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The biscuits of destruction —Henry.

Sam J. Lehmann el Jue Mar 30, 2017 2:57 am


Fábrica abandonada de galletas - 30 de marzo del 2017 - 22:46 horas - Vestimenta

Aunque no lo pareciese, eso de ser una fugitiva oficial y tener que huir, tenía sus obligaciones y responsabilidades. Tenía que asegurarse agua y comida, tenía que comprometerse con un refugio seguro, además de evitar ante todo momento llamar la atención o hacer algo fuera de lo común. Con el agua y la comida era relativamente fácil, ¿pero lugares en donde poder quedarte suficiente tiempo? Eso era más jodido. Sam había tenido que conseguir una caseta de campaña mágica que utilizaba como casa portátil, ya que no se sentía segura en ningún lugar. De vez en cuando prefería alquilar una habitación de hotel o motel, pero apenas se quedaba una noche y se movía, por miedo a que le pillasen por algún tipo de registros, ya que todavía no había podido contactar con nadie que le vendiese documentos falsificados. Ya es que se había convertido en una manía eso de no estar más de cierto tiempo en un mismo lugar; no era la primera vez que la encontraban y por eso había decidido estar prácticamente en continuo movimiento.

Pero claro, ¿y en dónde podía quedarse? Eso era otra, un lugar en donde poder desplegar su caseta y vivir. Una de sus muchas tareas de supervivencia consistía en buscar posibles lugares en donde poder ocultarse. Bosques alejados, lugares abandonados, montañas deshabitadas... cualquier sitio que la separase lo suficiente de la población y de cualquier tipo de sospecha. De hecho a veces se sentía tan sola que sopesaba la idea de volver a casa de su padre para recuperar a Don Gato y Don Cerdito y llevárselos con ella en esa vida nómada que repentinamente había adoptado.

Esos días, en concreto, cuando tuvo que pasar por la zona abandonada de fábricas que estaba en las afueras de la capital de Londres en busca de un lugar vacío, se dio cuenta de que allí podría esconderse durante algunos días. Esa noche en concreto, Sam decidió ir a ver si de verdad era un lugar vacío, alejado de todo tipos de encontronazos casuales y que hacía gala de su abandono. No quería tener que estar preocupándose por pandas urbanas que van a ese tipo de lugares a hacer grafitis, fumar o a saber qué cosas ilícitas de más.

Se apareció en uno de los tejados, aprovechando para cerrarse la chaqueta de cuero que llevaba puesta y subirse la cremallera hasta el cuello, pues hacía un viento frío que le había azotado vilmente en la piel. Vestía con vaqueros ajustados y unas botas con tacones, un look que solía ser muy típico de ella, más ahora que sólo vestía para sí misma. Los momentos de arreglarse para ir al trabajo habían quedado en un plano muy alejado de su realidad ahora mismo. Observó entonces con detenimiento todo aquello, iluminado con la poca luz que ofrecía la luna creciente detrás de todas esas nubes grises. A priori parecía un lugar tranquilo. A priori.

Comenzó entonces a indagar por allí para encontrar un lugar propicio. En otro momento muy distinto un lugar así le hubiese dado respeto, incluso un poco de pavor... no obstante, llevaba tanto tiempo sola y sobreviviendo en sitios peores, que ahora mismo podía caminar en la oscuridad de aquella fábrica sin siquiera preocuparse de encender la varita. A medida que bajaba y las plantas comenzaban a estar más cerradas, sacó la varita para conjurar un tenue Lumos que iluminase sólo un poco a su alrededor, ya que tampoco quería llamar la atención. Quería bajar hasta el último nivel, ya que si le convencía el lugar sería el sitio que elegiría: la última planta. Allí ocultaría su caseta mágica y sabía que al menos podría pasar dos días antes de volverse loca con la incertidumbre de que la encontrasen. No sabía por qué razón, pero tenía la sensación de que siempre le estaba pisando los talones y sólo podía seguir escondiéndose, cuando en realidad a lo mejor ya nadie la buscaba. Se había vuelto definitivamente loca.

Continuó caminando, familiarizándose con el sonido del viento que cruzaba a través de los huecos rotos de las paredes, ya que en aquel lugar sólo se escuchaba eso y el suave pisar de sus pasos sobre el suelo lleno de tierra.
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Henry Kerr el Miér Abr 05, 2017 2:26 am

¿Cuántas veces iban ya? Momentos como los que ahora vivía la comunidad mágica británica, eran los que verdaderamente mostraban la verdadera naturaleza de las personas.

Otra vez iba a la carga. Otra vez marchaba tras la pista de unos magos que se saltaban la nueva legislación. Como si tuvieran escapatoria. Algunos se empeñaban en alargar lo inevitable. Aunque en el fondo los entendía. Cuando no quedaban más opciones, que acabar encerrado como un animal de circo o morir, solamente se podía luchar hasta el final.

El caso es que tenía conocimiento del paradero de un grupo de sangres sucia. Y esa era la evidencia que demostraba la verdadera cara de amigos y antiguos compañeros de clase. De amantes y ex parejas. Porque casi siempre que iba tras alguien, era porque alguien se había chivado. Porque el calor del dinero siempre solía ser más acogedor que el de la lealtad. Porque siempre había habido odio hacia esas personas en sus corazones, aunque no tuvieran el valor de decirlo en su momento, o de actuar ahora. Pues los delatores eran valientes para darle al pico, pero no para cazar. Mucho menos para matar. Como si hubiera una diferencia moral entre ser el ejecutor, o el hombre que había condenado a esa persona.

En fin. Por suerte él podía ser muchas cosas, pero no alguien de tal bajeza. Y prefería estar en primera línea, que oculto bajo una falsa ética. En ese sentido, ser mortífago no podía ser más franco y honesto.

El trío de hombres se aparecieron en una zona cercana al polígono que debían asaltar. Por lo visto, los fugitivos  se ocultaban en las fábricas y almacenes abandonados de la zona. Allí había una antigua fábrica de galletas, de una marca conocida que había traslado su sede a otra zona industrial de la zona. A un polígono nuevo y más moderno, y con mejores accesos a las infraestructuras del país.

Eso poco interesaba ahora. Solamente importaba, que la antigua fábrica era el objetivo de los mortífagos. Pues lugares como aquel se habían convertido en el nido de los fugitivos. Lugares que habían pasado de ser zonas de quedadas clandestinas, de drogas, coches y sexo para los muggles, a sitios donde se ocultaban sangres sucia.

Habían entrado con demasiada contundencia. Con demasiada poca planificación. Esa era lo que creía, y los sucesos posteriores bien que eran una prueba de que tenía razón. Eso le pasaba por ir con magos que no eran Ravenclaw. Maldita sea, seguramente en solitario no hubiera caído en aquella trampa tan burda.

Nada más entrar, los conjuros y los poderes se sucedieron entre los dos grupos enfrentados. Sin embargo, en aquella ocasión, los mortífagos estaban en desventaja numérica y de posición. Poco se podía hacer, salvo huir.

Pero era una emboscada, y no una creada por idiotas, así que estaba bien preparada. Un hechizo de Terreo aparecium impedía cualquier desaparición y escapatoria rápida. Así que tendría que demostrar lo ágil que podía ser con sus piernas, antes de encontrar un lugar desde el que desaparecer y aparecer en una posición retirada, donde podría contraatacar con mejores opciones.

Desgraciadamente, antes de que pudiera hacer nada al respecto, una pared de ladrillos del interior de la fábrica, cayó con gran estruendo, y levantando una nube de polvo. El polvo recaló en sus pulmones, haciendo que tosiera de manera involuntaria y repetitiva. Y todo terminó, en medio de aquel caos,  cuando su mente se desvaneció, al sentir un fuerte golpe en la cabeza que lo hizo caer desplomado.

Si hubiera podido pensar mientras caía al suelo, Si aún hubiera estado consiente en aquel momento. Hubiera pensado que iba directo al infierno, si es que existieran esas patrañas religiosas de muggles. Pero ahora al verse sentado en aquella silla, le indicaba que su paso al infierno podía esperar.

- Vaya, bonitas cadenas. Supongo que estoy en calidad de invitado, ¿puede ser? - bromeó

- Déjate de cuentos, mortífago. Dinos, cuantos sois. ¿Cuántos habéis venido? - comentó un hombre, amenazándole con un… ¿bate?

- ¿Un bate de beisbol? ¿Es que ni siquiera sabes hacer magia? - se mofó del tipo.

Mala idea. Sería un maldito palo de madera sin magia, pero un golpe de este en sus costillas, le hizo sentirse como un muñeco de trapo. Uno que sentía dolor.

- ¿Te ha parecido suficiente “magia”?, gilipollas-, respondió el hombre nada más atizarle, usando con retintín la palabra magia. - No te andes por las ramas o probarás más de mi medicina.

- Oh, por favor. Como si no estuvieras deseando usar esa “medicina” conmigo-, esta vez fue él, el que le dio un tono irónico a una palabra. - Como si decirte algo, fuera a cambiar mi suerte. ¿Sabes qué? Te diré algo de todos modos. Escucha, porque solamente te lo diré una vez y es muy importante-, comentó, inclinándose todo lo que podía hacia adelante, sobre la silla a la que había sido encadenado con un religio. - Verás, allí detrás, en la fábrica de al lado…-, empezó a decir, captando al atención del mago fugado. - ¡Puedes irte a tomar por el culo! - dijo, antes de reír.

Unas risas que pronto fueron cortadas por la fuerza de la bestia con bate. Pero que podía hacer, salvo mantener la dignidad mientras lo torturaban. Realmente no sabía nada de valor que pudiera interesarles a esos prófugos. Sus compañeros mortífagos seguramente ya estarían muertos, y probablemente vinieran más cuando notaran que no regresaban. ¿Pero cuándo? Muy tarde para él, eso seguro.
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Henry KerrMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Vie Abr 07, 2017 2:22 pm

Estaba ahí intentando descubrir si aquello era un lugar seguro pero... no, no era un lugar seguro. ¿Cómo lo sabía? Porque aquello se había convertido en un campo de batalla a manos de magos. ¡Sí, de magos! Que una esperaba encontrar yonkis y muggles sin casas que prefieren vivir en una fábrica abandonada en vez de debajo de un puente. ¿Pero qué se encontró? Un revuelo a base de hechizos. Lo vio desde lejos, ya que pasó en una de las zonas derruidas en las que ella no estaba. Se escondió por si acaso la viesen y la relacionasen con alguno de los dos bandos, pero sabía que no iba a tener el valor suficiente como para irse tras observar aquello.

¿Y si alguno de sus amigos estaba ahí? ¿Y si al igual que ella, algunos de sus seres queridos estaba usando aquel lugar como guarida y le habían pillado? No pararía de preguntarse una y otra vez si por su intervención podría haber cambiado algo, por lo que desde que las luces de las varitas se apagaron a lo lejos, ella se auto-convenció de que debía ir a mirar si había algún cuerpo o algún rastro. Obviamente no iba a ser lo suficientemente ilusa como para meterse en medio de una confrontación en la que ella no tenía nada que ver. Aún apreciaba su vida.

Con un Muta Silentia hizo que sus pasos no sonasen por la gravilla y piedra de aquel lugar y comenzó a caminar en aquella dirección, apareciéndose en un lugar más cercano. Caminó con sumo sigilo, sintiéndose hasta ella extraña por no escuchar sus propios pasos. Al asomarse a través de una columna pudo ver como arrastraban un cuerpo inconsciente al interior de una habitación mientras dejaban afuera a dos cuerpos, posiblemente muertos. Cuando aquellas personas desaparecieron escaleras abajo, ella se acercó a ver los cuerpos, pero no reconocía a ninguno. Ambos llevaban la marca tenebrosa, por lo que suspiró aliviada al pensar que aquel enfrentamiento lo habían ganado los de "su bando".

