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Operación bikini [Priv. Steven D. Bennington]

Laith Gauthier el Vie Mayo 12, 2017 3:15 am

Recuerdo del primer mensaje :

El sábado había llegado lentamente, como si la semana laboral hubiese sido cientos de veces más dura cuando esperaba a que llegara un día en lo particular. Había al menos estado un poco en contacto con Steven gracias a la mensajería instantánea, pero siendo honestos Laith no tenía mucho tiempo para estar mirando sus textos y contestándolos; su vida de médimago, suicida e infiltrado no le dejaba mucha libertad a estar revisando todo el día su teléfono, lamentablemente, y seguramente fuese parecido con el fugitivo.

Se había sentido preocupado por la herida que Steven había tenido, incluso si ésta había cerrado. No era extraño para nadie a veces sentir el fantasma de una herida curada con magia, por lo que quizá sintiera dolor en algún momento en la carne curada, o tal vez no pudiese recomponerse fácilmente de la pérdida de sangre, aunque por suerte había conseguido sobrevivir hasta, al menos, la noche anterior que le escribió para confirmar el encuentro al día siguiente.

Fuese como sea, al final había llegado el día y la hora acordada, dirigiéndose sin pensarlo demasiado a la pizzería donde planificaron su encuentro. Llevaba los audífonos puestos y a veces cogía el ritmo de la música como el suyo y comenzaba a caminar al son de la melodía. Nunca iba a permitir que la situación actual mermara su buen ánimo y su optimismo, además que las calles nomaj lo hacían sentir protegido de los mortífagos y los puristas. Ahí fuera no era otra cosa que otro nomaj más.

They say: before you start a war, you’d better know what you’re fighting for. Well, baby, you are all that I adore, if love is what you need a soldier I will be —a veces, cantaba algunas de las partes de la canción sin perder mucho la compostura. Si ya de por sí estaba ocasionalmente bailando, era mejor mantener la discreción. Pensaba en algunas cosas que quería contarle a aquel sujeto cuando se encontraran, con una ligera sonrisa en el rostro.

Iba un poco tarde ya, aunque no se alteraba por ello. Alcanzó a ver a Steven en cierto momento, bajando los lentes de sol para asegurarse que fuese él, para entonces quitarse los audífonos y guardándolos en su bolsillo luego de detener la música. Se acercó discretamente, con una sonrisa traviesa y tratando de recordar cuál era la mano dominante de Steven para protegerse un poco, recordando cuando lo ayudó con la limpieza de la habitación que utilizó la derecha.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, a un par de locales de la pizzería, le tomó por la mano derecha y la torció en su espalda de modo que intentar moverse le causaría dolor en la muñeca, sometiéndolo y amenazándolo al cuello con una navaja imaginaria. La mano derecha era importante, pues podía sacar la varita y hacerle daño cuando solamente estaba jugando a espantarlo un poco. Un juego brusco y muy tonto, pero que pensó podría ser divertido.

Vas a darme todo lo que tengas sin rechistar —trató de hacer más tosca su voz para que no lo reconociera al escucharlo hablar, permitiendo que se creyese el tonteo un par de minutos antes de soltar una risotada, sujetándole el rostro con la mano de la supuesta navaja y besándolo en la mejilla, todavía sujetándolo por la espalda antes de soltarlo. — Me conformo con que me des tu compañía, no me pegues y luego me lleves a comer helado —bromeó con una sonrisa.
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Steven D. Bennington el Vie Jun 02, 2017 2:18 pm

Podía llegar a ser como un auténtico niño. Laith lo sabía de sobra por lo que no debía ser para él ninguna sorpresa que su acompañante dejase la mesa como si tal cosa para coger un bolígrafo y dedicarse a hacerle un tatuaje. Por llamarlo de alguna manera, porque aquella figura que intentó dibujar parecía más una mariposa después de haberse chocado contra un cristal. O haber entrado en el filtro del agua de una piscina y haberse convertido en una masa aplastada y sin forma aparente. Pero a fin de cuentas, se podía distinguir que pretendía ser una mariposa.

- Cuando quieras repetimos. Tengo dos técnicas de lo más profesionales. – Admitió echándose flores. – La primera acabas de comprobarla. No te cobraré, tranquilo. La segunda requiere de una bolsa de patatas y un poco de agua. Soy todo un experto colocando tatuajes de bolsa bajo el grifo. No se me despega ni una esquinita. – Dijo como si aquello fuese lo más grande que pudiese llegar a hacer una persona en su vida. Como si los niños de cinco años no pudiesen hacer exactamente lo mismo. Aunque pensándolo bien, no podían. A ellos siempre se les despegaban las esquinas a no ser que fuesen muy profesionales. Entonces ya era demasiado.

Todo el mundo había tenido un romance adolescente por el cual demostrabas que tus neuronas no estaban siempre funcionando. Steven, a pesar de haberse casado joven, también había tenido sus penas y desgracias adolescentes antes de conocer a Zoe. Después de ella sus parejas habían sido menos estables que la dentadura de su padre.

- ¿Y a qué estás esperando para contármelo? – Alzó ambas cejas. No es que fuese una persona cotilla, ni mucho menos. Pero aquellas historias del pasado de la gente siempre resultaban divertidas. Cualquier anécdota era digna de escuchar para imaginar cómo había sido Laith cuando era más joven. Porque joven seguía siendo. Incluso él era joven y era años mayor que Laith, pues no pensaba decir que con apenas 31 años recién cumplidos era viejo.

A diferencia de Steven, Laith sí parecía saber dibujar algo que no fuesen patatas aplastadas. Por lo que la silueta del escudo de Ravenclaw en su mano quedó fácilmente reconocible para el castaño que, apartó la mano en cuanto el chico terminó de dibujar, para dar su visto bueno a la obra de arte afirmando con la cabeza.

- Da igual, no creo que ni en la teletienda encuentre algo parecido. – No pudo evitar reír ante las conclusiones de ambos. A cual más estúpida pero seguían hablando de ello como si fuese el tema de conversación más lógico que dos personas pudiesen mantener.

No dudó a la hora de soplar la tarta improvisada que Laith le había preparado, haciendo que las “velas” se apagaran sobre su “tarta” después de pedir un deseo. Frunció el ceño. Él no creía en los deseos porque nunca se le habían cumplido, quizá era porque toda su vida los había terminado por decir en voz alta.

- Soy un tipo con suerte. – Tomó otro trozo de pizza con un aire infantil en sus palabras mientras escuchaba lo que Laith tenía que contar. Casi acaba por atragantarse con la comida al escuchar cómo le mencionaba indirectamente. Tanto a él como a su especial odisea en la visita a San Mungo. Un caso digno de analizar. Por un psiquiatra. – Seguro que no son tan encantadores como los antiguos trabajadores. – Supuso que su compañero James ya no trabajaría en la tienda, pues al igual que él, su sangre no era algo positivo en la nueva sociedad en la que ahora se habían visto obligados a vivir. –Si tanto vas a la Universidad podrías hacerte amigo de algún grupo de adolescentes fiesteros y apuntarte a un buen plan con ellos. Como ir a una piscina de bolas, ya sabes. – Bromeó. – O podemos ir a tomar unas cervezas algún día, a mí eso de los antros raros que os gustan a los jóvenes de hoy en día… Como que no. – Era más de sentarse en un pub a hablar. Con música ochentera, a ser posible. Con eso Steven era más feliz que un regaliz. Y los regalices eran extremadamente felices. Especialmente los rojos. - ¿No ves mi cara? Yo siempre he sido un tipo aburrido y amargado. – Negó con la cabeza.

Siempre me gustó hacer surf. O montar en bici. Eso sí, mejor que no me des una pelota porque no sé ni cogerla sin sacarme un ojo. – Se encogió de hombros. – Soy músico así que… Tocar o aprender algún instrumento siempre está bien. Leer, soy un tipo sencillo. El otro día estuve leyendo un libro de punto de cruz de Agnes. No me pidas que te haga una bufanda, porque no aprendí nada. – Lo había intentado por ayudar a Agnes en casa y hablar de los temas que más le interesaban pero… Había sido demasiado para él. – Lo de tener una hija y quedarte medio sordo te hace quedarte un poco… Autista del resto del mundo. – Rió. – Pero siempre me han agradado los pubs irlandeses. Me gusta probar cervezas y poner cara de haber chupado un limón porque están demasiado amargas. A ti te veo más… De salir de fiesta loca y no acordarte a la mañana siguiente de lo que ha pasado. ¿Te ha pasado eso alguna vez?
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Laith Gauthier el Vie Jun 02, 2017 8:53 pm

Tío, no sabes cuánto tiempo llevo buscando gente con tus técnicas, ten por seguro que voy a contactarte por otro —lo aduló intentando no reírse. La mariposa parecía que la habían aplastado y se la habían puesto en la mano, pobrecita. No le dio mucha importancia a su mariposa aplastada dejándola quieta mientras continuaban comiendo con la agradable conversación de fondo, que había pasado pronto a ser sobre sus tatuajes.

Le resultó curioso el interés de Steven, aunque le había explicado el significado de cada uno de ellos que era profundo y, para él, sumamente especial. Lo que sí resultó ser una sorpresa es que se interesara por su drama de adolescente, lo miró con una ceja enarcada unos segundos como si no se creyese que lo estaba preguntando en serio. No tenía ni idea de aquella curiosidad en Steven, pensaba que él era el único cotilla de esa mesa pero venía a ser que no.

