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Stressed out [Laith Gauthier]

Steven D. Bennington el Dom Mar 19, 2017 10:41 pm


En las últimas semanas había pasado de ser un ocupa que no tenía donde caerse muerto a tener un lugar donde vivir. Agnes había pedido por activa y por pasiva a los hermanos Benningon que no se fueran de allí pero más tarde que temprano comprendió que no podía hacer mucho para que se quedasen con ella. A pesar de todo, tanto Beatrice como Steven visitaban a la anciana más de una vez por semana para asegurarse que todo le fuese bien y llevarle algo de comida. Y es que desde que el mundo se puso patas arriba había sido una gota de esperanza en sus vidas.

Todo había cambiado una mañana cuando Odiseo apareció en su puerta. Steven suponía que si este había dado con ellos no era porque intentase cobrar el precio que el Ministerio había puesto a su cabeza, sino porque Clementine le había hablado de la situación que vivían tanto Beatrice como Steven. Además, si Odiseo venía a cobrar su recompensa, Steven podría hacer exactamente lo mismo con el ex profesor de Herbología de Hogwarts.

Tras el típico saludo de cortesía, Odiseo había demostrado que si era amigo de Clementine no era por su convencionalidad. Más bien por todo lo contrario. Y suerte que en aquella ocasión Mildred – su pelirroja vaca – no iba acompañándole en la visita, ya que habría llamado la atención de todo el vecindario y posiblemente escandalizado a Agnes, quien casi se cae de su asiento mientras hacía ganchillo al ver a un hombre tan estrafalario como resultaba ser Odiseo entrando por el umbral de su puerta.

- Tranquila Agnes, es un amigo. – La mujer no parecía muy segura, por lo que se pasó toda la conversación de los dos hombres escondida tras la puerta de la cocina con la escoba en mano, dispuesta a atizar con esta en la cabeza de Odiseo si las cosas se ponían complicadas.

Por suerte, no hizo falta que Agnes descargase toda su furia en la cabeza de Odiseo a golpe limpio. Pues el chico, como ya sabía Steven, venía en son de paz. Odiseo habló y habló. Divagó, como Steven esperaba que hiciese por lo que le había visto en veces anteriores. Y, finalmente, llegó a lo que venía a contar. ¡Un refugio! Diferentes magos habían decidido crear una pequeña comunidad segura para proteger a todos aquellos que estaban siendo perseguidos por la justicia. Para traidores de sangre, familiares de magos, sangre sucias, criaturas y cualquier otra persona que necesitase cobijo. Eso sí, Odiseo aseguró que todos eran de total confianza y que él, como amigo de Clementine, tenía una plaza asegurada  en aquel lugar.

Se mostró reacio en un primer momento a aceptar a Beatrice en la comunidad pero Steven no tardó en darse cuenta que no era más que otra broma del chico. ¡Y voilà! Su vida había dado un giro de ciento ochenta grados sin siquiera verlo venir.

Dos días después, todas sus pertenencias reposaban en su nueva casa. No era nada del otro mundo, pero para Steven era un mundo entero. Para Steven era la libertad de que Beatrice no viviese encerrada día a día en el interior de su casa. Para Steven era volver a ver sonreír a su hermana, y eso para él lo era todo.

Tardó exactamente veintitrés minutos en encontrar trabajo. Fue exactamente el tiempo que tardó en salir del probador del H&M que se había convertido en una de las entradas secretas del refugio, pasear por el lugar y encontrar una pequeña pizzería situada a diez metros del centro comercial y entrar en esta. Descolgó el cartel de la entrada y ya tenía un puesto de trabajo. ¡Para que luego hablan de crisis económica!

De eso habían pasado ya dos semanas. Dos semanas en las que Steven sintió por un momento que había recuperado parte de su vida, aunque esta no fuese exactamente la que le gustaría. Era un paso, todo había que admitirlo. Y tan sólo esperaba el día en el que ya no tuviesen que vivir a la sombra.

- Dos de chocolate dobles. – Pidió el chico con una sonrisa antes de cruzar la acera para toparse con una cara conocida que tocaba con su guitarra en mitad de la acera. Esperó a que la música de la canción cesara y, cuando las últimas monedas cayeron en la funda del instrumento, se acercó con una sonrisa amable. – Un Lannister siempre paga sus deudas. – Hizo una breve pausa para reír. – Soy un asqueroso sangre sucia, no me juzgues por mi cultura muggle. – Añadió tendiéndole uno de los helados a Laith sin saber si le gustaría el chocolate. Pero, ¿A quién no le podía gustar el chocolate?
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Laith Gauthier el Dom Mar 19, 2017 11:48 pm

Sus últimas semanas no habían sido precisamente lo mejor del mundo, y le desagradaba cuando tenía días pesados aunque no pudiera hacer más que aceptar las cosas como vinieran. La había liado en uno de sus encuentros con fugitivos y había tenido que borrar cada huella que había dejado, pero había conseguido un aliado de peso con ello. No podía llamar a muchos aliados últimamente, pero encontrarse con alguien que había admirado cuando era estudiante en Londres, luchando con el ahínco que tanto le hacía ilusión era reconfortante.

Además, en el hospital las cosas se habían estado complicando mucho. Transcurridos algunos ataques, todas y cada una de las habitaciones del hospital estuvieron repletas, aunque los medios no mencionaron nada. Como el sanador dedicado que era, dobló cuanto turno pudo para poder sanar a todas las personas, atendiéndolas con esmero aunque eso se traducía en dormir más bien poco tiempo, aunque lo suficiente como para que su rostro no lo demostrase en forma de ojeras.

Entraba y salía de las habitaciones, hablando con enfermeras y otros colegas de San Mungo para dar indicaciones o pedir consejos. Laith era del tipo de hombres que sabía pedir ayuda cuando lo necesitaba, así que a veces recibía asesoramiento de los médimagos con más experiencia. Curó a muchas personas y otras tantas tuvieron que quedarse más tiempo del esperado, otros fueron llevados a juicio. Odiaba cuando le arrebataban de las manos a sus pacientes para llevarlos a juicio, pero en su posición no podía hacer otra cosa que callar y obedecer. Mantener un perfil bajo era importante para no ser juzgado por traición.

Las visitas a su departamento eran tan sencillas como entrar, preparar una sopa instantánea, quedarse dormido, despertar para comer sopa fría y marcharse de vuelta al hospital. Un ritmo de vida casi frenético, y cuando tenía oportunidad hacía otra cosa para no pensar. Había ido a varios lugares de voluntariado cuando pudo y al final de nuevo llegó la calma. Durmió casi un día entero, tratando de recomponerse un poco del cansancio y al despertar estaba como nuevo, al menos así se sentía.

Tomó la comida más completa que encontró en el primer local que se topó. En su cocina apenas había cosas para hacer alimentos básicos y no morirse de hambre. Cereales, sopas instantáneas, pan dulce, sándwiches y otras cosas no muy elaboradas. Decidió descansar aquella tarde, tomando su guitarra y afinándola. Pero el silencio de su departamento era ensordecedor por encima de la música, le disgustaba a un nivel ilógico e irracional.

Laith tenía un problema: siempre tenía que estar hablando, escuchando música o haciendo ruido. No soportaba el silencio, lo hacía pensar en cosas que no deseaba tener en la cabeza. Por ello tomó la funda y salió a la calle, a escuchar los sonidos de la ciudad mientras pudiese. Se sentó en el suelo y extendió a su costado la funda, todo lo que consiguiese lo llevaría a alguna asociación para donarlo, comenzando a tocar algo. Varias canciones y con ellas el dinero iba acumulándose poco a poco.

There will be times on this journey all you see is darkness, but out there somewhere daylight finds you if you keep believing, so don’t run, don’t hide, it will be alright. You’ll see, trust me, I’ll be there watching over you —acompañaba el sonido con su voz, y a su voz la acompañaba el sonido de las monedas al caer dentro del estuche de su guitarra. Gracias a que era su guitarra, ésta vez no tenía los deslices típicos de tocar algo a lo que uno no estaba acostumbrado, dando un sonido más fluido y natural.

Aunque al terminar, alzó la vista y se encontró de frente con una sonrisa que reconoció, causándole sonreír por igual. No esperaba encontrarse con aquel sujeto tan pronto, haciendo referencia a una serie que él había comenzado a ver hacía un par de meses cuando lo obligaron a tomar vacaciones por navidades y no tenía nada que hacer, siendo el clima bastante malo como para hacer nada en el exterior.

No sabía que eras Gryffindor —bromeó con la semejanza. Los Lannister representados por leones al igual que los Gryffindor, según sabía y le habían comentado aquellos que estudiaron en Hogwarts. — ¿Por qué me estás hablando, sangre sucia que hace que casi me arresten el otro día? —se quejó con él, aunque sólo bromeaba, metiendo la guitarra en su funda con todo y el dinero antes de levantarse, colgársela al hombro y sacudirse el pantalón, todo antes de aceptar el helado. — Hubiera preferido que fueras criminal, me van los tipos malos —el tono que usó fue de broma.

