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[FB] En algún lugar de África [Priv.]

Niara Soyinka el Dom Jun 25, 2017 12:35 pm

ÁFRICA
living among lions
África no es un país, y la comunidad mágica africana será, como mínimo, un enigma de etnias y culturas para otras regiones mágicas del mundo, que no pueden entender cómo pueden convivir y expresarse tantas voces tan distintas, con modos de hacer y pensar sumamente particulares, que van apareciendo a medida que uno se va a adentrando o saliendo de, esta o tal porción del continente. Hay muchas otras escuelas además de Uagadou, aunque esta sea la única que tenga fama internacional. No es, sin embargo, la única que ha pasado la prueba del tiempo. Acerca de eso, pregúntale a cualquier mago local. Descubrirás que hay una escuela que todos temen nombrar, pero esa ya es otra historia.

¿Qué decir sobre la magia? Si eres un “mago de varita”, ya verás cómo se mofan de ti. Especialmente en esas tribus en las que una varita es como tener una verruga que habla y suelta groserías, algo que puede resultar gracioso e irritante para los que quieran intercambiar palabra contigo—y no con tu verruga—. En otras palabras, hay lugares en los que usar la varita está muy mal visto. No verás, por ejemplo, al miembro de una tribu ortodoxa blandiendo un palito que escupa humo y colores, ¡y ojo con usarlas contra ellos! Además, no todas las experiencias con magos extranjeros han sido de buenas relaciones, por lo que sacar la varita puede ser a veces un símbolo de ofensa muy grave.  

Hay tribus de magos que declararon su firme decisión de mantener sus costumbres y tradiciones, negándose a integrar el “nuevo mundo” que se construía a sí mismo por fuera de los límites de sus terrenos inmarcables, y por ende, se manejan a su ritmo, libres pero también amenazados, como cualquiera, sin pensar por un momento que sus vidas son mejores o peores que la del resto del mundo. Las hay muy cerradas y las hay más abiertas a la influencia de terceros, pero cada una tiene una magia y estilo de vida que les son propios, y que a veces, otros envidian.

Los Malí, Mali-kán o Malinka, son una de esas tribus, separadas del resto. Es una comunidad asentada en algún punto de los terrenos boscosos e inmarcables de la áfrica occidental, al límite de Burkina Faso. Es imposible para los muggles ubicar la zona en el mapa, y a veces hasta para algunos magos, a menos que sepas cómo llegar —no es de extrañar que África oculte muchos secretos—.

A pesar de ser de costumbres cerradas, los Malinka reciben bien a los forasteros. Y que los hay, los hay, porque siempre circula por ahí una expedición de magos viajeros, atravesando el continente en toda su extensión, descubriendo su fauna y ecosistemas, su color y su gente y sus ciudades. Hay criaturas mágicas que sólo encontrarás en África y ruinas malditas que ningún muggle llegaría a imaginar. Aventureros, fotógrafos, rompedores de maldiciones, historiados de la magia, prófugos, periodistas con difusión de alcance internacional, dedicados a la magiarqueología, saqueadores de tumbas, trujanes del mercadillo ilegal, locos con una vaca como camello, viajeros en plena odisea existencial, de todo te puedes encontrar en un viaje por África. Los sanadores del “Comité de Sanación y Catástrofes Terribles”, eslabón dependiente de la Confederación Internacional de Magos, incluso utilizan una caravana como vehículo, ya que funciona a modo de camuflaje anti-muggle. Ofrecen sus servicios y sirven como socorristas en todo el mundo, y no siempre viajan solos, ya que a veces otros viajeros —periodistas de guerra, especialmente— se aprovechan de las comodidades de una caravana mágica como transporte. Por eso dirán que “haciendo dedo” puede llegarse a cualquier parte. Tendrás suerte si te cruzas unas de estas caravanas en tus viajes, pero no todas las posibilidades están exentas de peligro. Cuídate, porque hay muchos secretos en África. Y porque esconde una magia muy antigua, que intriga y atemoriza, que a muchos conquista y a pocos perdona la vida.





La lluvia caía en picada sobre las luces y los rascacielos de la ciudad de Nairobi. El tráfico era un gruñido salvaje de bocinas y los matatu se abrían paso con todo el color de sus grafitis bajo un cielo que comenzaba a oscurecerse. Del mismo modo, briosa y dispuesta a llevarse por delante al primer desprevenido, Niara Soyinka apretaba el paso entre una muchedumbre de muggles muy ocupados con sus smartphones o en evitar que se arruinaran sus zapatos.

La maga pasaba por delante locales y rótulos publicitarios que eran parte de otro mundo, otro distinto al que ella pertenecía. Se cubría del agua llevando un abrigo por encima de su cabeza a modo de paraguas improvisado, y en más de una ocasión un transeúnte le lanzó un que otro improperio por no fijarse por dónde iba, sin que eso la detuviera. Hasta que finalmente se coló por la puerta de un local, haciendo que sonara la campanilla. Ningún muggle pareció reparar en que aquella apresurada muchacha había desaparecido por debajo de sus narices.  



En algún lugar de África, próximos a las Ruinas Pedregosas.  


Una vez fuera, tocada por el sol abrasador del trópico, Niara no tuvo tiempo a respirar el repentino cambio de aires porque, en su apuro y falta de previsión—moraleja, siempre hay que ser cauto cuando se cruza un portal mágico—, se estampó a lo bruto contra una superficie dura que no supo identificar hasta que, con la nariz chorreando sangre y el culo en el polvo, se dio cuenta de que había ido a estrolarse contra la puerta de una caravana.

Para empezar, no se suponía que eso estuviera allí. Atando cabos, llegó a la conclusión de que debía tratarse de una caravana de magos. No era de extrañar que los Malinka le dieran la bienvenida a los extraños dentro de los límites de sus tierras inmarcables. Especialmente si eran sanadores, luego de haber sido atacados por una epidemia que había afectado a varios de los integrantes de la tribu tiempo atrás y que todavía tenía consecuencias en la salud de algunos de ellos. El brujo de las curaciones había sido alcanzado por la desgracia y a pesar de que se resistía a morir, parecía que los abandonaría para siempre, a los sanos y a los enfermos.

Se decía que el brote se debió al “aliento del Nundu” que, de no ser porque había viajado kilómetros y kilómetros de distancia a través del viento, los hubiera matado al instante. Sin embargo, algunos de los más ancianos, sostenían que aquel terrible mal fue la maldición de las viejas ruinas que rodeaban el asentamiento. Las ruinas eran un tema tabú para ellos y los mayores nunca se acercaban demasiado, aunque los niños más intrépidos solían competir entre ellos con retos de valor para ver quién se atrevía a llegar más cerca. Y por supuesto, no podían evitar que otros se adentraran en sus pasadizos subterráneos buscando ser asesinados por una maldición.

Niara se puso en pie, toda ella mojada hasta los zapatos sin que hubiera alrededor una sola pista del porqué. Ese incidente no hacía más que resumir su día. Para imaginárselo, sólo hacía falta que ella repasara en su cabeza los detalles de ese nuevo trabajo que tenía entre manos: iba camino a una exploración arqueológica con un primo purista que la odiaba por ser la hija de una squib, todo porque el tío Merkel pensó que sería buena idea “hacer las paces” como si se tratara de dos niños testarudos peleando por caramelos y no dos adultos ideológicamente enfrentados por años. ¿Y qué más? ¡Oh, claro! Había tenido una estúpida discusión con su novio que la tenía de mal humor. Su día era tan negro como las nubes sobre Nairobi. Pero allí, el sol brillaba con descaro por encima de su cabeza a pesar de sus preocupaciones. Sin embargo, puede que no fuera ella la única que tenía un día complicado después de todo.  




Última edición por Niara Soyinka el Dom Jul 02, 2017 4:10 pm, editado 2 veces
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Laith Gauthier el Lun Jun 26, 2017 5:04 am

Las calles de Francia habían sido un laberinto que ayudaba terapéuticamente a un canadiense a perderse del mundo a su alrededor. Desde que pisó el suelo francés se había embarcado en un trayecto sin fin de autoayuda y superación personal, había comenzado entrando uno a uno en cursos de meses de duración que lo capacitaban en medicina nomaj. Al final, desde antes del amanecer hasta la media noche tenía cosas que hacer, quería juntar todas las armas y recursos que lo ayudaran a su siguiente trabajo. Además, quería estar constantemente ocupado, que su mente no parase quieta ni un solo instante. Por ello, nada más terminó la primera ronda de agobiantes cursos, se enlistó a un viaje de su rama.

Había sido invitado a una expedición en la que ayudarían y al mismo tiempo investigarían una tribu en África que estaba siendo azotada por una enfermedad que acababa con sus pobladores. Quería abrirse nuevos horizontes, estar preparado para todo, quería ser el mejor sanador que el mundo hubiese visto, era su mayor motivación. El calor azotaba y el sol no tenía piedad para la gente bajo su luz; Laith se había alejado de la caravana para fumar y pensar un poco en sus propios asuntos, sentándose bajo uno de esos escasos árboles que había.

Laith llevaba la pena en el alma, pero no dejaba que le contagiase la sonrisa. Deseaba seguir siendo ese joven que podía encender el mundo en fuego, que incluso cuando intentaban apagarlo las llamas se volvían más grandes. Su alma tenía una pasión tan ardiente como el sol en el cielo. En esos momentos, sin embargo, todavía estaba herido, cada vez que su mirada paraba quieta un nombre y un rostro se le venían a la mente y los ojos verdes se humedecían. Quería dejar aquella estúpida debilidad atrás, no quería caer, no iban a apagarlo ni siquiera los malos recuerdos.

Ese día, sin embargo, no sería el día. Era difícil respirar y no precisamente por el calor ni por el humo de tabaco que entraba y salía de sus pulmones, dañándolos e introduciendo químicos a su cuerpo. Así se sentía desde ese día en que le habían arrebatado un sueño que acabaría por fortalecerlo. Por ello quería refugiarse en la humanidad, era probablemente lo que más amaba en todo el mundo, él era humano antes que cualquier otra cosa, un altruista que no pensaba dos veces antes de estirar su mano para tendérsela a alguien.

Tiró y pisó la colilla, negó con la cabeza. — Reacciona, tienes cosas que hacer —se dijo a sí mismo en francés, su acento era de Canadá aunque sabía imitar bien el acento parisino. Se chasqueó los dedos a sí mismo cerca del rostro como si intentase sacarse a sí mismo de un estado de trance, pasándose los dedos por los ojos para secarlos y volver a la caravana. Al hacerlo, se encontró con una mujer, alcanzó a ver cómo se chocaba contra la puerta como lo haría un ave contra el espejo en un gran edificio, como si no lo hubiese visto en lo absoluto.

Al acercarse a paso apresurado, notó que ella estaba completamente empapada. No era necesario ser brillante para saber que había hecho aparición de un sitio con lluvia hasta ahí y, en consecuencia, se había golpeado por no creer que estarían ahí. Buscó su varita dentro de su manga derecha, llevaba una camisa de manga larga blanca para evitar quemarse demasiado, su piel era tan blanca que resultaba muy sensible a las quemaduras. Se le había olvidado hablar, muchas personas de ahí no entendían ni el inglés ni el francés, y él pocos dialectos más conocía.

Ay, cielos… Cómo decían… Hmn… —balbuceaba en parisino francés, el que usaba con sus compañeros de expedición, intentando recordar cómo indicarle que era inofensivo. Decidió hacer magia no verbal, usando aire caliente que salía de la punta de la varita para secarle las ropas. No pasaba desapercibida la herida de su nariz pero prefería que no le diese fiebre por el calor tan atroz estando mojada antes que atender una nariz rota que con dos hechizos le bastaba para curarla. Buscó con mirada a alguien que le sirviera de traductor para preguntar si estaba bien que le curase la nariz, algunos de los habitantes eran más reacios que otros a dejarse curar y no quería ofender a nadie.

La torpeza le ganó y le lanzó el hechizo que causaría un punzante dolor y la nariz la limpió con un segundo hechizo, dando un par de pasos atrás por si le reclamaba. Era un hombre de labia y si no podía comunicarse se acababa sintiendo torpe e incapaz de realizar alguna acción correcta, pues de equivocarse no tendría forma de defenderse. Se cruzó una mano por los castaños cabellos sin estar seguro de si su curación a traición sería bien recibida.
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Niara Soyinka el Dom Jul 02, 2017 4:18 am

Intentó fijarse en su rostro, en serio que lo intentó. Pero es que, tan pronto como se puso en pie, su cabeza empezó a dar vueltas. Así, era difícil centrarse o reaccionar. La visión borrosa amenazaba con ser el preludio de un colapso, y no se le antojaba muy buena idea lo de yacer panza al cielo por ahí, vaya a saber a merced de quién. Ese momento de vulnerabilidad hubiera sido más fácil de sobrellevar de no ser porque ese extraño se había aparecido de repente, algo que Niara, quien tenía preferencia a arreglar las cosas por su cuenta, consideró inoportuno. Hizo el ademán de apartarse, pero entre sus sentidos confundidos y su torpe afán en detener la hemorragia —abundante, para variar—, estaba fuera de juego.

