseo por la ciudad y, sin darse cuento, las horas habían volado. Londres parecía tranquilo a pesar de lo que estaba pasando en el Mundo Mágico y aquello le agradaba. Ver cómo la gente podía seguir con su vida le hacía tener esperanza. Pero la esperanza se deshizo rápidamente cuando escuchó gritos tras de sí.

Pudo ver como el cuerpo sin vida de una mujer impactaba contra el suelo y como un mago se reía de su gran logro. La gente a su alrededor parecía no comprender lo que había sucedido y permanecían inmóviles, sin entrar en pánico. Steven no pensó. Simplemente sacó su varita y lanzó un hechizo de lleno contra aquel mago, el cual salió disparado a varios metros y cayó inconsciente. Pero para su sorpresa aquellas personas que permanecían inmóviles no lo hacían por el estado de shock, sino por estar a favor de aquel hombre.

Sin siquiera darse cuenta, toda su compra estaba derramada por el suelo y sus pies corrían sin rumbo por las calles de Londres. Escuchó un par de gritos a su espalda pero ningún hechizo impactó en él, pues aquellas personas eran simples muggles bajo un encantamiento. Pero entre toda aquella marea de personas, también estaban los que llevaban la voz cantante del maleficio.

Esta vez un hechizo si impactó bien cerca de su cabeza, pero por suerte dio de lleno contra una de las paredes justo antes de que doblase una esquina. Y de verdad creyó haberles dado esquinazo tras varios minutos corriendo, pero no podía estar más confundido.

Uno de los magos aún seguía tras de él, casi pisándole los talones. Steven lanzó un par de hechizo sin mirar a dónde iban disparados y de pronto cayó al suelo. Pero no por ningún hechizo, sino porque había chocado con una mujer que pasaba por la misma calle. Steven se levantó a toda velocidad para seguir corriendo cuando reconoció aquel rostro. Y sin mediar palabra alguna, cogió la mano de la mujer y tiró de ella mientras lanzaba varios hechizos protectores para impedir que ninguno les golpease.

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Clementine Boot el Sáb Jun 03, 2017 11:01 pm

Clementine solía bromear y decir que conocía los mejor de los dos mundos. Al ser su madre una muggle y su padre un mago desde pequeña pudo observar escobas voladoras y otras que sólo servían para limpiar. Luego por su condición debió acomodarse mucho más al mundo muggle, sin jamás apartarse del todo del mundo mágico, todos sus amigos eran magos por lo que la magia la rodeaba a cada segundo.

- ¡Te cobraré la palabra! ¿Puedo enviarte un whatsapp para ver la nueva temporada de Game of thrones? ¿ o sólo es para cosas de vida o muerte?.- le pregunto divertida.- Aunque si me preguntas a mí, el primera capítulo si entra en esa categoría, eh.- agregó soltando una risa de paso. Aquello le hizo pensar que Steven aún no conocía su casa, se anotó mentalmente que antes de marcharse aquel día le diría que un día de estos fuera a su hogar, ya dentro era una lugar seguro lo que le preocupaba era su traslado, pero Steven podía cambiar su apariencia ¿no? Quizás el riesgo no era tan grande…escuchar lo de los cepillos la hizo salir de sus pensamientos y volver a prestarle atención al rubio, se rió.- Ok, lo anotaré en mi agenda mental “Nada de llamar a Steven mientras te lavas los dientes”. Aunque una duda: ¿Es un problema con los cepillos o los dientes? ¿Por qué si estoy usando hilo dental?.- le preguntó curiosa, y no a modo de broma o de burla, era en serio. Ella creía comprender lo que le sucedía a Steven como aquello, a ella le parecía algo parecido pero con el sonido de la gente al sonarse sin tener mucosidad en su nariz, ese sonido seco, de “hola aquí no hay mocos, era una broma” iuuuugh, sentía un escalofrío recorrer toda su columna de sólo imaginárselo.

Le contó a Steven lo que sabía de aquella noche y le puso al tanto de su amigo de Odiseo, el metamorfomago tenía mucho en común con su querido amigo, ambos estaban hechos de buena madera como diría su madre. Eran personas confiables, sinceras, y siempre con una mirada que contenía un filtro de la más increíble bondad. A su lado uno siempre veía el lado bueno de las cosas, como en ese preciso momento que en menos de un tres segundos Steven ya había logrado que aquella sonrisa que se había ido a dar una vuelta a la manzana volviera al rosto de Clementine.

- Si hablamos de celos creo que la ruleta debe ir hacia el lado de Mildred, volver a Londres le ha sido difícil allá era la reina, la gran diva, la madonna de India.- dijo divertida, recordando los gruñona que había estado Mildred durante las primeras semanas de regreso, pero nada que un poco de rica comida por parte de ellos y mimos pudiera solucionar. Soltó una risa sonora.- Yo se lo diré, sin duda le encantará la idea. Sobre todo la última, de seguro manda a hacer una gigantografía para navidad.- bromeó divertida.