Pero de todas maneras, lo invitó a caminar mientras se disponía a hacerlo, comiendo el helado. El chocolate luego de tanto estrés le venía de maravilla, casi como una catarsis que tendría que agradecerle por haber hecho bien su elección. Con aquello muchas de las cosas que antes habían dicho quedaban en evidencia. El hecho de que Steven hubiese dejado su local de música, el que Laith no hubiese sabido nombrar el hospital en el que trabajaba. Casi se sentía tonto de no haberse dado cuenta que hablaba con un mago.
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Steven D. Bennington el Lun Mar 20, 2017 5:08 pm

Dado que era domingo disponía de un día para sí mismo sin la rutina del nuevo trabajo en el que se había sumido para poder recobrar, en parte, su vida o algo parecido a esta. Fue por ello que optó por simplemente dar un paseo por el parque, caminar por las calles londinenses lejos del Callejón Diagon y, cuando se viese perseguido por alguna mirada indiscreta que se había colado en el mundo muggle aquel día, doblar una esquina y desaparecer rumbo a su nuevo hogar. Y es que, por fin, después de tres meses, ya tenía un lugar al que podía  llamar hogar.

Era por ello que estaba de muy buen humor. Aunque teniendo en cuenta que Steven no estaba de mal humor prácticamente nunca, no era un dato muy importante en su vida. Más bien un dato por el cual una sonrisa se encontraba bordada en su rostro cuando caminaba por la avenida por la cual había conocido a Laith unas cuantas semanas atrás. Y es que algo le decía que era posible que el chico se encontrase allí aquella tarde.

No lo dudó dos veces a la hora de ir al puesto de helados más cercano cuando vio al chico tocar en la misma acera que el día en el cual se conocieron y, una vez obtuvo su cambio se aproximó hacia él esperando a que la melodía que en aquella ocasión había elegido dejase de sonar.

- En verdad sería… - Hizo una leve pausa para pensar. – ¿Arryn? – Pregutó dudando por un segundo. – Siempre me equivoco con esos y los de la merluza. Los de la casa de la madre de los Stark. – Dijo con tono bromista como buen aficionado a las series de televisión que era. – También puedo ser de la guardia de la noche por eso de ser también un ave pero… Es un cuervo. No me veo muy identificado con ellos. – Admitió encogiéndose de hombros tras tender el helado al chico. – Ravenclaw. – Concluyó por si Laith no conocía las cuatro casas que formaban Hogwarts aunque si ya conocía Gryffindor seguramente conocería las otras tres. – Ya sabes, inteligencia, sabiduría, curiosidad… No tengo mucho de las dos primeras, sino no estaría aquí cuando puedes ir al Ministerio de Magia a cobrar lo que vale mi cabeza. Pero, ¡Eh! Te soborno con un helado, los del Ministerio seguro que no tienen helados. Aunque pensándolo bien podrías arrancarle el corazón a uno de sus trabajadores y de lo frío que está serviría como helado… - Divagó en voz alta con su habitual pérdida del control de lo que debía decir en voz alta y lo que era mejor que permaneciese perdido en el interior de sus pensamientos.

¿Un criminal? Steven era demasiado bueno como para ser algo parecido. Si había robado en su vida había sido precisamente para poder sobrevivir, y es que en los tiempos que corrían había tenido momentos en los que tener un plato de comida caliente era más bien una utopía en su vida que una realidad tangible en algún momento de esta.

- Técnicamente lo soy. Voy por ahí robando magia a los magos. Incluso con once años fui a una tienda y engañé al dependiente para que me diese una varita. ¡Soy todo un villano! Deberían hacer una película sobre la gente como yo que vamos de mosquitas muertas pero somos lo peor de la sociedad. – Dijo con marcada ironía. – Soy peor que Frollo en El Jorobado de Notre Dame. – Hizo una leve pausa. – Sí, es mi película favorita de Disney. Culpa de mi hija que me hace ver todas. Mejor no te digo hasta donde estoy de Frozen, su frío y su muñeco de nieve.

Ambos chicos comenzaron a alejarse de la zona donde Laith tocaba, pasando entre la gente que aún se encontraba en las calles en aquel momento. Muchos miraban de un lado a otro con curiosidad, demostrando que no eran de por allí. Mientras que la mayoría iban sumidos en sus propios pensamientos ajenos de lo que sucedía a su alrededor, perdidos en su propia monotonía del día a día. Muchos saliendo de sus puestos de trabajo y pensando en volver a casa después de una jornada de trabajo en pleno domingo.

- Voy a sonar un tanto inculto pero… ¿Cómo van eso de las casas donde estudiaste? Nunca he conocido a nadie que no haya estudiado en Hogwarts. O bueno, creo que más bien nunca he preguntado sobre el tema.
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Laith Gauthier el Lun Mar 20, 2017 9:07 pm

Steven acabó corrigiéndose cuando le dijo que su casa no sería Lannister y por consecuente no sería Gryffindor, mirándolo mientras divagaba, asintiendo cuando preguntó si los Arryn eran la casa de los familiares de Catelyn, recordaba que su emblema era el águila, así que pensó que tendría que ser la casa de los pájaros. El nombre no se le venía a la cabeza y mientras lo buscaba recibió material para molestarlo un poco.

Das un aire a Jon, no sabes nada —bromeó un poco al Steven mencionar que podría ser miembro de la guardia nocturna. — ¿Eres…? ¿Cómo se llamaba la casa del pájaro? ¿Huff…? —aunque pronto recibió la respuesta. No era su tema predilecto, por lo que muchas veces no recordaba los nombres de todas las casas. Era más el tema de discusión por excelencia de universitarios desocupados: qué colegio mágico era el mejor. Sabía que había uno que empezaba por S y que tenía una serpiente, y otro, el que mencionó, de los leones. Uno de pájaros y otro de algún mamífero que ahora no recordaba pero bien podría ser un mapache.

Su acompañante le había explicado las cualidades de la casa en que estuvo, sin poder evitar reírse en cuanto dijo que lo estaba sobornando con helado para que no lo fuera a entregar al Ministerio. Divagó un poco demasiado; Laith no pudo evitar pensar que tenía suerte de estar hablando con él. Si lo escuchaban oídos equivocados, podría meterse en un lío por lealtad ciega al Ministerio. Aunque él no era ese caso, acomodándose en la espalda la guitarra mientras continuaba con su soborno, uno muy bueno por cierto.

Fue su turno de ser un poco inconsciente al hablar, al mencionar que tampoco hubiese estado precisamente mal que fuese criminal. Y por criminal no se refería a los crímenes de los que eran culpados todos los hijos de nomaj, sino un verdadero criminal. Pero el otro lo tomó de buena gana e incluso se comparó con un villano de película, haciéndolo reír. Laith entendía bastante bien cualquier referencia nomaj que escuchara, y más si era algo tan popular como las películas de Disney. Era a veces más nomaj que los propios nomaj.

Eres el mismísimo Jafar personificado, buscando robarnos nuestra magia y nuestras varitas para hacerte poderoso —utilizó otra referencia para hacerle saber que entendía de lo que estaba hablando. Al menos él las veía por gusto y no porque tuviera una hija que lo obligara, era un punto a su favor. — Ah, ¿de qué estás hablando? Pero si Libre soy~ —siguió molestando un poco. Era cierto que había causado mucho revuelo y él no pensaba que fuera la gran cosa, pero igual la había visto un par de veces.

Se quedó tranquilo un poco mientras se disponía a comer su helado. Sólo a ellos dos se les ocurría comprar un helado con la temperatura actual, pero el helado nunca venía mal sin importar el clima. El soborno duró poco ya que al final se terminó el cono, limpiándose los labios y las manos con la servilleta que tiró en la primera papelera que tuvo al alcance, entonces dirigiendo su mirada de vuelta a Steven. Discretamente, al comenzar a caminar se había situado del lado de su audífono para no tener problemas al ser escuchado, sin saber el alcance preciso del aparato.

Es más inculto el que no pregunta —sonrió con calma, dejándolo hacer su pregunta y explicándole la situación, haciendo a Laith dirigir la mirada al cielo. Le agradaba recordar sus tiempos en el colegio. — No recuerdo si te lo dije, pero soy de Canadá, ahí estuve en una escuela de encantamientos que era de lo más divertido —se sentía libre de ahora poder hablar de hechos verídicos y no inventados, — pero llegó mi carta para Ilvermorny, una escuela en Estados Unidos, le agradezco a ella mi acento, antes sólo hablaba francés —hizo hincapié en el pequeño detalle que ahora hacía que los londinenses les mirasen como turistas. — Según sé, era algo parecido a Hogwarts… Nosotros nos paramos encima de un símbolo de un nudo gordiano y esperamos a que las tallas de madera nos elijan dependiendo de la casa que nos quiera en ella, por ejemplo, cuando me seleccionaron a mí la talla de Pukwudgie alzó una flecha al aire, pero si la Serpiente Cornuda te quiere se ilumina un cristal en su frente, o el Wampus ruge, o el Ave de Trueno bate las alas —le explicó; en Hogwarts tenía entendido que también había cuatro casas pero a ellos los seleccionaba un sombrero; lo había tachado de aburrido en sus años de universitario. — Aunque aquí no nos obligan, quiero decir… A veces hay ocasiones en las que más de una talla quiere al alumno, y el alumno es quien elige a cuál pertenecer.

