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Bad Vibratios [Priv.]

I. Ezra Sullivan el Sáb Abr 01, 2017 3:34 pm


Con  Talluah Cavanaugh · 1 de abril · 16.34 horas · Zona de experimentación, Área - M ·  Outfit



Era la primera vez que su celda se abría cuando el resto aún permanecían cerradas. Nadie vino a buscarle. No escuchó ninguna voz. Ni un murmullo. Las celdas contiguas seguían manteniendo su silencio habitual y sólo algún sollozo se alcanzaba a oír en las celdas situadas en la parte superior del edificio.

Lo dudó por un momento. Sabía que si su celda estaba abierta no era porque su ángel de la guardia hubiese decidido dejar sus ya tan largas vacaciones para volver a preocuparse por él. Pero sabía que, de quedarse en el interior de la celda, posiblemente las consecuencias fuesen incluso peores si aquello era posible.

Se levantó de la cama, en la que se encontraba sentado con sendos pies sobre el colchón desgastado por los años que debía tener y el trato que había recibido en todos estos. Caminó con paso lento por la pequeña estancia que ahora era su casa y se acercó hasta la puerta abierta. Agarró los barrotes con la mano izquierda y salió manteniendo el paso temeroso que había mostrado nada más levantarse de la cama.

Luego, todo se volvió negro.

Los dos hombres lo arrastraron con la ayuda de su varita mientras su cuerpo inconsciente golpeaba las paredes a su paso. Ninguno se preocupó por su salud. Ni porque no recibiese un mal golpe según lo arrastraban hasta salir de la zona de las celdas donde los más curiosos se atrevían a escudriñar su rostro contra las verjas para ver cómo los dos carceleros arrastraban su cuerpo sin ningún tipo de cuidado.

Muchos susurraban temiendo por la vida de aquel hombre. Otros se alegraban por no haber sido los elegidos en aquella ocasión para enfrentarse a los daños que a los elegidos en aquella ocasión les esperaban. Pues no Ezra no era el único que había sido sacado de la jaula en la que ahora vivía para que los médicos que jugaban a ser dioses se divirtieran a su costa. No eran uno ni dos. Tampoco tres ni cuatro. Sino que alcanzaban la decena los que fueron metidos en diferentes habitáculos para que los llamados “Extirpadores” jugasen a su antojo con sus cuerpos.

Volvió la luz.

La luz dolía. Intentó tapar sus ojos con sus manos pero estas estaban pegadas a su cuerpo. Sujetas con cintas que le impedían realizar cualquier movimiento. Movió la cabeza de manera violenta mirando de un lado a otro.

Estaba solo. La soledad un vez más se adueñaba de todo a su alrededor. Pero esta vez no estaba en su celda. Tampoco estaba en el agujero que formaba las celdas de aislamiento que ya tanto conocía a pesar del poco tiempo que llevaba ahí encerrado. Tampoco en el comedor comunitario. Ni en las duchas.

Estaba en una sala amplia con las paredes llenas de artilugios que no comprendía. Amarrado en una camilla o en algo similar, pues su cuello y posición no le permitían moverse lo suficiente para ver qué era exactamente aquello que lo retenía.

Intentó elevar las manos. Intentó deshacerse de los amarres de tela que impedían que sus manos se moviesen. Intentó hacer lo mismo con la sujeción que apresaba su torso e intento, una vez más, mover sus piernas en un intento fallido por lograr cualquier tipo de movimiento.

- ¡JODER! – Gritó a la nada mientras su cuerpo intentaba buscar una salida de aquello. Como si de ser capaz de desatarse bastase con abrir la puerta y salir de allí en busca de su casa y su hermana. Como si aquello fuese lo único que lo retenía en la prisión en la que sin necesidad de juicio había sido encerrado apenas una semana atrás. Y, lo peor de todo, es que ni siquiera sabía dónde estaba.

La puerta de la habitación se abrió y su posición sólo le permitió a alcanzar ver una bata blanca. Una bata blanca que avanzaba hacia una de las paredes de la habitación como si él no estuviese ahí tendido. Se intentó mover una vez más. Sus piernas no contaron con la fuerza suficiente para romper aquello que las retenía. Tampoco sus manos. Ni su torso. Y muchísimo menos su cuello, el cual estaba tan bien sujeto que no le permitía alcanzar a hacer grandes movimientos ni ver quién estaba ahora con él en aquella extraña habitación.
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Invitado el Lun Abr 03, 2017 8:59 pm