Luego se dirigieron al nuevo hogar de su amigo, donde sin pensarlo más de medio segundo ya se encontraban en la cocina ingeniándoselas para hacer un delicioso queque de zanahoria, sólo faltaba reunir los últimos utensilios cuando Agnes hizo su entrada junto a una escoba nada amigosa que si no fuera por Steven hubiera llegado a parar en el cuerpo de Clementine. No costó mucho que ambas se llevaran bien, la squib sabía tratar con las personas y más si estas eran ancianos, o aquella que aún tenían el alma de un niño revoltoso en su interior, como ella.

Steven se dirigió con Agnes hacía su dormitorio mientras ella comenzó a disponer los últimos detalles para la realización del queque y poner una canción que no tardó en tararear como si se encontrará en un escenario frente a ocho mil personas con focos en todas partes, y un gran traje negro de lentejuelas.

Se rió al escuchar las palabras de Steven e imaginarse a ella como una bola disco bailando la canción de fiebre de sábado por la noche como Travolta.- I pray every single day, for a revolution.- le cantó a modo de respuesta con una cuchara de micrófono, para luego echar a reír y terminar la ralladura de la zanahoria.- Nada de eso señorito Bennington, hoy cocinaremos los dos este delicioso queque, le prometí a Agnes que aprenderías a hacerlo para una próxima vez, y no suelo romper mis promesas.- dijo sonriente.

Durante los veinte minutos siguientes Clementine le explicó detalladamente los ingredientes con sus cantidades, la mejor forma- a su modo de ver- que debía unirlos para luego generar una masa deliciosa para los cinco sentidos; olorosa, sabrosa, suave al tacto, de ojos devoradores y risas felices para los oídos.

- Ahora da cinco pasos lejos, que no queremos quemar la casa de Agnes.- bromeó, para abrir el horno y dejar el queque en su interior.- Ahora debemos esperar unos…- movió una que otra perilla, se agachó para observar el horno y su intensidad.- treinta…treinta y cinco minutos.- terminó por decir con una sonrisa para luego cerrarlo y suspirar.

Miró a Steven.- Me alegra que estés bien, me alegra estar contigo haciendo este queque, me alegra haber conocido a Agnes, y por sobre todo me alegra saber que aún en tiempos como estos aún se puede disfrutar de un té y un delicioso queque de zanahoria junto a amigos.- le dijo sincera y con una sonrisa que proyectaba todo el cariño que sentía hacía el metamorfomago.
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Steven D. Bennington el Dom Jun 04, 2017 1:47 pm

No pudo más que reír ante las ocurrencias de su amiga. Estaba claro que aquella chica se alejaba totalmente de lo que otros podrían llegar a pensar de ella. No se dejaba influenciar por las expectativas que se pudiesen tener sobre ella y no lo pensaba dos veces a la hora de salirse completamente de contexto como acababa de hacer en aquella ocasión. La castaña dio prioridad a utilizar el teléfono móvil para avisar a Steven a la hora de ver un programa de televisión en lugar de para asuntos de verdadera necesidad. Tal y como había dicho el despreocupado Steven con ella.

- Literalmente esa temporada va a ser de vida o muerte. Bueno, más bien de vida y muerte, como todas las temporadas. – Admitió el castaño. Aquella serie se caracterizaba por no tener problema a la hora de matar a muchos de los personajes que aparecían en ella. En lugar de titularse “Canción de hielo y fuego”, el escritor debería haber optado por “Canción de vida y muerte”. Aunque le sobraría la primera de las parte del título. – Creo que es sólo con los cepillos. – Hizo una pausa para pensar en dientes. – Aunque los dentistas tampoco me gustan, pero, ¿A quién en su sano juicio le gustarían? – Por suerte nunca había sido propenso a tener caries y los empastes que le habían hecho habían sido por seguridad en un futuro pero eso no quería decir que sus experiencias en aquella sala de tortura fuesen agradables. A nadie en su sano juicio podía agradarle que le metiesen en la boca cacharros que hacían ruido y causaban dolor. No, y Steven podía no estar en su sano juicio para algunas cosas, pero no para lo referente a los dentistas. – Creo que el hilo dental no me molestaría. – Hizo nuevamente una pausa para imaginar el hilo dental. No sintió nada. Todo lo contrario que cuando pensaba en alguien lavándose los dientes, donde se le erizaba el vello.

¡La India! Tenía sentido que el lugar elegido por Odiseo y Clementine hubiese sido aquel y no cualquier otro. No porque estuviese lejos y garantizase que el gobierno no les encontrase con facilidad, sino que garantizaba la buena vida de Mildred, la famosa vaca de Odiseo de la que Steven había oído hablar tantas veces. Y a la que había visto en una boda meses atrás, tan radiante como el resto de los invitados y eso teniendo en cuenta que era una vaca.

