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Sound of silence [Priv. Steven D. Bennington]

Laith Gauthier el Miér Feb 15, 2017 10:03 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Era de esas tardes que le gustaba pasar tiempo en la zona nomaj de la ciudad, con toda seguridad la única razón por la que soportaba sus días libres en el trabajo. Disfrutaba del ambiente cuando en el mundo mágico todo era un caos total desde hacía ya algún tiempo, como siempre tenía ganas de ir a comprar un helado y con toda seguridad eso hubiera hecho de no haber sido llamada su atención por un hombre que pedía limosna, pidiéndole cuidar sus cosas mientras él iba un momento a buscar comprar algo para comer con lo que había ganado.

Se fue, dejándolo a cargo de una guitarra y un estuche donde la gente, suponía él, ponía el dinero. Al tocarla un poco, oyó que no estaba afinada, así que se dispuso a hacerlo mientras tonteaba con la idea, haciéndolo con el oído. No era el mejor músico del mundo pero sí que se defendía, había que reconocérsele que era zurdo y la guitarra era de diestros. Se había quitado los audífonos para la labor, y pronto empezó con un concierto personal, tocando canciones nomaj que conocía en la guitarra y cantándolas. No era por presumir, pero su voz podía considerarse hasta buena al cantar.

And now that I’m strong I have figured out how this world turns cold and breaks through my soul and I know I’ll find, deep inside me, I can be the one —aquel espectáculo callejero le parecía de lo más divertido, con la gente viniendo, colocando algo de dinero en el estuche y marchándose, o bien quedándose a escuchar un poco más. Eso al menos hasta que hizo contacto visual con un hombre, causándole sonreír. — I will never let you fall, I’ll stand up with you forever, I’ll be there for you through it all, even if saving you sends me to heaven —tenía que dejar de hacer eso, luego se preguntaba por qué alejaba a las personas, riendo para sí mismo.

Rompió el contacto visual cuando cerró los ojos al reír y siguió tocando. Disfrutar lo que uno hace es la base de la existencia. El hombre dueño de la guitarra volvió interrumpiendo su canción, casi impactado de lo que el joven había conseguido recaudar en apenas media hora que lo había dejado solo, recibiendo su guitarra y una sonrisa del sanador que colocó algo de su propio dinero en el estuche, cuidando que no mezclara dinero mágico con dinero nomaj. Y, aunque probablemente lo pateasen, con el buen humor del momento se decidió a acercarse a la última persona con quien había hecho contacto visual al tocar.

Vamos a jugar un juego, ¿te parece? Tengo ésta moneda de un penique… Si cae cara, me dejas invitarte una pizza; si cae cruz, pagamos a medias —aquel era un juego con trampa que había propuesto con tanta naturalidad que no esperaba que lo notase. Era una muy mala costumbre suya el que a veces se moviese víctima de un rostro agradable, aunque había que agradecer que invitó comida y no un trago, pese a que en realidad era que le estaba dando hambre, jugando con el penique entre sus dedos.
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Steven D. Bennington el Dom Mar 12, 2017 11:22 am

Escuchó aquella breve historia sobre los estudios de su acompañante, afirmando con la cabeza en un par de ocasiones con el fin de demostrar que estaba prestando atención. Era algo a lo que se había ido acostumbrando con los años pues muchas personas dudaban de la atención de su acompañante cuando este tenía problemas, precisamente, de audición.

- Vaya, Francia. ¿Puedes creer que estando tan cerca y siendo tan típico jamás he ido? No me dio esa vena de viajar por el mundo cuando terminé mis estudios como a la mayor parte de mis compañeros. – Afirmó con total tranquilidad, y es que todo el mundo parecía haber viajado por el mundo. Por su parte, él sólo había pisado su país natal y en aquel en el que ahora vivía. No había sido un hombre de mundo, como puede decirse. - ¿La carrera la estudiaste aquí o en tu país? – Preguntó. Pues saltaba a la vista por su acento que Laith no era inglés, de la misma manera que podía intuirse por la misma razón que Steven tampoco lo era.

No pudo evitar reír ante la reacción de Laith. ¿Tan joven podía parecer? Él siempre había sido de esas personas que ven a un niño y juzgan su edad en cuestión de su altura, y de la misma manera le pasaba con los adolescentes. Los adultos eran algo más complicados a la hora de otorgarles una edad aleatoria y quizá por eso se le daba tan mal hacerlo.