—Estoy bien, estoy bien, de verdad—dijo, en la lengua local, tan apresuradamente que no reparó en que hubiera sido mejor hablar en inglés. ¿Es que tan difícil era darse cuenta que no era bonito que un extraño te apuntara con su varita? Vaya, había que ver… lo seca que estaba, había que reconocerle que era amable. Podía sentir el sabor acre de su sangre en la boca. Niara tenía echada la cabeza hacia atrás y con dos dedos sujetaba su nariz a modo de pinza. Estaba más preocupada sobre el qué hacer que por la persona que había por ahí. Buena suerte la suya si se topaba con un sanador, porque sus propios hechizos eran malos para esos casos. En eso andaba pensando, sí, ¡hasta que sintió esa molesta punzada!— ¡Auch!

Ese doloroso twist la puso de buen humor. Niara se llevó las manos al rostro, asombrada con que su nariz siguiera en su sitio. Lo que vio ante sí fue un hombre joven, tan apenado que hacía que ella quisiera echársele a reír en la cara. Cierto era que todavía le dolía el golpe, pero hasta su visión se había recuperado. Así que era francés, ¿verdad? Niara le tendió una media sonrisa, que en su rostro reservado se traslucía como un gesto escondido y sutil. Lo que no se le escapaba a quien la mirara a los ojos era la vivacidad insolente con que brillaba su mirada. Especialmente, cuando parecía reírse a tu costa.

—No te quedarán las orejas enteras si apuntas a los Malinka con esa varita tan despreocupadamente—señaló, en un rápido francés. A su vez, entrelazó sus manos detrás de la espalda, una postura muy común en ella cuando estaba interesada en algo. Y explicó, acentuada la sonrisa en sus labios—: A los Malinka le dan risa los magos europeos, siempre usando la varita por cualquier cosa. Piensan que es algo tonto. Imagínate a un burro dando círculos buscando su cola. Eso es en lo que piensan cuando se ríen. Pero también los ofende que los apuntes con algo que consideran vulgar. ¿No te lo ha dicho nadie? Puedo saber que eres nuevo sólo por lo torpe que eres.

El asentamiento de la tribu estaba frente a ellos, a unos pocos metros. Eran sus cuerpos pintados y adornados, nobles y fuertes entre el follaje de lo salvaje. Algunos de ellos se preocupaban tanto por embellecerse, que recolectaban materiales y tinturas naturales con los que untaban y perforaban sus cuerpos. Sin duda era una moda peculiar para el forastero. Los niños, por ejemplo, iban a todos lados con los cuerpecitos pintados, como pequeños duendes de colores. No muy lejos, un grupo de niños malinka reían a coro, acompañados por un ritmo veloz y animado. Uno de ellos daba una demostración para el resto: cada vez que aplaudía, de su boca escupía un pájaro con plumajes muy curiosos. Los demás intentaban atraparlos, pero las avecillas eran rápidas y traviesas.  

>> Si te fijas, ellos sólo usan las manos. Resulta un tanto irónico. Tú vienes porque tu magia es más avanzada, pero no sabes hacer lo que un Malinka puede hacer con sus manos—Daba la sensación de que se hallaba muy cómoda hablando, pero ni que la hubieran invitado a opinar tanto. Hizo una pausa en la que pareció examinarlo de arriba abajo, y agregó—: Yo que tú intentaría aprender de ellos. Si te acercas queriendo aprender lo que ellos pueden hacer, te mirarán diferente. Y aunque sean un poco tercos, no tienen mal corazón. Es lo que todos los nuevos tienen que pasar para congeniar con la tribu. Antes de ejercer como curador, primero tienen que aceptarte. Te necesitan, ahora que el curador de la tribu está enfermo, pero no te confiarán sus vidas porque sí. Un viejo Malinka moriría antes de ser tocado por un burro que podría ser mandinga disfrazado—Sonrió, esta vez un poco más abiertamente. Tenía una carita tan pequeña y agradable (dependiendo el día y el humor, claro), que las expresiones así de sinceras parecían ocuparle toda la cara, metafóricamente hablando— Gracias por lo de recién—Desvió la mirada hacia un lado, curiosamente esquiva de repente. Y es que, seguidamente a una expresión sincera, solía ponerse un poco tímida— Supongo que ya me voy. ¿Tu nombre?—preguntó por último, tan directa como al principio.
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Laith Gauthier el Lun Jul 03, 2017 9:48 am

Su primer pensamiento fue que la chica no hablaba ninguno de los dos idiomas que él conocía, estaba muy preocupado, sólo le confirma aquello cuando le responde en la lengua local. Decidió no pensar ni preguntar y arriesgarse a que lo quieran sacrificar por hacer la curación de su nariz a traición; la experiencia de su trabajo se limitaba a sus prácticas universitarias y al trabajo a medio tiempo como enfermero que tenía en Francia en un hospital nomaj, por lo que aún estaba verde en el arte de tratar a las personas heridas y curarlas. Los hechizos, las pociones, toda la teoría la sabía, la práctica sin embargo le quedaba aún bastante lejos de ser aplicada correctamente.

La morena, en lugar de apedrearlo para lapidarlo hasta la muerte, le sonrió. Una sonrisa breve que por poco no identifica, luego del hechizo ha bajado la varita así que ya no la tenía tendida hacia ella, lo que al menos esperaba le perdonase un poco lo amenazante del principio. Apenas estaba reintegrándose a la sociedad como un hombre de provecho, luego del desastre en que se había convertido antes, así que si no podía ser una persona normal en la civilización que él conocía, menos podría serlo en una que desconocía por completo. Ella le habló en francés, su acento fue difícil de entender y su primera oración se le escapó por completo.

Él europeo no era, de hecho era americano, aunque no la corrigió, no lo vio necesario. — ¿Un… burro buscando su cola? ¿De qué estás hablando? —sentía que se había perdido en algún punto de la conversación. Llevaba apenas un par de días en aquel sitio, así que nadie había podido decirle demasiado entre el ajetreo inicial. — Lo siento, yo no… Tía, espera, no estoy entendiendo nada, dame un respiro, a ver si he entendido, ¿usar la varita es como buscar una cola de burro? —¿era una expresión local que él de idiota no conocía? No le parecía, menos cuando la mujer le hablaba en francés por igual, volviendo así aquella conversación algo que en teoría los dos deberían entender.

Entonces miró al asentamiento; muchos hombres de la tribu pecaban por ser hermosos, pero tenía cuidado, más de uno al informar de su viaje había advertido que en algunas zonas de África era ilegal incluso ser gay, así que debía ser precavido. Además, siendo honestos, quién tendría ganas de fijarse en alguien luego de todo lo que había pasado el castaño. Notó a los niños, haciendo magia entre aquellos aplausos, y entonces entendió más o menos lo que la chica estaba intentando decirle. Por si no fuera suficientemente claro, ella se encargó de explicárselo.

Vale, de nuevo las expresiones que no entiendo —le sonrió con un deje resignado. La palabrería de la mujer lo había ayudado a sacarse de la mente lo que antes lo atormentaba. — Estoy… intentando aprender de ellos, llegué hace dos días apenas, uno ni siquiera cuenta en realidad —lo había pasado a medio morir tras una aparición internacional, así que era mejor ser realistas, él no servía ni para aparecerse en un rango de cinco metros, — no sé la lengua local así que… sólo necesito tiempo, en serio estoy intentando no ser un eso que has dicho disfrazado —que seguro que era malo por cómo lo dijo.

Tenía la verdadera intención de conocer sobre la cultura y la gente de ese lugar y ayudar en el proceso, pero era mucho pedir que se adaptara en cuestión de un día y poco más. Por lo menos ella era agradable, había algo en ella que se le antojaba de lo más divertido, quizá sus facciones que no parecían ser simétricas con su cabeza, o que lo eran tanto que se le antojaban raras. No estaba metiéndose con ella con su aspecto sino todo lo contrario. Creía que estaba jugando con él a un raro tira y afloja que apenas empezaba a entender.

No fue nada, siento… siento si te ofendí —ella no se lo expresó así, pero sí le dijo que había sido desagradable de su parte, así que imaginaba que era ofensivo. No quería quedarse sin orejas. — Ah, soy… Laith, ¿cuál es el tuyo? —su nombre a veces era raro incluso para los angloparlantes. La mezcla de “Light” y “Faith”. Creyó que debería volver con su caravana, a oír a esos pesados hablando de cosas que no entendía como si fuera un experto y mirándolo con cara de hastío cuando intentaba comprender algo que estaba fuera de su margen de conocimiento. — Ah, ¿puedo…? ¿Vas a la tribu? ¿Crees que podrías enseñarme un poco cómo sobrevivir aquí? —sí, prefería buena compañía a sentirse inferior que era de lo que venía huyendo, quizá volvería cuando volvieran a hablar en términos que comprendiese.

Seguramente ella lo rechazara, no tenía ninguna obligación de ayudarlo. Su traductor estaba ocupado con el grupo mencionado anteriormente, así que estaba un tanto por su cuenta. Por ello creyó que la negativa ya la tenía, y era mejor preguntar esperando una afirmación. Pese a todo lo que había pasado, era un hombre extrovertido, sólo había una manera de encontrar el antídoto a un veneno que lo infectaba desde dentro, y estaba dispuesto a todo por encontrarlo. Es parte de la cura el deseo de ser curado, después de todo, y él estaba cansado de convivir con su propio enemigo. Conocer gente nueva, culturas distintas, era para él una forma de valorar su existencia.
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Niara Soyinka el Lun Jul 10, 2017 7:20 am

—Soy Niara, Niara Soyinka—Alzó la mirada, escudriñando la expresión de Laith por unos segundos, vaya saber por qué. Daba la impresión de que le gustaba observar cosas en la gente y guardárselas para sí, sin considerar que podía resultar incómodo. La pregunta del sanador hizo que parpadeara. No se lo esperaba. Ladeó apenas la cabeza, curiosa y con el asomo de una sonrisa—Eres entusiasta—observó— Alguien me está esperando. Pero me encantará hacer que espere—confesó, buscando su complicidad. Y sin más preámbulos, echó a andar cuesta arriba—. Sí, tengo asuntos con los nativos. Vine para estudiar Las Ruinas, ¿sabes de lo que estoy hablando? Pero antes de ir sin más, es mejor ser educado y hablar con el jefe de la tribu. Además, están preparando una celebración para ahuyentar a los malos espíritus. Tú también deberías venir, así que mejor que te vean la cara. Tendrá lugar durante la noche, pero ya puedes sentir el movimiento, ¿ves?

Ante ellos, la vida ajetreada de los Malinka, afanados en los últimos preparativos. Los bailarines ya lucían sus vestimentas tradicionales y entre los más jóvenes, hombres y mujeres, se retaban entre ellos a consumar los giros y piruetas de una danza ancestral. Imponían tanto con su entregada actitud al entusiasmo del momento, que la música de las palmas, los tambores y otros instrumentos autóctonos rastrillaban dulcemente el deseo por debajo de la piel. Que te entraban ganas de reír y bailar con ellos, eso era.

Apartadas, pero no tanto, un grupo de mujeres se untaban aceites y pinturas en sus cuerpos, retocándose con tanto esmero que se apreciaba que verse bien era importante para ellos. No tenían el pudor convencional de cualquier calle de ciudad, y justamente por eso, ir en camisa hacía que uno se sintiera desubicado. Lo apropiado entre ellos sería exponer la piel, que aceitada lucía lustrosa al sol, y adornarla con tinturas.

La Soyinka atravesó el asentamiento de chozas de paja —daba la impresión que tenía muy claro donde iba—, y un grupo de niños curiosos los siguieron, pisándoles los talones.

—Soy un mago de Uagadou, allí también usamos varitas—soltó, luego de haberle insistido con lo burro que era por ser un ‘mago europeo’—, pero no vamos por ahí apuntando a los nativos porque sí. Me basta hacer esto—indicó, al tiempo que se llevaba una mano a la oreja y tiraba de ella. Mágicamente, el huevo que uno de los niños tendía hacia ella con sus manos abiertas, rompió cascarón y un pajarillo multicolor salió volando. Los niños rieron— para los encantamientos sencillos o cotidianos. Te tendrán confianza si les muestras que puedes hacer cosas con tus manos. A ellos les gusta compartir magia.

Una mujer malinka, grande y regordeta, algo intimidante la verdad, llamó alegremente a Niara desde el grupo de mujeres que se untaban con pinturas. Intercambiaron palabras en su dialecto. Lo que decían debía tener mucha gracia, porque miraban y señalaban a Laith sin que su opinión al respecto interesara mucho. Finalmente, la Soyinka lo hizo partícipe de la conversación:

—Dice que estás muy blanquito y te pintará si quieres. Pero ten cuidado, porque también quiere que sepas que es una amante muy apasionada y que su marido está de caza, pero le ha dado permiso para tener amantes. Tú sonríe. Le gustas. Ahora ven, encontremos la choza del jefe. Dicen que está “embrujado”. Temo que lo haya agarrado la enfermedad.  