Dejó a aquellos dos tipos allí y se dirigió con sigilo hacia donde se habían dirigido los anteriores, arrastrando al supuesto mortifago. Ella quería pensar que en el caso de que la pillaran, la tratarían como a un aliado, ya que ella no pensaba hacer nada, solo asegurarse de que todos estaban bien y ver si allí había alguien conocido. Comenzó a bajar, pero se perdió un poco y terminó en un nivel más elevado que aquellos tipos, ya que ellos se encontraban como en la planta más profunda del edificio, pero estaba tan destruido que todas las plantas superiores estaban rotas y la luz de la noche incidía directamente sobre aquel patio. Allí se encontraba el enemigo encadenado, mientras los demás lo despertaban a golpes.

Ella ojeó a todos los fugitivos y los reconoció a todos por los carteles de "se busca", pero ninguno lo conocía personalmente. Sin embargo, mientras su mirada pasaba de un tipo a otro, se vio francamente atraída cuando reconoció el rostro del mortifago al que habían capturado. ¿¡Cómo podía tener tan mala suerte!? El corazón comenzó a bombearle más rápido para que llegase más rápido la sangre a la cabeza y no se quedase en shock. Empezó a ver cómo le golpeaban una y otra vez y, por mucho que él hubiese sido un estúpido cuando la vio, ella no podía olvidar diez años de preciosa amistad por un día de enemistad. No sabía lo que le habría pasado para que la despreciara de aquella manera justo a su despreciable hermano, pero Sam estaba segurísima de que aquel era su amigo y, como habían prometido con el meñique con tal solo trece años, ella siempre iba a estar ahí para él.

¿Pero y ahora qué se suponía que tenía que hacer? ¿Enfrentarse a cuatro personas para salvarle a él? Tenía las de perder y encima para que él continuase sin reconocerla. Porque si bien él pudo haber mentido cuando la vio aquel día, ella había visto en sus ojos esa sinceridad de no reconocer aquello que tienes delante. Y eso era lo que más le había dolido, que alguien tan importante como lo era Henry para ella, ni siquiera la reconociese como una amiga, sino como una simple sangre sucia que al menos era guapa.

Sam se había acostado en el suelo como los militares y estaba arrastrándose lentamente por el borde de la planta superior para que no le viesen. Cuando estuvo en un lateral, con un movimiento de varita hizo que por la entrada totalmente opuesta se escuchase un fuerte ruido. Uno de los fugitivos, saltó.

¡¡Hay alguien fuera todavía!! —gritó.

¡Id a mirar, vamos, corred! Id dos. Acabad con cualquier persona, no pueden encontrarnos —añadió el que parecía el líder, con un tono de voz desesperado. Mientras dos de ellos se iban a vigilar y enfrentarse a "la nada", Sam tuvo que pensar rápido como aprovechar el momento, pues sería poco—. ¡Tú! —Golpeó a Henry nuevamente con el bate, esta vez con la parte de atrás en el rostro—. ¡¡Dinos quién más viene!! ¿¡Quieres que te saque la pregunta a palos!? ¡Muy bien!

Pero repentinamente el bate de aquel hombre salió disparado hacia arriba justo antes de golpear a Henry fuertemente en el rostro otra vez. Mientras el palo volaba hacia arriba y ambos prestaban atención a ese extraño suceso, las cadenas de Henry se soltaron.
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Henry Kerr el Lun Abr 17, 2017 2:31 am

Ese tipo parecía que lo único que sabía hacer, era hacer preguntas estúpidas acompañadas de golpes de su maldito bate. Y comenzaba a imaginar, que el señorito disfrutaba demasiado con el arte del golpe con palo, incluso más que un niño con zapatos nuevos.

- Deja de golpearme. Me cuesta poder escucharte, mientras sueltas unas preguntas tan idiotas, y darles las respuestas que se merecen-, comentó en cuanto le dio un respiro. - Y joder, ¿no podías usar un bate de quidditch? Cómo puedes ser tan poco mago-, dijo con sarcasmo.

Una ironía que no tardó en ser reprendida por el bateador con furia renovada. Maldita sea, tenía que reconocer que el tipo sabía repartir leña como él solo. Aunque también era bueno razonar, que no debía ser tan afilado e hiriente con una persona que tenía un palo de madera bien gordo. Y que además no dudaba en mecerlo para estrellarlo contra sus costillas.

- Madre de dios. Pegas igual de fuerte que mi sobrino de cinco años-, le dijo esta vez, antes de volver a recibir.

¿Pero qué más daba retrasar lo inevitable? Si supiera que alguien vendría a rescatarle, a lo mejor era buena idea no alterar a ese individuo. Pero de perdidos al río… Al menos con sarcasmo podía desquitarse un poco. Solamente ver como le había cambiado la cara, con la última mentira que le había dedicado, había merecido esa nueva ración de medicina de madera.

- Seguro que tu sobrino de cinco años, no sería tan tonto como para hacerse el gracioso en una situación tan mala como la tuya-, contestó el hombre del madero, alzando su barbilla con el extremo del bate.

- Oh, vamos. Ni siquiera mi pequeño y falso sobrino perdería la oportunidad de vacilar a alguien tan ingenuo como tú-, sonrió, dejando la cabeza apoyada sobre el bate, sin fuerzas para sostener la cabeza por sí mismo después de la última paliza.

Necesita un descanso para tomar resuello, pero el torturador no pensaba dejarle espacio para nada más. Menos aún cuando no paraba de reírse de él. Su cabeza cayó a plomo, en cuanto el hombre dejó de sostenerla por la barbilla con el madero. Sin casi energías para poder mantenerla erguida. Y se imaginó como el bate venía a toda velocidad contra su nuca, para darle el golpe de gracia.

Jamás dejaría que su rival lo matara sin mirarle directamente a los ojos, así que hizo un esfuerzo para alzar el mentón. Para así ver su triste, y tan arcaico y brutal, final. Pero curiosamente, donde debería ver una madera contra su cabeza no vio absolutamente nada. O mejor dicho, observó como el que parecía ser el líder miraba hacia atrás, nervioso. Hacía donde se había escuchado el repentino ruido, y hacia donde se dirigían ahora dos de los prófugos que lo retenían.

- Viene mi sobrino. Dice que quiere enseñarte a pegar-, bromeó, antes de reír.

La verdad, es que a él también le había sorprendido el ruido. No esperaba que nadie lo rescatase, y su única esperanza es que fuera alguno de los dos mortífagos con los que había venido. Que en la confusión no se dieran cuenta de que eran tres, y alguno escapara. No obstante, lo más probable es que fuera una rata, u otro animal, que hubiera tirado algo.

Esta vez si podía ver perfectamente como el bate caía contra su cabeza, cuando notó como las cadenas se aflojaban de repente. En una fracción de segundo se deslizó a un lado, a tiempo de escuchar como el palo de madera chocaba brutalmente contra la silla en la que estaba sentado hacía un momento.

- Pero que cojones…-, fue lo único que acertó a decir el hombre armado, que volvió a cargar contra él.

Henry se movió con rapidez, y contraatacó. Con las energías que daban la desesperación, y la posibilidad de una escapatoria a una situación perdida de ante mano. Con la fuerza propia de la posibilidad de sobrevivir. Le propinó una patada a su rival que lo desestabilizó. Y aprovechando esto, agarró con destreza el bate, empujándolo hacia atrás entre las manos del fugitivo, y haciendo que el extremo de la empuñadura chocara contra el pecho de este. Luego se apoderó del madero, y con la inercia de su giro, le dio al fugitivo con todas sus fuerzas. El sonido del golpe fue suficiente para saber que ese chico no lo molestaría más por el momento, y a ese ruido, no tardó en sumársele el sonido del cuerpo cayendo como un saco de papas contra la silla.

Había otro mago en la sala, que no tardó en girarse hacia donde se produjo la inesperada pelea. Tan inesperada que el joven tenía una clara cara de asombro al voltearse y percatarse de lo sucedido, pero que no tardó en cambiar por otra de enfado e ira. Era evidente que iba a atacarle, más aún cuando movió su mano de forma frenética hacia uno de sus bolsillos, para seguramente tomar su varita entre los dedos de su mano. Por ello, hizo el movimiento más épico y valiente del mundo.

Se echó a correr como alma perseguida por el diablo. Que esperaban, no era un Gryffindor, sino un inteligente Ravenclaw. Y ahora lo más sensato era huir.

Ese fugitivo. armado con su varita. estaba en ventaja contra él. Y por si eso fuera poco, había otros dos magos, que se habían ido a inspeccionar el lugar del ruido que los había alertado, y que no tardarían en volver. Sin contar que él tenía solamente un jodido palo de madera para enfrentarse a todos ellos.

Maldita sea. Cuál de todos ellos tendría su varita. Probablemente el hombre que lo había estado golpeando. Pero no había tenido tiempo para registrarlo. Tenía que idear un plan para emboscarlos y poder vencerlos con sus escasos medios. Y de ese modo recuperar su arma predilecta de corazón de dragón.

Un trozo de pared estalló a su lado, justo cuando salía por el marco de la puerta derruida de la habitación, y echaba a correr escaleras arriba. Comenzaba el juego del gato y el ratón. Pero para su desgracia, él era el ratón.
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Henry KerrMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Miér Abr 19, 2017 9:07 pm

Como esperaba, Henry hizo exactamente lo que ella esperaba que hiciese: pelear. Allí frente a él habían dos personas, ya que las dos restantes se habían ido a ver qué había sido ese sospechoso ruido que ella misma había hecho. Peleó bastante bien y consiguió, en igualdad de condiciones, hacer que esa persona que estaba pegándole recibiese su merecido. Y ojo, que era del "bando" de Sam, pero el cariño que la legeremante tenía por Henry era mucho mayor que el que tenía por una Causa de la que no se sentía del todo perteneciente. Y si nos ponemos quisquillosos, tampoco estaban en igualdad de condiciones, pues ella había visto como le había golpeado una y otra vez con aquel bate. Henry debería de estar muy pero que muy perdido.

Al dejar K.O. a aquel hombre, Henry aprovechó para huir. Era lo mejor que podía haber hecho frente a la desventaja que tenía al no poseer su varita. Posiblemente se la hubiesen quitado cuando le capturaron. Él comenzó a huir a través de un marco derruido y el otro le persiguió con la varita en alto. Fue ese momento en el Sam que aprovechó para saltar a donde estaban hace un momento, utilizando un hechizo para no hacerse daño ante la caída. Cacheó al tipo que estaba en el suelo en busca de la varita de Henry, aunque casi se despierta algo ido por lo que Sam le apuntó y conjuró mentalmente un "desmaius" casi de manera inmediata, pues se asustó. El tipo esta vez sí que se quedó absolutamente inconsciente. La legeremante encontró dos varitas, pero conocía lo suficientemente bien al pequeño de los Kerr como para saber cuál era su varita. La aferró en su mano y salió corriendo detrás de ellos. Fue fácil seguirlos, ya que aquel tipo iluminaba las partes oscuras con los hechizos que lanzaba contra Henry sin mucho éxito.

Subió muchas escaleras en un camino alternativo, ya que necesitaba altura para poder observar mejor todo, no obstante, su cardio era una puta mierda por lo que terminó asfixiada. Una vez llegó arriba, cogió aire profundamente y se puso a buscar a Henry. Corrió por todas partes, aprovechando que no se escuchaban sus pasos para afinar el oído y dar con aquellos dos; lo cual consiguió tras unos segundos cuando algo explotó bajo ella. Siguió los pasos que escuchaba en el piso de abajo y, cuando llegó a un lugar en donde su camino estaba roto, pudo ver como Henry corría debajo de ella. —¡Henry! —gritó para llamar su atención. Él se paró de golpe y miró hacia atrás y arriba, lugar en donde venía la voz y estaba ella. Obviamente su enemigo aprovechó ese momento para lanzarle un hechizo, pero Sam fue más rápida y conjuró un "Lapidem clipeus" para que delante de Henry se formase un muro de piedra que salió desde el suelo y evitar que aquello le diese.

Sam volvió a tirarse y con un hechizo no verbal "aresto momentum" evitó su caída, sino que cayó con delicadeza delante del muro, apuntando a aquel tipo. El muro que estaba detrás de ella cayó y Henry volvió a estar frente a ellos. Antes de que dijese nada, la legeramente alzó la varita de Henry en su dirección. —Cógela y defiéndete. —Se la dio, esperando que no estuviese muy indispuesto después de la paliza que le dieron con el bate. Antes de poder hacer más nada, el tipo que estaba allí con ellos, apuntándole, habló.