Esconder las emociones siempre fue una de sus virtudes desde que tiene uso de razón, y es así hasta tal punto de que a veces no cree tenerlas de verdad, tan solo una minúscula huella casi imperceptible de lo que debería haber sentido, una especie de miembro fantasma emocional. Rara vez se permite sentir alguna emoción innecesaria para su profesionalidad y su motivo, es algo que con el tiempo ha llegado a considerar inútil e infantil, pero cuando fue aceptada en el Área-M se permitió un pequeño capricho. Jamás puso en duda sus capacidades profesionales y académicas para con el puesto, pero si dudaba del encargado que tendría que evaluar su currículo y decidir algo tan importante para la mujer como su carrera profesional. Aun así, cuando se le confirmó que tenía el puesto de extirpadora, sintió en su estómago una turbación que contaminaba su orgullo con felicidad. Ingenuo e infantil sentimiento que no tenía nada de bueno a excepción de la serotonina, y podría dar charlas de lo más extensas discutiendo el tema.
El primer día de trabajo permanecerá en su memoria como un gran acontecimiento digno de recordar. Lo que la gente común denominaría el más feliz de su vida, incluso se atrevió a escribir de ello de forma que le sirviera de autoaprendizaje y un apoyo para las demás oportunidades que se le brindaran. Había decidido hacer un registro de su experiencia, logros y avances de forma que pudiera demostrar todo el rendimiento y dedicación para que fuera imposible cualquier cuestión. Un poco melodramático, lo confiesa, pero está convenzida de que lo agradecerá en un futuro.
-Traigan al preso 874, bloque A -Ordenó a uno de sus ayudantes en cuanto se cruzaron en el pasillo, aun sin haber dejado sus cosas en la modesta consulta que tenía como despacho. Aquella primera toma de contacto la harían allí, con el sujeto 874 amarrado a la silla. El procedimiento de reconocimiento era, por desgracia, un paso previo importante e imposible de saltar. Ya mandó la rudimentaria y mediocre tarea de registrar los datos básicos a un subordinado, pues recoger datos de altura, peso, tipo de sangre «¡Ha!»; pero deseaba poder pasar a lo verdaderamente importante.
Tuvo que salir a por el expediente en cuestión, parándose un momento a revisar el organigrama para aquel día. Al entrar ya estaba el sujeto preparado, recibiéndola muy amablemente si se ponía a comparar. -Hablaras solo cuando yo te lo ordene ¿Entendido? -Ordenó con un tono hostil, apuntándole con la varita para recalcar que hablaba en serio. Un sinuoso gesto y la pluma se alzó con vida propia y se colocó a su lado, mientras ojeaba la ficha y rodeaba al tipo para dar un toque de efecto. -Ira Ezra Sullivan, 44 años. Mestizo -Su gesto se contrajo en una ligera mueca al leer el tipo de sangre. Menudo desperdicio de magia. La pluma trazó una X al lado y continuó con la lectura, sin embargo, el siguiente apartado casi le cortó el habla -Squib -Por poco tropieza con semejante dato. Nada más ni nada menos que un squib ¿Y se atreven a ponerle mestizo en la ficha? Más tarde corregiría ese error y se aseguraría de que no se volviera a cometer. Soltó el potafolio sobre la mesa e hizo que la silla se colocara más centrada a la sala, con espacio suficiente para poder efectuar un reconocimiento visual cómodamente sentada sobre el borde del escritorio. -¿Sabes donde estas, 874? -Preguntó sin simpatía. Debía de conocer el estado mental en primer lugar para proceder lo más óptimamente posible.
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I. Ezra Sullivan el Lun Abr 03, 2017 10:56 pm

Su espalda permanecía pegada a aquella superficie de metal. Sus brazos luchaban por zafarse de aquello que les aferraba y sus piernas seguían en el mismo intento por elevarse para salir de allí. Su mente no pensaba en qué hacer cuando consiguiese liberarse – cómo si aquello fuese una opción posible -, era como el perro que persigue los coches por la carretera pero que, en el caso de alcanzar uno de ellos, no sabría qué hacer. Así era Ezra, de actuar y luego pensar qué haría con el resultado final de su actuación.

Ardía de odio en su interior. Si hubiese podido ser algo literal y no una simple metáfora a la situación en la que había terminado por su condición de no mágico, aquella prisión en la que se encontraba encerrado ardería hasta los cimientos sin importar la cantidad de agua que estuviese rodeándola. El odio acumulado en su interior era tal que no importaba nada. Tan solo el pensamiento de acabar con esas personas que tanto daño estaban causando ocupaba su mente. Nublaban cada una de sus ideas, y eso que aún el juego no había comenzado.

