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¡Hogsmeade, nos espera! {SAM J. LEHMANN} {Flashback}

Henry Kerr el Sáb Ene 28, 2017 12:06 am

"18 de diciembre del 2003.
Tercer curso de Henry y Sam, 14 años."

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Ahora mismo solo había una palabra que rondara por su cabeza, y que realmente definía perfectamente el momento que estaba viviendo. Libertad.

No es que no le gustara estudiar. Asistir a clases y aprender tantas cosas nuevas. Muy al contrario. Le encantaba meter el hocico en todo lo que pudiera, y su curiosidad siempre estaba unida a unas ávidas ganas de conocimiento. Suponía que el sombrero no se había equivocado al mandarlo a Ravenclaw, después de todo.

Aquel día, se había sentido sumamente extrañado de ir a una casa que no fuera Slytherin. Casa a la que históricamente solían ir los miembros de su familia, como su padre y su hermano.

Pero al poco tiempo se dio cuenta, que la casa del águila le venía como anillo al dedo. Y eso era algo que se había confirmado tras dos años en el colegio.

Decir si tenía el ingenio y el intelecto para formar parte de Ravenclaw, era algo que dejaría que otros calibrasen, pues el excesivo ego no era una de sus facultades. Pero que tenía unas impresionantes ganas de aprender y curiosear con todo aquello que tuviera que ver con la magia, era innegable. Así como su deseo por tener una gran sabiduría en dicha magia.

Sí, era feliz siendo uno de los miembros de Ravenclaw, y representando a la casa fundada por Rowena. Sin embargo, hoy era un día con la oportunidad de hacer algo distinto a estudiar y aprender. Y no iba a desaprovecharla de ninguna de las maneras, pese a que le encantara la vida en Hogwarts.

Era una excelente ocasión para despejar su mente, y relajarse un poco. Sin contar que no solo le gustaba aprender cosas relacionadas con la magia, sino de absolutamente todo. ¿Y podría haber algo mejor que hacer que ir a Hogsmeade? ¿De conocer más a fondo el pintoresco pueblo? Estaba seguro de que no.

Su impaciencia por ir, le hacía andar de un lado para otro, cerca del umbral de entrada al castillo. Paseaba por la estancia, y levantaba la cabeza en repetidas ocasiones para ver si llegaba la persona que esperaba. Seguramente no podría decir que su acompañante se retrasase, pero tenía tantas ganas de salir, que no podía evitar desear que apareciera lo antes posible.

- ¿Dónde se habrá metido? - se dijo en voz baja, al ver a un grupo de compañeros salir del colegio, sabiendo perfectamente a donde se dirigían.

Henry suspiró resignado. Normalmente solía ser paciente, pero cuando estaba a las puertas de poder conocer algo por primera vez, le costaba mucho más mantener la serenidad. Seguramente una vez se pusieran en marcha se encontraría más tranquilo, o al menos cuando Sam apareciera. Sin embargo, por ahora las ansias se apoderaban de él.

El benjamín de los Kerr se colocó mejor el cuello de su chaqueta, y metió las manos en sus bolsillos para volver a comenzar su ritual de paseos por el hall. Continuando la espera de su amiga.


Última edición por Henry Kerr el Miér Feb 08, 2017 1:26 am, editado 1 vez
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Henry KerrMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Sáb Ene 28, 2017 2:11 am

Debajo de la cama, dentro del baúl, debajo de la cama de su compañera de habitación, detrás de la lámpara, en el perchero... ¡Nada! ¿Dónde diantres se había metido su dichosa bufanda? ¡Con este frío invernal no podía salir a Hogsmeade sin su bufanda!

Caroline, ¿has visto mi bufanda? —preguntó a su amiga, que estaba enfundada dentro de su cama como si fuese un rollito de primavera, con el moco cayéndose por su nariz rojiza. Estaba enfermísima y le daba pena que no pudiese ir a Hogsmeade... pero Sam no tenía ganas de quedarse cuidando de ella.

No... —dijo sospechosamente. Sam se dio cuenta de ello y la miró con los ojos entrecerrados.

¿Seguro que no? —repitió, acercándose a ella.

No... —dijo todavía más sospechosa, escondiéndose bajo las sábanas.

Sam acortó las distancias con Caroline y le destapó rápidamente, mirando debajo de sus grandes edredones. ¿Qué había abajo? Dos libros y la bufanda de Sam.

¡Serás...! —dijo Sam mientras la cogía—. ¡Seguro que me la has llenado de germenes!

¡NOOO! ¡Era mi rehén! ¡No te vayas, por favor! ¡Me abandonáis todas, malditas y me dejáis aquí con mi enfermedad para que me muera sola y desamparada! ¡No tenéis corazón! ¡Ya se os podía pegar un poco de los Hufflepuff! —exclamó dramáticamente mientras fingía morirse en su lecho.

Eres una dramas y llego tarde por tu culpa —respondió muy divertida Sam después de reírse, poniéndose la bufanda alrededor del cuello tras moverla un poco por el aire y para que las moléculas de gripe desapareciesen o algo así—. Te traeré chocolate, ¿vale?

Fue a salir por la puerta pero un grito la frenó.

¡ESPERA! —gritó Caronline—. ¿Con quién vas? ¿Con Henry? —Alzó las cejas en un movimiento que intentaba ser algo así como salseante. No era secreto que Sam y Henry pasaban mucho tiempo juntos... pero es que eran mejores amigos. No sé por qué todas sus amigas se empeñaban en insistir en que había algo entre ellos.

Sam entrecerró los ojos y no habló durante un segundo.

No entiendo por qué mueves las cejas así —respondió pasivamente entonces.

¡Oh vamos! ¡Vas con Henry! Sam y Henry... —Canturreó—. Henry y Sam se van a besar en Hogsmead...

Pero le cerró la puerta mientras cantaba esa estúpida canción y Sam bajaba, roja como un tomate, por las escaleras. Llegaba tarde, seguro que llegaba tarde. Con las ganas que tenía Henry de ir a Hogsmeade debía de estar impaciente esperando por ella...

Bajó corriendo por las escaleras del castillo mientras miraba por algunos pasillos y veía como nevaba en el exterior. Hace nada fue su cumpleaños y ahora mismo era navidad, por lo que ella estaba maravillada con esa época. ¿Y lo mejor? Que le permitían ir a Hogsmeade a ellos solos por primera vez en sus tres años. ¿No era maravilloso? Con su pelo rubio ondulando a la par que el sobrante de su bufanda, llegó al Hall de la entrada, en donde vio a su amigo Henry moverse de un lado hacia otro algo impaciente por su llegada.—¡Lo siento! —gritó antes de llegar abajo cuando sus miradas se encontraron—. Caroline me ha tendido una trampa, quería retenerme en contra de mi voluntad —se excusó divertida.

Caroline era una persona sumamente divertida, el alma de su habitación sin duda alguna, pero a veces podía llegar a ser muy cansina. Henry lo sabía por experiencia propia y por todo lo que le había contado Sam. Se plantó delante de Henry con una sonrisa—. ¿Vamos? ¡Tengo muchísimas ganas! ¿Ya sabes qué te vas a comprar en Honeydukes? ¿O prefieres gastártelo en Zonko? —¿Golosinas y dulces o objetos para hacer travesuras? Sam lo tenía claro, pues era una glotona, pero Henry seguro que tenía sus dudas. Aunque él era rico y podía gastárselo en lo que quisiera—. Vas a tener que darme un curso rápido en HoneyDukes sobre los mejores dulces y chocolates, ¿vale? Que ya sabes que yo no tengo ni idea. Confiaré en tu paladar —dijo contenta, con una sonrisa de lo más risueña en el rostro mientras salían, por fin, por el gran portón del castillo.
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Henry Kerr el Jue Feb 02, 2017 1:03 am

Henry paseó un rato más por el hall, incluso se permitió ir hasta donde se encontraban los grandes relojes de arena, para observarlos de cerca. Estaba orgulloso de haber podido contribuir en cierta manera, para que la casa Ravenclaw tuviera algún zafiro más el interior del suyo. Pero parecía que ese año la cosa estaba siendo bastante reñida, tendría que esforzarse más.

Aunque, en realidad, tampoco era tan importante para él ganar. O mejor dicho, que su casa ganase. Y no porque no deseara que Ravenclaw venciera, sino porque estaba más centrado en aprender y mejorar en todo lo que pudiera. ¿Cuántas veces en la vida se tenía la oportunidad de estar en Hogwarts? Estaba claro, solamente una vez. Y no iba a desaprovechar su estancia, ni mucho. Aunque, paradójicamente, tampoco tenía que salirse del guión inicial para ayudar a su casa a ganar. Con ser un buen alumno, y dar lo mejor de sí jugando al quidditch era suficiente.

Pero bueno, vio una cara conocida, mientras retornaba sus pasos hacia el umbral de la puerta de salida.

- Hey, Henry. ¿Qué haces aquí? ¿No ibas a ir a Hogsmeade?

Maldita sea. Por unos instantes había jurado que no lo había visto, y se había librado.

- Sí, Martin. Voy a ir, pero estoy esperando a Sam.

El joven, que iba acompañado con sus amigos, le contestó con una risotada.

- Claro, típico. No puedes ir a ninguna parte sin tu querida Sam-, el chico meneó el cabeza, divertido con la situación. – En fin, nosotros ya iremos hacia allí. Quizás nos veamos luego-, comentó, dando unos pasos hacia la salida. – Ah, por cierto. Eso que he dicho sobre vernos, me ha recordado algo. Espero verte en el próximo partido. A ver si eres capaz de anotar conmigo delante-, dijo con una sonrisa, cruzando sus brazos sobre el pecho.

- Por supuesto, Martin. Será divertido-, le contestó, con una sonrisa igualmente dibujada en los labios. – Siempre es más emocionante competir contra los mejores rivales-, comentó amable.

