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Raise the Stakes. (Lluna & Alice) [PRIV]

Caleb Dankworth el Mar Mar 14, 2017 11:05 pm

Estaba sentado en mi butaca favorita delante de la chimenea encendida de mi salón, con la mirada clavada en el fuego que ardía consumiendo la leña poco a poco, llenando el lugar de calor. Estaba perdido en mis pensamientos, planeando los eventos que sucederían más tarde y repasando los detalles cuidadosamente, asegurándome de que tenía cubiertos todos los posibles resultados para que nada fallara, pasase lo que pasase. Cuando iba a misiones yo solo o acompañado de Abi iba muy tranquilo y casi completamente despreocupado, y cuando iba con otros mortífagos solía preocuparme únicamente de estar al cien por ciento seguro de que yo iba a salir bien de allí y los demás me importaban más bien poco. Sin embargo en esta ocasión eran mis dos ahijadas, mis sobrinas (aunque solo Alice fuese de mi misma sangre, a Lluna desde que nació la consideré como tal) las que iban a ser las protagonistas de la noche, y quería que todo saliese bien por su bien, para que avanzasen bien con su entrenamiento y poco a poco se alzasen hasta las filas oficiales de los mortífagos, y una vez allí tuviesen un gran éxito.

Las había citado a ambas en mi mansión para que se reuniesen allí conmigo. Era la primera vez que iba a trabajar con las dos a la vez, tanto para que aprendiesen a trabajar en equipo como para facilitarme a mí las cosas, pues tener dos aprendizas de mortífago a mi cargo y no solamente una daba lógicamente más trabajo y requería más tiempo y dedicación. Estarían a punto de llegar, si es que conseguían ser puntuales. Lluna todavía no quería que le dijese a Matt que yo era quien se estaba encargando de su entrenamiento –a pesar de que yo consideraba que sería mejor que él supiese que era alguien de confianza quien se ocupaba de ella y no un cualquiera, puesto que ese era mi caso cuando se trataba del entrenamiento de mi hijo– y yo había respetado esa decisión suya, pero esperaba que no hallase ningún impedimento para venir por culpa de las mentiras a su tío. Alice estaba siendo una aspirante obediente, cosa que esperaba que siguiese así y que no cometiese ninguna estúpida indiscreción. Cuando llegasen a la mansión hablaríamos de lo que ocurriría hoy y precederíamos con su educación en las Artes Oscuras.

Aparté mi mirada del fuego y me acerqué a la mesa en la que tenía preparados mis vasos de whisky y un cubo siempre lleno de hielo. Eché dos cubos de hielo en uno de los vasos y entonces cogí una botella de whisky y me serví un trago. Bebí y entonces mi atención se desvió a la alfombra. Yo no estaba solo en el salón de la mansión, mi hija Grace, que hoy cumplía dieciocho meses, estaba jugando felizmente ahí con un peluche que le había regalado su hermano, con forma de serpiente. Zack dijo que era para que fuese haciéndose a la idea desde pequeña de que iba a ser una Slytherin como todos los demás Dankworth y que no se le formasen deseos absurdos en la cabeza de querer pertenecer a otra Casa. Ferdinand cuidaría de ella después, cuando yo tuviese que ausentarme para atender a Alice y Lluna, pero hasta entonces no quería que el mayordomo se la llevase. Prefería tenerla allí conmigo, pues últimamente estaba muy ocupado con demasiados problemas y no tenía tiempo casi para ella, y crecía demasiado rápido.

La niña se aburrió entonces de su serpiente de peluche y se puso de pie para caminar hasta donde yo estaba dando pasitos graciosos. Se me agarró a una piernas mientras me miraba y me sonreía, y yo sonreí también y me agaché para poder mirarla mejor.

Hoy papá va a estar con tus primas, pero cuando vuelva te haré caso —dije mientras pasaba la mano por su pelo, que estaba recogido en dos coletas rubias. —No puedes venir con nosotros. Tal vez cuando seas mayor, si es que sales como yo.

Obviamente ella no se enteraba de nada de lo que le decía, pero me gustaba hablarle. Le di un beso en la frente, y entonces Grace volvió a la alfombra y pareció de nuevo interesada en su juguete. Yo volví a sentarme en la butaca mientras tomaba otro sorbo de mi whisky.
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Caleb DankworthMinisterio

Invitado el Miér Mar 22, 2017 1:32 am

Ese día tenía una misión con su tío Caleb, la verdad no quería ir, prefería quedarse en el castillo quería tener una excusa para no tener que ir, sabía que ir significaría tener que hacer algo para los mortifagos, seguir subiendo en sus filas, entrenarse para esperar recibir en algún momento la marca tenebrosa, pero ella no quería eso, quería posponerlo o evitarlo del todo, no quería hacer mas cosas malas, con matar a sus abuelos había sido mas que suficiente y esa había sido su segunda y ultima misión hasta el momento y ya se sentía muy mal con ella, para ahora tener una nueva misión en la que no sabía que tendría que hacer solo sabía que era algo que la hundiría mas.

"¿Ahora si te arrepientes? No seas hipócrita, si ya llegaste hasta aquí no puedes devolver el tiempo, eres como los demás de tu familia una asesina y esto no es algo que puedas cambiar nunca, siempre lo serás, así que porque no dejas esos absurdos remordimientos y haces lo que te piden como sueles hacerlo" una vez mas las palabras de su abuela la herían, no entendía esa facilidad que tenía esa voz de hacerla sentir como la peor persona del mundo, claramente que lo era y lo sabía, sabía que su vida no valía mucho pero no ocupaba que ella se lo estuviera repitiendo a cada momento.

Sabía que tenía que llegar temprano, no podía dejar plantado a su tío, así que terminó resoplando antes de salir del castillo, ella tenía sus permisos para irse si había una misión de la que encargarse lo bueno de ser aspirante de mortifago, no tenías que buscar pasadizos por donde escapar y podías salir y entrar cuando quisieras por que lo necesitabas para hacer algo a favor de Lord Voldemort, lo odiaba, preferiría estar en un castillo donde pudieran impedir su salida en vez de incentivarla para eso.

Cuando salió del castillo y pudo aparecerse se dirigió a la casa de su tío mediante aparición, apareciendo en un callejón a unas calles de la casa de su tío donde caminó hasta la misma, tocó la puerta y esperó que el mayordomo le abriera y la dirigiera a donde estaba su tío con su pequeña hija Grace - Tío - respondió la cambiante caminando hasta él con la intención de saludarlo como era debido y esperar las indicaciones que este pudiera llegar a darle sobre lo que haría ese día.
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Lluna Forman el Vie Mar 24, 2017 12:01 am

Nada me ponía más contenta que saber que podría ver de nuevo a Caleb y entrenar para poder llegar a ser mortifaga, como lo fue mi abuelo. Ese tipo de misiones suelen ser peligrosas, pero jamás me asusto si estoy con Caleb. Es el mejor amigo de Matt, y mi padrino. Sé que si las cosas se ponen feas va a estar ahí para defenderme. Lo peor de eso es que se que Caleb sufre al no poder hablar con Matt de esto. No quiero que se entere de que quien me está entrenando es su mejor amigo, casi hermano, porque puede tomarlo muy mal. Desde que le conté que quería unirme a las filas del señor Oscuro Matt se opuso. Se negó del mismo modo que mi abuela se negó cuando él quiso hacerlo. La diferencia es que Matt obedeció, y yo no. Si lo quiero, lo voy a conseguir. Ni la muerte me detendrá. Aún así entiendo el temor de mi tío. Tantas personas queridas para él fallecieron por la causa... No quiere que lo mismo me suceda. Tarde o temprano se lo tendré que confesar. Resulta extraño que Grace me conozca tanto si a penas tenemos reuniones familiares. Matt se ríe y piensa que se me dan bien los niños. La realidad es muy diferente. Visito a Caleb muy a menudo, y la pequeña está acostumbrada a verme y no duda en buscarme para jugar. No se me dan bien los niños, ni siquiera estoy segura de que me agraden lo más mínimo. Pero es la hija de Caleb, hermana de Zack. Es mi familia.

