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I can't resist {Circe Masbecth}

Adae West el Jue Jun 08, 2017 3:07 am

Recuerdo del primer mensaje :


7 de junio del 2017 - Manchester, casa de los West
21:35 horas - Vestimenta


Habían pasado casi dos meses desde que se fugó de Hogwarts, dos meses en donde se había dado cuenta de que en realidad no podía aportar nada a aquella causa que le protegía. Tenía la varita de un mortífago que no le hacía caso y, para más gracia, la poseía solo por seguir considerándose del mundo mágico, ya que en realidad no podía hacer magia fuera de Hogwarts. Todos en el refugio le trataban bien, pero no hacía falta ser de Ravenclaw como para darse cuenta de que lo trataban como el niño que era; inexperto y sin nada que ofrecer más que ayuda en las cocinas.

Él no quería vivir así.

Se estuvo auto-convenciendo de que tenía que quedarse ahí porque afuera estaría en peligro, pero llegó un punto en el que no fue capaz de convencerse más de algo que no le llenaba lo más mínimo. ¿Que no le querían en el mundo mágico? Bien, se iría de el. ¿Acaso no podía renegar de su magia y vivir como un muggle el resto de su vida? Lo prefería a tener que vivir así, lejos de su familia. Necesitaba volver a abrazar a sus madres y sentir el cariño que solo ellas les podían dar. Necesitaba contarles todo lo que estaba pasando y volver a sentirse seguro allá en donde siempre se sintió más seguro que nunca. Le costó decidirse, pero llegó un momento en el que lo tuvo claro.

Uno de sus amigos del refugio, el único que sabía su estúpido plan, le intentó convencer de que no lo hiciera, pero un día, de repente ya Adae no estaba allí, ni tampoco sus pertenencias. Había recogido todo en una mochila y bien temprano en la mañana, salió del refugio en dirección a la parada de autobuses. Había cogido prestado de uno de los tipos del refugio varias libras para poder costearse el viaje hasta Manchester, el cual tardaría prácticamente toda la mañana. Así mismo, se había colado en la habitación de Stella para cogerle algunas chocolatinas —pues ella siempre tenía—, además de dejarle una carta justo encima de su almohada. Era consciente de que si le pedía permiso o le decía algo de su plan a Stella, ella iba a hacer lo posible para evitarlo. La carta decía así:

Adae a Stella escribió:Hola Stella, soy Adae.

Si estás leyendo esto es porque me he ido del refugio. No te dije nada de esto porque sabía que me lo ibas a impedir, pero de verdad que necesitaba salir de ahí para volver con mi familia. Al menos tú haces algo útil por la comunidad que puede marcar un cambio, pero yo ahí no hacía más que estorbar a los demás y estorbarme a mí mismo. Sé que ahora mismo estarás muy enfadada conmigo, pero al menos espero que entiendas el por qué de mi decisión. Albert, mi compañero de habitación, sabía de todo esto pero le hice prometer que no diría nada. Pero... yo no puedo estar ahí perdiéndome a mí mismo sin dar nada por mi familia ni por nadie.

Vivo en el 56 Hidden Brill en Whaley Range, Manchester. Te recomendaría no venir, por si acaso, pero al menos así sabes en donde estoy.

Gracias por todo, en serio que te voy a estar eternamente agradecido por todo lo que has hecho por mí. No me arriesgo a decir que has sido como esa hermana que necesitaba como nunca antes cuando perdí a la que tenía. A partir de ahora... ya puedes quitarte una preocupación más de encima: yo.

Con muchísimo cariño, Adae.

Había salido del refugio con una gorra puesta para pasar desapercibido, así como no se fijó en lo que tenía a su alrededor para no tener información que pudiera ser relevante con la ubicación de las entradas del refugio. Cuando llegó a la estación, el conductor del bus le preguntó que a donde iba un niño solo hasta Manchester. Supo convencerle, pero ya desde ese primer momento se sintió como si le hubiesen pillado.

El bus se retrasó y hasta al menos las dos de la tarde no llegó a Manchester. Al menos ahí se sentía en un lugar conocido, lo suficientemente alejado del peligro como para pasar desapercibido. Con la mochila bien sujeta, caminó hasta su casa, la cual estaba prácticamente a una hora a pie. Él, con paso firme y sereno, no paró ni un solo momento, sino que cada vez que sentía acercarse, aceleraba el ritmo y sentía que se emocionaba. No podía esperar a abrazar a cada una de sus madres con tanta fuerza como fuese posible. Al llegar a su barrio, más concretamente a su casa, vio que el coche de Selina estaba aparcado fuera y eso quería decir que estaba en casa, por lo que corrió hasta la puerta, la cual aporreó como si no hubiese mañana. Comenzó a sentir como se le empañaban los ojos, incrédulo por haber conseguido lo que creyó que nunca volvería a ver. Cuando Selina abrió la puerta sorprendida por tantos golpes y vio al pequeño Adae allí a punto de derrumbarse, sus piernas cedieron al peso y cayó de rodillas junto al pequeño, abrazándole como si en aquel momento fuese lo único a lo que sostenerse.

Jane, sorprendida por los golpes y que Selina no hubiera dicho nada, se asomó para ver lo que había pasado, corriendo hacia la puerta al ver cómo el pequeño de cabellos dorados estaba entre los brazos de su mujer. Se unieron los tres en un abrazo familiar en donde lo que reinaban eran las lágrimas. Algunas de felicidad y, en el caso de Adae, no sabía de qué eran, si de felicidad, tristeza o impotencia. Sólo podía pensar una y otra vez que si estaba ahí en ese momento, había sido a costa de la vida de su hermana y...

Aunque de lo que sí podía estar seguro es que ahora mismo se sentía en un momento de plenitud máxima.


**

Tres hora después, Selina, Jane y Adae se encontraban en la acogedora sala de estar, los tres acurrucados en un mismo sillón con una manta. Él les había estado contando todo lo que había pasado con detalle, desde el ataque, hasta todo lo que tuvo que pasar en Hogwarts hasta que Stella y Dorcas le habían ayudado a escapar. Les contó también los riesgos que suponía estar ahí en ese momento, pero sobre todo les contó lo mucho que les había echado de menos y lo mucho que las necesitaba.

—No te va a pasar nada, cariño, aquí estás a salvo —prometió Jane.

Selina, por su parte, ya se había encargado de hacerse con su pistola y mantenerla bien cerca de ella por si acaso hiciese falta. Nunca se había fiado mucho del mundo mágico a donde pertenecían sus hijos, pues ahora todavía menos. No pensaba arriesgarse y al menos poseía una buena defensa gracias a que era policía. Sabía que no tenía comparación con la magia, pero pretendía dar todo lo que tenía.

—Y April... —La voz se le quebró a Adae y bajó la mirada. Se sentía tan culpable que no sabía ni qué decir.

—Ya está, Adae. No te culpes por lo que pasó ese día. Los únicos culpables son los que atacaron el castillo y si tu hermana decidió sacrificarte por ti...—A Selina también se le quebró la voz—, es porque te quería muchísimo. —Le acarició el rostro con un maternal cariño. —Te quería tanto o más como te queremos nosotras y daríamos lo que estuviese en nuestra mano para protegerte ahora que has vuelto con nosotras, ¿entendido?

—Entendido… —dijo finalmente, soltando aire con lentitud. —Las he puesto en peligro a las dos, pero no sabía si era mejor quedarme en el refugio sin dar señales de vida, venir a avisaros, mandaros una carta con la posibilidad de que la interceptaran y poneros en peligro igualmente... Yo... yo solo quería veros. Llevo queriendo volver a casa desde que se hicieron con el castillo en navidad.

