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We don't have anything [Beatrice Bennington & Henry Kerr / Priv.]

Steven D. Bennington el Miér Abr 05, 2017 1:09 pm


Beatrice, al igual que muchas de las otras personas con las que convivían en el refugio, se sentía incapaz de permanecer encerrada en este eternamente. El exterior no era un lugar seguro para ninguno pero Steven sentía que para su hermana menor, lo era incluso menos. Beatrice carecía de maldad. Era, a ojos de Steven, la mejor persona que había conocido a lo largo de su vida, aunque también había que tener en cuenta que no era ni de lejos objetivo con esa afirmación.

Semanas después de dejar la casa de Agnes, aquella anciana que había aceptado a acogerles durante los últimos meses, se habían mudado al refugio que les había ofrecido Odiseo Masbecth, otro fugitivo que, por traición al Ministerio de Magia y a la escuela Hogwarts en la que previamente trabajaba, también estaba siendo perseguido por la justicia mágica. Steven se había mostrado escéptico en primera instancia pero al ver los pros y contras de aquella nueva situación en la que vivirían y, por supuesto, discutirlo con su hermana, habían aceptado a cambiar su lugar de residencia a aquel lugar situado en el subsuelo de la ciudad inglesa.

Con el paso del tiempo, Steven había optado por encontrar un trabajo que le permitiese seguir ganando dinero. Y, a su vez, que le diese un respiro de aquella monotonía en la que ahora convivían. Por su parte, Beatrice no lo había dudado a la hora de proponer que ella también saliese al exterior por las mismas razones de su hermano. Y finalmente, incapaz de decirle que no a la rubia, Steven había aceptado. Algo a regañadientes, pero lo había hecho.

La chica ahora trabajaba en una tienda de animales situada en el mismo centro comercial donde se encontraba una de las entradas al refugio. De aquella manera, tendría una salida rápida cerca. Y, a su vez, Steven estaría cerca, ya que la pizzería para la que trabajaba tan sólo estaba a unos metros de distancia del centro comercial.

- ¿Puedo comprar uno? ¿O dos? – El chico había aprovechado la tarde de trabajo libre para ir a la tienda donde su hermana trabajaba para jugar con los animales. Y, ya que estaba, ver a la chica en sus horas de trabajo. – Prometo sacarlos a pasear todos los días y no dejaré que se  meen en tu cama. Venga Bee, ambos ganamos. Yo gano dos perros y tú una comisión. – Dejó al animal en el suelo y se acercó a los estantes de comida para animales, mirando el precio de esta. – Wow, espera. Mejor compraré solo uno. ¿No puedo darles de comer sobras de lo que comamos nosotros? Esto es realmente caro. – No, jamás había tenido un perro. Tenía un camaleón en lo que tiempo atrás había sido una pecera, pues no había podido llevarse el terrario cuando la caza de sangre sucias había comenzado.

Uno de los perros ladró mirando en dirección a Steven y Beatrice a lo que Steven respondió con una sonrisa en dirección al animal y luego otra, exactamente idéntica, en dirección a su hermana.

- Está diciendo que quiere mucho a su nueva dueña. – Elevó sendas cejas como si quisiese quitar peso al asunto. – Yo veo el amor en sus ojos, es un buen partido para ti. – Añadió el chico con un tono marcadamente infantil en la voz.

Mientras su hermana terminaba su jornada de trabajo, Steven optó por salir al exterior de la tienda a mirar el escaparate mientras la chica acababa de recoger, atender  a los clientes que pudiesen entrar a última hora y, no mucho después, ir a cenar algo en el centro comercial antes de volver a casa. Algo que no fuese pizza, pues Steven realmente estaba agotado de comer siempre restos de pizza del local, algo que pensaba que era imposible. ¿Él? ¿Cansado de la pizza? ¿Cómo había llegado a tal situación? Un hecatombe. El fin del mundo.
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Invitado el Miér Abr 05, 2017 4:47 pm

Aquello no se parecía ni en lo más mínimo a lo que siempre había soñado, aquello para lo que se había preparado a conciencia casi desde que supo que era bruja. Sin embrgo, su carácter hacía que todo lo afrontara con una sonrisa. Todo, menos en sus momentos más bajos y cuando nadie la veía. Afortunadamente, eran situaciones completamente aisladas en el tiempo. A pesar de su aspecto delicado, era fuerte a nivel anímico y hacía flta mucho para que Beatrice Aria Bennington se viniese abajo. Lo bueno de tood aquello es que los animales la volvían loca y eso también facilitaba la tarea de manejar la situación en la que ahora vivían, como si fuesen criminales alejados de cuanto conocían del mundo mágico, salvo por aquellos que vivían la misma desdicha. — Por poder, puedes comprártelos — si es que tenía el precio para pagar ambos ejemplares. — Y no dudo en que sabrías amarlos y respetarlos hasta que vuestros destinos se separasen — por no hablar de la muerte, buenas eran otras fórmulas.

Había pocas cosas que deseara más que tener un amigo peludo, dos o los que se pudiera. Sin embargo, a pesar de su optimismo, también era una persona realista y, por ende, era la primera en pensar que no podían meterlo sin más cuando estaban bajo la condición de fugitivos y refugiados. Una cosa era el pequeño camaleón de Steven y otra bien distinta, seres más dependientes como aquelos perros, por poner un ejemplo. — Me mira así porque tiene muy buen gusto — replicó, añadiendo después una gran sonrisa, al mismo tiempo casi que negaba con la cabeza y seguía haciendo algunas cuentas para la hora del cierre, que se aproximaba a pasos agigantados. — Aunque yo confío en que sepas buscarte un mejor cuñado que no sea un perro — añadió cuando volvió a alzar la vista para encontrase con la suya y ver ese pequeño tic en su ojo. Pese a todo, seguía siendo hombre y su hermano mayor, mejor no sacar el tema novios. Aunque lo haría en otra ocasión en que no estuviese ocupada para chincharlo.

Mientras él la esperaba, terminó de hacer cuanto debía, no habiéndole quedado mucho trabajo acumulado a lo largo del día y bajó la persiana metálica que cubría la puerta y escaparate principal de la tienda mientras canturreaba alguna canción de moda. Como si llevara una eternidad sin verlo, le plantó un sonoro beso en la mejilla que levantó la suspicacia de los transeúntes que por allí pasaban, arrancándole una carcajada a ella misma. — Me encanta cuando las señoras comentan lo de "qué pareja tan" mona — eso les pasaba por no fijarse ne los rasgos que los asemejaban, aunque no fueran excesivos. Tras la figura de us hermano, Bee vio como alguien parecía acercarse a ellos, pero toda su atención se la llevaba el mayor esa vez.
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Henry Kerr el Sáb Abr 08, 2017 4:17 am

Otro día más en la oficina. Así se podía considerar aquel día. Aunque para él, un día en el trabajo era algo totalmente distinto que para cualquier persona que sentara el culo en algún lugar cerrado y techado.

Él se pasaba la vida de país en país. O lo había hecho a lo largo de su vida después de terminar la carrera. El oficio de dragonalista era así, sobre todo para un hombre con la mente inquieta como él. No había parado toda su vida hasta poder ver en primera persona a todas las razas de dragones posibles.

Le había llevado hacerlo un puñado bueno de años, y se había acostumbrado a estar fuera del hogar. O más bien, sin poder considerar ninguna parte su hogar, más allá de la tierra natal donde aún residía. Esa tierra a la que había vuelto, pero en la que aún se sentía un extraño, aunque se hubiera criado allí, y pese a llevar ya unos meses en el país.

Que se le iba a hacer. Ya se acostumbraría. O eso suponía.

Daba igual. Tenía cosas más importantes ahora en la mente, y era continuar con el plan que hubiera iniciado semanas atrás. Un proyecto lento, y algo tedioso, pero que seguro que le daría gran provecho cuando terminara.
En vez de llevar a una sola persona a Azkaban, como habría conseguido cualquier otro obtuso mortífago, lograría atrapar a muchos más fugitivos. Eso esperaba al menos. Sería una gran pérdida de tiempo, si al final solamente aprisionaba a un hombre. Steven.

Ah. Steven. El dulce y confiado Steven, que ya le había dicho hasta donde estaba trabajando actualmente. Ese chico seguro que no se le escapa, pues su bondad y excesiva amabilidad estaba jugándole una mala pasada en lo que respectaba al caballero de rubios cabellos, que paseaba por el centro comercial. Es decir, en lo que respectaba a su propia persona.

En la situación en la que se encontraba el australiano, parecía improbable que confiara de tal modo en él. En un ex compañero de colegio, que bien podría traicionarle. Era extraño, y había pensado en ello, y suponía que se debía a que Steven no conocía bien la familia de la que procedía. Pues no le cabía otra posibilidad. Si conociera a cualquiera de los Kerr, el australiano hubiera salido corriendo nada más verle en aquel pub irlandés. Eso seguro.

Pero no había sido así, por lo cual había podido maquinar toda aquella estratagema elaborada para cazar prófugos. La tortura solía dar resultados a veces, pero siempre había más formas de conseguir información, y esta era una de ellas. Solamente tenía que tener paciencia.

¡No se lo podía creer! Una visión ante sus ojos rompió el hilo de sus pensamientos mientras caminaba por la zona comercial. Había pasado por allí para comprarle una cosa a su madre, un bonito colgante, antes de ir hasta la pizzería donde trabaja Steven.

Sin embargo, no había tenido que llegar hasta allí para hallar a su presa. Debía ser cosa del destino.
Henry enseguida apretó el paso para acercarse hasta los jóvenes, cruzando en el primer lugar que pudo hacia el otro corredor de tiendas de ese piso del centro comercial. Que era por donde caminaban los chicos.