No fue su caso, pero un joven de su misma generación había sido elegido por las cuatro casas, ¡las cuatro! Se volvió su amigo en el colegio y, como muchas amistades, se perdió al graduarse. A veces se escribían alguna lechuza, pero lo cierto era que eran bastante infrecuentes. Había otros excompañeros con los que se escribía más a menudo, por supuesto.

Cuando entré, sólo nos permitían tener una varita cuando entrabamos a Ilvermorny y en las vacaciones teníamos que dejarlas ahí, se supone que sólo cumpliendo los diecisiete podíamos sacarlas, aunque fue en mi tiempo de estudiante donde se revocó una ley muy estricta del Estatuto del Secreto —le explicó otras pequeñas diferencias que tenían sus dos colegios, y luego recordó que no había hablado de nada de lo que le había pedido. Sólo mencionó el proceso de selección. — Se supone que las casas representan a un cuerpo humano: Wampus es el cuerpo y elige a los guerreros, Pukwudgie el corazón y elige a los sanadores, la Serpiente Cornuda la mente y elige a los sabios; y el Ave de Trueno el alma que elige a los aventureros —le sonrió, sentía haberse alargado muchísimo, pero era del tipo de personas que pensaba que cuando algo entusiasmaba estaba mal callar y disculparse. — Como te dije antes, yo estuve en Pukwudgie, y creo que tuvo razón en elegirme —recordaba al principio haberse sentido un poco incómodo, pero le bastó sólo un segundo con los suyos para darse cuenta de que no pudo estar en un sitio mejor.
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Steven D. Bennington el Lun Mar 20, 2017 11:13 pm

Ser considerado un Jon Snow en la vida no era una gran aspiración para Steven. Más bien todo lo contrario. Era ese típico personaje que por alguna razón gusta a todo el mundo pero que no puede ser más soso y simple. Ese típico personaje hecho para gustar al público, algo así como Arya y Daenerys, pero de una categoría inferior.

No lo pensó mucho a la hora de acercarse a Laith aún a sabiendas que este podía acabar vendiéndole al mejor postor que, en este caso, no era otro que el propio Ministerio de Magia. Prefirió confiar ciegamente en él, pues no le había dado la impresión de que precisamente era uno de los magos fieles al Ministerio de Magia. Otra persona quizá habría dudado. Otra persona quizá se habría mostrado reacia al simple saludo con aquel desconocido con el que había compartido una agradable pizza días atrás. Pero Steven no. Steven intentaba ver la bondad en todas las personas y la confianza era algo que caracterizaba al chico que ahora paseaba con un helado en una de sus manos, tan sonriente como un niño que recibe un dulce. Pues, a fin de cuentas, Steven era como un niño.

- No, que Jafar tenía un loro. Yo tengo un camaleón… Entonces soy como Rapunzel pero en mala. – Dijo siguiendo el juego de las películas de animación y es que si empezaban era posible que ninguno de los dos frenase en hacer aquel tipo de referencias. Steven siempre había adorado la cultura muggle y, contrariamente a muchos como él, no la había abandonado con la llegada de su carta de Hogwarts. El mundo muggle era parte de lo que era él mismo y, por nada del mundo, lo dejaría de lado. – No me tientes a tirarte el helado. – Amenazó intentando poner algo parecido a una mueca seria en su rostro. Pero tampoco funcionó por mucho tiempo pues no estaba hecho para las caras largas. Como Clementine había dicho en más de una ocasión, tenía la sonrisa marcada en el rostro aún cuando no sonreía.

Steven no tenía ni la más remota idea de cómo funcionaban las escuelas mágicas que no fuesen el propio Hogwarts. Conocía la historia de este y cómo cada alumno era seleccionado desde su nacimiento. Pero claro, no todo era igual en el resto del mundo y había demasiada historia por estudiar como para centrarse en algo que estaba tan lejos y resultaba tan poco importante según el currículo de Hogwarts.

Steven atendió a las palabras de Laith mientras ponía fin al poco helado que ya le quedaba y siguió con la vista los labios del chico, pues, cuando alguien hablaba demasiado, tendía a tener dificultades para seguir el hilo de la conversación. Afirmó con la cabeza en más de una ocasión, demostrándole así a su acompañante que contaba con toda su atención y, una vez terminó, sintió que había aprendido más en diez minutos de lo que posiblemente lo habría hecho leyendo un libro sobre la historia de aquel colegio.

- Eso es fantástico, ¿No? Aquí el Sombrero elige por ti y ya está. Aunque bueno, hay quien pide ir seleccionado a una casa y a veces el Sombrero decide hacerle caso… Pero no son muchos los que hacen eso. Pero está bien. Quiero decir… Una persona seguro que tiene muchas cualidades y tendrá muchas que sean de una casa pero quizá otras tantas de otras. Siempre habrá una por encima pero a fin de cuentas poder elegir siempre le da más valor a algo. – Él había estado más que conforme con el Sombrero Seleccionador, y es que sabía de sobra que no existía otra casa en la que pudiese estar. – Aquí te ponen un sombrero parlanchín en la cabeza y te dice la casa. No tenemos tanta parafernalia. – Rió. – A saber la cantidad de piojos que habrán pasado de generación en generación gracias a ese sombrero… - Comentó con tono bromista.

Todo aquello era tan nuevo… ¡Y tan interesante! No pudo evitar sonreír al ver como el tema parecía ser del agrado de Laith por lo que el chico hablaba y hablaba como si su voz careciese de fin. Steven también era de esas personas que quizá hablaban más de la cuenta y era por eso que se sentía cómodo cuando alguien parecía incapaz de dejar de hablar de temas realmente interesantes.

- Entonces, ¿Trabajas en San Mungo? – Preguntó cuando terminó de hablar y comentó aquello de los sanadores elegidos por Pukwudgie. - ¿O el hospital muggle en el que trabajas es tan raro que seguramente no lo conoceré? – No pudo evitar reír ante aquello, y es que ninguno había hablado del hospital para no decir un hospital cualquiera que pudiese, por pura casualidad, coincidir con el del otro cuando ninguno era cierto.
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Laith Gauthier el Lun Mar 20, 2017 11:49 pm

A Laith casi no le gustaban los personajes más alabados por el público. Su amor platónico desde su aparición había sido Daario, incluso con su cambio de actor de una temporada a la otra, así que podría llamarlo con toda seguridad su personaje favorito. Si bien pensaba que Arya era genial, personajes como Daenerys estaban sobrevalorados, él no les veía características como para sentarse en el trono como reyes. Era cuestión de gustos.

El sanador se jactaba de ser ese tipo de personas que generan confianza, se enorgullecía de ello porque casi siempre sus intenciones eran buenas. Buenas desde un punto de vista moral que ya no era precisamente ético en el mundo actual, pero fiel a sus principios. A veces eso mismo lo hacía vivir en constante monomanía paranoica de que pudieran delatarlo, aunque esperaba que no sucediera y hasta el momento no había recibido problemas de ese tipo. Sus movimientos fuera de la vista de los puristas habían sido siempre discretos y casi desapercibidos.

¿Oh? ¿Tienes un camaleón? Aunque depende de qué Rapunzel, la de la película de Barbie tenía un dragón, eso era todavía más genial —y ahí iba él a ponerse en evidencia que había llegado a ver películas de Barbie. — También podías haber tenido un grillito como Mulan, ese grillo fue lo mejor de toda la película —no era así, pero sí que le había gustado mucho la participación del grillo en la película. Él, aunque de familia mágica, disfrutaba mucho de la cultura nomaj y se le notaba si le daban oportunidad. Tanto que incluso Steven lo amenazó con el helado haciéndole reír. — Oh, qué malo eres, no veré películas contigo —se hizo el ofendido, aunque no le salía muy bien cuando no podía borrarse la sonrisa del rostro.

Steven le había preguntado sobre su escuela, así que comenzó a contarle todo lo que sabía, emocionándose en el proceso. A él le dolía personalmente cuando hablaba con alguien sobre algo que le emocionaba y ese alguien de pronto se daba cuenta que había hablado demasiado y se disculpaba por ello. Lo hacía pensar que alguien que valoraba alguna vez le dijo que eso no era importante y por ello era de las cosas que más odiaba del mundo. Con lo bueno que era escuchando, le gustaba que la gente se explayara al hablar y por ello no se cortaba a la hora de hacerlo él.

Eso he escuchado, pero creo que es más… No lo sé, es más como una ceremonia el que la casa te elija y no que un sombrero te mande, cuando estudiaba siempre discutía sobre esto con mis compañeros, es extraño —le comentó, encogiéndose de hombros. El que la casa te eligiera por medio de las tallas era más simbólico, pensaba él. — No es lo peor, son piojos mágicos porque chupan la sangre de los magos —le sonrió, imaginándose a un piojo con su varita y un sombrero de hechicero, bastante gracioso.