Y es que, a pesar de esa cara felicidad que se respiraba en la comunidad, estaba la otra cara, afligida por la enfermedad que había azotado a los Malinka. Había chozas señaladas con pintura roja, que indicaba que allí había muerto una familia o que alguien luchaba por su vida. Por eso mismo era necesario ahuyentar a los malos espíritus más que nunca.


***

Minutos antes, cerca de la caravana, en una tienda improvisada.


Los Soyinka siempre merodean por allí donde hay oportunidades de dinero. Comercian con antigüedades en el mercado negro, ¿lo sabías? Son unos asaltatumbas que trabajan para el mejor postor. Hay coleccionistas de artículos de magia negra que te harían temblar con su lista de adoradas posesiones, mala cosa. Y son los Soyinka los que consiguen esos artículos para ellos. Eso no es todo, Gadul “el Buitre”, es una de las cabezas de la familia, de la rama de los puristas, que además ostenta una de las mayores colecciones privadas, según las habladurías. Aquí, en África, los Soyinka son muy bien conocidos en el negocio. Pero por supuesto que tienen una tapadera. Todas esas familias con respetables apellidos, están podridas por dentro. Al menos, ellos sacan una gran fortuna con lo que hacen.

—¿Alguien ha visto al nuevo? Oh, nevermind—El periodista observó a Laith en la distancia. Su rostro mudó en una mueca sarcástica—Está confraternizando con un Soyinka. Pensaba que era un poco nabo, pero nos ha engañado a todos. El chico sabe oler el dinero. Por eso dicen que hasta el más inocente tiene sus motivos.

—Cállate, Moebius. Tú eres el único que apostaría a su madre en un juego de naipes—Stephen Girard, sanador, estaba manipulando el mortero al aire libre. Trabajaba en pociones medicinales para rellenar el botiquín, pero tenía un oído atento a su interlocutor— ¿Has dicho Soyinka? No es raro que estén tras Las Ruinas. Los nativos han estado diciendo cosas interesantes acerca del movimiento de los astros y un tipo de mecanismo que se activa durante este calendario. Magia antigua. Los saqueadores de tumbas estarán metiendo las narices en las habladurías. Y seguro que te has llenado la panza con esa información, con tal de sacarle ventaja.

—¿Yo? Soy un periodista. Vivo de los rumores. Pero no me hago rico con ellos.

—Ya, lo que tú digas. Cuando vuelva Gauthier, hablaré con él. Pero tú, tú no volverás a entrar en mi caravana, ¿lo entiendes? No me involucraré en nada raro.

—Oh, ¿así se llama?—comentó, incapaz de fingir interés, inmerso en una actitud desenfadada— Que sensibles estamos hoy. Bueno, nunca has sido muy simpático, Stu. ¿Pero qué quieres que haga?, ¡no es mi culpa! Yo pedí ayuda a la C.S.C.T, y un niñato sin experiencia atendió mi brazo roto, ¡así que ahora no tengo huesos! Es su culpa. ¿Arrojarías a un inválido a las crueldades de la impiadosa África?                     

—Acabo de hacerlo.





¿Ábreme?:

—Stephen Girard.


• Es el líder del grupo. En el recaen las decisiones sobre medidas de acción, y tiene absoluta responsabilidad sobre sus compañeros de grupo. No es que parezca estar íntimamente de acuerdo a ese respecto, porque no le cuesta nada fingir lo poco que le importas, y que si quieres, puedes hacer lo que te plazca con tu vida, siempre y cuando no estorbes y estés preparado para las consecuencias, o no.  
• Su elocuente presentación de bienvenida para los nuevos es prácticamente la misma de siempre: “No te diré lo que tienes que hacer. No soy tu mentor, no soy tu madre, no soy tu amigo. O me sigues el ritmo, o nos demoras a todos. Si resultas un estorbo, estás fuera, ¿lo entiendes?”
• Tiene tal nivel de ojeras, que parece siempre estresado y decaído, pero eso no le impide hacer más de una tarea a la vez, y lo encontrarás siempre consumado en alguna faena. Diríase que hasta le molesta quedarse dormido. Odia que otros interrumpan o aplacen sus tareas.  
• Era tartamudo en su adolescencia. Actualmente tiene “recaídas” cuando se expresa, pero eso no lo hace tímido, y sus amenazas suenan igual de letales con o sin tartamudeo.
• Da la impresión de que odia a la gente, raramente habla con nadie a no ser para lanzar una directiva, y es un poco difícil no tomarse personal su mirada de hastío.
• Es un sanador excelente. Tiene 33 años.


—Moebius.

• Es un periodista que pidió asilo temporal en la caravana. Lo hizo con la excusa de que tenía un brazo roto y vaya a saber qué otras dolencias imaginarias. La suerte lo dio en el clavo cuando Laith, en vez de arreglarle los huesos, se los removió del todo. Ahora su brazo es una cosa laxa que necesita de una poción crece-huesos, imposible de conseguir por el momento, por lo que juega a la víctima.
• Se queja de sus dolores con Laith y está siempre molestándolo.
• Es un trujan sinvergüenza sin muchos escrúpulos. Le gusta apostar, beber y hacer negocios. Actualmente está desesperado por dinero y quiere hacer un sospechoso arreglo con Nankín Soyinka. Su objetivo es traficar ciertos objetos ilegales que se ha apoderado durante sus viajes, pero Nankín es un negociador duro de roer y la transacción no parece marchar bien, por lo que es posible verlos discutir.
• Aparentemente, está interesado en escribir un artículo sobre la situación de los Malinka. La realidad es que posee cierta información que no comparte. Algo estará tramando.
• Nadie sabe su verdadero nombre o procedencia. Pero parece que ya tenía cierto trato con Girard por habérselo cruzado con anterioridad. Lo llama “Stu” porque dice que de todos modos su nombre es feo y muy largo.


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Laith Gauthier el Mar Jul 11, 2017 4:45 am

Aquella mujer era demasiado visual, lo miraba tanto que a una persona normal podría parecerle como poco incómodo. Laith, sin embargo, era del tipo de hombres que gustaban de tener todas las miradas encima, así que tenía sencillo sentirse calmo bajo los grandes ojos de la mujer que lo escudriñaban buscando algo que no estaba seguro de si estaba encontrando. Se animó a preguntar si ella podría explicarle un poco acerca de aquel lugar, ayudarlo a sintonizar con ellos; estuvo por echarse atrás en cuanto le dijo que alguien la estaba esperando. Oír, sin embargo, que le encantaría hacerle esperar lo hizo reír.

Me encantará ayudarte a hacer que te esperen —se llevó una mano al pecho en un gesto condescendiente, cómplice de ella y su pequeña maldad. — He escuchado algo, ¿las que se supone que están malditas? —le preguntó entonces, escuchaba pequeñas partes de conversaciones en las que muy rara vez le incluían, a él y a otra chica también novata, aunque él era mucho más orgulloso y les mandaba a tomar por culo yéndose por su propio lado. — ¿Qué incluyen esas celebraciones? ¿Bailes tradicionales, sacrificios? —bromeó un poco. Sabía que en Roma uno hacía lo que hacen los romanos, pero no estaba seguro de querer presenciar un sacrificio.

Se metieron entre la tribu mientras los observaban prepararse, cómo los bailarines estaban ya preparándose para sus danzas tradicionales, cómo jóvenes practicaban, se retaban, por un segundo se recordó cuando era joven, un verano en Canadá, los retos gallardos clásicos de los jóvenes de entonces, se sonrió brevemente por ello. Supo desde ese momento que había tomado una buena decisión obedeciendo a Lindsay; ir a aquel viaje no había sido del todo idea suya, su mejor amiga había tenido una gran participación. De su mano poco a poco se iba renovando.

Ya ni siquiera pensaba en el sujeto al que hacía apenas días le había desaparecido los huesos del brazo; no era del todo su culpa. Había sido el mejor de su clase, destacaba por sus habilidades en pociones, era diestro con la magia curativa, pero sus emociones a veces lo entorpecían. Le costaba concentrarse y lo cierto es que las quejas de aquel sujeto no ayudaban en lo absoluto, los nervios de la otra chica nueva tampoco eran muy agradables y al final pasó lo inevitable. Junto con Niara y los Malinka, todo parecía quedar muy atrás y eso le resultaba catártico, mirando el asentamiento y a todas las personas que se le cruzaban, caminando al costado de la mujer, quien ahora sabía se llamaba Niara.

Miraba a su interlocutora cuando ella le hablaba, asintiendo demostrando la atención que le estaba poniendo hasta notar aquella magia sin varita que hacía como si fuera lo más normal del mundo. Él sólo había usado magia sin varita cuando era joven y tenía accidentes mágicos, así como cuando hacía magia “nomaj”, trucos visuales. Sentía que tenía un largo camino por delante para conseguir que confiaran en él, estaba casi seguro de ello, suspiró pesadamente aunque sin perder con ello el buen ánimo.

¿Cómo consigues hacer cosas con las manos? Si tiendes a usar varitas supongo que sabrás que son canalizadores, no es que nos enseñen a canalizarla sin ella —le preguntó, honestamente intrigado. Siguió con la mirada a aquella avecilla que salió volando del cascarón en las manos de un niño. Parecía ser tan razonable, pero no lo era para él. Había tanto por aprender, sólo esperaba poder llevarse muy buenas experiencias de aquel evento, esa misión del equipo que al mismo tiempo era un viaje para reencontrarse consigo mismo.

Miraba maravillado a los niños jugando, haciendo aquellos espectáculos entre ellos, notó que usaban mucho a las aves en ellos, los colores era vibrantes y le entusiasmaban, como contagiado de aquella vida tan natural. Era una atracción natural a aquella cultura, lo hacía sentir extraño tanto como le llamaba a formar parte. Reaccionó cuando notó que Niara hablaba con una mujer muy grande, era quizá diez o quince centímetros más alto que él, que no es que fuese precisamente bajo, y era tal vez el doble del volumen del musculoso muchacho. Además, parecía estar hablando de él con la mujer, completamente anonadado, al menos hasta que le explicó su acompañante qué sucedía.

Soltó una sonora carcajada en cuanto oyó que la mujer quería tenerlo como amante, aquello realmente no iba a ser. — Me encantaría que me pintase en otro momento, pero me temo que no soy lo que está buscando como amante —le sonrió a Niara para que se lo tradujera a la mujer. Es que a uno siempre le gusta que le engalanen los oídos, incluso si era una mujer, dado que él sólo aparentaba fijarse en ellas cuando sus amigas huían de un pesado que parecía respetar más a un ficticio novio que a las propias chicas.

De cualquier modo, suspiró; tenían que ver al jefe de la tribu, mirando las casas marcadas, ya había preguntado qué significaba aquello, cómo pretendían espantar a los malos espíritus. Le dolía profundamente darse cuenta de que no podía hacer nada al respecto, creía que casi lo tenía, había estado desde Paris haciendo pruebas antes de que lo llamasen a la caravana en África. Creía que podía hacer una buena poción para contrarrestar la enfermedad pero le hacía falta algo, una sola cosa bastaba. Un ingrediente que marcaba la diferencia entre desastre total y cura. Aquello aún se lo tenía muy bien guardado; aunque era un hombre de sangre liviana, era muy desconfiado y creía que podrían lucrar con aquel remedio de modo que no todos los Malinka tuvieran una dosis accesible.

Un niño se chocó por accidente con sus piernas y lo miró directamente a los ojos. El niño poseía una mirada de tantos colores que Laith no creyó humana, pero el chiquillo sólo sonrió antes de seguir corriendo alegremente, sin darle tiempo a preguntar nada. El canadiense lo siguió, habiéndose detenido antes de mirar a Niara de regreso, exhalando. Dio un par de pasos, miró en la dirección del niño y siguieron avanzando hasta las demás chozas.
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Niara Soyinka el Mar Jul 18, 2017 12:21 pm

Los niños se alejaron, persiguiendo al pajarillo que rompiera el cascarón, rápidos de pies y con sus manitas al sol. Había vida, color y ritmo en esa comitiva infantil de bienvenida, de niños tan inocentes y naturales con los extraños, como frágiles y entregados a los brazos de la muerte, ésa que rondaba, acechante, entre los nativos.

