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Letters from the sky [Priv.]

I. Ezra Sullivan el Vie Mar 31, 2017 11:47 pm

Recuerdo del primer mensaje :

 
"Con" Niara Soyinka · Celda de aislamiento



Otro chillido. Sonaba tan potente que se cubrió las orejas con las manos. Hubiese cerrado los ojos, pero en aquella oscuridad no era necesario. Apenas un resquicio de luz en una de las paredes, donde una pequeña lámpara hacía un vano intento por iluminar la estancia.

No recordaba cuánto tiempo llevaba metido en aquel agujero al que le habían arrastrado a base de golpes. No recordaba tampoco cuánto tiempo llevaba en aquella prisión inhumana donde, debido a su condición de Squib, le habían asegurado que estaría hasta el final de sus días. Y ya empezaba a creerlo como cierto aún cuando no habían comenzado a cambiar su rutina para llevarlo al Ala Norte, donde muchos iban y jamás volvían.

Era la primera vez que visitaba el agujero, como otros presos lo llamaban. No sabía cuánto tiempo duraría su estancia en él. Sólo sabía que los segundos ahí abajo se convertían en minutos, los minutos en horas, y las horas en eternas esperas cargadas de soledad e incertidumbre, dónde no sabía cuándo – si es que acaso existía un cuándo – volvería a ver la luz del sol.

No hacía más de una semana que había sido capturado por la justicia. No hacía más de una semana que había sido despojado de todos y cada uno de sus derechos para ser lanzado a aquel lugar donde nadie se compadecía del trato que él y el resto de presos recibían. ¿Su único crimen? No ser un mago. Pero no todos allí eran iguales. Cada uno estaba por una razón y cualquiera parecía ser válida para destrozar la vida de todos aquellos que, a juicio del nuevo gobierno, carecían de valor para la sociedad.

Pasó a tientas sus manos por la pared de piedra. Pasó los dedos por el dibujo que las piedras hacían al terminar y empezar, las unas junto a las otras. Dibujó figuras como así su soledad fuese a hacerse más llevadera. Dibujó aún sin ver las siluetas que sus dedos trazaban y fue entonces cuando se dio cuenta que había algo raro en aquella pared. Algo, que otras paredes no tenían. Bajó la mano hasta encontrar el suelo y consiguió mover una de las piedras sin demasiado esfuerzo.

Un hueco en la pared. Metió la mano sin pensar en las consecuencias de su acción. Sin pensar que en un lugar como aquel las consecuencias podrían suponer perder una mano o algo peor. Se limitó a meter la mano en el interior de aquel hueco buscando, sin mucho éxito, algún tipo de salida que no existía.

No había nada salvo polvo. Una telaraña se rompió al paso de sus dedos, pero por suerte o por desgracia la criatura que se había encargado de fabricarla ya no estaba allí. Con un poco de suerte habría conseguido huir de allí como él soñaba a hacer. Con un poco de suerte estaría muerta, pues era una opción más favorable a estar encerrada entre aquellas paredes como Ezra lo estaba en aquel preciso instante.

Pasaron las horas y la puerta de la celda no se abrió. Ni siquiera para llevar un vaso de agua al ser humano que desconocía cuánto tiempo viviría bajo aquellas condiciones infrahumanas. No hizo un esfuerzo por golpear la puerta, sabía que aquello de poco serviría. Quizá sirviese para alargar su estancia al agujero. O para llevarse una paliza en cuanto la puerta se abriese de par en par para dar paso a uno de los carceleros.

No tardó ni dos días en volver al agujero. En aquella ocasión por propiciarle un puñetazo a uno de los guardias que se encargaban de servir en el desayuno. Pero las horas en el agujero no se hicieron tan largas como la última vez, pues en aquella ocasión había ido preparado. Sólo por probar. Sólo por el mero hecho de no sentirse tan sólo durante aquellos instantes en los que se encontraba encerrado con la única compañía que la de aquella lamparita que apenas daba luz.

* * *

¿Tú entiendes por qué nos odian tanto? Posiblemente no, porque nadie contestará a lo que ponga en esta estúpida hoja de papel. Supongo que a fin de cuentas solo hago esto para sentir que no estoy tan solo en estos momentos. Supongo que la soledad acaba por volvernos locos y la cordura es algo que no quiero que me quiten. Al menos todavía.

¿Qué estúpido se pondría a buscar en una pared una salida de este lugar? Y si lo hicieras, ¿De dónde demonios habrías sacado un bolígrafo con el que contestarme a esto? No creo que nadie fuese tan estúpido como para golpear a uno de los guardias para quitarle uno. Sólo a mí se me ocurre. Porque sé que pasaré más horas aquí que en mi celda y al menos esto me permite sentir que hablo con alguien.

Aunque nadie contesta, ¿Verdad? Si me vieras… Me estoy riendo ahora mismo. Me rió porque siento que nadie leerá nunca estas  palabras y cuando vuelva al agujero estará solo mi letra en el papel con el estúpido boli que me ha costado quedarme aquí encerrado por horas. Podría hacer la lista de la compra si tuviese una casa donde llevarla, pero mejor me escribo a mi mismo pensando que alguien estará tan loco como yo y dará con esto.


* * *

No tuvo tiempo de escribir más. Escuchó la cerradura al otro lado de la puerta. Guardó la nota arrugada en el agujero de la pared y volvió a taparla, esta vez peor que las veces anteriores debido a la prisa que había tenido a la hora de hacerlo. Guardó el bolígrafo en la parte  delantera del pantalón y tapó sus ojos con una mano para que la luz del exterior no le deslumbrase.

- Fuera de aquí, escoria. Vuelves a tu celda.


Última edición por I. Ezra Sullivan el Lun Abr 03, 2017 5:02 pm, editado 1 vez
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Niara Soyinka el Mar Mayo 23, 2017 3:12 am

Los susurros se arrastraban desde lo profundo del tiempo y la memoria acompañando una música grave y acompasada, y las palabras y los rostros familiares que llegaban hasta ella se repetían en su cabeza una y otra vez, ¿queriendo decirle algo? Como si se tratara de un conjuro que viaja a través de la distancia, Niara era alcanzada por la rima de las vocales que se estrellaban con las consonantes como rompen suavemente las olas contra las rocas; también por el calor del fogón crepitante, alrededor del cual tenía lugar la danza de los cuerpos que se doblaban como las llamas y cimbreaban en una fila marchosa y confusa de bailarines. Lo que había más allá era la abismal e inabarcable oscuridad.

En su cabeza era posible abandonarse a otra dimensión de sensaciones. Niara se hallaba en el comedor de Azkaban siendo hostigada para participar en una riña pero su mente se había transportado a lo recóndito de sus recuerdos hasta aquel día en que se inició como un Soyinka. Hubo un cántico que recitaron esa noche, y de alguna forma había conseguido aferrarse a ese momento y a esa música para contrarrestar los efectos de la magia negra sobre ella. Era sólo un recuerdo pero que la anclaba a esta tierra. Era cuestión de hacerlo como se lo habían enseñado, con la disciplina y la tenacidad que le habían inculcado.

Había visto a otros reclusos perderse en la locura sólo por recibir un toque de esa magia prohibida pero ahora era su turno de luchar, luchar desesperadamente, por mantener su cordura. Ya no era extraño para Niara tener la sensación de despertar de lo que eran episodios de tormento y esquizofrenia. Su cabeza era la arena de batalla en la que debía batirse si quería proteger su vida y su dignidad, y por muchas dificultades que esa prisión le impusiera aquella en la que su identidad estaba en juego era la más difícil. Por momentos tenía ratos de lucidez y por momentos no era ella misma.

No estaba segura de si el monstruo de sus pesadillas tenía una cara o un nombre pero debía apresurarse en encontrar un modo de vencer el miedo a lo que desconocía. Tenía que. Pero todavía no había descifrado el cómo y el monstruo le llevaba la ventaja habiéndose alimentado de su resentimiento frente a los sentimientos de soledad y abandono, sentimientos que también eran de aguda tristeza frente a la posibilidad de la pérdida y que había preferido cubrir con rabia. Sí, estaba enojada con Ezra, pero prefería imaginar que él la había traicionado que imaginarlo muerto. Era demasiado cobarde para asumir la segunda opción; su corazón, vulnerable; ¡demasiado cobarde! Y la cosa lo sabía.

Y por eso, por los miedos que no supo dominar, al abrir los ojos de su letargo sus manos aparecieron ante ella manchadas de sangre. La música en su cabeza había cesado y en cambio fue reemplazada por los gritos de una multitud enfermiza y violenta. Entonces, bajó la mirada y comprobó lo que otros podían atestiguar: había estado golpeando el rostro de aquel hombre con la mera fuerza de sus puños, ella, tan flacucha y debilitada, ahora contemplaba los rojos nudillos de su mano derecha. Reconocerse a sí misma en medio de tal violencia la impactó hondamente. Miraba sus manos como si nunca las hubiera visto antes. Y en el piso, en el centro del círculo, ellos dos, Niara y aquel hombre, uno encima del otro, él despatarrado de espaldas al suelo y ella a horcajadas sobre él como si hubiera puesto todo su empeño en lastimarlo. Sí, ella había querido hacerle daño con todas sus fuerzas. Había deseado que él sufriera.  

—¡Mírala, cómo se desquita!, ¡está rabiosa!

—¿Qué pasa, primor?, ¡rompele la cara!, ¡dale otro puño!, ¡puño!, ¡puño!

El ruido era demasiado confuso pero Niara entendió enseguida que no quería estar allí, en esa situación. La consciencia la invadió como una terrible carga. En su pecho se abría una herida que escocía y no parecía posible que fuera a parar de doler. Llorando se apartó y gimió ahogadamente mientras se mecía en el suelo a un lado de lo que había hecho con el rostro atacado por la consternación. Era demasiado para asimilar en tan poco tiempo. Y resultaba insoportable. Especialmente cuando se dio cuenta de que sabía quién era ese hombre. La riña había sido personal. Niara estaba destrozada.

Por un momento, y del mismo modo en que un silencio hace su presencia en una partitura antes de ser sucedido por una nota fuerte, Niara estiró tímidamente su brazo y sujetó el hombro de Ezra con verdadero sentimiento. La turba a su alrededor no le importaba. Sus ojos entristecidos eran un río de lágrimas y era tan consciente de ese momento y de esa persona que no lo hubiera podido fingir. Era imposible mentir sobre su arrepentimiento.

—Lo siento tanto, lo siento tanto…—susurró, tapada su voz por el clamor a su alrededor.

Pero la situación adquirió un giro demasiado rápido, como de trompetas anunciándose en un instante de quiebre. Los habían colocado en el centro del círculo para que sirvieran de entretenimiento y los guardias se impacientaban con facilidad. Uno de ellos, Mulciber, sacudió su varita apuntando en dirección a Niara y seguidamente ella se llevó las manos al cuello, sin poder respirar y manifestando en su rostro los signos de la asfixia. Mulciber reía mostrando los dientes.

—¡Nadie ordenó que pararas, sucia!, ¡no hemos terminado!  

