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I'm the man who gives the devil nightmares (Ezra)

Celyn Jernigan el Miér Mayo 10, 2017 4:35 am

-La verdad, nunca he apreciado mucho las cosas… buenos, tu sabes- bajó ligeramente la voz, acercándose al oído del otro para soltar la palabra en un susurro cargado de desdén- muggles- luego se apartó de su lado y volvió a acercarse a la mesa que estaba al otro lado de la habitación.

La negra habitación. La sucia habitación. La fría habitación que en realidad no era una habitación sino un calabozo. Un calabazo sin una sola ventana. Un calabozo con una silla en la mitad. Con una persona amarrada a esa silla. Una persona cubierta en sudor y harapos. Una persona de sexo masculino, si debemos aclarar, con el pelo largo y descuidado. Descuidado, en realidad, como el resto de su persona. Parecía como si aquel humano pasará por un muy mal momento de su vida, que en realidad lo estaba haciendo. Al menos a los ojos del resto de la población humana, si le preguntabas a Celyn, aquel rastrojo de ser humano estaba siendo reivindicado al pasar por su juguete.

- Son tan simples. Por Merlin, tienen que caminar hacia las cosas. Y cocinar, cocinar con sus propias manos ¿Te imaginas? ¿Cortar una zanahoria o un tomat…? -soltó una risita- pero que te digo, que tu lo has hecho.

Mientras hablaba, Celyn le daba la espalda al sujeto aquel, muy concentrado en algo que el otro no podía ver. Su forma de hablar parecía ser tan inmensamente alegre, llena de la jovialidad de alguien que ha tenido una buena mañana.

-Bueno, que los encuentro simples. Asquerosos. Uj. Vileza de la madre tierra traerlos al mundo ¿Puedes creer que hay algunos que creen en un tal… Jesucristo? Le rezan ¿Tú le rezas? ¿No? Bueno, si te da algo de consuelo, nunca es muy tarde para empezar. No que te ayudara en algo, pero supongo que algo de consuelo te proveerá, sí- algo que sonaba como a metal hizo click. El sonido venía de lo que fuese que el hombre estuviera manejando delante suyo- Lo que si tengo que admitir es que aunque la magia provee una infinidad de formas de torturar a la gente. Ya sabes. Colgarlos del techo durante horas, un buen cruccio, un bombarda. Sí… Pero todo es tan… Impersonal. Un cruccio lo hace cualquier pelagatos con un problema mental y una varita. No, la magia tiene ese vacio. Esa falta de emoción.

Hizo chasquear la lengua, como si algo le molestara. Dejó que el silencio llenará un momento la habitación, que sus palabras se asentaran en el aire, en el ambiente. Lo que sea que se trajese entre manos se había detenido, sus manos se habían apoyado sobre la mesa, su cuerpo se había quedado quieto, como pensativo. Si se puede describir a alguien como pensativo cuando te dan la espalda. Tras unos segundos, sin embargo el ruido volvió.

Su voz sonaba alegre, casi cantarina cuando volvió a hablar.

-No me malentiendas, torturar con varita tiene su emoción, pero no hay nada, nada como saber que estas manos mías te hacen gritar. Sentir la sangre correr por los dedos. Tibia aún- un escalofrío de placer lo recorrió con solo pensar en ello- no soy el tipo de hombre al que le molesta ensuciarse con la sangre, el sudor y las lágrimas de sus víctimas. Aunque creo que a estas alturas ya habrás notado eso. Necesito algo más personal que una varita, que un simple hechizo. Necesito…

Su movimiento fue una rafaga, fue rapido, fue planeado. Y el cuchillo estaba clavado a escasos centímetros de la mano del otro.

