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Dont't stop believing | Steven

Invitado el Miér Abr 05, 2017 4:04 pm

Era un hecho: echaba de menos la comida de Agnes. La anciana era tan cariñosa como buena cocinera y la rubia acostumbraba a llenarse la panza con casi cualquier cosa que sus manos pudieran crear en la cocina. Steven era otro que tamién comía como una lima pero, por userte, la genética estaba de su parte. Tampoco era como si se hubiesen despegado por completo de la buena mujer así que, de vez en cuando, las visitas venían con el plan "todo incluído" de la mano. Pero, como ya se habían acabado las reservas de tuppers, Bee había optado por ponerse a mordisquear ranas de chocolate. Pensó, como tantas otras veces, si nadie pensaría hacerlas de chocolate blanco, para ella, la octava maravilla del mundo. A una mala, eran chocolate y eso lo compensaba, al menos en parte.

Deberían hacerlas, defnitivamente — hablar consigo misma tampoco era un hecho que fuera a sorprenderla a nadie, pues era de esas personas que pensaban en alto y que hablaban hasta con las paredes. En su caso, literalmente, aunque a modo de justificación podría usarse el hecho de que la pared en cuestión fuese bonita o tuviese un poster de quidditch, comida, animalitos o cualquier otra cosa que a la rubia le gustara. Contempló por la ventana, sentándose en el alféizar de la misma, cómo los árboles cercanos habían florecido, recibiendo de buen grado la primavera. Ella reaccionaba del mismo modo ante la llegada de dicha estación.  Mordisqueó un poco más de aquél mágico dulce y saltó de donde estaba, con la gracilidad que la caracterizaba. Casi a pequeños brincos, abandonó la habitación, con la misión en mente de encontrar a Steven y pasar el rato con él.

Primero buscó en el baño, quien sabe si por haber sido lo que tenía más cerca o, porque simplemente, le dio por ahí. A veces era más simple no buscarle tres pies al gato. — ¡Steven! — tras varios lugares más, lo encontró leyendo en su habitación. ¿Cómo no había buscado allí primero? Cuando no estaban trabajando, los hermanos solían acostumbrar a pasar el rato leyendo. Si bien el castaño era el mayor de los dos, Bee no dejaba de preocuparse cuando decidía salir en alguna que otra ocasión, obsesionada enque su metamorfomagia acabaría delatándolo delante de quien no debía. Se dejó caer a plomo y de espaldas sobre la cama de su hermano, con la sonrisa eterna en el rostro. — Hace un día precioso, ¿por qué no salimos? — desde su posición lo miró, después se reincorporó de pronto y quedó sentada a lo indio sobre el colchón. — ¿Estás bien? — o estaba demasiado concentrado en la lectura o barruntaba algo.
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Steven D. Bennington el Jue Abr 06, 2017 12:54 pm

Aquel día lo había pasado sin hacer nada. Nada. Absolutamente nada. Durante algo más de diez minutos había permanecido sentado sobre su cama mirando a una de las paredes como si esta se tratase de un televisor muggle. Algo que, por supuesto, no era. La mente de Steven era una de esas que volaba y volaba a cientos de kilómetros de distancia aun cuando su cuerpo permaneciese en aquel extraño lugar al que aún no se había acostumbrado. Y es por ello que su mente se encontraba lejos de allí. Se encontraba en Australia, asegurándose que su madre estuviese bien. Estaba en Hogwarts, asegurándose que su hija estuviese a salvo. Estaba con sus amigos, si es que alguno de ellos aún seguía con vida.

Tras algo más de diez minutos en los que no hizo nada en absoluto, se decidió a salir de la habitación y de la zona del refugio que él y Beatrice habían ocupado gracias a Odiseo. Era algo así como un pequeño apartamento con ventanas que simulaban el exterior. Algo así como un lugar al que por fin llamar hogar de manera segura, pues por mucho que adorasen a Agnes, ambos sabían que con su presencia sólo ponían en peligro a la pobre anciana.

Salió a pasear por las zonas comunes encontrándose a un par de personas ya conocidas. Con su habitual sonrisa en el rostro caminó saludando a unos y a otros pero no tardó en cansarse de aquello. ¿Steven? ¿Cansarse de ser amable? Era algo que sonaba como un imposible tiempo atrás, pero las cosas habían cambiado. Aun podía verse su positividad ante todo. Pero era cierto que por dentro ya no era el mismo. Las situaciones por las que habían tenido que pasar habían hecho que eso cambiase drásticamente. Casi a golpes.

