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Sound of silence [Priv. Steven D. Bennington]

Laith Gauthier el Miér Feb 15, 2017 10:03 pm

Era de esas tardes que le gustaba pasar tiempo en la zona nomaj de la ciudad, con toda seguridad la única razón por la que soportaba sus días libres en el trabajo. Disfrutaba del ambiente cuando en el mundo mágico todo era un caos total desde hacía ya algún tiempo, como siempre tenía ganas de ir a comprar un helado y con toda seguridad eso hubiera hecho de no haber sido llamada su atención por un hombre que pedía limosna, pidiéndole cuidar sus cosas mientras él iba un momento a buscar comprar algo para comer con lo que había ganado.

Se fue, dejándolo a cargo de una guitarra y un estuche donde la gente, suponía él, ponía el dinero. Al tocarla un poco, oyó que no estaba afinada, así que se dispuso a hacerlo mientras tonteaba con la idea, haciéndolo con el oído. No era el mejor músico del mundo pero sí que se defendía, había que reconocérsele que era zurdo y la guitarra era de diestros. Se había quitado los audífonos para la labor, y pronto empezó con un concierto personal, tocando canciones nomaj que conocía en la guitarra y cantándolas. No era por presumir, pero su voz podía considerarse hasta buena al cantar.

And now that I’m strong I have figured out how this world turns cold and breaks through my soul and I know I’ll find, deep inside me, I can be the one —aquel espectáculo callejero le parecía de lo más divertido, con la gente viniendo, colocando algo de dinero en el estuche y marchándose, o bien quedándose a escuchar un poco más. Eso al menos hasta que hizo contacto visual con un hombre, causándole sonreír. — I will never let you fall, I’ll stand up with you forever, I’ll be there for you through it all, even if saving you sends me to heaven —tenía que dejar de hacer eso, luego se preguntaba por qué alejaba a las personas, riendo para sí mismo.

Rompió el contacto visual cuando cerró los ojos al reír y siguió tocando. Disfrutar lo que uno hace es la base de la existencia. El hombre dueño de la guitarra volvió interrumpiendo su canción, casi impactado de lo que el joven había conseguido recaudar en apenas media hora que lo había dejado solo, recibiendo su guitarra y una sonrisa del sanador que colocó algo de su propio dinero en el estuche, cuidando que no mezclara dinero mágico con dinero nomaj. Y, aunque probablemente lo pateasen, con el buen humor del momento se decidió a acercarse a la última persona con quien había hecho contacto visual al tocar.

Vamos a jugar un juego, ¿te parece? Tengo ésta moneda de un penique… Si cae cara, me dejas invitarte una pizza; si cae cruz, pagamos a medias —aquel era un juego con trampa que había propuesto con tanta naturalidad que no esperaba que lo notase. Era una muy mala costumbre suya el que a veces se moviese víctima de un rostro agradable, aunque había que agradecer que invitó comida y no un trago, pese a que en realidad era que le estaba dando hambre, jugando con el penique entre sus dedos.
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Steven D. Bennington el Sáb Feb 18, 2017 12:08 pm

Había tardado semanas en encontrar el valor suficiente para dejar su lugar seguro y pisar nuevamente las calles de Londres. Primero había optado por modificar su aspecto físico cada vez que pusiese un pie fuera de casa para  así garantizar su propia seguridad pero según había ido ganando confianza había conseguido ir dejando de lado aquel temor y también las modificaciones que realizaba a su aspecto físico.

Aquella tarde, tras dejar a Beatrice tranquila en casa con la compra de aquel día, había decidido salir a dar una vuelta un rato. Una parte de sí mismo quería dar con alguno de sus antiguos amigos para cerciorarse que estaban bien, que seguían con vida. Pero otra parte quería seguir alejada de todo aquello par ano meterles en problemas por juntarse con nacido de muggles como era él. Con una persona cuyo rostro tendía a aparecer en las ediciones de El Profeta porque seguía en busca y captura tras rechazar, una y mil veces, su juicio por robo de magia ante el Ministerio de Magia. ¡Él no había robado nada! Y mucho menos magia. La carta de Hogwarts había llegado a su casa sin que él la pidiese, él no era culpable de nada.

Fue caminando por la acera mientras miraba los escaparates con total tranquilidad, olvidando que en el mundo en el que ahora vivía no había margen para la seguridad. Pero aún así, el mundo muggle le transmitía cierta tranquilidad, como si los magos que se habían sumado a aquella estúpida caza de brujas no pudiesen inmiscuirse en el lugar en el que ahora se encontraba.

- ¿Una muestra? – Preguntó una chica que apenas superaría la mayoría de edad. – Es chocolate caliente sin azúcar, de la nueva línea de productos. – En cualquier caso Steven habría dicho que no a un chocolate que no llevase azúcar, pero dado que no tenía trabajo y apenas tenían para poder llevarse algo a la boca cada día, no dudó en aceptar y probar aquello que, para su sorpresa, no estaba tan malo como pensaba.

- ¿En serio no lleva azúcar? ¿Y cómo hacen chocolate sin azúcar? – La chica rió, pues estaba claro que si estaba ahí era para ganarse un sueldo y no porque fuese una apasionada del chocolate y la repostería.

Pasó algo más de diez minutos hablando con aquella chica y, mientras seguían hablando, se dio cuenta que había un músico callejero justo en la otra acera. Steven se despidió de la chica y se acercó al músico para poder oír qué era lo que tocaba. Sonrió al escuchar algo de música en directo tras de tanto tiempo y un sentimiento de vacío le golpeó de pronto. Echaba de menos la tienda. Echaba de menos todos aquellos instrumentos que se amontonaban al final de esta. Las pilas de discos de diferentes estilos musicales. Las partituras desordenadas porque la gente echaba mano de estas sin pedir permiso. El olor a caoba que solía predominar en aquel lugar. El bullicio de la gente cuando permitían a algún solita o grupo local dar un concierto en la parte trasera… Y sonrió.

Acto seguido siguió su camino por la calle, sin depositar ni una sola moneda en el estuche del chico, pues no llevaba absolutamente nada de dinero encima. El dinero era algo que escaseaba en aquellos momentos en el que ni Beatrice ni Steven tenían trabajo y era por eso que sus únicos gastos eran la comida, y cabía destacar, que había días en los que Steven no comía para que su hermana tuviese para un día más.

Se giró de golpe al escuchar una voz y sonrió al ver que era aquel músico.  Quizá cualquier persona hubiese huido o se habría sentido ofendido por aquellas palabras. Quizá alguien con maldad. Pero Steven carecía de aquello y más cuando había comida de por medio. Había que destacar que llevaba algo más de dos meses comiendo sobras o sin comer siquiera para que no escasease el dinero. Y además, Steven era más inocente que un niño de cinco años, por lo que nunca veía dobles intenciones en las palabras ni acciones de los demás.

- ¿Y si cae de canto?  Es raro que pase, pero la posibilidad está ahí. – Y más teniendo en cuenta que no iba a lanzar la moneda sobre una superficie plana.
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Laith Gauthier el Sáb Feb 18, 2017 2:40 pm

Laith no era de esos que les gustase amargarse la existencia, por eso, desde que todo había comenzado, los periódicos habían pasado a un segundo plano. No le apetecía todos los días estar leyendo las mismas cosas de siempre, robos de magia, carteles de búsqueda. Él, con un lado muy arraigado a la cultura nomaj, no concebía en su cabeza que en serio el mundo se hubiese puesto de cabeza por algo que le resultaba tan estúpido. Además, no es que hiciera falta, porque lo cierto es que los pasillos internos de San Mungo a veces parecían más centro social que hospital (lo que en particular le disgustaba en horarios de trabajo), así que al final se enteraba así de lo más relevante.

