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Pious lie [Priv. Archie Washburne]

Laith Gauthier el Jue Abr 06, 2017 10:56 pm

Era temprano por la mañana y acababa de terminar su turno de trabajo. Había vuelto a su departamento a descansar dos míseras horas antes de salir a la vida. No tenía muchas cosas que hacer ese día, volvería a tomar el turno nocturno y tenía hasta entonces para perder el tiempo, luego de haber desayunado algo. Lo bueno de las mañanas así es que casi nadie está en las calles, son suyas por completo, como una especie de escenario hecho para un solista. Con la música en los oídos, el mundo era suyo, siempre que no viese a nadie en la misma calle. Se sentía apresado en las calles mágicas.

Sus pasos iban rítmicos con el sonido de la canción, en una coreografía improvisada que el sanador aprovechaba bien dentro de su escenario personal. — I say, ah… Are you coming back to me? It’s a disastrophe. Like, come on, are you really feeling apathy? I got the moves, make you come on running after me —seguía la canción en un tono bastante discreto, aunque no por ello bajo. — ’Cause, baby… Oh, my, well, it’s unfair: looking like that make a gentleman stare —siguió un poco, entre sus pasos y su voz.

Cuando oyó un ruido, apagó la música y guardó el reproductor en una mochila que llevaba. Si era un mago purista iba a verse con problemas de que lo viesen oyendo música nomaj, en serio era desesperante poder llegar a sentirse así de perseguido, aunque esos rumbos no los frecuentaban demasiado. Eran de esos que él utilizaba para ejercitarse un poco más que para hacer nada, sitios desolados que asemejaban una especie de parque sin saber si lo era en realidad, pero que distaba suficiente del ajetreo matinal y le quedaba relativamente cerca de casa.

Fue en ese momento que vio a otro mago que parecía estar teniendo problemas con alguna cosa que desde su escondite no alcanzaba a ver. Le sacó quizá unos treinta y cinco años, tenía un rostro agradable y no estaba mal. Laith tenía la mala costumbre de juzgar primero un rostro atractivo y dejarse llevar un poco por el momento, un día iba a acabar intentando coquetearle a un secuestrador y nadie iba a saber más de Laith Gauthier. Pero éste día no era el día, tratando de descubrir qué estaba haciendo antes de acercarse.

Eso era… ¿un artículo nomaj? Eso parecía, aunque no alcanzaba a verlo bien. Tenía su oportunidad de iniciar una buena conversación, siempre que no lo confundiera con un purista. Salió de su escondite con naturalidad como si nunca hubiese estado oculto. — Buenos días, ¿qué estás haciendo? —le preguntó. Por su tono amable esperaba que se diese cuenta que no iba a meterlo en problemas por estar jugando con cosas nomaj, aparentando casi sorpresa de la cosa que tenía ahí, aunque era algo de lo más habitual para él.
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Archie Washburne el Vie Abr 07, 2017 2:00 pm

No podía creer la suerte que había tenido.

Se levantó aquel día temprano, muy temprano, antes de que despuntara el alba. La vida en el refugio era demasiado tranquila, si olvidamos la perpetua sensación de poder ser descubiertos en cualquier momento, claro. Y las mañanas eran lo peor, apenas había movimiento y Archie solía aburrirse soberanamente.

Hacía días que se había quedado sin juguetitos que despiezar, así que se propuso que en aquella jornada saldría y buscaría algún cachivache muggle con el que trastear. No tardó en perderse por las calles londinenses, a ver si por casualidad daba con una tienda de antiguallas y encontraba algo decente. No es que tuviera demasiado dinero muggle como para comprar algo nuevo, así que mejor algo que ningún no mágico quisiera, para poder experimentar con él.

Fue entonces cuando, en el cruce de una concurrida calle, algo brilló en el suelo atrayendo la atención del mago. Se acercó a él como si se tratase de una alimaña que hubiera encontrado comida en el bosque tras días sin probar bocado. Se agachó mirando a los lados, y recogió el objeto del suelo. ¡Era un smartphone! Algo así no lo hubiera encontrado en un anticuario, como mucho un teléfono antiguo como el que tenía en su despacho de Hogwarts. Volvió a mirar a su derredor, esperando que nadie se parara a reclamarlo. Se habría deslizado del bolsillo de su dueño, seguramente, y puede que no tardara en desandar sus pasos tratando de encontrarlo.

Entonces se creó una extraña tesitura ante sus ojos. Podía quedarse ahí y esperar a que el muggle que había perdido el teléfono móvil viniera a reclamarlo, o adentrarse en la calle mágica que sabía que tenía cerca, donde su dueño jamás podría entrar. El problema es que lo haría con un objeto muggle en las manos, y sin intención de guardarlo en un bolsillo. Le podía la emoción. Y no eran tiempos para los amantes de los muggles y sus cachivaches. Estaría en peligro si entraba con uno de ellos en una zona mágica. Igual, era obvia su elección. Corrió hacia el callejón muggle que daba acceso a la calle mágica.

Cuando pasó el umbral que separaba el Londres muggle del mágico, dedicó un segundo a observar más detenidamente el teléfono. Tenía una amplia pantalla agrietada, seguramente como consecuencia de la caída. Archie sacó presta su varita y conjuró un reparo no verbal, devolviendo la pantalla a su normalidad. Impoluta, se podía ver reflejado en ella. Todo ello lo había hecho sin detenerse, y sin prestar mucha atención a lo que se cocía a su alrededor. Había llegado a un pequeño parquecillo y no sabía ni cómo.

Ensimismado en su nueva adquisición estaba cuando fue sorprendido por la espalda. Dio un respingo y se volvió hacia quien le hablaba. Era un joven tatuado que no parecía suponer una amenaza. De hecho lo saludó con tono amable, pero ello no relajó a Archie. La vida del fugitivo no estaba hecha para confiados.

— ¿Qué? — respondió Archie rápidamente, con evidente nerviosismo y escondiendo en su espalda el objeto. Como si no lo hubiera ya visto aquel tipo. “¿Cómo puedo ser tan descuidado?”, se lamentaría. — No, nada, n-no es nada.

Si se trataba de un purista, estaba en un lío. Y gordo.
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Laith Gauthier el Vie Abr 07, 2017 8:31 pm

Le parecía honestamente un poco extraño cómo las mañanas como aquellas parecían más una película nomaj de misterio, un poco de neblina, el sol un poco perezoso, en las calles sólo un loco que iba caminando solo y cantando en voz baja, y las mismas bañadas en carteles y periódicos viejos. En ocasiones se fijaba en los carteles. Antes no lo hacía en lo absoluto, pero tras encuentros cercanos con fugitivos prefería saber con quién andarse con cuidado de que llegara algún mortífago y con quiénes no.

Vio algunas caras conocidas, una verdadera pena si se lo preguntaban. Le preocupaba más cuando no veía a nadie conocido, eso le daba a entender que quizá le habían atrapado. Laith pocas veces olvidaba un rostro que veía, como si se adhirieran a su mente, forzándolo a dar un trato personalizado a cada una de las personas que se encontrase. Más aún si eran fugitivos, la mayoría no eran criminales violentos, sólo hombres y mujeres sin opción a elegir; muchos de ellos necesitaban saber que no estaba aún todo perdido.

Le pareció curioso ver a un hombre mago tan entusiasmado con un Smartphone en las manos, le sabía un poco fuera de tono pero por ello era un tanto gracioso. Lo había mirado un poco para intentar descubrir qué tipo de persona era, le dio el aire a que ya lo conocía pero no sabía de dónde. Algunos de los carteles no los miraba con mucho detenimiento. Pero le faltó un par de segundos para recordar la cabecera que lo presumía como un traidor al régimen y al colegio de hechicería de la zona. Pero buen gusto tenía él para la gente que siempre acababa atraído por personas por las que podrían decapitarlo.

Pero como vida sólo hay una, decidió acercarse con un saludo, quizá de una forma tan discreta que el hombre había respingado y girado hacia él. Además de que intentó esconderse el aparato de la forma más obvia del mundo, que le dio la impresión de ser casi como un chiquillo al que habían pillado en una travesura que realmente el hombre fugitivo que era. Pero eso sólo le dio más curiosidad de poder saber qué tipo de sujeto era aquel, un exprofesor al parecer, o al menos relacionado con el colegio al que supuestamente había traicionado.