- Debió de ser toda una experiencia para ella. Seguro que vivisteis ese tiempo como dioses solo por estar cerca de Mildred. – Rió. – Lo cierto es que no entiendo por qué tratan a las vacas como si fuesen dioses. Bueno, tampoco entiendo muchas cosas de las religiones. – Admitió. Su madre era una mujer creyente pero él jamás había heredado ese rasgo. La religión nunca había llamado su atención y desde bien niño lo había visto como un cuento fantástico como si  de superhéroes se tratasen. Cuando llegó su carta de Hogwarts, las cosas no cambiaron mucho pero se encargó de afianzar su falta de creencias para desgracia de su madre.

La pobre Agnes casi acaba con Clementine a golpe de escobazo y, cuando Steven logró tranquilizarla, la acompañó de nuevo a su dormitorio para que esta se quedase profundamente dormida mientras veía la televisión. Posiblemente acabase cambiando el programa a la teletienda, razón por la cual Steven había desconectado el teléfono de la casa y Agnes seguía sin darse cuenta de aquello, haciendo pedidos a un teléfono que no daba línea y del que no recibía respuesta. Pero no era un detalle importante para ella, quién sólo buscaba hablar sobre los pedidos que había estado viendo en la teletienda.

- Entonces más te vale que apuntes la receta en una de las notas de la compra. Mi memoria para los ingredientes y las cantidades ya no es lo que era. – O más bien debía admitir que nunca había sido especialmente buena. Pero eso era un detalle sin importancia. Mejor tener la receta escrita por encima para luego poder repetir el procedimiento si a Agnes le agradaba el sabor del queque. Seguramente lo haría, pero como Agnes podía ponerse verdaderamente gruñona por una cabezonería, no podía estar seguro de ello al cien por cien. Era como el día en el que decidió que ya no le gustaba la gelatina de fresa que durante años había comprado en el supermercado. ¡Que ella jamás comería una cosa viscosa y roja! Gritaba la mujer a todo pulmón ante las miradas anonadadas de los hermanos Bennington.

Steven fue tomando nota mental de lo que Clementine le iba explicando y ayudando cuando era posible y esta le pedía cualquier ingrediente o que echase él las cantidades. Puso el horno a calentar y esperó lo suficiente hasta poder meter el queque.

- Ahora tengo que estar treintaicinco minutos con hambre.- Corrigió a la chica colocándose en cuclillas frente al horno como si de un televisor se tratase y viendo que no pasaba nada en absoluto en su interior, salvo que el calor que emanaba del interior del horno le estaba dando de lleno en la cara.

La sonrisa de Steven se dibujó ante los ojos de Clementine. Una sonrisa que fue creciendo según las palabras de Clementine iban escapando de los labios de esta. ¡Incluso se le sonrojaron las mejillas! Como cabía esperar, soltó una corta risa antes de pasar los brazos alrededor de Clementine para darle un largo y cálido abrazo.

- No seas tonta, sabes que cuando hay comida de por medio no importa la justicia que quiera darme caza. – Bromeó antes de darle un sonoro beso en la mejilla. – Ahora que sabes dónde encontrarme y Agnes no quiere golpearte con una escoba puedes venir cuando quieras. Agnes siempre agradece la compañía. Y yo también lo hago, al final acabaré volviéndome loco de estar aquí encerrado. – Aunque Beatrice estuviese allí con él y contasen con la compañía de Agnes, Steven no salía demasiado de casa. Cuando lo hacía era para comprar ya que Agnes no estaba para esos trotes y él tenía la posibilidad de cambiar su rostro. También salía, en contadas ocasiones, para poder respirar aire fresco. Pero aquello no era tan arriesgado como juntarse con sus conocidos, los cuales podrían ser una forma de dar con él. – Venga, mientras te enseñaré la casa. – Añadió antes de abrir la puerta de la cocina y animar a Clementine para que saliese primero.

Tras hacer un pequeño tour por la casa, donde incluso entraron a la habitación de Agnes al escuchar sus ronquidos para apagar la televisión, volvieron a la cocina a esperar a que el queque terminase de hacerse.

