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Once a nerd, always a nerd | Joshua {FB}

Invitado el Miér Jun 28, 2017 9:22 pm


Noviembre, año 2016.

El otoño teñía los jardines de Hogwarts de dorado con la caída de las hojas que cubría el suelo. El viento mecía las ramas que se tornaban café oscuras, cada vez más vacías y más muertas,a lo que un ojo poco experto podía apreciar. Sin embargo, en esos árboles la vida no se agotaba, sino que descansaba de un verano intenso donde sus ramas se habían visto cubiertas de verde y de flores, de la vida que germinaba y que florecía, del aroma dulce del polen y de las abejas que zumbaban polinizando a su alrededor. Josephine miraba por la ventana de la biblioteca y apreciaba el color del lago bajo el atardecer que a esa hora se mostraba majestuoso en un cielo sin nubes. Ese sol ya no calentaba como lo hacía el sol de unos meses atrás; pero por lo mismo ese sol tenía algo de mágico, misterioso y egoísta en su calor, el cual brillaba como si poco tuviese que ver la luz con la calidez que el sol debía emanar.

La hora de la cena debía transcurrir en el gran comedor ese día jueves del mes de Noviembre. Un día como aquel estarían sirviendo crema de calabaza horneada y carne asada, sabrosa y nutritiva, igual a la que servían en su época de estudiante, como si los años en ese castillo no pasasen en vano y todas las generaciones se pareciesen unas a la otras. Pero Josephine no tenía hambre, y además su mirada estaba sobre la de unos chicos de Slytherin que parecían reír demasiado sobre un libro antiguo que, a ojos de la bibliotecaria, poco podía tener de divertido. ¿A quién le parecía gracioso los usos de la cera de escorguto?. Definitivamente a alguien que no estaba leyendo sobre escorgutos en el fondo del salón.

Como quien no quiere la cosa, Josephine caminó con cuidado entre los estantes que separaban las diferentes secciones de la enorme biblioteca. Envuelta en una túnica azul oscura, a esas horas de la tarde la luminosidad de las antorchas la ayudaba a pasar desapercibida, como si fuese la Dama gris que silenciosamente deambulaba por los pasillos. Tras la vitrina de libros de la Revolución de los duendes, Josephine sonrió cuando pudo escuchar la conversación que los alumnos traían de manera tan deliberada.

- Ves, y si mezclamos la cera con la saliva de dragón, podemos crear una bomba y plantársela al sabiondo ese de Eckhart- dijo un chico de cabello amarillento que Josephine reconocía como Ericssen. Uno de los chicos, algo subido en kilos y con el rostro rosado se rió como si fuese una foca-. Eso, eso, yo me puedo conseguir la saliva...- y sus manos pesadas golpearon la mesa haciendo crujir la madera-. Y se la dejamos en la mochila en clases con McGonagall, a ver qué le dice- volvió a reír golpeando la mesa una vez más.

Josephine escuchó esas palabras y salió de entre las sombras observando las mesas donde alumnos se disgregaban. Al final, y bajo un libro, Joshua Eckhart, la futura víctima de lo que aquellos chicos planeaban, se encontraba sentado.

- Joshua- lo llamó elevando la voz con intención, no mucho, pero sí suficiente para ser escuchada por ambos grupos de niños, quienes no pudieron evitar mirarla al oír su voz. Josephine se plató fuera de los estantes y preguntó en voz alta-. ¿Ya leíste el libro de maldiciones para tu tarea especial?- preguntó como si hablase de algo poco importante, aunque resaltando la palabra maldición en esa frase dicha tan a la ligera-. En ese libro aparecen muchas maldiciones importantes, desde como dejar a alguien hechizado para orinar en sus pantalones cada cinco minutos hasta dejarlo inhabilitado de poder comer ranas de chocolates porque su rostro se llenaría de furúnculos....- sus ojos observan entonces a Ericssen y compañía, quienes cierran el libro que leían y se miran unos a otros, dubitativos-. Si quieres puedo enseñarte unas yo misma- se ofreció hasta quedarse de pie al lado de Joshua con una encantadora sonrisa, dejando que a su silencio la tensión se tomase esa ala de la biblioteca.
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Joshua Eckhart el Miér Jun 28, 2017 10:29 pm