El chico, que tenía la misma edad que él, volvió a reírse con gran estruendo. Antes de darle una palmada en la espalda con un brazo, que bien podría decirse que era una remo. Martin tenía la misma edad que él, pero tenía una impresionante constitución. Tanto que nadie le discutía en su posición de golpeador. La naturaleza había sido buena con el grandullón de Martin.

- Eres de lo que no hay. Será divertido, como dices. Aunque vete olvidándote de la victoria-, volvió a reír, mientras se marchaba junto a sus amigos.

Claro, como si un tejón tuviera alguna posibilidad contra un águila, pensó. Aunque tuvo la delicadeza de no decirlo en voz alta. Por un una parte, porque la casa Hufflepuff le gustaba. ¿Acaso a alguien no le podían caer mal los simpáticos tejones? Si se tenía corazón, seguro que no. Y por otro lado, porque Martin en el fondo le caía bien, y sabía que no tenía malas intenciones con sus bromas. Más bien todo lo contrario. Al grandullón le gustaba ser bromista y simpático. Pero maldita sea, le iba a ganar ese partido, y hacerle tragar sus palabras.

- Eh, oh, no-, respondió a Sam, aún distraído con sus propios pensamientos. – No hace mucho que he llegado, prácticamente hemos llegado a la vez-, mintió. La verdad es que llevaba un buen rato allí plantado. - ¿Caroline ha intentado retenerte? ¿Con el secuestro de tu bufanda? Supongo que no puede competir con mi encanto y ha tenido que buscar nuevas estrategias-, dijo con un falso tono de seductor, que no hacía sino más gracioso su comentario. O eso esperaba, se lo había visto hacer a otro chico y le había parecido de lo más chistoso. Confiaba en que le hubiera salido bien.

Pronto sus pasos los llevaron fuera. Donde un manto de polvo helado y frío les dio la bienvenida, pero qué diablos, era lo que cualquiera podría esperar de ese lugar en invierno. No obstante, ni esa nieve helada lo detendría para ver Hogsmeade. Y en cierto modo, el color blanco que adornada todo lugar donde posaba la vista, le daba la belleza singular que poseía el invierno. Casi se podía olvidar del frío por esas vistas, aunque para que mentir, el abrigo que llevaba ayudaba mucho en esa faceta.

- Golosinas o travesuras, mmm…-, se acarició el mentón pensado seriamente a donde ir. – Tentador. Tentador. ¿Por qué elegir, pudiendo tenerlo todo? – le comentó sonriente, con una ceja enarcada, para finalmente reír. – Ya sé, ya sé. Si tuviera que decidirme. Creo que deberíamos ir primero a Honeydukes. Las travesuras son mejores con el estómago lleno de dulces-, volvió a reír, mientras avanzaban por el camino hacia Hogsmeade.
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Henry KerrMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Jue Feb 02, 2017 10:50 pm

Uf, menos mal que él también se había retrasado un poco y así el retraso de Sam no se había notado tanto, ya que ella se creyó de verdad que Henry llevaba poco tiempo esperando. De hecho, ni se preocupó más de ese tema y le contó el por qué de haber llegado un poco tarde: la pesada de su amiga Caroline. En realidad era genial, una chica con demasiada energía aún cuando le invadía la fiebre, pero Sam estaba demasiado emocionada con ir a Hogsmeade como para quedarse cuidando de ella, aunque aún así se sintiese un poco mal porque era su amiga y le daba pena.—Sí, el sucio secuestro de mi bufanda —repitió indignada, como si fuese una jugarreta utilizada con anterioridad ya famosa entre los Ravenclaw. Luego la chica miró a su amigo divertida ante su tono de voz. No pilló su tono de voz, pero sí que tenía razón con lo de encanto. Era conocido por todas las amigas de Sam que a ella le encantaba Henry, por lo que la gran mayoría sabía que de elegir entre pasar una tarde con ellas o con él, le iba a elegir a él—. Saben que no tienen posibilidad de competir contigo e intentan tenderme una trampa. No tienen honor. Pero fuera de eso... la pobre está enferma con fiebre y no puede venir a Hogsmeade  y no quería quedarse sola. Por lo menos tiene una excusa fundamentada. —Se encogió ligeramente de hombros mientras salían hacia el exterior.

Hacía muchísimo frío, pero eso no iba a ser un impedimento para que aquellos dos motivados Ravenclaw llegasen a Hogsmeade, se volviesen loco comprando chucherías y volviesen a Hogwarts más contentos que nunca. Por el camino, de hecho, ya estaban maquinando sobre qué comprar primero, además de pedirle ciertos consejos a Henry porque Sam no tenía ni idea sobre dulces mágicos, pues los únicos que había probado eran los del carrito del Expresso y los que habían en el Gran Comedor en Halloween.—Ya sabía yo que ibas a ser lo suficiente gordo y travieso como para querer llevarte de todos de ambas tiendas... —Rió, dándole un suave codazo—. Pues yo pretendo gastármelo todo en Honeydukes porque ya sabes que soy pésima con las travesuras y sería derrochar el dinero. Prefiero verte desde lejos mientras me atiborro a chocolates, así luego puedes usarme de tapadera y que no te pillen. —Lo miró de soslayo, sonriente—. ¡Que no sería la primera vez! —Se rió.

Sam era de esas chicas que nunca rompían un plato, pero no porque no se atreviese... sino más bien porque era malísima. A esa edad mentía super mal, algo que fue mejorando sin duda con el tiempo. Además, prefería utilizar su tiempo libre para otras cosas en vez de estar molestando a otras personas. ¿Y si luego se vengan, qué? ¡Siempre se ha dicho que las venganzas son mil veces peor!

Por el camino de Hogwarts podías encontrar a todo el mundo, desde profesores que echaban un vistazo a los más pequeños hasta a alumnos que se ponían a jugar de camino y se retrasaban. Luego veías a otros que iban u otros que ya estaban volviendo porque el frío se había apoderado de ellos. Sam y Henry sin embargo estaban caminando más rápido de lo normal por aquellos caminos para llegar cuánto antes a Hogsmeade, movidos por la emoción de la primera vez. De hecho, un profesor los vio y rió, saludándoles.

¡No corráis que no se os van a acabar las chuches! —dijo el profesor de encantamientos, tan encantador como siempre.

Sam rió y volvió a mirar a Henry para hablar con su amigo.—¿Tú alguna vez has ido a Hogsmeade con tu familia? —preguntó, ya que él pertenecía cien por cien al mundo mágico mientras que a ella todo se le iba abriendo poco a poco como si tuviese que ir desbloqueando lugares por experiencia adquirida—. Es que quiero recorrérmelo entero. ¿Es muy grande? ¿O es un pueblo pequeño? Tengo entendido que hay una plaza enorme en mitad de ella y que también existe allí el mejor restaurante en donde sirven la mejor cerveza de mantequilla del mundo. ¿Las Tres Escobas se llama, verdad? —preguntaba emocionada a su amigo—. Aunque no sé si nos dejarán entrar ahí, es para mayores, ¿no?
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Henry Kerr el Vie Feb 03, 2017 11:48 pm

No podía evitar sentir pena por Caroline, pues era una chica bastante maja y alegre. Siempre animaba a todos con sus ocurrencias, y se había perdido una gran oportunidad de ir a Hogsmeade, y de ese modo, cambiar la rutina del colegio por unos días.

- Pobre Caroline, habrá que comprarle una bolsa de golosinas para que se alegre-, comentó animado. - Seguro que le hace ilusión-, sonrió a Sam. - Y no estoy gordo. Aún no-, rió.

Avanzaron movidos por las infinitas ganas de llegar al pueblo. Por ello, no hacía falta decir lo rápido que daban los pasos sobre la blanca nieve. Iban tan raudos, que no tardaron en ser reprendidos por el maestro de encantamientos. Aunque sinceramente, consideraba que el profesor exageraba un poco. No era para tanto. No es que estuvieran corriendo como locos… o quizás… Bueno, tal vez tuviera un poquito de razón.

- Vamos Sam. ¿No estás animada por tu primera visita a Hogsmeade? Cualquiera diría que no, con lo lenta que vas-, bromeó, antes de reír, aunque en realidad iba tan rápida como él.

Las siguientes palabras de su amiga lo pillaron totalmente desprevenido. Tanto, que se tropezó y casi cae de bruces sobre la nieve. Hubiera sido embarazoso, con toda la gente que iba y venía por el camino, y un motivo más para que el profesor de encantamientos le reprendiera. Podía escuchar perfectamente el “ya te lo dije” dentro de su cabeza. Incluso al mirar al maestro, vio como torcía el gesto aunque no dijera nada.

- Vaya. Que torpe-, sonrió. – Lo siento, señorita. Es que soy mago, y a los magos no se nos da bien mover las piernas-, bromeó. – Vaya. No sé que me ha pasado. Supongo que la nieve en esa parte estaba un poco resbaladiza-, mintió.

Lo cierto, es que no se esperaba que Sam le preguntara por una visita de él a Hogsmade. En realidad, era lo más normal del mundo que la hiciera. Él siempre ha sabido su condición de mago, y por tanto, siempre había estado enterado de los asuntos de magia. Todo aquello era común para él. Eso lo hacía pensar en lo especial que era el paseo para Samantha, y era algo en lo que no había pensado bien hasta ahora.

- Sí, he ido a Hogsmade con mi familia, pero solamente en unas pocas ocasiones. Aunque era pequeño y no recuerdo mucho. Además, esta vez es especial, nunca he ido solo-, dijo, volviendo a caminar a su lados después del desafortunado tropiezo. - Bueno, ahora tampoco voy solo. Pero ya sabes a lo que me refiero-, se apresuró a decir. - Para mí, es como si fuera por primera vez.