No me puedes engañar que lo he visto, ¿qué es? —haciéndose un poco el idiota esperaba ver si conocía cosas de esa naturaleza. Era una mañana agradable y esperaba que las personas que pudiesen quebrantársela aún estuviesen durmiendo. Decidió sacar un cigarrillo y recargarse en un árbol, esperando que no huyera porque juraba por su nombre que iba a perseguirlo, aceptaba bastante mal el rechazo cuando hablaban de confundirlo con puristas, porque realmente no iba a aceptar que aquello sucediese.

Lo encendió con un mechero nomaj, volviendo a alzar la mirada al hombre en cuanto guardaba la cajetilla de nuevo, esperando ver si tenía intenciones de decirle qué era, por lo que prefirió responder. — No pienso entregarte, tu rostro luce lindo en los carteles, sería una pena dejar de verlo —le indicó; era imposible no verlo cuando estaba, igual que el resto de los carteles, por todos sitios. Un verdadero desperdicio de papel, si se lo preguntaban a Laith, pero tampoco iba a entrar en modo ecologista frustrado.

Pensó un poco y su teléfono era un tanto más discreto, cabía perfectamente en un bolsillo y no se notaba demasiado, o bien a veces lo dejaba adentro de la mochila para minimizar riesgos a que algo pudiese suceder y lo encontrasen. A veces vivir una vida como la suya era un porcentaje altísimo de paranoia y el resto sospechas que en realidad no tenían ni pies ni cabeza, pero siempre trataba de ser positivo sin importar si conseguía algún problema de por medio, siempre era relajante que hasta entonces hubiese podido salir bien parado de todo.


Última edición por Laith Gauthier el Vie Abr 07, 2017 11:39 pm, editado 1 vez
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Archie Washburne el Vie Abr 07, 2017 10:56 pm

Rápido, ¡invéntate algo! ¿Por qué el Escritor nunca está presto cuando se le necesita?

— Es… Es… Un teléfono móvil encantado. — improvisó. Cualquier cosa antes de admitir que andaba con un cachivache muggle en una zona mágica. No con el panorama tan purista que destilaban todas las calles de Londres. Lo sacó de su espalda y lo mostró: — Es en realidad un espejo doble, pero parece un teléfono, a ojos muggles. — mintió.

¡Pero qué buena idea! Un teléfono que pareciera un teléfono, hasta en sus videollamadas, pero que en realidad fuese un espejo doble para hablar con un mago. Tengo que patentarlo, ¡me haré rico!

Deliraba. Demasiado tiempo a la sombra del refugio.

El joven se recostó sobre un árbol y prendió un cigarrillo con un mechero. “¿Un mechero muggle? ¿Será entonces de fiar?”, se preguntaba. Archie no era fumador. No de tabaco, al menos, aunque gustaba de fumar otras cosas gracias a la mala influencia de Odiseo. “Pero tabaco, ¿para qué?”, pensaba él. “Ya que me va a joder, que el viaje sea divertido”. Igual seguía con el susto en el cuerpo y habría aceptado hasta un cigarro sin aliñar, pero entonces el tatuado soltó aquello y su espinazo volvió a encogerse.

— ¿Carteles? ¿Qué carteles?

Y entonces, como si la etérea forma del viento le hubiese escuchado y tratase de responderle, una brisa recogió uno de aquéllos y lo estampó contra el rostro de Archie. Un cara a cara de él mismo consigo mismo. Sólo que el Archie del cartel se movía y el de verdad se había quedado petrificado.

Se quitó de encima el cartel que le tapaba los ojos y sacó su varita del interior de su chaqueta sin siquiera pensarlo. Apuntó al fumador, también como acto reflejo, pero no tardó en bajarla hacia el suelo. Justo cuando hubo reparado en que el otro no sólo prometía no entregarle, sino que lo hacía con tono distendido e incluso burlón. Es más, si no fuese por el nerviosismo patente de Archie, hasta juraría que le había lanzado un cumplido.

— Perdona. — se disculpó, volviendo a guardar su varita. — Espero que sea verdad. Lo de que no me entregarás, no lo de rostro. — se apresuró a decir, sonriendo a medias. — Eso debe ser por la niebla, que no alcanzas a verlo bien. — bromeó, con aparente falsa modestia. Aunque era más honesta de lo que pudiese parecer.

La mismísima niebla era la que había ocultado todos los carteles con su cara que se mecían con la suave brisa mañanera. Ahora que se percataba y alejaba sus ojos más allá del smartphone, el suelo estaba plagado de carteles que el viento había arrancado de árboles, farolas y fachadas; no sólo con su cara, sino con la de otros muchos compañeros fugitivos. Al menos en parte, seguramente allí había muchos verdaderos criminales, y no simples disidentes del nuevo orden.

Sea como fuere, aquello era nuevo para él. Principalmente porque él no solía inmiscuirse en ningún ámbito vital como para que alguien lo considerase enemigo. De hecho Archie se había mostrado bastante neutral con el cambio de gobierno y dirección de Hogwarts, hasta que no pudo soportar más lo que estaban haciendo con su querida asignatura. Entonces se fue, dejó su cargo y —por suerte— dio con Odi y su escondite. Lo había hecho sin pensar muy bien en las consecuencias, pero no tardó en entenderlas. Lo que no esperaba era tanto protagonismo.

— Mierda.

Arrugó el papel y lo tiró. “Uno menos”. Miró a su alrededor, pero estaban solos. Seguía siendo muy temprano.

— Muchas gracias por no delatarme. — le dijo Archie al joven de los tatuajes. — Me gustaría quedarme, pero comprenderás que tras esto no lo haga. — añadió, señalando a los carteles del suelo. — ¡Nos vemos!

Se planteó el aparecerse en cualquier otro lado, pero no quería permanecer ahí más tiempo, ni siquiera el necesario para pensar en un lugar muggle discreto donde materializarse. No, mejor deshacer el camino andado y volver al callejón muggle justo por donde había entrado. Y cuanto antes mejor.

¡Hasta se había olvidado de su nuevo teléfono!
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Laith Gauthier el Sáb Abr 08, 2017 12:03 am

¿Un teléfono móvil encantado? —preguntó; por qué no, a veces los magos podían hacer cosas raras también, aunque no entendía su utilidad ahora que estaban tan peleados con la comunidad nomaj. — Jamás había oído de algo así, ¿puedo verlo? —si era verdad tanto como si no, aquello le daba una buena respuesta acerca de aquel sujeto. Si estaba en contra del régimen, normal que tuviese aparatos funcionales no mágicos.

Laith no era un buen ejemplo y, más importante aún, nunca había dicho que lo fuera. Un médico que fumaba y comía todo tipo de basura no era el arquetipo de sanador más usual. Le comentó sobre los carteles al verlo tan inquieto sólo para percatarse que no los había visto, algo de lejos extraño cuando estaban literalmente por todos los lugares del mundo mágico. Él, quien al principio los ignoraba, también había caído preso de ellos y de ver qué caras se encontraba en ellos. Pero el aire le dio su respuesta al ponerle en su rostro una imagen de él en uno de los dichosos carteles.

Lo vio asustarse y señalarlo con su varita, mientras él se quitaba el cilindro de los labios entre índice y medio y exhalaba el humo que le ardía en los pulmones. ¿Iba a atacarlo en serio? Quería verlo intentarlo. No reaccionó, no sacó su varita, sólo le clavó la mirada directamente en los ojos hasta que la bajó al suelo. Generalmente poseía una actitud un tanto insolente, como el muchacho joven que era, después de todo. — Puedo asegurarte que es verdad. Lo de no entregarte y lo del rostro; hay niebla pero no estoy ciego —le sonrió.

Al final ya era obvio que iba a escapársele, y el sanador no iba a permitirlo. Tenía fama de cabezota y obstinado, y en situaciones como esas tenía que hacerle honor a dichos adjetivos. — ¿A dónde vas con tanta prisa? No hay nadie aquí y no lo habrá hasta pasada la tarde que los jóvenes sin plata para moteles vengan a derrochar su amor, mejor explícame sobre tu móvil mágico —le pidió con una sonrisa, separándose del árbol. Alguna vez se había quedado ahí todo el día y por ello sabía lo de los jóvenes, a fin de cuentas.