Y tampoco tenían previsto que terminara bien. Las circunstancias los acorralaban. Ahora que Niara había herido algo tan preciado como los vínculos que los ataban; a ellos, esos dos desconocidos en una prisión; no iba a permitir que otros le hicieran daño al hombre que en ningún momento levantó una mano sobre ella, aunque tuviera que usar garras y dientes, aunque eso no remediara su falta. Estaba desesperada como animal acorralado y haría lo que hiciera falta. Del mismo modo que una madre guepardo protege a sus crías del acecho de los demás predadores, siempre más grandes que ella, siempre más en número, le tocaba a Niara mostrar su verdadera naturaleza, no la de la cosa que se aprovechaba de sus miedos, sino la verdadera cara de su fortaleza. Por eso, cuando las circunstancias se salieron de control, hubo quienes contemplaron asombrados el drástico cambio de su apariencia. Al principio, pudo parecer que era víctima de un ataque pero la transfiguración era violenta y representaba el despedazamiento del hombre que de los pedazos se reconstruye en algo diferente y salvaje. Niara Soyinka era un animago con la identidad secreta de un guepardo. Y cuando vio que lo que quería proteger estaba en peligro se quitó la máscara del hombre. Los reclusos, Allie Jones, Jasper y Evelyn Dunne, e incluso el joven Tim Howey, entre otros con los rostros boquiabiertos, atestiguaron cómo un animal con la mandíbula abierta se abalanzaba sobre un desorientado Mulciber, quien como mínimo se quedaría sin una oreja. El guepardo fue directo a la yugular. Curiosamente, los reclusos no sintieron miedo, pero más de uno tuvo la sensación de que eran sus propios colmillos los que se hundían en la carne tibia y expuesta del belicoso y malicioso Mulciber.      
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I. Ezra Sullivan el Miér Mayo 24, 2017 5:11 pm

Hacía tiempo que los golpes habían pasado a ser un aderezo secundario en su día a día. El dolor al que se enfrentaba cada vez que se veía obligado a visitar los laboratorios del Área – M superaba con creces cualquier dolor que hubiese sentido hasta aquel momento. El dolor físico ya parecía ser un amigo cercano con el que había ganado confianza debido a la asiduidad de sus visitas inesperadas y los golpes que, con tanta rabia, estaba sintiendo, no eran mayores que el dolor que sentía en los laboratorios. Sentía la rabia enfundada en los puños de Niara. Sentía su odio contenido en el interior de un cuerpo aparentemente tan frágil y por mucho que sus puños estuviesen convirtiendo su rostro en un lienzo de sangre y futuro moratones no le importaba en absoluto. Lo merecía. Merecía cada uno de los golpes que en aquel momento estaba recibiendo ante las miradas atentas de los curiosos y los espectadores que tanto gozaban con aquella barbarie. Pero no eran los golpes los que estaban calando en su interior como si de cuchillos se tratase. Eran las palabras escondidas tras cada uno de los puñetazos. La mirada de odio que había recibido por parte de aquella chica. El sentimiento de odio y repulsión que sentía, en aquel momento, hacia sí mismo. Y es que Ezra jamás había sido alguien que despertase aprecio en el resto pero quizá por primera vez en su vida había sentido que tenía un lugar en el mundo. Una amiga a la que abrirse cuando los fantasmas le persiguiesen en la oscuridad. Y esa amiga se había ido. Se había ido para siempre porque había hecho alarde de su poco tacto para deshacerse de ella como si de un mero pañuelo usado se tratase. Se odiaba a sí mismo, posiblemente más de lo que Niara le odiaba. Pues él había despertado ese odio en el interior de la joven. O quizá incluso había creado ladrillo a ladrillo el odio cuando en el interior de la joven sólo había hueco para bondad.

Ezra no dio ningún golpe ni hizo el más mínimo esfuerzo por librarse de los golpes ajenos. Los recibió como si de caricias se tratasen y es que verdaderamente pensaba que merecía cada uno de ellos. Bien por su pasado, bien por su presente. Nunca se había considerado una buena persona y aquel, a su juicio, era el pago que merecía por cada una de sus acciones. Incluso hubiese sonreído ante la llegada de los puños en su rostro de haber sido una persona dada a las sonrisas. Pero sólo hubo silencio por su parte. Como si de una estatua de piedra se tratase. O como un saco de boxeo que estaba preparado para recibir cada uno de los golpes de la morena sin poner pega alguna.

Escupió al suelo cuando quedó fuera del alcance de la chica. La sangre manchó el suelo y Ezra elevó la vista para buscar la silueta de Niara. Se negaba a mirar en sus ojos. Prefería recibir más golpes antes que volver a sentir aquella mirada de odio. Aquella mirada cargada de desesperanza porque él se había encargado de robarle todo aquello que tenía. Por miedo. Por su estúpido miedo. Buscó a la chica con los ojos pero el dolor de su rostro y su propio pelo le impedía ver con nitidez. Todo era borroso ante sus ojos y el pelo que caía sobre estos no facilitaba la tarea. Pasó la mano por su rostro apartándose así el cabello y limpiándose vagamente la sangre que cubría su rostro. Tragó saliva. El olor férrico recorrió su garganta antes de poder analizar qué era lo que estaba pasando ante sus ojos. Pues tan rápido como cesaban los golpes

La voz de la chica llegó demasiado tarde a sus oídos. Estaba desorientado y todo parecía correr a un ritmo diferente a su alrededor. Su percepción lo era. Era diferente a lo que realmente estaba sucediendo. Aquel lo siento llegó al tiempo que pudo ver la figura del animal que se zafaba contra uno de los magos que les impedían dejar de pelear. No entendía lo que estaba sucediendo. No había oído hablar de esos magos cuya magia les permitía tomar la forma de un animal. Su conocimiento de la magia era tan pobre como lo había sido él a lo largo de su vida pero no tardó en atar cabos y comprender qué era lo que sucedía. No sintió miedo. Al menos, no por lo que refería al animal que con dientes ávidos y despiadados destrozaba la carne humana de aquellos que les juzgan, insultaban y destruían día tras día. Él, al igual que cada uno de los presos, se había convertido en un mero espectador de aquel circense espectáculo.

- ¡Cuidado! – Gritó Jasper Dunner cuya voz se había alzado por primera vez en semanas. Ezra no recordaba siquiera la voz del hombre pero se dio cuenta cuál era el estímulo que le había alertado. Uno de  los guardias se acercaba varita en alto para acabar con el animal.

Los presos formaron su particular barrera humana dejando que el animal siguiese acabando con lo que quedaba de Mulciber e intentaron, sin éxito, impedir que el segundo guardia se acercase. Allie Jones salió disparada hacia una de las mesas colindantes. Evelyn Dune recibió un rayo verde en el pecho y lo mismo pasó con Tim Howey. Por su parte, las tripas de Jasper Dunne se presentaron  ante sus pies obligándole a caer de rodillas sobre un charco formado por sus propios intestinos.

Fueron otros presos los que lograron anteponerse al guarda. Uno le propinó un puntapié en la entrepierna, haciéndole gemir de dolor. Una mujer, que rozaba los sesenta años, se aferró a su cuello con los dientes. Jenna Smith le clavó las uñas en los tendones obligándole a caer al suelo donde la turba se desquitó con él. Pero ya era tarde para todos los presos. Un guarda no era suficiente para vencer a todo un ejército en el interior de aquella prisión de piedra y sufrimiento. Construida a base de lágrimas y gritos de dolor. Más de una veintena de guardias iban en dirección a los presos sin importar su edad, raza, sexo o religión. Todos lo pagarían por igual.

- Vamos a morir. – La voz del pequeño Spencer alertó a Ezra. Un charco bañaba sus pies y pantalones y el hombre no lo pensó demasiado a la hora de coger al pequeño y alejarlo, lo más que pudo, del haz de varitas que ahora les atacaban. Había hechizo saliendo de cada una de las varitas. Luces rojas  y otras verdes. Escuchó gritos. Risas. Hechizos. Llantos. Pero su única prioridad era la de salir de una pieza de aquella situación. Se aferró a su vida y a la del pequeño Spencer, tumbando una de las mesas del comedor para usarla como barrera o escudo de los hechizos hasta que la masa se aplacase. Sabía que no tenían escapatoria. Era esconderse o morir. No harían un exterminio de todos los presentes, sino que intentarían frenar la turba. Ellos eran imprescindibles para su trabajo y no acabarían con ellos tan fácilmente.

- Respira, todo irá bien. – No era hombre de ánimos. Ni de colocar la mano sobre el hombro a modo de gesto cercano y apaciguador, pero hizo lo que pudo para que el niño se tranquilizase y guardase silencio. Debían sobrevivir. Debían salir de ahí con vida.
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Niara Soyinka el Lun Mayo 29, 2017 3:08 pm

—¿¡Dónde carajo está ese bastardo de Mulciber!?—Se desaforó gritando el Jefe de Área, hombre corpulento si los hay. No parecía que la vida de escritorio fuera lo suyo, pero allí estaba, con el culo bien asentado en su trono: una silla con rueditas. Delante de sí la mesa se hallaba abarrotada con papeleo. Era increíble la eficiencia organizativa que había que tener en ese antro del infierno. Todo debía estar documentado. Cada hijo de puta tenía que tener su foto carnet, su parte de defunción ampliamente detallado, sus fichas presidiarias, etc. Era una patada en los huevos. Y ese Mulciber y los malnacidos como él se escaqueaban de dar informe, ¡a la mierda con ellos! Que el archivo importaba, joder (y a esos extirpadores les gustaba romperte los cocos con eso, ya creo que sí). Sabía muy bien lo que los celadores de su sección hacían cuando no estaban por allí dando el coñazo; allí, ese reservorio de patanes que llamaban ‘despachos’; y le importaba un comino, ¡pero que dieran parte, mierda!—¡Ah!, ¡Hunter!, ¡eres tú! —exclamó complacido al verlo. El celador se había asomado por el resquicio de la puerta y parecía querer decirle algo. Ése era un tipo decente, ¡al menos uno! Siempre daba sus informes a tiempo, no faltaba nunca a un reporte general. Ése era un auténtico hijo de puta que valía la pena. Y lo que es más, tenía modales. ¡No como los otros!—Vete a decirle a ese bastardo que…

—Mulciber sigue en camilla—informó, habiéndose colado en el apretado despacho. Había pilares de cajas, carpetas y papeles ubicados aquí y allá. Los archiveros tenían muchos cajones abiertos y saturados por un exceso de papeleo. Era un auténtico antro de oficina.

—¡Hijo de puta!—espetó—, ¡por mí puede morirse!

—Creo, Ernie, que nos acompañará por mucho tiempo—comentó serenamente. Ése Hunter era un hombre muy comedido, pero de ojos traicioneros. Como era meticuloso en lo suyo, Ernie no tenía ninguna queja. Y seguidamente agregó—: Te traigo un reporte sobre el motín.

—¿Ajá?—interpeló, en tanto que tomaba muy cuidadosamente una pluma listo para rellenar una planilla pendiente. Había algo forzado en la forma con que intentaba adoptar una postura delicada y consumida por la concentración. Era como ver a un gigante esmerándose en enhebrar una aguja pequeñita.

—Ya están hechas las remodelaciones en el comedor y los reclusos han sido puestos en detención. Las medidas de escarmiento están en curso. Yo personalmente he elegido a los…

—¡Hunter!

El aludido guardó un silencio prudencial

—¿Cómo escribes “vísceras”?—inquirió. El jefe se hallaba inclinado sobre su planilla y sumamente aplicado en conseguir una prolijidad impecable. Lentamente trazaba con su pluma lo que parecía ser una oración interminable. Tenía la lengua afuera en un gesto de suma concentración.

—Con “sc”. Y tilde en la “i”.

Estaba tan ensimismado en lo que hacía que tardó unos segundos antes de acabar y acomodarse contra el respaldo, muy serio.

—Si lo haces de esa manera pensarán que es algo personal—
Había en su voz un cálido dejo de empatía. Diríase que era hombre coherente, que era un hombre justo—. Tiene que ser al azar. Lo que queremosasentía convencido a medida que hablaba con el tono de un educador es enseñarles moderaciónMiró fijamente a los ojos de su atento oyente y repitió, remarcando las sílabas y acompañándolas con el movimiento de su mano, muy interesado en señalar su punto—mo-de-re-ción. Sí, sí, eso es lo que tenemos que hacer. Eso es lo que haremos. Yo lo haré. Soy un hombre razonable. Haré que me escuchen—Hizo una breve pausa en la que su pecho se infló con discreto orgullo antes de continuar—: Ellos son la barbarie, Hunter. Pero ellos no lo eligieron. Y a mí me corresponde, tengo la responsabilidad de hacerles ver lo que realmente—su expresión se contrajo involuntariamente en un pronunciado gesto de violento desprecio—realmente, son por dentro—Suspiró, dejando salir toda esa violenta energía—. Porque tú y yo, Hunter, somos parte de la civilización. Y está en nosotros enseñarles el camino, guiarlos—Estaba inspirado ese día, eso era seguro—. Y es importante que ellos sepan que lo que nosotros hacemos es por todos ellos, no sólo por algunos. Descuida—dijo, conciliador, como un buen jefe. Y agregó—: Yo seré el que dé comienzo a la cacería.  

***

El celador acercó su taburete, colocándose frente a ella con los codos apoyados en las rodillas. Dejó escapar el humo del cigarrillo de un suspiro y echada la cabeza hacia atrás. Las volutas de humo inundaron el espacio sobre ellos. Niara se había acostumbrado a que la prisión apestara a él y su tabaco. Cuando Hunter bajó la vista hacia ella, comprobó que su prisionera le lanzaba una dura mirada. Tenía la perilla en alto, desafiante. Se había vuelto arrogante, la mujer guepardo. Esa era la peor estrategia de supervivencia para un recluso o para cualquier persona mínimamente inteligente. Había que ser muy idiota para no saber adaptarse a las circunstancias. Quizá fuera que Niara estuviera alcanzando un punto en que ya se había hastiado de todo. Y eso no era bueno. No para ella, al menos.

—Estás fumando más de lo usual—observó Niara, haciendo que su carcelario alzara levemente una ceja. Como él se limitaba a darle caladas a su cigarrillo mientras la miraba fijamente, ella continuó—: He oído cómo los otros guardias hablan a tus espaldas. Están tan resentidos contigo y tu estúpida pitillera de plata. Dicen que eres presuntuoso—Niara esbozó brevemente el filo de una sonrisa—. No eres muy popular entre ellos.    

Tú tampocoacotó, muy tranquilo en su ensimismamientoDespués del incidente te has hecho unos cuántos enemigos entre los guardias, puedo asegurárteloHizo una breve pausaPero no fueron los guardias los únicos que mataste.

¿¡Qué quieres decir!?Aquella serena arrogancia que le había mostrado trasfiguró en enfado. Había conseguido alterar su consciencia.

—Te habrás sentido de maravilla hundiendo tus colmillos en ese asqueroso de Mulciber. Te habrás sentido tan bien, que ahora mismo sientes que eres inmune. A mí. A todo esto. Hasta armaste un motín. No lo calculaste, pero sucedió porque tú perdiste los nervios. Olvidaste someterte, que era justamente lo que te convenía hacer. Los hombres hubieran jugado con ustedes, tú y el otro recluso, y ahora estarían destrozados, pero vivos.

—¡Tú no sabes eso!  

—Lo sé, lindura. Lo sé. Como también soy muy consciente sobre las vidas que tomaste por un solo acto de imprudencia. Esos reclusos que murieron indefensos…

—¡Para!, ¡miserable!

—…son tu responsabilidad. ¿Pero cómo los honras tú? Actúas tan arrogante, como si estuvieras buscando más líos. ¿A cuántos arrastraras esta vez, lindura?

—¡Deja de soltar cosas enfermizas!

— Y eres tan ingenua que piensas que todo ha acabado. Pero no lo está. No está acabado. Quizá, dentro de un rato, después de la cacería. Pero habrá una cacería, ¿lo entiendes?

Niara gritó de rabia y se abalanzó sobre él, algo que nunca había hecho, algo que nunca se había atrevido a hacer. El taburete cayó al suelo.

—No se supone que te toquen porque ese extirpador te quería exclusivamente a ti—
susurró en su oído. Por mucha que fuera la decisión de Niara, él la había doblegado sin mucho esfuerzo. Ella forcejeaba pero él la sujetaba firmemente contra la pared  —¿Pero adivina qué? Al jefe le importa una mierda. Y tú te has cargado a sus guardias. Y ellos quieren desquitarse, lindura. Ahora, vendrás conmigo a las celdas. A ver a tu amigo Ezra.

Niara abrió los ojos, asustada.

***

Habían confinado a los amotinados en celdas enfrentadas que iban del primer al segundo piso. En algún momento, algunos presos comenzaron a silbar a modo de provocación. Los guardias pasaban por delante de las rejas, porra en mano, para recordarles quién manda. Pero de tanto en tanto volvía a oírse silbar a una multitud que se sentía triunfante por la muerte de los guardias que atacaron. La situación entre guardias y reclusos estaba algo tensa. Sin embargo, todos callaron cuando trajeron a los perros. El Jefe de Área, un hombre corpulento llegó al mismo tiempo. Y tan sólo un momento antes Niara había sido colocado por Hunter en una de las celdas, justo visualmente en frente de Ezra. Ese sería otro de los jueguitos del celador.

A través de las rejas, la mirada de Niara buscaba encontrarse con él. Sus ojos, infinitamente piadosos, infinitamente tristes, no tenían lágrimas ya para dar. Su imagen era dura y melancólica. Ni su mente se había perdido en alucinaciones ni su cuerpo sufría de temblores. Por el momento, era ella, Niara. Y en el fondo de su corazón, se sentía abrumada por la culpa.

—Ejem, ejem—La acústica de la prisión era increíble. Pero el jefe se ayudó con la varita de megáfono, sólo para asegurarse de que todos eran capaces de escucharlo— ¡Aquí estamos!; ¡aquí estamos! Hemos tenido un duro momento en los comedores, pero aquí estamos, finalmente. He de confesar que estoy sumamente apenado. Lo que es más, ¡decepcionado!, ¡profundamente decepcionado! Después de todo lo que hacemos por ustedes, día a día. Nunca esperé que fueran a ser tan malagradecidos, ¡tan insolentes!, ¡tan despiadados! …Me siento herido. Porque, ¿quiénes si no nosotros son los que han aceptado la difícil tarea de ubicarlos donde se merecen estar?, donde pertenecen. No es algo que nos agrade, pero nos sentimos obligados para con ustedes. Porque son el futuro de la civilización. Lo que hacemos aquí tiene un significado social. Y lloro por ustedes, ¡por sus almas!, porque no parecen entenderlo. Se les está dando la maravillosa oportunidad de ser parte del progreso. A pesar de sus manchados orígenes, de su egoísta naturaleza….

Era un discurso tan inspirador que no parecía tener final. Pero llegó el final, cuando el jefe decidió que era el momento de elegir. Elegir a dedo a aquellos que desfilarían desesperadamente siendo perseguidos por perros hambrientos que los despedazarían hasta la muerte. Los primeros fueron cuatro reclusos, entre ellos una anciana, que entendieron desde el principio que no tenían escapatoria. Los demás presenciaron vívidamente los chillidos, los ruegos, la sangre. Y no parecía acabar jamás. Los iban eligiendo, a dedo. Cualquiera podía ser el siguiente.

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I. Ezra Sullivan el Jue Jun 01, 2017 6:34 pm

Spencer, que quizá alcanzó a verlo por el rabillo del ojo, se echó hacia atrás violentamente y en vez de recibir el hechizo en su espalda, este se hundió en su hombro. La sangre comenzó a emanar de la ahora herida abierta del pequeño que, como ya había hecho antes, ahogó un grito que se perdió en alguna parte entre los alaridos que podían escucharse en todo el comedor de la prisión. Ezra estaba demasiado preocupado por lo que pasaba ante la mesa que ahora usaban como escudo improvisado que no fue consciente de lo que sucedía tras esta. Sólo cuando la mano de Spencer se posó en su hombro en una búsqueda desesperada de ayuda comprendió lo que estaba sucediendo. Se volteó para encontrar el rostro pálido del pequeño, sus ojeras marcadas y la sangre manchando sus manos. La sangre también recorría su ropa desde la altura del hombro y había formado un charco bajo el niño que acompañaba sus ya mojados pantalones por el efecto del miedo.

No lo pensó dos veces. Siquiera lo pensó una, y es que era u hombre impulsivo incapaz de pensar en las posibles consecuencias que podrían tener sus actos. Quizá ahí se encontraba la razón por la que había sido apresado. Por su necesidad de actuar de manera instantánea sin pensar en que su necedad puede acarrear más consecuencias negativas que positivas. Que la solución no aparece por actuar rápido, sino por hacerlo bien.

Cogió al pequeño entre sus brazos como si su peso no significase nada. Lo cargó sobre su hombro izquierdo, casi inconsciente. El dolor de su propio cuerpo estaba lejos de allí provocado por la gran cantidad de adrenalina que recorría cada centímetro de su cuerpo y le hacía olvidar el dolor que su magullado organismo debería sentir en otro momento. Cuando encontrase la calma. Si es que allí existía algo parecido a la calma.

Pasó entre los cuerpos sin vida de personas con las que había compartido semanas encerrados en aquella prisión. Personas que habían intentado luchar contra los guardias. Personas que habían intentado escapar de una muerte segura sólo por el hecho de encontrarse en el lugar incorrecto en aquel preciso instante.

No tuvo tiempo para lograr esquivarlo. A diferencia de Spencer, no logró a alcanzar verlo por el rabillo del ojo, no pudo echarse hacia atrás violentamente para recibir el hechizo en otra parte de su cuerpo o, si tenía más suerte, lograr evitar el golpe. Simplemente lo recibió. De lleno en la espalda, obligándole a caer de bruces contra el suelo mientras su cuerpo se convertía en un colador humano lleno de heridas que dejaban salir la sangre, bañando el suelo a su alrededor. Spencer, tendido a su lado, ya había dejado de respirar.

* * *

- No te muevas.

Demasiado tarde. Luchaba por zafarse de las ataduras de las cinchas en sus muñecas. Intentó escapar aun cuando ya conocía aquel procedimiento de sobra. Lo intentó en vano, gastando las pocas fuerzas que aún le quedaban.

La mujer se acercó hacia él y acercó a su ojo izquierdo una luz blanquecina pero intensa. Cerró los ojos y cabeceó. La mujer apretó su antebrazo y el dolor se hizo insoportable.

- Ábrelo. – Escupió las palabras, con odio. Con asco. Incluso miedo a la naturaleza tan diferente a la suya del sujeto. – He dicho que lo abras.

El dolor volvió a clavarse en su antebrazo y esta vez recorrió cada centímetro de su piel como si de un latigazo de corriente eléctrica se tratase. Abrió los ojos, a  regañadientes, encontrándose con la luz primero en un ojo y luego en el otro.

- No hay rastro de daños internos.

El trazo de la pluma que volaba por la sala era el único sonido que acompañaba el silencio de la sala. La mujer respiró profundamente y se apartó del hombre y de su brazo. En completo silencio se acercó a uno de los estantes de cristal y lo abrió. Ezra alcanzó a ver un frasco de cristal con el tapón de corcho. Su contenido era un líquido de color oscuro. Quizá negro, azul o puede que morado. La distancia no le permitía verlo y el dolor de cabeza era tal que sus ojos no lograban ver con nitidez la habitación.

- Te has portado mal, Sullivan. – No obtuvo respuesta. Nunca la obtenían por su parte. Rara vez hablaba con ellos. Era dueño de sus silencios, lo había sido durante toda su vida. – Tú y tu amiguita lo pagaréis caro. ¿Cómo hacéis algo así en vuestro hogar? Se os ha educado para que mostréis respeto a vuestros superiores. Para que mejoréis y os convirtáis en personas útiles para la sociedad. Para que…

- ¿Eso significa que algún día saldremos de aquí?

- Con los pies por delante.

No hubo más conversación tras su interrupción. Pasaron algo más de dos horas hasta que la doctora volvió a entrar en la sala de la enfermería junto con dos celadores para llevarle de nuevo a su celda.

- Jones, Howey, Smith, los Dunne, el pequeño Spencer Harris, Carlson, Ford, Milles, Dawson, Lloyd, Kelley, Emerson. – Frenó en seco de leer la lista sujeta en su carpeta y alzó la vista. – Recuerda sus nombres. Tendrás que vivir con la responsabilidad de sus muertes.

El odio volvió a despertar en el interior de Ezra quien, ya sujeto por ambos celadores, comenzó a patalear intentando zafarse de la sujeción que estos ejercían.

- ¡Hija de puta! – Gritó violentamente mientras lo alejaban de la sala. - ¡Tú los has matado! ¡Tú y todos vosotros! ¡Malditos hijos de puta!

* * *

Lo habían dejado caer como si de un peso muerto se tratase. Lo habían dejado caer como si careciese de vida, sentimiento alguno o posibilidad de sentir dolor. Le habían escupido y propinado una patada en el pecho que le había dejado sin respiración durante más de un minuto. Cuando el aire había conseguido entrar hasta sus pulmones el dolor se había vuelto insoportable. Insoportable de pies a cabeza. Insoportable al respirar, pero también al moverse. Al estarse quieto. Sólo su mera existencia era un completo tormento de dolor y magulladuras.

Vio la celda frente a la que se encontraba abrirse y observó como una celda tras otra, se iban llenando de presos que habían estado presentes en aquel famoso motín. No comprendían que no había sido uno como tal. O al menos, para Ezra no lo había sido. Él había estado presente en más de un motín y aquello no lo había sido. Joder, la gente sólo luchaba por salir viva de allí, no intentaban acabar con celadores y extirpadores. No tenían poder para ello. Ni poder ni fuerzas.

Luego llegó el discurso. Su mirada estaba clavada en Niara, quien se encontraba en la celda frente a él. Ya no había rastro alguno del animal en el que se había convertido, literalmente, ante sus ojos. Ezra no sentía rencor por los golpes. Rencor por las muertes que habían tenido lugar por el comportamiento de la chica y es que él se sentía como una parte proporcionalmente igual de culpable que Niara.

- Por favor, por favor. ¡No somos culpables! No hemos hecho nada.

Una de las celdas contiguas se había abierto y sacaban a un hombre de unos treinta años. El siguiente fue un niño de dieciséis y lo siguieron dos mujeres que superaba los cuarenta. Una de ellas gritaba robando por su vida mientras la arrastraban del pelo hasta situarla en la zona de salida. Preparados para soltar una vez más a los perros ante los ojos del resto de presos que no podrían hacer nada en absoluto por salvarles ni impedir el fatal desenlace.

- Por favor.

La mujer rogó una vez más y un manotazo cruzó su rostro obligándole a escupir su propia sangre. Ezra podía oírlo todo mientras su espalda seguía pegada a la pared. No quería mirar semejante espectáculo hasta que su puerta se abriese.

- ¡Ha sido ella! ¡La mujer animal! – Rogó el hombre. – Por favor, nosotros no.

Pero los celadores no tenían compasión. Tampoco los animales que ante la oportunidad de alimentarse no lo pensaron. El niño fue el último en caer ante las fauces de los animales. Su sangre manchó el suelo y también las paredes. Uno de los perros sacudió una de las piernas del niño despegadas ya de su cuerpo manchando todo a su paso, como si de simple agua de lluvia se tratase.

- ¿Han aprendido algo? – La varita volvió a situarse en su cuello, amplificando su voz para que llegase a todos los allí presentes sin que existiese la más mínima oportunidad de no ser escuchado. – Hoy han caído muchos de los nuestros. No sólo fieles empleados que sólo hacían su trabajo por vuestro bien y el del Mundo Mágico. También amigos y familiares. No agradecen el trabajo que hacemos por sus almas. ¡No agradecen nada! Serán parte del progreso del Mundo Mágico. Serán la piedra angular de la evolución y aún así se atreven a desafiar a la mano que les da de comer. Espero que hayan aprendido la lección. Todos ustedes. – Su mirada fue directa hacia las celdas donde Niara y Ezra se encontraban. – Abran las celdas.

Los celadores cumplieron con su trabajo. Las celdas de Niara y Ezra se abrieron. También otras dos cercanas, formando así un grupo de cuatro que fue obligado a salir de estas a regañadientes. Ezra opuso resistencia, no iba a dejarse matar tan fácilmente.

- ¡Sullivan!

El celador ya se encontraba en el suelo jadeante cuando el jefe de la prisión lo llamó. La varita apuntaba directamente a Niara, sabiendo que aquello serviría como correa para el perro rabioso que respondió siguiendo el paso que los celadores marcaban hasta el lugar donde se encontraban los otros tres presos. La carrera estaba a punto de empezar para ellos.
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Niara Soyinka el Dom Jun 04, 2017 9:00 pm

—Buller ha reconocido tu olor.

Niara volteó el rostro hacia la boca torcida que le hablaba. El celador en cuestión era un hombre flacuchento de altura media y ojos maliciosos. Se había tomado la molestia de sacarla él mismo de la prisión y la tenía sujeta de las muñecas. Recordaba haber sido el motivo de una apuesta en la que había estado a punto de ser devorada viva. Y esa basura de hombre había estado allí.      

[color=#336633]—No harás de gato de feria esta vez, lo tenemos controlado.— Torció los labios en una mueca arrogante antes de agregar—: Te comerán de todas formas. Míralo a mi cachorro, está impaciente.

Los ladridos quebraban el suspenso de la espera. Eran retenidos por los collares pero se revolvían inquietos. De las batientes fauces saltaba escupida la sangre de sus víctimas. Eran ansiosas y amenazantes bestias, criadas para despedazar la carne, jugar con la comida y relamerse de sanguinaria impaciencia.

Ezra opuso resistencia, como es de esperar de los animales que siguen su instinto primordial: vivir. Uno de los celadores había roto filas corriendo hacia “ese animal”, garrote en mano. La reacción de Niara fue querer abalanzarse hacia adelante. No hubo caso, porque la retenían con ganas. Pero el entusiasmo de aquel celador que había visto su oportunidad de lucirse se perdió en el camino cuando se alzó la voz de la autoridad del lugar:  

—¡Sullivan!

La atención recayó sobre ella, la mujer guepardo. Otra vez, fue testigo de la profunda generosidad en el corazón de ese animal violento que se negaba a ceder. Era poco cauteloso y no parecía pensar en sí mismo, en cómo sus propias acciones podían perjudicarlo, y sin embargo, se dejaba domesticar por los lazos que lo unían con otras personas. Niara pensó fugazmente en la sabana. En lo reales que se vuelven los hombres y sus motivos cuando tienen que enfrentarse a la naturaleza. Ya fuera en una prisión o en el reino animal, esta estaba allí, cruda y salvaje. Otros pensamientos, sin embargo, ocuparon su mente y su corazón. Eran memorias cargadas de ternura que hubiera querido compartir con su amigo. Ojalá hubiera sido un poco más como él y un poco menos ella antes de arrojarlos a los dos a esa situación. Hubiera bastado con no poner sus sentimientos por encima de su amistad.

—Bien, bien. Buen muchacho—aprobó la voz ronca del jefe. Se frotaba las manazas en un gesto satisfecho. En general, se lo apreciaba muy contento por cómo iba avanzando el asunto. Diríase que se trataba de un seminario especial para abordar el tema del bienestar en el ambiente laboral, al estilo de la “buena empresa”. — ¡Ustedes! Acérquenlos un poco más al centro. Sí, así. ¿Todos pueden verlos?—preguntó, alzada la voz— Estos de aquí son presos, como ustedes. Pero una de ellos pensó que era mejor, que se merecía más. Y yo no veo bien que entre ustedes haya esta clase de arrogancia. Pienso que a ustedes debe preocuparles tanto como a mí, incluso molestarles. Me contaron que esta reclusa se negó a acatar una orden y por rebeldía amenazó la vida de uno de nuestros celadores. Que se transformó en un guetepardo…

—¡Guepardo, señor!—corrigió inmediatamente y en alta voz el celador que retenía a Niara, complacido con la idea de ser de utilidad. No contó con la mirada de odio que le lanzó su jefe.

—¡Maldición, Fritz!—se interrumpió abruptamente, salido de su papel de buen jefe—, ¡que son la misma cosa, joder!

—Lo siento, señor, no lo sabía—Se apuró a decir el desdichado. Niara le arrojó una mirada furtiva sólo para molestarlo. Los otros presos que no conocía habían empalidecido del miedo.

—Como decía…, ¡en un GUETEPARDO! —hizo una pausa, para tomar aire. Los pulmones se le hinchaban de lo furioso que estaba. Parecía que le costaba respirar, por todo el esfuerzo que le suponía retomar el tono normal de su discurso. Las aletas de la nariz se le abrían y cerraban como si fuera un toro bravo a punto de cornear a alguien. ¡Ser corregido en público!; ¡había que andarse con cuidado con esa manga de subnormales que tenía como celadores!, ¡si por él fuera la reclusa podía haberse zampado a ese otro también!—, y que como una salvaje…

El jefe siguió hablando, pero Niara sólo podía reparar en Ezra. En su aspecto maltratado y su determinación a estar de pie. Había decidido que a pesar de la culpa no quería mirar hacia otro lugar. Porque llegados a ese momento, no había refugio más seguro que ese que se creaba en el encuentro de las miradas. Por mucho que le agitara el corazón.

—Hubiera querido que fuera distinto.

Lo soltó de su cabeza y sonrió. La suya fue una sonrisa acotada por las circunstancias. Habló por debajo del discurso del jefe, lo suficientemente claro como para dejarse oír por Ezra. Habían acortado la distancia entre los reclusos al colocarlos como el foco de atención. Pero Fritz también la oyó y le advirtió de una sacudida que no era lo que esperaba de ella cuando alguien tan importante como el jefe estaba hablando. No todos los celadores pensarían igual porque, a espaldas del mandamás, más de uno había soltado un par de bostezos. Hunter apareció entre ellos, destacando por la prolijidad con que lucía sus ropas de segunda mano. Y como para despabilar a los aburridos, la alarma sonó de una forma que hizo que los muros se estremecieran. Hacía falta que se tomaran medidas urgentes, tal parecía que la acción se gestaba en otro lugar. Los perros enloquecieron.  

—¡Perro de mierda!


El grito apenas llegó a rasgar la superficie de la alarma, alta y sonante. Al parecer, Buller, ansioso, se desquitaba por tanta espera con el celador que lo tenía de la correa. Fritz, indignado con el derecho a represalia que el otro quería darse, fue hasta él para poner orden pero quedó trastornado cuando el perro amenazó con morderlo a él, su dueño. Y no era el único. Los perros parecían confundidos y rabiosos y los que los tenían bajo su cargo empezaban a dudar de si era buena idea tenerlos cerca.


Última edición por Niara Soyinka el Lun Jun 05, 2017 5:00 pm, editado 1 vez
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I. Ezra Sullivan el Dom Jun 04, 2017 11:17 pm

Su racionalidad no se hizo latente en ese preciso instante, sino que a la más mínima oportunidad se lanzó contra el celador que le abrió la puerta de la celda. No pensaba dejarse controlar por aquellos que elevaban sus varitas en su contra. No pensaba dejarse vencer por sus amenazas y por el futuro pago que tendría que dar por sus acciones en forma de sangre y sufrimiento. Odiaba aquella situación en la que se encontraba. Odiaba todo a su alrededor y su vida hacía tiempo que había dejado de tener sentido. Nunca había sido un luchador nato por su propio bien, pero sí por aquellos que le importaban. Fue por eso que los golpes sobre el celador cesaron al ver como la amenaza hacia Niara se producía ante sus ojos. Podía no apreciar su vida y no dudarlo a la hora de golpear al celador aunque aquello le costase su propia vida.  Pero no pensaba dejar que fueran sus acciones las que acabaran indirectamente con la vida de otra persona, especialmente cuando esta persona había sido el pilar de su cordura durante los últimos meses. Cuando esa persona merecía algo mejor que morir en aquel agujero oscuro en el que ahora se encontraban y en el que desgraciadamente se habían encontrado. ¿No era el mundo grande como para que no existiese la posibilidad de conocerse en cualquier otro lugar? ¿No era el mundo grande como para haberles prestado ese tiempo en un lugar menos sombrío? El destino jugaba con ellos como si de marionetas se tratase. Tiraba de sus cuerdas y entrelazaba sus hilos por pura diversión, haciendo que ambas vidas estuviesen estrechamente relacionadas.

Apretó los puños y recibió un golpe por la espalda que lo empujaba a seguir avanzando hasta el centro de aquel espectáculo surrealista en el que se encontraba inmerso. Mantuvo la mirada clavada en el jefe de la prisión y no pudo evitar dibujar una sonrisa torcida al escuchar cómo uno de los celadores corregía al hombre. Podía masticarse la tensión que ahora existía entre ambos debido a dicho comentario por parte del celador. Ezra no dudaba que pagaría por su insolencia del mismo modo que él había pagado por no mostrarse sumiso desde un primer momento para avanzar hasta lo que sería su juicio final.

- Y que como una salvaje acabó con la vida de los nuestros sin importarle nada salvo el sufrimiento de estas personas que velan por la seguridad de todos nosotros. Si Merlín levantase la cabeza y viese lo que ladrones de magia como ella hacen a los nuestros… ¡Una aberración de la naturaleza! – El hombre, ni corto ni perezoso, comenzó a dejar salir de entre sus labios todos los insultos posibles que pudo. No le importó ni lo más mínimo el rostro de aquellos que parecían aburrirse con cada una de sus palabras. Estaba tan enfrascado en aquel monólogo que parecía haber ensayado previamente frente al espejo una y otra vez que pasó por alto como incluso los suyos habían dejado de prestar atención a sus palabras. Por su parte, los presos estaban demasiado preocupados por su seguridad como para prestar la más mínima atención a unas palabras que no tendrían repercusión alguna en sus vidas salvo la de hacer más terribles sus últimos minutos de vida.

La voz de Niara, en apenas un susurro, hizo que Ezra apartase la vista del jefe de seguridad, quién seguía elevando ambos brazos mientras escupía las palabras acompañadas de restos de saliva. Le contestó de la misma manera, con una sonrisa amable. No era hombre de mucha palabra y en aquel momento, por mucho que lo intentase, sabía que no iba a dar con las palabras adecuadas para contestar. Prefería no malgastar saliva. Que sus últimas palabras fuesen alguno de los insultos que había dejado escapar de entre sus labios minutos antes.

Tomó la mano de Niara y la apretó con fuerza. Si tenían que irse en aquel momento. No quería que lo hiciese sola. Sabía que en cuanto soltaran a los perros ya podían correr que no encontrarían refugio alguno. Y si por un casual lograban alejarse lo suficiente de los animales o encontrar las fuerzas para enfrentarse a estos, la muerte les sacudiría de la misma manera. Tarde o temprano, aquel día era su último día en la tierra por lo que habían hecho en el comedor. Por el espectáculo que habían montado ante los ojos del resto de presos, dándoles la esperanza que necesitaban. Prendiendo la chispa de la lucha interior que precisaban para seguir manteniéndose con vida. Alimentaron el calor de su interior para que se animasen a seguir en pie, sin importar cuántos golpes recibiesen en el camino.

Aquel sonido lo sacó del trance. De su idea de encontrarse con la muerte y no tener más remedio que enfrentarse a ella asumiendo que no llegaría a ver el día de mañana. Pero la luz roja sobre las puertas de salida del lugar acompañada de aquel pitido incesante que taladraba los oídos de los allí presentes y que, en aquel momento, se convertía en música para los oídos.

Ezra no fue el único que se había perdido entre aquel sonido tan incómodo. Los presos, en sus celdas, se miraban los unos a los otros incapaces de romper el silencio. Los celadores parecían más confundidos, pues miraban y hablaban entre sí en busca de una solución para aquello. Por su parte, el jefe había guardado silencio mirando a los animales cuyas correas estaban haciendo un esfuerzo extremo por mantenerles sujetos.

- ¡Sujetad a los perros, panda de inútiles! – Los ladridos acompañaban el sonido de las alarmas mientras los celadores intentaban controlar a los animales. - ¡Y que alguien pare esa puta alarma! ¿Es que nadie trabaja hoy en esta maldita prisión?

El hombre, molesto, avanzó hacia la salida dejando de lado la situación que requería su atención y abrió la puerta de salida de aquella sala.

- Si quieres el trabajo bien hecho, hazlo tú. – Maldijo en silencio antes de marcharse de allí.

Los animales seguían ladrando y la alarma no hacía más que alterar aun más a los animales. Los celadores intentaban contenerles sin hacer uso de sus varitas hasta que la alarma frenó en seco con su repetitiva melodía. La puerta volvió a abrirse. El jefe de prisión estaba furioso. Su varita se alzó y un haz de luz impactó en uno de los animales tras otro hasta que el silencio se hizo. El rayo de luz de color verde acabó con todos los perros. Los ladridos llegaron a su fin ante las miradas atónitas de presos y celadores.

- ¡Quiero a todo el mundo fuera de aquí! – Bramó esta vez sin necesidad de amplificar su voz con la ayuda de su varita. - ¡LARGO DE AQUÍ! ¡Sacad a esa escoria de mi vista y limpiad todo esto! ¡YA! – Su varita volvió a alzarse y un nuevo rayo de luz impactó contra uno de los presos situados al lado de Niara y Ezra.

Ezra apretó la mano de Niara, con fuerza, y acto seguido la soltó. Los guardias se acercaron y tiraron de los presos, obligándoles a ir en dirección a sus celdas habituales, lejos de aquel espectáculo macabro que se había recreado ante sus ojos.

- ¡FUERA DE MI VISTA! – Gritaba el jefe de la prisión mientras su varita lanzaba rayos de diferentes tonalidades contra los presos. Algunos caían al suelo sin vida. Otros gritaban de dolor.
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Niara Soyinka el Lun Jun 05, 2017 5:04 pm

No se dio cuenta de hasta qué punto había extrañado el calor humano hasta que Ezra tomó su mano y la apretó con fuerza. En ese momento, tuvo lugar entre ellos una sensación familiar. Niara sintió un único y profundo latido. Su pecho se había estremecido. Durante todo el tiempo que la mantuvieron privada de su libertad la reclusa Soyinka había sido maltratada por el puño y la indiferencia; y las personas, igual que los animales, se cierran a los demás como mecanismo de defensa cuando la realidad que los rodea es agresiva y hostil. Por eso es que, con el motivo de resistir, Niara se había insensibilizado al contacto. Eso cambió cuando Ezra la tocó. Era maravilloso sentir de nuevo cómo la tibieza de la otra persona dejaba huella en la palma de su mano, cómo encajaban perfectamente a pesar de ser tan distintos.

En la privacidad ilusoria de ese momento, Niara se arrimó a él para sentir su hombro. Fritz estaba tan absorto en el discurso del jefe —de seguro pensaría que con fingir una compenetración absoluta enmendaría su falta anterior— que no reparó en ellos. Y entonces, sucedió. La alarma. Los perros.

—… ¿¡Es que nadie trabaja hoy en esta maldita prisión!?

El insistente murmullo de las voces era ensordecido por la estridente bocina de peligro. Para que el sistema iniciara, algo tendría que haberse salido de control en las otras áreas. ¿La fuga de un experimento?, ¿intrusos?, ¿un accidente de pérdida que resultó en una explosión?, ¿quizá una fisura en el campo mágico que protegía a la estructura edilicia de los eventos climáticos y la presión bajo agua, o incluso, de monstruos marinos? Pudiera también haber sido una simple infracción del protocolo—alguien que no llevara identificación, un extirpador que había sacado a pasear a su experimento más de lo debido y sin autorización, etc.— , o un simple caso de malfuncionamiento.

—¡Estamos todos aquí, señor!, ¡no hay nadie en los pasillos porque usted lo ordenó!—aulló a modo de recordadora y muy inoportunamente el bueno de Fritz, siempre pensando que podía ser de utilidad poniendo en ridículo a su jefe.

Los minutos siguientes no pasaron sin contratiempos. El jefe se había ido, pero lo que quedó fue una jauría de perros anormalmente excitados que comenzaron a atacar sin razón a lo que tenían más cerca como si fueran presa de un maleficio confundus o parecido. La situación tomó de sorpresa a algunos magos que se vieron sorprendidos por el ataque directo de mandíbulas poderosas y hambrientas antes siquiera de poder usar la varita o hasta que se avivan lo suficientemente como para utilizarlas. Fritz, por razones que tenían que ver con su estado de estupor, chillaba y contemplaba espantado cómo Buller, su perro faldero, hincaba los colmillos en su brazo con toda la intención de arrancárselo. Ninguno de sus compañeros pareció muy preocupado por él como para ayudarlo y había hasta algunos que se reían de toda esa situación con los perros, tan sanguinariamente entretenidos con aquellos que los retenían de la correa.

Al volver, el jefe estaba fuera de sí. Sin dar ni una sola explicación de lo que estaba sucediendo o de por qué hacía lo que hacía, empezó a soltar maleficio tras maleficio. El quiebre violento de las circunstancias, de por sí brutales, convulsionó a todo el mundo dentro de la prisión. Niara se apegó más a su amigo, sin querer romper el lazo. Y a pesar de que hacía tan sólo un segundo atrás todo a su alrededor excepto Ezra le había llegado a importar nada, nada en absoluto, como si su mente se hubiera estado preparando inconscientemente para lo peor, entró de pronto en estado de alerta. Era increíble cómo el instinto se adaptaba a las circunstancias. Sus ojos buscaron una salida, una explicación, algo que pudiera usar de cualquier manera.

—… ¡LARGO DE AQUÍ! ¡Sacad…

Ezra se apartó de ella, y de pronto se sintió terriblemente sola. Algo le había sido arrancado. Por fuera no manifestaba llanto o desesperación, se había mantenido con los nervios en su sitio, ¡pero por dentro!... En un impulso, entendiendo que ese era un adiós, Niara le echó los brazos al cuello. Lo estrechó en medio del caos, y la turba de aullidos y muertes penetraba en sus oídos con todo el horror que significaban. Pero ella no sabía cuándo o si habría chance alguna de que se volvieran a ver. Eso era el horror para ella. Sin embargo, Hunter la despojó violentamente de ese momento y se la llevó arrastrándola entre el gentío.

La situación no se había calmado ni un poco cuando otra vez la alarma comenzó a sonar. Los celadores intentaban conducir a una turba histérica por los pasillos que conducían a las celdas habituales; algunos prisioneros se habían apretujado contra las paredes de las celdas que había allí, sin querer salir de donde ya se encontraban. Reinaba un caos general, nadie entendía las ordenes ni nadie sabía lo que en verdad sucedía, y el único capaz de tomar las riendas en el asunto se había convertido en una furia que iba de celador en celador como una pesadilla de muerte y los tironeaba de las solapas de la ropa, tan furibundo que a algunos hasta los elevaba en el aire. Al parecer estaba dando instrucciones a diestra y siniestra o buscando a un responsable de entre todos esos cabezahuecas, por lo que fuera que estaba sucediendo. O simplemente era para desquitar su ira dado que en última instancia lo señalarían a él como el culpable desde las esferas superiores.  

—¡Señor!; ¡señor!—Un irreconocible Fritz, desfigurado por la angustia más histriónica, quiso acaparar la atención del jefe a base de lamentaciones— ¡usted lo mató!; ¡a mi perro!, ¡señor!

Fritz estaba cubierto de sangre y su brazo le colgaba inútil a un costado como el sangrante recordatorio de lo que su perro había sido capaz de hacer. Era conmovedor ver que, a pesar de que Buller lo hubiera atacado, su dueño se lamentara su pérdida. Al jefe poco le importó porque bastó que la imagen desamparada del celador se fuera a apostar delante de él, justo en su campo de mira, para que le cortara el llanto de una bofetada. A continuación, lo sujetó de la pechera y tironeó de él hasta tenerlo a un palmo de su cara, roja de furia.

—¡Has sido tú! A que sí, ¡pelmazo idiota! Voy a…

—¡Mi perro, señor!; ¡BULLER!, ¿por qué usted…? ¡BULLER!

—¡Van a quitarme un riñón por esto!, ¡panda de desgraciados!...

—¡BULLEEEER!

Entre que Fritz le lloraba a todos sus muertos, otro tipo de situación se daba en los pasillos, camino a las celdas. El alboroto había hecho que algunos prisioneros se desprendieran de las filas y corrieran hacia ningún lugar, mientras que otros se empujaban bestialmente ansiando llegar a destino. Era una masa muy desorganizada y los celadores no estaban a acostumbrados a lidiar con situaciones que se salieran de control. Ni tenían preparación antidisturbios ni eran sobradamente disciplinados o siquiera responsables. Algunos apenas sabían manejar su varita. La mayoría estaba allí por una paga segura o porque disfrutaban teniendo control sobre la vida de otros.  

—¡Déjalos correr!—exclamó un celador que iba por los pasillos, riendo—, no tienen ni idea de hacia dónde van, ¡ni que tuvieran escapatoria!—explicaba a su compañero, un poco más receloso al respecto.

—¡Pero…

—¡A lo sumo se meten en la jaula de una bestia!

La idea le hacía partirse de risa.

—¡Te digo que vamos a tener problemas!, ¿¡y por qué demonios está sonando esa alarma!?


—¡A saber!
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I. Ezra Sullivan el Mar Jun 06, 2017 1:45 pm

Lo que parecía ser el desenlace final de la vida de los presos se convirtió en una avalancha incontrolada de perros, presos y celadores. Ninguno sabía qué hacer o cómo comportarse en aquella situación donde la alarma anunciaba que algo en el exterior no debía estar como debería. El jefe de seguridad volvió a aparecer y se armó con su varita atacando a todo aquel que se pusiese en su punto de mira. La vida de los animales terminó ante sus ojos y uno de los celadores, un tal Fritz, sollozaba apenado por la muerte de su querida mascota. Animal que, fuera de sí, había perdido los estribos e incluso le había atacado convirtiendo su brazo en un amasijo de sangre y tiras de piel que lograban alcanzarse ver bajo su ropa hecha girones.

Ezra, por su parte, apretaba la mano de Niara con fuerza, como si fuese la única sujeción que le mantenía con vida en aquel momento. Y de una forma u otra lo era, pues no se había rendido sólo para garantizar el bienestar de la chica. De aquella mujer que merecía volver a ver la luz del sol y pasar una tarde con su familia escuchando las historias del tío Mekel. Ella tenía algo por lo que luchar, algo por lo que permanecer viva. Y debía volver a reunirse con aquellos que tanto ansiaban su vuelta a casa.

Los presos a su alrededor intentaban huir sin rumbo aparente. No había dónde ir por mucho que el camino estuviese libre. No había escapatoria y no sabían lo que les podía esperar ahí fuera. Aún todos desconocían cuál había sido la razón por la que la alarma había saltado y los más sensatos se temían que la causa estuviese en la zona de criaturas mágicas, donde cualquier ser sin piedad alguna acabaría con sus vidas con facilidad.

Varios de los celadores intentaban controlar a los presos llevándoles hasta sus correspondientes celdas. Otros habían entrado en pánico tanto como lo habían hecho los animales antes que ellos. Uno de los celadores tiró de Ezra, intentando sacarle de allí para llevarle a su celda. Fue en ese momento cuando Niara se abalanzó sobre él, impidiendo al celador que hiciese su trabajo. Ezra apretó a la chica entre sus brazos y cerró levemente sus ojos, sintiéndose quizá por vez primera desde que había sido encerrado en aquel lugar, en casa.

- Todo saldrá bien. – Le susurró antes de que de la varita del celador saliese un nuevo hechizo hacia la chica, obligando a que soltase a Ezra.

Esta vez no opuso resistencia, sino que se dejó llevar junto con el resto de presos hacia sus correspondientes celdas, no muy lejos de allí. O, al menos, esa era la intención del celador. La marabunta impedía que los celadores hiciesen su trabajo llevando a los presos a sus celdas. Los que habían tenido más suerte, se encontraban ya encerrados en sus correspondientes celdas, con las manos sobre los barrotes mirando de un lado a otro el espectáculo que se sucedía ante sus ojos.

- Fritz, ¡Déjalo ya! ¡Sólo era un perro!

- ¡Era mi perro!

El celador pasó a toda velocidad sollozando, con el brazo desangrándose a un lado y el otro tapando su rostro mientras corría avanzando entre el gentío, ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor. A aquel hombre no le importaba ni lo más mínimo lo que pudiese llegar a suceder en el Área – M, él sólo pensaba en Buller.

- Ha perdido la cabeza.

- Ya la había perdido antes de todo esto.

Los celadores se burlaban de su compañero mientras intentaban dejar a cada preso en una celda. Ninguno iba a parar a la suya propia, simplemente se limitaban a vaciar los pasillos y, cuando fuese posible, ya les reubicarían de nuevo. Eso hizo que Ezra fuese a parar a una celda diferente a la suya propia. Una que, por suerte, se encontraba colindante con la de Niara.

El desastre que había tenido lugar en las diferentes zonas de la prisión por el pánico causado por la alarma duró más de tres horas. No se encontró rastro alguno de la razón por la cual había saltado la alarma, por lo que los celadores y el jefe de seguridad consideraron que se trataba de una avería. Ninguna de las criaturas se encontraban fuera de sus celdas, la protección de la prisión seguía en orden, ningún dementor se había aventurado a dejar su puesto en Azkaban para visitar el Área – M y, por supuesto, ningún preso se había dado a la fuga. Aquello era impensable en una prisión con tanta seguridad como aquella.

- Señor, todos los presos están en las celdas.

- Bien, ¿Dónde está ese loco de Fritz?

- Nadie lo ha visto desde el incidente. –Hizo una leve pausa. –Señor, ¿Piensa que él…

- No. Fritz perdió la cabeza después de que saltase la alarma. Ese cabrón estaba cumpliendo con su trabajo cuando empezó todo.

El celador afirmó con la cabeza y se marchó, dejando al jefe de seguridad solo con sus pensamientos. Aquella noche se encargaría de hacer pagar a los causantes de aquel revuelo que había causado tanto daño a la prisión. Puede que al día siguiente perdiese su puesto de trabajo por no haber sabido contener de manera adecuada la situación, pero aquellos dos pagarían por lo que habían hecho. Por la humillación. Y Fritz también pagaría.

-¿Estás bien? – Se atrevió a preguntar. Su espalda estaba apoyada en la pared que compartía con la celda de Niara. El silencio era abrumador en aquella noche, donde ningún preso se atreví a romper el silencio por miedo a las represalias. Todos estaban analizando lo que había ocurrido aquel día y el miedo aún era latente en el rostro de todos y cada uno de los allí presentes.
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Niara Soyinka el Vie Jun 09, 2017 8:40 pm

Otra vez. ¿Por qué sacó a los prisioneros de sus celdas?

Es peligrosamente suave, aquel tono. Ernie estaba rojísimo. Tal era su humillación que hasta se sentía empequeñecer en su ya muy reducida oficina. Contemplar a un hombre corpulento como él así de encogido decía mucho de la autoridad que revestía a aquella voz. Comenzó a farfullar algo, pero fue interrumpido.

—Por supuesto que los reubicará—El inspector se cruzaba de piernas, rodeado de un aire despreocupado que contrastaba bastante con su acusado. Tenía unos dientes blanquísimos, una apostura envidiable y llevaba un traje caro e inmaculado. En conjunto, resultaba un hombre jovial—. Yo sólo señalo cuán estúpido ha sido intentar hacerlo, ¿o debería decir “cubrirlo”?, antes de que yo llegara. Me ha recordado a mis niños cuando saben que se han portado mal e intentan ocultar las manos manchadas de pintura detrás de la espalda para que “papa” —se permitió una fugaz sonrisa— no se entere de que estuvieron “redecorando” su despacho. No solamente ha provocado un revuelo, señor. Sino, que… y recalcaré esto: apenas llegado de mis vacaciones familiares. Que por cierto, ¡han sido maravillosas! Pero el caso es: que apenas llegado, me reciben las sirenas, y una fila de extirpadores que están de todo menos contentos. ¿Y por qué es eso?, ¿por qué no están contentos? Porque usted, señor, ha  arruinado; según he oído; días, semanas, meses de experimentación sobre sujetos que ahora están muertos y que, por tanto, son inservibles, ¡inservibles, estúpido! Eso significa que estos indignados señores tienen que comenzar de vuelta. ¿Se imagina? Pruebas, testeos, análisis, y lo que sea que hacen con esas bestias, ¡todo de nuevo! Esos señores, que son el orgullo de nuestro actual gobierno, han invertido su tiempo y su intelecto para nada. No me sorprende que estén partiendo sus varitas. Ah, señor, señor. ¿Qué haremos al respecto?

Y como si tuviera que darse unos momentos para pensarlo, metió una mano en el bolsillo interno de su chaqueta y sacó una golosina en barra que desenvolvió ante los ojos saltones y trastornados del ¿ex? Jefe de Área. Mordía tan a gusto de su golosina, que nadie diría que aquel hombre podía realmente preocuparse por nada de lo que sucediera allí dentro.

—Por cierto, ¡esta oficina es deprimente! Oh, que rudo de mi parte. ¿Quiere una golosina? Acostumbro a llevarlas conmigo porque mis niños las adoran.
 

***
Decir que las personas no cambian no es del todo mentira. Las relaciones te cambian, de acuerdo. También lo hacen los diferentes momentos a lo largo de tu crecimiento. Incluso puedes variar tu rutina, modificar tu aspecto o cambiar objetivos en tu vida, pero siempre hay algo en tu conducta que va más allá de ti. Será una manía, como un tic, que se niega a abandonarte. En Niara, eso sería su culpa.

Niara siempre fue una muchacha silenciosa y testaruda, que tenía como pecado la curiosidad del gato. No era especialmente fuerte o valiente. Lo que había de notorio con ella era lo irrefrenable que se volvía su lengua cuando algo la indignaba. Tuviera razón o no, era dura de roer. No lo hacía porque no fuera alguien reflexivo, que lo era, pero tenía ese mal hábito, ¿caprichoso hábito?, ¿terco hábito? No es algo que su personalidad haya dejado de manifestar. Pero hablar sobre todo lo que te altera no te hace aguerrido o siquiera interesante, y no quita que te acobardes fácilmente; de hecho, podría tratarse de alguien que busca problemas o que tiene un grave problema de atención. Quién sabe.

Hubo una vez, cuando la Soyinka empezaba a tantear el negocio familiar, que la situación se complicó. Siempre sucede. Si ella pensaba que todo serían aventuras, ese día supo que se equivocó. Puede que Niara tuviera una reacción para cada provocación. No contó con que cuando realmente necesitara actuar, cada uno de sus músculos se congelaría. ¿No le pasa a cualquiera tener la firme convicción de que cuando la situación sea horrible y urgente, tú recurrirás a la acción? Si se necesita que actúes rápido, tú serás el primero, o la primera. Tú eres un buen hombre, o mujer. Y sabes que si la situación se vuelve extrema y hay alguien que necesita ayuda, tú reaccionarás. Tienes la idea de que la vida ya te ha endurecido lo suficiente, así que no habrá problema.

Era un niño, se llamaba Saneri. Tendría, ¿once, doce, trece años? Era tan alto y delgado que sus hermanos lo confundían con una jirafa. Tenía una agilidad escurridiza y la velocidad de un guepardo, por lo que nunca era atrapado cuando se metía en problemas. Mañoso, alegre, curioso. Este niño vio a los Soyinka, antes de que estos se percataran de él, paseando por su “patio de recreo”. Saneri se conocía al dedillo ciertas catacumbas que acabaron por ser el lugar donde moriría. Muy apropiado, porque era su lugar favorito. Los Soyinka se vieron importunados en más de una ocasión, hasta que se acostumbraron. Un día, se adentraron por un camino que ni Saneri conocía. El tío Merkel le había dicho a Niara que aguardara por él, pero se le habría olvidado “lidiando” con aquel entusiasta niño que era un lío con patas.

Niara recuerda verlo alejarse por un corredor de muerte. El corre, alegre. Le grita que vuelva, y luego, llegó el momento en que supo. Ella supo. Él no debía pisar tal sello. Había algo tremendamente fatal en hacerlo. Pero su espalda continuaba alejándose. Fue tan rápido. Y sin embargo, ¿cuánto tiempo realmente estuvo ella allí, clavada en el tiempo, observando? Hubiera sido tan sencillo mover las piernas, estirar un brazo. No podía usar la magia allá abajo o quedarían los dos atrapados, pero fue más consciente de su seguridad personal que de su propia inacción. Ni siquiera estaba segura de haber gritado, no antes de que la escena fuera destrozada por los alaridos de él. Simplemente, lo vio avanzar y morir atravesado por un viejo y oscuro maleficio. Sin mover ni un dedo. Cobarde, Niara. Tan cobarde. Tuvo tanto miedo que instintivamente evadió la situación huyendo muy hacia dentro de su mente, llevándose la culpa con ella. Instintivamente, dio la vida de ese niño por perdida y no hizo nada. Pero pudo. Hubiera podido hacer algo. Desde entonces, cuando Niara se indigna por una causa que cree injusta, o cuando siente que otra persona está en peligro, pierde el control. No es porque sea una mujer fuerte o una justiciera, es porque no puede evitarlo. Se volvió un hábito, parte de su conducta. El motivo es la culpa, el dolor. Cuando una situación te remite a una herida del pasado, tú actúas de acuerdo a cuánto te ha dolido ser herido.

—Su nombre era Saneri.


La voz de Niara había sido un susurro apagado y monótono a lo largo de todo el relato. Era una parte de su vida que no la enorgullecía, y allí estaba, acuclillada en una esquina de la celda, reviviendo el pasado. Una calma perturbadora se había instalado entre los prisioneros. Muchas cosas habían sucedido en la prisión ese día. Los más afortunados, dormían.  

>>Si el tío Merkel no fuera un hombre de acción—agregó, ensimismada en sus manos, tan maltratadas—probablemente estaría muerta. Él me salvó. Te conté esta historia antes. Es sólo que no te la conté toda.

Niara recogió sus piernas y se abrazó en silencio. Se distrajo en mirar a uno de sus compañeros de celda; un hombre calvo, que murmuraba para sí mismo y caminaba en círculos; a la vez, una mujer demacrada la observaba a ella muy fijamente desde el otro extremo. Un celador se paseaba no muy lejos, garrote en mano, seguramente sin nada que hacer.

>> Sentí que debía contártelo. Confesar. Lo siento mucho, Ezra, pero creo que moriré aquí dentro. La magia que están usando conmigo es… como tener una enfermedad incurable. Me corroe por dentro. Y tú has visto lo que hace conmigo. Lo siento.  

—¡A callar!—El celador golpeó los barrotes, para asustar.
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I. Ezra Sullivan el Mar Jun 13, 2017 1:40 pm

Se mantuvo en silencio durante lo que le parecieron horas. Quizá tan sólo habían pasado minutos pero su mente estaba demasiado perdida en todo lo que estaba sucediendo a su alrededor como para ser plenamente consciente del tiempo que corría  en el reloj. Tampoco es que pudiese contar cómo el segundero recorría su camino, ni podía escuchar el tic tac tan estridente y que en ocasiones le había costado más de una noche de insomnio. Allí solo reinaba el silencio. El completo silencio. Únicamente roto por los sollozos de algunos de los presos que se rendían a lo locura reinante en los pasillos y celdas. Todos sabían que las cosas no iban bien y que pagarían las consecuencias. Las pagarían con creces. Joder, estaba seguro que lo harían y que cada uno de los golpes que recibiesen sería peor que el anterior.

Cuando los guardias se alejaron lo suficiente se atrevió a romper el silencio. No comprendió de lo que hablaba Niara hasta que nombró a Merkel, el personaje secundario favorito de Ezra. Y es que los secundarios siempre habían sido sus personajes favoritos en cualquier historia. Desde el típico cuento infantil que escuchaba de niño hasta la novela más actual que había leído pasando por cada una de las películas y series que había devorado durante sus años de libertad. Quizá porque en parte se sentía identificado con ellos. Con aquellos personajes secundarios a los que el resto no tiene demasiado en cuenta y que parecen meros adornos decorativos en la vida de los demás. A fin de cuentas para cualquier persona el resto no eran que secundarios que se encargaban de dotar a su historia personal de interés y carisma único. Pero, ¿Qué sería de la vida del protagonista sin la existencia de esos personajes secundarios en los que nadie piensa demasiado? Sería aburrida, monótona y carente de sentido. Sería como estar solo en el mundo. Contando únicamente con la compañía de sus pensamientos y, en el mejor de los casos, delirios mentales.

Guardó silencio. Tan habitual como siempre. No era un hombre de palabra, más bien de silencios. Escuchaba todo lo que los demás tenían que contar y rara vez se atrevía a abrirse para contar lo que pensaba. Quería escuchar lo que Niara quería contar una vez  más. Quería escuchar otra de sus historias a las que se había habituado en los últimos tiempos pero que por los sucesos que habían acontecido recientemente habían desaparecido de su menú diario. Ya no contaba con cartas que devorar en la oscuridad de la celda de aislamiento. Sólo contaba con la soledad con la que siempre había vivido.

Su corazón revotó ante el grito del celador y el golpe contra los barrotes. Su mirada dejó de estar perdida en la oscuridad de su propia celda para alzarse a ver la sonrisa con dientes amarillentos de aquel celador que, tras aquellas palabras, rió y siguió avanzando despertando a todo aquel que consiguiese conciliar el sueño.

- ¡Despierta! – Un sobresalto en  una de las celdas contiguas. Una carcajada por parte del celador. Una más.

Ezra siguió en completo silencio, con la vista fijada en la pared de piedra frente a la que se encontraba antes de atreverse a romper el silencio. Tragó saliva antes de hacerlo, dudando si era el momento adecuado. Dudando de si aquel guardia volvería el paso atrás para pedir silencio de una manera poco agradable. O, si por otra parte, estaría preparado para ser él quien llevase la voz cantante. Él. El que nunca hablaba.

- Gareth pegaba a mi madre. – Comenzó. – Siempre lo hizo. Era un maldito alcohólico. Cuando salía del trabajo iba directo al bar. Se bebía siempre dos cervezas y creía que sería suficiente. Luego acababa bebiendo una tercera, una cuarta y una quinta. A veces pasaba de ese límite. Se pasaba horas sentado en un estúpido taburete al que creía haber puesto su nombre por los años que lo llevaba usando. – Dibujó una leve sonrisa. Al igual que Niara, él también tenía historias en su pasado. Historias que ambos habían compartido tiempo atrás a modo de correspondencia improvisada. – Luego volvía a casa dando tumbos. Una noche se cayó por las escaleras y no lo encontraron hasta la mañana siguiente con una ceja partida. Otra se quedó durmiendo en el felpudo de casa después de mear sobre él. Era un hijo de puta, pero mi madre le quería. – Nunca había entendido como su madre  se había casado con alguien como su padre, como ese hombre con el que prefería no tener relación sanguínea que les hiciese padre e hijo.

Una noche los Rangers perdieron y llegó de mal humor a casa. De peor humor del habitual, quiero decir. Ese maldito hijo de puta golpeó a mi madre hasta que acabó inconsciente en el suelo. Le reventé la cabeza contra el espejo del pasillo y le di tantos golpes… Niara, no le di sólo por mi madre. Sino también por mí y por mis hermanos. Y no me arrepiento de ello, disfruté de cada golpe aunque tuve que estar cinco años en prisión por la paliza que le metí. Ojalá le hubiese matado. Mi madre no me lo habría perdonado, pero seguramente seguiría viva de haberle matado. – Notó sus ojos humedecerse. Joder, ese hijo de puta había terminado con la vida de su madre desde el día que se dieron el sí quiero.

Guardó silencio durante un largo minuto. El celador había vuelto a pasar por su zona, jugando con el garrote como si de un niño pequeño sin mayor entretenimiento se tratase.

- A fin de cuentas lo que hacemos en situaciones como esta es justificado. No es ninguna enfermedad, es la desesperación. – Al menos era lo que Ezra, inocente de él, creía. Pues no sabía lo que realmente los extirpadores estaban haciendo con Niara. Con su mente. Con su cuerpo. Con ella como persona.

- ¡He dicho que silencio! – Un nuevo golpe en los barrotes. Esta vez Ezra se limitó a sonreírle, de manera burlona.

- No te disculpes por nada, hiciste lo que creías que estaba bien. – Aunque aquello había costado la vida de otras personas.
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Niara Soyinka el Jue Jun 15, 2017 12:01 am

Historia de un secuestro: Niara, el cuco africano


—¿Qué pasó luego?—preguntó con suavidad. Ezra había comenzado a hablar de sí mismo y ella le ofrecía su corazón como confidente. En su mente, intentaba imaginar la soledad y la indefensión que experimentaría un niño en tales circunstancias. Todos eran arrojados al mundo sin saber cómo arreglarlo. Pero en su caso, ¿cómo asimilas que tu padre es un infame mientras que para los demás niños “padre” es ése hacia el que corren ansiosos por un abrazo? Niara había sido criada en el cálido seno de una familia unida y cariñosa, donde el padre era una figura de amor, y a veces, un payaso; y su madre, una mujer fuerte que tendía una mano generosa a los más débiles. Dos realidades, dos mundos. Niara lo escuchó muy atenta, estremecida por el acento profundo de su voz. Era tal la emoción contenida en cada una de sus palabras, que percibir la angustia de su amigo hizo que a la vez la atacara una violencia apasionada. Y al terminar él de hablar, ella se delató sin poder refrenar su lengua—: Él era un monstruo—expresó con calor, a modo de sentencia. La sangre le subía a las mejillas y sus ojos rojos y secos llameaban ardientemente.

—Y me duele haber sido un monstruo contigo. ¡Lo que hay dentro de mí, Ezra…!—Calló. Quizá era mejor no decir nada. ¿Cómo explicar algo tan horrible?, ¿cuál era el sentido? Moriría, más tarde o más temprano. Lo único que podía hacer era no forzar a que otro viviera su dolor como si fuera suyo. Y ese hombre tenía un corazón generoso que ya había pasado por bastante. Se exaltó de nuevo, oyéndolo soltar sus palabras finales—No ha estado bien, Ezra. No ha estado bien.    

Estar divididos por los barrotes de la prisión no afectaba en nada a lo estrechamente ligada que se sentía Niara a ese momento, con esa persona, en ese lugar. Los dos estaban confinados en la complicidad de la cercanía. Eso era todo. El resto del contexto era prescindible. Esa era la clase de momentos que te hacen temer la verdad de la soledad, la soledad en aquel tugurio de muerte: que si te quitan a esa persona, te habrán arrancado para siempre de su compañía. Serás tú contra el mundo y nada más. Y para Niara no existía un miedo más terrible que la completa ausencia de los otros. En su vida, siempre había estado acompañada de alguien. No de una multitud de rostros, sino de los que amaba. No era lo suficientemente fuerte como para vivir en solitario.

Estar por tu cuenta y estar solo, son dos cosas distintas. En Azkaban, Niara había perdido todo lazo con el mundo. La habían aislado hasta el punto de obligarla a abrazar una soledad miserable, que era forzada y violenta, despiadada y cruel. Por eso; cuando los extirpadores acabaron con Daiana, su única amiga en aquel negro mundo, Niara pensó en el suicidio. Por eso; cuando pensaba que iba a morir por culpa de la magia negra, pensaba que era justo. Mejor ella y no Ezra. Él tenía otro carácter y lo haría bien por su cuenta. Quería confiar en su instinto y su fortaleza. Pero ella no podría sobrevivirle a él. Ya no se creía capaz de soportar el perder a alguien.

—No ha estado bien que tú tuvieras que cargar con todo eso—dijo después de un silencio. Apoyaba la frente contra los barrotes, con los ojos vueltos hacia él. Quería arrimarse más a su calor, su cercanía—. Tú no tenías que proteger a tu madre o a tus hermanos, Ezra. No era tu responsabilidad, pero lo hiciste. No tolero la idea de pensar que no había nadie allí para ti. Lo siento, Ezra. Ojalá hubiera sido distinto para ti—dijo, con ternura. Y agregó, inundando la prisión con imágenes de otra época y otro lugar—: Me recuerdas un poco a Paco. Éramos unos infantes cuando lo vi salir corriendo en patas de su casa porque su padre quería agarrarlo y darle una paliza. Decía que se lo merecía. Y cuando lo agarraba, lo zurraba. Era así siempre que había una discusión en su casa. El padre de Paco alzaba la mano contra su madre, pero era Paco el que recibía la paliza. Siempre. Cuando le pregunté (como una ingenua y molesta chiquilina, porque lo era) por qué él se dejaba pegar así, por qué su madre lo permitía; él nunca respondía. Decía: “Vayamos a jugar, Niara, zoqueta”. A mí no me gustaba esa mujer, su madre. “Así no es una madre”, gritaba. Como hago ahora contigo, yo lo reprendía todo el tiempo. A él, el niño. Era una amiga horrible—El repentino rictus de sus labios era casi nostálgico—No había forma de que pudiera hacerme entender. Y yo estaba indignada por la forma en que lo trataban en su familia—Hizo una pausa breve. Una parte de sí misma se había perdido momentáneamente en el recuerdo. Luego, continuó—: Quise llevármelo conmigo. Le dije que podía quedarse a vivir con nosotros, mi familia. A mí me parecía la más genial de las ideas. Pero él no quería abandonar a su madre. A pesar de las golpizas, él se quedaría. Nos peleábamos una barbaridad en ese entonces. Yo era muy testaruda y un día me las arreglé para llevarlo a mi casa y encerrarlo en mi armario. Mi idea era retenerlo allí hasta que entrara en razón, y le pasaría comida si hacía falta—Una risa fugaz estremeció su cuerpo—. Lo secuestré. Él me tenía mucha paciencia, pero se enojó montones cuando le dije que no podía volver con su madre, con esa familia que era tan mala para él. No solía enojarse conmigo, nunca de verdad; ese día fue diferente. Él tenía que volver con su madre o ella recibiría una paliza. Y yo seguía sin entenderlo.  

En una celda cercana, alguien gritaba sus pesadillas.

>> Por suerte, mi madre nos descubrió. El tío Merkel la acompañaba ese día. En ese entonces, yo no sabía que él era un mago, pero siempre había algo mágico a su alrededor. Estoy segura que algo de magia habrá hecho cuando dijo que él se encargaría. Más adelante me confesó que fue él quien asustó al padre de Paco, tanto como para alejarlo de la casa. Nunca me confesó qué hizo. Y aunque eso tendría que haber sido un final feliz, la madre de Paco nunca pudo recuperarse de ese abandono. No hasta muy tarde. Y lo que hizo fue culpar a Paco.

Y luego de lo que fue un silencio profundo, colmado de emociones, Niara agregó, con la voz queda:

>> Yo te encerraría en mi armario, Ezra. Hasta que bwana nos encuentre.
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I. Ezra Sullivan el Vie Jun 16, 2017 12:33 pm

Escribir siempre le había resultado más sencillo que hablar. Incluso cuando se encontraba en la celda de aislamiento el lápiz se movía con más soltura sobre aquel papel arrugado que lo que su lengua lo había hecho ante cualquier persona que fuese considerada de su confianza. Hablar de su vida no era tarea sencilla para Ezra y abrirse a Niara, aunque hubiese sido escribiendo sus palabras en aquella hoja de papel llena de suciedad y arrugas, le había servido para encontrar una amiga. Una forma de desahogarse y sacar de su interior todo aquello que durante años había guardado. Todo aquello que, día tras día, iba devorando su interior poco a poco. Dicen que lo que se deja dentro es lo que acaba destruyendo a la persona. Lo que empieza a comerle desde el interior de sus entrañas y termina siendo una gangrena en cada parte de su cuerpo. El dolor de la mente acaba convirtiéndose en dolor para el cuerpo.

Abrir la boca fue más complicado que pintar el papel. Decir todo aquello fue mil y una vez más difícil que escribir todo lo que pasaba por su mente. Todo lo que durante aquellos últimos días había vivido en esa prisión de mala muerte. En aquel agujero de mierda donde se había visto obligado a vivir sólo por la sangre que corría por sus venas. En parte, todavía sentía que merecía estar allí. Que durante años había sembrado para recoger. Que durante años había seguido el camino de baldosas amarillas que le llevaba a ver al Mago de Oz, con la diferencia que este se encargaría de destrozar todo rastro de vida que quedase en su interior.

Dejó escapar entre sus labios aquella historia. Una historia más de todas las que el tiempo le había dejado ir acumulando en su memoria. Una que mostraba que, a diferencia de lo que podía llegar a pensar Niara, también había oscuridad en su interior. Ezra no se arrepentía de nada de lo que había hecho contra su padre. De nada en absoluto. Sino que sentía cierto orgullo infantil por el niño que antaño había recibido golpes y malas contestaciones y, años después, había logrado enfrentarse a sus demonios. Sabía de sobre que no había conseguido vencerlos, pues de haberlo hecho su padre estaría siendo devorado por los gusanos y no sería su madre la que habría terminado enterrada poco después de aquello.

- Tuve que huir de Escocia. Mi hermana tenía un piso en Londres así que me dejó vivir allí hasta que se calmaran las cosas. La justicia muggle también intentaba darme caza pero los magos fueron más rápidos. Logré escapar de ellos durante unos meses pero al final un grupo me encontró cuando intentaba volver a casa. – Respiró profundamente. – Sólo quería despedirme de ella. Sentía que se lo debía. – Había intentado coger un tren de vuelta a Escocia y no había tenido ni la oportunidad siquiera de montarse en este. Le habían dado caza como si de un animal salvaje se tratase. A base de golpes y de hechizos. Sin dejarle la oportunidad de volver a casa.

Ezra no consideraba que Niara fuese ningún monstruo. Pensaba que era una persona más a la que la vida había jugado una mala pasada. A la que había puesto al límite y no le había quedado más remedio que arremeter ante todo lo que se encontrase en su camino. A veces no había más remedio que actuar de aquella manera y él, en parte, se sentía identificado con el comportamiento de la chica. No era quién para juzgar sus acciones. Tampoco para penalizarla por ellas.

La historia que brotó de los labios de su compañera le hizo sonreír de manera inocente. Imaginando cómo una pequeña Niara que guardaba los mismos rasgos que la que ahora conocía, correteaba por la calle y fruncía el ceño cuando las cosas no le salían cómo le hubiesen gustado. También cómo se enfadaba ante las injusticias y cómo su voz, un par de tonos más agudos que la que ahora escuchaba, recriminaba las acciones ajenas porque no eran cómo ella pensaba que debían ser. Niara era inocente. Lo había sido desde que la luz rozó por vez primera su piel. Desde su primer aliento. No había maldad en sus palabras ni en sus acciones. Ezra tan sólo pensaba que era alguien que había sido encerrado en aquel saco de mierda en el que ahora todos se veían obligados a convivir. Y era por eso que había hecho lo imposible por salir de allí. Incluso perdiendo la paciencia y golpeando al que se había convertido en su amigo y confidente durante… ¿Semanas? ¿Meses? Joder, no sabía si quiera qué día era. Ni si afuera brillaba el solo o eran la luna y las estrellas las que lo hacían.

- Yo sí que te encerraré en un armario, sucia muggle. – El celador volvió a reír. Parecía que había escuchado toda la historia. O al menos la parte final, pues repetía aquellas palabras referentes al armario mientras avanzaba hacia el otro lado del pasillo, golpeando con el garrote con barrotes de metal, haciendo que cada paso que daba fuese estremecedor para los allí enjaulados.

- Seguro que un armario sería más cómodo que esta celda. – Intentó bromear el castaño. Entendía lo que quería decir la chica y que aquel armario no era más que una metáfora de la historia que le había contado. Pero prefirió no entrar en detalles. – ¿Y Paco te culpó a ti de todo? – Si su madre le había culpado a él, no le cabía duda que, por mucha inocencia que hubiese en el alma de aquel niño, este habría buscado algún tipo de culpable para lo sucedido. Era propio del ser humano buscar la culpa en otra persona para no tener que vivir con el cargo de conciencia sobre su espalda.

Estiró los brazos hacia delante y cogió impulso para levantarse. Comenzó a caminar por la celda con el fin de despertar a sus piernas, quién debían creer que era la hora de dormir y no respondían cómo deberían. Notaba el cosquilleo en ambas. Desde la punta de los dedos de sus pies hasta las ingles. Notaba el cosquilleo y la incomodidad a cada paso que daba en aquel cubículo.

- Me lo merecía. – Dijo sin elevar la voz. Como si hablase para el cuello de su camisa pero a sabiendas que Niara escuchaba al otro lado. – Cada golpe que me diste. Lo  merecía. – Sentía que lo había hecho. Por eso no había opuesto resistencia alguna. Por eso no había movido ni un ápice de su cuerpo para esquivar los golpes. – Te abandoné cuando me necesitabas.
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Niara Soyinka el Lun Jun 19, 2017 10:36 am

Raramente se dejaban ver, pero allí estaba, una escurridiza cucaracha que corría vertiginosamente hacia ella, ignorante de su destino. Niara tenía hambre y no hacía asco a la comida cuando esta se le presentaba tan gentilmente. El celador hizo una mueca y mostró una fila ladeada de dientes amarillos antes de seguir camino mientras que Niara, habiendo cazado al insecto entre sus manos, lo acercaba a la altura de sus labios abiertos y lo destrozaba en su boca.

—Él nunca hizo tal cosa—Niara tenía la vista fija en el celador que se iba; meterse con los presos parecía tenerlo más que ocupado, pero en lo que ella realmente se fijó fue en las llaves que colgaban de su cinturón. Ni ella misma podía explicar por qué creció en ella el deseo de tomarlas. Era una estúpida idea que no llevaría a ningún lugar a no ser un callejón sin salida. Y sin embargo, a pesar de sus negros ánimos de presidiario resignado, estas simples palabras: “Y si pudiera…”, le abrían un panorama de posibilidades listas para ser tomadas. La esperanza puede ser una tirana imposible.

Ezra la sacó de su ensimismamiento. ¿Que se lo merecía? En contraste con su pétrea serenidad de alma melancólica, Niara esbozó una mueca ladeada que mostraba sus dientes. Le hacía gracia.

—Por eso digo que me recuerdas a Paco—Encogida y abrazada a sí misma, Niara tanteó el rededor con curiosidad. El celador de antes parecía tener una discusión acalorada con alguien no muy lejos de allí—No hables así, te lo pido.  

Pero él insistió. Las últimas palabras de Ezra la taladraron hondo. Sí, se había sentido abandonada. Pero lo que había experimentado en los comedores estaba mucho más allá de la imaginación de su amigo. En esos momentos que compartían, Niara tomó consciencia de lo tranquila que se sentía en la compañía de Ezra, sin voces extrañas en su cabeza o violentos delirios, ¿pero cuánto tiempo pasaría hasta que lo lastimara de nuevo? Niara intentó sacudirse esos pensamientos de la cabeza y retomó la palabra, para explicarse. En sus labios había un asomo de ternura.

—Paco nunca le gritó a su padre que no se merecía las golpizas—dijo desde el frío suelo. Tenía la voz ligeramente ronca. No había bebido nada en horas y tenía la garganta reseca—Y tenía la misma actitud de aceptación y silencio para con cada situación o persona que lo lastimaba. Era como si en su cabeza se hubieran grabado las blasfemias de su padre hasta convencerlo de que todo lo malo que le sucedía, sucedía de ese modo porque él se lo merecía.

Niara tenía el cuerpo adolorido. La extenuación hacía lo suyo y la pesadez del cansancio saturaba sus sentidos. Ezra tenía libertad de movimiento, pero ella se sentía atornillada al suelo. ¿Hacía cuánto que no desfallecía del agotamiento? Algunos presos dormían como lirones tirados en cualquier parte. Ella había tenido pesadillas tan reales, que hacía eternidades que no hacía otra cosa que debatirse entre los sueños y la realidad.

—Alguna vez alguien me dijo—fruncía el ceño, pensativa. El eco de pasos firmes y seguros llegó hasta ella. Abrían la celda. El reservorio de sus pensamientos le reveló una memoria que analizó con extrañeza. Y seguidamente susurró, todavía sopesando el raro sabor que esa memoria evocada despertaba en ella—: que las personas raramente reciben lo que merecen.
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