—Ese es un truco que hago con ellos cada vez que me ven. Como sacar conejos de la galera, hasta los muggles lo hacen. No es lo mismo cuando se trata de magia avanzada—dijo sencillamente, hasta que sacó a relucir lo realmente curioso del asunto—: En África no es tan extraño como lo es allí de donde vienes, especialmente de donde tú vienes—puntualizó—. En Uagadou, por ejemplo, nos enseñan a canalizar la magia a lo largo de todos nuestros años de formación. Tenemos más de una materia en la que no se nos permite usar varita. Incluso hay otras escuelas…—pero algo en sus pensamientos, como una sombra, debió molestarla, porque negó con la cabeza para sí misma, y decidió tomar una ruta distinta en la conversación, dejando su oración sin terminar en el misterio—: Claro que hay magos africanos de más talento que otros—comentó, al tiempo que revoleaba los ojos en un gesto contrariado, ya que a ella le vino a la mente el rostro de un fanfarrón en particular—. A algunos les encantaría creer que tiene que ver con la pureza de la sangre—agregó, con cierta saña. Al parecer, el tema había removido algún asunto personal y todavía latente en ella—Pero en Uagadou, no enseñan magia basándose en esas estupideces. Porque son estupideces—remarcó, atacando a Laith con una mirada evaluadora. Hubiera sido muy raro encontrarse un purista en una caravana de la CSST, pero no imposible. Además, sin ser fanáticos de la pureza de la sangre, estaban aquellos que eran demasiado tontos como para tener una opinión sensata sobre el asunto. Aunque bueno, tampoco pensaba que ese fuera el caso del sanador, era sólo que, desgraciadamente, ese día el tema tocaba su fibra sensible, por el sólo hecho de saber que su primo estaría por allí, en algún lugar, acechando igual que una enfermedad—Ojalá nunca tengas que conocer a Nankín mientras estés por aquí—soltó de repente, casi a modo de mantra, como si tratara de alejar a un espíritu malvado—Lo reconocerás cuando lo veas, porque será la persona más desagradable que te habrás cruzado jamás—sentenció, en un tono natural, pero con una evidente carga de subjetividad—Es un genio-mago de sangre pura, por lo que considera a todo el resto como inferiores. Y desafortunadamente, es la persona que me acompañará a entrar a Las Ruinas cuando sea el eclipse, ¿sabes de eso? Sí, están malditas, y son un tema tabú entre los malinka. O más bien, un tema de superstición. La celebración de esta noche es importante, pero no sólo por la enfermedad, es porque es el ritual de la luna de sangre. En el calendario malinka, esta es la noche en que los demonios salen de Las Ruinas y acechan a los vivos. Por eso, para ellos es importante mantenerlos alejados. Y hablando de andarse con cuidado…    

Si iba a decir algo, fue interrumpida por las mujeres de las tinturas, que llamaron su atención, y especialmente, debido al interés de la esposa del cazador en Laith. La respuesta del sanador la hizo reír, y como aparentemente era una mujer muy segura de sí misma, le encomendó a Niara que le transmitiera a su amigo cuál era su choza y cómo llegar, para cuando se le fuera la timidez. Cuando retomaron la marcha, Niara ya había cambiado de tema.

—El jefe se llama Tuka, y no lo he visto jamás sin su pipa. Es difícil hablar con él porque siempre lleva un collar de cabezas reducidas en el cuello, y son demasiado parlanchinas; te aviso que le gusta asustar a los recién llegados… —Niara volteó hacia atrás, extrañada de que Laith se demorara. Resultaba increíble que se diera cuenta, con lo ensimismada que iba. Le dedicó a Laith una sonrisa, con el rostro levemente inclinado hacia un lado, inquisitiva—¿Te ha pasado algo?

Encontraron al jefe Tuka fuera de su choza, sentado frente a unos leños encendidos, sobre el que hervía un caldero de barro, y en el que una pócima se cocía, burbujeando y emitiendo una humareda blanca con un dulce, dulce aroma, casi hipnótico. Era tal como Niara había dicho. Unas cabezas humanas, reducidas y disecadas, hablaban entre ellas, al menos unas cinco, colgadas sobre el pecho del jefe, quien en contrataste, no hacía más que soltar una palabra de vez en cuando, y que, sobre todo, se dedicaba a fumar su pipa. De tanto en tanto molía unos ingredientes con el mortero, pero con una parsimonia casi exasperante. Niara se dirigió a él en el dialecto, sin ahorrarse ni una palabra. El jefe, en toda respuesta, los recorrió con la mirada, primero a uno, luego al otro, y seguidamente se rio, de vaya a saber qué. A continuación, los invitó con un gesto a que se sentaran con él. Niara casi se arrojó hacia adelante cuando el jefe les pasó la pipa, y fumó sin dar explicación. Pero le dio una larga, larga calada, que hizo reír al jefe de nuevo. Pareció aliviada luego de hacerlo, y se la pasó a Laith, acompañando su ofrecimiento con una expresión muy elocuente. Entonces, Niara los presentó, pero el jefe no parecía muy interesado en intercambiar palabras. Los gestos, los silencios y las miradas le eran suficientes. Hasta que su voz borbotó de la nada, cálida y agradable, la misma que debía tener un guía a través del laberíntico mundo de los sueños. Hablaba en el dialecto, pero no hacía falta descifrar el idioma para descubrir las imágenes y sensaciones que se materializaban a través de la sugestión, como si el verbo fuera magia… ¿qué sería exactamente esa hierba que les daba a fumar?  

Hubo una civilización, mucho tiempo atrás, de brujos y brujas, que erigieron capitales y templos, que esclavizaron no-mágicos, que fueron el centro del comercio y la religión. Y de esto hace mucho, mucho, mucho tiempo. Entre las veloces imágenes de otra época, una historia intentaba ser contada. Había un sumo sacerdote, un brujo muy poderoso que pertenecía a un culto de magia arcana, y unas ruinas, un laberinto de intrincados salones, pasadizos y trampas. Había una revuelta, una persecución, “¡traidores!” gritaban, y un incendio, que lo devoraba todo y a todos en la noche negra, coronada en lo alto por una luna llena y roja como la sangre. Hasta que el relato acabó abruptamente, y a Niara le dio hipo, entre risitas, y se le dio por repetir su mantra: “Ojalá nunca tengas que conocer a Nankín… ¿te he contado que cuando éramos niños le puse el apodo de una vaca?”.

—Gauthier. Me estaba pre-pre-preguntando qué cosa ú-uu-til… estabas haciendo—Stephen había llegado hasta ellos sin ninguna risita. Enarcaba una ceja, de una forma que indicaba que claramente reprobaba ese comportamiento durante horas de trabajo. Es cierto que era tartamudo, pero podía tanto hablar fluido como no. A veces era notorio, como cuando alargaba las vocales, o se trababa con las consonantes, peor por lo demás, era bastante fácil de seguir. Otras veces, hablaba sin ninguna pega, y nunca hubieras dicho que tenía un problema de dicción. En cualquier caso, era un jefe de temer, especialmente por esas severas ojeras, que parecían ser la entrada a otro mundo—. Tengo que hablar contigo.  




¿Ábreme?:
Sobre la magia sin varita. Desde mi punto de vista, los magos africanos saben hacer muchas más cosas con las manos que lo que otros magos en el mundo están dispuestos a reconocer. Pienso que para ellos sería más común que la mayoría, pero claro que habrá quienes dominen mejor o peor este arte. Voy a retratar a la comunidad mágica africana de acuerdo a cómo veo personalmente el asunto. Pero Niara se va a limitar a magia sencilla (por obvios motivos). No va a ser el caso de Nankín, por ejemplo (al que ya conocerás). Él es tan pro, que puede hechizarte de todas las maneras con sólo chasquear los dedos (Uuuuh) —inserte carita de Niara refunfuñona aquí—.  

Sobre la pipa. No, para nada estoy dando por sentado que Laith se prende a la magia del porro (que no, que es otra cosa). Pero ya con sólo oler el humo te hace efecto... XD (no el mismo efecto que Niara fumada...)
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Laith Gauthier el Miér Jul 19, 2017 7:19 am

Niara era sumamente agradable e iba explicándole las cosas; Laith estaba acostumbrado a no tomarse a pecho nada, así que los ocasionales piques por su proceder no lo molestaban. Una mente cerrada nunca entenderá los secretos del mundo que le rodea, así que abría la mente y el corazón para aprenderlo todo, en especial cuando se trataba de su profesión o de la cultura. La oía con una completa atención, por lo que no pasaba desapercibido cada gesto, la incomodidad al hablar sobre otras escuelas, incluso cuando pareció airada por los magos talentosos.

¿Qué me dices de ti? ¿Eres talentosa? —sonrió, ignorando un poco que hablase sobre la pureza de sangre, qué más le daba a él. Iba a ser el mejor sanador que el mundo mágico haya conocido independientemente de si su sangre era pura o estaba mezclada, porque lo estaba. Había conocido hijos de nomaj más habilidosos que sangre pura. — Ilvermorny tampoco enseña magia basándose en esas cosas —se jactó, sin querer que ofendiera a su colegio, a pesar de que Norteamérica había sufrido mucho por los nomaj y los extremistas él adoraba su nación.

¿Nankín? —cuestionó, parecía ser algún mago o algo parecido, ella rápidamente repuso que no iba a ser nada difícil conocerlo, haciéndolo exhalar. Se permitía dudarlo, había conocido personas que no merecían llamarse así ya. Al menos ella fue mucho más específica antes de confesarle que iría a Las Ruinas con el dichoso mago, extrañándose y sorprendiéndose por semejante declaración. — ¿Entonces pretenden entrar a Las Ruinas en medio de demonios? —fue su repentina duda, sin convencerle mucho tener que estar ahí para entonces. Era como vivir una de esas películas de horror que tanto le gustaban pero que le ocasionaban pesadillas.

Estaba decidido a que nunca se le iba a pasar la supuesta timidez, no pensaba ser el amante de una africana. Un africano que le prometiese que no iban a mandarlo a la hoguera por homosexual como sus amigos lo dijeron, en cambio… Podría considerárselo más seriamente, aunque tampoco esperaba demasiado. Sea como fuera, siguieron su camino hacia la choza del jefe, o al menos lo intentaron porque Laith se distrajo con algo que le resultó anormal, un niño extraño al que siguió sin darse cuenta que lo hacía, tan sólo unos cuantos pasos antes de volver en sí y mirar a la morena.

No, nada —tranquilizó, mirando por encima de su hombro el camino del niño antes de ir a con el jefe Tuka. Tan pronto como entraron a la choza, el aroma a madera quemada y a algunos ingredientes le sensibilizó la nariz y le causó estornudar. Era un ambiente que por su dulce olor le resultaba un poco empalagoso, sin costarle encontrar al hombre con las parlanchinas cabezas que hablaban entre ellas y con su propio dueño. Quizá por primera vez en aquellos escasos días se dio cuenta de lo lejos que estaba de lo que él conocía.

Aquel hombre era por demás extraño, sin saber qué hacer, nuevamente repetía en su mente: “En Roma haz lo que hacen los romanos”, así que iba siguiendo de cerca a la mujer que lo guiaba, sentándose ante la invitación y mirando con ligera desconfianza la pipa. Por algún motivo, en su mente apareció el humo de otra noche, entre sus noches de promesas y desengaños, en alguna terraza fumando un porro con buena compañía. ¿Hace cuánto no lo hacía? Desde que había prometido a Lindsay desintoxicarse, al mismo tiempo, más o menos, que dejó muchas otras sustancias, hacía la misma cantidad de meses que no probaba gota de alcohol. Cuando volvió en sí, Niara le estaba extendiendo la pipa hacia él.

¿Qué es? —le preguntó a la morena mientras la tomaba, miró entonces su contenido dentro del pequeño hueco y más temprano que tarde caló. Seguramente de no tener los pulmones tan acostumbrados a meterse humos y vapores hubiese empezado a toser como un desgraciado, pero no fue el caso, sin estar seguro de cómo describir la experiencia. De pronto las voces de las cabezas se volvieron más nítidas para él, ¿qué carajo estaba pasando? No entendía lo que estaban diciendo, pero su mente bastaba para imaginar sus conversaciones por irrelevantes que fueran.

Fue más escalofriante con el jefe Tuka, cuya voz lo hizo estremecerse, era tan semejante a la de su abuelo que oírlo fue regresar al pasado. Era como estar completamente en todos sus sentidos pero potenciados por aquella hierva, como estar dopado pero sin estarlo realmente. O lo estaba y sólo creía que no. Interpretó perfectamente aquella historia, si hubiese estado tan sólo un poco más concentrado se habría visto dentro de la misma, pero lamentablemente, o por suerte, no lo consiguió; ya sentía que le faltaba el aire cuando frente a sus ojos vio aquella luna roja y, casi instantáneamente, volvió en sí con el hipo de la muchacha. Casi inmediatamente luego, oyó la voz tartamuda de Stephen.

Al joven no le daba ni una pizca de gracia la tartamudez de su superior, era un hombre maduro que sabía lidiar con pequeños problemas físicos como aquel. Le sonrió a ambos, Niara y jefe Tuka, antes de ir al encuentro con Stephen para saber qué era lo que quería. Cómo lo jodía que lo retaran, pero el trabajo es trabajo. El estresado hombre, en un breve resumen, lo había reprendido duramente por lo que según él era perder el tiempo, sin dar cabida a los intentos de defenderse de Laith alegando que investigaba. También lo amenazó con severidad que habría problemas serios como involucrara a la organización con los Soyinka, y una serie de cosas más que, honestamente, Laith no escuchó. En cierto momento, mientras Stephen soltaba su sermón, el canadiense había empezado a asentir con la cabeza mientras su cabeza pensaba en alguna canción para desconectar.