- ¿Seguro que hay que esperar tanto?  Yo lo veo ya muy hecho. – Dijo más bien su hambre mientras miraba en el interior del horno una vez más.
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Clementine Boot el Dom Jul 23, 2017 1:34 am

Sonrió y asintió ante su comentario de la serie. De hecho ella después de la primera temporada prometió jamás volver a encariñarse con un personaje. Es que, eso sólo significaba saber que en algún momento, tarde o temprano, iba a sufrir. Claramente no había cumplido su promesa, ya que secretamente amaba de sobremanera a Arya, pero es que ¿quién no?.  Soltó una pequeña risa.- Pues a mi no me desagradan del todo.-  confesó levantando su mano izquierda, sonriendo traviesamente.- Es que a  ti también te gustarían si conocieras a Hilda. La mujer más maravillosa del mundo y sus constelaciones.  Es una amiga de la familia, la conozco desde que tengo uso de razón. Mis dientes realmente la aman, literalmente le sonríen cuando la ven.- bromeó, aunque estaba casi segura que si sus dientes tuvieran rostro lo harían.- Te podría dar su contacto. Es una mujer encantadora.- terminó por decir con una enorme sonrisa. - Entendido, no cepillos sí hilo mental.- repitió divertida mientras hacia un gesto como si se lo estuviera anotando mentalmente.  

- Lo fue. Y bueno nosotros...Nosotros eramos unos rock stars.- bromeó divertida.- La verdad más que Mildred fue que tuvimos la suerte de encontrar personas maravillosas en nuestro camino. Steven ni te imaginas lo mágicos que eran, y sin necesidad de varitas. Vivían de su tierra, de sus creencias, de la naturaleza, de la vida en convivencia. Fue un viaje increíble.- suspiró, y esbozo una sonrisa melancólica. Debía admitir que los extrañaba y le gustaría poder tener la increíble capacidad de sus amigos de poder cerrar los ojos y estar en otro lugar. Pero no la tenía, aunque tampoco se quejaba estaba junto a Steven. Otro de sus grandes amigos que extrañaba de sobremanera y el día de hoy se había enterado que estaba bien alegrándola de sobremanera.- Yo creo que esa necesidad del humano de querer ser parte de algo, de tener un propósito, una razón, algo de lo que sostenerse.- reflexionó, arrugó la nariz pensativa.- Aunque lo de las vacas, no es tan como parece. Es simplemente que ellos las ven como un ser vivo. No como la mayoría de la gente, del mundo inmerso en esa mentalidad retorcida, ellos  son conscientes que sienten, que sufren, y que sí, tiene el increíble don de dar leche, nutrientes, pero también merecen vivir y no ser creadas sólo para su explotación. Ellos valoran la vida.- terminó por decir suspirando.  

Cuando de pronto hace su aparición estelar la increíble y adorable anciana Agnes, que por más que en un comienzo quiso fundir la escoba con la cabeza de la castaña, sólo basto un minutos para que la mujer se retirara de la cocina no sin antes ofrecerle una sonrisa y palabras amigas a la chica. Mientras Steven ayudaba a Agnes a acomodarse en su habitación. Clementine se quedó en la cocina preparando todo para el queque, mientras la música sonaba de fondo.

Desvió su mirada de lo que estaba haciendo para mirar al mago divertida.- Esta bien, antes de irme te lo anotaré en alguna parte.- se comprometió. Además no era algo nuevo para la castaña, ya que ser una de las amigas de Odiseo Masbecth desde pequeña le habían generado una gran paciencia por las personas olvidadizas. Y gracias a su increíble  amigo era toda una maestra en lo que de notas mentales se tratara.

Comenzaron la preparación, Clementine realmente estaba disfrutando todo aquello. Ya que una de las cosas que amaba más que cocinar era enseñar a hacerlo.  Es que a la squib le encantaba compartir sus saberes, que quizás no son muy solicitados en los tiempos en que se encontraban, pero siempre que tenía la oportunidad o alguien lo necesitase ella siempre tendría tiempo para enseñar a hacer un queque, a tejer, plantar, o pintar.  Rió cuando escuchó sus palabras.- Tranquilo, verás como se pasa volando el tiempo.- trató de animarlo. Aunque entendía su sentir no podía hacer nada para apurarlo.

Miró a su amigo y simplemente dejo salir todo lo que sentía.  Quizás él era consciente de todo aquello, pero jamás esta demás reforzar algunas cosas con palabras. Recibió gustosa el cálido abrazo que le ofreció el metamorfomago, devolviéndoselo cariñosamente. Hundió su cabeza en el hombro izquierda del chico con una amplia sonrisa. Vainilla, Steven olía a vainilla. Rió ante sus siguiente palabras.-  Que bueno saberlo.- dijo sonriente. - Pues claro que te vendré a visitar. Podría enseñarte a cocinar más cosas, y traerte tus regalos de navidad ¡Oh! y podemos ver GoT.- exclamó divertida. Abrió los ojos animada y asintió para comenzar a seguir al mago por toda la casa. Era un hogar realmente acogedor. Quizás sólo era imaginación suya pero sentía que la casa realmente tenía mucho de la energía de los hermanos Bennington.

Soltó una risa al escuchar las palabras del mago al volver a la cocina, negó con la cabeza divertida para acercarse al horno y agacharse para mirar cómo es que se encontraba el queque en su interior.- Le falta un poco, si lo sacamos ahora la superficie no estará crujiente. Valdrá la espera, créeme.- miró al castaño y le sonrió.  