Una presencia entró. Una bata blanca. Unas piernas largas ocultas bajo esta y una silueta femenina que, dada su posición, no pudo reconocer. Sólo importaba que esa persona iba a hacerle daño. Que haría que su mente rogase por apagarse para siempre. Que haría que gritase de dolor hasta perder la cordura, y se había prometido que la cordura era algo que se  negaría a que también le quitasen. Como habían hecho con la libertad y sus derechos. Incluso con lo que quedaba del hombre que no mucho tiempo atrás había sido.

Gruñó sin decir palabra alguna a la afirmación de aquella voz femenina. Nunca había sido hombre de muchas palabras y en aquel momento lo iba a ser menos. No quería tener que hablar con aquella mujer que, ya daba por hecho, no haría otra cosa que hacerle perder la cordura. No le importaba su varita. No le importaba su superioridad debido a la posición en la que ambos se encontraban. No le importaba nada en absoluto, pues incluso su vida había perdido todo el valor que le quedaba en aquel agujero denominada Área – M.

La muerte habría sido un regalo, pero sabía de sobra que no era su momento. No podría ser tan fácil. Ni tan poco doloroso. Incluso un Squib como él, desde el máximo desconocimiento, sabía que su muerte no sería ni en aquel momento ni en aquel lugar. Antes tenían que jugar con él como hacían con el resto de presos. Antes tenían que hacerle suplicar clemencia. Pedir por su vida. Rogar por su muerte.

Movió la cabeza de manera violenta, de un lado a otro. Siguió los pasos de la mujer tanto como la postura le permitía sin llegar a ver su cara hasta que tomó asiento sobre el escritorio, permitiéndole así ver su rostro. Ezra era observador. Siempre lo había sido. Y podía ver que en aquel rostro no había rastro de bondad. No había rastro alguno de una empatía capaz de hacerle pensar en lo que estaba a punto de hacerle.

Resopló apartándose con esfuerzo el cabello de los ojos para así poder establecer un campo visual entre ambos. Dibujó una sonrisa irónica hacia la mujer.

- En la Opera. Estoy esperando a que empiece el espectáculo. – Dijo de manera irónica. Si hubiese podido le habría quitado aquel estúpido palo de madera de un manotazo. Pero no podía. Sus manos estaban aprisionadas, pegadas a su propio cuerpo, el cual seguía reposando en aquella superficie metálica.
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Invitado el Lun Abr 10, 2017 5:17 pm

No había manifestación alguna de emoción en el rostro de la doctora, cuyos ojos oscuros se mostraban impasibles ante el miedo y sufrimiento de su paciente bien retenido. Su comportamiento salvaje era del todo lógico y así le dejó hacer un rato más, sabiendo que era del todo inútil y que solo le provocaría más dolor y cansancio. Un ser no mágico jamás podría romper el hechizo de las cadenas ni con una varita robada y un animal, por iracundo que estuviera, tampoco. El rey de la selva no era más que un cachorro.

Echando un rápido vistazo a un reloj cercano decidió que ya había dejado tiempo suficiente para el sujeto 874 se calmara y acostumbrara a la nueva zona. No entendía mucho de psiquiatría, pero por el resto de sus conocimientos deducía que un cambio tan brusco en su situación podía alterar de sobremanera, llegando a una inestabilidad que prefería saltar por el bien de sus experimentos. Exigía resultados claros, y aunque estaba por la labor de hacer cálculos y operaciones para crear una aproximación según las variantes numéricas en las pruebas, prefería no tener que perder el tiempo en algo tan inexacto. Hallar el efecto de la píldora V-5472W en un sujeto de tensión media a partir de los resultados de una alta conllevaría más tedio que optimización. Podría proponerle un trato: Cuanto mejor colaborara, mejor trato recibiría. Sería de esperar que no aceptara —al contrario de sus colegas, Talluah era consciente de que tenían un razonamiento humano, y no de neandertal— pero no perdía nada.
-Esta es el Área-M. Te encuentras en mi consulta personal -Informo al tiempo que ignoraba la irónica respuesta. -Predecible -Fue el único pensamiento respecto al tema. -A partir de hoy comienzas como sujeto activo. Puedes colaborar y llevar tu internamiento de forma favorable o resistirte, en cuyo caso al único que no harás un favor es a ti mismo. -Su voz producía la misma impasibilidad que su mirada, características naturales de la doctora que además dotaban profesionalidad, de forma que el sujeto 874 no pudiera ver en ella un igual —tampoco alguien superior o inferior— simplemente un "algo" inalcanzable no con el sentido platónico e idealizado, sino más bien como un entre, una criatura, que estaba allí para un cometido que no incluía la sociabilidad. Ni los sentimientos. -Hablaras solo cuando yo te pregunte o te de permiso,
excepto manifestaciones de dolor, malestar y demás síntomas relacionados a lo largo de las intervenciones. ¿Me has entendido?
.-No pronunció la pregunta con amenaza ni condescendencia. La voz fluía alta y clara casi monótona, nada más.
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I. Ezra Sullivan el Vie Abr 21, 2017 11:42 am