- ¿Y no formáis una pareja mona? - dijo. Divertido. Llegando a espaldas de los jóvenes, con una sonrisa dibujada en los labios, y un destello pícaro en la mirada. - Yo me atrevería a decir que formáis una buena pareja-, comentó, sin dejar de sonreír. - Steven. Que calladito te lo tenías. Ya podrías haberme comentado que te habías echado novia. Y una muy guapa, si se me permite decirlo-, piropeó a la joven, aunque de una forma suave, para no molestar al australiano.

En el transcurso de pasar de uno de los corredores al otro, no había perdido de vista a Steven y a su novia. Así que había podido ver perfectamente el beso que le había dado. En la mejilla, sí, pero se notaba la buena sintonía que había entre ambos. Eran más que amigos. Apostaría por ello. Y por supuesto no creía que fuera su ex mujer, pues no creía que tuvieran ese trato si se habían divorciado. Se podrían llevar bien, pero no tanto como para eso. Y su hermana…

Un momento. Su hermana estaba fuera del país, eso le había dicho el australiano. No obstante, esa joven le resultaba familiar. No la recordaba bien, como borrosa en sus recuerdos, pero tenía la sensación que la conocía. Y además tenía un cierto aire a Steven. ¿Sería ella?

- Creo que ya nos conocemos. ¿Cierto? - dijo, con la duda reflejada en el rostro. - Henry Kerr, para servirla-, comentó esta vez, volviendo a recuperar la compostura y el semblante sonriente.

Otra vez su cabeza se había vuelto un cacao espectacular por unos instantes. A veces, los recuerdos se le entremezclaban de un modo que lo hastiaba por dentro. Y cuando no eran los recuerdos, eran los propios sentimientos. Como ya le hubiera pasado con Steven la primera vez que se encontrara con él.
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Henry KerrMagos y brujas

Steven D. Bennington el Sáb Abr 08, 2017 3:47 pm

Steven dibujó en su rostro una mueca exagerada de tristeza, como si de un niño al que se le ha negado un caramelo se tratase. O más bien, como un adulto al que se le estaba diciendo que lo más posible era que su mascota muriese antes que él. Lo cual era perfectamente lógico pero por suerte para Steven las mascotas que había tenido jamás habían muerto. Cuando era niño había tenido tres peces de colores. Tres peces que su padre alegó que se habían vuelto demasiado grandes como para seguir viviendo en casa, cuando realmente se habían muerto y habían acabado por el retrete. Años después, había tenido dos tortugas. Dos tortugas que su padre alegó que se habían vuelto demasiado grandes como para seguir viviendo en casa, y estas, en lugar de ir por el retrete, fueron a parar a un parque natural. Después de aquello, no había tenido ni lechuza propia cuando había pasado a vivir en Hogwarts durante siete largos años.

- Creo que el mayor problema que puede darme un cuñado perro es que se mee dentro de casa. Pero si le enseñas modales y le sacas en sus horas seguro que eso no pasa. – Afirmó el castaño con una marcada sonrisa. Para Steven, su hermana era una de sus mayores prioridades en la vida. Por nada del mundo quería que le pasase nada malo. Nada en absoluto. Ni relacionado con hombres ni en cualquier otro aspecto. Por eso mismo había dicho a todos sus conocidos con los que había retomado el contacto tras la caída del Ministerio de Magia que su hermana menor había abandonado el país. Pues aquello suponía que, si a él le pasaba algo, nadie sabría que Beatrice seguía por Londres cuando su cabeza tenía un precio bien alto que muchos cobrarían encantados a cambio de una traición.

El chico salió al exterior de la tienda y se dedicó a mirar el escaparate. Había un perro de cartón con un bozal de tela y metal que  le quedaba tremendamente grande. También había una caseta para mascotas parecida a la que en los dibujos animados puede verse. Blanca, con el techo rojo y el nombre de la mascota sobre la puerta de entrada. Aunque en lugar de aparecer el nombre de la mascota en cuestión sobre esta, se podía leer en rótulos negros y letra mayúscula el nombre del establecimiento. Podían encontrarse correas de animales, un par de botes de comida que simulaban estar abiertos con sus correspondientes trozos de pienso en el exterior y una alfombrilla de entrada para la casa con el rostro de un perro y un letrero que daba la bienvenida entre ladridos.

Estaba tan perplejo observando el escaparate que no se dio cuenta que su hermana ya salía de la tienda hasta que sus labios rozaron su mejilla. Lo cual hizo que el chico saliese de su ensimismamiento y se girase con una sonrisa. Abrió la boca para contestar. ¡Claro que hacían una pareja tan mona! La pareja de hermanos  más mona que podía existir en Inglaterra, Europa y el resto del mundo. Pero no tuvo tiempo para hacerlo, ya que se encargó de contestar una tercera persona que ninguno de los dos esperaba que apareciese.

- ¡Henry! – Saludó con una sonrisa al chico sin siquiera contestar al resto de sus palabras. No esperaba encontrarle por allí, lo cual le hizo pensar que si cualquiera podía dar con ellos tan fácilmente podía resultar más que un problema para Beatrice en su nuevo trabajo. El mundo muggle y el mágico estaban más conectados de lo que le gustaría admitir, suerte que podía confiar en Henry. O eso, inocentemente, era lo que pensaba.

La duda llegó a su mente durante lo que parecieron horas. Pero apenas habían pasado veinte segundos ante la presentación de Herny. Steven le había dicho que Beatrice había dejado el país ante la nueva situación pero era más que evidente que era mentira. Henry no tenía que ser muy listo para darse cuenta y, además de todo aquello, había pertenecido a Ravenclaw con razones de sobra.

- Beatrice, este es Henry, iba con nosotros a Hogwarts, no sé si llegasteis a conoceros. – Dijo el chico para presentarles y confiando, una vez más, en que Henry no podía ser una de esas personas que intentaban acabar con la sangre “no mágica” y los ahora conocidos como ladrones de magia. – También era Ravenclaw. Aunque no tenga cara de ser muy listo. – Bromeó aquello último, pues rara vez Steven no lo hacía.

OFF: Chicos, os abandono hasta dentro de unos días que me voy de vacaciones. ¡Os leo a la vuelta! <3
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Invitado el Dom Abr 16, 2017 5:46 pm

Si uno se paraba a observarles con detenimiento, claro que les sacaría el parecido. Pero nadie hacía eso o, al menos, no la gente que Beatrice conocía o de la que se había rodeado en su vida. Sobre todo si era cosa de muggles, mundo que ellos conocían bien porque, al fin y al cabo, esos eran sus orígenes. en cualquier caso, era de esas personas a la que hacía falta mucho para llegar a molestarlas y un comentario como aquél no era suficiente ni de lejos. Ni tan siquiera cuando aquella presencia que se acercaba fue tomando forma y reiteró aquellas palabras, provocando la tremenda sonrisa de la rubi y también de su hermano, lo que aumentaba la alegría de encontrarse con alguien conocido. Y más, cuando ellos eran completamente ignorantes a las verdaderas intenciones del muchacho para con ellos.  — ¡Oh! No, no, somos hermanos sin cositas raras de por medio — aunque no era tan inocente como para no saber que incluso había gente que sí tenía relaciones con sus hermanos. Sí se ruborizó en la parte que le tocaba a su aspecto.

No hacía falta su declaración para que el propio Henry sacara sus propias conclusiones y procediera a presentarse casi al mismo tiempo en que Steven lo hacía, de esa manera tan suya que a la vez era completamente agradable pero que no dejaba de protegerla a ella, como si tuviera diez años y no veinticinco, como para no saber comportarse ante un chico. Un hombre, dadas las circunstancias. — Creo... sí, creo que me acuerdo. ¡Y no digas eso! Seguro que era muy listo. O sólo un poco. Bueno, no lo sé, Lo siento, no te conozco del todo y ya estoy sacando conclusiones. Soy Beatrice y a veces hablo mucho — si Steven tenía tanta confianza con él, para ella era suficiente como para tratarlo como si lo hiciera de toda la vida. — Da gusto ver caras conocidas y que sean agradables. O sea, no a la vista, que también. Bueno, ya me entendéis — y aunque no lo hicieran, ella le restó importancia al asunto con un breve gesto de su mano.

¿Y qué te trae por aquí? — preguntó, curiosa como ella solía ser y sobre todo en ocasiones que así lo merecían, aunque aún seguían estando en zona no segura. Sin embargo, era suficientemente prudente como para no mencionar la que sí lo era delante de alguien que no sabía de la existencia de la misma. O así lo esperaba ella. — ¿Os hace un chocolate? Sé que el tiempo está agradable, pero el chocolate siempre apetece, ¿verdad? — al menos a ella sí que le apetecía siempre, golosa como era en general. Con las manos a la espalda, observó a uno y a otro esperando por sus palabras, su respuesta, dado que era ella quien más hablaba siempre.
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Henry Kerr el Jue Abr 27, 2017 11:18 pm

Las respuestas de los chicos, no hizo sino hacer realidad sus suposiciones. Hacer realidad lo que su mente ya maquinaba, y que no era otra cosa que la identidad de la joven que tenía ante sus ojos.

Beatrice Bennington. Una hermosa chica, de mirada dulce enmarcada en un rostro que reflejaba pura bondad.

La conocía. Su cabeza iba recordando más cositas de su pasado poco a poco, pudiendo hallar a la joven entre los retazos de su memoria. Entre los recuerdos que tenía de su tiempo en el colegio. No obstante, no eran esas remembranzas las que le daban esa sensación de inocencia en la joven. La acababa de ver después de… ¿10 años?

Algo así. Año arriba, año abajo, ese era el tiempo desde que la viera por última vez. Pues no lo hacía desde que terminara el colegio y se fuera a la universidad, por lo que eso de conocerla era totalmente relativo. Habían pasado demasiados años. La joven había crecido, y era imposible saber si aún era tal y como la estaba recordando.