También habían otros colegios mágicos, pero era en cuestión de gustos y ubicación geográfica el preferir una o la otra. Él no sabía si hubiera podido sobrevivir en un sitio como Durmstrang. Pero le gustaba pensar que todo estaba destinado a ser, y disfrutaba de las cosas como vinieran sin estresarse por ello. Era mejor no forzar las cosas y dejar que fluyeran de un modo natural.

Soltó una carcajada en cuanto oyó del hospital nomaj que había mencionado en su anterior encuentro. — En mi defensa, tú tampoco sabías que hablabas con un mago —se defendió. Si lo hubiera sabido, no lo hubiera dejado hacer el idiota pensando que hablaba con un nomaj. Siempre que mencionaba cosas mágicas, bajaba el tono de su voz. — Trabajo en San Mungo, imagino que tu hermana también, ¿cómo se llama? —le preguntó. No sabía si, ya que Steven era hijo de nomajs, lo mismo pasaba con ella, aunque con el tiempo que llevaba trabajando ahí bien podría conocerla incluso si se había marchado.
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Steven D. Bennington el Lun Mar 27, 2017 2:48 pm

Por suerte para Steven se había vuelto un experto en películas de animación pero gracias a los gustos de su hijano lo era en películas de animación de Barbie. A diferencia de otras muchas niñas, Alex jamás había sentido ese interés hacia un mundo de color rosa, unicornios y arco iris. Más bien todo lo contrario. La niña no había resultado ser el estereotipo ñoño de chica sensiblona que llora porque no puede tener un caniche. Ni de esas que lloran por no encontrar su osito de peluche favorito. Ni de las que llevan trenzas decoradas con grandes lazos de colores. Más bien todo lo contrario. A diferencia de lo que su abuela quería, su nieta no había resultado ser una niña muy niña.

- ¿Un dragón? - Y es que aquello realmente resultaba ser una sorpresa. - Ni siquiera sabía que Barbie había hecho una película de Rapunzel. - Junto a Alex y su ex mujer habían visto, tiempo atrás, una versión del cascanueces que había resultado ser tan teórica y aburrida al mismo tiempo que habían preferido no hacer pasar a su hija, una vez más, por el suplicio de ver una de las extrañas adaptaciones de Barbie. - Pero sería un dragón pequeñito y rosa, seguro. Me lo imagino como uno de esos peluches suaves con los ojos grandes y brillantes que ahora venden en las jugueterías. Nada comparado con un dragón de los de verdad. - Los dragones nunca habían sido unas de las criaturas de interés para Steven y es que realmente el.ámbito de las criaturas mágicas no había sido su punto fuerte durrante sus siete años de estancia en Hogwarts.

Mulán, en cambio, sí era una de esas películas infantiles que había visto una y mil veces con mucho gusto. No se despertaba una mañana con ganas de verla y pasaba el día tumbado en el sillón con un paquete de palomitas saladas y un refresco mientras veía le película en bucle. Sino que, cuando Alex tenía ganas de verla, no lo pensaba dos veces a la hora de tomar asiento junto a ella y no perderse ni el más mínimo detalle de película.

- Pues mira que a mí siempre me gustó más Mushu... Eso era un dragón de verdad y seguro que no los de Barbie. Aunque Mushu fuese más una lagartija roja que se había tragado un mechero que un dragón. - Recordó con nostalgia la primera vez que su hija puso la película h cómo hablaba, precisamente, de la lagartija sin entender por qué al final conseguía escupir fuego. Eso había hecho que durante un par de semanas fuera con miedo de toparse con una lagartija y que esta pudiese prenderle fuego.

Como en todo en aquella conversación - y en su vida en general - Steven no tardó en bromear sobre el tema de conversación. Y es que era fiel partidario de tomar cada momento con humor, de sonreír a toda costa y, si lo intentaba un poco, conseguir que el resto acompañaran su conversación con sonrisas. La vida ya era demasiado dura - y más en aquellos momentos - como para mostrar caras largas. La vida la hacían los pequeños momentos y Steven era un apasionado a la hora de coleccionarlos.

- Tendré que hacerme con uno de esos sombreros para seguir robando magia a los magos. Esto de tener solo una varita es muy poca cosa para un villano de mi calibre. - Cargó su voz de falso orgullo. - ¿Crees que habrá alguno más o tendría que colarme en Hogwarts para conseguirlo? A lo mejor puedo intentar fabricar yo uno... Además de un ladrón de magia y un experto en películas infantiles también tengo un doctorado en fabricación de sombreros antiguos. - Estaba seguro que aquello no existía ni como estudio no universitario, así que mucho menos como para sacarse un doctorado en algo así.

La cantidad de magos en el mundo muggle a comparación con estos mismos era muy inferior. Pero eso no eliminaba la posiblida de, sin siquiera darte cuenta, encontrar a otro mago. Eso era exactamente lo que a Laith y Steven les había sucedido no mucho tiempo atrás. Cuando ambos habían hablado considerando que debían mantener en secreto su condición de mago al estar en presencia de un muggle. Un error por su parte.

- En mi defensa diré que sólo pensaba en la comida. Y ya sabes que dicen que los hombres sólo podemos pensar en una cosa a la vez. O, bueno, dicen que sólo podemos hacer una cosa a la vez pero para el caso... Viene a ser lo mismo. - Realmente ni se había planteado la opción de encontrarse frente a un mago. Cualquier otro lo habría hecho pensando que le seguía la pista desde hacía tiempo para, finalmente, capturarlo. Cualquier persona menos Steven, quien rebosa tan nivel de inocencia que carecía de capacidad para ello. - Trabajaba. Ahora también le ha dado por robar magia y ha dejado su trabajo para dedicarse en exclusiva a ello. Debe ser cosa de familia. - Añadió encogiéndose de hombros, dibujando una media sonrisa en sus labios. - Beatrice Bennington. Dejó el trabajo el día que murió la Ministra de Magia. Bueno, la noche que todo se fue a la mierda. - Beatrice no había vuelto a San Mungo al día siguiente del mismo modo que su hermano no había vuelto a su puesto de trabajo en la tienda de música. Ambos habían vivido, desde diferentes zonas del país, lo que había sucedido. Por su parte Steven se encontraba en Hogsmeade, otro de los lugares foco del ataque de los Mortífagos, mientra que Beatrice lo hizo desde su turno en el hospital de San Mungo y, tras trabajar para ayudar a los heridos abandonó el lugar antes de que la nueva justicia viniese en su búsqueda. - Supongo que si sigues aquí hablando y aún no me han detenido es porque no apoyas al nuevo gobierno, ¿No? - Al menos, aquello era lo que quería pensar. - Al otro lado del charco... ¿Están así las cosas?
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Laith Gauthier el Lun Mar 27, 2017 9:34 pm

Laith había sido ese tipo de niño que no sabe lo que quiere y por ello intentó todos los estereotipos que se esperan de niños pequeños. Incluso una vez intentó de ser el tipo callado, que está de más decir que no le duró mucho tiempo. Y en una de sus facetas había acabado siendo también el tipo de niño con intereses en cosas “de niñas”. Una odisea que ahora recordaba con mucha gracia y que, en ocasiones, le hacía volver a ver alguna de las películas de entonces, como ahora era el caso de la película que, más por accidente que por nada, mencionó.

Si bien lo recuerdo, uno de ellos era el típico dragón que esperas de una película así. No pequeñito pero sí bastante más pequeño de lo que uno espera, y eran morados —corrigió como si fuera evidente, aunque no se lo estaba tomando en serio. — A nivel animación el otro que creo era el padre o algo así era muy impresionante, al menos hasta donde puedo recordar —comentó, encogiéndose de hombros al final. Si él sentía interés en los dragones era porque a veces llegaba a sus manos el idiota de turno que intentó domarlos y salió apenas vivo.

Soltó una risa cuando le dijo que Mushu era un dragón de verdad. Uno chino y que parecía más una lagartija parlanchina pero un dragón a fin de cuentas. Al menos si sus dragones tenían algo en común era que el protagonista de la película y Mushu tampoco escupían fuego al principio, una pena, dándole la razón. Tenía el vago recuerdo de una criatura mágica así, una lagartija de fuego, pero como no lo recordaba bien decidió no mencionarlo.

Laith estaba honestamente sorprendido de que Steven fuese tan positivo de llegar en serio a bromear con su situación actual. No sabía si era un rasgo tonto, pero tenía que admitir que algo de razón tenía en no amargarse por los sucesos. — ¿Vas a fabricar un sombrero antiguo nuevo? Suena a contradicción, debiste haberlo hecho hace años para que fuese antiguo antiguo —le criticó con una sonrisa, — puedes entrar a Hogwarts y robarlo, aunque no sé para qué quieres un sombrero con piojos mágicos si puedes robar, no sé, Gringotts, podrías invitarme comida más seguido —giró los ojos como si fuese evidente, — pero no toques mi caja secreta, eh —bromeó. Ni siquiera tenía una caja, le daban desconfianza aquellos duendes malencarados.

