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Al descorrerse el velo [Priv.]

Niara Soyinka el Jue Abr 27, 2017 11:13 am

Recuerdo del primer mensaje :

Entre cuatro paredes, apenas alumbrada por una luz titilante que había comenzado a fallar de a ratos; entre cuatro paredes, y sin embargo, perseguida por las sombras movedizas de una magia todavía más oscura. Niara se mantenía vigilante e inquieta, imaginando susurros donde no había voces. Por la hórrida sensación de espanto que transmitía su mirada era posible adivinar que algo la acechaba. Esos ojos tan bonitos que se habían reflejado en otros llenos de ternura, e incluso deseo, apuntaban a todos lados inmersos en la ansiedad e inyectados en sangre. Niara Soyinka era un trapo agazapado contra la pared, sucio e infectado, pero vivo. Incluso cuando a esas alturas parecía imposible, la desbordaba la preocupación, porque todavía tenía un corazón que latía en aquel cuerpo desnutrido y tocado por el maltrato. Pero, ¿por qué tan asustada? El chirrido de la puerta la hizo sobresaltarse. La tonada melodiosa de un silbido familiar llegó de repente, y lo siguiente que supo fue que la llevarían a los laboratorios. De nuevo, a los laboratorios.

***

¿Te has enterado? Yo lo he oído decir, el rumor está por todos lados. Un experimento que salió mal. ¿Pero es que acaso no lo odiaba todo el mundo? En ese lugar, hacerse enemigos era tan fácil como morir fulminado. Andate con cuidado. Dicen que fue encontrado por un celador durante su guardia. ¿Cómo? Irreconocible. ¿Qué? Tonterías. Suicidio, eso es lo que fue. Lo hallaron colgando de su cinto. ¿Pero cómo estar seguros? ¿Y tú?, ¿qué es lo que sabes tú…?

¡Shhh!, ¡shhh!, ¡shhh!

Los pasillos son siempre un paso hacia algún otro lugar, la promesa de un destino, pero en sí mismos no son más que una desesperante prórroga, un aplazamiento de lo que vendrá. Lo que podías encontrar de camino a través del blanco interminable de la nueva sección de Azkaban eran rumores y malos augurios, o a lo sumo un experimento fallido que se había extraviado. Lo que no podías encontrar nunca era una salida. Todos los pasillos parecían llevar hasta allí donde el eco de la muerte se hacía más fuerte, pero nada más. Para algunos, podía ser una atmósfera opresiva. Incluso algunos celadores se sentían nerviosos al recorrer aquella zona, casi exclusiva de los extirpadores. Ni siquiera la luminosa extensión de los corredores podía ocultar el inamovible peso de un mal presentimiento.

—¿Me escuchas? ¡Ey!—
¡PLAF! Le dio en la cara, de lleno en la mejilla. Niara ni siquiera se indignó por el manotazo, como si tuviera la sensibilidad de una muñeca a la que puedes girarle la cabeza y luego volverla a acomodar sin esperar ninguna queja por su parte. El celador mostró los dientes en un gesto desdeñoso; la miraba con asco, pero lo que dijo a continuación lo agregó por lo bajo—: Tú me enfermas tanto como este lugar—Y seguidamente, al tiempo que la instaba por la fuerza, bramó—: ¡Muévete!

Ella se dejó arrastrar luego de que su instinto la hiciera detenerse y creer por un momento que había algo a sus espaldas, a pesar de que allí no eran más que ellos dos, únicamente acompañados por el eco de sus pasos a lo largo del blanco corredor. Niara llevaba las manos tendidas hacia adelante y atadas por las muñecas; se mostraba insensible, pero alerta; y su pecho subía y bajaba como si en cualquier momento fuera a echar a correr, pero no había hacia dónde huir. Finalmente, sus cinco sentidos reconocieron el entorno familiar que era nicho de horrores, y cuando el celador cerró la puerta detrás de ella esperó a oír la voz del extirpador que la había torturado a pesar de las súplicas, pero por alguna razón, él no estaba allí y el celador permaneció a su lado cual centinela. Sin embargo, sí se oyó una voz, mecánica y fría y femenina:

—A todos los guardias que estén de camino al Ala Oeste, una criatura ha sido vista…

—¿¡Qué!?—
No llegaron a oír el comunicado porque fue tapado por el alboroto proveniente de fuera—¡Maldición!— A Niara le tenía sin cuidado, porque lo que ella más temía en ese momento era a los hombres. Por su cuenta, el celador salió corriendo por pura inercia, olvidándose de ella. Aparentemente, algo estaba intentando ser contenido en los corredores.