¿Tú no eres Samantha Lehmann? —preguntó un tanto confundido—. ¿Qué narices estás haciendo? Ese tipo es un mortífago. Es tu enemigo.

Samantha frunció el ceño. Tenía razón, pero había un trecho muy diferente entre Henry y el mortífago que había ahora mismo allí con ellos. Cierto es que podía perfectamente capturar a Sam y entregarla, pero quería confiar en que ya que Samantha le había salvado el culo, él sería lo suficientemente honorable como para preguntar antes capturarla.

No sabe lo que hace —respondió. En realidad Sam no sabía por qué Henry actuaba así, pero se negaba a creer de que hubiese sido tan manipulable y estúpido como siempre le había dicho Nathaniel que era. Él tenía sus propios principios y sus propios ideales y ella no quería creer lo contrario.

¡Ha matado a nuestro amigo! No pienso dejar que se vaya sólo porque sea tan subnormal de no saber lo que hace. Yo creo que sabe muy bien lo que hace —contestó—. Y como no te quites de en medio, te irás con él. —Le amenazó.

Entonces por detrás de Samantha y Henry aparecieron los otros dos tipos restantes, aquellos que se habían ido a ver qué había sido aquel ruido. Se encontraban en el mismo nivel en donde estaba la entrada, en una habitación grande que tenía rotas prácticamente todas las ventanas y daban lugar al exterior, a la gran plaza abandonada que había entre edificios. Sam retrocedió un paso lentamente, para acercarse a Henry. —Demuéstrame que no me equivoco contigo y vamos a salir de aquí. No mates a ninguno. —Le pidió con voz tranquila y susurrante. Sonaba a orden, pero en realidad era una petición. No sabía qué hacía allí o cual era su cometido, pero Sam no quería tener ninguna muerte sobre sus hombros pues no podría soportarlo—. Defiéndeme las espaldas mientras me encargo del de delante —añadió igual de susurrante.

¡¿Qué estáis murmurando?! —preguntó el tipo al ver a Sam murmurar—. ¡Vamos, atacadles!

Sam se defendió del ataque de aquel tipo y comenzó la contienda. Iban a tener que coordinarse si querían ganar en desventaja numérica. Esperaba que la complicidad que siempre habían tenido los dos Ravenclaw no hubiese desaparecido.
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Henry Kerr el Vie Mayo 05, 2017 4:11 am

La madre que los parió. Esos malnacidos casi lo revientan como habían hecho con aquella pared. Suerte que habían fallador, o de lo contrario, ya no podría tener ningún tipo de pensamiento. Ni siquiera esos mismos con los que los estaba maldiciendo, pues estaría demasiado muerto para tener opinión alguna.

Si llegara a tener su varita… Esos malditos traidores ya sabrían lo que valía un Kerr. Sí. Cierto  es que antes de encontrarse en esa situación, tenía su varita y había acabado de esa manera. Pero joder, eso le había pasado por confiar demasiado en los compañeros mortífagos con lo que había ido en esa misión.

Si hubiera ido solo, hubiera optado por un método más sutil y sigiloso. Hubiera ganado altura, entrando desde una posición más ventajosa, que simplemente entrar de esa forma directa como habían hecho aquellos dos. En definitiva, hubiera usado la cabeza, como buen Ravenclaw.

No obstante, en vez de hacer eso, se había dejado llevar. Y solamente había que ver en el estado en el que se encontraba, para saber que no era la mejor idea que hubiese tenido en toda su vida.

Henry dejó de pensar en las malas decisiones anteriores, y se centró en su momento actual, mientras corría escaleras arriba buscando ganar distancia. Tenía un físico prodigioso, sobre todo en lo referente a su corazón y pulmones. Bueno quizás ya no tanto, pues hacía mucho que no practicaba rugby de forma regular, como en el pasado. Pero aún estaba en forma, y siempre entrenaba un poco para mantener el físico. Así que en teoría, sería relativamente fácil dejar atrás a esos malditos magos que le perseguía. En teoría, pues no conseguía zafarse lo suficiente de ellos, ya que su buen sistema cardiopulmonar, poco importaba cuando te acababan de dar una paliza con un bate de beisbol.

Sentía dolores por todo su cuerpo, más aun así, se obligó a seguir corriendo, ya que no tenía más opción. Pararse era sinónimo de muerte o más tortura. El problema es que no podía seguir toda la vida de ese modo. Su maltrecho cuerpo no resistiría una carrera de resistencia durante mucho tiempo, y aunque pensaba y pensaba, no se le ocurría una manera decente de enfrentarse a tres magos armados con varitas, teniendo solamente un palo para combatirlos.

La cosa no pintaba bien. Al menos no lo pintó hasta el momento en el que escuchó un ruido a su espalda. Desde un posición elevada. Aunque la definición correcta era una voz. Concretamente una voz que gritaba su nombre. Era el tono de una mujer, y eso lo descolocó un poco.

Esperaba que el ruido que había distraído a los magos para poder escapar, fuera obra de uno de sus compañeros. Que no hubieran muerto los dos, y que de ese modo tuviera un aliado en las sombras para poder revertir su situación. Sin embargo, sus dos compañeros eran hombres, así que escuchar a una mujer no entraba en sus planes. Menos que dicha mujer decidiera ayudarlo, después de darse cuenta que no era uno de los suyos.

No tendría queja sobre ello, pues ese muro mágico había sido su salvación. Y ahora mismo, poco le importaba si le ayudaba un mortífago o cualquier otra persona. Todo auxilio era bienvenido.

Sin embargo, seguía descolocado e intrigado por la situación que estaba viviendo en esos instantes. Que le ayudara una desconocida era el plato principal para sentirse así. No obstante, la suma de conocer a dicha mujer no favorecía llegar a una conclusión. Más bien todo lo contrario ¿Por qué cojones le ayudaba esa mujer?

Recordaba perfectamente el desprecio que había demostrado Nathan hacia la joven. Y tanto que lo había notado. Su hermano no es que hubiera intentado evitar que se percibiera la repulsa que sentía por la rubia. También recordaba el trato tan raro que le había dedicado la chica, y como parecía saber cosas de él, pese a no conocerla de nada. Y por supuesto, recordaba perfectamente como la había definido Nathaniel. Algo que hacía aún más extraño que la mujer decidiera socorrerle a él, un mortífago. Su enemigo.

Pero vaya, en ese aspecto, no era el único extrañado en aquel pasillo semiderruido. Su rival estaba tan confundido como él, y no era para menos.

- Muchas gracias-, comentó, estirando el brazo para tomar su varita. - ¿Cómo es que la tienes tú? ¿Estabas con ellos? - preguntó, intrigado porque su preciada varita estuviera en manos de quien menos pensaría en la vida que la tuviera.

También quería preguntarle por qué le ayudaba, pero no era el momento para esa pregunta. Por ello, se posicionó al lado de Sam de forma que pudiera usar su varita en defensa y contraataque de forma efectiva, y pensó en algunos conjuros que pudieran servirle para salir entero de aquella escena.

- ¡Oye! -, comentó, mirando hacia la joven un momento, pero en seguida desistió de contradecirla, y volvió a clavar su mirada en el rival que tenía delante.

Por supuesto que sabía lo que hacía. Seguramente tenía más cerebro, que la suma de masa cerebral de los tres idiotas fugitivos que quedaran en pie. Pero tampoco era el momento de corregir a la rubia. No era momento de preguntar ni corregir, parecía claro, que solamente quedaba repartir hostias a diestro y siniestro. Ya que los dos tipos que faltaban en la ecuación, no tardaron en llegar para apoyar a su compañero. Así que sería un tres para dos. Eso ponía las cosas interesantes. Y por supuesto, era mucho mejor que el tres para uno al que estaba abocado anteriormente. Por aquel entonces, además sin varita.

- Aquí el único subnormal eres tú. Que no eres capaz de vencer a un hombre armado con un simple bate de madera-, contestó al tipo que había hablado.

Nada más escuchar el susurro de la rubia. Al mismo tiempo que ese idiota animaba a sus compañeros a atacar, se volteó y lanzó un Expelliarmus sin previo aviso. Desarmando a uno de los dos magos que ahora tenía enfrente, y de ese modo iniciando el combate de una vez.

- Vamos, no tengo toda la noche-, se burló, para inmediatamente crear un Protego, que evitó que le impactara el contraataque del mago que quedaba armado.

Ahora le tocaba a él. Tenía varios conjuros para darle una lección a ese chico, pero la mujer había rebajado el número de posibilidades. Le había dicho que no matase a nadie, y por ahora le haría caso. ¿Un símbolo de respeto por ayudarle? No sabría decirlo. En el fondo no le apetecía matar a esos tres. Un nuevo reflote de esos sentimientos compasivos y bondadosos que a veces le daban. Como cuando estaba con Steven. En serio, como odiaba esos altibajos emocionales que tenía constantemente desde que volviera al Reino Unido.

- Imperius-, dijo, a la vez que lanzaba el hechizo sobre el mago que le había atacado, y en cuanto notó como quedaba afectado por la maldición, volvió a hablar. - Eh, ese tío acaba de insultar a tu madre. Creo que deberías soltar tu varita, y enseñarle con tus puños que con el honor de una madre no se juega.

Nada más terminar hablar, el hombre soltó su arma y se abalanzó sobre el otro chico, que estaba yendo a recoger su propia varita del suelo. Desgraciadamente para él, no a tiempo de hacerlo, viéndose obligado a tener que defenderse como podía de su compañero afectado por el Imperius.

Henry rió. Demasiado fácil. Eso los entretendría durante un rato, antes de inmovilizarlos o usar algún hechizo que los dejara inconscientes.

- ¿Cómo te va por ahí atrás? -, preguntó por encima de su hombro, interesándose por la rubia que cubría su espalda, del mismo modo que él cubría la suya.
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Henry KerrMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Dom Mayo 07, 2017 7:34 pm

Se la he quitado al tipo que has noqueado ahí atrás —le respondió de manera concisa a Henry cuando preguntó cómo es que tenía su varita. Lo lógico es que Henry la hubiese buscado, pero teniendo en cuenta el poco tiempo que tenía y que estaba en desventaja, lo más inteligente que pudo haber hecho había sido exactamente lo que hizo: salir corriendo.

Lo siguiente que pasó tuvo que ser rápido. Sam le pidió que le cubriese las espaldas y teniendo en cuenta la parte que le tocaba, esperaba que lo hiciera sin rechistar. Le había ayudado a salir y ahora ambos necesitaban la ayuda del otro, por lo que fuera como fuese, a ambos le convenía ayudarse aunque ahora mismo los dos fueran enemigos del otro. Al menos aparentemente, ya que Sam nunca vería a Henry como enemigo aunque éste le estuviese apuntando con la varita con un "Avada Kedavra" en la punta de su boca.

Así que tras pedirle que le cubriese las espaldas, Sam se encaró con aquel fugitivo que en realidad no era su enemigo.—Deberíais dejar que nos vayamos, ninguno de los que estamos aquí somos enemigos —le recordé antes de querer conjurar nada. Nunca había sido buena con los duelos, mucho menos en situaciones tan comprometidas y que le ponían nerviosa. Sam era buena en una rama de la magia, muy buena, de hecho, pero no era ni de lejos la de los duelos mágicos. Si puedes llegar a lanzarle un "legeremens", aquello estaba ganado, pero en aquellas circunstancias era sencillamente imposible.

Ha matado a mi compañero, no voy a dejar que se vaya a ninguna parte. Si tú quieres ponerte de su lado, entonces también te convertirás en mi enemiga —respondió el hombre con un desdén bastante notable.

