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I can't resist {Circe Masbecth}

Adae West el Jue Jun 08, 2017 3:07 am


7 de junio del 2017 - Manchester, casa de los West
21:35 horas - Vestimenta


Habían pasado casi dos meses desde que se fugó de Hogwarts, dos meses en donde se había dado cuenta de que en realidad no podía aportar nada a aquella causa que le protegía. Tenía la varita de un mortífago que no le hacía caso y, para más gracia, la poseía solo por seguir considerándose del mundo mágico, ya que en realidad no podía hacer magia fuera de Hogwarts. Todos en el refugio le trataban bien, pero no hacía falta ser de Ravenclaw como para darse cuenta de que lo trataban como el niño que era; inexperto y sin nada que ofrecer más que ayuda en las cocinas.

Él no quería vivir así.

Se estuvo auto-convenciendo de que tenía que quedarse ahí porque afuera estaría en peligro, pero llegó un punto en el que no fue capaz de convencerse más de algo que no le llenaba lo más mínimo. ¿Que no le querían en el mundo mágico? Bien, se iría de el. ¿Acaso no podía renegar de su magia y vivir como un muggle el resto de su vida? Lo prefería a tener que vivir así, lejos de su familia. Necesitaba volver a abrazar a sus madres y sentir el cariño que solo ellas les podían dar. Necesitaba contarles todo lo que estaba pasando y volver a sentirse seguro allá en donde siempre se sintió más seguro que nunca. Le costó decidirse, pero llegó un momento en el que lo tuvo claro.

Uno de sus amigos del refugio, el único que sabía su estúpido plan, le intentó convencer de que no lo hiciera, pero un día, de repente ya Adae no estaba allí, ni tampoco sus pertenencias. Había recogido todo en una mochila y bien temprano en la mañana, salió del refugio en dirección a la parada de autobuses. Había cogido prestado de uno de los tipos del refugio varias libras para poder costearse el viaje hasta Manchester, el cual tardaría prácticamente toda la mañana. Así mismo, se había colado en la habitación de Stella para cogerle algunas chocolatinas —pues ella siempre tenía—, además de dejarle una carta justo encima de su almohada. Era consciente de que si le pedía permiso o le decía algo de su plan a Stella, ella iba a hacer lo posible para evitarlo. La carta decía así:

Adae a Stella escribió:Hola Stella, soy Adae.

Si estás leyendo esto es porque me he ido del refugio. No te dije nada de esto porque sabía que me lo ibas a impedir, pero de verdad que necesitaba salir de ahí para volver con mi familia. Al menos tú haces algo útil por la comunidad que puede marcar un cambio, pero yo ahí no hacía más que estorbar a los demás y estorbarme a mí mismo. Sé que ahora mismo estarás muy enfadada conmigo, pero al menos espero que entiendas el por qué de mi decisión. Albert, mi compañero de habitación, sabía de todo esto pero le hice prometer que no diría nada. Pero... yo no puedo estar ahí perdiéndome a mí mismo sin dar nada por mi familia ni por nadie.

Vivo en el 56 Hidden Brill en Whaley Range, Manchester. Te recomendaría no venir, por si acaso, pero al menos así sabes en donde estoy.

Gracias por todo, en serio que te voy a estar eternamente agradecido por todo lo que has hecho por mí. No me arriesgo a decir que has sido como esa hermana que necesitaba como nunca antes cuando perdí a la que tenía. A partir de ahora... ya puedes quitarte una preocupación más de encima: yo.

Con muchísimo cariño, Adae.

Había salido del refugio con una gorra puesta para pasar desapercibido, así como no se fijó en lo que tenía a su alrededor para no tener información que pudiera ser relevante con la ubicación de las entradas del refugio. Cuando llegó a la estación, el conductor del bus le preguntó que a donde iba un niño solo hasta Manchester. Supo convencerle, pero ya desde ese primer momento se sintió como si le hubiesen pillado.

El bus se retrasó y hasta al menos las dos de la tarde no llegó a Manchester. Al menos ahí se sentía en un lugar conocido, lo suficientemente alejado del peligro como para pasar desapercibido. Con la mochila bien sujeta, caminó hasta su casa, la cual estaba prácticamente a una hora a pie. Él, con paso firme y sereno, no paró ni un solo momento, sino que cada vez que sentía acercarse, aceleraba el ritmo y sentía que se emocionaba. No podía esperar a abrazar a cada una de sus madres con tanta fuerza como fuese posible. Al llegar a su barrio, más concretamente a su casa, vio que el coche de Selina estaba aparcado fuera y eso quería decir que estaba en casa, por lo que corrió hasta la puerta, la cual aporreó como si no hubiese mañana. Comenzó a sentir como se le empañaban los ojos, incrédulo por haber conseguido lo que creyó que nunca volvería a ver. Cuando Selina abrió la puerta sorprendida por tantos golpes y vio al pequeño Adae allí a punto de derrumbarse, sus piernas cedieron al peso y cayó de rodillas junto al pequeño, abrazándole como si en aquel momento fuese lo único a lo que sostenerse.

Jane, sorprendida por los golpes y que Selina no hubiera dicho nada, se asomó para ver lo que había pasado, corriendo hacia la puerta al ver cómo el pequeño de cabellos dorados estaba entre los brazos de su mujer. Se unieron los tres en un abrazo familiar en donde lo que reinaban eran las lágrimas. Algunas de felicidad y, en el caso de Adae, no sabía de qué eran, si de felicidad, tristeza o impotencia. Sólo podía pensar una y otra vez que si estaba ahí en ese momento, había sido a costa de la vida de su hermana y...

Aunque de lo que sí podía estar seguro es que ahora mismo se sentía en un momento de plenitud máxima.


**

Tres hora después, Selina, Jane y Adae se encontraban en la acogedora sala de estar, los tres acurrucados en un mismo sillón con una manta. Él les había estado contando todo lo que había pasado con detalle, desde el ataque, hasta todo lo que tuvo que pasar en Hogwarts hasta que Stella y Dorcas le habían ayudado a escapar. Les contó también los riesgos que suponía estar ahí en ese momento, pero sobre todo les contó lo mucho que les había echado de menos y lo mucho que las necesitaba.

—No te va a pasar nada, cariño, aquí estás a salvo —prometió Jane.

Selina, por su parte, ya se había encargado de hacerse con su pistola y mantenerla bien cerca de ella por si acaso hiciese falta. Nunca se había fiado mucho del mundo mágico a donde pertenecían sus hijos, pues ahora todavía menos. No pensaba arriesgarse y al menos poseía una buena defensa gracias a que era policía. Sabía que no tenía comparación con la magia, pero pretendía dar todo lo que tenía.

—Y April... —La voz se le quebró a Adae y bajó la mirada. Se sentía tan culpable que no sabía ni qué decir.

—Ya está, Adae. No te culpes por lo que pasó ese día. Los únicos culpables son los que atacaron el castillo y si tu hermana decidió sacrificarte por ti...—A Selina también se le quebró la voz—, es porque te quería muchísimo. —Le acarició el rostro con un maternal cariño. —Te quería tanto o más como te queremos nosotras y daríamos lo que estuviese en nuestra mano para protegerte ahora que has vuelto con nosotras, ¿entendido?

—Entendido… —dijo finalmente, soltando aire con lentitud. —Las he puesto en peligro a las dos, pero no sabía si era mejor quedarme en el refugio sin dar señales de vida, venir a avisaros, mandaros una carta con la posibilidad de que la interceptaran y poneros en peligro igualmente... Yo... yo solo quería veros. Llevo queriendo volver a casa desde que se hicieron con el castillo en navidad.

—Has hecho bien. —¿Qué iba a decir a estas alturas? Y aunque no fuese lo que acontecía, ellas también se sentían feliz de haber podido abrazar a su hijo en esas circunstancias. —Ahora tenemos que pensar con frialdad. Por lo que nos has dicho y hemos investigado nosotras, ese gobierno no se anda con rodeos y vendrán a por ti.

—Encontraremos una solución.  —Jane le dio un beso en la frente al pequeño. —Ahora duerme un rato, lo necesitas.

Para las nueve y media, Adae se encontraba durmiendo en el sillón en el que antes estaban los tres, con una respiración tranquila y probablemente teniendo el mejor sueño en meses. Selina y Jane, por su parte, estaban en la cocina limpiando los platos mientras hablaban. Ambas eran consciente del peligro que suponía tener a Adae allí, más probablemente de lo que Adae era consciente, por lo que se estaban planeando seriamente salir esa misma noche hacia algún otro lugar en donde esconderse. Al fin y al cabo, eran muggles, pero no eran tontas. Desde que no habían recibido noticias de Adae, se habían sentido vigiladas y no hace falta ser un experto para saber lo que pasaba. Se habían acercado lo máximo posible al mundo mágico para enterarse de todo lo que ocurría y sabían que estaban en peligro. No entendían qué tenía un niño de trece años que pudiese interesarle tanto a un gobierno, pero no estaban en posición de perder a su segundo hijo por una guerra en la que no querían verse envueltas.

—Tenemos que irnos hoy —dijo finalmente Selina. —No sabemos cómo actúa esa gente y sin duda están muy por encima de nosotros. Y no pienso dejar al azar la seguridad de nuestro hijo.

—Cogeré lo que necesitamos —respondió Jane, secándose las manos para salir de allí en dirección a la habitación con rapidez. Habían decidido lo que hacer; solo esperaba que tuvieran el tiempo suficiente para ello.
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Adae WestInactivo

Circe A. Masbecth el Sáb Jun 10, 2017 10:22 pm

El nuevo gobierno lo controlaba todo. Todo en absoluto. Y más aquello que sucedía alrededor de las vidas de los fugitivos a los que, por todos los medios, intentaban dar caza. Habían puesto medidas de seguridad en las zonas más concurridas esperando ver una señal de debilidad por parte de los fugitivos para darles caza al más mínimo error. También en zonas muggles de carácter aleatorio, con el fin de interceptar a aquellos que se atreviesen a salir de sus casas, o de aquellos pisos que ocupasen intentando no ser así encontrados por un gobierno que contaba con todos los medios a su alcance para acabar con su libertad. Ya no había margen para un juicio justo, ni siquiera se podía pensar en dar una declaración que justificase cómo habían conseguido una varita sin mencionar a qué mago le habían robado aquel simple palo de madera. Todos, sin excepción, iban directos a Azkaban por el robo de Magia. Los que tenían más suerte, claro. Pues otros de ellos habían sido catalogados para ir a una zona más especial. Una zona de alta seguridad situada bajo la prisión de brujas y magos, fuera del alcance de los dementores pero bajo el total control de unos seres más oscuros y despreciables que estos: los extirpadores.

Como cada mañana, Carl Smith estaba esperando en los alrededores de la casa de Adae West. Aquel crío había sido su asignación durante los dos últimos meses en los que el pequeño había desaparecido del colegio Hogwarts de Magia y Hechicería sin dejar rastro alguno. Habían interrogado a su familia a golpe de varita pero, por el momento, no les habían llevado a prisión esperando que el pequeño cometiese un error fatal. El error de necesitar  a su familia. De mostrar la humanidad propia de cualquier niño que no puede contar con el amor de su familia, un cálido abrazo antes de acostarse o una comida en compañía de los suyos. Esperaban que alguien de tan corta edad como Adae cometiese un error. Un error que no tardaría mucho en suceder ante sus ojos.

Carl esperaba sentado en el jardín de la familia West. Sentado en una silla de plástico de color blanco que había cogido de una terraza cercana y que utilizaba diariamente para hacer más llevadero su día sin hacer nada en absoluto. Como de costumbre, se había rodeado de hechizos para que las dos mujeres de la casa no pudieran verle. No podrían ver su mirada desde el cristal exterior, pero sí la sentirían. Carl sabía de sobra que aquellas mujeres debían sentirse observadas y no le importaba nada en absoluto.

No era un gran mago. Tan sólo un mago medio. Era mestizo y trabajaba para los carroñeros, un recién fundado grupo de magos sin demasiadas habilidades mágicas que aspiraban a entrar en los Mortífagos. Ninguno tenía esperanzas de llegar tan lejos, pero la ilusión era lo último que podía perderse en casos así. Voldemort y los suyos les habían hecho creer que la oportunidad de llegar a portar la marca tenebrosa y convertirse en uno de los suyos aún existía. Pero no era así.. No para Carl  Smith. Él esperaba con paciencia su marca tenebrosa de la misma forma que cada mañana esperaba que Adae West apareciese durante su turno de vigilancia.

Y aquella noche, antes de que su turno terminase en media hora, lo vio aparecer. Escuchó la puerta y se levantó de la silla. Las West rara vez recibían visitas a esas horas. Miró al interior de la casa y entonces le vio. Un pequeño niño con el cabello castaño que simulaba a un casco. La familia se rompió en un abrazo. Un cálido abrazo. De esos a los que pocas personas pueden acceder. Y se le escapó una lágrima. A Carl Smith, el gran mago, se le escapó una lágrima. Una lágrima de felicidad. Le tenían.

Al no contar con la marca tenebrosa en su antebrazo la misión de llamar a los suyos era más complicada. Se apareció en el Ministerio de Magia y dio la señal de alarma. El Ministerio se puso a trabajar antes de que Carl Smith hubiese vuelto al jardín de los  West dos minutos más tarde para vigilar que Adae no se marchase de allí por donde había venido. Sonrió con malicia al ver que el pequeño seguía en casa. En el sillón, en un lugar que él consideraba seguro. Iluso de él.

El Ministerio se tomaba su tiempo para actuar. Contaban con que Carl Smith no perdería de vista a Adae West. Era un mago de categoría, aunque su licantropía en este caso era la que le impedía ser un miembro imprescindible para la comunidad mágica y, por supuesto, portar la marca tenebrosa. Era un mago de segunda fila, desgraciadamente para él teniendo en cuenta su valía en el campo de batalla.

Esperó paseando por el jardín. Jugó con sus manos de manera ansiosa, esperando que la puerta se abriese y Adae West fuese fulminado por un rayo de luz verde. Pero aquella  luz no llegó a sucederse ni aun cuando la puerta de la casa sonó. Al otro lado, una figura de cabello oscuro pulsaba el timbre de manera juguetona e infantil, como si quisiese componer la quinta sinfonía a base de picar en el timbre. Sonrió de manera infantil y tocó con los nudillos.

- Oh, venga, ¿No hay nadie en casa? – Vestía totalmente de negro y su cabello había adoptado una tonalidad a juego con su ropa. Portaba la máscara tenebrosa sujeta en su cintura, pero a diferencia de otras ocasiones, no la llevaba puesta sobre su rostro. – Que pena, y yo que pensaba que podríamos divertirnos mucho los cuatro esta noche. – Dio un par de pasos hacia atrás, alejándose de la puerta como si hubiese perdido el interés. Sabía que al otro lado de la puerta alguien miraba por la mirilla, podía ver su ojo reflejado en el cristal.

Aparecerse en un lugar que no conocía resultaba prácticamente imposible. O  más bien, imposible de no tener riesgos a su alrededor con ello. Circe no iba a cometer ese error que podía costarle fácilmente la vida, por lo que apuntó con su varita en la puerta  obligando a esta a que se abriese. Estuvo a un paso de hacerla volar por los aires pero creía que sería mucho más divertido si no contaban con visitas inesperadas tras la suya. Cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda en esta.

- ¿Vas a dejar que tu familia muera para protegerte? – Ladeó la cabeza y comenzó  a avanzar por la casa con paso tranquilo. – Que egoísta por tu parte.

Siguió avanzando por la casa, la cual parecía completamente desierta. Pero sabía de sobra que no lo estaba. La rubia caminó con paso tranquilo por el interior del salón mientras en el exterior Carl Smith se encargaba de dotar a la casa de todo tipo de hechizos de protección. O, más bien, de todos aquellos que podrían suponer una fuga por parte de los inquilinos de esta. La casa estaba sellada. Cada puerta, cada ventana. No tenían escapatoria, pero al parecer, querían jugar al escondite.
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Adae West el Miér Jun 14, 2017 4:25 pm

Dormía plácidamente, pero sabía que no estaba a salvo. Sus sueños, aunque aparentaban ser bonitos, le hacían tener una incómoda sensación de incomodidad. Y no era para menos, pues aquel miedo que había estado retrasando ese día, acababa de tocar a su puerta.

Tanto Jane como Selina sabían que si alguien tocaba a la puerta a esas horas, no era precisamente para pedir azúcar para la cena. Sabían desde un primer momento que tener a Adae en la casa les acarrearía muchísimos problemas, problemas que quizás no tuviesen solución. No obstante, ellas iban a darlo todo por su hijo, un hijo que les fue arrebatado por un gobierno que intenta mantenerlo como si fuese lo más bajo de la sociedad, cuando ellas siempre lo habían visto como todo lo contrario. Desde que la puerta se escuchó, Jane corrió a despertar a Adae para esconderse, mientras que Selina miraba con sumo silencio y sigilo a través de la puerta, viendo allí a una mujer de cabello oscuro con una mirada que además de seguridad, rebosaba malicia.

Para cuando la puerta se abrió por arte de magia, Selina había subido escaleras arriba para reunirse con su mujer y su hijo, cerrando la puerta de la habitación en la que se escondían: la habitación de Adae. Ahí, tuvieron que decidirse rápidamente  con el plan que iban a ejecutar. Selina tenía a mano su pistola, mientras que Jane se estaba encargando de proteger a Adae con... con su cuerpo, ya que ahora mismo no tenía nada a mano con lo que defenderse. Pero claro, ¿qué narices puedes utilizar para defenderte con un objeto muggle frente a magia?

Selina estaba trazando un plan super complicado de conseguir despistar a la bruja, ya que solo era una. No obstante, antes de que pudiese acabar, pues Adae ya estaba escuchando que él prácticamente no era partícipe del plan, se metió de por medio.

—Mamá, no voy a dejar que arriesgues tu vida por mí cuando yo he venido aquí arriesgando la de vosotras —le dejó claro, con el ceño fruncido. —Saldré ahí fuera e intentaré despistarla yo. Soy más escurridizo, tengo una varita —omitió decir que no era la suya y que por tanto no la controlaba—  y me conozco la casa. Tú puedes intentar dispararla mientras ella intenta capturarme, ¿vale?

—No pienso hacer eso —dijo Selina.

—Enfrentarte a ella de cara es una tontería, mamá. Hazme caso, por favor —añadió suplicante.

No quería que por su culpa siguiese muriendo miembros de su familia, ni seguir sintiéndose como un inútil como humano y como mago. Quería dar la cara por una vez en su vida con aquello que le amenaza y ahora, más que nunca, para proteger a su familia.

Ellas no tuvieron tiempo para protestar por la idea de Adae, ya que los pasos comenzaron a sonar cada vez más cerca. El exRavenclaw le dio un beso a cada una de ellas en la mejilla y salió corriendo hacia el baño que comunicaba con su habitación, así como a la de su hermana, pasando directamente a la de ésta. Tenía la varita en el pantalón, pero cogió un tirachinas de la mesa de su hermana y varias piedras —que tenían en un bote y que recogieron un día de paseo por la montaña— y se las metió en el bolsillo. Cargó una en el tirachinas y se asomó por la puerta para apuntar a la mortífago, la cual estaba a punto de abrir la puerta de su habitación, es decir, en donde estaban sus madres.

—¡Eh, tú! —Llamó su atención. —¡No me ataques, espera! ¡Tengo una pregunta! —En realidad estaba super atento para lanzarse con un mortal hacia la habitación de su hermana desde que la viese alzar la varita, por lo que quería pensar que tenía la situación "controlada". —Tengo una pregunta. —Repitió y al ver que no hacía nada por atacarle, decidió aprovechar el tiempo. —¿Por qué venís a por mí? Soy hijo de muggles. He obedecido siempre y no me quejé cuando me quitaron la varita. ¿Acaso el nuevo gobierno no quiere deshacerse de nosotros? ¿Por qué si reniego  y decido vivir una vida muggle no me dejan? —preguntó. —No he hecho nada malo. Me han dicho que he robado magia y he accedido a dejarlo. Sólo quiero vivir con mi familia —añadió, mirando a aquella mortífaga a la cara. Había visto esas máscaras el día del ataque y le daban escalofríos, al menos ésta no la tenía puesta, sino le recordaría mucho a aquel rostro metálico e impasible que le quitó la vida a su hermana.

Sabía que por mucho que dijera, no iba a tener una respuesta satisfactoria ni mucho menos iba a convencer a aquel ser sin alma, pero esperaba que hiciese tiempo para que su familia se reposicionase mejor y los tres pudiesen hacer algo contra aquella chica. Era maga, sí, pero ellos eran tres y ella solo una. Tenían posibilidades, ¿no? Quizás podrían salir de ahí, huir y vivir.

Continuó esperando, expectante; esperando el momento de soltar aquel tirachinas y golpear a la mortifago antes de que ella le atacase a él.
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Circe A. Masbecth el Miér Jun 14, 2017 8:51 pm

Las órdenes habían sido tan claras como en cualquier otra misión. Debía hacerse con aquel niño y darle caza. Era imprescindible llevarle con vida hasta el Ministerio de Magia. Por lo que restaba a su familia, bien podía ser devorada por el calamar gigante que reposaba en el Lago Negro de Hogwarts, el nuevo gobierno sólo quería dar caza al niño y no les importaba en absoluto qué sucediese con su familia. Aunque Circe no dudaba que, de entregar también a la familia del pequeño, esta acabaría en una bonita celda en la recién instaurada Área-M.

Llamó a la puerta como si de un juego se tratase, a sabiendas que nadie abriría ni respondería desde el otro lado. Miró hacia la mirilla y pudo ver cómo la luz pasaba y volvía a taparse. Había alguien al otro lado de la puerta, mirando para ver si la muerte llamaba a la puerta o simplemente se trataba de un vendedor más. Incluso un trabajador del instituto nacional de empleo que venía a pasar algún tipo de encuesta a los miembros mayores de edad de aquella familia. Aunque, teniendo en cuenta la hora, era evidente lo que sucedía.

Podía haber volado la puerta en mil pedazos, pero a diferencia de muchos de los suyos aún tenía una cabeza sobre los hombros que hacía algo más que decorar. Aquello sólo habría servido para llamar la atención de los más curiosos, por lo que la rubia abrió con ayuda de su varita y volvió a cerrar tras de sí. Nadie interrumpiría la diversión, Carl Smith se estaba encargando de ello desde el exterior.

Como cabía esperar, no había nadie. Nadie en absoluto. Tan solo el completo silencio que reinaba en la estancia. La rubia caminó con paso tranquilo pero sereno. Se estaba enfrentando a dos muggles y a un sangre sucia sin varita. ¿Qué demonios podía salir mal? La chica miró un par de fotografías que encontró en su camino y no tardó en reconocer al niño al que venía a buscar y a su hermana. La chica había acabado en la lista de caídos durante la batalla de Hogwarts. No había sido una muerte que le hubiese importado a alguien, igual que la desaparición de aquel niño. Aunque cabía decir que tenía curiosidad por saber cómo demonios había salido de Hogwarts cuando el castillo había sido sellado.

Dejó la fotografía sobre el estante con tranquilidad. Se volteó y encontró la mirada de aquel niño. Le reconocía de Hogwarts. Se había cruzado por el pasillo con él en más de una ocasión pero tampoco había prestado demasiado atención. Rodó los ojos y esperó a que terminase de hablar sin hacerle mucho caso.

- No has obedecido siempre. Te has fugado de Hogwarts. Eso no es obedecer, Adae. – Hizo una leve pausa. - ¿Quieres terminar como tu hermanita… como se llame? – Volvió a coger la foto y miró a la chica. – Una pena. Tan joven y ya siendo devorada por los gusanos. ¿Quieres que el resto de tu familia acabe así por interponerse en mi camino? Mis órdenes son sacarte de aquí pero si tu familia se cruza en mi camino… Serán daños colaterales. – Dejó la fotografía nuevamente. – Me importa una mierda porque te quieren así que no intentes convencerme. Además, todos sabemos que un crío como tú no sería capaz de robar magia, es un pretexto para darte caza. – Dijo con toda la sinceridad del mundo. Circe no era purista ni consideraba que los nacidos de muggles mereciesen un trato peor al resto de magos. Ella trataba igual de mal a todo el mundo, le importaba una mierda de dónde procediese su sangre. Joder, si eso de robar magia era imposible. – Mueve el culo hasta aquí abajo y dile a tu familia que deje de intentar salvarte si no quieres que mueran.

Lo cierto es que no le importaba ni lo más mínimo tener que cargarse a aquellas dos mujeres. Tampoco le importaría cargarse a Adae si no fuese porque sus instrucciones al respecto habían sido claras. Incluso sería más divertido ver aparecer a aquellas dos mujeres en la defensa de su hijo y poder borrarlas del mapa ante sus narices. Nada como la muerte de un ser querido para terminar con la moral y las ganas de luchar de alguien. Especialmente cuando se trataba de un simple niño.
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Adae West el Dom Jun 18, 2017 8:49 pm

Bueno, vale, si nos andamos con tecnicismos, no había obedecido siempre. Pero si somos tan tiquismiquis, había que decir que nadie le dijo: "no te escapes de Hogwarts", así que no había roto ninguna norma. Además, era consciente de que como siguiese allí dentro iba a terminar en un lugar horrible en donde lo iba a pasar muy mal. ¿Cómo van a culpar a un niño de trece años por luchar por su vida? ¿¡No querían malditos guerreros!? ¡Ahí tenías uno! O al menos estaba en proceso de crecimiento y de ser alguien útil en la vida, aunque no le iban a dejar ni intentarlo al parecer.

—Se llamaba April —respondió con el ceño fruncido.

No le gustó que nombrase a su hermana con ese tono tan... tan... déspota. Le hizo sentir como si no valiese nada, ni él ni su hermana, cuando ésta última había hecho lo único que la ponía como la chica más valiente de todo Hogwarts aquella noche. Valía más que nadie. ¡Más que nadie!

No conocía a aquella chica, pero sí reconocía su cara. En Hogwarts parecía una cabrona de la que mantenerse bien alejado, pero ahora mismo parecía mucho peor que la idea que Adae había preconcebido de ella. No sólo le había amenazado con que su familia saldría mal parada si no se iba con ella por las buenas, sino que le había dejado bien claro que no tenía ningún tipo de oportunidad. El pequeño tragó saliva, aún con el tirachinas bien tenso para lanzar aquella piedra desde que viese el momento. Seguía sin entender los ideales del nuevo gobierno y por qué la imperiosa necesidad de cazar a personas que no quieren tener nada que ver con el sistema. ¿Qué narices tenía que ofrecer alguien como Adae?

Pero ahora mismo no podía andar cuestionándose el por qué del retraso mental de los gobernantes del mundo mágico británico, sino que tenía que pensar lo que hacer. Aquella chica le daba miedo, mucho, tanto que sentía que la mano con la que estaba tensando el tirachinas le estaba temblando. Era consciente de que si presentaba lucha, su familia podría salir gravemente herida en los mejores casos y muerta en los peores. Aquellas personas no tenían escrúpulos ni consciencia y él no podía soportar seguir siendo la causa de la muerte de sus seres queridos. Ya había abrazado a su familia, les había contado la verdad y... ¿estaba dispuesto a dar su vida por la de ellas? Sin dudarlo. Tenía trece años y podía pecar de ser tonto, pero al menos había aprendido después de todo lo que había vivido que no merece la pena luchar si hay algo más valioso que tu vida en juego. Y al menos la vida de Selina y Jane valían mucho más que la de él; al menos en su propio criterio. Por su culpa habían perdido a su primogénita, ¿iba a costarle también la suya propia? No quería ser esa persona que solo lleva dolor y muerte a las personas.

—¿Si me entrego no les harás daño? —preguntó dudoso. —¿Me lo prometes?

La puerta de la habitación de Adae se abrió lentamente y se asomó Selina, haciendo un movimiento autoritario con la mano para que Adae se acercase rápidamente a ellas y dejase de decir tonterías. La mirada de Adae, sin embargo, era triste y determinante, ya que pensaba hacer lo correcto para proteger a su familia: entregarse.

—Podéis estar tranquilas, estaréis bien —dijo Adae a las dos mujeres que se habían asomado por la puerta. No había ninguna oportunidad de ganar a aquella bruja y Adae lo sabía. Sabía de qué eran capaces esas personas y lo crueles que podían llegar a ser.   

—No se te ocurra bajar un escalón, Adae.

—Ven aquí.

Pero Adae comenzó a bajar los escalones.

Selina y Jane salieron corriendo del escondite en el que estaban. Jane llegó hasta Adae para sujetarle de la mano y llevarlo nuevamente escalera arriba, mientras que Selina se había quedado a la punta de arriba apuntando con la pistola a la maga que había llevado a la casa de los West la muerte.

Al ver a su mujer y a su hijo tan vulnerables en medio de la escalera, no dudó en disparar hacia la figura enemiga. Allí no iba a haber ningún tipo de acuerdo: el primero en matar, ganaría. Tanto Selina como Jane estaban dispuestas a morir y, al menos Selina, también a matar a quién hiciese falta para conservar a su único hijo vivo a su lado. El exRavenclaw había optado por la vía pacífica por el propio bien de su familia, pero su familia había decidido por él.
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Adae WestInactivo

Circe A. Masbecth el Jue Jun 29, 2017 7:34 pm

Si se hubiese tratado de una persona con un mínimo de empatía quizá aquellas palabras le hubiesen hecho replantearse su labor a las órdenes de los Mortífagos. Si se hubiese tratado de una persona con una leve creencia del destino y el sino quizá aquellas palabras le hubiesen hecho volver la vista atrás y dejar a aquel niño y a su familia al margen de todo. E incluso podría haberse replanteado su orden de prioridades y principios de esa moralidad tan dudosa que caracterizaba a la rubia. Pero Circe no era empática. Y tampoco creía en la existencia de un destino inamovible escrito para cada persona. La coincidencia del nombre entre la hermana de Adae y el suyo propio solo le pareció, como tal, una coincidencia. Una divertida coincidencia la de burlarse de una muerta cuyo nombre coincidía con el segundo escrito en su partida de nacimiento.

Dibujó una leve sonrisa. Una sonrisa irónica.

- Como se llame. – Elevó la mano libre de la varita y la sacudió, quitándole peso al asunto. – Está muerta. No quieras que el resto de tu familia acabe como ella. – Hizo una breve pausa sin dejar de mirar al niño. Si algo había aprendido con los años era que las apariencias podían ser de todo menos acertadas. Ella misma era la imagen de eso. Circe tenía una apariencia infantil e incluso inocente. Podía además ser la perfecta rubia cuya cabeza únicamente albergaba serrín. Pero aquello no podía estar más alejado de la realidad. No pensaba bajar la guardia. Ni aunque estuviese frente a un crío que difícilmente alcanzaría el metro y medio de altura. – Baja aquí y ellas podrán irse. No habrá juicio en su contra por encubrir tu paradero ni por protegerte. Son tu familia, se supone que están para eso. Pero si siguen oponiendo resistencia después de haberte dado la oportunidad de rendirte, ambas están muertas. – Ladeó la cabeza. – Son muggles, no tienen oportunidad. Igual que tú. – Sentenció la rubia carente de todo tacto. Tal y como había sido siempre.

No podía garantizar la seguridad de aquellas dos mujeres una vez se marchase de allí. Era posible que el nuevo gobierno se lo pensase dos veces y fuese en su búsqueda. Eran muchos los muggles que estaban siendo capturados a pesar de su escasa relación con el mundo mágico. Sólo por ser familia cercana de un ladrón de magia. O por el  mero hecho de conocer la existencia del mundo de los magos. Circe no tenía un puesto elevado en el Ministerio de Magia que garantizase esa seguridad para aquellas desconocidas. Ni siquiera tenía un puesto en el maldito Ministerio. Y, si era sincera, de tenerlo aquello sería la menor de sus preocupaciones.

- Te lo prometo. – Aquello podía prometerlo. Ella no les haría daño. Pero tampoco iba a entrar en detalles de lo que les pasaría una vez Adae estuviese en Azkaban. Que era donde posiblemente terminaría. Rodeado de dementores y de otros presos que le harían sufrir hasta perder por completo la cordura. Dejaría de ser un niño para convertirse directamente en un demente. Un demente que no ha tenido la oportunidad de disfrutar ni de un minuto de su vida. – Pero no hagas ninguna gilipollez. – Si todo iba bien se iría de allí llevándose al crío. Aquellas dos mujeres no le importaban en absoluto. Su misión era únicamente llevar al niño ante la justicia en el Ministerio de Magia, nadie había dicho nada de qué hacer con aquellas dos mujeres pero, como en cualquier misión, si se interponían acabarían pagándolo.

La inocencia de un niño era fascinante. Pero más aún podía llegar a ser el sacrificio de las personas por sus seres queridos. Igual que lo había hecho su hermana antes que él, Adae prefirió dar su vida a cambio de proteger la del resto de su familia. Lástima que a Circe  aquello le importase una mierda y no le conmovió ni lo más mínimo.

El niño comenzó a bajar hacia el piso inferior. La varita de Circe seguía elevada en dirección al piso superior. No pensaba fiarse de aquella  familia. Tampoco de la labor desinteresada de aquel niño, considerando que bien este podía ser un señuelo para que bajase la guardia y poder aprovechar aquello.

Y, efectivamente, hizo bien en no bajar la guardia.

Antes siquiera de que el niño se encontrase en la mitad de la escalera, una de las mujeres salió corriendo en su búsqueda. Circe no hizo nada en absoluto en contra de aquella mujer, sino que se volteó para buscar a la otra, quien no tardó en aparecer en la parte superior de la casa portando una pistola. La rubia se apareció tras la mujer cuando la bala ya había salido en su dirección hasta impactar contra el sillón del comedor. Ladeó la cabeza una vez se apareció junto a esta y la golpeó por la espalda, obligando a que cayese al suelo y pisando el brazo donde portaba la pistola. La cogió con cuidado y la pasó entre sus manos con un aire infantil hacia lo desconocido.

- Esto era hacer una gilipollez. - Hizo una breve pausa antes de agacharse. - El premio a la gilipollas del año es para tu puta madre. – Sonrió, tan irónica como siempre. Se arrodilló frente a la mujer y apuntó con la pistola hacia la cabeza de Selina. - ¿Y ahora qué, Adae? Has roto nuestra promesa. Ahora tendría que matarla por lo que ha hecho. – Elevó la vista mirando a la mujer que aún se aferraba a su hijo. – Matarlas a ambas y asegurarme de que te pudras en una celda en Azkaban.
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Adae West el Vie Jun 30, 2017 2:01 pm

¡Claro que no quería que el resto de su familia acabase como April, por eso estaba intentando mantener una conversación y llegar a un mutuo acuerdo! Mira que siempre le dijeron que los mortífagos no atienden a razones... pero aún así, él no perdía la esperanza. Ella había sido su compañera en Hogwarts, ¿acaso eso no le da algo de posibilidades de que pueda ayudarle, aunque sea un poco? Lo único que quería es que ellas sobreviviesen. Sólo quería verlas una vez más; explicárselo todo desde su palabra, volver a abrazarlas. Ahora que lo había hecho y estaban bien, no le importaba irse, no si eso significaba que ellas iban a estar bien.

Escuchó las palabras de Circe y se las creyó. Sonaron convincentes y lógicas. Y aunque sonase duro, era verdad. Él sabía que ni él, ni Selina con un arma, ni Jane con una sartén, iban a ser suficientes para enfrentarse a un solo mago.

—Lo habéis oído, os dejará en paz. Dejad que me vaya —susurró por lo bajito a su familia, para intentar hacerlas entrar en razón.

Se lo prometió. Prometió que no les haría nada y él vio en esa seguridad palabras en las que confiar. Por eso, decidido en hacer lo que tenía que hacer, comenzó a bajar los peldaños de aquella escalera. Sin embargo, su familia no estaba dispuesta a perder lo que recién acababan de recuperar. Fue Jane quién corrió hacia él, pero fue Selina la que disparó a la bruja con puntería y determinación, dos adjetivos que no sirvieron para nada.

Pasó todo demasiado rápido y, para cuando Adae pudo volver a tener una visión de todo, vio a la chica con el arma de su madre mientras ésta estaba en el suelo.

—¡No, espera! —dijo Jane al recibir aquella mirada amenazante de la bruja.

—Mamá, no hables —le dijo Adae, intentando ponerse por delante de ella.

Ella intentó impedírselo, pero Adae le miró con seriedad para que le soltase.

—Yo no he roto ningún trato —le respondió a Circe. —Por favor, no la mates. Mamá, deja de intentar oponerte. Me van a llevar si o sí y ya que es algo inevitable, prefiero que sean con vosotras vivas. No quiero ser otra vez el culpable de la muerte de otro miembro de mi familia, ¿vale?

Sonaba lógico desde el punto de vista de un niño, ¿no? Pero ahora pongámonos de la parte de las madres, aquellas dos mujeres que llevaban meses sin ver a sus dos hijos y recibiendo, cómo única carta explicativa, algo que intentaba no crear el pánico en donde Adae explicaba lo ocurrido vagamente, ¿cómo pretendía no sembrar el pánico con una carta que decía que estaban siendo buscados para ser encarcelados y que April había muerto? Enterarse por carta de la muerte de una hija no es algo que hayan llevado muy bien. No tener el cuerpo de su hija en el que llorar, tampoco lo ha sido. No ser capaz de meterse en el mundo en el que abusan de sus hijos, tampoco ha sido fácil de sobrellevar. Han vivido vacías y tristes durante meses, ¿y ahora que han recuperado a Adae, creen que van a preferir rendirse a morir por su hijo? Adae tenía en muy baja estima el amor de sus madres. No pensaban, ni por un momento, rendirse en esa lucha. La magia era poderosa, pero el amor lo era más. ¿Qué padres podrían perdonarse al dejar que su hijo se pudra en una celda porque ellos no son capaces de luchar por él?

Así que Selina no dejó que nadie contestase, sino que con sus piernas le hizo un traspié a Circe para derribarla.

—¡IROS, YA! —Gritó.

Jane sujetó a Adae y lo arrastró escaleras abajo.

—¡No! ¡MAMÁ, NO! —Intentó evitar que aquello se convirtiese en una desgracia.

Jane continuó arrastrándolo hasta que llegaron a la puerta, la cual estaba cerrada. ¿¡Quién narices había cerrado la puerta!? Entonces lo arrastró hasta la cocina, detrás de la isla del centro, en donde se agachó frente a él para hablarle claramente, mirándole a los ojos.

—JAMÁS vamos a dejar de luchar por ti, Adae. Si es por ti, merece la pena el sacrificio. No vamos a dejar que te lleven a ningún lado si tenemos la oportunidad de intentar mantenerte a nuestro lado, ¿está claro? —le dijo rápidamente, con lágrimas en los ojos, acariciándole el pelo mientras aprovechaba esos segundos en donde Selina entretenía a la bruja. —Te queremos mucho, no lo olvides nunca. —Y lo volvió a sujetar para intentar salir por la puerta que daba al jardín trasero.

Mientras tanto, en el piso de arriba, Selina había intentado mantener a la bruja ocupada con su ofensiva de cuerpo a cuerpo. No tenía el nivel, ni de lejos, que poseía ella, pero la había estado agobiando con ataques para evitar que pudiese enfocarse en otra cosa y darle tiempo a su familia. Hubo un momento en donde tuvo la esperanza de que aquel puñetazo impactase en su rostro; el primer impacto sería. No obstante, no salió como esperaba.
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Circe A. Masbecth el Vie Jun 30, 2017 4:36 pm

Hablaba en serio. Por raro que pudiese parecer, Circe no era dada a mentir en ningún caso. Raro era el momento donde sus verdades no resultaban ser como puñetazos en la boca del estómago. No tenía intención de acabar con la vida de aquellas dos mujeres cuando no suponían ningún peligro. Y mucho menos cuando no conseguiría recompensa alguna por sus muertes. A nadie le interesaban dos muggles si su única relación con el Mundo Mágico se encontraba encerrado en prisión. Adae era todo lo que había venido a buscar. Aunque fuese un mocoso inútil que no tenía ni la oportunidad de usar la varita.

Todo hubiese salido bien de no ser por una de aquellas dos mujeres. Adae estaba haciendo lo que debía, bajando los escalones y alejándose de su familia. Pero una de las dos mujeres salió corriendo en su búsqueda mientras que otra hizo lo más estúpido que se podía hacer. Intentó disparar a Circe cuando estaba mirando hacia ella. La rubia se desapareció y volvió a hacer acto de presencia al lado de la mujer, golpeándola y haciéndose con el arma. La mujer quedó apoyada contra el suelo, sin oportunidad de moverse, y con la pistola apuntando directamente a su cabeza. Disparar aquello no podía ser tan complicado si hasta un muggle era capaz de algo así.

- ¿De verdad, Adae? ¿Pretendes que después de intentar matarme tu madre se vaya a dormir esta noche tan tranquila? Creo que no has aprendido una mierda en Hogwarts sobre nosotros. – Miró al niño. – Ambas van a morir por intentar protegerte.  – Hizo una leve pausa. – Y te prometo que no va a ser algo bonito. – Apartó la pistola de la cabeza de aquella mujer y apuntó directamente a su mano, haciendo que dos de sus dedos estallasen al golpe de la bala, haciendo que el suelo se llenase de sangre. - ¿Ves? No va a ser bonito. – Volvió a disparar, esta vez en mitad de la mano de la mujer. La sangre bañaba el suelo y los gritos se volvieron agónicos por parte de esta. La sonrisa de Circe se amplió, esta vez mirando en dirección a Adae.

A pesar de lo sucedido, la mujer no se rindió, encontrando fuerzas dónde aparentemente no las había. Logró aprovechar que Circe había dejado de ejercer tanta fuerza sobre su cuerpo para tirarla al suelo haciendo uso de sendas piernas. La rubia perdió el equilibrio y acabó cayendo hacia atrás. Tiempo que tanto Adae como Jane utilizaron en huir hacia la parte baja de la casa.

Frunció el ceño, mirando a Selina con cara de pocos amigos. Una cara de lo más habitual teniendo en cuenta cómo era Circe, pero no para alguien que acababa de conocerla como era la familia de Adae. La mujer intentó, en la medida de lo posible, impedir que la rubia saliese de allí. Tiró de ella como pudo e intentó golpear su rostro. La rubia arremetió contra ella parando el impacto del puño y apretando los nudillos de la mujer.

- ¿Quieres que te rompa la otra mano? – Preguntó con una sonrisa burlona antes de propinar un rodillazo en el estómago de la mujer. – O mejor, le romperé el cráneo a tu mujer para que tú lo veas. Y luego me llevaré a tu hijo de aquí. – La mujer estaba en pie, escuchando las palabras de la chica e intentando deshacerse de la presión en su mano buena. – Y estarás sola. – Terminó soltando a la mujer y empujó, con sendas manos sobre sus hombros, para que cayese por la baranda hasta el piso de abajo.

Selina cayó quedando inconsciente en el suelo, con una de sus piernas rotas y sin poder moverse ni cuando recuperó la consciencia. Algo que haría en no mucho tiempo. La rubia avanzó con paso tranquilo hacia la parte baja de la casa. Todas las puertas estaban cerrado y no tenían escapatoria a no ser que Adae supiese aparecerse. Algo que Circe dudaba mucho.

- ¿Estamos jugando otra vez al escondite? – Preguntó mientras pasaba los dedos manchados por la sangre de Selina por la pared. La pistola había quedado en la planta superior y la mano zurda de la bruja portaba su varita. – Venga, Adae, sabes que van a morir por lo que han hecho. Deja que sea de una manera rápida, te prometo que no les haré daño. – Ladeó la cabeza mientras entraba por la puerta de la cocina con una pose de lo más infantil.  – No demasiado. – Añadió apuntando con la varita a la espalda de la mujer, que se comió de lleno el hechizo de la rubia. – Despídete, tienes nueve minutos. – El temporizador se había iniciado en el interior de Jane, quien en nueve minutos moriría. – Os dejo despediros. – Añadió cerrando la puerta tras de sí y volviendo al comedor y sentándose en uno de los sillones. Cruzó una de sus piernas y, con la varita, comenzó a hacer que diferentes objetos de la casa impactasen contra el cuerpo inconsciente de Seline mientras permanecía inconsciente.

Al otro lado de la puerta, Jane estaba a nueve minutos de morir.
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Adae West el Sáb Jul 01, 2017 2:52 am

—¡¡NOOOO!! —gritó Adae cuando vio como Circe disparaba a Selina en la mano y todo se manchaba de sangre.

No pudo ver mucho más, ya que Jane se lo llevó de allí corriendo mientras él no paraba de gritar que lo soltase a su madre y a Circe que parase. En realidad había gritado tantas cosas seguidas que en realidad no se le entendía demasiado bien.

Fue cuando llegó a la cocina con su madre cuando se dio cuenta de que allí no había ningún tipo de opción. Su familia iba a morir por su culpa, por culpa de su propio mundo al que ellas no pertenecían. No había nada qué hacer con aquella bruja. Era más poderosa, más cruel y más fuerte que ellos tres juntos y por mucho que él hubiese intentado razonar, ¿en realidad quién le garantiza una seguridad para ellas? Podrían simplemente matarlas por diversión para que dejasen de atormentar al mundo mágico. Era algo que también se les daba muy bien a ellos.

De repente se encontraban ellos dos solos en la cocina, después de que un absoluto silencio por parte de Selina inundara la casa. Ahora solo se escuchaba a la bruja hablar por toda la casa mientras su voz se iba acercando poco a poco hacia ellos. La casa era grande, pero no tan grande. Que dieran con ellos era cuestión de tiempo. Jane se había hecho con un cuchillo, pero no le sirvió de nada. Nada más entrar a la cocina, un hechizo impactó contra Jane, haciendo que tuviese que apoyarse en la encimera antes de caerse. Adae intentó sujetarla como si fuese una muñeca, para que no cayese al suelo.

—¿Qué le has hecho...? —preguntó con un rostro bañado en histeria, sin apartar la mirada de su madre. —¿Nueve minutos...? —agregó, con los ojos bañados de lágrimas al ver cómo le había salido el temporizador en el interior de su piel. —¿Mamá?

Jane fue bajando lentamente, apoyada en la encimera mientras caía con lentitud al suelo. Se sentía fría; inestable, como si estuviese perdiendo fuerzas progresivamente.

—Adae, cariño... —lo llamó, poniendo las manos sobre el rostro de su hijo. No había que tener el gen mágico para darse cuenta de que aquellos eran sus últimos minutos. No iba a desperdiciarlos, no cuando había tenido la posibilidad de despedirse. —No te culpes por esto. No te culpes por nada de esto. Prefiero morir por ti que vivir sin ti, ¿está claro? Las tres lo hemos querido así porque eres lo más importante para nosotras.

Adae le había cogido las manos y no pudo parar de llorar mientras la escuchaba, sintiendo como además de lágrimas ya se le empezaban también a caer los mocos.

—Mírame Adae, mírame. —Sonaba seria, intentando que él dejase de llorar para que le escuchase. —Lucha por tu vida hasta el final y nunca te des por vencido. Eres fuerte, ¿está claro? Eres el chico más fuerte que he visto nunca. No dejes que nadie te diga de lo que eres capaz. —Ella lo abrazó, dándole un fuerte beso en la cabeza. —Te quiero mucho. Selina te quería como a nadie en este mundo y April te adoraba por encima de todo. No lo olvides nunca. Mereces la pena, para esto y mucho más...

—Mamá, no por favor, no te vayas... —Siempre pensó que con su familia estaría a salvo, en su propia casa, en su hogar. Pero ahora... ¿ahora qué? —No me dejes solo... —Continuó llorando, dejando ahí un océano de lágrimas. Si ellas se iban, sentía que no le quedaba nada. Vacío.

Se abrazaron nuevamente y lo que para él fueron apenas segundos, se convirtieron en los minutos de la muerte de su madre. De repente, ya no respiraba. Tenía los ojos cerrados y parecía tener el rostro en paz, pero ver aquello solo pudo hacer que Adae contrajese el rostro y frunciese el ceño, cerrando el puño con fuerza. Le dio un beso en la frente a su madre y la recostó en el suelo con suavidad antes de salir de la cocina y ver allí a Circe tirándole objetos a Seline, la cual reposaba inconsciente en el suelo.

—¡¡DÉJALA EN PAZ!! —Gritó enfadado, con la varita de aquel mortífago en su mano. Sí, esa varita que no controlaba absolutamente nada, ¿pero es que acaso le quedaba otra opción en aquel momento? —¡Has matado a mi familia! ¡Me prometiste que no les harías daño si me entregaba! ¡Podrías haber hecho que quedasen inconsciente y haberles borrado la memoria! ¡Podrías haber sido una buena persona! —Gritó histérico, con lágrimas en sus ojos de odio y rencor. ¡La odiaba! ¡Odiaba a esa chica! ¡No entendía cómo había tenido la ilusa idea de confiar en ella! ¡La odiaba muchísimo! —¡¡BOMBARDA!! —conjuró en voz alta y, obviamente, el resultado fue nefasto.

En vez de crear una explosión allí dónde apuntó —a la mortífago—, la explosión se sucedió por todas partes, como un efecto en cadena descontrolado que hizo que en la casa explotase varias cosas. La lámpara que estaba justo en mitad de la habitación en donde se encontraban —justo encima de Circe—, parte de las barandillas de la escalera e incluso los muebles que estaban alrededor de la habitación. Todo explotó, haciendo que varios trozos punzantes y cortantes volasen por la estancia. Adae miró asustado a la varita que poseía y volvió a arriesgarse, cargado de odio. ¿¡Acaso tenía algo que perder!? ¡Ya no podían arrebatarle nada que le importase!

—¡INCENDIO! —conjuró esta vez con el deseo de quemar a esa mujer.

Sin embargo, de la varita no salió un chorro de fuego hacia adelante, sino que pareció comprimirse en la varita y repentinamente explotó como si no aguantase más presión. Una ola de calor recorrió toda la estancia. La varita se rompió y una explosión de fuego resultó delante de él, lo cual hizo que se cayese hacia atrás y se hubiera quemado la mano.
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Circe A. Masbecth el Sáb Jul 01, 2017 10:27 pm

La muerte de aquellas dos mujeres no era algo necesario. Pero ellas lo habían querido así cuando ninguna había optado por elegir la única opción que les permitiría salir con vida de aquella situación. Los tres podrían haber seguido con sus vidas, aunque la de Adae fuese a pasar a ser miserable. Aquello era inevitable pero su familia no parecía darse cuenta. De cualquier modo, sin importar lo que hicieran, Adae iba a salir de aquella casa y sería llevado ante la justicia del mundo mágico. Si ellas se interponían, morirían. Si le dejaban ir, podrían seguir con sus aburridas vidas de muggles que habían perdido a sus dos hijos por ser seres totalmente inútiles ante cualquier mago.

La rubia disparó sin miramientos, haciendo que  la moqueta se convirtiese en un río de sangre. Incluso su propia ropa se manchó con la sacudida, pero aquello no le impidió seguir sonriendo. La única razón por la que Circe hacía todo aquello era por pura diversión. Siempre había sido así. No le importaban ni lo más mínimo los ideales Mortífagos, pues ni siquiera los compartía. Lo único que siempre le había importado era su propio ego.

Una vez se libró de Selina, fue en busca de los otros dos miembros de la familia. En lugar de darle una muerte lenta y dolorosa a la mujer, optó por hacer algo más divertido. Avisarle de su muerte y que esta fuese totalmente consciente de cuál sería el momento exacto en el que tendría lugar. Nueve minutos. Ni un segundo más. Ni un segundo menos. En nueve minutos la vida de Jane West llegaría a su fin. Todo por su estúpida necesidad de proteger algo que iba a acabar capturado por mucho esfuerzo que pusiese en ello. Moriría en vano.

Se marchó como si nada hubiese sucedido. Volvió sobre sus pasos hasta el comedor mientras a pocos metros de distancia Adae West estaba pasando quizá por el peor momento de su vida. Había perdido a su hermana, por su culpa. Había perdido a su madre, por su culpa. Y pensaba que su otra madre también había muerto, por su culpa. Ya luego tendría tiempo para darse cuenta que una seguía con vida, inconsciente en el suelo y que, como el resto de su familia, moriría. También por su culpa. Él era el culpable de todas y cada una de las muertes en su familia. No había hecho nada por poder protegerlas. Y su cabezonería a inmadurez infantil le había costado la vida a dos personas que no tenían que morir necesariamente. Si se hubiese quedado en su lugar seguro, lejos de su familia, esta seguiría con vida.

La rubia se dedicó a jugar con los objetos de la casa. Haciendo que estos saltasen en todas las direcciones hasta golpear a Selina. La mujer seguía inconsciente en el suelo, con la sangre brotando de la herida abierta en su mano y de varios rasguños provocados en su frente en la caída.

Elevó una ceja ante las palabras de Adae cuando este salió gritando de la cocina. No se movió ni lo más mínimo. Los objetos, por su parte, siguieron saltando por todas partes ajenos a lo que estaba sucediendo en la sala.

- ¿Piensas que si fuera una buena persona trabajaría para ellos? –Fue lo único que le dio tiempo a decir antes de que el hechizo saliese de la boca de Adae. Antes de que sucediese algo, Circe tomó la forma de un pequeño murciélago de color blanco que se elevó hasta el techo. En aquel instante la explosión tuvo lugar, pero no como debería haber sucedido. Todo a su alrededor comenzó a explotar, obligando a la chica – ahora convertida en murciélago – a aletear para alejarse de la lámpara que iba a caer estrepitosamente sobre ella. Voló para alejarse, pero todo explotaba a su alrededor, viéndose obligada a tomar su forma humana antes de ser golpeada por uno de los cuadros de las paredes, el cual había salido disparado hacia el animal.

Lo que siguió a continuación no fue mucho mejor que lo anterior. El hechizo provocó que el salón se convirtiese en el mismísimo infierno. Una oleada de calor y una explosión frente al niño. Circe, que se había colocado tras el sillón, se agachó justo a tiempo para no llevarse parte de las quemaduras que la llamarada podía haber provocado.

- ¿Pero tú eres gilipollas o qué? – Gritó molesta. No es sólo que aquel niño estuviese destrozando su maldita casa y encima casi matando al único miembro con vida que quedaba de su familia. Sino que además no era capaz de controlar lo que hacía su varita, lo cual era más peligroso que un mago diestro.

La varita de la rubia se alzó derribando al niño y, cuando este tocó el suelo, salió del escondite tras el sofá y volvió a atacarlo, esta ver con la maldición cruciatus. Joder, aquel niño iba a sufrir por tocarle tanto las narices.

- Podrías haber salido de aquí sin un rasguño. Ella estaría viva. – Señaló a la cocina. – Y ella no tendría que vivir sabiendo que tú mataste a su hija y a su mujer. Pero has tenido que dejar que se interpusiesen. El amor de la familia. Y una mierda. – Que se lo dijesen precisamente a Circe, quien estaba totalmente desencantada con la suya propia. El hechizo se volvió más intenso, causando aun más dolor al pequeño. – Y ahora, vamos a jugar. – Sonrió de medio lado sin dejar de apuntar con la varita al niño. Una vez llegó hasta la puerta de la cocina, la cual estaba ligeramente quemada por la llamarada provocada por Adae, dejó de lanzar el hechizo contra el niño.

Usó la varita para atraer el cuchillo que aun descansaba en la mano de su madre y lo envió hasta los pies de Adae. Sonrió, mirando al niño agotado por el hechizo anterior.

- Ahora, clávaselo. – No hizo nada en absoluto salvo esperar. Esperó apenas diez segundos hasta que su varita se alzó, obligando a Adae a coger el cuchillo y apuñalar a su madre.
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Adae West el Lun Jul 03, 2017 12:22 am

—¡Podrías trabajar para ellos por obligación! —Intentó defender su posición, aún enfadado y dolido. Él era una buena persona y no le cabía en al cabeza lo que estaba sucediendo, por lo que pensaba que era de género lógico que matar personas era algo malo y de poder evitarse, se evitaba.

Fruto del odio del pequeño, conjuró dos hechizos que fueron caóticos. La bombarda fue una explosión con un efecto dominó que jamás había visto el pequeño. Tuvo que protegerse con sus propias manos para no recibir daño. ¿Pero el incendio? Eso sí que había sido una idea pésima. Terminó con parte de la mano y el antebrazo quemado por aquello, ya que la expansión de la explosión lo poco que hizo fue quemarle los pelillos de la ceja y dejarle la piel de la cara irritada.

Se había quedado sin varita —lo cual era mejor, porque teniendo en cuenta los destrozos que podía hacer, mejor no tener— y se había caído al suelo por la explosión que fue en su cara. Se miró la mano horrorizado, ya que le dolía mucho aunque aparentemente tampoco fuese algo alarmante. Se puso de pie rápidamente al ver como la maga volvía a aparecer desde detrás del sillón, pero un hechizo lo derribó nuevamente, haciendo que chocase contra uno de los muebles de la cocina y se diese un golpe en la cabeza. No le dio tiempo a recomponerse, ya que lo siguiente que sintió fue una dolor atroz; la única manera de describirlo era como si cientos de cuchillos comenzasen a cortarle desde el interior para afuera, con lentitud pero fuerza, como si se estuviesen recreando lentamente en cada parte de él. Se retorció de dolor en el suelo mientras gritaba con pánico, hasta él mismo sentía ganas de arrancarse la piel para no sufrir tanto dolor. De lo intenso que sentía aquel daño, se olvidó de todo lo que estaba pasando a su alrededor. Sentía hasta ardor en su garganta de gritar, pero jamás había experimentado algo tan horrible como aquello. Los ojos volvieron a llenarse de lágrimas mientras gritaba, entre llantos, que por favor parase.

No sabía si porque había dejado de ser divertido o porque su súplica había servido para algo, pero aquello dejó de atormentarle. De repente, se quedó en el suelo, temblando, con los ojos bien abiertos y con un punto fijo en el suelo de aquella cocina mientras las lágrimas continuaban cayéndole. Se sentía... la basura más insignificante de todas. Estaba tan traumatizado en ese momento, que no era capaz ni de moverse conscientemente, pues solo se le podía ver temblar. Tenía la respiración agitada y estaba en una posición fetal.

De repente vio el cuchillo a sus pies y las órdenes de la bruja fueron tan claras que no le resultaron evidentes.

—...¿qué? —preguntó débilmente, sin tener fuerzas ni ganas de levantarse de aquel suelo. No quería volver a soportar lo que acababa de soportar. Cuando razonó lo que tenía que hacer con ese cuchillo, negó con la cabeza al ver a Selina al fondo, aún viva. —No, por favor, no... —Él antes había pensado que estaba muerta, pero ahora veía que no era así, que no había muerto una de ellas pues la veía respirar debilmente. ¿Y quería que fuese él quién la matas...

Sin poder identificar cuándo, un hechizo impactó en él, haciendo que cada uno de esos pensamientos que le impedían movilizarse desapareciesen por completo. De repente, su cuerpo respondía de una manera muy diferente; complaciente y obediente. En aquel momento, el odio por la bruja había desaparecido y la orden que le había dado, aunque no le parecía necesaria, no le importaba cumplirla. Había entrado en un extraño estado de calma en donde todo le agradaba. Así que se levantó de allí, cogió el cuchillo que descansaba en el suelo y caminó hasta su madre, poniéndose de rodillas a su costado. Tardó unos segundos por decidir en dónde clavárselo, pero cómo no había matizado que debiera matarla... Adae lo clavó en el vientre de la mujer, con determinación como, si de hecho, lo hubiese disfrutado.

De la misma manera que había llegado ese estado de calma, llegó el caos. Fue consciente de todo lo que había hecho en esos segundos y ver sus manos llenas de sangre que salía de la herida de su madre fue suficiente como para volver a temblar y entrar en un absoluto estado de pánico y terror. No, él no podía haber matado a su madre... él no podía haberlo hecho, ¿cómo no pudo resistirse? ¡No pudo resistirse! ¡Otra vez no! Era la segunda vez que era el títere de algún sádico, aunque la primera vez tuvo la suerte que hoy ni de lejos contempló.  ¿Y ahora qué hacía?, ¿atacarla como un loco para volver a recibir ese correctivo por parte de un Cruciatus? Tenía todas las de perder. Allí nunca hubo oportunidad y él lo sabía. Aún así, había pasado lo que él más temía que pasara y ahora no podía hacer absolutamente nada. Había disfrutado de su familia durante cinco horas para perderlas para siempre, ¿de verdad había valido la pena?

Aún se encontraba con los ojos bien abiertos, mirándose las manos. Comenzó negando la cabeza.

—Yo no la he matado... —Se intentó convencer. —La has matado tú, yo no la he matado. Yo no he matado a mi madre. No... no... —Continuó negando con la cabeza, sintiendo que se estaba volviendo loco con tanta angustia. —Te odio... —susurró mientras se acercaba al rostro de su madre con lentitud. Obviamente odiaba a Circe, no a su madre. —Te odio. Ojalá algún día recibas lo que me has hecho a mí hoy. Ojalá algún día sepas el dolor que causas a la gente. ¡Te odio! —Y se giró para mirarla, con un rostro cargado de rencor. Entonces se abrazó a su madre para comenzar a llorar. —Lo siento mucho, lo siento. No debería haber venido, no debería haberlas puesto en peligro. Lo siento...

Tenía que haberle hecho caso a Stella. No debería haber ido nunca allí. Había sido el peor error de su vida y lo peor de todo es que ahora iba a vivir para recordarlo día sí y día también. Iba a recordar lo inútil que había sido, lo estúpido que era y que por su culpa había muerto toda su familia. No le importaba ir a Azkaban, lo que de verdad le importaba era vivir para cargar con eso. En aquel momento se sentía tan miserable que de verdad deseaba que la bruja fuese capaz de continuar con su sadismo y matarlo a él también.
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Adae WestInactivo

Circe A. Masbecth el Lun Jul 03, 2017 5:10 pm

La inocencia de un niño carecía de límites. Pero la de aquel crío era incluso peor que la de cualquier otro niño de su edad. Después de todo lo que había visto en el castillo aún pensaba que había personas que trabajaban de aquella manera por obligación. Oh, no, querido Adae. Los que trabajar por obligación para los Mortífagos no disfrutan de cada uno de sus movimientos. No disfrutan viendo sufrir a los demás si se deleitan en su agonía. De haber sido una de aquellas personas habría dejado inconsciente a cada miembro de su familia y se hubiese llevado al niño sin causar ningún tipo de daño al resto. Pero no había sido así. Les había dado la oportunidad de suicidarse y sacrificarse por el niño antes de llevárselo de ahí.

Esta vez no le contestó. Prefería ahorrarse conversación innecesaria y limitarse a salir de allí llevándose consigo al niño. Pero este no tuvo suficiente con hacer preguntas estúpidas sino que a todo eso añadió su comportamiento estúpido. Elevó su varita y demostró porque los sangre sucia no deberían usar una. O quizá demostró porque los niños deberían estar encerrados en cajas hasta cumplir la mayoría de edad y ser  personas coherentes. Al menos un poco.

Todo a su alrededor comenzó a explotar y no tardó en arder acompañando a las explosiones. El comedor se convirtió en una batalla de pedazos de objetos rotos y algunos de ellos en llamas. Cualquier objeto que se encontrase en el comedor había comenzado a explosionar sin necesidad de un segundo hechizo y más de uno fue a parar sobre la mujer que reposaba inconsciente en el suelo.

Con toda la tranquilidad del mundo, su varita apuntó en dirección a Adae lanzando una de las tres maldiciones imperdonables y suerte tuvo de que sólo usase dos de ellas a lo largo de aquella noche. La rubia le vio sufrir sin inmutarse ni lo más mínimo. Escuchó sus gritos. Su desesperación y agonía. Cómo gritaba y lloraba hasta, finalmente, quedar en silencio cuando el efecto del hechizo desapareció. Aprovechó el cansancio del niño para avanzar hacia la cocina y hacerse con el cuchillo que pocos minutos antes su madre pretendía usar como arma contra ella. Lo lanzo en dirección a Adae, pero sin intención de herirlo. Sólo quería que el pequeño tuviese acceso a aquel arma para que llegase lo peor. Lo peor a lo que podría enfrentarse. Y es que no sólo tendría que seguir viviendo sabiendo que su familia había muerto, sino que  él había sido el culpable de todas aquellas muertes e incluso el ejecutor final de una de ellas.

Su varita se elevó nuevamente haciendo que la segunda maldición imperdonable diese de lleno contra el niño obligándole a clavar el cuchillo en el cuerpo inconsciente de su madre. Los ojos de esta se abrieron de golpe al sentir la cuchillada en el vientre, pero no realizó movimiento alguno. Se limitó a volver a sumirse en un profundo sueño del que Circe pensó que no despertaría.

- Eres tú quién tiene las manos  llenas de su sangre. Ahora tendrás que vivir con ello, que es peor que morirse. – Se encogió de hombros con indiferencia, como si aquella fuese la conversación más normal que dos personas pudiesen tener.

A Circe no le importaba en absoluto que Adae acabase de perder a toda su familia ni que en aquellos momentos estuviese abrazado al cuerpo sin vida de su madre. Por segunda vez. Pues instantes antes ya había vivido una situación parecida en la cocina.

Al menos has aprendido algo. – El hechizo que salió a continuación de la varita de Circe empujó a Adae lejos del cadáver de su madre, en dirección a la pared más cercana. – Ahora me vas a decir dónde has estado todo este tiempo. – Sonrió de manera amable, colocándose en cuclillas frente a Adae. – No voy a darte el regalo de quitarte la vida, lo siento. – Fingió un puchero, como si aquello pudiese llegar a apenar a alguien cuya empatía estaba tan deteriorada. – Pero te prometo que como no me digas algo que me guste, esto va a ser incluso más desagradable que ver morir a toda tu familia.

Miró hacia atrás viendo el cuerpo de la madre de Adae y elevó la varita para que el cuchillo fuese directo a su mano.

Ahora dime, ¿Cómo escapaste de Hogwarts? – El cuchillo se hundió en el muslo izquierdo de Adae como si de mantequilla se tratase y permaneció allí clavado. Sonrió de medio lado y añadió una nueva pregunta. - ¿Y dónde estabas antes de venir aquí? – Ladeó el cuchillo, agrandando la abertura en la pierna del niño.
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Adae West el Lun Jul 03, 2017 8:14 pm

Se le había ido totalmente la cabeza.

Ya no era él. En aquel momento su mente estaba tan distorsionada por lo que estaba viviendo que sentía que no era su realidad. Se movía todo, le dolía todo y la paranoia que sufría le hacía sentir como si ahora mismo estuviese en otro lugar; como si aquello fuese un pesadilla turbia y dolorosa a la que él no pertenecía. Ver la sangre de su madre en sus manos había hecho que su culpabilidad incrementase hasta un límite que él no era capaz de soportar, hasta el punto de intentar auto-engañarse de que no tenía culpa cuando sabía que si aquello había pasado era solo y exclusivamente por su culpa. Pero nada de eso servía ya. No servía convencerse ni echarle la culpa a la chica: toda su familia había muerto y el auténtico culpable era él. Había visto cómo una de sus madre moría con miedo en sus ojos por no saber si ese contador al llegar a cero dolería, había visto como la otra sufría daños continuos y crueles y encima había sido partícipe del remate final. Para colmo, la imagen de su hermana muriendo delante de él ahora mismo aparecía en su mente como si hubiese ocurrido ayer, una imagen que desde diciembre llevaba atormentando su mente.

No quería separarse de aquel abrazo aunque con él no fuese a conseguir nada. Quería morirse allí mismo junto a su madre y no volver a abrir los ojos, pues sentía que una vez los volviese a abrir iba a significar que una persona importante para él iba a morir de una manera terrible por su culpa. No quería que hubieran más víctimas, quería morirse y parar con todo, pero si moría, si se rendía como para desear tanto la muerte... ¿todas las muertes de sus familiares habrían sido en vano?

Aún llorando sobre ella y pidiendo perdón como si ésta pudiese escucharle, sintió como una fuerza le hacía separarse del cuerpo de su madre, volando hasta la pared que estaba en el lado opuesto a Circe. Aparentemente Adae hizo oídos sordos de sus preguntas, ya que intentó levantarse para volver a dónde estaba su madre, algo que la bruja no le permitió, ya que se acuclilló frente a él, acercando a su mano el cuchillo con el que había acuchillado a su madre. La mirada de Adae se desvió hacia el vientre de la mujer, viendo como salía un chorro de sangre de allí.

Miró entonces a Circe, tan traumado que no sabía ni a quién estaba mirando. Tenía los ojos hinchados, las mejillas rojas y húmedas de las lágrimas y, cómo no, varios moquillos cayéndole por la nariz hacia los labios. Por su mente ahora mismo solo pasaban premisas que le culpaban a él de todo, deprimiéndole cada vez más en un estado en el que todo le daba igual. Sin embargo, la voz de Circe le despertó de ese trance, captando el enfoque de su mirada. No le dio tiempo a contestar, ya que le clavó el cuchillo en el muslo sin previo aviso. El chico volvió a gritar, despertando de aquel trance repentinamente, volviendo a tener bien identificado al culpable de todo aquello. No era culpable aquel que lucha por reencontrarse con su familia, el culpable era quién blandía aquello que llevaba consigo la muerte. Llevó ambas manos al muslo y cogió aire profundamente para no seguir gritando cuando removió el cuchillo, aunque las lágrimas habían vuelto a aflorar de sus ojos de dolor, impotencia y rabia.

—Por un pasadizo oculto... —respondió con los dientes apretados, siendo consciente de que no estaba diciendo nada del otro mundo, ¿quién no sabía que en Hogwarts habían miles de pasadizos? Lo difícil era encontrarlos. —Y estaba en un lugar que nunca encontrarán y mucho menos por mí. No te voy a contar nada. No puedes hacerme más daño del que ya me has hecho. —La única vez que había salido era ese día y lo había hecho con los ojos cerrados, así que la entrada al menos estaba bien protegida, que era lo importante. Al menos el pequeño había tenido la decencia de tomar medidas para no poner en peligro a cientos de personas más. Entonces le devolvió la mirada, cargada de odio. Prefería gritar hasta quedarse sin garganta a soltar alguna palabra más que pudiera servirle de algo a aquella infeliz. —Eres una persona horrible. Sólo una persona que se siente miserable y está rota por dentro es capaz de hacerle esto a una familia. Ojalá vivas para ver como tu familia muere poco a poco por tu culpa, te lo mereces por hacerle ésto a los demás; te mereces eso y mucho más —le deseó, poniendo su mano sobre la de Circe que estaba en el cuchillo para evitar que volviera a moverlo, pues aquello le había vuelto loco. Le dolía horrores y podía verse en su rostro, pálido y concentrado en aguantar aquella atrocidad en su pierna. Era la primera vez que Adae le deseaba el mal, con sinceridad, a una persona. Pero de verdad que deseaba que sufriese de esa manera, de una manera injusta, cruel e injustificada; de una manera en la que el abuso de poder es tan grande, que se sienta tan perdida como para sentirse humana, algo que sin duda no era.

Mientras tanto, Selina continuaba viva, con un ritmo cardíaco tan bajo que era apenas visible a simple vista por alguno de los allí presentes. Le sangraba la mano izquierda porque le faltaban los dedos anular y meñique por el disparo de Circe, tenía una pierna rota por la caída desde las escaleras, así como alguna que otra costilla que le habían hecho un suplicio respirar desde que había caído. Múltiples arañazos, cortes y moretones le surcaban todo el cuerpo y, lo que había dado la guinda al final del todo, había sido la propia apuñalada de Adae en el vientre, haciendo que poco a poco su camiseta se bañase en un húmedo rojo que amenazaba con expandirse sin medida. Nadie sabía por qué todavía respiraba, pero posiblemente escuchar a su hijo en peligro había sido uno de los motivos principales de que aún luchase por su vida.

Él, por el contrario, se sentía débil; sin ganas de luchar. Ahora mismo sus ojos luchaban por mantenerse abiertos ante tanto cansancio mental y dolor físico, pero sólo porque aquella chica seguía delante de él y él debía de mantener la guardia alta —por decirlo de alguna manera— hasta su último aliento. Hasta que no estuviera todo perdido, no iba a dejar de luchar. O al menos intentarlo como pudiese, porque el pobre estaba tan destrozado tanto física como emocionalmente que su voluntad se había quebrado en miles de trocitos.
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Circe A. Masbecth el Mar Jul 04, 2017 1:45 am

No lo pensó siquiera a la hora de despegar al niño de lo poco a lo que tenía que aferrarse. La vida era dura, cuanto antes se diese cuenta de ello antes dejaría de sufrir por tonterías como perder a los  miembros de su familia. Circe había perdido recientemente a varios de ellos y no había montado el mismo drama que Adae, haciendo casi estallar y arder toda su casa por una niñería como era quedarse huérfano. Ella había perdido a uno de sus hermanos en la batalla, al igual que Adae. Otro se había ido al margen de la ley por traidor que para el caso era como firmar su propia sentencia de muerte. Otra había sido tan puta como para tirarse a su mejor amigo y ya podía rezar por no acabar  muerta a manos de la venganza de la rubia. Y, finalmente, su único hermano con vida para ella había optado por dejar el país y viajar alrededor del mundo por su trabajo como dragonolista. Y ella no estaba ahí lamentándose por lo que había perdido, sino siguiendo adelante acabando con la familia de aquel crío. ¡Ya podía madurar él!

Clavó el cuchillo en su muslo sin ningún tipo de miramientos. Circe no era de esas personas que pensaban, avisaban y luego actuaban. Ella simplemente hacía lo primero que pasaba por su mente y dejaba que el resto fluyese. Nunca le había ido mal con aquel tipo de comportamiento por lo que no era todavía el momento en el que se plantease cambiar.

Tenían todo el tiempo del mundo. Circe no tenía nada mejor que hacer después de acabar con la familia de Adae. Había ido a su casa a por él y ya le tenía. Pero quería aprovechar para resolver sus dudas sobre lo que había pasado. Por cómo Adae había conseguido fugarse del supuesto lugar mejor protegido del mundo mágico. Quería saber dónde había estado oculto durante aquellos meses en los que se le había perdido la pista y durante los que el gobierno le había puesto precio a su cabeza.

- ¿Dónde estaba? – Si Adae podía haber escapado por aquel pasadizo cualquier otro podría lograrlo de la misma manera. Habían sido varios los alumnos que habían desaparecido durante la batalla pero también había casos de alumnos desaparecidos durante los siguientes meses del curso escolar.- El pasadizo, ¿Dónde estaba? – Volvió a preguntar, torciendo el cuchillo en el interior del muslo de Adae. – No estés tan seguro. Te torturarán. Te harán mucho más daño físico del que yo te haré. Te harán revivir el día de hoy, y la muerte de tu hermana hasta que les digas dónde has estado y quién te ha ayudado. Eres un crío inútil y sin varita, nadie se creerá que lograras escapar tú solo. – Estaba claro que aquella varita no era del niño, por muy inútil que pudiese ser con la varita aquel desastre sólo podía hacerse con una varita que no respondía a su nuevo dueño.

Que era una persona horrible, no era una noticia nueva. Pero eso de sentirse miserable y estar rota por dentro… No, no se sentía miserable. Más bien indiferente. No le importaba por encima de quién tuviese que pasar para conseguir lo que se proponía. Y su máximo propósito en la vida era disfrutar de ella. Había disfrutado de aquel momento aunque hubiese recibido algún golpe por parte de la mujer que yacía en el suelo desangrándose pero no era nada grave ni parecido. Eran rasguños sin importancia que en un par de día ya no estarían. A diferencia de los sentimientos de culpa y soledad que golpearían a Adae durante el resto de su vida.

- Yo no tengo familia. – Le dijo antes de sacar el cuchillo de la herida abierta. – Igual que tú. No somos tan diferentes, Adae. ¿Piensas que eres una buena persona? Una buena persona no causa la muerte de toda su familia ni intenta matar a otra persona. No eres mejor que yo. Tan sólo un inútil con la varita. – Dibujó una sonrisa ladina.

Hubiese seguido con el diálogo. Intentándole sonsacar a Adae dónde estaba el lugar en el que se había escondido y quiénes eran las personas que le habían ayudado a mantenerse a salvo durante tanto tiempo. Pero no contó con el tiempo suficiente para ello.

En el exterior, dos magos estaban a punto de entrar a la casa de los West. La seguridad que había preparado Carl Smith no se vería afectada, pues la casa seguía a la vista de cualquiera que pasase por la calle y la puerta podía abrirse desde el exterior sin ningún tipo de dificultad. Aquella seguridad sólo impedía que los West pudiesen salir de la casa pero no que otros entrasen a ella.

Cuando la puerta sonó desde el exterior, Circe sonrió a Adae irónicamente y colocó la mano con su varita sobre la pierna de Adae haciendo que ambos se desaparecieran de allí. Su aparición tuvo lugar en una de las entradas del Ministerio de Magia para empleados. Circe había aprendido como usarlas, por lo que no fue complicado entrar al Ministerio de Magia. Tiró de la camisa del niño, obligándole a levantarse y apuntándole con la varita.

- Venga, muévete. – Le obligó a caminar aunque aquella misión pareciese imposible para el pequeño debido a la herida en la pierna y el agotamiento por el que ya pasaba.
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Adae West el Mar Jul 04, 2017 11:01 pm

—No te lo voy a decir —respondió con el ceño fruncido y rostro de pocos amigos. Ella volvió a hacer torcer el cuchillo y Adae puso un gesto dolorido, mirándose la pierna con preocupación y aguantando un grito que ahogó a duras penas. Le estaba entrando un pánico por el dolor que estaba sintiendo en la pierna y las posibilidades que había de perderla. Él siempre se había emparanoiado con eso. —¡No te lo voy a decir! —repitió en su cara, gritando más alto por si era sorda. Le estaba poniendo más nervioso y no pudo evitar estallar. Le había dado un chute de adrenalina después de eso. —¡Me da igual!, ¡me da igual!, ¡cállate de una maldita vez! Nadie puede hacerme más daño del que me has hecho tú hoy. ¡Nadie! ¡Voy a ser el primero que recuerde lo de hoy todos los días de mi vida a partir de hoy, ¿de veras crees que alguien que me lo recuerde me va a hacer más daño que yo mismo?! ¡No! —Continuó gritando, con rabia. Rabia por sí mismo, rabia por su presencia; rabia por ella. ¡Estaba triste y rabioso! Impotente y asqueado con la vida. ¡Estaba en un estado en el que nunca antes había estado! Abatido y derrotado y sintiendo como si cada vez intentasen meterle más en la miseria. Lo peor es que lo estaba consiguiendo, una tras otra. —¡Obviamente me ayudaron a escapar! No es tan complicado de averiguar teniendo en cuenta que los tuyos me robaron mi varita y mi libertad. Esa noche se escaparon más alumnos. Alguno de ellos será, ¿no? ¡No es tan difícil de suponer! —Añadió a todo eso con un tono que la acusaba de ser tonta.

Sin ningún tipo de preocupación por sus daños o su dolor —obviamente—, Circe retiró el cuchillo del muslo de Adae con una violencia descarada. Ahí tuvo que soltar ese grito que llevaba aguantándose todo ese tiempo, poniendo sus manos sobre la herida por miedo a desangrarse. ¿Y si perdía la pierna?, ¿y si se quedaba cojo?, ¿y si se infectaba y tenían que amputársela?, ¿no iba a dejar de sentirse angustiado en ningún momento de ese día? El miedo de Adae por perder una pierna era irracional, aunque ahora mismo tuviese otras preocupaciones encima como auto-culparse por la muerte de toda su familia y eso.

—Somos muy diferentes, no te confundas conmigo —respondió con descaro y altivez, aunque sonaba débil, ofendido porque le había comparado con ella, ¿qué tenía que perder ahora mismo?, ¿la pierna? Pues oye, una pierna comparado con una madre no era demasiado. Adae ahora mismo, después del abuso de poder de Circe luego de que el pequeño estuviese derrotado, se había erguido en un intento no tirar la toalla. Era, literalmente, lo ÚNICO que le quedaba. —Yo no he causado la muerte de toda mi familia, lo has hecho tú —dijo, intentando sonar convincente, ya que en cierta manera había una parte de él que no se lo creía. En realidad, él lo había intentado. Había intentado que su familia no muriese, pero... no pudo. —Y yo no quería matarte, solo detenerte...

Él ya se veía en la más absoluta miseria. ¿Lo siguiente? Se lo llevaría al Ministerio a tener uno de esos juicios injustos para los de su condición. Le acusarían de miles de cargos que él en realidad no había hecho y se lavarían las manos mandándolo a Azkaban para que pase allí el resto de los días que le quedan que, siendo francos, esperaba que fuesen pocos. Jamás se vio como un chico fuerte, así que esperaba que Circe tuviera razón y allí fueran duros, a ver si del susto se moría.

Sin embargo, una última chispa de esperanza llamó a la puerta, literalmente. Adae abrió los ojos como si se tratase de un perro al que le acaban de dar la noticia de que va a salir a la calle, aunque para él la noticia era simplemente esperanza. Aquel segundo fue eterno y… ¿eran cosas de él o eso era una voz amiga?

—No, no, ¡¡NO!! —gritó al ver como Circe se acercaba a él, intentando alejarse, para ver al momento como rápidamente ya no estaban en su casa. ¿Ya?, ¿tan rápido?, ¿la chispa de esperanza se había apagado tan rápido como había aparecido? —No…

No fue complicado adivinar en donde se encontraban: ese suelo resplandeciente, la escultura en medio de aquel gran lugar en donde los muggles alzaban a los magos, personas con túnicas de alta gama observando por encima del hombro… Él nunca había estado allí, pero sólo podía ser el Ministerio de Magia. Le invadió un terrible sentimiento de agobio. Estaba, sin duda alguna, en la recta final y él carecía tanto de planes como de cualquier otro tipo de ayuda que pudiera facilitarle una huida. Estaba en la mierda. ¿Qué le quedaba? Quizás podría intentar rogar por su vida, pero hasta él, con su edad, era consciente de que no iba a servir para nada con aquella mujer. Había matado a sangre fría y unas lágrimas de un niño no suponían, para nada, algo para ella.

—No me toques... —Se quejó cuando tiró de él, apartándose de ella para dar un paso con la pierna herida y caer al suelo inmediatamente al sentir un dolor punzante en ésta. Ahora no tenía ni la opción de correr, ¿es que se podía ser más inútil en estos momentos? Pero se negaba profundamente a ser él quién caminase por su propio pie hasta donde tuviese que ir. Estaba herido y abatido, ¿de verdad se pensaba que tenía fuerzas para caminar? Se sentó en el suelo, mirándose el muslo. —No pienso ir a ninguna parte por mi propio pie, no puedo... —confesó desde el suelo, con un tono de voz mucho menos altivo y notablemente más débil. —No puedes hacerle daño a una persona y pretender que no tenga consecuencias... Yo...—dijo Adae como comentario aleatorio mientras se observaba las manos ensangrentada y el dolor de la pierna parecía recorrer toda su espina dorsal en fuertes puntadas. Ese chute de adrenalina por todo lo que había pasado, se le había acabado al ver su última esperanza desaparecer tan rápido como una snitch y todo le volvió a la cabeza, creando en él una presión que no supo ordenar. De repente, su mirada se nubló y la elevó para mirar a la chica, intentando ponerse en pie en un intento en vano, ya que se cayó de nuevo al suelo pero esta vez para quedarse inconsciente.
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