Y de pronto, de la nada la castaña se levanta de sopetón y se dirige hacia su bolso que se encontraba en una de las sillas de la cocina, sacando de su interior una libreta y un lápiz.- SYa sé que podemos hacer mientras esperamos. El otro día lo jugué con Odiseo y comprobamos que se pasa igual de bien aunque sea de a dos. - Sacó una hoja de la libreta y la cortó por la mitad a pulso. Le tendió un trozo de papel a Steven y uno se lo quedo ella.- ¿Has jugado a descubre tu personaje?. Tú pones alguien que sea conocido como un presidente, un dibujo animado, algún personaje de serie, cantante, actor, etc... y luego me lo pasas, y yo me lo pongo en mi frente. Y yo hago lo mismo para ti y la cosa es adivinar...- terminó por decir animada. La castaña era una increíble fan de juegos de mesas o esos en que uno comparte una noche de viernes o fin de  semana junto a la familia o amigos. .- Y ya verás como antes de que adivines quien eres el queque estará listo.- agregó.
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Steven D. Bennington el Mar Jul 25, 2017 9:32 pm

Steven pensaba más con el estómago que con la cabeza. Era ese tipo de persona que pasa veintidós horas al día pensando en comida y las otras dos perdido entre las páginas de algún libro, si es que acaso el libro no trataba sobre comida, claro. De ser así, estaría las veinticuatro horas del día pensando en comida. Por lo que él sí de era de las personas que al ver cualquier tipo de carne no lo pensaba ni dos veces a la hora de ofrecerse a probarlo sin importar de qué animal viniese. Era cierto que, cuando estaba en compañía de cualquier animal, no lo veía como su futuro menú. Al conocer a Mildred no había imaginado a la vaca hecha taquitos y acompañada de una guarnición de patatas. Tampoco le pasaba con otros animales que podía toparse en su día a día y es que la imagen de la comida y el animal rara vez coincidía en la mente de Steven.

- ¿Ahora te has hecho vegetariana? ¿O vegana? – Se apresuró a preguntar. ¡Que estaban a punto de preparar un queque! Y eso llevaba leche y huevos por lo que si Clementine era vegana… Espera, eso sería al bueno. Tendría más queque para él. Mejor que hubiese sufrido un cambio radical en su vida y ahora sólo se alimentase de plantas. Aunque, ¿Aquello no servía para dejar sin alimento a los pobres animales? Estos veganos, no pensaban en los animales. Deberían alimentarse de piedras para así dejar la menor huella ecológica posible en el planeta. – Dime que sí, tengo hambre y el queque huele que alimenta. – Ojala alimentase, porque de lo bien que olía le estaba dando más hambre del que ya tenía al empezar todo aquello. Y eso era mucho viniendo de alguien que tenía hambre a todas horas. - ¿Es bonito todo aquello? Nunca he ido a la India pero suena a que todo es muy diferente a cómo es aquí. Aunque… Bueno, eso ahora es algo positivo teniendo en cuenta que estamos todos en busca y captura por no haber hecho nada. – Se encogió de hombros. Era triste, pero era la realidad. – Tú pronto aparecerás por El Profeta por alimentar a fugitivos famélicos. – Añadió con una grata sonrisa. La cara de Odiseo la había visto en más de una ocasión por los carteles que bañaban las calles londinense, pero no la de Clementine. También era cierto que ella no era bruja ni había robado magia. No sabía cómo aún no habían empezado a alegar que los Squibs eran el resultado del robo de magia de los sangre sucia como él.

Los días en casa de Agnes habían pasado a convertirse en interminables. Adoraba la compañía que la anciana les brindaba y la oportunidad de estar en su casa protegidos, algo que no podrían hacer en otro lugar. Pero era cierto que un día tras otro encerrado entre las mismas cuatro paredes iban a hacer que se acabase por volver loco.

- Eh, que yo sé cocinar perfectamente. – Mintió. Lo único que sabía hacer Steven eran postres y algún que otro plato para ser capaz de sobrevivir sin terminar por morir de inanición. – Lo de los regalos y Juego de Tronos lo veo bien. Te cocinaré unas perfectas palomitas de la receta de mi madre. Ha pasado de generación en generación en la familia Brown hasta llegar a Beatrice y a mí. Te quedarás eclipsada con las palomitas con mantequilla al microondas que preparo. – Era muy complicado meter una bolsa de palomitas en el microondas y ponerlo dos minutos y medio. Era una misión terriblemente complicada, pero él era un hombre de recursos que sabía desentenderse bien ante las adversidades.