Henry se acarició el pelo, justo en su nuca, pensando que no había sido el mejor diálogo de su vida. ¿Se había vuelto idiota por el frío? ¿Qué tipo de frase era esa de nunca he ido solo? Como si ahora estuviera yendo solo. A este paso no le dejarían volver a entrar en la sala común de su casa. Es más, ni siquiera haría falta que lo echaran. Como se volviera más tonto, no hallaría respuesta correcta al enigma.

- No sé, me siento más animado que nunca al ir al pueblo. Me alegra ir contigo-, sonrió a su amiga. – Supongo que es eso lo que me anima tanto-, le bromeó, aunque en realidad era verdad.

Era eso lo que lo tenía tan impaciente antes. No era volver a Hogsmade, o ir sin sus padres. Era enseñárselo a su mejor amiga.

- Es grande para ser un pueblo, pero no es Londres precisamente-, rió. – Sí, así se llama la taberna donde sirven la mejor cerveza de mantequilla. O por lo menos la más famosa-, volvió a reír, de muy buen humor. – ¿Quieres ir? Podemos entrar, simplemente hay una sección que es exclusiva para los adultos-, comentó, sintiendo unas repentinas ganas de probar la cerveza de mantequilla. –Vamos, el pueblo está a la vuelta de esa curva-, corrió unos pasos y se dio la vuelta para volver a mirar a su amiga. – Te echo una carrera, a ver si eres capaz de vencer a un mago torpón-, rió y salió a la carrera hacia Hogsmade.
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Sam J. Lehmann el Miér Feb 08, 2017 1:52 am

Caroline se quedaría contentísima cuando Henry y Sam le llevasen golosinas de HoneyDukes y se diese cuenta de que a pesar de estar enferma y sola en la habitación con fiebre y mocos, por lo menos sus amigos se acordarían de ella.—Le hará muchísima ilusión —corroboró, para luego mirar a Henry con una juguetona sonrisa—. No he dicho que estés gordo, ¡sino que eres un gordo! —Le pinchó con el dedo índice el vientre a Henry—. Comes y comes y sigues comiendo como si fueras un pozo sin fondo. Jamás entenderé tu anatomía interior y tus órganos con espacio infinito para comida —bromeó divertidísima.

Brincando y corriendo comenzaron a acortar las distancias con el pueblo de Hogsmeade, tan ansiosos como contentos. Ella aceleró su ritmo cuando Henry intentó picarla, para luego parar de golpe cuando vio como casi se caía. Ella rió inevitablemente.—Ya claro, resbaladiza... No sabes ni caminar ya de tanta emoción, Kerr. ¿Estás nervioso?—Chinchó a su amigo con un guiño amistoso.

Continuó caminando a su lado mientras le preguntaba que si alguna vez había ido y Henry al parecer se hizo un lío con las palabras, algo que le resultó tremendamente gracioso a Sam. Esbozó una dulce sonrisa ante su lío y le puso una mano en el hombro.—Te he entendido a la primera —le respondió, para luego sentir una sensación bastante cálida en su cuerpo por las palabras que continuó diciendo. A ella también le parecía más guay ir a algún sitio nuevo con Henry que el hecho de que pudieran ir a Hogsmeade. No sería lo mismo si, por ejemplo, fuera con Caroline en vez de con él—. Porque conmigo te lo pasas bien y sabes que al final siempre terminas por convencerme de todas tus locuras. Yo creo que te hace feliz verme estresada en medio de tus liadas... —respondió divertida, con un gesto risueño. No sería la primera vez que Henry la convencía para alguna de sus travesuras, o que ella misma era el punto de una de sus travesuras... no era difícil teniendo en cuenta que ella desconocía muchas cosas del mundo mágico y era fácil gastarle una broma con artilugios mágicos. Sin embargo, lejos de molestarle, Henry no hacía esas bromas de manera despectiva, sino que era una molestia totalmente sana y amistosa que hasta Sam había terminado por cogerle cariño.

Le pareció genial lo de ir a Las Tres Escobas para probar la famosa cerveza de mantequilla de la que todo el mundo hablaba, por lo que cuando Henry le propuso hacer una carrera, no tardó en ajustarse la bufanda y salir corriendo junto a él por aquella recta hasta coger la curva que dejó ver todo el pueblo de Hogsmeade delante de ellos. No paró de correr tampoco ahí, sino que continuó corriendo hasta que pasaron un pequeño puente que daba a las primeras casas del pueblo. Evidentemente, Henry llegó antes que Sam, pero huelga decir que POR MUY POCO.—Los últimos seremos los primeros —dijo dignamente ante su derrota, con una sonrisa en el rostro que prácticamente iluminaba toda su cara—. Ay, madre... ¡es super bonito! ¡Mira las casas! —Señaló a las casas de tejados puntiagudos que recorrían ambos laterales de aquel camino. Empezó a andar junto a Henry cogiendo aire después de la carrerita, mientras que ella miraba a todos los lados maravillada por todas las personas que estaban caminando de un lugar a otro, señalándole a Henry hasta la cosa más tonta y nimia. Era la primera vez que dejaban salir a los de tercero, por lo que muchos padres habían venido a Hogsmeade a ver a sus hijos, así que aquello estaba lleno de personas abrigadas en una nevada suave y tranquila. Sin duda se notaba que era Navidad—. ¿Siempre es así? A pesar del frío, me da la sensación de que es super acogedor —confesó a su amigo, para luego leer a su derecha en la parte superior de una puerta, la palabra "HONEYDUKES". Su mirada brilló y sus dientes se mostraron en una amplia sonrisa.—¿Empezamos por aquí? Deberíamos empezar por ahí para ir endulzados a los demás sitios. —El exceso de dulce volvía un tanto hiperactiva a Sam, pero aún con catorce años que ya tenía, todavía no se había dado cuenta de que el problema de sus prontos de hiperactividad era el azúcar.
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Henry Kerr el Jue Feb 09, 2017 10:10 pm

Henry corrió con grandes zancadas sobre la nieve, riendo sin parar. Y seguro que le hacía la misma gracia al profesor de encantamientos. Seguro que sí. Después de haberle dicho que tuviera cuidado, junto a aquel tropiezo, era evidente que al maestro le encantaría que el joven Ravenclaw le desoyera, y se comportara como solía hacerlo.

Suerte que era bueno con los exámenes, y que sus trastadas no iban más allá de inocentes bromas. Pues de otro modo, seguramente lo hubieran devuelto a casa tan rápido como hubieran podido. Quitándose de encima tremendo engorro, y mandando a sus padres una carta, que dijera que enviaran a un niño tan problemático a cualquier otro colegio.

Pero él solía hacer bromas bastante suaves. Por lo que era más simpático que burlón, y tenía buen trato con la mayoría de la gente, profesores incluidos. Además, era educado con todo el mundo, y no tenía problemas con los nacidos de muggles como otros alumnos o padres. Por ello, seguramente era más una molestia que un verdadero problema para el profesorado, y no le extrañaría que alguno de los maestro lo tuviera como un revoltoso, pero con cierto cariño.

Que podía decir. Le gustaba más pasarlo bien con las personas y no a costa de ellas. Eso nunca le había agradado. Jamás le había gustado la actitud de los abusones, y ello le había acarreado más problemas que ser un bromista. No le gustaba que se metieran con los demás magos y brujas, porque no fueran como ellos. Porque no fueran guapos o populares, o como pasaba muchas veces, porque no fueran de sangre pura. No entendía ese término. Todos eran iguales. Todos tenían el don de la magia por algo, y no conseguía entender por qué había que separarlos por algo tan simple.

Era algo que le resquemaba, ya que no le gustaba en absoluto. No obstante, tenía más razones para que le molestara tanto. Había tenido problemas con su familia por su comportamiento, pues a sus padres no les estaban gustando como estaba actuando. No les agradaba que se relacionara con hijos de muggles tan abiertamente, y desgraciadamente, su hermano mayor no era distinto a ellos. Podía llegar a ser tan molesto con ese asunto como sus padres, por no decir que podía serlo aún peor. Siempre le estaba dando la vara con ello, y al menos de sus progenitores se podía librar en el colegio. De Nathaniel no.

Él estaba tres cursos por encima de él. Así que lo tenía cerca todo el año. Siempre recordándole  ese discurso estúpido cada vez que podía, y por supuesto era la vanguardia de sus padres. Los ojos que todo lo veían. No podía hacer nada sin que ellos se enteraran por su culpa.

Maldita sea. Era su hermano y le quería a su modo. Pero como le hastiaba. Por suerte, Nathan ya estaba en sexto, y en unos años se libraría de él.

- No, no, no-, comentó sonriente. Era mejor dejar esos pensamientos de lago, para no ensombrecer tan buen día. – Los últimos serán los primeros… pero en esta carrera va a ser que no-, bromeó, sin perder la sonrisa.

Era maravilloso volver a estar en Hogsmeade. Era un lugar tan agradable y hermoso, que era una gozada poder pasar el tiempo allí. Pero si además podía ir con Sam, el pueblo se volvía mil veces más bonito. Solamente ver la expresión de su amiga, con una sonrisa de oreja a oreja, hacía que mereciera la pena la caminata y pasar ese frío.

- Es un pueblo precioso y muy pintoresco, como puedes apreciar-, contestó a su amiga. –Veamos, ¿A dónde podemos ir primero? – se preguntó. – Mmm podemos ir a tomar esa cerveza de mantequilla, o…-, no pudo terminar su frase.

Sam había visto algo que llamó su atención. Y por lo brillante de su sonrisa, y lo animada que le hablaba, sin duda le hacía una inmensa ilusión.

- ¿Y luego el gordo soy yo? - la miró con una ceja alzada, haciéndose el sorprendido. – Bueno, bueno. Señorita su amigo es un gordo. Entremos a Honeydukes.