Se preguntó qué hacer durante unos segundos, pero el otro había comenzado a caminar cuando lo más fácil era simplemente aparecerse. Metió la mano derecha en el bolsillo, la zurda sujetando su cigarrillo y caminó detrás de él; si se aparecía, podía alcanzarlo y aparecer donde él lo hiciera, algo que no iba a ser conveniente para aquel sujeto. Volvió la mirada a los papeles del suelo, buscándolo entre ellos y de ahí sacó su nombre y su apellido, junto con el resto de información acerca de su gravísimo crimen.

¿Washburne, es tu apellido? Me suena de algo… Deben ser ideas mías —lo segundo lo había dicho para sí mismo, intentando buscar en su cabeza de dónde había sacado ese apellido y que le sonaba. — Yo soy Laith —se presentó, que ser un acosador no le bastaba, quería ser un acosador reconocido. A pesar de eso, tenía cierta preocupación: que él no delatara al fugitivo no significaba el mismo honor, podrían señalarlo por traidor de boca de aquel sujeto. Y eran las pequeñas preocupaciones que le daban sabor a su vida. — Venga, dame un poco de tu tiempo, no es la gran cosa, no creo que tengas algo más interesante que hacer a estas horas —y que estaba jugando como si nada con un teléfono, mas eso no lo añadió.

No parecía la persecución que era en realidad: Laith caminaba detrás de él como si nada, en ocasiones calaba del cigarrillo y a veces miraba a un costado cuando escuchaba algo, como lo haría cualquier persona en una situación así. Si pretendía salir de aquel sitio, suponía que entraría en zona nomaj, y no sabía si eso era más seguro.
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Archie Washburne el Dom Abr 09, 2017 7:53 pm

— Sea como sea. — interrumpió Archie al joven, tras su segundo halago. — No es que no confié en ti, pero aquí como que corro peligro. Lo comprenderás, sin duda. — añadió, antes de seguir su camino hacia el umbral mágico que lo separaba del Londres muggle.

No es que en las calles de la metrópoli estuviera mucho más seguro, también allí lo perseguían; pero al menos no estaban recubiertas sus aceras y fachadas con su rostro. Aunque no podría asegurar que los policías muggles no estuviera al corriente de su persecución. Al fin y al cabo existía una estrecha colaboración entre el Ministerio Mágico y el muggle, por lo que la cacería mortífaga se podría haber trasladado a los oficiales uniformados con aquellos pintorescos sombreros.

— Aun así, estaría más tranquilo en zona muggle. — confesó el fugitivo, viendo que el joven de los tatuajes insistía. — Nunca se sabe quién puede salir de entre la niebla, o qué puede estar observando a través de ella. — argumentó, con la paranoia innata de un refugiado.

Archie no se dejó convencer, pues; y salvo que se cruzasen en su camino, acabaría cruzando el umbral. El joven que se identificó como Laith le seguía, queriendo presentarse, aunque sabiendo ya su nombre. Sin duda por los carteles. Si continuaba empecinado en seguir sus pasos, lo acompañaría hacia el callejón muggle. No obstante, no sería algo que le importase a Archie. De hecho, si cruzaba el umbral con él, allí podría ser más educado y entablar conversación de manera más calmada.

— Es Washburne, pero puedes llamarme Archie. — indicó de buena gana él, tendiéndole una mano para que se la estrechara, aunque sin dejar de caminar hacia el umbral. — Encantado Laith. — Le extrañaba que alguien diera su nombre así como así, a sabiendas además de que se encontraba frente a un fugitivo. Supuso que o bien no era su verdadero nombre, o bien no le importaba la actual condición de Archie: existían muchos disidentes del nuevo régimen. — Pues la verdad es que no tengo mucho más que hacer. — “Ya no”, podría haber añadido. “No ahora que encontré un smartphone”, recordó para sí, el cual ahora descansaba en el bolsillo de su abrigo. — Te daré todo el tiempo del mundo. — aseguró Archie, quien por otra parte no entendía tanta insistencia, aunque le agradaba. No es que hubiese tenido tiempo de socializar mucho desde que pasase a ser un fugitivo. Se había detenido, estaba a un paso de cruzar el umbral: — Pero en la Londres muggle, si no te importa. — añadió.

Y, de no ser detenido, cruzaría el umbral. Y respiraría tranquilo al otro lado. ¿Por qué había abandonado la seguridad del refugio?


Última edición por Archie Washburne el Lun Abr 10, 2017 12:03 am, editado 1 vez
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Laith Gauthier el Dom Abr 09, 2017 10:36 pm

Le daba algo de risa la forma de actuar de aquel hombre, era un tanto esquiva y eso lo comprendía por su situación, pero no dejaba de resultarle curiosa. Le parecía… como si estuviese intentando coger un ratón de una jaula y todos huyeran de su mano, algo así pero con un hombre. Vio que se dirigía a una zona nomaj, y él no tendría problemas en seguirlo hasta ella, mirando a su alrededor cuando dijo que nadie sabía qué miraba por entre la niebla, calando al cigarrillo y soltando el humo por la nariz.

Lo iba siguiendo sin parecer un acosador (aunque lo fuera) sabiendo que iba a cruzar al otro mundo y eso le importaba bastante poco. Preguntó por su apellido, suponiendo que ya que era significativamente mayor quizá querría que lo tratara de usted, pero éste le respondió con su nombre. O bueno, más o menos, aquello le sonaba una abreviación y eso no le gustaba. Por algún motivo era un tanto reticente a tratar a la gente por apodos y abreviaturas. Aun así, estrechó su mano cuando se la tendió.

¿Archie? ¿Es tu nombre completo o es una abreviación? —suponía que en algún lugar había gente llamada Archie, así que preguntarlo era lo más inteligente para hacer. El sanador era un extraño de dos mundos, usual habitante de ambos como si caminara en la fina línea que separaba lo nomaj de lo mágico. Por ello su nombre venía primero, sin ocultarlo en lo absoluto, podía sonarle a más de uno en cualquiera de los mundos. — El gusto es mío —sonrió, frunciendo el entrecejo un segundo con un gesto un tanto entretenido.

Aquel encuentro era de lo más raro, siempre hacía un poco por poner de su parte en encuentros que a veces sólo él quería que se dieran, pero era la primera vez que seguía a alguien por varias calles. El sujeto le había prometido el tiempo del mundo cuando salieran del Londres mágico, así que lo mínimo que podía hacer era precisamente eso, dirigirse al Londres nomaj no le pareció un precio demasiado caro por su tiempo. Sin embargo, vio por el rabillo del ojo a alguien acercándose peligrosamente por entre la neblina, una silueta que le generó un cosquilleo en la nuca, propio de sus malos presentimientos.

Decidió no pensar y ser rápido en actuar, empujando al exprofesor por el umbral que los sacaba del callejón mágico al nomaj y sin pensarlo demasiado lo sujetó cubriéndole la boca y sujetando las manos para que no sacara su varita, tirando su cigarrillo que igualmente ya estaba por acabarse en el proceso mientras se escondía en medio de un montón de basura. Perfecto. — Confía en mí —le pidió en un susurro, — quédate aquí —no era precisamente el lugar más confiable, pero él salió del escondite dejándolo meterse un poco más detrás de unas cajas si era lo suficientemente inteligente. Otra persona salió del umbral.

¿Dónde está? —le preguntó el desconocido, chocándolo contra una pared al sujetarlo del cuello. — Respóndeme, he podido verlo —le exigió. Era un hombre un tanto mayor que ahora lo apuntaba con su varita al cuello, pero no consiguió intimidar mucho al sanador.

De no haber sido porque lo espantaste, estaba por conseguir convencerlo de que me llevase al nido de ratas, idiota, ya lo había engañado —no lo conocía, pero ahora todo el mundo asumía que eran puristas y que todos tenían el mismo deber de capturar a los fugitivos y llevarlos hasta la ley. — Mencionó algo sobre Whitehall, decía que una calle importante les daba cierta discreción. En lugar de culparme por tus errores y haberme jodido el plan, ve a buscar a los demás y vamos a revisar esa calle —dicho aquello, le empujó la mano con que lo amenazaba.

Laith se daba cuenta que a veces un mago con mínimas capacidades lectoras de mente podría joderle todo, pero éste no era el caso. — Como me entere que me has mentido, tu cabeza adornará mi sala de estar —y dicho aquello, el desconocido desapareció, dejándole solo de nuevo en el callejón. El sanador tenía el corazón a mil tras el susto y esperaba que Archie no lo hubiese dejado a su suerte cuando había puesto el pellejo en no ponerlo en evidencia, acercándose al escondite que le dio.

