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The Hunt. {Iorwerth Cosmas}

Stella Moon el Miér Feb 01, 2017 7:55 am


Había pasado una semana desde que había vuelto al “mundo real” después de haber permanecido un mes entero dormida y mantenida prisionera por Iorwerth, y el mundo que había encontrado era muy distinto al que había dejado atrás cuando entré en el despacho de Albus Dumbledore para intentar asesinarle. Ya no tenía que ir por la vida tapando mi Marca Tenebrosa, o contando la misma mentira que contaba a alguien cada vez que la veían. “Dejé esa vida atrás,” decía siempre. “He sido perdonada.” ¿Perdonada? ¿Perdonada por qué, exactamente? Según mi propio criterio, no había nada por lo que tuviese que pedir perdón. Nada. Ahora todo era diferente. El mundo estaba bajo nuestro control, por fin. Si bien a mí aún me quedaba un largo camino por recorrer, pues una de las razones por las que había luchado siempre era por conseguir que los licántropos consiguiesen algo más de poder, cosa que no había sucedido. Edward no iba a poder obtener la misma Marca que yo por ser lo que era, sino que había sido reclutado de una forma mucho peor. Yo estaba bien, era una mortífaga ya algo veterana, me había ganado a pulso mi puesto y la confianza del Señor Tenebroso. Mientras que el mundo actual me daba riendas sueltas para actuar con la brutalidad con la que siempre amaba desatarme, aún tenía cosas que arreglar para que fuese un mundo perfecto. No importa, tengo paciencia.

Durante esta semana había estado notando que algo me ocurría. La laguna en mi memoria del día que estuve en el hotel con Iorwerth no era la única que tenía, pues en varias ocasiones a lo largo de la semana había estado haciendo cosas con toda la normalidad del mundo, caminando por la calle o poniendo en orden la nueva casa que acababa de comprar o en misiones, y de repente todo se volvía borroso, me dolía la cabeza, y cuando quería darme cuenta habían pasado minutos u horas y estaba en otro lugar o haciendo otra cosa y no recordaba nada de lo sucedido. Me había preocupado, así que había ido a San Mungo, donde fueron incapaces de darme un diagnóstico pero apoyaron mi teoría de que tenía una severa concusión que me había provocado aquella extraña amnesia. Solo podía confiar en que con el tiempo mejorase, lo cual creo que pasará, ya que desde hace tres días no me ha vuelto a pasar y recordaba todo lo sucedido en las horas en las que había estado despierta de esos días.

Esa noche del primero de febrero no podía quedarme tirada en el sofá de mi casa sin hacer nada, pues me había sido encomendada una misión. Que hubiésemos ganado la guerra no significaba que todavía no quedasen pequeñas batallas por librar contra rebeldes y fugitivos. Era precisamente eso lo que tocaba hacer hoy, ir tras fugitivos y deshacernos de ellos. Habíamos recibido un chivatazo de que un grupo compuesto tanto de Aurores que habían permanecido leales al antiguo Ministerio de Magia estaban escondidos en una casa de York, y protegían a otros fugitivos que eran sangre sucias que habían huido para escapar de los juicios que se estaban llevando a cabo en contra de ellos. Era nuestro deber esa noche encontrarlos y, por supuesto, matarles a todos. Esa era la nueva ley de este gobierno, y me daba placer impartirla.

Me había aparecido ya en York, en el lugar al que me había sido indicado que tenía que ir para esperar a mi compañero de misión. Estaba con la espalda apoyada en la pared de la fachada de un edificio, e iba vestida con unos ceñidos pero flexibles pantalones de cuero negro, unas botas también negras, y una camiseta y una cazadora de cuero del mismo color por encima. Mi cabello largo y rizado estaba suelto, como me gustaba llevarlo, pero no me molestaba. Estaba escondida en la oscuridad de una esquina, y me entretenía viendo a la gente pasar mientras esperaba a mi compañero de esa noche, que no era nada más ni nada menos que el mismísimo Iorwerth. Una suave sonrisa retorcida estaba dibujada en mi rostro, pues sabía que esa noche me iba a divertir mucho. Jamás pensé que iría a una de estas misiones con él.
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Invitado el Vie Feb 03, 2017 3:16 am

Un nuevo mes comenzaba e Iorwerth se encontraba solo, sentado en un pequeño café de la ciudad de York. Sí, aun cuando sonara extraño, aquella noche el ex-auror había cambiado el alcohol por una taza de café y es que necesitaba estar sobrio y es que sometería a su primera misión oficial como Carroñero al servicio de Tom Riddle. Su taza estaba frente a él, aún sin tocar, pero ya ni si quiera salía vapor de su contenido. El hombre se encontraba pensativo, con la mirada fija en uno de los adornos que se encontraban pegado a la ventana del local y en sus manos aún llevaba un par de guantes negros que ni siquiera se había sacado.

—¿Cómo está el café?

Interrumpió de pronto la mesera que le había atendido. Era una mujer alta, de unos veintipocos años de edad, cabello dorado, ojos marrones y una sonrisa sumamente coqueta.

Iorwerth levantó la mirada lentamente, pasando por los pliegues de su falda hasta la misma palidez de su rostro en donde se detuvo por un momento mientras ella continuaba sonriendo.

—Bueno, parece que ni siquiera lo has probado… ¿quieres que lo caliente o te lo cambie por uno fresco? Va por cuenta de la casa.

Insistió la mujer con su sonrisa, pero el ex-auror no hizo más que respirar profundamente y volver a desviar su mirada hacia la ventana. Sólo entonces la mujer rodeó los ojos y se marchó sin decir nada. El irlandés tampoco se movió, sólo el iris de sus ojos seguía a las personas que pasaban por la vereda del frente mientras dejaba que el tiempo se escabullera entre sus dedos.

La alarma de su reloj sonó quien sabe cuento tiempo después y el mago le apagó para luego sacar un poco de dinero de su cartera y dejarlo sobre la mesa antes de marcharse del lugar. El clima aún estaba frío, aunque mucho más agradable que el mes de Diciembre y aquel lugar del Reino Unido ya no había nieve en las calles.

Caminó con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta hasta llegar al punto acordado. Vio la silueta de Stella aún a la distancia, apoyada en la fachada de un edificio. Sus ropas coincidían en la chaqueta de cuero negra y los pantalones del mismo color, por lo que parecía que incluso tuviesen un par de cosas a fin, lo que le hizo torcer un poco la boca en una sonrisa irónica.

—Moon —mencionó llamándole por su apellido en cuanto le tuvo de frente —. Veo que las chaquetas de cuero son la moda de los asesinos.

Sonrió brevemente, y sólo le bastó una mirada a su forma de mirarle para darse cuenta con cual de las dos Stellas estaba hablando. Bienvenido al Mundo de la locura.

—Según me informe, es el mortífago el que pide la compañía de un carroñero como mascota de ayuda para las misiones —le miró entrecerrando los ojos —¿Tenías miedo ir sola o simplemente te diste cuenta de que me echabas de menos?
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Stella Moon el Vie Feb 03, 2017 7:30 am

Iorwerth no tardó en llegar a la hora a la que había sido instruido que se presentase precisamente en este lugar. Sonreí satisfecha al verle llegar, y no oculté ni por un momento el descaro en mi mirada mientras le estudiaba de arriba abajo, apreciando lo endiabladamente sexy que se veía en ese atuendo que iba a juego con el mío. Oh, para qué mentir, realmente echaba mucho de menos estar metida en su cama, ¿quién rechazaría a un hombre como ese? Ni siquiera haber perdido una mano le quitaba atractivo, pero, ahora que me fijaba un poco más detenidamente… no parece que le falte nada. ¿Vería mal por culpa de la oscuridad? Posiblemente.

Me quedé quieta en la misma postura que había estado antes apoyada contra la pared mientras él se acercaba hasta que llegó y se detuvo enfrente mío. Arqueé una ceja ligeramente, encontrando gracioso el hecho de que ahora me llamase por mi apellido como si fuésemos meros compañeros de trabajo entre los que había formalidades a falta de una relación más estrecha.

Cosmas —le saludé de la misma forma mientras me separaba de la pared, esbozando cierta media sonrisa divertida. La sonrisa se amplió ligeramente cuando escuché el comentario que hizo sobre nuestro estilo de vestir. No sabía de qué se sorprendía, tres cuartos de mi tiempo me lo pasaba enfundada en cuero negro, no era la primera vez que me veía así vestida, aunque sí que era la primera vez que ambos íbamos a participar juntos en una misión de este estilo, y encima parecía que íbamos uniformados. —¿No nos hace acaso lucir fabulosos?

Sus ojos se entrecerraron, y mi cabeza se inclinó muy levemente hacia un lado mientras le miraba como una niña traviesa al escucharle hablar entonces. Me mordí suavemente el labio inferior, y mi sonrisa se amplió durante un instante antes de desaparecer por completo y ser sustituida de repente por una expresión de melancólica nostalgia y entristecido arrepentimiento por los pecados cometidos.

La verdad es que… puede que sí que te haya echado de menos… —susurré con profunda emoción tanto en mi voz como en mi mirada mientras le miraba como si mi corazón estuviese roto en mil pedazos. Mi actuación era tan perfecta que cualquier persona que pasase en este momento a nuestro lado y nos mirase creería que realmente sentía los sentimientos expresados en mi rostro. Era buenísima actuando, lo había hecho durante años. Sin embargo, tan rápido como aquella expresión había aparecido en mi rostro volvió a desaparecer, siendo devuelta entonces la sonrisa traviesa a mis labios. Decidí ignorar completamente un pensamiento que me reconcomía en mi interior e intentaba decirme que sí que le había echado aunque fuese algo de menos. ¿Para qué escuchar a una voz de la conciencia que no me dice nada de utilidad? —Pensé que sería muy divertido verte en acción ahora que estamos en el mismo bando. Pero no perdamos el tiempo con charlas, ya habrá tiempo para eso. Ahora tenemos trabajo que hacer.

Y, aunque no dejé de sonreír de aquella manera que haría que muchos opinasen que estaba enferma o loca, pues la idea de provocar dolor y muerte me causaba una gran felicidad, me volví seria entonces, pues siempre me tomaba las misiones como si no fuesen juegos, ya que no lo eran. Recibía órdenes, y las acataba lo más perfectamente que podía siempre. En ocasiones tenía la oportunidad de divertirme de lo lindo, así que no desaprovechaba esas ocasiones, pero siempre trataba de finalizar el trabajo lo mejor posible. Llevaba en una mano mi varita y en la otra mis anillos de garras; los que Iorwerth me había quitado a la fuerza y había utilizado para cortarme los labios cuando la ira le consumía no eran los únicos que tenía.