Ambos habían cometido un pequeño error de no haberse fijado en que hablaban con un mago, y quizá ni siquiera hubiesen descubierto la verdad si no hubiesen atacado a Steven aquel día. Actualmente era hasta complicado vivir; si se hubiesen encontrado con la persona equivocada y la hubiesen tratado de nomaj, él hubiese tenido problemas por ser amable con nomajs y Steven quizá hubiese sido atrapado con una facilidad brutal. Eran detalles en los que a veces pensaba y le preocupaba incluso salir de casa.

Ahora con ese consejo puedo persuadirte de hacer lo que quiera con comida, un día te voy a hacer subir a una montaña rusa enorme de la que bajarás vomitando y yo me voy a reír —bromeó un poco, porque al final él era igual de débil a la comida. Era uno de los mejores placeres de la vida, no había nadie que pudiese culparlos de ello. — Ah, ¿es un negocio familiar? Ya veo, espero que tu niña no se una —aunque estaba la posibilidad de que su madre fuera una bruja que la volviese mestiza. Eran cosas de genética que no entendía bien. Cuando le dijo el nombre, en el rostro de Laith se dibujó una expresión de alivio; con la caída del Ministerio anterior, muchos de los mejores sanadores habían salido huyendo, Aleksandr y Beatrice entre ellos. Oír de al menos uno que estaba bien era catártico. — ¿De verdad es tu hermana? ¿Entonces ella está bien? —no pudo evitar preguntarlo. Con su alegría podía iluminar ella sola una habitación entera, contagiando a trabajadores y pacientes por igual.

Aún le faltaba saber de algunos otros compañeros a los que no había podido contactar, pero saber que conseguían hacerlo bien le aligeraba un poco la culpa de no haber podido hacer nada para ayudarlos. Si bien no con todos hablaba mucho, lo cierto era que todos y cada uno de ellos le preocupaba por igual. Era tan típico de él siempre preocuparse de más por las personas a su alrededor.

Decirlo así son palabras muy fuertes —le dijo. Tenía razón, pero no quería admitirlo abiertamente porque cualquiera podía escucharlo. Si quería hacer algo de provecho tenía que mantenerse afuera de todo juicio y seguir curando personas. — Uh, he recibido algunas cartas, pero… Creo que su locura no ha llegado tan lejos, ¿sabes? Creo que te lo mencioné antes… Acaban de salir, al menos la zona del norte, de una racha mala de vivir escondidos y discriminación… Así que espero que no cometan los mismos errores de antes —no había recibido mucha información, pero al menos no le habían contado que los perseguían por su sangre. Incluso antes, por el motivo por el que eran perseguidos era por poner en riesgo el Estatuto del Secreto.

Creía él que si alguien intentaba escapar podría hacerlo hacia aquel lugar. El problema era salir sin ningún tipo de documentación válida, si cualquiera veía que eran de sangre impura inmediatamente los detendrían. Las cosas no estaban siendo en lo absoluto favorables para los hijos de nomajs y el régimen purista parecía completamente concentrado en deshacerse de todos y cada uno de ellos como si no significaran nada.

¿Has pensado en escapar? —no pudo evitar preguntarlo. A veces pensaba que era lo mejor, cuando todo se fue al demonio él se había asustado tanto que pensó en regresar a su país. Pero lo ataron todas las personas en San Mungo, que necesitaban de él y no de su cobardía, y convenciéndose día a día consiguió finalmente tomar el coraje suficiente como para quedarse sabiendo que podría morir en el intento. Como él, todos tuvieron que tomar una decisión cuando el régimen se quebró. Algunos no hicieron las mejores decisiones.
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Steven D. Bennington el Miér Mar 29, 2017 2:06 pm

Su imaginación podía volar y volar. Volar a tal nivel que todo lo que decía parecía carecer de sentido en ocasiones. Y a fin de cuentas, la mitad de las veces era así. Él se limitaba a abrir la boca y dejaba salir todo lo que su mente albergaba sin darse cuenta que había ocasiones donde tanta palabrería sin sentido no tenía cabida. Pero, ¿A quién le importaba? A Steven no, y por eso mismo habían pasado de hablar de dragones, princesas y lagartijas que escupen fuego a sombreros con pijos mágicos cuya habilidad es la de robar magia.

- Si lo fabrico ahora, antes será antiguo. Si lo fabrico más tarde, tardará más. – Golpeó su cabeza con su dedo índice como si le tachase de loco por no ver aquella idea tan evidente. Tan evidente como incoherente. – Ah, pero en Gringotts no tienen sombreros parlanchines con piojos mágicos y toneladas de polvo. Sólo tienen montones de galeones, cosas inútiles que la gente guarda porque son legados familiares y… Más polvo. Sí, quizá la manera de robar magia resida en el polvo y no en los piojos. Así sobrevivía Campanilla, no me cabe duda.- Y, acto seguido, rompió a reír por la tontería en la que estaba derivando cada uno de los temas de conversación que tocaban. Eran como dos magos de lo absurdo. Como el Rey Midas con el oro, pero en lugar de convertir en oro todo lo que tocaban, ellos lo convertían en incoherencia disfrazada.

¿Dónde estaba el problema en subir en una montaña rusa con el estómago lleno? Por favor, Steven había sido joven y alocado y, en ese sentido, seguía siéndolo. Por eso de cometer locuras que ponían su vida en peligro sin siquiera planearlo. Y entre ellas, ¡Claro que  estaban las montañas rusas!

- Tengo un estómago de hiero. Con decirte que la primera vez que hice sopa le eché azúcar… En mi defensa miré que además de sordera, tengo astigmatismo. Así que mi ex mujer puso unos letreros muy pequeñitos en el salero y el azucarero y yo, como buen hombre que no entraba en la cocina, viví en la ignorancia hasta que casi me intoxico con mi sopa. – Rodó los ojos. – Aunque bueno, esa no es de las peores que he hecho. Sólo fue la primera. – El concepto de “demasiado salado” y “demasiado vinagre” no existía en el vocabulario de Steven. Para él nunca había suficiente y hasta que lo probaba y se daba cuenta de lo repulsivo que era, no se daba cuenta. Por suerte eso no le pasaba con el azúcar y por eso lo único que se le daba bien cocinar eran postres. Postres y sushi, principalmente porque lleva azúcar.

- Tranquilo, aún es sólo una niña, no la hemos metido todavía en el negocio. Además, seguro que su madre no me deja inculcarle la herencia de los Bennington… Y eso que lleva mi apellido, no el suyo. – Alexandra no tenía el mismo problema que tanto su padre y su tía tenían en aquellos momentos. Ella estaba en Hogwarts, segura. O al menos, eso  era lo que Steven quería pensar al no poder tener contacto con su hija.  - ¿Conoces a Beatrice? – Preguntó asombrado. – Si que el mundo es un pañuelo. – Afirmó con media sonrisa y es que coincidencia ya había sido que ambos fuesen magos pero más aún que tuviesen una conocida común gracias al puesto de trabajo de estos. – Está bien, salió de San Mungo antes de que llegasen los nuevos… ¿Aurores? ¿Sigue siendo Aurores aunque nos cacen a nosotros? – No tenía noción de aquello pero suponía que era lo más lógico.

Aunque confiase en Laith a pesar de acabarse de conocer y, además, este conociese a Beatrice, esto no quería decir que fuese a contarle nada sobre su paradero. Steven no tenía ningún problema – dentro de lo coherente – en desvelar su propia identidad o paradero, siempre y cuando aquello no afectase a su familia.

- Decirlo así es la realidad, por muy horrible que sea. – Admitió encogiéndose de hombros. El nuevo mundo en el que ahora vivían era así. Incoherente. Carente de sentido por todas partes. Carente, desgraciadamente, de humanidad y bondad. – Ojalá el resto de países vean en lo que nos hemos convertido y tomen cartas en el asunto. Pero hasta los muggles parecen repudiar ahora a Inglaterra con toda la situación de su salida de Europa. – Dijo con cierta tristeza y es que las cosas eran incoherentes tanto en la Inglaterra Muggle como en la Ingaterra Mágica.

- ¿Pensarlo? – Rió. – Ojalá pudiese planteármelo, Laith. – Dijo tomando asiento en unos de los bancos e indicando al chico que tomase asiento en caso de querer. – Podría volver a Australia en un abrir y cerrar de ojos, no te lo niego. Pero darían conmigo y mi familia. Mi madre ya  me ha dicho que se siente vigilada, y eso que apenas contacta conmigo para no tener problemas. Pero tengo una hija, no puedo dejar el país e irme dejándola a ella aquí. Sé que está su madre y que ella no tiene ningún problema por su sangre pero si les pasase algo y yo me hubiese ido por miedo a ser capturado no me lo perdonaría. – Y tampoco quería dejar el país. Era su casa, el lugar donde había crecido. No quería tener que irse por aquella situación que ahora vivían. – Soy de esos locos que piensa que la noche es más oscura justo antes de amanecer. Y sí, acabo de citar una película de Batman. – Bromeó. – ¿Tú dejarías todo? ¿Qué harías si fueses yo? – Y aquella pregunta iba realmente en serio. ¿Qué haría otra persona en su situación?
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Laith Gauthier el Jue Mar 30, 2017 1:47 am

Ambos habían ido saltando por todo tipo de temas a lo largo de su conversación, sin cortarse en ningún momento por ello. Casi como si supieran que el otro estaba igual de desvariado que uno mismo y por ello pudieran hablar de cualquier cosa. Hablaban con la misma seriedad con la que uno habla de átomos y política al hacerlo sobre sombreros antiguos recién hechos, riendo cuando lo tachó de loco por no saber que haciendo un sombrero pronto más rápido sería antiguo.