¿Sigues ahí? —le preguntó, aclarando la garganta y acomodándose el cuello de la chaqueta que con las amenazas había conseguido arrugárselo un poco.
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Archie Washburne el Lun Abr 10, 2017 1:37 am

Antes de cruzar el umbral, se detuvo a contestar:

— Es un diminutivo, sí. — respondió. — Archimedes suena a mago prehistórico. — bromeó. Y casi que no le faltaba razón, aunque se trataba más bien de un célebre hechicero de la Grecia Clásica.

Y ahora que había cruzado el umbral, ni supo cómo lo había hecho. Bueno, en realidad sí sabía que había sido empujado por el joven de los tatuajes, pero no el porqué de aquello. Antes de que pudiera abrir la boca para preguntarle que qué hacía, Laith le tapó la misma y le agarró la mano buena. La de la varita.

Estaba a su merced.

¡Me viola, me mata, o peor… me entrega!

Archie debía replantearse sus prioridades, primero. Luego debería aprender a defenderse. Aunque en ese caso no le sería necesario, pues no todo era como pintaba. Debía avisar a su corazón de ello, porque bombeaba a toda velocidad tras su pecho. Si ambos se hubiesen callado, quizá podrían haber escuchado su latido. Pero no lo hicieron, sino que Laith le pidió que confiara en él y que permaneciera allí a donde lo había conducido. Archie lo habría ignorado y echado a correr en el mismo instante en que lo liberó, pero el sonido de unos pasos le hizo cambiar de parecer. Sin saber muy bien por qué, quizá por instinto, decidió de repente confiar en Laith.

Y menos mal que lo hizo.

El dueño de aquellos pasos resultó ser un purista que había reconocido al fugitivo exprofesor. Archie no quiso ni echar un ojo para ver qué ocurría tras el montón de basura donde estaba escondido, pero sí que echó mano de su varita por si tenía que usarla para defenderse. Hora de poner en práctica sus años de estudio en la escuela de aurores.

No hizo falta, sin embargo. Laith arguyó una historia de manera brillante, haciendo creer que él estaba también tras la búsqueda del fugitivo Archie. Luego, de manera no menos inteligente, condujo al cazarrecompensas —profesional o improvisado, uno nunca estaba seguro últimamente— hacia una calle muy alejada de allí. Reticente y amenazante, éste decidió hacerle caso y desapareció tan pronto como había aparecido.

— Joder, ha estado cerca. — maldijo Archie, saliendo de su escondrijo, aún con la varita en ristre. — Te debo una y bien gorda. — agradeció, sonriéndole y respirando entrecortadamente, tratando de devolver el ritmo usual al repiqueteo de su corazón. — Te debo también una disculpa, por no confiar en ti. — confesó, torciendo un tanto su gesto en ademán de arrepentimiento. — Déjame que te invite a un café. ¡Ven!

No guardó su varita, por si se encontraban con otro purista allá donde iban, pero sí que agarró con su mano libre el hombro de Laith. Era mucho más fácil aparecerse con él que explicarle a dónde ir. Y sí, puede que fuese una acción algo descortés, pero el joven tatuado ya lo había empujado, le había tapado la boca y reducido; se había ganado a pulso una desaparición conjunta. Su relación ya estaba a ese nivel.

Aparecieron en otro callejón, claro está. No estaba en situación de despertar la alerta, ni siquiera entre muggles. Sólo que aquel callejón estaba a las afueras de Londres, a kilómetros del otro, en el barrio de Wimbledon. Había elegido esa ubicación por alejarse tanto del centro de la urbe y porque conocía el café que se situaba al principio del callejón. Era uno de aquéllos en los que el café de tamaño pequeño te daba para bañarte en él.

Archie invitó con gestos a que Laith le acompañara, pero decidido a romper el silencio:

— ¿De qué hablábamos? — empezó, haciendo como si no hubiera pasado nada. — Ah sí, de mi smartphone “encantado”. — Dibujó en el aire aquellas comillas. Ya había guardado su varita. — Si quieres te lo dejo ver, pero la verdad es que es un teléfono muggle corriente. Lo encontré en el suelo frente al callejón de dónde nos desaparecimos. Pensaba desarmarlo para estudiarlo, me chiflan estos trastos. — confesó, dando así comienzo a la conversación que tanto ansiaba Laith, descubriéndole uno de sus principales pasatiempos.

No era muy de hablar con completos desconocidos, menos en su situación actual, pero aquél en especial acababa de salvarle el pellejo. Qué menos que invitarle a un café y charlar un rato con él a modo de gracias por aquello.
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Laith Gauthier el Lun Abr 10, 2017 2:38 am

¿Puedo llamarte Archimedes? En realidad no me agradan las abreviaturas ni los apodos… —le preguntó; era una cuestión de preferencias bastante simple, no le agradaba. Cada persona tenía un nombre que alguien importante había pensado en mayor o menor medida para ponerle, y por ello merecían ser recordados como eran y no como apodos o abreviaciones, aunque no era su intención incomodar a nadie.

Pero iba a acabar haciéndolo sin quererlo. Tenía un sexto sentido para los problemas; el mismo que a veces le generaba deseo de querer conocer a alguien, ahora era lo que estaba por salvarles el pellejo a los dos. Supo que había asustado al fugitivo, lo había reducido sin cuidado en apenas un parpadeo, el tiempo que habían tardado en cruzar el umbral y aparecer en aquel callejón, metiéndolo entre la basura para pedirle un voto de confianza que presintió que no querría darle.

Probablemente el sujeto estuviese inquieto: lo había perseguido, lo había incomodado y encima tenía que admitir que a muchos su apariencia no les parecía algo muy de fiar. Un voto de confianza necesitaba. Si atrapaban al exprofesor, a él lo juzgarían por traición, ninguna de las dos cosas era buena. Por suerte se quedó ahí dentro y él pudo ir al encuentro con el sujeto que llegó agrediéndolo, respondiéndole con la misma prepotente hostilidad.

Laith era bueno para mentir, pero sin habilidades mágicas de por medio. Si estaba en igualdad de condiciones, podía ser el hombre más hijo de perra que existía. Así que no le fue difícil ponerse al nivel de aquel purista y retarlo por haberle hecho perder a su supuesta víctima. El otro por suerte estaba demasiado enfadado como para pensar claramente: ¡ahí no había rastro de desaparición! Sólo la que hizo el desconocido al ir a buscar gente para explorar la calle que le había señalado, bastante lejos de ahí. Sólo cuando estuvo solo, se permitió perder un poco la compostura.

¿Te encuentras bien? Siento si te asusté, no tenía tiempo para explicarte… —se disculpó, cuando era en serio aquello. Si le hubiese dicho algo, le hubiera faltado tiempo para salir del escondite y presentarse ante el desconocido. — Tranquilo, sé que no me he comportado como el tipo más confiable, y sé que tienes tus razones —aceptó sus disculpas, sacudiéndose la ropa mientras tanto; no era de la clase de tipos que guardaban resentimientos.

No tuvo tiempo a negarse al café cuando ya lo había obligado a desaparecer. Laith llevaba mal las apariciones, su cuerpo no estaba hecho para ellas. Apretó los ojos cuando llegaron al otro callejón, teniendo que sujetarse de una pared del callejón con el antebrazo. Cuando aparecía se mareaba y le arrancaba el aire, había sido una tortura y si había hecho el examen era por necesidad y no por gusto, casi nunca utilizaba apariciones para moverse de un lado al otro. Pronto consiguió recomponerse, recobrando el aliento mientras se separaba de la pared.

Decidió seguir al exprofesor que ahora parecía repentimanete haberle cogido confianza y lo había llevado a… Laith no estaba bien seguro, ¿dónde estaba eso? El sanador aún estaba recomponiéndose de los restos de efectos adversos de la aparición mientras lo miraba, cuando había sido él quien rompió el silencio ahora. Ahora estaba siguiéndole la conversación, ¡había que ver las formas tan raras en las que el sanador podía hacerse amistades!

