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Letters from the sky [Priv.]

I. Ezra Sullivan el Vie Mar 31, 2017 10:47 pm

 
"Con" Niara Soyinka · Celda de aislamiento



Otro chillido. Sonaba tan potente que se cubrió las orejas con las manos. Hubiese cerrado los ojos, pero en aquella oscuridad no era necesario. Apenas un resquicio de luz en una de las paredes, donde una pequeña lámpara hacía un vano intento por iluminar la estancia.

No recordaba cuánto tiempo llevaba metido en aquel agujero al que le habían arrastrado a base de golpes. No recordaba tampoco cuánto tiempo llevaba en aquella prisión inhumana donde, debido a su condición de Squib, le habían asegurado que estaría hasta el final de sus días. Y ya empezaba a creerlo como cierto aún cuando no habían comenzado a cambiar su rutina para llevarlo al Ala Norte, donde muchos iban y jamás volvían.

Era la primera vez que visitaba el agujero, como otros presos lo llamaban. No sabía cuánto tiempo duraría su estancia en él. Sólo sabía que los segundos ahí abajo se convertían en minutos, los minutos en horas, y las horas en eternas esperas cargadas de soledad e incertidumbre, dónde no sabía cuándo – si es que acaso existía un cuándo – volvería a ver la luz del sol.

No hacía más de una semana que había sido capturado por la justicia. No hacía más de una semana que había sido despojado de todos y cada uno de sus derechos para ser lanzado a aquel lugar donde nadie se compadecía del trato que él y el resto de presos recibían. ¿Su único crimen? No ser un mago. Pero no todos allí eran iguales. Cada uno estaba por una razón y cualquiera parecía ser válida para destrozar la vida de todos aquellos que, a juicio del nuevo gobierno, carecían de valor para la sociedad.

Pasó a tientas sus manos por la pared de piedra. Pasó los dedos por el dibujo que las piedras hacían al terminar y empezar, las unas junto a las otras. Dibujó figuras como así su soledad fuese a hacerse más llevadera. Dibujó aún sin ver las siluetas que sus dedos trazaban y fue entonces cuando se dio cuenta que había algo raro en aquella pared. Algo, que otras paredes no tenían. Bajó la mano hasta encontrar el suelo y consiguió mover una de las piedras sin demasiado esfuerzo.

Un hueco en la pared. Metió la mano sin pensar en las consecuencias de su acción. Sin pensar que en un lugar como aquel las consecuencias podrían suponer perder una mano o algo peor. Se limitó a meter la mano en el interior de aquel hueco buscando, sin mucho éxito, algún tipo de salida que no existía.

No había nada salvo polvo. Una telaraña se rompió al paso de sus dedos, pero por suerte o por desgracia la criatura que se había encargado de fabricarla ya no estaba allí. Con un poco de suerte habría conseguido huir de allí como él soñaba a hacer. Con un poco de suerte estaría muerta, pues era una opción más favorable a estar encerrada entre aquellas paredes como Ezra lo estaba en aquel preciso instante.

Pasaron las horas y la puerta de la celda no se abrió. Ni siquiera para llevar un vaso de agua al ser humano que desconocía cuánto tiempo viviría bajo aquellas condiciones infrahumanas. No hizo un esfuerzo por golpear la puerta, sabía que aquello de poco serviría. Quizá sirviese para alargar su estancia al agujero. O para llevarse una paliza en cuanto la puerta se abriese de par en par para dar paso a uno de los carceleros.

No tardó ni dos días en volver al agujero. En aquella ocasión por propiciarle un puñetazo a uno de los guardias que se encargaban de servir en el desayuno. Pero las horas en el agujero no se hicieron tan largas como la última vez, pues en aquella ocasión había ido preparado. Sólo por probar. Sólo por el mero hecho de no sentirse tan sólo durante aquellos instantes en los que se encontraba encerrado con la única compañía que la de aquella lamparita que apenas daba luz.

* * *

¿Tú entiendes por qué nos odian tanto? Posiblemente no, porque nadie contestará a lo que ponga en esta estúpida hoja de papel. Supongo que a fin de cuentas solo hago esto para sentir que no estoy tan solo en estos momentos. Supongo que la soledad acaba por volvernos locos y la cordura es algo que no quiero que me quiten. Al menos todavía.

¿Qué estúpido se pondría a buscar en una pared una salida de este lugar? Y si lo hicieras, ¿De dónde demonios habrías sacado un bolígrafo con el que contestarme a esto? No creo que nadie fuese tan estúpido como para golpear a uno de los guardias para quitarle uno. Sólo a mí se me ocurre. Porque sé que pasaré más horas aquí que en mi celda y al menos esto me permite sentir que hablo con alguien.

Aunque nadie contesta, ¿Verdad? Si me vieras… Me estoy riendo ahora mismo. Me rió porque siento que nadie leerá nunca estas  palabras y cuando vuelva al agujero estará solo mi letra en el papel con el estúpido boli que me ha costado quedarme aquí encerrado por horas. Podría hacer la lista de la compra si tuviese una casa donde llevarla, pero mejor me escribo a mi mismo pensando que alguien estará tan loco como yo y dará con esto.


* * *

No tuvo tiempo de escribir más. Escuchó la cerradura al otro lado de la puerta. Guardó la nota arrugada en el agujero de la pared y volvió a taparla, esta vez peor que las veces anteriores debido a la prisa que había tenido a la hora de hacerlo. Guardó el bolígrafo en la parte  delantera del pantalón y tapó sus ojos con una mano para que la luz del exterior no le deslumbrase.

- Fuera de aquí, escoria. Vuelves a tu celda.


Última edición por I. Ezra Sullivan el Lun Abr 03, 2017 4:02 pm, editado 1 vez
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Niara Soyinka el Lun Abr 03, 2017 8:17 am

—¡Apúrense!, ¡en marcha!, ¡friéguense la peste que llevan encima! ¿Me oyen? ¡Rápido, rápido!

Así era cuando las mujeres entraban en tropel a la duchas. Los celadores las atizaban a golpes, entre gritos y risas huecas. La masa dócil de cuerpos desnudos ofrecía en conjunto un aspecto demacrado, pálido y débil. Donde posaras la vista, había carne maniatada, carne herida, rostros sin vida y manos temblorosas y lastimadas. Cada una de esas almas era un fantasma de lo que fue, y a través de sus ojos podías vislumbrar una realidad de terror y tortura que las atormentaba en pesadillas que soñaban despiertas. Muchas de esas mujeres habían sido víctimas de un trato inhumano, en los laboratorios experimentales y por las manos de los mismos celadores. Una vez que entrabas a Azkaban, detrás de ti quedaba el mundo en el que las personas eran reconocidas como tal. Allí no había personas, sólo víctimas y victimarios. Te despojaban de tu identidad, arrancándola desde la raíz.

—¿Daiana?—No, no, no podía ser. Tanto dolor era inimaginable. Daiana, no, por favor. Niara lo supo cuando la vio, pero fue hasta ella de todas maneras, atravesando para ello la marea multiforme de cuerpos. Daiana era una rubia de rostro ausente. Tenía el dejo de una belleza pasada, marchita, pero viva todavía. Niara alcanzaba a ver su perfil enajenado, ido. Posó su mano en el hombro frío. La lluvia de las regaderas resbalaba por sus cuerpos famélicos—Daiana—la llamó de nuevo, con un susurro bajito y temeroso. Lentamente, la mujer se volteó hacia ella, como movida por los hilos de un marionetista. Y así Niara descubrió cómo ese tierno resplandor en su rostro que evocaba la belleza de otro tiempo se acababa abruptamente por esa otra mitad que era carne roja, abierta, llena de pústulas. La mitad de su cuerpo hasta la cadera había sido abrazada, desgarrando la piel de la carne. Su brazo derecho le colgaba inútil a un lado, consumido y raquítico; su dentadura se exhibía en una mueca sin sonrisa; su ojo inyectado en sangre era ahora un ojo ciego con la retina blanca que contrastaba con el azúl aguamarina del lado izquierdo. Al verla, Niara derramó lágrimas silenciosas sin siquiera darse cuenta y que se confundían con la lluvia de las regaderas. La miraba tan expectante como horrorizada, mientras que la otra ni siquiera parpadeaba—¿Qué te han hecho? ¿Daiana?, ¿Daiana?—repitió, insistiendo con una necedad que se entendía sólo por el horror que sentía en ese momento. El miedo—¿Daiana?...

—¡Tú!, ¿¡qué estás haciendo!?—exclamó a voz en grito uno de los celadores, desatando el pánico entre las mujeres. Al menos, entre aquellas que todavía podían sentir algo.

Cuando no eran los extirpadores, eran los celadores los que se “divertían” ensañándose con los reclusos. No hacía falta una excusa para que ellos se abalanzaran como cuervos sobre cualquiera de ellos cometiendo toda serie de actos imperdonables. Era así de miserable la mente de los cobardes. Pero nadie quería meterse con ellos, excepto aquellos que habían perdido la cabeza. Y en aquel lugar, no era poco frecuente.

Niara fue empujada, pero alcanzó a ver dónde se originó el incidente. Las mujeres habían hecho un círculo alrededor de una de ellas, tirada en el suelo y sacudida por una risa histriónica. Esa era una reclusa que había perdido el juicio luego de que fuera apresada por los celadores sin motivo y obligada a servirles de entretenimiento siendo blanco del maleficio cruciatus hasta el punto del delirio. La habían dejado vivir por pura crueldad. Sólo para meterse con ella una y otra vez. Su nombre era Meg.

—¡Tú otra vez!—El tono de su voz estaba cargado de burla. Habían cortado el agua de las regaderas. El celador que se había acercado al cuerpo despatarrado de la reclusa se inclinó sobre ella, y su voz adquirió un tinte paternal y cínico— ¿Qué estás haciendo, Meg?, ¿qué tienes ahí?

A pesar de la conmoción, se oía claramente el goteo triste y metálico de las goteras. Meg levantó la mirada y sonrió con lo que le quedaba de dentadura, algunos pocos dientes que habían sobrevivido al maltrato y las golpizas. Niara se preguntó quién había sido Megan alguna vez y una soledad violenta y convulsa la invadió. ¿Qué diferenciaba a Niara Soyinka de Meg, la loca? Nada. Estaban solas y condenadas.

—¿Qué es? Vamos, Meg. Muéstrame, lindura—la instó el celador, fingiendo una sonrisa amable. Estaba claro que la usarían otra vez para lo que les viniera en gana. Meg, la desgreñada y loca Meg, que caminaba cojeando y reía sin alegría por los pasillos, estiró sus brazos hacia el celador. Algo cuidaba con celo en el hueco que formaba con una mano encima de la otra, algo que guardaba como un tesoro y que no dejaba ver. Cuando abrió sus manos, vieron que se trataba de una araña. El celador soltó una risa breve y de un manotazo el bicho cayó al suelo, que urgido por el ansia de escapar se apresuró con sus patas, pero Meg, profundamente desesperada, se arrojó hacia delante para darle caza—¡Mira!, ¡oh, mira cómo se arrastra como el bicho asqueroso que es!—El celador se rio abiertamente y la apuntó con su varita¡Crucio!

La reacción general se hizo inmediata. Muchas de las reclusas comenzaron a gritar de forma involuntaria, entre ellas Daiana, quien momentos antes parecía muerta por dentro. Ninguna se rebelaba, ninguna exigía nada. Pero los quejidos inhumanos de Meg, torturada en el suelo, retorciéndose y chillando, desencadenaron el brusco recuerdo de lo que vivían diariamente, y a manera de dolor empático, la masa dócil entró en pánico. Pero nada de eso hizo que el torturador se detuviera. Los otros celadores ya estaban preparados para hacerlas callar.

—¡Para!, ¡para!, ¡para!—Niara llevó las manos a la altura de la cabeza, marcada por la consternación. No podía dejar de gritar que se detuviera. En algún momento imposible de prever, fue su cuerpo el que actuó por ella, sin que sus pensamientos tuvieran papel alguno en su accionar. Era su espíritu el que, aun vencido, quería parar esa locura. Por eso corrió, corrió hasta chocarse con el cuerpo del celador y lo sujetó del brazo que sostenía la varita, haciéndolo perder la concentración. El corazón de Niara golpeaba violentamente contra su pecho cuando ambos se miraron. Supo que podía morir, o peor. Y estaba tan llena de bronca, tan llena de miedo, que escupió al celador en la cara.

Él pudo haberla empujado, pero no lo hizo. En cambio, se deshizo gentilmente del agarre y se volteó hacia ella, clavada en el lugar. Luego, con un gesto de lo más casual, se llevó una mano a la mejilla con la intención de remover el escupitajo, y sacudió su mano en el aire, como si tal cosa. Niara se hallaba frente a él, dominada por los nervios más violentos. Lloraba y se mordía el labio, apenas capaz de alzar la mirada. A su alrededor, el quejido general de pánico persistía, pero parecía algo muy lejano. El celador la observó allí plantada e inmóvil, y le gustó lo que vio.

—Ahora, lindura. ¿Cómo debería llamarte?, ¿no tenemos nombre?, ¿o quizá sea la lengua? Está bien. Lo entiendo. Me tienes miedo. Pero, mi lindura—susurró, apretando la punta de la varita contra su rostro. Niara hubiera querido alejarse, pero no podía. Soltó un sollozo quebrado—, es evidente de que no te haces una idea de lo que puedo hacerte. Entonces, ¿por qué no nos ponemos al día?


***


La arrastraron y a punto estuvieron de soltarla, de no ser por el gesto derrotado y sin fuerza con el que Niara se aferró a las ropas de su victimario en el último momento. Le dolía respirar, el pecho le ardía como una herida abierta, pero incluso así rogó cual mendigo afiebrado. Intentó forcejear, y en el intento un lápiz se resbaló del bolsillo delantero del hombre y cayó al suelo sin que ninguno de los dos lo notara.

—¡Ayúdame!, ¡ayúdame, por favor!

Lo que consiguió con rogarle a su victimario fue una carcajada alta y sonante. La arrojaron con violencia al interior de la celda, y aun mucho después de que la hubieran dejado sola, todavía podía oír aquella carcajada. No había forma de saber cuánto tiempo estuvo allí, tirada boca abajo en el suelo. Posiblemente se desmayara más de una vez, pero a ratos despertaba asustada sin darse cuenta de que la habían liberado de la lección que le dieran antes. Lo peor fue cuando recobró su lucidez. El tiempo siguió su curso, y aunque el cuerpo le dolía, había conseguido arrastrarse hasta una esquina, y allí permaneció, acuclillada y sola. Pudo ver el lápiz en el suelo, pero no le prestó atención. Había algo, sin embargo, que ocupaba su cabeza, un pensamiento, o más bien un susurro. Todo el mundo sabía que allí donde se había practicado la magia negra, perduraba el estigma. Eso es porque es una magia parasitaría que no muere, que incluso se alimenta de lo que tiene a su alcance para hacerse más fuerte. En lugares como esos, plagados de  horror y oscuridad, estaba claro que el mismo aire que se respiraba era ponzoña para el alma. Es por eso que en aquellos instantes Niara luchaba en silencio con una fuerza poderosa y destructiva. Las paredes le susurraban. La oscuridad buscaba anidarse en su corazón, infectarlo y matarla desde adentro. Ella luchaba, pero… sólo era cuestión de tiempo antes de perder la cordura.

En el silencio, Niara vio una araña en la pared. Recordó a Meg y con cuanto desespero había intentado socorrer a su pequeña mascota. Posó su mirada en aquel insecto de patas largas mientras éste descendía como un acróbata hasta llegar al suelo y perderse por… ¿un agujero? De forma inconsciente, Niara se recostó con una mejilla pegada contra la fría dureza del piso y buscó el fondo de aquel agujero. No podía colarse por él o esperar nada de él, pero esa pequeña fisura le llamó la atención. No podía ser. Había algo allí. Estiró la mano y hurgó con sus dedos hasta obtener… El corazón le palpitó tan violentamente, se sintió tan viva que hasta dolía. Era una nota. La leyó y echó a reír. Niara, prisionera de una magia negra tan antigua como el primer hombre que pisara la tierra, Niara, atormentada y sola, se echó a reír. Y, con el mismo desesperado ademán de Meg de aquella vez, Niara buscó el lápiz en el suelo, y casi moría al pensar que no lo encontraría. Pero lo encontró. Estuvo así, un buen rato, con la carta en una mano y el lápiz en la otra. Y sollozó, pero ya no por miedo o tristeza, sollozó de esperanza.


"Querido amigo, sin duda que ahora quedará como un verdadero estúpido, porque yo lo he descubierto. Ya sabe que si no hay nadie que nos delate, siempre podemos aparentar que nada pasó. Pero he leído su carta y ahora sé lo que ha hecho. Descuide, guardaré su secreto. Sólo si usted promete seguir escribiendo.  

 Querrá saber quién es su nueva amiga. Mi nombre es Niara Soyinka. He hecho yo también algo que no debí para terminar aquí. Le escupí la cara a un guardia. Creo que los dos podríamos perder la cordura en cualquier momento, ¿verdad? Le confieso, que no sé cómo sobrevivir. Pierdo el control con más rapidez que antes, y a veces acabo haciendo cosas sin pensar. Haré que me maten. Y sin embargo, parece algo tan fácil aquí dentro. Podría aburrirlo con las minucias de mi vida cotidiana aquí en prisión, pero no quisiera que la monotonía de mis días lo aflija. Si quiere, puedo hablarle de dónde debería estar y no de dónde estoy.

  De haber vuelto a África, habría estado presente durante la celebración del cumpleaños de madre. Ella es una squib. Lo habríamos celebrado en la casa familiar, y el tío Merkel la habría hecho enojar con una de sus tonterías, porque parece saber muy bien cómo hacerlo. Pero también, la habría hecho reír con un truco de magia, porque madre ama la magia. Ella fue la que más contenta se puso cuando recibí el llamado para entrar en Uagadou. Era algo tan importante para ella, que me sentí feliz por hacerla sentir orgullosa y yo también me enamoré de la magia. En momentos como estos, en los que la magia parece tan oscura, es que quiero recordar la felicidad de madre. Me da fuerza. También, la idea de verla una vez más. Y usted, ¿a quién desearía volver a ver, amigo mío?

Pd.: No es estúpido por tener la esperanza de encontrar un amigo. Lo estúpido sería dejar de intentarlo. Gracias por recordarme algo tan importante como la esperanza."
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I. Ezra Sullivan el Lun Abr 03, 2017 4:01 pm

Cada mañana las luces del corredor se iluminaban, impidiendo a todos y cada uno de los presos seguir durmiendo. Si es que acaso alguno de ellos había sido capaz de hacerlo durante la noche. Las peticiones continuadas de auxilio, los gritos desesperados, las risas de aquellos cuya cordura ya había pasado a mejor vida o los susurros de aquellos que rezaban a un Dios que parecía negarse a escuchar sus suplicas se encargaban de convertirse en la banda sonora tan característica de aquel lugar.