—Has hecho bien. —¿Qué iba a decir a estas alturas? Y aunque no fuese lo que acontecía, ellas también se sentían feliz de haber podido abrazar a su hijo en esas circunstancias. —Ahora tenemos que pensar con frialdad. Por lo que nos has dicho y hemos investigado nosotras, ese gobierno no se anda con rodeos y vendrán a por ti.

—Encontraremos una solución.  —Jane le dio un beso en la frente al pequeño. —Ahora duerme un rato, lo necesitas.

Para las nueve y media, Adae se encontraba durmiendo en el sillón en el que antes estaban los tres, con una respiración tranquila y probablemente teniendo el mejor sueño en meses. Selina y Jane, por su parte, estaban en la cocina limpiando los platos mientras hablaban. Ambas eran consciente del peligro que suponía tener a Adae allí, más probablemente de lo que Adae era consciente, por lo que se estaban planeando seriamente salir esa misma noche hacia algún otro lugar en donde esconderse. Al fin y al cabo, eran muggles, pero no eran tontas. Desde que no habían recibido noticias de Adae, se habían sentido vigiladas y no hace falta ser un experto para saber lo que pasaba. Se habían acercado lo máximo posible al mundo mágico para enterarse de todo lo que ocurría y sabían que estaban en peligro. No entendían qué tenía un niño de trece años que pudiese interesarle tanto a un gobierno, pero no estaban en posición de perder a su segundo hijo por una guerra en la que no querían verse envueltas.

—Tenemos que irnos hoy —dijo finalmente Selina. —No sabemos cómo actúa esa gente y sin duda están muy por encima de nosotros. Y no pienso dejar al azar la seguridad de nuestro hijo.

—Cogeré lo que necesitamos —respondió Jane, secándose las manos para salir de allí en dirección a la habitación con rapidez. Habían decidido lo que hacer; solo esperaba que tuvieran el tiempo suficiente para ello.
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Adae WestInactivo

Circe A. Masbecth el Miér Jul 05, 2017 12:33 pm

Su tarea no era la de sonsacarle a Adae West la información sobre su fuga. Ni siquiera sabía cuando se había producido ni que, como bien decía Adae, al mismo tiempo que él se había producido una fuga en masa. Circe no tenía esos datos ni le interesaba tenerlos. Lo único por lo que estaba en aquella casa era porque se le había encomendado la misión de dar con aquel niño y llevarlo hasta el Ministerio de Magia para que fuese juzgado de acuerdo a sus crímenes. No es que le interesase dar con la forma de salir de Hogwarts que más de un alumno había utilizado, quiénes eran los que habían intervenido y participado en la fuga de Adae o dónde se encontraba la maldita fuente de la eterna juventud. No. Su tarea era simple y estaba a punto de cumplirse. Ya podía llevarse a aquel crío lejos de allí para que acabase en el Área – M o, con un poco de suerte, en una celda de Azkaban rodeado de dementores. Incluso en el mejor de los casos podía morir de una infección en la herida de su pierna y no tener que sufrir lo que le esperaba tras ser juzgado.

Una de las cosas que a Circe más le gustaba era sacar lo peor de los demás. Lo había hecho durante años en Hogwarts, consiguiendo que aquellos que se consideraban buenas personas se rebajasen a su nivel. Y, en parte, lo había conseguido con aquel niño. Pues tras la muerte de su familia no lo había dudado a la hora de intentar acabar con ella.

- Eres tú quién ha venido aquí. Si te hubieses quedado en tu escondite ellas estarían vivas. – A aquello también habría podido sumar las causas de la muerte de su hermana pero en aquel caso la rubia no conocía los detalles. – No mientas, Adae. ¿Tu mamá no te enseñó a no decir mentiras? Me odias. Deseas mi muerte. Si fueses capaz de usar una varita lo habrías intentado pero… Sólo has conseguido hacer explotar todo y quemarte el brazo. – La voz de Circe sonaba tranquila, como si se preocupase de lo que estaban hablando y de la seguridad de aquel pequeño. Pero no era así. No le importaba en absoluto y por eso estaba tan tranquila.

La puerta sonó a su espalda y Circe no parpadeó a la hora de agarrar a Adae para salir de allí. No pensaba permitir que después de todo aquello alguien se llevase a aquel crío. Adae tenía que ir al Ministerio de Magia y nadie se interpondría en su camino.

- ¿Quieres que te lleve a rastras o qué? No has aprendido una mierda. – Elevó la varita y el imperio volvió a chocar contra la espalda del niño, obligándole a dar un par de pasos. El imperio desapareció para ver si el crío había aprendido la lección, ero parecía no ser así.

Cuando Adae volvió a hablar, sus palabras ni siquiera tuvieron sentido para Circe, y es que el niño cayó inconsciente al suelo. La rubia vio como caía hasta caer de espaldas contra el frío suelo del Ministerio sin siquiera mover un dedo. Elevó la varita e hizo que el cuerpo de Adae se elevase y fuese tras ella hasta la zona del Ministerio que habían habilitado para casos como aquel.

- Adae West, fuga de Hogwarts. – La mujer afirmó a las palabras de Circe. – A nombre de Circe Masbecth. – Siguió tomando nota mientras Circe esperaba. El cuerpo de Adae permanecía flotando a su lado.

- Puede entregar esto en Gringotts y le darán la suma adecuada a su captura. Mañana debe estar aquí a las once y media de la mañana para el juicio de Adae West. Sea puntual. – La rubia no dijo nada. Se limitó a romper el hechizo que mantenía a Adae flotando en el suelo para hacerle caer de golpe contra este. El niño ni se inmutó.

A las once y media de la mañana del día siguiente se presentó en el Ministerio de Magia. Se encontraba en una sala de paredes oscuras y techo elevado. Había un juez con toga y un grupo de hombres y mujeres ataviados de manera parecida. El hombre de la toga se levanto.

- El Ministerio de Magia y la Escuela Hogwarts de Magia y Hechicería contra Adae Arturus West. Se le acusa de los siguientes crímenes… - Un hombre alto y con cara de pocos amigos empujó a Adae hacia el estrado, situándole en mitad de la sala para escuchar lo que el juez decía en su contra.
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Adae West el Miér Jul 05, 2017 4:56 pm

Después de perder el conocimiento se despertó en una celda bien acondicionada y pequeña, junto a otras muchas, dentro de una habitación bastante impoluta. Se despertó asustado y no sabía cuánto tiempo había pasado desde que cayó inconsciente una vez llegó al Ministerio. Fue a ponerse de pie y se dio cuenta de que le habían aplicado un remedio a la herida del muslo y estaba vendada, por lo que al menos podía apoyarla. Se acercó a los barrotes y miró a su alrededor sin poder ver a ninguna figura relevante fuera de ninguna celda; todos estaban dentro y los que tenían contacto directo con su posición, estaban mirándolo con bastante compasión y curiosidad. A la mayoría le daba pena que un niño como él estuviese en esa situación.

—¿Esto es Azkaban?, ¿estamos en Azkaban? —preguntó, asustado.

—No cariño, esto son solo las celdas del cuartel de aurores. Aún estamos en el Ministerio —contestó una mujer que estaba justo en frente de él. —Si estás aquí es porque has tenido la mala suerte de quedarte vivo cuando fueron a por ti, como el resto de nosotros. Estamos esperando al juicio que determinará nuestro futuro.

—¿Tenemos posibilidades de librarnos? Yo pensé que acabaríamos todos en Azkaban —respondió, con un tono de voz que denotaba que tenía miedo de lo que pudiera pasarse.

—Muchos acabaremos en Azkaban, otros directamente serán comida para los dementores... —respondió otro preso, —pero tú... tú irás al Área-M. Todos los niños terminan ahí.

—Deja de asustarlo —le recriminó la mujer.

—No lo asusto, le preparo para lo que le viene encima. No le queda otra que aceptar la realidad.