El verano ya había tiempo atrás desaparecido dejando aquella estación mágica, el otoño, llegar. Otoño e invierno eran sus estaciones favoritas, la primera en lo particular era extraña y atrapante, la ambivalencia entre el calor y el frío, los ventarrones y las hojas rojizas cayendo de los árboles para hacer mullidos montones que éste año no saltaría con Adrien. Tampoco perseguirían juntos su gorro en cuanto el tejón se lo quitara y se les fuera volando con el viento. En eso vagaba su mente mientras tenía los ojos concentrados en un libro sobre venenos, el motivo de un ensayo del que sólo había escrito el título, últimamente le costaba concentrarse y los trabajos eran varias veces más difíciles de realizarse.

No tenía hambre, así que no se dirigió al Gran Comedor, simplemente se quedó en la biblioteca intentando acabar aquel ensayo que tenía fecha de entrega dentro de algunos días más. Ignoraba por completo lo que podía ocurrir a su alrededor, sus ojos sobre el libro pero su mente en otra parte, así era su cabeza, corría a mil kilómetros por hora y no paraba quieta cuando le daba la posibilidad de vagar. Es que su mente se había enfrascado a lo que sucedió meses atrás, poco antes de haber comenzado las clases, lo había marcado aquella discusión con cierto Hufflepuff con el que ya no entablaba amistad, después de cinco años enteros de historias y amistad. Sin embargo Adrien lo evitaba, y por ello Joshua no lo buscaba a pesar de saber que le costaba seguir sin él.

No sabía cuánto tiempo había pasado pensando en sus propios asuntos que se asustó, sobresaltándose en cuanto oyó su nombre provenir de la señorita Austen, en la lengua un “Yo no fui” clásico de aquellas intervenciones tan sorpresivas. Lo cierto era que él no había sido, sea lo que sea, aunque por suerte contuvo aquellas tres palabras al apartar la mirada del libro y alzarla hasta el rostro de la mujer. En cambio, había parpadeado, su rostro confundiéndose cuando ella le cuestionó si había leído un libro de maldiciones. Él tenía un trabajo sobre maldiciones, pero, ¿ella cómo lo sabía si no se lo había dicho? El silencio por su parte se alargó mientras ella seguía hablando.

Entonces notó cómo ella miraba a Ericssen y de pronto algo hizo “click” en la cabeza del Ravenclaw, encajando todas las piezas de la situación. Ese Erumpent tenía una fijación especial por molestarlo, así que creyó sospechar con ese instinto de águila que la bibliotecaria estaba intentando advertirlos de no meterse con él. ¿Sabría ella algo que él no? Se preguntaba mientras le explicaba las maldiciones que podrían servirle en la tarea especial que ella se había acertadamente inventado, o bien había oído de otro estudiante hablar de ello, menos probable pero igualmente no podía desechar la posibilidad.

El silencio se extendió tenso y quizá hasta un poco incómodo hasta que el Ravenclaw tomó la palabra. — ¿De verdad me enseñaría? Estoy teniendo problemas con la que le cubre a las personas la cara de gargajos —la apoyó en la cruzada, sospechando que aquello era no por otro motivo que para salvaguardar su seguridad. La biblioteca era uno de sus lugares más recurrentes, por lo que era algo obvio que podría tener aquella relación agradable con la mujer que se encargaba de ella. Había evitado buscar con la mirada a aquel Erumpent idiota para no tumbar el teatro que tan magistralmente había alzado la señorita Austen, invitándola con un gesto a sentarse en su mesa mientras cerraba el libro sobre venenos.