Maldita sea, le encantaba Honeydukes. Pero si no hubiera sido así, no podría haberle dicho que no a su amiga. Cuando ponía esa sonrisa no podía decirle que no.

- Te advierto. Que es impresionante-, dijo, haciéndose el remolón y poniéndose delante de la puerta de entrada, obstaculizando el paso a Sam. – Está literalmente lleno de dulces. No sé, si tu tierno corazón lo soportará-, comentó con una sonrisa, finalizando la tortura, y entrando a la tienda. – ¡Bienvenida a Honeydukes! -, gritó con las manos extendidas hacia el techo, sin importarle que el local estuviera abarrotado de gente.

Había tanta gente en un día como ese, que le costaba un poco, caminar entre el gentío de alumnos que se habían decidido por la tienda de dulces como objetivo de su salida.

- Parece que ser un goloso, es una enfermedad bastante extendida-, le bromeó a su amiga, con una sonrisa. – ¿Dime has visto algo que te interese particularmente? – preguntó.

Difícil sería. Si había algo más que niños en ese lugar, era precisamente una cantidad ingente de dulces. Las estanterías llegaban hasta el techo y recorrían todas las paredes hasta donde la vista se perdía. Tablones y tablones repletos de dulces y golosinas de todos los tipos imaginables.

- Oh, mira Sam-, comentó de repente, alargando el brazo para recoger una caja. - ¡Mira Sam! - gritó animado. - Son grageas Bertie Bott. Son geniales. Hay miles de sabores solo en esta caja-, sonrió, mientras agitaba la caja sonriente. - Deberíamos comprar un par. Seguro que será divertido comerse unas cuentas, antes de dormir, todos reunidos-, dijo cogiendo varias cajas de grageas. - Es más, seguro que las chicas os lo pasaréis bien con una o dos de ellas-, terminó de decir.

Madre mía. La de bromas que podría gastar con esas cajas, si sacaba las pastillas y las ponía en otros recipientes sin que nadie le viese. Si había alguien despistado y no se daba cuenta de que eran grageas de Bertie… Madre mía. Madre mía. Tenía que ver la cara de esa gente cuando tomaran una de sabor a vómito.

- Ah, ya sé. Supongo que será mejor comprar un par de cajas, y sacar las grageas cuando lleguemos. Así será más sencillo repartir entre todos-, le comentó a Sam.

Primeras víctimas. Las chicas Ravenclaw.
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Henry KerrMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Miér Feb 15, 2017 3:57 am

Al principio Sam no vio con total claridad cual sería el primer lugar de destino al que irían, pero al ver HoneyDukes frente a sus propios ojos no pudo ver más claro el hecho de endulzarse primero y luego visitar todo Hogsmeade. Rió risueña y divertida ante el comentario de Henry. ¡Ella ya había dicho que era una golosa!—. Por eso somos tan buenos amigos, porque los dos somos unos gordos —añadió al comentario de su amigo, brincando hacia la puerta para ver como Henry se ponía en medio para no dejarle pasar. El rostro de la joven niña se iluminó en una carcajada por sus palabras. ¡Y luego sus amigas le preguntaban como es que pasaba tanto tiempo con Henry! Pues porque se lo pasaba genial, simple y llanamente—. ¡Lo soportaré! Y en el caso de que me desmaye por tanto dulce, asegúrate darme más por si acaso. ¡Vamos a entrar ya! —le dijo divertida, entrando rápidamente detrás de él cuando dejó de bloquear la puerta.

Una vez entraron al interior, la imagen que se le presentaba delante de ella era genial. ¡Era tres mil veces mejor de la imagen mental que se había imaginado! ¿¡Cómo era posible que en un lugar tan aparentemente reducido hubiesen tantas cosas!? Todo eran colores, personas riendo, cajas y más cajas de dulces que parecían querer llamar tu atención por los llamativos colores que poseían. Era todo increíble.—¡Y yo que sé! —contestó divertida cuando le preguntó que si había visto algo—. ¡Aún no me hago a la idea de lo que estoy viendo! Vas a tener que recomendarme cosas tú, porque si es por mí, hoy no salimos de aquí por culpa de mi indecisión y aún quiero ver todo Hogsmeade —le dijo.

Comenzaron a caminar por todos los pasillos y, por lo menos ella, que aún no había pegado totalmente el estirón de su edad, se sentía pequeña entre tantos niños altos y adultos. Pero bueno, eso no era un problema para seguir a Henry hacia donde la estaba llamando tan emocionado.—¿Grageas Bertie Botts? —preguntó, un tanto confundida. Sí, Sam su primer año había recibido una especie de novatada de sangre sucia con esas grageas de por medio, pero actualmente no las recordaba porque su traumatizada mente las había borrado de su memoria—. ¿En serio? ¡Qué guay! Pues sí, podemos llevar unas cuantas para repartirlas entre todos, además, así Caroline seguro que se pone contenta esta noche. —Sam cogió dos paquetes de los grandes, para luego continuar caminando—. Creo que nunca las he probado, pero me suena su nombre. Sé que son famosas —dijo inocentemente.

Al final, entre pitos y flautas, se pegaron allí dentro casi media hora corriendo por todos los pasillos mientras buscaban todo tipos de dulces. Al final Sam terminó por cogerse un poco de todo, que si chocolate, que si regaliz, que si nubes... ¡Todo! Todo aquello que parecía estupendamente rico, lo intentó sujetar con sus dos pequeñas manos para poder llegar con todo a la caja. Es más, hasta usó su gorro de lana para meter cosas dentro y usarlo como bolsa improvisada por toda la tienda. Ella fue la primera en pagar, saliendo al exterior con una bolsa en donde guardó todo, volviendo a colocarse su gorro en la cabeza para tapar sus frías orejitas. Mientras esperaba a Henry sacó una tableta de chocolate con leche, la cual partió por la mitad para darle una de ellas a Henry cuando salió de HoneyDukes. Sabía que él también había comprado, pero ella lo compartía todo con su amigo y sabía que él también compartiría con ella, por lo que era una tontería abrir las dos para luego dejarlo abierto.—¿Damos un paseo por el pueblo antes de ir a Zonko? Quiero ver la plaza central, me han dicho que ahora en navidad hay un árbol enorme decorado super bonito, además de un coro cantando villancicos. Tiene que ser genial —comentó, con una sonrisa, mordiendo una pequeña parte de su porción de chocolate. Que por cierto, cabe añadir que las bolsas de ambos niños eran bastante gordas, por lo que iban a tener dulces para toda la navidad.

Los zapatos de los chicos se enterraban en la arena algo así como cuatro o cinco centímetros, dejando huellas allá a donde iban. No obstante, había  tanta gente que rápidamente esas huellas eran reemplazadas por otras que iban en otra dirección.—Por cierto... —dijo mientras caminaban por las calles repletas de gente, pegándose a Henry para que nadie le hiciese un placaje o le hicieran separarse para pasar por en medio. Entonces recordó que dentro de unos días ambos cogerían el Expreso de Hogwarts para pasar las navidades con sus respectivas familias—. Estas navidades, ¿quieres que nos veamos? —Nunca le había dicho eso antes, ya que eran más pequeños y ella casi siempre se volvía a Alemania para pasar las navidades con su madre. Además, ella era consciente de que su familia era un poco reacia a que él tuviera una amiga como ella—. No me voy a Alemania porque sería perder mucho tiempo. Mi padre está viviendo en Londres y mi madre irá con su novio a Londres y pasaremos allí la navidad y fin de año. Les he hablado muy bien de ti, quieren conocerte. —Esbozó una amplia sonrisa cariñosa, tan risueña que sus mejillas le hicieron entrecerrar los ojos. Henry sabía que los padres de Sam estaban divorciados, fue una etapa dura para ella con tan solo once años y en la cual se apoyó muchísimo en su recién conocido amigo Henry—. Si puedes, claro, no quiero que tu familia te eche la bronca por mi culpa.
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Henry Kerr el Jue Feb 16, 2017 2:09 am

Henry observó como su amiga tomaba dos paquetes de los más grandes de Grageas Bertie Botts, y en su mente se sucedieron imágenes, de lo que pasaría cuando las chicas se las empezaran a comer. Casi le da un ataque de risa allí mismo, pero debía mantener la compostura si quería engañar a Sam. Además, debía recordar convencerla de sacarlas de las cajas cuando volvieran a Hogwarts. Aún debía pensar en que recipientes meterlas, pero debía sacarlas por si alguna de las chicas sabía de la marca Bertie Botts. Las grageas metidas en cualquier otra caja, parecerían unas simples pastillas de golosina, normales y corrientes, y solo alguien experto podría deducir cuales eran en realidad. Se iba a poner las botas, gastándoles bromas a todos los alumnos de los primeros cursos.

Se pasaron un buen rato en la tienda, recogiendo todas los dulces posibles e imaginables. Su amiga estaba encantada de descubrir tantas nuevas golosinas, pero él no era menos. Aunque conociera la mayoría de los dulces que allí se vendían, siempre era un placer poder tener tan ricos sabores al alcance de su mano. Estaba tan emocionado, que cuando salió de la tienda tenía una bolsa cargada de chucherías, y no sabría decir quien tendría más. Si él, o si Sam. Las bolsas de ambos parecían a punto de explotar con tantas cosas en su interior.

- Claro, para eso hemos venido, para disfrutar del pueblo-, respondió a su amiga, después de pagar las chuches y reunirse con ella en el exterior. - Vayamos en esa dirección. Por allí está la plaza-, le dijo, aceptando gustoso el chocolate que le daba. - Mmmm que rico. Solo por esto merece la pena venir a Hogsmeade, aunque sea una vez al año. Que chocolate tan sabroso-, comentó, después de darle una mordida a su parte.