Las pesadillas tampoco servían para desear que llegase la noche por mucho que fuese el único momento donde la hostilidad que se respiraba en aquel lugar les brindaba un respiro. Sus párpados caían por su propio peso, agotados de un día más en aquella prisión. Su mente rápidamente se apagaba, se distanciaba a un lugar onírico donde todo era posible. Pero incluso su subconsciente le jugaba una mala pasada y le impedía salir de aquel lugar. Alejarse de los barrotes que custodiaban su día a día. Alejarse de los gritos y las voces. Alejarse del dolor. De la imposibilidad de tener una vida.

A diferencia del resto de días, el hombre se aferró al trozo de tela con el que se cubría cada noche. Le habían obligado a creer que aquello era una manta, cuando no era más que un trozo de tela rasgada, áspera y no dudaba que tuviese algún tipo de parásito en su interior. Aquello picaba horrores. Bien por el tacto del tejido o por las criaturas que anidaban en su interior.

Tiró de la manta y cubrió su rostro. Como si de un niño que se niega a ir al colegio cada mañana se tratase. Como si el despertador acabase de hacer su primera llamada a base de esa melodía estridente que entra por los oídos y parece cobrar vida en el interior de cualquier cabeza golpeando cada uno de los sentidos con un mazo de madera. Apretó los  párpados. Se negó a abrir los ojos pero la luz era tal que por mucho que aquella manta ejerciese de escudo y sus propios párpados trabajasen con la misma función, no eran suficiente para impedir que notase la claridad y que esta taladrase su cerebro.

- ¿Piensas quedarte ahí todo el día? – Un golpe seco sacudió su espalda sin siquiera imaginar que llegaría. - ¡Mueve el culo de ahí si no quieres terminar el aislamiento! – El celador elevó el tono de voz antes de propiciar un segundo golpe, justo en el final de su columna vertebral. Sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo y, sin poder controlarlo, cayó al suelo ante el elevar de varita de su nuevo acompañante. – No me obligues a sacarte a patadas. – Fue lo último que dijo antes de dejar la celda, golpeando el metal de las rejas de le puerta a su salida.

Ezra se levantó sintiendo un profundo dolor en el final de su espalda. Se apoyó en el colchón maltrecho para levantarse y, en lugar de avanzar hacia el exterior como el resto de hombres, se mantuvo en la misma posición. Vio como las figuras avanzaban hacia la zona de las duchas y no se movió. Ni un solo ápice de su cuerpo. Sólo sus ojos, que seguían el movimiento de las figuras en aquella marcha tan monótona y perfecta al mismo tiempo que ya parecía ensayada.

- ¿Acaso te has quedado sordo? – Bramó el hombre. Un nuevo hechizo, esta vez en su pecho. Lo sacudió hasta chocar con la pared del habitáculo. Un golpe seco y su cuerpo se arrastró hasta encontrarse con el suelo. Elevó la vista. Miró sin ver, con su rostro tapado por un cabello lacio que no había probado el agua durante las dos últimas semanas. – Por Merlín, apestas. – La silueta del hombre, borrosa y distante, dibujó un semicírculo con su brazo diestro y acto seguido las luces se apagaron.

O al menos, lo hicieron para Ezra.

Lo siguiente que pudo ver fue el suelo empapado de las duchas comunes. No había rastro de nadie más, tan sólo estaba él y el incesante sonido de las gotas golpeando el suelo húmedo. Las gotas colisionaban contra los charcos y contra su propio cuerpo aún vestido con harapos. Cerró los ojos. Deseó que aquella agonía llegase a su fin. Realmente lo deseó.

Lo peor no llegó. O al menos lo que muchos consideraban como lo peor: la propia muerte. Sino que su cuerpo fue arrastrado una vez más, como el peso inerte que en muchas ocasiones era, hasta las celdas inferiores. Las celdas situadas en la parte más baja de Azkaban. Ese lugar que jamás había visto la luz del sol y al que ya había terminado por acostumbrarse. No era la primera vez que hacía una visita a la zona de aislamiento. Tampoco la segunda. Tampoco la tercera.

- Acabaré por ponerle tu nombre a esta celda. – Dijo el celador antes de, a golpe de varita, empujarle al interior del lugar. Su cuerpo, casi desnutrido, cayó sin fuerza al suelo. Sin intentar ejercer resistencia. Simplemente cayó y encontró el frío suelo una vez más. Se mantuvo quieto. Inerte. Esperando a que las luces del pasillo se apagasen al cerrarse la puerta.

Se arrastró por el suelo y apoyó la espalda en la pared. Miró sin ver sobre su cabeza. Miró y cerró los ojos. Prefería la soledad del aislamiento que la monotonía del exterior, donde no sólo tenía que convivir con otros presos en sus mismas condiciones, sino también con aquellos celadores con complejo de Dioses inalcanzables.

Tardó algo más de una hora. Una hora en la que permaneció en completo silencio. Impasible a todo. Sin efectuar el más mínimo movimiento. Una hora en remover la piedra y descubrir, para su sorpresa, que no había sido su locura la que había dado respuesta a sus palabras plasmadas en el papel. Sino otra persona.

Leyó cada una de sus palabras con algo parecido a una sonrisa en sus labios. No tenía fuerzas para ello y tampoco era una persona dada a las sonrisas fáciles. Ahogó una risa en su garganta. Ahogó un grito de alegría que expresase que, por una vez en mucho tiempo, sentía que no estaba solo.

* * *

Me sirve de consuelo ser estúpido si a cambio alguien contesta estas notas. Quieras o no, la soledad se hace más llevadera si sientes que al otro lado hay alguien que te contesta. Aunque sea más tarde que temprano.

Siento que mi secreto estará a salvo, pues seguiré escribiendo mientras me queden fuerzas para seguir haciéndolo. No aseguro que vaya a ser mucho más tiempo, pero prometo poner todo mi empeño en seguir en pie y visitando esta cloaca que es el aislamiento solo para ver si tú sigues al otro lado. No te rindas, como bien dices, siempre quedará la esperanza y es a lo que nos tenemos que aferrar en estos momentos.

Encantado de conocerte, Niara Soyinka. Ahora que nos conocemos, puedes dejar de hablarme de usted, no soy un caballero ni estamos en un ambiente que necesite hablar de una manera tan educada, ¿Verdad? Deja que me presente yo ahora. Mi nombre es Ezra Sullivan y soy un Squib, como tu madre. Seguro que tendríamos mucho en común de lo que hablar. O quizá no, no soy hombre de mucha palabra.

Sería agradable poder estar en casa. ¿Cómo es Uagadu? Jamás oí hablar de él. ¿Es algo así como Hogwarts? Mis hermanos fueron a esa escuela mágica y cada uno fue a parar a una casa, ¿Allí también tienen casas? No sé mucho de magia, así que soy como un libro en blanco donde puedes escribir para que conozca un poco más de ese mundo. De tu mundo.

Yo no tengo mucho más fuera de lo que tengo aquí dentro. Tuve una familia, hace tiempo, antes de que todo esto se volviese una locura. Mi hermano acabó en Azkaban por no acabar con los no mágicos, mi madre murió por la depresión de su pérdida. Mi padre siempre fue un borracho y con el mayor de mis hermanos consideraron que sería más útil para el mundo mágico encerrarme en este lugar. Luego esta mi hermana, Audra. Me alegra no ser un estorbo para ella. Seguramente piense que volví a Escocia y decidí romper el contacto con ella por su bien, o por el mío propio. Puede que sea lo mejor si con ello es capaz de seguir con su vida sin tenerme con estorbo en ella. Envidio tu familia feliz, siempre quise tener una. ¿Qué hiciste tú para perder a la tuya y acabar encerrada en esta prisión?

¿Esta vez que hiciste para acabar en el agujero? Yo he comprobado que no importa ser agresivo o no serlo, encontrarán una razón para empujarnos a estar aquí. Me queda el consuelo de no conocer todavía a esos famosos “extirpadores”. ¿Tú ya has conocido a alguno de ellos? Si te digo la verdad, creo que son los que me dan más miedo de todo esto. He visto cómo dejan a las personas, si es que acaso se les pude llamar personas después de cómo se quedan.


* * *

No escribió más. No por falta de ganas. Sino por falta de tiempo. Estar en el agujero era algo que podía durar horas o incluso días, pero en otras ocasiones la estancia allí no se extendía por largos periodos de tiempo. Guardó el papel justo a tiempo de ver cómo la luz inundaba la estancia y cómo se veía obligado, una vez más, a cubrir sus ojos ante la claridad del pasillo.
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Niara Soyinka el Miér Abr 05, 2017 12:45 pm




Querido amigo, es bueno saber que no te has olvidado de mí. Sigo aquí. No puedo decir desde cuándo, pero no me fui, de eso estoy segura. Hay un guardia que me vigila. Al principio creí que me abandonarían aquí, que moriría de hambre o soledad. Nadie me arrojó una miga de pan por un buen tiempo. Tú tampoco aparecías y comencé a pensar que quizá eras producto de mi imaginación, que tus palabras escritas en el papel—¡tan atesoradas por mí en estos momentos de lucha!— eran fruto del delirio, o, como le decimos allí de donde vengo, una “jugarreta de Mandinga”. No tengo forma de saber por qué me retienen aquí, pero el guardia me ha arrojado algunas pistas, no por buena disposición claro está, sino por una sádica inclinación que comparte con los otros, tan brutos y cobardes como él. Además de mí, otros reclusos han sido arrastrados al aislamiento por días. Nos “guardan” para un experimento a cargo de un mal llamado doctor; y, si es que supe interpretar las socarronas amenazas del guardia, es necesario que también nos mantengan en aislamiento a lo largo del experimento. Estoy asustada. ¡Oh, Ezra! Les he rogado. Les he rogado por ayuda, ¡pero no escuchan, Ezra! Como diría mi madre, “son personas que se han olvidado de amar”. Tengo que ser valiente, por ella. Y por ti, Ezra. Sí, tú. No querrías cargar con una llorona, ¿no es verdad? Y tenemos que apoyarnos, espalda con espalda. Necesito a un amigo aquí dentro o moriré. Si es que realmente estoy en lo cierto y no eres un producto de mis delirios. Aquí dentro incluso las paredes me confunden. Ahora mismo, intento disimular que no oigo el inquietante susurro que me obliga a agazaparme en esta esquina. Es magia negra, puedo sentirla. ¡Si me vieras! Soy un revoltijo de nervios que se sobresalta con el silencio más agudo. Imagino que mi aspecto habrá cambiado, que seré irreconocible para los que amo: sucia, maltrecha, un harapo que camina con los pies insensibles y descalzos, acechada por fantasmas, y con la cara helada del espanto. “Tú tienes la cara más bonita”, es lo que mi prometido siempre me decía. ¿Qué pensaría si me viera? Pobre, no querría hacerle algo así. Es como tú, Ezra, yo no quisiera que los que amo fueran testigos de este horror. Pero no estás solo.

¡Hay tantas cosas que quiero decirte! Pero por mucho que apriete mi caligrafía, el papel se me está quedando corto. Me preguntaste cómo he acabado en Azkaban. Esa es una larga historia. Fui imprudente, ahora me doy cuenta. Me conozco y sé que lo volvería a hacer, aunque no parezca lo correcto ahora mismo. ¿Sabes, Ezra?, en el fondo nuestras elecciones no tienen nada que ver con hacer lo correcto. Sólo puedes elegir aquello a lo que tú no puedes renunciar por nada del mundo. Y eso no es necesariamente lo correcto. Casi nunca lo es. Ahora bien, tú me has contado tu historia—¡Traicionado, Ezra!, ¿por qué? Un padre no debería hacerle eso a su hijo, ¡estoy tan triste por ti!— y yo quedaría como una mentecata si no te revelo la mía. Hallaré la forma de escribirte, pero primero tengo que hablarte de los extirpadores. Como te dije, estoy a punto de conocer a uno de ellos, o varios. Pero ya tuve un acercamiento desgraciadamente bastante cercano a lo que ellos le llaman “investigación”. Cuando me trajeron a Azkaban, Daiana fue capturada al mismo tiempo. ¡Que dulce criatura, Daiana! Bastó mirarnos a los ojos para entendernos, para aliarnos en persecución de una sola meta: escapar. Haríamos lo que hiciera falta. Los desencantos de la vida en prisión no nos desalentaron, ¡pero maldita sea la crueldad de los cobardes! Un  día nos colocaron a los reclusos en hilera. Un hombre, pero no un hombre, ¡a monstruo!, nos repasó con la mirada; buscaba algo, pero no dijo qué, o sólo lo hizo para disfrutar el miedo en los rostros. Él seleccionó a los que le parecieron adecuados, y se los llevó. Daiana estaba entre ellos. Mucho después, la encontré. ¡Oh, Ezra!, ¡estaba irreconocible!, ¡ellos masacraron su carne y su alma! ¡Su mirada, Ezra!, ¡su mirada estaba muerta! ¡La mataron! Doblegaron su espíritu, ¡y ese es un crimen imperdonable! Eso es lo que nos hacen, Ezra. ¡Estoy tan asustada!

Oh, Ezra, me he tomado un segundo para calmarme. No me reconozco, tan miedosa. Pero tengo algo que confesarte. Me avergüenza mi cobardía, pero es importante que lo sepas. Cuando perdí a Daiana, un pozo de desesperanza se abrió en mi corazón. Ya no me animaría a pensar en escapar, lo supe enseguida. No estando sola. Por eso, no tienes idea de cuan agradecida estoy contigo, a pesar de no saber sobre ti, a pesar de que fueras un completo extraño con su propia mochila llena de demonios—como todos nosotros, Ezra, como todos nosotros—. Si es contigo, sí puedo tener la esperanza de escapar algún día. Lo sé. Sé que parece mejor no pensarlo siquiera, ¡pero Ezra!, ¡recuerda!, ¡elegimos aquello a lo que no podemos renunciar por nada del mundo!  Y nuestros espíritus eligen la esperanza, Ezra, tú lo has dicho. Tú debes de tener un gran espíritu dentro de ti y no podemos dejar que la crueldad de los cobardes te quite eso. Ni a ti, ni a mí. Eso es algo que me enseñó mi familia y yo lo comparto contigo. Créelo. De este modo, te sentiré más cerca de mí. Sé uno conmigo. Los lazos no vienen dados por sangre, querido Ezra. La sangre no significa nada. El tío Merkel decía que debemos apiadarnos de los que no lo saben. No puedo apiadarme de estos cobardes que nos mantienen presos, lo admito. Pero mi tío también dijo otra cosa: ¡Vienen, Ezra!, ¡y me llevarán esta vez!, ¡lo sé! ¡Ten fuerza!

***

En otro sitio, otra realidad, otro aroma en el aire que no es ni la desesperanza ni el agrio sudor de los condenados, que viene a ser prácticamente la misma cosa—en esencia al menos—, en otro panorama de la vida… Donde la vida es vida y no muerte… Bueno, en este otro sitio, llamado “hogar”, una familia se reúne y debate el qué hacer y el cómo hacerlo. El tío Merkel preside el debate y no está contento. Makena Soyinka también está presente, y por primera vez, en la “mesa de las decisiones”, un mitin de magos que deciden las elecciones de la familia. Una muy vieja tradición, un mitin que es sólo convocado en casos extremos. Ella era la madre que había perdido a su hija en otro continente, y no fue allí a llorar o a mostrar debilidad. Había dignidad en ella, pero incluso en su familia, algunas miradas se posaban en ella y desaprobaban no sólo su presencia en aquel mitin sino que también su mera existencia. Esta, sin embargo, es otra historia y no la que debería ser contada.

Una noche sin luna, entonces es cuando sucedió. Niara recordaba las siluetas de los cuerpos danzando en torno a un fuego crepitante, como si la vívida realidad de aquel momento pudiera alcanzarla para revivirse una y otra vez. Era la atmósfera embriagante y tenía los labios húmedos de aguardiente. Esa fue la noche en que ella se transformó. Su cuerpo desnudo adquirió lentamente una silueta distinta, para cristalizarse a imagen y semejanza en las garras, el pelaje y los colmillos de un guepardo. Se había preparado para esa noche, para formalizar su entrada al club de transfiguración. Tenía 18 años entonces. Los profesores no lo sabían, pero ellos se colaban por la noche y las setas y el aguardiente hacían el resto. Se juntaban en secreto en torno a la hoguera. Buscaban símbolos y profecías en el humo o andaban libres de su forma de hombres por el terreno agreste a su alrededor, y a veces dos figuras silenciosas se perdían en la oscuridad alejándose deliberadamente del resto, que cantaba y bailaba y aullaba. Había un guepardo rey entre ellos. Su pelaje era distinto al de cualquier otro guepardo. Era uno de los mayores, su nombre era Elegua. Ambos notaron los ojos amarillos del otro en el reflejo especular y salvaje de las miradas, y se persiguieron hasta perderse, retozaron sin experimentar la fatiga; y, finalmente, él hundió las garras en sus muslos, y ella respondió mostrando los colmillos, pero dejándose hacer. Y pronto fue imposible distinguir entre el sueño y lo real, porque en su cabeza ciertas imágenes comenzaron a revelarse como venidas de otro tiempo o de otro mundo, confusas como los mares agitados del destino, y en todas ellas había la sombra de un hombre, sin que ella nunca pudiera entender si esa presencia era buena o mala. Desde entonces, tuvo sueños extraños, que acabaron también repentinamente pero que sembraron en ella una sensación que perduraría a través del tiempo. La sensación de que tenía un encuentro con el destino, y que este la terminaría encontrando tarde o temprano. No era nigromancia, pero aquella noche, ella saboreó una magia arcaica, una a la que incluso los muggles no son inmunes , la magia del porro. Porque incluso los muggles tienen sueños extraños que les revelan algo parecido a un déjà vu.  
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I. Ezra Sullivan el Jue Abr 06, 2017 10:36 pm

El puñetazo fue directo a la nariz. Sintió como el tabique se partía bajo sus nudillos. Sintió el calor de la sangre correr por el dorso de su mano y pudo ver como esta recorría los surcos de su piel formando varias hileras según caía hasta llegar a la zona de su muñeca. Sintió los ojos clavados sobre sí mismo. Sintió las voces; los gritos de asombro; los vítores de los más valientes; los susurros de los más cobardes.

* * *

¿Olvidarte? ¿Cómo hacerlo? Eres el pilar de mi cordura en estos momentos y puedo asegurarte que es lo que más me importa ahora mismo. No me importan los golpes que mi cuerpo reciba, ni tampoco lo que puedan hacerme. Mi cuerpo, por desgracia, les pertenece. Pero mi cabeza es algo más complicado. Un lugar recóndito al que no pueden acceder por mucho que lo intenten. Por mucho que abran, investiguen y jueguen. Mi cordura me pertenece y tus palabras en esta hoja de papel consiguen que el silencio no acabe con ella.