Aunque aquel hombre no depositó ni una sola moneda en el estuche, no le tomó mucha importancia al detalle. Es decir, cuando uno da algo, es porque le ha nacido y no porque tenga que hacerlo, y si a él no le nacía no había nadie en el mundo que pudiese obligarlo. Pero hubo algo en él que le llamó la atención. Lo había mirado sin mirar, cosa que Laith había aprendido a notar después de mucho hablar con personas y a veces ser ignorado por ellas, como si hubiese estado hundido en sus pensamientos. Lo importante había pasado cuando algo dentro de su cabeza lo había hecho acabar por sonreír.

Su pequeño concierto termina en un intercambio muy breve de palabras con el dueño original de la guitarra, y emprende su camino mientras busca con la mirada algo. Alguien, mejor dicho. Se le cruza por la cabeza las palabras de algún amigo suyo que no recuerda con precisión, pero que dice que uno nunca sabe por qué sonríe la gente en la calle. Si han tenido un buen día, un buen recuerdo. O han matado a alguien. Le da risa pensarlo, lo único que le preocupa de aquello es que los nomaj sean tan atractivos a la vista que lo atraen como un bicho a la luz y al final lo van a acabar pillando puristas.

Llama su atención y le sonrió de vuelta. Había una serie larga de probabilidades de reacción y esperaba no obtener una tan mala. No parece haberla, le nace extraño, pero no cuestiona nada. Lo que sí que sucede es que, en una demostración de su torpeza, se le fue la moneda de los dedos cuando le preguntó algo que no se veía venir. El sanador soltó una risa mientras se agachaba a recoger de vuelta la moneda y se lleva la mano a la boca, en un gesto pensativo.

Si cae de canto… hay segunda oportunidad y helado de postre —dijo lo primero que se le vino a la cabeza para la posibilidad tan inusual que le había dado. — Si cae de canto dos veces, nos atiborramos de helado —con aquello llenó la lista de opciones más lógica que tenía un simple lanzamiento de moneda.

Había un buen recibimiento a sus palabras y ya había cruzado la primera línea. No es que tuviera malas intenciones sino todo lo contrario, aunque a la media no le resultaba interesante que un extraño entrase a intentar conseguir algo de tiempo para obtener la oportunidad de que les conozcan. Laith era la personificación de ese extraño indeseado que no se cortaba a la hora de inventarse tonterías con tal de conocer a una persona que, por un motivo u otro, le haya llamado la atención.

La comida no le era un impedimento, llevaba dinero mágico y nomaj por igual conseguido en casas de cambio clandestinas. La parte buena de los puristas era que detestaban tanto a los nomaj que raramente visitaban su zona, así que en parte se sentía un poco más seguro que en la mágica. Repudiaba con todas sus fuerzas la sensación de haber hecho algo malo cuando cruzaba en su cabeza el: “¿Y si aquel me mira así porque he ayudado a un nomaj?” que le daba en la zona mágica.
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Steven D. Bennington el Dom Feb 19, 2017 11:55 am

Quizá cualquier otra persona hubiese seguido andando sin hacer caso a las palabras de un desconocido. Quizá cualquier otra persona hubiese vuelto a su rutina diaria ignorando que alguien intentaba interactuar con ellos. Incluso quizá otra persona se hubiese girado, contrariado y ofendido, y hubiese respondido de manera violenta. Pero no era el caso de Steven. Steven siempre había sido amable incluso con aquellos que no lo eran con él. Y en aquel momento, a aquello se le sumaba que no tenía nada en absoluto que hacer cada día. Su máxima odisea era visitar el supermercado en busca de alguna oferta para poder seguir sobreviviendo.

Otra persona en su situación podría haber pensado que todo aquello era una trampa. Y es que no sería la primera vez que el rubio se viese obligado a salir corriendo para huir de un desconocido que quería darle caza a cambio de unos cuantos galeones de más. Su cabeza tenía un precio, pero si algo había aprendido es que no todo el mundo se guiaba por ese precio. Había otras personas que simplemente eran amables. Y como persona inocente que era, confío en que aquel desconocido perteneciese a ese pequeño porcentaje de personas que actúan con buena intención.

No pudo evitar sonreír al ver cómo la moneda del chico caía al suelo ante su pregunta y esperó con la misma sonrisa cálida a que este la recogiese. Pues si hablaban de personas torpes, él podría encabezar toda una lista de torpezas. Era de esas personas que tendían a golpearse con todo lo que había a su paso, cuyo presupuesto en vasos era sumamente elevado debido a la facilidad que tenía para lograr que estos se hiciesen añicos ante su mirada desesperada al verlos caer o simplemente no calculase la distancia con la puerta y acabase por golpearse con un hombro al pasar a través de esta.

Steven rió ante la contestación del chico y esperó a que este lanzase la moneda, divertido por la situación y expectante por ver cómo acababa cayendo la moneda. ¿Y si verdaderamente lo hacía de canto? Aquello era prácticamente imposible pero a Steven siempre le habían agradado las cosas que el resto tachaba de imposibles.

- Esperemos que esta vez no tires la moneda al suelo de nuevo. – Dijo de manera bromista animando a que el chico lanzase la moneda. Pero como persona que hablaba quizá más de la cuenta volvió a abrir la boca. - ¿Sueles abordar a los desconocidos así siempre o sólo soy un experimento social? – Preguntó sin borrar la sonrisa del rostro. – O a lo mejor sólo quieres que confíe en ti y ahora me robarás todo lo que llevo encima por no haber echado nada en la funda de la guitarra. – Inquirió alzando sendas cejas antes de reír. – Sólo bromeaba. – Añadió, pues en más de una ocasión se había topado con alguna persona cuyo sentido del humor era prácticamente inexistente.
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Laith Gauthier el Dom Feb 19, 2017 3:27 pm

Laith en lo particular tenía un sentido pésimo para juzgar a las personas y por ello en más de una ocasión había acabado con la típica persona ignora luego de dar un vistazo o que responde de forma violenta y que no soporta que le intervengan de aquella manera. La gente estaba tan sumergida en su paranoia que desconfiar era lo más indicado, siempre veían malas intenciones donde no las había. Pero aquello nunca lo cortaba de volverlo a intentar hasta que había días, como aquel, que la persona respondía de manera agradable.

La moneda se le cae de los dedos y eso le provoca reír, recogiéndola mientras pensaba en lo que le había preguntado. Sus torpezas eran más del tipo distractivo, pensaba él, porque eran momentos en los que no iba prestando atención y se comía de lleno un poste, podría incluso tropezarse y, por qué no, que algo se le cayera como en esa ocasión, aunque solía tomarlo con humor en lugar de enfadarse. Pasado el dolor si se había caído y golpeado, por supuesto, pero no se ahogaba en vasos con agua.

Oye —se quejó con una sonrisa cuando le dijo que esperaba que no la tirase otra vez. Trató de calcular cómo conseguir una caída a su favor cuando jugaba con monedas en ocasiones y podía más o menos manipular el resultado, aunque ahora le había nacido tirarla de canto y no tenía ni la menor idea de cómo conseguirlo. Vamos, un helado de postre nunca viene mal. — No, es un experimento social a ver cuántas personas le aceptan pizza a un extraño —le sonrió, hasta que le dio un motivo “más razonable”. — Ah, claro, es que soy muy malote y no me gusta que me ignoren mientras toco, qué te puedo decir, dame todo lo que tengas —tuvo que abstenerse de reírse, ¿en serio había gente que hacía eso?

Se guardó por unos segundos su verdadera respuesta, el tiempo que tardó en posicionar la moneda en su dedo. Al final había decidido completamente dejarlo al azar, así que no esperaba nada en lo particular de su lanzamiento. Después de todo, los dos resultados iban dirigidos a ir con él a un sitio donde pudieran conversar mientras no tuvieran la boca llena de pizza, así que, para bien o para mal, los dos resultados le favorecían a él.