Los magos están muy locos, ¿sabes? Y los polvos mágicos hacen que vengan las hadas como Campanilla y atraen ácaros mágicos. Si quieres puedes robarte el polvo y me das a mí todos los galeones, que los cuidaré bien —le dijo como si fuera bastante lógico, resistiéndose a reír mientras que Steven no había podido aguantarlo más y rompió a hacerlo. Era divertido poder decir incoherencias sin miedo a que el otro pensara que estaba como poco loco.

Una de las cosas que Laith odiaba, como el buen comedor que era, era marearse y vomitar. Tanto le costó disfrutar esa comida como para que acabase en el balde de la basura o en el excusado al haber vomitado. Prefería primero subirse a todos los juegos y después comer a gusto, sin miedo a vomitar y que pudiese arruinar su buen día. Así se disfrutaba bastante mejor la comida y los juegos, sin que ninguno de los dos hiciera una mala combinación.

¿Le echaste a la sopa azúcar? —soltó una risa al escucharlo, oyendo la anécdota acerca de su ex esposa con una sonrisa bastante divertida en el rostro. — Creo que tu ex mujer te odiaba e intentó envenenarte al poner las cosas escritas tan pequeño, cosa que te equivocaras. Así hizo también con el cloro y el agua, pero nunca bebiste agua y no te diste cuenta —le dijo con una risa, indicando las malévolas intenciones de la mujer aquella. Sólo bromeaba, en realidad, aunque pensó en su tontería que debía probar la sopa con azúcar para saber cómo sabía.

No pudo evitar preocuparse cuando le dijo sobre el “negocio familiar”, preguntando de forma indirecta la situación sanguínea de la niña. Todas las personas le generaban la misma cantidad de preocupación, así que en realidad no pensaba que pudiese ignorarlo fácilmente. Al menos pudo calmarse cuando le dijo que su madre le había otorgado una sangre mestiza pese a llevar su apellido, haciéndolo reír ligeramente debido a ello. Asimismo le ocurrió con su hermana, la que se alegró de escuchar que estaba bien, sin poder creerse que aquella chica que pensó nunca haber visto ni de reojo en realidad había trabajado con él.

No lo sé, en realidad a estas alturas no estoy muy seguro de nada con el Ministerio —le hizo saber cuando le preguntó si los aurores seguían llamándose así. No iba a preguntar su localización, no era así de imprudente; vivía con el miedo de que alguien lo manipulara y dañara a los demás con la información que sabía, así que prefería vivir feliz en su ignorancia, sin que pudiesen dañar a alguien que le hubiese dicho nada relevante. Sólo esperaba que los demás países pusieran las cartas sobre la mesa antes de que pudiese suceder nada realmente malo, incluso peor de lo que ya de por sí se llevaba a cabo.

El tema se había vuelto un poco taciturno, sentándose a su lado mientras suspiraba. Lo escuchó hablar acerca de lo que haría y los motivos por los que no podía ni siquiera plantearse el hecho de que pudiera escapar. Lo hizo suspirar, acariciándose el cuello mientras lo pensaba un poco, con Steven hablándole y él escuchando, que incluso había bromeado citando a Batman. Él no pudo evitar sonreír a medio lado por ello.

No estoy en tu situación, yo… no tengo nada que dejar, ¿sabes? No tengo parientes, pareja, nadie depende de mí. Y por eso me quedé aquí, porque pensé que prefería morir de pie a vivir de rodillas —le hizo saber, mirándolo. — Si tuviera una hija, una madre que se preocupara por mí, creo que me hubiese marchado a un lugar seguro. No es dejarla, si dices que ella está a salvo, ¿pero y qué pasa si te sucede algo a ti? Creo que le harías mucho daño —le confesó. Era su manera de ver las cosas, al menos, hacer sufrir a alguien que apreciaba mucho a uno no era para nada un pensamiento agradable.

Había maneras de quizá reconsiderarlo, aunque no había una forma precisa de que las cosas salieran bien. Todo tenía pros y contras, lamentablemente, pero en su caso lamentablemente no tenía mucho que perder si alguien llegaba a descubrirlo y juzgarlo por traición. Steven, a su forma de verlo, tenía algo que perder, alguien sufriría su pérdida si llegaban a hacerle daño.

¿Por qué tienes que hablar de temas así? Ahora quiero otro helado para volver a contentarme —se quejó. No le gustaba tocar temas así de oscuros, y probablemente comprase algo de helado antes de regresar a casa si no veía a algún vendedor ambulante. Con el clima, no era extraño que no hubiese mucha venta de cosas frías.
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Steven D. Bennington el Jue Mar 30, 2017 11:29 pm

¿Tan raro era echar azúcar a la sopa? ¿O sopa al azúcar? Para Steven no era ni de lejos una de las cosas más raras que había hecho en uno de sus múltiples intentos por cocinar sin quemar la casa. Algo que, por suerte, no había sucedido a pesar de haber casi intoxicado a más de uno en numerosas ocasiones.

- Mejor no te digo cómo quedaron mis primeras lentejas. - Aquello eran piedras. Piedras sin sabor. Y con un color tanto raro que aún no entendía cómo había sido capaz de descubrir precisamente con los dientes que sus lentejas estaban duras. Además, aquello olía a ropa sucia, de esa que se queda tres semanas encima de la silla y viaja a la cama cada día y vuelve a viajar a la silla cada noche. Sí, también había tenido su época de acumular ropa en la silla con tal de no recogerla luego y eso que a golpe de varita las cosas eran más sencillas. – Casi se envenena ella sola, que la sopa nos la comimos los dos. – Rió. Esperaba que lo del agua jamás sucediese con ninguna persona, pues con la cantidad de agua que podía llegar a beber Steven en un día acabaría muerto en cuestión de horas. O al menos en urgencias con graves signos de intoxicación.

Steven había pensado en muchas ocasiones sobre qué sería lo mejor que podría hacer en aquella nueva situación. Había sopesado la opción de marcharse del país, por supuesto que lo había hecho. Pero había considerado que se trataba de una acción egoísta que no podía permitirse. Ni siquiera su hermana aceptaba aquella huída como válida. Londres era su hogar. Inglaterra lo había sido durante prácticamente toda su vida e irse de allí no sólo era una señal de cobardía, sino que también era de conformismo. Como si no les importase perder todo lo que años les había costado construir. A fin de cuentas, su vida entera.

- A mí no me va a ocurrir nada. – Dijo con la misma ilusión de siempre, y es que Steven era de esas personas que podían ver todo negro y tomárselo como una manera de aprender algo nuevo que, seguramente, resultaría positivo para otra ocasión. - ¿No ves que ya tengo controlados a los del Ministerio? – Preguntó retóricamente alzando sendas cejas. Además, Steven siempre había contado con un pequeño truco bajo su manga, y es que podía modificar su aspecto físico a su antojo sin ningún tipo de problema. Por lo que buscarle por su apariencia física era algo relativamente complicado.

Cualquier tema de conversación resultaba más agradable que aquel por el que habían optado y, por suerte, tanto el uno como el otro no tardaron en darse cuenta. Una vez más, saltaron de tema como si permanecer durante mucho tiempo en el mismo les causase algún tipo de reacción alérgica.

- Yo creo que optaré por vainilla esta vez. – Dijo sacando un par de monedas de su bolsillo para acercarse al puesto de trabajo que, curiosamente y no precisamente por casualidad, estaba a un par de metros de distancia de dónde habían tomado asiento. – Elige sabor o te lo traigo de pistacho. A no ser que te guste el helado de pistacho, entonces no tiene gracia. – No comprendía cómo había gente a la que le gustaba el helado de pistacho. El pistacho estaba bueno. El helado estaba bueno. Pero junto no era una buena mezcla. Era como hacer helado de espaguetis a la carbonara.

Una vez fue al puesto de helados aprovecho y compró una botella de agua y, como buena persona que en más de una ocasión come con los ojos, un paquete de Kinder Bueno. El dulce al que mejor le habían puesto el nombre en la historia de los dulces.