Creo que tu madre se equivocaría. Estas personas nunca han tenido siquiera un respeto por la vida humana. Se componen de dolor, Niara. De odio. Lo veo en sus ojos. En cómo disfrutan con cómo nosotros sufrimos. En cómo sus ojos se iluminan al golpearnos, insultarnos, escupirnos, degradarnos… Les gusta la superioridad. Les gusta sentirse por encima de nosotros por lo que somos. ¿Acaso tenemos la culpa por no haber nacido de la misma forma que ellos? ¿Por qué estoy yo aquí y uno de mis hermanos en las celdas superiores con aquellas criaturas que de un beso podrían matarte? Por haber nacido sin magia. ¿Ese es mi crimen? No es una condición que yo haya elegido, Niara. Te aseguro que el bebé llorón que nació tantos años atrás no eligió que su sangre no tuviese magia. Aunque te confesaré que el niño que un día fui no quería ni oír hablar de varitas mágicas y pociones. Era un niño que odiaba la magia. No por miedo ni por ninguna idea irracional. Sino porque tener magia significaría pasarme siete años en un colegio. Siete años donde estaría rodeado de personas en todo momento. Y algunas de estas personas serían mis hermanos. Si supieras, Niara. Si supieras lo mucho que les odié a todos. No por ser magos, no me mal interpretes. Sino por cómo me trataban a mí por no serlo. El odio de los celadores es el mismo odio que veía reflejado en los ojos de mis hermanos. Te lo aseguro. Nos miran con odio. Pero también con diversión. Una diversión que roza lo perverso.

Si tu prometido te viese en estos momentos estaría orgulloso de ti. Estás luchando. Muchos se han rendido y tú no vas a hacerlo. Lo has prometido, lucharás por seguir en pie. Harás que tu prometido esté orgulloso de quién eres y de lo que haces. De cómo aguantas esta tortura para poder salir libre de aquí un día que esperemos que no tarde en llegar. Harás que él esté orgulloso como lo estarán tu madre y tu tío Merkel. Se sentirán orgullosos de cómo aguantaste todo esto. Yo estoy orgulloso de que aún sigas luchando.

Realmente siento mucho lo de tu amiga. No quiero parecer falto de tacto (aunque he de decirte que no tengo mucho, si hablaras conmigo verías que tengo más tacto en un par de líneas que en un par de palabras) pero ella era débil. Y tú  no lo eres. Tú aguantarás lo que tenga que pasarte. Te aseguro que no es para tanto…


* * *


Hizo una pausa. No sabía cómo seguir escribiendo. Iba a mentir. Y era plenamente consciente de aquello. Las vivencias que se pasaban en aquellas salas que recientemente había conocido no eran un dolor que cualquiera pudiese soportar. No sabía si Niara sería capaz, pero rogaba al cielo que lo fuese. Porque perder a Niara, por muy egoísta que sonase, era perderse a sí mismo. Esas cartas suponían que la soledad solo fuese temporal. Que no fuese una enemiga eterna que acabase con su juicio, sino una amiga cercana a la que agradecer su presencia.

La punta del bolígrafo tembló antes de seguir escribiendo. Sus manos temblaron antes de hacerlo.

* * *


Te aseguro que no es para tanto.  Yo sé que podrás aguantar todo por lo que te hagan pasar. Tú eres fuerte y podrás soportarlo. Yo lo he hecho, y te aseguro que soy mil y una vez más débil que tú. Tú tienes algo por lo que luchar. Una vida ahí fuera que merece la pena. Una familia que está aguardando a tu llegada. Si yo he podido cuando mis razones para no acabar como Daiana son las del orgullo propio y la necesidad de seguir contestando a una desconocida en unas notas. ¿Por qué tú  no ibas a hacerlo? Confío en que lo harás. Te aseguro que lo hago.

Recuerda tus propias palabras. Nuestros espíritus eligen la esperanza. Y el tuyo no dudo que lo haya hecho ya.

PD: ¿Qué dijo el tío Merkel? Creo que es mi personaje favorito de la novela que estoy leyendo ahora. Trata de una joven encerrada en una celda. Una joven que decidió vivir.


* * *

Los golpes eran soportables. De verdad que eran. Incluso el dolor en el interior de su piel que recorría cada una de sus terminaciones nerviosas, si es que alguna de estas se mantenía con vidas después de aquella barbarie.

La varita elevada y la sonrisa siniestra. Siempre aquella sonrisa que Ezra no podía olvidar. Aquella sonrisa no saldría jamás de su mente. Lo sabía. Le torturaría como el recuerdo que era. Le torturaría en las noches de soledad. Le torturaría. Lo haría eternamente.

- ¡Crucio!
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Niara Soyinka el Sáb Abr 08, 2017 8:39 am

—Hay personas que cuentan conmigo. Dependen de mí—Era su voz otra vez, ¿lo era?, ¿estaba ella siquiera consciente? Difícil decir. Todo se veía borroso, y esa voz la invadía como una gota de frío sudor abriéndose paso sobre la piel afiebrada. Niara había sido puesta en una camilla e impedida por las correas intentó revelarse cuando el dolor se hizo insoportable, pero el amarre no cedió ni por un segundo, tampoco el intenso sufrimiento que su torturador le obligaba a padecer—. No sé qué habré hecho para darles la idea de que me preocupa—Era un cínico. Niara podía imaginar su sonrisa de lobo. Lo sentía muy cerca—Pero tú, es diferente contigo. Realmente me preocupa conseguir resultados. Estoy interesado en ti. Por eso, aplicaré el conjuro otra vez, ¿está bien? No, no llores. Es tan patético.

***

¡Querido amigo!, ¡me pasan tantas cosas ahora mismo!, ¿cómo lo estás llevando tú? Sé que ha pasado tiempo, creme cuando te digo que no ha habido negligencia por mi parte. ¡Pero lo que hacen conmigo, Ezra!, ¡con nosotros! No he pegado ojo en lo que dura una eternidad, incluso cuando mi cuerpo duele tanto y estoy tan exhausta. He intentado hablarte, llegar hasta a ti al otro lado de la pared, pero no hay señas de ti y a veces me han devuelto a mi celda en tal estado que sólo he podido delirar tirada en el suelo por horas hasta que volvían de nuevo a por mí. Sin embargo, he conseguido burlar la vigilancia de mi torturador por un segundo, sólo para hurgar en su basura y hallar este papel en el que te escribo. Si te fijas, en el reverso hay algo escrito en una caligrafía estrecha pero bastante clara. Parece una carta o el fragmento de un informe o diario, ¡y dice las cosas más terribles! No lo comprendo del todo, ya te harás una idea cuando lo leas. En cuanto a mí, en lo único en lo que podía pensar amarrada a esa camilla en la que me retenían, era en saber de ti. ¿Quién podría siquiera imaginar lo mucho que se echan en falta dos completos extraños que viven esta miseria, imposible de describir en palabras, o lo que es más, una miseria para la que no debería existir verbo que la hiciera real? Y a pesar de mis palabras, no te siento para nada un extraño, Ezra. Eres un prisionero como yo. Eres mi único amigo en este lugar oscuro. Eres ese niño que se sintió despreciado por su familia durante tu infancia. Intento imaginármelo, Ezra. Imaginarte a ti, solo y confundido por un odio que no comprendes, a una edad en la que sólo debieras conocer la ternura. Quisiera abrazar a ese niño y hacerlo sentir seguro. Del mismo modo en que tú ahora quieres hacerme sentir segura con tus palabras. Sé que son una mentira, pero está bien. Esto es lo peor que puede pasarnos, Ezra. Esta tortura es terrible e insoportable. Mucho me temo que estos ángeles de la muerte que nos tienen en sus manos ni siquiera nos concederán la muerte tan fácilmente. Sé que temes por mí como yo lo hago por ti, pero no son necesarias las mentiras. Yo te abro mi corazón, Ezra, como nunca nadie lo ha visto antes, uno que sangra y resiste. Que resiste, Ezra. En este lugar las mentiras y las máscaras caen como moscas, pero la verdad, esa, nos expone como lo que realmente somos. Y si estás conmigo, Ezra, muéstrate tal cuál eres. No es necesario mentirnos entre nosotros. Porque en mi pecho hay palabras que necesito decir, sin importar cuan terribles sean. No sé si me hacen una buena o mala persona, pero sé que este lugar va a cambiarnos, a los dos. Y lo acepto. Y lo haré, cambiaré. Pero quiero que seas mi luz al otro lado del túnel, para no perderme en el proceso. Es por eso que quiero abrirme contigo, con la verdad. Y la verdad es, Ezra, que podría matarlos a todos. A todos ellos. Me he encontrado a mí mismo temblando porque sé que una vez que le susurras tus más oscuros deseos a la magia negra, esta jamás te abandona. E incluso cuando sé que matarlos no sería un crimen por el que me arrepentiría, me aterra convertirme en una de ellos. Tan llena de odio, como para olvidar las cosas bellas. Tan llena de odio, como para no sentir nada cuando otros sufren. ¡Oh, Ezra!, ¡son tan perversas las criaturas humanas! Y lo que en verdad me da escalofríos es lo que están haciendo conmigo, o lo que quieren hacer. Conozco los peligros de la magia, y aquí dentro están probando con conjuros que difícilmente podrían controlar. Y sus metas, que ni siquiera puedo imaginar, ¡sólo pueden ser espeluznantes! ¿Y si llegaran a profanar mi alma, Ezra?

Disculpa lo ilegible de esta carta. He sido tonta, he llorado y mis lágrimas casi borran mis palabras. No todo son malas noticias, sin embargo. Hay un guardia que parece diferente. Viene a buscarme a la celda, como los otros. Pero cuando lo miro a los ojos, no muestra la arrogancia o la confianza de los demás. Puede ser porque su personalidad sea ruin y cobarde, pero quiero arriesgarme. Le he hablado, y me ha escupido y me ha golpeado. Y aun así creo que siente vergüenza. Creo que está aterrado como todos aquí, pero vergüenza es algo que no veía hace mucho tiempo. Quizá pueda convencerlo de hacer algo por nosotros. No debería ser imposible hacerlo sentir asco de sí mismo, si es que todavía tiene algo de humanidad. ¡Oh, Ezra! Si hay algo que me ayuda a no perder la cordura es la idea de planear un escape. No puedo resignarme a que me convenzan de que no hay manera de salir aquí con vida. Y eso me recuerda que te debo mi historia de cómo llegué aquí en primer lugar. Allá en mi hogar mi familia tiene un negocio de antigüedades y yo viajo por todo el mundo buscando artefactos mágicos para el negocio familiar. Se rumoreó que en Inglaterra el mercado negro se había hecho con cierto artefacto oscuro que de caer en las manos equivocadas provocaría una lamentable tragedia. Al enterarme de esto, actué por mi cuenta y me embarqué hacia aquí para seguirle el rastro a este artefacto. Se sabe que dentro del mercado es una rara antigüedad, muy codiciada. No llegué a averiguar mucho más sobre ello porque en el camino me crucé con un grupo de fugitivos que huían de los mortífagos, y, sin poder mirar hacia otro lado, les ofrecí mi ayuda para escapar del país. Conozco rutas y artimañas si lo que quiero es borrar mis pistas, pero nos vimos emboscados y así es como terminé siendo capturada. Creo, o más bien espero, que uno de los fugitivos consiguió salvarse, pero no he visto a los demás desde entonces. Todavía me pregunto qué habrá sido de todos ellos. ¿Qué les habrá deparado el destino? Si algo más allá de estas impenetrables paredes nos espera, a ti y a mí, no dudes de que te llevaré conmigo. El tío Merkel, que tanto parece agradarte, es dado a granjearse nuevas amistades y de seguro querría conocerte. Él fue mi guía durante la ceremonia de mi mayoría de edad y mi mentor. Me ayudó para convertirme en un animago y fue siempre un apoyo.  Lo que él diría en estos momentos sería: “Levántate y anda con la fuerza de tu espíritu en ti”. Por eso, no bajes nunca la cabeza, Ezra. Te dejo ahora porque mis fuerzas me están traicionando. ¡Apenas puedo sostener este lápiz con el que te escribo! Confío en leerte pronto. Y no odies la magia, Ezra. La magia nos metió aquí, pero también puede sacarnos. Tuya, Niara.


***

Niara abrió los ojos, asustada. Un frío helado le subía por la espalda. Estaba acostumbrada a despertar de ese modo, de súbito. Era como saltar de una pesadilla a otra, unas veces despierta y otras en sueños, sin llegar a distinguir muy bien dónde acababa el sueño y dónde empezaba la realidad. La celda no había cambiado en lo más mínimo, como era de esperarse. Seguía siendo el mismo antro oscuro y opresivo. Pero, algo no iba bien. Niara posó sus ojos en la puerta entreabierta y el ritmo de su corazón amenazó con salirse de órbita. Alguien la había abierto por ella. Allí estaba, ante sus ojos, una abertura, una salida. Niara había pasado demasiado tiempo bajo tensiones que no podía controlar y su juicio podría haberse nublado por ello. Nunca fue prudente, y tampoco lo fue en ese momento. Sin cuestionárselo, Niara se incorporó, no sin dolor, y se apresuró con el paso de un moribundo. Sólo con atravesar el umbral de la puerta su cuerpo experimentó un júbilo más allá de lo posible. Tanteó en la penumbra y a pesar de estar sin fuerzas intentó abrir la puerta de la celda continua. No sentía siquiera sus músculos. Era imposible para ella ejercer demasiada presión. Un ruido la alertó, y ella se alejó, mirando hacia todos lados, corriendo cuanto pudo. Todo era tan silencioso. De tanto en tanto un quejido adolorido quebraba el silencio. Niara se dejaba llevar sin rumbo por los pasillos, pero ese ruido la perseguía. Eran pasos, ¿lo eran? Ella no hallaba a nadie. Quiso acelerar lo más que pudo, el sonido de su respiración delataba su posición. La perseguían, ¿lo hacían? De pronto, oyó un silbido. Y a continuación, el inconfundible gruñido de un perro.

—¡Buen chico!, ¡no te contengas, Buller!—A la exclamación le siguieron otras voces, y unas risas. Eran tres celadores que hacían su ronda, aunque pudiera ser que aquella no fuera la única razón por la que estuvieran allí en el preciso momento en que Buller, un perro muy grande y rabioso, atacó a su “presa”—, ¡miren cómo se cae la muy ilusa! No luches sangre-sucia, sólo harás que te hinque el diente más profundo.

—Siempre lo intentan, te lo dije. ¡Tan patéticos!


—No siempre. Algunos ya ni lo intentan. Prefieren pudrirse en sus celdas. Pero toma tu dinero de la apuesta, te lo has ganado.  

Entre que se repartían el dinero de la apuesta, parecían no reparar en que el perro se había ensañado con la carne de Niara, que a pesar de intentar repelerlo, sangraba tirada en el suelo, retorciéndose sin mucha esperanza. O más bien, parecía no importarles. Hasta que el aullido dolorido de Buller llamó su atención. Asustada, la bestia retrocedió y volvió con su dueño. Y los rostros arrogantes se ensombrecieron, pero no abandonaron la insolencia de sus maneras.  

—¿¡Qué demonios!? ¡Es mi perro! Cálmate, ¿quieres? No estás muy brillante hoy por la forma en que apuntas con tu varita. Apunta bien la próxima. Que este es un pura raza, joder.


—¿Y quién dijo que apunté mal, imbécil? Saquen sus culos de aquí antes de que me dé la gana de reventarlos. Eso de ahí es propiedad de McKinn. Y no estará muy contento cuando se entere de que un par de retardados la estuvieron jodiendo con su sujeto de experimento. Como yo lo veo, están enterrados en la mierda.

Ninguno se lo discutió, y sin más, se fueron pitando del lugar. Niara temblaba contra una pared, en shock. Tenía heridas defensivas en sus brazos, y en su pierna derecha una preocupante mordedura que sangraba de forma abundante. Estaba demasiado ensimismada como para darse cuenta que el recién llegado se agachó para estar a su altura, frente a ella. Hasta que el celador habló, y ella reconoció la voz.

—Pobre lindura, estás hecha un desastre. Debe doler. Te ayudaré por esta vez. ¿Sabes? Creo que no llegamos a entendernos antes. A veces puedo ser algo impulsivo, lo admito. Espero que no te hayas llevado una impresión equivocada. Me gustaría que seamos amigos—Sus ojos sonreían, como el reflejo narcisista de la maldad contemplándose en un espejo. Niara sentía asco de ese hombre—No he visto a Meg últimamente, y eso me apena muchísimo. Porque éramos amigos, Meg y yo. Pero ahora que te veo… Que afortunada eres, lindura.

***
El reverso de la carta de Niara parecía ser un informe, o sólo las palabras de un loco. La letra era impecable, aunque de una cursiva muy estrecha. Era sólo un fragmento, por lo que resultaba incoherente.

…ente. Es entonces cuando el sujeto comenzó a hablar en una jerga incongruente y oscura que, a pesar de las apariencias, sí parece tener una lógica idiomática. Su alma había sido dividida en dos partes hasta el momento y no había mostrado indicios de locura hasta entonces, como les pasara a los otros sujetos del experimento. Se puede concluir, entonces, que la efectividad del conjuro depende de la calidad del recipiente. Y sin embargo, comprobamos la efectividad del veneno como potenciador de la magia. El sujeto mostró una transmutación notable y de forma inducida, totalmente involuntaria. Los progresos muestran un avance secuencial que podría llevarnos hasta la forma completa: la quimera. Los recient…
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I. Ezra Sullivan el Sáb Abr 08, 2017 3:26 pm

Los llantos en la celda contigua se hacían insoportables. Quería gritar. Pedirle que ahogara sus lágrimas con la almohada como acostumbraban a hacer los otros reclusos. Pedirle que guardase todo esa tristeza, ese dolor, ese sufrimiento en una parte de su interior a la que  nadie tuviese acceso. Que lo guardase como un tesoro. Pues si ellos sabían que existía sería  mucho más fácil acabar con su vida. Sería mucho más sencillo acabar con todo atisbo de esperanza y menguar ese deseo por vivir que toda persona tiene en su interior.

Pero no lo hizo. Se limitó a cerrar los ojos y contar. Esperar a que los llantos cesaran, los gritos de auxilio. Y tardaron más de una hora en hacerlo, pero por fin lo hicieron. Cuanto todos los demás parecían haberse quedado dormidos pero aún así Ezra sabía que, al otro lado de la pared, seguía despierto. Aquella persona que había gemido, gritado y sollozado seguía despierto. No sabía por qué. Pero lo sabía. Sabía que después de todo ese sufrimiento no se podría haber limitado a dormir, no lo habría conseguido ni un millón de años. De la misma manera que a él cada noche le resultaba imposible quedarse dormido. Y cuando lo hacía, las pesadillas llamaban a su puerta.