El breve resumen, mucho más breve que el anterior, habría sido, más o menos: Ven a la caravana a trabajar, deja de perder el tiempo, no te juntes con Niara (ni ningún Soyinka, ya que estaban), y que si pretendía hacer alguna actividad ilícita iba a echarlo a patadas o algo así. Fue más largo de lo que a Laith le hubiera gustado, pero éste sabía que era más breve de lo que Girard hubiese querido. — Haz algo de provecho de una vez y vuelve a la caravana a trabajar en las pociones —ordenó. El alma libre del colibrí volvió los ojos a la tribu, sólo unos segundos antes de tener que obedecer. No estaba ahí de turismo, lo sabía, pero por algún motivo sentía algo raro desde el encuentro con el jefe, como si ahí estuviera la pieza de su rompecabezas personal. Era un metal acercándose a un imán, un insecto yendo a su muerte en la forma de una lámpara.
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Niara Soyinka el Lun Jul 24, 2017 12:03 am

— ¿Has escuchado alguna vez una versión muggle sobre viejos chamanes que crean ilusiones en las mentes de los viajeros?, ¿anunciando eventos futuros o mostrando imágenes del pasado?—preguntó Niara, habiéndole pasado la pipa del jefe Tuka—Ellos los llaman alucinógenos, pero esto es diferente. Esta hierba que el jefe Tuka mezcla en su pipa actúa canalizando la magia. Tú puedes introducir recuerdos y borrarlos con tu varita, ¿verdad? Esto es parecido… Los malinka se aferran a la tradición oral, pero en su caso, también se apoyan en visiones del pasado para contar una historia, a través de este método: la sugestión de la pipa y palabras mágicas. Claro que, los historiadores dicen que la historia que los Malinka se transmiten de padres a hijos, es pura invención y que no coincide con la verdad histórica, pero no es algo que a los Malinka les quite el sueño; ellos siempre fueron fieles a sus costumbres y a sus ancestros. No te preocupes—agregó, esbozando una sonrisa pícara—, no es muy fuerte. Y no nubla tus sentidos o provoca adicción... Bueno, no que yo sepa. Tiene, incluso, propiedades curativas—Indicó, al tiempo que le guiñaba, ¿una ceja? Ah, no, estaba haciendo bailar sus cejas, en un gesto, con el mismo sentido que un guiño—Pero, no hay forma de explicarte la experiencia. Verás que provoca sensaciones muy reales.

***


Niara arrugó la nariz, como si olfateara de qué iba la cosa. Incluso había estado esperando que Laith la mirara de una forma distinta cuando le dijera que era una Soyinka, pero por suerte eso no había pasado. Y es que, en su experiencia, cruzarse con desconocidos montados en caravanas o caídos de sus escobas, antes de llevar a cabo un trabajo, significaba que no estaban allí precisamente por casualidad, sino porque esperaban meter mano en algún negocio turbio o averiguar en qué andaban los Soyinka, para adelantárseles. El trabajo de los recolectores de antigüedades era una labor muy competitiva, por lo que había que andarse con cuidado. A su vez, plagada de farsantes y oscuros personajes, y atravesada por negros rumores, era una profesión que en algunos casos podía ser mal vista, y Niara sabía que las observaciones de ¿el supervisor de Laith?, seguramente estarían fundadas en su propio cúmulo personal de encuentros indeseables. De hecho, creía adivinar quién era, de haberlo visto con anterioridad; y no se equivocó. Le hizo gracia por dentro que Laith se mostrara inmune a los sermones de un carácter tan serio como el de Stephen. Pero, en solidaridad, tenía que intervenir, o se sentiría un poquito culpable después.  

— Haz algo de provecho de una vez y vuelve a la caravana a trabajar en las pociones… Soyinka—se interrumpió, a modo de saludo, aunque no uno muy cordial, dirigiéndose esta vez a la mujer que tenía la frescura de acercársele. Stephen enarcó una ceja de forma casi antinatural y fue directo al grano—: ¿Qué haces tú a…?

— ¿Todo esto lo haces por mí?—se impuso, encantadora, sin dejarlo terminar la pregunta. Lo miró interrogante, con una sonrisilla implícita en el juego de sus expresiones, en perfecto equilibro entre el caradurismo y la perspicacia—, ¿supervisor de caravana? Lo siento, he arrastrado a tu sanador hasta aquí. Pero no me siguió porque le ofreciera algún trabajo raro (sí, me estás dejando muy en claro lo que estás pensando). Está muy entusiasmado con los malinka. Al jefe le ha gustado conocerlo. Sería estúpido que un sanador no conociera a sus pacientes antes de atenderlos, ¿no?—Hablaba en un tono agradable, casual y desenfadado— Y el jefe Tuka piensa igual, por eso los he presentado. Tú lo sabes, porque te he visto conversar con él. Fumando su pipa. Y a ti no te ha impedido hacer tu trabajo, ¿no es cierto?—observó, tocándose el lóbulo de la oreja, en un gesto distraído.  

Stephen la contempló en silencio como si fuera la persona que más le desagradaba en el mundo.

—Solamente quería aclarar el malentendido. Laith, tu supervisor piensa que podrías meterte en cosas raras porque mi familia trafica con artículos mágicos…

—Trafican ilegalmente con magia oscura—La atajó Stephen, con sentida reprobación. Su repudio hacia las Artes Oscuras era de carácter personal. Después de todo, su tartamudeo tenía relación con un desafortunado acercamiento a esa rama de la magia. Carlee, la otra novata de la caravana, como perfecta cotilla que era, había estado hablando de ello una noche, narrando más de una versión sobre el mismo hecho, y hubiera llegado a la versión decimosexta si no hubiera sido porque Stephen la sorprendió a sus espaldas, comentándole de la forma más natural del mundo que tenía trabajo para ella. Dicho lo cual, la tuvo haciendo pruebas con el excremento de un Erumpent enfermo por más de una semana. Y desde ya, no era una labor muy agradable—. Si sospechara que anda metido contigo, ya lo hubiera echado de mi caravana. Metete en tu…uus asuntos.

—¡Eso es injusto! ¡No me conoces!—Niara se cruzó de brazos, tomándoselo personal. Diríase que esos dos iban a empezar una trifulca verbal. Y es que, la Soyinka era muy dada a liarse con la gente. El ‘metete en tus asuntos’ funcionó a modo de disparador, como si activara un mecanismo de defensa en los genes de la maga— Haces que suene como si yo fuera una persona terrible.

Por la expresión del sanador, estaba claro que se comenzaba a impacientar. Que lo quisieran arrastrar a una querella inútil, y lo que es peor, haciéndole perder valioso tiempo que podía emplear en alguna faena productiva, hacía que el aire a su alrededor comenzara a respirarse como una amenaza de peligro. ¿Es que Laith había pasado a un tercer plano para esos dos?

—No me interesa lo que…

Hasta ellos llegó corriendo un alborotado grupo de niños malinka, queriendo llamar la atención de Stephen con sus manitas y exclamaciones. Lo que fuera que dijeran en su dialecto, hizo que tanto Niara como el sanador interrumpieran lo que hubiera sido una buena riña y abrieran sus ojos de par en par, impactados por lo que parecían ser negras noticias. Por eso, cuando Stephen echó a correr gritándole a Laith que lo acompañara, Niara no lo detuvo con sus represalias, sino que los observó de lejos deseando que pudieran hacer algo, de pie junto a la alta silueta del jefe Tuka, quien se había colocado silenciosamente a su lado, con una insondable tristeza en la mirada.

***

Los chillidos de la muerte que aquejaban a las víctimas de la enfermedad momentos antes del desenlace fatal, no le impidieron al curandero de la tribu repetir una y otra vez, entres espasmos y sudores, con los ojos salidos de las órbitas, violentamente inquieto en su lecho de muerte, una serie de palabras con las que pareció querer hacerle llegar un importante comunicado a Stephen, algo que él no pudo comprender. Por horas, estuvo delirando entre gritos, por horas interminables, hasta que el cielo adquirió un tono ennegrecido, anunciando la inmediata venida de la noche. Y sus últimas palabras fueron: ¡Kantu, kantu, kantu!

Los Malinka, que habían estado a la espera, rodeando la choza de esa persona a la que amaban con sus corazones, pero que en ese momento se debatía  entre la vida y la muerte, se dieron la vuelta y se marcharon lentamente cuando Stephen salió, con un aspecto de extremo agotamiento, a transmitirles la noticia, sin que hicieran falta palabras. Esa noche, sin embargo, no estaba permitido dejarse paralizar por la pérdida, esa noche expiarían su dolor con un fiestón danzando bajo la luna roja, a la luz de una gran hoguera y al ritmo de una música alegre que alejara a los malos espíritus, a la enfermedad y a la pena.

—Esa, tenía razón—murmuró Stephen, de pronto. Estaba cansado, derrotado, y se sentó junto a una hoguera apagada, con los brazos alrededor de las rodillas—. No puedes ser su curandero si no estableces un vínculo con ellos. Esta noche, deja las pociones. Significará mucho para ellos compartir sus costumbres, especialmente hoy—Calló, antes de agregar, alargando las vocales y trabándose en las consonantes un poco más de lo usual—: Te he estado exigiendo más que a ningún otro en la caravana, por la misma razón que te tomé a mi cargo: me interesé en tu trabajo. Es un buu…uen trabajo, por eso tienes que seguir con ello—Como no sonreía muy seguido, el repentino movimiento de sus comisuras fue similar a la sensación fugaz de un escalofrío. Aquella fue la sonrisa derrotada de alguien aquejada por un pensamiento, que confesó a continuación—: Él seguía repitiendo lo que creía que salvaría a esta gente. Es una vieja leyenda malinka. La leyenda de la flor de kantu. Una flor muy rara y casi imposible de encontrar, con extraordinarias propiedades curativas. Supongo que él pensó que era lo que necesitábamos: la flor de kantu. En la leyenda, sólo podías encontrarla siguiendo el aleteo del colibrí. Pero en África no hay colibríes. Es tan absurdo. Los Malinka dicen que está en Las Ruinas, pero muchos han entrado, y no han encontrado esta planta mágica. Existió, sí. Pero se extinguió en otra época. Probablemente, sólo retroceder en el tiempo haría que te cruzaras con una.

Lejos, una alegre algazara se imponía a través de la oscuridad. Los Malinka estaban preparados para recibir al eclipse lunar.



NO, WE WON'T LOSE YOU AGAIN!!!!:
Y esto fue lo que se me vino a la cabeza cuando comencé a imaginarme la escena en que los dos sanadores asisten al curandero, haciendo lo posible por salvar su vida-->
https://www.youtube.com/watch?v=zniHl8LroLk&feature=youtu.be&t=33s

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Laith Gauthier el Lun Jul 24, 2017 10:03 am

La explicación de Niara lo había invitado a calar, ¿qué más daba? No recordaba cuántas veces había repetido lo mismo: en Roma se hace lo que hacen los romanos. Uno no podía llegar imponiendo sus conocimientos y experiencias, es como esa gente que viaja y sólo quiere probar cosas conocidas, ¿qué demonios les pasaba? ¿Para qué viajaban entonces? Él, tan lejos de casa y tan lejos de todo lo que conocía, no tenía otra opción que probarlo todo. Un amor tan profundo por la cultura de los Malinka que se demostraba en cada mirada curiosa que brillaba en verde revoloteando y buscando cada detalle para aprender de ello.

El viaje mágico a través de los recuerdos del jefe fue exactamente una prueba de ello, algo que nunca había hecho. Recordaba en alguna ocasión haber probado una experiencia con un pensadero que no había sido nada agradable en su opinión. Viajar mágicamente era una tortura, incluso si era a través de recuerdos, aunque al menos sólo sintió ascos y no vértigo. La cosa terminó en cuanto Stephen llegó para reñirlo, como parecía ser una extraña costumbre, aquel sujeto no lo dejaba ni siquiera respirar a veces. Laith desconocía todo sobre los saqueos, pues sólo lo había oído como se oyen los rumores, de lejos y sin detalles, pero algo le hacía saber que no podría ponerse a discutir con el supervisor de baja paciencia, así que lo oyó atentamente. O al menos parecía atento, ¡él estaba intentando acordarse de la letra de una canción en español!

Al final, como conclusión, Stephen lo mandó a trabajar en la caravana. Él iba a empezar a caminar cuando Niara interrumpió al par de médimagos. Lo que menos esperaba el castaño era que la mujer que acababa de conocer abogara a su favor, por poco se le escapa una sonrisilla traviesa, ¡cada vez le agradaba más! Le daba la impresión de ser como Lindsay, su mejor amiga, a ella nada le asustaba y siempre parecía poder tener la última palabra en una discusión. Cosas de mujeres, creía él. El punto era que Niara había dicho todo lo que pensaba pero no podía decirle al mayor porque seguramente lo mandaría a callar sin derecho a objeción. Aclaró la garganta llegándose el puño a la boca cuando una sonrisita se le escapó, sintiendo incluso él el odio de Stephen.

No estoy aquí para meterme en asuntos de tráfico, así que puedes estar tranquilo de ello —Laith no acostumbraba a tratar de “usted” nunca. Era un joven desvergonzado e insolente, si uno quería que él le tratase con respeto tenía que ganarse su respeto primero. Era más un animal salvaje, un caballo desbocado que no doblegaría la voluntad fácilmente. Pensaba meterse en algún momento de aquella discusión, ¿con qué derecho Stephen así la acusaba? Si bien él no tenía ni idea… no era justo, no se lo parecía. Quizá era más subjetivo por el agrado que sentía por la chica.