Nos pusimos en marcha por las calles de York de camino a la casa en la que se escondían los fugitivos. Según la información que habíamos recibido, en ella se escondía cinco personas: dos Aurores y tres hijos de muggles que habían huido de la nueva ley. Estaba convencida de que entre Iorwerth y yo podríamos con ellos. No me preocupaba el hecho de que tuviese que enfrentarse a antiguos compañeros Aurores, pues bien sabía yo que no les tenía ningún cariño.

Reprimí una risotada cuando llegamos a nuestro destino sin problemas. Los idiotas estaban tan confiados de que allí estaban a salvo que ni siquiera se habían molestado en poner un encantamiento Fidelio para ocultarse de nosotros. Esperaba que su estupidez se debiese a falta de tiempo y no a ineptitud, pues ni siquiera hechizos protectores fuertes nos impidieron la entrada a su escondite. ¿Qué pensaban, que en aquel lugar estarían a salvo por el simple hecho de estar perdidos en una ciudad llena de muggles en un barrio no mágico? Su error les iba a costar caro, y a mí me iba a alegrar la noche.

La puerta era lo único que se interponía entre ellos y nosotros, y fue un obstáculo fácilmente salvado. El apartamento era amplio, mas no tuvimos que buscarles por varios lugares pues los cinco hombres estaban en el comedor, cenando. Habían sido alertados de nuestra presencia en el apartamento antes de que llegásemos al comedor, así que estaban esperándonos con las varitas en alto. Sin necesidad de compartir palabras entre Iorwerth y yo, él se dirigió a por unos y yo a por otros. Un hechizo ofensivo voló en mi dirección, pero fue bloqueado fácilmente con un encantamiento protector. Lo que el hombre no pudo bloquear con la misma facilidad fue el Avada Kedavra que envié en su dirección y que le golpeó de lleno en el pecho, haciéndole desplomarse de espaldas en el suelo, muerto.

Bajé la varita, miré al cadáver de mi víctima, y resoplé algo decepcionada al ver a ese cuerpo inútil ahí tirado.

Eso ha sido patéticamente fácil —me quejé y mi sonrisa demente volvió a mi rostro mientras alzaba la mirada al siguiente hombre que estaba más cerca de mí mirándome con odio. —¿Hay alguien un poco más divertido por aquí? ¿Tú? Perfecto…

Me relamí como una gatita que acababa de ver un delicioso ratón al que cazar, y preparé mi varita para atacar mágicamente a la vez que alzaba en alto mi mano con los anillos de garras que cortaban la carne de mis víctimas sin piedad mientras me abalanzaba sobre ese segundo hombre.
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Invitado el Sáb Feb 04, 2017 2:59 am

Y ella no dudó en seguirle la corriente cuando el irlandés le saludó por el apellido, lo que también le hizo sonreír, ya que parecía haber sido una pequeña broma personal el que se estuviesen tratando casi como desconocidos después de todo lo vivido. Por eso es que sonrió aún más ampliamente cuando dijo que el cuero les hacía lucir fabulosos, aunque aquella sonrisa fue reemplazada por un suspiro de cansancio y un rodeo de ojos, antes que se diese la media vuelta y se echase a caminar ignorándole por completo mientras se hacía su pequeña actuación de niña triste. De hecho, le ignoró tan bien que ni siquiera tuvo idea de lo que la morena dijo.

—¿Viste a Edward? —preguntó unos pasos más allá.

Una de las últimas cosas que le había dicho antes de haberla visto por última vez es que el ex-Gryffindor le estaba buscando y, según las malas lenguas, se había enterado de que era carroñero precisamente porque se había convertido en licántropo una vez egresado de Hogwarts, como si aquella fuese toda su aspiración de vida. Era patético.

Sacó su varita mientras iba caminando y miró hacia ambos costados de la calle, como si quisiese asegurarse de que no había ningún muggle mirando, antes de hacer un pequeño movimiento de varita sobre sí mismo, lanzándose un ‹‹Suprasensus›› no verbal, como hacía antes de cada misión como Auror a la que había asistido desde que hubo entrado a la Academia. Para él era ya una especie de tradición, y algo que no dejaría de hacer, ya que la misma experiencia le había dicho que le había salvado el pellejo al menos un par de veces.

Stella dejó de caminar e Iorwerth se detuvo también para mirarla, comprendiendo en el momento que habían llegado al lugar señalado, por lo que irlandés miró hacia la fachada de la puerta y estiró una de sus manos, pasándola por delante de él como si barriese el aire por delante de la casa.

—Está protegida.

Señaló al sentir la magia y se dio la media vuelta para mirar hacia la calle, una vez más en búsqueda de muggles, antes de conjurar una vez más.

Repello muggletummurmuró por lo bajo.

Y Stella ya podía comenzar a darse cuenta que Iorwerth Cosmas, el ex-auror, aún sabía lo que hacía y seguía siendo tan metódico como en sus mejores años de servicio. El mago frunció el ceño, recuperando su seriedad y concentración, y tras haberse encargado de que los muggles se mantendrían alejados, comenzó a atacar las barreras mágicas mientras volvía a formularse las mismas preguntas que se había estado haciendo una y otra vez en aquel café ¿a quienes vería del otro lado? ¿Sería capaz de sentir algo de placer al matarlos?

Los hechizos cedieron por fin e Iorwerth no dijo ni una sola palabra antes de echar la puerta abajo de una patada, ya que la varita la ocuparía en cuanto la puerta saliese expedida para realizar un ‹‹Protego›› no verbal que detendría los hechizos más inmediatos, pero éstos jamás llegaron, ya que los muy cobardes se habían refugiado más al interior de la vivienda.

¿Cuántas redadas había hecho en su vida? ¿A cuántos lugares había entrado por la fuerza y con cuántos magos se había dueleado? Aquello era como volver a andar en escoba luego de creer que lo había olvidado, más era algo que había hecho por tantos años que ya lo tenía sumamente arraigado y en ese momento reconocía como parte de él.

Iorwerth avanzó con la varita lista, apuntándola a cada esquina y rincón mientras avanzaba con cautela, mas sus sentidos aún ampliados producto del anterior “Suprasensus” dieron con la localización de los hombres del otro lado de la siguiente mampara, por lo que hizo una señal a Stella advirtiéndole de ellos, antes de lanzarse juntos al lugar de la acción y ésta vez sí el ‹‹Protego›› fu efectivo.

—¡Religio!

Fue el primer hechizo que lanzó, antes de siquiera darse la oportunidad de mirar a la cara a la persona que había atacado. Los hechizos iban y venían en forma de varios haz de luz que de un momento a otro ya habían hecho volar la vajilla y romper algunas copas, pero no fue hasta que un ‹‹Expulso››, proveniente de la varita de Cosmas, golpeó la mesa de pesada y fina madera para hacerla estrellar contra dos de los enemigos que se esparció por completo el olor del vino y la comida antes servida. Sólo entonces tuvo el tiempo de ver las caras de sus enemigos y éstos reconocer la suya.

—¡Cosmas! —exclamaron los dos al mismo tiempo, para luego ser sólo uno el que hablara —Iorwerth, somos nosotros, tus...

Pero el hombre no alcanzó a terminar la frase cuando un látigo de fuego con forma de ‹‹Flare›› salió de la varita del ex-auror directo a flagelar y quemar el rostro de su antiguo compañero. El otro corrió hacia las otras habitaciones y anteriormente atacado volvió a la carga haciendo que el irlandés maldijera por lo bajo por no poder seguir al cobarde que había huido.
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Stella Moon el Dom Feb 05, 2017 4:02 am

Comencé a caminar detrás de él después de que él comenzase a hacerlo en silencio. No era para nada mi intención romperlo, y no lo habría hecho de no ser porque fue Iorwerth quien lo hizo primero, preguntándome si había visto a Edward. Asentí mientras caminaba a su lado.

—asentí, sin añadir nada más pero dibujando una casi imperceptible sonrisa en mi rostro al pensar momentáneamente en el revoltoso y joven licántropo que ahora era, inexplicablemente, como mi hermano. Vivíamos ahora mismo como si fuésemos una verdadera familia, juntos como hermanos, y yo trataba de guiarle por el nuevo camino que había escogido en su vida lo mejor que podía, aunque se había llevado una buena bronca por mi parte después de enterarme de lo que había hecho. Edward era un chico impulsivo que no actuaba con razón ni con sentido común a veces, guiándose solamente por sus deseos del momento sin pensar con la mente en blanco ni con sangre fría. Aquello podía costarle muy caro dependiendo de los errores que hiciese. No podía controlarle, no era un animal no yo su dueña, después de todo, pero sí que podía tratar que no metiese la pata más de lo debido.

Encontramos el lugar sin problemas, y pudimos entrar casi sin dificultad alguna pues Iorwerth seguía siendo muy hábil con la varita, cosa que no había dudado nunca. Creo que de todas las personas que he conocido en mi vida y que habían estado en el bando enemigo, él era la única persona a la que no consideraba un inútil, y le había tenido respeto. Le seguía teniendo respeto, en realidad. Aquí estaba él, después de todo, sobreviviendo donde muchos más no lo habían hecho ni lo conseguirían. Aunque yo no se lo dijese, admiraba eso de él. Después de que entrásemos en la vivienda y encontrarnos a sus cinco habitantes reunidos en el comedor esperando nuestra llegada con las varitas en alto, se desató el caos.

La primera víctima cayó en un segundo, abatido por mi maldición asesina. Me quedé durante unos instantes observando el cadáver casi patidifusa, sin poder creerme que el hombre hubiese sido tan inútil que, sin siquiera haber sido cogido por sorpresa, hubiese sido asesinado en menos de un abrir y cerrar de ojos sin que pudiese hacer nada al respecto. Por una parte no iba a quejarme, era una víctima menos y todavía teníamos cuatro hombres de los que ocuparnos, pero otra parte de mí se sentía algo decepcionada al haber sido privada de diversión con tanta rapidez. Esperaba que el resto me proporcionase más diversión, lo cual expresé en voz alta antes de abalanzarme sobre el segundo hombre. Podía ver por el rabillo del ojo que Iorwerth comenzaba a encargarse de los demás hombres que había en el comedor, dejando todo hecho un poco un desastre en el proceso, pero no me distraje prestándole atención a lo que él hacía pues tenía mis propios asuntos de los que preocuparme. Este hombre fue mucho más útil que su compañero al enfrentarse a mí, lanzándome un Expulso que, aunque pude detener con un Portego a tiempo de evitar que me lanzase por los aires, sí que me detuvo e impidió que le rajase la cara al hombre con mis garras de metal.

¡Petrificus Totalus! —gritó al atacarme, y conseguí esquivar ese hechizo haciéndome a un lado ágilmente.