La mansión Dankworth queda cerca de la mansión Forman, por eso salí temprano de casa y pasé por allí a visitar a mi abuela. Matt estaba en el trabajo, como siempre. Después me acerqué dando un paseo hasta la mansión de Caleb. Nada más llamar fui atendida y me dejaron pasar, pues el señor de la casa me estaba esperando. Los elfos domésticos son tan fieles como adorables. Me acerqué al salón, donde estaba Caleb con la niña.

- Siento el retraso. - como siempre me acerqué a Grace y me agaché para estar a su altura. - ¡Oh! Que serpiente más bonita. Papi sabe muy bien que cosas regalar a su hijita. ¿Verdad, princesa?

La niña crecía a pasos agigantados, y era la más bonita de su familia. Eso sin dejar de lado las cualidades físicas de Zack, ni mucho menos la de su padre. Me quedé agachada junto a Grace observando a la otra visita. La chica estaba allí parada, con cara de pocos amigos mientras yo sonreía y desprendía ilusión por los poros al saber que hoy iba a ser un gran día.

- ¿Vengo en mal momento?

Quizás la chica no era la mojigata que parecía ser, y yo había llegado en un momento inoportuno y estaba interrumpiendo algo importante. Llegué a la mansión de Caleb con total confianza, como hago siempre. Y saludé a la niña sin ni siquiera fijarme que había alguien más en la habitación. Me levanté del suelo dejando a la niña con su peluche y esperé una explicación. La misión podía esperar si Caleb tenía otras cosas que hacer. Eso me fastidiaría bastante, pues he venido con mucha ilusión, pero las cosas no siempre salen como una planea.
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Caleb Dankworth el Lun Abr 03, 2017 8:59 am

No tuve que esperar mucho hasta que la primera de mis ahijadas aspirantes para mortífagas llegó a la mansión, acudiendo a la cita que había concertado con ellas. Era Alice, quien poco a poco se iba uniendo a lo que ya parecía casi un negocio familiar, visto el camino que las anteriores generaciones habíamos tomado y que las nuevas estaban tomando ahora también en el mundo de las Artes Oscuras. Estaba decidido a llevar a Alice por el buen camino, a instruirla con una educación que permitiese que estuviese en todo momento en el bando correcto, el nuestro, no ya por fanatismo sino porque esa era la manera de conseguir que la familia no se resquebrajara. No podíamos permitirnos traidores entre nuestras propias paredes.

Dejé el vaso de whisky en la mesita al lado mío y me levanté a saludar a mi sobrina. A pesar de lo furioso que había estado cuando descubrí su pequeña indiscreción que había tenido como consecuencia que yo me viese obligado a perdonarle la vida al desgraciado de Cosmas, la quería mucho y le tenía un gran cariño, cosa que le demostraba a menudo, pues en la expresión de mi rostro no se reflejaba otra cosa.

Alice —dije con una sonrisa, extendiendo los brazos esperando a recibir un abrazo suyo. —Me agrada que hayas venido. ¿Qué tal todo? Siéntate, estamos esperando todavía a otra persona. No creo que tarde en llegar…

Y así fue, apenas unos pocos minutos después llegó Lluna. El contraste entre mis dos ahijadas era visible a kilómetros a distancia. Alice estaba más seria, se veía que para ella esto era un deber, y no precisamente el más grato del mundo aunque no expresase queja alguna en voz alta, mientras que Lluna parecía más feliz que un niño pequeño jugando a su juego favorito. Ella era la que más avanzada estaba de mis dos ahijadas, pero lograría que ambas llegasen al mismo nivel pronto y de manera efectiva, para que pronto pudiesen obtener la Marca Tenebrosa.

No te disculpes, llegas justo a tiempo —le dije a Lluna, mi querida ahijada de nacimiento que había sido siempre como mi sobrina debido a la estrecha amistad entre su tío y yo. Sonreí alegremente al verla agacharse junto a Grace y hablar cariñosamente con ella. La bebé pareció reconocerla y soltó una graciosa carcajada mientras seguía jugando con su serpiente de peluche. —¿Todo bien en la universidad? —quise saber, pues hacía ya un tiempo que no habíamos tenido la oportunidad de vernos y charlar, me gustaría saber que sus estudios continúan yendo perfectamente, y su vida personal.

Lluna reparó entonces en Alice. Debía de estar un poco confundida, pero me dediqué a aclarar rápidamente la confusión para que supiesen las dos qué estaban haciendo ambas aquí al mismo tiempo.

Tenía la esperanza de que os conocieseis de Hogwarts, aunque estando en distintas Casas y cursos puede que no. Lluna, te presento a Alice Ivanova, mi sobrina. Alice, ella es Lluna Forman, mi ahijada. Su tío, Matt Forman, ha sido como mi hermano de sangre casi desde la cuna, por eso la considero a ella también parte de mi familia. Ahora que lo pienso, ¿no jugabais ambas al Quidditch? Tendréis que haberos conocido en el campo durante algún partido, pues, ¿no es así? —inquirí curioso antes de continuar. —Lamento que no os haya ofrecido mucha información antes de indicaros que vinieseis aquí. Veréis, ambas sois mis ahijadas como aspirantes a mortífagas —dije mientras cogía de nuevo mi vaso de whisky y tomaba de un trago lo poco que quedaba. Les indiqué entonces el mueble en el que estaban todas las bebidas, preguntándoles silenciosamente si deseaban tomar algo, y si no era algo alcohólico lo que querían podrían pedir lo que desearan, llamaría a Feto, el elfo doméstico de Abi que ahora también trabaja para mí en esta mansión (a pesar de que Ferdinand y él parecen odiarse a muerte). Proseguí entonces con mi explicación de lo que nos juntaba aquí a los tres el día de hoy. —He pensado que sería una buena idea entrenaros a ambas a la vez. Debéis aprender a trabajar en equipo no solo con mortífagos ya hechos y derechos, como hacéis conmigo obedeciendo mis órdenes, sino también con otras personas con poca experiencia. Además, es más cómodo para mí, entrenaros requiere muchísimo tiempo —añadí, encogiéndome de hombros mientras sonreía levemente de medio lado.
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Invitado el Mar Abr 04, 2017 11:52 pm

Realmente no quería estar ahí, no quería hacer ninguna misión pero sabía que era su obligación, así que hay estaba buscando a su tío a ver que era lo que la podría a hacer, era complicado, no dejaba de escuchar las críticas de sus abuelos en su cabeza sin contar que también estaba el hecho de que no dejaba de pensar un poco en las palabras que le había dicho ese prófugo Jason, también se preguntaba de donde lo conocía y sentía que tenía que tener otra conversación con su tío, él era su padrino, tal vez podría ayudarla con sus dudas además dudaba que fuera a matarla por no haber capturado a ese traidor como lo haría cualquier otro mortifago, tal vez si le lanzaría un Cruciatus, quien sabe, pero era al único que podía tenerle la confianza suficiente para contar sus inquietudes, sin embargo no sabía si era el momento de dejar fluir todas sus dudas o mejor esperar un poco mas.