¿Eso no cuenta como hurto? Bueno, estaba abandonado, pero… ¿Desarmarlo? —había comenzado a hablar cuando de pronto reparó en un detalle importante, nunca había escuchado de nadie que desarmara cosas por diversión. Seguía al mayor entre aquel lugar que no le sonaba de mucho, pensando que ahora era él quien tenía la desventaja y estaba básicamente perdido.

Entraron a la cafetería entonces, buscando un sitio para sentarse, se lo merecía luego de una aparición. Se sentía un poco desubicado, pero al menos el fugitivo ahora estaba abierto a conversar con él, que era lo que había querido desde el principio. — ¿Qué enseñabas en Hogwarts? Creo haber leído que eras profesor —se animó a preguntarle, intentando recordar el contenido del periódico. Aunque no quería demostrarle que estaba abusando de ese conocimiento. — Yo soy médico, trabajo en San Mungo —utilizó la palabra “médico” por si algún nomaj lo escuchaba.

No le interesaba saber nada del “nido de ratas”, ni nada por el estilo, así que Archie tenía la tranquilidad de que no iba a preguntarle cosas que lo pusieran en jaque. Sólo quería una conversación casual, conocerlo un poco y seguramente no volverlo a ver por lo mucho que el exprofesor cuidaba su seguridad, lo más comprensible por supuesto.
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Archie Washburne el Lun Abr 10, 2017 6:52 pm

— Puedes llamarme Archimedes, aunque sólo lo hace así mi madre. — confesó, riéndose entre dientes. — Pero si quieres, por mí no hay problema. — aclaró con honestidad, encogiéndose de hombros.

La verdad es que el nombre de Archimedes le sonaba rarísimo. Ni siquiera su madre lo usaba a menudo. En Hogwarts solían llamarlo por su apellido, o usar el siempre útil “profesor”; aunque hasta los alumnos que le tomaban cierta confianza acababan llamándolo Archie. Igualmente, había sido totalmente sincero: le daba exactamente cómo lo mencionara, siempre que no lo hiciera frente a un mortífago.

— Oye, estás bien. — preguntó Archie, viendo que al joven parecía faltarle el aliento. — No me digas que eres de esos a los que les marea una aparición. — añadió, con gesto torcido, dándose cuenta de su error: — Lo siento, debería haber preguntado antes, pero temía que ese tipo volviera. ¿Quieres tomar el aire un poco antes de entrar a la cafetería? Quizá te venga bien. — ofreció.

Genial. Aquel tipo acababa de salvarle la vida y él se lo pagaba cortándole el cuerpo con una aparición a traición. Le puso una mano en la espalda; no quería agobiarlo, pero temía que lo hubiese mareado lo suficiente como para que se diese de bruces contra el suelo. Archie esperó pacientemente a que se recuperase completamente, sólo entrando en el café cuando Laith lo hiciera primero.

— Supongo. — contestó a la mención de posible robo. — Pero ya has visto los carteles. Soy un criminal peligroso, qué más da un hurto de nada. — añadió, sonriente y con eminente tono burlón. No se molestó ni siquiera en susurrar aquellas palabras: su tono bromista sería suficiente para no alertar a nadie. — Sí, desarmarlo. Me encanta estudiar el funcionamiento de los objetos muggles. Son la mar de ingeniosos. — apuntó con entusiasmo.

Ambos entraron en el establecimiento y eligieron un sitio algo apartado del resto para sentarse. Archie preguntó qué quería Laith, para luego acercarse al mostrador y pedir el mismo sus bebidas. Era de esos sitios que servían cafés para llevar o tomar allí, pero que no contaban con camareros que llevasen las comandas a las mesas.

Volvió al par de minutos con sendas bebidas —no había mucha gente— y colocó la de Laith frente a él. Fue entonces cuando el de los tatuajes le preguntó por su pasado más próximo, ése que había cambiado tan drásticamente con el cambio de gobierno y dirección de Hogwarts. Archie dio un sorbo de su café americano antes de contestar.

— Estudios Muggles. — respondió. — Después de que los mortífagos tomaran el control del Colegio empezaron a hacer cambios en mi asignatura que no me gustaron ni un pelo, así que decidí irme. — explicó, con sosiego, encogiéndose de hombros. — Y al parecer eso está ahora considerado como alta traición. — añadió, con tono irónico, pero con cierto deje molesto.

Archie era un tipo bastante naíf en cuanto al funcionamiento de una sociedad. Algo bastante irónico, teniendo en cuenta que había pasado una década viajando y estudiando culturas muy dispares. Pero en cuanto a lo que una sociedad occidental se refiere, su visión seguía siendo bastante inmadura. Entendía las reglas básicas de ésta, pero no todas las connotaciones de sus normas y protocolos. Claro ejemplo suponía el que, tras la toma del poder de los mortífagos en Hogwarts, hubiese llegado a pensar que sus ideales pro-muggles le permitirían continuar con su labor y vida dentro del castillo. Obviamente, no tardó en darse cuenta de que no podría seguir allí sin traicionarlos, por eso decidió irse. Pero tampoco pensó demasiado en las consecuencias.

Ahora parecían llegarles todas de golpe.

— ¿San Mungo? — preguntó, algo extrañado. No porque Laith se alejase un poco del arquetipo de sanador, sino porque sonaba a extranjero. Había asumido que era un turista norteamericano. — Creía que estabas de visita. Por tu acento, digo.

Archie había estado internado en San Mungo durante mucho más tiempo del que un niño jamás debería estar en un hospital. Quizá por eso no recordaba casi nada de aquello, formaban parte de la inmensidad de lagunas de su mente. De todos modos, aunque hubiese sido un recuerdo claro, tampoco iba a compartirlo allí en mitad de una cafetería muggle. Ni tampoco ante el total desconocido que acababa de asaltarle —salvándole el pellejo en el proceso—, claro está.
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Laith Gauthier el Lun Abr 10, 2017 8:58 pm

De acuerdo, Archimedes —era un nombre curioso, pero insistía en no llamar a nadie por ningún apodo o abreviación, así que iba a acostumbrarse eventualmente. No le importaba si lo llamaba así sólo su madre, ahora lo harían su madre y él, que tampoco eran tan pocas personas, eran dos y ya era una ganancia.

De todas maneras, habían tenido un encuentro cara a cara con el peligro, en el que se había puesto en bandeja de oro por cubrirle las espaldas al fugitivo. No era nada personal, lo hubiera hecho con cualquier otro fugitivo que hubiese encontrado. Una muy mala costumbre que nadie ni nada iba a quitarle mientras tuviese un mínimo de conciencia, que podría costarle la vida pero… a esas alturas, ¿qué no le costaba la vida? Cualquier cosa, hasta respirar, podría ser motivo de ser juzgado, así que al menos lo juzgaran por buenas razones.

No esperaba que Archimedes fuese a obligarlo a aparecer. En el colegio fue la asignatura que más odió, y odiar era una palabra de magnitud impresionante para Laith. No era cosa de costumbre, era algo de su cuerpo que no se adaptaba al cambio de espacio repentino, acababa mareado, le faltaba el aliento y en el peor de los casos sufría taquicardia. Se había sujetado de una pared en cuanto sintió que iba a irse de frente si intentaba dar un paso adelante. Asintió, aún con los ojos cerrados, cuando le preguntó si era de esos que se mareaban con las apariciones. Bastante evidente era.

Es venganza de haberte escondido repentinamente —acusó, aunque no hablaba en serio. Archimedes no tenía ni la menor posibilidad de haber sabido de su problema antes de que sucediera y eso el sanador lo comprendía, pero igual lo acusó por fastidiar. — Sólo dame un segundo —le pidió. Le llevó más tiempo del que le hubiera gustado pero menos del que debería, pero finalmente consiguió suficiente estabilidad como para sentirse capaz abrir los ojos sin peligro a vomitar o de caminar sin balancearse, el aliento poco a poco volviendo a sus pulmones.

Lo invitó a caminar entonces, retomando el tema de su aparato supuestamente encantado que ahora confesaba no estarlo. — Ah, cierto, ya me olvidaba. Seguro te has robado también el sombrero seleccionador ese que tienen ahí en el colegio —le dijo con un deje de ironía, dándole un poco de gracia en realidad, utilizando un tono muy parecido. — ¿De verdad? ¿Cómo lo haces? Una pregunta mejor, ¿cómo lucen? —no creía que el fugitivo se pusiera a coger un desarmador y poco a poco deshacerlo hasta desmenuzarlo en todas sus piezas.