-El miedo, ese olor animal que desprende el cuerpo de la gente cuando siente miedo- su voz había vuelto a caer en un susurro- además, pocos hechizos te dejan acercarte tanto a tu torturado como para oír cuando su voluntad se quiebra. Y esa es mi parte favorita.
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Celyn JerniganExtirpador

I. Ezra Sullivan el Miér Mayo 10, 2017 12:25 pm

Un día más. Una tarde más. Una noche más. No sabía la hora, ni el día, ni siquiera el mes o el año. Para él las horas ya no eran algo importante en su vida. Los días no eran más que una repetición monótona del anterior y el paso de los meses y las estaciones era tan imposible de ver que había perdido todo el sentido. Ahí no sentía el caer de las hojas en otoño, el florecer de los árboles en primavera, el caer de la nieve en invierno ni en el abrasador calor del verano. Para él todos los días eran exactamente igual al anterior, salvo cuando se producía la llamada. La llamada no consistía en otra cosa que en una metafórica patada directa a sus pelotas. La llamada no consistía en otra cosa que en un dolor inimaginable por el ser humano hasta que el Área M había aparecido, o quizá los judíos de la tan lejana Segunda Guerra Mundial si habían oído hablar de tal dolor en el cual rogabas a los dioses habidos y por haber que terminase aquella locura en la que estabas sumido. Que terminase el dolor aunque fuese con la muerte. Pero, después de todo el sufrimiento, más valía que la muerte fuese rápida e indolora.

Había cientos de extirpadores en aquel  lugar y todos parecían deseosos por conocer a sus nuevos juguetes. O a sus antiguos juguetes, pues en aquella ocasión, Ezra ya conocía muy bien al hombre con el que compartía el oxígeno en ese día, esa tarde o esa noche. El Doctor Jernigan. De doctor aquel hombre tenía lo mismo que Ezra de ingeniero espacial, pero era lo que rezaba en letras negras y mayúsculas  la placa plateada que llevaba en la bata. A Ezra no le agradaba la compañía del Doctor Jernigan. Tampoco le agradaba la del resto de los extirpadores, pero aquel hombre era diferente a todos ellos. Era incluso peor y eso que Ezra había tachado de imposible aquella opción.

Jernigan había decidido convertir a Ezra en su conejillo de indias particular. En su juguete predilecto al que arrancarle los miembros del cuerpo para ver cómo quedaban y colocárselos de nuevo. Su juguete predilecto al que manchar el cuerpo con cicatrices, al que dar extraños brebajes que no pudiese negarse a tomar e inyectarle sustancias que ni é mismo sabía las consecuencias que traerían. Era el mayor hijo de puta que Ezra se había echado a la cara, y cabe destacar que después de cuarenta y cuatro años  en el mundo no eran pocos los que había conocido. Empezando por su padre, un hombre con tendencias violentas que había acabado inconscientemente con la vida de su madre a base de golpes. Siguiendo por su hermano, quien no lo había pensado dos veces a la hora de aliarse con los Mortífagos para vender la cabeza de su hermano a cambio de un par de galeones que no le alcanzarían ni para terminar el mes. Podía continuar su lista no sólo con el resto de extirpadores y Mortífagos que habían intentado darle caza – e incluso añadir al que finalmente lo logró – sino que en su lista había gente no mágica, gente mágica e incluso un elfo doméstico malhumorado que sólo deseaba el exterminio de la raza humana.

Escuchaba la voz del hombre a su espalda. O más bien a su cabeza, pues su cuerpo estaba colocado sobre una camilla metálica que distaba de cumplir con los derechos humanos y las leyes de sanidad vigentes en cualquier país del primer mundo como en el que se encontraban. Pero sabía de sobra que a Jernigan y al resto de los  que allí trabajaban bien poco les importaba aquello.

Aguantó la respiración al ver  el cuchillo caer a escasos centímetros de su mano izquierda. Estaba ya tan acostumbrado a las torturas de unos y de otros que ya no parpadeaba ante aquellos comportamientos. Como mucho, cuando el dolor se volvía insoportable, soltaba algún gemido ahogado. Incluso terminaba por escupir sangre de lo mucho que se había mordido la lengua por no gritar. No les iba a dar ese gusto. Él no lo haría.

- Tú sabrás, tú eres el experto. – Dijo fingiendo tranquilidad. Realmente no estaba nada tranquilo, cada segundo en compañía de aquel hombre era un auténtico tormento. – Podrían bajarte el sueldo por comportarte como un asqueroso muggle. Una vergüenza para tu profesión. – Si algo había aprendido encerrado ahí dentro, era que una tortura mágica era mil  veces más soportable que una muggle. Y, algo muy importante, si demostrabas estar roto pro dentro, más disfrutaban ellos. No lo permitiría. Al menos, no tan fácilmente.
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Celyn Jernigan el Jue Mayo 11, 2017 4:44 am

Una sonrisa divertida se abrió paso por sus labios. De todos los forzados habitantes del Área M aquel era su favorito, si se le podía llamar tal cosa por su forma tan… activa de resistirse. De mostrarse como este hombre fuerte e inquebrantable. Le encantaba que intentará resistirse. Los más divertidos siempre eran los que pensaban que podían ganarle. Que iban a resistir. Siempre tan ilusos e inocentes. Celyn era un hombre muy paciente y ahora con el Señor Tenebroso en el poder era también un hombre con mucho tiempo a su disposición. Tiempo para idear torturas, para aplicarlas, para dejar su imaginación volar. No podía decirse lo mismo de sus víctimas. Más bien se podría decir que tenían las horas contadas.

Por eso le causaba tanta gracia aquel hombrecillo, que intentaba poner su mejor cara e intentar contraatacar con palabras cortopunzantes, o al menos que él intentase que lo fuesen. Si hubiese sido alguien menos experimentado que Celyn, si hubiera sido uno de esos bebés que ahora llamaban mortifagos tal vez hubiese perdido la cabeza. Pero este era un juego tan viejo para Celyn que nada podía sacarlo de su papel.

- Que valiente, que valiente. Respondiendo todas esas cosas. Mirenme, no me duele, no me importa- dijo, con un tono burlón, sacando el pecho con la última frase como si fuese alguien que buscase ser mirado- aunque bueno, eso fue más bien estúpido. Pero valentía y estupidez suelen ser muy parecidos, puntos por el esfuerzo. No querido, no podrían bajarme el sueldo- un movimiento de la mano desenterró el cuchillo de la madera y se lo acercó a los ojos para inspecionarlo- ¿sabes por qué?

Su mano bajó certera y veloz. El cuchillo se clavó en el centro del dorso de la mano con la misma facilidad de un cuchillo caliente en mantequilla. Celyn ni parpadeó en todo el proceso. Lentamente, antes de que el hombre pudiera recuperarse del dolor, empezó a mover el cuchillo en círculos, primero pequeños y suaves pero cada vez mas grandes, mas y mas grandes. Quería abrir la carne, dejar un lindo agujerito en ella. Con la otra mano, que sostenía su varita, hizo una floritura con esta para que un accio no verbal le trajese lo que necesitaba y sus dedos se cerraron alrededor de un alargado tubo. Parecía contener la inocente transparencia del agua, pero pronto su conejillo de Indias descubriría que no era así.

- Bueno, porque soy el mejor-y dejó que el líquido cayera en el interior de la herida. Dejó que Ezra pudiese disfrutar unos instantes de aquel dolor imposible que empezaba a recorrerlo. A aquella sensación de lava caliente corriendo hacia los interiores de su cuerpo, desplazándose por las venas en camino a su corazón. No lo iba a hacer estallar, no. Pero si se quedaría por todas las zonas aledañas. Piernas, brazos, dorso, creando unas dolorosisimas pústulas. Unas pústulas palpitantes y calientes mientras la sangre del hombre se sentía hervir- ya íbamos tarde para que sirvieras tu propósito. Esta es mi nueva creación. Espero que la disfrutes, escoria. La hice con todo el cariño que alberga mi corazón.

Sacó el cuchillo de la mano y retrocedió un par de pasos para darle espacio a Ezra de disfrutar aquel bello momento a plenitud, sin fútiles interrupciones. Sí, podría ser que parte de su odio por aquel individuo en particular también viniese de una historia más antigua, pero aquel no era el momento de hacer terapia y desvelar sus traumas infantiles. No, en aquel momento Celyn estaba trabajando así que aquel chisme os lo contaremos en otra edición.

-No te preocupes, que no hemos acabado- le dijo tras lo cual le pareció eran un par de minutos de paz. No quería que se desmayará, no aún. La diversión se acababa muy rápido cuando se desmayaban- oh no, apenas estamos empezando.

Celyn se acercó a Ezra con su varita. Un rayo rojo salió de esta hacia una de las pústulas de más agradable tamaño. Explotó al instante. La sensación debía ser increíblemente agradable, deliciosa. La piel se quemaba bajo el acido, llegando hasta el hueso y dejando un agradable hueco a la vista. Había escogido una de las pústulas de las piernas y ahora podía ver el blanco hueso bajo esta.

- Y dime… ¿Cómo podríamos mejorar tu experiencia?-su voz cargaba un tono de falso interés, como cuando una enfermera te preguntaba qué podía hacer por ti.
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Celyn JerniganExtirpador

I. Ezra Sullivan el Jue Mayo 11, 2017 12:26 pm

No sabía el tiempo exacto que había permanecido encerrado en aquella prisión. Ni siquiera cuanto tiempo había pasado desde que había sido sacado de su celda por última vez antes de ser obligado a bajar a la zona de los laboratorios. Aunque aquello de laboratorios poco tenía, pues distaban mucho de la imagen de un laboratorio de ciencias que Ezra había visto durante su etapa escolar. Ahí no había cómodos taburetes ni superficies limpias sobre las que apoyar el material escolar. No había rastro de los microscopios con los que observar células u organismos. El único parecido que guardaba aquel lugar con un laboratorio tradicional era la cantidad de instrumental que se acumulaba en él y, por supuesto, las ansias de sus trabajadores por experimentar. Aunque sus experimentos fueran más humanos que otra cosa. Se sentía como el Frankenstein de Mary Shelley, encerrado en un habitáculo con gruesas paredes de piedra enmugrecida, una luz tan lúgubre como su propia compañía y un instrumental tan antiguo que verdaderamente parecía haber salido de la novela de Shelley.

La primera vez que había visitado aquel  lugar había fingido no sentir miedo. Pero estaba tremendamente desconcertado. No sabía qué sucedería en aquel lugar ni cómo. No sabía si aquel día sería el día en el que la muerte le hiciese su ya tan ansiada visita. Y las cosas no habían cambiado un ápice desde ese primer encuentro con la oscuridad de los laboratorios y su particular olor a muerte y desesperación. Cada visita parecía ser el juicio final. Cada visita era una completa desconocida llena de incertidumbre, pues nunca sabía qué sería aquello que se encontraría. A qué tendría que enfrentarse. Contra qué tendría que luchar.

La vida de aquel hombre al que ya tanto conocía era una completa desconocida a pesar de sus largos monólogos a los que Ezra aun no se había acostumbrado. La mayor parte de los Extirpadores hacían su trabajo en completo silencio. Actuaban de manera meticulosa y silenciosa para garantizar unos resultados más satisfactorios. Pero Jernigan no era así. Jernigan era dicharachero, como si de un amigo cercano se tratase. Pero no era un amigo, Ezra lo sabía. Jernigan disfrutaba de su trabajo como si de un chiquillo ante juguete se tratase. Pues a fin de cuentas parecía tomarse la vida de Ezra como un juego. Un eterno juego en el que podía deleitarse, pues nadie se pararía a interrupirles.

Ezra intentaba ser fuerte. Aparentar no sentir dolor aun cuando este estuviese acabando con cada una de sus entrañas. No podía hablar demasiado. No por falta de ganas, sino porque jamás había sido hombre de mucha palabra. Se escudaba en sus silencios, pero aquellos parecían no ser tan interesantes para su particular torturador.

Sintió el dolor punzante en su mano. Cerró el puño de la opuesta y los ojos al mismo tiempo. Los volvió abrir aun cuando su mano seguía apretando con fuerza, como si pretendiese acabar con el dolor de su hermana a la que estaban agujereando como si de una mera esponja de mar se tratase. Lo miró a los ojos. Sostuvo su mirada mientras este se divertía e hizo un verdadero esfuerzo por no insultarlo o escupirle a la cara. No le daría ese lujo. Se lo había prometido a sí mismo. No les daría el lujo de caer en sus juegos.

El siguiente dolor que sintió su cuerpo no pudo resistirlo. Pataleó. Lo hizo aunque se había negado a mostrar reacción alguna. Intentó liberarse de las cinchas que aferraban su cuerpo a aquella superficie. Intentó golpear a aquel hombre aunque resultaba imposible. Sólo quería dejar de sentir aquel dolor que ahora iba recorriendo cada parte de su cuerpo tomando como punto de partida la herida abierta de su mano.

Notaba su piel arder. Cada centímetro de esta. Y sabía que no era una sensación pues incluso el olor llegaba a sus fosas nasales, por mucho que dada su posición y el dolor que ahora sentía no pudiese definirlo. Sabía que era quemado. Piel quemada. Su propia piel.

Soltó un grito ahogado de dolor sin poder remediarlo. Volvió a apretar sus dientes intentando que el siguiente grito quedase ahogado cuando una de las heridas de sus piernas se hizo aún más grande a golpe de varita. Notaba el mundo caer a su alrededor y sabía que no había margen para un escape rápido y fácil. Ni para uno lento y doloroso. No había salida alguna.

Al escuchar la voz del hombre no pudo reaccionar. De veras que lo intentó, pero su mente parecía estar ausente y el dolor era tal que su reacción tardó más de diez interminables minutos en llegar. Giró la cabeza a uno de los lados y escupió más sangre que saliva. Sangre que el mismo se había causado de tanto apretar los dientes y morderse la lengua intentando no gritar.

- Yéndote al infierno. – Fue lo único que escapó de entre sus labios antes de dibujar una sonrisa dolorida manchada de sangre.
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Celyn Jernigan el Lun Jun 19, 2017 5:01 pm

-No creas, lo han intentado- negó ligeramente con la cabeza, como si aquello fuese un asunto terrible- pero el diablo no me quiere allí. Ya me lo ha dicho. Demasiada competencia. Pero la administración ha tomado nota de su recomendación, gracias por participar en esta encuesta -su voz imitó la voz de una esas horribles señoritas que se negaban a devolverte tu dinero por un producto roto y fingían ser la amorosidad en pasta.

Ugh.

Otro rayo rojo salió de su varita, yendo a parar en una pústula del brazo que siguió el mismo camino que la primera, reventando, deshaciendo. Otra pústula más. Parecía que algo estaba mal. Celyn frunció el ceño ligeramente y se acercó un poco a su víctima, deteniendo las explosiones brevemente al hacerlo para poder oler. Inspiró profundamente. Dejó a su experimento quieto unos segundos antes de retroceder y volver a la mesa, donde revolvió entre sus asuntos hasta dar con lo que necesitaba.

-Ya decia yo que faltaba algo-susurró bajo su aliento- ya sabes, no todos podemos ser perfectos todo el tiempo. Lamento que me haya tardado tanto en darme cuenta de mi error. Tu experiencia podría haber sido infinitamente mejor. Ahora, si fueses tan gentil de abrir la boca- acompañó estas palabras con un movimiento de varita que le hizo abrir la boca nada gentilmente para luego verter el contenido de lo que había ido a buscar en su boca. Otro movimiento de la varita le hizo cerrarla de la misma forma sutil y cariñosa- y traga… Ya hemos pasado por esto. Es mejor si lo tragas por las buenas.

El forcejeo duró un instante, después de todo aquel tiempo y el hombre aún no entendía que tragar primero y sufrir después era más fácil que no tragar y sufrir…. Bueno, igual iba a pasar.

- Ahora, ya con todo en su lugar podemos continuar nuestra interesantísima conversación. No te preocupes, ya empezarás a sentir el efecto. Tan solo dale unos segundos. Mientras tanto, tú y yo podemos seguir nuestra interesantísima conversación, sí, sí, sí. Creo que iba por…-y otro rayo de luz roja salió de su varita, yendo a parar en una de las pústulas que sobresalían en su pecho. Nada dramático pasó, parecía como si aquel líquido que le había dado hubiese hecho mayor cosa.

Pero visualmente no era el impacto que Celyn buscaba. Para el simple y triste espectador nada había cambiado, sin embargo, para el interior de Ezra… Jo… Eso debía ser una fiesta. Le había dado un potenciador. Una pequeña droga de su especial invención que servía para poner más… sensibles los nervios, más abiertos y cariñosos al dolor. Además, tenía un ingrediente maravillosamente especial que no le permitía desmayarse. No aún.

-¿Ya empezaste a sentirlo? Oh, no te preocupes, seguirá así por un buen rato. Este de aquí lo estoy probando para nuestros soldados. La parte que no les permite desmayarse por el dolor, no la que estimula los nervios. Eso lo agregue solo para ti, para ver que tan resistente es mi juguete favorito ¿Sientes todo ese dolor que te inunda, te recorre, te baña?- otra floritura de la varita sirvió para que no una sino dos pústulas estallaran al tiempo- bueno, está ahí para quedarse. Pueden ir haciéndose buenos amigos y aún tenemos todo tu cuerpo cubierto de ellas-soltó una carcajada- vas a quedar peor que un dalmata.

La música empezó a sonar. Algo imponente y clásico. Algo con profundidad y muchos sonidos de bajo. Resonaba en las paredes y podía sentirlo en sus huesos. Seguramente Ezra lo sentiría aún más. Y su varita se empezó a mover como la batuta del director de la magnífica orquesta. Batuta de la que constantemente salían rayos rojos que atacaban la piel del hombre con odio. Haciendo explotar las ya tan mencionadas pústulas. Regalando a sus nervios con una sinfonía del más exquisito dolor. Se quedó así un rato, rayos iban, pústulas explotaban hasta que el rayo golpeó piel, regalandole mas dolor al hombre pero sin ningún acido explotando. Y otro rayo volvió a golpear piel.

-Hmmm-soltó un muy pensativo Celyn antes de acercarse a Ezra para mirarlo con ojo crítico-creo que ya no tenemos mas manchas-su tono estaba cargado de profundo dramatismo, como si aquello fuese una gran tragedia. El cuerpo de Ezra parecía un campo minado. Cubierto de huecos, dejando ver partes de su anatomía que no debería ser posible ver- ¿sabes que es lo mejor de la tortura mágica, escoria? Que se puede volver a empezar. Con la tortura muggle una vez has roto tu juguete queda roto por siempre. En cambio, aquí, una floritura de la varita lo arregla todo. Por Merlin, como de aburrida debe ser tu vida sin magia-Su varita se alzó y hubo un amago de movimiento que no llego a pasar- claro, si yo quisiera arreglarte. Pero aún no, aún hay mucho con que jugar.
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Celyn JerniganExtirpador

I. Ezra Sullivan el Jue Jun 29, 2017 3:53 pm

A ojos de hombres como aquel, Ezra no era más que un sujeto de pruebas. Un objeto sin emoción ni sentimiento alguno; un ser incapaz de sentir dolor, un animal de laboratorio obligado a sufrir el peor de los tormentos con el mero argumento de la mejora en la especie humana. Experimentación con humanos. El sueño de todo científico loco que la ficción había decidido trasladar a la realidad para tormento de Ezra y de tantos que, como él, estaban obligados a dejar de vivir para pasar a intentar sobrevivir. Personas a las que se les había desprovisto de toda humanidad y se les había convertido en objetos. Personas que habían perdido todos sus derechos y cuyas necesidades primarias eran el menor de los problemas para los Extirpadores.

El dolor era agónico.

Apretó los puños intentando que el grito permaneciese anclado en su garganta por el mayor tiempo posible. Clavó sus uñas en la palma de sus manos con tal fuerza que comenzó a sentir el calor de la sangre recorriendo su piel. O quizá no era más que su propio sudor del esfuerzo que estaba haciendo por no darle a Jernigan la satisfacción de gritar. No quería mostrar debilidad alguna cuando realmente estaba muriendo por dentro. Y también por fuera, pues aquellas heridas en su piel no eran ningún juego de niños.

No tuvo tiempo de respirar aliviado. Cuando fue consciente de lo que sucedía a su alrededor aquel hombre ya había vuelto a su lado. No sabía siquiera a dónde había ido. Ni que había dicho antes de irse. El dolor era tal que no le permitía pensar en nada. Nada en absoluto salvo aquel dolor punzante que se encargaba de recorrer cada centímetro de su piel. Aquel dolor que atravesaba cada uno de sus huesos como si de acero ardiendo se tratase. El dolor era tal que no podía pensar en el estado en el que se encontraba su piel ni su organismo. Tampoco en si llegaría a ver el día de mañana. Sólo había hueco para aquel dolor.

Aún sin saber lo que hacía sucedido se mostró reacio a las peticiones de Jernigan. Más que reacio, pues cuando el hombre consiguió que abriese la boca estuvo a un centímetro de lograr morderle y llevarse uno de sus dedos por el camino. Quería que sufriese. Joder, quería que supiese lo que estaba sufriendo él pero aun arrancándole todos y cada uno de los dedos de su mano a base de mordiscos aquello sería imposible.

Aquello sólo había sido una pausa para lo que se le venía encima. La varita se alzó de nuevo y el dolor aumentó su intensidad cuando su cuerpo estaba intentando recuperarse del daño sufrido. Volvió a apretar los puños, intentando focalizar toda su atención en el odio que sentía hacia aquel hombre y no en el dolor que estaba sufriendo en aquel preciso instante. Intentó, por un momento, que todo se centrase en el odio. Y por mucho odio que fue capaz de sentir en aquel preciso instante, le resultó imposible. El dolor superaba a cualquier emoción que pudiese llegar a sentir en ese momento.

El dolor aumentó si es que acaso era posible.

No pudo evitarlo más. El grito salió ahogado de su garganta y sus puños se abrieron dejando caer la sangre sobre el suelo de la habitación. Una mancha más no  se notaría después de todo lo que Jernigan había hecho con su cuerpo durante los últimos minutos que, a su juicio, habían llegado a convertirse en horas.

Su cabeza parecía haberse ido de allí aunque su cuerpo seguía consciente. El dolor era tal que no podía pensar. Sentía que aquel dolor iba a matarlo pero, como bien había dicho Jernigan, ni siquiera contaba con la oportunidad de descansar durante un corto periodo de tiempo quedándose inconsciente.

- No… - Intentó comenzar a hablar cuando las florituras de la varita cesaron y, de alguna manera, lo hizo ligeramente el dolor. Su piel seguía siendo una oleada de dolor en cada uno de sus nervios. – No soy ningún juguete. – Hizo una breve pausa. No era una pausa dramática que buscase hacer pensar a Jernigan. Ni mucho menos. Era una pausa para lograr articular palabra. Para recobrar el aliento y ordenar los pensamientos para decir algo más. – Soy humano, como tú. – Dibujó una leve sonrisa casi apagada por el dolor. – Sin tu varita seríamos iguales. No eres diferente a cualquiera de nosotros.
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Celyn Jernigan el Jue Jul 27, 2017 3:19 am

Había gente que se amedrentaba con el odio de los demás. Que se pasaba su vida de un lado hacia al otro buscando aceptación y bajando la cabecita. Que querían ser amados por hasta ese vecino detestable. Siempre saludando alegremente en las mañanas, antes de que te hubieses tomado tu primer té. Puaj. Que asco de personas. Jernigan no era así, no en lo más mínimo. Para él no había nada más satisfactorio que las miradas de odio que sus experimentos le dirigían. Cuando creían que podría llegar a tocarlo, como el intento de Ezra de atrapar sus dedos en sus dientes. Si eso estaba ahí, ese odio más profundo que cualquier emoción significaba que estaba haciendo un buen trabajo. Cosa que satisface a cualquiera.