Siempre he pensado que es la historia que se cuenta con una botella en la mano y un cigarro en la otra, si quieres detalles ya sabes cómo conseguirlos —hizo un gesto condescendiente con la cabeza, haciéndole ver que sólo le contaría los aspectos más relevantes de la situación. — A ver… Fue cuando entré a la universidad, era un profesor… Tengo un problema con los mayores, no me juzgues —soltó una risa antes de que le dijera nada. — Lo perseguí por meses hasta que me resigné a que no iba a prestarme atención… Y en ese momento, bam, viene y me dice que quiere darme clases privadas —si lo miraba en retrospectiva, ahora todo parecía tener sentido. — Al principio me enseñaba cosas básicas, me resolvía dudas de la carrera, me enseñó a tener duelos, cosas por el estilo… Me dejé llevar y al cabo de un tiempo empezamos a salir, era interesante si me lo preguntas aunque nunca supe mucho de él… Creo que los primeros dos o tres años todo iba viento en popa, ¿quién se imaginaría que yo tendría una relación tan larga? Incluso me saqué la licencia de aparición porque él me lo pidió y eso que doy asco apareciendo —hizo una mueca de disgusto por ello, muy raras veces conseguía animarse a aparecer y sólo en casos de emergencia.

Hizo una breve pausa para poder dar otro bocado y beber algo antes de continuar, pensando cómo evitar la mayor cantidad de detalles posibles. — Un día… descubrí que casi me llevan al zoológico por la menuda cornamenta que llevaba puesta, ya no cabía por la puerta —se permitió reírse por ello, era mejor reír que lamentarse, después de todo. — Para entonces estaba enfermo de amor y le perdonaba todo… Así duramos hasta que me gradué, le pareció una buena idea irse, mas no contento con eso me hizo ir hasta la parada del tren para poderme decir que nunca signifiqué nada para él, luego drama —y sonrió con la mayor naturalidad que una historia así permitía.

Lo que esperaba que fuese una historia sin detalles había igualmente sido bastante larga, aunque sin importar eso consiguió seguir con el tema de la botella de vino y la tarta de cumpleaños, por la que le riñó de haberle dicho su deseo. Le dieron ganas de darle una colleja por decir que era un tipo con suerte que, si bien era cierto, tampoco era para ir fardando de ello por el mundo, los astros se alineaban para que pudiera salir vivo de la situación como aquella de la que salió por los pelos en San Mungo.

No sabría decirte, sólo compré unas cuerdas para la guitarra… —le comentó, pues no había visto mucho, sólo la chica que lo había atendido en la caja registradora. — Tengo amigos tan aburridos que tengo que encontrarme compañía en sitios así, como si fuera un crío en mis veintiuno —hizo drama, como si fuese demasiado más viejo que eso, aunque no era así. — Sí, me doy cuenta de ello, creo que si chupas un limón es el limón el que hace gestos —se burló de lo amargado que era. — Pues cuando quieras vamos a tomar unas cervezas —accedió sin pensárselo demasiado, todo plan era bueno para convivir con otros, no es que hiciese drama y se pusiera exigente diciendo que él no bebía cerveza.

Escuchó acerca de sus hobbies hasta reírse por saber qué había estado leyendo por Agnes, y estaba por pedirle que le tejiese algo por molestarlo cuando ya le había dicho que no aprendió nada. Lo escuchaba con atención sin interrumpirlo incluso cuando se atrevió a decir qué tipo de fiestas le gustaban a él. Quizá se equivocaba un poco en lo último, tenía una muy buena resistencia al alcohol, aunque tuvo su época de no acordarse de ninguna fiesta por lo mal que quedaba al final de las mismas.

No recientemente, pero sí me sucedió en algunas ocasiones —también lo de despertarse con un completo extraño como sucedía en las películas, que iba muy de la mano con no acordarse de las fiestas. — Me gustan las fiestas con buena música y si se puede bailar es mucho mejor, aunque supongo que me adapto a todo, meterme en un bar tranquilo, lo que caiga es bueno, aunque ahora es más complicado desde que es ilegal ir a sitios nomaj, aunque si creen que con sus leyes me van a alejar de cosas así pues están muy equivocados —se atrevió a jactarse, dando un sorbo a su refresco hasta que se acordó de alguna cosa. — ¿Cuántas tartas me cobrarías por enseñarme a tocar el saxofón?
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Steven D. Bennington el Sáb Jun 03, 2017 10:42 am

Steven no era cotilla. No, no, no. Era interés profesional. Para luego poder hacer bromas al respecto con las que burlarse un poco de Laith como hacía desde que ambos habían empezado a conversar casualmente en mitad de la calle. O no tan casualmente, pues su foco de interés había sido la comida gratis. Y la comida gratis nunca es casualidad, es magia. Magia de la buena.

- Sí, como tengas las dos cosas en la misma mano a lo mejor pasa algo parecido a lo de juntar Coca-Cola con Mentos. ¿Lo has probado? Se supone que si metes Mentos en una botella de Coca-Cola hace una reacción y sale todo el gas volando por todas partes. – No lo había comprado. Ahí no tenía interés profesional por malgastar una Coca-Cola ni mucho menos un paquete de Mentos, como si aquello fuese barato y él no fuese un fugitivo sin acceso a sus cuentas bancarias.

Prestó tanta atención a la historia de Laith que hasta que no finalizó no se dio cuenta de un detalle. ¡Hablaba de una relación con un hombre! ¿Laith había sido homosexual todo ese tiempo y él no se había enterado? ¡Efectivamente! La orientación sexual de las personas era algo que no le interesaba ni lo más mínimo por lo que de no haber sacado a relucir él mismo sus preferencias, Steven ni se habría enterado. A no ser que saliesen de fiesta y se le encontrase comiéndose la boca con un tío, entonces ahí quizá se hubiese dado cuenta. También cabía la posibilidad de que se hubiese girado rápidamente para no molestar a Laith o interrumpir su intimidad y ni se fijase en quién era la otra persona. O qué era. Capaz era un calamar.

- El máximo cliché de las películas americanas. Alumno se enamora de profesor. Profesor le sigue el juego al alumno. – También en aquel momento se dio cuenta que a Laith no le agradaba ni lo más mínimo aparecerse. Aquel papel siempre había corrido de su cuenta. – Se nota que eres del otro lado del charco. – Admitió Steven con tono bromista, pues sólo lo decía por meterse con él. – Lo del otro lado de la acera no me había dado cuenta. – Añadió antes de romper a reír por lo subnormal que podía llegar a ser a veces. – Que hijo de puta. – Podía que fuese la primera vez que Steven decía una palabrota en lo que iba de año. No era dado a decir aquel tipo de palabras a no ser que la situación le superase, como era aquel caso. ¿Había una palabra mejor para definir a ese ser? ¿Cómo alguien podía jugar de tal forma con los sentimientos ajenos? ¡La gente es despreciable! Steven se había comenzado a sentir mal por haber sacado aquel tema de conversación y poder crear un mal ambienta ahora entre ambos. No por empeorar su relación, sino porque era posible que Laith se sintiese más decaído o triste por recordar vivencias tan negativas como aquella. – Siempre he creído que si alguien está contigo durante tantos años no puede ser posible que no signifiques nada para él pero… El pasado puede doler pero puedes huir de él o aprender. – Hizo una leve pausa. – Sabias palabras de un mono con la cara pintada. – A su hija también le gustaba El Rey León.

Steven había descubierto un magnífico pub irlandés al lado de la casa de Agnes. Era lo que tenía pasear por la zona porque estaba suficientemente alejada del bullicio y peligros que podían encontrarse en el centro de la ciudad. Por lo que sin duda, sería aquel lugar el que le ofrecería a Laith para visitar.

- Conozco un pub donde dan comida gratis cada vez que juega Irlanda. Especialmente cuando va ganando y creen que ganará el partido. Da igual de qué deporte así que sólo tenemos que estar pendientes y tendremos buena cerveza y, con suerte, comida gratis. – La última vez que se había presentado allí había terminado comiendo de una pizza tan larga como el tamaño de la barra.

A pesar de que Laith y Steven no se llevaban tanto tiempo, a Steven siempre le daba la sensación que por su carácter era alguien bastante más joven. Aunque cabía decir que por la manera tan infantil de ser que tenía Steven, Laith bien podía argumentar que estaba comiendo con un crío de doce años.

- Seguro que no sabes bailar. Eres de esos que sujetan el vaso con una mano y la barra con la otra. – No lo creía realmente. Sólo era por meterse con él. – Yo hace… Juraría que cinco años que no me emborracho gracias a esas maravillosas anécdotas de no recordar ni dónde vives. – Steven también tenía su parte de deshacerse del mundo a su alrededor y como todos había tenido sus fiestas cuando era más joven. Incluso hasta que el nuevo gobierno había llegado las había tenido.

¿Tartas? El resto de la conversación parecía haber desaparecido en su cabeza al escuchar aquella palabra. ¡Era lo más maravilloso del mundo! Y hacía bastante que no comía tarta. Cuando llegase al refugio le diría a su hermana que sí quería hacer una.