Avanzaron a buen paso en la dirección que había dicho, y como solía ser en fechas  como aquella, la calle estaba abarrotada de personas. Casi no se podía distinguir el final del recorrido, donde la vía acababa en la plaza que deseaba ver su amiga Sam. El sonido de los villancicos se escuchaba a lo lejos. Amortiguados por el bullicio, y los pasos sobre la nieve, así como por las conversaciones del resto de las personas a su alrededor. Pero aún así, se podía apreciar el espíritu navideño que rodeaba la plaza central.

- ¿Te quedarás en Londres este invierno? - preguntó ilusionado. - Eso es genial.

Aunque pronto la ilusión se le borró de la cara por unos instantes, cuando Sam mencionó a su familia. A ellos no les haría ninguna gracia que visitara a los muggles. No le caían demasiado bien, y menos aún Sam, precisamente porque se relacionaba con ella. A sus padres no les gustaba que fuera tan amigo de una nacida de muggles. Pero ellos que sabrían. Había sido un niño infeliz casi toda su vida, y había conocido la verdadera felicidad cuando había llegado a Hogwarts. Esos tiempos de bonanza se había iniciado al conocer cómo era la vida fuera de su familia. Cómo era convivir con el reste de niños. Pero sobre todo era feliz desde el día que había conocido a Sam.

- Claro, Jota. Mis padres irán a su residencia en Londres este invierno. Así que no tendré problemas para ir-, dijo sonriente.

- Ir a donde-, comentó una voz a su espalda, justo antes de recibir un cogotazo.

Henry se giró furibundo, para mirar de frente a la persona que lo había agredido, aunque ya sabía quién era antes de virarse. Su voz era inconfundible para él.

- Pero que haces imbécil-, contestó al hombre, acariciándose el cuello donde le habían golpeado.

- Eh, renacuajo. Mide tus palabras. Estas hablando con tu hermano mayor. A donde piensas ir con esta… Nathaniel miró con desprecio a Sam, antes de continuar. - Con esta. No admite más calificativos.

Los compañeros de Nathan se rieron con el comentario de su amigo.

- A ti que te importa a donde vaya. No es asunto tuyo. Sam está en mi casa, y voy con ella donde me place-, respondió, antes de sentir un empellón de su hermano, que lo tiró al suelo.  - Pero a ti que te pasa-, dijo, incorporándose y recogiendo sus dulces para meterlos en su bolsa de nuevo.

- Te he dicho que me debes respeto. Soy tu hermano mayor-, comentó Nathaniel, iracundo.

- Y yo tu hermano menor. También debes respetarme. Es más deberías preocuparte por mí y no golpearme ni tirarme, como has hecho-, dijo, también tan enfadado como lo estaba su hermano. - Para hacer el idiota, puedes irte con tu amiga pelirroja.

Nathaniel apretó los puños de sus manos enguantadas, y Henry sabía muy bien que los nudillos de su hermano debían estar al rojo vivo. Sin embargo, le daba igual, no se amedrantaría. Él sabía perfectamente plantarle cara su hermano, pese a que fuera tres años mayor que él. No permitiría que lo tratase así, y mucho menos que molestase a Sam. Y estaba loco si pensaba que le diría a donde iba. Si le preguntaba tanto, es que no había escuchado lo que había dicho de la residencia de sus padres en Londres, por lo que que no sabía que se refería a salir a ver a Sam en la ciudad. Seguramente solo lo molestara por molestar, pensando que era ir alguna parte de Hogsmeade. Poco importaba lo que le rondara la cabeza al tonto de su hermano, ir a ver a Sam era asunto suyo. Si Nathan quería pelea, la tendría.
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Sam J. Lehmann el Vie Feb 17, 2017 2:43 am

La idea de quedarse en Londres en realidad la apasionaba, ya que lo único que conocía de Londres era la estación de tren en la que se cogía el Expreso de Hogwarts. Además, si tenía la oportunidad de ver a Henry durante las vacaciones de Navidad era todavía un incentivo más para emocionarse por tantos cambios en su vida. Sin embargo, era consciente de que la familia de Henry era un poco especial y que el hecho de que su hijo menor tuviese trato con una hija de muggles no era de su agrado. Él siempre insistía en que ese pensamiento era retrógrada y absurdo, pero aún así Sam siempre se terminaba sintiendo un poco como la apartada de una sociedad en la que se suponía que pertenecía.

Al principio pensó que quizás no era tan fácil como su mente lo había pensado, pero cuando Henry le dijo que sus padres viajarían y que él podría, se le iluminó el rostro en una amplia sonrisa. Aunque esa sonrisa no duró demasiado. Vio como alguien le pegaba un cogotazo a su amigo y, al igual que él, no le hizo falta girarse para ver de quién se trataba: Nathaniel Kerr, el hermano mayor de Henry. ¡Arg, era insoportable él y su pandilla de asquerosos metomentodos!

No se entrometió en la discusión de los hermanos, aunque fue la primera en agacharse para ayudar a Henry cuando su hermano lo tiró contra la nieve, dándole la mano para levantarle. Él siempre le había protegido de cualquier cosa: de su ignorancia en el colegio, de los más crueles riéndose de ella por no saber ni lo más mínimo de magia, de los más altivos diciéndole que una hija de muggles como lo era ella no iba a llegar a ninguna parte e incluso de su propia familia. Tenía la sensación de que Henry era como un muro sólido que le protegía de cualquier cosa, mientras que ella tenía que protegerlo a él para no perderlo. No quería que se pelease con su hermano, mucho menos en Hogsmeade en donde no habían profesores para parar una pelea, por lo que de manera sutil sujetó el abrigo de Henry intentando que retrocediese.

¿La pelirroja? ¿Esa soy yo? —preguntó con retórica una chica que venía hacia ellos, con una sonrisa de lo más altiva. Iba vestida con ropa de calle, como todos, pero tenía la bufanda plateada y verde, como los demás Slytherin. Se colocó al lado de Nathaniel y miró a los dos peques—. Nathan, ¿de verdad vas a dejar que el idiota de tu hermano te hable así?

Henry no es un idiota —contestó Sam con su super e infalible aportación a aquella charla.

Todos rieron. TODOS. No se rió Henry porque era su amigo y suponía que él si estaba de acuerdo en que no era un idiota.

Vaya, salió la sangre sucia con su aportación del día. ¿Algo más? ¿Ya está? ¿Ya has demostrado toda tu inteligencia o vas a decirnos que el cielo es azul y la nieve blanca? O mejor te callas la boca y te ahorras humillarte más de lo que ya lo haces solo existiendo —respondió con altanería y desdén—. Aquí no pintas nada. La gente como tú aquí no pinta absolutamente nada. Algún día alguien evitará que escoria como tú pueda hacer magia.

Todos los Slytherin alzaron la voz para apoyar las palabras que había dicho la chica y para las cuales Sam se mantuvo totalmente callada, sin decir absolutamente nada. Nunca sabía que contestar a esas cosas, todas le afectaban aunque en realidad hubiese aprendido a mostrar que no era así.

Nathaniel parecía dispuesto a demostrar su hombría delante de la pelirroja, pero Sam tiró del abrigó de Henry una vez más. Si eso le hacía quedar como una cobarde: SÍ, LO ERA. Pero bajo ningún concepto quería que se peleasen porque además de ser más, Nathaniel era más grande y pegaba más fuerte, además de que el número era indudablemente mayor.

¿Y si corremos? —Susurró Sam en el oído de Henry, muy bajito, sólo para él. Eran menos, más pequeños y escurridizos. ¡Entre tanta gente tenían la oportunidad de escaparse de aquellos abusones! ¿No? ¿En qué momento aquellos Slytherin les habían arrinconado en aquella calle?

Os vais a enterar... —murmuró Nathaniel mientras se acercaba a los chicos con dos amigos más, calentándose los nudillos. La pelirroja, por el contrario, después de meter fuego simplemente se giró para irse.
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Henry Kerr el Sáb Feb 18, 2017 2:52 am

La amiga de su hermano, no tardó en saltar y meterse en medio de la discusión entre los Kerr. La verdad es que lo estaba esperando, pues ya la había visto por el colegio lo suficiente, como para saber el temperamento que tenía.

Su alusión a ella, o mejor dicho, a que Nathaniel se podría ir con ella para hacer el idiota, era un caramelo que la pelirroja no podía evitar comer. Un cebo demasiado goloso para dejarlo pasar, y que sirvió para demostrarle que esa chica no estaba bien de la cabeza. Y también para ver lo influenciado que estaba su hermano por ella. Aunque en el fondo, tenía que reconocer que eran el uno para el otro.

La actitud de Nathan había empeorado después de unos años en Hogwarts. Y había llegado a pensar podría ser por culpa de la amiga que tanto rondaba. Pero no, sabía que eso simplemente era un autoengaño. En primer lugar, porque el grupo de compañeros que solía frecuentar su hermano, eran todos de ese corte. Con ese espíritu clasista. Había mucho chico con los mismos pensamientos que Nathaniel en Slytherin, así que para el mayor de los Kerr, había sido como encontrarse dentro del paraíso.

Además, ¿acaso Nathan estaba haciendo algo malo? Evidentemente sí, al menos para él. No consideraba algo bueno, valorar a los nacidos de muggles como algo malo. Y mucho menos insultarlos con ese apelativo que sonaba tan mal, sangre sucia. Qué asco. Le daba escalofríos y repugnancia incluso pensar en ello.

Sin embargo, sus padres no eran de la misma opinión que el pequeño de los Kerr. Sus progenitores tenían el mismo pensamiento que su hijo mayor, sobre todo su padre, y para ellos Nathaniel no estaba haciendo nada malo. Más bien al contrario. Estaba haciendo lo correcto, y era por tanto, la oveja buena de la familia, no como él.

Quizás, esa fuera una de las razones que le angustiaba tanto en su vida. Que en realidad se comportara bien, como consideraba lógico que una persona debía comportarse. Tratar a todo el mundo bien, sin importar su raza, ni su aspecto, ni tampoco si era mago o no. Juzgar a las personas solamente por su actitud y personalidad. Y que, no obstante, eso dentro del seno de su familia fuera sinónimo de mal hijo.