No. No era nada de eso. Simplemente, era la sensación que la bella Beatrice desencadenada a su paso. Con su mirada y su sonrisa de exquisita candidez. Claro, que las apariencias muchas veces engañaban. Solo había que mirarle a él, para hacer cierta esa frase hecha. Sin embargo, no creía que fuera el caso de Bea. Estaba convencido de que la joven si era como estaba aparentando ser.

- Encantado de volver a verte, Beatrice-, sonrió a la chica. - Sí, nos conocemos. Aunque ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos viéramos. Coincidimos en el colegio, junto a tu hermano-, lo miró directamente. - Un hombre tan listo como tú, tendría en cuenta ese factor, Steven. Y consideraría que nos conocíamos-, bromeó sin perder la sonrisa.

Maldito. No era tonto, pero sí que le habían tomado por tonto. Beatrice bien que podría haber vuelto hace poco a las islas, más, también podía ser que el australiano le hubiera mentido cuando se encontraron en el pub irlandés. Dulce e inocente como la hermana. Eso le había parecido al verlo después de tanto tiempo, pero, visto lo visto, no tanto.

Se había alegrado de que la chica no estuviera en el país, para ahorrarse tener que perseguirla. No sabía muy bien por qué, pero así se había sentido. Por lo que ahora, no podía evitar tener justo la sensación contraria.

Ahogó un suspiro de resignación en lo más hondo de su ser, y mantuvo la compostura y el rostro sonriente. Como podían torcerse sus planes de esta manera, con el trabajo que había invertido en allanar el camino hasta Steven.

- No se preocupe. Yo siempre he considerado, que cada persona decide cuanto es lo justo y necesario hablar. Así que no tema, suelte su lengua y disfrute. O quizás sea una excusa, porque yo también sea un poco parlanchín-, le guiñó un ojo de forma amistosa, y rió. - Que puedo decir. Hablar es uno de los placeres de la vida. Aunque los hay superiores, así que no le diré que no a ese chocolate. Hay cosas que me sobrepasan-, volvió a sonreír a la pareja de hermanos. - Justo al salir de este centro comercial, hay una cafetería exquisita. Justo en la esquina de la calle que sube en paralelo junto al centro. Seguro que la conoces Steven, te pilla de camino al trabajo. Es un lugar pequeño y hogareño, pero hay pocos lugares donde haya probado mejor chocolate en esta ciudad-, les explicó, antes de comenzar a caminar hacia la salida más cercana del centro comercial.

Le disgustaba sobre manera la presencia de Bea. No porque no le pareciera agradable la joven, más bien era lo contrario. Le parecía una chica estupenda. Pero ese era el problema. Tenía que atrapar a Steven un día de estos, y ahora con ella cerca… La situación se complicaba. Y si ya tenía extraños remordimientos por tener que cazar al majo de Steven, tener que hacer lo propio con Beatrice, le hacía sentir quemazón en las entrañas.

- Pues he venido por un regalo-, alzó la bolsa, recordando la anterior pregunta de la chica. - Es para mi madre. Hacía mucho tiempo que no la veía. Y quise tener un detalle con ella-, sonrió, manteniendo el paso junto a los jóvenes.

Tomar una taza de chocolate le vendría bien. Serviría para distraerse del resquemor que sentía, y para pensar más detenidamente sobre su plan. Tendría que hacer ajustes.
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Steven D. Bennington el Dom Abr 30, 2017 11:51 am

La de Henry fue una aparición inesperada y el chico intentó fingir no estar sorprendido y, en cierta medida, desconcertado, con aquella situación. No le agradaba en absoluto la presencia de Henry en aquel momento junto a su hermana menor. No porque Henry no despertase su simpatía, sino porque había mantenido el paradero de Beatrice a buen recaudo. Además de todo aquello y, por mucha confianza que le inspirase Henry, jamás pondría una mano en el fuego ante la confianza de nadie si aquello significaba que existía la más ínfima posibilidad de poner en peligro a Beatrice.

- Henry, como sigas hablando de usted te dejamos abandonado en el centro comercial a tu suerte. – Dijo fingiendo molestia antes de esbozar una sonrisa. No entendía la necesidad de hablar de usted cuando se estaba fuera de un ámbito profesional. O cuando la conversación no era entre dos personas donde una tenía una categoría superior, como un duque. Si es que los duques salían alguna vez de su casa para juntarse con la prole, claro. – Sí, está claro que los dos sois muy habladores. – Dijo precisamente el que no sabía mantener la boca cerrada durante mucho tiempo.

Steven conocía el lugar del que Henry hablaba. Y cualquier persona hubiese sentido un escalofrío ante las palabras de su acompañante. Henry sabía donde trabajaba y que su hermana estaba en la ciudad. Tenía demasiada información como para no poder capturarlo. Pero Steven, en su nube de inocencia donde creía en la bondad de todo el mundo, no era capaz de ver lo que Henry pretendía con sus acciones.

- No he ido nunca. – Admitió el chico. – Cuando salgo de trabajar no me apetece más comida, la verdad. –Sorprendentemente aún no le habían despedido por comerse ninguna pizza y es que Steven, irónicamente teniendo en cuenta su personalidad, era una persona bastante seria en su trabajo. No importaba cual fuese este, Steven siempre se tomaba en serio su trabajo. – Pero sé cual dices. La dueña siempre me dice que me invita a chocolate. – Rió y miró a su hermana. – No empieces, tiene setenta años. – Conocía lo suficiente a Beatrice como para imaginar lo que estaría pensando. Una señora que quería invitar a su hermana a chocolate, seguro que sería la perfecta madrastra para Alexandra. Pero no. Si eso la perfecta anciana causante de diabetes infantil.

El grupo formado por los hermanos Bennington y el Mortífago que ahora tenía dos presas donde elegir en lugar de una, avanzaron hasta salir del centro comercial. Bajaron por una de las escaleras mecánicas y llegaron hasta la puerta de entrada del lugar para dar con la calle, donde al aire frío les sacudió de golpe. Steven colocó su chaqueta sobre sus hombros y siguió caminando en la dirección de la que había hablado Henry.

- Tanto tiempo viajando para ver dragones y no te acordabas de tu pobre madre, ¿Qué tipo de hijo eres, Henry Kerr? – Preguntó con falsa indignación. La sonrisa surgió instantáneamente en su rostro. Quizá por primera vez en mucho tiempo, Steven no sabía qué decir. Y es que sentía que cualquier palabra podría comprometer a Beatrice y poner a la rubia en peligro.
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Henry Kerr el Miér Jul 19, 2017 2:17 am

Que misteriosos podían llegar a ser los caminos del señor… Si es que creyera en esas paparruchas.
No. No creía que hubiera un dios en el cielo, moviendo los hilos de los mortales, ya fueran estos magos o no. Dudaba mucho que un ser todopoderoso perdiera el tiempo en tan pobre entretenimiento.

Pero en fin. Quien sabía. La gente se divertía de las maneras más estúpidas imaginables, y también se decía eso de que los humanos habían sido creados a imagen y semejanza de dios  A lo mejor sí que existía ese ser todopoderoso, después de todo.

Daba igual en verdad. Era demasiado pragmático para que le importase realmente una cuestión tan banal y espiritista. Solamente le interesaba lo que podía considerar real a ciencia cierta. Y lo que ahora mismo podía considerar palpable y auténtico, eran los hermanos Bennington con los que conversaba.

Casi le daba pena que ellos no pudieran entender el peligro al que se enfrentaban. La verdadera amenazaba que suponía el Kerr ante sus ojos. Casi.

- Perdón-, rió. Con una risa clara y sincera. - La costumbre. Intentaré dejar de tratarlo de usted, señor Steven-, bromeó, modulando la voz para parecer uno de esos petulantes lores. - A la gente civilizada le gusta hablar, mi querido salvaje de las antípodas. Imagina lo que pasaría si nos liamos a un duelo de magia de buenas a primeras. Qué pensarían de nosotros todos estos adorables muggles sin diéramos tal espectáculo-, bromeó una vez más.

Sí. Los Bennington estaban en grave peligro. Quizás no inmediato, pero si muy cercano, y cada día más. No obstante, muchas veces no podía evitar reír y bromear de forma sincera con Steven. Ahora también con su hallada hermana. Como justo acababa de hacer. Intrigante.

Aún recordaba la sensación de repulsa que había tenido consigo mismo, la noche que había visto a Steven por primera vez desde su época en el colegio. Y maldita sea, como olvidar las ganas de vomitar que le habían dado al pensar en lo que era. En lo que iba a hacerle al australiano. No entendía por qué había actuado así, pero lo recordaba muy bien.

Las acciones y los momentos eran fáciles de olvidar. Pero los sentimientos… Los sentimientos no se iban con tanta sencillez, y eran los que en verdad hacían algunos momentos del pasado imborrables. O al menos, latentes. Esperando que alguien llegara para activarlos de nuevo.

¿Pero de verdad albergaba ese sentimiento de amistad por Steven? Un sentir que le provocaba repulsa y casi vómitos. Casi no lo conocía, o eso era lo que podía rememorar de su tiempo en Hogwarts. Eso es lo que había en su mente. Y acaso un hombre podía creer en algo más de lo que había en su mente.

Los fanáticos nada más. Como los religiosos antes mencionados. Pero, como también se había comentado con anterioridad, él no era hombre que se dejara llevar por mitos y cuentos.

- Te pones bien gordo en esa pizzería, Steven. Bien lo sabemos todos-, rió levemente, ya de camino hacia la chocolatería. - No sé donde metes tanta comida. Deberías ser una bola redonda de manteca-, rió aún más. - Dichoso sea tu metabolismo. Ojalá yo pudiera comer tantas cosas ricas, sin perder el tipo-, bromeó sonriente. - Y oh vamos, ¿tan predecible soy? Creo que su hermano me tiene bien calado, Beatrice-, comentó mirando hacia la bella joven, sin perder la sonrisa.