Devasto —conjuré apuntando al enorme mueble que había justo al lado del hombre, que no tenía ni idea de si sería uno de los Aurores o de los sangre sucia a los que veníamos a ejecutar por ser fugitivos de la nueva ley. El mueble reventó en mil pedazos, lanzando una lluvia de astillas de madera que se propagó por todo el comedor como metralla de una bomba. Distrajo al hombre el tiempo suficiente para que no estuviese pendiente cuando mi siguiente hechizo voló hacia él. El hombre salió volando por los aires y se golpeó fuertemente de espaldas contra la pared, cayendo después de rodillas al suelo. Reí como un niña pequeña que simplemente se divierte dulcemente jugando a las muñecas, y me acerqué al hombre aturdido tirado en el suelo mientras jugaba con mi varita entre mis dedos y pensaba en qué hacerle a continuación.

Estaba a punto de agacharme a su lado y agarrarle del pelo para tirar de él, levantarle la cabeza y decir “¡Cucú!”, pero el cabrón me sorprendió en ese momento apuntándome él con su varita y lanzando un Bombarda. Me agaché justo a tiempo de evitar que mi cabeza se convirtiese en confeti, pero la pared no tuvo tanta suerte y voló por los aires, lanzando escombros por doquier en el interior de la sala continua. Sin embargo sí que me llevé un Expulso en todo el estómago que me lanzó al interior de esa habitación, tirándome de espaldas al suelo con un gruñido.

Cabrón… —mascullé de mala hostia al golpearme la cabeza con el suelo, pero me sentía bien. Es más, mejor que bien, ¡al menos este sabe pelear!

El hombre se levantó y cruzó por el agujero de la pared para venir a la sala en la que estaba yo después de su ataque. Se colocó justo enfrente de mí, apuntándome con su varita mientras me miraba con una mezcla de odio y… espera un segundo, ¿es eso pena?

¿Por qué haces esto, Stella? —preguntó entonces con un fuerte acento americano. Le miré sorprendida al escuchar mi nombre saliendo de sus labios. ¿Este tío quién es? Si me hubiese acostado con él supongo que me acordaría, y no es ninguno de mis falsos amigos que he mantenido estos últimos tres años mientras fingía ser buena para espiar… —Eras mi amiga en la universidad, ¿no te acuerdas...? Soy Kevin...

Mi mirada se oscureció levemente al comprender lo que quería decir con aquello. Formaba parte de un pasado que ya no existía.

No te conozco —mascullé con frialdad, y aproveché su momento de confusión para alzar de nuevo mi varita, apuntarle, y lanzarle un Crucio no verbal que un instante después le arrancó unos agónicos alaridos de dolor que resonaron entre las paredes del apartamento de una manera espantosa.
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Invitado el Dom Feb 05, 2017 7:41 pm

Por el rabillo del ojo, vio a ese desgraciado correr a través del pasillo, mientras él tenía que mantener le varita en ristre preocupado del otro auror quien le estaba dando la pelea en ese momento. Además el puto olor del vino derramado también comenzaba a secarle la boca y eso le ponía de mal humor.

—¡Charles! —gritó el auror que estaba apresado por las cadenas, pidiendo la ayuda de su compañero.

Charles lanzó un potente ‹‹Expulso›› a Cosmas y el irlandés salió expedido en el aire hasta chocar con su espalda sobre la muralla y luego caer al piso junto con uno de los retratos que había pasado a llevar. El auror aprovechó en ese momento la oportunidad para liberar a su compañero, pero Iorwerth ya se asomaba por detrás de la mesa volteada y apuntaba con su varita al recién liberado, enviándole un ‹‹Sectum›› directamente a la yugular.

—¡NO! —gritó Charles mientras su compañero se desangraba rápidamente llevándose las manos al cuello —Vulnera sanen…

Quizo conjurar, pero su hechizo fue cortado cuando Iorwerth le arrojó una de las sillas con un ‹‹Flipendo››, mientras él mismo terminaba de ponerse de pie y alzaba la varita una vez más. Ambos antiguas compañeros de trabajo se apuntaban mutuamente con odio en sus miradas, como queriendo ver quien se atrevía a disparar primero.

—Estás cometiendo un error —soltó Charles.

—Desde mi punto de vista, fueron ustedes los que cometieron el error.

—Eras el mejor auror de nuestra generación ¡tenías un excelente futu…!

Pero la varita de Iorwerth no le dio tiempo a terminar su frase, ya que de ella salió algo parecido a un pequeño dardo casi invisible que se enterró en su cuello, abriéndose paso a través de su piel. Uno de los hechizos más terribles que el irlandés había visto en vida y, que muy curiosamente, él mismo había inventado ‹‹Mortis Scarlatte››. Un hechizo que no dejaba mas huella que una pequeña punzada en el enemigo y comenzaba a matarle rápidamente por dentro.

Charles se llevó una de las manos al cuello y volvió a alzar la varita en contra de Cosmas, pero éste desvió el hechizo tan fácilmente como si espantase una mosca. El auror estaba muriendo y su cuerpo dejando de responder con la misma precisión, por lo que el irlandés tuvo la osadía de acercarse a él avanzando entre los platos rotos para verle morir mientras le miraba a la cara, cuando escuchó parte de la discusión de la sala contigua en donde uno de los magos decía a Stella que le había conocido y ella le negaba inmediatamente. El mago desvió la mirada hacia la puerta que le separaba de ellos y en ese momento Charles aprovechó de lanzar a Iorwerth un último hechizo que éste logró esquivar a medias, recibiendo un corte en su mejilla. Entonces el auror cayó muerto y la voz ajena de la habitación contigua también se desvaneció entre medio que una sinfonía de gritos de dolor.

El irlandés dudó por un momento, pero luego retrocedió tras sus pasos y cogió la varita de los dos aurores asesinados para metérselas en el bolsillo, antes de transformarse en un enorme lobo gris y con un ladrido de cacería lanzarse a correr por el pasillo en buscar de aquel que había huido.
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Stella Moon el Dom Feb 05, 2017 10:58 pm

Sabía ya desde hace un año que mis recuerdos no eran verdaderos y muchas de las cosas en mi mente eran mentira mientras que otras tantas habían sido completamente borradas, y aunque realmente me daba igual no recordar absolutamente nada de la vida que había llevado cuando me estaba ablandando y convirtiéndome en una persona que aborrecería ser, me enfurecía toparme con mi pasado borrado de narices sin previo aviso en ocasiones. Como este hombre que hay delante de mí en este momento, por efecto. No le conozco de nada, es la primera vez que le veo, para mí no es más que una víctima más que añadir a mi interminable lista. Pero para él eso no es así, él tenía recuerdos míos, había una historia aparentemente de amistad, una historia que hace que a ojos de otras personas yo sea de una manera que no soy. Lo odiaba, y odiaba a quien fuese la persona que me había hecho esto.

La ira que sentí al suceder eso influenció la potencia de mi Crucio, que golpeó de lleno al hombre y le arrancó los que posiblemente fuesen los gritos más horribles que hubiese dado en toda su vida. Mantuve la maldición sobre él un largo tiempo mientras él se retorcía en el suelo, moviendo su cuerpo de manera extremadamente antinatural, como si ya no estuviese limitado por sus huesos o todos estuvieses dislocados, permitiéndoles retorcerse horriblemente como un monstruo de película ante el dolor que estaba sintiendo.

Me acerqué a él, detuve la maldición, me agaché a su lado hincando mi rodilla sobre su pecho para mantenerle inmóvil, y comencé a golpearle con la mano en la que llevaba puestos los anillos de garras. No le daba puñetazos, solamente le golpeaba con todas mis fuerzas una y otra vez, rajándole la cara, apuñalándosela con las afiladas garras, desfigurándole y mutilándole horriblemente mientras salpicaba sangre por todas partes, manchando el suelo y a mí misma, mi chaqueta, mi cara, mi pelo, mis manos, todo. No me detuve hasta que el hombre dejó de chillar y se quedó completamente inmóvil, muerto por fin. Cualquiera que le viese en aquel momento tendría problemas reconociendo lo que antes había sido su rostro como algo humano.

Ni siquiera me limpié la mano chorreante de sangre en la ropa de la víctima antes de levantarme y girarme para ver cómo Iorwerth tomaba su forma animaga de lobo y salía corriendo por un pasillo. Sentí una punzada de envidia al verle, pues él podía transformarse siempre que quisiera en lobo y yo no, y él podía controlar sus acciones y yo no podía. Pero no importa, siempre he sabido utilizar bien mi don. Comencé a caminar por el pasillo por el que él se había marchado, pasando por encima del cuerpo de los hombres que él había matado sin dedicarles siquiera una mirada…

Mi cabeza dio vueltas de repente, un horrible mareo se apoderó de mí, y tuve que apoyarme de costado en la pared del pasillo unos segundos mientras una de mis conciencias se sumía en un mar de oscuridad y la otra volvía a resurgir después de días de estar encerrada en esa misma oscuridad, gritando para ser liberada sin ningún éxito hasta entonces.

¡Por fin! —exclamé entre dientes mientras me erguía recta de nuevo después de que el mareo que conllevaba la transición de mi alter ego a mí misma desapareciese. Estaba a punto de seguir a Iorwerth por el pasillo, queriendo acabar con esa misión de una vez por todas y marcharme de allí, pero me detuve y me giré un instante para observar el horriblemente mutilado rostro del cadáver que antaño fue, efectivamente, un amigo mío. La loca no le recordaba. ¿Cómo iba a hacerlo? Mi madre se había encargado de eliminar de mi mente a todas aquellas personas de mi pasado que ella no aprobaba, y eso incluía a amigos de la universidad que eran estudiantes para convertirse en Aurores. Igual que a él, no recordaba a muchos otros y, al igual que él, ninguno de ellos le importaba a mi otra yo. Sentí un agujero en mi estómago al ver lo que había hecho al estar fuera de control, pero mi rostro permaneció tan sereno como si ese hombre, Phil, fuese un completo desconocido tal y como lo había sido para mi alter ego. No podía dejar que me invadiese la ansiedad por las acciones que estaban fuera de mi control, y no podía perder la cabeza. Por mucho que yo considerase que ya no era la chica sádica que una vez había sido y que seguía siendo cuando estaba fuera de mi control, sí que seguía siendo la mujer que haría cualquier cosa por sobrevivir, y en este momento eso significaba seguir siendo la loca y continuar con mi misión.

Recorrí el pasillo siguiendo el camino por el que se había marchado Iorwerth en forma lupina hasta llegar una habitación en la que le vi entrar. Si había estado persiguiendo a un hombre, y él había dejado dos cadáveres en el suelo del salón y yo otros dos, entonces la misión ya había llegado a su fin. No me dio tiempo a decir nada, ni siquiera a analizar bien el estado de la situación en el interior de esa habitación, pues apenas había llegado a la puerta cuando un Expelliarmus me golpeó por la espalda y mi varita salió volando a la vez que yo golpeaba casi de bruces la pared. Me giré y vi que había aparecido otro tipo, pero no era uno de los que habíamos sorprendido antes en el comedor cuando llegamos, sino que este era un sexto hombre desconocido. Parecía que había más fugitivos refugiados en el apartamento.