Aquello hubiese sido más divertido si el tejón también hubiese estado, se lamentó Joshua, pero no quería decaerse todavía más en aquella aflicción de que su compañero de jugarretas y juegos ya no formara parte de su día a día. Seguramente la bibliotecaria también habría notado que de estar juntos todos los días, ahora el par entraba individualmente a la biblioteca y nunca paraban juntos en la mesa que solían compartir antes.
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Joshua EckhartUniversitarios

Invitado el Mar Jul 04, 2017 12:33 am

Sus palabras produjeron el efecto inmediato que estaba esperando. Cuando se trataba de maldiciones todos los alumnos quedaban atentos a esas palabras. Sería quizás porque aún tenían mucho que aprender, pero la palabra maldición evocaba una curiosidad propia de todos los tiempos en alumnos de Hogwarts. Ella lo había vivido y los alumnos de ahora lo vivían. Ella los veía murmurar entre los estantes y como más de uno se había querido colar en la Sección prohibida. Y a decir verdad no podía culparlos. No había un secreto mejor guardado en ese colegio que los libros que esa sección especial custodiaba. Y ella había podido leer muchos de ellos desde que había llegado a ese puesto hace más de dos años atrás... y era realmente fascinante.

Pero en ese momento le bastó decir esas palabras para que Ericssen y compañía se pusieran de pie. Se miraron unos a otros dudosos y caminaron por la biblioteca como si un fantasma los estuviese persiguiendo. Sin embargo, antes de dejarlos ir, Josephine levantó su varita y dijo sin alzar la voz-. Accio libro Los secretos de los escorgutos- ante lo cual el libro que el presumido Slytherin llevaba salió de sus brazos y fue a parar a los brazos de ella, quien lo recibió sonriéndole a los chicos que se habían detenido tras el golpe del hechizo-. No lo han pedido prestado, chicos, así que no se lo pueden llevar- todo con encanto en sus palabras como si no tuviese nada en contra de ellos. Ericssen la miró con los ojos entrecerrados y murmuró algo antes de seguir su camino fuera de ahí. Josephine creyó que lo que pareció salir de sus labios era un "sangresucia".

Esa palabra que no llegó a ser escuchada quedó rebotando un momento en su cabeza antes de volver a mirar a Joshua. El chico le hacía un ademán con la mano para que se sentase, y Josephine tomó asiento frente a él poniendo su atención entonces en un chico que últimamente veía muy sola y deprimido pasearse por los pasillos de Hogwarts. Por lo que había visto en esos dos años, Joshua tampoco es que fuera de aquellos que estaba rodeado de una enorme pandilla; pero antes solía verlo con un amigo tejón, un chico alto y delgado con el que caminaba de un lado a otro. La bibliotecaria dibujó una sonrisa en sus labios y dejó el libro que le había quitado al chico Slytherin junto a la mesa. De resbalón pudo ver que de el sobresalía el borde de un pergamino.

- ¿El mocomurciélago? Un gran hechizo. Especial para un duelo donde no se quiere realmente lastimar a la otra persona- comentó, recordando por un momento su época escolar y las clases de duelo que tanto solían gustarle. Ella no era del todo buena en ellas, pues la teoría solía quedarle mejor que la práctica. Pero de todas maneras siempre había dado lo mejor de sí para evitar oír de labios de sus compañeros ese desprecio que había podido adivinar de los labios de ese muchachito de Slytherin. Quizás parecía absurdo que lo que un niño podía decir a modo de ofensa le importase, pero esos comentarios se estaban haciendo mucho más usuales de lo que a cualquiera le gustaría, sobretodo en los pasillos de Hogwarts que albergaba a todo tipo de alumnos-. Aunque hay otros hechizos que son muy divertidos, y que pueden ser peligrosos a pesar de lo absurdo que suenan- señaló recordando algunos que estaban de moda en su época escolar. Después de todo cada maldición pasaba por moda y se iban alternando conforme pasaban las generaciones-. Como el Rictusembra, donde evitas que el otro pueda defenderse verbalmente. O el levicorpus. Cuando yo estaba en Hogwarts no era extraño ver cómo los de séptimo bromeaban colgando a los otros por el pie- comentó, aunque esa vez no sonrió porque nunca le habían gustado aquellas bromas que eran mucho más crueles de lo que los chicos querían creer. Había mucha humillación en ser colgado por el pie.