- Depende. – Tomó un pedazo de pizza. – Una tarta por conseguirte un saxofón si no tienes ya uno. Y dependiendo de sí ya sabes algo te cobro una tarta por clase o una y media. Y una mini tarta de manzana de regalo. – Su tarta favorita, sin duda, era esa. – Por mi cara bonita. – Añadió antes de reír. Por suerte, en aquel momento otra pizza se posaba sobre la mesa. ¡Y esa sí era Hawaiana! - ¡Ajá! Mi deseo se ha cumplido. Ahora debería empezar a creer en este tipo de cosas. ¿Vosotros teníais Adivinación?
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Laith Gauthier el Sáb Jun 03, 2017 10:42 pm

Soltó una risa en cuanto le dijo la comparación con la Coca-Cola y los Mentos, que claro que había hecho hace tiempo. Bueno, no le gustaba desperdiciar nada, pero era en pro de la ciencia. Y de la venganza. — Tío, pues una vez tenía el cigarro y una lata de refresco y al intentar calar me derramé el refresco encima —hacía con sus manos la mímica de aquello. — Le quitaría drama al cuento si me derramase la cerveza y nos pusiéramos a reír —porque seguramente se reirían, empezaba a entender cómo funcionaba su amistad con Steven y no era otra que hacer más ligeros todos los temas sin excepción con risas y piques de por medio.

Laith habría llegado a pensar que Steven sabría ya sus preferencias, que aunque era lento no era ciego y el sanador no es que disimulase mucho. Que cuando iba por la calle era de los que miraban por encima del hombro a sus espaldas si se acababan de cruzar con alguien atractivo a ver si también tenía buen trasero. Soltó una nueva risa en cuanto le dijo que su historia era cliché, negando con la cabeza, además de que esperaba que nunca tuviese que aparecerse con Steven, por lo que había sido bueno que se enterase que era él cuando lo asaltó ese mismo día.

No es mi culpa que no prestes atención y no te hayas enterado —se sonrió con sorna, pues era cierto, aunque la verdad no pensaba que tuviera que estarlo mirando todo el día. Entonces sería incómodo. — Como saques un bastón y me pegues, te vas a enterar —lo amenazó por la referencia a aquel mono. — Bah, la verdad me ayudó a madurar… Luego, bueno, no quería saber de nada ni nadie y me largué a Francia a seguir estudiando una temporada. Cuando acabé, regresé aquí, que tenía plaza asegurada en San Mungo —acabó su relato finalmente. Lo cierto era que habría deseado regresar a Canadá, pero algo lo mantuvo atado a Reino Unido. — ¿Qué hay de ti? Con tus años me veo raro que no te haya pasado también una historia melodramática —apuntó lo viejo que era antes de reírse.

Escuchó sobre aquel pub irlandés donde la palabra mágica era “comida gratis”. La comida siempre era deliciosa y sabía mejor cuando uno no pagaba por ella, así que pensó que se apuntaría todos los partidos de Irlanda para poder obtener comida gratis en ese tipo de eventos, dándole la razón con un gesto y pizza en la boca, apuntándose a aquel plan sin tener que pensárselo dos veces. Siempre podía simplemente enviarle un mensaje para ponerse de acuerdo e ir, como en esa ocasión.

¿Qué dices? Soy un dios bailando, ponme absolutamente cualquier canción y te enseño a bailarla —se jactó alzándose el cuello por aquello. Claro, con la cantidad de fiestas que había tenido hubiese sido muy aburrido quedarse sentado todo el día. Sabía de música lenta, rápida, salsa, reggeaton, cualquier cosa le venía bien. — Pft, si es lo divertido, es como una caja de sorpresas. ¿Despertarás con un tatuaje, en la cama de alguien, sin órganos? Nadie lo sabe —dijo como si le emocionara aquella incógnita de no saber cómo iba a resultar la mañana siguiente.

Recordó de pronto que alguien le había recomendado a Steven como profesor de música, e incluso antes en son de broma lo habían mencionado, aunque sólo hasta ahora se decidía verdaderamente a cumplir su deseo de aprender a tocar un saxofón. Lo había intentado solo con vídeotutoriales en Youtube, pero se le antojaba algo complicado todavía, así que quería confiarle su aprendizaje su amigo sobornándolo con tartas.

Ya tengo el saxofón, intenté aprender en Youtube pero no me ayudaron demasiado, ¿eso cuenta como saber algo? —le preguntó con una sonrisa, intentando negociar el precio de sus clases. Al menos hasta que dijo que también le debía una tarta por su cara bonita. — Nah, ya aprendí a que no te mereces comida por lindo —bromeó con una sonrisa divertida, que ya había intentado con una pizza y no le había servido. La siguiente pizza, para sorpresa de ambos, resultó ser Hawaiana. — Vaya, eres vidente al parecer —se sonrió, asintiendo con la cabeza. — Aunque yo no era muy bueno, por alguna razón siempre adivinaba cosas malas, nadie quería que yo le adivinase el futuro —admitió encogiéndose de hombros.

Le resultaba raro ahora si lo miraba en retrospectiva, pero no es que importase de mucho. Siempre había sido sensible a los malos presentimientos, así que no era de extrañar, sirviéndose un trozo de pizza tras haber acabado el de la pizza anterior. Su vida sin embargo no se regía por adivinaciones ni tampoco se creía mucho los horóscopos zodiacales de las revistas que le gustaba comprar, aunque por mera curiosidad se los leía.

Tío, creo que la próxima pizza nos la mandarán envenenada, creo que el camarero nos está matando con la mirada —le susurró inclinándose sobre la mesa para hablar en secreto. Laith al menos había perdido la cuenta de las que ya llevaban, aunque por suerte para aquel hombre estaba ya perdiendo el apetito así que no le harían, por su parte, falta muchas más, no sabía si podría decir lo mismo de Steven. — ¿Qué plan tienes luego de aquí? —cuestionó para saber si contaba con él para alguna otra cosa.
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Steven D. Bennington el Dom Jun 04, 2017 1:46 pm

Los años le habían enseñado a tomarse la vida con una nueva filosofía. Y esa filosofía se caracterizaba por la positividad y por ver el vaso medio lleno en lugar de medio vacío. También por responder a todo con una sonrisa y demostrar que ningún problema era demasiado grave como para que te quitase la sonrisa. Así era su vida y por suerte Laith no dudaba en acompañarle en esa filosofía, lo cual suponía un respiro para  alguien que literalmente vivía bajo tierra encerrado con un grupo de personas que se habían sumido en su propia oscuridad por la desesperación que suponía no poder llevar una vida normalizada.

- Eso te pasa por fumar. – Le recriminó antes de romper a reír. – Mi madre fumaba incluso cuando se quedó embarazada. Tanto con Beatrice como conmigo. Y cuando le daba la tos yo siempre le decía que cuando se pusiese muy malita no iba a cuidarla. – Puso en aquello último voz infantil y una mueca que lo acompañaba. – Ni con esas dejó de fumar. – Eso sí, años después, la mujer no tenía ningún problema respiratorio ni de pulmones y seguía fumando como un camionero. Aunque, al menos, ya sólo fumaba en la terraza de casa y eso que vivía ella sola.

Steven vivía en su propia burbuja, ¿Aún Laith no se había dado cuenta? A él le importaba bien poco qué tipo de preferencias sexuales podrían tener sus amigos. Siempre y cuando estas fuesen normales. Nada de ir por ahí secuestrando niños o colándose en tanatorios para ver qué víctimas frescas tenían aquel día. Quizá si se hubiese dejado llevar más por las apariencias de Laith o en las miradas que lanzaba a los desconocidos se habría fijado. ¡Pero es que él no se fijaba en esas cosas!

- Bueno, yo no me entero de nada. No me siento ofendido por mi retraso. – Negó con la cabeza aún con su imborrable sonrisa dibujada en los labios. – Mejor te golpeo con un trozo de pizza. –Amenzó con lanzarle un pedazo. Luego miró a la pizza, tan sabrosa, tan caliente, tan… Pizza. No pudo resistirlo más y le dio un mordisco. – No hay mal que por bien no venga. No entiendo esa frase, pero creo que queda bien decirla aquí. – Dar ánimos nunca había sido su punto fuerte. No podía decir mucho más del tema salvo que aquella mala experiencia le había servido a Laith para convertirse en la persona que era en aquel momento. Además, si todo hubiese salido a pedir de boca en aquella relación ni se conocerían. ¡Que buscase el lado bueno de las cosas! - ¿Mis años? Que ofensa tan gratuita, señor. – Frunció el ceño y la sonrisa brotó instantánea de sus labios. – Teniendo en cuenta que me casé con mi novia del colegio… Lo más dramático de esa relación fue el divorcio. Seguro que me dejó por discapacitado. Ya sabes, la comunicación no funcionaba bien. – Comenzó con los chistes fáciles. – Pero ya sabes oídos que no oyen, corazón que no siente. No es así, pero en mi caso queda mejor. – Rió. – Si te digo la verdad antes de estar con ella tampoco tuve muchas novias. Nunca se he me ha hecho sencillo entablar relaciones sentimentales con mujeres. Creo que es porque no me entero cuando ellas quieren algo o cuando me ven como amigo. – Oh, la famosa friendzone. – Y después del  divorcio me preocupaba más por poder ver a mi hija que por otra cosa. No tuve nada serio nunca. Eso sí, conocí a una mujer en un bar, Kristina, parecía bastante agradable, quedábamos de vez en cuando a tomar algo… En resumen, que la mujer lo único que quería era la herencia de mi padre. Porque se creía que se había muerto y era un rico multimillonario. Uno de mis amigos le había contado el cuento chino sólo para reírse un rato y la mujer se lo creyó. Es una buena técnica para saber cuándo alguien solo te quiere por tu dinero. Suerte que no tengo ni un duro.