- En realidad tengo tres, pero las llamo igual a todas para no hacerme un lío con quién es quién. – Bromeó con la sonrisa en el rostro. – Tiene once, ya toda una señorita. – Afirmó con una sonrisa casi inconsciente al hablar de Alex. Y fue también casi inconsciente que cambiase de tema lo antes posible, pues hablar de ella jamás había sido un problema hasta ahora. Hasta el momento en el que su única hija se encontraba encerrada en un colegio del que no podía salir por si sus padres decidían llevársela del país. A su vez, las cartas habían ido bajando su ritmo según afirmaba su madre y, por su parte, Steven no recibía ninguna por seguridad para su hija.

- Creía que los zurdos eráis un porcentaje muy bajo de la población y últimamente no hago más que cruzarme con vosotros. Además, la última zurda que conocí también es médico. – Pero, al igual que Beatrice, trabajaba en San Mungo. O al menos, lo hacía antes de que la guerra llamase a la puerta de todos los magos y estos se viesen obligados a tomar un bando u otro. – Nunca es tarde para aprender a tocar un instrumento aunque el saxofón lleva su tiempo. – Steven no tenía prioridad por los instrumentos de viento, pero tenía que admitir que el saxofón siempre le había parecido bonito.  – SI siguiese trabajando en la tienda de música podría prestarte uno pero ahora mismo… Te toca robarlo a ti. – Bromeó con aquello último.

Rió ante el comentario de Laith sobre el banco y su hija, pues por nada del mundo dejaría que Alex pasase frio en la intemperie. Por suerte, la pequeña estaba en un lugar cómodo y confortable, o al menos eso quería creer. Estaba seguro que Hogwarts había cambiado mucho desde que todo se había puesto patas arriba, pero esperaba que al ser mestiza no estuviese teniendo muchos problemas.

- Claro, cuando me asiente te escribiré una postal para que pases a hacer una visita turística por la zona y me traigas el chocolate caliente. Aunque si te pones a repartir, algo de comida no estaría mal. Creo que si empiezo a sobrevivir a base de chocolate acabaré con obesidad mórbida o diabetes. Aunque bueno, se supone que con la grasa se pasa menos frío, quizá eso no sea tan mala idea… - Dijo con la sonrisa pintada en los labios.

Tomó un nuevo pedazo de pizza, pues aquel invento tan diferente a la pizza tradicional parecía haber sido todo un descubrimiento para alguien como Steven. Alguien que adora la comida y que siente pasión por el queso. Como cualquier ser humano en su sano juicio, claro.

- ¿Y no te sentías cansado? Quiero decir… La carne tiene proteínas que no son fáciles de compensar a no ser que te pases todo el día comiendo legumbres o pases a tomar algún  tipo de suplemento. No sé, yo aprendo a los animales pero valoro bastante más mi salud. Además, dicen por ahí que los vegetarianos matan también animales con tanta cosecha. – Eso no sabía siquiera si era cierto, pero era un argumento igual de válido que cualquier otro para seguir comiendo carne.

Ambos siguieron hablando hasta que la pizza llegó a su fin y el camarero apareció para retirar sus platos de la mesa. - ¿Quieren tomar algo más? – Steven se limitó a negar con la cabeza aún con restos de pizza en la boca, por lo que prefirió que su respuesta se basase en un signo y no en una palabra.
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Laith Gauthier el Dom Mar 12, 2017 8:33 pm

¿De verdad? Yo siempre he pensado que viajar es la cosa más enriquecedora del mundo, pero lo cierto es que no llevo bien los cambios de presión, altitud y esas cosas —motivo por el cual no se movía demasiado una vez conseguía acostumbrarse. Steven identificó con la misma facilidad que él que no eran de ese país. Por más años que llevase ahí, el acento no se le pegaba, no era su culpa. — La estudié aquí —le hizo saber sin preocuparse demasiado. En realidad apenas había estudiado en su país el primer bloque académico de una escuela de encantamientos, y cada bloque siguiente fue en un país distinto. — ¿Tú de dónde eres? —no pudo evitar preguntar.

Su acompañante soltó una risa cuando él bromeó con su edad. A menos que tuviera cuarenta y muchos estaría equivocado, pero en lo general tenía buen ojo para sacarle edades a las personas. Era en parte resultado, igual que con su audífono, de observación involuntaria a la que sometía a las personas con las que se iba encontrando. Si ya de por sí era bastante suyo observar de más a las personas, su trabajo y formación lo habían hecho muy perspicaz.