Vas a pensar que soy un idiota, pero —en aquel momento lanzó la moneda, mirándola subir antes de regresar su mirada a su compañía, — si me dejas, quiero saber qué escondes atrás de tu sonrisa —segundos luego, el sonido metálico de la moneda se oyó contra el suelo. Su motivo era bastante simple, quizá si no hubiese sonreído para sí mismo mientras lo miraba tocar hubiese sido otra historia distinta. Él sabía de primera mano que el que sonríe frecuentemente esconde algo, y aunque lo vio sólo una vez, la curiosidad estaba ahí. Y, siendo sinceros, no sonaba tan bien: “Creo que tu cara es bastante atractiva y quiero saber si tu personalidad también lo es”, que aunque también tenía su parte de verdad, no era lo más aconsejable.

El resultado lo hizo retroceder con una risa. De entre el 49% de cada opción, había acabado cayendo ese pequeñísimo porcentaje tan nimio que la gente ni siquiera considera. Vamos, que si fuera un colega suyo mago habría pensado que usó su varita para manipular el resultado, cuando era de esas pocas veces que no lo había hecho. Al final el día parecía sonreírle y dotarle de un poco de suerte.

La moneda ha hablado, espero que te guste el helado —le dijo, aún sin tener del todo seguro cómo había ido a parar en aquella posición y tomando la moneda del suelo. — Espero que no caiga así de nuevo que de verdad me apetece pizza —compartió sus esperanzas probablemente infundadas, porque las posibilidades de que se repitiese eran todavía más pequeñas.

El segundo lanzamiento no iba a ser tan sorpresivo como el primero, cuando iba a caer de cara como Laith se apellidaba Gauthier, completamente seguro. Con un poco de discreción consiguió darle el efecto a la moneda al girar con una velocidad precisa que le permitiera llegar al resultado planeado al llegar al suelo. Después de todo, si había sido él quien abordaba a un extraño, lo justo era que pagase. Y podría incluso dar lugar a un segundo encuentro si las cosas salían bien.

Ah, me ha fallado mi penique de la suerte, ¿qué hay de mi economía? —se quejó en un teatral drama, recogiendo la moneda del suelo. La broma era clara desde que él lo había propuesto de aquella manera. — El “salí a comer pizza con un desconocido” no suena muy bien, ¿no? ¿Qué tal “salí a comer pizza con Laith”?, Mucho gusto —de aquella manera un poco tonta acabó presentándose, dirigiéndole una sonrisa relajada.
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Steven D. Bennington el Mar Feb 21, 2017 11:35 am

Podía tratarse de un experimento social para ver cuántas personas aceptaban pizza a un extraño y lo más probable era que Steven fuese el único de aquella muestra que aceptase comer con un total desconocido. Y es que Steven no sabía decir que no a la gente, lo que le hacía preguntarse en más de una ocasión como el Sombrero Seleccionador no le había mandado a Hufflepuff con el resto de buenas personas. Pero no, algo le había hecho recapacitar y mandarle directamente a Ravenclaw y no podía estar más satisfecho con el resultado.

- ¿Te sirve un paquete de pañelos? – Preguntó mientras tocaba en el interior de sus bolsillos para ver el contenido qué tenía en estos. – Una cartera con un montón de tarjetas de propaganda de hace años y… Ah, esto son restos del pantalón. – Dijo tirando de un hilo que había encontrado en su bolsillo y lo dejó caer al suelo. Luego miró en el interior de los bolsillos de su abrigo y lo único que encontró fue una pequeña funda de plástico donde aún se encontraba escondido un botón de repuesto para el abrigo. – Y un botón. – No pudo evitar reír. – Peter Pan aceptaba dedales, a lo mejor tú aceptas botones. – Añadió con su sonrisa habitual ajeno a lo que pudiese pensar su acompañante de él. ¿Qué era un tanto infantil? Lo tenía asumido.

Abrió la boca para responder a su afirmación acerca de su sonrisa, pero aquello se quedó en una mera intención, pues el chico ya había lanzado la moneda y fue incapaz de no desviar su vista en dirección a esta. La moneda cayó como Steven había comentado previamente. Rompiendo con cualquier tipo de porcentaje o de creencia. Steven tan sólo había dicho aquello por romper el hielo, no porque verdaderamente pensase que la moneda pudiese caer de canto. Fue incapaz de no soltar una carcajada al ver cómo la moneda permanecía de canto, riéndose de ellos desde la distancia. Seguramente de tratarse de un ser animado estaría mirándoles desde abajo sin poder evitar la risa a un volumen que sería incluso molesto para los presentes.

- ¿Seguro que esa moneda no estaba trucada? – Preguntó mientras el chico se hacía con la moneda entre sus dedos. ¿Alguna vez había tirado una moneda y esta había caído de canto? Si había sucedido realmente no lo recordaba. A lo mejor aquel chico era como esos que subían vídeos a internet tirando una botella en dirección a la mesa y esta caía en pie. Quizá había un método infalible para conseguir que las monedas cayesen de canto igual que las botellas lo hacían de pie. O los gatos, con sus famosas siete vidas.  – Siempre podemos decir que el lanzamiento era de prueba a ir a por la pizza.

Al ver cómo la moneda caía esta vez  de una manera normal, Steven esperó a que el chico la cogiese para ver el resultado, ya que dada la distancia con el suelo no llegaba a ver cómo había caído esta vez. Sólo estaba seguro que una de las dos caras de la moneda estaba apoyada, esta vez sí, sobre el terreno.

- Eh, pagamos a medias, no digas tonterías. – Dijo Steven con una sonrisa. Le gustaba la comida y si era gratis, le gustaba más, pero también era de esas personas que se sentían un tanto incómodas si les invitaban. El único problema era que no llevaba ni una sola libra encima, por lo que para pagar a medias acabaría recurriendo a engañar al camarero usando la varita. Algo que no había hecho en toda su vida debido a sus principios, pero siempre había una primera vez para todo. – Sí, será mejor. Pero para eso deberías cambiar al “gorrón que no me echa dinero por tocar la guitarra” por Steven. Es más corto, pero es como normalmente me llama la gente para abreviar. – Añadió el chico. - ¿Conoces alguna pizzería por aquí o voy buscando en Google Maps?
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Laith Gauthier el Mar Feb 21, 2017 7:23 pm

Se preguntó por cuántas personas hubieran aceptado salir con él con una presentación tan improvisada y sin ningún tipo de mentalización. Normalmente no muchas, así que era agradable que para variar alguna le hubiera seguido la tontería. Pronto ya estaba supuestamente revelando sus verdaderas intenciones para verlo rebuscar entre sus bolsillos para ver qué era lo que le iba a dar a su fingido asaltante. Le dio gracia lo que iba diciéndole con completa transparencia, haciendo como que pensaba airado sobre ello.

Siempre puedo falsificar las propagandas, supongo, eso sirve —bromeó un poco, aunque luego recapacitó, — pero depende de qué tipo de propaganda, me vas a decir que es un descuento de una licuadora o algo —y eso a él no le servía para nada, cuando cocinaba absolutamente ninguna vez. — Podría haber aceptado tu botón pero no combina con mis ojos, sólo acepto los botones que combinen conmigo —le siguió el infantil jugueteo un poco, con una sonrisa despreocupada. En situaciones así agradecía de lejos no estar en completa oscuridad en conocimientos de cultura general nomaj como muchos otros.

La moneda se burló completamente de ellos al caer como se le dio la gana y no un resultado normal. Se preguntó por un momento si no era una de las monedas que vendían en las tiendas de broma mágicas, pero estaba casi seguro de que no. En medio de la reacción él esperaba que la moneda cayera o algo, pero sólo rodó un poco hacia el frente en su posición. Aquel era un tipo de magia que en serio no conocía, agachándose a tomarla y discretamente revisarla, alzando su mirada al sujeto cuando le preguntó si no estaba trucada, haciéndolo reír.