Fue él el primero en lanzar una maldición, también fue el segundo y el tercero, ya que Sam se había limitado a defenderse una y otra vez. Fue un fallo de puntería del fugitivo lo que hizo que la legeremante pudiese coger la iniciativa y atacar con un sencillo "expelliarmus", el cual falló estrepitosamente. Era algo demasiado obvio, pero era algo inofensivo que dejaba al otro con cero posibilidades. Tenía que optar por otra cosa, algo que fuese más directo y dejase totalmente fuera de lugar al tipo. No obstante, antes de poder volver a conjurar algo, el tipo en cuestión conjuró un "Mobilicorpus" sobre Sam, haciendo que se levantase un poco del suelo y saliese volando hacia el tipo. Nada más llegar a él y quedarse a un palmo, el tipo puso la varita en su vientre y con un "Expulso" la mandó a volar en dirección contraria. No obstante, antes de que eso pasase, Sam había sujetado con una cuerda mágica, fruto de un "Incarcerous" el brazo del chico, por lo que éste también salió disparado con ella. Ambos rodaron salvajemente por el suelo de aquel lugar, el cual estaba lleno de piedras, imperfecciones y vidrio. Sam cayó de un costado, haciéndose bastante daño en su brazo derecho, el cual salió gravemente magullado y con algunos cortes. Aún así, se puso de pie. El chico había perdido la varita en el golpe y tenía parte de su rostro ensangrentado del daño que se había hecho en la cabeza, por lo que sin varita se tiró contra Sam. La legeremante agradeció sus conceptos básicos de defensa personal para poder quitárselo de encima con una llave y lanzarle rápidamente un "desmaius". "Emily, no sé dónde estás, pero mil gracias", pensó al ver como el cuerpo del tipo caía inconsciente a su lado. Llega a ser en otro momento y ni en broma se quita de encima a ese mastodonte.

Fue en ese momento en donde intentó mirarse el brazo, cuando la voz de Henry le alertó. Se levantó rápidamente de allí y se agachó al lado del hombre que recién acababa de quedarse inconsciente. Con un Memoror Cambiatio le cambió los recuerdos para que el fugitivo no pudiese recordar que la fugitiva de Sam Lehmann acabara de ayudar a un mortífago que ha intentado matarlos. Entonces Sam se dio la vuelta para ver como aquellos dos estaban demasiado ocupados intentando matarse entre ellos y puso los ojos en blanco. Sin duda, aquel que tenía delante era Henry, solo a él se le ocurriría hacer eso. Les apuntó aprovechando que ninguno le estaba prestando atención y con dos nuevos "desmaius" los dejó en el suelo a ambos. Se acercó a ellos corriendo y con el mismo procedimiento de antes, les hizo olvidar todo lo que había pasado, modificando sus recuerdos. Luego volvió a donde estaba Henry, con parte de su chaqueta rota y en donde se podía ver perfectamente sangre que salía de las heridas del interior.

No sabía qué decirle a Henry, pero ahora que estaba recién salida de un momento inquietante y nervioso, solo pudo decirle lo que sentía de verdad.—Fuiste un maldito Ravenclaw, Henry, así que deja de hacer el estúpido. Deja de atacar a gente que no te ha hecho nada ni a ti ni a nadie sólo por un ideal que ni siquiera respetas. ¿O me vas a decir que eres feliz haciendo esto? —preguntó, sin esperar contestación. El verdadero Henry que ella conocía tenía bien clara la respuesta a esa pregunta—. Hoy has tenido suerte de que te he encontrado yo, que te aprecio y no quiero verte morir. Pero podría haber sido otro que quiera verte muerto o cobrar por tu secuestro a tu estúpida familia de millonarios egocéntricos. ¡Así que usa la maldita cabeza! ¡¿En quién narices te has convertido?! —cuestionó finalmente, con rabia. Ella intuía la posibilidad de que lo hubieran cambiado, pero lo que verdaderamente creía ahora mismo es que había sido tan estúpido como todos los Kerr y que había caído en aquello que tanto había odiado—. No pensé que fueses a caer tan bajo. —"Y a decepcionarme tanto", le faltó decir. Se lo ahorró porque teniendo en cuenta cómo había sido Henry las dos veces que le había visto, dudaba mucho que eso fuese a importarle.

Le dio un agudo dolor en el brazo y lo miró con el ceño fruncido.—Puedes usar la aparición, ya ha caído el hechizo. —Lo había creado alguno de ellos y ahora mismo estaban todos desmayados, por lo que el hechizo no funcionaría.
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Henry Kerr el Vie Mayo 19, 2017 3:21 am

El sonido de la pelea a su espalda, había sido más que notable. Sin embargo, dicho ruido solamente servía para tener constancia del combate que se había producido entre la rubia y el tipo ligero de lengua. Y realmente no necesitaba escuchar ese combate para tener constancia de él, pues era evidente a donde desembocaba la conversación que había precedido a la situación actual. No había que ser un genio para deducirlo.

Era por ello, que el ruido de la pelea mágica no le aportaba información relevante. Y mucho menos lo que verdaderamente le interesaba de ella. ¿Quién había ganado?

El bocazas, o su… ¿aliada, amiga? Esa era otra cuestión que le rondaba la cabeza sin cesar. Le era imposible saber que había motivado a la joven a ayudarle de esa manera, pero qué demonios, sería muy estúpido pensar que no le había venido bien esa ayuda. Lo tenía inmensamente complicado luchando en solitario, armado con un simple bate de madera, y en su estado físico actual. No había mejor momento para que apareciera su ángel de la guarda particular, de cabellos dorados y lista para combatir a su lado, sino que además le había devuelto su bien material más preciado. Su hermosa varita.

En cualquier caso, esa circunstancia no era importante ahora mismo. El ruido había cesado, y la joven no había contestado a su pregunta, por lo cual bien podría haber vencido el imbécil que había llevado la voz cantante antes de la pelea.

Los dos con los que se había enfrentado, por el momento estaban demasiado ocupados pegándose entre ellos como para realmente ser una amenaza, así que tocaba dejar de cubrir la espalda de la rubia, para voltearse y directamente pasar a la acción. No hizo falta, después de todo.

La mujer parecía magullada, pero aún así victoriosa. El hombre con más boca que cerebro, no había sido rival para ella. Y ello le causó cierta sensación de felicidad. De orgullo. Lo más normal, era pensar que estaba orgulloso de ella porque lo había socorrido, dios sabría sus motivos para ayudarle.

Esa mujer era una traidora a la sangre. Una fugitiva. Lo tenía claro por las palabras que había intercambiado con el hombre al que había derrotado. Y porque como se había referido a ella su hermano, tiempo atrás, en aquel corto encuentro en el Ministerio. Pero si estaba vivo era gracias a ella. Era algo más que evidente para él, y cualquiera con una cabeza sobre los hombros.

Podría ser muchas cosas, sin embargo, ser alguien netamente injusto no entraba dentro de ellas. Le debía mucho a la mujer, y ser justo con ella era lo mínimo que se merecía. Aunque en su fuero interior, sabía que se sentía orgulloso por ella por algo más. Algo que le era imposible explicar. Como las lagunas mentales que tenía ocasionalmente, y esos sentimientos extraños que a veces le invadían.

- Lo siento, señorita…-, contestó, en cuando la chica dejó inconscientes a los tipos que había obligado a pelear entre ellos. Y dejó las palabras en el aire unos segundos, buscando un apelativo apropiado para ella. - Samantha. Eso es-, usó el nombre porque, sinceramente, tenía poca más información de la mujer ante sus ojos. - Samantha Lehmann. Así la llamó ese hombre. Y así recuerdo que te presentaste en el ministerio-, comentó.

Decirlo no había sido algo aleatorio. Era una forma de mostrarle de que recordaba su fugaz encuentro en el departamento donde ella trabajaba. La recordaba perfectamente, y no solamente porque le hubiera salvado en aquella noche. Esa rubia se había grabado a fuego en su mente, y se había quedado allí de un modo palpable. Seguramente por los curiosos aciertos sobre su persona, el colegio donde había estudiado, la casa, el año. Era un hombre demasiado lógico para creer en las coincidencias. ¿Quién era esa mujer? ¿Y por qué sabía cosas de él?

Puede que la información que tenía la chica, no fuera de extremo secretismo. Pero era inusual que una persona desconocida supiera tantas cosas de él. Y sobre todo, que le importara saberlas. Qué le importaba donde hubiera estudiado, o en qué año. Sin contar que no dejaba de actuar como si le conociera. Mejor dicho, como si él tuviera que conocerla.

- Sí, la verdad es que dejarme atrapar ha sido algo bastante estúpido. No volverá a pasar-, contestó de forma deliberada, pese a que la mujer no se refería a eso. Lo hizo dibujando una media sonrisa en los labios, que no tardó en cambiar a un gesto serio y frío. - ¿Por qué actúas como si me conocieras de toda la vida? La otra vez hiciste lo mismo, y comienza a ser un tanto intrigante-, ironizó. - Y tranquila. Sé muy bien que ya puedo irme en cualquier momento. Desaparecer y aparecerme donde quisiera. Pero así no conseguiría respuestas, ¿verdad? - volvió a sonreír a la joven.

Henry caminó de lado a lado, justo delante de la muchacha, con una mano colocada bajo la barbilla, y sin dejar de mirarla.

- De qué se supone que debo conocerte. No es difícil notar tu interés por mí. Las ganas que tienes que recuerde algo que se me escapa. Y si tan bien me conoces, seguro que sabes que no me gusta la falta de información. Siempre he sido un devorador de ella y del conocimiento. ¿A que sí? -, dijo, bajando el brazo en el que apoyaba la mandíbula, y sonriendo una vez más mientras enarcaba una ceja, en un gesto burlón.

Esa mujer era su enemiga. Pero esa noche no lo sería. Porque era lo mínimo que le debía después de salvarle, y porque necesitaba saber la conexión que tenía con él.

- Todos pensamos cosas que luego al final resultan como no esperamos-, respondió a su comentario de la bajeza. - Pero poco importa en que me haya convertido o a donde haya caído, y lo multimillonaria y egocéntrica que sea mi familia. Creo que es hora de poner los puntos sobre las íes, señorita Lehmann-, guardó la varita en su bolsillo, en señal de paz, y después se cruzó de brazos. - Porque seré un estúpido como comentó. Pero sigo siendo lo suficientemente perspicaz, para saber que una persona que me tiene aprecio, debe conocerme-, la miró de arriba abajo.

Ahora que se fijaba, la mujer no había acabado muy bien parada después de ayudarle. Menudo panorama. Los dos estaban para el arrastre.

- Aunque quizás prefieras ir a San Mungo primero. Tu brazo no tiene buena pinta-, comentó, pese a que él no es que estuviera muy bien que digamos.

Le ardían las costillas donde el mago torturador le había golpeado como a un saco. Así como otras tantas laceraciones que tenía por el cuerpo, fruto de otros golpes con el bate, y de los cascotes de aquel muro que había caído cerca de él, dejándolo inconsciente. De ese infortunio había salvado la vida por poco, y ahora que su adrenalina bajaba después de los momentos de tensión, era más consciente de sus heridas. Sobre todo de una que tenía en el lado izquierdo de la sien, y que nada más tocarse, le dio la sensación de que era la causante de su desmayo en el primer combate.
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Henry KerrMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Jue Mayo 25, 2017 3:20 am

¿En serio no se acordaba de su nombre? ¿A qué tipo de juego estaba jugando? No sabía qué creer. ¿De verdad no se acordaba de ella o jugaba a no acordarse? No sabía por qué, ni con qué motivo le habían hecho eso a Henry, pero sin duda alguna algo le pasaba. Aquel no era ni de lejos el Henry que ella conocía, a excepción del dato curioso de que sólo una persona como él sería capaz de deshacerse de los dos enemigos haciendo que se enfrentasen entre sí. Pero aún así, no entendía como es que no recordaba absolutamente nada de ella. Cero. ¿Qué ganaban haciendo que no se acordase de Sam? ¡No ganaban nada!

Probablemente no supiesen lo que se sentía cuando tu mejor amigo te hace el vacío; un vacío real. Pensar en la sola posibilidad de que Henry no se acordase de ella, la hacía sentirse infinitamente perdida en medio de un mar de violencia. Él. Él era el único que ahora mismo podría sacarla del pozo en el que se encontraba y todo se había reducido a un encuentro en el que él, otra vez, la valoraba como si no fuese nadie importante en su vida. Insípida y sola, así se sentía, como si no valiese nada para una de las personas más importantes de su vida. Si no significaba nada para él, ¿por qué iba a significar algo para alguien? Con razón todos se han ido alejando de ella.—Al menos te acuerdas de algo... —murmuró por lo bajo al decir que se acordaba de la presentación del Ministerio, ese día en el que se le cayó un mundo encima.