Ah, ¿las diferencias por el apellido? Eres un pillo —bromeó con él, recordando un chiste nomaj de aquella naturaleza. Asintió con la cabeza cuando le dijo que tenía once, haciéndole saber que la tuvo joven o que en serio era más viejo de lo que él pensaba. Lo cierto era que los niños no eran particularmente su tema, era de hecho un poco complicado hablar con un padre por lo mismo. Por ello no se quejó cuando el tema se movilizó a otro con más velocidad de la esperable. — ¿De verdad? Oh, mierda… Si ya has conocido a mi compañera médico zurda, me temo que no hay marcha atrás —le dijo, bastante serio, — te confesaré algo… Los médicos zurdos estamos haciendo una droga para hacer zurda a toda la población y dominar el territorio, ¿tu hermana es diestra? Pues probablemente pronto te la encuentres usando la mano izquierda.

No tenía ni la menor idea de dónde había sacado aquella tontería, diciéndolo con la mayor seriedad del mundo. Ya tenía suficiente con puristas queriendo hacerse con el control como para que encima vinieran los zurdos a dominar el mundo, como privilegiados por ser un porcentaje reducido. Le resultaba un poco graciosa la coincidencia que le permitió sacar aquella jugarreta, recordando sin querer a algunas compañeras suyas zurdas por igual en San Mungo, aunque era tonto imaginar que hablaba de alguna de ellas, con la de médicos zurdos que había en el mundo incluso el mundo nomaj.

Oh… bien, cuando robe uno te secuestraré para que me digas cómo tocarlo —le sonrió, ya que estaban con la delincuencia de robar por qué no secuestrar también. La conversación fluía con bastante naturalidad, el que los viera diría que se conocían de hacía tiempo cuando se habían visto por primera vez hace menos de una hora. Eran, de hecho, el mejor tipo de conversaciones. — Chocolate caliente y pan dulce, cosa que engordes y puedas sobrevivir al frío, a mí no me parece tan malo, ¿eh? Ya luego cuando empiece a hacer calor no te llevo nada para que adelgaces y empezamos de nuevo —le compartió la dieta que supuestamente iba a proporcionarle evitando reírse.

No lo sé, fue un arranque de “Quiero ser un buen tipo y ayudar a los animales”, entonces comencé. Creo que me di cuenta que era una mala idea cuando me pasé como nueve paradas de mi bus al quedarme dormido, fue la primera vez que me pasó, entonces pensé que si estuviésemos hechos para no comer carne no tendría tantos efectos adversos —le explicó. Era natural para él cierto cansancio por la vida agitada que llevaba, pero quedarse dormido en un bus era como poco inconsciente. — Además, la culpa la tienen los animales, ¿por qué son tan deliciosos? —sacó una excusa barata con una sonrisa.

Habían continuado con la pizza y la conversación hasta que ya no hubo nada de la primera. El camarero llegó a recoger sus platos y preguntó si querían algo más. Laith iba a esperar la respuesta de Steven, que llegó en forma de una negación con la cabeza, por lo que se limitó a guiñarle el ojo en un gesto silencioso de pedir un favor y firmar sobre el aire, a su manera de pedirle la cuenta mientras el joven se alejaba ya. Tomó el jugo y terminó su contenido de un sorbo, resistiendo la tentación de estirarse. Lo bueno de esa pizza era que llenaba bastante bien y el queso era delicioso, así que al menos él había quedado bastante satisfecho.

Aún me debes acompañarme a comprar un helado, no intentes escapar tan fácilmente —le recordó, trayendo a su memoria el inesperado resultado de la moneda al caer. Seguía dándole vueltas en la cabeza que fuera una moneda de broma, y de serlo iba a haber problemas con la persona que le cambiaba el dinero mágico por el nomaj, ya que él ni loco hubiese entrado a una tienda a comprar una moneda de broma sabiendo que pagaba con ellas.
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Steven D. Bennington el Dom Mar 19, 2017 6:42 pm

- Yo no llevaría bien los cambios de clima. – Pues la primera vez que pisó Inglaterra se enfadó incluso con su padre por llevarle a un lugar tan triste. El cielo se pasaba la mayor parte del tiempo nublado y no había día en el que no se despertase porque la lluvia golpeaba el cristal de su ventana. Y eso que la mudanza había sido en pleno verano. ¿Cómo podía soportar la gente aquel clima sin entrar en una depresión? Suerte que por aquel entonces era un niño que con facilidad se adaptaba a los nuevos cambios que llegaban a su vida. – Australia, pero llevo en Inglaterra desde los ocho años. – Su acento era marcado pero ni de lejos como el del resto de australianos a los que en muchas ocasiones incluso a él le resultaba complicado entender. – Mi padre es inglés y mi madre australiana así que tengo una mezcla de todo y realmente de nada.

