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Érase una vez en un Starbucks | Blaz Schnitzler

Josephine Austen el Miér Jun 21, 2017 9:20 pm

La paranoia le carcomía los pensamientos. Desde que se levantaba hasta la hora de tener un sueño agitado, Josephine se sentía perseguida por todos lados, como si los ojos de todos los Minions de Voldemort estuviesen tras ella. Porque sí, para no tenerle miedo había imaginado al Señor Oscuro como Gru y a cada uno de sus seguidores como Minions que pululaban a su alrededor aceptando las órdenes con asentimientos de cabezas y moviendo las varitas como si fuese mopas sin mucho jabón. Ese absurdo pensamiento le permitía quedarse dormida por las noches aún con todo el mundo mágico cayéndose encima, haciéndole sonreír enredada en las sábanas de su cama y queriendo pensar que aún había un lugar donde se sentía segura. No quería perder eso. No quería que hasta su imaginación desapareciera por obra de un ser tan malvado como el Señor Oscuro.

La noche anterior no había dormido del todo bien. Se despertaba a saltos frente al menor ruido y siempre tenía la varita bajo la almohada. No sabía porqué, pero en el último tiempo se le venía mucho a la mente la muerte de su madre y de Heartcliff. Recordaba con tanto detalle la escena donde su madre había caído ya sin respirar,  y cómo luego ella había golpeado con toda su fuerza la botella de vidrio contra su padrastro. En ese rememorar el golpe era limpio y encantador, y el vidrio se hacía trisas contra su cabeza antes de verlo perder el equilibrio. Sus ojos enormes se habían quedado mirando el cuerpo de Heartcliff en el suelo y la sangre roja que manchaba la alfombra expandiéndose por el resto de la pequeña cocina. Sin embargo, no era capaz de recordar la sangre que salía del cuerpo de su madre. Aunque la había tocado, no era capaz de recordarla ni volver a sentir su calidez. Los ojos de su madre habían quedado abiertos tras el disparo, pero ella los veía cerrados en su mente, pacíficos, casi como si estuviese durmiendo. No podía vivir con la idea de su madre aterrada por dejarla a solas con ese depredador. Y menos aún quería pensar en la posibilidad de que su madre hubiese escuchado la forma en que se había defendido.

Fue la alarma de su móvil la que la obligó a salirse de la cama. Pronto tendría que dejar ese departamento mohoso, pero no sabría hacia donde iría. Tenía ahorros, pero no podía sacarlos de Gringotts, y con su trabajo de camarera muggle no había mucho que pudiese hacer. Existía la posibilidad de vivir como muggle el resto de sus días. Irse quizás a una casa en un pueblo pequeño y comenzar desde cero. Inventarse un pasado divertido y guardar la varita en lo más profundo de su cajón. Pero eso no era lo que quería. Ya había experimentado un año sin magia cuando estuvo viviendo en Francia. Recordaba la quietud que implicaba, la esclavitud a una vida sin el talento que corría por sus venas. Se había prometido a sí misma que no volvería a vivir con miedo de ser atrapada haciendo fluir su magia; y sin embargo, ahí estaba, escondida en el desván que a penas podía pagarse, escuchando el sonido de los automóviles en la mañana, y viviendo con temor de poder ser encontrada. No valía la pena vivir así.

Tomó una ducha rápida y se vistió. El calor de verano entró a raudales al abrir su ventana y se cubrió sus piernas con un short deportivo y una camiseta sin mangas. Sobre ella se puso una camisa delgada y en su manga escondió la varita. No saldría a ningún lugar sin ella, menos cuando no se sabía qué esperar.

Salió por las calles de Londres hacia el trabajo que le había dado qué comer durante el último tiempo. Se demoraba unos veinte minutos caminando y, aún con el verano a cuestas, a esa hora no hacía tanto calor. Los turistas todavía no acaparaban las avenidas, pero eso no significaba que no hubiese gente caminando. Eso era lo bueno de trabajar en ese sitio de la ciudad: era un maravilloso lugar para camuflarse.