Prestó atención a todo lo que tenía que decir Henry, aunque nada de lo que decía en realidad le revelaba nada, solo el hecho de que efectivamente, no tenía ni idea de quién era Sam. Lo único que sabía de ella era su nombre y porque se lo había dicho ya dos veces.—Porque te conozco de toda la vida —respondió tajante.

Bajó la mirada y sujetó su brazo dolorido mientras le escuchaba hablar en silencio. Su voz le sonaba tan familiar, sus expresiones eran tan cercanas y hasta su mirada le parecía de siempre, que nada de lo que decía iba en sintonía con lo que ella sentía. Era muy extraño y todavía no sabía ni lo que debía decir en frente de alguien para quién no eres nada. Lo que daría por poder meterse dentro de su mente ahora mismo y ver cuál era su realidad. Pero siempre le prometió que jamás usaría la legeremancia en contra de él, ni siquiera cuando todo lo posiciona en el bando que quiere verla muerta.

Alzó la mirada cuando sugirió ir a San Mungo.—¿Estás de coña, no? Desde que ponga una pierna en San Mungo, los aurores del Ministerio saltarán a por mí —le respondió, de una manera poco amigable y bastante triste, a pesar de que había sonado bastante ruda. Le iba a hablar claro, como hasta ahora—. ¿Y qué respuestas quieres conseguir si no me has hecho ninguna pregunta, Henry? ¿Quieres que te diga por qué además de ser un estúpido, tu perspicacia no sirve para nada en estos momentos? ¿Quieres que te cuente lo mucho que odio a tu familia, a tu hermano y lo mucho que ellos me odian a mí? Que no te engañe la falsa indiferencia de tu asqueroso hermano. Quizás prefieres que te cuente por qué he arriesgado la vida por alguien que no sabe quién soy, o quizás el por qué de considerarte una persona importante en mi vida cuando tú no tienes ni pajolera idea de quién soy. Podría decirte por qué eres dragonolista y cuándo surgió esa pasión en ti, e incluso podría decirte con quién fue tu primer beso. ¿Quieres saber por qué sé todo eso? ¡Esas respuestas te valen? —preguntó con retórica, sin darse cuenta de que además de levantar la voz, había andado hacia él haciendo que éste retrocediese un poco—. Porque a mí también me gustaría tener respuestas por tu parte. Cómo por qué desapareciste hace tres años, por qué tardaste tanto en regresar o por qué ahora no eres más que otro purista a los que siempre has despreciado. Y si tienes alguna duda de lo que te he dicho, te invito a que compruebes de que la que te dicen que es tu enemiga, es en realidad la única que te va a decir la verdad. —Entonces rápidamente se metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacando una pequeña cartera. De ella sacó una foto, una foto ya bastante vieja en donde salían Henry y Sam con apenas quince años, una foto que se habían sacado en Hogsmeade con la cámara polaroid que ni siquiera era de ellos. Ella había recortado al foto y la guardaba con cariño siempre en su cartera. Ambos salían sonriendo, él con un gesto travieso, con uno de sus brazos por encima de los hombros de Sam y ella abrazándole por la cintura, con una sonrisa tan risueña que prácticamente parecía que tenía los ojos cerrados.— Sabrás reconocerte, espero.  
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Henry Kerr el Lun Jun 05, 2017 12:53 am

Una respuesta que significaba mucho, y al mismo tiempo nada. Al menos para él. Te conozco de toda la vida, es de esas expresiones que para la gente debían simbolizar algo. Y por algo se podía englobar una historia importante. Una gran amistad, un primer noviazgo o al menos un familiar. Una expresión así, como mínimo debía generar una oleada de recuerdos a su paso.

Debería. Pero no era su caso. Esa chica le había dicho que lo conocía de toda la vida con determinación. Con la fe de quien sabe que es verdad, o al menos cree saber que es verdad. Su voz y tono así de tajante había sido. Más eso no importaba. No importaba cuando creyente se mostrara. Para él era una completa desconocida.

Una chica rubia, muy hermosa eso sí, pero que no conocía de nada. Salvo por aquel encuentro fortuito en el Ministerio. Un breve lapsus de tiempo, que no se podía considerar más que una mota en la inmensidad del ya referido tiempo.

No obstante. Sentía que debía hablar más con esa mujer. Ya fuera por su vehemencia, o por la inseguridad que le creaban las lagunas mentales que iba padeciendo últimamente, sentía la necesidad de escuchar lo que tuviera que decir.

- De toda la vida creo que es un poco excesivo. ¿No te parece? - respondió.

Lo dijo en un tono neutro sin extrañeza porque dijera algo así, ni ningún otro sentimiento tiñendo sus palabras. Simplemente era su realidad. Lo que sabía y recordaba de la mujer no concordaba en absoluto con lo dicho por ella.

- Seré franco. El primer recuerdo que tengo de ti, es cuando nos conocimos en el Ministerio de Magia. En tu departamento. Bueno en tu… ya sabes-, comentó, cortándose un poco por lo último que iba a decir.

Antiguo departamento. Eso era lo que completaba la oración. Una frase de lo más simple y sencilla. Que no exponía nada, que no supiera de antemano la rubia . Así que, ¿por qué no decirlo?

Que podía decir. Se había sentido compungido y no había terminado la frase por ello. Imaginaba que era una situación desagradable para la antigua funcionaria del Ministerio. Y a veces no podía evitar sentir lástima por aquellas personas que lo había perdido todo por el cambio reciente. O más bien, sería correcto decir, que sentía lástima por algunas en concreto.

Steven era una de ellas. Sabía que era su enemigo, un traidor. Y aún así, no podía negar que los problemas del australiano le afectaban más de lo que nunca reconocería. Con Sam le pasaba lo mismo, y eso que la conocía mucho menos que al rubio. Steven había sido su compañero en el colegio, y hablado con él los últimos meses. ¿Pero Sam? Solo tenía como recuerdo el día del Ministerio, y ahora la consideración de la joven de que se conocía de mucho más tiempo de lo nunca hubiera imaginado.

- Perdón. Supongo que me han pegado más duro de lo que pensaba. Me habrán roto algo en la cabeza-, rió levemente, después de bromear. - En fin. No sé por qué he dicho eso. Es una autentica gilipollez. Espero que tengas un sitio donde poder curarte-, hizo un movimiento de cabeza señalando su brazo. - No tiene buena pinta-, comentó finalmente.

Curioso. Realmente había deseado que tuviera un lugar al que poder acudir para sanarse. Que conociera a un medimago que pudiera atenderla, aunque no fuera precisamente en San Mungo.

Y no solamente eso era curioso. Entre esto último, y lo que ya había cavilado anteriormente sobre Steven y Sam. Sobre sus sentimientos confusos por gente como ellos. Se podía considerar, con todas las de la ley, el peor mortífago de toda la historia. Madre mía. Si su padre o hermano supiera la mitad de las cosas que había pensado en los últimos meses, lo mandarían de vuelta a perseguir dragones con una marcada patada en el culo.

- Oye, sin faltar. Que tampoco soy tan estúpido. Bien que lo de San Mungo ha sido una tontería. Pero…-, dejó de hablar unos instantes para buscar lo más estúpido posible de decir. - Es que no estoy bien. Me han afectado la mente con medicina de madera. Seguro que ha sido por eso. Estoy seguro.

Por supuesto, también había sido deliberado decir “tan” estúpido. Porque se había cubierto de gloria con lo del hospital, y eso ya no tenía arreglo posible. Salvo reconocer que un poco tonto sí que era.

- Sí. Tengo que reconocer que no estaría mal que me contarás todo eso. Que me contaras por qué mi asqueroso hermano, como tú los has mencionado, y que por cierto, no tenías por qué faltarle el respeto a mi familia, no tiene indiferencia hacia a ti, sino odio. Por qué mi familia te odia. Por qué los odias tú a ellos. Por qué me has ayudado-, comentó más serio, sin dejar de mirar directamente hacia los ojos de la rubia. - Sí. Todo eso estaría muy bien. Y pensé que quedó implícito en mis anteriores palabras, aunque no lo preguntara directamente. Me interesa conocer más de ti, y de lo que sabes de mí. Exactamente esto quiero, señorita Samantha. Básicamente, por qué me conoces y cuál es nuestra relación. Qué somos. Qué día empezó esta historia.

No desvió la mirada en ningún momento. Esa mujer parecía una loca con sus comentarios, pues de algo no podía estar más seguro, salvo de que no la conocía de nada. Pero no podía negar que sabía mucho de  él. Sabía hasta que era dragonolista. Y aunque bien podría habérselo escuchado decir a Nathan en el trabajo, cada casualidad se acumulaba con la anterior, e iba haciendo menos probable que fuera casualidad de verdad.

- Sí. Eso quiero saber. Dime por qué soy tan importante para ti. Tanto como para arriesgar tu vida por mí-, dijo, manteniendo una vez más sus iris de color azulado sobre ella.

Su intriga era tan grande, que no podía dejar de mirarla. La curiosidad que lo inundaba todo dentro de su ser, y le obligaba a saber más de esa mujer. De por qué sabía tanto de él. Solamente desvió la mirada para observar lo que sacaba de su bolsillo, y lo que a su vez sacaba de la cartera que había tomado de dicho bolsillo.

Una foto. Pero no cualquier foto. Una foto que le fue imposible no tomar de entre sus dedos, para mirarla más de cerca.

- Desaparecí por trabajo. Eso lo sabe todo el mundo, o eso pensaba-, comentó, sin dejar de observar la foto. Examinando cada detalle en ella. - En cuanto terminé la universidad me marché al extranjero. He estado dando tumbos por el mundo, detrás de las distintas especies de dragones. Conociendo de cerca cada una-, dijo, antes de levantar la mirada, para volver a centrar sus ojos sobre ella. - Este niño puede ser cualquiera. ¿Nunca te han dicho que todos los rubios nos parecemos? - bromeó, alargando la mano para devolverle la foto. - ¿Quién eres? - preguntó serio.

Estaba claro que el de la foto era él, y se había reconocido. Pero para un hombre como él, era difícil no hacer tal broma, por no decir imposible. Sin embargo, ahora estaba más intrigado por lo que tuviera que decir la chica.

- Aunque no se notase la primera vez que lo dijera. Quiero saber qué somos. Quiero saber quién eres, Samantha Lehman.
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Henry KerrMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Jue Jun 08, 2017 12:16 am

Le iba a dar un ataque de nervios allí, un patatús, un infarto de miocardio, un ataque de ansiedad, pero algo le daba a Sam allí frente a ese Henry que se negaba a reconocerla. ¿Que el primer recuerdo que tenía de ella era en el Ministerio hace apenas unos meses? ¿Y qué pasa con el primer día que se conocieron con once años? ¿Y cuando fueron a Hogsmeade por primera vez con trece? ¿Acaso se ha olvidado de todo aquello que pasaron juntos en Hogwarts y fuera del castillo, una vez graduado? ¿Se había olvidado de lo mucho que se querían? No. Se negaba a creer aquello. Se negaba a creer que todo lo que vivió solo fue una mentira y que Henry había sido tan egoísta como para sacarla de su vida por conveniencia. Henry no era así. Si no la recordaba era porque algo había hecho que así fuese; algo ajeno a él mismo. —En mi antiguo departamento, ya lo sé. Recuerdo perfectamente ese momento —respondió ante su titubeo. —Si yo te dijera cuál es el primer recuerdo que tengo de ti, probablemente no me creerías.