Mi varita había caído en algún lugar, no tenía ni idea dónde, y no podía perder el tiempo buscándola en ese momento, pues ni siquiera tuve la oportunidad. El hombre llegó a mi lado y me agarró de la chaqueta, levantándome bruscamente del suelo. Aproveché ese momento para darle un fuerte cabezazo en la frente, que si bien a mí también me dolió, a él le dejó bastante aturdido, lo suficiente para conseguir que me soltara. Giré cobre mí misma rápidamente entonces, aprovechando el impulso de ese giro para disparar una patada con gran potencia que le golpeó en el lado de la cabeza, dejándole incluso más aturdido, y un segundo giro sobre mí misma acompañado de una segunda patada todavía más potente y rápida dirigida esta vez a su pecho le lanzó hacia atrás, haciéndole golpear la pared de espaldas.

Revisé el suelo rápidamente en busca de mi varita, pero seguía sin encontrarla. Durante aquel brevísimo despiste un hechizo me dio de lleno en el pecho, lanzándome contra la mesilla de noche que había al lado de la cama. El impacto dejó la mesilla hecha pedazos, derramando los contenidos de sus cajones por el suelo. Un trozo grande de madera astillada se me clavó en el costado, haciéndome gemir de dolor y provocando una mueca en mi rostro. Lo agarré y me lo arranqué, haciendo que sisease de dolor a causa de ello. Sangraba, pero no era una herida profunda, así que no me preocupé y tiré la madera ensangrentada a un lado. Veía a Iorwerth algo ocupado, pero no podía enfocarme en lo que él estaba haciendo, pues mi prioridad era el tío con el que yo me estaba enfrentando y que ahora mismo había conseguido recuperarse de sus golpes y se acercaba hacia mí. Era bastante grande y musculoso, habría tenido un aspecto algo imponente en ocasión de no haber sido por el ridículo pijama de algodón con diseño de tela escocesa que llevaba puesto y que le daba un aspecto totalmente anticlimático para la situación en la que nos encontrábamos.

Asquerosa perra mortífaga, te vas a enterar… —masculló mientras se detenía delante de mí. Yo estaba desarmada y tirada en el suelo, arrinconada entre la pared y él y la cama a mi lado. No me apuntaba con su varita, posiblemente querría pegarme una paliza con puños y patadas para enseñarme una lección antes de acabar conmigo. Me di cuenta de que había adivinado correctamente cuando el hombre me dio una patada con todas sus fuerzas en el costado, justo donde se me había clavado antes el trozo de madera, por lo que el dolor fue peor de lo que habría sido por sí solo con la patada y grité.

Loca o no, no iba a permitir que eso continuase. Tanteé el suelo a mi lado, donde habían caído los trozos rotos de madera de la mesilla de noche y todas las cosas que había guardadas en los cajones, buscando un arma que utilizar a la vez que mis anillos de garras. Toqué entonces un objeto muggle que reconocía al tacto, un mechero. Debía de pertenecer a uno de los sangre sucias a los que habíamos venido a matar.

Antes de que el hombre me diese una segunda patada encendí el mechero y lo acerqué a sus pantalones de algodón, haciendo que la llama tocase la tela. Inmediatamente prendió fuego y este se extendió por toda la ropa, cubriendo completamente en llamas al hombre. Me apoyé con las manos en la cama y me levanté, dándole entonces una patada en la mano para que soltase su varita y no pudiese apagar el fuego con agua. El hombre en llamas corrió por la habitación y chilló durante unos segundos antes de desplomarse muerto allí.  
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Stella MoonInactivo

Invitado el Lun Feb 06, 2017 4:12 am

Corrió como lobo porque de ese modo corría más rápido y tenía más posibilidad de darle alcance a aquel que había huido, antes de que abandonase los terrenos de aquella morada y pudiese desaparecerse. Lo olía, lo sentía, podía rastrearlo y sentirlo como si fuese una verdadera presa, y por eso no paró, ni se detuvo hasta que ya fue demasiado tarde y dos haz de luce volaron hacia él chocando en la muralla opuesta, ya que los magos estaban esperando a un cuerpo de mayor altura, a un humano.

El lobo se escurrió entre ellos con rapidez y saltó a través de la ventana que estaba abierta, ladrando enfurecido. Los dos hombres de la habitación se pusieron de pie para seguirle, pero el auror que ya alcanzaba la muralla del final del jardín daba el grito de alerta:

—¡Hay otra!

Los magos se dieron la media vuelta y rápidamente se volvieron a esconder mientras el lobo de un salto alcanzaba a agarrar la pierna del auror para volver a hacerle caer sobre las plantas, en donde Iorwerth volvió a transformarse en el humano que era y le golpeaba fuertemente con su nueva mano de plata, rompiéndole la mandíbula de un sólo golpe, antes de agarrarle de la ropa y ponerle de pie junto a él, antes de azotarlo contra la misma muralla por la cual pensaba escapar.

—¿A dónde ibas? —preguntó el ex-auror —¿Hay otros? ¿Están organizados? ¡RESPÓNDEME!

—No… ¡NO!… Estamos solos… —respondió aquel.

Iorwerth no le creyó, por lo que volvió a tomarle esta vez con ambas manos para azotarle una vez más, dejando esta vez una huella de sangre oscura en la muralla opuesta.

—¡Es la última vez que te pregunto! —rugió el irlandés.

—Es inútil… No voy a hablar… Me tendrás que matar.

—Como desees.

Y entonces retrocedió con él, para tomar impulso y sujetarle del mismo cabello en la corona de la cabeza para arrojarse con el con todas sus fuerzas hacia la muralla y partirle el cráneo en dos antes de dejarlo caer, ya completamente inerte. Iorwerth le dedicó una última mirada de odio y volteó al escuchar los gritos de un hombre quemándose, por lo que volvió a transformarse en lobo de un sólo salto para correr de regreso a la casa.

—¡Avada kedavra!

Lanzó de sorpresa uno de los magos ocultos en dirección a Stella, pero justo cuando salía el hechizo de su varita, su mano era alcanzada por un látigo de fuego que le hizo desviar la dirección en el último momento, golpeando sobre la muralla vacía. El hombre gritó de dolor con su brazo amarrado por hechizo ‹‹Flare››, mientras giraba por la fuerza del mismo látigo enrollado a su extremidad, quedando de frente a Iorwerth quien en ese momento se lanzaba contra él con la palma derecha extendida y la muñeca de plata expuesta, de la que en último momento salió una daga retráctil del mismo material que se enterró en su cuello tan sólo un segundo antes de que ambos cayeran al suelo, Cosmas de rodillas a horcajadas sobre el cuerpo ya inerte. Entonces alejó su brazo de aquel hombre y la daga hecha por duendes volvió a esconderse en la muñequera que llevaba puesta sobre su brazo de plata el cual le otorgaba mayor sujeción y causa del material, tampoco le dañaba por el imparto. Después de todo, ser un manco también tenía sus ventajas.

Se puso de pie y alzó la mirada para encontrarse con Stella y darse cuenta de que estaba herida, por lo que se acercó a ella, aunque no sin antes sacar su varita y conjurar.

—Homenum Revelio —mientras miraba hacia ambos costados de la habitación, al mismo tiempo que avanzaba hacia ella, antes de dedicarle una sonrisa descarada —. Por fin solos.

Rió entre dientes antes de detenerse cerca, delante de ella, y posar su varita en su costado, junto a la herida reciente y aún sangrante, en donde realizó un ‹‹Vulnera sanentum›› no verbal, antes de mirarle a los ojos e inesperadamente besarle una vez más, lenta y provocativamente, hasta saciarse de sus ganas y separarse de ella.

—No sé donde estará el resto de los hijos de muggle, pero me da impresión que no están tan aislados como aparentan.

Señaló compartiéndole sus conclusiones mientras guardaba la varita, mirando el destrozo dejado, antes de volver a salir al pasillo con la intención de marcharse del lugar. Estaba algo sorprendido consigo mismo y no podía evitarlo, había matado a sangre fría y una parte de él lo había disfrutado.
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Stella Moon el Lun Feb 06, 2017 5:22 am

Contemplé al hombre al que había prendido fuego arder y morir de una manera terrible. No hice el más mínimo ademán de ir a ayudarle, al contrario. Le quité su varita, evitando que pudiese hacer cualquier cosa para salvarse, y me levanté y le miré con expresión vacía mientras se alejaba dando alaridos y terminaba por desplomarse en el suelo, muerto al fin. Miré el cadáver durante unos instantes mientras este todavía ardía, sin sentir nada. Opinaba que mi alter ego era un monstruo por disfrutar tanto al matar a sangre fría, pero yo no era muy distinta a ella. Era una hipócrita que no sentía nada cuando hacía cosas terribles que tenía que hacer por mi propio bien.

Me percaté entonces de la presencia de otro hombre en la habitación. Estaba demasiado lejos como para matarle quemándole también o como para atacarle con mis garras o golpearle, y no tenía mi varita aún. El hombre me apuntaba con la suya, y le escuché conjurar la maldición asesina. Mi vida entera estuvo a punto de pasar frente a mis ojos, y durante un segundo pensé que moriría...

Iorwerth llegó entonces. Me salvó, y se deshizo de aquel último hombre. Me quedé quieta donde estaba, recuperando la normalidad de mi respiración que se había detenido antes mientras Iorwerth se acercaba a mí. Tenía un corte en la mejilla, pero aparte de eso parecía haber salido bien parado de todas las peleas, lo cual me alegraba. Por lo sucedido se me había olvidado completamente decir “Bobby”, aquella palabra que él me había indicado que sería nuestro código para avisarle de que era yo la que tenía el control de mi cuerpo en este momento y no la loca. Además en aquel momento una repentina punzada de dolor en mi costado me distrajo todavía más. La patada que había recibido en ella la había abierto más y había provocado que más sangre saliese de ella. Iorwerth reparó en la herida y se acercó a mí con la varita en la mano. Dijo que estábamos solos, y la manera en la que sonrió y rió me sorprendieron, pues no parecía para nada en shock por haber tenido que asesinar como lo había hecho por primera vez, trabajando para un nuevo bando y arrebatando vidas completamente inocentes. Parecía hasta contento. En realidad no debería serme tan extraño… Yo había sido siempre violenta y agresiva, incluso en mis días más moderados, así que no podía decir que no lo disfrutase. Claro que lo disfrutaba. Simplemente mi opinión acerca de las personas a las que tenía que ir dirigida aquella violencia y agresividad había cambiado algo.