Jamás había sido hombre de mucha palabra. Ni siquiera años atrás cuando era un niño inocente que no conocía cómo era el mundo. Siempre había sido una de esas personas que consideran que hablar por hablar es un gasto innecesario de saliva. Que lo que debe hacerse es gastar el aliento cuando es necesario y no en romper silencios que muchos pueden tachar de incómodos.

Pero aquella situación era diferente. Diferente a todo lo que había vivido previamente. Incluso en la soledad de su celda; incluso en las celdas de aislamiento; incluso en las zonas comunes donde los celadores aprovechaban para alzar sus varitas y reírse de los que no podían defenderse. Allí sabía lo que pasaría. Allí no existía la incertidumbre a lo desconocido a lo que ahora se enfrentaba. Más cuando contaba con unas expectativas. Con unas ideas preconcebidas sobre lo que iba a suceder en aquel habitáculo que bien podía convertirse en su propia tumba.

El hombre contestó a su pregunta. No de manera sincera. Más bien haciendo alarde de una marcada ironía en sus palabras. ¿Acaso su acompañante esperaba una respuesta favorable? ¿Esperaba enfrentarse a un temeroso corderito asustado que se dejaría hacer y deshacer? Estaba muy equivocada si era eso lo que esperaba encontrarse. Pues Ezra se había prometido sobrevivir. Salir de una sola pieza tanto de aquella consulta como de la prisión en la que ahora se encontraba, con el sueño iluso de poder encontrar la salida en algún momento de su existencia (pues aquello no podía ser considerado una vida, no por el momento).

El hombre guardó silencio. Escuchó las palabras de aquella mujer y deseó tener la posibilidad de moverse. No lo intentó. Sabía que aquello sólo serviría para alentarla a despertar su ira. Sólo serviría para que su varita se alzase dibujando una floritura que caería sobre su cuerpo en forma de un dolor profundo y punzante. No quería darle la oportunidad. No quería darle razones.

Pero no era alguien que pensase mucho. No era alguien que midiese las consecuencias de sus acciones. No era… No era lo que se había esperado de él. Y eso era algo que no había cambiado con el paso de los años.

- No sé de qué me hablas. – La odiaba. No la conocía. Pero ya la odiaba. La odiaba por estar ahí, al otro lado. La odiaba por tenerle apresado. La odiaba por su manera de mirarle. La odiaba por no hacer nada ante aquella injusticia. La odiaba, de manera racional e irracional. – Yo he venido aquí a ver la obra. ¿Vas a cantar? No te ofendas, pero no tienes aspecto de cantante de ópera con esa ropa. – Miró a la mujer de arriba abajo, fingiendo juzgarla. - ¿O es una obra sobre médicos? ¿Vas a tomarme la tensión? ¿O hacer que saque la lengua con uno de esos palitos de madera para mirar en mi garganta? Juraría que estoy completamente sano, ¿Cómo no estarlo viviendo en excelentes condiciones? – Una sonrisa ladina se dibujó en su rostro, deseando ver cuáles serían las consecuencias de sus palabras.
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Invitado el Miér Mayo 03, 2017 9:19 pm