- No es tan duro como parece. – Mintió. Fue apenas un susurro cuando se acercó lo suficiente a las rejas de la entrada de su propio habitáculo. – Podrás con ello. Sólo tienes que acostumbrarte al silencio, la comida de mierda y la compañía de mierda. Pero verás que no está tan mal. Piensa que… Aquí no tienes responsabilidades con el mundo. Sólo la responsabilidad de seguir con vida. Y podrás con ello, ¿Verdad?

Había visto a la persona que se encontraba en la celda contigua. Había visto como los celadores lo arrastraban al interior de aquella celda a base de golpes. Como aquel niño que no levantaba un palmo del suelo había sido empujado a la soledad, a la desesperación. Era solo un niño. Un niño que no había vivido lo suficiente como para pasar lo que le quedaba de vida encerrado entre aquellas paredes.

- Venga, colega, intenta dormir. – No sabía siquiera si el niño había escuchado sus palabras. Sólo sabía que se sentía responsable de intentar que siguiese con vida. Igual que pasaba Niara. Inconscientemente, siempre se había sentido responsable de la vida de los demás aunque despreciase la suya propia.

* * *

Añoraba tus palabras. De verdad que lo hacía. Pasó más horas encerrado en este agujero que en cualquier otro lugar de esta prisión. Creo que en parte lo agradezco. Aquí no hay varitas ni pociones. Aquí no hay oportunidad para que acaben física ni mentalmente conmigo, sólo está mi soledad y la oportunidad de releer tus palabras una y otra vez a falta de una nueva respuesta. Tus palabras me hacen sentir que no estoy solo aunque te mentiría si dijese que no he pensado en alguna ocasión que esto es una trampa. ¿Y si realmente Niara no existe? ¿Y si estoy escribiendo a uno de esos sádicos que tanto se divierten a mi costa y esto solo es un método más para hacerlo? ¿Y si me he vuelto loco y las contestaciones las hago yo mismo para no sentirme tan solo y miserable en esta celda? Pero hasta yo mismo sé que no sería capaz de crear otra personalidad con tantos matices. Una personalidad como la tuya. Tan fuerte, tan segura. Una personalidad a la que le pido – le ruego – que no se deje doblegar.

Mi vida no ha sido fácil, Niara, no puedo negarlo. He hecho cosas de las que cualquier ser humano se arrepentiría, y aún así no me arrepiento. No seas como yo en eso. No pienses en acabar con ellos y en no tener remordimientos. Porque sé que los tendrías. Lo que nos hacen no es solo cruel, es inhumano. Es aterrador. Pero más aterrador es perder la humanidad que te caracteriza. La luz que te hace ser quién eres. Niara, no dejes que apaguen eso. No dejes que te cambie porque será entonces cuando toda esa gente que te espera en el exterior con tanta ilusión por la persona que eres acabará decepcionada. Y te decepcionarás a ti misma por haber dejado de ser quién eres. Llora, grita, patalea. Golpéales si hace falta, si eso te hace sentir más segura. Pero no lo hagas para sentirte mejor. No lo hagas  por venganza. No lo hagas porque pasarás a convertirte en un ser tan miserable como lo son ellos. Y tú no mereces tener esa oscuridad rodeándote.

Verdaderamente siento haberte mentido. No era capaz de decirte la verdad. Era una mezcla de miedo por ti y miedo por mí mismo. Miedo porque no quería que tu imagen sobre lo que ibas a tener que pasar fuese aterradora antes de que sucediese. Miedo porque no quería perderte, no quiero hacerlo. Son palabras egoístas y no voy a negarte que soy una persona así, pero si tus palabras dejan de acompañarme en estos momentos de soledad sé que acabaría por volverme loco. Por olvidar lo que hay fuera y lo que merece ser recordado para poder luchar por mi vida y, por un día, tener la ansiada libertad.

Quiero creerte. De verdad que quiero hacerlo. Quiero cree que hay un atisbo de bondad en estas personas. O al menos, que existe una que aún puede ser salvada de todo esto. Pero mi fe en la humanidad hace tiempo que desapareció, eso tampoco puedo negarlo. Si crees que puedes encontrar una salida, una ayuda, un “amigo” en esa persona, hazlo. Confía en tu instinto de la misma manera que confías en un desconocido al que aún no pones ni rostro.

Quiero pedirte algo. Por muy infantil que parezca, pero creo que lo agradeceré de la misma manera que lo agradezco en estos momentos. Cuéntame historias, a modo de cuentos para dormir a un niño pequeño que no quiere tener pesadillas. Me gusta leerlo. Me gusta imaginar cómo era todo allí donde vivías. Y también como una Niara no tan demacrada por el sufrimiento que aquí ha encontrado luchó por salvar la vida de otras personas. No nos olvidemos de esa imagen antes siquiera pisar Inglaterra, donde tenías una vida llena de posibilidades. Me gusta saber a qué te dedicabas, cómo era tu vida allí. Como si fuese un cuento y yo estuviese conociendo poco  a poco cada una de las historias tras sus personajes.

Me gustaría creer que esas personas por las que luchaste, por las que arriesgaste tu vida están sanas y salvas. Pero me has pedido que sea sincero y lo seré. Soy un hombre de palabra, muy a mí pesar. Y siento decirte que estarán aquí encerradas. O quizá en la parte superior de esta prisión. Y, si ha tenido más suerte que nosotros, es posible que estén descansando en un lugar mejor que este. No hablo precisamente de unas merecidas vacaciones en unas playas exóticas. Hablo de la muerte, esa con la que yo al menos sueño cada noche porque es mejor que seguir bajo este tormento. Nunca pensé que lo diría, pero mis fuerzas son cada vez menores. El dolor se hace insoportable, y no únicamente el físico.

A cambio de tu historia, yo te regalo una mía. Una mucho más lejana, ya tantos años atrás. Parece un sueño, una ilusión de un pasado que ya no parece el mío. ¿Nunca te ha pasado eso? A veces creo que acabarán conmigo y con todo lo que era. Pero no nos paremos en aspectos negativos. He venido a deleitarte esta vez con una historia. Una sobre cómo es el mundo lejos de aquí. O al menos, cómo lo era para un joven de apenas ocho años que viajó a Irlanda con su madre para conocer a su abuela. Nunca te he hablado de ella, pero también era una bruja. Una de esas con gorro de punta y gatos negros. Pero no por ser un estereotipo tan pintoresco, sino porque le gustaban los sombreros y a la muerte de su marido decidió rodearse de gatos. Su nombre era – y espero que siga siendo – Connie. Lo cierto, es que no he venido a contarte la historia de mi abuela, o al menos, no por hoy. Quería hablarte de ese viaje. Fui en barco, jamás había montado en uno. Acabé tumbado en mi camarote la mayor parte del viaje. Oscuridad y un terrible dolor en el estómago que sólo me permitía levantarme de la cama para ir a vomitar. Nunca fui un niño aventurero, suerte que eso cambió con los años, aunque eso ya es otra historia que quizá con el tiempo tenga la oportunidad de contarte. Lo que quiero contarte de esa historia es el final. Cuando el barco llegó a puerto y mi malestar desapareció. La luz hizo que me viese obligado a taparme los ojos, pues hacía tiempo que no veía la luz del sol. Pero no importó. Lo que había allí era tan bello, Niara. Aún recuerdo las verdes praderas, el olor a tierra mojada combinado con el olor tan característico del mal. La brisa. Ah, el aire, Niara, no sabes lo mucho que añoro la brisa.

Quiero creer que esa historia es un símil a nuestra historia. Quiero creer que después de pasar encerrados en este camarote donde el dolor es insoportable llegaremos a un lugar donde las vistas nos devuelvan la fe, la alegría, la esperanza…


* * *

La última palabra quedó a medio escribir. Corrió lo más que pudo al escuchar la llave entrar en la cerradura al otro lado de la puerta e hizo todo lo que estuvo en su mano para ocultar el papel que Niara había escrito con tanta ilusión como sufrimiento. Fue, por suerte, suficiente rápido para apoyar la espalda contra la pared de piedra al tiempo que empujaba la roca suelta en la pared. Lo suficientemente rápido para evitar que el guardia viese lo que había tras de él antes de llevarle, una vez más, al exterior de aquel lugar.

- ¿Aún tienes ganas de partirle la cara a alguien, Sullivan? Si sigues por ese camino acabarás teniendo la misma suerte que tu hermano. – El desdén con el que escupía aquellas palabras era repulsivo. - ¿Aún no te lo han dicho? Le espera el peor destino posible para los que tienen suerte, el beso de un dementor. Pero tranquilo, tú no tendrás esa suerte. Tu muerte aún no va a llegar, tienes mucho que darnos o eso dicen los Extirpadores. Gates está encantado contigo, creo que te convertirá en su nueva mascota.

Ezra bufó, como si de un animal salvaje se tratase. Intentó levantarse aun cuando las fuerzas aún le fallaban. Aún cuando sus piernas parecían no resistir el estar de pie durante tanto tiempo después del desgaste físico que había sufrido en la última sesión con aquellos hombres.

- Yo que tú me estaría quietecito. – La varita alzada, demostrando la superioridad de la magia contra un simple Squib. – Me gustaría poder matarte. Pero no me pertenece a mí ese placer, desgraciadamente. – Una sonrisa torcida se dibujó en su maltrecho rostro, donde podían apreciarse los restos de sangre reseca en la zona nasal. – Y te reunirás con el traidor de tu hermano en otro momento.

No pudo evitarlo. Aquellas palabras fueron suficientes para que las fuerzas volviesen a él. Se levantó en apenas dos segundos y fue en dirección a aquel hombre. Lástima que la varita estuviese de por medio. Lástima que la varita se elevase e hicieses que su cuerpo saliese despedido, una vez más, con marcada violencia hacia la pared. Un golpe seco. Una nueva herida de guerra.
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Niara Soyinka el Sáb Abr 22, 2017 5:31 am

Querido amigo, cuan lejanos resultan hoy aquellos días en que tenía una vida fuera de este lugar. Y sin embargo… Hubo una vez en que quedé atrapada en las catacumbas de unas ruinas milenarias que antaño fueron la ciudad de una comunidad mágica en África. Soy afortunada de poder contarlo, porque en mi profesión, los errores suelen pagarse demasiado caro. En tu camino pueden aparecer maldiciones que incluso los muggles mantienen vivas en sus leyendas, y a veces un paso en falso puede traerte algo peor que la muerte. El tío Merkel me llevó de exploración esa vez, y fue su ojo experto y su constante responsabilidad para conmigo lo que me salvó de convertirme en “un monstruo que devorará a los suyos” de ser tocada por la maldición de un viejo brujo que aparentemente era el líder de una tribu de caníbales, que además, practicaban la magia. Debía ser poderoso, porque llegar a su tumba casi me cuesta mi humanidad, y porque su magia se mantuvo viva, ¡después de siglos! Fue cuando salimos de las catacumbas que el tío Merkel me sostuvo entre sus brazos como a una niña bajo el sol de África y cantó para mí una canción llena de nostalgia y sentimiento; en ella, hablaba sobre una niña africana que había sido apartada de su familia por motivos de venganza. Quien la tomó prisionera fue un espíritu malvado que se había sentido ofendido por alguna razón y que sólo se sentiría satisfecho hasta llenar de amargura los corazones de esa desdichada familia llevándose lo que más amaban. Pero esta niña, fue una valiente. No porque no tuviera miedo, que lo tenía. Era tan sólo una pequeña forzada a abandonar a aquellos que la hacían sentir a salvo, y aun así, habiendo quedado en manos de su captor, fue lo suficientemente astuta como para engañarlo. El espíritu había sellado su destino, obligándola a vivir para siempre en una cueva llena de horrores, pero ella se liberó. Ella descubrió de nuevo el sol de África, como tú y yo volveremos a ver la luz de la esperanza guiñándonos desde fuera, fuera de este lugar plagado de espanto. Incluso creo que ahora mismo podemos verla, ¿no es verdad? Es porque sabemos que brilla que no la olvidamos.  

¡Y sobre viajar en mar! Te admito, que no lo he hecho. He viajado, sí,  por encima del mar, ¡pero nunca en un barco! ¿Qué otras aventuras has tenido?, ¿qué hacías antes de ser capturado? Tengo el presentimiento de que ir descubriéndote de a poco es la única forma de conocerte, aunque a veces solemos preguntarnos si acaso alguna vez llegamos a conocer completamente a alguien. Te confesaré que estos días he estado preguntándome demasiado acerca de la naturaleza de las personas. He intentado también racionalizar mi dolor, aunque no soy lo bastante buena para ello. He gritado, he llorado, ¡he querido rebelarme con mis puños caídos! Y ahora pienso, pienso por largas horas, o al menos, horas en las que creo, quiero creer, que mis delirios no me ganan la partida. Entenderás por qué, cuando te hable un poco más sobre el hombre que últimamente me visita en mi aislamiento. Es un guardia, no un amigo. Sé muy bien que no es de fiar. Es cruel, como lo son la mayoría en este lugar. Pero incluso entre los lobos, hay uno o algunos de ellos que son temidos por los demás. Por ser los más hambrientos, los más violentos, los más salvajes. Éste del que te hablo es de esa clase. Y no consigo descifrar todavía lo que lo incita a ser como es. ¿Es el hambre, el ansia de la caza, el olor del terror, o todo a la vez? Su nombre es Hunter, W. Hunter. Así es como aparece inscripto su nombre en la pitillera que lleva consigo. Se ha consagrado a la tarea de hacerme compañía, y no es que sea especialmente placentero. De momento, se ha limitado a controlar quién entra y sale de mi celda, o eso es lo que creo, porque no he visto a ningún otro guardia, y eso incluye a aquel del que esperaba conseguir algo. Lo que sea, pero algo. Con este nuevo lobo, no obtendré nada bueno, eso es seguro. Llega y hace aparecer una butaca que, por supuesto, es para él; fuma, me mira y comienza a hablar, como algo casual, como si todo esto no fuera más que una larga espera en los andenes de un tren… ¡Oh, Ezra!, ¡son criaturas tan horribles nuestros torturadores! No hace más que hablarme, pero es tan cruel Ezra, ¡es tan cruel! Es el mismo que volvió loca a Meg, la loca Meg, esa pobre desdichada… ¿estará muerta?, ¿la habrá matado luego de cansarse de ella? La torturaban y se reían, la humillaban y despedazaban su alma… ¿Harán lo mismo conmigo? El extirpador tal parece que ha dejado de “requerir” mis servicios… ¿ahora qué?, ¿se ha olvidado de mí y ahora este monstruo llega para debilitarme psíquicamente? No entiendo la naturaleza de las personas, Ezra. No lo entiendo. ¿Por qué alguien querría contemplar cómo otro se marchita día tras día en una celda? Cuídate de él, Ezra. Nunca le hagas frente. No creo que sea de los que perdone fácilmente. Me pregunto—ya te lo dije, estoy muy pensativa entre estas cuatro paredes—qué azares habrán puesto a esa persona en mi destino, o a aquellos refugiados a los que intenté proteger, o incluso a ti. ¿Sabes una cosa, mi querido amigo? Siempre tuve cierto afán por las figuras de humo que se formaban sobre las fogatas de los adivinos, esos brujos que queman hierbas y miran las estrellas y realizan complicados rituales que, al menos de donde vengo, a veces incluyen cantos y danzas. Lo hacen en busca de signos que otros no verían. Yo nunca tuve el don de la adivinación. Es un don muy raro hasta donde sé. Y sin embargo, ¿no has tenido jamás un sueño que se repite una y otra vez como una profecía? Digo, podría ser una profecía. Una premonición. Incluso hay muggles que afirman tener experiencias similares: te cruzas a alguien y piensas que ya lo conoces, a pesar de que eso sea imposible; te asalta el pensamiento de que debes estar en tal lugar, y cuando finalmente llegas, luego de lo que pudieron ser años trazando el camino para llegar hasta allí, te encuentras con que alguien estaba esperándote, o algo. Algunas personas pasan sus vidas preguntándose qué significarán sus sueños, que hasta se guían por ellos en la vida real. Quizá un sueño sea sólo un sueño. Pero yo tuve uno que siempre me pareció distinto a los otros. Soñé despierta, o eso creo. Y desde entonces, me ha perseguido, a lo largo de mi vida. En él había un hombre con una cara sin rostro que me tendía su mano. Te hablaré más de ello, pero será luego. Ahora, mis ojos no pueden mantenerse abiertos. Antes, debo agradecerte Ezra, por velar por mí y mi humanidad. Un poco quizá como lo hiciera mi tío Merkel aquella vez. Me haces sentir como una niña que se siente a salvo mientras la acunas en tus brazos. Yo también velo por ti, mi amigo. Ten fuerza. Tuya, Niara.  


***


Los laboratorios eran, en contraste con otras zonas de Azkaban, de una respirable pulcritud. Al menos, así era su laboratorio. El extirpador McKinn tenía una evidente inclinación por los espacios organizados e impecables. Resultaba impensable verlo pisar la mugre de los pasillos de los calabozos. Por lo demás, era un hombre apático, de intrigantes ojos azules y una amabilidad del todo forzada, del todo falsa, y un acento muy, muy suave; llevaba gafas que no se le deslizaban nunca, de hecho, de tan perfectamente encajadas parecían atornilladas a sus sienes, y por supuesto, peinaba su cabello hacia atrás sin que se le notara ni un solo pelo rubio fuera de lugar. Había trabajado en San Mungo como sanador tiempo atrás, pero luego de un incidente particularmente desagradable, su cara había aparecido en los carteles de “Se busca” y huyó fuera del país para seguir desarrollando sus… proyectos. Fue cuando murió su hermana gemela que perdió todo cuidado frente al riesgo que suponían sus acciones, y también, cuando adquirió un profundo desdén por la suciedad—eso incluía a los muggles; sólo hizo falta saber que en Inglaterra se estaba llevando a cabo “una limpieza” para que retornara alegremente al hogar—. De hecho, una de las razones por las que había solicitado al celador Hunter como su asistente era porque, de todos los demás, era el más aseado de todos. Al menos, ofrecía un aspecto decente, quizá algo pomposo para una prisión si uno pensaba en la pitillera de plata que lucía en todas partes.

—¿Me llamaba?