Siempre había sido alguien con mucha paciencia pero en lo relativo a la cocina… Su paciencia brillaba por su ausencia. A él le gustaba poder comerse lo que veía y más cuando tenía hambre. Era el tipo de persona que metía la mano en la comida caliente y acababa por quemarse y, aún así, no aprendía para la próxima vez.

- Creo que hay papel y boli por aquí. – Había visto que Agnes tenía una pila de cuartillas en un estante para apuntar la compra y hacer garabatos cuando alguien llamaba al teléfono. También lo usaba para hacer barquitos de papel, y es que Steven había descubierto que era verdaderamente hábil con las manualidades.

Le tendió un lápiz a Clementine y tomó otro para sí mismo. Se trataba de dos lápices pequeños de madera con las letras de la tienda “Ikea” talladas en él. Lo que demostraba que Agnes era una de esas muchas personas que una vez iba a aquella tienda se llevaba un buen puñado de lápices. Escribió en su papel el nombre de su amiga para que se tuviese que adivinar a sí misma y se lo tendió a Clementine dado la vuelta para que no pudiese ver lo que había puesto y esperó a que llegase su papel.

- Entonces, ¿Hago preguntas de sí o no? ¿O cómo va esto? –Había cientos de variantes de cada juego y no sabía cómo jugaba Clementine, lo que sí sabía era que aquello sería divertido.

Estuvieron jugando durante el tiempo suficiente para que el queque estuviese hecho. Steven había dado tantas vueltas a la etiqueta que tenía en la frente que ya no sabía si era hombre, mujer o una planta del decorado de una película de Serie B, por lo que se rindió para mirar su etiqueta con la curiosidad de un niño.

- No lo hubiese adivinado ni en veinte años. – Negó con la cabeza. No hubiese adivinado ningún nombre. - ¿Podemos ya? – Señaló el queque. Sí, tenía hambre.

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Clementine Boot el Mar Ago 15, 2017 2:30 am

Desde que pequeña sus lugares favoritos en su hogar eran la cocina y el patio. Siempre le gustó cocinar, y el mundo de las plantas. Al igual que pintar y tejer, que para su suerte ambas se podían realizar en aquellos lugares. Sí, se pude pintar en la cocina, aunque no lo crean. Si se quiere todo es posible, o al menos eso dicen. Por eso, oportunidad que tiene alegremente realiza cualquiera de esas cosas. Es por eso que se encontraba toda feliz cocinando y enseñándole a su queridísimo amigo Steven a hacer un exquisito queque de zanahoria, la especialidad de su madre y que ahora ella comparte.

- He vuelto vegetariana.- le respondió a Steven.- Me encantaría ser vegana, pero no lo logro aún. La culpa la tienen estas delicias…- dijo desviando su mirada por una fracción de segundos hacia el queque en el horno.- No puedo decirle que no a los pasteles, queques, o huevo revuelto.- se confesó cerrando los ojos al más estilo SHAME ON ME.- Pero, ya erradique el queso y la leche. Dicen que la mafia más cruel y horrible es la de los mataderos de vacas.- terminó por decir cerrando los ojos y sentir un escalofrío recorrer su columna al recordar aquel vídeo que había visto dónde te explicaban en cinco minutos los terrible de aquello. Había sido de alto impacto. – Así que lo siento, tendrás que compartir ese queque señorito Bennington.- dijo divertida al ver como el castaño se había vuelto un niño pequeño esperando su comida.- Es hermoso. Tienen otra forma de ver las cosas. El ritmo de vida es distinto. Claro está que siempre hay de todo y en algunas partes también hay mucha pobreza. Pero la diferencia es que para ellos las cosas materiales no le son tan importantes, disfrutan mucho de la vida al aire libre, la naturaleza. Un día fuimos con Odi a una feria que había en un Lago, te subías a una canoa, empezabas a navegar y comprabas las cosas de otras canoas, habían frutas que jamás había visto, y flores… ¡Ay, maravillosas!.- terminó por decir en un gran suspiro.  Ella feliz se hubiera quedado sino fuera porque extrañaba de sobremanera a todos sus seres queridos que se encontraban en Londres.

Rió tras escuchar las siguientes palabras del castaño.- Pues espero que me saquen una fotografía increíble y mínimo salir en primera plana.- bromeó poniendo una pose graciosa. – De hecho hacer un restaurante clandestino para fugitivos no es tan mala idea después de todo, eh…- agregó haciendo una mueca pensativa para luego encogerse de hombros y guardarlo en su archivo mental de cosas por re pensar y hacer.

Le dedicó una mirada entrecerrada para comprobar si sus palabras eran ciertas. Sabía que su amigo era amante de la comida pero eso de que sabía realizarla “perfectamente” como él le decía, le causaba dudas. Pero sea como sea, sepa o no ella feliz de alimentarlo cada vez que pudiera, y más aún ahora que ya sabía de su paradero y tenía su contacto. Rió y negó con la cabeza divertida.- Pues, esperaré ansiosa esas extraordinarias y mágicas palomitas de maíz.- bromeó soltando una risita. Estuvo a punto de ofrecerle traer su olla que hacía palomitas, pero prefirió guardarse el comentario para no quitarle el segundo de fama al castaño.

