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Stressed out [Laith Gauthier]

Steven D. Bennington el Dom Mar 19, 2017 10:41 pm

Recuerdo del primer mensaje :


En las últimas semanas había pasado de ser un ocupa que no tenía donde caerse muerto a tener un lugar donde vivir. Agnes había pedido por activa y por pasiva a los hermanos Benningon que no se fueran de allí pero más tarde que temprano comprendió que no podía hacer mucho para que se quedasen con ella. A pesar de todo, tanto Beatrice como Steven visitaban a la anciana más de una vez por semana para asegurarse que todo le fuese bien y llevarle algo de comida. Y es que desde que el mundo se puso patas arriba había sido una gota de esperanza en sus vidas.

Todo había cambiado una mañana cuando Odiseo apareció en su puerta. Steven suponía que si este había dado con ellos no era porque intentase cobrar el precio que el Ministerio había puesto a su cabeza, sino porque Clementine le había hablado de la situación que vivían tanto Beatrice como Steven. Además, si Odiseo venía a cobrar su recompensa, Steven podría hacer exactamente lo mismo con el ex profesor de Herbología de Hogwarts.

Tras el típico saludo de cortesía, Odiseo había demostrado que si era amigo de Clementine no era por su convencionalidad. Más bien por todo lo contrario. Y suerte que en aquella ocasión Mildred – su pelirroja vaca – no iba acompañándole en la visita, ya que habría llamado la atención de todo el vecindario y posiblemente escandalizado a Agnes, quien casi se cae de su asiento mientras hacía ganchillo al ver a un hombre tan estrafalario como resultaba ser Odiseo entrando por el umbral de su puerta.

- Tranquila Agnes, es un amigo. – La mujer no parecía muy segura, por lo que se pasó toda la conversación de los dos hombres escondida tras la puerta de la cocina con la escoba en mano, dispuesta a atizar con esta en la cabeza de Odiseo si las cosas se ponían complicadas.

Por suerte, no hizo falta que Agnes descargase toda su furia en la cabeza de Odiseo a golpe limpio. Pues el chico, como ya sabía Steven, venía en son de paz. Odiseo habló y habló. Divagó, como Steven esperaba que hiciese por lo que le había visto en veces anteriores. Y, finalmente, llegó a lo que venía a contar. ¡Un refugio! Diferentes magos habían decidido crear una pequeña comunidad segura para proteger a todos aquellos que estaban siendo perseguidos por la justicia. Para traidores de sangre, familiares de magos, sangre sucias, criaturas y cualquier otra persona que necesitase cobijo. Eso sí, Odiseo aseguró que todos eran de total confianza y que él, como amigo de Clementine, tenía una plaza asegurada  en aquel lugar.

Se mostró reacio en un primer momento a aceptar a Beatrice en la comunidad pero Steven no tardó en darse cuenta que no era más que otra broma del chico. ¡Y voilà! Su vida había dado un giro de ciento ochenta grados sin siquiera verlo venir.

Dos días después, todas sus pertenencias reposaban en su nueva casa. No era nada del otro mundo, pero para Steven era un mundo entero. Para Steven era la libertad de que Beatrice no viviese encerrada día a día en el interior de su casa. Para Steven era volver a ver sonreír a su hermana, y eso para él lo era todo.

Tardó exactamente veintitrés minutos en encontrar trabajo. Fue exactamente el tiempo que tardó en salir del probador del H&M que se había convertido en una de las entradas secretas del refugio, pasear por el lugar y encontrar una pequeña pizzería situada a diez metros del centro comercial y entrar en esta. Descolgó el cartel de la entrada y ya tenía un puesto de trabajo. ¡Para que luego hablan de crisis económica!

De eso habían pasado ya dos semanas. Dos semanas en las que Steven sintió por un momento que había recuperado parte de su vida, aunque esta no fuese exactamente la que le gustaría. Era un paso, todo había que admitirlo. Y tan sólo esperaba el día en el que ya no tuviesen que vivir a la sombra.

- Dos de chocolate dobles. – Pidió el chico con una sonrisa antes de cruzar la acera para toparse con una cara conocida que tocaba con su guitarra en mitad de la acera. Esperó a que la música de la canción cesara y, cuando las últimas monedas cayeron en la funda del instrumento, se acercó con una sonrisa amable. – Un Lannister siempre paga sus deudas. – Hizo una breve pausa para reír. – Soy un asqueroso sangre sucia, no me juzgues por mi cultura muggle. – Añadió tendiéndole uno de los helados a Laith sin saber si le gustaría el chocolate. Pero, ¿A quién no le podía gustar el chocolate?
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Laith Gauthier el Dom Abr 02, 2017 10:53 pm

Laith había abierto la boca para atreverse a decirle un invento mejor que la comida, aunque de ella salió una carcajada en cuanto se dio cuenta que no iba a dejarlo contestar por la forma tan atropellada en que se dio la razón diciendo que no se le ocurría ni una sola cosa. Lo cierto es que no había pensado aún en nada, pero sí que iba a animarse a decir la primera tontería que se le ocurriese, cosa que claro no tuvo la oportunidad de hacer.

Hago tan poco de las dos cosas… —suspiró, con un deje de victimismo, — creo que prefiero comer, ¿sabes? Puedo durar varios días en vela y tan radiante, pero si paso demasiado tiempo sin comer me pongo de malas y a nadie le gusta verme así —se encogió de hombros; no tenía un buen aguante para soportar el hambre, aunque por su exigente trabajo muchas veces era inevitable que se olvidase de ello. No devolvió la pregunta porque, tal como defendía la comida, era bastante evidente.

El estilo serio que Steven intentó imitar no le quedaba, hizo que Laith enarcara una ceja mientras lo miraba un tanto divertido. Quizá se había acostumbrado a que siempre lo veía tan alegre y despreocupado que simplemente no se lo podía imaginar verdaderamente serio. Pero no tuvo mucho tiempo a pensar en eso cuando soltó una risa breve al notar que no detectaba la intención de sus palabras, dándole incluso algo de ternura aquello.