Pues no que yo lo sepa, pero se acaba de convertir en mi penique de la suerte —en toda su vida había caído una o dos veces así, siempre a fuerza de magia, por lo que ver ahora que el resultado era tal sin haber sido modificado, en realidad, parecía casi imposible. — Oh, eso es trampa —se quejó con una sonrisa, lanzando la moneda por una segunda vez con ahora un resultado no tan sorprendente. Se quejó sólo por hacer algo de drama, cuando en lo particular no le molestaba. — Ésta vez invitaré yo, la próxima lo harás tú —le sugirió con otra pequeña trampa. Sí, básicamente sugería que habría una próxima vez.

Guardó el penique en un bolsillo distinto del que llevaba el dinero, porque quería revisarlo detenidamente para saber si en realidad no había confundido un penique con uno de broma, pasando a las pertinentes presentaciones aunque ellos le añadieron un poco de su propio estilo para no ser tan ordinarios. El chico, que ahora sabía se llamaba Steven, realmente era bueno hablando. Hay gente con la que uno habla y no quedan ganas de otra conversación. Con el sujeto frente a él era todo lo contrario.

Conozco todos los centros de comida en los alrededores, glotón por excelencia, si buscas algo puedes mandarme un mensaje y te diré dónde lo venden —se vanaglorió un poco de su conocimiento, comenzando a caminar al lado de Steven. — También es porque siempre como fuera, no soy bueno cocinando y prefiero no envenenarme yo mismo —le comenta. Aquellos rumbos eran los que frecuentaba cuando visitaba la zona nomaj, así que no le era tan complicado pasearse por las calles y dar fácilmente con una pizzería.

Todavía estaba haciendo frío, el invierno no daba tregua aunque no le faltaba demasiado para llegar a su fin. A él no le molestaba, cuando venía de una zona muy fría, pero en lo personal prefería que llegase la primavera o el verano. En fin, se dedicó a mirar a su alrededor para inspirarse a un tema de conversación, aunque él no consideraba que el silencio fuese todavía algo incómodo, prefería aprovechar el tiempo hablando.

¿Sueles aceptar invitaciones de desconocidos que te intervienen en la calle? —aquello le daba curiosidad, cuando Steven se había dado la libertad de preguntarle si abordaba desconocidos con frecuencia. Era algo muy curioso cuando normalmente no fiarse de los demás y menos de los extraños solía ser lo mejor mirado, o quizá ya estaba bastante paranoico por lo que sucedía en su día a día durante el trabajo. No era sano vivir en constante monomanía. — Una vez leí que conocer gente nueva podía ser un factor para reducir el estrés, aunque no todo el mundo es de fiar, aunque con esto no te estoy diciendo que huyas de mí, es decir, ya aceptaste, no te puedes echar atrás —sonrió algo divertido por lo último, cuando podía malinterpretarse y no era la intención original.
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Steven D. Bennington el Miér Feb 22, 2017 11:10 am

Steven había vivido en Londres un par de años durante su infancia pero esos años estuvieron al mismo tiempo marcados por el inicio de sus estudios en Hogwarts, por lo que pasaba más tiempo en el castillo que la capital inglesa. Tras eso había vivido en Londres algo más mientras estudiaba su carrera universitaria pero de aquello hacía ya tanto tiempo que la mitad de los lugares que conocía ya habían cerrado o en su lugar habían aparecido cadenas de comida rápida como el McDonals o el Burguer King, los cuales parecían haberse adueñado de todas las calles de la ciudad. En los últimos años en Inglaterra había vivido en Hogsmeade y aunque visitaba Londres de vez en cuando, no lo hacía con tanta asiduidad como para saber situar los mejores locales de pizza de la ciudad.

Por eso se alegró que Laith sí conociese algún lugar al que poder ir y comer una pizza decente, pues había cientos de pizzerías por la capital y estaba seguro que en caso de elegir él acabarían en una con olor a urinario y ratas bajo las mesas solo porque no conocía nada mejor.

- Deberías hacer una guía para los que no conocemos la ciudad. Me vendría bien para cuando vaya a comer fuera. – Steven había comenzado a conocer los lugares alrededor del nuevo lugar donde ahora vivía, pero aquello se reducía a supermercados y bazares donde el precio al por mayor de la comida era realmente bueno y le proporcionaba cierta seguridad económica dada su nueva situación.

Por suerte, Laith no tardó en emprender el camino en busca de algún lugar donde tomar pizza y Steven no lo pensó dos veces a la hora de seguir los pasos del chico a través de las calles. Tenía hambre, eso era un hecho. Así que tenía ganas de llegar a donde fueran para poder comer algo. ¿Debía pensar que aquello era una trampa para que el Ministerio de Magia diese con él?  Posiblemente sería lo mejor para su seguridad, pero no para su estómago. Y como persona inocente que era, siguió los pasos del desconocido mientras ambos conversaban.

- Es la primera vez que un desconocido me ofrece pizza. ¿Acaso podía negarme? – Preguntó retóricamente. – No contestes. Sí, podía negarme. Pero la comida es una de mis prioridades en la vida. O mi prioridad, porque ahora mismo no se me ocurre nada más importante que la comida. ¿Alguna vez has pensado en casarte con la comida? Creo que la gente sería mucho más feliz si pudiese casarse con una tarta y tener pequeñas tartitas como hijos. Aunque más de uno acabaría en prisión por devorar a su familia. – Negó con la cabeza antes de romper a reír por tontería que acababa de dejar salir de su boca. Y es que Steven era tan natural que muchas veces olvidaba que no todas las personas eran como él y que más de una podía tomarse mal sus comentarios que, en su mayoría, estaban fuera de lugar. – Soy demasiado vago para huir. Pero si vas a matarme, mejor será que me des de comer primero. Así no pondré resistencia ante mi muerte. – Dijo manteniendo su habitual sonrisa. – Y dime Laith, ¿Tú vas por ahí ofreciendo comida gratis o he tenido la suerte de mi vida hoy al cruzarme contigo?

No tardaron en llegar al local al que Laith les dirigía. Steven pasó al interior del local y se dedicó a mirar la decoración de las paredes con curiosidad, como si de un niño pequeño se tratase. Pero, ¿Acaso no decían que los Ravenclaw se caracterizaban por su curiosidad?

- ¿Qué me recomiendas pedir aquí? - Preguntó antes de que el camarero llegase para ofrecerles una mesa en la que sentarse.
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Laith Gauthier el Miér Feb 22, 2017 8:31 pm

Laith tenía una memoria excepcional para los lugares de comida. Podía olvidársele su nombre, pero no dónde tener una cena fabulosa, así que tenía mapas mentales de los lugares a los que había ido. Era más por supervivencia que por nada, pero cabía señalar que no era un conocimiento que no sirviera, así que estaba bien con ello. Soltó una risa en cuanto Steven le comentó que debería hacer una guía, alguna vez se lo había pensado, aunque siempre como pensamientos pasajeros y alejados de la realidad.

Podría hacer una guía para algunas ciudades en las que he estado, hacerme millonario y retirarme a vivir una vida feliz con muchos perros en Suiza, tendría que aprender sueco pero son detalles —se hizo ilusiones con la idea, sonriendo para sí mismo. Lo cierto era que, si bien útil, no pensaba que algo así vendiese mucho, porque básicamente la gente aprendía como él, metiéndose a lugares horrendos y probando comida no muy buena para saber por dónde no ir. Quizá para turistas e inmigrantes.

Ahora de camino a la pizzería, hicieron un poco de conversación ahora alrededor de si Steven aceptaba comida frecuentemente. Iba a responder con bastante obviedad a su pregunta retórica hasta reír entre dientes cuando le pidió no hacerlo. Al oírlo, se dio cuenta de que la comida tenía un lugar tan importante en su vida como la tenía en la de él, pocas cosas disfrutaba tanto como comer en un buen lugar, aunque era un poquito extremista llegar a pensar en casarse con la comida. Pero decidió seguirle el juego, por qué no.