Lo cierto es que no lo había calado en absoluto. Si así fuera, ambos ya estarían huyendo como almas perseguidas por demonios. A fin de cuentas, para los Bennington, no debía haber mucha diferencia entre un demonio y él.

- Uno que intenta recuperar el afecto con regalos-, hizo sonar la cajita en el interior de la bolsa, agitando ante los ojos de Steven la propia bolsa. - El mejor que se pueda tener, sin duda. Por cierto, por todos estos años sin tener la dignidad de verme. Estaría bien que me regalas un…-, se hizo el pensativo unos instantes. - Un reloj. Sí, un reloj es un buen regalo para un caballero distinguido como yo. Creo que he visto un Rolex en una reloje…-, rompió a reír. - Bah, te perdono esta vez. Pero solamente porque ya hemos llegado. Y me dejaré comprar esta vez por una taza de chocolate. Pero solo por eso, mí querido Steven. Al de Beatrice invito yo-, comentó, mirando con picardía a la joven, y dibujando una media sonrisa.

Una mirada que usada de esa manera, y en esos términos, provocaba más risa que sensualidad.

- Bueno, lo prometido es deuda, señor Bennington. Y no use su zalamería con descaro. Esa mujer podría ser su madre-, sonrió con gran amplitud. - Lady Beatrice, las damas primero-, terminó por decir, abriendo la puerta y dejando el paso franco a los dos.

Se lo estaba pasando francamente bien. Como siempre que había tenido tiempo de pasar el rato con el australiano. Era algo que cada vez lo confundía en extremo en su fuero interior, pero que tenía la sensatez de relegar a un segundo plano. Que podía decir. Su plan consistía en ganarse la confianza de Steven, y si se lo pasaba bien por el camino, por raro que fuera, bienvenido era.

Nunca estaba de más pasar un buen rato.
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Henry KerrMagos y brujas

Steven D. Bennington el Miér Jul 19, 2017 10:26 pm

La inocencia era quizá el rasgo más característico de la personalidad del castaño. Siempre confiaba en todas las personas y por mucho daño que le llegasen a causar siempre les proporcionaba una segunda oportunidad. No creía en la maldad aunque teniendo en cuenta cómo habían cambiado las cosas y lo loco  que se había vuelto el mundo en los últimos meses aún se preguntaba cómo seguía creyendo en la bondad del ser humano. Henry Kerr parecía el ejemplo perfecto de un mago cuya sangre no era sucia pero en el que se podía confiar. Tampoco era un traidor confeso tras el que la justicia  estuviese, pero Steven confiaba en él. Había tenido la oportunidad de atacarlo y llevarlo hasta la ley, pero no lo había hecho Por tanto, depositaba  cierta confianza en el ex Ravenclaw.

Cierta confianza. Pero no confianza completa. Por esa razón no le había hablado de su hermana. O, más  bien le había mentido descaradamente sobre ella. ¡Steven Dean Bennington pillado en su propia mentira! Él, que no sabía mentir. Para una vez que lo hacía le acababan pillando. Y es que bien dicen que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. O, en este caso, se pilla antes a un mentiroso que a un sordo. Aunque Steven en aquel momento era ambas cosas.

Todo lo había hecho por Beatrice. Quería mantener a salvo a su hermana a toda costa. Una cosa era que supiesen que él estaba en la ciudad. Otra muy distinta que supieran de su hermana menor. Prefería que aquella información se mantuviese como un secreto al que pocos tenían acceso. Y esos pocos se encontraban escondidos en el refugio que Odiseo Masbecth les había proporcionado.

- Tengo un don para comer pizza hasta que me salga por las orejas y no engordar ni un gramo. –Mentira, él también engordaba. Pero como era algo que le importaba tan poco, tampoco debía notarse. Ironías de la vida, las personas que más se preocupan por su peso son las que más facilidades presentan a la hora de ganarlo.

De camino a la chocolatería, Henry mostró un carácter afable y bromista. Una forma de ser que no hacía más que dar a Steven razones para confiar en él. ¿Por qué iba a desconfiar? No tenía razón alguna para hacerlo aunque seguía mostrándose reacio a la idea de que Henry supiese tanto sobre Beatrice. Prefería haberse encontrado con él a solas y poder mantener la historia de cómo Beatrice había dejado el país poco antes del comienzo de aquel fin del mundo en el que ahora se encontraban tantos que, como él, no poseían un linaje de sangre adecuado para el nuevo mundo.

- Yo a ti no te invito ni a un trago de aire. – Inquirió el castaño antes de romper a reír. – Un reloj dice… ¿Para qué quieres tú un reloj muggle? Eso sólo serviría para dar razones al nuevo gobierno a cortarte el brazo por haberte mancillado el cuerpo con algo de nuestra cultura. – Lo cierto es que por muy estúpido que pareciese aquello, podía estar más cerca de la realidad de lo imaginable. El mundo se había vuelto tan loco en los últimos meses que aquel castigo por usar un artilugio muggle no parecía ya una completa locura.

Al situarse en la entrada del local, Beatrice hizo lo mejor que podía haber hecho.

- Yo prefiero dejaros solos para tomar ese chocolate. – Empezó con una sonrisa en el rostro acompañando sus palabras con una leve risa. – Tengo que marcharme, he quedado con unas amigas no muy lejos de aquí. – Mintió. Steven  lo sabía. Habían quedado precisamente para pasar la tarde juntos y la llegada de Henry no había hecho otra cosa que cambiar sus planes y, al parecer, a Beatrice no le agradaba. O, más bien, no le inspiraba la suficiente confianza. – Ha sido un placer volver a verte, Henry. – Añadió la rubia a modo de despedida.

- No vuelvas tarde a casa sabes que… - Empezó Steven mientras Beatrice avanzaba por la calle. La chica elevó la mano y se despidió con ella.

- ¡Nos vemos luego! – Dijo la chica con una sonrisa antes de perderse entre la multitud de las calles.

- Niños, que  rápido crecen. – Rompió a reír antes de entrar al local donde se toparon con aquella mujer de la que Steven había hablado. Una mujer de unos cincuenta años largos, con el pelo canoso y una prominente barriga a juego con la de su marido que servía en la barra. – Dos chocolates. ¿Quieres  algo de comer? A mí ponme una napolitana de crema. – Era dulce, no podía evitarlo.

Tomaron asiento en una de las mesas del local, cerca de la zona de la ventana donde podían ver cómo la gente caminaba por una calle no demasiado transitada.

- Siempre me lo he preguntado, ¿Los dragonolistas tenéis algo así como un seguro de vida?
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Henry Kerr el Miér Ago 02, 2017 5:30 am

Ah. Así era la vida. Las malas noticias no se suelen hacer esperar cuando llegan. Siendo por lo general directas y dolorosas, y en otras ocasiones, simplemente un fastidio. Sí. Así solía ser. Y aunque siempre era de agradecer que tales noticias llegaran sin rodeos, no por ello dejaban de ser una molestia recibirlas.

- Oh, es una pena, Beatrice. Ese chocolate le pudo jurar que es lo mejor que puede tomar en esta ciudad-, contestó, sonriendo de forma agradable, pese a la mala noticia que era perder de vista a la fémina. - El placer ha sido mío. Me alegra haberla podido ver después de tanto tiempo. Espero que lo pase bien con sus amigas, y coincidir en otra ocasión más propicia-, se despidió, evitando insistir para no parecer sospechoso.

Ahora mismo solo era un amigo que se había cruzado con los Bennington de forma casual. Esa era la tapadera. El amigo. Un antiguo compañero de colegio, que un día se había encontrado a Steven de forma casual, y ahora a su bella y dulce hermana. Así que no podía aparentar un interés especial en querer que se quedara la joven. ¿Qué sentido tendría?

No serviría más que para levantar sospechas. Además,  tampoco importaba que la chica se fuera. La información más interesante sobre Beatrice ya lo tenía. Y no era otra que su localización actual.

Steven le había mentido con el paradero de su hermana, Un punto para él, pues demostraba sensatez al no comprometer la rubia ante un viejo compañero. No importaba que lo recordara simpático, y le cayera bien. Tal cual estaba el mundo mágico actualmente, habían cosas que era mejor callarse. Más aún, cuando te encontrabas en la posición actual del australiano.

- Demasiado deprisa, diría yo. Cuando te das cuenta ya tienen carrera y novios-, rió. Para después dedicarle una mirada de atención al andar de Beatrice por la calle. Justo después de que su hermano entrara al local, y ya no lo veía. - Muy deprisa-, susurró para sí mismo, con una sonrisa ladina dibujada en los labios, antes de borrarla, y seguir a Steven al interior.

Vaya. Sí que era triste que la señorita Beatrice tuviera que irse, una auténtica pena… Esos vaqueros se veían bonitos.

En cualquier caso, hermosos culos aparte, a ver quien le decía ahora que su plan era malo. Si hubiera atrapado a Steven el día que lo había visto por primera vez, no se habría enterado de la presencia de Beatrice en Londres. Eso cambiaba todo, aunque en su fuero interno, no estaba seguro de sí para bien.

Era imposible quitarse la sensación de malestar que lo acompañaba desde que se había reencontrado con Steven. Cada vez que había tenido un rato con el australiano, sentía ese pesar y malestar en su interior. A veces más fuerte, otras más leve, pero siempre presente. Acostumbraba a acallar ese sentimiento de que estaba obrando mal, pero tampoco podía negar que existía y convivía con él. Y ahora con la suma de su hermana… Todo era aún peor.

Quizás, después de todo, hubiera sido mejor haber hecho como cualquier de sus brutos compañeros mortífagos sin cerebro, y haber arrestado a Steven el primer día. Ahora tenía información. Justo lo que quería. Más datos de otros fugitivos. Y seguramente encontraría más si se seguía ganando la confianza de su ex compañero. Pero no estaba seguro de poder soportarlo. No después de volver a Beatrice después de tantos años.

Los simples se ahorraban problemas, sin duda. Aunque era un forma estúpida de abordar el problema. Una huída hacia adelante para no tener que afrontar la verdad. No le apetecía atrapar a Steven y a su hermana. No quería que fueran a Azkaban por su culpa. Sentía pena. Y no la pena que había sentido al verla marchar. Auténtica pena.

En cualquier caso, hizo lo que siempre hacía en estos casos. Apartó esas sensaciones y las echó a un lado, y centró su mente en otro asunto. El presente. Su objetivo.

- ¿Un seguro? El único seguro que tenemos los dragonolistas es el de muerte-, bromeó, cuando la mujer del local ya no podía escucharle, partiéndose de risa al instante. - Vamos, quien iba a pagarle un seguro a un tipo que se planta delante de un dragón por vocación-, volvió a reír. - Maldito Steven, que ocurrencias tienes. Ya es mucho que nos paguen, que como se enteren de la parte vocacional, capaz me dan un bocadillo de paga y a correr-, siguió riendo, con lágrimas en los ojos de la risa.

Con el australiano no podía evitar pasarlo bien. Y eso hacía más duro tener que traicionar. Echaría de menos esos momentos, cuando todo acabara.

- Joder, casi me muero de la risa-, dijo, limpiándose las lágrimas de los ojos, y acomodándose en una de las sillas del local. - Me gustaría llegar a viejo, amigo mío. No vuelvas a hacerme esto-, le reprochó, pero con tono alegre y divertido, en contraposición al significado de la oración. -  Ay. Pues ahora que lo dices, una napolitana de esas debe estar de vicio-, contestó a lo que le había dicho Steven al principio,

Su ex compañero lo había mencionado antes de la parte del seguro, pero es que no pudo evitar la broma nada más escucharle mencionar algo así.

- Iré a pedir una. No tardo-, comentó, levantándose de la mesa y acercándose a la barra. - Una napolitana de crema también para mí. Y yo creo que mi amigo necesitará más de esa que pidió. No creo que con una le dé-, dijo en voz lo suficientemente alta, para que lo escuchara tanto el orondo dependiente como su amigo. - Verá. Entre usted y yo-, apoyó los codos sobre la barra, y tomó una postura que parecía privada. Pero solo lo parecía, porque en realidad no dejó de hablar igualmente alto. - Mi amigo es un pozo sin fondo. Yo creo que debería llevarle veinticinco o una cantidad parecida, y aún así, no creo que se llene. Créame-, ladeó el rostro, y tomó un gesto de seriedad aparentada. - Este hombre podría comerse todos los productos que pueda preparar. Acabaría con sus existencias. Se lo aseguro-, rió. - Solo dos napolitanas y dos tazas de chocolate. Nos sentaremos allí-, dijo finalmente, para después darse la vuelta, y acercarse hasta la mesa donde había ocupado sitio instantes antes.

Se sentó con una sonrisa dibujaba en el rostro, y tamborileó con los dedos encima de la madera.

- Ah, Steven. Qué bien nos los pasamos. No puedes negarlo-, comentó sonriente, aunque con cierto pesar en la voz.

Toda una verdad, que se volvía triste por su misión. El objetivo real por el que pasaba los ratos con el castaño.

- Dime. Qué tal te va todo desde la última vez que nos vimos-, preguntó, sinceramente preocupado por lo que tuviera que decirle.

No era buenos tiempos. Para nada en absoluto. Irónico. Él, a diferencia del australiano, estaba en el bando ganador. Y aún así, se sentía el perdedor.
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Henry KerrMagos y brujas

Steven D. Bennington el Vie Ago 04, 2017 4:17 pm

Steven se sintió aliviado cuando Beatrice se marchó de allí. Confiaba en Henry pero no era lo mismo que supiese que él estaba sano  y salvo en la capital inglesa que supiese esa misma información sobre su hermana menor. Desde que tenía uso de memoria Steven siempre había antepuesto la seguridad de su hermana a cualquier otra cosa y, en aquella ocasión, no iba a ser menos. Durante meses había conseguido que nadie, absolutamente nadie, supiese que Beatrice seguía en el país pero sabía de sobra que antes o después alguien descubriría que aquello no era más que una mentira. En este caso, había sido Henry Kerr quien había dado con dicha información por pura casualidad.

- Espero que pronto no me venga con hijos. Soy demasiado joven para ser tío. – Bromeó, pues él a la edad de su hermana ya había formado una familia y soñaba con que aquello durase eternamente. Desgraciadamente nada sale como se planea y lo que en la teoría era una perfecta familia no resultó serlo en la práctica, donde el matrimonio acabó dividido y con una hija de por medio. Por suerte, Beatrice no había encontrado a nadie con quien plantearse sentarse la cabeza y tener descendencia. Al menos, que Steven supiese. Además, en los tiempos que corrían ya había que haber perdido uno o varios tornillos para considerar que era el mejor momento para crear una familia. Especialmente para personas como Steven y Beatrice que se veían obligados a esconderse de la ley y vivir al margen de la sociedad si no querían terminar el resto de sus vidas en una lúgubre celda en la prisión para magos y brujas de Azkaban.

Con su inocencia habitual, invitó a Henry a entrar al local. Lejos de su estado de ánimo habitual, Steven se sentía preocupado. No le agradaba que nadie supiese sobre su hermana y ahora Henry contaba con una información que él no hubiese querido proporcionarle. Steven no quería que Henry supiese que Beatrice estaba en Londres y por eso mismo le había mentido al respecto pero ahora el castaño contaba con esa información. Prefirió dejar el tema a un lado. Al menos, de manera verbal. No quería que Henry preguntase al respecto. No quería que le preguntase por qué había mentido y prefería optar porque crease sus propias hipótesis en el interior de su cabeza. Quizá alguna de ellas derivaba en la incapacidad de Steven para mentir y asumía, sin necesidad de explicación alguna, que Beatrice estaba de vuelta en el país. Incluso con algo más de suerte se planteaba que fuese de manera temporal y que tan rápido como había vuelto a la capital inglesa se marcharía. Pero ni alguien tan inocente como Steven podía creer que eso sucedería.

- ¿De veras? –Preguntó algo sorprendido. – En los zoológicos muggles los trabajadores tienen ciertos seguros si trabajan con animales peligrosos. Si tuviesen un dragón en una de sus jaulas supongo que tendrían tres seguros diferentes. Ya sabes…. En caso de acabar siendo una barbacoa humana, por perder un miembro o por… ¿Aplastamiento? - ¿Qué más maneras tenía un dragón para matar? Steven jamás había visto un dragón adulto salvo en la televisión o los libros. Nunca había visto algo más que huevos de dragón o pequeños ejemplares que apenas contaban con tres meses de edad, por lo que no eran demasiado grandes aunque sí peligrosos a pesar de su corta edad. – Tu llegaste un día y  dijiste “mi vocación es morir abrasado” y así fue como decidiste ser dragonolista. – Rió.

Realmente tenía cierta curiosidad por saber qué era lo que movía a una persona para optar por cursar dichos estudios y luego dedicarse profesionalmente a ello.

- Llegar a viejo y trabajar con dragones creo que no va de la mano. Más bien uno excluye al otro. – Hablaba desde la sinceridad. No pensaba que aquello fuese un trabajo fácil y mucho menos uno que garantizase seguridad. Había leído que el riesgo con aquellas criaturas era elevado por lo que le sorprendió que no contasen con algún tipo de seguro. Si Henry estuviese casado, ¿Qué haría su mujer tras perderlo? ¿Podría mantener a flote una familia con un solo sueldo? Por suerte, Henry no tenía ese problema. O, al menos, no que supiese Steven.

Henry se levantó para hacer su pedido y Steven esperó mientras miraba el teléfono móvil. Entró en la conversación de WhatsApp con su hermana y le mando un mensaje claro y conciso.

“Ve al refugio y no salgas de ahí hasta que yo vuelva. Te dije que trabajar en Londres era peligroso y ahora alguien sabe de tu paradero.”

Hizo una pequeña pausa para mirar a Henry y comprobar que aún estaba en la barra siendo atendido por la camarera antes de volver la vista al teléfono. Se mordió el labio inferior dudando qué seguir diciendo y rápidamente volvió a teclear.

Volveré lo antes posible. Ten cuidado, por favor.

Elevó la vista cuando Henry volvió, guardando el teléfono móvil en el bolsillo delantero de sus pantalones. La confianza era algo complicado en los tiempos que corrían pero Steven había demostrado con los años que depositaba su confianza con facilidad. La suya propia, pero no aquella que pudiese suponer un problema para las personas que le importaban.

Había aprendido a ser una persona más hermética de lo que lo había sido en toda su vida. No le agradaba mentir, pero había aprendido a esconder la información y en aquel caso no podía hacer otra cosa. No iba a hablar a Henry de cómo daba clases en el refugio a otras personas que, como él, se escondían de la ley. No iba a hablar de dónde se encontraba viviendo. Tampoco de cómo un sanador de San Mungo le había ayudado en más de una ocasión cuando los problemas habían llamado a su puerta.