La doctora se permitió un único suspiró de exasperación en un momento que desvió la mira-da, impaciente por dejar atrás la estúpida palabrería que no iba a llevar a ningún puerto de provecho. El patrón tan repetitivo era demasiado aburrido como para mostrar el más mínimo interés. Puede que en algún momento hubiera sentido cierto deleite con los gritos y la de-sesperación, cuando era más joven y risueña.
Tuvo la tentación de contestar a sus burlas. Tenía en la punta de la lengua las palabras exactas para formular distintas frases a cada cual más infantil. O más a la defensiva. No obstante, Ta-lluah había dejado esa clase de disputas en un pasado que se antojaba lejano. Echando la vista atrás, difícilmente se reconocía con la niña que fue, incluso en pleno proceso de cambio y madurez. Alzó una ceja, sorprendida de sus propias divagaciones. Tal vez el sujeto tenía un transtorno de la percepción de la realidad y sus impertinencias tenían una justificación, no sería de extrañar que los profesionales previos hubieran pasado por alto los trastornos y en-fermedades mentales, suelen ser tan propias de muggles que tiende a ignorarse. Claro error, pero dudaba que fuera uno de ellos. No obstante, aquello le sirvió de distracción
–¿Has terminado ya, Sullivan? –Utilizó su apellido y no el nombre de reclu-so a propósito, esperando dejarle lo suficientemente confuso como para que cerrara el pico unos minutos; lo que le fuera necesario. –Ya disponemos de toda la in-formación respecto a tu salud, esto no es un hospital –Obvio, pero necesario. Quería recalcarle que conocía todos sus datos, hasta lo más íntimo. Había una pequeña posibilidad de que pasara por alto el detalle en su énfasis, pero a la propia Talluah le otorgaba una sensación de incremento de poder. –Ya te había adjudicado una misión, no obstante, será mejor que la reajustemos a tus necesidades actuales. –Hablaba más para si mientras abandonaba su posición y se dirigía a un armario acristalado. La silla giró sobre si misma en su misma dirección. Un toque bastó para abrirse y de ella extrajo una jeringa de gran-des dimensiones, con un líquido azul zafiro brillando en su interior.
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I. Ezra Sullivan el Dom Mayo 07, 2017 1:06 pm

Desde que había terminado encerrado lejos de cualquier derecho humano y semejanza con su antigua realidad se había prometido algo. Se había prometido no dejarse vencer por los monstruos que tanto se deleitaban en torturarles hasta hacerles perder el juicio. Se había prometido no dejarse vencer por sus propios monstruos, intentando enfrentarse a su realidad haciendo que fuesen los otros los que lo pasasen peor de lo que él ya lo estaba haciendo. Y tenía que admitir que no era ninguna tarea sencilla. Tenía que admitir que era algo utópico pensar que su palabrería carente de sentido le serviría para que su ahora torturadora lo pensase dos veces a la hora de usar maleficios, herramientas o pociones para acabar con él.

- Sí, ya puedo volver a casa. – Contestó con aire desafiante en cada una de sus palabras. Nunca había sido un hombre que se caracterizase por tener una gran labia, pero sí como un hombre con una personalidad brusca y tajante que lograba sacar de quicio con una facilidad exasperante a muchos de los que se encontraban a su alrededor. Quizá ahí recaía la razón por la cual había sido abandonado a su suerte por algunos de sus familiares. Quizá en su personalidad estaba la razón por la que habían decidido entregarlo a las autoridades a cambio de un par de galeones dorados con los que llenar su cuenta de Gringotts.

Sabía de sobra que sus palabras estaban fuera de lugar y no le importaba en absoluto. Dibujó una sonrisa ladina al ver cómo la mujer no estaba precisamente contenta con su actuación y aguardó a que terminase, una vez más, de hablar. El hombre asumía que no sólo era su historia médica le que había llegado hasta el Área – M. Dudaba que el mayor interés de un grupo de científicos con aires de superioridad sobre el resto de la raza humana fuese saber que de niño había tenido la varicela pero no el sarampión, que las picaduras de mosquito le causaban moratones y que estaban en un noventa por ciento seguros que tenía alergia a las picaduras de insecto aunque jamás se había hecho pruebas de alergia. Quizá el dato de su alta tolerancia al dolor si sería como una iluminación divina a ojos de cualquier persona que quisiese deleitarse en su dolor. Pero el resto de datos carecían de todo tipo de interés.

- ¿Mis necesidades actuales? Lástima que no sea útil para tu misión. – No sabía de qué hablaba aquella mujer y para ser sinceros tampoco quería saberlo. El hecho de estar tumbado allí, indefenso, no le inspiraba tranquilidad alguna. Suerte que no pudo ver como una jeringa aparecía en las manos de aquella mujer, pues de haberlo hecho sus ojos habrían demostrado que como todo ser humano, no era ajeno al miedo al dolor. - ¿Vas a traerme algo de comer? Creo que son mis necesidades básicas ahora mismo. – Afirmó fingiendo no estar preocupado por lo que aquella mujer pretendiese hacerle.
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Invitado el Vie Mayo 12, 2017 6:05 pm

Casa… todos los días dormía y pasa unas cuantas horas, más o menos provechosas según las tareas, en un apartamento no muy grande, de mobiliario escaso y funcional. Algunos y pun-tuales accesorios decorativos que reflejaban su gusto personal, algo no funcional y más esté-tico y banal, pero muy escaso. Unas plantas en una tabla de madera a modo de estantería, algunas cajas de su tierra con piedras o runas… lo que no se podía encontrar eran fotografías. ¿Podía considerarlo su casa? Era una mirada, residencia… refugio, en los días de guerra, si nos ponemos dramáticos, pero su casa la había perdido hace mucho tiempo, años. La culpa, si es que había algún culpable, era ella ¿O la sociedad que la influenció? El hogar era donde te sen-tias a gusto y a salvo, hogar era donde estaba la familia ¿Qué tenía ella? ¿Qué le quedaba?