No sé si me casaría con una tarta y tendría pequeñas tartitas como hijos… Yo creo que sería más un asesino serial pasional en fuga por comerme a todos mis amantes, ya veo el titular de las noticias “Asesino serial se ha hecho con la vida de dos tartas, cinco pizzas, tres hamburguesas y un pollo a la cordon bleu” —él trató de mantenerse serio con semejante desvarío que había llegado a la conversación, pero era algo ocurrente y a las cosas tontas les podía sacar provecho de alguna manera. — Ah, perfecto, aunque quizá la resistencia debe ser la diversión. Puedes pelear un poco y no pasa nada, quizá te dejaré con algo de hambre para ello —bromeó un poco, sin importarle jugar con algo que en realidad no tenía ni pizca de seriedad. — Normalmente ofrezco helado, es más barato, pero te has pillado con la suerte de que al querer hablar contigo me estaba entrando hambre —fue honesto con él.

Era del tipo de personas que no llevaban bien la soledad, así que a veces se daban aquellas ocasiones en las que no tenía nadie con quien conversar y optaba por la creatividad para conocer a alguien nuevo. Sus ideas no siempre involucraban comida, pero pensaba que si a él podían llamarle la atención así también podría hacerlo con los demás, algo no muy acertado hasta toparse con el chico que ahora lo acompañaba. Bendita fuera la comida.

El local no les quedaba muy lejos y entraron en él. Miró por un momento la hora en el reloj de su muñeca derecha antes de que llegara el camarero y también antes de que Steven le pidiera una recomendación, haciéndolo girar la vista hacia una de las paredes que era un menú impreso en ella. Leyó por encima y rápidamente se le vino a la cabeza algo para contestarle.

Depende de qué te guste… Particularmente de aquí me gusta la pizza napolitana pero no me gusta con anchoas, aunque también hay una con salmón ahumado y queso crema —le comentó algunos de los tipos que a él más le gustaban. — Aunque también están los sabores más comunes: hawaiana, con pepperoni y tal —le dio un poco de información antes de que los llevaran a una mesa, sentándose y colocando los codos encima para entrelazar sus dedos y servirle de soporte a su barbilla. — Depende de cuánto comas, podemos pedir una familiar de los ingredientes que quieras —sugirió, ya que era lo más cómodo.

Él no se fijaba tanto en la decoración porque ya había estado ahí antes. En lo que se había fijado era en que su acompañante llevaba un audífono en uno de sus oídos que le pareció algo curioso, simplemente mirándolo y sin saber si era lo más recomendable preguntar algo. No eran sus asuntos, claro, pero la verdad le daba algo de curiosidad, como médico que era. A pesar de ser medimago, había estado en cursos de medicina nomaj y por ello conocía algo de ese tema.

¿Puedo preguntar qué te pasó en el oído? —decidió dejarle a él la decisión de si quería recibir la pregunta o si en cambio le decía que no. Pero al final no quería presionarlo de más.
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Steven D. Bennington el Dom Feb 26, 2017 11:27 am

Steven jamás había entendido esos planes tan complicados que prepara la gente cuando puedes optar por ir a comer. Ir a comer a cualquier lugar. Puede ser un local cutre de comida rápida, un restaurante caro o el supermercado más cercano para ir corriendo a casa y ver una película en el sofá mientras comes. Sí, sin duda aquellos planes eran los mejores. Quizá por eso sólo se relacionaba con personas a las que les gustaba comer tanto como a él. Bien podía ser Clementine o incluso Drake, de quien no sabía nada desde que todo aquello había comenzado y estaba más que preocupado por la situación. Debería intentar comunicarse con él, pero tenía miedo de ser interceptado en su intento y acabar en Azkaban por no presentarse a sus numerosos  juicios por robo de magia.

- Sí,  mejor sin sentimientos. Me daría pena comerme a mis propias tartas, seguro que habrían sacado mis ojos. – Añadió siguiéndole la conversación a Laith tal y como él se la había seguido previamente aun cuando no tenía ni pies ni cabezas. Igual que el pollo del que Laith hablaba. – Menos mal, no creo que con un helado pudiese alimentarme. – Tenía hambre, todo había que decirlo. No iba a entrar en detalles pero si hacía uso de su memoria no recordaba la última vez que había salido a comer. Se había acostumbrado a encontrar lo más barato y llevarlo a casa. O incluso comer lo que la Señora White cocinaba para sus ahora nuevos huéspedes, pero cabía decir que una señora de noventa años con problemas de pulso y visión no era la mejor cocinera del mundo. ¡Ni hablar de la sopa que hizo con azúcar! Al menos no era suavizante para la ropa, lo cual ya era un paso.

Tenía una facilidad pasmosa para abstraerse, por lo que nada más poner un pie en el local, Steven ya estaba mirando las paredes fascinado con la decoración, y eso que no era nada del otro mundo. Miró el tipo de ladrillo de las paredes, las lámparas decorativas y los cuadros con marcos rojos con fotografías en su interior. Aquel local no parecía ser nada del otro mundo, pero al mismo tiempo transmitía la calidez que otros muchos locales no transmitían. Y esa calidez no veía únicamente del calor que emanaba el horno en las cocinas no muy lejos de allí.

- No te rías de mí, pero jamás he probado una pizza con pescado. Igual que los hay que dicen que la fruta y la pizza no pueden ir juntos como en la Hawaiana, yo soy de los que piensan que el pescado está mejor en el horno con patatas. O en ninguna parte, la verdad es que no soy mucho de comer pescado. – A él le daban un plato de macarrones y le hacían el hombre más feliz del mundo. O mejor, una tarta.

Hizo una pausa para pensar. ¿Cuánto comía él? Dependía del día, pero por regla general comía bastante y si a eso le sumabas el tiempo que llevaba sin comer una buena pizzaa o, más bien, una buena comida, apostaba que podía terminarse una familiar él solo por su cuenta.

- Sorpréndeme, soy indeciso por naturaleza y nos llevaría hasta la cena que decida qué ingredientes quiero en la pizza. Y como tenga que aguantar hasta la cena, acabaré comiéndome el mantel. – Era uno blanco con cuadros rojos. – No tiene muy buena pinta. – Dijo tocándolo para comprobar que, además, era de papel.

Steven seguía mirando con curiosidad el local, como si de un niño pequeño se tratase. Y es que en muchos aspectos de su vida Steven era como un niño. Por su parte, Laith pareció fijarse en un detalle que no muchas personas notan a primera vista, pues Steven se encargaba de cubrirlo con su pelo en la medida de lo posible.

- ¿Has jugado alguna vez a dos mentiras y una verdad? Bueno, no sé si el juego se llama así, pero tendría que hacerlo. – Dijo ladeando la cabeza. – O a lo mejor es dos verdades y una mentira… - Pensó en voz alta. – Bueno, como sea. Yo digo tres frases y una de ellas es verdad. A ver si adivinas cual. – Sí, esa era su manera de contestar a lo que le había pasado en el oído. -  La primera. Cuando tenía… Creo que ocho años, tuve una infección en los riñones y me dieron un medicamento para tratarlo. A los trece años mi madre se dio cuenta que cuando me llamaba no me enteraba la mitad de las veces así que… Los médicos dijeron que la causa era un efecto secundario de la medicación. – Siguiente. – Con tres años me gustaba meterme cosas en el oído. Así que me destrocé un oído con un lápiz color verde.  – Saltaba a la vista que Steven tenía un problema en un oído, pero el otro oído estaba tan inutilizado que no llevaba nada en él. – Y la última opción. – Hizo una pausa para pensar. – Me caí haciendo surf y del golpe y la cantidad de agua que me entró en los oídos perdí la audición total en uno y parcial en el otro. – Alzó sendas cejas. - ¿Y bien?