Imaginar cómo un grupo de magos zurdos intentaban tramar un plan de cómo destruir a la población diestra convirtiéndola en población zurda resultaba un tanto estúpido. Pero como todo, Steven y su imaginación no pudieron evitar crear una imagen mental de aquello en su cabeza. Donde varios médicos ataviados con batas blancas y mascarillas con sonrisas dibujadas a modo de máscara que les permitiese no ser identificados estudiaban en un laboratorio cómo hacer una mezcla lo suficientemente potente para cambiar la lateralidad de las personas.

- Si alguna vez se vuelve zurda y quiere ayudaros a seguir convirtiendo a los demás en zurdos no contéis con ella… Cuando era pequeña tuvo la ingeniosa idea de meter piedras en la mochila de una chica de su clase con sus amigos. Escribió un plan muy detallado en una hoja de papel y comenzaron con su plan. El único problema fue que en lugar de meter las piedras en la mochila de la chica, lo que metieron fue el plan. – Sí, muy inteligente por parte de Beatrice. Pero era tan inocente en ocasiones que llegaba a resultar estúpida, algo que a Steven siempre le había agradado por parte de su hermana. – No salió a mí. – Mentira, precisamente en eso se parecían mucho los dos, pues Steven también había tenido vivencias similares cuando era tan solo un niño. Y cuando había sido un adolescente. Incluso siendo un adulto seguía siendo igual.

Steven siempre había considerado la música como el motor principal en su vida y, si lo pensaba fríamente sólo había dos cosas en el mundo que robaría. La primera, lo suficiente para sobrevivir ya fuese comida o agua, e incluso quizá algo para poder vestir y taparse. Y lo segundo, un instrumento musical para que su vida no fuese tan triste como podía llegar a serlo sin música. Ya que después de haber dejado su casa en mitad de la noche lo único que se había llevado consigo había sido su primer violín y un álbum de fotos de Alexandra cuando era pequeña. Nada más. El resto de objetos los había ido recuperando con el tiempo pero no todos ellos, pues para muchos ya era tarde cuando quiso ir a por ellos.

- Creo que acabaría muriendo antes de diabetes. – Era una persona dada a comer dulces con facilidad y, por suerte, no engordaba demasiado con ello. Pero eso no quitaba que su salud pudiese verse gravemente afectada cualquier día por comer más azúcar que cualquier otra cosa.

¿Qué necesidad había de dejar de comer carne? Steven lo veía totalmente innecesario. No era solo la carne lo que se obtenía de los animales, sino que muchos productos se veían afectados precisamente por venir de los animales sin ser carne ni leche. Cualquier producto a día de hoy, básicamente.

-Quiero ser un buen tipo y comerme la comida de los animales. ¿Nadie piensa en que los veganos les dejan sin alimento? Que coman piedras, que las plantas también son seres vivos. – Bromeó, y es que aquello siempre le había parecido una excusa bastante barata para seguir comiendo carne pero para su parte que tenía aprecio hacia los animales era una excusa suficiente para no sentirse mal comiendo productos que viniesen de estos. - ¿Verdad? Si yo me pasé una semana sin comer carne cuando era pequeño y casi me muero. Aunque quizá también afectó que mi madre decidió que hasta que no me comiese la coliflor no comía otra cosa. Y bueno… Tuvieron que tirarla porque se empezó a poner gris y ya no era buena idea que me la comiese y acabase en urgencias por intoxicación. – Rodó los ojos. – Eso de comer verde no era lo mío cuando era pequeño. Bueno, tampoco lo es ahora, prefiero la pizza como puedes ver.

Dio un trago a su bebida para dejar pasar a los restos de pizza que aún intentaba digerir y es que verdaderamente la comida podía empezar a salirse por sus orejas de un momento a otro con toda la cantidad que habían comido.

- Nunca intentaría escapar de un helado. Y más cuando me invitan, ¿Cómo me voy a negar a comida gratis? – De haber sido una película de humor posiblemente su camisa no tardaría en abrirse de par en par cuando los botones de esta saliesen disparados de toda la cantidad de comida que había tomado. – Pero me siento un poco gorrón, mejor invito yo al helado. – Dijo con tono animado mientras se levantaba para darse de bruces contra un hombre y una mujer que entraban en el local.