Clavada en su sitio y de pie, Niara tardó en darse cuenta de que la habían dejado completamente sola y a su suerte. Un leve tic nervioso en su cuello la hacía repasar una y otra vez los objetos y detalles a su alrededor. Había en ella el pulso trémulo de un ave que aleteaba atrapada en un arbusto de espinas. Le bastó, sin embargo, centrar su atención en los artilugios dispersos para hallar entre ellos el brillo punzante de un abrecartas. Lo que realmente capturó su interés fue la varita que estaba justo al lado. Conveniente, oportuna, dispuesta allí para que Niara la tomara, y algo que hizo sin dudarlo.

—¡Relashio!

Sí, libre de las ataduras. ¿Y por qué…?, ¿ese picor en sus dedos? ¿Era la varita de McKinn?, ¿lo era? Le tembló el labio inferior al tiempo que se vio afectada por una rápida y punzante sensación de aturdimiento. Por un segundo, y a modo de flash, pudo ver una sombra pasar frente a sus ojos, una sombra familiar que la visitaba en sus pesadillas, ¿pero cómo estar segura? Casi se sintió tentada a soltar la varita. Duró un segundo, pero al momento siguiente respiraba con la agitación de alguien que ha vuelto de casi morir ahogado.


Última edición por Niara Soyinka el Dom Abr 30, 2017 1:18 am, editado 1 vez
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Silvanus D. Gates el Vie Jun 30, 2017 2:27 am

En eso tenía razón, Zabini tenía toda su "consulta" hecha una porquería. No era un médico, sino que podría considerarse más bien un matasanos. No era la primera vez que Silas asistía a él, ni sería la última, pero al parecer Sarah se había vuelto exquisita últimamente. ¿Acaso iba a ir a San Mungo?, ¿y le explicaría con tranquilidad al sanador de turno que se lo hizo mientras asesinaba a una persona?

Su temperamento y acciones eran además de inesperadas, incontrolables. Él no podía hacer nada ni para predecir sus movimientos ni mucho menos para actuar sobre ellos. Sentía que no tenía poder sobre ella de ninguna de las maneras. El joven extirpador se quedó enmudecido, observando las cálidas llamas quemar aquel cuerpo, pensando en lo puro y violento que era aquel elemento; en lo desbocado que se volvía. Era como ella, no se podía domar ni predecir. Fue sólo Sally lo que hizo que éste despertase de sus pensamientos, haciendo que su mirada encaprichada con aquel cuerpo y aquella enferma mente se viese totalmente atraída por la de ella. No le hacía ningún bien, pero él no lo veía. Él solo veía algo que en realidad no existía.

No digas tonterías.

¿Amar?, ¿eso era algo que hacía Silas? En aquel momento, cegado, podría afirmar que sí. Ahora, en la actualidad, era consciente de que jamás podría comparar eso que sentía con amor. Y eso que, aún todavía, no había sentido nada parecido. Más bien... estaba obsesionado con la belleza de aquella locura.

Yo soporto al imbécil de tu hermano por ti. ¿Eso no te dice nada?

Se sentía como un libro abierto para ella, como si dijese lo que dijese no fuese hacer efecto en ella, como si Sally lo conociese mejor que él mismo. Atendió a sus palabras, emblandeciendo ese corazón que Silas poseía con esa mirada y esos gestos. No pudo idear una frase con sentido entre tanta presión. Entre el fuego, ella y que él también necesitaba una buena dosis cuánto antes, se estaba empezando a inquietar. Cuando comenzó a juguetear con el fuego, Silas la sujetó de la mano con intención de arrastrarla fuera de allí antes de que fuese demasiado tarde y el fuego decidiese reducirlos a cenizas a ellos también.