—¿El Área-M, eso qué es?

Todos se quedaron callados, no queriendo ser aquellos que le diesen la mala noticia al pequeño. Se dio por vencido de preguntar y se sentó en el suelo de aquella celda, abrazándose las rodillas y sollozando, esperando a que viniesen a por él como habían estado viniendo a por todos los que estaban allí dentro. Se fueron uno a uno y, los últimos, fueron tanto la mujer como el hombre que por la mañana le habían hablado. Fue el hombre el que, antes de que se lo llevasen a juicio, lo miró.

—Suerte, campeón.

Le devolvió una mirada triste y se fue de allí.

Quince minutos después, fue cuando un guardia vino a por él.

—Adae West, vamos.

Salió de allí y el tipo con cara de amargado le sujetó bien del brazo, arrastrándole a través de los pasillos para llegar a aquel gran salón que lo rodeaban asientos en donde habían un montón de personas con toga mirando con atención al pequeño. La bruja asquerosa que le había capturado también estaba allí, más concretamente en la zona del público, la cual estaba bastante vacía. El hombre le empujó al asiento central mientras un señor comenzaba a hablar de él y de sus crímenes. ¡Él! ¡Él cometiendo un crimen! Aquello era surrealista.

—Se le acusa de haber robado magia, de poseer una varita ilegalmente, de atacar a un miembro de la seguridad de Hogwarts para favorecer a su huida y de robar su varita, de incumplir las normas de Hogwarts y de traicionar la ley del nuevo régimen —contempló el juez.

Adae se quedó a cuadros. ¿Y todas esas cosas estaban mal? ¿Podría hablar para defenderse? Total, ya poco le quedaba por perder. Sin que le diesen el turno de palabra e interrumpiendo los murmullos del jurado comenzó a hablar. O suponía que eran el jurado, ya que Adae no se enteraba de nada de lo que estaba pasando.

—Yo no he robado magia, nací así. No poseo una varita ilegalmente, ¡ella me eligió cuando fui a comprarla! —Se defendió, enfadado. Todo el mundo se calló y lo miró. —Yo no ataqué a nadie, lo hizo una amiga para protegerme y si le quitamos la varita fue para que no pudiese hacernos daño. La única norma que incumplí de Hogwarts fue estar despierto a deshora, ya que no pone en ningún lado que es ilegal escaparse. ¡Y no he traicionado nada, solo quería volver con mi familia y tener una vida alejada de todo este mundo, de la magia! ¿Eso no es lo que queréis?, ¿que nos vayamos?

Se hizo el silencio y el juez esbozó una sonrisa cruel.

—No intentes razonar con nosotros, señor West, la inocente realidad que usted defiende dista mucho de la ley del nuevo gobierno. Usted tenía que cumplir unas normas y no lo ha hecho. Usted tenía que ser juzgado por ser nacido de muggles e intentó escapar, alejándose así de sus obligaciones como ciudadano.

—Pero...

—No se le permite hablar en el juicio a menos que nosotros le otorguemos ese honor, señor West, así que mantenga la boca cerrada si no quiere que su expediente empeore.

Frunció el ceño y apretó los dientes fuertemente, con impotencia y rabia. Fueron pocos minutos lo que tardaron en hablar entre ellos y llegar a un común acuerdo, como si no tuviesen claro ya lo que hacer con él...

—Señorita Circe Masbecth, ¿puede usted explicarnos en dónde encontró al señor West la pasada noche? ¿Hubo evidencias de magos rebeldes que le acompañasen o protegiesen? Cualquier información es buena tanto para la mejora de aquellos que intentan erradicar la amenaza rebelde como para cuestionar la fidelidad del señor West.

Adae giró la cabeza, buscando a aquella bruja del demonio que odiaba tanto. Ahora entendía cómo es que alguien podía tener odio por otra persona. Lo entendía perfectamente.
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Circe A. Masbecth el Vie Jul 07, 2017 9:04 pm

No le hacía especial gracia tener que dejar de lado sus obligaciones profesionales para tener que ir al juicio de aquel estúpido niño. Tan sólo tendría que estar ahí sentada durante lo poco que tardasen en dar el veredicto que ya todos conocían desde un inicio y podría marcharse. Pero ese poco tiempo de su mañana era más que suficiente para impedirle acudir a los entrenamientos de las Arpías de aquel día. No es que le importase mucho librarse de un día de sudar y ver cómo seguía sentada en el banquillo durante lo que quedaba de temporada, pero sí le molestaba tener que volver al Ministerio sólo para hacer bulto entre los presentes en el juicio de Adae West.

La rubia llegó en hora al lugar previsto. Tomó asiento y pudo ver el final del anterior juicio contra un hombre nacido de muggles al que se  le había arrebatado toda dignidad. Como le importaba bien poco lo que estuvieran diciendo, sacó un libro y se dedicó a leer mientras terminaba el juicio y empezaba el del siguiente acusado.

Cuando Adae West entró en la sala cerró su libro, fingiendo que le interesaba lo que estaba sucediendo ante sus ojos. Pero lo cierto era que no le importaba nada en absoluto. No le importaba si aquel niño vivía o moría. No le importaba si era enviado a Azkaban por lo que le quedaba de vida o lo encerraban en una caja de madera y lo mandaban a Madagascar a vivir con los monos y los leones.

Los cargos de los que acusaban al niño eran un tanto estúpidos. Circe consideraba que los motivos que movían a los Mortífagos en sí eran un tanto estúpidos pero eso no quitaba que fuese divertido trabajar para ellos. Era divertido ir por ahí atacando a la gente sin tener siquiera razones y luego llevarse un bonito sueldo extra por su trabajo. ¿Dónde estaba lo malo de todo aquello? En ninguna parte.

Además, ¿Verdaderamente alguien creía que aquel crío era algo más que un trozo de carne con un felpudo por pelo sobre su cabeza? Por Merlín, aquel niño no sería capaz de robar magia ni aunque aquello fuese una opción posible. Pero su fuga de Hogwarts, era un hecho innegable. Y lo que Circe diría a continuación, también lo era. Pues si estaba ahí al parecer no era únicamente para aportar carisma entre los presentes que, divertidos, acudían a todos los juicios por diversión. Sino que habían decidido contar con su presencia para que diese su testimonio sobre lo sucedido la pasada noche.

- En casa de su familia, en Manchester. – Comenzó la chica. Se había tenido que trasladar hasta aquel lugar situado en el culo del mundo para coger a aquel criajo y luego volver a Londres. Suerte que todo había ido según lo planeado y había salido de allí llevándose al niño consigo. – Antes de irnos llegaron dos personas. No me quedé a comprobar de quién se trataban para poder llevar a Adae West lo antes posible ante el Ministerio de Magia. Pero Adae West aseguró que se fugó de Hogwarts con ayuda, como ya ha dicho ante este mismo tribunal, de otros alumnos de Hogwarts. – El tribunal afirmó con la cabeza a las palabras de la rubia y se volvió a voltear en dirección a Adae.

- Adae West, ¿Quiénes fueron los otros alumnos que le ayudaron en su fuga? – Una de las mujeres situadas a su lado le pasó un pergamino que el hombre leyó antes de volver a hablar. – El mismo día de su fuga se confirmó la desaparición del Colegio Hogwarts de Magia y Hehicería de Stella Thorne, ¿Estaba ella entre el grupo que le ayudó a fugarse? – Un nuevo pergamino llegó a sus manos.

Si alguno de los siguientes nombres corresponde con los alumnos fugados durante aquella noche, levante la mano. – El Ministerio de Magia había perdido la pista de muchos alumnos antes siquiera de que Adae pensase fugarse. – Regina Iria Wells. – El hombre hizo una pausa, dando margen a que Adae levantase la mano, proceso que repitió con el resto de nombres que fue diciendo. -  Sirius Orion Black. Martin Dean Scott. Michael Jeremy Williams. Erica Brë Samuels. Rhea Jackson. Suzanne Lyra Vause. Raymond Yoel Logan. Katherine Lea Spencer. Dorcas Meadowes. Samantha Andrea Carlson. Lilian Jane Evans. – Esta vez la pausa fue más larga y el hombre miró directamente a los ojos mientras pronunciaba aquel hombre – April Megan West.

La sonrisa del hombre  mostraba lo divertido que estaba con aquella situación. No sólo por el hecho de ir a mandar a aquel niño directamente a prisión cuando era inocente, sino por haberle recordado que su hermana había llegado a existir. Pronunciando su nombre con una entonación diferente, incluso musical.
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Adae West el Lun Jul 10, 2017 5:19 pm

Lo que dijo la bruja no supuso nada para Adae, ya que se limitó a decir lo que había pasado de manera totalmente indiferente. Lo único que le produjo fue impotencia al no saber quién había acudido a su casa ese preciso día en ese momento. En realidad... una parte de él se lamentaba por no haber podido ver quiénes eran, pero si somos francos, la idea de que más gente sufriera daños por su culpa le superaba. De hecho, hasta sentía cierto alivio de que nadie más hubiese aparecido; no podría soportar más muertes en su consciencia.

Se quedó callado cuando le preguntaron directamente por Stella Thorne. Era evidente que ella le había ayudado, ¿no? Es decir, había escapado de Hogwarts al igual que él, así que era lógico pensar que ya estaba en busca y captura por seguramente los mismos delitos que él, a excepción de ser nacido de muggles. ¿Influiría de alguna manera decir que sí que había sido ella? Quizás si lo admitía, Stella quedaría como una bruja peligrosa que se sabe lugares en dónde poder infiltrarse en Hogwarts... podría convertirla todavía en un punto de mira más primordial... Para cuando tomó una decisión, ya el juez comenzó a nombrar los nombres de distintas personas para que el chico dijese quiénes habían sido sus cómplices.

No levantó la mano en ningún momento. Conocía a unos cuantos de aquellos que nombraba y sabía cómo habían terminado o cómo habían salido de Hogwarts, pero no iba a decir absolutamente nada. Él iba a terminar metido en la ruina igualmente y, de estar en su mano, no diría nada que pudiera perjudicar a nadie. Bastante había hecho ya con su sola presencia como para encima seguir cagándola verbalmente para poner a la gente en peligro.

Fue cuando llegó el último nombre cuando el niño cambió su rostro y mostró una emoción. Una emoción de pura rabia. ¡Ellos sabía que April estaba muerta!, ¡ellos más que nadie lo sabían! Dio un paso hacia adelante.

—¡April no está! ¡Vosotros la matasteis y encima tenéis la cara de preguntar por ella! Uno de vuestros estúpidos subordinados con careta de idiota fue capaz de matar a una niña que solo intentaba ponerse a salvo en medio de un ataque en un colegio —gritó enfadado, sintiendo como un hombre se había acercado a él para controlarlo, ya que incluso había dado un par de pasos hacia adelante. Adae intentó forcejear con él. —¡Si alguien tiene que ir a la cárcel por sus crímenes sois vosotros, asesinos! ¡Vosotros sois los únicos que habéis hecho cosas malas, los únicos que son tan cobardes como para ir por ahí capturando a niños de trece años y matando a niñas de dieciséis! ¡Ella era mucho más valiente que todos los que estáis ahí creyéndose alguien como para juzgar a otra personas! ¡Sois penos... —El guardia lo cogió a tiempo antes de que siguiese avanzando y sacó la varita para conjurar sobre él un palalingua que hizo que no pudiese seguir hablando.

El jurado murmuró, divertido, por la valentía de aquel niño. ¿O sería más acertado decir que más que valentía, era pura estupidez?

El juez dio un golpe con el martillo en la mesa y todos callaron.

—Está claro, señor West, que usted no tiene cabida en nuestro mundo y, puesto que sus delitos han de ser pagados y no coopera con el nuevo régimen, pasará de entre diez a quince años en Azkaban, en la zona dedicada expresamente para la investigación y desarrollo de la magia —sentenció con un tono aburrido y cruel. Todos los allí presentes sabían que no serían ni diez ni quince años, sino todos aquellos que consiguiese sobrevivir allí dentro. Si eran menos, menos y si eran más... pues más. Quién entraba allí sólo tenía una manera de salir y era pagándolo con la muerte. Adae se quedó sin saber qué decir o pensar. ¿De diez a quince años por no hacer nada?—El juicio del señor Adae Arturus West se da por finalizado y con esto concluye la ponencia de este día. Llevadlo al Área-M en la mayor brevedad posible y comunicad que ha sido encontrado y juzgado bajo la ley del nuevo gobierno.—Tras un nuevo golpe con el martillo, todos se levantaron de sus asientos y el guardia que estaba reteniendo a Adae tiró prácticamente de él para poder llevárselo, ya que él forcejeó hasta que no le quedó fuerzas. ¡Aún tenía muchas cosas que decirles a esos pedantes! Y, obviamente, no iba a dejar de oponer resistencia hasta el último minuto que le quedase por delante antes de llegar a ese Área-M.

Caminando por aquellos pasillos oscuros siendo arrastrado por aquel guardia, Adae intentó hablar mientras no paraba de intentar pararse.

—Hmmmm mhmm uummmm ¡hmmm! —intentó comunicarse con el guardia. —¡¡¡HMMMM!! —añadió, señalándose la boca.

El guardia, molesto, le quitó el hechizo y Adae lo miró. Quizás a éste si le servía llorar un poco, ¿no? Ahora no estaba la bruja.

—Por favor, no me lleves al Área-M —le pidió. ¿De diez a quince años? ¡Eso era muchísimo tiempo! —Por favor, déjame irme, prometo que no haré nada, no volveré al mundo mágico. Prometo irme lejos, muy lejos y no hacer magia nunca más —suplicó a aquel guardia.

Él parecía dudoso. Aunque en realidad no lo estaba. Lo único que pasaba es que se sentía mal porque él también tenía un hijo de la edad de Adae y, obviamente, no quería verlo en donde se encontraba él.
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Circe A. Masbecth el Mar Jul 11, 2017 11:02 pm

No hubo ningún final inesperado. El juicio siguió sin que Adae tuviese la oportunidad de cambiar el rumbo de aquella escena. Todos los allí presentes eran plenamente conscientes de dónde iría a parar aquel pequeño por muy inocente que aparentase ser. Y que, efectivamente, era. A nadie le importaba tampoco si lo era ni donde acabaría. Todos estaban ahí por simple diversión. Por ver como un nacido más de muggles acababa encerrado sin escapatoria alguna en una prisión como resultaba ser Azkaban. Menos Circe, quien estaba allí porque no había tenido otra elección. Para la rubia aquello no era más que una pérdida de tiempo con la que debía lidiar desde que trabajaba para los Mortífagos. Era la  parte aburrida del asunto.

O, al menos lo era, hasta que nombraron a la hermana de Adae. Circe había dejado de prestar atención y no fue consciente de lo que sucedía hasta que el niño comenzó a gritar como si la locura se hubiese adueñado de cada parte de su ser. Gritaba como un loco y Circe no dudaba que de haber podido hubiese vuelto a usar la varita robada para explotar medio habitáculo y convertir en cenizas la otra mitad.

- Malditos muggles, ¿No les educan? – Murmuró una mujer sentada a pocos metros de Circe mientras toqueteaba su cabello colocado en un moño de lo más raro. Parecía como si el pelo fuese algún tipo de estructura moderna abstracta que iba a caer en cualquier momento por mirarlo demasiado.

- He oído que entre los once y los dieciocho años les encierran a todos juntos para que luchen por la supervivencia con sus propias manos. – Comentó el hombre situado al otro lado de Circe, haciendo que la contestación llegase a la mujer del moño extraño.

- ¡Como animales! Hacemos bien en llevar a este pequeño al Área – M, allí recibirá una educación adecuada. – Aquella afirmación fue suficiente para que Circe rompiese a reír. Literalmente. No fue una sonrisa o una leve carcajada irónica. No, realmente comenzó a reírse de lo absurda y estúpida que era la situación ante la que se encontraba en aquel momento. Aquella conversación de incultos rozaba lo surrealista.

Ambos miraron concertados a la chica, la cual se levantó con intenciones de salir de allí tras ver como se llevaban a Adae a rastras hasta  su celda hasta que llegase el momento de enviarlo hasta el Área – M.

- Masbecth, no tengas tanta prisa. – La rubia se giró sin muchas ganas de seguir allí durante más tiempo. Había visto la oportunidad de escaparse del Ministerio de Magia y no había dudado a la hora de aprovecharla pero no tardaron en interceptarla antes de que estuviese demasiado lejos de la puerta de aquella habitación donde había tenido lugar el juicio. – West pasará a una celda de aislamiento durante las próximas horas, llévalo.

- ¿Me has visto cara de traslador, o qué?

- Te he visto cara de saber lo que tienes que hacer para ganarte tu puesto. Eres una cría, puedes dar gracias por haber recibido ya tu marca. Ahora tienes que resultarnos de utilidad.

Gruñó y se volteó en dirección a Adae, quién estaba con el mismo guardia que le había pegado la lengua al paladar impidiéndole seguir hablando.

- Sí, a tomar por culo te vas a ir. – Circe, tan amable como siempre. La madre de la bondad, la calma y la serenidad. Un alma cándida con un vocabulario adaptado a la sociedad en la que se había criado. Cáptese la ironía.

Miró la placa del hombre que sujetaba a Adae y la movió con la mano para que fuese evidente que estaba mirando qué ponía en ella.

- Stuart. – Leyó. Alzó la vista a los ojos del hombre e ignoró la presencia de Adae. – Puedes ir a llevar al siguiente a la sala de juicios, ya me encargo yo de West antes de que te encariñes de él y acabes muerto como toda su familia. – Sonrió de manera irónica.

- Yo…

- Yo… Yo… - Le imitó burlona. – Largo de aquí antes de que le diga a alguien que estabas dudando si liberarle. ¿Le has visto cara de puto elfo doméstico y pensabas meterle los calzoncillos en la boca? Menuda imagen le darías a tu mujer. Traidor y pederasta.

- ¡Yo no haría nada así!

- Tu palabra contra la mía, Stuart. – Sonrió ladeando la cabeza con su típico aire infantil que rompía con su comportamiento y palabras. – Largo. – Sentenció señalando la puerta con la mano.

Stuart no tardó en tomarse las palabras de Circe como una amenaza y se marchó hacia la zona de los calabozos donde Adae había pasado la noche, donde otros presos recién llegados esperaban a ser juzgados.

- Tú y yo tenemos otros planes. Siento que no vayas a terminar con sus calzones en la boca. – Ironizó antes de tirar del niño para obligarle a avanzar hacia la zona de las celdas que le habían indicado.

Estuvo en silencio durante los minutos que duró el trayecto y, una vez llegó a aquella zona, empujó al niño al interior de una celda completamente hermética. Cerró tras de sí y apoyó la espalda en la puerta cerrada, mirando al suelo donde había terminado Adae.

Venga, cuéntame algo divertido, tenemos un par de horas hasta que me obliguen a trasladarte y si me aburro tendré que divertirme contigo. – Porque al fin y al cabo, Circe no era más que una niña jugando a un juego de mayores. Y, como toda niña, no soportaba el aburrimiento.
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Adae West el Miér Jul 19, 2017 2:04 pm

El exRavenclaw tenía una capacidad analítica más bien nula, pero a pesar de eso pudo ver duda en los ojos de aquel hombre, por un momento pensó que con aquel señor podría tener oportunidad y que, quizás, un jovenzuelo como él le daría la suficiente pena como para fingir que algo había pasado y dejarlo escapar. Sin embargo, antes de que nada pudiera pasar, volvió a aparecer aquella mujer que parecía la nube gris que nublaba sus esperanzas; esa nube que solo viene acompañada de caos y tormenta.

El niño observó la verborrea por parte de la chica y el intento de defensa por parte del hombre, quedándose sin saber qué decir. ¿¡Cómo era posible que ese hombre se dejase amedrentar por esa bruja!? Cuando se estuvo yendo, Adae lo miró como si fuese otra esperanza más perdida, mirando a Circe sorprendido.

Tenía que dejar de intentarlo, definitivamente. Cada vez que lo intentaba, aparecía ella haciendo que toda posibilidad desapareciese con su manera de actuar, férrea y sin una pizca de remordimientos. Toda ella hacía que Adae se sintiese cohibido, sobre todo ahora, medio día después de haber asumido a aquella bruja como la persona maldita que había matado a lo único que le quedaba y le había arrebatado todo. El pequeño la veía como una persona despreciable, rota, egoísta y cruel... pero eso no quitaba que ahora, además de odio y rabia, también le tuviese cierto... miedo y digo "cierto" porque si no le había matado ya es porque no se le permitía. ¿Y encima después de ver cómo se expone a personas más grandes que él y sale airosa con su actitud? En Hogwarts no parecía gran cosa, pero ahora que la tenía como enemiga, su autoridad y presencia hacían que el niño se hundiese cada vez más. Le daba la sensación de que aquella chica era mucho, mucho más grande de lo que él podría ser nunca.

Ya Adae estaba en un momento de decadencia suprema con ligeros arrebatos de rabia y odio ante la injusticia que estaba sufriendo, ¿pero él? Él aún no había asimilado que la bruja que tenía delante le había arruinado la vida para siempre. Había matado a una de sus madres delante de él, le había obligado a matar a la otra y, encima, había intentado torturarle para sacar información. Lo peor de todo es que, no contenta con eso, lo entregó a un gobierno que iba a utilizarlo como rata de laboratorio lo que le quedaba de vida. Adae  todavía no había asimilado todo. Todavía estaba en un estado de trance en el que tenía una mezcla de no querer reconocer lo que pasaba, no saber lo que estaba pasando e intentar auto-convencerse de que aquello era una pesadilla. Sólo cuando estuviese preso en aquella habitación del Área-M acompañado de oscuridad, polvo y de la soledad, se daría cuenta de que lo había perdido todo y todo había sido por su culpa.

Caminó, un tanto cohibido por la presencia de la chica, hasta dónde ésta le empujaba. Caminaba lentamente, ya que todavía tenía la herida en el pie e iba cojeando. Al llegar, lo empujó al interior de la celda y entró con él, supongo que para asegurarse de que no hiciese un agujero en alguna pared por los rayos láseres que le salían de los ojos, ¿por qué no se iba a afeitar bombillas y lo dejaba en paz en las últimas horas?, ¿tenía que estar ahí recordándole con su presencia todo lo que había pasado las últimas horas? Era solo mirarla y que hirviese en calor por el odio que le tenía.

Con el ceño fruncido, se sentó en el suelo lentamente, dolorido por todas partes y estiró la pierna herida. Iba a mantenerse callado y no participar en la conversación de aquella chica, pero tenía curiosidad, así que tras unos segundos, decidió hablar. Ella era mordaz y si se aburría iba a hacerle daño. Él, por su parte, no iba a contarle nada divertido, así que para sufrir innecesariamente... sería franco y hablaría con sinceridad. Ahora en serio, ¿qué tenía que perder?