Le daba rabia. Y durante muchos años era lo que le hacía infeliz, aunque por aquel entonces no supiera a que se debía. Hogwarts convirtió a su hermano en un mentecato, pero a él le abrió los ojos. Al menos ya no se sentía mal, y desgraciado. Ahora solo sentía esa rabia. Esa furia por los que hacían daño a los nacidos de muggles.

Como había hecho la amiga de Nathan. ¿Qué se pensaba? ¿Qué podía llamar sangre sucia a su amiga sin más?

Henry dejó la bolsa de golosinas en el suelo, y sin perder el tiempo, compactó una gran bola de nieve, y se la tiró a la cabeza de la pelirroja que ya marchaba.

- Esas son unas palabras muy feas, señorita aquí pinto algo-, dijo con retintín, nada más salir la bola de su mano.

Sam le había dicho que corrieran, y no era mala idea. Sin duda los Ravenclaw tenían las mejores ideas, y Jota merecía con creces estar dentro de la casa del águila. Sin embargo, no es que tuvieran muchas opciones en ese momento. Quizás debió comportarse él también como un Ravenclaw, y haber dejado las pullitas y la bola de nieve para otro momento más propicio.

Lanzarle la bola a la amiga de Nathan, pareció haberle molestado especialmente a su hermano, así que este no tardó en abalanzarse contra él. Ambos cayeron sobre la nieve y rodaron, mientras los amigos del mayor le increpaban, y animaba a Nathaniel que le rompiera todos los huesos del cuerpo.

Su hermano era tres años mayor que él, y más fuerte. Así que los deseos de los Slytherin no estaban muy alejados de la realidad. Por suerte, él estaba lo suficientemente en forma, como para plantarle cara. El problema es que solamente para eso. Sabía que a la larga, su hermano podría darle una paliza si quería. Así que de momento, se revolvía como podía para estirar en el tiempo ese instante, todo lo que pudiera.

Fue entonces, cuando una gran cascada de bolas de nieve cayó sobre ellos. Y no solo sobre ellos, sino que el resto de los Slytherin también fueron alcanzados por la cantidad ingente de bolas. Un griterío y retahíla de más bolas siguieron cayendo, al mismo tiempo, que una gran suma de alumnos de Hogwarts corría hasta ellos. Entre los chiquillos que venían hacia ellos, había varios de último curso. Y esto pareció menoscabar las ganas de pelea de los chicos de la casa de la serpiente, que salieron corriendo, no sin antes advertirles para el futuro.

- Esto no quedará así, hermano. Ya hablaremos en privado-, le amenazó, antes de alejarse.

No se fue a la carrera. Es más, en realidad fue de los que menos se dio prisa por huir. Nathan podía ser muchas cosas, pero no era un cobarde. Si se marchaba, es que no le quedaba más remedio.

- Vaya, mira a quien tenemos aquí. Uno de los flamantes cazadores de Ravenclaw-, comentó con sorna, uno de sus rescatadores.

- Vente a Hogsmeade, decían. Será divertido, decían-, dijo hacia nadie en concreto, resignándose y quedándose tumbado boca arriba en la nieve, tomando resuello después del forcejeo con su hermano. – Eres muy gracioso, Martin. Pero la verdad, es que me tienes en demasiada estima. No soy tan bueno al quidditch-, dijo esta vez, incorporándose del suelo, y recogiendo los dulces que le quedaban por meter en la bolsa.

- Vamos, hiciste la mayor puntuación de tu casa en el último partido-, comentó otro chico al lado de Martin.

Era el capitán de Hufflepuff, y estaba en sexto curso. Era de los alumnos mayores, que podrían haber plantado cara a los Slytherin sin problemas, y que los había forzado a huir. Aunque la verdad, Martin era una bestia para su edad.

- Todos los tontos tienen suerte alguna vez-, bromeó, recogiendo su bolsa de chuches una vez había metido todas las que había visto. – No siempre tendré tanta fortuna-, sonrió. – Sam y yo, íbamos a la plaza. A ver los villancicos, por si nos queréis acompañar. Por cierto, tejones tenías que ser. Si tan bueno soy, hubiera sido más inteligente dejar que me zurraran para no poder participar en el partido-, les dijo, antes de reír. – Siempre tan bondadosos-, meneó la cabeza. - Gracias, me habéis salvado el pellejo-, se sinceró.

- Eh, hay que sacar a relucir nuestras virtudes-, bromeó a su vez Martin, que comenzó a caminar hacia la plaza con el resto de sus compañeros. - No hay de qué. Nos vemos allí.

Henry dejó que avanzaran un poco, para quedarse nuevamente a solas con Sam.

- ¿Vamos? Esos villancicos seguro que te alegran-, dijo más animado ahora, que todo había pasado. - Ninguna pelirroja insulta a Jota en mi presencia-, sonrió, y se puso a caminar hacia la plaza.
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Henry KerrMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Vie Feb 24, 2017 1:53 am

La salvación divina a aquella situación adoptó la forma de una lluvia de bolas de nieve. ¡Fue increíble! Observó con detenimiento y admiración como alumnos de Hogwarts venían en su ayuda y los Slytherin, como de costumbre ante una diferencia numérica, salieron corriendo, no sin antes dirigirse a Henry con una amenaza en boca de su hermano. ¡Qué mal le caía Nathaniel a Sam! Estaba deseosa de que se graduase de una vez por  todas y no tener que verle nunca más la cara, arg, soportar semejante comportamiento agotaba la paciencia de Sam.

Suspiró aliviada cuando los Hufflepuff se acercaron a ellos con una actitud afable y simpática, hablando directamente con Henry, ya que al fin y al cabo él es el "famosillo" del dúo, puesto que Sam posiblemente sería la chica más invisible de todo el colegio si no fuese porque se juntaba con el pequeño de los Kerr. Escuchó en un segundo plano la conversación que tenía con su amigo Martin, pero simplemente se quedó al lado de él sin interrumpir o meterse en la conversación hasta que el mismo Henry la metió, nombrándola. Ella sonrió, pero se limitó a despedirse de los Hufflepuff cuando éstos comenzaron a caminar primero.

Con la bolsa de chuches entre sus manos, sonrió ante las palabra de Henry. Él siempre se metía en líos por ella, sólo para que la gente con dos dedos de frente, respetase a la gente como Sam con sangre muggle por las venas.—¿Sabes que la pelirroja no se quedará de brazos cruzados hasta devolvértela, verdad? —le preguntó a su amigo, con una mirada reprobatoria—. No te metas con ella. Tu hermano es tonto y puedes ganarle, pero ella me da miedo —contestó finalmente, frunciendo ligeramente los labios—. Además, no sirve de nada, esa  gente es una cerrada de mente. Lo único que consigues es que se entretengan más de lo normal contigo y conmigo y al final seamos todavía más la diana de sus burlas. Sé que suena un poco miedoso, pero en verdad lo mejor es ignorarlos. —Pero estaba segura de que Henry no compartiría su forma de ver eso.

Tras caminar por unos callejones llenos de nieve y vida, llegaron a la plaza central de Hogsmeade. En el centro había un árbol enorme de navidad con múltiples adornos y luces, por las paredes de las casas también habían decoraciones y mucha gente poseía un gorro de navidad en la cabeza o iban vestidos como los duendes de Santa Claus. Ella sonrió, con una nostalgia propia de la festividad navideña. Las voces de un coro justo debajo del gran árbol resonaban por toda la plaza con fuerza y armonía.

Sam sujetó con dulzura la mano de Henry y tiró de ella para llevarlo a un banco que recién acababa de quedarse libre. Allí encontrar un lugar en donde sentarse que estuviese libre era tan difícil como encontrar a un Slytherin simpático o a un Hufflepuff malvado. Una vez sentados, le soltó y sonrió.—Ufff... —Arrugó la nariz con diversión—. Qué frío está el banco, se me congela el culete —admitió divertida, para luego poner cara de guerrera que soporta mucho dolor—. Pero no podemos movernos, no hay otro sitio donde sentarse. Aguanta Henry, aguanta. Calentemos el banco con nuestros cálidos traseros. —Y Sam comenzó a moverse para crear fricción y que se le calentase o el culo, o la piedra, pero aquella temperatura era inhumana.

Entonces, detrás del árbol, vio a los Hufflepuff que le habían ayudado y recordó una cosa. Miró a su amigo, para luego girarse en el mismo banco y mirarlo directamente.—Tu amigo Martin tiene razón, aunque seas de tercero todavía tienes mucho potencial como cazador. ¡Y sí, ya sé que voy poco a verte a los entrenamientos y demás, pero hago un sobre esfuerzo por ir a verte a los partidos y sé que lo haces genial! —Añadió con un gesto muy gracioso. Henry debía de saber que en primer año Sam recibió un golpe de una bludger en su primer partido de quidditch, además de que la escoba jamás se le dio bien, por lo que inevitablemente creó un miedo irracional tanto a volar como al Quidditch.—Sé que eres modesto, pero de verdad que lo vales. Estoy orgullosa de ti. —Sonrió ampliamente—. ¿Te gustaría dedicarte a eso en un futuro? —preguntó, ya que de ese tema no habían hablado demasiado. Eran Ravenclaw, la gente esperaba que se metieran en carreras difíciles para sacar el mundo mágico hacia adelante y, por lo menos Sam, ya tenía claro a lo que quería dedicarse desde que descubrió el mundo de la mente y del control mental. ¿Pero y Henry?
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Henry Kerr el Mar Feb 28, 2017 3:31 am

A Nathan no le gustaba que su hermano menor le desobedeciera. Sobre todo cuando estaba con sus compañeros de casa. Probablemente fuera por sentir que Henry lo dejaba en ridículo, cuando estaba con el resto de integrantes de Slytherin. O simplemente, era porque quería demostrarle a sus amigos lo duro que podía llegar a ser con alguien, incluso sin importar que este fuera su hermano.