No lo sé, hace demasiado calor, soy un tipo de frío. Además, probablemente me deporten por robarme un canguro —bromeó un poco con ello. No era un amante de los animales, así que seguramente no le apetecería mucho ver la fauna del lugar y se concentraría más en la cultura de la gente. Pero lo tiraba un poco para atrás las imágenes de internet donde salían animales de lo más escalofriantes en sitios tan normales. — Pero eso fue porque la moneda lo dijo; por cierto, no estaba trucada, la revisé bien en casa —recordó el inusual resultado que les había tocado en el primer lanzamiento.

El sanador no se sentía especialmente preocupado por lo que sucedió ese día; no había su primer encontronazo con Mortífagos ni tampoco iba a ser el último, aunque por suerte de éste salió muy bien parado, esperaba que ni siquiera hubiesen alcanzado a mirarle bien como para meterlo en un problema. Al mencionar que tendría un ojo y diecisiete dedos, se contó los de las manos y miró sus pies como si intentara recordar si no le faltaba ya de por sí uno, aunque no era en serio. Si no había perdido la mano jugando Quodpot, un escape no haría gran cosa.

Creo que sólo pueden salir los fines de semana, ¿no? —le preguntó, por lo que había alcanzado a saber del colegio, ya que no era su tema favorito. — No he ido a Hogsmeade recientemente, así que lo cierto es que no sé cuál es el estado de la tienda… En cuanto me pase, daré un vistazo y te lo haré saber —le dijo, con algo de pena por lo de su compañero. No sabía cómo había gente tan concentrada en hacer daño a los demás que ni siquiera se fijaban en eso.

Estaba terminando su helado cuando el otro le invitó a dirigirse a la casa de la mujer, asintiendo y levantándose. Personalmente hubiese preferido caminar, aunque tampoco le importaba utilizar el autobús. — Será mejor que nos apresuremos para que no se meta en problemas —le sonrió sin preocuparse demasiado, pensando un poco. — ¿Ella es…? —le preguntó, dejando al aire lo demás. Básicamente le preguntaba si era una bruja, si sabía del mundo mágico, para tener una idea de qué tanto podía hablar cuando estuviese en su presencia.

Se dirigieron a la parada para esperar el autobús que los llevase, subiéndose a aquel que Steven le hubiera dicho. Prefirió quedarse parado, pues el asiento que había visto vacío prefirió cedérselo a una chica que subía también, con una llamativa palestina violeta, de la que no pudo evitar comentarle que le sentaba bien con toda la buena intención del mundo. No se sentía incómodo por el transporte, sólo se aseguró que ninguna de sus cosas pudiese ser robada por su fácil acceso, tarareando en voz baja para sí mismo una canción, pues no le apetecía hablar mucho en un sitio tan concurrido donde quizá más de uno se enteraría de su conversación.

Miró incluso un poco su teléfono, para variar alguien le había contestado positivamente, aunque ya no era necesario, así que procedió a contestar que acababa de surgirle un asunto de trabajo y que se verían otro día. Usualmente nunca podía quedar con alguno de sus amigos y cuando podía ya había hecho planes, era una curiosa ironía.

Bajaron del autobús cuando Steven hizo saber que habían llegado, sin preocuparse demasiado mientras se estiraba un poco. — No sé si sobreviviría tener que usar el autobús todos los días —le comentó. Él siempre accedía a todos los sitios caminando, o bien volando o apareciéndose, según fuera el caso, aunque los transportes públicos no eran precisamente su cosa favorita en el mundo, pese a gustarle viajar en tren.
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Steven D. Bennington el Dom Abr 02, 2017 11:41 pm

Steven adoraba dormir, por supuesto. Era su actividad deportiva favorita, esa de permanecer en la misma posición cómodamente tumbado durante largos periodos de tiempo donde su cuerpo y mente descansaban. E incluso tenía periodos donde su mente volaba a un país lleno de imposibles que su imaginación le brindaba, lo cual era como tener televisión en abierto pero sin necesidad de pagar una cuota mensual. Lo cual era algo favorable para alguien con tan pocos ingresos económicos como lo era él en aquel momento. Pero comer… Ah, comer.

- Pero imagina que pudieses no tener sueño nunca sin dormir. Ni hambre nunca, no te haría falta comer. ¿Qué opción preferirías? – Steven tenía claro que era comer. Era de esas personas que se paraba durante largos periodos de tiempo para dedicarlos a comer. Era una actividad que requería su tiempo. Le agradaba disfrutar de cada plato, de cada sabor. De la misma manera que disfrutaba cada momento. Pues la vida, al fin y al cabo, se componía de pequeñas cosas. Y esa era una de las favoritas de Steven. La cual, además, no consideraba siquiera pequeña.

Había trabajado durante tanto tiempo en aquella pequeña tienda de música que en aquellos momentos se le hacía terriblemente extraño no tener la oportunidad de vivir entre los instrumentos musicales. Echaba de menos la tranquilidad de las calles, el ir y venir de los alumnos, el olor de los instrumentos, el desorden en el que se encontraban habitualmente las partituras, las cajas de discos de segunda mano preparados para ser ordenados… Todo aquello parecía un recuerdo tan distante como si hubiese pasado una eternidad, aún cuando no habían pasado siquiera unos meses desde el cambio que había sufrido todo su mundo.

- Uno de cada mes y si el sábado cae en número par. – Bromeó. – Sí, el resto de tiempo el colegio funciona como internado. Así que solo la gente que vive por el pueblo se pasa por la tienda, aunque en los últimos años los antiguos alumnos aprovechaban la semana para venir a clases de música, así se hacía más llevadero. – Dijo con cierta nostalgia. – No era un trabajo muy ajetreado, estaba bien pagado y era lo que me gustaba, ¿Qué más podía pedir? – Pero era algo que ya no tenía. Trabajar como profesor de música había desaparecido de sus posibilidades a causa del nuevo régimen y la opción de visitar Hogsmeade ya ni siquiera existía.