Al parecer eso de esperar junto a Steven se volvía una misión titánica si es que se trataba de comida, pero como la castaña estaba acostumbrada a ello se le había ocurrido la brillante idea de pasar el tiempo con un juego, ya que como dicen por ahí “el tiempo vuela si uno esta entretenido”. Recordó uno de los juegos que realizó junto a Odi hace un par de noches atrás y que la risa había sido asegurada. Aún se reí sola al recordar al mago intentar descubrir que era Snoopy.

Aceptó animadamente el lápiz que le tendió Steven y se puso a pensar en algún personaje, en cuanto lo tuvo en su cabeza con una sonrisa de lado a lado lo escribió en el papel para luego tendérselo dado vuelta al castaño.  Observó que el suyo ya estaba allí esperando por ella y soltando una risa animosa con los ojos cerrados se lo pego con su propia saliva en la frente.

Pasó un buen rato, o el necesario para que el timbre del horno sonara avisando que el gran queque de zanahoria estaba listo. Observó cómo Steven y sin poder hacer nada para evitarlo se quitaba el papel de la frente.- ¡Pero aún podíamos seguir jugando! .- reclamó haciendo un puchero pero luego soltó una risa y se encogió de hombros.- Rubia, cantante, ya más madura…¡Era obvio que era Madonna, Steven!.- exclamó divertida tras escucharlo. Desvió su mirada al horno y sonrió de lado. Se levantó y se dirigió a el, se agacho para poder mirar mejor y descubrió que estaba al punto justo. Apagó todo y tomando un par de guantes  lo sacó. Sonrió gustosa al sentir el olor que emanaba el queque hasta llegar a su nariz.- Ñaaam, huele muy rico…- le dijo sonriente a Steven mientras se lo acercaba a su rostro para que inspirara igual que ella. Lo dejó en la mesa y se giró para ir a tomar un cuchillo y partirlo en trozos.- No lo toques aún, te quemarás.- le advirtió al castaño que pareciera que en cualquier momento saltaría a devorarse el queque. Volvió con el cuchillo y partió un gran trozo para Steven, lo puso dentro de una servilleta y se lo tendió.

- ¿Sabes con qué sabrá delicioso? Con una exquisita taza de té.- dijo con aires soñadores mientras comenzaba con su mirada a buscar la tetera, hervidor y cosas para el té. Miró a Steven.- ¿Y? ¿Cómo está?.- le preguntó expectante para saber su opinión.
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Steven D. Bennington el Sáb Sep 09, 2017 12:55 pm

No estaba hecho para seguir una dieta a raja tabla. Le resultaría imposible elimiar un solo alimento se su menú por lo que la opción de ser vegetariano estaba más que descartada. Claro que le daban pena los pobres animales que vivían en horribles condiciones para acabar muriendo sin conocer la piedad por parte del que les había, supuestamente, cuidado a lo largo de toda su vida. Incluso películas dedicadas a poner en tela de juicio el consumo de carne animal por parte del ser humano habían llegado a revolverle el estómago y la conciencia de tal forma que había llegado a sopesar, al menos por una milésima de segundo, la idea de descartar la carne de su menú diario. Pero era incapaz. De igual manera que de necesitar bajar unos kilos le habría resultado imposible siquiera plantearse eliminar o añadir alimentos a su dieta. ¡Él adoraba comer! Y adoraba comer todo tipo de alimentos. Suerte que no había desarrollado ningún tipo de alergia con los años o no había nacido con ninguna. Suerte que no presentaba una intolerancia al huevo o a la lactosa. Suerte que lo que no comía era, precisamente, por falta de ganas.

- Siempre he imaginado a los vegetarianos acudiendo a reuniones todas las semanas como si fueran alcohólicos anónimos. Mi nombre es Clementine y llevo dos meses sin intentar devorar a la vaca de mi mejor amigo. - Bromeó, y es que dejar la carne de golpe y convivir con la que había sido tu fuente alimenticia durante años no era moco de pavo. Moco de pavo. Jamás entendería esa expresión. ¿Acaso alguien en su sano juicio querría ser el moco de un pavo? Ya habría que haber perdido la cabeza una y mil veces para algo así. - Siempre puedo echarle una alita de pollo ninja al queque y que no puedas tomarlo. No me tientes a demostrar mis dotes de villano para no compartir la comida y demostrar que merezco pudrirme en una celda de Azkaban como quiere el nuevo gobierno. - Nunca se había tomado el peligro muy en serio y la llegada de un nuevo gobierno que amenazaba con acabar con su vida de la misma forma que lo había hecho previamente con su libertad no iba a ser el inicio. - Siempre me he preguntado algo... ¿Odiseo come carne? ¿O come todo tipo de carne salvo carne de vaca?