- ¡Hey, Jo!- saludó desde la barra Nick, uno de sus compañeros de trabajo en ese Starbucks que quedaba en tan aclamada esquina. Josephine le sonrió y se amarró el cabello oscuro en una coleta alta antes de ponerse el delantal que sacó de un cajón-. ¿Qué tal el cierre, Nick? ¿Llegó la crema?- le preguntó Jo tomando un trapo y sacando brillo a la cafetera que ya estaba caliente con el café listo para hacerse-. Sí, todo en orden, recibí el despacho hace media hora- respondió Nick saliendo de la barra y dirigiéndose a cambiar el letrero de cerrado por el de abierto. Bastó eso para que la gente iniciase su entrada y salida de ahí, preguntando por el café del día y pidiendo las extravagantes preparaciones que Jo y Nick hacían con prestancia.

Sería ya cerca del final de su turno cuando salió de la barra para limpiar unas mesas con vasos vacíos. A un lado se encontró con una billetera que se le había quedado a un consumidor, y al abrirla buscó algún documento que dijese de quién se trataba. La foto de un joven despeinado le recordó a un chico que había pedido un caramel macchiato. Lo había visto salir hace sólo un minuto de ahí. Si tenía suerte no debía estar a más de una cuadra.

- ¡Nick, se le quedó ésto a un cliente! Voy y vuelvo- avisó corriendo hacia la salida del café con el delantal todavía puesto y la billetera en la mano. Sus ojos salieron a la brillante luz del sol y llevó una de sus manos a su frente intentando buscar la cabellera azul de ese chico que se extraviaba entre la muchedumbre. Creyó ver frente a una vitrina de una tienda de música el mismo corte de cabello y el mismo color, y cuando se disponía a gritar para detenerlo, chocó con un cuerpo y con un hombre, que por el impacto le hizo saltar hacia atrás y sintió cómo su varita saltaba de su manga, rebotando en la acera de ese paseo peatonal entre decenas de pies que podían pisarla-. Mierda- masculló agachándose para atraparla antes de que se le perdiera de vista.
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Blaz Schnitzler el Lun Jun 26, 2017 6:34 am

Rabia, frustración, impotencia. Blaz no podía descifrar qué sentimiento ganaba la partida en el revueltijo que tenía en su interior, pero sí sabía que entre medio de todo se encontraba la preocupación. Preocupación por aquella cabellera morena que ahora yacía dormida entre sus brazos. Ya no recordaba la última vez que había compartido cama con su pequeña hija y aunque la sensación era agradable, la razón no lo era en lo absoluto. Apretó su mandíbula en vez de soltar su décimo suspiro y, en contra de su voluntad, se separó de la única luz que lo mantenía con vida, para poder comenzar con su rutina diaria.

La ducha no le ayudó a quitar la imagen de su esposa tirada en el suelo, inerte,  pero si fue suficiente para que la calma volviera a ser parte de su esencia. Habían días en los que era imposible observar en él al hombre mesurado y preocupado por cada detalle, sin embargo intentaba poco a poco volver a aquel equilibrio que tanto necesitaba; no por él, sino por aquella pequeña de diez años que no sólo había perdido a su madre, sino que además estaba descubriendo un mundo totalmente nuevo y extraño. Suerte tenía el auror de que no se hubiese vuelto loca en el proceso. De haber sabido que las cosas acabarían de la forma en la que lo habían hecho, jamás habría privado a su hija de aquella parte tan importante de su vida. Había sido un idiota y un iluso al creer que podía ser parte de ambos mundos de forma separada. No se podía y había aprendido aquella lección de la peor forma posible.