Siempre había imaginado la situación donde el alcohol te hace olvidar todo y acabas con un tatuaje, como bien había comentado Laith. Pero no era su caso. Cuando Steven se había emborrachado nunca le había pasado algo parecido, como en las películas o series americanas.

- ¿En otro país? ¿Casado en Las Vegas? Si, es divertido eso de la incógnita. Deberíamos descargar alguna de esas aplicaciones para móvil para beber y ver qué sale de ahí. – Nunca había probado una, pero seguro que tenían juegos estúpidos con los que pasar un buen rato a base de chupitos. Y con chupitos, Steven no sabía si podía llegar a tener minar con una mariposa deforme tatuada en el trasero.

Aprender con los tutoriales que podían encontrase en internet era una misión prácticamente imposible. Steven no era capaz de seguir las instrucciones que la gente ponía ahí. No porque fuesen complicados, sino porque la gente tenía un nivel de explicación que rozaba el subsuelo.

- Entonces una tarta por sesión estará bien. – Cogió su refresco y terminó el contenido para dejarle “los posos” a Laith. No sabía cómo funcionaba exactamente eso de leer los posos porque no había cursado Adivinación durante su tiempo en Hogwarts. Estos Ravenclaw son demasiado escépticos, había dicho la profesora de aquella época y no se había equivocado. – Venga, cuéntame mi futuro en las gotas del refresco.

No le extrañaba que el camarero optase por envenenarles si así lograba no perder dinero con la aparición de aquellos dos pozos sin fondo de comida. Steven miró al camarero, disimuladamente. Efectivamente, este les miraba. Vigilaba. Pero realmente no pensaba que fuese a matarles. Por ahora.

- Seguro que opta por echarnos laxante en la comida. Así tendremos que ir al baño y aprovechará para decir que al levantarnos perdemos nuestro turno. Lo que no sabe es que se nos vaciará el estómago y vendremos con más hambre. – Dijo en tono triunfal. Su plan, ¿Qué plan? Ah, el plan. Realmente Steven no era de planificar su día a día. Más bien había mandado el mensaje a Laith para comer y luego volvería al refugio para ver cómo estaban ahí abajo las cosas. – Había pensado comenzar la dominación mundial empezando por el centro de Londres pero todavía tengo que pulir un poco el plan de dominación. No sé si quiero exterminar a los que odian la pizza con piña o simplemente encerrarles en una prisión. La incertidumbre me quita el sueño. ¿Tenías pensado algo? Mira, que puedo dejar lo de la dominación mundial para otro día.
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Laith Gauthier el Dom Jun 04, 2017 11:04 pm

Vaya, ¿a mí tampoco me vas a cuidar cuando me ponga muy malito? Qué malo eres —se quejó con él. En realidad no sabía qué haría si tuviese un hijo, aunque claro que no podía tenerlo él mismo y por supuesto no se metería ni aunque le pagasen con una chica, así que era un pensamiento bastante lejano. Recordaba haber oído de la madre de Steven, así que todavía debía estar bien, o al menos con vida. — Tener un hijo para esto, yo te hubiera dado en adopción —se llevó una mano al pecho en gesto melodramático.

Soltó una risotada cuando dijo que no le ofendía su retraso, sonriéndole con encanto para que no descubriera sus pensamientos. Aunque, bueno, luego lo amenazó con golpearlo con un trozo de pizza y eso no le dio tanta gracia. El tema de su experiencia había quedado pronto atrás sin que a Laith pudiese quitarle la sonrisa del rostro y en cambio cuestionó sobre las vivencias de Steven, meramente para conocer un poco acerca de él, ofendiéndolo en el proceso porque… pues porque podía hacerlo. Lo tomó por sorpresa aquel chiste tan absurdo que le dio risa, soltando aire a modo de una risa antes de negar con la cabeza.

Me imagino que tienes más dramas de que la comida no salga como en la imagen que por cosas de pareja, considerando tu forma de ser —no decía que no podía tomarse nada en serio, sino que sus prioridades estaban un poco desorganizadas. Escuchó sobre la historia de Kristina y trató de no reírse, preguntándose si Steven cabía en el perfil de ricachón por herencia. Al menos a él le parecía de lejos que no. — ¿Entonces tu padre no te dejó una herencia multimillonaria? Puto Carlos, me mintió —se inventó un supuesto amigo en común para ponerse al nivel de Kristina, simplemente con el fin de jugar un poco. — ¿Por qué se separaron tú y tu mujer? ¿Fue mutuo acuerdo? —le preguntó para no quedarse con la duda, ya que estaban en el tema.

Soltó una risa asintiendo con la cabeza cuando le dijo sobre la aplicación para beber, que claro que sería divertido, así que esperaba que pudiesen planear algo pronto. Sin embargo, las otras sugerencias le hicieron pensar, enarcando una ceja. En Las Vegas nunca se había casado, pero sí que se había perdido por ir con más copas de más de las que debería.

Una vez cogí un bus que pensé que me llevaba a mi casa y terminé del otro lado del país, suerte que uno tiene sus ases bajo la manga y regresé por red flu —le contó aquella travesía. De pronto estaba en un lugar, se subió al bus, tomó lo que creyó era una siesta hasta su parada y despertó en la última parada del otro lado del pequeño mundo que desconocía. Sin magia le hubiese costado mucho más llegar, sólo tuvo que buscar a un mago y pedirle que le indicara la chimenea flu más cercana y comprar polvos.

Le resultó extrañísimo que le entregara su refresco para que le leyera el futuro con las gotas, aunque decidió seguirle el juego mientras lo tomaba y miraba, tratando de encontrarle forma. El mismo Laith pensaba que aquello sólo servía con el té, pero si el otro subnormal quería una predicción iba a dársela, inventándose una chorrada. Aunque en medio de su chorrada entrecerró los ojos un poco, buscándole formas supuestamente inexistentes.

Es un remo con un ojo, significa que una paloma te usará de excusado —le hizo saber, aunque no era precisamente eso, fue lo primero que le nació decir. El remo era un problema pasajero y el ojo andarse con cuidado, de acuerdo a lo que podía vagamente acordarse, que tampoco era su clase favorita. — Si sucede, el helado va por tu cuenta —bromeó dejando el refresco en la mesa mientras continuaba comiendo.

La idea de Steven la había interpretado como su conclusión final, que les lavaría el estómago y volverían a tener mucha más hambre que antes, aunque suponía que por profesionalismo no iba a suceder nada parecido en ese sitio. Simplemente le preguntó sobre qué haría más tarde, pues él tendría ese día completamente libre, encogiéndose de hombros con una sonrisa divertida mientras oía sus planes sobre la dominación mundial.

Los que odian la pizza con piña lo mismo que los que odian el helado de pistache, a la hoguera —se burló, aunque a su amigo no le gustaba aquel helado según recordaba, así que sería un choque de ideas extraño. — No lo sé, no tengo trabajo hasta mañana por la mañana, puedes llevarme a comprar un helado… Le he escrito a una amiga para que me acompañe a comprar unas cosas pero me marcó visto, si quieres puedes reemplazarla —no era el plan más interesante de la vida, pero eran cosas que como adulto responsable que era tenía que hacer.
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Steven D. Bennington el Lun Jun 05, 2017 12:11 pm

Cuando había sido más pequeño, la personalidad de Steven no se alejaba demasiado de la que mantenía actualmente. Siempre había tenido ese aire soñador, ilusionado por el mundo que se abre paso a su alrededor. También había sido un niño propenso a darse de bruces literal y metafóricamente. Bien contra el asfalto. Bien contra la realidad. A pesar de eso también había tenido sus rabietas. Sus berrinches donde odiaba a todo el mundo y pataleaba hasta quedarse dormido. Berrinches en los que su  madre, como bien decía Laith, podría haberle dado en adopción.

- Ella se divorció, que viene a ser lo mismo. – La madre de Steven se había quedado en Australia mientras que su padre se había llevado a sus dos hijos a Inglaterra. La relación con su madre había ido volviéndose más distante con el paso de los años a pesar de las frecuentes llamadas telefónicas y las visitas a Australia en verano. Pero ni de lejos aquella relación era igual a la que habían tenido cuando eran una familia al completo. – En lugar de darme en adopción me mandó con mi padre. Que como se llevaban mal, era matar dos pájaros de un tiro. Hacer sufrir al uno y abandonar al otro. – No lo decía a malas, por mucho que pudiese sonar como tal. Steven no tenía guardado en el fondo de su corazón odio hacia su madre, ni mucho menos. No la culpaba por su relación con su padre.  Y mucho menos lo hacía ahora cuando él también se había divorciado. Aunque, a diferencia de su madre, él hacía todo lo que estaba en su mano por ver a su hija.

Nunca se había tomado demasiado en serio la vida de pareja. Y mucho menos los problemas que podrían llegar a sucederse en esta. Era más de disfrutar de cada momento y en caso de ver un problema ahorrarse la discusión intentando no volver a cometer el mismo error. Pero las personas tenían esa necesidad tan rara de discutir las unas con las otras.

- ¿Por qué sigues creyendo a Carlos? Laith, ¿Cuándo te darás cuenta que ese hombre lo único que quiere es ver el mundo arder? – Preguntó, una vez más, siguiéndole el juego a Laith, y es que la conversación más estúpida podría tener sentido si salía de la boca de aquellas dos personas. – El otro día me dijo que fuese corriendo al Hospital porque querías ponerte un cuerno de unicornio en mitad de la frente y luego resulta que sólo te habían clavado una flecha por la espalda. – Dijo aquello último haciendo alusión al sucedo que  le había ocurrido a él mismo no mucho tiempo atrás. Por lo de la flecha, no por lo del cuerno de unicornio.

Porque no escuchaba lo que decía y sabes lo mucho que les gusta hablar a las mujeres. – Rodó los ojos. Lo cierto es que a él le gustaba hablar más que a cualquier mujer, rompiendo ese estúpido estereotipo. – La relación ya no funcionaba. Yo me aislé en Australia, estaba deprimido, odiaba al mundo… ¿Sabes lo que es perder el oído para un músico? La relación se deterioró mucho y lo mejor para ella y Alex era que yo no estuviese con ellas. Creo que tomamos una buena decisión entre ambos. –Se encogió de hombros. – Cuando me volvió a funcionar la neurona y volví a Inglaterra ni se me pasó por la cabeza intentar de nuevo retomar la relación. Lo importante ya era Alex y lo que había entre nosotros era cosa del pasado. – Era posible que la relación siguiese en pie de no haber sido el accidente pero las cosas habían salido así y finalmente aquello se había ido a pique.

Steven no había creído nunca en la Adivinación en ninguna de sus variantes por lo que se tomó totalmente a broma su propio comportamiento, tendiéndole el vaso a Laith para que este adivinase su futuro en gotas de refresco.

- Menuda mierda de futuro me espera. – Movió la cabeza animadamente. - ¿Lo pillas? Mierda de futuro. Caca de paloma. – Cuando explicabas los chistes dejaban de tener gracia. Aunque aquello no tenía nada de chiste ni de gracioso. – Pensaba que mi futuro sería más interesante que ser atacado por una paloma con problemas de incontinencia.

A Steven no le gustaba aquel helado. No porque fuese raro hacer un helado de pistacho, sino porque sabía malo de narices. Mira que había probado helados de sabores raros, pero ese y los que llevaban alcohol no le gustaban en absoluto.

- ¿Me llevas de compras? No sé para qué me divorcio si me echo amigos que me utilizan como perchero. – Fingió sentirse ofendido. - ¿Qué tienes que comprar? – El camarero trajo una nueva pizza y la colocó sobre la mesa.

- ¿Tomarán postre?

- Mejor una cuatro quesos más. – Sonrió Steven. El pobre hombre ya no sabía cómo echarles.
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Laith Gauthier el Mar Jun 06, 2017 12:28 am

Escuchó lo que su amigo le dijo acerca de su madre, algo que le resultó curioso por la forma en que lo dijo, pero lo escuchó sin interrumpir y asintiendo cuando entendió la situación; se preguntó si en serio era de la manera en que Steven lo hacía ver, abandonar a uno y hacer sufrir al otro. Quería pensar que la gente no pensaba de esa manera, que no usaban a los hijos como un castigo de pareja. Quería creer que en serio había otras razones que no fueran esas, pero lo cierto es que tampoco podía adivinar mucho cuando no conocía a la familia de Steven. Bueno, conocía a su hermana, pero no era lo mismo.

Es que me cae muy bien Carlos, tengo la esperanza de que algún día cambie, todos merecemos una segunda, tercera y novena oportunidad, pobre Carlos —defendió a aquel hombre imaginario mientras negaba con la cabeza con un gesto de pesar, pobrecito. — Oye, lo del cuerno de unicornio se lo dije con muchas copas de más y en ese momento parecía una buena idea, pero ya ves, me creo Ygritte y me dejo que me claven flechas en el hombro —se apropió de la historia de Steven para poder continuar con aquella tonta conversación que parecía seria aunque no lo era.

Oyó el motivo por el que el fugitivo se había separado de su mujer. Algo dentro de su cabeza le dijo que si alguien que quería se deprimía así por un accidente, seguramente no hubiese conseguido dejarle solo, aunque nuevamente no estaba en la situación y no podía hablar desde su punto de vista. Le resultaba curioso, pero creía que aquello era, después de todo, algo que había hecho a Steven ser el hombre que era ahora, así que probablemente las cosas se dieron así porque así tenían que darse.

Al menos pudiste mantener el contacto con tu niña… ¿En qué año está, me decías? He estado yendo con mucha frecuencia a Hogsmeade, creo que desde segundo ya pueden visitar, ¿no? Podría darle alguna carta tuya —se ofreció a ello, pues últimamente visitaba por los motivos más variopintos. Y, siendo sinceros, la tienda de dulces del pueblo mágico no era nada desperdiciable, así que sus paseos tenían una visita de ley a Honeydukes. De todos modos, si el otro quería confiarle aquello podría servirle de lechuza asegurada.

El chiste de su futuro era tan malo que sonrió por pena, explicar un chiste era casi como diseccionar una rana. Lo entendías mejor, pero moría en el proceso. Aunque dudaba que sin explicación hubiese sido nada más gracioso, ciertamente. De cualquier modo, la conversación desembocó en los planes para el resto del día, él tenía que ir al centro comercial a algunas compras y si el otro quería podía acompañarle. Se sonrió traviesamente al quejarse de ello.

Burro de carga aplica mejor —decidió fastidiarlo un poco con un gesto resuelto. — Me apetece ir a mirar si encuentro una chaqueta de chupa de cuero, tengo planes de comprarme una moto y no veas lo que voy a ligar —le guiñó un ojo con un gesto galante como si desde entonces ya fuese un galán que tiene a todos a sus pies. — También se me estropeó la cafetera y me está resultando imposible sobrevivir así, y un par de cosillas más que me hacen falta —le explicó a grandes rasgos lo que tenía que comprar, encogiéndose de hombros y mirando al camarero. — No puedo abandonar a mi colega, una cuatro quesos no hará daño —comer a partir de entonces era más considerado gula.

La gula era el pecado capital que a Laith más le gustaba y al que sucumbía con mucha frecuencia. Mantenía un peso regular porque vivía haciendo ejercicio y una vida muy agitada, así que no le importaba en lo más mínimo sufrir una indigestión por comer de más si tenía la posibilidad. La comida nunca podría hartarlo, era con toda seguridad una de las cosas que más amaba en el mundo.

¿Cuál fue el primer instrumento que aprendiste a tocar? ¿No te gustaría dedicarte a ello? Mira al pianista que era sordo —decidió volver a sacar el tema de la música, pues honestamente estaba entusiasmado con la idea de que le enseñase a tocar un nuevo instrumento, y más uno que traía ganas de hace tiempo de aprender a tocar. Luego daría conciertos de jazz callejeros.
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Steven D. Bennington el Mar Jun 06, 2017 12:44 pm

Por alguna razón había imaginado a Carlos como un tipo similar a un mariachi, sin importar mucho conocer o no su procedencia, saltando de golpe con los estereotipos latinos que se pudiesen tener. Así que a ojos de Steven, Carlos era un tipo con sombrero y marcado bigote negro que iba de un lado a otro del mundo inventándose historias de sus amigos mientras las cantaba en forma de ranchera.

- Al menos no te la clavan en el pecho y te mueres. – Sentenció el castaño frunciendo el ceño como si estuviese molesto porque ahora era Laith el que se había quedado con su maravillosa historia del flechazo a primera vista. Y nunca mejor dicho. Ya tenía una historia que contar a sus nietos si es que alguna vez se convertía en el tipo de anciano que esperaba en su mecedora a que un grupo de niños que correteaban por la casa se sentasen a su alrededor para que contase cualquier batallita. Debía empezar a recolectar ese tipo de historias si quería llegar a ser algún día un abuelo molón que pudiese aburrir incluso a las palomas del parque con sus historias.

Alex comenzaba su primer año en Hogwarts cuando la batalla había llegado y el Mundo Mágico que conocían como tal había caído. Durante varios meses ni su ex mujer ni él habían tenido información sobre la niña, pues nada se sabía de los alumnos que seguían con vida en el castillo. En el mes de marzo, llegaron las primeras cartas de Alex donde aseguraba estar bien y la calma volvió a Hogwarts, o al menos en parte, pues los alumnos ya podían volver a visitar Hogsmeade. Steven seguía preocupado por Alex, pero las cartas que esta enviaba a su madre casi de manera diaria le servían para mantenerse lago más tranquilo.

- Está en primero todavía. – Aseguró el chico. Aquello imposibilitaba el plan maestro de Laith de entregarle una carta a la niña como si de una lechuza rubia y tatuada se tratase. – Pero lo agradezco. – Sonrió amable. - ¿Has hablado con alguno de los alumnos? ¿Te han dicho cómo está todo en Hogwarts? Dudo que Alex pueda contarle a su madre toda la verdad por carta. – Además a ese detalle había que sumarle que los alumnos con los que Steven tenía contacto habían huido de  Hogwarts por el estado en el que se encontraba el colegio. Muchos de ellos eran nacidos de muggles que, de no haber conseguido huir de Hogwarts, posiblemente habrían sido enviados al Área – M o podrían estar muertos.

Tenía la sensación de que Laith lo usaría de perchero, por suerte, no era así. Era muchísimo mejor que le usase como burro de carga de todo aquello que iba a comprar. Vamos, ¡Mil veces mejor!

- Siempre puedo venderte la de la pizzería y alegar que me la han robado. Así me darían otra aunque… Quizá me despidan por inútil, no sé. – Rió. Cuando había empezado a trabajar allí le habían prestado una motocicleta para trabajar y corría a cargo de la empresa todo gasto. Pero dudaba que si la moto desaparecía él pudiese irse de rositas sin tener que pagar algún tipo de sanción. – Para ese tipo de cosas existe lo que la gente no mágica llama normalmente internet. Es algo fascinante, deberías probarlo y así no tienes que ir a por una cafetera. Incluso tienen ofertas por comprar por internet. Vas a la tienda presencial, miras el producto y lo compras luego en internet. Así no cargas con ello y encima ahorras. – Suponía que Laith ya conocía aquello. Tenía más cultura muggle de lo que muchos magos tenían, pero eso no quitaba que quizá no conociese pequeños detalles que alguien como Steven que había pasado toda su vida criado entre gente no mágica pudiese conocer.

Tomó uno de los pedazos de pizza casi ardiendo entre sus manos y se vio obligado a dejarlo de lado antes de acabar una vez más en San Mungo, esta vez por quemaduras de segundo grado.

- El piano, irónicamente de oído. – Río. – Por aquel entonces no sabía leer partituras y mis padres no pensaban en apuntarme a ninguna clase de música. Teníamos un piano en casa que estaba más de adorno que de otra cosa y… Al final le di uso. – Claro que había músicos sordos, uno de los más famosos de la historia lo había sido. Pero no era su caso. – Tengo pérdida de audición, no estoy sordo como una tapia. – Admitió entre risas antes de coger nuevamente el pedazo de pizza para, esta vez sí, llevárselo a la boca. – La música es lo que menos me cuesta oír. Son peores las conversaciones, nunca sé si me he perdido de lo que me están diciendo o si he hablado demasiado bajo y no me oyen. Y ya no te cuento lo que es ver una película si hay mala acústica. – Durante un tiempo había dejado de ir al cine, hasta que se dio cuenta que la acústica en lugares como aquel era excelente por regla general. – Además, teniendo en cuenta que mi cabeza tiene precio  lo mejor sería seguir trabajando en un lugar donde sea difícil dar conmigo. Imagínate que me convierto en un famoso músico… Sería muy fácil dar conmigo. –Bromeó. - ¿Y por qué el saxofón?  Hay cientos de instrumentos, ¿Por qué ese?
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Laith Gauthier el Mar Jun 06, 2017 9:13 pm

Pues no creo que consiguiese atravesar mi corazón de piedra… Quizá un pulmón sí, pero de eso poco me queda —guiñó un ojo llevándose dos dedos a los labios, como si dijese que sus pulmones poco servían por el tabaco, aunque lo cierto era que no lo llevaba mal para el tiempo que llevaba fumando. Él tenía ya de sobra anécdotas para contar si es que conseguía llegar a viejo, aunque no tenía planes de ser el abuelo de las anécdotas. En todo caso sería el amigo de las anécdotas del abuelo, robándose nietos ajenos para que lo oyesen.

Su plan de llevarle cartas a la chiquilla de Steven fracasó, primero, porque podían ir a Hogsmeade en tercero y no en segundo como el sanador creía, y segundo porque era todavía demasiado pequeña para ello. Su gesto animado se apagó un poco cuando le preguntó acerca de los estudiantes, no sabía demasiado, pero por lo que sabía las cosas no estaban nada bien dentro las paredes de aquel castillo. No quería preocupar a Steven, pero tenía que saberlo.

No he podido hablar con muchos, hay muchas restricciones incluso en el pueblo… Por lo que he sabido las cosas están mal, viejo… Conocí a un exprofesor hace no mucho tiempo, me contó que los… —miró hacia un costado, sólo para asegurarse que alguien de una mesa cercana no estuviese entrometiéndose en la conversación, — mortífagos se hicieron con el poder del lugar, parece que ahora todo está centrado en odiar a los nomaj… —su voz había bajado significativamente. — He oído un rumor que todavía tengo que comprobar si es verdad, parece ser que los alumnos se están fugando por las condiciones en que viven —le comentó lo poco que sabía. Le costaba encontrarse a los estudiantes correctos, casi todos eran puristas que no se quejaban de nada.

Se sonrió cuando le dijo que le vendería la moto de la pizzería, aunque seguramente no le darían otra sino que le despedirían y encima lo harían pagarla, así que era una opción que no podía verse seriamente. Además de que lo que quería comprar a una motocicleta de repartidor había muchísimo trecho. Ya estaba ahorrando para ello, así que esperaba que en un par de meses consiguiera hacerse con ella, oyendo la explicación sobre el internet y las compras a través de esta, que claro que Laith conocía.

No entiendes, necesito mi cafetera hoy mismo, esas entregas se tardan algunos días y yo no puedo mantenerme con vida ese tiempo, me voy dando con las farolas hasta que encuentro la cafetería más cercana por la mañana —hizo algo de drama aunque no era del todo mentira. Laith podía llegar a ser algo torpe y sin estar en todos sus sentidos y medio adormilado podían pasar cosas malas. Prefería mantenerse con vida al estar bien despierto.

Decidió preguntarle acerca de su primer instrumento, oyendo la anécdota que le resultó algo buena en realidad. Él había aprendido a tocar la guitarra a oído, como hacen muchas personas, de hecho aún ahora se le complicaba leer partituras y no hace mucho había comenzado a aprender a leerlas correctamente. Lo que sí lo hizo reír fue que corrigiese que sólo había perdido la audición, lo que era evidente, de lo contrario no podrían estar hablando a voz en esos precisos instantes.

Siempre puedes excusarte con tu pérdida de audición cuando no te interesa una conversación… Menos conmigo porque yo ya sé de tu plan malévolo —se sonrió divertido, llevándose la mano a la barbilla en gesto pensativo. — Un famoso músico ladrón de magia y poseedor de varita ilegal… Oye, no suena tan mal, podrías hacer canciones criminales —bromeó con la idea un poco, asintiendo con la cabeza a sí mismo como si realmente creyese que aquello era lo más lógico del mundo. La pregunta sobre el saxofón le hizo parpadear un par de veces, como si sólo hasta entonces se lo preguntase seriamente. — No le gustaba a Cormac, así que me aferré a aprender ese… Además hay que admitir que es muy guay —se encogió de hombros con un gesto resuelto. — ¿Cuáles son todos los instrumentos que sabes tocar?

Momentos así se daba cuenta que muchas de las cosas que hacía eran meramente para contradecir el pasado, y lo cierto es que no le importaba en lo más mínimo. Al menos la música era algo sano, así que qué más daban sus motivaciones si al final ampliaba un poco más su carpeta instrumental. Aunque al dar un mordisco a la pizza sin haber dejado que se enfriase había acabado quemándose la boca, un gesto algo gracioso antes de que pasara un poco y pudiese comer el bocado.
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Steven D. Bennington el Miér Jun 07, 2017 12:43 pm

Las cartas de Alex no parecían ni siquiera escritas por ella a pesar de venir de su puño y letra. La manera en la que la niña se expresaba hacía pensar a Steven que, o bien alguien le decía lo que tenía que poner en sus cartas o bien no era ella quien estaba escribiendo el contenido de estas. Todo aquello podía ser posible y ni él ni la madre de la niña tendrían conocimiento de aquello. No creía que las cosas estuviesen tan aparentemente bien como narraba Alex, y menos cuando Albus Dumbledore había dejado paso en la dirección a un grupo de Mortífagos conocidos por todos los habitantes del país.

Saber que Laith no tenía mucha información al respecto no era una novedad. Él tenía los testimonios de alumnos como Adae West, un niño nacido de muggles un par de años mayor que su hija y antiguo compañero de casa; Dorcas Meadowes, también nacida de muggles que había logrado escapar en mitad de la batalla; y, finalmente, Stella Thorne, quien a pesar de su positividad y energía había pasado duros momentos entre las paredes del castillo y ahí recaía la razón por la que había huido.

- Sí, El Profeta lo dejó bien claro. Siempre tan objetivos como debe ser un buen periódico. – Dijo en tono irónico, pues el periódico se había encargado de poner por todo lo alto el papel de los Mortífagos y dejar en mal lugar a Albus Dumbledore. Ante las palabras de Laith, Steven recordó que también contaba con la información de Odiseo y Archie, quienes le habían hablado también brevemente de cómo estaba todo en el castillo - ¿Con qué profesor te encontraste? – No podía darle información sobre los alumnos fugados, aunque él mismo sabía de primera mano que era cierto. Es más, ahora él convivía con ellos.

Ah, el café. Steven no era un gran apasionado de aquella bebida pero sí comprendía que otras personas lo fueran. Él tomaba café muy de vez en cuando, quizá después de comer cuando un evento social lo requería o cuando salía del trabajo junto con alguno de sus compañeros. Por la mañana prefería mil veces prepararse un Colacao caliente indiferentemente de que estuviesen a cuarenta grados en el exterior.

- Que dramático eres. – Negó con la cabeza sin poder evitar sonreír mientras lo hacía. – Seguro que un día llegarás sin tomarte tu café mañanero a trabajar y acabarás matando a uno de tus pacientes por error. No sé, poniéndole una vía para mear en un ojo. – No, no tenía demasiado conocimiento de tecnicismos médicos. Tampoco era dado a visitar los hospitales, les había cogido bastante repulsión desde que había estado ingresado por un largo periodo de tiempo debido al accidente de surf e incluso había perdido la noción de si era de día o de noche.