"Que linda es la familia que se une en el crimen y absurdo tu temor a lo que te pueda pasar, no todos matan a su familia y la traicionan como tu, querida" si claramente tenía que haber un comentario hiriente en el aire cuando ella se sentía confundida, no había la menor duda de esto, solo que realmente no era el momento ni el lugar y no quería estar escuchando su voz en ese momento, la de ninguno de los dos.

- Tío - dijo antes de ir a abrazarlo y escuchar sus palabras, así que ahora no podían hablar y la verdad no quería preocuparle en ese momento así que no sabía di mencionar lo de las voces y sus inquietudes "Claro, a él no quieres molestarlo con nada" sin embargo el que siguieran diciéndole cosas esas voces la hicieron querer decirle en cierta forma que no estaba tan bien pero no estaba mal - Aún escucho esas voces y los veo, además hay algo mas que me inquieta, pero podemos hablar de eso luego, fuera de eso estoy bien, así que no te preocupes por mi - le sonrió un poco esperando que este no se alarmara aunque su tío siempre sentía que se veía tranquilo, no como el padre de ella, por eso sentía que era mas fácil hablar con él.

No fue mucho lo que tardó en llegar la otra chica a la cual reconoció como la antigua buscadora de Slytherin, quien les quitó el triunfo en el último partido de Quidditch, con lo que empezaron a tener mala suerte en los partidos y a perder en la mayoría de ellos o al menos así es que lo sentía la cambiante, luego de perder la final ahora estaban luchando por intentar no quedar en el último lugar, era casi como si les hubieran echado una maldición, la cual al menos a ella y a Danny les había costado el poder permanecer a un equipo profesional al salir de Hogwarts, aunque claramente estaba exagerando con todos esos pensamientos, eran cosas que pasaban en el juego.

Suponía que la ex-Slytherin era otra mortifaga y claramente se notaba la diferencia entre ambas, ella parecía estar ahí por que le encantaba todo eso mientras que ella misma estaba por obligación, pero tal vez podría estar equivocada y los asuntos de ambas fueran diferentes pero ya su tío se lo aclararía.

- Correcto, nos hemos visto en varios partidos, al menos yo si la recuerdo, era la buscadora de Slytherin, el curso pasado nos arrebató la copa en la final - diría dando los datos que conocía de ella, el resto podría ser innecesario de conocer mas cosas de ella, así que solo se acercó a la misma y le ofreció la mano - Mucho gusto - dijo con fría cortesía para luego centrarse en lo que fuera a seguir diciendo su tío.

Su tío no tuvo que hacer mas que un movimiento indicativo de si querían algo para que la cambiante fuera a la parte de bebidas y se sirviera un Whisky que sin duda la ayudaría a bajar toda la situación tanto lo relacionado con los mortifagos como el tener que ver a sus abuelos que estaban callados pero seguían estando ahí, bueno al menos su abuela lo hacía con una mirada acusadora, por lo que sin mas tomó en gran trago de la bebida alcohólica y solo se concentró en lo que su tío les diría sobre lo que tendrían que hacer ese día.

- Entiendo - fue lo único que respondió la cambiante no tenía nada mas que decir al respecto, ella seguiría haciendo lo que tenía que hacer aún cuando no le gustaba así que no es que tuviera que decir mucho al respecto, solo que aún sin que la otra chica lo hiciera se la imaginaba dando saltitos ilusionada y pensando en ser una gran mortifaga y guiar a los demás, por lo que solo esperó a ver si eso pasaba mientras esperaba a ver que sería lo que harían, no tenía mucho que aportar, él la conocía y ya debía saber como eran mas o menos las cosas en su caso, no es como si ya no lo hubiera conversado antes o no supiera cosas que ella misma no recordaba.
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Lluna Forman el Vie Abr 07, 2017 12:16 am

En todo el tiempo que llevaba entrenando para ser una mortífaga había tenido varios mentores, pero nadie como Caleb. Me trataba como a una hija, y me recibía en su casa como si fuese mi propia casa. Aquella forma de ser conmigo me daba una ligera idea de cuan amigos eran mi tío y él en realidad. Se conocieron en Hogwarts, habrán pasado por muchas cosas juntos aunque luego pasaron un tiempo separados. Lo mejor de mi mentor es que al salir a una misión deja de tratarme como a una hija, y me trata como a una alumna. Noto ese cambio, y es lo que más me gusta. Que sabe distinguir perfectamente entre trabajo y ocio. Matt está empezando a darse cuenta de algunas cosas. Como por ejemplo, que la pequeña Grace parece muy contenta conmigo, como que me conoce mucho más de lo que se supone. Debería hablar con Caleb y con él, y explicarle lo que pasa. A veces me revisa el brazo para ver si tengo la marca, él sabe que estoy haciendo todo lo posible para conseguirla. Y en lo más profundo de su ser, estará orgulloso cuando lo consiga. Al igual que sus amigos, o mi abuelo la tenían.

- Todo bien, no podría ir mejor. Mis notas siguen siendo las mejores de la clase.

Caleb siempre me preguntaba por mí, y no lo hacía por quedar bien. Es ese tipo de persona ideal. Así debería ser todo el mundo. Es tan encantador... No me extraña que se entienda con la actual Ministra. Matt suele contarme esos chismes. Como que están liados de hace tiempo, aunque Abi esté casada con Apolo. En ocasiones intuyo que eso último no le hace ni puñetera gracia a mi tío. Me di cuenta de que había alguien más en la habitación y el anfitrión se encargó de presentarnos. Ella era sobrina suya. Intentó relacionarnos, pues ambas jugábamos al Quidditch en Hogwarts. Caí en al cuenta de que ella no jugaba en un equipo decente. Y en mí último curso les enseñé una verdadera lección de liderazgo. Sonreí amigablemente pues ella estaba también con Caleb para entrenar. Una Hufflepuff queriendo ser lo que nunca podrá ser. Si estaba en Hufflepuff por algo sería. Desplegué mi encanto y mi falsa voz de niña buena.

- Encantada, Alice. Por supuesto que me acuerdo de ella. Fue un buen partido. - recordé con una amplia sonrisa.

Aquel partido contra Hufflepuff nos valió la victoria, pero para mí fue algo más. Se la debía a Danny, que me dejó en ridículo meses antes. Gracias a aquella victoria no tuve problemas para entrar en algunos de mis equipos predilectos de la liga de Quidditch. Finalmente me decanté por las Arpías, el mejor de los equipos compuesto íntegramente por chicas. Nos explicó Caleb que entrenarnos requería mucho de su tiempo, de modo que entrenarnos justas era bueno para él y para nosotras. Pues los mortífagos raramente trabajan solos, y hay que aprender a hacer equipo. No estoy acostumbrada a eso, por esos siempre he sido buscadora en Quidditch. Pero esta vez lo aceptaré.