–¿No te han dado de comer el día de hoy? –Preguntó revisando su archivo. Por obligación, los sujetos disponían de tres comidas al día, a saber: Desayuno, comi-da y cena; pero a la hora de la verdad, suponía que los encargados se las saltaban sin que-rer como forma de tortura y diversión. Idiotas, solo se interponían en el trabajo útil por unos segudnos de autosatisfacción por tener un plato caliente. También podía ser que le hubieran privado de su ingesta como castigo por alguna mala conducta, lo cual no venía figu-rado, y había pedido expresamente información de toda alteración del programa y horario. Y por pedir, se refiere a exigir. –De nada nos sirves si no tienes un mínimo de fuerza como para usar los resultados en términos generales; no habría diferencia entre ti y un muñeco de paja –Continuó, levantando la mirada. Fuera lo que fuese, algo se le ocurriría para apañarse... y hacer de camarera no era una opción.
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I. Ezra Sullivan el Sáb Mayo 13, 2017 1:03 pm

Desde que había puesto un pie en aquella prisión había perdido la noción del tiempo. No sabía ni cuando la luz que había pertenecía al sol y cuando no era más que un juego artificial que pretendía acabar con él. Cuando sabía a comer lo hacía como si estuviese muerto en viva. No había rastro de vitalidad en su mirada ni en sus acciones. Era como un fantasma sin rumbo que avanzaba solo intentando que el fin llegase lo antes posible. No sabía si había comido aquel día. No recordaba qué había sucedido desde que se había despertado hasta que había sido arrastrado contra su voluntad hasta aquel laboratorio. Si es que aquel lugar tan descuidado podía recibir el nombre de laboratorio.

- Puede.- Contestó como si aquello fuese un divertido juego de palabras donde buscase acabar con la paciencia de la doctora. Pero no era así. No en esta ocasión. No sabía si había comido. Tampoco sabía si lo que sentía en su estómago era el hambre o el vacío. Su vida se había convertido en una rutina monótona donde el dolor había cobrado un papel importante. Y ahora el dolor sería peor. Lo sabía. Lo habían dicho los gritos ahogados de sus compañeros de celda que rogaban por una muerte rápida e indolora. Que pedían no volver a ser sacados jamás de su celda si aquello servía para no sentir más el dolor que aquellos dolores producían a sus víctimas. ¿Acaso eran doctores? ¿Podían recibir ese título? Ezra lo dudaba a pesar de ver sus batas blancas y el título de doctor ante su apellido en las placas que llevaban en estas. Quizá sería mejor llamarles batas blancas. Como si se tratase de aquellos que trabajan en un psiquiátrico. Ya que a fin de cuentas todos allí terminarían locos. Tarde o temprano. Todos lo harían, no le cabía ni la más mínima duda.

Eza no tenía fuerza desde hacía días. La comida no era aliciente suficiente como para darle la energía que necesitaba. Estar encerrado en una celda sin ver la luz del sol servía para menguar cada atisbo de energía que quedase en su interior. Él lo sabía. Ella debía saberlo tan bien como él.

- Si me abres en canal no encontrarás paja. – Dijo como si aquello fuese el chiste más divertido que podía haber hecho, pues una sonrisa se dibujó en sus labios. - ¿Eres médico? – Lanzó la pregunta al aire, ni siquiera esperaba una respuesta por parte de su acompañante. Si era sincero, lo único que quería era alargar esa charla todo lo que fuese posible. Prefería la charla con alguien que seguramente se había dedicado su vida a predicar el miedo y el sufrimiento antes que enfrentarse directamente a aquello que tantos gritos y pesadillas ocasionaba a sus compañeros de celda.
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Invitado el Lun Mayo 29, 2017 6:34 pm

-¡Puede! –Repitió, mostrando una visible sonrisa junto a un tono agudo, propio de quien exclama con emoción o entusiasmo ¿Había logrado Talluah desarrollar dichas emociones? No, simplemente exagero su sorpresa ante la muy ambigua respuesta, para nada útil. Desde luego, a la doctora le daba igual mientras tuviera un mínimo de fuerzas, no iba a preocuparse por la salud de alguien que no fuera ella y menos aún si tan poco ponía de su parte. Es una lástima que no lo sepas con exactitud, podía haber dado un reporte sobre tu alimentación y mejorar esa circunstancia. No obstante….– Al darse cuenta como estaba actuando, cesó el discursillo en una frase incompleta que bien podía haber sido a posta (un golpe de suerte) para no quedar en ridículo, que es como empezaba a sentirse. Profesionalidad ante todo, se recordó. Discutiendo como una joven a la defensiva...