Era cierto que en alguna ocasión podría alegar no oír para justificar su falta de atención sobre la conversación. Otras veces verdaderamente no alcanzaba a escuchar bien al resto.

- No te lo tomes a coña, hay personas que parecen hablarle al cuello de su camisa y no te imaginas lo complicado que es entender qué dicen. Me acostumbro a leer los labios mientras habláis por si no puedo escuchar bien pero hay a quién no soy capaz de leerle los labios. – Admitió. – Cuando trabajaba en la tienda de música las señoras mayores que hablaban muy rápido me resultaban casi imposibles de atender. Y mejor ni hablar de esos señores con bigote que hablan en susurro. – A esos ni les veía ni les oía. – A ti me cuesta algo más, pero ya me he acostumbrado a tu acento. – Rió. No sólo el acento hacía que le costase entender al escuchar, sino también al verles mover los labios. – Crearé una banda llamada Los Delincuentes. Seguro que ya existe una banda con ese nombre, suena a música épica. – Siguió la broma del chico. Lo cierto es que nunca se había planteado crear una banda y no estaba cerca de que fuese el momento de pensarlo.

Por la afirmación de Laith asumió que Cormac era el hombre del que le había hablado. No entendía por qué a alguien no le podía gustar un saxofón, como si fuese un plato de judías verdes o de brócoli. No, Steven no era muy dado a comer verduras. Lo verde, para las vacas.

- Sí, así tienes complejo de Lisa Simpson. – Era la razón por la que muchas personas conocían aquel instrumento. – Del saxo sé lo básico. – Empezó. – En el conservatorio estaba con el violín y quería empezar con el trombón, por eso sé algo de saxo. Son diferentes pero tienen muchas similitudes. Fuera de cuerda frotada… Guitarra, bajo, piano y di un par de clases de batería, pero la percusión no es lo mío. – Admitió. Siempre había sido más de cuerda, especialmente frotada, por lo que prefería mil veces un violín o un chelo antes que una guitarra.

No tardaron mucho más en terminar la siguiente de las pizzas ante los ojos asombrados del camarero que sólo esperaba a que aquellos dos se fuesen del local y dejasen de consumir pizzas del buffet.

- Venga, vamos a por esa cafetera. – Saco la cartera y se aproximó a la barra para pagar las pizzas. Por suerte no era caro y no tenían que pagar cada una de las pizzas, sino moriría porque tendría que donar ambos riñones y posiblemente parte de cualquier otro órgano.
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Laith Gauthier el Miér Jun 07, 2017 9:55 pm

Estoy preocupado, si te soy honesto… Pero no sé qué puedo hacer al respecto, lo poco que puedo es ir durante el fin de semana a intentar levantarles un poco el ánimo —le confesó, bebiendo de su refresco mientras pensaba un poco. No le gustaba saber en qué situación vivían los alumnos pero él no tenía poder ahí. Se encogió de hombros cuando le preguntó sobre el profesor. — Era un tío muy mono, algo tocado de la cabeza pero no estaba nada mal, estaba de lo más emocionado por un móvil que se encontró… —tarde conectó que Steven podría conocerlo, pues aquel sujeto había hecho hincapié sin darse cuenta de estar en un grupo. Aclaró la garganta. — Cómo se llamaba… ¿Archimedes, me parece? —su nombre le gustaba por lo inusual que era.

El café era una parte fundamental de su vida, al menos durante las mañanas y los días de frío. Si bien exageraba y podía llevar una vida de zombie somnoliento, era mejor cuando estaba en todos sus sentidos con toda su energía. Soltó una risa cuando llamó a una sonda una “vía para mear”. Laith en su tiempo también había odiado los hospitales y acabó viniendo a meterse en uno en el cual pasaba más tiempo que en su casa, qué ironía.

Eso será para drenar las lágrimas, que no ves que soy un profesional, sé lo que hago —defendió su supuesto fallo laboral hipotético, si hubiese tenido el cabello largo hubiera pasado su mano a través de este para quitárselo del hombro en un gesto bastante divo. Por suerte, o por desgracia, el largo de su cabello no aplicaba para un movimiento así.

Sabía que el tema de Steven iba en serio, pero siempre se podía bromear con ello. En su memoria se había quedado el estrés de no poder comunicarse cuando llegaba a un país con acento diferente al suyo, el choque cultural del inglés americano y el británico, o el francés quebequés con el de Francia, por lo que imaginaba que algo así debía sentir Steven al no escuchar ni entender a la persona con quien hablaba. Todos deberían comunicarse a señas y felices de la vida.

Algún día muy muy lejano se me va a pegar el acento británico, no temas —ya llevaba años y no lo había conseguido, su tonta lengua no pillaba la idea. — Siempre hay de dos dependientes, ¿no? ¿Le pedías ayuda al otro en momentos así o te empeñabas hasta que les atendías? —era una duda lógica y que al menos a él le causaba curiosidad, imaginarse a Steven intentando adivinar qué quería el cliente era una imagen graciosa pero un poco improbable.

La idea del saxofón era extraña; lo cierto es que durante toda la universidad había tenido que cambiar de canción si el otro conseguía notar que había un saxofón, así de grande era su repulsión hacia éste completamente injustificada. De todos modos, se sonrió cuando le dijo sobre aquella personaje de caricaturas que era imposible no reconocer.

Claro, es mi mayor admiración —bromeó con la idea. — Podríamos armarnos una banda, aunque yo no estaría en Los Delincuentes, yo no soy uno —se burló un poco de él, sonriendo. Se preguntaba cómo hubiesen comido tan bien de no haber sido un golpe de suerte que empobreció a la tienda pero a ellos les llenó el estómago. Dejó al otro pagar, él pensaba invitar los helados así que no le daba problema dejarse invitar en esa ocasión.

Luego de ello consiguieron salir del local, estaba completamente satisfecho y sentía que se había sobrepasado un poco, pero a quién le importa. Se quitó los lentes del cuello de la camisa para colocárselos en los ojos, sacando un cigarrillo de una cajetilla metálica donde también tenía dentro el mechero, así que tardó más bien poco en encenderlo y guardar de vuelta la cajetilla en su bolsillo.

Tu misión es no dejarme comprar cosas que no necesito porque tienen buen precio, estoy en Compradores Compulsivos Anónimos, pero la rehabilitación no me ayuda mucho todavía —se pasó los dedos por entre el cabello para acomodárselo, podía parecer fácil aunque a veces no lo era. Se estiró luego de ello, sacando su teléfono móvil para ver la hora y revisar los mensajes que habían entrado hasta el momento. El centro comercial no estaba muy lejos y ahí podría encontrar todo lo que necesitaba.
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Steven D. Bennington el Mar Jun 13, 2017 1:00 pm

Si la situación en Hogwarts estaba como esperaba dudaba mucho que los alumnos que saliesen en fin de semana a Hogsmeade estuviesen precisamente animados. No imaginaba cómo debía ser eso de salir del castillo para tener que volver a las pocas horas a encerrarte de nuevo. Si él se encontrase en esa situación, ya estaría buscando la manera de huir desde Hogsmeade aunque suponía que los alumnos que contaban con la pertinente autorización para salir del castillo eran de fiar. Bien por su sangre, o por sus familiares. Los nacidos de muggles debían estar bien encerrados, como había dicho Adae.

No lo dudó a la hora de preguntar sobre aquel profesor. No conocía a muchos miembros de la plantilla de Hogwarts pero tampoco esperaba que la mitad de ellos hubiesen dejado su puesto de trabajo. Tenía pocas oportunidades de acertar pero… ¡Bingo! Uno de los pocos profesores que Steven conocía era precisamente ese.

- Archie. – Afirmó Steven. – Le encantan los aparatos muggles. Enseñaba Estudios Muggles en Hogwarts. Es un buen tipo. – Steven y Archie habían estudiado juntos en Hogwarts durante años pero debido a su diferencia de edad su relación tampoco había sido muy cercana. Conocían el nombre del otro, reconocían su rostro y en alguna ocasión habían intercambiado un par de palabras sin importancia alguna. Ahora que vivían bajo el mismo techo y convivían en algo parecido a una comuna hippie pero con jabón y sin porros (siempre y cuando Odiseo no anduviese cerca) habían conversado algo más.

Drenar lágrimas no sonaba tan mal. Especialmente en aquellos momentos donde más de un nacido de muggles como él se había visto obligado a terminar en el Ministerio de Magia detenido después de haber pasado por San Mungo. Entonces le habrían tenido que drenar las lágrimas para garantizar que no rompiese a llorar en mitad del juicio. Si es que aquello podía recibir semejante nombre.

- No creo, yo llevo aquí desde los ocho años y sigo teniendo más acento australiano que británico. – Sabía que no tenía tanto acento como el resto de los australianos, incluido su padre. Pero también era consciente que su acento no era ni de lejos parecido al que tenían el resto de los británicos por lo que difícilmente podía pasar desapercibido. – Al principio sonreía y afirmaba. Me daba vergüenza preguntar veinte veces a las personas qué habían dicho y era demasiado cabezota como para pedir ayuda. – No le gustaba tener que depender del resto ni admitir que su discapacidad lo era como tal en determinadas situaciones o contextos. – Luego me di cuenta que había  muchos clientes habituales y estos no tardaron en darse cuenta que a veces no les entendía bien. Tampoco es que me pasase todo el rato, claro. – Rió. – Además, mi compañero se reía muchas veces de mí y no me ayudaba. ¿Puedes creerte que un día se hizo el gracioso de esconderme las pilas? – El aparato sujeto en su oreja tenía procedencia muggle, por lo que funcionaba con pilas pequeñas, tamaño reloj.