Me curó, lo cual le agradecí. La sangre se detuvo y el dolor desapareció, lo cual permitió que mi mente se despejase completamente. Estaba a punto de darle las gracias por aquello, mas no me dio tiempo pues entonces me besó. Sus labios fueron suaves pero intensos contra los míos. Me quedé congelada de repente, sin saber qué hacer ni qué pensar. Sabía que debía apartarle, yo no era la otra. Yo no le quería de juguete personal, yo no quería nada con él, ni que me tocase, pues el único hombre al que quería besar era Dante. Pero no pude colocar las manos en el pecho de Iorwerth y apartarle, sorprendentemente. Creo que hasta me horroricé cuando me di cuenta de ello. No era que algo me lo estuviese impidiendo físicamente… el problema era yo. No era un secreto para mí que mi alter ego sentía algo por ese hombre que jamás admitiría en voz alta, pues ni siquiera se lo admitía a sí misma. Además, esos sentimientos estaban ocultos por otros más oscuros e intenciones retorcidas, cosas que yo no poseía, y el lado de ella que era capaz de sentir cosas buenas y genunas era el lado que todavía conservaba de mí, que no había sido borrado del todo… Por lo tanto, esa parte era mía, mientras que la parte que hacía que los sentimientos de la otra fuesen corrompidos por oscuridad no la compartía conmigo. Esa era, en cierta manera, una terrible noticia…

“¡¿Qué haces, estúpida?!” chilló una voz en mi mente cuando me descubrí a mí misma devolviéndole el beso a Iorwerth.

Fue un beso breve, por fortuna. Él se separó de mí, y yo quise darme bofetadas tanto mentales como reales, pero me quedé quieta pretendiendo que nada de eso había ocurrido. Era lo mejor.

Escuché las palabras que decía entonces, y pensé que tenían razón.

Muchos querrán formar una rebelión en contra del nuevo régimen, no podrán hacerlo si se desperdigan por todas partes como ratas asustadas —opiné, pensando que los fugitivos deberían estar intentando establecer alguna red de conexión entre ellos y formando una especie de comunidad. Era lo que siempre sucedía en ocasiones como esta. Hacía que les fuese fácil luchar y organizarse, pero al mismo tiempo también suponía para ellos un enorme riesgo, ya que cuando uno era descubierto, todo un grupo caía con ellos en manos del enemigo.

Iorwerth salió de la habitación y yo encontré mi varita, por lo que fui a cogerla. Al agacharme para tomarla entre mis dedos unas gotas de sangre cayeron de mi nariz.

No, otra vez no…


¡Otra vez no! —repetí sin ser consciente de que estaba diciendo lo mismo que un segundo antes había dicho, pero no recordaba nada de eso. Lo último que recordaba era haber ido al pasillo por el que había desaparecido Iorwerth con forma de lobo, y ahora de repente estaba aquí, y todo el mundo estaba muerto. Miré el destrozo que había por todas partes, y me sorprendí al encontrar sangre en mi ropa y un agujero en ella, pero la herida estaba curada. Parecía que la misión había acabado, habíamos vencido.

Por mucho que me fastidiaba haber tenido un nuevo ataque de amnesia de esos que me habían dado en la última semana pero que no habían ocurrido desde hacía tres días, la alegría de que todo hubiese salido bien hacía que aquello poco importase. Salí al pasillo con una sonrisa de oreja a oreja, maquiavélicamente feliz. Vi a Iorwerth y me acerqué a él tarareando una cancioncilla alegre. Le rodeé con los brazos por detrás y acerqué mi rostro a su cabeza, colocando mis labios junto a su oído.

¿Qué te ha parecido la experiencia…? —murmuré con tono cruel, recreándome en la muerte y destrucción a nuestro alrededor. Sabía que esa vez había sido la primera vez que había asesinado a sangre fría a este tipo de gente. Podría decirse que se había desvirgado como asesino cruel. —¿Te ha gustado? —pregunté mientras le mordisqueaba suave y juguetonamente el lóbulo de la oreja, antes de reír de manera grave. Yo sí que lo había disfrutado. Era una pena que hubiese acabado tan pronto.

Le solté y caminé por el pasillo, buscando otras habitaciones en el apartamento. Habíamos matado a todos los fugitivos, pero nuestro trabajo allí no había acabado del todo todavía.

Registremos sus cosas. Tal vez haya información para encontrar a más de ellos en otros escondites —dije. Podían haber mantenido correspondencia con alguien, o podían existir otro tipo de pruebas que si no existían no pasaba nada, pero si existían nos ayudarían mucho en futuras misiones para deshacernos de más de ellos.

Vi entonces al final del pasillo el cuerpo con la cara mutilada del hombre al que había matado, y que había dicho ser mi amigo en el pasado a pesar de que estaba completamente borrado de mis recuerdos. Aquello despertó una duda en mi interior. Mientras que no estaba interesada en descubrir nada más de mi pasado, sí que había varios asuntos que tenía que solucionar y que no descansaría hasta hacerlo. Eran preguntas para las que no había tenido respuesta… Hasta ahora.

Me giré entonces para mirar a Iorwerth.

La noche en la que te metiste en mi mente, la noche del ataque —dije para que supiese de qué estaba hablando. Mi rostro ya no estaba decorado por una sonrisa retorcida, y mi tono ahora era serio. —Sé que viste mi verdadero pasado, aunque no recuerdo nada de él. —¿Cómo sabía que él había visto eso y no que simplemente había visto mis recuerdos recientes en los que yo había descubierto la verdad al ir a investigar? Por algo que él dijo al final. Me había preguntado si mi madre había matado a Dante. No tenía ni idea de cómo se llevaban Dante y mi madre, en las fotografías de la casa no había nada que diese una pista… Tal vez esa pregunta se debiese a algo que Iorwerth hubiese visto en mi mente. ¿Era posible que hubiese conseguido traspasar los bloqueos en mi mente? Si era así, le necesitaba, aunque odiase eso. Sin embargo, si yo estaba equivocada, entonces me encontraría en la misma situación en la que había estado todo el año, y tendría que seguir con mi investigación yo sola. —¿Viste quién lo hizo? ¿Viste quién lo borró todo?

Esperaba que dijese que sí, y que me dijese la verdad.
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Invitado el Lun Feb 06, 2017 6:23 am

Se sorprendió que Stella no le mordiera la boca o no le enterrase las uñas mientras le besaba, ya que desde la loca se había destapado a sí misma después del ataque de Hogwarts y eso la convertía en una mujer enferma de tiempo completo, por lo que —por un momento— sintió incluso que estaba besando a la antigua Stella, esa que no era ni la una, ni la otra, esa que había sido su novia y la mujer por quien en verdad había llegado a sentir cosas, mas no se le pasó ni por un momento por la cabeza que estaba besando a su parte racional.

Se separó de ella como si nada y es que no era la primera vez en la que él tenía algo con su parte demente, por eso simplemente se dedicó a mirar el desastre, al tiempo que se guardaba la varita y se echaba a caminar de regreso por el pasillo, mientras compartía con la mortifaga sus nuevas teorías a las que ella respondió con su propia opinión.

Caminó con paso relajado, esperando a que la bruja le alcanzara, ya que era ella quien debía decidir que pasaba entonces, pues él estaba trabajando para ella y tampoco se podía marchar sin que ella se lo dijera. Por eso es que aún estaba a la distancia suficiente para escuchar su “No, otra vez no…”, por lo que volteó para mirarla cuando ella repitió sus propias palabras a voz de grito, lo que él entendió como una reacción de frustración.

—¿Qué sucede?

Pero Stella estaba demasiado ocupada mirándose a sí misma y a todo alrededor como si no reconociera en donde estaba, por lo que por un momento pensó que había hecho aparición su parte racional, mas pronto la loba comenzó a cantar por lo que el irlandés descartó sus sospechas con una leve sonrisa y continuó caminando. Un par de pasos más allá, y ella le abrazó por la espalda, haciendo que él pusiera su mano izquierda (la mano de carne y hueso) sobre las manos de la chica y se agachase un poco al sentir su peso sobre sus hombros.

Sonrió al escuchar su susurro y sentir el cosquilleo de su aliento junto al lóbulo de su oreja justo antes de ser atrapado por sus dientes.

—No me puedo quejar, han sido aurores... en su mayoría.

Reconoció en voz alta, mas no dijo que realmente le asombraba lo fácil que se le había dado, ya que nada más se había tenido que mentalizar que eso no era más que un simple trabajo, tal y como lo hacía en su época como Auror. Le siguió con la mirada cuando ella se alejó para comenzar a revisar las habitaciones, diciéndole que debían registrar sus cosas, así que como si fuese una orden, se puso también manos a la obra, revisando primeramente los bolsillos de los difuntos, que era donde usualmente solía encontrar más pistas en las requisas de su época como auror.

Stella una vez más sacó la voz y trajo a flote la noche del ataque de Hogwarts, por lo que Iorwerth dejó de buscar cosas, poniéndole atención, mas las palabras que ella dijo a continuación, hicieron que entrecerrara los ojos.

Se quedo mudo por un momento, no de sorprendido, ni porque no supiera que decir, sino porque realmente estaba evaluando los hechos, poniéndose en situaciones distintas e intentando prever el resultado de sus palabras, antes de dejar salir la primera de éstas.

—¿Realmente quieres saber? —preguntó finalmente mientras se acercaba a ella para hablar mirándole a los ojos —Aquella noche en el Despacho de Dumbledore estabas absolutamente cegada a aceptar la verdad y por más que intenté decirte lo que pasó te lo negabas todo como si fueses una niña chica, totalmente inmadura e irracional —entrecerró los ojos, y entonces respondió —. Fue tu madre.
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Stella Moon el Lun Feb 06, 2017 9:04 am

Nada —respondí un poco a la defensiva en cuanto Iorwerth me escuchó exclamar aquellas palabras frustrada. No quería que supiese que mi mente seguía jugándome malas pasadas, causándome amnesia como había hecho esa noche en su habitación de hotel. Podría interpretarse como un signo de debilidad, y yo me negaba a dejar que eso ocurriese.

No me apartó bruscamente en cuanto le abracé por detrás, no protestó cuando le mordí ligeramente la oreja y no hizo ningún comentario mordaz cuando respondió a mis preguntas sobre qué le había parecido aquella nueva experiencia. No rechazó aquella complicidad traviesa que quería compartir con él en aquellos momentos, como habrían hecho muchas otras personas en su misma situación. Si bien Iorwerth Cosmas no era precisamente nuevo en el mundo de matar, sino que ya era todo un veterano debido a lo exitosa que había sido su carrera como Auror, sí que era nuevo en el mundo de asesinar a sangre fría a gente que, en realidad, no se lo habían buscado. Y yo había hecho perfectamente, llenándome de placer y orgullo al ver el resultado a nuestro alrededor. Supe entonces que definitivamente iba a ser una adquisición magnífica para nuestras filas, aunque lo hiciese desde una posición muchísimo inferior a la de aquellos que portábamos en nuestro antebrazo la Marca Tenebrosa, pero aquello solo hacía que todo fuese mucho más divertido.