Las cosas entonces se torcieron; todo pasó inusualmente rápido y, cuando se dio cuenta, ya estaba dentro de la choza con una expresión corporal derrotada. El curandero había sufrido tanto aquellos últimos momentos que, por humanidad, Laith consideró darle el derecho a partir en paz. No era sin embargo parte de la cultura de aquella gente, así que no quiso ni siquiera considerar proponerlo. Horas de agonía hasta que finalmente exhaló su último aliento, bajo la mirada de ambos médimagos, Girard fue el primero en salir para dar el aviso. Laith aguardó mirando en silencio el rostro ahora pacífico del curandero, los ojos húmedos, como si no entendiera lo que acaba de suceder.

El corazón le dolía, era muy sensible a las pérdidas. No conocía de nada a ese hombre, pero su pérdida fue tal que sintió que había perdido a un amado amigo. Salió cuando la gente se dispersó, encendiendo un cigarrillo aunque estaba mareado con el aroma a incienso. Ofreció uno a Stephen, por mera cordialidad, sin saber si el hombre siquiera fumaba. En silencio, repetía en su cabeza un mantra: Tranquilízate, Laith, calma…, repetía una y otra vez, estaba consiguiendo contener las ganas de quebrarse, la primera calada le ardió tanto que sintió que quemaban sus pulmones; ignoró el dolor mientras sostenía el aliento antes de liberarlo.

Stephen, no soy tu enemigo, estoy tan por la labor como tú —le confesó cuando el hombre le hizo saber los motivos por los que tanto le exigía. La gente esperaba a veces demasiado de él por su árbol genealógico. — El aleteo de un colibrí, eh… —habló en voz baja, sólo para sí. El dolor que acunaba en su pecho lo hizo considerar que él, como animago, podría encontrarlo. Qué buena broma, pensó con un suspiro dolorido, mirando hacia el lugar donde se conglomeraba la gente para bailarle a la luna. ¿Qué hacían ahora tan tranquilos? Él, que ni siquiera formaba parte de ellos, tenía el corazón sumamente herido por la muerte de su curandero.

La voz de Stephen volviendo a invitarlo a ir con ellos fue como una maldición imperativa que lo hizo comenzar a caminar sin pensarlo. Miró a los bailarines con las vestimentas típicas y también a su pretendiente a la izquierda, así que disimuladamente fue por la derecha, topándose de lleno con un grupo de aquellos niños pequeños que hacían trucos con aplausos. El castaño había colocado una rodilla en el suelo para ponerse a su altura, ¿qué importaba que no pudieran comunicarse verbalmente si sus corazones estaban conectados? A todos los unía un mismo dolor. Laith sacó de su bolsillo un post-it que dobló hasta hacerlo un ave de papel, sacando su varita y haciendo una seña para que esperaran.

Al señalarle, el ave de papel cobró vida y empezó a revolotear con sus alitas alrededor de los niños quienes soltaron una carcajada debido a ello. Entonces empezaron a aplaudir, cambiaban el papel de color y de textura hasta que una magia proveniente de un hombre mayor lo convirtió en un ave de verdad, un pajarillo verde que se perdió volando entre la gente. Casi como si le hubiesen estirado las mejillas contra su voluntad, Laith sonrió, levantándose mientras sacudía el cabello de una niña y después se sacudía el pantalón, qué cosas tan más curiosas podían hacer en ese lugar. Le gustaría poder aprender un par de esos trucos, sería la sensación en Francia.

Con su mirada, entonces, había empezado a buscar a Niara, permaneciendo lejos de la mujer Malinka. No quería ser el amante de una Malinka, mucho menos quería serlo de una mujer. Si bien en algún momento había considerado una aventura en plan “lo que pasa en África se queda en África”, tampoco tenía muchas esperanzas de nada, ni con nativos ni con compañeros de caravana. Sólo quería disfrutar de la cultura, ayudar tanto como pudiera y finalmente regresar al cabo del término de su tiempo de servicio sin ninguna complicación. Sin embargo, también esperaba algunas complicaciones, quién sabe. A Laith le gustaban las sorpresas.
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Niara Soyinka el Miér Jul 26, 2017 7:55 pm

Niara iba camino a la celebración de los Malinka, pero fue interceptada por un grupo belicoso de lo que ella pensó, de inmediato, que serían lo que en esos casos se conocía como “carroñeros”. Y es que, siempre, alrededor de una ruina potencialmente explotable, estaban los que consideraban que obtendrían un mayor beneficio eliminando a la competencia. Solían presentarse con más frecuencia una vez que los exploradores o asaltadores de tumbas habían adquirido su botín, atacándolos por sorpresa y robándoles lo que habían conseguido. Estos, sin embargo, parecían muy ansiosos en acabar con ella cuenta antes. Hubo una reyerta de varitas en el medio de la noche, sin testigos. El relampagueo de las maldiciones hizo huir a los animales nocturnos. Eran al menos tres contra uno, ¡cobardes! La Soyinka fue abatida y se golpeó duramente la cabeza contra una roca, pero en ese intervalo de peligro, los atacantes se vieron abordados por un huésped inesperado. Lo siguiente para Niara fue sentir esa incómoda sensación en el estómago cuando te arrastraban a una aparición forzosa, ¿y cómo no?, a los dos segundos Nankín la soltó sin mucho miramiento, arrojándola hacia la celebración de los Malinka. Ella trastabilló, pero consiguió mantenerse en pie, y a pesar de la raspadura de sangre que se había hecho en la frente, se volteó lista para volver por donde habían venido, lista para cargarse ella sola a los cobardes que le habían hecho eso, ¿habrían huido?  Tuvo que forcejear con Nankín, quien la retuvo en sus brazos con mucha facilidad —ella era una mujer pequeñita, después de todo—, en tanto que ella se colgaba a él, sacudiéndose como una mantícora malhumorada, exigiéndole que la dejara desquitarse. Era como ver a un gatito berrinchándole a un león. Los niños se acercaron corriendo y empezaron a reír y señalar, encantadores y curiosos.

—¡Me han lanzado un maleficio kadavra!, ¡los muy sinvergüenzas!

—Lo sé—repuso un Nankín calmado, sin fingir el mínimo interés. La tenía pataleando sobre su hombro y avanzaba entre los niños hacia donde estaba el alcohol, entreteniéndolos en el camino con su magia, y asombrándolos con figuras de animales que corrían en el aire.

—¡Han intentado matarme!—
El shock la tenía chispeando de la ira. Podía llegar a ser muy temperamental cuando se le metía algo entre ceja y ceja, igual que cuando tomaba la forma de una hembra guepardo. ¡Y en ese momento estaba indignadísima!, ¿quiénes se creían esos para jugar con las vidas de las personas?

—Lo sé.

—¡Suéltame, ¡suéltame!, ¡suéltame!, ¡Nankín, tú, cobarde!

—¿¡Yo!?—replicó, con furia. La soltó bruscamente, reteniéndola muy de cerca, y forcejó con ella para ponerle un grueso collar antes siquiera de que ella se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Cuando volvió a hablar, lo hizo con mucha calma, señal de que podría desnucar a cualquiera que lo provocara demasiado—He sido yo el que te salvó la vida, harías bien en recordarlo. Lo de recién son sólo gajes del oficio. Harías bien en no tomarte todo tan personal—Claro, porque no era él al que le habían lanzado un maleficio asesino, porque si no, bien que hubiera hecho temblar la tierra, ¡ese farsante!  

—¡Nankín!; ¿esto es…? ¿Qué estás…? ¡Nankín!—Lo miró a los ojos, mascando la bronca y acusándolo con el brío de una madre enfadada—¿¡Esto es un collar BDSM de Magic Pleasure!?—No, no podía creer que el muy ¡aaargh! estuviera usando en ella un artículo mágico de un sex shop del barrio de brujos en Nairobi.

—Servirá. No te permitirá aparecerte, y te mantendrá a mi lado, donde pueda verte—remarcó, casi paternal, sin un ápice de vergüenza. Era, en verdad, un método muy práctico para que la temperamental de su ‘hermanita’ (como solía llamarla, sólo para enfatizar la ironía de su relación), no anduviera complicando las cosas —A menos que quieras sufrir un ‘ligero’ retortijón de doloroso placer. Volverías automáticamente a mi lado en el instante que decidieras alejarte demasiado, pero no sin consecuencias, y no digas que no te advertí. Y es una edición limitada, así que no lo arruines.

—¡Quítamelo, Nankín! AHORA—ordenó, al tiempo que forcejeaba inútilmente con el collar ajustado a su cuello. Sabía que no había caso, porque había ciertos ‘pasos’ para remover el encantamiento del collar, pero estaba rotundamente molesta—¡No deberían vender estas cosas!

—No hables por ti y tu aburrida vida sexual. Iré a saludar al Jefe, tú puedes ir tranquilizándote mientras tanto.

Y se fue, dejándola allí, echando espuma por la boca. Niara lo contempló alejarse entre la turba contenta, destacando llamativamente, con esas maneras de ricachón presumido que tenía siempre que iba a cualquier lado. No importaba si la situación era apropiada o no, él tenía que lucir su oro, todo su dinero encima, como si eso fuera parte de su linaje, lo que lo definía del mismo modo que sus raíces: la pretensión, la suntuosidad, el egoísmo. Había mucho resentimiento en el juicio que Niara hacía de su ‘hermano’ (el título real que dentro de la familia se le daba a los primos), pero sí era cierto que Nankín se desenvolvía en todas partes con la altivez y el orgullo de un joven mago de Nairobi, donde se localizaba la gran capital de los magos adinerados, y había sido criado en la arrogancia típica de las familias puristas que llevaban apellido Soyinka, una rama familiar que ella relacionaba con la discriminación, el odio, y sobre todo, Gadúl ‘el buitre”, un hombre ambicioso y terrible y cruel, y una de las cabezas de la familia, la más temible.

A pesar de que estaba rezongona, al recorrer a los Malinka con la mirada, se alegró de ver a Laith, y se hizo camino hasta él, sintiendo cómo sus preocupaciones aligeraban su peso a medida que avanzaba. Claro que, no lo harían del todo sin un poco de ayuda. Niara, apenas llegar junto al sanador, le colocó una mano en el hombro, y con la otra, le sonsacó el gran vaso de hueso de vaca a un viejo Malinka que pasaba cerca, precisamente bajo sus narices, y éste se rió al ver la fruición con que, echada la cabeza hacia atrás, la mujer se mandaba todo el alcohol a la garganta.

—¡Laith!—saludó finalmente, con los labios húmedos, habiéndose tragado gran parte de la bebida. Luego se limpió la boca con el dorso de la mano— ¡Tú lo necesitas más que yo!—observó, mirándolo a los ojos, seria, como quien busca algo—¡No discutas! Tómatelo todo esta noche—Y luego agregó—: No podías hacer nada. Ya sabían que moriría. Lo siento. ¡Bebe!—alentó— Y no prestes atención a esto—dijo, señalando su collar—Lo sé, debe ser de risa. Me lo quitaría si pudiera, pero tienen un encantamiento, ¿sabes? No puedo quitármelo a menos que satisfaga la fantasía de mi amo (que vaya a saber qué hay dentro de esa mente retorcida)—explicó, con ironía—O a menos que él me lo quite a mí ¡Deberían prohibir la venta de estas cosas!—Estaba enojada, se veía. Luego, señaló la alta silueta de Nankín, que hablaba con el jefe Tuka, con un don de gentes que la hacía reír de lo falso que era, ¡porque era un monstruo, por supuesto!, ¿¡quién querría siquiera hablar con él!?—Ese es Nankín, ¡mi amo!—escupió, resentida—Me trata como a una niña que tiene que andar cuidando como una niñera, ¡hay que ver! ¡Tengo tanta o más experiencia que él! ¡Ya hago mis propios trabajos! Que sea el mayor no le da derecho a...—Volvió a mandarse el vaso a la boca. ¿Sería prudente?—... ¡No me imagino lo horrorosas que deben ser sus fantasías….! ¡Nunca te acerques a ése! Si te digo la verdad, no creo que le importe mucho sin son hombres o mujeres. ¡Ja!, ¡pero jamás se lo diría a Gadúl, claro! ¡Hipócrita! Una vez lo sorprendí escondido con un muchachito entre los arbustos, y se puso como loco cuando pensó que... ¿Laith?

Era la comunión que se instalaba entre ellos en torno a la hoguera, lo que le daba a ese momento el poder de cautivar el latido de los corazones y fundirlos en la rítmica cadencia que se estrellaba contra la noche negra hasta deshacerse en la prolongación de su eco. El salto coordinado de los bailarines, los giros rápidos y las cinturas sacudidas al ritmo hipnótico de los tambores, hacían las delicias de grandes y pequeños, arrobados por la alegre danza de los cuerpos.