Interesante hombre, Hunter. No preguntaba demasiado, pero parecía entenderlo todo. Como sujeto de experimento, ciertamente parecía del tipo resistente. Pero ni modo, también había buenos ejemplares en las celdas. McKinn se hallaba rodeado de curiosos aparatos que no parecían necesitar de nadie para que los manipularan, porque actuaban por su cuenta. Detrás de él, una cortina blanca ocultaba lo que sea que escondiera de la vista de los curiosos. Podía oírse, sin embargo, el siseo de una respiración dificultosa. ¿Una persona en una camilla?, ¿había algo que pudiera darse por sentado en aquel lugar?, ¿los hombres eran hombres?, ¿y los monstruos…?

—¿Cómo va mi experimento?—inquirió, sin dejar de lado lo que estaba haciendo. Preparaba los ingredientes para una poción, midiéndolos en los instrumentos a su disposición, y muy concentrado, diríase fascinado, por un poco de raíces muertas y polvo. Muy irónico. En la mesa, destacaba la foto enmarcada de una mujer rubia de rasgos muy familiares.  

—No he notado los cambios que usted señaló, pero la vigilo de cerca.

—Lástima. No esperaba mucho tan pronto, de todas maneras. ¿Pero ella habla contigo? Debes asegurarte de ver en su cabeza… Lo noté, por cierto. Tienes el don de la legeremancia.

—No poseo tal habilidad—acotó, sin darle importancia—. Según entiendo, es un talento que se adquiere por medio de la práctica. Fui expulsado de Hogwarts mucho antes de alcanzar ninguna maestría en magia avanzada.

—¿No? Raro. Hubiera jurado… Mi hermana, ella puede—
Hunter enarcó una ceja; era evidente que McKinn no estaba utilizando los tiempos verbales como debería, y no era la primera vez—. Y cuando un mago tiene la impresión de que sus pensamientos están siendo observados, sientes un cosquilleo… ¿Imaginación, tal vez?—Y agregó, pensativo y a modo de susurro, sin mirarlo nunca—: Y he oído que eres bastante diestro en magia negra.

—¿Su hermana?, ¿ella puede?— preguntó su ávido oyente, por lo bajo. Tan suave como puede serlo la mordida de una serpiente.

No hubo respuesta hasta que el breve silencio entre ellos fue atravesado por el gemido herido que se oyó del otro lado de las cortinas que hacían de separador, presumiblemente, alrededor de una camilla.

—Eso es todo, William. Mantenme al tanto—Hunter asintió y dio media vuelta. Estaba a punto de salir por la puerta, cuando la voz de McKinn lo detuvo, y había algo en el tono de su voz, entre lo sutil y lo tajante—Espero que me lo cuentes todo. Todo lo que pasa dentro de su cabeza.

—Ya se lo he dicho. La vigilo muy de cerca.

Y los gemidos se hicieron atroces.


Última edición por Niara Soyinka el Lun Abr 24, 2017 8:47 pm, editado 1 vez
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I. Ezra Sullivan el Dom Abr 23, 2017 2:29 pm

Sostenía su mano mientras sus ojos seguían clavados en la mujer postrada en la cama. Su sonrisa aún no se había logrado apagar, a pesar de los estragos que la enfermedad y la edad se habían cobrado en su ya achacada salud. La mujer apretó débilmente la mano de su hijo y le devolvió una fugaz mirada antes de cerrar los ojos durante un corto periodo de tiempo. Su hijo se limitó a mirarla, a no abandonar ni por un segundo su posición erguida sobre la silla del hospital esperando a un desenlace que no estaba aún preparado para asumir.

Los médicos habían dicho que su estado era terminal. Que en caso de volver a casa y recibir el alta médica debería pasar lo que le quedaba de vida sin poder salir de entre aquellas cuatro paredes. Que su piel no volvería a ver la luz del sol más que a través de los cristales de la ventana. Que, a todas partes, tendría que llevar un aparato que le permitiese respirar acompañado de una vía para el suero. Ezra había recibido la noticia en un sepulcral silencio, tan habitual en él. Su hermana había sollozado a su lado, aferrándose al cuerpo de su hermano y esperando que aquello se tratase de una terrible pesadilla de la que no tardaría en despertar. Pero no lo era. Ni un pellizco podría despertar a la familia Sullivan de la pesadilla en la que se encontraban.

- Ya no quiere vivir. No está luchando por salir adelante. – Había repetido el médico sin el más mínimo tacto. Ezra se había mantenido impasible. Audra, su hermana, por el contrario no.

De eso habían pasado ya dos semanas. Audra aparecía cada mañana con una sonrisa, subía la persiana y dejaba que la luz entrase en la habitación a lo que Ezra, quien parecía haber tomado el hospital como su nueva residencia temporal, respondía siempre frunciendo el ceño y entrecerrando los ojos a causa del resplandor. Su madre lo agradecía con una sonrisa, y acompañaba el gesto con un pequeño golpe en la mano de su hijo.

La mano de la mujer apretó sin fuerzas la mano de su hijo por última vez antes de convertirse en un peso muerto entre los dedos del hombre. Ezra elevó la vista para ver los ojos sin vida de la mujer. El recuerdo de una sonrisa dibujado en sus labios. Por fin descansaba en paz. Por fin había encontrado el respiro que tanto necesitaba. La tranquilidad por la que tanto rogaba. Ya no tendría que preocuparse por ninguno de sus hijos. Ni por aquel que se encontraba encerrado en una de las celdas de la prisión mágica de Azkaban; ni por una hija incapaz de seguir con su vida por el apego que sentía por su familia; ni por un hombre repleto de inseguridades y miedos que sólo servían como aliciente para despertar en él el odio hacia los suyos; ni por el propio Ezra, quien siempre había sido tan diferente al resto.

- Se ha ido. – La voz al otro lado del teléfono se paralizó. No emitió ningún sonido. Ezra permaneció en el hospital hasta que Audra se aferró al cuerpo sin vida de su madre, rogando que no se fuese aún entre lágrimas.

Ezra no lloró. No hubo atisbo de emoción alguna en su mirada, movimientos o expresiones. Simplemente estaba allí, esperando a que su hermana se recompusieses. Esperando a lo imposible.

Aquella noche durmió quizá por primera vez en semanas y a la mañana siguiente casi acabó con la vida de su padre. El culpable de todo aquello junto con Ewan, uno de sus dos hermanos aún con vida.

* * *

Despertó en la misma celda de siempre. Despertó bañado en sudor frío, con las ojeras más marcadas de lo habitual si acaso aquello era posible. Despertó con un calor insoportable en el pecho y un frio inhumano en sus manos. Despertó con las articulaciones entumecidas de dormir sobre el suelo de piedra y buscó a tientas en la pared aquello que tanto necesitaba. Una leve sonrisa surgió entre sus labios. Una luz al final del camino. Unas palabras que le demostrasen que no estaba solo en el mundo.

* * *

Todas las leyendas muggles tienen algo de razón, ¿No? Dudo que sin la existencia de vuestro mundo la imaginación de muchos despertase para imaginar historias de monstruos, magos y demonios. Al fin y al cabo la magia siempre ha estado presente en todas las civilizaciones, desde el inicio de los tiempos. Nunca he estudiado nada relativo a vuestro mundo, pero sé que en Hogwarts existe una asignatura que habla de la historia de este. Supongo que en ella hablan de cómo en el inicio magos y muggles convivían sin ningún tipo de problema. Los magos ayudaban a aquellos que carecían de magia pero luego llegó la parte más humana de las personas. La parte donde los magos se sienten superiores por su poder y en los muggles despertó la envidia por no tener magia. Ahí empezaron las guerras, las diferencias entre amigos y familiares, el distanciamiento, la venganza. El poder. Los magos pasarían a esconderse, a mantener las distancias hasta que su recuerdo se convirtiese en un cuento que contar a los niños cada noche antes de dormir. Al menos, así es cómo yo imagino que fue todo.

¡No puedo creerlo! ¿Jamás viajaste en barco? He de decir que no soy un experto en la materia, prefiero cualquier otro medio de transporte antes que el barco. Las distancias parecen más largas de lo que realmente son, los pasajes no son económicos y el malestar que adopta mi cuerpo es tal y cómo te conté. Parece que tus tripas cobren vida y no paren de moverse en tu interior. Como si quisieran salir de ahí de cualquier manera. De la más sencilla. De la más rápida. Y, siendo sinceros, es algo que consiguen. Lograrás salir de aquí. Algún día. Quizá más tarde que temprano, pero seguirán en ti esas ganas de vivir que tanto te caracterizan. Y por ello me debes prometer que viajarás en barco. Un ferri, quizá. Aunque sea un viaje corto, quizá un paseo turístico por un río. Quizá prefieras ir de punta a punta del mundo, pero no creo que sea una buena primera experiencia. Pero montarás en barco y recordarás mis palabras. Recordarás el dolor del que te hablaba. Recordarás al niño que viajó y encontró la luz al otro lado. Prométeme que, cuando logres salir de aquí, irás a montar en barco.

Aléjate de ellos. No hables. No les mires. Todo lo que hagas sólo servirá para despertar en ellos esa bestia interior que no hace otra cosa que atacarnos día y noche. No les dejes pasar. No dejes que acaben contigo. Suficiente hacen con sus ataques físicos y verbales pero recuerda que nuestra mente es nuestra y solamente nuestra. Ellos no pueden derribar las barreras que construimos en su interior. No dejes que lo hagan. Te lo pido una vez más. Una y mil veces si hace falta. No son nuestros amigos. Ni siquiera remotamente. Si está a tu lado es para minar lo que quede de ti. Para entrar en tu cabeza de una u otra manera. No puedes alejarte de él, él tiene todo el poder para decidir del que nosotros carecemos. Pero no le pongas las cosas fáciles. Recuerda por qué estás aquí y qué es lo que tienes fuera. Piensa en tu madre, en el tío Merkel, en todo lo que tienes allí fuera esperando. Piensa en lo que hacen a los presos, lo que nos hacen a todos nosotros. Piensa en Meg. No acabes como ella, no le des la satisfacción de rendirte. Se fuerte, Niara. Se fuerte por ti, por mí, por todos los que aguardan en el exterior para devolverte la vida que un día tuviste.

Una vez conocí un hombre que afirmaba que los sueños solo son recuerdos de lo que ya hemos vivido. Que esta vida ya la hemos vivido una y mil veces y los sueños nos acercan a esas vivencias que están por venir y que no recordamos. Que son nuestro inconsciente intentando recordarnos lo que está por venir y vendrán. Era un mago, como tú. Vivía en una casa de madera cerca de un lago, en Perú. Le gustaba ir con una pipa que un mago inglés había perdido en una expedición años atrás. También le gustaba coleccionar cabezas de animales disecadas y decorar con ellas sus paredes. Decía que tiempo atrás habían sido humanos que habían perdido su oportunidad de alzarse como humanos. Que sus errores les habían hecho convertirse en animales a forma de castigo. Él afirmaba que era a lo que se dedicaba. A convertir a los impuros en criaturas y acabar con sus vidas. Creo que tan solo era un cuento chino para asustar a los viajeros. Pero he de decir que no era lo más raro que decía. También hablaba del poder de los números. De cómo la fecha de nuestro nacimiento condiciona nuestro personalidad, nuestro futuro, nuestra historia. Mentiría si te dijese que en aquel momento creí alguna de sus palabras. Sé que la magia existe, es algo más que evidente dada nuestra situación, ¿No? Pero soy reacio a creer en ese tipo de… ¿Magia? No sé si realmente puede recibir ese nombre. Los astros, el destino escrito desde que nacemos, la numerología, el horóscopo. Soy bastante escéptico en lo referente a ese tipo de cosas. Pero quién sabe, quizá tus sueños tienen algo de razón y me hacen plantearme todo eso. ¿Qué más había en ellos? Siempre he sido un coleccionista de historias, quizá porque nunca he sido dado al diálogo y contar las mías es algo que nunca fue mi punto fuerte. Creo que, por primera vez en mucho tiempo, siento que tengo algo que contar. Y todo ello queda en estas cartas que aún me planteo que sean parte de mi imaginación. De cómo he perdido la cordura.

Las fuerzas me abandonan una vez más. Pero te hablaré más sobre mis viajes. Sobre personas como el Doctor Klapper, el mago que hablaba de los sueños. Pero hoy no, las fuerzas no me acompañan pero prometo regalarte una nueva historia pronto. Se fuerte, Niara.


* * *

La puerta de la celda tardó en abrirse exactamente treinta seis horas, doce minutos y siete segundos desde que Ezra depositó la carta tras la roca de la pared. Treinta seis horas, doce minutos y siete segundos de hambre y un profundo dolor en el estómago. Hacía más de tres días que no probaba alimento alguno y sentía como si su estómago estuviese comenzando a devorarse a sí mismo. Sentía un dolor punzante e intenso que empezaba en su vientre y se adueñaba de todo su cuerpo en cuestión de segundos. Estaba pálido. Sus ojeras se habían remarcado incluso más aunque aquello parecía imposible.

Una vez había leído que el cuerpo humano puede sobrevivir días sin alimento hasta comenzar a quemarse como si de un cigarro convertido en ceniza esperando en el cenicero se tratase. No sabía cuántos eran los días  exactos, lo que sí sabía era que jamás había estado tanto tiempo allí encerrado. Ya no recordaba lo que era la luz del sol y las voces humanas que gritaban y gemían en las celdas contiguas fuera del aislamiento parecían un recuerdo grato y lejano al que ya no tenía acceso. Añoraba incluso los gritos desesperados de sus compañeros en aquel pasillo de celdas. De aquel patíbulo.

Cuando la puerta se abrió se vio obligado a cubrir su rostro con sus manos. El hombre que abrió la puerta se rió de la situación. Tal y como siempre hacía. No le importaba nada en absoluto. Disfrutaba del sufrimiento ajeno.

- Hueles a muerto. - Fue lo único que dijo antes de lanzar al suelo una bandeja de plástico desgastada con una masa grisácea sobre este. - Acostúmbrate a esto, pasarás aquí una buena temporada. - Amenazó el hombre. - Está en estado crítico, ¿Sabías? Ese golpe casi le cuesta la vida a un hombre. Pagarás por ello, no lo olvides. El dolor será aún peor. - Ezra ya no escuchaba. Su mente estaba centrada en aquella bandeja con comida. Por fin, después de días era comida lo que había frente a él.

La puerta se cerró durante otros dos días en los que la comida sí apareció. Una vez al día la puerta se abría. Recibía una divertida burla por parte de uno de sus captores y luego un plato de comida. De aquella masa grisácea que carecía de sabor alguno.

- Venga, largo de aquí. - Una patada en el estómago le obligó a caer al suelo. Una en el brazo. Una segunda en las costillas. Logró levantarse, sujetando sus costillas con el brazo y avanzó fuera de allí antes de recibir un hechizo por la espalda que le obligó a darse de bruces contra el pasillo del suelo. Una vez más.
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Niara Soyinka el Mar Abr 25, 2017 10:24 am

“…recuerda que nuestra mente
es nuestra y solamente nuestra.
Ellos no pueden derribar las barreras
que construimos en su interior…”


Tuvo miedo. Fue por un instante, pero esas palabras, tan atesoradas en su corazón, la hicieron estremecerse por primera vez. No fue, claro está, a causa de quien le escribía. Aquel era un amigo, el único pilar de su cordura en esos momentos oscuros. Pero fue la pregunta que esas palabras sembraron en ella lo que la heló de repente, ¿era su mente realmente el santuario en que ella quería creer, que jamás sería profanado? Niara sintió resumida en un solo latido una duda que la carcomería por días antes de que el chirrido de la puerta la pusiera sobre aviso de una nueva visita. En busca de consuelo su mirada fue a parar fugazmente allí donde se formaba una grieta disimulada en la pared, y cuando pronto alzó la vista intentó gritarle a su pecho que latiera, furioso o desesperado, pero que latiera, de forma que ella no sintiera cómo su corazón se empequeñecía frente a la presencia de aquel hombre, W. Hunter. Entre ellos se había establecido un hábito a manera de ceremonia: él entraba sin decir nada, disponía de su taburete con un solo movimiento de la varita y luego hurgaba en su pechera por esa odiosa pitillera de plata que reflejaba la luz molesta de la única lámpara. Sólo cuando había dado un par de caladas a su cigarrillo era cuando finalmente hablaba. Niara se limitaba a desviar la mirada de ese cobarde, sentada en el frío suelo y apoyada en la pared mientras abrazaba sus piernas. El tío Merkel siempre le había dicho que era pequeña, tan pequeña como su dedo meñique; pero en su situación actual, desnutrida y consumida por los nervios, apenas quedaba nada de su silueta grácil y saludable. Que enfermizo, que enfermizo que era el olor de ese cigarrillo.

—¡Bwana, bwana!—soltó de pronto su torturador con un falso acento entusiasta y provocando en ella una reacción en cadena: sus ojos rojos se abrieron como platos, ¡ardían enfurecidos!, pero había algo más en ellos; sorpresa, y, podía decirse por el ritmo de su respiración, una violenta ansiedad. Él capturó su atención, y ahora ella lo miraba con el terror y la duda en el rostro. El celador dejó escapar una risa suave antes de agregar, casi a modo de explicación—: Es lo que me decían los niños en África, ¿te sorprendes? Sí, estuve allí. No pareces comprender. ¿Toqué algún nervio? ¡Oh, ahora lo veo claro! Te recordé a tu hogar, ¿quizá a alguien que conocías? No te preocupes, lindura. Todos los que conoces están muy lejos; y tú estás aquí, conmigo. ¿Pero no es increíble? Tenemos cosas en común, ahora lo sabes. Estuve allí porque algunas personas piensan que se hallan a salvo si huyen lejos, muy, muy lejos… Pero la verdad es que nunca huyen demasiado lejos. Esta persona tenía que morir y quizá hizo algo de tiempo antes de estirar la pata, pero fue un tiempo prestado, tiempo prestado antes de que lo encontrara. Te lo dije, ¿no es así? No hay nadie en todo el mapa al que yo no pueda dar caza. Solía trabajar para una pequeña “compañía” de mala muerte, y sé que muchos de mis amigotes se hicieron carroñeros, pero yo… Yo prefiero estar aquí contigo, lindura… ¿Qué?

La pregunta se prolongó en el silencio mientras el rostro endurecido de Niara medía cada una de las facciones de ese hombre, quien tan cómodamente se sentaba a observar su miseria y a burlarse de ella. Niara, sin decir nada, escupió en el suelo, sin apartar la mirada. El nuevo terror que él había sembrado en ella le daba coraje.

—Tú no eres bwana, tú eres escoria—sentenció, acentuando gravemente cada una de sus palabras. Él parecía encantado, casi a punto de echarse a reír. Pero a ella no le importaba.