Controló su respiración, ya que no quería sonar como una loca y mucho menos parecerlo. Henry siempre había sido de esas personas que tienen que ver para creer y sabía que no iba a creer a alguien que no sabe ni controlar lo que dice. ¿Lo malo? Que Sam estaba triste, muy triste. Había perdido a su mejor amigo por completo y, por mucho que le dijese la realidad, aquello iba a seguir así. Sí, ella había ido dos meses al Cairo para estudiar con un especialista en la memoria humana, quién aseguraba que podía recuperarse, pero aún así... aún así ella era consciente de que no iba a ser el mismo nunca. Y eso es lo que más le apenaba, lo que más le dolía: estaba hablando con una de las personas más importantes de su vida y eso él nunca lo sabrá.

Se metió con Henry cuando éste le dijo que fuese a San Mungo, usando una ironía desbordante. —No creo que los golpes de ahora sean los que te han roto algo en la cabeza... —comentó en voz baja. —No lo tengo. Sólo tengo el lugar en donde duermo y no tengo conocimientos médicos, así que improvisaré con lo que nos enseñan en Hogwarts.

Perdió un pocos los nervios tras soltarlo todo y él pareció corresponderle de la misma manera. Todo lo que ella podría decirle y lo que quería saber, él no tenía problemas en decírselo, además de que también tenía muchas otras preguntas que hacerle a la legeremante. La conversación se había vuelto más intensa que hace un rato, en donde ella podría controlarse, pero por un momento tenía tanta información que revelar y tantas preguntas que se sintió agobiada, con ganas de llorar. Le resultaba tan violento que su mejor amigo no supiese nada de ella...

Soltó un bufido cuando dijo que todo el mundo sabía que había desaparecido después de la universidad por motivos de trabajo. —Cuando terminaste la universidad no te fuiste a ningún lado, Henry. Te quedaste en Londres, conmigo —le respondí en voz baja. —Y ese niño no es cualquiera, eres tú con quince años en Hogsmeade, junto a mí. Puedes creértelo o no, pero te doy mi palabra de que ese niño no es nadie más que tú. Henry Kerr, mi mejor amigo y prácticamente mi hermano durante todo Hogwarts. Sin ti no hubiese sido nadie y ahora... ahora no te acuerdas de mí. —Bajó la mirada y se llevó una de sus manos a sus ojos, los cuales se habían debilitado para dejar salir un par de lágrimas de tristeza.

Su interés y su voz más comprensiva fueron prácticamente lo más cercano que había escuchado a Henry. Aunque escucharlo llamarla Samantha Lehmann había sido como un puñal en su corazón. Él siempre le llamaba Sam o Jota, ¿pero Samantha? ¿O apellidarla? Nunca. Subió la mirada lentamente hacia él. —Te puedo contar todo lo que sé y lo que creo que te ha pasado, pero no te va a gustar y sé que seguramente te pierda para siempre. Está en tu decisión confiar en mí durante al menos diez minutos y te contaré mi verdad, la cual no será para nada como la verdad que ahora mismo tienes en tu cabeza —dijo, con los ojos empañados de la triste emoción que la embriagaba. —Lo único que puedo hacer yo es intentarlo. Probablemente no te acuerdes, pero siempre te prometí que lucharía por ti, aún cuando todo parece perdido. —Le tendió la mano al darse cuenta de que los que estaban allí tirados no tardarían mucho en despertar. —Vayámonos a otro sitio. No me consideres tu enemiga durante un rato. Después de hoy puedes hacer lo que te plazca.

Si aceptaba, Sam se desaparecería con él hacia su tienda mágica, justo al interior. No quería ser tan necia de darle la ubicación, por lo que se desaparecería en el interior y le haría desaparecerse desde allí mismo para que no pudiese saber en donde estaba. La tienda era lo suficientemente grande como para albergar casi diez personas, al fin y al cabo, Sam necesitaba un sitio para vivir... aunque fuese una maldita tienda de campaña mágica que le hacía vivir de manera nómada.
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Henry Kerr el Mar Jun 20, 2017 4:55 am

La chica le había comentado, que si le dijera cuál era el primer recuerdo que tenía de él, no le creería. Y seguramente tuviera razón.

Como hacer caso a una mujer que decía conocerle de antes, cuando en su mente no había recuerdo alguno de ella. No había nada dentro de su cabeza que diera algo de esperanza a la rubia. Que sirviera para consolidar su argumento, y acercarlo a la verdad. Ni por mundano que fuera.

Con ese panorama, era fácil que  la situación acabara finalmente estancada. Si la rubia estaba tan segura de que lo conocía, él estaba igualmente convencido de lo contrario. Y como no estarlo, cuando no tenía ningún recuerdo que sirviera para corroborar lo que decía la chica. Es más, cuando toda la lógica decía justamente lo contrario. Que era imposible que conociera a una persona de la que no tenía recuerdo alguno. Salvo el encuentro el Ministerio, muy posterior a lo que mujer razonaba. Donde además, para más señas, ya había actuado como si lo conociera de antes.

No. No. Podría ser un tonto y muchas otras cosas que quisiera decirle. Pero no dudaba de lo que había dentro de su mente. Así que Samantha tenía tantas posibilidades de convencerle sobre su pasado, juntos, como de que los cerdos volasen sin la ayuda de la magia. Y por supuesto el lanzamiento de cerdo con catapulta no contaba.

Al menos era así hasta que la joven sacó la foto de su cartera. Sabía perfectamente que las fotos muggles se podían trucar. Se podían hacer auténticos malabares con ellas, y sin necesidad de la magia. Los propios muggles podían hacerlo. Pero… No podía negar que parecía real, con las típicas arrugas por ser manipulada con las manos, y esa antigüedad que afectaban a todos los objetos, pero que a las fotos les daba ese toque especial.

- ¡Oye! - exclamó. - Que soy tonto, no sordo-, le comentó. - Ese bate ha hecho muchos estragos en mi cabeza-, se excusó.

De todos modos, sabía que el comentario de San Mungo no tenía perdón. Había sido la estupidez más grande dicha por una persona en mucho tiempo. Descontando políticos, claro está. Ese colectivo merecía un espacio aparte. Pero quitando a esos, la chorrada que había dicho era impresionante, y difícilmente superable.

Pero en fin, sabía que el comentario de la mujer a su lado, no era solo por lo que había dicho. No era estúpido, pese a que lo pareciese con frases como aquella, y sabía que algo no iba bien en su mente. Aunque no lo reconociese abiertamente, era evidente que su cabeza no andaba bien. Los sentimientos encontrados, o directamente los que no debería albergar cuando perseguía a algunos fugitivos, eran el trozo más grande del pastel. Del problemón que afectaba a su mente. Si ahora además se añadía que olvidaba a gente, estaba apañado.

- Sí. Sé que soy yo. Todos los rubios son iguales, pero no todos son tan guapos como yo-, bromeó con autosuficiente, para después sonreír divertido. - Vale, te creo. Es evidente que soy el de la foto. Pero el resto de la historia es difícil de asimilar para mí. Debes entender eso. Lo de mejor amigo son palabras mayores. Piensa que no te recuerdo, y no soy los de que olvidan a un amigo.-, le comentó, echando otro ojo al brazo de la joven.

¿Por qué le preocupaba tanto su estado? Sí, le había ayudado, y le debía una por ello. Era por eso que la escuchaba. Pero tampoco tenía que preocuparse tanto por una enemiga. El día de mañana, tendría que cazarla como al resto de los fugitivos. Ese día intentaría capturarlas viva para llevarla ante las autoridades, como solía hacer. Sin embargo, si las órdenes eran otras, o si debía hacer algo más duro para sacarle información… El deber hacia la causa en la que creía estaba por encima de todo,  aunque lo hiciera a su estilo.

No obstante, eso sería el día que volvieran a encontrarse. Esa noche eran amigos. O mejor dicho, no eran enemigos.

- Igual que intento comprenderte. Tienes que imaginar que es difícil creerte cuando no tengo nada en mi mente sobre ti. ¿Lo entiendes? No tengo nada que me haga recordarte. Absolutamente nada. Mi cerebro está vacío de Samantha. No hay ningún hilo del que tirar para rescatar nada referente a ti de mi mente-, suspiró resignado.

En cierta forma, no podía ayudar a aclarar la situación. Estaba la foto, pero nada más. La foto marcaba claramente que se conocían. Que debían conocerse. Y el gesto de ambos, parecía darle la razón a la mujer. Parecían amigos. Sin embargo, seguía teniendo la mente en blanco con respecto a ella.

Eso le fastidiaba. Odiaba no poder resolver el rompecabezas. Sobre todo, teniendo en cuenta que ese rompecabezas era su preciada mente. Su cabeza era muy importante para cualquiera, mas para él. Como podría vivir siendo un Ravenclaw estúpido. Pero aún, ¿y si el problema iba a peor? No quería imaginarse postrado en una cama como un vegetal sin cerebro, pero ahora mismo era lo que más le asustaba en la vida.

- No. Diez minutos no. Son demasiados. Te doy nueve y cincuenta y nueve segundos-, bromeó con una media sonrisa. - Vamos, no te pongas triste. Solo es una broma. Te escucharé. Tienes esos diez minutos y los que necesites. Me gustaría al menos poder darte la oportunidad de explicarte. Olvida que somos enemigos. Esta noche quiero saber lo que tienes que decirme-, comentó con voz cálida y amable.

En el mismo tono tranquilo de la primera vez que la viera en el Ministerio. Pero con un toque más afectivo para calmarla, pues se le notaba el tinte de la tristeza impreso en la mirada.

- Tranquila-, dijo, extendiendo la mano para limpiarle una lágrima del rostro. - El mundo se ha ido a la mierda. Pero al menos seguimos vivos ¿no? - sonrió. - Ten la foto. La querrás guardar. Es especial-, comentó, dejando la foto al alcance de la rubia, pues con la emoción no la había llegado a tomar. - Vamos, llévame a ese lugar tranquilo. Tenemos mucho de qué hablar.

Sabía que no lo llevaría a ninguna trampa. Para qué demonios iba a salvarlo, si luego iba a emboscarlo. No tenía sentido, así que estaba seguro de que la chica decía la verdad a ese respecto. Estaba tranquilo.

Al menos en ese aspecto. Ya que por todo lo demás estaba nervioso. Por todo lo que le pudiera contar esa chica. Por la historia que tuviera para él. Por las heridas que padecía Samantha, que no podía quitarse de la cabeza. Y sobre todo, porque por algún motivo, no podía ver llorar a esa mujer.
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Sam J. Lehmann el Jue Jun 22, 2017 2:09 am

¡Arg! ¡La estaba sacando de quicio con tanta broma! Por una parte veía en esa persona a Henry más que nunca, bromista y despreocupado. ¿¡Pero no se daba cuenta de que ella estaba hablando en serio!? ¡Ahora mismo Sam tenía ganas de todo menos de sonreír! ¡No quería reírse de un chiste de alguien que finge ser Henry!

Una Sam de lo más burlesca apareció en la mente de la legeremante, repitiendo con retintín la frase de Henry de: "No soy los que se olvidan de un amigo". Ya, claro. Está claro que no eres de los que se olvidan de un amigo. Clarísimo. Ahora mismo se sentía contrariada con sus sentimientos: aún quería achucharle después de tanto tiempo necesitándolo pero a la vez quería volver a coger el bate para darle en la cabeza a ver si así reaccionaba, ¿y éstos instintos asesinos de donde han salido repentinamente?

Normalmente los tratos que se le dan a las personas a las que se le han borrado datos en la memoria son sutiles y deben darse poco a poco. Uno no sabía cómo podía reaccionar una persona cuando le dicen que han hurgado en su mente para hacerle ser una persona totalmente opuesta a cómo era antes, ¿quebrar la voluntad de una persona y hacer de una personalidad una representación de lo que tú quieres? La gente no se lo solía tomar muy bien. Sam lo sabía, era legeremante y no era la primera vez que trataba con gente cuya memoria había sido modificada. No obstante... en ese momento le salió del alma decir lo que tenía que decir. —Si no hay nada referente a mí en tu mente, es porque te lo han borrado. —Simple y llanamente. La verdad por delante. —Eso o has decidido tomar un camino en el cual yo no formo parte y finges una realidad que no es con tal de apartarme. Lo cual sé que no es real porque el Henry que yo conozco, como bien dices, no olvida a sus amigos.