Por eso cuando el grito salió de la boca de Ezra, Celyn dio su trabajo de aquel día por terminado. Sí que sí. Se sentía satisfecho consigo mismo, dichoso de haber logrado su cometido. A pesar de que había sido tan solo un mínimo alarido ahogado era mas de lo que había logrado arrancarle mucho de los días a aquel hombre. Así empezaban a romperse los más difíciles. Primero por una esquina y luego en todos lados al mismo tiempo. Como un animal, aquel comportamiento apropiado debía ser recompensado. Debía hacerlo creer que si gritaba, si se rompía pronto, todas sus penurias acabarían rápidamente. Para después demostrar que no era así. Un buen torturador sabía que estaba todo en mentir apropiadamente. En los momentos justos.

Pero cuando estaba a punto de decirle una magnífica frase graciosa y alargar un poco la tortura, solo por el drama, Ezra soltó una perla que Celyn jamás hubiese esperado de un ser tan demacrado que, además, ya había pasado tanto tiempo con él. Aquello era una prueba de que el mundo estaba lleno de sorpresas.

Tuvo que apoyarse contra la pared porque sus piernas casi no podían sostener a su cuerpo de la fuerza de sus carcajadas que escapaban sus labios. Ni siquiera podía hablar. Por Merlín, qué gracioso. Intentó decir algo entre jadeos, pensando que el ataque de carcajadas había cesado, tan solo para rememorar las palabras, descubrir que no había sido así y continuar riendo con los ojos llenos de lágrimas. Aquel recuerdo de hombre… aquel recuerdo de hombre pensaba que no era un juguete. Que era humano. Su cuerpo se deslizó hasta quedar sentado en el suelo frío y sucio, sin importarle de que se fuese a manchar. No tenia espacio en su mente para aquello en aquel momento. Poco a poco las carcajadas empezaron a morir en su garganta, mientras sus brazos se apoyaban en su abdomen adolorido. Suspiró profundamente, dejando que algún vestigio de risa aún le quedaba se le escapara. Uso el dorso de la mano para limpiarse las lágrimas que corrían por su mejilla, tanto había reído.

-Ah, Sullivan, nunca te hubiese imaginado como un cómico. Quién imaginaría que los juguetes-esta vez dijo la palabra lentamente, recalcando cada una de sus letras, para que le pinchara el alma al otro- también tienen sentido del humor- hizo una pausa para recuperar el aire que aún le faltaba- claro que eres un juguete. Con o sin mi varita soy un mejor que tú- apoyó una mano en su rodilla para levantarse- ¿y sabes por qué?-se volvió a acercar a Ezra, para mirarlo a los ojos con una mirada que brillaba desquiciadamente- porque aún sin mi varita, puedo hacer esto- un movimiento rápido de sus manos quebró la muñeca de su experimento con un sonido seco- y puedo hacerlo sin que una patética vocecita me haga arrepentirme de ello más tarde. Ya deberías haberte dado cuenta a estas alturas, juguete. Yo no soy humano. Soy mucho, mucho peor. Ahora -dio un paso- lo siento, pero los niños grandes no podemos quedarnos jugando eternamente.Tenemos otras responsabilidades y los demás juguetes se pondrían celosos si saben que tengo un favorito. No podemos permitir eso. No te preocupes. Ya vendrá alguien por ti… Creo. No creas que esto significa que te he olvidado. Pronto volveré por ti. Extrañame.

Dichas estas palabras, Celyn hizo que todo lo que fuese posiblemente peligroso desapareciera para ser guardado en un lugar más seguro. Un movimiento de varita basto. Los implementos danzaron unos instantes antes de desaparecer. Un buen torturador siempre limpiaba antes de irse. Así nadie podía quedarse con sus secretos. Mientras dejaba la habitación empezó a tararear, sintiéndose satisfecho con su magnífico trabajo. Alguien vendría a recoger su juguete. En algún momento. Creía. La verdad no le interesaba si lo hacían o no.
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