Josephine cruzó ambas manos sobre el libro que estaba en la mesa y buscó la mirada de Joshua, muy azul aún bajo la luz de las antorchas-. Joshua, ¿alguna vez te han hecho una broma así?- preguntó inclinándose levemente sobre la mesa para bajar la voz todo lo que fuese posible. Si ese chico tenía problemas quería saberlo. Los solitarios eran los más susceptibles a ser atacados y, por lo mismo, los que Josephine más quería proteger.
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Joshua Eckhart el Miér Jul 05, 2017 10:16 am

Aquella escena con el Erumpent aquel y su pandilla fue anormalmente reconfortante para él, como el águila que era pronto había conseguido conectar los puntos que aquella situación poseía. La bibliotecaria debía haberles visto planear algo contra alguien, él probablemente, y por ello había reaccionado de esa forma tan limpia y, en lugar de reñirlos sin más, había empleado una magistral estrategia para hacerlos reconsiderar dos veces su plan. No pudo evitar darse cuenta de lo impresionante que era, decidió que usaría aquella táctica en casos futuros en cuanto tuviera la posibilidad.

Él no había escuchado aquel insulto, se había distraído mirando el borde del pergamino. Al menos hasta que ella respondió en contestación al hechizo que él le había mencionado. Si lo hubiera oído, con toda seguridad habría dicho algo, era lo mínimo que podía hacer por ella cuando desinteresadamente había venido a ayudarlo y sacarlo de un futuro aprieto. La mujer tomó el asiento que amablemente el Ravenclaw le ofreció para poder conversar un poco al respecto de las maldiciones. A él la mayoría de ellas no le parecían divertidas ni aunque fueran inofensivas, usar la magia para molestar a otros era una forma de malgastarla.

Es útil… Aunque, de hecho, no es absurdo, en algunas culturas antiguas fue considerado como una tortura, las víctimas podían sufrir ataques de risa tales que perdían el conocimiento por no poder respirar —repuso tan pronto como ella dijo que era un hechizo absurdo, no lo era, en la cultura muggle había sido usado de maneras muy feas después de todo. Hizo un pequeño gesto cuando mencionó el Levicorpus, buscándole también alguna parte mala que no le permitiese ser absurdo, y es que, siendo honestos, meterse con otros bromeando no debía ser motivos de risas, no de acuerdo con Eckhart.

Las cosas se deformaron un poco en cuanto ella le preguntó si había recibido una broma así, con un interés que le supo anormal. No estuvo seguro de qué responder, ella parecía de fiar, lo había ayudado antes, así que trató de ser honesto con ella. Alzó la mirada en dirección al techo mientras hacía uso de su memoria; en más de una ocasión había sido víctima de alguna broma del estilo, pero nunca lo consideró algo reiterado al grado de que llegase a considerarlo seriamente acoso escolar.

Bueno… En algunas ocasiones… —admitió al final. Por no ser particularmente llamativo, no es que fuese un blanco reincidente. Siempre estaba el listillo que se quería meter con otros, en el caso de Joshua, por ser participativo e inteligente, además de no ser muy dado a muchas amistades. — ¿Y usted, si puedo preguntar? —era natural que sintiera curiosidad, si antes le había parecido que ella sabía muy bien lidiar con esas situaciones. Desde el vamos era una mujer algo estricta con lo suyo, su forma de cuidar la biblioteca era excepcional y por ello es que los libros no eran maltratados, además del hecho que estuvieran malditos para evitar que alguien los dañara.

Estuvo intentando pensar durante un momento si había algo en especial que tuviese que mencionar, aquello clásico de que si hay algún problema se hable con un adulto, pero no se le vino nada a la mente. El único problema que le carcomía la cabeza no quería compartirlo con nadie, pensó el muchacho mientras volvía su mirada al libro de venenos que leía para hacer su ensayo. Podría hacerlo incluso sin el libro, pero realmente no podía concentrarse, quizá debería dejarlo para otro momento, por ahora le apetecía regaliz pero no iba a comerlo en la biblioteca en frente de la bibliotecaria. Quizá a escondidas…

Gracias por lo de antes, creo… ¿Qué fue lo que sucedió? —la curiosidad le pudo y no consiguió evitar preguntar, aunque algo ya se entreveía, quería confirmar sospechas. Cerró con suavidad el libro de venenos, lo intentaría luego en otro momento, supuso con un suspiro breve. ