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Bullfight - Danielle

Invitado el Dom Abr 16, 2017 2:17 am

Sábado, 08 de abril de 2017. Rondan las 18. Canción


Cualquier día es bueno para pillarse una cogorza. O para pelear con un tipo que te debe dinero, o al que tú tienes que pagar una determinada cantidad si no quieres que te parta las piernas. No hay que cerrar ninguna puerta a los matones que quieren pegarte. Pero, sobre todo, cualquier día resulta perfecto si incluye ganar unos cuantos galeones gracias a una certera mano de poker.

Había pasado la mañana en Londres por motivos laborales. No, no tuve que atrapar ninguna lechuza fugada o realizar una entrega secreta. El pienso de las gallinas se había acabado y, como soy el único en casa que tiene carnet de conducir muggle, me tocó a mí pasear la camioneta a lo largo de la ciudad. ¿Que si tengo el carnet de Aparición? Claro, pero no soy tan estúpido como para exponerme a una despartición cargando cincuenta kilos de grano. Y que conste que mi mayor preocupación no es que uno de mis brazos termine dentro del lago de St. James’s Park, sino que pierda el pienso. Cada saco cuesta una verdadera fortuna, maldita sea.

Con la camioneta bien aparcada y los sacos a buen recaudo –todo con sus respectivos hechizos de protección antimuggle, como dicta la ley. Es broma, no sé si lo manda la ley o no, pero no me gusta que los niñatos de quince años me pintarrajeen la pintura-, entré al Caldero Chorreante. Eran las tres de la tarde y tenía hambre. En cuanto crucé las puertas, una voz me llamó desde una esquina; desde la más sombría, de hecho, porque mis conocidos no pueden sentarse en sitios normales. Como curioso profesional que soy, me acerqué antes de exigir que me sirviesen un emparedado, y me topé con tres tipos que conocía muy bien. No diré de dónde, porque no está mi abogado presente y esto no se trata de una entrevista, pero que conste que los conocía. Me senté con ellos para alegrarles el día, pues yo era el que olía mejor de los cuatro, y eso que llevaba sin pasar por la ducha un par de días. Lo siguiente que recuerdo es mirar el reloj de pared que pendía de una pared cercana. Acababan de dar las seis.

¿LAS SEIS? Joder, sí que pasa el tiempo rápido entre jarra de hidromiel y jarra de hidromiel, emparedados de carne y partidas de cartas.

La última mano fue mejor que las demás; tan, pero tan buena que gané no sé cuántas monedas. No estaba en condiciones de contarlas. El problema es que, bueno, en medio de la exaltación la jarra medio vacía resbaló de entre mis dedos y fue a parar no sé a dónde. Sinceramente, estaba muy ocupado guardándome las ganancias en los bolsillos de la chaqueta y dirigiendo miradas asesinas a todos para que no tocasen mi botín. ¿Cómo iba a detenerme y preguntar por una jarra? ¡UNA JARRA! ¡ES ABSURDO!
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InvitadoInvitado

Danielle J. Maxwell el Jue Abr 20, 2017 1:30 am

Aquel sábado no había tenido duda alguna de que me iba a pegar todo el día lo más alejado de Hogwarts posible. Hice uso de mi bonita licencia de aparición y me fui bien temprano del castillo y de Hogsmeade, apareciendo en el Callejón Diagón. Había quedado con mi abuela para comer fuera y ponernos al día de nuestra vida. Yo le conté mis tonterías de Hogwarts, esas en donde entraban mis quejas por todo lo que pasaba dentro del castillo y ella, como no, me contó sus super problemas de anciana en el bingo, ya que al parecer su grupillo de abuelas estaban enfadadas con otro grupillo de abuelas que le quitaban su hueco en el bingo. Yo preocupándome por psicópatas que me dan clases y ella por esa tontería. Al menos, hablar de esas cosas me hacían ver que el mundo seguía igual que siempre. Mi abuela no quería darle importancia a lo de Hogwarts, pues era consciente de que mientras yo no me metiese en líos estaría bien y solo me faltaban dos meses para graduarme. Lo mejor que podía hacer era callarme la boca y terminar el curso limpiamente para ser alguien con estudios.

Me pasé todo el día con ella, hasta por la tarde, que ella salió con su grupo de abuelas. Lo gracioso es que muchas de esas abuelas eran muggles, por lo que me imagino a mi abuela como la chiflada del grupo, ya que la pobre tiene muy poco filtro y seguro que les ha soltado más de una anécdota mágica. ¿Y cómo le vean el palo de madera en el bolso? A saber qué excusa pone; que es para rascarse la espalda, seguro. Que oye, seguro que no es la primera maga que usa la varita para rascarse esa zona misteriosa de la espalda en la que no llega el dedo.

Así que me fui para el Caldero Chorreante a estudiar un poco. ¡Sí, al Caldero Chorreante para estudiar! Hasta ese sitio que no me gustaba nada era mejor para estudiar que Hogwarts. Y era una mierda que el castillo que siempre había tenido como un hogar increíble ahora pareciese más una cárcel. Pero bueno, la vida era así. En el Caldero Chorreante me pedí una cerveza de mantequilla —porque eso de la originalidad no era lo mío— y me puse a leer con fingido interés el tomo de tres mil kilogramos de Herbología que caía en los EXTASIS. Putas plantitas, en serio. Iugh.

Tras varias horas allí sintiendo que mi mente no era capaz de retener más información por culpa de los tipos que no paraban de gritar jugando al maldito póquer, desistí. Últimamente estaba muy de mala hostia y no, no por estar menstruando, sino porque estas semanas el mundo me parece tan mierdoso que ya no sé ni a quién debo tratar bien, por lo que no tenía nada de ganas de estar soportando ese bullicio. Así que diplomáticamente me levanté, recogí mis cosas y tenía intención de irme. Claro que tenía intención de irme, hasta que una jarra impactó de manera injustificada contra mi pie. Pero ojo, no contra el pie como entidad completa, no, más concretamente el puto meñique. Yo creo que me lo amputó del golpe o algo. El pie era blandito, obvio, por lo que amortiguó la caída de la jarra y no se rompió, sino que luego rodó por el suelo.

¿He dicho ya que estaba de mala hostia? Tío, en serio, es que encima el subnormal que ha tirado la puta jarra (que hay que ser subnormal para tirar una puta jarra) ni se da la vuelta para ver a donde ha ido a caer un objeto potencialmente peligroso. ¡Qué si me llega a caer en la cara me muero! Supe quién había sido el tipo porque una viejecita lo estaba mirando y también me miraba a mí, como queriéndome decir con la mirada de cotilla quién había sido el culpable.

Eh tú —dije con cara de pocos amigos, con miedo a quitarme el zapato y el calcetín y que mi dedito meñique se quedase dentro del calcetín solo y desamparado—. Me has tirado la jodida jarra en el pie y me has hecho daño. —Podría quitarme el zapato para enseñarle las pruebas de su maltrato y, de paso, tirarle el zapato a la cabeza como venganza, pero no lo hice por miedo a que el meñique se me despegase. Mi cara de mala hostia denotaba evidentemente que esperaba una disculpa, AL MENOS, por su parte.  
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