—Serás… Es un poco rudo para una señorita, ¿no es así? Me duele que pienses así de mí. En serio. Yo cada día estoy más convencido de nuestra amistad y tú vas y haces esto—Niara tembló por debajo de la piel al ver que él sacaba su varita y desvió rápidamente la mirada, esquiva y huidiza. El siseo que oyó a su lado le indicó que él se había inclinado sobre ella, y otra vez, como tantas otras veces, sintió la respiración de su captor tan cerca que se confundía con la suya, se confundía incluso con los latidos de su corazón—… Pero sé que no querías ofenderme. Esta vez he sido yo. Lo admito. Siempre reconozco cuando he estado mal. Lo siento. Hice que recordaras tu hogar cuando no hay chance de que vuelvas nunca jamás—Con la punta de su varita, el celador le dio dos toques en la punta de la nariz, pero no hizo nada. En el momento, Niara soltó un gemido ahogado y una lágrima tibia resbaló por su mejilla—Pobre pequeña. Eres toda una lindura cuando lloras. Ahora, dime. ¿Has tenido sueños últimamente?

***

Querido amigo, te prometí que te contaría sobre mis sueños. Si lo piensas, al momento de cerrar los ojos nos emprendemos en un viaje sin siquiera darnos cuenta, sin siquiera despegar los pies de la tierra, y del que regresamos sin sufrir ningún daño; pero, no debe ser como viajar en barco, ya que tu experiencia suena sinceramente, completamente y turbadoramente espantosa—me tienta más hacerte probar el vuelo en escoba, mi amigo—. El sueño del que te hablaré, el primer sueño que lo desencadenó todo, lo tuve estando despierta. Extraño, ¿verdad? Estoy tan segura de que era real, que jamás me lo pude sacar de la cabeza. Diré que estaba acompañada en aquel momento y mi compañía era un joven mago muy avanzado en el arte de la lectura de las estrellas dado que su familia es famosamente reconocida en nuestra comunidad por dedicarse a la adivinación, aunque sólo hayan tenido a un adivino presumiblemente auténtico en su familia a lo largo generaciones—detalle que no les privó de continuar con el lucrativo negocio familiar que aquel comenzara—. Él fue el único que me aseguró que mi sueño era algo más de lo que parecía, aunque a veces pienso que lo dijo por fanfarronear. Pero era joven entonces y creo que estaba algo enamorada, y le creí. Me dijo que las estrellas que nos iluminaban en esa noche—era de noche en la sabana africana, ¡oh, Ezra, ya te llevaré allí! Creo adivinar que te gusta lo salvaje. Y no, no puedes preguntar qué hacía yo con un fanfarrón, los dos muy lejos y separados de nuestro grupo y bajo el manto estrellado más precioso que hayas visto jamás… Pero Ezra, ¿nunca has tenido un romance que dura todo un recuerdo?—, que las estrellas, en fin, profetizaban un encuentro futuro que supondría una encrucijada en mi vida. Ya sé que pensarás que al fin y al cabo haces bien en no creerte nada de lo que dicen los adivinos, pero a mí me gusta creerlo porque al hacerlo abro mi mente a la aventura ya que desde entonces siempre he tenido la profunda sensación de que hay alguien esperándome en algún lugar. ¿Pedirá mi ayuda?, ¿me ofrece la suya?, ¿cómo es que nos veremos envueltos uno en el destino del otro? Una y otra vez he soñado con este hombre sin rostro, “un espíritu guía” como lo llamarían las leyendas de mi hogar, y de alguna manera ha moldeado las decisiones en mi vida, porque por esta fuerte sensación de que había algo o alguien allá afuera, terrible y fantástico a la vez, es que quise salir a recorrer mundo; y probablemente el por qué corrí a ayudar a aquellos fugitivos; y también la razón por la cual me encontré contigo. Porque siempre quise encontrarme con mi destino, y descuida, en el fondo sé muy bien que era yo quien al desearlo creaba el encuentro. Esto es a lo que quizá llaman “corazón de aventurero”, y puede que fuera ello a lo que el tío Merkel siempre se refiriera cuando decía que soy un guepardo que trepa la montaña. ¿Has oído alguna vez la leyenda del guepardo que trepó la montaña de Kilimanjaro, Ezra? Te la recitaré al oído, como otros me la han recitado a mí al calor de una fogata y como a los ancianos les gusta empezar a contarla a los extranjeros: “El Kilimanjaro es una montaña cubierta de nieve, y dicen que es la más alta de África. Su nombre es, en masai, «Ngáje Ngái», «la Casa de Dios». Cerca de la cima se encuentra el esqueleto seco y helado de un guepardo, y nadie ha podido explicarse nunca qué estaba buscando el guepardo por aquellas alturas…” ¿Te imaginas, Ezra? Date un momento e imagina, ¿qué querría un predador, un animal acostumbrado a la sabana, al subir a una montaña cubierta de nieve? Si eres un animal, tú buscas alimento, refugio, o incluso una pareja. Pero, ¿qué iría a buscar un animal a un hábitat que no le corresponde?, ¿qué habría en las alturas? El tío Merkel, bwana—como lo llamamos respetuosa y cariñosamente en la familia—, me respondió que el guepardo de la leyenda no era un animal cualquiera y que su búsqueda era espiritual, porque era una asombrosa proeza la de trepar esas alturas y tocar la “cima de los cielos” una vez decidido a emprender el camino y a pesar de las dificultades que a otros harían desistir. Entonces, quizá, el mago en Perú sí sabía lo que decía, aunque he de admitir que parece un sujeto sospechoso. Así y todo, tengo la impresión de que él también conocería la leyenda del guepardo. Y quizá, también tenga razón acerca de los sueños, siempre y cuando tengas ganas de soñar. Ezra, mi querido amigo, me ha hecho muy bien recordar esta leyenda contigo. Me recuerda que, por inútil que parezca, todavía hay locos como nosotros que trepan la montaña. Tuya, Niara.

Pd: ¡Ha pasado mucho tiempo, Ezra! ¡Si supieras cuanto necesito una respuesta! Algo está pasando conmigo. Y el extirpador no me ha olvidado. ¿Tú crees que el dolor se deja de sentir cuando desfalleces?, ¿por qué no es así conmigo? Es él. Viene.  


***

—¡Bwana!, ¡bwana!, ¡que te detengas!, ¡te estoy diciendo que pares!, ¡AHORA!, ¿¡qué demonios piensas hacer con esa bota vieja!? ¡Bwana!

En efecto, allí estaba, un auténtico vejestorio en materia de calzado, allí clavadito y estático sobre la repisa interior de la ventana, totalmente impasible al jaleo entre dos brujos pasados de revoluciones. Uno de ellos llevaba una petaca en el bolsillo delantero de su camisa, algo bastante suelta y descuidada y que era tironeada por el otro, visiblemente achacado por la edad pero ni por un pelo (de los pocos que tenía) cerca de perder la robustez de su cuerpo grandote. En comparación, el tío Merkel era puro huesos.

—¿¡Eres un viejo idiota!?, ¡esta bota vieja me llevara hasta mi familia!, ¡quítame tus manazas de encima o te meteré la varita por la nariz!

—¡Tu familia está aquí!, ¡y tú te quedas aquí!, ¿¡quieres matarnos a todos por imprudente!? ¡Ya sabes lo que han dicho los demás jefes de familia!

—¡Te diré dónde debo estar, cerdo canalla!, ¡Londres!, ¡Niara es familia y nos necesita!

—¡¿Y piensas que la ayudarás en algo haciendo sonar las alarmas de toda Inglaterra cuando te aparezcas allá mediante un trasladar ilegal y encima con una bota vieja en la mano!? ¡Además, ella está en Azkaban! ¡Eso es lo que ha dicho el informante! ¡Eso es otro cantar! ¡Yo sabía que tú no podías liderar a esta familia!, ¡te falta carácter!, ¡se lo dije a Mankela cuando te recomendó como su sucesor!, ¡eres una desgracia!

De un ¡PUM! el viejo-idiota-cerdo-canalla, también llamado Babajide, cayó hacia atrás de sopetón y agitando sus patas de insecto en el aire… medio transformado en un escarabajo. Inmediatamente, y al grito tácito de "Londres allá voy” implícito en el aire, bwana se arrojó hacia adelante y de otro ¡PUM! voló hacia la ventana, o mejor dicho, fue disparado por un encantamiento y atravesó el marco de la ventana con tanta fuerza que ni tiempo tuvo de agarrar la bota. Lo último que se vio de él fueron las suelas de sus propias botas antes de caer desde las alturas. Fue entonces cuando Babajide chasqueó sus dedos y la vieja bota se prendió fuego. Otra vez como un viejo-idiota-cerdo-canalla al completo, se paró a contemplar satisfecho el resultado desde el marco de la ventana, mientras que de abajo le llegaban nuevos insultos. Esa era la quinta vez en el día. Tampoco lo culpaba por dejarse llevar de esa forma. Era sólo que de momento no podían actuar.

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I. Ezra Sullivan el Dom Abr 30, 2017 11:50 am

Nunca había sido una persona positiva. Una de esas personas valientes que se aventuran a ver la luz al final de tanta oscuridad. De esas que sueñan con la esperanza que el día próximo traerá de la mano de algo que previamente había sido razón de desesperación y agonía. No. Él se consideraba una persona realista, con los pies en la tierra y la realidad como referente de todas y cada una de sus acciones. Pero lo cierto era que no era ni tanto ni tan poco. Era alguien más bien negativo, por mucho que no tomase en cuenta dicha consideración. Una de esas personas valientes que se aventuran a ver la oscuridad oculta. De esas personas a las que la vida les ha enseñado que si puede darte un golpe, vendrán dos o tres después para no abandonar a ese primer golpe. De esas personas a las que la vida les ha enseñado que una sonrisa no arregla los problemas que puedan llegar a surgir. De esas personas cuyas vivencias negativas han calado tanto en lo profundo de su ser que han ennegrecido su alma si es que acaso existía algo en su interior que mereciese ese sobrenombre. Muchas personas lo considerarían una persona que ya no puede ser salvada. No por falta de razones, sino por falta de iniciativa propia. La oscuridad había girado a su alrededor a lo largo de su vida y parecía haberse negado en rotundo a salir de aquel bucle continuo de dolor y sufrimiento.

Pero a pesar de todo aquello, sí había encontrado positividad en aquel agujero, como cariñosamente le gustaba apodar a la celda de aislamiento. Había encontrado, irónicamente, la luz  escondida tras la pared. Encerrada entre las telas de araña y el polvo acumulado por el paso del tiempo. La letra plasmada en la hoja de papel que le daba esperanzas para escapar de allí algún día. Podía no ser hoy. Podía no ser mañana. Pero era un día que ansiaba llegar a ver. Un día que por su mera hipotética existencia le daba razones para seguir en pie.

Aunque no en aquel momento. En aquel momento el hombre no estaba en pie. Sino tumbado sobre una de las camillas del laboratorio que tanto conocía. El dolor iba a comenzar. Y era plenamente consciente de ello. No opuso resistencia alguna como había hecho durante las primeras sesiones pues si algo le había enseñado la experiencia era que resistirse solo causaba más dolor. Resistirse era un aliciente para aquellos desalmados. Resistirse era demostrar que seguía con vida en su interior, luchando por no ser humillado de tal manera; por no ser torturado; por no ser utilizado como si de un mero mueble de madera se tratase.

- Veamos, ¿Qué tenemos hoy aquí? – Una voz nueva. Ezra no se alertó, permaneció inerte en aquella camilla que su renacida positividad le había enseñado que al menos era más cómoda que la cama de su celda. Que era más cómodo que dormir en el suelo como hacía en las celdas de aislamiento que tan bien conocía. – Un Squib. Vaya sorpresa. Creo que eres el primero que he visto en mucho tiempo. – Su voz sonaba bromista. Como si dos amigos se reencontraran tras mucho tiempo. Ezra no mostró emoción alguna en su rostro. No movió ni el más mínimo ápice de su cuerpo. – No eres muy hablador, ¿Verdad? – Tomó nota en su cuaderno de notas. Pudo escuchar la punta de la pluma rasgar el papel a no mucha distancia de donde se encontraba.- ¿Te ha comido la lengua el gato o siempre has sido así? – Escuchó cómo las páginas pasaban. – Ah, nunca fuiste muy hablador. – El silencio.

El sujeto fue capturado por Henry Kerr, Mortífago. Opuso resistencia. Entregado por su padre y hermano a los Mortífagos. Hermano en Azkaban. Hermano fallecido. Madre fallecida. – Chascó la lengua. – Todo un cuadro de familia. Es lógico que no hables, tampoco creo que tengas mucho que decir. – Una irónica carcajada escapó de su boca. – No creo que un Squib tenga algo interesante que decir.

La charla siguió durante lo que para Ezra fueron horas. O más bien, aquel monólogo que su torturador de aquella sesión se había marcado. Todo un suplicio para alguien que prefiere la soledad antes que la compañía.

- ¿Por dónde íbamos? – Podía imaginar su sonrisa bajo la máscara de color blanco que cubría su rostro. Blanco, color de la paz y de la tranquilidad, tan mancillado por aquel lugar donde resultaba ser la agónica nada en la que todos estaban sumidos. - ¿Te duele? – Ezra no dijo nada. No cambió la expresión de su rostro. – Supongo que eso es un no. Podemos seguir. – Soltó el brazo de Ezra y colocó una goma alrededor de su brazo. La apretó con fuerza y usó una jeringa para extraer sangre de su cuerpo. – El sujeto presenta un sarpullido en la zona donde se ha vertido el contenido de la poción 432.  Presenta síntomas de deshidratación y  su pulso ha disminuido. Ritmo cardiaco inferior a lo habitual. Pupilas ligeramente dilatadas. Nada destacable. – Miró el frasco de sangre que había sacado de Ezra. – Sesión 1 finalizada. Nota, comprobar el efecto en la sangre del sujeto.

* * *

Parece que ha pasado una eternidad desde la última vez que hablamos. Algo irónico decir que hablamos cuando no sé cómo es tu voz. Aunque he de decir que la imagino. No sabría explicarte cómo. Nunca he sido bueno en las descripciones y mucho menos en algo tan complicado como es la voz. Pero supongo que podría intentarlo. Mi vida ha dado tantas vueltas en los últimos… ¿Meses? ¡Ni siquiera sé cuánto llevo aquí encerrado! Podría intentarlo, sí. La imagino suave, de esas que rara vez se alzan incluso cuando están enfadadas. Con altibajos, como si tuviese miedo de ser oída pero que al mismo tiempo se mantiene inamovible, queriendo ser escuchada por todos. Imagino una voz algo aniñada y aguda, no me preguntes por qué. Quizá de esas que empiezan roncas al comenzar a hablar. No estoy muy seguro de eso. Lo cierto es que imaginar una voz es complicado. Me gustaría poder escuchar algún día la tuya para poder leer tus palabras imaginando que es tu voz la que las lee. O dejar esta palabrería plasmada en el papel para tener una conversación real. Echo de menos tener a alguien con quien poder hablar. Al lado de mi celda hay un chiquillo. No creo que supere los quince años y está muerto de miedo. Niara, de verdad que lo está. Es un niño, un simple niño que solo puede ofrecerles miedo y llanto y aún así le tienen aquí encerrado. Aún no le han sacado a deshora de su celda. Creo que todavía no sabe lo que nos hacen en los laboratorios y espero que no tenga que saberlo nunca. Nos han robado nuestra vida, pero a ese niño le han destruido por dentro. ¿Qué será de él si algún día logra salir de aquí con vida? ¿Será un ermitaño o un futuro asesino en serie? ¿Acabará en un hospital psiquiátrico o tirándose de un puente? Realmente temo por su vida y no conozco ni su nombre. Lo único que sé de él es que llora. Llora y se aferra a su colchón aun cuando es la hora de la comida y un celador va en su busca para arrastrarlo hasta la zona de la comida. No habla conmigo, pero te aseguro que he intentado que se sienta más seguro allí arriba. No creo que lo consiga nunca, no sé mentir y hasta un niño sabe que este lugar no es bueno.

Nunca he creído en esa magia de los sueños. Ni siquiera recuerdo los míos cuando me despierto aunque supongo que tiene mucho que ver con que el insomnio en estas celdas se ha apoderado de mí y no me brinda una noche de respiro para descansar. Pero fuera de aquí, cuando era un hombre libre, tampoco soñaba nada que pudiese cumplirse. ¿Volar? ¿Ir en tren? ¿Hablar con un desconocido? Creo que cuando sueño imagino cómo la gente habla pero realmente no escucho sus voces. Veo sus labios moverse y me comunico incluso, pero no les oigo. Tampoco veo sus rostros. Tan solo sé quiénes son, pero no hay nada en sus rostros. Mis sueños son complicados, supongo que tanto como yo. Los sueños se parecen a sus dueños, algo así como sucede con los perros. ¿Alguna vez tuviste uno? Yo tenía gatos. Espero que estén bien. Mi hermana dijo que cuidaría de ellos pero nunca se le dieron especialmente bien los animales. Es una mujer muy cariñosa y los gatos siempre han sido muy independientes. Supongo que por eso no harán buenas migas. Pero volviendo a los sueños, siempre he creído que tú decides como interpretarlos. Habrá una antología para cada imagen del sueño pero para mí todo depende de la persona que lo ha soñado. Si tú quieres ver en tus sueños predicciones de futuro, serás capaz de ello. Por mi parte siempre he sido demasiado escéptico. Pero me gusta que me hables de tus sueños. Y de esas leyendas de las que hablan en África. Siempre me gustaron los cuentos y es bonito tener uno nuevo que leer cada cierto tiempo.

Me gustaría decir que el dolor desaparece. Me gustaría decirte que dejaremos de sentirlo. Pero creo que eso nos mantiene con vida. El dolor que nos hacen sentir nos demuestra que esto no es un mal sueño y que, desgraciadamente, seguimos con vida. Sé que sonará vengativo y es lo último que querría transmitirte, pero piensa en que cuando salgamos de aquí podrás devolverles tú a ellos todo ese dolor. Creo que ya te dije que no he sido muy buena persona nunca, y esos pensamientos lo demuestran. Pero creo que sin ellos, ya habría dejado de luchar. Quiero vengarme de ellos, Niara. Y haré lo que sea para que sufran como yo lo estoy haciendo. Como ambos lo hacemos. Como todos los que estamos aquí encerrados.

Tengo que dejarte, la puerta suena.


* * *

El quemazón en  su pierna era insoportable pero hizo un esfuerzo casi inhumano por no elevar la pernera de su pantalón y ver lo que había sucedido en su piel. Ya llevaba así más de cinco días, sin ser capaz de mirar su pierna. Había escuchado las palabras del hombre y también había notado cómo si piel ardía.

- ¿Divertida la sesión con el doctor? Es bueno en lo que hace, ¿Verdad? Antes trabaja en San Mungo. Era el mejor en lo suyo pero parece que eso de curar a los enfermos no era su  mayor aspiración en la vida. Ahora se le ve radiante. Si le hubieses visto cuando llegó… No había rastro de vida en sus ojos. Pero ahora ha encontrado una razón para vivir. Vosotros, y le encantáis. – El celador siempre tenía algo que contar. Algo para que Ezra rezase a cielo y tierra porque el próximo intento de acabar con su vida desencadenase en una sordera. – Tú pareces gustarles a todos. No gritas, eso siempre lo agradecen. Y eres único en tu clase. Creo que el resto de Squibs han muerto en el intento. Sois tan poco interesantes como la suela de un zapato, no sé cómo todavía te mantienen con vida. – El hombre acercó su rostro a la puerta de la celda, introduciendo su rostro levemente por ella. – Puede que este sea tu último día en la tierra. ¿Lo has pensado? A lo mejor mañana ya no eres tan interesante, Squib. – Aquello lo escupió con una sonrisa. – Puede que nos traigan aquí a tu hermana. Parece que está siendo muy molesta buscándote y haciendo preguntas. Seguro que una bruja como ella sería mucho más divertida que tú. – Miró a Ezra con desprecio. - En todos los sentidos. Tengo entendido que es una chica guapa, no me lo pensaría dos veces a la hora de hacerle compañía en su celda.

Aquello bastó para que Ezra, con las pocas fuerzas que aún le quedaban, se levantase y se acercase al hombre. Sujetó con sendas manos el metal de la verja y clavó sus ojos en los del celador.

- No te acercarás a ella. – Amenazó, cuando realmente no tenía nada qué hacer.

- ¿Y eso quién me lo ordena? ¿Tú? – Una nueva carcajada. – La usaré hasta romper todo lo que quede de ella.

Lo único que Ezra recuerda de aquella escena fue la sangre. El sabor y la visión de esta. El calor de la sangre del celador en sus labios que se dejaba caer por su cuello hasta llegar a su ropa. El sabor de la nariz que de un simple mordisco había desgarrado. Los gritos de dolor del hombre. Los gritos de victoria del resto de presos que miraban la escena como si de una televisión se tratase. Su máximo entretenimiento de aquella velada.

¿Querían que opusiera resistencia? Eso haría.
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Niara Soyinka el Vie Mayo 05, 2017 8:47 am

La letra ocultaba un pulso nervioso por debajo del trazo grueso, que a pesar de ello se mantenía alineado. Más importante: había coherencia. Niara todavía hilaba sus ideas según un razonamiento lógico, incluso cuando sus pesadillas parecían amenazarla aun despierta. El trozo de papel cuidadosamente enrollado estaba escrito por ambos lados, y en sí mismo contenía dos mensajes, correspondientes a dos “hoy” muy diferentes. El tiempo transcurría en las celdas, aunque no lo pareciera. El tiempo y los eventos. El “hoy” es cambiante, imprevisto, y en aquel pozo, era como una noche muy, muy larga y llena de peligros.

Querido amigo, ¿alguna vez has tomado entre tus dedos el sol pequeñito que está allí entre las nubes? La distancia es engañosa para los ojos, ¿no es así? Basta extender una mano hacia el cielo para capturar una estrella o mover una nube. Hoy (¿pero cuándo?, ¿qué día es hoy?, ¿qué crees que estará sucediendo “hoy” allá fuera?), recordé de repente la sensación del sol en mi cara, calentando mis mejillas, mis labios, y molestándome en los ojos. A pesar del frío en esta celda y del aliento helado de los espectros que me vigilan; y hablo de delirios cada vez más vívidos y preocupantes; he sido capaz de saborear, por un momento, la luz cálida de un día en África. Allí he conocido todo tipo de gente, entre ellos muy distintos, como si fuéramos una gran pecera con centenares de peces de distintos colores y tamaños. En Uagadou recibían a todo el mundo y la diversidad de nuestras maletas culturales era, después de la magia, lo que más nos fascinaba. Imagínate, conocí a una niña para la que los cuentos extranjeros eran su vida, y siempre hablaba sobre príncipes de piel blanca y rubia cabellera rescatando doncellas tan pálidas como la nieve. Venía de una familia muggle y ella estaba enamorada de las historias de Disney. Juntas nos hicimos de inmediato amigas de otro niño, que nada sabía sobre rubios príncipes y doncellas indefensas que se pasaban sus vidas esperando, pero que estaba preocupado por su familia que recientemente se había visto obligada a abandonar su hogar natal como consecuencia de los conflictos armados. Éramos un puñado de criaturas con diferentes historias y diferentes modos de interpretar el mundo, pero cultivamos la amistad. Allí, en Uagadou, la comunidad mágica, que en todos lados se rige por sus propias leyes, se veía constantemente asediada por las distintas realidades individuales de todos nosotros, de nuestras raíces, y creo que por ello mismo, el aprendizaje allí fue siempre algo tan rico. Por supuesto, que incluso allí ciertos apellidos y ciertas ideas puristas pulseaban todo el tiempo para dar vuelta el estado de paz de las cosas. Lo que ha sucedido en Inglaterra, habrá intervenido en esa pulseada, en esa constante pugna, y lo habrá hecho para mal. Temo por mi familia allá fuera, porque aunque parezca que estamos tan lejos, lo cierto es que el mal y la oscuridad nos alcanzan a todos al final, sin importar las distancias, tan engañosas para los ojos. Te cuento esto, Ezra, porque es verdad. Y sólo a ti puedo confiarte lo que sé, lo que temo en estos instantes de encierro y lo que me motiva a seguir luchando. No luchar con un puñado de maleficios, no luchar con un cuerpo que ya no me responde de tan maltratado, pero luchar desde los límites intangibles de mi mente. Y no está siendo fácil, Ezra. Porque empiezo a creer que incluso mi cabeza no es un lugar seguro en el que pueda refugiarme y ser yo misma, yo Niara, yo y mi voz. Porque hay otra voz que me susurra, mi amigo, que no es como la mía, o como la que tú describes. Esta voz es cavernosa y sombría y busca atormentarme, algo que en efecto consigue. Lo que experimento es una serie constante de horrores inexplicables, por lo que no ahondaré en detalles; pero considero importante que estés al tanto de que los fantasmas en esta celda tienen vida y voluntad propia, y pueden jugarnos en contra. Ni siquiera yo sé lo que significa esta nueva amenaza. Pero está aquí, conmigo. A mí lado, respirando sobre mi nuca, tan real como los latidos de mi corazón. Sospecho que esto es el hacer del extirpador McKinn. ¡Ay, querido Ezra!, ¡temo tanto como tú por ese niño que está siendo torturado!, ¡las cosas que nos hacen aquí dentro son inenarrables! Los cadáveres se acumulan, y en los corredores hay siempre esta peste que trae consigo la muerte. ¿Cómo lo estás sobrellevando tú? Veo que con deseos de venganza. Estoy contigo, Ezra. Y en este punto, he de hacerte otra de mis confesiones. No sería la primera vez que mato a un hombre. Siempre fui de sostener que si un mago te apunta con su varita deseando matarte, eso te da a ti el derecho de matarlo primero. Es una amarga verdad, pero es necesario reconocerla para cuando llegue el momento hacer lo que tenga que hacerse. Por ahora, continuar tomando bocanadas de aire, continuar con el dolor, es la mejor lucha que podemos dar. Ojalá pudiera acercarme a ti, Ezra, y oírte respirar. Imagino que tu ira inflará de vida tus pulmones, y por eso, aférrate a tu ira, Ezra; está bien que así lo hagas, pero no olvides que yo estaré aquí esperando tu respuesta. No te dejes matar, Ezra. No mueras. Ten fuerza. Tuya, Niara.

El segundo mensaje había sido escrito a las apuradas, y era posible deducir que quien escribía todavía se sentía poseído por las circunstancias acuciantes que describía. O que intentaba describir. La coherencia se hacía revoltosa, poco clara. Y había un detalle, algo perturbador. Era un detalle. Por encima de las palabras de Niara alguien había escrito su propio mensaje en letras mayúsculas, ¿pero quién?


¡Ezra! Tengo que saber si estás bien, si estás vivo, si estás muerto. Ha sucedido en los pasillos. ¡Ha sido tan rápido! Por momentos no me importó nada y sólo quería perderme entre los gritos y los cuerpos y estoy segura que fui rozada por un maleficio muy cerca de mi oreja. ¡Fue todo tan de repente! El apagón primero. Creo. Todo oscuro. Y el gemido aturdidor de una bestia. Si hubiera sobrevivientes del grito de una banshee, podrían decir que se parecía mucho a eso. Hasta los guardias no entendían lo que pasaba. Los corredores fueron un caos. ¿Fue en todos lados?, ¿tú estás bien? Sé que debí pensar en mi madre, mi padre, bwana… Pero sólo pude pensar en que podríamos dejar de leernos, ¡y me inundó tal tristeza!, ¡no quiero estar sola y no quiero abandonarte! La alarma sonó durante lo que parecieron horas. Y hubo los que no lo lograron. Los sacrificaron, como ganado. Los guardias abandonaron a un puñado de prisioneros (y guardias también) a su suerte cuando lo que sea que fuera esa cosa los alcanzó. Lo que tengan encerrado no lo tienen controlado. Al final, quedé sola. Estaba cubierta en sangre. Pero no era mi sangre. Y no recuerdo, ¿qué es lo que hice cuando…? Hubo un momento en que todo se volvió borroso o es mi mente que sumida en el pánico quiso olvidar. Todavía no puedo explicar lo que pasó. El guardia de mi aislamiento me encontró. Pero yo, ¿qué hacía ahí? Todos corrían. Era una barbarie. El corredor estaba manchado de sangre. Gritaban incluso en mi cabeza… ¡Que estés a salvo, por favor!
ESTAS MUERTO SUCIO SQUIB


Una versión más decente (?):

¡Ezra! Tengo que saber si estás bien, si estás vivo, si estás muerto. Ha sucedido en los pasillos. ¡Ha sido tan rápido! Por momentos no me importó nada y sólo quería perderme entre los gritos y los cuerpos y estoy segura que fui rozada por un maleficio muy cerca de mi oreja. ¡Fue todo tan de repente! El apagón primero. Creo. Todo oscuro. Y el gemido aturdidor de una bestia. Si hubiera sobrevivientes del grito de una banshee, podrían decir que se parecía mucho a eso. Hasta los guardias no entendían lo que pasaba. Los corredores fueron un caos. ¿Fue en todos lados?, ¿tú estás bien? Sé que debí pensar en mi madre, mi padre, bwana… Pero sólo pude pensar en que podríamos dejar de leernos, ¡y me inundó tal tristeza!, ¡no quiero estar sola y no quiero abandonarte! La alarma sonó durante lo que parecieron horas. Y hubo los que no lo lograron. Los sacrificaron, como ganado. Los guardias abandonaron a un puñado de prisioneros (y guardias también) a su suerte cuando lo que sea que fuera esa cosa los alcanzó. Lo que tengan encerrado no lo tienen controlado. Al final, quedé sola. Estaba cubierta en sangre. Pero no era mi sangre. Y no recuerdo, ¿qué es lo que hice cuando…? Hubo un momento en que todo se volvió borroso o es mi mente que sumida en el pánico quiso olvidar. Todavía no puedo explicar lo que pasó. El guardia de mi aislamiento me encontró. Pero yo, ¿qué hacía ahí? Todos corrían. Era una barbarie. El corredor estaba manchado de sangre. Gritaban incluso en mi cabeza… ¡Que estés a salvo, por favor!


***


En un punto en el mar, la cárcel de los magos, Azkaban, se enraizaba en lo profundo y misterioso, muy por debajo del nivel de la superficie. La punta del Iceberg, dicen, siempre oculta la verdad, “lo que se cuece por debajo”. En su interior, al pasar por delante de las celdas, y todavía más adentro, internándote en los corredores y justo sobre la hora en la que un experimento se salió de control, era posible tropezarse con los restos de una tragedia. Los cadáveres no suponían ninguna pérdida, teniendo en cuenta el principio fundamental que hacía de pilar a la existencia de aquel lugar atroz: la vida no importaba. Aquel incidente aparecería en los registros como “daños colaterales”, si es que aparecía. Habían sellado un sector entero como medida de contención; esa gente tirada en el suelo fue abandonada, indistintamente de a qué rango pertenecieran allí dentro; las paredes de los corredores delataban la masacre, pero lo que valía la pena sí había sido rescatado: el experimento. En tanto que otros celebraban con alivio el feliz resultado de todo aquello, Will se escurría por los corredores; ese celador andaba detrás de algo. Las luces se apagaban por momentos, amenazando con cortarse del todo y persistiendo a la par de un molesto zumbido. Will dobló por un recodo justo cuando la oscuridad lo inundó todo. A pesar de hallarse a ciegas, había alcanzado a ver lo que buscaba. Preparó la varita y susurró unas palabras ininteligibles entre que agudizaba sus sentidos. Lo que tenía delante le había devuelto la mirada inyectada en sangre, ¿pero dónde estaba ahora?

—¡Lumus!

Un haz de luz emergió de la punta de su varita y de un gesto arrojó hacia delante ese mismo haz de luz, obligando así a la oscuridad a mostrarse. En el preciso momento en que él reconocía la silueta de un cuerpo, éste se desploma en el suelo. Las luces regresaron, así, de pronto. Frente a él, una pila de cadáveres surgió como de la nada. Había algo extraño, sin embargo. Ninguno mostraba las heridas que el resto de “daños colaterales”, ninguno sangraba, y todos estaban muertos, excepto Niara, la ocupante de la celda de aislamiento K-403. El celador avanzó sin miramientos por sobre los cadáveres y se agachó junto a la interna; la tomó en brazos, pero nada, ella no despertaba. Luego de ver hacia los lados por si alguien se acercaba, el celador Hunter agitó su varita y silenciosamente los cuerpos comenzaron a sangrar. Hunter repitió con sanguinario afán el maleficio hasta que le pareció que los cuerpos ofrecían el mismo aspecto que los desdichados que habían sido alcanzados por el experimento fuera de control. Y en el proceso, se manchó de sangre.

La pregunta se formulaba por sí sola. Si no habían muerto a manos de una criatura, ¿entonces qué los mató?, ¿por qué sus últimas expresiones en vida fueron de crudo espanto?
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I. Ezra Sullivan el Dom Mayo 07, 2017 1:05 pm

La última carta que había leído en su celda le había dejado conmocionado incluso antes de pasar a leer su contenido. En un primer momento se había planteado no leer siquiera el contenido del papel al ver aquellas letras que manchaban el resto de la carta. Aquellas letras grandes y curvadas que pedían su muerte. Ezra no supo identificar si se trataba de la propia letra de Niara o de uno de los celadores que, desgraciadamente, ya había dado con el escondite de las palabras de ambos. Finalmente se atrevió a leer el resto del contenido de la carta. Palabras calmadas que le transmitían tanto como el resto de cartas previas que Niara había escondido con tanto cuidado en su lugar secreto. Palabras que le hacían creer que aunque el mundo a su alrededor estuviese sumido en un completo caos, había una salida, una luz al final del camino, un ápice de esperanza. Pero volver a ver la amenaza en el reverso le hizo palidecer una vez más. Eran cientas las alternativas que se dibujaban en su mente sobre aquella amenaza. Cientas las alternativas donde siempre terminaba muerto. Sabía que tarde o temprano aquel día llegaría pero no estaba preparado para asumirlo. Aun no. No estaba preparado para enfrentarse a su desenlace final donde su vida escaparía de entre sus labios sin que pudiese impedirlo.

Se negó en rotundo y siguió leyendo. Olvidando el nudo que se había formado en la boca del estómago y el temblar de sus manos mientras sus ojos leían a la máxima velocidad posible el resto e palabras plasmadas en el papel. Intentó pasar por alto el rótulo amenazante. Intentó obviarlo, pero era imposible no fijar su atención en él cuando se veía obligado a descifrar las  letras ocultas bajo la amenaza. Negó con la cabeza y siguió leyendo, rogando por llegar al final y que las palabras siguieran siendo todavía las de Niara.

No había entendido nada de lo que Niara decía en aquella carta. Había comprendido cada una de sus palabras y recordaba con claridad cómo las luces se habían apagado de golpe a media tarde. El caos podía oírse en los pasillos, los gritos de los presos que creían que era un golpe que les permitiría salir de una sola pieza del lugar. Los intentos en vano de los celadores por frenar a las masas y por lograr encender nuevamente las luces. Aquello se había prolongado durante algo más de veinte minutos, o eso había calculado Ezra sin tener acceso alguno a un reloj que le permitiese cerciorarse si aquello era cierto. Él se había quedado sobre su cama, apoyado en la pared y respirando con tranquilidad. Siempre le había gustado la oscuridad, pero no hasta el límite de no ver nada en absoluto, por hombre de noche que hubiese sido a lo largo de toda su vida.

Cuando las luces se habían encendido el pabellón estaba igual que antes de apagarse. Salvo por el ir y venir de los celadores de un lado a otro, alertados por algo que había pasado lejos de allí. Lejos de su alcance y visión, por lo que Ezra nunca había llegado a saber lo que había sucedido durante aquellos agónicos minutos verdaderamente. Para él había sido un fusible fundido, o quizá un intento de fuga que podría haber llegado incluso a buen término.

Lo que sí que sabía es que Niara tenía miedo. Sus palabras quedaban claras en el papel a pesar de lo mucho que a Ezra le costó entender el contenido de sus palabras. ¿Había sido ella la culpable de las muertes que habían tenido lugar ahí abajo? ¿Por qué el resto de los presos no habían tenido acceso a dicha información? También había otra cosa segura, y es que él mismo tenía miedo de las palabras que decoraban el papel en trazo curvado. No quería que aquello desencadenase en su muerte y fue por eso que, contrariamente a lo que hacía el resto de días, se limitó a doblar el papel y devolverlo a su lugar bajo la piedra. No escribió ni una sola palabra aun cuando tantas ganas tenía de hablar con Niara. No escribió ni una sola palabra aun cuando sabía que Niara necesitaba encontrar una respuesta cuando volviese ahí abajo. Pero no podía. No podía hacerlo.

Ya en su propia celda seguía dando una y mil vueltas a lo que había hecho. No había contestado a alguien a quien había prometido contestar. Se sentía tremendamente egoísta pero tenía la sensación de que aquellas cartas estaban siendo leídas por alguien ajeno a ellos. No quería morir. No tan pronto. No quería sentir las consecuencias de haberse estado comunicando a escondidas. Habían hablado de aspectos de su vida privada, de cómo se sentían, de cómo aquella institución de locos les hacía sentir. Y alguien lo había leído, estaba casi seguro de ello. Se negaba a creer que la amenaza hubiese salido de Niara. Confiaba en ella.

Los días se sucedieron. Pasaron más de cinco hasta que fue a parar nuevamente a aislamiento. Repitió la rutina anterior. Abrió la carta, leyó su contenido y volvió a guardarla. Sintió la necesidad, una vez  más, de dar una contestación. Pero una vez más fue incapaz de darla. Estuvo dos días encerrado en la celda y al tercero fue directamente a la zona de experimentación, donde un ya tan conocido Extirpador comenzó a divertirse a su costa como tanto le agradaba.