- Te agradezco cada segundo de tiempo que me regalas. - dije mirando a Caleb. - Será genial trabajar contigo, Alice. - dije mirando a la chica.

A pesar de su cara de desconcierto yo daba por hecho que ella estaba allí por propia voluntad. Quizás al caer en la casa Hufflepuff pero ser familia de alguien tan importante en el mundo mágico como lo era la familia Dankworth la obligaba a involucrarse en este tipo de asuntos para hacerse respetar. Fuese como fuese, me iba a encargar de que llegase tan lejos como yo. Si tengo que trabajar con¡do con codo con una ex-Hufflepuff para conseguir mi marca, lo haré.
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Caleb Dankworth el Miér Mayo 31, 2017 12:54 pm

Era un hombre tremendamente familiar. Y como hombre tremendamente familiar que soy, me gustaba estar al pendiente de todos los míos, fuesen mis hijos, mis sobrinos, mis primos, o cualquier persona que compartiese lazos conmigo. Mis sobrinas eran, por supuesto, mis niñas consentidas, a las que quería cuidar y proteger y darles un buen futuro en la medida en la que me fuese posible según el papel que me correspondía tener con ellas. Por eso me interesaba en sus vidas y en sus problemas. Alice, por ejemplo, tenía muchos problemas, problemas que me preocupaban seriamente porque de no ser controlados podrían traernos problemas a los demás y no sólo a ella misma. Me preocupé cuando escuché que había vuelto a oír las voces, aquellas que me hacían creer seriamente que mi sobrina padecía de esquizofrenia, una enfermedad mental que pocos magos conocían a pesar de a nosotros los males de la mente nos afectan tanto como a los muggles que sí que los estudian. Me preocupaba, sobre todo, porque ahora era también mi hijo Zack quien tenía problemas. ¿Habría una causa genética?

Decidí no preocuparme por aquello ahora, no era el momento apropiado. Fue entonces Lluna quien logró arrancarle una sonrisa cuando llegó y no solamente la vi en actitud tan tierna con mi preciosa y adorada hija, sino que además me dio excelentes noticias sobre sus estudios. Puede que Lluna no fuese mi sangre, puede que solo fuese mi ahijada, la hija de aquel que era como mi hermano desde la infancia, pero para mí era uno de los miembros más importantes de toda mi familia y sus éxitos me enorgullecían.

Me alegro mucho, Lluna, haces que me sienta muy orgulloso —le dije con una radiante sonrisa completamente genuina. Me alegraba, además, que no fuese únicamente una excelente alumna en las aulas, sino también como futura mortífago. Lluna era todo lo que uno podía pedir en un aprendiz que esperabas que algún día siguiese tus pasos.

Me alegré de saber que se conocían, como ya sospechaba, y esperaba que las diferencias entre sus Casas no causaran un problema. Parecía que no iba a ser el caso y que iba a ser capaz de adiestrarlos a ambas a la vez perfectamente sin problema alguno, cuando de repente antes de que pudiese siquiera comenzar a explicar qué era lo que pretendía hacer con ellas ese día, una lechuza llegó a la mansión. No era poco habitual que a la mansión llegara correspondencia a todas horas del día o de la noche, siempre a causa de negocios, familiares lejanos que buscaban dinero, u otros muchos asuntos de variante importancia. Reconocí la lechuza nada más verla y supe que se trataba de una de las de mi primo, el padre de Alice. Leí el mensaje que portaba y fruncí el ceño.

Parece que te necesitan urgentemente en tu casa, Alice —le dije a mi sobrina tras leer el mensaje, pasándole a ella la cara escrita de puño y letra de su padre invocándola de vuelta a su hogar. —No le hagas esperar. Otro día será mejor para que estés aquí.

Así que Alice se marchó, pero Lluna se quedó. Cuando nos quedamos solos, a excepción de la compañía de la pequeña Grace y de su peluche de serpiente, a quien en aquellos momentos torturaba golpeándole bruscamente contra el suelo repetidas veces, miré a Lluna, quien parecía más que preparada para lo que se avecinada a pesar de que ella todavía no sabía de lo que se trataba.

Bueno, tendrás una clase privada hoy —dije. Sabía que, aunque puede que ella no llegase a expresarlo o a decir nada al respecto, a Lluna le complacía. —¿Tienes idea de lo que tengo preparado para ti hoy? Ven, acompáñame.

Salimos del salón tras dejar a Grace a buen recaudo bajo el cuidado de Ferdinand, y Lluna y yo caminamos por los pasillos de la primera planta de la mansión hasta llegar al cuadro del dragón que había en uno de ellos. El dragon siempre era negro, mas en ese momento estaba de color rojo, indicando que había alguien atrapado dentro de las mazmorras ocultas por dicho cuadro. Dije la contraseña de manera que Lluna no la oyó, y el cuadro se abrió, revelando la entrada al interior del la laberinto de muerte que se extendía bajo mi mansión y terrenos.

Bienvenida al mayor secreto de este hogar —dije a Lluna mientras ambos descendíamos por los escalones de piedra hasta llegar al laberinto.

Lo conocía como la palma de mi mano, por lo que no dudé en hacer cada giro necesario hasta llegar a nuestro destino, un área de las mazmorras en las que se hallaba encadenado un prisionero. Era lo único vivo que no habíamos encontrado por el camino, el cual había estado cubierto de esqueletos y cadáveres putrefactos que habían sido abandonados tras sufrir horripilantes muertes que a mí me habían hecho feliz. El prisionero estaba en perfecto estado, listo para Lluna.

Lluna, este hombre tiene valiosa información sobre fugitivos muy importantes —le expliqué a mi sobrina mientras miraba al hombre, que quería ser valiente y duro, mas yo me preguntaba cuánto le duraría esa fachada. —Consíguela.

Quería saber qué era capaz de hacer.
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Caleb DankworthMinisterio

Lluna Forman el Vie Jun 09, 2017 12:23 am

No me agradaba la idea de tener que compartir mis momentos de entrenamiento con otra persona a la que no conocía, pero Caleb parecía estar muy seguro. Ella es su sobrina, por lo que debe ser hija de un hermano o hermana de la mujer de mi padrino. Es decir, de la primera y única esposa que tuvo. La madre de Zack. Pero Zack jamás me habló de ninguna prima. No pregunté, no me hacía falta saber nada más. Si mi mentor confía en ella debo hacerlo yo también. Lo que no quita que me ande con ojo. En cualquier tipo de duelo miraré por mí primero, y si estoy a salvo ya miraré por ella. O por quien sea. Es algo que tengo muy claro. Siempre voy a anteponer mi vida a las demás. Justo cuando estaba empezando a hacerme a la idea de que iba a tener que entrenar con Alice llegó una lechuza urgente y ella tuvo que irse. No sonreí, ni dije nada, pero me puse muy contenta de poder continuar entrenando sola con Caleb. Al menos por esta vez.

Me despedí con la mano de Grace, que se quedó plácidamente jugando en la sala. Tenía bastante carácter para ser tan pequeña. Será una Dankworth fuerte. Necesita serlo. Y más no teniendo influencias femeninas en la casa. Crecer con Caleb y Zack será mucho peor que crecer con Matt. Debería visitarles más por placer, y enseñarle a Grace como es madurar siendo una mujer. Es algo que los hombres nunca podrán comprender. Además, estoy segura que es mucho mejor que una chica te hable de lo que es tener la regla. La frase que usó Matt para explicarlo no fue la más conveniente. La tengo grabada a fuego en la mente: y cada mes desde ahora te saldrá la sangre a chorro desde ahí abajo, pero no te vas a morir. Muy tranquila me quedé después de algo así.

Seguí a Caleb por su casa, observando cada detalle. Es una mansión muy cuidada y de gran belleza, con personalidad. El cuadro del dragón me recordó a Hogwarts. Él se acercó para susurrar unas palabras y entonces el cuadro se abrió para dejarnos entrar. Sabía que podía encontrar allí. Casi todas las mansiones antiguas tienen unas mazmorras. La mansión Forman también cuenta con unas. Mi difunto abuelo las usaba a menudo con muggles o gente que le estorbaba. Mi abuela me lo contaba cada noche antes de ir a dormir. Incluso a veces debía usar la tortura para obtener secretos.

- Me gusta. Cuando ves una casa como esta desde fuera no imaginas que pueda haber algo así en el interior. Supongo que tu habrás visto muchas veces las mazmorras de la mansión Forman. Macabramente preciosas. Solo espero que ahora Matt no las haya convertido en una sala de juegos eróticos o algo por el estilo.

Aún estando en una situación delicada me atrevía a bromear. Mi no tan inocente cerebro había atado cabos. Misión suele significar muerte. Y la mejor forma de matar a alguien es en tu propia casa. Cómodo. Aunque no era Caleb el que iba a tener que matar a quien fuese que estuviese encerrado, iba a tener que ser yo. Bajé con paso seguro. Allí estaba, solo había un hombre vivo. Todo lo demás eran muestras de lo que se le acercaba al prisionero. Huesos, carne podrida, y esqueletos colgando de cadenas. Un espectáculo macabramente precioso. Atendí bien, pues quería saber que era lo que Caleb quería de mí. La muerte es fácil, lo ha sido en anteriores ocasiones. Pero esta vez debía ir un paso más lejos. Debía conseguir información.

- Está bien. - me acerqué al prisionero con una sonrisa. - Hola.

Si, esperaba aquella reacción. Me miraba con rencor pero después de mi saludo me miró con sorpresa. Una chica bonita, rubia, con rostro angelical se presenta ante un prisionero y en lugar de mostrarse agresiva saluda educadamente. Desconcertante como poco.  Lo miré un buen rato para poder adivinar algo sobre él. Es algo útil si consigues obtener un poco de información privilegiada. Por sus ropas sucias y viejas era fácil adivinar que no había sido secuestrado de su casa, ese hombre había estado huyendo o perdido por un tiempo. También el pelo y la barba estaban poco cuidados. La higiene y la moda importan poco cuando eres un fugitivo. Seguramente lo atraparon a él, y el resto de fugitivos del grupo escapó. Suponiendo que fuesen en un grupo.

- Todo va a estar bien si colaboras. - ni siquiera había sacado mi varita. - ¿Lo harás? Solo tienes que decirme dónde han ido los demás. O dónde pretender in. Es fácil.

Lo cierto es que sabía lo que iba a pasar. No dijo nada, ni siquiera me habló para decirme que me fuera ni nada. Solo se quedó callado, observándome. Entonces saqué la varita y me encogí de hombros como haciéndole entender que no me dejaba otra. No quería ser drástica, pero él no estaba colaborando. Es algo que inventé el otro día en clase. Se llama la escalera. El primer peldaño es preguntar amablemente y sonreír. Pero este imbécil quería hacerme subir otro peldaño.

- Esta bien. Dime una cosa. ¿Qué sentido crees que es el más importante? ¿La vista, el olfato...? - pregunté con cara inocente. Por suerte para mí a eso si que contestó. Dijo el oído. ¡Vaya, que sorpresa! Estaba segura de que elegiría la vista. - Bien. Llego el turno de cortar.

Me acerqué un poco más al prisionero, y me quedé en su parte derecha. Sin pensarlo dos veces usé un diffindo magistral y quirúrgico, y su oreja cayó al suelo dejando un horrendo boquete sangriento.  La sangre también brotaba y le ensuciaba la cara y la ropa. Aunque ambas cosas estaban sucias de antes. Un poco más de suciedad no importaba. Esperé un momento a que dejase de gritar. Lo cierto es que para ser tan valiente estaba gritando mucho. De nuevo lo miré severamente. Él había tenido la culpa de esa amputación. Solo tenía que hablar, aunque esta vez yo no iba a hacer más preguntas. Contaré hasta diez. Quizás solo hasta cinco. Y si no dice nada, seccionaré la otra oreja y le privaré para siempre del sentido del oído. Lo cierto es que debería hacerlo igual. Tengo un estricto sentido de la simetría.
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Caleb Dankworth el Sáb Jun 17, 2017 12:48 am

Aparentes asuntos urgentes de mi primo obligaron a su hija, mi sobrina y ahijada, a marcharse abruptamente de la mansión, anulando así su sesión de entrenamiento conmigo para algún día convertirse en mortífaga, dejándome solo a cargo de Lluna por hoy. No podía mentir, prefería mis sesiones con Lluna. Era muy más decidida, su sangre era más fría, aprendía con rapidez y no le temblaba el pulso. Disfrutaba con lo que yo le enseñaba, y se esmeraba en todas sus lecciones al igual que estoy seguro que lo hacía en Hogwarts y en la universidad, a juzgar por sus excelentes notas. No me cabía duda alguna de que en el futuro, seguramente cercano, sería una excelente mortífaga que se abriría paso rápidamente entre nuestras filas, alzándose entre ellas.

La guié por las mazmorras de la mansión. Las mazmorras en sí eran letales sin necesidad de que ningún verdugo se adentrase en ellas a ejecutar a aquellas pobres víctimas que se encontraban encerradas en su interior, pues no eran mazmorras normales, sino que era un complicado sistema laberíntico del que no se podía escapar. Yo me sabía el camino ya como la palma de mi mano y había enseñado a Zack a lo largo de los años a guiarse por él observando marcas a su alrededor que eran indetectables para aquellos que no hubiesen sido entrenados para ello. Abi había aprendido también rápido, y tenía por supuesto el laberinto de mazmorras completamente a su disposición siempre que quisiese para lo que le diese la gana. Le advertí a Lluna que no se apartase de mi lado, pues no quería que ella acabase perdida en este inmenso laberinto del que jamás conseguiría salir ella sola, y eso era algo que ninguno de los dos deseábamos.

Una vez que llegamos a donde estaba el prisionero a quien había que interrogar para conseguir información valiosa que nos conduciría hacia fugitivos que estaban muy buscados por el Ministerio y por los mortífagos, le di simples instrucciones a Lluna sobre lo que tenía que hacer y después me mantuve al margen, observando con atención todas sus acciones y escuchando sus palabras. No quise darle consejos al principio ni instrucciones más claras, pues quería ver cómo actuaba y si había fallos que había que corregir.