No tardó mucho en volver al dormitorio y esta vez fue un libro lo que tomó a su paso. Se dejó caer sobre la cama e intentó centrar su mente en las palabras allí escritas, algo más complicado de lo que primeramente había pensado. Su mente volaba lejos de allí sin darse cuenta. Sin siquiera intentarlo. Su mente seguía demasiado preocupada por cómo estarían aquellas personas a las que quería y de las que no sabía nada. Era imposible entrar en contacto con Alexandra cuando esta se encontraba vigilada en Hogwarts. Y la idea de hablar con su madre era casi imposible porque era uno de los principales lugares donde les buscarían. Suerte que su padre había aceptado a mantenerse al margen de la situación aunque no era raro el día que el hombre intentaba dar con sus hijos olvidado lo peligroso que era todo ahora.

Su mente volvió al mundo real cuando la voz de Beatrice llenó la estancia con su habitual alegría. Aquella chica tenía el don de iluminar cualquier habitación solo con hacer acto de presencia y era algo que el castaño agradecía.

- ¿Segura? Yo creo que está lloviendo. – Opinó cerrando el libro y dejándolo sobre un lado de la cama. No sabía qué tiempo hacía en el exterior, pues ni siquiera creía que lo que había en las ventanas fuese realmente lo que había fuera. - ¿Eh? Ah, sí, no te preocupes. Estaba leyendo y casi me quedo dormido. – Cogió el libro y le enseñó la portada a su hermana. – Como ves, no es un libro muy entretenido. – El libro lo había cogido de casa de Agnes y era sobre la historia del ganchillo. No era lo que se dice una lectura interesante, pero la mujer necesitaba a alguien con quien hablar del apasionante invento de la manta de lana cosida a mano y el punto de cruz. El cual Steven aún no había entendido bien que era.

Lo cierto era que lo que había dicho no era la verdad. Realmente estaba preocupado pero decir aquello en voz alta haría más real su preocupación. Y no sólo eso, sino que también haría que Beatrice abandonase su alegría natural para preocuparse por él.

- ¿Dónde te apetece ir? Aún no he visitado muchas zonas del refugio. - Asumía que su hermana hablaba de salir al exterior, pero prefirió hablar de lo contrario, centrándose en la zona segura.
Steven D. Bennington
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Invitado el Jue Abr 06, 2017 7:49 pm

Lo miró con los ojos entrecerrados durante un par de segundos, casi borrando de su rostro aquella sonrisa que tanto la caracterizaba. Eran dos personas bastante más que comunicativas, sobre todo entre ellas, aśi que si su hermano estaba dándole vueltas a algo, ela quería saberlo. Incluso si se traba de temas de mujeres o algo así. En fin, ella también era una y hasta podŕia aconsejarlo, siempre y cuando no fueran temas demasiado íntimos. — ¡Qué va  a estar lloviendo! Además, ni siquiera has echado un vistazo fuera. No hay ningún dragón esperándote ni nada de eso, aunque supongo que eso te encantaría — como a la mayoría de aquellos que pertenecían al mundo mágico. Los dragones, independientemente de su variedad o raza, eran absolutamente alucinantes y suficientemente atractivos como para que muchos dedicaran su vida entera a estudiarlos. — No me extraña tampoco que estuvieras ya en el quinto sueño, ¿no había nada más aburrido? — ladeó una sonrisa cómplice.

Aunque míralo por el lado positivo, tendrás tema de conversación con Agnes y, de paso, puedes tejerme un jersey. Lo quiero rosa, ya lo sabes — como rosa eran casi todas sus prendas, desde las más íntimas hasta gorros de invierno. Salvo las capas que solía usar en su parte más mágica, lo demás era, en términos generales, muy colorido. — Ay Steven, no me seas viejo. El refugio está muy bien, pero no es lo más interesante del mundo y, aunque yo tenga una piel que se quema a la mínima, me apetece disfrutar un poco del sol hasta que decida irse. No es como si Inglaterra tuviera el clima de Australia — él mejor que nadie conocía ese dato. — Anda, porfis, vamos a hacer algo — como si sólo se limitaban a salir al mundo real, respirar al aire libre y volvían dentro, hasta con eso se conrformaría.

Saltó de la cama, puso los brazos en jarras y fingió que lo miraba con enfado, inflando los carrillos igual que hacia cuando era pequeña. — Voy a contar hasta diez para que te levnates de esa cam tuya o sufrirás mi ira — al fin y al cabo, estaban en zona segura por lo que podría hacerle algún tipo de hechizo sólo por chincharlo. — Uuuuuuuuuuuuno — con el primer número alzó su mano derecha y, con ella, el pulgar de la misma y así mientras continuaba. — Dooooooooooos — suspiró, fingiendo más desesperación. — Dos y medioooooo —  no pensaba que la fuera a djear llegar ni hasta cinco. Eos esperaba al menos.
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InvitadoInvitado

Steven D. Bennington el Vie Abr 07, 2017 5:14 pm

Por regla general era ese tipo de persona que ponía por delante el bienestar del resto por encima del suyo propio y esa era la razón por la cual se encontraba leyendo aquel libro cuyo contenido no le importaba ni lo más mínimo. Pero a Agnes si lo hacía, y dado que la mujer había hecho todo lo que estaba en su mano por ambos hermanos a él no le costaba nada intentar poner algo de su parte para entretener a la mujer cuando hablaba sobre ganchillo.

- Había uno sobre comida griega pero sabía que si empezaba a leerlo me entraría hambre. – Dijo encogiéndose de hombros tras dejar a un lado el libro. – Además, ¿Qué es la comida griega? Además de los yogures griegos, digo. – Para lo mucho que podía llegar a comer era sorprendente lo poco que sabía sobre la historia de la comida. Y, para ser sinceros, sobre las recetas. Él era más de  comer que de pensar cómo aquellas obras de arte culinarias llegaban a fabricarse.

Enarcó sendas cejas antes de reír. Beatrice era así, un rayo de luz. Una persona capaz de transmitir felicidad sin siquiera proponérselo.

- Un jersey rosa. Anotado. – Dijo fingiendo que anotaba lo que la chica había dicho usando un bolígrafo invisible y un papel del mismo material. – Beatrice, ya estoy cerca de los cuarenta. Tengo un pie en el otro barrio, ¿Cómo quieres que no sea viejo? Ay, la artrosis. – Comenzó a reír sobre su propio comentario el cual no podía llegar a tener menos sentido, ya que acababa de cumplir los 31 y para nada se sentía una persona vieja.

Negó con la cabeza ante la infantilidad de su hermana y es que aunque esta ya pasase los veinte años seguía siendo, a ojos de Steven, la niña que tantos años atrás había sido. Aquella niña divertida que quería jugar al escondite, que soñaba con ser una gran doctora. Esa niña que todavía veía en sus ojos, palabras y acciones. Pues por suerte, el mal tiempo no había acabado con Beatrice.

Antes de que la chica llegase al número cuatro Steven ya estaba en pie. Pero no sólo en pie. Sino que cogió de los brazos a su hermana y obligo a que esta cayese sobre la cama con él, quedando los dos tumbados frente al otro. Steven sonrió antes de subir la vista al techo y apoyar sendas manos sobre su pecho.

- ¿Dónde quieres ir? Sabes que no podemos ir por ahí como antes. Ahora es peligroso, Bee. ¿Sabes que hay carteles con nuestras caras? Si nos estuviéramos muriendo de hambre podría cambiarte por suficiente comida para no tener que preocuparme  por el resto de mi vida. – Dijo aquello intentando que la cosa sonase menos seria de lo que realmente era. – Sólo si vamos con cuidado. – Matizó a la espera de escuchar dónde quería ir su hermana. Pues no tenía intención de salir a pasear por muy buen día que hubiese en el exterior cuando aquello podía suponer el fin de sus días de libertad.
Steven D. Bennington
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Invitado el Dom Abr 16, 2017 7:17 pm

No era una inconsciente, pero necesitaba los rayos del sol sobre su piel. Teniendo en cuenta que estaban en Inglaterra y a pesar del día primaveral que hacía, no le harían daño alguno a su blanca piel. Quería creer que Steven, más que ella todavía, también lo necesitaba. ¡Venían de Australia! No dejaban de ser canguros con forma humana y mucho vocabulario. Jugaba a su favor con que su hermano también tuviera muy buen carácter, si bien pasó una época sumido en cierta oscuridad. A pesar de todo, de ser dulce cual cordero de Dios, decidió darle una buena colleja porque se la merecía. — ¡Cómo se te ocurre decir algo así! — no le estaba recriminando sobre el tema de la edad. — No vuelvas a frivolizar sobre la muerte, te necesito conmigo muchos años para que malcries a tus sobrinos como yo lo hago con la mía — de paso lo picaba un poco con el tema de ser madre, teniendo en cuenta lo que eso implicaba.