- ¿Regaliz rojo o negro? – Preguntó volviéndose a sentar en el banco y tendiéndole uno de los helados a Laith. – He comprado esto. Pero la mitad es mío. – Dijo enseñándole el paquete de Kinder para guardarlo en el bolsillo de su abrigo antes de ponerse a comer la segunda tarrina de helado. - ¿Nunca te has preguntado de dónde viene el nombre de “regaliz”? ¿A quién se le ocurrió llamarlo precisamente así? ¿Galiz dos veces? No tiene mucho sentido, no sé qué es un galiz. – Rió. Sí era de esas personas que pensaba demasiado en tonterías.
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Laith Gauthier el Vie Mar 31, 2017 12:55 am

No sabes cómo te entiendo, la comida simplemente no se deja hacer por mí… A veces la sopa instantánea me queda mal, ¿te imaginas? No sé cómo no muero de hambre —le pareció graciosa la coincidencia de que al menos él era un asco al meterse en la cocina, así que comprendía más o menos lo que se sentía, soltando un sonido de ternura. — ¿Se querían tanto que decidieron probarla juntos? Así, si uno moría, se moría el otro —hizo su propia historia de amor en su cabeza. Le daba un poco de curiosidad saber qué era lo que sucedió entre su relación, pero era obvio que no iba a preguntar.

Laith a veces se sentía sumamente preocupado por el hecho de poder morir, un miedo lógico y racional. Pero le preocupaba más vivir una vida que no tenía sentido, casi como una pelea entre el corazón y la razón en la que ya todos sabían quién había ganado. No por nada Laith estuvo en Pukwudgie, la casa del corazón en Ilvermorny, la mente no era su fuerte o de lo contrario hubiese sido llamado por la Serpiente Cornuda, que no había sido ni de lejos el caso.

Eso espero… Si mueres, te reviviré sólo para matarte otra vez —lo amenazó, con una sonrisa. Realmente le dolería perderlo, en un par de encuentros había acabado agradándole mucho, así que su pérdida sería lamentable. No pudo evitar volver a reír en cuanto escuchó que tenía dominado al Ministerio. Pensaba que tenía que ser complicado vivir a escondidas, como ratas en las alcantarillas, una vida para nada digna. Y eso lo llevaba a Hogwarts, ¿cómo tratarían a los niños ahí?

Encontró la excusa perfecta para pedir otro helado, el helado nunca le venía mal en realidad, así que tenía con toda la seguridad del mundo ganas de comerlo todo el día. Le tendió algo de dinero a Steven cuando éste lo sacó, en una clara señal de que iba a dejarlo ir a comprarlo a él y planeaba quedarse sentado, pensando cuando le dijo que eligiera el sabor y sugiriendo uno que él no veía nada de malo, se quedó mirándolo unos segundos, su amenaza no tenía gracia, tal como lo dijo.

Lo siento, amo con tanta intensidad al helado que lo amo en todas sus presentaciones, formas, colores y sabores —le dijo con una sonrisa. Podían darle helado de cualquier tipo y él sería completamente feliz, así que el pobre Steven no iba a tener fácil hacerle bromas cuando hablase de helado. — ¿Quizá de fresa? —le pidió con una sonrisa, sacando su teléfono mientras el otro iba a comprar.

Se entretuvo texteando algunos mensajes, seguía algo pensativo acerca de lo que hablaban antes del tema de escapar, aunque no es que fuera a llegar a una conclusión relevante en realidad. Sólo alzó la mirada cuando regresó extendiéndole el helado y haciendo una pregunta curiosa, pensándoselo unos segundos antes de contestarla.

Rojo —decidió, sin saber bien el motivo, aceptando el helado. — Gracias —le sonrió. Lo oyó hablar acerca del nombre del regaliz, él tenía, como buen amante de la comida y los dulces, una buena teoría respecto a eso. — Pues no sé lo que es un galiz, pero un día, muy desocupado, descubrí que quizá viene del nombre científico que no recuerdo ahora pero se le parecía un poco si rebuscabas lo suficiente —dijo, jactándose de su descubrimiento mientras se disponía a comer su helado.

Se entretenía a veces descubriendo cosas, al menos en sus épocas de estudiante que se aburría mucho; los trabajos no aceptaban tiempo completo, las prácticas de medimagia no le llenaban el día y las tareas no eran suficientes. Era una época donde Laith tenía que estar siempre ocupado y por ello a veces investigaba sobre comida, bendito fuera el internet nomaj.

Si solo pudieras comer una sola comida por el resto de tu vida, ¿cuál elegirías y por qué? —le sonrió cuando se le ocurrió aquella pregunta tonta, sólo para llenar un poco el espacio vacío de la conversación tras hablar sobre de dónde provenía el nombre del regaliz. Era tonto que se hubiese planteado semejante pregunta en algún momento.
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Steven D. Bennington el Vie Mar 31, 2017 9:20 pm

¿Cómo a alguien le podía quedar mal la sopa instantánea? ¿Cómo era eso posible? Seguramente a Steven también le habría pasado de saber que existía la posibilidad de hacer la sopa de manera instantánea sin recurrir a tener a su madre al otro lado del teléfono mientras intentaba no prenderle fuego a la cocina. Algo que, sorprendentemente, aún no había sucedido. ¿Por qué? No, él tampoco lo sabía. Si era capaz de hacer tales desastre culinarios aún se sorprendía de no haber terminado rodeado por las llamas en más de una ocasión. Cuestión de suerte.

- Porque existe la comida rápida. Creo que es uno de los mejores inventos del hombre hasta el momento. – Hizo una breve pausa.  – Juraría que eso lo dije de la pizza, así que me cito a mí mismo. – No pudo evitar reírse de sí mismo, y es que una de las cosas que Steven adoraba por encima de cualquier otra cosa era la comida. La gente cuando comía era feliz. La comida era vida. ¿Qué más se podía pedir? Bueno, se podía pedir que no la hubiese hecho él, así seguramente el sabor sería incluso bueno.

Steven no lo pensó dos veces a la hora de ofrecerse a ir a por más helado. ¡El helado era algo que jamás sobraba! Lástima que en aquel pequeño puesto de helados los sabores no fueran nada del otro mundo, pues tenía ganas de uno de esos de tarta de queso. O quizá de vainilla con nueces de macadamia, por lo que no tuvo más remedio que conformarse con la simple y tradicional vainilla.

- ¿Pistacho? ¿En serio? – Fingió sentir un escalofrío de forma exagerada, como si incluso un fantasma acabase de atravesar su cuerpo. Algo que no resultaba agradable, pues lo había comprobado durante su tiempo en Hogwarts como estudiante donde tenía que convivir con diversos fantasmas, los cuales no iban por ahí mirando si había gente a su paso. Más bien pasaban y si en su camino se topaban con algún ser humano se limitaban a atravesarlo como si fuese una simple pared. – Oído cocina. – Colocó el dedo índice y el corazón en su cabeza y los elevó a forma de afirmación militar.

Tomó dos nuevas tarrinas de helado, a lo que el dueño de puesto contestó con una amplia sonrisa. Si pasaban mucho más tiempo allí, no le cabía duda que le harían a aquel hombre el mes sólo comprando ellos dos. No sabía si su compañero tenía límite en el estómago pero él claramente carecía de uno.

- A lo mejor viene de los galos. Lo fabricarían con tripas de algún animal y le darían la forma y el color del regaliz rojo. – No, no creía ni de lejos que fuese eso. - ¿Hasta el regaliz tiene nombre científico? Cuanto avanza la ciencia y cómo se nota que jamás estudié nada de eso. – Se encogió de hombros. – Estos muggles… - Sonrió con aire bromista, pues los muggles tenían tantos inventos ingeniosos que aún no concebía el repudio que recibían por parte de la comunidad mágica.

¡Una sola comida! No podía elegir una. Claro que no podía. Pero de ser un dibujo animado una bombilla hubiese aparecido sobre su cabeza y la luz de esta hubiese cobrado vida con un llamativo tono amarillo.

- El pastel. Y dirás, ¿Pero Steven, cómo dices esa tontería? Y yo te contestaré, porque el pastel puede ser dulce o salado. Y también puedes darle la forma que quieres para que se parezca a alguna otra comida y que incluso sepa a ella. Es como decir… Un batido. El batido puede ser incluso de perrito caliente. O los helados. Pero un helado de lentejas o un batido de pimientos rojos creo que no sería muy bueno para mi estómago. – No pudo evitar reír por aquella tontería.  – Lo que me recuerda… Antes vivía con Agnes, una mujer bastante simpática. Le dije que iría a cenar hoy porque me sobornó con pastel de carne. Suele hacer comida para todo un regimiento así que si quieres… Puedes venir. Creo que es lo mínimo que te debo después de la pizza gratis y lo que podía haber acabado en tu muerte. – Se sentía en deuda con Laith. Y más cuando  este aún no se había marchado por miedo a ser capturado por la justicia como, estaba seguro, más de una persona haría.

A todo esto, ¿Cómo saliste de una sola pieza del local? ¿Te dio tiempo a desaparecerte? – Rió. – Los Mortífagos son cada día más lerdos, por lo que veo. – Porque perder a uno tenía un pase. Pero a dos… Perder a dos era demasiado.
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Laith Gauthier el Vie Mar 31, 2017 9:58 pm

Laith se había sacado una maestría en echar a perder la comida; la sopa instantánea, uno tenía que arreglárselas pero sí podía salir mal. Por ejemplo, cuando colocas menos agua de la debida y luego se te ocurre compensar: acaba por saber a nada. Y entonces se te pasa por la cabeza ponerle un saborizante externo y acaba tan condimentado que te temes que tengan que lavarte el estómago, pero te la comes porque no vas a desperdiciar, era parte de su día a día.