Me hizo gracia que fuese tan educada al principio con el prisionero, quien incluso se mostró sorprendido durante unos breves segundos. Los demás solíamos ser burlones en los primeros momentos, y normalmente crueles. No lo podíamos evitar, nos salía de las entrañas, estábamos podridos por dentro, enfermos, y no había manera de ocultarlo, no a la hora de infligirle dolor a otra persona aunque de cara a la sociedad sí que fuésemos capaces de colocarnos perfectas máscaras de civismo. Me apoyé contra la pared enfrente de donde estaba colgado el prisionero y me crucé de brazos, observándolo todo como una obra en e teatro. No dije nada mientras Lluna actuaba como a ella le parecía apropiado, aunque mi sonrisa aumentó cuando le cortó la oreja al hombre con la misma facilidad con la que habría cortado una flor en el jardín. Sin embargo sí que fruncí el ceño cuando vi que tenía la intención de cortarle la otra oreja, dejándole sordo, y me separé de la pared para colocarme a su lado y darle mi primer consejo de aquella lección.

Recuerda, estás interrogándole. ¿Cómo vas a hacer eso si no puede escuchar tus preguntas? —pregunté a Lluna para que entendiese dónde había estado su error. Sonreí entonces sarcásticamente al prisionero, que nos miraba a ambos como si estuviéramos locos. —Jóvenes, son despistados a veces… Hay dos cosas que jamás debes tocar durante un interrogatorio —le dije entonces a mi sobrina, continuado con la lección. —Los oídos y la lengua. Ten cuidado también con el cuello, no es una zona prohibida pero no debes dañar las cuerdas vocales hasta que tengas todo lo que necesitas. Y esto no suele tenerlo en cuanta casi nadie, ni siquiera yo en muchas ocasiones, pero es recomendable que no dañes tampoco la mano con la que escribe el interrogado. Nunca sabes si necesitarás que escriba algo de vital importancia. Una dirección específica, una contraseña, una clave, un nombre.

Volví a retirarme entonces para seguir observando las acciones de Lluna tras aquella breve pausa.
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Lluna Forman el Miér Jun 21, 2017 12:08 am

Tenía que conseguir mediante tortura la información sobre unos fugitivos. Tenía una idea muy clara de lo que iba a hacer. Aunque no era una idea muy meditada pues Caleb no me había avisado de lo que me tenía preparado. Tuve solo unos segundos para pensar una estrategia, aunque al estrategia en sí la tenía pensada de hacía más tiempo. En una de mis clases, cuando la mente está más activa, elaboré una forma de tortura que parecía infalible en mi cabeza. Pero al poner la hoy en práctica Caleb tuvo que frenarme. No había reflexionado en que si le cortaba ambas orejas no podría escucharme. Me sentí avergonzada, y más cuando Caleb le dio explicaciones al prisionero. El hombre debía pensar que era la tortura más cómica del mundo. Pero estaba dispuesta a cambiar eso.

- Lo siento, me he precipitado.

Escuché todo lo que tuvo que decirme. La mayoría de las cosas ya las tenía en cuenta. Nada de tocar la lengua, o el cuello. No vaya a morirse antes de hablar. Pero sobre todo no puedo cortarle la otra oreja, o no podrá escucharme. He sido demasiado irreflexiva e impetuosa. Es más, sigo queriendo cortar la otra oreja. Se ha quedado desequilibrado y no me gusta. Me separé un poco para tranquilizarme y reflexionar. Podía seguir usando mi método de la escalera, pero sin tocar las zonas prohibidas. No es tan difícil. Quiero que Caleb se sienta orgulloso. No soy una novata, ¡joder! De modo que me acerqué de nuevo al prisionero, con cara avergonzada.

- Ahora eres asimétrico. Y lo vas a seguir siendo. ¿Tienes cosquillas en los pies? - pregunté con una sonrisa. - Vamos a comprobarlo. Cuando sientas muchas cosquillas solo tienes que decirme que pare, y pararé. Tu me das la información que necesitamos, y yo te dejo en paz. Se puede vivir sin una oreja...

Con ayuda de mi varita hice que los cordones de sus zapatos se desataran solos, y luego con un aireo hice que los zapatos saliesen de sus pies y andasen hasta un lado de la mazmorra. Dos dos bien ordenados, uno al lado del otro. Sus feos pies quedaron al descubierto. Quería seguir cortando. Dedo a dedo. Eso tiene que doler mucho y dudo que quiera perder todos los dedos del pie para esconder a otros fugitivos. No puede importarle tanto la vida de otros como para arriesgar la suya. Pero a decir verdad, sabe que va a morir igual. Y puede que prefiera morir callado... Tendré que remediar eso. Solté un bufido y luego conjuré un Flare directo a su pie. Sentía mucha rabia por no poder cortarle la otra oreja aún, y por que Caleb había tenido que aleccionarme. Y todo era culpa del hombre encadenado, así que solté toda mi rabia sobre él. Se retorció de dolor  gritando pues una larga llama de color rojo y naranja impactó sobre sus pies dejando algunas quemaduras..

- ¿Sientes las cosquillas? Solo tienes que decirme donde están los otros y pararé. ¿No te apetece hablar? - me reí de nuevo. - Lo harás. Soy buena estudiante de Pociones, y he traído algo que te hará hablar quieras o no. Pero primero intentaré que hables sin recurrir a substancias.


No estaba segura de si tenía un pequeño frasco o no en mi bolso. Estaba casi segura de que sí, ya que lo vimos en clase y no dudé en agenciarme unas gotas cuando el profesor no miraba. Es que es algo útil, nunca sabes cuando lo puedes utilizar. En especial este suero lo había elaborado yo bajo la atenta mirada del profesor. Quedó tan entusiasmado que lo probó en un estudiante. Nos dijo de que color eran sus calzoncillos, confesó que tenía un peluche en la habitación al que abrazaba por las noches, y que de pequeño solía sobar a su prima en secreto. Demasiada información sobre un cabeza hueca. Pero ahora puede serme útil el suero de la verdad.
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Caleb Dankworth el Sáb Jun 24, 2017 11:58 pm

No vi la necesidad de intervenir hasta que a Lluna se le ocurrió la feliz idea de ir a cortarle la segunda oreja. Haber empezado con una de ellas el interrogatorio ya era pisar fuerte, ¿pero las dos orejas? Eso era una tontería típica de novato. Se lo corregí, y aunque se disculpó y actuó humildemente pude ver que algo fastidiada estaba. Era normal, al igual que ese error. No me preocupaba, pues sabía que Lluna aprendía rápido; era tan buena estudiante aquí en estas mazmorras como lo era en un aula en el colegio o en la universidad, y eso era esperanzador.  

Me retiré para seguir comprobando desde atrás el progreso de mi ahijada y el sufrimiento del prisionero, que continuaba negándose a hablar, pero la diversión apenas había comenzado. Yo no le había hecho nada antes de traer a Lluna aquí, así que el hombre todavía no conocía lo que era un verdadero calvario. Esperaba que mi ahijada sí que se lo enseñase y que me hiciera sentir orgulloso como siempre con su progreso y con su talento para las Artes Oscuras.