—Creo que tu concepto de diversión dista mucho del mío. Deberías ser tú quién me contase a mí cómo has terminado perteneciendo al bando de los tontos—Quizás si le cabreaba y le hiciera tener instintos asesinos, tuviese que irse para no matarlo. Ahora que había sido sentenciado a Azkaban, ya no podía morir, ¿no? Si le mataba estaría yendo en contra de la justicia impuesta por el Ministerio o algo así. —¿O eres como todos los alumnos de Hogwarts con los ideales de sus padres puristas y has terminado como el perrito faldero de Voldemort sólo por hacerle el gusto a tu familia? De esos hay muchos, me lo ha dicho mi amiga. —Stella era una persona sabia. Adae hablaba con tranquilidad y, a pesar de que sus intenciones eran hostiles, en realidad sonaba tan inocente como siempre, como si su voz fuese incapaz de proferir ningún tipo de tono hostil en aquel momento. Sonaba como alguien curioso y es que de verdad que tenía curiosidad por saber cómo aquella chica se había convertido en una persona tan ruin. Que alguien a su edad esté tan roto solo puede ser por culpa de un trauma, ¿sus padres le pegarían o algo? No sé, Adae miraba a Stella, que era prácticamente de la misma edad y la veía una persona cuerda y normal. ¿Pero matar personas desde tan joven?, ¿en qué mundo de mierda le había tocado vivir?—Yo no sería capaz de arrebatar una vida tan fácil como lo has hecho tú, no me entra en la cabeza. Debes de tener una práctica increíble... asesina —murmuró eso último, mirándole desde abajo con ojos cansados y rencorosos.

No era mejor que los asesinos muggles que terminaban en la cárcel. Era igual de horrible.
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Circe A. Masbecth el Miér Jul 19, 2017 10:23 pm

Podía ser una cría insolente con demasiado amor propio. Más bien lo era. Circe se comportaba como si pensase que estaba por encima del resto del mundo. Como si pensase que por ser quién era  merecía mayor respeto. Como si las personas que le ganaban en años y en experiencia sólo estuviesen ahí para alimentar su ego. Y es que no sólo lo pensaba, sino que realmente lo creía. Era el tipo de persona que cuando pisaba el suelo lo hacía sintiendo que le pertenecía y eso podía verse sin siquiera prestar atención. Emanaba un aura que pocos lograban a conseguir en años de práctica y es que para ella era el sol y el de personas los planetas que giraba a su alrededor y que sin su existencia estarían perdidos.

Su comportamiento con un miembro de la seguridad del Ministerio de Magia fue el mismo que podría haberle dado al propio Adae. Un comentario fuera de lugar que buscaba dejar en mala posición al hombre, una sonrisa irónica y una crueldad natural tan propia de  Circe Masbecth que no podía saberse si era innata o lo había adquirido con los años a base de práctica y sufrimiento ajeno.

Llevó al niño al calabozo sin demasiada emoción por aquella tarea. Lo único que la rubia quería era salir  del Ministerio de Magia y volver a su ritmo habitual. Estaba perdiendo el tiempo. Aquellas horas interminables podría haberlas aprovechado en cualquier otro lugar, en cualquier otra situación y con cualquier otro fin. Pero ahí estaba ella. Con un niñato huérfano que iba a pasar el resto de su vida encerrado entre las sucias paredes de una prisión para gente que, como él, no merecía el respeto de la sociedad mágica.

- Al bando de los tontos. – Repitió analizando aquella frase. – Ya sabes que dicen que todos los tontos tienen suerte. Así que por eso tú estás aquí encerrado y ellos controlan el Mundo Mágico. Y posiblemente el muggle. – Contestó con toda la tranquilidad del mundo. ¿Acaso era mentira? Adae estaba encerrado y lo estaría por lo que le quedaba de vida. En cambio, aquellos a los que tachaba de tontos, vivían su vida con total tranquilidad. Eran felices en el exterior. Él no. No volvería a serlo jamás.

Soltó una irónica carcajada. Circe era el tipo de persona que jamás se había dejado influenciar por sus padres. De haberlo hecho, estaría en la misma situación que su hermana. Aunque sin un hijo ilegítimo del que preocuparse. Estaría prometida con algún miembro de una familia purista e influyente, dedicándose en cuerpo y alma a mantener la imagen que su familia hubiese esperado de ella y, sin lugar a dudas, no portaría la marca tenebrosa en su brazo.

- A mí familia le importa una mierda para quién trabaje. Yo lo hago por gusto, aunque te cueste creerlo. - No tenía nada mejor que hacer que hablar con aquel niño por lo que no lo dudó a la hora de seguirle la conversación. – Lo único que querían mis padres era que sus hijos viviesen felices, sanos y que no les faltase de nada. Los únicos que no han conseguido eso han sido los que eligieron el bando equivocado. ¿No te suena mi apellido, criajo? Mi hermano enseñaba Herbología en Hogwarts, seguro que te topaste con ese yonki y con su vaca. Y ahora ese yonki y su vaca no tiene donde caerse muerto por haber elegido el bando equivocado. – Aunque a simple vista no lo pareciese y mucho menos por sus palabras, Circe sentía un gran aprecio hacia Odiseo. Aunque después de todo aquello dudaba que fuese capaz de perdonarle por haber desaparecido sin haberle dado ni la más mínima explicación. – Yo elegí el bando acertado porque me gustaba lo que hacían. Me importa una mierda qué seas sangre sucia. – Cogió la mano del niño de un tirón y con ayuda de su varita hizo un corte en esta, dejando que la sangre emanase de la herida abierta. Hizo el mismo corte en la palma de la suya y las acercó para compararlas. - ¿Ves? Nuestra sangre es igual. Me importa bien poco si tu madre era bruja o si era muggle. Lo importante es qué decides hacer con tu vida, no la suerte  que hayas tenido en nacer en un  lado o en otro. – Nunca había tenido esa mentalidad arcaica sobre la sangre. – Pero trabajar para ellos, me garantiza divertirme.

Matar era sencillo. Siempre lo había sido. Circe no recordaba la primera vida que había quitado porque se dedicaba a hacerlo de manera aleatoria y, en muchas ocasiones, ni siquiera buscaba ese fin.

- No sé si eres pequeño para esto pero… ¿Katerina Howland te suena? ¿O Christopher Höhner? Daban clase en Hogwarts y luego… - Puso los ojos en blanco y ladeó la cabeza imitando a un muerto. – Me tomaré eso como un cumplido. – Añadió con una amplia sonrisa.

Apenas pasaron diez minutos cuando la puerta se abrió de par en par. Un hombre con cara de pocos amigos sacó un pergamino y empezó a leer.

- Por la presente, el traslado de Adae Arturus West tendrá lugar el día 8 de junio del año 2017 a las doce y treinta minutos de la mañana. El traslado correrá a cuenta de Circe April  Masbecth y, en caso de altercados durante el traslado, será esta la responsable de toda acción que…

- ¿Cómo que responsable? A mí no me jodas, yo he venido aquí por el dinero.

- Será esta la responsable de  toda acción que tenga lugar durante este. – Terminó de leer y miró a Circe con cara de pocos amigos. – Si tanto te molesta, lo matas y un estorbo menos en el mundo.

El hombre se marchó como si nada hubiese pasado y dejó nuevamente a Circe y a Adae solos.

- Más te vale comportarte.
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Adae West el Vie Jul 21, 2017 2:30 am

—Sí, porque por inteligencia no debe ser, eso está claro —respondió a su afirmación de que los tontos tienen suerte. Ahora mismo ya le daba igual el poder que tuviese el nuevo gobierno. No tenía nada por lo que luchar. Toda su familia ya no estaba y las únicas personas que les importaban, al menos, ahora estaban alejadas de él, que parecía ser un foco de desgracias mortales. Hacía competencia con cierto ex-auror.