Para cuanto terminó de vestirse, su princesa seguía durmiendo. Verla tan tranquila le ayudaba a sobrellevar las cosas de mejor forma. Sabía que lloraba, era una niña en duelo, por supuesto que tenía que desahogarse; pero era tan madura para su edad que no se permitía llorar frente a su padre, ni mucho menos demostrar debilidad. Habían días en los que Blaz se preguntaba qué había hecho para merecer semejante hija. A pesar de no poseer los mismos genes, ni siquiera en una mínima parte, la pequeña tenía cualidades que le hacían dudar de su vida íntima: era fácil creer que él era su padre en todos los aspectos de la palabra. Fue ella la que le enseñó la verdadera importancia de la crianza y lo mucho que una persona puede parecerse  a otra sin necesidad de tener el mismo ADN corriendo por sus venas.

—¿Te despedirás de ella hoy?

Una voz a su espalda lo sacó de sus pensamientos mientras se servía un poco de café, en la cocina del cuartel de la Orden. Dejó que el líquido continuara descendiendo por su garganta, sin inmutarse por el poco respeto  a su privacidad –sabiendo que eso era imposible en el lugar en el cual se encontraban–; y giró su cuerpo lentamente para encontrarse con una compañera y vieja amiga. No respondió de inmediato, sabiendo exactamente que aquello no era una pregunta sino más bien un reproche, y se permitió beber un poco más de café antes de amargar su mañana. Entrar a una discusión no estaba en sus planes.

—No quiero despertarla y tengo que irme.

—Tienes que estar con ella, Blaz.

Y ahí iban de nuevo. Sabía que la rubia tenía razón, todo aquel que se pusiera a analizar un poco la situación llegaría a la misma conclusión; pero Blaz no podía pensar en ello. Él también estaba de luto, él también tenía que lidiar con sus propios fantasmas, él también estaba en proceso de adaptación. E intentaba obrar de la mejor forma posible.

—Tengo que asegurarme de que tenga un futuro, una educación. Una vida. Eso es lo que tengo que hacer.
—Blaz…
—Me voy. Gracias por arruinarme el café.

No fueron necesarias más palabras por parte de ninguno, por lo que el hombre salió del cuarto en completo silencio. Y ahí estaba ese cambio que tanto le costaba procesar. En una situación normal él jamás se hubiese atrevido a responder de aquella forma a una amiga de tantos años, a nadie en realidad. El pelirrojo solía ser caballero, respetuoso, amable. Serio y directo, sí, pero nunca agresivo o desubicado. Su lengua parecía ser indomable últimamente.

Dejó atrás el cuartel por un par de horas, regresando con un par de fugitivos más; y así se mantuvo gran parte del día junto a un pequeño grupo de recolectores que salían cada cierto tiempo, cuando había luz verde y no era tan arriesgado dejar el cuartel. Por fortuna ningún enfrentamiento se había llevado a cabo, algo que era digno de alabar considerando los eventos recientes, por lo que –después de mucho tiempo– se decidió por dar un paseo en el mundo muggle. Su idea no era buscar problemas, ni hacerse el valiente; lo único que quería era pensar. Pensar en lo que iba a hacer, en lo que estaba haciendo y en lo que había o no hecho.  Y, para ello, necesitaba un café. Un  buen café.

Cuando Ella estaba viva, nada era mejor para Blaz que un capuccino de Starbucks. Ese café parecía ser especial en más sentidos de los que incluso el auror podía darse cuenta, por lo que sus pies de forma instantánea lo guiaron hacia el más conocido que había en Londres. Casi doto el camino lo recorrió por completa inercia, sin embargo volvió en sí cuando faltaban unas pocas cuadras para llegar a su destino y no porque hubiese querido, sino porque su mente y cuerpo estaban tan acostumbrados a percatarse de lo que pasaba a su alrededor –gracias a su trabajo- que lo obligaron a permanecer alerta. Lo estaban siguiendo.