Solté una carcajada sin poder evitarlo (y sin intentarlo siquiera en realidad) cuando Lluna descalzó al hombre y puso los zapaos ordenadamente a un lado antes de comenzar a torturarle de aquella manera, convirtiendo sus pies en barbacoas. El prisionero chilló en ese momento muchísimo más que como había gritado cuando Lluna le cortó la oreja. Todos chillaban siempre más cuando se les quemaba que cuando se les cortaba, aunque todo dependía del corte, claro. No había casi nada tan dulce como los alaridos agónicos de una persona a la que una daga serrada cortaba lentamente, disfrutando de cada segundo de tortura. Pero los gritos de alguien que estaba siendo cocinado también eran muy placenteros.

El hombre se retorció horriblemente intentando escapar de las llamas. Se mordió los labios y la lengua, haciéndose incluso sangre, pero eso no evitó que gritase. Tampoco pudo escapar del fuego, estaba demasiado atado y la varita de Lluna le perseguía.

¡Basta! ¡Basta, por favor! —imploró, mas entre gritos y lágrimas su expresión determinada volvió a su rostro tras un momento de debilidad. —¡No hablaré! ¡No lo haré!

¿Por qué os empeñáis siempre en ser tan nobles y sacrificaros? Es absurdo —dije, hastiado ya de tantos prisioneros que gritaban lo mismo intentando ser buenas personas, y al final todos acababan mal de una manera o de otra, algunos habiendo sido más torturados que otros. Todos muertos al final, desde luego. Miré entonces con curiosidad a mi ahijada.—Lluna, ¿quieres que te enseñe las Imperdonables? Pero sigue intentando hacerle cantar por tu cuenta primero —pregunté como quien proponía enseñarle a una sobrina a montar en bicicleta.
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Lluna Forman el Lun Jul 03, 2017 2:17 pm

Estaba un tanto avergonzada por haber cometido un fallo tan grave. Estaba a punto de dejar sin oídos al preso, de modo que el interrogatorio hubiese dejado de tener sentido pues si no podía escucharme difícilmente podría responder a mis preguntas. Por suerte Caleb estuvo atento y me frenó. Me gustaba muy poco comente fallos, de modo que aún siendo culpa mía iba a pagar mi frustración con el mago que mi padrino tenía atado en las mazmorras de su mansión. Me apetecía cortarlo en trocitos. Me daba igual que no me diese la información, le quería matar. Pero hay algo claro. Si le retienen vivo es por algo. Debe saber alguna cosa de suma importancia, así que no puede morir. No le puedo matar todavía. Y él lo sabe. Ese hombre sin oreja sabe que morirá tanto si habla como si no, y será imposible convencerlo de lo contrario. Mi única baza es usar veritaserum, así que se lo dejo caer. Puede hablar por las buenas, por las malas, o por poción.

Mi primera idea siempre era la tortura. Caleb me había visto matar, sabe que soy capaz de ello. Pero la tortura es como un noble arte, muy difícil de dominar. Tienes que usar los recursos necesarios para que el prisionero confiese, pero sin llegar a causarle una muerte rápida. De momento le solté un llamarada en los pies descalzos. Quería cortarle uno a uno todos los dedos de los pies, pero no todo podía ser cortar. Además, el muy idiota se empeñaba en no gritar e insistía en que no hablaría.

- No quieres hablar pero quieres que pare. ¿Todavía no has entendido como se juega a esto? Pararé en el momento que nos digas algo que nos pueda ser de utilidad. ¿Comprendes?

Caleb estaba disfrutando del momento. Yo hablé serena, en ningún momento me había puesto nerviosa. Y a decir verdad, que el prisionero hablase o no me tenía sin cuidado. Por mí estaría quemando y cortando partes de su cuerpo hasta la mañana siguiente, o hasta que no quedase nada que cortar. Entonces mi mentor habló, quería enseñarme las imperdonables. Solo los adultos muy bien preparados pueden usar esas maldiciones. Entre ellas, la de matar a otros de un solo aireo de varita. Algo que requiere mucho control y mucha magia. Caleb me lo preguntó como si hubiese otra respuesta más que un si como una catedral.

- Por supuesto, me encantaría. Es un gran honor.

Hay que admitir que puede ser muy útil poder matar de forma simple, o poder hacer que una persona esté bajó tu control. Pero la mejor de todas es la maldición Cruciatus. Ese dolor que recorre tu cuerpo como un escalofrío... Seguro que con eso todos los prisioneros confiesan hasta el color de sus calzoncillos, o que todavía mojan la cama. Es mi favorita, la encuentro muy útil. Pero por mi edad no puedo usarla, o no debería saberla. Supongo que Caleb puede enseñarme, dudo que al Señor Oscuro le parezca mal. Solo voy a usarlo en su beneficio.

- No tengo ninguna prisa, y parece que tu tampoco, - le dije con ironía al prisionero atado. - pero debemos seguir. O hablas, o te quedas sin pies antes de que anochezca.

Me acerqué más a sus pies, pero no demasiado cerca. Me daba bastante asco aquel pie feo y chamuscado. Además, olía mal. A piel quemada, a pollo chamuscado. Como aquella vez que Matt me hizo mirar el horno. El pavo debía estar dentro del horno unas 3 horas a 150 grados. Yo lo puse a 300 para ahorrar tiempo, y resultó que se quemó por fuera y seguía crudo por dentro. ¿Cómo iba a saber eso? El olor a piel chamuscada se impregnó en la cocina y duró varios días. Lo mismo iba a pasar con los pies de este señor cabezón empeñado en no hablar. Lo hice sin vacilar, le corté el dedo pequeño del pie, y luego de nuevo usé la varita para cerrar la herida con fuego. De ese modo le dolería el doble, pero no se desangraría tan rápido. Bajé la varita, me aparté y esperé un momento a que dejase de retorcerse de dolor. Quizás se lo había pensado mejor. La vida de esos otros traidores no merecía perder otro dedo a mi parecer.
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Caleb Dankworth el Lun Jul 31, 2017 8:52 pm

Lluna era una excelente alumna. Aprendía rápido, escuchaba las lecciones que le daba, no era vanidosa ni orgullosa y aprendía de sus errores por mucho que pudiese molestarle haberlos cometido. Sin duda alguna compartía sangre con Matt, ambos tenían un toque especial para esto aunque mi mejor amigo a quien consideraba un hermano hubiese decidido no explotar su sádico don a la plenitud de su potencial. Pero Lluna sí que lo haría. Con mi tutela y mis consejos la guiaría en un camino de oscura gloria llena de depravación y maldad bien utilizada.

Disfruté del espectáculo que mi ahijada me ofreció cortando y quemando los pies del hombre para cauterizarlo. Era un muy buen método, desde luego. Un método que a mí me había funcionado miles de veces y que seguiría utilizando. El problema que teníamos ahora mismo era que la víctima de Lluna era dura de pelar. Sufría y se quejaba del dolor, sí, pero eso no le haría hablar, no todavía al menos. Puede que Lluna se quedase sin cosas que cortar antes de llegar al punto de quiebre del hombre, y aunque podía enseñarle exactamente en qué zonas del cuerpo clavarle un cuchillo sin matarle pero haciéndole sufrir hoy no era el día que lo haría. Hoy tenía otra lección más mágica que darle.

Lo estás haciendo estupendamente, Lluna —felicité a mi ahijada con una radiante sonrisa siniestra en el rostro mientras lo contemplaba todo desde atrás. —Lamentablemente este tipo no parece ir a rendirse fácilmente, por mucho que lo parezca. Mira su cara, como se tensan sus músculos para aguantarse y no decir nada incluso mientras grita. —Eran señales que para un novato podrían parecer invisibles, mas no para un veterano.

Me acerqué entonces a ambos de nuevo. El olor era asqueroso, pero estaba acostumbrado al olor de la sangre, al de la carne quemada e incluso al de la putrefacción. Ahora todo olía como perfume para mí.

Empecemos con la maldición Imperio. Lógicamente sabes cuál es, pero su funcionamiento es algo que tendrás que practicar para poder dominar —dije a mi ahijada mientras examinaba al hombre, buscando sus puntos débiles. —Para que esa maldición funcione necesitas deshacerte de la compasión, de la empatía. La persona a la que maldices no es nada para ti, tiene la misma importancia que una hormiga que pisas por el camino: nula. —Le expliqué a mi ahijada, dándole las instrucciones necesarias para que tuviese éxito con este entrenamiento.

El prisionero me miró con lágrimas en los ojos, preocupado, temiendo mis intenciones. Alguna otra persona menos inteligente habría estado aliviada ante el cese del dolor durante unos segundos o minutos, pero este hombre no era tonto. Él sabía que lo peor no había pasado todavía, era sabio.

Utiliza esa maldición para obligarte a decirte quién es su familia. Donde están, como llegar a ellos, a quien quiere más. Quien le dolería más perder o ver sufrir —murmuré con un siniestro brillo en mis ojos, disfrutando del momento mientras el prisionero se preparaba para aguantar la maldición y proteger a los suyos a pesar de que estaba debilitado.
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Lluna Forman el Miér Ago 02, 2017 1:06 am

Aquel hombre estaba más preparado para soportar el dolor que yo para infringirlo, y empezaba a cansarme la situación. Cierto es que no podía matarle sin más. La misión consistía en sonsacarle toda la información que fuese necesaria para conocer el paradero de otros fugitivos. Por suerte mi mentor tenía una paciencia infinita, con tener más que yo ya era mucha, y no parecía nervioso. Se acercó y me habló calmado. Me dijo que me fijase en la cara del hombre. Hacía lo imposible para no decir nada a pensar de todo el dolor que podía sentir. Y eso que la elección no era tan fácil como hablar o morir. Le estaba torturando duramente. Supongo que morir es mucha mejor opción, pues la tortura duele y puede durar varios días. Semanas incluso. La muerte debe doler, pero en cuanto te mueres se termina el dolor. Aquel tipo elegía vivir con dolor antes que hablar del resto de fugitivos. Algo digno de admirar, pero que a mí me estaba empezando a poner nerviosa.

No esperaba un cambio tan drástico. Caleb me ofrecía la posibilidad de usar un hechizo que estaba mal visto, que estuvo prohibido, y que costaba mucho dominar. No se trataba de nada fácil, ni más ni menos que una maldición imperdonable. La maldición Imperius. Nunca la había probado porque nunca había tenido con quien hacerlo, pero ahora tenía una oportunidad perfecta. Caleb me explicó al detalle como hacerlo, aunque yo ya había leído mucho sobre esa maldición.

- No te preocupes. No siento empatía ni compasión por este traidor. No importa. Lo único que importa es que queremos que hable, sea como sea.

Que mi mentor me diese aquellas lecciones justamente delante de la víctima era lo más divertido. Él hombre nos escuchaba y nos observaba sabiendo que él sería mi muñeco de prueba. No estaba segura de poder hacerlo a la primera. Ni a la segunda. Pero tenía que conseguirlo por mis propios medios, o Caleb nunca confiaría en mí. Debo hacerlo si quiero conseguir la marca. Me gusta conseguir todo lo que me propongo, y ahora toca conseguir esto. El hechizo no es como otros, es una maldición potente. Se necesita mucha fuerza, y no sé si yo ahora mismo la tengo. Levanté la varita hacia el fugitivo con fiereza.

- Está bien. Me veo preparada para esto. Es tiempo de aprender cosas nuevas. - le apunté con decisión. - ¡Imperius!

La maldición impactó sobre el hombre, haciéndolo convulsionar un poco. Se puso rígido como si tuviese un ataque, pero no tardó en relajar sus músculos. Algo había salido mal. El maldito fugitivo se atrevió a reírse de mí por no haber podido controlar su mente del todo. Miré a Caleb, y luego volví a levantar la varita. Iba a maldecirle una y otra vez, hasta que me saliese bien. No hay más opción.
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Caleb Dankworth el Jue Ago 31, 2017 9:19 am

Lluna escuchó atentamente mis instrucciones. Yo estaba muy contento con mi alumna, y me preguntaba qué estaba pasando por su cabeza. ¿Saborearía acaso plenamente el gusto de tener esta clase de poder sobre una persona? ¿De tener su vida en las manos y poder hacer con ella lo que le diese la gana, siendo capaz de destruirla por mero capricho y de maneras terribles? Esperaba que sí. Vivir una vida de maldad como esta no tiene sentido si no se disfruta, aunque yo no me imaginaba como alguien podría no disfrutar del horror en la expresión del prisionero en aquellos momentos mientras me escuchaba darle instrucciones a mi querida ahijada.

Tómate el tiempo que necesites. No tenemos prisa, y él no se va a ir a ninguna parte.

Cuando Lluna estuvo lista atacó. Lo hizo con convicción, pero ella era nueva en esto, y el prisionero tenía una gran fuerza de voluntad. Ya lo habíamos comprobado antes, cuando Lluna le había torturado físicamente y aun así no había revelado ningún secreto aunque fuese para aliviar su dolor. Ahora que lo que estaba en juego no era su vida, sino la de sus seres queridos, el prisionero estaba haciendo todo lo posible para no rendirse ante Lluna.

No lo consiguió al primer intento. Era de esperar, así que no me decepcioné, pues era completamente lo normal. Y, como ya habíamos dicho, no tenemos prisa.

Tranquila, concéntrate. Es un juego, un juego del que acabarás siendo experta con práctica. Concéntrate —le aconsejé antes de animarla a intentarlo otra vez.

No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado, puede que mucho o puede que poco, cuando el prisionero por fin no pudo más y la maldición de mi ahijada surtió por fin el efecto deseado. El rostro del prisionero se relajó, como si estuviese fumado o muy contento, y le reveló a Lluna todo lo que quería saber, información que podía ser utilizada (y lo sería) como un arma en su contra. Ya no tenía escapatoria.

Tenía una mujer, Marietta, y dos hijos, Anthony y Lucy, de ocho y cinco años, que estaban en la casa de campo de su tía en Irlanda. Aunque adoraba a toda su familia, Lucy era la niña de sus ojos, a quien más quería. Le destruiría perder a su niña. Mientras que era algo que yo podía entender perfectamente, pues me sentía igual, no me dio nada de pena. Es más, me quedé muy satisfecho con los resultados y con el trabajo de mi ahijada.

¿Qué piensas hacer con esta información? —le pregunté, animándola a que formulase un plan para conseguir el objetivo final de esta misión.
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