Henry aceptó la oferta de Sam con otra broma que no le hizo gracia. En el fondo tenía gracia, pero en este momento la legeremante estaba estresada. Entre la herida que tenía en el brazo y que estaba lidiando con una situación que le superaba, las bromas estaban de más.

Recuperó la foto que le había tendido a Henry y se sintió en casa cuando la mano de su amigo se posó en su rostro para quitarle dulcemente una lágrima. Si es que... lo que sentía por este hombre era inhumano. Aún no entendía como podía querer tanto a una persona que no es de tu misma sangre, aún cuándo ésta ha dejado claras evidencias de que ni siquiera te reconoce. Sin embargo... ahí seguía Sam, sin que ni una pizca de sus sentimientos se desvaneciese. Y sólo por eso, se llenó de energías para luchar por él. No iba a dejar que quién fuera que le hubiera lavado la mente se saliese con la suya. Henry merecía la verdad y la oportunidad de elegir su propia vida.

Sam le sujetó entonces la mano a Henry y se desapareció con él al interior de la caseta en la que se hospedaba. Era una tienda de campaña mágica, por lo que era mucho más grande que una convencional. Justo el lugar en donde se aparecieron era el centro, una zona de un metro cuadrado que separaba las diferentes habitaciones: a la derecha una cama llena de almohadas y cojines, a la izquierda lo que parecían los utensilios de la cocina y, al fondo, una mesa acompañada de varias sillas. Se había aparecido directamente en el interior de la caseta porque no tenía intención de mostrarle el lugar en donde se encontraba. No sabía a qué se enfrentaba ni qué controlaba su mente, pero no iba a poner su propia ubicación en peligro. —Siéntate ahí. —Le señaló a las únicas sillas que habían.

Ella, por su parte, encendió las luces con su varita y se quitó la chaqueta con cuidado de no hacer daño en la herida que tenía en el brazo y la dejó a un lado, quedándose con una camiseta bastante normal. Luego se sentó en frente de Henry, lugar en donde había una caja en cuyo interior habían cosas de primeros auxilios. Lo primero que sacó fue un bote de agua y gasas para limpiarse la herida y ver qué tenía debajo de esa sangre, ya que le dolía.

Mientras se limpiaba la herida con tranquilidad y suavidad, comenzó a hablar. Obviamente le hablaba a él, aunque su mirada estaba fija en su herida. —El uno de septiembre del dos mil entramos los dos a Hogwarts, fuimos seleccionados para Ravenclaw y nos presentamos en la mesa de nuestra casa cuando yo me senté a tu lado después de haber sido seleccionada. En aquel momento recuerdo que tú estabas un poco fastidiado por ir a Ravenclaw, ya que tu familia quería verte en Slytherin —comenzó a relatar mientras retiraba las gasas con sangre y las colocaba sobre la mesa. —Recuerdo que la primera vez que nos hablamos fue en el pasillo de la segunda planta en nuestro segundo día, perdidos porque no sabíamos donde estaba el aula de encantamiento. Eras un encanto, me ayudaste muchísimo cuando me veías perdida sin tener ni idea siquiera entre la diferencia entre un encantamiento y un hechizo. Tú me lo explicabas, a pesar de que alguien como tú debería de simplemente ignorar a alguien de mi estatus sanguíneo, ¿no es así? —Lo miró un momento, para a continuación ver cómo la herida comienza a verse a través de la sangre. Se había hecho varios cortes a lo largo del brazo, pero por suerte ninguno parecía especialmente preocupante, aunque no por eso no dolían o necesitaban curarse igualmente. —Sin embargo, el día en el que me di cuentas de que eras diferente, fue en esa clase de vuelo en donde nos enseñaron las bases del quidditch. Oh, tú estabas muy emocionado, aunque yo no tanto. Las bludger me daban miedo... —Esbocé una sonrisa. —Pero aún así, jugamos. Ese día no solo me partió un brazo una bludger, sino que me caí de la escoba. Muchos se preocuparon por mí, otros muchos se rieron, pero tú fuiste el único que se acercó a mí para ayudarme a llegar a la enfermería, ya que la profesora no estaba. No solo me ayudaste a llegar allí, sino que te quedaste a mi lado mientras yo sufría con esa asquerosa poción. Yo creo que después de ese día... comencé a considerarte un amigo. Y eso solo es los primeros meses de nuestra estancia en Hogwarts...

Dejó las gasas ensangrentadas sobre la mesa y sacó de la caja un desinfectante. Sí, ella ahora mismo iba a lo muggle total. No tenía ningún contacto que le consiguiese pociones ni mucho menos los ingredientes para fabricarlas ella misma. Así que se echó desinfectante en las heridas poco a poco con ayuda de la gasa. —Podría decirte mil y un sucesos que me pasaron contigo, gracias a Dios yo no he olvidado los mejores momentos que pasé en Hogwarts, que en una gran mayoría fueron contigo, pero creo que no serviría de nada porque tú no lo vas a recordar. Así que voy a decirte lo que pienso de todo esto —dejó las cosas a un lado y miró directamente a Henry a los ojos. —Tu hermano Nathaniel siempre me hizo bullying en Hogwarts por mi estatus sanguíneo y porque era amiga tuya. Tú, siempre, le plantaste cara aunque él te sacara tres años. Siempre andabas quejándote de tu familia, de lo retrógrada que era, de lo purista que eran... y de lo mucho que te presionaban con tus ideales. Ellos siempre me culparon de que había sido yo la que te había hecho cambiar y siempre te repetían que no te juntases conmigo, aunque a ti eso te daba igual, aún cuando nos graduamos y te separaste de ellos para vivir tu vida como tú quisieras. Ellos me odiaban por hija de muggles y por ser tan cercana e influenciable para ti, y yo los odiaba a ellos porque te hacían la vida imposible, una y otra vez. Siempre querían doblegarte y dominarte, sobre todo tu asqueroso hermano... —Eso último lo dijo con rencor. —Y perdóname si te ofendo, pero estoy en todo mi derecho de odiar y sospechar que tu familia te ha lavado el maldito cerebro para que seas a su imagen y semejanza. Ya me dirás qué otra persona desearía más que te olvidases de mí y te convirtieses en un asqueroso perrito faldero que sigue los ideales de un señor repugnante. —Bajó entonces la mirada por todo lo que había dicho, cogiendo del interior de la caja una pomada cicatrizante y unas vendas. Un mortífago de verdad se ofendería por esas palabras. Insultar a su querido Señor Tenebroso, qué Dios la perdone por sus pecados. Si no la había matado ya por sangre sucia, no la iba a matar por eso tampoco.

Abrió la pomada con lentitud, para entonces añadir una última cosa. —Y recuerdo perfectamente el día que me dijiste que querías ser magizoologo, aunque yo te convencía de que el quidditch se te daría genial. Fue la primera vez que nos dieron permiso para ir a Hogsmeade un fin de semana. ¿Te acuerdas de ese día? —Lo preguntó con interés, porque ese día se lo había pasado absolutamente todo junto a ella.
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Henry Kerr el Mar Jun 27, 2017 5:09 am

Las palabras de la mujer fueron duras y tajantes. Pero sinceramente, mejor así. No quería rodeos de ningún tipo, menos cuando le hablaban de una cuestión de esa envergadura.

¿Borrar la mente? Maldita sea, que podría preocuparle más en la vida, que alguien jugara con sus recuerdos. Con su conocimiento del mundo que le rodeaba. Aterrador. Extremadamente aterrador.

Pero no. No podía ser. Lo que le decía no podía ser cierto. Por mucho que lo dijera con el énfasis de quien se sabía valedor de la verdad, no podía ser verdad. La chica le estaba mintiendo. Era lo más lógico pensar. Aunque si lo hacía, debía ser la mejor mentirosa que hubiera conocido jamás. Tan segura de sí misma lo decía, que le llegaba a crear dudas respecto a sus pensamientos. Unas dudas que hacían quebrar la lógica anteriormente pensada.

Sin embargo, ¿si no era una embustera, que era? Alguien que creía en lo que decía, pero que realmente no sabía de su error. Sí, debía ser eso. Sam pensaba de verdad en todo aquello que le comentaba, sin darse cuenta de que todo era mentira. Pero entonces, como explicar la foto donde se veía con ella. Como explicar que estuviera equivocaba en tantas cosas.

Para ello, solamente quedaba una tercera opción. Le habían borrado la mente. Y no quería ni llegar a imaginar que fuera verdad.

De todos modos, no dijo nada. Demasiadas dudas en su cabeza, como para abrir la boca y soltar un disparate. No era de los que decían estupideces, si podía ahorrárselas. Además, ya le había dicho a la joven que la escucharía. Y por enemiga que fuera, esa noche le había ayudado, y le había dado su palabra. Sin contar, que si quería conseguir saber cómo demonios aparecía en una foto junto a ella, tenía que primero escuchar su versión de la historia. No podría atar cabos sin oír lo que tenía que decir.

Y maldita sea. Como deseaba poder atar esos cabos sueltos. Si existiera un dios, él bien sabría lo poco que le gustaba al rubio no poder completar un rompecabezas. Y cuando ese puzle, era su propia mente, la importancia de terminarlo se volvía una cuestión vital para él.

La joven lo llevó a un lugar que pudo reconocer fácilmente nada más llegar. Una tienda de campaña, mágica. Mucho más espaciosa y confortable de las que usaban los muggles. Y lo que se podría considerar como su residencia habitual, mientras iba de dragón en dragón por el mundo. Y es que una parecida a esa, había sido su casa más común durante los últimos años. Salvo en las ocasiones donde podía descansar en un hotel, motel, o cualquier tipo de posada existente. Ya fuera de magos o no. Cuando persigues dragones, y necesitas un sitio cómodo donde dormir después de días durmiendo en tienda, la pureza de raza poco importaba.

- Bonito lugar-, comentó amable, pese a la situación, y se sentó en una de las sillas que le había indicado. - Samantha, con otro sitio…-, comentó dejando correr la frase. Mirando a la joven fijamente, y dibujando al rato una media sonrisa en los labios. - Me imaginaba otra cosa. Esto parece demasiado… íntimo-, jugó con el adjetivo tan propio de otros menesteres, antes de sonreír más abiertamente. Con picardía.

Bromeó mientras la chica se preparaba para limpiarse la herida. Y su mente pasó rápidamente del juego tan característico en él, a la seriedad que tocaba en esos términos.

- Quizás pueda conseguirte un sanador que no sea, ya sabes, como yo-, dijo vigilando sus movimientos. Mirando su herida. - No puedes ir a San Mungo, pero puedo traerte San Mungo. No todo el mundo nos apoya, como bien sabrás. Y algunos se mantienen en la delgada línea roja de aceptar el nuevo gobierno, pero sin ayudar directamente a la causa. Seguro que alguno no tendrá inconveniente en ayudarte, si cierro los ojos por esta vez-, terminó de decir, clavando su mirada en su iris del color del cielo.

Podría haberle dicho que tenía unos ojos preciosos, pero la mujer ya había comenzado a relatar su historia, por lo que no había cabida para zalamerías.

- Continua-, dijo serio.

Pues conocía el día que había ingresado. Incluso sabía que no le había agradado ir a Ravenclaw en primera instancia, pues deseaba ir a la casa de su hermano, y donde también había estudiado su padre, y el padre este, etc. La mayoría de los Kerr habían cursado en Slytherin, y él también deseaba hacerlo. Por un tiempo al menos. Ravenclaw le abrió las puertas del conocimiento, y el sombrero no podría haber estado más acertado al mandarlo a la casa del águila.

- Eso ya no lo recuerdo-, comentó, cuando Sam evocó, el momento en el que le explicaba la diferencia entre hechizo y encantamiento. - Sí, me acuerdo de la emoción por mi primer día de clase de vuelo. Siempre he amado volar. Era un sueño para mí. Pero…-, dejó la frase cortada unos instantes. Acariciándose el labio. Ya que sabía que no le iba a gustar lo que iba a decir. - Ya lo puedes imaginar. No recuerdo lo de tu accidente. Lo siento-, dijo con verdadera lástima.