El camarero no tardó en aparecer para preguntar a ambos qué tomarían y, después de pedir un Aquarius de naranja, Steven esperó a que Laith pidiese la pizza sorpresa donde él no había aportado más ingrediente que la masa.

- ¿Y tú qué? Además de ofrecer comida a los desconocidos, ¿Eres detective privado y por eso te fijas en esas cosas? - Sí, era raro que alguien se fijase en lo de su oído tan a primera vista.
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Laith Gauthier el Dom Feb 26, 2017 7:47 pm

A pesar de haber estado llevando con mucha seriedad el tema de la familia de comida, no pudo evitar reírse cuando añadió que sus tartitas habrían sacado sus ojos, dándole una aberrante imagen mental que también le causó risa. Steven era espontáneo y por lo visto no tenía ni el más mínimo problema en sacar conversación de prácticamente cualquier cosa, aunque suponía que no podría tener muchas charlas a causa de que sus temas eran un poco apartados de lo que uno esperaría. Lo miró unos segundos en los que analizó una sola cosa cuando le dijo que el helado no podía alimentarlo, aunque sólo acabó sonriendo.

Oh, debiste haber comido algo y no esperar a que yo te invitara, ¿ya estaba planeado? ¿Es la predestinación? —se hizo un poco el importante. Eran quizá las ropas de invierno que no lo dejaban ver el cuerpo del sujeto, quizá de no haber tenido ese impedimento habría conseguido notar lo delgado que estaba.

De todas maneras, su entrada al local fue más bien rutinaria para Laith. Cuando visitaba tantos locales de comida, acababa siendo raro el que lo asombrara por su decoración, para bien o para mal. Había estado en sitios donde se preguntaba cómo no se cogió una enfermedad estomacal y otros donde pensó que estaría endeudado toda su vida. Lentos, ajetreados, cálidos y fríos, había tanta variedad como variedad de personas había en el mundo. Ese local en lo particular era de esos económicos que invitaban un poco a asistir acompañado.

¿No? Bueno, a mí en lo particular no me gusta decir que odio determinado tipo de comida, pero las anchoas en la pizza no van —le hizo saber con una risa. Aunque en lo personal casi no le gustaban las anchoas, siempre le sucedía que cuando decía odiar algo acababa por ser lo único que lo rescatara de morir de hambre. Era una especie de karma extraño. — El pescado también puede estar en el mar, creo yo, pese a que sería difícil que viviera sin un buen pescado a la plancha —hizo un poco de drama.

En cuestiones de cantidad, era realmente un tema absurdo para Laith. Con una mentalidad de “mejor que sobre a que falte”, podría comprar una segunda pizza familiar si se precisaba. Si quedaba, bien podía llevarlo a casa o dejárselo a personas que la necesitaran en la calle. La comida con Laith no se desperdiciaba, así que no importaba de mucho. Le dio gracia que considerase comerse el mantel si la indecisión se prolongaba demasiado, pensando qué pedir hasta que llegase el camarero.

Cuando Steven le propuso el juego, se acomodó en su asiento con los brazos en la mesa y un poco inclinado hacia él, una silenciosa seña de que tenía toda su atención para jugar, esperando que le dijera las tres frases. Hizo silencio cuando oyó la primera mientras en su mente buscaba qué medicamentos tenían como efecto adverso la sordera, ¿las aspirinas? No se le ocurría ningún otro, quizá algún antibiótico, pero no pensaba que pudiera presentarse con cinco años de haber detenido el tratamiento. No le sabía a verdad. La segunda situación era un poco más comprensible para su cabeza, aunque siendo honestos lo primero que se le ocurría al meterse un lápiz de color en el oído era desgarrárselo y no sólo dañarlo, por lo que el audífono sería más bien poco útil. Se dio cuenta que le disgustaba tan sólo imaginar niños con problemas así, eran su debilidad durante el trabajo. Finalmente vino la tercera situación, más extrema que las otras. Él no sabía mucho sobre surf, pero si el agua lo había dañado significaba que debió haber estado sobre una ola algo violenta.

Cuando iba a empezar a hablar, lo interrumpió el camarero. Como bebida pidió un jugo de manzana y pensó brevemente lo que comerían, acabando por decantarse por llamar un combo por el nombre y no por el tipo de pizza ni los ingredientes, para hacer todavía un poco más grande la sorpresa que había pedido que al final no tenía mucho que ver con lo que habían intentado ponerse de acuerdo antes. Era más bien una pizza rectangular que en lugar de ser una simple rebanada era como si fuese doble con queso dentro, con ingredientes más de carne que nada. Algo que repentinamente se le antojó y pues por qué no, si al final era más o menos la misma cantidad que obtendrían de una pizza familiar.

Regresando al juego… Me decanto por la del surf, que ya empiezo a sospechar que algo de agua salada te quedó en el cerebro —aprovechó para fastidiarle sin malas intenciones con una sonrisa. Era la que más sentido tenía, cuando los medicamentos no le sonaban de mucho y el lápiz, prefería no imaginarse a un pequeño Steven sufriendo por el dolor en su oído. — No, soy todavía más genial, soy médico —le sonrió, algo divertido en realidad. Era a medias verdad, ejercía como medimago aunque estaba formado también como médico nomaj, ¡pero no iba a decirle a un nomaj que era un medimago! Los puristas lo colgarían de los pulgares. — ¿Y tú, trabajas de algo? ¿Cómo te ganas la vida?
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Steven D. Bennington el Miér Mar 01, 2017 9:57 pm

Comenzó a enumerar tres diferentes historias que en aquel preciso instante habían pasado por su mente. La primera de ellas era una historia real de una paciente con la que compartió horas y horas en las revisiones periódicas en el médico y las diferentes pruebas. Ella siempre hablaba de cómo se había sentido de niña al respecto con su situación y de alguna manera hizo que Steven se sintiese mejor a la hora de enfrentarse al nuevo problema al que día a día debía enfrentarse. En cambio la segunda de las historias carecía de pies y cabeza. Dudaba que con la simple ayuda de un lápiz de color pudiese quedarse sordo sin antes causarse tal dolor que se viese obligado a sacar la pintura del oído. No era como si cayeses de lleno sobre la pintura, sino que te la introducías por tu propia elección y, por tanto, también tenías la elección de declinar la elección y dejar de intentarte sacar el cerebro por las orejas.

Como cabía esperar, Laith acertó en su elección. Steven sonrió de manera amable y de alguna manera satisfecho con que este hubiese dado con la opción acertada. Lo cierto era que jamás había utilizado aquel método para hablar de su sordera. Más bien la gente pasaba a darse cuenta de su discapacidad y se limitaban a poner una mueca de tristeza y acompañar su gesto de un “lo siento” no demasiado trabajado.

- Seguro que si hubiese sido agua dulce no me hubiese dañado tanto las neuronas. – Hizo una leve pausa para reír. – Apuesto a que el agua salada es más dañina a la hora de matar neuronas que el agua dulce. Aunque seguramente el agua con cloro sea la más peligrosa de todas. Suerte que no decidí hacer surf en una piscina. – Añadió aquello sin ningún tipo de problema, pues hacía tanto tiempo que había tenido aquella caída que había asumido más que de sobra su falta de audición. De por sí, jamás había sido una persona que no bromease incluso con el mayor de sus problemas. Era una persona con la positividad al nivel de las nubes, de esas personas que posiblemente acaben teniendo problemas por ver las cosas desde una perspectiva tan positiva y tan poco realista. Pero en lo referente a su audición, no había nada malo en bromear.