Puedes tener a todos los Aurores que quieras en bandeja de plata ahora, querido... —murmuré tras mordisquear su oreja y escuchar su respuesta, que sonaba genuinamente complacida. Entendía ese odio intenso que le tenía a los Aurores, aunque no lo compartía. Para mí ellos no eran más que lindos juguetes, pero él compartía una terrible historia con ellos. Ahora para mí los Aurores no tenían mucho más valor que otras víctimas, desde que ellos eran los fugitivos y nosotros los que estábamos en el poder no proporcionaba la misma diversión matarles. Me aparté de Iorwerth rodeándole, acariciando con mi mano si espalda y su pecho al hacerlo, y caminé por el pasillo mientras nos poníamos en marcha con la segunda parte de nuestro trabajo ese día, que era buscar pistas.

Fue en el proceso de hacer aquello cuando, por culpa de hilar un pensamiento tras otro, comencé a hacerme preguntas acerca de mi pasado olvidado, preguntas de las que necesitaba la respuesta, una respuesta que no había encontrado en todo un año, y que sospechaba seriamente que Iorwerth podría tener. Recordaba el odio con el que se había metido en mi mente, aquello había dolido como mil Crucios a la vez. ¡A saber qué había visto! Así que no me mordí la lengua, y le pregunté directamente, esperando una respuesta satisfactoria pero preparándome para la posibilidad de que esta no llegase y tuviese que empezar desde cero otra vez, como siempre.

Su silencio me hizo pensar que tal vez no iba a responder. Estaba sintiéndome algo nerviosa, por lo que le distraje mirando los contenidos de las estanterías de un mueble que había a la entrada de la habitación en la que acababa de entrar para buscar cosas que ayudasen a investigar. Había una bola de cristal en la estantería, y la cogí con las manos para observarlos mientras esperaba a que Iorwerth respondiese con una respuesta negativa o positiva, lo que fuese. Pero necesitaba algo. Cuando esa respuesta por fin llegó lo hizo en forma de una nueva pregunta. No tuve ni que pensármelo dos veces, y asentí con la cabeza mientras volvía a mirarle a los ojos y jugaba distraídamente con la bola de cristal entre mis manos. No quería recuperar mi pasado, pero sí saber quién me lo había quitado.

Me esperaba cualquier respuesta, cualquier otra en el mundo, menos la que me dio.

La bola de cristal resbaló de entre mis manos, cayó al suelo, y estalló en mil pedacitos diminutos que volaron por todas partes y cuyos bordes afilados cortaban. Me dio igual, ni siquiera le di cuenta del estropicio. A mi alrededor solamente había un vacío en el que existían las tres palabras que acaba de decir Iorwerth para revelarme la verdad.

Me quedé muda e inmóvil varios segundos, en shock. No era algo que acostumbrase a pasarme, solo cuando golpes muy fuertes llegaban a mí y resquebrajaban la dura y gruesa pared que había construido en mi interior para protegerme a mí misma de cualquier daño, pero había algunos de los cuales no podía defenderme bien, y este era uno de ellos. Además ese muro ya estaba muy dañado. La muerte de Drake, mis recuerdos modificados, mi hija perdida... y ahora esto. ¿Cuántos secretos más que quedaban por desvelar de mi familia?

No puede ser —conseguí decir entonces. Aunque mis labios temblaban, mi voz sonó fuerte, casi agresiva. No podía creerle. —Me estás mintiendo.

Pero su mirada no mentía, y supe entonces que era verdad. La responsable de todo aquello era mi madre. Negué lentamente con la cabeza, sin poder comprender todavía como era eso posible. Pero claro, tampoco era imposible. La carrera política de mi madre había sido precedida por una brillantísima carrera como desmemorizadora. Su currículum era uno de los mejores y más expertos de todo el continente americano, no había nada que ella no pudiese hacer con la mente ajena con una varita en mano, absolutamente nada. Había utilizado ese gran dos y conocimiento suyo para aprovecharse de él en muchísimas ocasiones, yo había sido testigo, así que no había razón para creer que yo había sido uno más de sus proyectos. ¿Pero por qué? ¿Por qué a mí? ¿Qué terrible pecado había cometido yo para merecer este trato por parte de mi madre?

¿Por qué? —hice la pregunta en voz alta, queriendo saber que Iorwerth había descubierto la razón de que hubiesen acabado las cosas así entre mi madre y yo. Me sentí entonces profundamente aliviada de no haberle contado nunca ni a ella ni a mi padre mi descubrimiento. Jamás les había contado que había averiguado que mi hermano estaba muerto y yo le había matado, ni tampoco que sabía de la existencia de Dante y Dana y que no sabía qué me había pasado. Si se lo hubiese contado lo más seguro es que mi madre hubiese venido aquí en un santiamén y lo habría borrado todo otra vez, esta vez asegurándose de que fuese para siempre. —Mi madre jamás me haría algo así a mí... —murmuré, todavía sin querer creer la verdad, pero no había forma de negarla. Es más, por lo que sabía de mi madre, había más cosas que hablaban en su contra que cosas que la defendían. Sin poder controlarme comencé a reír. —Oh, pero qué cosas digo, ¡claro que es posible! —exclamé, enfadándome. —¡Es capaz de cualquier cosa, esa mujer es diez veces peor que yo, siempre lo ha sido!  

Comencé a dar vueltas de un lado a otro como una leona enjaulada, totalmente inquieta mientras trataba de procesar aquello. ¿Sabría mi padre todo aquello o era eso uno de los muchos otros secretos que mi madre le estaba ocultando? ¿Había hecho yo verdaderamente algo para merecer esto? ¿Estaba siguiendo mi madre alguna agenda para alcanzar sus propósitos que de alguna manera hubiese requerido destrozar toda mi vida?

Siempre fui una buena hija, siempre hice lo que mi madre quiso… Fui a Hogwarts aunque yo quería ir a Ilvermorny, me metí en los mortífagos, hice todo lo posible para que ella se sintiese orgullosa de mí… Lo único que no hice y en lo que la desobedecí fue en casarme, rompí el compromiso… —estaba desahogándome con Iorwerth de manera casi automática, olvidándome completamente de que la relación que nos unía en el presente no era aquella que habíamos compartido en el pasado, pero me daba igual, necesitaba hablar, o sentía que explotaría. Jamás me había sentido tan fuera de control en mi vida, tan desconcertada. Todo aquello parecía una broma pesada. No sentía furia en esos momentos, sino que me sentía aturdida. —Puedo entender que me hiciese olvidar a Dante, pero la muerte de Drake, y a Dana… —Di un respingo entonces y me giré hacia Iorwerth con los ojos muy abiertos. Ahí estaba otra vez, ese sentido maternal que nunca antes había tenido hasta que vi a mi hija en Nueva Orleans en manos de unos completos extraños, secuestrada y asustada. Era increíblemente incómodo, pero no podía arrancármelo de mi ser. —Dana. Mi hija. Iorwerth, ¿viste a mi hija? ¿Sabes qué le pasó? —pregunté, siendo incapaz de ocultar la angustia en mi voz. Era un tono que él jamás había escuchado en mi voz, pero la manera en la que le estaba hablando, sin maldad y sin motivos ocultos, sin engaños y sin burlas, era muchísimo más parecida a la Stella que él conocía antes de saber la verdad. Era una Stella en cuyo corazón se habían colado sentimientos que no quería en absoluto pero que era incapaz de rechazar.

Oculté mi rostro entonces con mis manos, sin importarme que estas estuviesen machadas de sangre, y respiré profundamente para calmarme y pensar con claridad. Me destapé el rostro y pasé mis manos por mi pelo antes de que escapase de mí una pequeña risa demente.

No, ya sé, ya sé… Yo le pedí que lo hiciera, ¿verdad? Me di cuenta de que había cometido un gravísimo error, y le pedí que me ayudase a enmendarlo… Pero deshacerme de ellos no sería suficiente, ¿no? —Sonaba como una locura. ERA una locura, pero mi mente estaba inventándose en ese momento cualquier escenario que fuese alternativo a la verdad de que mi madre fuese una perra sin escrúpulos que me había hecho eso sin razón alguna y en contra de mi voluntad. —Quería olvidarlos para deshacerme de mi vergüenza por el cambio que había dado, así que le pedí que los borrase de mi mente, y también pedí que me hiciese creer que Drake estaba vivo por piedad… ¿Verdad? Iorwerth, por favor, dime que yo se lo pedí…
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Invitado el Lun Feb 06, 2017 3:54 pm

Vio como de su mano caía la esfera de cristal y como las pupilas de sus ojos se dilataban inmediatamente él había soltado su respuesta, por lo que el ex-auror se quedó inmóvil, con la mirada fija en ella reaccionara de algún modo, y éste vino acompañado de la negación, lo que hizo que el irlandés resoplara con cierto hastío y frunciera sus labios en señal de desagrado, mas no dejase de mirarle a los ojos.

Él estaba a dispuesto a responder todo lo que quisiera, siempre y cuando ella se mostrase aunque sea un poco racional con sus respuestas. Iorwerth no deseaba mentirle y creía que el hecho de que ella se abriera a escuchar la verdad podía llegar a ser algo positivo para su problema de multipersonalidad, que —en algún momento— sabía iba a quedar al descubierto y a él no le convenía tener a ninguna de las dos Stellas de enemiga.

No dijo nada, simplemente le escuchó seguir discutiendo consigo misma, aceptándolo, negándolo, dudándolo y volviendo a aceptar, así que mientras ella luchaba contra sí misma, el mago se sentó en uno de los sillones con la actitud de quien espera a una chica que se termine de maquillar, sabiendo que le queda al menos una hora aún de espera. De hecho, si hubiesen habido revistas en la mesita de centro las hubiese tomado.

No, no respondió ni siquiera cuando le preguntó por su hija, ya que la bruja realmente seguía hiperventilando y sabía que por más información que le soltara ella sólo la iba a procesar a medias. Lo único que hizo fue echarse a reír cuando la chica salió con su teoría de que ella misma le había pedido a su madre que borrara sus recuerdos, por lo que cuando ella le pidió, le rogó que le confirmara que eso es lo que había pasado, Iorwerth sólo le miró con una sonrisita burlona.

—No eres más estúpida porque tu madre no ha querido —le soltó hirientemente su verdadera opinión —. Eres su juguete, Stella, siempre lo has sido aún peor de como yo lo fui para ti… ¿Por qué demonios crees que no te maté aquella noche en el Despacho de Dumbledore después de que confesarás todo lo que me habías hecho a mi y a mi esposa? —le preguntó mirándole a los ojos —. Porque vi la verdad, toda la verdad y me di cuenta que tu vida, llena de mentiras y manipulaciones, ya era castigo suficiente pues aún cuando uno intente hacerte entrar en razón, tu madre te dejó ya tan cagada de la cabeza que te es imposible entender. Estás rota, Stella… y creo que tu madre sólo está esperando a que tu hija crezca un poco más para hacer exactamente lo mismo con ella, después de todo, es una verdadera fanática de la causa de su queridísimo Señor Tenebroso que una nueva sirvienta rota y fallada de la cabeza sería el regalo perfecto para mostrarle su lealtad ¿no es así? ¿No es así como piensa?