Su segunda pregunta, aunque podía sonar un tanto ignorante, no lo era tanto. Laith había sido criado tal y como vivía, caminando en la fina línea que separa ambos mundos, una obra teatral de drama y comedia en la que saltaba de un mundo a otro. Por ello sabía cómo lucía un teléfono móvil por dentro: uno destrozado que se rompió porque a uno se le cayó al jugar al hockey, así que no contaba en realidad. Suponía que el exprofesor era más cuidadoso y no lo despedazaba bestialmente como ese pobre teléfono.

Cuando entraron al establecimiento, la única especificación que le dio al mayor fue que le llevara algo dulce. Necesitaba azúcar para recomponerse por completo del bajón que le había dado la aparición, pero Laith no se hacía dramas por nada. Lo dejó ir por las bebidas mientras tanto, quedándose tranquilo en la mesa. La acariciaba con su índice, como si fuera la cosa más bella del mundo, pero sólo pensaba inquieto en el sujeto de hace un momento. ¿Y si recordaba su cara? Esperaba que no lo hiciera, que no lo hubiera visto lo suficiente como para reclamárselo si se volvía a encontrar.

Salió de sus pensamientos cuando el otro volvió. — Gracias —le dijo, tomando la bebida que había pedido, decidiendo preguntar sobre su anterior empleo. Debió habérselo imaginado si le chiflaban las cosas nomaj, pero oyó su explicación sin interrumpirlo; era bueno escuchando y por ello no interrumpía si no añadía algo importante a la conversación. — ¿Querían que enseñaras cómo usar los inventos nomaj para el mal? —se imaginaba una clase de artefactos de tortura medievales y un escalofrío le recorrió la espina dorsal.

Archimedes sonaba como un sujeto bastante simple, bromeaba con cosas que podían considerarse sensibles incluso. Pero en realidad aquello no le importaba demasiado, no le apetecía hacerse líos por cosas de ese tipo, cada quien miraba el mundo con los ojos que quisiera. Además, todos los magos y brujas habían tomado una decisión cuando el nuevo gobierno llegó: muchos se fueron, otros se adaptaron, otros huyeron. Él era del tipo de los que se habían adaptado, su trabajo lo había forzado a hacerlo; desde las sombras no servía de nada, pero entre ellas viviendo en la luz podía ayudar, podía conseguir recursos para los necesitados.

Soltó una risa cuando lo confundió con un turista de visita, negando con la cabeza. — ¡Bueno fuera! —comentó sin pensarlo; así no arriesgaría su vida a tontas y a locas cada vez que tenía la oportunidad. — Nací en Montreal, estudié en Estados Unidos el colegio y vine aquí para estudiar la universidad. Me gustó el ambiente, me aseguraron plaza en el hospital donde hice mis prácticas universitarias y me quedé —le explicó, — pero… no se me pegan fácil los acentos, llevo aquí ya unos seis años y no he podido. Tampoco me acostumbro a algunas expresiones y palabras —“muggle” era una de ellas. Él la conocía y todo, pero no le gustaba.
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Archie Washburne el Mar Abr 11, 2017 2:18 pm

Se alegró al saber que el vahído de Laith pronto se hubo esfumado, y buena prueba de ello era ver su buen humor de vuelta. A Archie solían mirarle raro en cuanto a esa faceta de su personalidad, pero parecía que el de los tatuajes no era de aquéllos. Al menos no parecía mostrar signos de ello. Si estaba considerando a Archie como el raro rarísimo que era, lo disimulaba bastante bien.

Igualmente, a cómico no le ganaba nadie. Bromeaba y bromearía hasta el ridículo y más allá.

— ¡Por supuesto que me lo traje! — contestó, exagerando mucho aquella exclamación. — Va mucho con el color de mis ojos. — se jactó, continuando con la burla. No se cortaba, viendo que Laith ya estaba recuperado y que también hacia buen uso de la ironía. — Hay un conjuro que desarma los cachivaches muggles. Es de las últimas cosas que expliqué en clase. — respondió, apesadumbrándose un poco al recordar aquellos recuerdos que parecían tan lejanos. — Te lo enseñaría encantado, pero no quiero alertar a estos muggles y tener a un purista en la puerta al minuto. — musitó. — Y lucen… bueno, complicados. No pude desarmar muchos smartphones, al menos ninguno tan avanzado como éste. — dijo, sacándolo de su bolsillo y poniéndolo sobre la mesa. — Pero sí que he estudiado muchos teléfonos, comunicadores y demás aparatos muggles de ese tipo. Y ya eran muy complejos, no quiero ni imaginar lo enrevesado que serán por dentro estos inventos tan novedosos.

Laith se mostró misterioso respecto a su bebida, no eligiéndola en realidad, sino cediéndole tal responsabilidad a Archie. Éste la entendió como un “sorpréndeme”, un guiño, una suerte de coqueteo y sonrió en consonancia. Pero bien podría significar simplemente que algo azucarado le vendría genial para reponerse de la aparición. Sea como fuere, Archie eligió el Easter Latte que ya comenzaban a preparar para celebrar las fiestas de Pascua. Tenía toneladas de azúcar, amén de otras especias. Él habría pedido lo mismo, pero a tan temprana hora en la mañana el cuerpo le pedía café sólo y sin azúcar.

Y en cantidades ingentes, por favor y gracias.

— Más que los inventos, a los propios muggles. — explicó. — La asignatura se había convertido en toda una apología del odio muggle y una continua oda a los ideales puristas. — Había dejado toda su innata bufonería de lado para relatar aquella parte de su historia más reciente. — Intenté aguantar, en serio que lo hice, pero no podía soportar lo que estaban haciendo con mi asignatura. Que por otra parte nunca había sido la más popular del Colegio, pero todo tiene un límite. — aclaró, volviendo a la senda de un tono más distendido, frotándose la nuca en gesto algo cómico. — De hecho, si hubiesen sido un poco más inteligentes, habrían hecho como dices: usar la asignatura para enseñar cómo contrarrestar los inventos muggles. Tienen armas muy poderosas, pero los puristas ni las tienen en consideración. A tanto llega su ego, que les acaba cegando de peligros reales.

Mira quién fue a hablar. No por ego, Archie casi que no gastaba de eso; pero sí que era un descuidado de cuidado, que no sopesaba los problemas que podrían acarrear sus acciones. Tampoco era extraño, si ponemos al exprofesor en el contexto del paradigma de su psique. Estaba loco, loco de atar. Creía estar viviendo la fantasía de un escritor. Si nada era real, ¿para qué preocuparse? Su locura, sin embargo, podría verse como temeridad. Aunque nada más lejos de la realidad.

— Cierto, mi padre solía usar una expresión muy diferente para los muggles… ¿Cómo era? — dijo, pensativo. Sus padres lo mantuvieron apartado de la magia durante casi toda su infancia, pero en los últimos años de su vida, su padre le acabó confesando su historia. Se trataba de un exauror de la MACUSA y llamaban a los muggles… no mágicos: — ¡Nomaj! ¿Cierto? — preguntó, aunque estaba casi seguro.

A diferencia de Laith, que había tenido la deferencia y el cuidado de no usar palabras mágicas, identificándose como médico y no sanador, Archie no era ni remotamente tan precavido. ¿Cómo seguía con vida siendo tan descuidado? Si no cambiaba su forma de actuar, más pronto que tarde acabaría dando con sus huesos en Azkabam.

— Y dime, ¿en San Mungo también te dedicas a salvar a fugitivos que acabas de conocer?
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Laith Gauthier el Mar Abr 11, 2017 7:19 pm

A Laith le daba bastante igual el humor de los demás, siempre que no se empeñara en hacerle daño a nadie. Archimedes le daba el aire a cierto amigo suyo con un buen humor la mayor parte del tiempo y siempre haciendo bromas, por lo que podría decirse que estaba incluso un poco acostumbrado a tratar con personas con esa espontaneidad.

Ahora tienes una reliquia llena de piojos mágicos, toda una hazaña —bromeó un poco con el tema de los piojos mágicos, que al beber sangre de mago encontraban magia también. Le mostró interés en cómo desarmaba los objetos, cuando él estudiaba no le habían mostrado cosa igual, y se sintió un poco decepcionado de estar en un lugar nomaj que les impidiera verlo en acción. — Lo mejor será simplemente mantener un perfil bajo a estas alturas, quizá haya otra oportunidad de encontrarnos —le sonrió, que tampoco era una cosa imposible. — Vaya, realmente te vuelven loco estas cosas, ¿eh? —mencionó con un poco de gracia.