Al coro de voces, al compás de las palmas, le acompañaba también el alcohol de propia cosecha, y así no era de extrañar que algunos anduvieran muy contentos. Sobre sus cabezas, la Luna Roja había adquirido el rubrus de la sangre, y era por sí misma un espectáculo de maravilla.
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Laith Gauthier el Jue Jul 27, 2017 8:28 am

En su pequeña búsqueda de la mujer morena, la encontró y automáticamente sonrió a medio lado, notando cómo le quitaba un vaso a un anciano bebiendo todo su contenido. Le daba bastante igual en ese momento la educación y todo eso, no iba a juzgar la cultura que lo estaba recibiendo. Sabía que no estaba en su mejor estado, por mucho que su rostro sonriera sus ojos permanecían apagados, las ventanas de alma más puras que transparentes dejaban ver lo que el canadiense estaba sintiendo en ese momento. Había notado, sin embargo, el curioso collar que la mujer estaba portando, pero ella adelantó a hablar.

Me temo que no, estoy en rehabilitación —negó de forma agradable a la bebida que, nada más olerla, notó cierto aroma alcohólico. Hacía meses se había prometido dejarlo, el alcohol junto con otras adicciones. Ella, probablemente sin oírlo, le quitó la palabra de la boca al exigirle no discutir. Se negó un poco más, su fuerza de voluntad no era tan fuerza como le gustaría y se dejó sucumbir por la tentación, dando un sorbo al vaso de hueso. — Eso no significa nada, Niara —le dijo. Sabía que el hombre no iba a sobrevivir, pero, ¿acaso eso lo hacía más llevadero? ¿De verdad ella pensaba así, o es que él era el único exagerando?

El sabor a alcohol le quedó en los labios que relamió, se prometió que de ahí no iba a pasar. Ah, pero era experto en fallarse a sí mismo, no olvidaba todas esas mañanas en que despertaba en las camas de hombres desconocidos, se prometía no volver a beber y el próximo fin de semana hacía exactamente lo mismo. Por suerte la morena consiguió distraerlo de sus autodestructivos pensamientos con la mención del collar, en cierto punto de él sintió una pequeña punzada de envidia. El funcionamiento del collar le pareció misteriosamente agradable, un encantamiento que impedía que se quitara a menos que cumpliese un capricho…

No es tan malo como parece, te sienta bien —concedió con una sonrisa pero con honestidad. Había aprendido a vivir bajo las reglas de cierta práctica sexual después de todo donde aquel collar no era nada del otro mundo. — No lo sé, en mi opinión es divertido —mencionó al oír que ella desearía la prohibición de ese tipo de juguetes. Él dio otro sorbo, dirigiendo su mirada a aquella silueta que tanto parecía perturbar la paz de Niara, recordaba que le había mencionado a un hombre que era lo peor de lo peor, el hombre con quien nunca querría cruzarse, y entonces lo vio.

La luna que con el tiempo se teñía de rojo parecía iluminar sólo a aquel moreno, un aura peligrosa a su alrededor sin poder decir bien a qué se debía, Nankín, se llamaba, ¿era ese el dichoso Nankín? Dejó de escuchar en cierto punto de las quejas de Niara sólo para volver a oírla cuando ella habló de sus horrorosas fantasías, que no creía que le importase si son hombres y a partir de ahí no supo nada de sí mismo. Generalmente no se ensimismaba tanto pensando en una persona, ni siquiera debería estarlo haciendo, pero joder que ese hombre lo provocaba. No le importaría descubrir algunas de esas horribles fantasías.

¿Hmn? Lo siento… —reaccionó a su nombre, mirando unos breves segundos a los ojos de Niara. Le quitó el vaso de las manos para volver a beber, luego pareció darse cuenta de eso mismo y aclaró la garganta. Volvió su mirada al baile, y entonces volvió a mirar a aquel moreno. Joder, si le tenía la sangre paseando a través de todo su cuerpo haciéndolo hervir. — ¿Entonces ese es Nankín? —le cuestionó a la morena, señalando con un gesto al hombre. — ¿Qué te parece si me lo presentas? —y sí, parecía que el morocho no había escuchado nada acerca de que nunca en su vida debía acercarse a él ni tampoco de lo horrible que era.

Sólo tenía tres cosas en su mente: la primera era que ese sujeto, Nankín, era endemoniadamente sensual; la segunda era que, de acuerdo a lo que escuchó de Niara, podían irle los hombres tanto como las mujeres; la tercera, y la más importante quizá, era que lo atraía como una luz atrae a un bicho a su muerte, algo en él y no sólo el aparente gusto a cierta práctica sexual lo tenía casi queriendo comérselo con la mirada. Y es que, sí, era un hombre en sus veintes, el cuerpo muchas veces hablaba por su razón, en ese momento estaba pensando con la otra cabeza.

No parece tan mal sujeto… Iré a hablar con él —el extrovertido hombre se sonrió a sí mismo, empezando a caminar en la dirección a donde estaba él. ¿Hablaría alguno de los idiomas que el morocho manejaba? A veces su mirada y con mucha razón se dirigía a los bailarines en su impresionante danza, pues tenía los pies sobre la tierra y estaba completamente consciente de lo que sucedía a su alrededor pese a los sorbos de alcohol. Lo cierto era que su tolerancia al alcohol era muy buena, pero había perdido la capacidad de controlar cantidades, era su problema.
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Niara Soyinka el Dom Jul 30, 2017 9:18 pm

¡Había dicho re-ha-bi-li-ta-ción!, ¿¡es que estaba sorda!? Ahora, por su culpa, una buena persona, un sanador que ayudaba a otros, estaba yendo directo a su ruina. ¡Era por eso!, ¡tenía que ser!, ¡la cerveza!, ¡sumado al corazón adolorido que había visto en sus ojos! ¡Niara la había estropeado! ¡Arruinaría la vida de ese hombre por siempre si le permitía acercarse sólo un palmo a ese monstruo! ¡Ese hombre horrible que era Nankín!

Niara tenía el alcohol subido a la cabeza.  

— ¡Espera, Laith…! ¿Por qué…?—Se hacía una idea del porqué. Le había visto la cara antes de salir derechito en la dirección equivocada. Le sorprendió, por eso se lo había quedado mirando con la boca abierta, como si no cupiera en sí de la incredulidad. No porque fueran hombres. ¡Era porque se trataba de Nankín! De verdad, no era la mejor persona para hacer amistades. Niara avanzó, con la mano extendida— Laaaith…—Se interrumpió, mirando al joven malinka que se le había cruzado en el camino y la invitaba a bailar. Ella rió, y aceptó ser arrastrada al círculo de cuerpos seducidos por los tambores.

***
Habían sido tres hombres llevando una máscara, con capas que ondearon en el aire de la noche mientras huían, lanzando maleficios de muerte como despedida. Nan sabía de sobra que no eran carroñeros. Estaba dentro del negocio subterráneo, había oído rumores. Sabía que eso no podía ser bueno. Pero, Las Ruinas, eran su obsesión hacía tiempo. No iba a desperdiciar la oportunidad, que se daba una vez cada… ¿Y ése?... Si hasta había accedido a cargar con su hermanita sólo para que su estrafalario tío Merkel le dejara quedarse con… ¿Lo estaba mirando, a él?... Y desde su punto de vista, eran esos falsos carroñeros los que tenían que andarse con cuidado, si no querían… Sí, y tenía ese brillo en sus ojos… Tan enfrascado estaba en sus pensamientos que se sorprendió a sí mismo desviándose tangencialmente de la seriedad del asunto, con una mueca demasiado evidente, como si lo tironearan de alguna parte. No solía percatarse de su alrededor. Estaba acostumbrado a ser quien recibía las atenciones, así que, en algún punto, se veía obligado a ‘desconectar’ si quería que lo dejaran tranquilo. Su compañía predilecta eran las mujeres, hermosas mujeres, y tampoco reparaba en ellas, en que tenían bellas curvas o muslos entre los que cualquier hombre querría asfixiarse. No lo hacía, porque era natural que esas cosas estuvieran allí para él, con sólo estirar su mano. Y eran todas las mismas curvas, los mismos muslos. Puede que se diera cuenta, si algo de esa carne le faltaba algún día, pero nunca sucedió, nunca sucedería. Era joven, rico, hedonista. No tenía nada que temer. Y nunca se había enamorado. No conocía la limerencia. Era casi ingenuo. Como si se tratara de un cuerpo fresco, blando, generoso, que ha tenido la suerte de ser un amante para sí mismo toda su vida, sin cicatrices, o al menos, nunca muy profundas. De la misma forma en que los pájaros retozan alrededor de la fuente, humedeciendo sus hermosas, blancas, tiernas, plumas, sin saber lo que es caer al fondo turbio del agua ni ahogarse al respirar dolorosamente en la oscuridad, Nan había yacido entre las sábanas de alguna mujer; le había hecho lo que otros antes que él o lo que ningún otro, con una prisa tardía parecida al apasionamiento; y se había ido, dejando enfriar la cama en su ausencia, yéndose sin nada encima que lo tentara a volver.

Pero luego aparecía un rostro masculino, varonil, y capturaba el destello de su curiosidad, esa que nacía en sus ojos con una naturalidad efervescente. No eran todos los rostros, sólo unos pocos. No tenían rasgos comunes, excepto que eran hombres. Lo sensual, lo pícaro, y hasta lo incómodo, de esos fugaces encuentros, no moría luego de que ese momento pasara, sino que perduraba prologándose en una sensación de ansia, que lo molestaba, lo inquietaba, lo seducía con la posibilidad de una próxima vez. Incluso cuando no era lo apropiado; o lo deseado en alguien de su posición, y especialmente dentro de su familia; cuando era, a decir verdad, algo que había que mantener oculto, secreto, pero que se resistía a morir, bullendo por debajo de la piel, extendiéndose como un hormigueo hasta la punta de sus dedos, y todavía más, hacia el centro, hacia dentro, de su cuerpo caldeado al punto del deliquio.  

***

Nan era alto, delgado, elegante, un hombre negro ligeramente delicado. Su temperamento, por otra parte, podía volverse en tu contra muy fácilmente si sentía que le faltabas el respeto —y podía llegar a ser muy sensible al respecto—. Mal perdedor, competitivo, orgulloso, y obstinado, cuando algo se le ponía entre ceja y ceja. Ése era el más prometedor sangre pura de los Soyinka, y la persona que menos soportaba Niara en el mundo.

De cara a la fogata y al baile, con los brazos cruzados sobre su pecho y el aire grave y retraído, había estado inmerso en sí mismo mientras observaba la marea de cuerpos danzantes. Pero ahora que sus ojos habían hallado en quién posarse, estiraba sus labios en una mueca complaciente y vanidosa.

Desgraciadamente, Laith no era el único que había visto a Nan a la distancia.

—¡Pero si es el joven inepto de la caravana!—saludó a viva voz, encantador, el rastrero de Moebius, cazando a Laith con un brazo de camaradería, que claro, era un acto de coacción. Y agregó, pegado desagradablemente contra su oído, en un tono amenazante, y exudando un aliento a alcohol que se le escurría hasta de los poros de la piel— Le dije a Stu que no eras tan idiota. Vas por el dinero, lo sé muy bien. Mala suerte para ti. Déjale al viejo listo hacer su negocio, ¿estamos? O juro que…—La palmeó la espalda, a lo bruto. Y vaya a saber a qué grado de violencia lo llevaba el alcohol, porque lo aferró de las ropas, ¿buscando camorra?— ¿Estamos? ¡Es mi dinero!      

Vaya, alguien debía estar teniendo problemas de billetera.
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Niara SoyinkaFugitivos

Laith Gauthier el Lun Jul 31, 2017 3:16 am

Las palabras de Niara parecieron más como sonidos lejanos incapaces de llegar a sus oídos, tenía puesto un objetivo y no pensaba detenerse hasta conseguirlo. No es que fuese nada malo, sino que simplemente deseaba hablar con ese hombre de exótica belleza, incluso si ahí terminaba su interacción y no ocurría nada más. Laith estaba en una pausa de apostar a ganar, por ello es que no le daba demasiado reparo no ganar aquella noche. Además, ¿no se suponía que tenía el corazón herido? No sólo por lo del viejo curandero, sino otro evento de meses atrás, ¿qué hacía ahora tan tranquilo? Al final, el sufrimiento no era su camino.

Al acercarse a él, se dio cuenta que reparaba en su existencia. Durante un segundo en que sus ojos conectaron, lo vio como un libro escrito en braille, difícil de entender para alguien que no tiene las capacidades de hacerlo. Aquello no era otra cosa más que un reto, y era del saber popular lo mucho que al sanador le gustaban los retos. Ni siquiera tenían que ser juegos seguros, pero la excitación del juego, del tira y afloja, lo cautivaba. Estaba dispuesto a perder algunas veces, aunque, como cualquiera, simplemente prefería no hacerlo. Y, en opinión particular, preferiría no perder con ese hombre tan enigmático.