Ezra permaneció  impasible. Su mente estaba en otro lugar, muy lejos de allí. El hombre no podía disfrutar si su víctima se encontraba tan ausente y es que no era de esos que hacían su trabajo con el fin de lograr algo, sino de divertirse a costa de los presos. Se marchó, dejándolo en la habitación sin sujeción alguna. Ese fue su momento. Aprovechó para buscar  entre los historiales de los pacientes que aquel Extirpador había tenido a lo largo de los últimos meses. Y ahí la encontró. Podía no haberlo hecho, pero dio con la ficha de Niara. La arrugó y la guardó en la parte trasera de su pantalón.

Cuando el Extirpador volvió, Ezra se encontraba en su sitio. Como si no se hubiese movido lo más mínimo. Recibió un chispazo, directo al pecho. Cayó hacia atrás con una quemadura en la camiseta. Se levantó a duras penas, notando el cansancio en sus piernas.

- Largo de aquí. – Dijo con voz seca señalando en dirección a la puerta. Como si de un niño pequeño se tratase, Ezra avanzó hacia la puerta donde un celador le guió hasta su celda.

Allí fue donde pudo leer tranquilamente lo poco que ponía en la ficha de Niara. No habían añadido muchos datos. Su grupo sanguíneo, lugar de nacimiento, nombre completo, causa de entrada, enfermedades conocidas… Nada importante salvo una fotografía anexada con un clip. Ezra guardó el clip en su zapatilla como si de un tesoro se tratase. Miró la fotografía. No se había parado a imaginar a Niara en ningún momento hasta ahora, que la tenía ante sus ojos. Recordaba haberse cruzado con ella durante las horas comunes en el patio y en el comedor. Una chiquilla delgada, que no aparentaba ser mucha cosa. No había reparado en que aquella chiquilla pudiese ser Niara. Hasta aquel preciso instante.

Al día siguiente se acercó a ella. Pero no dijo nada. Tan sólo pasó a su lado pensando en hablar con ella. Pero no lo hizo. ¿Y si alguien estaba esperando a que hablasen para inculparles por las cartas de aislamiento? ¿Y si era todo una trampa y Niara no era siquiera una presa? ¿Y si se había vuelto loca y había desarrollado una doble personalidad que soñaba con acabar con su vida? Mil y una posibilidad hipotética se dibujó en su mente. Ninguna parecía ser cierta. Ninguna parecía ser falsa. Y quizá esa mínima oportunidad de ser cierta y falsa al mismo tiempo fue la que hizo imposible su comunicación.

Hasta que pasaron tres días.

Durante la comida, cogió su habitual bandeja de plástico con aquella masa de color grisáceo, tres zanahorias pasadas y algo parecido a un filete de pavo que incluso aparentaba tener moho en uno de sus laterales. Se dejó caer en una de las mesas donde solo había una chica sentada. Una chica con su bandeja de comida. Ezra se sentó frente a ella y jugó con su comida sin levantar la mirada. Hasta que por fin se atrevió a hablar.

- ¿Niara? – Aquella palabra escapó entre sus labios como si de una gran frase se hubiese tratado. Pero nunca había sido hombre de mucha palabra, y mucho menos cuando no sabía cómo enfrentarse a alguien a quién sentía, de alguna manera, que había abandonado.
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Niara Soyinka el Dom Mayo 14, 2017 8:55 pm


El silencio, cuando se vuelve oscuro, puede jugar con la mente. El aislamiento le hace cosas a la gente. La mente puede ser peligrosa. Tu peor enemigo, si se lo permites. ¿Pero, puedes evitarlo?

Empezaba siendo un cosquilleo helado en los dedos, y luego subía por la espina dorsal. Niara era acechada por escalofríos que se colaban por debajo de su piel, y sus estremecimientos se prolongaban a lo largo de horas, horas de las que cada segundo permanecía despierta en la celda en estado insomne. ¿Cuándo el monstruo de sus pesadillas se hizo real? Sí, real. Podía sentirlo, sentirla, junto a ella. Era su tormento y de nadie más. Estaba sola con esa cosa, y no podía aferrarse a nada ni a nadie. Su amigo había dejado de escribir y ella no sabía si estaba muerto o la había olvidado, ¿trastornado por los abusos, quizá?, ¿o sólo se había rendido a toda esperanza? Habría pensado que ella y sus esperanzas eran algo patético a esas alturas, después de ver lo que hacían con niños que no habían tenido la oportunidad de saber más sobre lo bueno que tiene el mundo para ofrecer; algo más que dolor. Al principio Niara no quiso admitirlo, que su amigo la había abandonado y que sus sentimientos sobre él habían cambiado, cada vez más deprisa a medida que su pesadilla se nutría de su resentimiento, de su rabia, contra aquél que se lo había quitado todo luego de haberla engañado al mostrarle un poco de luz entre tanta oscuridad. Rápidamente ella fue cediendo a los negros sentimientos que la invadían durante noches eternas. La habían traicionado. Herida y sola, ahora erraba a su suerte. Y detrás de su sombra, esa cosa, respiraba a su costa, succionándole la poca cordura, las pocas fuerzas, la poca vitalidad que quedaba en ella, Niara, un espejismo de la mujer que había sido, aquélla, llena de curiosidad, tenaz y vibrante.  

—¿Quién eres?—preguntó con apenas un hilo de voz, escudriñando los recodos de su celda con los ojos saltones y enrojecidos, pero sin atreverse a mirar al techo, desde donde una figura corpórea y desproporcionada pendía como una araña. Sentía la presencia. Estaba segura. Sollozó con la cabeza entre sus piernas. Intentaba protegerse con sus brazos, pero, ¿cómo escapar de la propia mente?—, ¡déjame en paz!, ¡déjame en paz!—exclamó, meciéndose en el lugar.

Hay algo curioso acerca del estado de terror. No quieres abrir los ojos, pero a la vez, no puedes evitar mirar. Eres arrastrado por una fuerza invisible, pero que sientes que puedes palpar en el ambiente. Puede que hasta consciente de ello, esa figura de espanto se deslizó hasta donde Niara, demorándose como si el tiempo se dilatara adrede, haciendo que el propio latido resulte insoportable y hasta ensordecedor. El vaho que sale de las fauces de esa cosa es frío, helado y huele a putrefacción, de una forma que eriza, tan encima del cuello que paraliza. Niara, que es más un trapo que un cuerpo, un trapo desaseado y sudoroso, ladea lentamente su rostro apenas levantado, lentamente se gira a mirar lo que es, esta nueva compañía que la atosiga: un rostro cruzado por una boca ancha e infectada, con las cuencas de los ojos vacías y sangrantes; un rostro desfigurado de lo que fuera, quizá, una rubia mujer, con el pelo ahora enmohecido y la piel traslúcida y venosa. Pero su cuerpo no tenía contornos definidos con precisión, la imagen se alteraba a ritmo vertiginoso y cuando eso sucedía las proporciones de la mujer se perdían en un sinsentido de formas turbadoras y cambiantes. Niara retrocedió contra la pared, apartándose de la repugnancia como si intentara quitarse la mugre de la piel, como una mujer delirante y consumida por la fiebre.

—¡Aléjate!, aléjate de mí...—Perdía la voz. Sus ojos eran la viva expresión del horror histérico, pero sus movimientos eran lentos y espasmódicos, debido al esfuerzo que suponía para ella hasta el mero acto de ponerse en pie. Pero los gritos, los gritos pudieron haber hecho que devolviera sus propias entrañas. Tan alta era su locura, que el eco de la celda ni siquiera podía contenerla. Esos gritos se unieron al coro de lamentaciones y quejidos de los demás prisioneros, a lo largo de pasillos interminables—¡No!, ¡no!

En la celda K-403, hallaron a la reclusa tirada en el suelo y manchada en su propia sangre mientras que se revolvía en un ataque de epilepsia, o al menos, esa era una forma de explicarlo. Ella misma se había arrojado contra la puerta de su celda y la había arañado hasta arrancarse un par de uñas. Los moretones y las heridas se las había hecho a sí misma, golpeándose contra las paredes. No era poco común entre los prisioneros de aislamiento el comportamiento autodestructivo. El celador a cargo tomó ciertas medidas para tenerla bajo vigilancia de otra manera, y decidió sacarla de allí y sumarla al resto de reclusos normales. Al menos, por un tiempo prudencial.

***


Era una reclusa a la que nadie se acercaba. No atendía su aspecto desaliñado ni reparaba en los demás. Por inercia se alimentaba, por inercia se movía. Estaba allí, sentada sola en una de las mesas del comedor común y su mirada perdida se mantenía fija e inalterable, clavada en algún punto de la nada mientras que jugaba con la comida como si aquello fuera un acto fallido e inconsciente y ella estuviera sumida en trance. No parecía que nada fuera a cambiar su postura cuando de pronto, de una forma totalmente inesperada, oyó su nombre y enderezó el cuello y buscó con los ojos la fuente de esa voz extraña, como si su voluntad, largamente prisionera, respondiera presta y solícita al llamado. Pero había en su mirada un sosiego perturbador, como como si tuviera ojos de vidrio en vez de alma. O como si esta estuviera muy adentro, muy escondida, recluida en los laberintos de la mente. No por mucho tiempo, sin embargo.

El hombre que tenía en frente había dicho su nombre como si la conociera, y era un recluso como ella. Una idea se imprimió en su mente, como un chispazo, como una llamarada. En su mirada crecían las emociones, evidenciándose en la violenta gama de sensaciones nerviosas que su cuerpecillo manifestó de repente. Rabia. Odio. Dolor. Todas esas emociones de las que la cosa dentro de ella se alimentaba, con las que la oscuridad dentro de ella se fortalecía. Y como poseída fue que Niara se levantó de la mesa y se abalanzó sobre Ezra. Le tendió las manos al cuello, manos como pinzas, que asfixian, que asesinan. La expresión siniestra de sus facciones contraídas por los negros sentimientos de su corazón estropeaba su belleza, transfigurándola en algo horrible de contemplar. Y sin embargo, lágrimas calientes se deslizaban por sus mejillas.

—¡Tú!; ¡tú!...—El alboroto en torno a ellos no se hizo esperar. Rostros curiosos voltearon a mirar, entre ellos los ojos de algunos celadores. Hubo uno que se acercó corriendo con un garrote, evidentemente emocionado por la oportunidad de usarlo. A su agresivo balbuceo Niara agregó, con la voz en grito—: ¡Te odio!

A ella le dieron de lleno en la cabeza, la tomaron entre dos y la contuvieron sobre la mesa entre que ella se retorcía, histérica. Ellos no necesitaban tanta fuerza para reducirla, pero disfrutaban esa escena. Los reclusos alrededor fueron llamados a callar. Hubo forcejeo, risas, garrotes. Hasta que uno de los celadores se apoderó de la voz cantante en medio de la trifulca y gritó: “¡Que haya riña!”. Entonces, hicieron un círculo de espectadores, y en el centro y enfrentados entre sí colocaron a los dos prisioneros. Las riñas eran uno de los juegos favoritos por los celadores dentro de Azkaban. Consistía en ver a los reclusos en una lucha violenta y desesperada, quisieran o no, la mar de las veces vapuleados por los mismos celadores, quienes no tenían inconveniente en hacer más interesante el asunto con un poco de magia por su parte. Ellos eran amos y señores de los calabozos, ellos podían obligarlos a hacer lo que ellos quisieran, sin importar qué. Eran mentes depravadas, deseosas de un entretenimiento cruel y degradante. ¿Pero a qué precio?  
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I. Ezra Sullivan el Mar Mayo 16, 2017 10:20 pm

Si dijese que tenía miedo se quedaría corto. No era miedo. Era pánico. No por las palabras escritas sobre el contenido de aquella última carta, sino por la historia que habría detrás de ella. Se negaba a creer que Niara - quien se había convertido en su amiga y compañera, en su aliada y única fuente de paz – hubiese sido capaz de escribir semejantes palabras por iniciativa propia. Sabía que existían hechizos capaces de robarle la identidad a una persona, de eliminar ese libre albedrío del que tanto se habla para obligarle a escribir, a punta de varita, las palabras que había visto en aquel destrozado pergamino. También sabía de la existencia de pociones. Cientos o incluso miles con diversos usos. Podía que una de ellas tuviese el poder de obligar a la persona que la bebiese a hacer lo que el creador de la poción ordenase. O simplemente podía haber perdido el juicio. Haber dejado de ser la mujer que tantos momentos de paz le había regalado en los últimos… ¿Meses? Siquiera sabía el tiempo que había pasado agonizando entre celda y celda, entre torturas y pociones, entre insultos y golpes de los que todavía le costaba recuperarse. Pero las palabras habían estado ahí. Escritas en el papel con trazo firme y limpio. Palabras que habían acabado con todo atisbo de esperanza en un mundo que se había hundido en la más oscura soledad. En la peor de las agonías donde ya no contaba con una compañera. Con una amiga. Con una voz cercana que le tranquilizase y le hiciese ver que, tarde o temprano, el mundo que conocían volvería a florecer ante sus ojos. Que saldrían de allí tal y como habían entrado, de una pieza y con la cabeza sobre los hombros. Y, por supuesto, cumpliendo con lo más importante. Con esa eterna promesa que ya tanto tiempo atrás se habían hecho: con su cordura.

Los días habían sido eternos desde la última carta. La había leído mil y una vez, buscando en ella alguna señal de locura por parte de su amiga. De quién él había considerado una amiga no tanto tiempo atrás. Pero sus palabras parecían tan cálidas como las veces anteriores. Ninguna daba pie a comprender por qué la amenaza había acabado impregnando el contenido de la carta.

También había sopesado la opción de ser descubiertos. Que uno de los celadores hubiese descubierto la carta de Niara y, por su propia diversión, había decidido acabar con la esperanza que ambos compartían para destrozar todo atisbo de felicidad en sus vidas. Ya no quedaba nada de aquellas largas conversaciones que le mantenían vivo. Ya no quedaba nada de esa complicidad amiga de dos desconocidos que compartían las mismas circunstancias sentían hacia el otro. Se sentía solo. Solo en el mundo. Pues la única persona con la que había hablado de cómo se sentía en el interior de aquella celda se había ido para siempre.

Se había ido porque él lo había decidido. Él había decidido dejar atrás cada una de sus cartas. Cada una de sus palabras cargadas de verdad durante meses. Había dejado a Niara sola, y la culpa le devoraba por dentro. Cada parte de él. Cada centímetro de su piel y cada célula de su cuerpo. Se sentía culpable. Culpable y solo. Y, por supuesto, también vacio.

No sabía cuánto tiempo había tardado en encontrar el valor suficiente después de dar con la ficha de Niara. Pero lo había hecho que, para alguien como Ezra, ya era todo un logro digno de ser valorado. Pero incluso él sabía que no merecía serlo. Pues había sido todo su culpa. Dejarla sola a su suerte, como si hubiese muerto en una de sus visitas a los laboratorios de los extirpadores. Como si la muerte hubiese tenido el amable detalle de perdonarle todos y cada uno de sus pecados para darle una libertad que tanto ansiaba. Pero no había sido así. Él se había ido. Se había ido de la vida de la chica, dejando sin esperanzas de tener un amigo, una voz cercana que estuviese sufriendo lo mismo que ella sufría. Y la culpabilidad le mataba por dentro.

No tuvo tiempo de reaccionar. Sus palabras salieron de su boca intentando buscar los ojos ajenos. Una mirada de confianza. Una mirada que le mostrase que era Niara y su cabeza seguía tan cuerda como cuando sus trazos se dibujaban en el papel. Pero esa Niara, la Niara que imaginaba como amiga cercana y voz de su conciencia, parecía haberse esfumado. O quizá jamás había existido y el papel no era más que una mera decoración de la locura de la chica. Pero sabía que no era así. Algo en su interior le hacía sentirse culpable de la locura y el odio que podía ver en los ojos de aquella desconocida que, al mismo tiempo, era tan conocida.

Sintió el golpe de sus manos antes de poder reaccionar. Sintió como estas se zafaban alrededor de su cuello impidiéndole respirar y no opuso resistencia alguna. Se merecía que su vida acabase a manos de la persona a la que había abandonado en aquel lugar de mierda. Pues dicho lugar no merecía otra definición que aquella. No intentó apartarse y cuando las zarpas de la chica se alejaron de su cuello no pudo más que mirar su silueta que, entre pataleos y gritos de odios se alejaba a volandas en los brazos de uno de los guardias que ya se había encargado de golpear a la chica.

Él se llevó un golpe por parte de otro de los guardias. No importó su inexistente resistencia ante la chica ni tampoco hacia el guardia. El golpe lo recibió de lleno en la boca del estómago, obligándose a encorvarse con un gesto de dolor en el rostro. Los golpes seguían doliendo aunque se sentía muerto.

Antes siquiera de poder darse cuenta de lo que había sucedido escuchaba los gritos de los celadores que, burlones, animaban al gallinero a montar bulla. Les animaban, consiguiendo su cometido por el mido que los presos sentían hacia ellos. Podía distinguir sus voces, cada una de ellas. El joven Tim Howey con su cara llena de granos por la adolescencia. Thomas Jenkins que decía proceder de una familia de magos mestizos que jamás habían traicionado al nuevo régimen. La asustada Allie Jones y su voz temblorosa. Jasper Dunne y su hermana Evelyn, quienes parecían ser un pack indivisible también gritaban al unísono. Pero sus voces no eran reales. No pretendían que, verdaderamente, aquello se convirtiese en una batalla campal ante sus ojos.

Él no podía golpearla. No quería hacerlo. No porque fuese una mujer, sino porque se trataba de Niara. Y sentía que todo golpe que recibiese lo merecía más que cualquier otro.

- Niara… - Intentó empezar elevando sendas manos mostrando las palmas de sus manos. No quería tener esa conversación delante de nadie. Pero no había más remedio. - ¿Qué querías que hiciera? Alguien lo había descubierto. Me amenazaron con matarme. Nos habrían matado a ambos. – Aquellas palabras no les importaban nada a los espectadores que surgían de un lado y de otro. Un haz de luz golpeó su pecho obligándole a caer en el suelo de una fuerte sacudida.

- ¡Calla y golpea, sucio Squibb! – Sintió como su cuerpo se electrocutaba por dentro aun cuando no había fuente de corriente eléctrica a su alrededor.

No se levantó. Miró a la chica esperando que fuese ella quien le diese el golpe, pues él no pensaba dar ninguno. Él se merecía los golpes, pero él no los daría aunque se llevase mil y un golpe por parte de la chica y por cada uno de los celadores que, divertidos, admiraban el espectáculo.
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