-Podría instruirte de que encontraría, pero no te serviría de nada. Aun así… -La mente de la profesional comenzó a divagar en teorías sórdidas que cualquiera de estómago delicado se vería en un apuro. Una visión fortuita que le hizo la boca agua. Tal vez, planteándolo bien a sus superiores… habían muchas investigaciones a manos de sus compañeros que destacaban por la brutalidad, desde luego, pero se le ocurría una enfoque distinto que… Los ojos de Talluah se oscurecieron antes tales perspectivas, pero su ensoñación cesó con la más absurda de las preguntas. –Sanadora–Corrigió con un eje asqueado ante el término muggle. Que irónico sonaba ahora.
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I. Ezra Sullivan el Jue Jun 01, 2017 5:35 pm

Recordaba perfectamente cuándo era la última vez que había comido. También recordaba qué había sido una masa grisácea sobre la bandeja de plástico desgastado y algo que se asemejaba a la sopa en un bol del mismo tipo de material. Un líquido amarillento con tropezones del mismo color y desagradables al tacto en el paladar. Un sabor agrio, como si de leche pasada se tratase pero sin llegar a mantener el sabor original de lo que antaño había sido aquel alimento. Pero no por ello habló sobre su última comida. Más bien fingió no recordar nada, jugando a aquel estúpido juego en el que él mismo se había metido con el fin de alargar aquella conversación hasta el límite de acabar con la paciencia de su acompañante y ahora torturadora y así librarse, durante el mayor tiempo posible, de ser su particular juguete en aquella agonía que tanto parecía divertir a la gente como ella. El squib hizo todo lo que estuvo en su mano por retrasar aquel momento, incluso con la vana esperanza de atrasarlo hasta tal punto que no hubiese rastro de la tortura. Lograr acabar con la paciencia de la doctora y que esta se marchase malhumorada, propinándole algún golpe, pero sin graves magulladuras. O incluso librándose de todo aquello si había un tiempo estipulado en el que podía estar con aquella mujer.

- Médico. – Repitió el hombre ante la contestación de la mujer. A fin de cuentas era lo mismo, sólo variaba el ámbito de actuación. No era dado a la palabrería barata sin sentido ni fundamento pero sacaría fuerzas de dónde sentía que ya no las tenía para alargar aquella conversación como si de alargarla lo suficiente lograrse librarse de todo lo que se le venía encima. – A fin de cuentas hacen lo mismo, ¿No? Un sanador y un médico intentan curar a os enfermos. Entonces son sólo tecnicismos. – Añadió el hombre a sabiendas que sus palabras encontrarían sus consecuencias. Era algo que había aprendido a base de golpes a lo largo de los años que había vivido lejos de esa prisión y los días, semanas o meses que ya llevaba encerrado en ella. Había aprendido que las palabras y las acciones encuentran sus consecuencias tarde o temprano y cuando se enfrentaba a alguien que le superaba en poder y que claramente estaba a más de un escalón de distancia de dónde él se encontraba, las consecuencias podían llegar a ser terribles.

A veces rogaba por una muerte rápida y sin dolor. Otras era capaz de aguantar todo lo que se le viniese encima. Pero por muy valiente que a veces se sintiese, ahora tenía miedo. Miedo hacia la incertidumbre de no saber qué era lo que pasaría a continuación. Miedo por las consecuencias de estar encerrado en aquel  habitáculo destartalado donde aquella mujer contaba con todos los artilugios necesarios para hacer de su agonía un sufrimiento tal que rogase a los dioses en los que ni siquiera creía.