Steven no tardó en terminar su helado y tirar la tarrina vacía en una de las papeleras nada más levantarse. Esperó a que Laith hiciese lo propio y se encaminó rumbo a la parada de autobús más cercana.

- ¿Agnes? – Preguntó sin entender muy bien a qué se refería exactamente. – Ah, Agnes. – Afirmó con la cabeza ante su pregunta. – No mágica. Es solo una anciana muy amable que nos acogió a Beatrice y a mí cuando lo necesitamos. Creo que ella también nos necesitaba a nosotros así que… Sigo yendo a verla. – Era un encanto de mujer, aunque se pasaba el día repitiéndole que estaba cada vez más delgado y que eso se debía a que no comía nada con su cambio de empleo. Lo que no sabía Agnes es que Steven previamente no había trabajado por lo que pasaba en el mundo mágico que ella desconocía. – Está mayor. No se entera de mucho así que si se te escapa algo no creo que se entere. Además, está medio sorda también. El otro día me insistió en que le trajese pichas y estuve como veinte minutos pensando que me había mandado a un sex shop. Luego caí en  la cuenta que hablaba de pizzas, así que si dice algo de pichas… Tú no te asustes. – Ese término era tan infantil que sólo lo usaban los más pequeños, por lo que a Steven tampoco le había extrañado que, precisamente Agnes, lo utilizase.

El trayecto en el autobús, por suerte, no era demasiado largo. Steven nunca se había llevado bien con el transporte público si tenía que ir de pie pero dado que estaba lleno no tuvieron más remedio que quedarse de pie durante todo el trayecto mientras seguían hablando de temas sin demasiada importancia, como tendían a hacer siempre. Pues cuando pasaban a un tema con mayor importancia le daban la vuelta de tal manera que pareciese ser todo lo contrario.

- Te acabas acostumbrando. Pero es más cómodo aparecerse. – Él había usado el autobús diariamente durante su niñez para ir a clase y las cosas habían vuelto a ser así cuando había vivido con Agnes y tenía que acompañar a la mujer a cualquier lugar. – Podíamos habernos aparecido pero para algo soy un ladrón de magia. – Matizó aquello último elevando las cejas antes de reír. – Vamos, es aquí. – Animó al chico antes de sacar la llave del bolsillo para abrir la cerradura de la puerta principal del edificio. Llamó al ascensor y subieron tres pisos hasta dar con la planta donde vivía Anges. Llamo a la puerta con los nudillos en un divertido tono musical y acto seguido abrió con la llave. – Agnes, ¿Estás visible? – Preguntó con tono bromista cerrando la puerta tras pasar ambos. – Traigo a un amigo a cenar. Espero que no te… - Antes de poder decir nada más, Anges apareció dándole un notorio beso a Laith en un lado de la cara.

- Ah, Beatrice, cuánto tiempo sin verte. ¡Cuánto has crecido! ¿Y qué tienes ahí? – Le frotó los tatuajes del cuello como si de manchas se tratasen. - ¿Y ese corte de pelo? ¡Steven! Deja de reírte de tu hermana, ¿No ves que lo está pasando ya bastante mal con ese corte de pelo que se ha hecho? Ay, querida, denuncia al peluquero con lo largo que tenías tú el pelo…

Steven no sabía dónde meterse en aquel momento con la risa. Y  es que además de estar medio sorda, Agnes estaba un tanto ciega. Y mejor ni hablar de que vivían en su propia burbuja.
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Laith Gauthier el Lun Abr 03, 2017 2:08 am

Comer, definitivamente comer —aquello no se lo podía negar a nadie. Ponerle a Laith comida en frente era convertirlo casi en un cachorro que te adoraba sólo por alimentarlo, una forma un poco abrupta de decidir en quién le generaba confianza o no pero que hasta entonces le había servido bastante bien. Pocas cosas disfrutaba con la misma intensidad que un buen platillo de comida, todo había que decirlo.

Le resultó curioso el sistema de salidas a Hogsmeade hasta que se dio cuenta de que su acompañante estaba bromeando, sonriendo tardíamente por aquello. Se preguntaba cómo debía haber sido, porque lo cierto era que nunca se había animado a entrar en la tienda de música: la veía desde el exterior, pensaba lo genial que era y se marchaba a otro sitio; ahora se arrepentía un poco de no haber entrado en cuanto tuvo la oportunidad, ya que, por lo que escuchaba, era probable que ya no estuviera funcionando.

Quizá, si se llegan a calmar las cosas, puedas poner tu propia tienda de música… Yo sería el cliente molesto que entra, pregunta muchas cosas, ve y se va sin comprar nada —le guiñó el ojo, planeando aquel futuro trabajo de ensueño para Steven, aunque la palabra clave era el “quizá”. Porque era improbable que pronto llegase a calmar la tormenta, pero bien podría imitar a alguien con una poción multijugos, a algún mago desaparecido quizá, suplantando su identidad.

Preguntó a medias algo que pensó evidente, y que el otro comprendió pasado un poco de tiempo. Ya que ahora sabía era nomaj, no se iba a poner a hablar de magia ni de hechizos en frente de ella, por supuesto, muy a pesar de que Steven asegurase que no se enteraría si se le escapaba algún comentario al respecto. Pero sabía trabajar con nomajs y por ello no era algo de lo que preocuparse, tentándose de la risa cuando le contó la anécdota de las pichas. Se le ocurrió una broma de doble sentido, pero prefirió mantenerse elegante.