- Teniendo en cuenta que no puedo salir a la calle sin que intenten matarme… No ha ido mal. Por ahora sigo con la cabeza sobre los hombros y ningún loco ha decidido decorar su pared con ella. – Bromeó. – La vida del fugitivo no es muy apasionante. – Se encogió de hombros. No quería entrar en detalles por su propia seguridad. - ¿Aún no has pensado en venderme para ganarte unos galeones? Los dragonolistas no ganáis mucho, así llegarías mejor a fin de mes. Aunque claro, traicionar a un amigo… Difícil decisión. – Aquello no era ningún tipo de indirecta. Más bien quería confiar en Henry y quería ver cuál era su reacción ante aquel comentario. No quería creer que alguien a quien consideraba un amigo lo traicionaría. Pero a veces había que arriesgarse y ver qué sucedía.
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Henry Kerr el Mar Sep 05, 2017 2:43 am

La situación con Steven no podría ser más curiosa. Estaba junto a él por un solo motivo. Capturarlo. O mejor dicho, para capturarlo después de haberle extraído hasta la última gota de la esencia del conocimiento que albergaba. Para mandarlo a Azkaban, una vez supiera el paradero del resto de fugitivos, con los que estaba seguro que se codeaba el australiano.

En momentos de necesidad, se aceptaba la ayuda de hasta la persona en quien menos esperarías apoyo. Un conocido. Un vecino con quien no tienes mucho trato. Una antigua enemistad, rivales de colegio o por cualquier otra rencilla menor, que de la noche a la mañana se veía lanzado al mismo grupo de desesperados que tú, y que por tanto, debía trabajar en equipo contigo para salir bien parado. Aunque en el caso de los enemigos del actual Ministerio, lo mejor posible era una definición más correcta. Bien parado solía ser una situación que quedaba fuera del alcance de esos pobres.

Se lo aseguro. Un hálito de energía del más insospechado de los personajes, en momentos así, era dicha de alegría. Pura y corriente esperanza.

Así que por ello estaba seguro de que Steven conocía a varias personas que estaban colgados en los carteles de se busca. Sus caras estaban bien visibles, junto a los hermosos números que animaban al más neutral de los hombres, a ponerle una soga al cuello al desgraciado reflejado en dichos carteles.

No iba a negar, que una inyección económica siempre era plato de buen gusto. Pero… No. Él no estaba allí por eso. Su marca en el antebrazo, oculta bajo la manga de su chaqueta e invisible momentáneamente por un conjuro, era la mayor evidencia de que el dinero no era su mayor aliciente. Tenía otros objetivos, y atrapar a todo un elenco de fugitivos para forrarse no era el principal.

- Oh, vamos, Steven. No me dirás que no te alegraría tener un sobrinito correteando a tu alrededor-, comentó, con una media sonrisa dibujada en los labios, acariciando el borde de la mesa. Aún recordaba lo que le había dicho al entrar, así como que lo había engañado para proteger a su hermana. El australiano tenía sus ases bajo la manga, no podía negarlo. - Los niños pueden dar una inmensa alegría. Son pura vitalidad. Aunque no es mi caso. Como ves, soy un solitario. Para los tipos como yo, los sobrinos son tan pesados como pueden serlos los hijos, pero con una gran diferencia-, se inclinó sobre la mesa, y apoyó los antebrazos sobre la madera. - Con los sobrinos-, se acercó un poco más a su ex compañero, - ni siquiera se tuvo la oportunidad de disfrutar al crearlos-, bromeó en voz baja, después  le guiñó un ojo, antes de romper a reír.

Créanme. Solamente un hombre que creyera fervientemente en la causa se molestaba en ganarse la Marca Tenebrosa. Había dado el paso por voluntad propia, y perseguía a Steven por igual voluntad.

¿Entonces por qué dudaba tanto? Por qué le angustiaba pensar en el nada halagüeño futuro para Steven, su hermana, y los compañeros de fatigas que hubiera encontrado estos últimos meses.

Era evidente que él era un hombre de causa. Que creía en la visión de su señor, pues de otro modo, jamás se habría decidido por, precisamente, convertirlo en su señor. No hubiera dado el paso para ser uno de sus soldados, ni tan siquiera porque le gustara la idea a sus padres y a su hermano.

Lo había hecho porque le parecía que era lo mejor. Lo más lógico para apoyar sus ideales. Lo correcto… No obstante, ahora lo correcto ya no se lo parecía tanto. Poco a poco, desde  que se hubiera convertido en mortífago, se sentía cada vez peor consigo mismo. Desde que se estuviera viendo con Steven para acorralar a sus amigos fugitivos, aún más. Desde que viera que Beatrice estaba en Londres. Cada vez que pensaba en la hija del australiano.

¿No le gustaban los niños? ¿O sí?

Imaginaba que daba igual la respuesta. Había que ser muy mezquino para hacer daño a un niño, por poco que a uno le gustaran. Para arrebatarle un padre a una niña.
Reía por fuera. Lloraba por dentro.

Por suerte, la conversación había girado hacia su querido oficio como dragonolista, lo cual le permitió centrar la mente en otros asuntos menos tristes y confusos. Últimamente tenía la sensación de que se estaba volviendo loco. Y la verdad, no encontraba peor castigo para un eficiente, pragmático, y de lógico pensamiento Ravenclaw como él.

- Así es-, rió. - Mi deseo de toda la vida ha sido morir envuelto en llamas. Aunque seguro que mi madre pensaba que iba ser a manos de una mujer. Pero ya ves, me quise adelantar-, bromeó

Fue en ese instante cuando llegó la dueña del local con dos platos.

- Aquí tienen sus napolitanas. El chocolate estará listo en breve-, comentó el señor, dejando los platos sobre la mesa con una sonrisa.

La dueña de la chocolatería era un tipo bastante agradable. Cómo no serlo, cuando tenías que trabajar de cara al público.

- Muchas gracias-, contestó a la anciana, igualmente sonriente, justo antes de que se marchara de nuevo. - Bueno, que puedo decir. Imagino que mi madre sabría lo que decía. El caso es que sí, a veces tenemos seguros. Y otras veces los trabajos están peor pagados, o no hay seguro. Depende para quien trabajes y donde-, se encogió de hombros. - Qué puedo decir. Así es la vida. Muchas veces no es justa, como bien sabes-, comentó con cierta tristeza. - Siempre me han fascinado los dragones, por lo que fue inevitable acabar en una profesión tan arriesgada. Pero no me arrepiento de haber elegido un camino tan peligroso. Los dragones son seres fascinantes. Con una belleza indescriptible. Algún día te llevaré a ver uno de los más inofensivos. Para que tengas una experiencia bonita que puedas recordar toda la vida.

Una experiencia bonita para recordar en una celda de Azkaban, que era el destino real de su ex compañero.
Cómo odiaba esa sensación. Por un lado sabía que no debía decir tal cosa para no mandar a la mierda su plan, pero por otro sentía pena. En un contexto de su mente había cosas que se callaba por la impostura que debía mantener, no obstante, en otro totalmente distinto deseaba de verdad llevar a Steven a ver los dragones. A disfrutar de más días como ese. Y para ello debía olvidar el objetivo real que lo había llevado a juntarse tanto con el australiano.

Menuda tesitura. En menudo dilema moral se encontraba. Aunque, por supuesto, Steven estaba en una posición mucho peor que la suya, pese a no saberlo. La vida no era justa. Ya lo creía que no.

- Bueno, si te lo montas bien puedes llegar a viejo. Somos magos después de todos-, dijo, antes de tomar un trozo de napolitana, y a gemir de forma exagerada para mostrar los rico que estaba el postre que se comía. - Esto es néctar de los dioses, muchacho. Esta chocolatería es la mejor de la ciudad. Nadie le hace frente. Es innegable el talento que tienen algunos muggles para sus cosas-, comentó, antes de volver al hilo de lo que hablaba. - Un dragón es una bestia, sin duda. Pero contra la magia poco pueden hacer. Salvo abrasarnos, aplastarnos o comernos-, bromeó, antes de reír. - Pero ya sabes, bromas aparte, si eres cuidadoso y haces bien tu trabajo, llegarás a viejo sin problemas. Lo que es seguro, es que este oficio no es adecuado para impulsivos o incautos. Esos sí que no llegan a la vejez, aunque me temo, que les pasa igual en otras tantas facetas de la vida-, rió una vez más.

Aprovechó para darle otra mordida a la napolitana, y disfrutar de la crema rebosante y dulce. Acaparando cada uno de los nervios de su boca, y llevando a su cerebro a un punto de puro éxtasis. De puro placer.

- Nada como un postre para alegrarse el día-, sonrió a Steven, después de limpiar los labios con una servilleta. - Diría que la vida del fugitivo es de lo más apasionante. No las veinticuatro horas del día, pero en esencia lo es. No es como tener a un enorme dragón delante de ti, mas no dejas de estar en peligro en todo momento, ¿no es así? -, comentó sincero. - Lo que no es una situación agradable. Eso seguro-, matizó. - No te preocupes-, negó con la cabeza, para quitar importancia a las cosas que había dicho. - Todo saldrá bien-, mintió. - El mundo se ha vuelto loco, pero por ahora te ha ido bien. No pienses demasiado en el futuro. No pierdas la esperanza.

No pierdas la esperanza, porque a este paso ni ella te quedará, muchacho. Disfruta de ella mientras puedas. Disfruta de la libertad.

- Vives una decisión jodida. Pero vives libre. A tu modo, aunque no sea lo que esperabas. No dejes que te arrebaten eso. No dejes que te roben la libertad que aún posees-, dijo con pasión en la voz, extrañamente con sinceridad. - Y no te preocupes por mí-, volvió a mentir. - Soy un hombre que decidió perseguir a los animales más peligrosos de mundo. Y todo por vocación-, rió. - Si me importase el dinero, hubiera elegido un oficio más sencillo y menos peligroso-, sonrió al australiano.

Era verdad. Si le interesara el dinero su vida sería totalmente distinta. Hubiera escogido otra carrera. Otra profesión. Estaría ganando millones con una empresa, o con el culo en alguno de los sillones más distinguidos del Ministerio. Cerebro nunca le había faltado.

Pero claro. Por mucho que se dijera, el dinero no lo movía todo. No para todo el mundo al menos.
No había mentido a Steven. No estaba con él por dinero. Por una bonita recompensa con su nombre. Pero esa circunstancia no tenía porqué significar algo bueno. Estaba para cumplir con su ideal. Para cumplir ante el señor al que había jurado lealtad. Y esa era una situación aún peor para el australiano

- Relájate. Vive día a día, y disfruta de lo bueno de la vida. Hoy tenemos unas tazas de chocolates que disfrutar, mientras compartimos una buena conversación-, sonrió una vez más. - Que más se puede pedir. A veces en los pequeños y más insignificantes detalles estaba la felicidad-, volvió a sincerarse, hablando en un tono amistoso y verdadero. - Disfrute señor Steven. No hay nada mejor que pasar un día con este modesto y extremadamente apuesto caballero que tiene ante sus ojos-, le guiñó un ojo.

Qué gran verdad. No lo de apuesto. Bueno sí, pero quería ser más profundo, y no se refería a eso. Que era guapo era bien sabido. No obstante, sin duda, en los pequeños placeres de la vida estaba la felicidad. Esa era una ley universal que toda persona iba aprendiendo a lo largo de la vida.

Deseaba que el bueno de Steven aprovechara el tiempo que le quedaba. Se lo merecía.
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Henry KerrMagos y brujas

Steven D. Bennington el Sáb Sep 09, 2017 12:40 pm

A lo largo de su vida había hecho lo que estaba en su mano por proteger a sus seres queridos. Podía ser una persona inconsciente en muchos sentidos, de eso no cabía duda, pero a la hora de cubrir las huellas de otros tenía un don natural. Podía meterse en la boca del lobo sin ningún tipo de miramientos pero en lo que restaba a proteger a los demás de ese mismo lobo, Steven siempre lo haría casi sin darse cuenta. Con Beatrice pasó lo mismo desde el momento en el que cruzó palabra con Henry Kerr semanas atrás en aquel pequeño bar en las afueras de la capital inglesa. Había escurrido el bulto. Había hablado de una Beatrice alejada de la sociedad mágica actual, una Beatrice que había decidido poner punto y final a su vida como fugitiva en Londres y había optado por dejar el país. Cuando Henry había descubierto todo aquello, Steven no había hecho otra cosa que intentar que su hermana se alejase de allí lo antes posible. Podía confiar en Henry, o al menos eso pensaba. Pero una cosa era poner su vida en peligro por depositar su confianza en otra persona y una muy distinta era poner en peligro la vida de su hermana menor.

De la misma manera, intentó dejar al margen de la conversación dónde había ido Beatrice o qué hacía de nuevo en la capital. Podría haberse inventado una mentira sin demasiada información. Un viaje de negocios, una visita familiar o un simple trámite burocrático podían ser las razones por las cuales la rubia había puesto un pie de nuevo en el país. Pero las mentiras no eran plato de buen gusto para el mayor de los Bennington. Necesitaba tener una sólida base para poder elaborar una mentira y que esta sonase convincente a sus oídos, por lo que prefirió dejar atrás aquel tema y divagar, una vez más, mientras conversaba con Henry.

- Eres de lo que no hay. – Rió el hombre. No tenía un recuerdo claro de cómo había sido Henry durante su adolescencia, tiempo donde ambos se conocieron. Pero sí podía ver que tenía una personalidad de lo más singular. Siempre con una broma deseando escapar de entre sus labios pero al mismo tiempo una seriedad natural que Steven envidiaba tener para algunos momentos de su vida donde su sonrisa era incapaz de abandonar su rostro. – Los sobrinos son niños de armario. Pasas con ellos un rato, les llevas al parque, les compras un par de dulces… Pero a la hora de la verdad, cuando les duele el estómago, tienen que ir al dentista o les ha pasado dios sabe qué, se los devuelves a sus padres para que tengan que comerse el marrón. – Aquello era cierto. Por suerte o por desgracia, su vida había hecho que Alexandra no pasase tanto tiempo con él como para poder decir que había estado a su lado en todos aquellos momentos. Él había tomado el papel del padre divertido. Del padre que estaba ahí para salir a los buenos planes y comprar golosinas. Algo bueno debía tener la custodia compartida aunque debía admitir que añoraba cualquier momento que pudiese haber pasado con Alex con cierta nostalgia. Sólo esperaba que esos momentos pudiesen volver a producirse.

La vida del dragonolista poco se asemejaba a la del propio Steven. Habían seguido el mismo camino cuando pasaron sus siete años en Hogwarts pero la vida había elegido un camino diferente para cada uno de ellos en su adultez. Steven había optado por una vida ajena al peligro; una vida tranquila, con una familia a la que dedicarse y unos estudios que poner de manifiesto. Henry había optado por vivir la vida entre peligros sin tener un lugar fijo de residencia; como solía decirse, tener una amante en cada puerto. Pero la ironía era una compañera de vida de ambos y había querido que las tornas se cambiasen ajenas a sus elecciones. Steven había acabado por enfrentarse al peligro de ser un fugitivo y Henry podía salir a la calle y ser golpeado por la luz del sol sin que ningún Mortífago se lanzase a su cuello. Quizá porque él era uno, pero ese pequeño dato resultaba desconocido ante la inocencia de Steven.

- Siempre podéis acertar ambos y que acabes envuelto en llamas porque una mujer decide prenderte fuego. He oído por ahí que no se necesita licencia de armas para tener un lanzallamas. Y siempre está la opción de rociarte de gasolina y tirarte una cerilla. – Arqueó ambas cejas antes de sonreír. – La muerte no se puede planificar, pero siempre puedes hacer apuestas. Bueno, si tienes una enfermedad terminal o decides suicidarte quizá sí que puedes planificar las cosas. – Añadió mientras divagaba una vez más entre sus propios pensamientos.

Las criaturas mágicas siempre habían llamado su atención. Pero aquello eran más bestias que cualquier otro tipo de criatura. Las personas eran peligrosas, claro, pero al menos no escupían fuego de manera casi irracional a juicio del castaño.

- Si es uno que esté bien encadenado y no escupa fuego… Cuenta conmigo. Pero eso de acabar hecho vuelta y vuelta a la parrilla no es lo que tenía planificado para el día de mi muerte. No sé, me veía más bien sufriendo un infarto por demasiado colesterol o… Quizá atragantándome con un bizcocho de chocolate. Especialmente si lo he hecho yo, no te recomiendo mi bizcocho de chocolate. – Steven no era ningún chef ni parecido. Pero en lo referente a los dulces y pasteles, tenía un don natural en la cocina para ellos. Menos para el bizcocho de chocolate. Había probado cientos de recetas y aquello siempre precisaba de dos litros de leche para poder tragarlo.

La esperanza, muchos decían, que era lo último que se perdía. Para las personas como Steven aquella frase era cierta. Siempre intentaba ver la luz al final de un largo camino de oscuridad. Siempre buscaba lo mejor que cada persona ocultaba tras de sí.

- Algún día cambiarán las cosas. No creo que el resto del mundo vaya a permitir que se nos trate así. O eso quiero creer. - ¿No? Tenía la vana esperanza de que el mundo abriese los ojos ante las injusticias. O que al menos lo hiciesen los propios miembros de su país y se lo pensasen dos veces a la hora de continuar con aquella estúpida cacería de brujas que habían iniciado sin razón aparente.

Bromeaba. O al menos, eso era lo que pretendía. Si seguía cruzando palabra alguna con Henry era porque no pensaba que este fuese a alzar su varita, dejarlo inconsciente y encerrarlo en una celda en la prisión para magos de Azkaban. O en aquella zona de la que tanto hablaban en El Profeta donde experimentaban con los que, como él, no provenían de una familia de magos.

No sabía lo acertado que estaba. Tampoco necesitaba saberlo. Quizá con un poco de suerte Henry abandonaba aquella estúpida idea de la superioridad de los magos sobre los muggles. O le quemaba vivo un dragón y se convertía en el menor de sus problemas. Como siempre, la ignorancia era el mejor aliado para mantenerse feliz.

- Dicen que la vida sin acción es aburrida. Yo no estaba aburrido sin ella pero…  Al menos tienes el entretenimiento de ir mirando a todas partes mientras caminas por la calle antes de que alguien decida volarte por los aires. O convertirte en burbujas de jabón para que no se te vuelva a ver el pelo. – Intentó bromear, aunque aquello no salió como había imaginado en un primer momento. – Realmente vivir así no es vivir. Estar día y noche pendiente de que nadie acabe entrando en tu casa para matarte, preocupado por si tu familia estará en peligro, por si tus amigos habrán muerto… Claro que es mejor que pudrirse en una celda rodeado de dementores, pero quiero que todo esto acabe.

Las palabras de Henry le hicieron reír. No por lo que decía, sino más bien cómo lo decía.

- Debería buscarte una buena novia para que dejes ese ego para impresionarla a ella. – Suponía que todo aquello no era más que palabrería. Pero nunca estaba de más burlarse un poco de él de la mejor manera posible.

No tardaron demasiado en terminar con el contenido de sus tazas de chocolate y acabar con las napolitanas tan rápido como estas habían hecho acto de presencia. Sin duda alguno, ambos tenían un estómago dispuesto a llenarse con cualquier cosa.

- ¿Tenías algún plan para hoy o sólo me buscabas por todo Londres para que te invitase a una buena taza de chocolate caliente?
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Henry Kerr el Jue Sep 21, 2017 5:07 am

De ese día no esperaba sacar nada importante. Una joya para su madre, y luego un poco de conversación con Steven, si lo encontraba por su trabajo. Un día sencillo, donde sólo hubiera afianzado su posición respecto a Steven, ganándose un poco más de su confianza, y comprado un regalo para su madre Isabella. Nada más.

No obstante, se había tomado con su ex compañero antes de lo que había imaginado. Y no podía estar más asombrado por la compañía que tenía. Menudo hallazgo. Debería estar alegre por ello, por tener una presa más a la que acechar. Pues, seamos francos, su plan para vigilar a Steven buscaba conseguir encontrar más fugitivos a los que perseguir. Y cada traidor que descubriera, era un nuevo hilo del que tirar.