No sabía por qué le daba pena no poder corroborar la historia de la rubia. Pero así se sentía, y en cierta manera, esos últimos meses se había acostumbrado a tratar con sus sentimientos aleatorios. Con esos sentimientos que no deberían existir para determinadas personas. Desconocidos unos, enemigos incluso, otros.

Pero llegó el momento, donde la joven dijo, quizás, la mayor verdad posible para ellos en aquellas circunstancias. Si esas historias fueran ciertas o no, poco importaba ahora mismo, pues él no recordaba nada de eso. El asunto era, ¿por qué no se acordaba? Porque realmente le habían borrado la memoria, o porque simplemente nunca existieron. Ese el quid de la cuestión. Y sin pruebas para demostrar que de verdad le habían hecho una lavado de mente, poco podía hacer por creer a Sam. Salvo que de repente le diera un impulso de fe ciega hacia ella. Y seamos francos, para tener impulso para una desconocida, como era ella para él, había que obrar un milagro ante sus ojos.

- Por favor, un respeto a mi familia. Ya te lo comenté antes. Puedes decirme lo que quieras, pero deja de insultarlos-, comentó serio.

Una cosa es que supiera por qué le habrían robado la memoria. Que supiera quienes fueran. Y lo más importante, si de verdad sería así. Si sus problemas mentales eran en verdad fruto de un borrado. Pero otra cosa muy distinta, es que se pusiera a despotricar de la familia a la que pertenecía, y quería.

- ¡¿Qué!? - gritó de repente. A la vez que se levantaba de un movimiento, que hizo tirar la silla en la que se sentaba hacia atrás. Todo fruto más de la sorpresa, que de cualquier otro motivo. - ¿Cómo que mi familia me ha borrado la memoria? ¿Qué motivos tendrías? - comentó, sin creerse que pudieran hacer algo así. Posó los puños cerrados de sus manos sobre la madera de la mesa, mirando fijamente el color de la madera.

Qué demonios le estaba contando. Como se atrevía acusar a su familia de una circunstancia tan terrible. Ellos querían siempre lo mejor para él. No se opusieron a su viaje por el mundo tras los dragones. Y su familia hubiera preferido que se quedara por la causa purista. Pero lo dejaron marchar. Ellos le amaban ¿no?

- ¡Basta! - volvió a gritar, esta vez de enfado, levantando la mirada hacia ella. - No hables de mi señor de esa forma-, dijo, y le dio un golpe a la mesa con rabia.

Volvió a perder la vista sobre la madera. Era simple y barata. Pero fuerte y confortable. Todo lo que una persona necesitaba de una mesa en una tienda de campaña. Todo lo que un hombre necesitaba en realidad. Como añoraba los días, en los que su vida era fuerte y confortable. Cuando era feliz, y en su mente no había problemas. Solamente dragones.

- No. No me acuerdo de ese día. Me gustaría recordarlo, pero no puedo hacerlo-, comentó, mientras un fina lágrima bajaba por su rostro. - ¿Por qué me haces esto? Me torturas porque soy tu enemigo ¿Es eso? Es eso, ¿no es cierto?-, levantó la vista, para volver a mirar fijamente la mujer que tenía delante. - Solamente soy un rival al que destruir de la forma más tortuosa posible. ¿A quién de tu familia capturé? ¿Un padre, un hermano? Peor, los maté-, siguió hablando, con el surco de su lágrima rodeando la comisura de sus labios, y la mirada acerada posada sobre la rubia. Sin alma, sin vida. - No he capturado a nadie importante para ti. Los destruí. Y por eso me odias. Pero yo. Yo-, no sabía cómo seguir. No sabía que decir. - Yo no. Yo no puedo estar seguro de nada-, dijo finalmente, acariciándose la cabeza.

Le dolía. Mucho. Sentía un gran ardor en su cabeza. Y parecía que estaba a punto de explotar.

- Solo soy un cuenco vacío, ¿verdad? -, dijo, volviendo a apoyarse sobre la mesa, y perdiendo la mirada otra vez en ella. - Ya no me queda nada. Ya no soy nadie.
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Sam J. Lehmann el Mar Jun 27, 2017 6:44 pm

No le costó diferenciar el tono pícaro de su voz cuando comentó la evidente intimidad de aquella caseta de campaña. Se notaba que no recordaba absolutamente nada de Sam. —Es el único lugar en donde puedo estar tranquila. Ahora mismo es lo más cercano a hogar que poseo —dijo tranquilamente. —Y no es demasiado íntimo, sólo vamos a charlar. —Repitió con el mismo tono que había utilizado él.

Su ofrecimiento a conseguir un sanador fue todo un detalle por su parte, pero no quería saber nada de nadie que pudiese delatarla. Podría curarse la herida ella sola, con más trabajo seguramente, pero teniendo en cuenta que su única obligación al día era esconderse, tenía tiempo de sobra para poder curarse una herida. —No te preocupes, no quiero tener nada que ver con personas que juegan a dos bandos. Son posiblemente más peligrosas que vosotros que tenéis vuestros ideales bien claros —respondió a su ofrecimiento. —Pero gracias. —Sam sabía que debajo de esa fachada de mortífago purista seguía estando el mismo Henry de siempre, ese que se preocupaba por las injusticias y seguía teniendo un corazón bondadoso. Él era pro-muggle, siempre lo había sido.

Ella sabía que decir ese tipo de cosas podría hacer que la persona es cuestión se alterase. Nadie guarda el sentido común cuando otra persona cuestiona algo como que te hayan borrado la memoria. Sin embargo, Henry estaba guardando bien la compostura, al menos al principio. Continuaba defendiendo a su familia y eso era lo que más le molestaba a la chica, que defendiese a una familia que jamás había dado nada por el verdadero Henry, aquel al que trataban mal por tener sus propias ideas. Supo en ese momento que debía de moderarse hablando de su familia, pues ahora Henry parecía más leal a ellos que a cualquier otra causa. Normal... al joderle la vida se habrán encargados de posicionarse ellos como los más queridos. Sin embargo, cuando ella dijo claramente que sospechaba de su familia y que creía que eran los culpables de un lavado de memoria, Henry saltó, levantándose cabreado de la silla y gritando. Ella en ese preciso momento dejó de hacer todo lo que estaba haciendo, mirándole un tanto inquieta. —¡Tenerte en la palma de su mano, obediente y leal a la causa, algo que jamás habías sido! —respondió con seguridad cuando le preguntó que qué ganarían con ello. ¿En serio hacía falta preguntarse eso? —Ahora tienen a su hijo pequeño, tan perfecto y manipulable como el mayor —añadió con seriedad. Ella continuó hablando, esta vez sobre lo horrible que era Lord Voldemort y su figura en el mundo mágico. Ahora fue cuando la mirada de Henry se cruzó con al suya con enfado, volviendo a gritar y a golpear la mesa, cabreado. Ella conocía muy bien al chico; sabía reconocer cuando estaba cabreado de verdad. A pesar del tiempo que había pasado y que ya no fuese el mismo, esas cosas iban a seguir igual siempre. Por un momento le vino un flash de la última vez que hablaron como amigos, una discusión de la que al menos ella se arrepentía muchísimo. No quería volver a acabar igual. —Tu señor quiere que todas las personas como yo nos sacrifiquemos por un ideal egoísta y estúpido. No me pidas respeto para alguien que no me respeta... —masculló por lo bajo, con su mirada azul fija en la de él.

¿Él, cabreado? ¿¡ÉL!? Él había tenido unos últimos años de puro bienestar. Sí, le habían jodido su voluntad y su vida para recrear otra, pero eso al menos no lo sabía a ciencia cierta. ¿Pero Sam? Ella sí que tenía motivos para estar enfadada con todo el mundo y ahí estaba, intentando hacer una obra buena por alguien a quién quería cuando todo lo que recibían eran acciones de odio, rencor y violencia. ¡Era ella la que debería de cabrearse con el mundo!

Le habían manipulado como querían, pero seguía siendo consciente de sus actos y lo lógico es que estuviese seguro de lo que era, de su propia realidad, de aquella que le habían implantado. Sam allí era una intrusa y una enemiga, aunque para ella jamás lo fuese. Sin embargo, debía de considerarlo como tal. Ahora mismo su mente estaba rota y por mucho que ella en un momento le confiase la vida, ¿ahora podía fiarse de él? No iba a amedrentarse, pero tampoco quería sacarlo de quicio porque no quería perder su oportunidad. Por un momento sintió que aquello superaba sus capacidades...

Para relajar tensiones le preguntó, más tranquilamente, si recordaba su primera salida a Hogsmeade, en tercero de Hogwarts; una salida que habían hecho juntos y que al menos a Sam aún recordaba como si hubiese sido ayer. Él, sin embargo, no recordaba nada. Su reacción fue inesperada, como si de repente, una ola de incertidumbre le hubiese revolcado  de manera violenta en su interior. ¿Estaba dudando realmente de todo? Ella se levantó de la silla, dejando la crema sobre la mesa; ya se la echaría después. Sujetó entonces el rostro de Henry con sus dos manos, una de ellas con sangre seca de la herida que tenía. Con uno de sus dedos gordos le apartó la lágrima de la mejilla. Siempre le había partido ver a Henry así, aunque ahora se mostró serena. —Lo más importante que debes recordar siempre, es que yo no soy tu enemiga. Nunca lo he sido y por mucho que decidas venir a por mí, nunca lo seré. No quiero nada de ti, ni información, ni tu muerte, ni tampoco tu ayuda. De hecho —hizo una pausa, tragando saliva, —lo único que querría de ti, eres simplemente tú, pero sabiendo como están las cosas, es imposible. La sociedad no nos deja y tú no me recuerdas, así que todo está en mi contra —añadió, frunciendo el ceño. —A la única persona que me han quitado es a ti, pero no fuiste tú, fue tu familia.

No quería agobiarlo, no después de cómo había reaccionado. Sam le soltó suavemente, escuchando sus vacías palabras sobre su identidad. ¿Y ahora qué debía de hacer?, ¿continuar con su insistencia?, ¿contarle todo lo que sabía? Espera, ¿ya habrían pasado los diez minutos? Se sentía fatal por ser la culpable de dejarlo así de decaído y no quería seguir incrementándolo, no cuando él ni sabía qué creer. No quería obligarlo a creer una realidad que desconoce, no quería ser como su familia. —Nunca has sido un cuenco vacío. Siempre has estado lleno de cosas, solo que distan mucho de lo que eres ahora —le contestó, para finalmente sonreír. —Puedes ser quién tú quieras, siempre has sido lo que has querido ser, independientemente de lo que quieran las personas —Y claro que le quedaba alguien: ella. No quería repetírselo, pero creía que había quedado bien claro con lo de antes.

Entonces Sam cogió de la mesa su varita con suavidad, para que Henry no pensase que era ninguna amenaza. Conjuró un accio no verbal y un pequeño botecito vino volando hacia ella. Luego se llevó la varita a la sien y cerró los ojos, apartando lentamente la varita mientras de su cabeza salía una especie de humo blanco que parecía casi líquido. Era un recuerdo. Lo metió en el interior del botecito y lo cerró. Luego abrió los ojos y miró a Henry. —Ya han pasado nueve minutos y cincuenta y nueve segundos. Vete ya. —Y le tendió el botecito. —Te lo regalo, que al parecer lo has perdido.

Hacía falta un pensadero para poder ver el recuerdo y al menos ella no tenía, ni allí ni en ningún sitio. Le había obsequiado con el recuerdo de aquel día en Hogsmeade, aquel que él no recordaba y ella lo hacía tan bien. No quería que se quedara más ni agobiarlo con el tema, pero quería darle algo para que no dejase en el olvido este momento ni esta conversación y demostrarle que no mentía. ¿Sabéis lo duro que tiene que ser que alguien te diga que en realidad no eres quién crees ser y que te han lavado la memoria? Tenía que ser durísimo; impactante... Si Henry quisiera saber más, entonces la buscaría. Mientras tanto... mientras tanto allí sólo iba a comerse la cabeza y podría comenzar a ver a Sam como lo que podía parecer que era: alguien de desconfianza que miente y sólo quiere utilizarlo.
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