Hubiera pagado por ver la cara que se te quedó, y quizá también si se te hubiera ocurrido llevarle algo de una sex shop —no pudo evitar decirle, ya que en realidad los mayores eran muchísimo más conservadores en esos temas y por ello probablemente iba a haber algún infarto de por medio no literal para la pobre Agnes.

Hicieron el viaje en el transporte público sin el menor de los inconvenientes; hablar con Steven era reconfortante, hasta el tema más serio parecía una conversación casual y un tanto absurda con él. Y era el humor absurdo que le agradaba, las personas que lo tomaban todo demasiado serio no le resultaban tan interesantes como aquellas que hablaban de todo con un aire de entusiasmo extraño.

Ah, claro —le dio la razón cuando le recordó que era un ladrón de magia; estaba seguro que cualquiera que los viese hablar de eso pensaban que era una broma local por la naturalidad con la que lo decían. Lo siguió a través del edificio y subiendo por el ascensor, mirando las decoraciones del lugar. Era extraño, un poco, al menos para él, aunque no le dio mucha importancia hasta que abrieron la puerta y fue recibido de una forma muy cálida. Tanto que la encontró sobrecogedora.

Un notorio beso en el rostro y la mujer comenzó a preguntarle cosas, llamándolo por el nombre de su anterior compañera de trabajo. Su estupefacción no era difícil de notar mientras buscaba palabras en su cabeza, volteando a ver a Steven mientras la mujer le intentaba borrar a fuerza de fricción el tatuaje del loto. Ese idiota se había puesto a reír y no parecía tener muchas ganas de ayudarlo a salir de aquel lío.

Se-señora Agnes —trató de llamar su atención, de que notase su voz masculina, pero no dio resultado: fue olímpicamente ignorado. Ella pasó a hablar de su cabello, ¿qué tenía de malo? Su inicial sorpresa cambió radicalmente a una inesperada gracia, teniendo que morder su labio inferior para no soltar una carcajada. — ¿Verdad que sí? Y Steven no hace más que reírse —trató de imitar el voz de su excompañera, aunque en realidad sólo era por seguirle un poco el juego.

No era del tipo de sujetos que se enfadaban si les tocaban de más, por ello no puso peros al intento de borrarle el tatuaje y, aunque fue un poco incómodo, no le molestó seriamente el beso a la mejilla, entendía que le habían confundido con una persona preciada aunque eso le dañara un poco el orgullo de hombre. Decidió otra vez hacer su intento por cambiar el rumbo de la situación.

Señora Agnes, no soy Beatrice, soy un amigo de Steven, Laith —trató de nuevo de corregir la confusión, sujetándole las muñecas con suavidad por si se le ocurría de nuevo irle a tallar el cuello para borrarle la supuesta mancha. Le dirigió una mirada a Steven de cierto fastidio, que en lugar de ayudarlo se pusiese a reír no era de su preciso agrado, aunque incluso siendo la víctima de la confusión también le daba bastante gracia, no podía hacer nada al respecto.
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Steven D. Bennington el Lun Abr 03, 2017 7:21 pm

Para montar su propio negocio se necesitaban muchas cosas. En primer lugar, como ya había dicho Laith previamente, que las aguas volviesen a su cauce. Y, en segundo lugar tener un presupuesto suficiente como para poder hacer algo así. Steven nunca había tenido una cuenta bancaria amplia, más bien se caracterizaba porque salían telas de araña de ella. No había trabajado para grandes empresas, no había ganado la lotería, ni nada similar. Simplemente había trabajado durante toda su vida, había pagado un alquiler, había cubierto sus gastos y, por supuesto, había mantenido a su hija durante los últimos once años.

- Creo que eso sería demasiada responsabilidad para alguien como yo. No me veo capaz de llevar un negocio, la verdad. – Rió. No se imaginaba teniendo tanto control sobre sus manos. Era de esas personas que preferían quedarse en un segundo plano y afirmar con la cabeza cuando tenían que hacerlo. Pero eso de tener que tomar decisiones y controlar al resto no era su punto fuerte. ¡Si hasta le costaba dar órdenes a su propia hija!

Steven era una persona, por regla general, inocente. Por lo que su cara al escuchar a Agnes hablar de “pichas” fue todo un poema. Claro que lo fue. ¿Cómo no iba a serlo? Durante varios minutos se quedó pensando en cómo una mujer cómo aquella, ya entrada en años, tenía ganas de algo así. Pero luego pensó en que su marido llevaba ya un par de años muerto y quizá aún con esa edad se tenían ciertas necesidades primarias. ¡Quién sabe! Pero finalmente, y gracias a Merlín que fue antes de hacerle algún tipo de pregunta extraña, se dio cuenta que hablaba de pizzas, ya que ahora Steven se dedicaba a repartirlas en un local de comida rápida de la ciudad.

- Lo pensé pero… Menos mal que no sucedió. ¿A esa edad se siguen teniendo ganas? – No se había parado jamás a pensarlo. Ni siquiera se lo había preguntado a sus padres y sus correspondientes nuevas parejas. Aunque suponía que era algo que no decae con los años, al menos en el caso de los hombres. Y quizá incluso en el de las mujeres, pero al no encontrarse en el cuerpo de una no era capaz de ponerse en situación de cómo sería aquello.

Una vez en casa de Agnes, el espectáculo comenzó. Agnes era una mujer con cataratas, problemas de oído, dolores de cadera, problemas de riñón y páncreas, necesitaba tomar varias medicaciones diarias y, en caso de haber sido hombre, seguramente hubiese tenido problemas en la próstata. Fue por eso que no lo dudó ni un segundo a la hora de confundir a Beatrice con aquel desconocido al que jamás había visto. Demostrando que la ilusión que tenía por ver a la chica no había desaparecido aunque Beatrice no pudiese ir a visitarla con tanta frecuencia como le gustaría debido a la situación por la que pasaban los nacidos de muggles.