Negó con la cabeza y apoyó uno de sus codos en el posabrazos del sillón para luego recargar el costado de su frente sobre esa misma mano y continuar mirándole como si la mujer fuese un verdadero caso perdido.
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Stella Moon el Lun Feb 06, 2017 11:08 pm

Estaba completamente confundida, pues para mí nada de eso tenía sentido, nada. ¿Por qué iba a querer mi madre hacerme aquello? Entendía que cualquier otra persona lo hubiese hecho por cualquier ridículo motivo, pero mi madre… Siempre había hecho todo lo que ella me había pedido, había aprendido todo de ella, me había convertido en la mujer que ella siempre quiso que fuese. Me había convertido en la mortífaga cruel, sanguinaria e implacable que ella me crió para ser, con los ideales que ella me había impuesto en mi educación desde muy pequeña. Había adorado dedicar mi vida a eso, me proporcionaba el medio perfecto para liberar toda la agresividad y la violencia acumulada en mi interior desde que era pequeña, y estaba segura de que a mi hija la habría conducido por el mismo camino cuando creciera. Así que por qué… ¿por qué me hizo mi madre esto?

Como no tenía sentido en mi mente, la cual efectivamente estaba rota, como bien decía Iorwerth, pues todo el daño que había causado mi madre en ella había afectado mi habilidad para comprender la verdad de una manera racional, al menos en el momento en el que se me era revelada. Así que intenté buscar una alternativa, una respuesta que encajase en todo aquello formando una imagen que mi mente enferma sí que aceptase. No se me ocurría otra cosa que que yo hubiese sido la causante de todo, que por alguna razón le hubiese pedido a mi madre que me hiciese ese favor. Tal vez me había dado cuenta de los enormes errores que había cometido en mi vida y le había suplicado que los eliminase de mi mente…

Pero Iorwerth siguió insistiendo, y yo supe que él no mentía. Poco a poco, a medida que él hablaba, yo fui calmándome y dejando de hiperventilar, hasta que recuperé la compostura. Sin embargo no recuperé la calma, pues una furia cegadora comenzó a crecer en mi interior. Esa furia no estaba dirigida contra Iorwerth por las palabras que salían de su boca, sino que estaba dirigida contra mi madre por lo que había hecho. Eso me había confirmado que no podía confiar en nadie en el mundo. Ni siquiera en una sola mísera persona.

Sí, así es como piensa… —murmuré. Mi tono era suave… mas era imposible no detectar en mi voz la ira que se estaba acumulando en mi interior con la fuerza explosiva de un volcán que ya no puede permanecer dormido más tiempo. —Ella hizo esto —por fin estaba completamente convencida y no dudaba de la palabra de Iorwerth. Quería matar a alguien. Quería matar a mi madre. No me horrorizó ni me escandalizó llegar a aquella conclusión. De repente todo el cariño que había sentido durante mi vida por mi madre había desaparecido completamente como si jamás hubiese existido y había sido inmediatamente reemplazado por el más puro odio. Seguía sin querer recuperar mis recuerdos y mi vida antigua, pero había sido utilizada como un peón ignorante. Jamás se lo perdonaría, y no soy clemente. Quería matarla para castigarla por haberme manipulado de esa manera, pero mi madre no estaba a mi alcance en ese momento. ¿Qué iba a hacer, matar a Iorwerth por ser la única persona que tenía cerca en este momento?

Comencé a reír como una demente. Bueno, no se puede decir que se hace algo como lo que ya se es, ¿no? Muchos dirían que no reía como una demente sino que reía porque estaba demente. Loca, lunática, chiflada, psicótica. ¿Y por culpa de quién? Por fin ya sabía a quién señalar con un dedo acusador.

Detecté un movimiento por el rabillo de mi ojo. Actué inmediatamente, sin pensar ni siquiera durante un segundo antes de sacar la varita, apuntar a lo que se movía y soltar un Avada Kedavra que golpeó de lleno a un gato que había surgido de su escondite en una esquina oscura. El cadáver del gato cayó al suelo con un golpe seco. Había actuado por impulso, dejándome llevar por la rabia, y aunque ese era simplemente un estúpido gato, arrancarle la vida a algo me había hecho sentir un poquito mejor. Quería romper todos los muebles de esa habitación y las ventanas y las paredes, pero la calma había vuelto a mí a pesar de que todavía estaba furiosa. Miré a Iorwerth a los ojos. Oh, me encantaría darle una bofetada en toda la cara y rajarle el rostro con mis anillos de garras, pero me contuve. Era una mujer impulsiva, pero años y años de práctica habían hecho que aprendiese a controlarme. Iorwerth no tenía que pagar el precio de los pecados de mi madre. Aun así la tentación era grande.

Di unos pocos pasos hasta que llegué hacia donde Iorwerh estaba , y apoyé mi mano sobre su pecho, la que estaba completamente manchada de sangre y tenía en sus dedos los anillos de garras. Un simple movimiento los clavaría en su pecho, lo cual sería muy doloroso para él, pero no hice nada. Solo jugué son mis dedos, moviéndolos de manera que las puntas se las garras se alzaban y volvían a caer sobre su pecho, dándole golpecitos que pintaban apenas un poquito. Sonreí fríamente, cambiando mi expresión. Parecía bipolar, cambiando de ánimo tan rápidamente una vez que me había calmado del shock.

Parece ser que acabo de caer en mi propia trampa. No debo confiar en absolutamente nadie, no debí hacer una excepción con ella… —murmuré. Mi fría sonrisa no desapareció de mi rostro mientras miraba a Iorwerth a los ojos. —Gracias por abrirme los ojos y mostrarme la verdad. No cometeré el mismo error dos veces.

Había cierto veneno en mi voz, e incluso en mi sonrisa encantadora. Aparté mi mano de su pecho y la alcé hasta colocarla en el lado de su rostro, sin importarme lo más mínimo estar manchándole con la sangre de una de mis víctimas que me había pringado entera. Le miré fijamente a esos ojos que tenían una mirada vieja en un rostro joven. Sentía muchas cosas al mirar a aquellos ojos. Excitación, irritación. Dios, le odiaba. Era cierto, le odiaba, y me encantaría arrancarle los ojos con mis propias manos y después las tripas. Pero no tenía ninguna razón para odiarle, él no me había dado motivo alguno. Y a la vez no le odiaba, y era consciente de cuál era el problema, y eso solamente me enfurecía todavía más, algo que no me convenía nada debido a que ya estaba enfadada por otro motivo.

No podía sacarle los ojos y dárselos de comer para satisfacer mi irritación, así que hice la cosa que sí que podía hacer para calmar el torbellino en mi interior. Empujé a Iorwerth contra la pared opuesta del pasillo, haciéndole chocar de espaldas contra ella mientras yo pegaba mi cuerpo al suyo y unía nuestros labios en un beso apasionado. Pensé que tal vez me apartaría de él bruscamente, pero respondió a mi beso, aparentemente de buena gana, y yo no hice nada por interrumpirlo. El beso fue intenso y estaba cargado de lo que podría llamarse desesperación, casi. Entrecortaba nuestras respiraciones y había cierto matiz violento en él entre toda la mezcla de labios, gemidos, dientes y lengua de cada uno que combatían por establecer dominancia sobre los de la otra persona. Parecía que estábamos a punto de arrancarnos la ropa ahí en medio y comenzaríamos a hacerlo salvajemente en medio de los cadáveres de nuestras víctimas. No era un plan que me espantase.

Mientras nos besábamos me calmé, a pesar de que mi cuerpo no lo demostrase, pero mi mente se distrajo. Sin embargo, mientras que el beso me distraía de pensar en ciertas cosas, no conseguía distraerme de Iorwerth, a quien podía sentir, respirar, saborear, tocar… Conseguía calmar mi locura psicópata que demandaba sangre, pero despertaba en mí otra locura que ni siquiera yo conseguía dominar, y que una parte de mí rechazaba. No podía dejar que él fuese más que mi juguete, no pensaba tolerarlo. No iba a perderme a mí misma de esa manera.

Tan repentinamente como había comenzado el beso, terminó. Me aparté de él, jadeando profundamente al recuperar la respiración, y le empujé apartándole a un lado. Aun así mi mirada no se alejó de la suya.

Todavía tenemos trabajo que hacer…
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Stella MoonInactivo

Invitado el Mar Feb 07, 2017 3:38 am

¿Qué? ¿Estaba aceptando la verdad? ¿Stella? ¿Por fin? Iorwerth no sabía si celebrar o largarse a reír, simplemente no daba crédito a sus oídos, con lo cerrada que era aquella mujer y como se había mostrado en el Despacho de Dumbledore cuando él había intentado decírselo, simplemente le creía un caso perdido.

No le extrañó que comenzara a reír como una demente y es que Stella sencillamente no era la persona más cuerda de éste Mundo y por ello es que él permaneció mirándole serio, incluso luego de que matase a ese gato que se cruzó en la escena, el cual inevitablemente le hizo recordar a Jabba y es que si alguien tocaba a su gato, él era capaz de buscar venganza a como fuera lugar. Mas en ese momento los ojos de la loba se dirigieron hacia él con una especie d brillo asesino que le gritaba peligro. Ella le miraba con expresión de “quiero matarte” y él le respondía fijamente con un “atrévete”.

No es que subestimara a Stella, es que en realidad subestimaba a todo el Mundo, a pocos magos en su vida les había considerado a su altura. Se sabía un excelente duelista y profesional, sabía perfectamente que si había perdido su mano es porque él había dejado que se la cortaran, así como también sabía que había sido él el que se había dejado atrapar. Aunque claro, dicen por ahí que “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, e Iorwerth sabía que eso era una mentira, ya que la frase correcta debería ser “Un gran poder conlleva un enorme pago por detrás” y es que el sabía más que nadie que no había llegado a ser quien era de manera gratuita y aquel era un peso que sabía toda su vida arrastraría sobre su espalda.