Había conseguido atraer su atención de los bailarines que se movían al ritmo de los tambores y aquello era ya un avance, sonreía dándole la impresión de que esperaba que se fijase en él por ser la persona más elegante y elitista del lugar. Probablemente sólo Laith lo percibiera. Sus pasos en avance al sensual negro fueron interrumpidos por Moebius. El morocho solía ser un joven complaciente, amable y muy dulce; sin embargo, otro de los problemas del alcohol era que acortaba su nivel de paciencia y lo podía convertir en alguien agresivo. Alguien que ya lo tenía cansado llegando ebrio llamándolo inepto no es que le generase precisamente mucha simpatía.

Si se me pone, puedo forrarme de dinero sin tus estúpidas ruinas —espetó, arrastrando las palabras para contener darle tremenda hostia. Quería estar en son de paz. Laith vivía de manera que pudiese mirar a los ojos de cualquiera, y soltarle: — Así que vete a la mierda —dicho aquello, le regresó la bruta palmada en la espalda, de forma bastante más violenta, seguramente al día siguiente descubriese la marca de la mano del morocho tatuada en su espalda.

Las cosas no parecían ir a detenerse ahí, era una pena que no lo dejasen evitar los problemas. Si se los ponían en frente, sobre la mesa, ¿qué podía hacer él? Lo sujetó de una muñeca con que le ceñía la ropa y un movimiento bastó para tenerlo contenido de espaldas y de rodillas. Sólo un movimiento más y podía rompérsela, la defensa personal a veces podía ser un arma peligrosa en manos equivocadas, y las manos de Laith con alcohol encima estaban lejos de ser las correctas.

Vuelve a hablarme para tocarme los cojones y te juro que te vas a arrepentir de haberme conocido, ¿estamos? —le amenazó con un disfraz de dulzura en su voz. Los sabios dicen con mucha razón que hay que temer la ira del hombre amable, Laith no era un santo pero podía llegar a ser el peor enemigo de una persona si se le antojaba. Lo empujó haciendo que Moebius, rojo de rabia y quejándose a voces, tuviese que apoyarse con sus antebrazos para no irse de lleno de rostro. Algo decía que era una bestia, que todos eran iguales, que iba a recordar esa noche, lo de siempre cuando se la juras a alguien.

Lo cierto es que Laith estaba en el fondo muy cansado de que la gente pensase que lo hacía todo por el dinero como si fuese no otra cosa que un muerto de hambre. Tenía cuentas de banco en Canadá que estaban lejos de quedar en la quiebra, tanto de dragots como de dólares. Si se le antojaba, podía vender los libros de su abuelo y podría vivir bien sin necesidad de trabajar nunca, pero no lo hacía por pura y dura ética. Porque había prometido al hombre no lucrar con lo que le había costado hacer toda su vida. El dinero no lo era todo en el mundo pero aquel sujeto parecía no entenderlo. Tampoco iba a ponerse a contarle su vida, los idiotas no comprenden.

Pero ese idiota no le iba a quitar el buen ánimo que había surgido de Nankín, quería conocerlo incluso si Niara lo dejaba como el demonio en la tierra. A veces le hacía falta quemarse entre las llamas de algunos infiernos. Algo le decía que aquel hombre era uno de esos infiernos que sabían a cielo, ¿su intuición lo traicionaba? Vagó su mirada a sus espaldas, queriendo comprobar si la morena aún bailaba o si habría hecho alguna otra cosa, pero independientemente del resultado seguiría si camino hasta llegar a Nankín. — ¿Qué tal? ¿Hablas francés? —le preguntó en un tono suficientemente alto para elevarse por entre los tambores en el idioma cuestionado.

Si Moebius volvía a molestarlo no iba a responder por sus actos. Es decir, sólo se le estaba acercando a aquel sujeto porque creía que era endemoniadamente hermoso, no porque quisiera que lo lleve a las ruinas o qué sabía él. La gente estaba muy loca para verle de intenciones ir y saquear como si fuese lo único que le importaba en la vida, ¡si él tan sólo había ido ahí para ayudar con la medicina sin saber siquiera que existían antes de su llegada! O la gente lo creía más brillante (o más necesitado) de lo que en realidad era o no entendía nada.
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Niara Soyinka el Jue Ago 03, 2017 12:18 am

Borracho, Moebius intentó alcanzarlo, si es que primero conseguía caminar en línea recta. No pudo, porque la mujer malinka de aquella tarde fue más rápida que él, y apareció desde atrás, arrastrándolo, alejándolo, de Laith, con quien había estado de coqueteo. Moebius estiraba sus brazos queriendo ahorcarlo —en su mente, lo estaría imaginando—, por insolente. La mujer malinka reía, pensando en que su cama estaría caliente esa noche, y llevándose a un periodista poco informado de su situación, pero que despotricaba con ganas, como niño berrinchudo.

Nan, quien había estado muy atento, manejó el inglés con fluidez por sobre el fragor sensual a su alrededor. Era evidente que le había llegado el rumor de la conversación de los otros dos.  

—¿Qué puedo yo querer de ti?—
Se leía en sus ojos que no estaba especialmente contrariado, pero su tono, ese tono, era muy de señor arrogante. Daba la impresión de que estaba acostumbrado a dirigirse a otros con autoridad, como alguien que posee un privilegio. Era la imagen de la superioridad en persona. Y sin embargo, había una chispa en sus ojos, que hablaba por él, en otro idioma, perteneciente a la familia de los placeres— Porque no eres un amigo del señor M (y esa patética excusa de hombre me estuvo molestando bastante estos días), tienes un punto a tu favor. Habla rápido, ¿americano?

Y seguidamente, se desprendió de la parte superior de su atuendo. Bastó con echar sus hombros hacia atrás y dejar que las mangas de esa túnica ligera que llevaba se deslizaran hasta que la prenda tocó el suelo. Sin explicarse, se expuso con el pecho desnudo, mostrándose frente a Laith mientras lo miraba, entre el juego y la impaciencia. Luego, hizo lo propio con sus zapatos.

Estiró sus labios en una mueca ligeramente arrogante, antes de preguntar, fuera de tema:

—¿Qué fue eso? Tu agarre—aclaró, y fue a tomar gentilmente la muñeca izquierda de Laith con la palma de la mano hacia arriba, y repasó su cicatriz en un gesto silencioso, disimulado, curioso, agregando—: No estoy acostumbrado a ver un agarre así. Parece interesante. Yo no necesito tocar a alguien para romper su cuello o quebrarle los huesos—explicó. De alguna manera, se daba por sentado de una forma tácita que si eso era lo que podía hacer sin tocarte, lo que podía hacer, en cambio, presionando la piel entre sus manos…— Te sorprendería lo fácil que es. Cuando llevas la magia en la sangre, ésta tiende a estallar, ¿verdad? (¿no te ha pasado a ti?) Algunos la controlamos mejor que otros. Yo lo hago. Pero a veces, algunos deslices, son irresistibles—El fuego de la fogata estalló en llamaradas, extrañamente agitado. Nan lo soltó, y agregó—: Ahora no tengo tiempo para ti.

Y se unió al círculo de los cuerpos imbuidos por el ritmo, que en una especie de secuencia de giros, saltos, y vigorosos movimientos, habían empezado a manipular el fuego, aunque sin darle una forma o una dirección definidas, tan sólo avivándolo desmesuradamente. Algo se quebró cuando Nankín pasó entre ellos, y se apoderó de la turba una endemoniada excitación. Fue entonces cuando el baile, que hasta ese momento había sido alegre, se hizo violento como en la guerra, vesánico, feroz. Muchos de los malinka enloquecieron de pasión, repitiendo palabras en su dialecto que le gritaban a la luna, que le escupían a quien se encararan con repentino ánimo belicoso, golpeándose en el pecho, pateando la tierra con fuerza, mostrando los dientes, abriendo bien grandes los ojos, sacando la lengua. En torno a la fogata, los cuerpos habían roto con la algazara, y se enfrentaban entre ellos con la actitud, tan provocativa, tan agresiva, tan corporal, una actitud que era un despliegue de carácter, poderío y magia, y que era, sobre todo, simbólica, a modo de representación dramática de las violentas emociones que podían sacudir a un alma, o mejor dicho, de todo lo que representaba el fuego: guerra, muerte, violencia, y resurrección, cambio, superación. Había en todo aquel acto, una serie de significados, que al turista podían escapársele, pero que tenía que ver con vencer a los malos espíritus y bendecir a aquellos que les daban lucha. Luego de esa noche, ningún mal se atrevería a tocar a los malinka, la enfermedad huiría despavorida, intimidada por la furia que transpiraban los cuerpos, desfigurados por el ahínco con que se entregaban a la exaltación.  

Puede que los Soyinka, sin embargo, se hubieran apoderado del momento para cobrarse sus propias riñas personales, porque daba mucho la impresión de que tanto Niara —una Niara ‘sin pantuflas ni ruleros’—, como Nankín —otro, sin modales ni reparos—, se estaban midiendo, cuerpo a cuerpo, no ya en una representación simbólica, sino en un claro acto de guerra. Los dos se habían compenetrado con vehemencia en la situación colectiva de arrebato, y mientras Niara, claramente una o tres cabezas más baja que su hermanito, mostraba los dientes y se golpeaba el pecho en desafío, y hasta daba vueltas la cabeza como posesa, Nankín la provocaba con una postura muy segura de sí y hasta burlona, imponiéndose con el pecho hacia fuera, sacándole toda la lengua y bufándole en la cara. Si el tío Merkel los viera, seguro diría que eran como niños haciendo berrinche. Lo cierto es que la escena estaba tan cargada de furor, que se diría que se iban a matar. A Niara incluso le salía sangre de la nariz, pero no le importaba. Estaba furiosa, ensañada, tremenda. Tan ensimismados estaban masticando el rencor, forcejeando y berreando entre ellos, que se habían aislado en su propia burbuja. Nankín había quitado del medio a todo malinka que se acercaba demasiado, sólo para poder continuar provocando a su hermanita con total libertad —era notorio ver, que parecía disfrutarlo mucho—. Y cuando los bailarines se veían obligados a salir del círculo de piedras alrededor de la fogata, ya no volvían. En torno a la fogata, iban quedando cada vez menos. Muchos se dejaban caer exhaustos al suelo. Pero los Soyinka no, esos tenían energía para toda la noche. Hasta que, con un poco de fuerza, con un poco de magia, y con sobrada actitud, Nan arrastró a su hermanita fuera del círculo de piedras, haciéndola tropezar hacia atrás y caer de culo. Niara se limitó a tomar reposo luego de tanto frenesí, pero le lanzó una mirada de tirria cuando Nankín, hinchado de gozo, soltó una carcajada, mofándose de ella en su cara. Niara se sopló un mechón de cabello que le caía sobre los ojos y pensó que Nankín era un verdadero idiota. Un idiota con ganas. Pero eso no hizo que el otro dejara de reír, ni de su victoria algo menos meritorio. A Niara le disgustaba haber sido abatida en aquella pulseada mágica que se daba entre los cuerpos de dos magos en pugna, un estilo de duelo que se daba mucho entre los magos africanos, incluso fuera de los ritos tribales. Pero, se sentía exhausta. Una vez que te desinflabas, las fuerzas te abandonaban, la magia mermaba, pero también, una gratificante satisfacción, la de haberse entregado con lo mejor de sí, la de haberlo dado todo, venía aparejada con ese estado de merecido sosiego, de tibia placidez.

El Jefe Tuka, riendo como una brisa fresca entre tanto aire bravo y caliente, se acercó hasta la fogata, quebrando el momento y amansándolo suavemente con su voz grave y apacible. Hablaba sobre los que ya no estaban, sobre los vivos, sobre los dioses, expresándose sentidamente. Los corazones estaban conmovidos. Y cuando el Jefe terminó de hablar, arrojó algo a la fogata, y a ese gesto le siguió una espera expectante, que culminó con un ave nacida de entre las llamas que extendió sus alas anaranjadas y gimió en un chillido sibilante al tiempo que remontaba el vuelo hacia el cielo. Y de nuevo, los tambores comenzaron a sonar, invitadores, alegres.

***
—¿Esa era tu fantasía más salvaje?, ¿gritarme en la cara?—preguntó, una Niara somnolienta, y sedienta, y famélica, sosteniendo el collar, aparentemente roto, en su mano.

Nan se había dejado caer sobre el pasto, junto al cuerpo de Niara, al borde del desfallecimiento más exquisito. Los dos, estaban visiblemente agotados. Nan sudaba, y el pecho le subía y bajaba, casi en una contracción, mientras respiraba con la boca abierta y expulsaba el aire en profundos suspiros, en un intento de recuperar el aliento.

—Dame eso. Lo has roto. Te dije que no lo arruinaras—Nan se había incorporado, con los brazos apoyados en sus rodillas y tiró distraídamente el collar BDSM, ahora inservible, mientras Niara contemplaba el ave de fuego que ascendía hacia la Luna Roja—. No te acomodes demasiado. Los planetas se alinearán dentro de cuatro horas. Estate preparada para entrar en Las Ruinas cuando…

Niara se había dormido. Nan la observó, y sacó los dientes, con molestia.

—Bien. Sueña con que voy a cargar contigo hasta la carpa. Estarás bien aquí, entre el polvo.

psss:

jajaja Me imagino, user, tu cara de WTF! Y muero de risa XD
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