Steven no pudo evitar romper a reír sin tapujo alguno. Ver la cara de Laith en aquel momento no tenía precio y ver la ilusión que Agnes ponía en la situación tampoco.

-¿Laith? ¿Qué nombre es ese?– La mujer se apartó de Laith, sorprendida. Como si por vez primera reconociese que no estaba ante Beatrice sino ante un chico que no conocía. – Ah, Laith. Steven me habló de ti. – Steven frunció el ceño.

- ¿Ah sí? – Preguntó más por sorpresa que por ninguna otra razón. Jamás había hablado  a Agnes de Laith, ni de nadie. Porque intentaba alejarla de la vida que le rodeaba en aquellos momentos.

- Sí, Laith. Tu amigo del colegio. – Insistió la mujer. – Yo te imaginaba más alto. Y más mayor. ¿No te sale barba? – Comenzó a tocarle la barbilla en busca de pelo.

Steven, en un acto reflejo, frenó a la mujer sujetando su mano de manera cariñosa y alejándola en dirección a la cocina.

- Venga Agnes, te ayudaré a poner la mesa. – Miró a Laith casi pidiendo perdón con la mirada y le indicó que se sentase en el comedor.

Una vez en la cocina, Agnes fue entregándole los diferentes platos y cubiertos que había que llevar a la mesa. Steven sacó la varita y comenzó a colocar todo en el salón mientras Agnes seguía distraída dándole el toque final al pastel de carne y preguntando sobre si debía de hacer más comida ahora que eran tres.

La mesa se puso por sí misma y cuando Steven y Agnes llegaron al comedor, pudieron sentarse cómodamente animando a Laith para que tomase asiento.

- ¿Y tú a qué te dedicas Laith? Steven reparte pichas. El otro día me trajo una de muchos quesos.
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Laith Gauthier el Lun Abr 03, 2017 10:22 pm

Laith era de ese tipo de personas que piensan que todo lo que se quiere se puede hacer, de una manera o de la otra. Lector por excelencia de ese tipo de libros de autobiografías que narran éxito (en todas sus modalidades), creía que lo que le faltaba a las personas era una motivación pura y dura. Él, que tenía un carácter más bien un tanto pasivo la mayor parte del tiempo, podía llegar a liderar un grupo relativamente grande de gente si se daba la necesidad en una emergencia; si él podía hacer que un grupo lo escuchara, todos podían hacer lo que siempre soñaron.

Creo que capacidad tienen todos; pero si no te llama la atención, tampoco tienes que forzarte para ello. Y tampoco es que vaya a ser una decisión a corto plazo, me lamento —le hizo saber. Criado bajo el “si haces algo, sé el mejor”, no desvalorizaba ningún trabajo. Su abuelo le decía con frecuencia que incluso si quería ser barrendero, que barriese las calles como nadie nunca vio; por ello un trabajo de empleado no era para nada de una categoría inferior que un jefe a su forma de verlo.

Al hablar de Agnes, no pudo evitar reírse cuando le preguntó si seguían teniéndose ganas al ser mayores, mirándolo como si le preguntase si hablaba en serio. — Mira, no sé si es porque soy hombre, pero creo que el cuerpo tiene peticiones de ese tipo con frecuencia… Yo no me confiaría de lo contrario —había conocido algunas mujeres con una libido muy alta por igual, así que también pensaba que dependía más bien de la persona con la que hablaran que de la edad.

Llegados a casa de Agnes, se vio en la incómoda posición de ser una entidad nueva en un sitio desconocido; por ello fue confundida no sólo una sino dos veces. Con la risa de Steven de fondo, Laith intentaba escapar de aquella confusión mientras su amigo al que iba a darle una colleja en cuanto pudiese no pretendía ayudarlo por el momento, permitiendo que la mujer preguntara extrañada por su nombre antes de girar a ver a Steven apenas dijo que había hablado de él.

Una nueva confusión, se dio cuenta nada más vio el ceño fruncido del otro. Confirmado por igual una vez que dijo que era un amigo del colegio. — No, yo… Nos conocimos hace no mucho —trató de corregirla, pero parecía que dentro de su burbuja no le llegaba su voz. Si bien Laith no era precisamente alto, ni de la estatura que él hubiese querido, decir que lo imaginaban más alto (aunque no fuese a él) fue otra patada en el orgullo. Lo que hacía por amor. Por amor a la comida, por supuesto.

No reaccionó por unos segundos pese a que fue enviado en silencio al comedor. Se quedó parado en el lugar donde estaba, a la entrada de la casa, tallándose el rostro sin saber si reír o llorar. La reacción fue evidente cuando soltó una risilla, no esperaba verse en un meollo de ese tipo, acariciándose la barbilla bajo el pensamiento de que iba a dejarse la barba para parecer más mayor, que se la quitaba porque naturalmente no iba a teñírsela y ponía en evidencia el tinte del cabello.

Se acercó al umbral del comedor para ver a Steven poner la mesa mágicamente, se dio cuenta de que, con lo distraída que era Agnes, aquello era de lo más normal y no había ningún riesgo. Pero igual él prefería no tomar ninguno, simplemente quedándose tranquilo hasta que volvieron a invitarlo a sentarse, agradeciendo la invitación. Pero, saldando su deuda, cruzó por detrás de Steven para darle la colleja prometida y susurrarle: — Podías haberme ayudado antes —aunque en realidad no estaba molesto ni tampoco había puesto mucha fuerza en el golpe.

¿De verdad? Creo que le pediré el número para que vaya a darme alguna picha de vez en cuando —ya que sentía que estaba más bien rodeado de un par de niños, no esperaba que nadie interpretase la doble intención de su comentario, y eso le daba bastante gracia. — Yo soy médico —le hizo saber. Su tono, a diferencia de antes, había aumentado notoriamente para llegar a oídos dañados como los de la mujer. — Tiene una casa muy bonita, ¿sabe? —le hizo un comentario halagador.