Steven fue a disculparse pero no tuvo tiempo, pues la mujer alzó su varita e hizo que Steven saliese disparado hacia una de las paredes cercanas, llevándose un buen golpe en la espalda al hacer contacto con esta. No tardó en elevar su varita para impedir que otro hechizo impactase contra él y acto seguido le guiñó un ojo a Laith y sonrió.

Te debo un helado. – Dijo justo antes de desaparecerse de allí ante los ojos de muggles y mortífagos, los cuales ahora tenían trabajo que limpiar.
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Laith Gauthier el Dom Mar 19, 2017 9:13 pm

Vaya, eres como una mezcla rara, aunque ahora entiendo lo del surf, creo que es lo más estereotípico de los australianos, ¿no? —le comentó, sin buscar ofenderlo en realidad, sólo eran cosas que le parecían curiosas. — Yo llevo quizá unos cinco o seis años aquí pero ni de lejos se me pega el acento, es hasta frustrante no poder pasar desapercibido —sonrió para sí mismo. Más de una ocasión lo intentaron timar por creer que era un turista, cosa a la que uno, para bien o para mal, acababa acostumbrándose.

Su idea repentina de una legión de zurdos haciendo un plan químico para la dominación mundial era descabellada, pero le había salido natural comentarlo. Se preguntó si había incluso un hechizo que pudiera hacer algo como cambiar de mano con la que uno escribe. Pero Steven le siguió la corriente al mencionar a su hermana, comentándole una anécdota graciosa acerca de su malévolo plan de meterle piedras a la mochila a alguna chica de su clase, y encima su acompañante mencionó que no había salido a él.

¿Entonces tú eres la mente criminal de la familia? Me consideraré incluirte en mi plan cuando te haga surdo a ver si tú sí metes piedras en las mochilas de los diestros —bromeó con una sonrisa. Era algo gracioso si se lo preguntaban, así que no tenía nada de lo que quejarse, una conversación lo era siempre que hubiera algo interesante por compartir, incluso si eran estupideces de aquel nivel.

Soltó una risa cuando le dijo que lo mataría de diabetes por la dieta que le había mencionado ponerle. Siempre le había parecido una pena que a las personas amantes de la comida, o de cierto tipo de comida, les afectara al final comer tanto de lo mismo. Como una persona era amante del picante acababa con gastritis; una persona amante del dulce lo haría con diabetes, y una larga lista de comidas deliciosas y sus respectivas contraindicaciones. Asimismo le había pasado a él cuando intentó en su ignorante pasado ser vegano.

¿Cómo estás tan seguro que las piedras no son seres vivos? Hasta que no haya un riguroso estudio que lo compruebe, pueden comer aire o manteles —trajo a colación la broma inicial en la que Steven mencionó podría comerse el mantel del hambre que sentía. — Oye, eso es maltrato infantil —no pudo evitar reírse con lo que mencionó; no debió haber sido lindo para un Steven niño, pero, como su anécdota, ahora era algo para comentar. Él probablemente no serviría de padre porque si su supuesto hijo no quería comer verduras, seguramente acabase cediendo y dándole helado.

El estómago de Laith tenía bastante aguante, así que no se sentía completamente satisfecho hasta el grado de explotar. Pero soltó una risa en cuanto le dijo que no planeaba escapar de un helado gratis, levantándose por igual para salir del local mientras pensaba, quizá en el acto y dependiendo del precio podría permitir que invitara. Aunque eso no iba a ser aquel día, cuando repentinamente hubo un ataque y él tocó la varita que tenía dentro de la manga de la chaqueta derecha, cosa de ser fácilmente alcanzable para su zurda.

Laith tenía un buen ojo, pero para los problemas. No se podía creer que de las millones de personas del mundo viniese a gustarle de vista un fugitivo, o un criminal con mucha labia. Pero no tuvo tiempo de pensar en eso, porque tan pronto como Steven se desapareció él salió disparado al baño para transformarse a su forma animaga y salir volando por la ventana. Más literal de lo que podría parecer. No tenía ni la más mínima gana de que vinieran a interrogarlo por verse con alguien en búsqueda y captura y menos con el buen expediente que se había encargado de mantener pese a todo.

Aunque estaría mintiendo si dijera que iba a dejar pasar la oportunidad del helado. Quizá con mayores precauciones, pero la cobardía nunca había sido su tema, así que no pensaba tirarse hacia atrás cuando de pronto todo se había vuelto más peligroso.
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