Era el tipo de intereses que Laith no entendía, pero aceptaba, toleraba e incluso se interesaba por ellos si la ocasión lo ameritaba. En su tiempo libre no se dispondría a desarmar aparatos sólo para ver cómo funcionan, además de que tenía más sencillo simplemente buscar por internet y encontrar a alguien que ya lo estuviera haciendo por él. Un invento que hacía la vida de los nomaj más fácil y también más perezosa, y en el que podías ver Juego de Tronos, una de sus series favoritas.

Había pedido que Archimedes pidiese por él cualquier bebida azucarada; lo cierto era que, pasado un rato, al sanador se le olvidaba que estaba coqueteando y pasaba a un él mucho más sereno que en ocasiones soltaba algún comentario referente a ello, por lo que su petición era plenamente inocente, producto de no querer ni pensar ni girar a ver el cartel de lo que vendían, porque todavía se sentía lo suficientemente mareado como para que las letras bailaran bajo sus ojos. Y, como el buen amante de todo lo consumible que era, no iba a poner ni un solo pero a lo que llevara.

Joder, pero que en serio esto está siguiendo un camino constante y seguro derechito al demonio —suspiró, relajándose en el respaldo de la silla como si estuviese cansado. Lo había sospechado, pero no quería creer que en serio ese colegio ahora estuviese formando pequeños minions malvados con ansias de odio. — Para bien o para mal, Archimedes, el complejo de superioridad causa infravalorar a los enemigos, y cuando haces eso estás perdido. Lamentablemente, este movimiento se va a ir al demonio llevándonos a todos con él una vez que los otros empiecen a hartarse —cuando los nomaj los descubrieran y quisieran destruirlos, probablemente lo consiguieran, como lo habían hecho en épocas pasadas, cazándolos y causando destrucción.

El canadiense siempre era cuidadoso cuando estaba cerca de nomajs, fácil y sencillamente porque así había crecido. Gran parte de su vida la había vivido bajo un estrictísimo Estatuto del Secreto que penaba y condenaba legalmente a cualquiera que conviviera con nomajs, por lo que su único modo de poder hacerlo era fingir ser uno y no levantar sospechas a los de arriba. Y, bueno, de algo le había servido que a día de hoy continuaba vivo. Le permitió recordar y adivinar por su cuenta la expresión que usaban para “muggles”.

Nomaj —le sonrió, confirmándole su sospecha. — Si me lo preguntas, lo encuentro más sencillo, pero también puede que sea por identidad cultural y por ello estoy reacio a cambiarlo sin darme cuenta —le comentó, encogiéndose de hombros y dándole un sorbo a su bebida, dulce hasta decir basta que tenía un buen sabor, esperaba que pronto consiguiera repararlo de la reciente aparición.

Cada vez que alguien entraba al local, la mirada del rubio se dirigía discretamente hacia ella. Los magos tenían un “no sé qué”, cuando eran puristas uno podía identificarlos con sólo verlos. Aquellos que se escondían podían pasar desapercibidos a la perfección, pero los otros no podían esconder esa superioridad que los envolvía como un aura pesada y aburrida.

¿Eh? Ah… No, no —le sonrió de forma forzada, — ese es un hobbie particular mío… En San Mungo nos obligan a entregar a cualquier fugitivo o hijo de nomajs —bajó la mirada a su taza, aquello le frustraba de una manera que no todo el mundo podía entender. — “Su vida a la nuestra”, me dicen, son sólo un montón de cobardes —acariciaba el material caliente del que se componía la taza. Pensar en eso lo hacía sentir traicionado por los suyos, que lo forzaban a mantener un perfil bajo por medio de chantajes. Solían decirle que si lo mataban, no podría seguir ayudando a nadie, lo que era cierto pero no justo.

Volvió a alzar la taza para llevársela a los labios, dando una mirada rápida al local otra vez. Aquel joven sufría de una monomaniaca paranoia desde que aquello había comenzado, siempre creyendo que ojos peligrosos miraban sus movimientos para acusarlo y mandarlo a Azkaban. Eso si tenía suerte, que también podían matarlo en el acto y tampoco iba a moverle el suelo a ningún medio de comunicación.

Aunque cuando no estoy de turno las cosas se ponen más divertidas, sin nadie que me diga qué puedo o qué no puedo hacer. Como lanzar a alguien a un montón de cajas —lo que había hecho con Archimedes hacía cuestión de minutos, sonriéndole con un gesto divertido. Laith no servía para enfadarse o para entristecerse, siempre tenía que tener una positiva sonrisa en el rostro. — ¿Qué hay de ti? ¿Con frecuencia bajas la guardia cuando te encuentras cosas para desarmar? —porque haberlo encontrado así era un bajón de guardia fatal, indefenso en un parque como un chiquillo con juguete nuevo.
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Archie Washburne el Miér Abr 12, 2017 12:55 am

Robar el Sombrero Seleccionador habría sido una forma muy pueril de vengarse de los mortífagos. Ahora se preguntaba por qué no lo había hecho.

— Ya ves. — respondió escueto a la mención del sombrero. Mágicos o no, piojos tendría seguro. — Así es, mejor pasar desapercibido. — secundó Archie, en tono serio. Aunque bien podría escuchar sus propias palabras y dejar de llamar muggle a todo el que le rodeaba. — Un poco sí, es entretenido comprender cómo funcionan las cosas. — contestó a lo referente de cuánto le gustaba desarmar trastos.

Laith parecía sorprendido, aunque no era de extrañar. El pasatiempo de Archie no es que fuera lo más normal del mundo. Tenía otros más mundanos, como la lectura, pero no todos los días se conocía a alguien que desarmara cacharros muggles por diversión. Es ese tipo de rarezas que te hacen alzar una ceja, al menos.

— ¿Me lo dices o me lo cuentas? — expresó. — Con lo tranquilo que vivía yo hace unos meses… — se lamentó. Escuchó con atención la diatriba del joven tatuado, sorprendiéndole un poco que aquella banal conversación de repente tomase un cariz tan profundo y serio. En momentos como éste es cuando Archie solía patinar y perderse, pero trataría de mantener la concentración y aportar cuanto pudiera. — Eso me temo, de seguir como hasta ahora todo se irá a la mierda.

Lo cierto es que hace unas semanas habría encogido sus hombros y dedicado su atención a cualquier otro menester. El futuro de la sociedad británica le importaba bien poco, sencillamente porque la creía una fantasía, como todo. Pero desde que hablase con su amigo Odiseo sobre una organización secreta que pretende luchar contra el régimen establecido, no había podido quitarse de la cabeza que quizá sí que podía hacer algo para cambiar las cosas. No por el bien superior, no por la sociedad, no. Con devolver la normalidad a Hogwarts y recuperar sus clases, a sus alumnos, se daba con un canto en los dientes.

— Son costumbres. — afirmó, sonriendo por haber dado correctamente con la palabra norteamericana. — Todo lo que aprendemos de pequeños no resulta más intuitivo ya como adultos, empezando por el idioma y acabando por toda la cultura en general. — sentenció, con cierto deje docente que a veces no podía evitar. — Yo por ejemplo disfruto mucho de la cultura popular muggle, más que de la mágica. — confesó.

Seguía repitiendo aquel palabro en voz alta. Por suerte, aunque en las afueras, aquello seguía siendo Londres y cada cual iba a lo suyo sin inmiscuirse mucho en la vida de los demás. De haber sido un pueblecito tranquilo, ya habría llamado la atención hasta del alcalde. Consciente o no de ello, parecía no tener intención de mostrar más cuidado a lo que decía.

Archie notó —él estaba de espaldas a la entrada— que Laith miraba hacia ésta cada vez que alguien la cruzaba. Entonces le golpeó, de forma imprevista, un sentimiento de culpa. El joven le había salvado la vida, sí, pero a riesgo de poner la suya en peligro. El purista podría haberse quedado con su rostro, o reconocerlo si se volvían a cruzar. Y todo por salvar a un extraño; por muy injusta que fuese su persecución. Normal que ahora estuviese algo intranquilo.