La mentalidad de la chica daba miedo. Hubiera dado menos pavor si hubiese dicho que tenía la marca por pura conveniencia o por presión familiar, ¿pero porque se divertía matando?, ¿por decisión propia cuando tenía tan poca edad?, ¿de qué manera del demonio le había lavado el cerebro para que siento tan joven fuese tan horrible y tuviese ese tipo de entretenimiento lúdico? Las artes oscuras deben de ser más atractivas que las drogas, al parecer. Al pequeño no le entraba en la cabeza, pero ni siquiera un poco. Aquello sobrepasaba su entendimiento. Todo el dolor que sufría la gente, todo el daño que hacían los del nuevo gobierno solo por diversión y una ideología retrógrada... todo eso, sencillamente no lo entendía. Quizás era demasiado joven. O demasiado inteligente.

Recordó al profesor Odiseo y también le vino a la mente la profesora Masbecth, la de pociones. En su momento supo que ambos profesores eran hermanos, pero hasta ese preciso momento no relacionó a esta asesina con ellos. El profesor de Herbología parecía todo lo contrario a Circe, mientras que con Eris si podía llegar a encontrarle cierto parecido.

Frunció el ceño cuando le hizo una raja en la mano y salió sangre de ella, con esa comparativa tan real que ella defendía. Una persona que tenía en el antebrazo la marca tenebrosa le acababa de decir que su sangre era exactamente igual que la de él. A cada segundo que pasaba, Adae se daba cuenta de que aquella mujer tenía un severo problema. Ya no solo no lo hacía por una causa y una idea, sino que lo hacía por simple diversión y le daba exactamente igual el motivo por el que el gobierno hacía lo que hacía.

—Pues además de loca, eres una cobarde. Si lo que te divierte es matar personas y te da igual  la ideología que defiendes, ¿qué haces en el bando de los vencedores, atacando a los débiles y a los que no tienen nada?, ¿de verdad sientes placer arrebatándole las vidas a personas que no tienen nada con lo que defenderse? ¡Mis madres eran muggles!, ¡yo tengo trece años! ¡Y mañana te sentirás plena contigo misma porque has hecho un buen trabajo! ¡Wow, es excepcional como has podido tu sola con dos muggles y un niño pequeño! —Ironizó Adae con cara de pocos amigos. —Tienes la mentalidad más enfermiza que jamás he visto. Si de verdad quieres sentirte por encima de los demás, hazlo de aquellos que tienen más poder que tú, no de los que no.  

Escuchó como nombraba a Katerina Howland y Christopher Höhner y frunció el ceño, nostálgico y empático por descubrir, años después, cómo habían terminado sus vidas. Habían sido sus profesores en primer año, ella de Astronomía y él de Defensa contra las Artes Oscuras. Jamás se imaginó que ambos muriesen a mano de alguien como ella. Las buenas personas siempre morían las primeras y a manos de las peores.  

—Ojalá algún día te caiga encima todo el daño que has hecho a las personas, te lo mereces —dijo con rencor.

Entró un señor con un pergamino en la mano y Adae se limitó a permanecer en donde estaba, con el puño cerrado pues ahora tenía ahí un corte gratuito, escuchando todo lo que tenía que decir. No prestó atención hasta que después del nombre de Circe, añadió un April. ¿En serio me vas a decir que la asesina de sus madres se llamaba igual que su hermana mayor?, ¿cuántas probabilidades había para que eso pasase? Adae la miró mientras ella se quejaba y el señor la seguía leyendo lo que ponía. El niño oyó lo que decía de que podía matarlo, pero en realidad no lo escuchó como para asimilarlo. El hombre se fue y él todavía tenía la mirada fija en la asesina.

—Te llamas April.

De repente, se hundió de nuevo. Allí, sentado en el suelo como un muerto de hambre, escondió su cabeza entre sus rodillas y comenzó a llorar, llevándose sus manos a la parte  trasera de su cabeza, con intención de esconderse allí entre sus propias barreras y no salir nunca más.

—La asesina de mi familia se llama como mi hermana, esto tiene que ser una broma —musitaba aún escondido. —No solo tengo que soportarte ahora en el principio de mi fin, sino que encima cuando recuerde a mi hermana, voy a tener tu asqueroso rostro en mis recuerdos para siempre. Ahora voy a tenerte aquí, todo el rato, como si fueses una pesadilla de la que seré incapaz de deshacerme —se señaló la cabeza y la levantó para mirarla. —Circe April Masbecth, la asesina que se llama como mi hermana y asesinó al resto de mi familia. Verás como mi propia voz resuena por mi cabeza día sí y días también durante el resto de mi vida mientras me pudro en una celda hasta que me vuelva loco. —Negó con la cabeza. —¿No puedes llevarme ya al Área-M?, ¿qué hora es? Ni tú quieres estar aquí, ni yo quiero seguir viendo tu cara. Pensaba que eras una idiota como todos los demás que portan esa marca con orgullo, pero me has dejado claro que eres mucho peor que ello. Te enorgulleces de ser diferente por pensar distinto y al final eres lo peor, la gente como tú has hecho que todo esto termine así. Me das asco. Nuestra sangre no es igual, la tuya está podrida de toda la que has vertido —finalizó, con los ojos llenos de lágrimas de rabia. Ahora ENTENDÍA lo que se sentía al odiar a una persona, un sentimiento que nunca entendió porque pensó que no sería capaz de odiar a nadie. Circe APRIL Masbecth lo había conseguido, que un niño de trece años de alma inocente y que emanaba bondad cada día de su existencia, pudiese llegar a odiar a una persona.
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Circe A. Masbecth el Mar Jul 25, 2017 2:49 pm

Si lo pensaba fríamente jamás se había parado a pensar si trabajaba para el bando vencedor o si por el contrario lo hacía para el bando de los vencidos. No había elegido trabajar para los Mortífagos cuando estos consiguieron poder y se convirtieron en los nuevos líderes del Mundo Mágico, sino que sus acciones habían comenzado mucho antes de que aquella idea se gestase. Cuando Circe comenzó a trabajar para los Mortífagos apenas era una niña, algo no muy diferente a lo que era en aquellos momentos. Era una niña que no se dejaba guiar por las ideologías ajenas y que luchaba firmemente por aquello en lo que creía. Y ella no creía en  superioridad o inferioridad marcada por la sangre. Creía en superioridad o inferioridad según las acciones y decisiones que uno tomase a lo largo de su vida. Con los años había podido comprobar de primera mano que la sangre que uno porta no lo define como persona.

- ¿Cobarde? – Repitió con ironía al tiempo que elevaba una de sus cejas. - ¿Crees que trabajo para ellos desde que tenemos nuevo gobierno? Sorprendente. – Soltó una leve carcajada y negó con la cabeza. – Llevo años trabajando en la sombra. Llevamos años escondidos, siendo el bando perdedor, el bando sin poder. Pero hemos luchado y hemos conseguido vencer. ¿Sería valiente por cambiar de bando ahora que somos los que controlamos todo? Eso sería ser una cambiacapas, y a día de hoy no soy una. – Ella había comenzado como aspirante en un bando desconocido. Un bando perseguido por la justicia y al que daban caza día sí y día también. Ahora habían cambiado las cosas. – Igualmente, si fuese una cobarde, me importaría una mierda. Yo no soy ninguna leoncita que tenga que presumir de valor. Soy una serpiente, y tú un pajarito encerrado en su jaula.

Si aquel niño pensaba que con sus palabras iba a conseguir cambiar la mentalidad de Circe es que aún creía en la bondad del mundo. O era  más inocente de lo que incluso podía llegar a pensar Circe que era. Después de todo lo que había vivido y aún pensaba que tenía oportunidad de salir de ahí como si nada hubiese pasado.

- ¿Crees que fui a tu casa a matar a tu familia? Cumplía órdenes. Mi misión era traerte a ti y si tenía que acabar con ellas, lo haría. Se pusieron en medio, no es mi puto problema. Es el tuyo que por ser un niño malcriado que cree que puede tener todo lo que quiera ha matado a su familia. Si te hubieses estado quietecito, escondido en dónde diablos quieras que te escondas, ellas seguirían vivas  y tú sano y salvo. Pero no. Decidiste que tu vida era más importante que la suya. Decidiste que cinco minutos a su lado merecían más la pena que su vida. Fue tu decisión, las has matado tú aunque yo haya sido el verdugo. Así que puedes culparme si eso te hace sentir mejor, pero la culpa de su muerte es tuya y de nadie más. Tú decidiste, no yo. – Era cierto que ella trabajaba para  una causa basada en el asesinato. Era  cierto que ella había elegido matarlas y no dejarlas inconsciente. Pero si Adae hubiese estado quietecito, si no hubiese ido a ver a su familia, todavía tendría una.

Una vez el hombre se marchó de allí, Circe frunció el ceño de mala gana. Eso de tener que trasladar a aquel mocoso de un lado a otro no era plato de buen gusto para nadie. Y menos para alguien a quién le importaba bien poco dónde fuese a parar.

- Como tu hermana. Felicidades por ser tan listo y darte cuenta.

A Circe tampoco le hacía especial ilusión quedarse con Adae en aquella celda cuando el niño no paraba de decir tonterías. No iba a conseguir que se sintiese mal, pero aquella retahíla de palabrería ya comenzaba a cansar a la rubia. Cuando decidió que se había cansado de escucharle, elevó la varita haciendo que su lengua se pegase a su paladar impidiéndole seguir hablando.

- Ahora cierra el pico. Tienes una hora para pensar en lo mucho que me odias antes de que te encierre para siempre. Luego tendrás toda una vida para seguir odiándome mientras te torturan. A lo mejor tengo que ponerme celosa de alguno de los extirpadores que se ganará tu odio. – Sonrió irónicamente y salió de la celda hasta que pasó una hora.

La puerta se abrió y dos guardias pasaron al interior. Cogieron a Adae con ayuda de varios encantamientos y los tres se desaparecieron, junto con el niño, en la entrada del Área – M. Circe no había estado allí hasta el momento, por lo que miró con curiosidad todo a su alrededor.

- ¿Nombre?

- West, trece años, sangre sucia. – Se limitó a contestar uno de  los hombres tendiéndole una identificación a la mujer que se encontraba en la entrada, ataviada con una bata cubierta de sangre en la zona de  las mangas.

- Bien, ya tenemos su celda preparada. Mi compañero les indicará dónde deben firmar la entrega. – Miró a Adae y se colocó en cuclillas. – Hola Adae, tú y yo seremos grandes amigos. – Dijo la mujer antes de  que los guardias lo llevasen al interior del Área M, mientras Circe terminaba de cumplimentar todo el papelo.
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Adae West el Jue Jul 27, 2017 2:21 am

Como era de esperar, por mucho que Adae soltara prenda de todo lo que pensaba de aquella asquerosa slytherin, ahora mismo no tenía nada que decir, mucho menos de refutar. Él hablaba desde la desesperación y desde la ignorancia y no era nadie para juzgar a una persona a la que evidentemente no conocía de nada. Lo único que conocía de ella posiblemente fuese lo peor, lo más ruin; aquello que hace que una persona se convierta en un monstruo. Pero está claro que no sabe ni de donde vino, ni a dónde irá. Lo único que estaba claro en aquel momento era en dónde terminaría Adae.

No pudo responderle nada, ya que las palabras de la chica le dejaron absolutamente callado, portando en su rostro un gesto de puro odio y resignación. Lo peor de  todo no era eso. Lo peor es que él era un niño débil, ahora más que nunca. Jamás había sido una persona que pudiese enfrentar las cosas por sí solo y siempre solía tener una actitud que se dejaba condicionar por las multitudes. Aún era pequeño; inmaduro. Él no sabía muchas cosas y eso le hacía ser una persona débil, inocente y que se corrompía fácilmente. Por eso, cuando Circe le repetía una y otra vez que había sido su culpa, con esa seriedad incuestionable, por mucho que él se auto-convenciera de que no había sido culpa de él, no era suficiente. Las últimas palabras de su madre no sirvieron para nada porque había sido él quién la había acompañado hasta su último segundo de vida; había sido él el portador de la muerte de su familia.

—No es verdad, estás mintiendo. Es tu culpa... —consiguió decir con tristeza y miedo. No quería creer que había sido su culpa.

Le mandó a callar y no tardó demasiado en irse de allí tras unas últimas palabras. Él, por su parte, se limitó a apoyarse en la pared que tenía detrás y dejarse caer hacia un lado hasta quedarse hecho un ovillo en aquel suelo. Llorar se había vuelto común. Cuando estaba en soledad sólo le aparecían unos recuerdos en la cabeza; memorias que parecían que no iban a desaparecer jamás.

**

Una hora después se encontraba en el Área-M, acompañado de Circe April Masbecth y otros dos guardias que habían conseguido sacarle de aquella celda gracias a la ayuda de la magia. Estaba amordazado para que no pudiese gritar pero la extirpadora que se acuclilló delante de él le quitó la prenda que tenía en la boca para decirle esas frases tan irónicas y cargadas de doble significado. Adae la escupió sin pensárselo dos veces, ¿acaso, llegado este momento, tenía algo que perder? Su vida ya estaba en juego.  

—Me cago en la put... —dijo la extirpadora, pegándole un fuerte bofetón al niño por esa insolencia.

La cara de Adae se giró del golpe y la mirada del niño se posó, por última vez, en la de Circe, la cual parecía estar firmando algo. La miró con una mirada cargada de odio, un odio propio de alguien que quiere venganza y aún no es capaz de asimilarlo. Ahora que estaba allí y podía ver en los ojos de aquellos médicos la locura que los recorría, era verdaderamente consciente de lo mucho que le había arruinado la vida una persona como Circe.

Los guardias rápidamente lo cogieron y comenzaron a tirar de él por un pasillo, en dirección a las celdas.

—¡TE ODIO! —gritó en medio del pasillo lo suficientemente alto para que lo escuchase. —¡Ojalá te mueras! ¡TE ODIO! —Y continuó gritando hasta que el eco de los pasillos hacían que no llegase el sonido hasta la recepción.

No paró de forcejear hasta que llegó a su celda, oscura y sucia. Cuando le soltaron y le cerraron la puerta, se sintió como un mísero punto en mitad líneas perpendiculares que se cruzan entre sí, no encajaba en ninguna parte, como un asíntota que no encontraría nunca una salida a su desgracia; perdido en un mar de dudas, oscuridad y sufrimiento. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que aquello era lo que se había ganado con sus estúpidas decisiones, aquello era la consecuencia de sus tonterías y... y... Circe tenía razón. Había sido todo culpa de él. La muerte de su hermana, la muerte de su familia... todo había sido culpa de él, de su debilidad y sus niñerías inmaduras incapaces de comportarse como un hombre. Las rodillas perdieron fuerzas y chocaron contra el suelo, haciendo que todo su cuerpo cayese lentamente hasta quedarse tirado en medio de aquella habitación. Como he dicho, llorar ya no era una opción. Llorar era su única manera de seguir sintiendo que estaba ahí y no se había convertido en una piedra que ni siente ni padece. Llorar era el único mecanismo que tenía para enfrentar los recuerdos. Llorar le cansaba y hacía que pudiese dormir más tiempo y pensar menos. Al final... llorar era la única salida a su sufrimiento ahora mismo.
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