A lo largo de su vida no había tenido la oportunidad de viajar demasiado por lo que siempre envidiaba las historias de los demás alrededor del mundo. Cuando era joven había soñado con no contar con rumbo fijo durante años. Aquello había quedado atrás cuando se vio obligado a atarse a un solo lugar con el nacimiento de su hija. En ningún momento había culpado a Alex por cambiar el rumbo de su vida y mucho menos a sula ahora ex mujer, pero siempre había mirado al pasado con nostalgia, pensando en los mil y un camino posible que su vida habría podido haber tomado. Era un apasionado de los "y si..." donde había tantas posibilidades que llegaba a perderse entre sus propios pensamientos en más de una ocasión.

- La pesadilla de cualquier hombre al que su pareja lleva de compras. Aunque... También puede ser un sueño hecho realidad porque si te desesperas viendo cómo compran saltas de la barca y rezas porque te devore algún cocodrilo. - Esperaba que Laith jamás descubriese ese tipo de compras o acabaría por volverse loco. Aquel hombre de compras era peor que cualquier mujer a la que Steven hubiese acompañado a comprar. Y eso era mucho teniendo en cuenta que había acompañado a Agnes a comprar en más de una ocasión y la pobre mujer tenía tales cataratas que había que revisar todo lo que pretendía llevarse para no acabar con la casa llena de alpiste para pájaros cuando no tenía uno.

Steven no dudaba que los fugitivos hubiesen encontrado un modo de vivir al margen de la ley. Si él había conseguido sobrevivir durante aquellos meses cualquiera sería capaz de hacer lo mismo e incluso mejor. Él no era precavido, le costaba hacer grandes planes y confiaba en exceso de la gente. No sabía si algún día tendría que hacer un plan que le hiciese mejorar en todos aquellos aspectos, tan sólo esperaba que si llegaba ese día tuviese a alguien cerca que le ayudase a no meter la pata.

- ¿Y qué nombre le pondrías a ese restaurante? ¿El mesón del renegado? ¿El botín del Ministerio? ¿La taberna del delincuente? - En su cabeza la imagen de aquella taberna de Star Wars dónde todo tipo de criaturas (muchas de ellas delincuentes) se congregaban había aparecido. Incluso con su tan característica banda sonora. - Y el menú del día se serviría con comida fría, como la venganza.  Es un plato que se sirve frío. - Intentó poner lo que pretendía ser una mueca malvada, lo que inevitablemente le llevó a romper a reír. Steven no podía ser malo, era algo que iba en contra de su naturaleza. Si era tan bueno que no podía ni jugar al póker porque no sabía mentir.

Una cantante rubia y madura. Cantante. Rubia. Madura. La madurez era cosa de frutas. Por mucho que le diese vueltas Steven solo pensaba en que Marilyn Monroe seguiría viva en algún universo paralelo y había llegado a ser una mujer madura. Pero no. Era Madonna. ¿Cómo iba a pensar él en Madonna? Vale, se supone que debía haber pensado en ella teniendo en cuenta que, supuestamente, tenía cierta cultura musical. Pero no era el tipo de música que Steven escuchase, ni siquiera cuando era el día de hacer la colada y se sentía como en un musical para hacer aquello más llevadero de lo que era. Existía la varita, sí, pero Steven siempre había disfrutado mucho de su parte no mágica. Salvo para planchar. Treinta y un años de vida y no había tocado una maldita plancha.

Antes de que Clementine le advirtiese que no debía tocar el queque, la mano de Steven ya se había aproximado a robar un pedacito partido de una de las esquinas. Para devolverle la armonía al queque. O porque eso de esperar y tener paciencia no se acercaba a su forma de ser.

Inevitablemente se quemó.

Frunció el ceño pero no dijo nada. Disimuló la quemadura y miró hacia otro lado como si no le ardiesen los dedos. Se levantó con la falsa excusa de coger un tenedor y sumergió la mano bajo el grifo de agua fría antes de volver a la mesa.

- Eso no es problema. - Agnes se encontraba acostada por lo que no había peligro alguno. Elevó la varita para calentar agua y dejó un sobre de té verde en su interior, pues era el único que Agnes tenía en casa. Él, por su parte, cogió café situado en la cafetera sobre la vitrocerámica y echó un poco de leche de la nevera. - Veamos si no me has intentado envenenar. Te diré que mi estómago ya es capaz de soportar cualquier cosa. - Lo peor de todo es que aquello era cierto.

El queque todavía estaba caliente cuando tomó elvprimer pedazo. Abrió la boca para que el aire pasase y respiró profundamente afirmado con la cabeza. El queque estaba realmente bueno.
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