— ¿Todo bien? — preguntó, una de aquellas veces en las que Laith se detuvo un segundo a observar al que entraba en el establecimiento. — Perdona por haberte puesto en esta situación. Si te quedas más tranquilo podríamos ir a otro lugar. Alguno cercano esta vez, no más apariciones, lo juro. — ofreció, con algo de sorna al final, levantando las manos en señal de rendición.

Escuchó como Laith contaba que le obligaban a entregar a cualquier fugitivo o hijo de muggle que llegase a San Mungo. Se alegró de no haberle conocido allí, sino lo habría puesto en una peor tesitura. Aunque, claro está, Archie se desangraría de camino al refugio antes que recalar en el hospital mágico. Era algo descuidado, pero no estúpido.

— ¿Y qué pasa si no los entregas? — preguntó, con inaudita curiosidad, aunque se imaginaba la respuesta. — Supongo que no te arriesgarás a tanto. Entendería que, de habernos encontrado en San Mungo, sí me hubieses entregado. Sin rencores. — añadió, sonriente.

De nuevo aquellas miradas por encima del hombro de Archie. De nuevo aquella sensación de que había torcido, sin querer, la vida de alguien. O al menos su día. Sin saber muy bien por qué, visualizó a Laith como uno de sus alumnos, y se imaginó por un segundo habiendo puesto a uno de ellos ante semejante peligro. Aquello le hizo empatizar aún más, preocupándose en sobremanera.

— ¿Seguro que no estarías más cómodo en otro lugar? — insistió.

Trataba de ponerse serio, pero el joven de los tatuajes tampoco dejaba la comicidad. Si al exprofesor le costaba mantener la compostura ya de normal, poco podía hacer si encima le daban bola. Archie rio por lo bajo ante la broma de Laith.

— ¿Y te extrañas de mi hobby de desarmar cachivaches? Mira el tuyo, lanzamiento de personas a cajas. — le contestó, de chanza. — La verdad es que no. — mintió. Bajaba la guardia más de lo que quería reconocer. Frunció el ceño. — Hacía tiempo que no entraba en una zona mágica y ha sido la primera vez que me he encontrado con esos carteles de “se busca”. — aclaró. — Me asusté, eso es todo. — se excusó. — La verdad es que echo de menos pasear tranquilo sin tener que estar mirando de reojo a cada paso. Se hace muy pesado.

Por no decir peligroso. Tras aquel susto, seguramente, volvería a pasar otra larga temporada en el refugio. Quizá pudiera dar alguna clase, habían muchos alumnos que también habían huido. Lo que fuera, con tal de matar el tiempo antes de que le tocara entrar en acción. Eso dependía de Odi, por lo que podría esperar sentado y con litros de café.
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Laith Gauthier el Miér Abr 12, 2017 3:30 am

“Cómo funcionan las cosas” no era su tema favorito, aunque suponía que tenía que ser algo parecido al interés natural de un médico en entender cómo trabajan los organismos para eventualmente saber cómo tratarlos. Más o menos, puestos a intentar comprenderlo, ya que al final no entendía del todo si sólo era por amor al conocimiento o hacía algo con esa información.

¿Verdad? Dicen que a veces la vida necesita de un poco de emoción, pero creo que hubiéramos estado perfectamente sin éste tipo de “emoción” —nuevamente abogó por el buen ánimo con un pequeño tono burlón; quejarse no iba a devolverlos a los tiempos pasados sin un giratiempo. Aquel que no aprende de su historia está condenado a repetirla, no pudo evitar soltar un comentario al respecto al que pronto le dejó caer tierra para no profundizar en él, no era necesario, no en una conversación tan superflua.

Le causó reír cuando vio en Archimedes a su profesor de universidad, explicándole algo sencillo con un tono que tienen los profesores, se le notaba que hace no mucho daba clases. El idioma podía manejarlo un poco mejor que las expresiones, incluso había conseguido hablar un perfecto francés de Francia, pero no podía arrancarse las formas de referirse a determinado tipo de cosas.

Me parece que si no fuera más que evidente, me extrañaría que te interese tanto desarmar cosas de lo más cotidianas —mencionó con el tono socarrón del que hacía uso a veces, — ¿de dónde sacaste ese gusto? ¿Te lo inculcó alguien o simplemente comenzaste porque sí? —le dio un poco de curiosidad, porque no era de lo más común. Esperaba que Archimedes supiera atar su lengua o tendría que intentar un hechizo para borrar recuerdos si un nomaj lo escuchaba, pero siempre mantenía el buen humor.

El tintineo de la cafetería al abrirse la puerta forzaba a sus ojos desviarse de los que poseía el exprofesor para dirigirlos al nuevo cliente, y luego retomaban su camino de regreso. Esperaba, de forma quizá hasta ingenua, que su acompañante no se diera cuenta del gesto, podía resultar natural; no es que se sobresaltara ni demostrara inquietud particular, sólo miraba. Pero era tan insistente que quizá no lo disimuló del todo.

¿Disculpa? —le preguntó, regresando a verlo rápidamente cuando apenas le había quitado de encima la mirada. — Ah, claro, no te preocupes, no es tu culpa después de todo, no me lo pediste —le hizo saber, con un gesto tranquilo. Sabía que era su decisión ayudar o no, así que disculparse por ponerlo en una situación incómoda no era realmente necesario. — Te advierto que vas a tener que ayudarme a llegar a un sitio que reconozca sin aparecer —le amenazó con un poco de gracia, sonriendo ladinamente.

Las distracciones frenaron los próximos minutos en que le preguntó por su trabajo, la impotencia que le provocaba no poder hacer nada por ayudar a alguien que confiaba en él. Su mirada perdió durante unos segundos aquella chispa vivaz que poseía cuando le preguntó lo evidente. El sanador se llevó el puño a la boca, aclarando la garganta contra éste, un gesto con el que se daba apenas unos segundos para pensar con cuidado cada palabra que dijera.

Alguien lo intentó una vez —le dijo, mirando la mesa a su derecha que estaba vacía, — no volvimos a saber de ella, oímos hablar que… había sido llevada a Azkaban, pero si te soy sincero nunca lo creí —a él no se le había dado esa oportunidad; desde el comienzo, incluso antes, más de uno le había sermoneado para dejarle clara su posición. Desde la tierra no podía hacer nada para ayudar en su resistencia pasiva. — Me temo que no podría haber nada para ayudarte en ese caso, no si vas a San Mungo, si conoces a gente en tu situación, díselo —fue su consejo. Podría ayudar él y sólo él en determinada situación, pero dentro del hospital él perdía su poder y autonomía.

La vida de Laith estaba torcida desde antes de conocer a Archimedes. Él no era el primer fugitivo que ayudaba y no iba a ser el último. Le resultó quizá hasta tierno el gesto de insistir por su preocupación, pero asintió con la cabeza con una sonrisa en los labios. Corría el mismo peligro en todos los sitios, no era que en otro se fuese a sentir más seguro. No iba a permitir que su día lo arruinara un tropiezo; era un mal momento, no un mal día, en especial tan temprano por la mañana.

¿Qué te puedo decir? Es súper divertido ver cómo tiras a la gente contra las cajas y creen que vas a atacarlos, todo un pasatiempo —habló de modo que pudiese creerse que estaba hablando completamente en serio, nada semejante a la realidad. Laith tenía un punto débil por las personas capaces de confesarse humanas: decir que sentían miedo era la mejor forma de hacerlo. — Debía extrañarte lo contrario, se hace mucho revuelo por cosas como éstas —le mencionó con un suspiro, desviando la mirada hacia el techo.

De pronto, como si al hacer aquel gesto hubiese visto su imaginario foco encendido producto de una idea, volvió a bajar el rostro cuya expresión parecía haber tenido una revelación. Había esperado para decírselo a un amigo suyo, pero ahora podía intentar ver si su idea era más o menos viable, abandonando su posición relajada y fresca para colocar los codos encima de la mesa, acercándose así un poco más.

Llevo un par de días pensando en esto… ¿Sabes hacer pociones multijugos? ¿No sería viable usurpar la identidad de alguien que no esté en búsqueda para intentar pasar desapercibido? —le preguntó. Él personalmente no sabía muy bien cómo se hacían las pociones multijugos, pero tenía el prontuario escrito por su abuelo y podría intentarlo. Le había parecido viable, de esa manera las personas podrían encontrar su camino para llevar suministros a sus compañeros fugitivos.
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