¿Cómo que no era un delincuente? Lo que pasaba es que aun no le habían pillado con las manos en la masa. NI literal ni metafóricamente porque con lo que comía Laith no era de extrañar que se hubiese intentado comer la masa de cualquier cosa aun cuando está sin cocinar.

Una vez en el exterior del local, comenzaron en caminar hacia la dirección de Laith marcó, ya que era él quien tenía que ir a por su cafetera ya por una chaqueta de cuero que le permitiese ser todo un ligón encima de su futura moto. Steven se estaba planteando regalarle un triciclo solo para burlarse de él, pero aquello era una pérdida de dinero innecesaria que en aquel momento no podía ni plantear permitirse.

- C.C.A., suena a tienda de ropa deportiva. – No tardaron mucho en llegar hasta el centro comercial más cercano, el cual era el que estaba buscando Laith para comprar su cafetera. – Entramos a la tienda de electrodomésticos, compras la cafetera y nos vamos. Nada de mirar más. – Sentenció en tono de madre enfadada sólo para ver si eso servía para que su amigo no acabase distraído mirando cualquier otro objeto que encontrase en su camino.
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Laith Gauthier el Mar Jun 13, 2017 9:10 pm

Como lo sospechó, Steven conocía a Archimedes, usando aquella fea abreviación; su nombre era bonito como tal, no entendía por qué lo abreviaba. — Es un buen tipo —confirmó, asintiendo con la cabeza, — un poco excéntrico diría yo, pero no por ello es malo, está con ustedes, imagino —no esperaba detalles, ni siquiera que se le confirmara o se le negara el dato, era una suposición sin más, por lo que pronto el tema fue, como todos los temas con ellos, cerrado sin darle más vueltas al asunto.

Sonrió divertido cuando le hizo saber que era difícil que, si para entonces no tenía el acento, se le pegase después. Se imaginó a él siendo un cliente, con un dependiente que sólo te sonríe y asiente con la cabeza. Él en su momento habría pensado: “¿pero será retrasado?” y, de haber sido Steven, no habría estado tan lejos de la realidad. Se mordió el labio inferior para evitar reírse de aquella tontería que se le cruzaba por la mente.

¿Entonces no haberme ayudado con Agnes fue una venganza por tu trauma de que tu compañero te escondiese las pilas del auricular? —se mofó un poco de ello, como si le quisiese decir que no merecía compasión por haberle hecho eso a él en su momento, aunque cronológicamente había sucedido luego. — Si hubiese sido tu jefe te hubiese enviado a hacer una camiseta en plan “No oigo bien, habla fuerte y claro” —consideró, así se hubiese ahorrado en su momento muchísimos problemas con toda seguridad.

Alguien importante dijo una vez: “Cuando una ley es injusta, lo correcto es desobedecer”. Laith, antes de aprender a ser mago, había sido enseñado a ser humano, por lo que no sentía cargo de culpa por no obedecer las leyes de naturaleza discriminatoria y destructiva, por lo tanto no se sentía como un delincuente encubierto ni un criminal. Era una pena que no muchos pensaran como él. Si era juzgado por ello, su juicio sería tan injusto como la propia ley que lo mandaba.

No me extrañaría que lo fuese, comprar compulsivamente es un deporte de riesgo —repuso como si hablase en serio, pronto llegando a aquel centro comercial. Laith consideraba en serio a veces necesitar esas cosas que se les ponen a los caballos para que no se distraigan ni miren a los costados. — Pero mira ese videojuego para esa consola que no tengo que se conecta a una televisión que me hace falta, espera compro las tres cosas —bromeó un poco, aunque era cierto que no tenía consolas ni tampoco una televisión, bendita portátil que hacía todo en uno y no lo pillaban fácilmente si iban a chequearle el departamento.

Pronto había entrado a la tienda de electrodomésticos, aunque estaba decidido a sólo encontrar una cafetera económica se encontró con la terrible tentación de una cafetera un poco más cara con la que podía llevarse una licuadora a mitad de precio. La suya aún estaba en buen estado pues no es que la usase demasiado, pero… estaba a mitad de precio. Le costó lo suyo convencerse que realmente no la necesitaba y casi le dolió coger la primera cafetera e ir a pagarla antes de que se le cruzaran más tentaciones por el frente, siendo cuidadoso de no mezclar dinero mágico con nomaj al momento de pagar.

La primera parte de la misión está cumplida —ahora sólo faltaba una tienda de ropa donde encontrar la chaqueta que quería, lo demás que quería comprar podía esperar. Otra tentación se le cruzó mientras miraba tiendas a su alrededor. — Te apuesto a que te ganaría en una carrera encima de esas cosas —señaló con su cabeza unos carritos montables para niños en forma de animales que parecían suficientemente estables como para que un tipo de veintitantos y otro en sus treinta pudiesen tener una intensa carrera hasta la tienda de ropa para hombres.

Laith, para bien o para mal, era un desvergonzado de cuidado, y eso incluía comportamientos estúpidos como subirse en un animal mecánico para poder jugar una carrera. Esperaba que Steven no fuese tan amargado como para rechazar aquella carrera que más bien parecía, y era con toda seguridad, un sinsentido.
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Steven D. Bennington el Mar Jun 13, 2017 9:56 pm

No había que ser muy inteligente para darse cuenta que existía un grupo de personas que vivían al margen de la sociedad mágica actual para poder sobrevivir. Y tampoco había que ser muy listo para relacionar por qué Archie y Steven se conocían. El castaño podría haber alegado que pasaron tiempo en Hogwarts juntos y años después habían mantenido el contacto pero tras las últimas palabras de Laith se hizo más que evidente que no necesitaba escusa alguna. Laith sabía que aquel grupo existía, aunque dudaba que supiese mucho al respecto y prefirió no entrar en detalles. Odiseo había sido muy claro al dar las explicaciones sobre el secreto del que ahora formaba parte y eso que apenas le había hablado de la organización secreta que había organizado todo. ¡Era como una película de espías! Pero sin trajes y nombres secretos, simplemente tenían entradas la mar de curiosas para poder acceder al refugio. Como tirarse a las vías del tren, aquella era su entrada favorita del refugio.

- No, eso es que era divertido. Además, a ti al menos no te confundió con un ladrón e intentó volarte la cabeza a escobazos. – Aquello había pasado. Era algo real. Así que Laith podía darse con un canto en los dientes (esperaba que no literal por si quería mantener su dentadura perfecta) con la leve confusión de Agnes. No había sido para tanto. Peores cosas había visto y vivido en primera persona por parte de aquella mujer. -  Pues hubiese sido buena idea. Aunque cuando le dices a alguien que no oyes bien te tratan como si fueses retrasado en lugar de hipoacúsico. – Se encogió de hombros. – Es como cuando la gente se encuentra con un extranjero y en lugar de intentarle hablar lento y vocalizando para que se entere empiezan a gritar y señalar a todas partes.

Frunció el ceño ante las palabras de Laith. Claro que le veía capaz de comprar todo lo que se llevase a su paso sin pensar en que luego debería pagarlo y que ese dinero podría usarlo para cosas verdaderamente importantes. Pagar la hipoteca, alimentarse, comprar ropa, volver a alimentarse, ir a un buffet libre de come todo lo que puedas por diez libras o comprarse un segundo saxofón por si decidía meterle el primero por el culo al ex novio que le había destrozado la vida tantos años atrás.

- Espero que no lo pongan en los Juegos Olímpicos. Sino encontrarías una razón para comprar compulsivamente todo lo que encuentres a tu plazo. Seguro que irías por ahí lanzándole billetes a la cara a la gente asumiendo que ahora son tuyos. Es… Como liberar elfos domésticos pero a la inversa. Y con billetes en lugar de lanzar tus calzoncillos sucios. – Rodó los ojos de manera infantil antes de seguir hablando. – Porque quiero creer que les lanzarías billetes. Las monedas a lo mejor te cuestan una denuncia por agresión. Imagínate que un penique le salta un ojo a alguien.

Por suerte Laith consiguió comportarse como un ser civilizado y no acabó gastando los ahorros que los hijos que no tendría heredarían tras su muerte. Pagó su cafetera básica y pareció que estaba todo hecho a falta de la cazadora con la que quería seducir al mundo entero a lomos de una moto que tampoco tenía. Detalles sin importancia. Siempre podía subirse encima de la cafetera.

- Te ganaría incluso subiéndome encima del koala. – Por favor, era australiano. A falta de canguros, buenos eran los koalas. – Elige tu vehículo. Voy a meterte una paliza. – Lo cierto era que no estaba para nada seguro. No se había subido en una cosa de esas en su vida. En su maldita vida. Por favor, esperaba que eso no volcase o acabaría los dos haciendo la croqueta en el suelo. Porque si se caía iba a agarrarse a Laith para que ambos volcasen. Eso era un hecho.

Se subió sobre su nuevo vehículo y la carrera comenzó.

OFF: El dado mayor gana la carrera. ESTO ES MUY SERIO, LAITH :perrofeo:
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