Lo había notado en su momento a solas intentando reaccionar después de semejante bienvenida, así que no vio por qué no decírselo. Usualmente tenía palabras amables que decir y si no las tenía prefería quedarse callado. Nadie necesita una persona negativa en su vida. Miró el pastel de carne y por un segundo dirigió su mirada hacia Steven en una pregunta silenciosa: ¿estaban seguros de no envenenarse si lo había preparado una mujer que no veía bien? Ya habían contado ese tipo de anécdotas antes.
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Steven D. Bennington el Mar Abr 04, 2017 4:10 pm

Steven era alguien empático. Alguien capaz de ponerse en la posición del otro y en muchas ocasiones esto le servía para garantizar que el contrario no se sintiese mal o tuviese algún tipo de problema. Claro, que esto no se aplicaba cuando le daba un ataque de risa y era incapaz de imaginar la vergüenza que la otra persona estaría pasando en aquel momento tanto por su culpa como por la situación que acontecía. Eran esos momentos donde Steven era incapaz de darse cuenta de cómo se podría sentir o dejar de sentir la otra persona.

Agnes, demostrando sus problemas de visión, no se paró un instante antes de confundir a Laith con Beatrice pero por suerte para el chico no tardó en darse cuenta de su error e ir, junto con Steven, a la cocina a terminar de preparar la cena y poner la mesa. Steven le insistió en que no era necesario preparar más comida pero la mujer  sumó al pastel de carne unas croquetas descongeladas que puso a freír en un abrir y cerrar de ojos en el tiempo que Steven iba al salón a terminar de colocar los vasos que aún no había llevado. ¡Y eso que lo hizo con la varita! Aquella mujer realmente podía convertirse en Flash cuando se lo proponía.

- No podía. – Dijo de manera algo seria, como si el deber previo le hubiese impedido ayudar a Laith. – Era todo muy estúpido. – Añadió volviendo a reír. Agnes era propensa a cometer todo tipo de errores y más cuando se trataba de personas y Steven siempre reaccionaba de la misma manera: riéndose. Le parecía adorable la inocencia de aquella mujer, no es que se riese de sus problemas achacados a la edad. – El otro día tuve que acompañarla a una prueba en el hospital y cuando se tumbó en la camilla para meterla en una de esas máquinas de Rayos X empezó a mover las piernas y los brazos de un lado a otro. – Cabe decir que para esas pruebas hay que estar quieto el mayor tiempo posible. – Se pensó que estábamos en una clase de Yoga y que el médico que le estaba diciendo que se estuviese quieta le hablaba de la postura de la grulla. – No pudo evitar sonreír al contar aquello y es que las anécdotas con Agnes estaban garantizadas.

Agnes no tardó en volver a hacer alarde de su desconocimiento por el mundo de la cocina moderna. Pero esta vez Steven no corrigió su error, sino que sonrió y negó con la cabeza mientras cogía la jarra de agua y servía en todos los vasos. Como para encima servirle una copa de vino a Agnes. No, ni soñarlo. Y eso que la señora lo había pedido en más de una ocasión porque según un programa de radio que escuchaba cada noche era bueno tomar una copa al día.

- ¿Y el vino, Steven? – Preguntó la mujer al recordar aquello.

- Es vino blanco, Agnes.

- Ah, ya me parecía a mí. – La mujer cogió su vaso y dio un trago, degustándolo en el interior de su boca. – Deberías haber traído copas, tenemos un invitado. ¿Qué va a pensar de mí? – Steven se encogió de hombros aún con la sonrisa en el rostro antes de comenzar a servir el pastel de carne.

Hizo un gesto a Laith para que este indicase cuánta cantidad quería y a Agnes le sirvió lo que consideró suficiente para ella. Mientras tanto, el chico intentaba mantener una conversación con la anciana.

- Gracias, querido. Mi marido y  yo nos mudamos aquí hace cincuenta y tres años. Pero él nos dejó hace dos años y mis hijos quieren que venda la casa y me vaya a una residencia. ¡No entienden que es mi casa! Tardamos años en terminar de pagarla, arreglarla, decorarla… Y ahora quieren que me vaya. – La mujer partió un pedazo de pastel de carne y comenzó a comer.

Steven, por su parte, partió otro pedazo de pastel y lo apartó disimuladamente mirando a Laith, intentándole dar  la sensación al chico de que comer aquello era peligroso, ya que había entendido su mirada previamente.

- Come, come, que estás en los huesos. – Animó la mujer a Laith. – Es una receta que lleva en mi familia generaciones. Mi madre me enseñó a prepararla cuando yo era niña y antes su madre a ella. – Tomó otro pedazo que acompañó con un trago de su vaso.

- Lo ha comprado en la tienda de abajo.  – Dijo Steven en un susurro, ahora sí, comiéndose un pedazo del pastel de carne. - Laith trabaja en el mismo hospital en el que trabajaba Beatrice, Agnes. Así que también conoce a … - La mujer interrumpió.

- ¡Ay, Beatrice! – Dijo con una sonrisa y posó la mano en la de Laith. - ¿Qué tal va todo por el hospital? ¿Ya te has echado como novio un médico guapo? – Sí, la mujer acababa de volver a la idea de que Laith era Beatrice. Otra vez.
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Laith Gauthier el Mar Abr 04, 2017 8:46 pm

Cuando tuvo la oportunidad, había reñido a Steven por no haber actuado antes del montón de confusiones, aunque éste se defendió diciendo que realmente no pudo ayudarlo; había estado demasiado ocupado riéndose como para que siquiera se le hubiese cruzado por la cabeza. — Bueno, ahora al parecer soy tu hermana —no pudo evitar sonreír con algo de diversión por aquello. La anciana tenía cierto algo que le hacía imposible incomodarse o enfadarse de más con ella.