¡Su acompañante era médico! Ahora tenía mucho más sentido que hubiese acertado a la primera y que se fijase en su audífono. No cualquier persona lo hacía, y las que lo habían hecho a lo largo de los años era porque eran o, muy observadoras, o relacionadas con el ámbito de la medicina.

- Vaya, médico. Es una profesión que jamás me plantee. No valgo para dar malas noticias a la gente y si se me muriese un paciente, creo que entraría en depresión. – Sabía que no todo era tan negativo pero a la hora de estudiar medicina tenías que ver que todo era posible. – Mi hermana también estudió medicina.  – Si se hubiese encontrado frente a un mago le hubiese preguntado que si conocía a su hermana pero en aquel momento había dos razones por las que no podía hacerlo. La primera era que desconocía que se encontraba ante un mago. La segunda que la cabeza de su hermana tenía un precio y cualquiera de sus compañeros de trabajo, en caso de conocerla, lo sabría. Y en cualquier otro caso también, pues si alguien de tu trabajo está en busca y captura lo más seguro es que tengas consciencia de ello. - ¿Tienes alguna especialidad? - No entendía mucho de médicos, pero sabía que los había de cabecera, cirujanos, dermatólogos... Había una gran variedad.

Ah, su trabajo. Aquello era una cuestión complicada y en la que no podía ser sincero. ¿Qué decir? Había trabajado en Hogsmeade durante años y ahora había perdido todo su contacto con la tienda a la que había dedicado tantos años y esfuerzos. No podía contarle las razones por las cuales se dedicaba a lo suyo, por lo que recurrió a contar la historia desde el punto de vista más muggle posible.

- Trabajaba en una tienda de música. Pero ya sabes, en la época que vivimos los trabajos vienen y van, así que tuve que dejar de dar clases y vender instrumentos. – Se encogió de hombros. – Así que ahora no trabajo. Ya encontraré algo de lo mío, supongo. – Podía buscar un empleo pero no se atrevía a asentarse de tal manera en el mundo muggle cuando podía suponer un problema para la vida que Beatrice y él habían construido a la sombra. – Me limito a pasear por la calle esperando que algún alma caritativa me invite a comida. – Bromeó, pues era lo que menos esperaba en su vida.

En ese momento el camarero volvió trayendo su pizza. Steven no había entendido qué había pedido Laith al camarero, por lo que su sorpresa fue grande al ver que no se trataba de una pizza. Miró primero al camarero que parecía no haberse equivocado al traer su pedido y luego a Laith, quien tampoco parecía contrariado por la llegada de una pizza cuadrada. Asumió que era eso lo que habían pedido.

- ¿Qué es exactamente? – Preguntó cuando el camarero se fue, por no quedar como un completo idiota delante de este.
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Laith Gauthier el Miér Mar 01, 2017 10:30 pm

Si Steven le hubiese comentado que la primera era una historia real, Laith la hubiese conservado en su memoria para posibles futuros eventos, aunque como no fue así, simplemente se dedicaron a concentrarse en la opción que había acertado casi por suerte. El sanador estaba tan acostumbrado a ver personas con problemas, enfermedades o discapacidades, que había aprendido a no hacer una mueca de pena o tratarles diferente. Muchas de esas personas eran tan capaces como cualquier otra con una pequeña particularidad con la que tenían que aprender a lidiar, no había otra manera de hacer las cosas, para bien o para mal. Pero le agradaba la gente que, como Steven, se lo tomaban con humor, amargarse nunca soluciona nada.

Nunca he intentado surfear en agua dulce y menos meterme agua con cloro en el cerebro, aunque apuesto que el agua con cloro sería mortal —podría haber dicho “nunca he intentado surfear” y ya estaba, porque lo cierto era que le acobardaba el hecho de meterse a aguas profundas y el surfear sólo se podía cuando había suficiente espacio para no romperse la cabeza contra la arena al caer. Le siguió un poco el juego, le hacía falta algo de convivencia que lo ayudara a olvidarse de todo lo que actualmente estaba sucediendo.

Sin quererlo, su profesión casi lo obligaba a fijarse en detalles que otros no, a hacer revisiones mentales cada vez que tenía la oportunidad. Es como un psicólogo que a veces estudia sin querer a la gente de su alrededor, pues lo mismo. Probablemente conociese a la hermana de Steven, al menos de vista, pero eso no lo sabrían pronto o al menos hasta que se les cayera la máscara de nomaj del rostro. Por lo pronto lo ignoraron, Laith sonriendo cuando le mencionó aquello.

Creo que es la profesión más dura y la más liberadora. Si te soy sincero, todo este tiempo que llevo trabajando todavía me pesa atender niños, y ni se diga si pierdo a un paciente, pero no conozco catarsis más grande que decirle a alguien que se pondrá bien y ser honesto —le confesó la parte mala y la buena de su trabajo, ya que el ambiente distendido se los permitía. — ¿Sí? Quizá alguna vez la haya visto y yo ni enterado —le dijo, aunque no lo pensaba. En Londres no había pisado un hospital nomaj que no fuera para llevar a alguien que se encontró herido. — Básicamente soy de cabecera aunque hago de todo un poco —le sonrió.

Así como hablaron de su trabajo pasaron a hablar sobre el de Steven, que al parecer vendía y enseñaba en una tienda de música, haciendo suspirar a su compañía. La música le gustaba y ya lo había demostrado antes, aunque no era un músico callejero todo el tiempo, así que saber que ya no podía trabajar de lo que le gustaba era algo desalentador como poco.

A mí me gusta mucho la música y admiro a las personas que saben tocar bien los instrumentos. Yo no soy muy bueno, aunque hago mi intento —le hizo saber, encogiéndose de hombros. — Pero probablemente encuentres un buen sitio donde trabajar que te guste, no pierdas la esperanza… Por lo pronto, aquí tienes tu alma caritativa que te invite a comer —aunque iba hablando en serio, acabó bromeando de nuevo con él. No pudo evitar pensar en la hermana de Steven, ¿estaría trabajando o pasaba la misma situación que su hermano? Era una costumbre suya siempre preocuparse de más.

La pizza a Laith le parecía deliciosa, aunque soltó una risita cuando su acompañante no entendió bien lo que era, tomando un trozo para enseñárselo. Aunque su capa superior era una pizza normal con jamón, pepperoni y demás carnes, debajo estaba una densa capa de queso. Si con la vista no se lo imaginaba, podría explicárselo verbalmente aunque lo pensó algo excesivo, tomando su jugo y dando un trago esperando que fuese Steven el primero en probarla. Siempre podían pedir otra cosa si al otro no le gustaba.

Lo siento por mis gustos de glotón, es tu culpa por dejarme decidir —se burló un poco con una sonrisa tranquila, mirándolo con calma entre aquel buen ambiente. — Supongo que tanto queso no es bueno para el organismo, pero si muero quiero morir feliz —era un consejo curioso saliendo de un médico, aunque Laith nunca se había jactado de predicar con el ejemplo. Vivía su vida, bebía a veces y fumaba en ocasiones, no era un ejemplo a seguir precisamente.
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Steven D. Bennington el Jue Mar 02, 2017 12:47 pm

Cualquiera que conociese a Steven sabía que era de esas personas que antepondría su vida, sin ningún tipo de problema, con el fin de ayudar a los demás. Pero aún con todo eso, jamás se había planteado siquiera dedicarse a la medicina. Aquello no podía ser su punto fuerte. Steven no sabía dar malas noticias y su alto nivel de empatía supondría un problema, ya que a la más mínima desgracia era posible que acabase sumido en una depresión. Era una persona de extremos, de esas que están tan  alegres que causan diabetes o que están tan deprimidas que parecen acabar de terminar de ver La vida es bella.