Jo, no me trates como si fuera una niña — aunque tenía gestos que bien podrían hacerla parecer como tal. Justo como en ese momento, que hinchó los carrillos y cruzaba los brazos a la altura del pecho, igual que de pequeña, cuando le daban rabietas por culpa de la misma persona que ahora tenía junto a él. La misma persona por la que daría la vida sin pensarlo ni medio segundo. — Sé tan bien como tú que hay carteles con nuestras caras, que somos fugitivos, que estamos aquí por nuestra propia seguridad... pero al igual que podemos ir a trabajar, creo que nos merecemos un poco de aire libre — abrió mucho los ojos y lo miró con toda la ternura del mundo. — Iremos con cuidado, de verdad. Es que encerrada siempre siento que me ahogo — murmuró, exagerando los pucheros.

Se puso en pie de un salto y se miró a sí misma. — Yo voy perfecta, tú tienes que peinarte un poco. ¡Ese pelo tuyo es imposible! — en el momento que lo dejaba un poco largo, el pelo de Steven hacía su propio camino. — Si quieres puedo intentar arreglarte un poco y que estés presentable. ¿Quién sabe si no encontraremos una buena madrastra para Lexie? Claro que tendrá que pasar mi criba, eso no lo dudes y si a mí no me gusta, ya sabes lo que pasa — toda seria, alzó la barbilla y dejó que su hermano se repusiera del terremoto que ella misma suponía.
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InvitadoInvitado

Steven D. Bennington el Vie Abr 21, 2017 3:00 pm

Para Steven no existía ningún tema tabú sobre el que no se pudiese bromear. Era una de esas personas que aparentemente no se tomaba la vida demasiado en serio. Aunque cabía decir que aquello no era del todo cierto.

- Eso ha dolido. – Pasó la mano derecha por la parte trasera de su cuello donde acababa de recibir un golpe con la mano abierta por parte de su hermana menor. – Era una broma mujer, no te lo tomes tan a pecho. – Dijo fingiendo estar dolido por el golpe. El cual apenas había sido una caricia, ya que Beatrice no le iba a dar precisamente a él con todas sus fuerzas. – Es como tu bromeando sobre  cómo malcriaré a mis hipotéticos sobrinos. - ¿Beatrice con hijos? Mentiría si dijese que no quería tener sobrinos alguna vez en su vida, pero no era el momento. La situación actual no estaba como para ir por ahí teniendo hijos. Y tampoco era capaz de imaginar a su hermana menor formando una familia. Un marido, niños… ¿No era muy joven todavía para aquello? En absoluto, pues con la edad de Beatrice él ya estaba casado y con una hija, pero eso no quería decir que no viese todavía a su hermana como toda una niña. Además, ¿Con quién pensaba tener hijos?

Una sonrisa se dibujó en los labios de Steven al ver a su hermana reaccionar de una manera infantil. Y es que ambos podían ser tachados de infantiles en más de una ocasión, característica común en los hermanos Bennington.

- Yo voy a trabajar porque puedo cambiar mi rostro y no supone un peligro. – Comenzó. – Tú vas a trabajar porque eres una cabezota. Si fuese por mí no estarías trabajando, y lo sabes. Con un sueldo tenemos para sobrevivir aquí abajo y Anges nos puede dar comida si la necesitamos. – Steven se había mostrado reacio a que su hermana comenzase a trabajar, pero no le había quedado más remetido que aceptar. Entendía que no quisiese vivir escondida. Vivir solo en aquel recóndito lugar donde ni la luz del sol podía tener cabida.

Era imposible no dejarse convencer por su hermana. Siempre había sido así. Steven tenía debilidad por Beatrice y era incapaz de decirle que no. Aquella situación era el claro ejemplo. Ladeó los labios. Sin siquiera decirlo, ya había aceptado a su invitación. Y su hermana no precisaba de palabras para saberlo.

- ¿Mejor así? – Bromeó ante el comentario de su pelo haciendo que este creciese hasta llegar a la altura de su cuello y, acto seguido, volviese a su forma original. - ¿O te refieres al color? – Se tornó a negro. Luego a azul. Finalmente a un tono rojizo antes de recuperar su color natural. – Lexie está bien teniendo una madre, no necesita también una madrastra. Suficiente tiene con una tía como tú. – Rió antes de levantarse para abrir la puerta de la habitación e invitar a su hermana a salir. - ¿De verdad me ves preocupándome por encontrar novia ahora? – Nunca había sido una de sus preocupaciones, pero ahora viendo cómo estaban las cosas era algo que no quería ni tener cerca. – Me preocupa más tu afán de darme sobrinos. ¿Acaso ya tienes un candidato por ahí?
Steven D. Bennington
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