Ella comenzó a jugar sobre su pecho, como si quisiese hacerle abiertamente una amenaza pero no tuviese el coraje o la seguridad suficiente, hasta que finalmente volvió a abrir la boca para darle las gracias y decir que no debía confiar en nadie ¿acaso eso sonaba a Stella? No estaba muy seguro, por lo que la duda se clavó en su conciencia y no sabía si la chica realmente estaba aceptando su verdad o estaba siendo sencillamente irónica. Lo que le dejaba en un estado de alerta y desconfianza que hacía que no le quitase los ojos de encima y tampoco tuviese las manos muy alejadas de su varita. Eso hasta que finalmente ella le empujó contra la muralla y se apegó a él para besarle bruscamente. Iorwerth frunció ligeramente el ceño, pero aún así cerró los ojos y respondió a su beso con la misma intensidad y deseo, incluso fue él quien esta vez atrapó uno de sus labios entre sus dientes, aunque sin llegar a sacarle sangre, mientras los gemidos de ella comenzaban a causar efecto. Le besó aún con mayor intensidad y su mano derecha comenzó a acariciar uno de sus pechos, antes de bajar por su cintura y colarse a través de su ropa, para cuando ella se apartó bruscamente, para mirarle con la respiración agitada y decirle que aún tenían trabajo que hacer, por lo que Iorwerth le regresó la mirada y no necesitó de usar Legeremancia para saber que le deseaba.

—Sí, lo tenemos —respondió.

Pero en lugar de alejarse de ella, se sacó los guantes de ambas manos y los dejó caer al suelo, aún mirándole a los ojos. Su mano de plata quedó entonces al descubierto y no dudó en usarla cuando se acercó el paso que la loba había separado y le tomó de la cintura para volverle a besar y colar ambas manos por debajo de su ropa, generando una sensación extraña pero excitante. Una de sus manos era tan cálida como su aliento, pero la otra tan fría como la piedra. Aún así, la mano cálida se separó un momento para ir a por sus garras de gata y sacárselas de los dedos, antes de dejarse caer junto con ella sobre uno de los sofás y dejar que sus más bajos instintos salieran a flote de una forma tan apasionada y violenta como Stella requería para contrarrestar su odio y sed de destrucción. Una vez más, le habló sucio y le hizo gritar su nombre, mientras ella jalaba de sus cabellos y él le tomaba firmemente de las caderas, hasta que ambos quedaron semidesnudos, semiexhaustos y semiexpuestos a la luz de la luna que se colaba por la ventana.

Acarició sus cabellos y se apoyó sobre su frente por un momento con los ojos cerrados, antes de suspirar, ya que con el regreso a la calma también había regresado los pensamientos.

—Los apagones que tienes… no son realmente apagones, son momentos de lucidez en los que recuerdas la parte pérdida de tu pasado.

Frunció un poco el ceño, no sabía como Stella iba a respecto a ello, pero esperaba a que lo hiciera bien. No deseaba mentirle más, pero tampoco soltarle todas las verdades de golpe, ya que si ella llegaba a darse cuenta de la mentira y llegaba a dominar todo en ella, todos estarían jodidos.

Se separó de ella para ponerse de pie y comenzar a acomodarse la ropa, ya que según la misma Stella aún tenían trabajo que hacer y entonces le miró de soslayo.

—Yo no creo que hayas sido débil, Stella. Sé perfectamente que serías capaz de matar de la misma manera si así lo quisieras. Olvidar tu pasado no te hizo una mejor duelista, no mejoró tus habilidades con la varita, ni tampoco tu destreza física. Olvidar tu pasado te convirtió en un juguete, y a mi punto de vista, eso sí que es ser débil.
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Stella Moon el Mar Feb 07, 2017 5:59 am

Era una mujer que era capaz de ser cuidadosa y metódica, que podía llegar a ser paciente para alcanzar una meta, que podía hacer cualquier cosa para lograr lo que me proponía y que podía mantener la cabeza fría y el carácter controlado. Pero en lo personal era impulsiva, era una mujer desquiciada, a veces desequilibraba que hacía lo que le venía en gana y al cuerno las consecuencias. A veces el deseo de mantener la calma y el deseo de abandonarme a mis impulsos chocaban en un conflicto en mi interior, como había ocurrido en este momento, y el resultado fue ese apasionado beso que compartí con Iorwerth contra la pared del apartamento que hasta hace apenas minutos había estado habitado por los fugitivos a los que habíamos asesinado a sangre fría los dos. Después de lo que me pareció una eternidad perdiendo la cabeza completamente mientras besaba a Iorwerth con desenfrenada pasión fui yo la que finalmente cortó el beso antes de que aquello se fuese mucho de las manos, apartando a Iorwerth a un lado y alegando que teníamos trabajo que hacer antes de comenzar a alejarme. Él estuvo de acuerdo con lo que dije, mas no me siguió para reanudar nuestras obligaciones que nos habían llevado a al apartamento esa noche, sino que me agarró de repente por la cintura, pillándome por sorpresa y siendo él entonces quien inició un segundo beso con el doble de desbordante pasión que el de antes mientras mis manos se colaban por debajo de mi ropa. Gemí contra su boca, y no pude controlarme más, ni quería hacerlo. Sonreí contra sus labios mientras luchaba por conseguir aire, y una vez que mis anillos de garras ya no estuvieron en mis dedos exploré yo también su cuerpo con mis manos libremente mientras sentía el tacto de las suyas. Vi por primera vez su nueva mano de plata, y su tacto contra mi piel fue frío, calmando un poco el calor ardiente que me recorría pero deseando más de su tacto.

Caímos ambos sobre el sofá que teníamos más cerca, y nos abandonamos al placer. Satisfice todos mis más asquerosos deseos y me dejé hacer por Iorwerth, entregándome completamente a él de una manera completamente distinta a como lo había hecho en el pasado. Si bien mi cuerpo había sido ya de Iorwerth incontables veces, esta vez abandoné hasta mi alma al placer. Todos mis pensamientos se esfumaron durante aquel tiempo en el que nos desatamos como bestias salvajes en el sofá. No tenía en mente juegos perversos, ni planes de manipulación. No era la mortífaga la que estaba en ese momento con Iorwerth, sino que era Stella la mujer la que le estaba deseando con todas sus fuerzas en ese momento y necesitaba su fuego y su pasión. No me detuve a pensar cosas negativas sobre mi comportamiento y mis sentimientos, no me comí la cabeza pensando que no debía permitir que mis deseos se expandiesen hasta llegar a algo más que estaba fuera del umbral de los juegos, la manipulación y el simple placer vacío.

El apartamento que antes había estado lleno de gritos agónicos de dolor y muerte ahora estaba siendo llenado de gritos de placer y el más exquisito dolor de la clase que conduce al éxtasis, pues ninguno de los dos éramos suaves ni delicados, eso ya lo sabíamos desde hacía tiempo. Cuando todo acabó me sentía tan satisfecha que ni siquiera quise moverme del sofá ni apartarme de él para regresar a mis obligaciones, sino que me quedé un rato más allí, a su lado, recuperando las fuerzas y la respiración. Él cerró sus ojos, pero yo mantuve los míos abiertos y clavados en él, sin saber qué pensar de todo aquello. No rompí el silencio, de eso se encargó él poco después.

Fruncí el ceño al escuchar su revelación. Durante aquella semana había pensado que mi ocasional amnesia se debía a un fuerte golpe en la cabeza, esa era la conclusión a la que habían llegado los medimagos después de revisarme cuando comencé a preocuparme. Pero ahora ahí estaba Iorwerth, el hombre que había presenciado ya ocasiones en las que me sucedían aquellos periodos de amnesia, y su explicación para los hechos era completamente distinta. Y, seamos sinceros, algo terrorífica. ¿Estaban volviendo mis recuerdos a mí? Eso no era algo que yo quisiese, pues con esos recuerdos sabía que venían muchas otras cosas que no estaba segura de querer descubrir. Estaba contenta con cómo había quedado el cuadro de mi vida… ¿por qué cambiarlo y arriesgarme a que fuese por algo peor? La expresión de mi rostro no se alteró en ningún momento, así que mis pensamientos no fueron traicionados por mis gestos.

¿Qué mierdas hiciste en mi cabeza? —pregunté bajito, con una ligera risa. Estaba segura de que debía haber hecho algo muy fuerte en ella para haber conseguido que tuviese momentos de lucidez que comenzaron en el ataque de Hogwarts, pero entre lo que él había provocado y lo que mi madre había hecho yo estaba segura ya de que mi mente debía de estar hecho puré. —¿Te he dicho algo importante?

No dudé de su palabra. Casi nulas razones tenía para no creer de las cosas que me decía, pues en realidad jamás me había dado ninguna.

Como si hubiese adivinado los pensamientos que antes habían cruzado por mi mente, Iorwerth me sorprendió de repente al decir que él no pensaba que yo hubiese sido débil en el pasado, cuando todavía era la que se suponía que era la verdadera yo y que había “muerto” cuando mis recuerdos fueron modificados. Le miré a los ojos con sorpresa y con el ceño ligeramente fruncido, sin saber qué pensar de aquellas palabras, pero entonces él siguió hablando, haciendo que en el fondo yo acabase todavía más sorprendida. En realidad no tenía ni idea de cómo había sido yo de más joven, antes de que mi madre interviniese y lo cambiara todo, haciéndome como soy ahora. Me había juzgado a mí misma basándome solamente en fotografías que me habían enseñado una vida muy distinta a la mía, y automáticamente me había visto blanda y débil… ¿pero era esa la verdad? Iorwerth no parecía creerlo. ¿Qué habría visto en mi mente?

Tengo miedo —admití de repente, haciendo algo que jamás en la vida pensé que haría delante de Iorwerth Cosmas: ser vulnerable. No podía evitarlo, algo en mí me incitaba a ser abierta y honesta en ese momento, sin miedos ni reservas y sin tener la preocupación de mantener la imagen dura, fría y cruel que le había mostrado a casi todo el mundo que me conocía de verdad durante los últimos tres años. —Tengo miedo de recuperar esos recuerdos y que, de alguna forma, me cambien… Era muy distinta a como soy ahora. Tengo miedo de cambiar, y de que no me guste en lo que me convierto y que no haya vuelta atrás —confesé.

Todo este miedo, todos estos juegos y manipulaciones y mentiras e intrigas por culpa de una sola mujer. Ahora sabía quién era la responsable, gracias a Iorwerth, y juraba que mi madre pagaría. Pero no podía hacerlo sola.

Mi mirada estaba llena de dura determinación mientras la clavaba en la mirada azul algo grisácea de Iorwerth. Tomé una decisión en ese momento que no sabía si sería desastrosa o no.

Ven conmigo a Estados Unidos —le pedí entonces. —Necesito vengarme, necesito hacer que mi madre pague. Pero es muchísimo más fuerte que yo —admití, aunque me hiriese el orgullo decir aquellas palabras. Mi madre no había llegado hasta donde estaba por nada, sus manos no estaban precisamente limpias y, aparte de una bruja poderosa, era un hueso casi imposible de roer. —Si voy yo sola corro el riesgo de que me haga lo mismo otra vez, y esta vez puede que todo acabe peor. Necesito apoyo, un as en mi manga… Ayúdame.
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