- ¿Cuánto tiempo llevas ejerciendo? – No se había parado a preguntarse cuántos años tendría su acompañante y lo cierto es que eso de echar años a la gente no era su punto fuerte. Quizá tendría algo más de veinticinco, por lo que tampoco podría llevar muchos años trabajando como médico después de haber terminado sus estudios. – Atener a un niño tiene que ser muy duro. Cada vez que mi hija se pone mala me pongo yo malo de pensar en que puede pasarle algo aunque sea un simple catarro… - Rió ante aquello, y es que Steven era un mal enfermo, pero también un mal doctor para su hija. Cualquier cosa que pusiese en peligro la vida de Alex hacía que el hombre entrase en pánico. Aunque ese algo fuese un simple constipado. – Con la decena de Hospitales que hay en Londres dudo que hayáis coincidido. ¿En cuál trabajas? – No tenía ni idea de Hospitales por la zona, conocía dos o tres, así que si era otro diferente se limitaría a sonreír y asentir como si todo aquello le hubiese quedado claro.

La música era algo que apasionaba a Steven, por lo que el día que sufrió su accidente su mayor preocupación era no poder volver a oír música. Y durante meses se había aislado tanto del mundo como lo había hecho también de la música y el sonido. Se había aislado de oírla y de tocarla, pero había logrado encontrar la energía suficiente para volver a dedicarse a ello aunque no fuese de la manera profesional con la que soñaba de niño.

- ¿Bromeas? Sólo escuché el final de la canción, pero parecías tener buena química con la guitarra. ¿Tocas algún instrumento más? – Preguntó el hombre. – Si necesitas ayuda con algún instrumento no dudes en decírmelo, es lo mínimo que puedo hacer después de comer gratis. – Río, y es que para cualquier persona la comida podía ser poca cosa, pero no para Steven. Para Steve la comida estaba en el escalón más alto de su pirámide de las prioridades. – Ah, no te preocupes, no tengo prisa. Por ahora tengo unos ahorros con los que ir sobreviviendo hasta que encuentre algo. Además, ya le echado el ojo a un banco en el parque donde dormir si no lo consigo. Tiene hasta un quiosco cerca para que me den los periódicos viejos y usarlos de manta cada noche. – Bromeó. Ese banco no existía y esa opción tampoco, pero era una persona bromista por naturaleza.

Cuando llegó la pizza Steven quedó contrariado. ¿La pizza no era redonda? A lo mejor hacía tanto tiempo que no comía pizza que había olvidado su forma. O estas se habían modernizado hasta tomar esa forma rectangular tan diferente a la que él recordaba..

- El queso nunca sobra. Aún no entiendo cómo hay gente en el mundo a la que no le gusta el queso. O que no come queso. Vale que no quieras comer nada que haya salido de un animal pero… ¿Queso? ¿Cómo se puede vivir sin queso habiéndolo probado? – Preguntó negando con la cabeza al tiempo que cogía un trozo de aquella pizza y probaba, en primer lugar, la parte del queso. Sí, sin duda el queso nunca sobraba. Afirmó con la cabeza dando el visto bueno a la pizza mientras masticaba y, una vez tuvo la boca vacía, siguió hablando. – De algo hay que morir en esta vida, mejor que no sea de hambre.
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Laith Gauthier el Jue Mar 02, 2017 9:13 pm

La pregunta sobre su trabajo lo dejó en jaque. Sabía que la medicina nomaj como tal llevaba más años, mientras que una de medimagia a él le había llevado cuatro años. Bien podría mentir con su edad o decir que era un superdotado. Simplemente se decantó por la honestidad, y ya se inventaría alguna excusa o bien lo hechizaría para confundirlo y que no le pregunte más cosas, haciendo memoria de cuándo se había graduado y cuánto tiempo le llevó empezar a trabajar con un gesto pensativo hasta encogerse de hombros.

Creo que debo de llevar ejerciendo como tal unos dos años. Tuve un año de practicante como universitario y fui otro a Francia para complementar mis estudios y hacer más prácticas allá —lo cierto era que había ido a Francia a estudiar medicina nomaj. Qué complicado era esto de omitir información con tal de mantener una conversación fluida y no mencionar nada mágico. — ¿Hmn? ¿Tienes una hija? Vaya, eres más viejo de lo que pensé, ¿cuántos años tiene? —bromeó un poco con la edad de Steven. Él le ponía alrededor de treinta años, así que tampoco era mucho más grande que él. — No tientes a la suerte, el mundo es un lugar muy pequeño. Si te dijera en cuál trabajo apuesto a que no lo conocerías, apenas va tomando fama —a falta de imaginación para ponerle un nombre, decidió simplemente asumir que no lo conocía y ya. Hubiese sido gracioso si dijera el mismo nombre de aquel donde trabajaba en realidad, pero era algo peligroso.

No podía imaginarse a un músico perdiendo la audición, eran el tipo de cosas que le deprimían incluso si no le habían pasado a él. Con un nivel importante de empatía, las desgracias ajenas le hacían sentir tan mal como si le hubieran pasado él mismo. A él le apasionaba aunque no al punto a querer dedicar su vida a la música, así que ver la situación de Steven era bastante triste. Pero por suerte había conseguido salir a flote y podía dedicarse a ello, después de todo, ¡había un pianista nomaj sordo! La esperanza era lo último que se perdían.

¿Te divierte mentirle a los demás? Me confundía con el acomodo de las cuerdas, ¿qué tipo de maestro de música eres para no darte cuenta? —soltó una risa con aquello. Si bien no había tenido deslices significativos, a veces se equivocaba de cuerda al tocar. — Era una guitarra de diestros y soy zurdo, no acostumbro guitarras así —le explicó con una sonrisa, porque la que tenía él tenía el orden de una guitarra normal y no de cabeza como la que tuvo que tocar hacía un rato. — También puedo hacer sonar bien un piano, aunque tampoco es que sea la gran cosa… Quería aprender a tocar el saxofón pero el trabajo apenas me deja tiempo, consideraré llamarte en cuanto consiga uno —le indicó, tomándole la palabra.

La conversación fluía normalmente, aunque miró al principio con un gesto curioso a Steven cuando no captó de buenas a primeras la broma del banco, aunque apenas la interpretó soltó una pequeña risa, imaginando que no iba en serio a tomar esa opción. Era un poco pesado tan sólo pensar en ello, que muchas veces la situación no dejara otra alternativa, aunque no pensaba que Steven fuera tan cerrado de mente como para recurrir a ello.

Como me entere que tienes a tu hija viviendo en un banco, voy a ir a patearte —lo amenazó con una sonrisa, cuando era impensable con el padre preocupado que parecía ser, — si sólo vivirás tú ahí, puedes decirme dónde está y los días que haga frío iré a llevarte chocolate caliente, soy un buen tipo —le siguió la broma. Laith no se amargaba la existencia y siempre intentaba encontrar el lado de juego de las cosas. Tenía más sentido que simplemente estar tomándoselo todo en serio y acabar con un ambiente tenso.

Era imposible no pasar un buen rato cuando los temas de conversación iban y venían. Saltaban de un tema al otro porque nada en el mundo se los impedía, hasta ahora hablar del queso como si fuera la cosa más importante del planeta. Le había dado el visto bueno a la pizza y con eso él pudo comenzar a comer también, dándole la razón al mencionar que de algo tendrían que morir, una cosa con la que él estaba completamente de acuerdo.

¿Te confieso algo? Hace unos cinco años tuve que haber intentado vivir una vida vegana. Creo que la tontería me duró un par de meses de constante sufrimiento hasta que me di cuenta que no me rendían las calorías con el nivel de ejercicio que hacía y regresé a mi amada carne —ahora que lo recordaba se imaginaba como un tonto intentando seguir una dieta tan estricta de no productos animales en lo absoluto, ni siquiera aquellos que no representaban muerte de animales. Mas se había convertido en una anécdota digna de ser contada en algún momento, el pobre Laith y su pelea con la comida antes de regresar a su amor como una telenovela.
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