“Creo que es uno de los mejores inventos del hombre hasta el momento”, Steven, con toda la comida que ve —lo citó debidamente, negando con la cabeza entre la pequeña diversión del momento. Era cierto que hacer comida en todas formas y sabores era un gran invento, una muestra de creatividad deliciosa que a algunos, él incluido, maravillaban constantemente y sin lugar a quejas.

Laith era simple, sabía que en ese lugar no iban a haber sabores exóticos y por eso se decantó por uno de los más tradicionales. Aunque cuando Steven se marchó pensó que quizá hubiese sido divertido su ir y venir preguntándole por otro sabor, el mero pensamiento le causó sonreír. Pero sólo tonteaba consigo mismo, enviando textos y viendo a dónde iba a parar luego de aquel encuentro, estaba de hecho buscando nuevas aperturas entre los mensajes que recibía y enviaba de vuelta, o algún colega buena gente que lo invitase a cenar por miedo a que el sanador se envenenara a sí mismo.

A veces pensaba que era una ironía que fuese bueno haciendo pociones por herencia y que la cocina lo odiase con tanta pasión. — No sé qué tan apetitoso sería algo hecho de tripas… Aunque, bueno, está la gelatina y nadie dice nada, ¿no? —le comentó, ahora siendo él quien fingía el escalofrío, aunque no tenía nada en contra de la pobre gelatina. — Era un nombre de lo más raro que creo que sólo conocen los más desocupados dígase Laith estudiante universitario —se puso como ejemplo, soltando una risa.

Lo puso en jaque con su pregunta, una sola comida era muy difícil decidirla, y su expresión fue a la par confundida y divertida cuando dijo el pastel. Pero, claro, no era tan ilógico, el sanador sabía que había pasteles de carne, la lasaña podía ser considerado un tipo de pastel incluso, pero al momento que incluyó el batido no pudo evitar soltar una nueva carcajada. No se imaginaba ni de anciano comiendo batidos de comida, su amor por la comida no llegaba tan lejos, le parecía un tanto asqueroso.

A todo lo que le decía, Laith colocaba una atención impresionante. Así le hablara de dragones, de películas animadas o de pasteles y batidos. Era un gran escuchador y quizá era el motivo de su relativa popularidad. Y por ello parpadeó cuando se dio cuenta a dónde quería llegar con contarle sobre aquella mujer. — ¿Es más o menos como un previo a presentarme a tus padres? Esto va muy rápido —bromeó un poco dado que la posibilidad surgió, soltando una risa. — Supongo que si no es molestia, me ahorras el tener que buscar dónde cenar hoy —la comida no se negaba, él no tenía las herramientas, el corazón ni las tripas para negarse a la comida.

Bueno, casi salgo con un ojo menos y sin tres dedos —se permitió bromear con aquello. — Vamos, tengo mis ases bajo la manga, no me arriesgaría a tontas y a locas si no los tuviera —le dijo, como si fuera lo más evidente del mundo, porque a él se lo parecía. Pero no le apetecía decirle cuáles eran dichos ases, prefería mantenerlos así de ocultos por si acaso un día le hacían falta, que esperaba que no fuera la situación. Incluso ahora sabía que podía estar en el punto de mira por compartir un helado con un fugitivo. — Por cierto, muy impresionante tu salida —no pudo evitar comentar con una sonrisa, le había parecido casi profesional aquel escape.

Y el fugitivo lo compraba con helado y con invitaciones a cenar pasteles de carne, qué podía hacer él más que arriesgarse tal y como lo había dicho. Además, él pensaba que los fugitivos tenían ya bastante discriminación como para que encima viniese a negarle la palabra sólo porque podía meterlo en problemas, así no funcionaba su cabeza, no formaba parte de sus principios. Laith, de hecho, quería ser parte del cambio, ayudar a cambiar la forma de pensar de los demás.

¿Entonces trabajabas en una tienda de música antes del ataque? ¿La de Hogsmeade? —preguntó, sólo para empezar a hilar datos, así como Steven le había preguntado por su trabajo de nuevo para hacerlo por igual. Hacía un rato que no iba a Hogsmeade, así que no sabía qué había pasado con algunas de sus tiendas.
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Steven D. Bennington el Dom Abr 02, 2017 10:06 pm

Rió ante su comentario. Claro que la comida era el mejor invento hasta el momento y él lo repetiría hasta que la frase dejase de tener sentido. Como esas palabras que de tanto repetirlas, escribirlas u oírlas acaban por perder el sentido si es que en algún momento llegaron a tenerlo.

- ¿Acaso he dicho alguna mentira? Venga, valiente, dime un invento mejor que la comida. ¿Ves? No se te ocurre nada en absoluto. – Dijo aquello de manera rápida y atropellada para que a Laith no le diese tiempo a poner queja alguna. Ni a pensar en algo mejor que la comida, pues dependiendo de la persona podía llegar a encontrar una respuesta válida, bajo su punto de vista, mejor que la comida. Como el que prefiere dormir a comer. - ¿Comer o dormir? – Fue la pregunta que se formuló en su mente y que rápidamente convirtió en palabras que llegaron a los oídos de su acompañante.

Había comidas que si te parabas a pensar lo que realmente eran dejaban de ser apetitosas. O bueno, quizá eso le pasaba a algunas personas. Steven era un firme partidario que si algo estaba bueno no importaba ni qué era ni de qué estaba hecho. A fin de cuentas, era comida y alimentaba. Luego se encontraba ese pequeño detalle de la intoxicación. Pero ya se sabe lo que dicen por ahí: lo que no mata, engorda.

- Eso demuestra el mal estado de la educación actual. – Dijo en un intento de mostrarse serio y crítico con la sociedad. Algo, por supuesto, imposible. Steven era demasiado alegre, demasiado despreocupado, demasiado… Demasiado perdido en su burbuja donde todo tenía su lado bueno y no era necesario ponerse en lo peor.

Steven siempre ofrecía lo que tenía a los demás. Por poco que tuviese, no lo pensaba dos veces a la hora de abrirse al resto para compartir con estos. Era una cualidad que tenía desde niño y que con el paso de los años no había perdido, sino que esta incluso se había acrecentado.

- Hombre, si alguna vez quieres echarte unas vacaciones en Australia te paso el teléfono de mi madre y seguro que está encantada de tener vista. – Dijo con la misma sonrisa de siempre. Por mucho que más de una persona se hubiese tomado el comentario como una búsqueda de una segunda intención, Steven no. Era demasiado simple e inocente para aquello. – Tú me lo ahorraste el otro día a la hora de comer. Te debía una y un helado no lo compensaba. Ni dos. – Matizó. Y se sentía terriblemente en deuda con él por haberle metido sin siquiera darse cuenta en aquel problema del ataque de los  magos  que iban en busca de cobrar el precio de su cabeza.

Llevaba tan solo unos pocos meses huyendo de la nueva justicia pero aquello había bastado para convertirse, como bien decía Laith, en un profesional en las salidas. Había aprendido que cualquier momento y lugar era bueno para desaparecerse, por lo que no pudo evitar sonreír ante el comentario de Laith.

- Piensa que al menos te quedaría otro ojo y diecisiete dedos. A no ser que ya hubieses perdido alguno antes. – Mantuvo el habitual tono bromista en cada una de sus palabras. – Tengo estilo para desaparecerme. Creo que han estado tantas veces a punto de pillarme que ahora soy todo un profesional. Si algún día las cosas vuelven a la tranquilidad me postularé como profesor de aparición.

Steven había pasado los últimos años trabajando en aquella tienda. Y si echaba la vista atrás superaban los cinco años los que había estado atendiendo tras el mostrador y dando clases de música a todo aquel que lo necesitase o solicitase.

- Sí. Alquilé un piso en el pueblo e iba andando todos los días al trabajo. Me gustaba la tranquilidad del lugar aunque a veces resultase aburrido si no había alumnos de por medio. – Hogsmeade seguía en pie gracias a la economía que los alumnos le brindaban pues el resto del tiempo parecía ser un pueblo fantasma donde solo los más valientes se atrevían a caminar. - ¿Sabes qué ha sido de ella? James, mi compañero de trabajo, también tenía padres muggles. No sé nada de él desde que todo esto empezó y tampoco he visto su cara en los carteles de se busca así que supongo que habrán dado con él. – Su cara sí que la había visto en más de una ocasión y eso que intentaba mantenerse lo más alejado posible del Mundo Mágico.

- ¿Vamos? Tengo que ayudar a Agnes a poner la mesa. La última vez que lo intentó hacer sin mí casi se parte la cadera. – La mujer non acostumbraba a caminar demasiado por lo que los viajes a la cocina le habían supuesto un duro golpe en su anciano cuerpo. – Está a un par de paradas de autobús de aquí. – Sí, no pensaba aparecerse. ¿Por qué no usar los recursos muggles?
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