Escuchó la anécdota de las pruebas en el hospital, le había pasado algo semejante cuando estuvo de practicante al estudiar medicina nomaj, así que pudo imaginárselo completamente con la inocente señora y tuvo que morder su labio inferior para no largar la carcajada. Los ancianos eran cajas de sorpresas de las que podías sacar las situaciones más graciosas, embarazosas o adorables, según lo interpretaran los ojos que lo vieran. Incluida ahora aquella del vino, en la que Steven la había engañado con el agua.

Le indicó a Steven la cantidad que quería, que no era nada del otro mundo; más bien, daba la pequeña posibilidad de servir otra ración sin sentirse culpable por ello. Laith no era de esos invitados tímidos negados, sino que aceptaba todo lo que se le ofreciese, o bien casi todo. Mientras Steven servía, él se dispuso a conversar con la anciana, escuchando su historia respecto a la casa. Quizá sería más seguro si ella viviese en una residencia, pero no pensaba que fuese nada bueno por parte de sus hijos no apoyarla en su decisión, incluso si alguno se tenía que venir a vivir con ella.

Pues me permite decir que realmente creo que hicieron un gran trabajo para arreglarla y decorarla, espero que se mantenga así mucho tiempo más —le dio sus buenos deseos con una sonrisa, dirigiendo discretamente su mirada hacia el otro para preguntar si su vida corría riesgo al comer algo de una mujer que no veía, algo que no había considerado hasta entonces, interpretando su señal como que realmente era algo peligroso. Iba a esperar hasta que fuese el otro quien diese el primer bocado.

La mujer lo incitó a comer y fingió hacerlo; no creía que aquello tuviese mucha relevancia si igual no veía muy bien, aunque la mirada insistente con Steven le hacía saber que si iba a morir, quería que muriesen ambos. Sólo una vez que el otro lo probó fue que dio el primer bocado, al tiempo que se le explicaba a Agnes que había sido compañero de trabajo de Beatrice, aunque eso trajo de nuevo aquella confusión, con su mano ahora apresada bajo la de la señora.

Bueno fuera —no pudo evitar comentar con una sonrisa divertida cuando le preguntó si se había echado como novio a un médico guapo, aunque en realidad sabía que no estaban hablando de él. — Señora Agnes, recuerde que soy Laith, el amigo médico de Steven —trató de volver a poner en sitio la mente de la anciana, sin perder la paciencia y haciendo hincapié en las cosas que ella ya se supone que sabía de él, para que así siguiese el hilo de la conversación. — Trabajo en el mismo hospital en que trabajaba Beatrice pero no por eso soy ella, sólo la conozco del trabajo —hablaba en un tono suficientemente alto, pausado y tranquilo, mientras iba hilando todos los datos otra vez. Al final iba a acabar con un complejo de personalidad por tantas veces que lo habían confundido en un día.

Ya que parte de sus hobbies era ayudar a la comunidad, a veces se metía en residencias de ancianos a ayudar, por ello era que tenía tanta paciencia para tratar con gente mayor. Si había podido controlar todo un ejército de viejitos para llegar de sus habitaciones al comedor y llevarlos de regreso sin que ninguno se le perdiese, podía hacerlo casi todo. Además de que sabía que había muchas historias que los ancianos querían contar y que mucha gente no se detenía a escuchar.

Por cierto que el pastel de carne le ha quedado fenomenal —se animó a decir mientras bebía un poco de agua. No había muerto en el intento, así que no pensaba que ahora hubiese nada de lo que preocuparse. Seguía comiendo tranquilo, en ocasiones miraba las decoraciones a falta de otra cosa que hacer, por ratos intentaba sacar un poco de conversación: — ¿En qué trabajaba cuando lo hacía? —se le había ocurrido de pronto, saber si ella había trabajado cuando era más joven y en qué, no era nada del otro mundo.
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Steven D. Bennington el Vie Abr 07, 2017 10:37 pm

La mujer parecía haber, por fin, asumido que Laith era Laith, y no cualquier otra persona como era su propia hermana, pero no tardó en volver a demostrar que su cabeza no era lo que antaño habría sido volviendo a mezclar nombres, recuerdos y visiones de Beatrice en el rostro de Laith. Steven casi escupe el agua que tenía en aquel momento en la boca por lo que tuvo que tragar rápidamente y toser después de aquello mientras escuchaba como Laith intentaba, nuevamente, que la mujer se centrase en quién era realmente.

- Laith, Laith. ¿Dije otra cosa? – La mujer pareció haber olvidado que apenas un minuto atrás acababa de hablar a Laith como si de Beatrice se tratase. Y no solamente porque hubiese hecho un cambio de nombre en su frase, sino porque lo que había dicho hacía referencia a la Beatrice real. - ¿Trabajas con Beatrice? Vaya, ¿Entonces eres médico, querido? – No hacía falta que el pobre Laith acabase de repetir su  nombre por enésima vez que Agnes ya lo había olvidado.

Steven mientras tanto miraba la situación con una media sonrisa mientras seguía con su cena, como si aquello fuese algún tipo de programa televisivo de humor que, para ser sinceros, le parecía la mar  de gracioso.

- Agnes, tanto hablar y la comida todavía en el plato. – Dijo Steven en cierto tono de reprimenda a lo que la mujer contestó mirando su plato horrorizada al darse cuenta que era cierto para comenzar a comer a toda velocidad. – Pero no tan rápido. – Rió el chico.

Agnes pareció tomarse muy a pecho las palabras de Steven y, tan rápido como tuvo oportunidad, el plato quedó totalmente vacío ante sus ojos y los asombrados de Steven, quien no esperaba que la mujer terminase de comer antes que él. Y más teniendo en cuenta que él no comía, sino que engullía.

- He tenido muchos trabajos, claro. Ahora sigo trabajando, ¿Acaso crees que esta hipoteca se paga sola? – La mujer soltó una corta risita.