- Supongo que esto es una revisión médica. Ya sabes que estoy bien de salud, aunque el colchón está empezando a destrozarme la espalda. ¿Crees que podrías conseguirme uno nuevo? – Intentó dibujar una sonrisa en sus labios, como si no fuese a haber consecuencias a todo lo que estaba diciendo. Sabía que sobraban las palabras. Que el hablar sería peor. Pero no quería que terminase el rato de conversación y comenzase el momento en el que aquella mujer hiciese alarde de por qué estaba trabajando en la prisión.
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Invitado el Vie Jun 09, 2017 5:19 pm

Si quería irritarla iba por buen camino, algo que le molestaba admitir porque demostraba que sus límites eran alcanzables. Por supuesto, conocía suficientes trucos como para no dejarse llevar, no mucho al menos, y continuar con su labor que era primordial. –Es cultura –Sentenció con un tono más duro del que pretendía, dejándose llevar por esas sensaciones que la llevaban al pasado perdido. –Y es la última vez que permito estas insolencias en mi consulta. La próxima vez, cierra el pico ¿Entendido? –Sin darse cuenta de sus acciones, se encontró apuntando con la varita al cuello del hombro, presionando en un punto de carne blanda del mismo como si fuera un cuchillo u objeto semejante. Sin duda podría hacerle mucho daño en aquel momento, pero también era cierto un detalle… iba a hacerle daño igualmente. Se portará bien o no ¿Qué diferencia había, aparte de un mayor bienestar para la extirpadora? Nada, en realidad.

La procastinación había durado demasiado. Irritada y enfadada consigo misma, en parte, volvió a su mesa, tomo asiento y revisó con rapidez sus papeles. Los datos básicos, apuntes, informes confidenciales estrictamente relacionadas con el trabajo que debía realzarse entre esas paredes. Algo capto su atención, el brillante líquido azul que antes había cogido del armario y que, finalmente, no había usado. Según el informe que tenía, aquello era como inyectarte hielo en las venas, posiblemente más literal de lo que sonaba.
–La revisión médica ya paso, 874, es hora de empezar la siguiente fase –Anunció con inquietante calma, enganchado el contenedor en un pequeño aparato, semejante a una pistola, con una buena aguja. –]Ahora, te recomiendo estarte quieto –De la silla salieron unas sogas que, rápidamente, ejercieron presión en la cabeza con tal de retenerla quieta, con el cuello bien visible para el pinchazo.
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I. Ezra Sullivan el Dom Jun 11, 2017 2:44 pm

Su comportamiento jamás había sido el adecuado con independencia del contexto en el que se encontrase. No importaba ni la compañía ni el lugar, Ezra era insolente por naturaleza. Era una persona incapaz de adecuar sus palabras y comportamiento al contexto en el que se encontrase. Y en aquella ocasión no iba a ser diferente. Además, de aquella manera lo único que estaba haciendo era conseguir tiempo. El tiempo que tanto precisaba para mantenerse con vida o, al menos, lejos del sufrimiento que aquella mujer podía ocasionarle.

- Venga mujer, no te tomes tantas confianzas. – Moverse ya resultaba imposible. Las cuerdas salieron de la varita de la mujer aprisionando su cabeza e impidiendo que realizase cualquier tipo de movimiento. Intentó mover los brazos de manera desesperada, como si por la sujeción ejercida en su cabeza hubiese  quedado libre el resto de su cuerpo. Pero resultó imposible. Tan imposible como lo había sido antes. Se movió de manera violenta, lo máximo que le fue posible pero aquellas sujeciones le impedían mover  su cabeza. Por mucho que lo intentase, el movimiento era imposible. - ¡Joder! – Lo intentó, pero no podía moverse y la aguja estaba cada vez más cerca de su cuello, bien sujeta entre las manos de la doctora que parecía que disfrutaría con cada uno de sus movimientos. Como todos hacían. Podía verlo en el rostro de celadores y médicos, todos disfrutaban de su trabajo indiferentemente de cuál fuese la tarea que se les había encomendado.

Desde su celda había escuchado historias. Historias de personas que habían perdido la cabeza por las torturas sufridas en aquel lugar. Personas que se habían vuelto locas por completo y habían llegado a olvidar incluso su nombre. Habían olvidado que debían comer y beber, ir al baño e incluso algunos habían pasado por alto la necesidad humana de respirar para mantener con vida al organismo. Muchos habían muerto en camillas como en la que ahora se encontraba. Otros seguían en pie tras días y días de torturas insufrible pero el dolor se había asegurado de que no volviesen a ser las mismas personas que habían sido antes de ser encerradas en aquel agujero de mierda en el que ahora vivían.

No podía hacer nada. Nada salvo esperar a que la aguja hiciese contacto con su piel y aquel líquido pasase al interior de su organismo. No quería pensar qué era. No quería pensar cuál sería el dolor que sentiría. Sólo quería volver a su celda y alejarse de aquella mujer y de su aguja. Joder, no iba a suplicar ni mostrar miedo, no quería mostrar debilidad para que ella disfrutase más de su tarea. Pero verdaderamente estaba muerto de miedo.
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