Un plan muy simple y sencillo. Pero que al mismo tiempo podría reportarle unos resultados impresionantes. En cierto modo, era irónico que una planificación tan fácil pudiera ser tan eficiente. Aunque sabía que exageraba un poco.

En primer lugar, porque aunque el plan era sencillo, era complejo de llevar a cabo. Necesitaba mucho tiempo para ganarse la confianza del australiano, y debía ser un gran actor para lograrlo. Debía ser un embustero a tiempo completo mientras estuviera con Steven, y eso no era tan fácil de realizar. Y segundo, porque quizás fuera una maldita pérdida de tiempo. Llevaba meses conversando y haciéndose amigo de su ex compañero de colegio, y era en ese preciso día, cuando al fin había logrado ver a otro fugitivo.

Beatrice. La hermosa y bella Beatrice. Que daba sentido del éxito a su plan, y que al mismo tiempo le entristecía que fuera de ese modo.

Por una razón que no terminaba de comprender, hubiera preferido que salir triunfante de su plan. No al menos así. No descubriendo que debería cazar a Bea.

- Claro que soy de lo que no hay. Donde ibas a encontrar a un tipo tan simpático como yo-, bromeó, y mantuvo la mirada sobre su interlocutor. - Pero debo reconocer tu argumento en su totalidad. Mucho mejor ser el tito guay que les compra chuches, que soportarlos las veinticuatro horas del día. Total, no necesito hijos para disfrutar de su preludio en la creación-, le guiñó un ojo, y rió.

No sabía qué hacer con Beatrice, pero por el momento era mejor dejarlo correr. No hacer nada. Seguir conversando con Steven de cuando en cuando, y ya mover ficha más adelante. U olvidarse de ella, si ese sentimiento de malestar le seguía persiguiendo. No podía acabar loco por una maldita captura. Era mejor ser menos ambicioso y seguir cuerdo.

- No lo he dicho como exageración-, volvió a reír, después de escuchar las palabras de Steven. - No. No. Sé muy bien que mi madre puede tener razón. Y que un día acabe envuelto en llamas por culpa de una mujer. Recuerda que una mujer con nuestra condición, sólo necesita cabrearse y tener una varita a mano para convertirnos en cenizas humeantes-, tomó un sorbo de su chocolate.

Ya habían traído las tazas de chocolate mientras hablaba, y estaba tan rico como de costumbre. Cómo recordaba. Muy espeso, con el toque dulce adecuado. Pero sin perder la intensidad que le daba el cacao. Exquisito.

- Joder. Ya te digo que esta es la mejor chocolatera de Londres. Y puede que estos ingleses hagan el mejor chocolate de todo el Reino Unido, pero que coste, que nunca un escocés ha dicho tal cosa-, bromeó, con una sonrisa dibujada en los labios impregnados con cacao. - En fin, nunca cabrees a una bruja si quieres vivir mucho tiempo. O mejor, nunca cabrees a un mujer-, mantuvo el talante bromista. - Debería preocuparte cualquier hechicera más que un dragón. Así que tranquilo, no habrá ningún peligro. No te llevaré a ver el dragón más peligroso y salvaje del mundo-, rió. - Iremos a ver uno de los más mansos y tranquilos. Y te aseguro, que tendrás un percepción del mundo distinta en cuanto puedas ver uno de esos nobles animales con tus propios ojos-, afirmó de buen humor, y se relamió los labios.

Sí. Aún recordaba la primera vez que había visto uno de los grandes reptiles. ¿Cómo olvidarlo? ¿Cómo olvidar la majestuosidad hecha ser? La elegancia y la belleza en su más alta expresión.

- Claro hombre. Algún día la locura abandonará las calles, y todo volverá a ser como antes-, mintió.

No creía que eso ocurriera, y mucho menos a corto plazo, pero no quería romper las esperanzas del muchacho. No debería importarle, pues Steven no duraría mucho tiempo en libertad, y dentro de una celda de Azkaban, bien poco iba a poder saborear la esperanza. Y él iba a ser el culpable de ello. El hombre que le cortara las alas de la vida.

Era triste. Hasta para su futuro captor era triste. Al menos que disfrutara de su esperanza mientras aún fuera libre.

- Se dice que hay que tener cuidado con lo que se desea. Creo que es una frase hecha muy cierta-, comentó, con cierta solemnidad. - Pero en fin, no lo pienses mucho. Vive el día a día, y el futuro se irá creando bajo tus pies. Sin darte cuenta-, le aconsejó.

En una situación tan mala, lo mejor no era pensar en los posibles futuros. Para cualquier con dos dedos de frente, y la inteligencia de un Ravenclaw, era fácil darse cuenta de que había más callejones sin salida, que carreteras que llevaran al paraíso.

- Tranquilo. Acabará-, dijo, aunque esta vez no mintió.

Después de todo, terminar en una celda rodeado de dementores no dejaba de ser un final.

- No te comas el tarro-, comentó, sonriente, en un tono más alegre. - Este hombre que tienes aquí delante traerá una pizca de felicidad cada vez que lo necesites-, se señaló el pecho con ambos pulgares. - Y por supuesto con una gran dosis de belleza. Cuando estás con alguien como yo, es fácil confundirlo con ego, mi querido amigo. Pero es que tampoco puedo negar la realidad. No es necesario abrir la boca para impresionarlas-, sonrió, y le guiñó un ojo.

Le gustaba divertirse con expresiones así. Era entretenido ver las reacciones de los demás, ante sus comentarios tan presuntuosos.

- Nada especial, Steven. Nada especial-, contestó, antes de tomarse el último sorbo de la taza de chocolate, y echándose la última porción de napolitana a la boca justo después, para cerrar su placentero tentempié. - Mmm, que rico. Sólo fui al centro comercial por el regalo para mi madre. Y luego te vi por casualidad. Pensaba ir a verte a la pizzería, por si estabas trabajando hoy, y echarnos unas risas hablando. Pero-, se encogió de hombros. - El destino quiso ponerte en mi horizonte, antes de llegar a la pizzería-, comentó sincero.

Sí, y con ello, los dioses titiriteros habían querido que supiera de la presencia de Beatrice en Londres. Se preguntaba qué pensaría Steven sobre ello, aunque imaginaba que no le gustaría que lo supiera. Le había mentido la noche que lo viera por primera vez, después de tanto tiempo, así que era evidente que era un secreto que celaba con mimo.

- Sólo eso. Un día tranquilo. Con una buena conversación, y comida rica-, afirmó, levantándose de la silla. - Pensaba en pizza, pero mira, un cambio hacia chocolate y dulces, no está nada mal-, rió. - De todos modos, debo partir para llevarle el regalo a mi madre. Quiero pasar el resto del día con ella, y Escocia queda un poquito lejos-, bromeó con esto último.

Escocia quedaría lejos, pero para un mago era cuestión de un instante llegar hasta allí. En un parpadeo se encontraría en la entrada de la residencia de los Kerr.

- Un placer como siempre, Steven. Es grato hablar contigo-, dijo también con franqueza. Por mortífago tras fugitivo que fuera, la realidad es que lo pasaba bien junto al australiano. - Espero que le vaya bien hasta la próxima vez que nos veamos. Recuerdos para Beatrice-, comentó como una simple despedida para la joven, en un tono amable.

Era un caballero. Sería inapropiado no darle una despedida de su parte a la hermana que acaba de ver, si era un simple amigo que conversaba con él. No hacerlo podría ser considerado como un olvido, o como una sospecha. Así que era mejor no tentar a la suerte.

De todos modos, tampoco podía negar que la frase tenía miga. Que exquisito doble sentido tenía. Deliciosa desde el momento en el que salió de sus labios, rozándolos como la sensualidad de una amante.

Pero pese al doble sentido, la realidad es que sólo lo había dicho por protocolo. Por mera formalidad. Aún no tenía una idea al respecto de qué hacer con Beatrice, y la realidad es que tenía un sentimiento enquistado en el fondo de su alma a ese respecto. Tendría que pensarlo. Tendría que pensarlo con todos los Bennington, porque tampoco lo tenía claro con Steven, y por supuesto, no pensaba mandar una niña a Azkaban. La niña quedaba fuera del tablero de juego, le importaban una mierda los ideales de uno u otro bando.

Los niños eran fáciles de manipular. Sería sencilla convencerla de cuál de los dos bandos tenía razón. El suyo, por supuesto. Día a día, mes a mes, año a año, vería la verdad y aprendería. La pequeña sólo necesitaba un buen mentor.

- Nos vemos, Steven. Confío en que lo hayas pasado tan bien como yo-, sonrió. - Y por si no había quedado claro, o se me había pasado mencionarlo, este rico tentempié corre de mi cuenta. Has comido totalmente rico y gratis, que lo hace doblemente sabroso-, rió. - Hasta pronto, australiano-, comentó, girándose y despidiéndose con la mano de espaldas.

Henry se encaminó hacia la barra, y pagó las napolitanas y las tazas de chocolate, y después de dirigió hacia la salida.

Ahora tocaría meterse en alguno de los callejones olvidados de la ciudad. O volver a su casa donde no habría miradas ajenas, y con un rápido conjuro, viajar miles de kilómetros en un suspiro.

En un simple suspiro pasaría de Londres a Aberdeen. En una exhalación, su cuerpo se movería de posición como siempre hubiera estado en la segunda.

Que vida tan cruel. Qué curiosa era la percepción del tiempo. Rápido cuando se era feliz, lento cuando todo iba mal.

Desde su lado de la ventana. Si al final vencía los sentimientos de compasión que albergaba por los Bennington, bien parecía que un aliento era todo lo que le quedaba a Steven. Un mero suspiro de vida.
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