Steven aprovechó aquel lapso de tiempo de silencio en el que Agnes guardó silencio para negar con la cabeza sin que esta lo viese. Pues la pobre acababa contando cualquier historia como si se tratas de algo cierto cuando se alejaba mucho de serlo.

- Trabaje en el ejército. En las fuerzas aéreas. Era una gran piloto, y ahí conocí a Denzel. Él estaba en el ejército de tierra. – Steven volvió a negar con la cabeza. – Dos años después yo tuve a Ben, nuestro primer hijo. Luego llegó Daniela, pero con Daniela y yo ya vivía en Londres con Denze. Ben eligió su nombre. Decía que si tenía un hermanito se llamaría Daniel y cuando le preguntamos qué pasaría si fuese niña dijo Daniela. – Sonrió. – En Londres Denzel comenzó  a trabajar en una tabacalera y yo estuve cuidando de los niños hasta que el ejército me llamó de nuevo para…

- ¿Voy a por el postre? – Preguntó Steven interrumpiendo aquel relato tan elaborado por parte de la mujer y haciendo amago de levantarse.

- No, no, no. Ya voy yo, tú siéntate. –Dijo empujando al chico para que tomase asiento nuevamente.

- La parte de sus hijos es cierta. El resto no. – Comentó Steven tras la marcha de Agnes. – Trabajaba como costurera y su marido en un quiosco.

Agnes no tardó en volver de nuevo, trayendo esta vez consigo un flan para Steven y otro para Laith. Por su parte, se tomó un yogurt de fresa sin siquiera preguntar si alguno de los chicos quería cualquier otra cosa. En apenas diez minutos el postre había llegado a su fin de la misma manera que la comida lo hacía instantes previos y, tras esto, ambos chicos ayudaron a la mujer a recoger la mesa para, finalmente, volver a cada uno a casa.

- Siento si Agnes te ha molestado. Es siempre tan... Mayor. - Se limitó a encogerse de hombros antes de despedirse para volver al refugio junto al resto de fugitivos y, por supuesto, su hermana menor.
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Laith Gauthier el Sáb Abr 08, 2017 7:03 am

Cuando comenzaba a creer que Agnes entendía que él no era ni Beatrice ni tampoco el otro amigo de Steven que conocía del colegio, volvía a confundirlo. Lejos de enfadarle, aquello le daba gracia y algo de ternura al sanador, que tenía un punto sensible que la mujer conseguía tocarle fácilmente. A veces le lanzaba miradillas amenazantes a su amigo cuando éste amenazaba con reírse de las confusiones, que era divertido pero no podía reírse él si no estaba involucrado, era como un personal chiste local entre él y Agnes, de acuerdo con el sanador que sólo lo interpretaba así para fastidiar un poco al otro.

Laith sonrió cuando le preguntó si había dicho otra cosa, intentando explicarle de nuevo quién era para ser completamente ignorado y que se le volviese a preguntar. — Sí, soy médico y trabajo con Beatrice… O bueno, lo hacía —ella se había ido del hospital, después de todo, y ahora creía estar cerca de poder encontrarla cuando había entablado una amistad con su hermano. El mundo era pequeño y a veces de las formas más curiosas lo demostraba.

La pobre anciana era muy inocente, le parecía, él también siguió comiendo como alcanzado por el regaño de Steven, aunque a un ritmo bastante normal a diferencia de ella. Agnes había incluso acabado antes que ellos, dos pozos sin fondo, y esperaba que la pobre no se sintiese mal del estómago por haber comido tan rápido. Intentó hacer de nuevo conversación, preguntándole por su oficio mientras él continuaba comiendo al oír la explicación.

Ella se empezó a inventar una historia, sin poder evitar lanzarle miradillas a Steven que negaba, como haciéndole saber que no tenía que creérselo, pero el sanador se mostraba interesado por ello, dando sonidos de asombro y permitiéndole continuar, hasta que la interrumpieron con la oferta del postre. Le apetecía tanto que incluso él se hubiera ofrecido a levantarse y buscarlo, pero como el invitado educado que era dejó que fuese Agnes una vez que detuvo a Steven.

Oye, era más interesante la historia del ejército, ¿por qué la arruinas? —soltó una pequeña risa cuando le dijo su verdadero trabajo y el de su marido. Vio el flan que traía como postre y casi se temió que fuese a ofrecerle otra cosa. — Muchas gracias —le dijo a la mujer sonriente. La conversación siguió un poco, aunque pronto los postres se habían acabado, decidiendo levantarse y recoger los platos de forma nomaj sin muchos problemas. — Te toca lavarlos a ti —le sonrió a Steven, habiéndose hecho de la tarea más llevadera sin preguntar para poderlo poner a hacer la otra que no le gustaba demasiado.

Se despidió educadamente de Agnes, prometiéndole volver a visitarla cuando pudiera. Era una mujer mayor y probablemente se sintiese algo sola, así que no le hacía problema de vez en cuando ir a verla si a ella le parecía. Salió a la calle y tomó una amplia bocanada de aire, después de las risas y de perder el aliento intentando convencerla de que él no era ninguna de las personas con las que le confundía, estaba un poco cansado.

Para nada, hombre, si ella es maravillosa —le sonrió, para que supiese que en serio no tenía problemas con ello. — Ahora tienes el problema de que tienes otra hermana, una pena para ti si me lo preguntas —hizo un ademán con la mano, tras tantas veces confundido con Beatrice fingía ahora tener un problema de identidad, aunque simplemente era una pequeña broma.

Decidieron despedirse; comenzaba a hacerse tarde y tenía que regresar a su departamento. Esperaba que en el camino de regreso Steven lo encontrara seguro, mientras tanto él simplemente tomaría algún atajo para llegar rápidamente y no tener mayores complicaciones al momento de regresar; lo último que quería era meterse en un problema a esas horas.
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