En cualquier caso, tenía que reconocerlo, esos tejones habían sido su salvación. Sin ellos seguramente se hubiera llevado una paliza, o al menos una gran cantidad de golpes, antes de que su hermano se aburriera de atizarle por llevarle la contraria.

- Sé que mi hermano puede parecer tonto, pero no lo es-, contestó a su amiga, mientras avanzaban hacia la plaza. - Es un completo imbécil, pero no llega a ser tonto. Simplemente, por mucho que se meta conmigo, nunca llegará tan lejos como para hacerme verdadero daño. No dejo de ser su hermano después de todo, por mucho que le pese.

Henry suspiró medio resignado, y se acomodó mejor la bolsa que llevaba entre las manos. Le causaba gran malestar que su hermano fuera así. Sobre todo porque sus padres lo consideraban mejor hijo que él. Le asombraba que alguien pudiera ser como Nathaniel, y que pudiera estar mejor considerado. Aunque solamente fuera en el seno de la familia, y la corriente clasista que con tanta devoción seguían.

- Sí, la pelirroja es peligrosa. Seguro me hace pedazos-, rió y miró a su compañera. - Pero te dijo algo muy feo, Sam. Sabes que no me gusta que te digan esas palabras-, se excusó, por su reacción quizás demasiado agresiva.

No obstante, ¿qué otra cosa podía haber hecho? Sí, podía hacer lo que le había comentado Jota, e ignorarlos. Pero en el fondo, no creía que funcionara mantenerse en un plano bajo, de forma pasiva y soportando sus burlas en silencio, precisamente por los cerrados de mente que eran. Esa gente se divertía molestando a gente como Sam, y a todo aquel que estuviera con ellos, así que daba igual si se enfrentaba a ellos o se quedaba callado. Vendría a molestar en cuanto quisieran un rato de diversión.

- Lo siento. No quería crear más problemas. Supongo que la he liado-, se disculpó, acariciándose la nuca con una de sus manos, mientras sostenía la bolsa con la otra. - No sé, no lo he podido evitar. Me ha cabreado. Pero no te preocupes, no pasará nada grave. Nada que no nos vayan a hacer de todos modos, por ser diferentes a ellos. Todo seguirá igual-, la tranquilizó y sonrió.

No tardaron en llegar a la plaza, y el ambiente festivo y dulce del lugar, ayudó a dejar atrás los problemas con los Slytherin. Todo allí era demasiado bonito, como para perder el tiempo centrando su mente en cosas negativas y malas como aquellas. Por ello no dijo nada más al respecto, y se dejó llevar por la armonía. Y también por Sam, que lo llevó hasta el único lugar libre, que quedara para sentarse.

Henry se sentó, sintiendo un fuerte escalofrío subir por su cuerpo. Soportó el estremecimiento como pudo, y dejó su bolsa de golosinas entre sus piernas.

- Frío es poco. Esto parece el cajón de un congelador-, respondió nada más incorporarse, frotando sus manos enguantadas para conseguir más calor corporal que remediara ese frío del banco. - Nuestros gordos culos por fin tienen un cometido. Mantener el frío a raya-, bromeó. - Ves, tanto comer dulces tiene sus ventajas. Tienes mucho que aprender de mí-, rió.

Con el tiempo el banco se iría calentando por el calor de sus cuerpos, y sería un lugar agradable en el que estar sentados. Pero eso sería con el tiempo, ahora sentía el pleno invierno apoderarse de él, y hacerle trizas el culo.

- ¿Martin? - comentó abstraído, mirando en la misma dirección que ella lo hacía. - Martin no sabe lo que dice-, rió. - Bah, bueno. Sí, tienes razón. Se me da bien volar con la escoba, aunque no sé si tanto como dices-, sonrió. - Me encanta volar, la verdad.

Era curioso, lo diferentes que eran ambos en ese sentido. A él le encantaba el quidditch y surcar los cielos con su escoba, pero a Sam… Jota odiaba volar, y con razón. Pues aquella bludger le había dado muy fuerte en el primer partido que había disputado su querida amiga. Tanto que a la rubia se le quitaron las ganas de volver a jugar quidditch.

- ¿Te gustaría volver a montar en escoba? - preguntó, mirando a su compañera directamente a los ojos. - ¿Alguna vez piensas en aquel día? Todo fue muy rápido, y aunque se lo malo que fue para ti. No puedo evitar pensar, que por esa bludger nos conocimos mejor. ¿Sabes? Llamaste mi atención recibiendo tremendo golpe. Tienes un estilo singular para darte a conocer-, volvió a reír.

No estaba seguro de si Sam lo sabría. De si conocería la historia, en la que la rubia que tenía sentado a su lado, había despertado su curiosidad el día que se había encontrado con una bludger en su camino. Nunca se lo había contado, y aunque ya conocía a Sam desde el primer día en el colegio, no fue hasta el accidente que empezó a hablar con ella de forma más cotidiana. Más cercana.

En realidad, se había fijado en ella desde que cruzara su mirada por primera vez con la bruja de dorados cabellos. En aquel, ya lejano primer día de colegio. Sobre todo cuando supo de donde provenía. Le interesaba saber cuan diferente  eran los nacidos de muggles a él, a los magos de linaje puro, como siempre le habían dicho sus padres. Pero no había sido hasta el primer día de partido, que se había atrevido a hablar más con ella, después de interesarse por su salud.

Después de aquello se conocieron mejor, y sus caminos les habían llevado, tras dos años, hasta aquel banco. El destino podrá ser de lo más caprichoso. Y lo más importante, es que después de tanto tiempo a su lado, no había encontrado ninguna diferencia en la nacida de muggle. Sus padres no podían estar más equivocados con sus ideas.

- De forma profesional. Sinceramente, nunca me lo había planteado. ¿De verdad crees que soy tan bueno? – miró a su amiga sonriente. - No creo que me haga profesional de quidditch, por más que me guste volar. No tengo una idea fija de mi futuro. No lo he pensado demasiado. Pero podría ser algo relacionado con las criaturas mágicas. Me encanta. Escogí esa optativa este año, y estoy encantado con ella-, dijo muy animado, aún más sonriente que antes. - ¿Y tú, tienes alguna carrera en mente? ¿Qué hará en el futuro la gran Samantha Lehmann?
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Henry KerrMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Mar Mar 07, 2017 3:46 am

Ella agradecía muchísimo que Henry fuese tan protector con ella, ya que era consciente que sin él, ella sólo habría sido el hazme-reír de muchos. Sin embargo, junto a él sabía que alguien siempre le defendería aunque Sam siempre insistiese en que no fuese tan impulsivo. A fin de cuentas, intentar que unos Slytherin dejasen de decirle eso a la chica, era casi tan posible como el hecho de que Dumbledore se cortase la barba.—Ya, a mí tampoco me gusta, pero son de cursos más altos y saben más hechizos. A veces vale más quedarse callados a despertar a la bestia. Que algunos son unos brutos y no quiero que te hagan daño por mi culpa —le respondió Sam—, pero gracias. Ya sabes que yo siempre te voy a estar agradecida por dar la cara por mí —añadió con una risueña sonrisa en el rostro—. Tu si ves a la pelirroja, huye, ¿vale? No te enfrentes a ella que te conozco. Promételo. —Y alzó el dedo meñique.

Luego ambos comenzaron a caminar hasta la plaza central. Ay, en realidad, a pesar del altercado que acababan de tener por parte de los Slytherin que no le gustó lo más mínimo y estuvo a punto de arruinarle el día, en realidad había sido una experiencia que como salió bien, le dio un giro bastante divertido a la situación. Además, el hecho de estar con Henry ahí en Hogsmeade hacía que Sam estuviese demasiado feliz, que incluso aquella encerrona no consiguió hacer que dejase de sonreír. Lo que si que le molestaba un poquito es que Henry se lo tomase tan en serio como para enfrentarse a ellos y encararlo, pero no por otro motivo que porque todavía no sabían hechizos como para defenderse de ellos. Porque Sam estaba segura de que cuando Henry fuese más grande, su hermano no sería rival para él. ¡Pero seguro!

Al llegar a la plaza, se sentaron en un banco que estaba congelado, pero eso dio paso a unas risas por parte de ambos.—Tengo mucho que aprender, sí. Aunque creo que soy más partidaria de ponerme otro pantalón debajo de este gélido vaquero... —dijo con divertido sarcasmo, guiñándole un ojo.

La verdad es que todavía ambos eran jóvenes como para tener claro a qué iban a dedicarse, aunque por lo menos, Sam sí que tenía claro que era lo que le fascinaba en ese preciso momento. Quizás de aquí a su graduación ya encontraba otra cosa que le apasionara más, pero en ese momento, que recién había descubierto la existencia de la legeremancia y oclumancia, era lo que se abría ante ella como un estudio apasionante que querer conocer e investigar. Obviamente aún era demasiado joven como para entender todo eso pero... ya había ido a preguntar a sus profesores solo por curiosidad y muchísimo interés.

Sam miró a Henry con un rostro desdeñoso.—¡Buah! ¡Claro que no! —contestó cuando le preguntó que si quería volver a volar—. Y menos mal que vuelo ya no es una asignatura obligatoria, porque de verdad que la odiaba. Yo no nací para estar encima de una escoba, mucho menos cerca de pelotas altamente agresivas. Quita, quita. —Fingió tener un escalofrío ante la idea, ya que odiaba con toda su alma todo lo relacionado con volar y el quidditch—. ¿En serio? ¿Llamé tu atención o más bien te di mucha pena? Porque admítelo, daba pena. Me puse a llorar durante todo el trayecto... —Recordó, ruborizándose levemente mientras negaba con la cabeza—. Pero dolía, ¿vale? Sentía los huesos de mi antebrazo como si estuviesen ardiendo, fue horrible. —Hizo entonces una pausa—. Eres una buena persona, fuiste a ayudarme y por eso me caíste tan bien. Pero si es verdad... nunca había caído en ese detalle, pero desde ese día nos volvimos mucho más amigos. —Hasta ahora, que prácticamente eran inseparables.