Te daré siempre y cuando vayas a Zabini a que te mire eso. Luego iremos a por uno de esos muchos que hay que hablan más de lo que comprenden. Sólo cuando te hayas curado. No pienso ir contigo a ningún lado así. La herida la tienes infectada, Sally, si no lo notas es porque vas todo el rato puesta hasta arriba de drogas.

Sonó serio y autoritario.

Iremos a por el estúpido de Jurtha Hottar. Hace tiempo que quiero callarle la boca y demostrarle que un apellido no hace al mago. Pero no pienso ir contigo así. Empeorarás y terminarás en cama ardiendo de fiebre antes de terminar muerta. No me hagas llevarte a rastras porque lo haré.

Le estaba echando la bronca, sí. Silas no era su padre, pero si ya no estaban muy bien de la cabeza de normal, imaginaros la cantidad de locuras que saldrían de Sally una vez empezase a perder la cabeza del dolor de esa herida. Además, él se preocupaba por ella, ahora mismo sentía por esa lunática algo que ni él se explicaba, ni ahora ni nunca. Pero... él cuidaba de ella; y ella, lo único que hacía, era hundirlo más en el pozo de la miseria.

*

El cuerpo de Silas, consumido por aquel recuerdo, se dejó caer en uno de los asientos. Ahora mismo estaba allí y él era consciente, tenía los ojos abiertos pero estaba siendo embriagado por aquello que no quería recordar. Ese no era él, sólo era un mago débil e idiota que jugaba a ser poderoso. Aquel que parecía estar suplicando porque una demente se curase no era Silas, sólo era un reflejo humillante de él mismo. No quería verse, ni siquiera recordase. Le daba vergüenza y asco reconocerse en aquel pálido y debilucho chico de veintipocos años que no era capaz de darse cuenta de lo denigrante que era para sí mismo y para la comunidad mágica.

Recordar esa época de su vida era terrible, vivirla tan ácidamente como la estaba viviendo ahora, era todavía peor. Aquel recuerdo era lo más cercano que había estado en años con su pasado y más que crearle nostalgia, le estaba creando odio en su interior. Le parecía antinatural y estaba francamente incómodo vislumbrando aquello y siendo partícipe de algo tan pagano como ser víctima del recuerdo de alguien que había muerto hace tanto años.
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Niara Soyinka el Dom Jul 02, 2017 6:52 pm

Niara recobró el ritmo normal de su respiración pasados unos segundos. Tenía la expresión endurecida de alguien que está consustanciado con la seriedad de sus pensamientos. Era porque su situación en ese momento era del todo incierta. Temía morir asesinada. Lentamente alzó la mirada, atenta a Silvanus Gates. Silencio. Ella podía sentir el corazón golpeando contra su pecho. Gotas de sudor se le deslizaban por las sienes, tenía su cabeza en llamas.LOL

No imaginaba ni por un momento que podría conseguir algo intentando manipular la situación. Eso lo tenía claro. Puede que hubiera hurgado en memorias que, evidentemente, removían algo en él, su victimario, pero eso la colocaba a ella en una circunstancia, no sólo de por sí incómoda, sino también peligrosa. Querría deshacerse de esas memorias, a cualquier precio. Y Niara ya sabía el poco valor que ese hombre le daba a la vida de las personas. Hubiera preferido que no cortara la conexión, porque había empezado a pensar que esas memorias podrían matarlo. Que esa sería su manera de manejar las posibilidades en su beneficio, su salida de la amenaza que el mortífago suponía para ella. Pero ahora no era posible. Y curiosamente, se sentía muy tranquila al respecto. Apoyó las manos en sus rodillas antes de hablar, con una voz rasgada y susurrante.

—Mi madre tenía una solución para cada problema. Una vez, una mujer maasai entró a nuestra tienda de campaña. Había matado a un hombre y nos pedía que le devolviéramos su cuerpo, para que pudiera darle un entierro apropiado. Mi madre lo había atendido, queriendo socorrerlo, pero cuando la mujer entró, yacía muerto en la camilla. Odiaba al hombre. Pero si no lo enterraba según el ritual de los Maasai, para que fuera guiado en su viaje después de la muerte, estaba segura de que él regresaría de los muertos para atormentar su alma. En su religión, ellos no creen ni en el cielo ni en el infierno. Piensan que lo único que existe es el “Sendero de las almas”. No hay retorno, tampoco final. Pero si un muerto pierde su camino, volverá para desvelar de espanto a los vivos ligados a su memoria.

Puede que fuera porque por dentro estaba nerviosa, que soltó una risa breve, interrumpida. Y es que, en cierto sentido, tenía gracia. Ella siempre había amado los mitos y las leyendas que su tío y demás familia le narraban junto a una hoguera encendida. Tanto había amado esas voces, esas noches de maravilla, esa gente, que ahora, a instancias de la muerte, no podía desprenderse de nada de eso. Pensó, en aquel mismísimo instante, que había estado bien ser Niara Soyinka, durante todos esos años de asombro y descubrimiento, de búsqueda, acompañada por una familia que la había amado. Azkaban pudo haberla privado de la libertad, pero había sentimientos irrenunciables que no le quitaría jamás. Estaba bien creer en eso mientras sonreía, tan sólo por unos segundos que sabían a eternidad.

—Mi madre le respondió: “Así lo haré, si me cuentas primero tu historia”. Y cuando ella así lo hizo, llegó al final de su relato y se contempló las manos, frías y transparentes. Sólo cuando llegó al final se dio cuenta de que era ella la que había muerto asesinada mucho tiempo atrás y que había sido ella la que perdiera el camino para siempre en la búsqueda de su venganza. Nunca había visto las lágrimas de un fantasma. Me apenó sobre todo la idea de que fuera posible pasarse toda una vida o toda una muerte llorando por lo que otros hicieron con uno.

Niara no sonreía.

—Aunque sea deberías saber que fuiste tú el que la mató aquella noche. No fue su hermano, que la utilizaba tanto como tú. No fue alguien más. Fuiste tú. Y no te importó. Como no te importa nada ahora. Hubiera deseado que esta pesadilla te llevara al infierno—Escupió al suelo, en un clara señal de desprecio. Sus ojos destellaban violentamente, maliciosos y enfurecidos—. Ella te pidió ayuda y tú se la negaste. Puedo que yo muera un día de estos, o por tu varita, pero la magia negra no se deshace tan fácilmente. Aunque este cuerpo muera, lo que hay dentro de mí se aferrará a cuanto tenga cerca. Y te perseguirá, como su fantasma. Lo deseo con fuerza.

***

¡Broderick, Broderick!, ¿en qué estás pensando? El hombre se permitió una risilla, silbando de puro contento. ¡Seguro que cuando el Dr. Gates escuchara lo que tenía para contarle lo pondría a su servicio particular!, ¡y eso significaba un ascenso entre las ratas que tenía como colegas! Era seguro que por fin alguien había valorado su inestimable aporte a la causa. Hacía falta ser inteligente para reparar en sus cualidades, ¡y el mortífago era una de las mentes más despabiladas de todo Azkaban! Sí, sí, Broderick ya lo vaticinaba: los dos, juntos, llegarían muy lejos. ¡El triunfo será todo tuyo, Broderick! (y un poquito del doctor, por supuesto). Él se había esforzado mucho en la vida para llegar hasta donde estaba. Y ya venía siendo hora de que otros reconocieran su valía. ¡Ah, que se sentía en la plenitud de sus años mozos!

Así, trepado a una nube de delirio, Broderick andaba por los pasillos, caminando todo muy recto hasta el laboratorio en que había dejado a aquella sucia muggle y al doctor en plena labor. Sus gordos mofletes se hundían al ritmo de una cancioncilla que se escapaba por sus labios fruncidos hacia delante, y a mitad del estribillo, pegó un alarido tan agudo, agudísimo, que no quedó muerto dentro del ataúd. Pasado aquel instante de inexplicable pavor, Broderick miró a un lado y al otro, incómodo, listo para aparentar si hacía falta. Pero estaba solo. Y casi se lamentó por ello. ¿Qué había pasado? Sólo un corte de luz. Un apagón. No eran comunes en Azkaban. ¿Qué habría…? Broderick se alarmó, inquieto. Una de las luces sobre su cabeza parpadeaba sin motivo aparente. Una falla, seguramente. Era la única luz en el pasillo que… De nuevo, todas las luces se apagaron. El alarido de Broderick se oyó por todo e largo del pasillo, sumido en la más absoluta oscuridad.  

—¡Señor!, ¡qué bueno que esté bien! ¡Yo…—El pobre hombre graznaba, falto de aire. Diríase que había corrido por su vida, acosado por los espantos más inimaginables. Hablaba en la completa oscuridad. Todas las luces de Azkaban habían —¡Yo estaba preocupado por usted, señor! Las luces… ¿¡Qué ha sido eso!?—Saltó de repente, perseguido por ruidos imaginarios—¿¡Lo oyó señor!?... Señor, me alegro tanto de estar con usted... Digo, de haber llegado cuando me necesitaba… No estaría bien que usted anduviera solo… Con esta oscuridad… ¡Mi varita, señor!, ¡la usaría! Si no fuera porque ese Hunter me la ha quitado… De eso venía a hablarle, señor, del comportamiento de ese vil… ¿¡Qué ha sido eso!?—Se alarmó otra vez. Asaltado por el miedo—, ¿¡QUIÉN ESTÁ AHÍ!?
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Silvanus D. Gates el Miér Jul 05, 2017 3:41 am

Al sentir la conexión con aquello que parecía tan real, el extirpador volvió en sí mismo en aquella blanquecina habitación en dónde se encontraba con la presa. Él continuaba teniendo la varita en la mano, por lo que dudaba mucho que ella, con sus posibilidades, intentase algo a pesar de la situación. Se limitó a llevarse su mano libre al puente de su nariz, apretando con cierta angustia para liberarse de un dolor de cabeza que le había llegado tras esa intromisión en su mente. Escuchar a Niara había sido una de las cosas que no hubiera hecho si hubiese estado en pleno uso de sus facultades y no agobiado por no saber cómo narices había pasado todo lo que ha pasado. Estaba cabreado, ¿después de todo este tiempo, Sarah sigue teniendo ese poder sobre él? No iba a permitírselo. No iba a dejar que una muerta ni la magia negra le sobrepasasen; no a él.

En un principio los cuentos africanos no le interesaban lo más mínimo, pero en aquel momento un poco de libertad para su mente no venía mal, aunque Niara estuviese hablando de cosas que a él no le interesaban. Aún así, Gates tenía un don para prestar atención a todo aunque no quisiese, por lo que la escuchó hasta el final inesperado, lo cual en realidad no hizo que Silas inmutase ni un músculo. Le parecía un cuento para niños.

Fue su acusación del final lo que hizo que el extirpador volviese a adoptar esa mirada serena y cruel, alejada de cualquier tipo de emoción. Él no tenía que dar explicaciones de absolutamente nada, esta niña tendría recuerdos, pero eran recuerdos de una lunática sin ganas de vivir, egoísta y estúpida. Por un momento no supo si la que estaba hablando era Niara en base a lo que había visto, o Sarah a través de ella, recriminándole algo que no hubiese hecho. Ahora mismo se estaba enfrentando a un libro en blanco y como no empezase a estudiar el caso, iba a perderse entre tantas interrogantes sin resolver.

Se mató ella sola, esa no era una manera de vivir.