Disminuyó el paso, como si así quisiera darle tiempo al hombre a que lo atacara antes de llegar a un lugar más concurrido, sabiendo que no podía cambiar de rumbo sin advertir que se había percatado de la presencia ajena; no obstante algo que no estaba en sus planes aconteció y, por primera vez en su vida, estuvo a punto de maldecir en plena calle para demostrar su enojo. Y lo hubiese hecho si no fuera por el pedazo de madera que cayó de la manga de la muchacha provocando que su mente de inmediato se preocupara de lo importante. Atrás quedó el hecho de que la morena, cuyos ojos aún no había visto, hubiese impactado contra él por no percatarse hacia dónde se dirigía; en aquel momento sólo podía pensar en que se trataba de una bruja con un delantal de Starbucks colgando del cuello. Sí, mierda. Y más mierda.

—Camina —
fue todo lo que dijo mientras se agachaba al lado de ella para tomarla del brazo y obligarla a mover las piernas, aunque no antes de asegurarse de que ella recuperara su varita. El que hubiera tanta gente en esa calle los ayudaba a camuflarse, pero no sería así por mucho tiempo. Y Blaz, mejor que nadie, sabía que la persona que lo estaba siguiendo no esperaría a que estuvieran en un lugar menos concurrido para comenzar a atacarlos. —Camina y no te detengas —volvió a demandar, avanzando con rapidez junto con la multitud, sacando parte de su varita de forma disimulada de la manga de su chaqueta para estar preparado en caso de que no tuviera más opción que defenderse.

Una persona normal hubiese dado una explicación mientras arrastraba a la mujer por aquel paseo peatonal hacia un callejón solitario, sin embargo Blaz no tenía tiempo para gastar saliva. Necesitaba sacarla de allí y necesitaba hacerlo rápido por el bien de todos aquellos inocentes que caminaban sin saber en el peligro en el cual se encontraban. La desconocida y él tenían la magia de su lado, ¿qué tenían ellos? Nada. Absolutamente nada. Sí, mil veces mierda.
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Josephine Austen el Miér Jun 28, 2017 8:56 pm

Nunca antes Josephine había visto su varita saltar de su manga como en ese momento. ¡Y vaya qué mal momento! Si no fuese porque se jactaba de tener buena vista quizás no habría sido capaz de verla saltar por los aires y rebotar a sólo unos metros de ella entre todos los pies de los transeúntes caminantes. Pero sus ojos no habían dejado de seguir el trayecto de su varita - la misma que había comprado con su madre hace dieciséis años atrás- y que esta vez se deslizaba por la acera peligrando a ser pisada por cualquier muggle que ahí caminaba.  Y perder su varita sería catastrófico... ¿cómo podría comprar una nueva si entrar a Diagon Alley estaba prohibido?.

Todos esos pensamientos corrieron por su cabeza de manera vertiginosa mientras se agachaba en medio de todo el tumulto y sus dedos rozaban esa varita de madera de cerezo que quería escaparse de su mano. Un movimiento certero, quizás inclusive una necesidad de atraerla, cuando su mano la había agarrado y sentía, a su vez, como ella era agarrada por alguien. La fuerza de una mano obligándola a ponerse de pie le hizo percibir ese miedo con el cual había soñado decenas de veces desde que Hogwarts fuese atacado y ella tuviese que escapar aquella noche de Diciembre. Una voz masculina, profunda, le ordenó que caminase sin llegar a aminorar el ritmo, y su agarre era tan exigente que Josephine no pudo más que caminar antes de ladear su rostro y encontrarse con un hombre pelirrojo de elegante perfil, quien iba mirando al frente como sabiendo que si miraba hacia atrás se encontraría con algo que no quería ver (o que no quería que lo viese). Pero a primera vista no parecía un mago. No, no lo parecía porque su ropa no tenía nada de extravagante ni mal puesto. Los ojos de la castaña se dirigieron a su ropa que parecía sacada de una vitrina de GAP que había a unas cuadras de esa misma calle, y en él había buen gusto y el aroma de un aftershave que se le hacía conocido, como si lo hubiese sentido alguna vez en Diagon Alley.

- ¿Nos siguen, verdad?- cuestionó entonces cuando por el rabillo de su ojo pudo ver a un hombre alto y pálido cuyo sombrero parecía de cottillón de cumpleaños y no uno que alguna persona real usaría por la calle un día de verano. La tensión en su espalda fue mayor y se preguntó si el hombre que caminaba a su lado era amigo o enemigo en esa guerra a ciegas que tantos estaban peleando. Se le olvidó para entonces la billetera del cliente que estaba guardada en su bolsillo. Y su mano agarró con firmeza esta vez la varita que ya no escondía como un arma silenciosa, sino una que estaba lista para atacar si era necesario a medida que el tumulto de personas se iba disgregando y que pronto salían de la parte menos comercial de ese barrio, dirigiéndose donde habían casas, pequeñas tiendas locales y finalmente una plaza donde los niños de la zona iban a jugar.

Pero el camino habitual fue truncado cuando el hombre giró en un movimiento rápido y juntos entraron a un callejón sin salida que servía para esconder unos oxidados tachos de basura que expendían aquel nauseabundo aroma que la basura podrida suele emanar.

- ¡Expulso!- exclamó entonces una figura cuya cabeza era adornada por un sombrero chillón que se asomó al callejón y que lanzó dicho hechizo a Jo, de quien sólo pretendía deshacerse mientras observaba al pelirrojo con una sonrisa divertida en los labios. Pero Josephine alcanzó a gritar un-. ¡Protego!- antes de que el hechizo le impactase, sin parecer del todo asombrada por su velocidad al defenderse. El peligro y la adrenalina agudizaba los sentidos, y ella lo había venido venir por ese sombrero que tan ridículo se veía en la cabeza del brujo. Beneficios de reconocer el mal gusto mágico cuando se veía.

- Uy, así que te encontraste una compañera de juego- dijo divertido el hombre de ojos claros y pálida piel. Bajo aquel sombrero una camisa con palmeras le hacía ver como un borracho cuya ropa de segunda mano todavía expelía a cerveza. Josephine pudo notar la tensión del hombre que la acompañaba. Se comenzaba a dar cuenta que quizás él era el ratón y el del sombrero absurdo el gato de esta historia. ¿Sería hijo de muggles? Quizás. O tal vez era un traidor, como se denominaba a esos magos y brujas que defendían la inclusión de los hijos de muggle a la sociedad mágica.

- Y una que sabe pelear- aseguró Josephine alzando su varita a modo desafiante. No es que fuese una experta en duelos, para nada, pero si tenía que defenderse lo haría. El mundo no estaba como para acobardarse, menos y cuando tantas personas eran injustamente castigadas. La faltaba algo de técnica, y definitivamente estaba media oxidada en esos hechizos que una bibliotecaria no necesitaba utilizar; sin embargo, los últimos meses había estado practicando por si los requería, presa de la paranoia en la cual el mundo mágico se había convertido-. Ya veremos, bonita, ya lo veremos...- respondió el rubio con una sonrisa perversa en sus labios. Sus dedos se elevaron en el aire y los movió realizando un sonido ante el cual dos figuras más emergieron a su lado. Pero esta vez las figuras no llevaban sombreros ridículos ni sonrisas divertidas. Los ojos de un hombre y de una mujer, ambos de miradas oscuras y cabello castaño, los observaron asintiendo con la cabeza. Se veían satisfechos con lo que había frente a ellos y la codicia se leía en esos ojos brillosos que estaban enfocados en el mago que había en el centro del callejón.

- Por fin te encontramos...- dijo ella mirando al hombre pelirrojo sin llegar a esbozar una sonrisa. Y por lo que Jo pudo apreciar los tres lo buscaban a él. Y ellos dos estaban acorralados.
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