Escuchó a su amigo y su gran interés por las criaturas mágicas. No hacía falta que lo jurase, ya que Sam tenía la misma optativa y era cierto que se le veía más pasional que nunca en esa clase; más participativo, más emocionado... Y quieras o no, esas cosas se notan cuando conoces a una persona.—Mejor, así no tengo que ir a verte a los partidos mientras sufro por las bludger... —Bromeó, poniéndole una mano en el hombro, para luego sonreír—. ¿Y qué te gustaría ser? ¿Magizoologo? ¿Dragonolista? ¿Es lo mismo en realidad, no? Para ser dragonolista hay que estudiar la carrera de magizoología, creo... —Sam era una ignorante todavía en el tema, a fin y al cabo llevaba dos años y poco en el mundo mágico y no había salido de Hogwarts apenas—. Podrías investigar las criaturas mágicas por el mundo, escribir un libro didáctico y convertirte en el nuevo Newt Scammander —dijo con orgullo, sabiendo que si él decidía hacerlo, se convertiría en el nuevo Newt Scammander.

Sacó de su bolsa unos regaliz picantes y le tendió uno a Henry mientras hablaba, para luego sonreír por la pregunta que le había hecho.—Pues hace poco en adivinación nombraron la legeremancia, ¿te acuerdas? Yo no sabía que era, por lo que fui a la biblioteca a mirar y... ¡Tío, es genial! Es una habilidad mental que te permite leer los pensamientos ajenos, además de incluso sentir sus emociones y sentimientos. También está la oclumancia, que es lo que impide que se puedan meter en tu mente y por lo que leí son dos disciplinas taaaan densas y poderosas que muy pocos magos llegan a controlarla —le explicó por encima, aunque seguramente Henry ya lo supiese... o no, en realidad no sabía porque no había hablado con él del tema, ya que había sido una investigación reciente—. Obviamente no sé que haré dentro de cinco años, pero ahora mismo eso me fascina. ¿Te imaginas que pueda convertirme en una legeremante? —preguntó, con una sonrisa en el rostro mientras mordía el regaliz—. Entonces, Henry Kerr, no podrías ocultarme nada. ¡Nada de nada! —Fingió reírse malévolamente, aunque Sam era demasiado dulce como para que esa maliciosa sonrisa sonase verdaderamente malvada. De hecho sonó demasiado tierna.
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Henry Kerr el Sáb Mar 11, 2017 12:46 am

Como había imaginado, el banco se fue volviendo menos insufrible con el pasar del tiempo. Con el calor que le iba arrebatando, cada vez se volvía un lugar más agradable sobre el que mantener posado el trasero. Aún que para ello había que pagar el precio, de la pequeña tortura de soportar el frío para que su asiento fuera un buen sitio en el que permanecer.

¿Y que había mejor para soportar tal tortura, que un poco de conversación con su querida Sam? Pues seguramente un calefactor, o un conjuro de fuego que pudiera valerle para una situación así. Eso dirían muchos, por no decir la mayoría. No obstante, esas cosas no tenían el encanto de Jota, ni tampoco había nada que le divirtiera tanto como ella. Así que la respuesta a esa pregunta era sencillamente… No, no había nada mejor.

Y no tardó en demostrarlo, cuando el sarcasmo de la rubia le sacó una cristalina risa.

- Sí, un pantalón extra no estaría de más-, siguió riendo. - ¿Pero de verdad rehuirías el placer de una buena comilona de dulces? ¿Prefieres otro pantalón a un culo lleno de chocolate? Vamos, señorita Samantha. Seguro que puede mentir mucho mejor-, bromeó, diciendo las últimas frases con tono de profesor, y después volvió a reír.

El accidente que había tenido Jota ya era algo más serio. Sin embargo, hasta ella misma se lo tomaba con humor tanto tiempo después. Así que hablar de ello no cortó el buen ambiente que reinaba en aquel banco.

- Acaso, llamar la atención y dar pena, ¿tienen que ser situaciones obligatoriamente contrapuestas? – se chanceó, con una ceja enarcada de forma divertida. - Ah, sí. Lo reconozco. Dabas un poco de pena. Pero dar pena no es algo malo en un momento así. Es normal que la dieras, con el gran golpe que recibiste. Se puede decir que nos dolía a todos, como si esa bola nos hubiera golpeado en nuestras propias carnes-, comentó, rememorando aquellas fechas.

Las bludger podían llegar a ser muy dolorosas. Y era algo que hacía que muchos magos y brujas, dejasen el quidditch a otros compañeros que dieran menos valor a su integridad física. A veces, uno podía llegar a pensar que había que estar un poco loco para jugar al quidditch. Pero es que era tan emocionante y divertido.

- Sí, desde ese día comenzamos a tratarnos más. Así que tienes que agradecérselo a esa bludger. Mira lo que te hubieras perdido-, comentó con falsa chulería, haciendo un movimiento con sus manos que claramente mostraban que se refería a él. Por si no había quedado ya claro con sus palabras. Nada más hacerlo, volvió a reír. Se lo estaba pasando muy bien. – Pero puedes volver a volar, sin tener que jugar a quidditch-, comentó en tono afectivo. – A mi me encanta ir sobre la escoba a toda velocidad. O incluso ir despacito y contemplar el paisaje hacia el horizonte. Es algo único. Y no debería perdértelo, por culpa de una estúpida bludger-, comentó.

Henry tomó el regaliz que le cedía su compañera, y le dio un gran mordisco que casi se lleva la mitad del dulce dentro de su boca.

- Ah, mierda. Como pica. Pensaba que no eran de los picantes-, comentó, dándose aire con una mano. – Oh, sí. Has acertado. Para ser dragonolista debo estudiar magizoología. Y no puedo concebir en mente, animal más bello que un dragón. Hasta los muggles hablan de ellos en sus cuentos de fantasía-, rió. – Si ellos supieran que son reales. No podría desaprovechar la oportunidad de verlos en persona. Los magos somos unos privilegiados para ciertas cosas-, asintió, conforme hablaba, sintiendo todo el calor del picante ir hacia su cara. – De todos modos no sé si seré dragonolista. Me gustan todas las criaturas mágicas. Debo pensármelo. Pero tengo tiempo hasta entonces ¿no? – bromeó. – Aunque imagino que iré de cabeza a magizoología. Y ya pensaré en que me especializo cuando llegue el momento. Por cierto, de repente hace mucho calor. No sé a qué se debe– dijo, dándose más aire con la mano, aunque de forma cómica en esta ocasión. Seguro que tenía la cara como un tomate.

Sin embargo, ello no le impidió lanzarse el restante trozo de regaliz en la boca. Como si el primer gran bocado no hubiera suficiente ejemplo de que no era una buena idea. Después se afanó en buscar algo dentro de su bolsa, buscando una caja en concreto. No tardó en sacarla de la bolsa, para dársela a Jota con una sonrisa dibujada en los labios.

- Ten. Un regalo. A ver quién te sale-, comentó, entregándole caja pentagonal tan característica de una rana de chocolate. - Y creo que te has pasado. Newt Scammander es toda una eminencia en su campo. Me estaría comparando con unos de los mayores magizoologista de todos los tiempos. Por no decir el mejor-, rió.

Henry esperó paciente, el momento en el que su amiga abriera su paquete y sacase su cromo de la caja, pensado lo bonito que sería poder llegar a ser algo parecido a Newt Scammander. Su libro estaba entre sus bienes más preciados.

- Sí, lo recuerdo-, dijo, volviendo a los futuros estudios de interés para su amiga. – Legeremancia-, comentó, más para sí mismo que para nadie en concreto, mirando al frente, donde estaba el árbol, el coro y los chicos Hufflepuff que le habían salvado. – Es una de las ramas más importantes de la magia. ¿De verdad te gusta tanto? – preguntó, con cierto tono serio, girando su rostro para buscar la mirada de su amiga. – Tengo entendido que es una carrera muy difícil. Pero yo sé que lo conseguirás. Sé que serás la mejor en tu campo-, dijo en el mismo tono serio que antes, mostrando una media sonrisa justo al final de hablar. - Sé que nada ni nadie podrá detener tus sueños.

Volvió a mirar hacia el árbol y el coro, imaginando el futuro de Jota. Y había cosas de las que pudiera estar más seguro en la vida. Sam tenía un talento casi innato, y sabía el potencial que tenía. Cuan estúpidos eran los clasistas. Como podían pensar que los nacidos de muggles no merecían el don de la magia, cuando tantos habían sido destacados magos y brujas.

- Por supuesto, ya sabía que lo hacías solo para leerme la mente-, dijo en broma, con una fingida autosuficiencia. - Pues yo ya puedo leerte la mente, querida Sam-, rió maquiavélicamente, de forma muy falsa. – Además, no creo que saques mucho de mi cabeza. Salvo animales mágicos, partidos de quidditch, y… nada más-, comentó. Casi se le escapa que chicas también, pero tuvo el tino de cortarse justo a tiempo. Después de todo, ya no era tan niño. – En mi cabeza no hay muchas cosas como ves-, rió. – Deberías probar con otras persona. No sé, con Caroline, o quizás…-, se puso en una postura deliberada de pensador. - Nuestros profesores. Eso estaría bien.


Última edición por Henry Kerr el Mar Mar 14, 2017 2:40 am, editado 1 vez (Razón : Corregir un fallo de color de diálogo)
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