Escupió al suelo, cerca de los zapatos de Silas, no obstante, él se limitó a levantarse de allí y acortar las distancias con aquella mujer que ahora, además de una presa, se había convertido para él en un estorbo con demasiado valor. No quería volver a presenciar algo así en relación con Sarah McKinn. Si el estúpido de su hermano había hecho magia lo suficientemente oscura como para destrozarse a sí mismo como a esta mujer, había sido su problema, no el de Silas. El muy inútil de McKinn no había conseguido nada y lo había destrozado todo. Ahora, él, no podía simplemente alejarse de eso como si no fuera con él, ¿sabéis el avance que sería en las artes oscuras poder entender y dominar todo lo que McKinn comenzó? Era un riesgo para su cordura, pero valía la pena si era en pos del avance. Era la primera vez en todo lo que llevaba en el Área-M que se planteaba coger un caso.

En tal caso es mejor que no mueras, así sólo te corromperá a ti. Soy muy diferente al Silas que ves en esos recuerdos, querida. Ese era un necio, un estúpido que se creía algo para alguien. Puedes juzgarme todo lo que quieras, pero al menos hazlo bien. Hazlo por lo que realmente era, no por lo que esa demente te enseña en sus recuerdos. Antes me preocupaba por ella, ahora ya no. Ahora me alegro de que se haya muerto y me haya liberado de esa enfermiza relación. Estaba loca; consumida por un poder que no poseía. ¿Y sabes qué? Ahora la tienes ahí dentro y no descansará hasta que tú termines como ella.

Hizo una pausa.

Antes solo era un imbécil, ahora es cuando soy un hombre cruel y sin escrúpulos sin nada que me importe más que la ciencia y el avance de la magia, por lo que frente a mí no tienes ningún tipo de posibilidad.

Negó con la cabeza, haciendo unos suaves sonidos con la boca en señal de negación. Se puso al lado de Niara y le sujetó por el cabello para que su rostro lo mirase directamente. Él la observó como si fuera un lienzo en blanco, buscando algún tipo de parecido con la que recientemente acababa de ver delante de él, con Sally.

No voy a matarte, tranquila, pero voy a hacerte mucho, mucho daño. Tienes en tu interior algo tan oscuro y a la vez tan poderoso que no puede tomarse a la ligera. Me aseguraré de que no vuelva a tener el control más nunca y a domarla para que sea tan mansa como tú.

Pero todavía no era el momento. Era la primera vez que tenía relación con ese sujeto después de lo de McKinn y desconocía muchas de las cosas que debía de tener en cuenta: cómo había comenzado todo, qué método usó McKinn para conseguir lo que ha conseguido, cuáles eran sus intenciones, lo que realmente ocurrió... y él tenía otras muchas cuestiones que hacerse antes de seguir hurgando en aquella mente dividida y oscura. No quería arriesgarse. Además, descubrir el motivo de la muerte de su compañero de repente había cobrado hasta cierto interés. Si había alguna posibilidad de terminar como él, prefería sacar a Niara del Área-M y meterla en Azkaban con vía libre para los dementores.


Tras un grito un tanto perturbador desde el pasillo, Broderick volvió a meterse en la sala en donde se encontraban Silvanus y Niara. El extirpador soltó a la presa con cierto desprecio, para entonces mostrar todo su descontento hacia el inútil de Broderick. ¿Qué narices estaba diciendo? Ese señor cada vez le producía más repugnancia con sus acciones y la descarada manera que tenía de lamerle el culo al extirpador.

¿De qué estás hablando, Broderick?

Él no había visto nada, ni tampoco había escuchado nada. Bastante jodido se había sentido hace unos segundos rememorando eso como si fuese parte de su vida, como para que ahora viniese un imbécil a hablar de sucesos paranormales. Soltó aire, visiblemente enfadado. Con la varita señaló a Broderick y le hizo callar, haciendo que por mucho que vocalizase, éste no pudiese emitir ningún sonido. Acto seguido apuntó a Niara y creó una cuerda alrededor de sus muñecas, haciendo que se quedasen bien atadas.

Llévala a su celda. Hemos acabado por hoy. Y hazme el favor de no venirme con tus problemas.
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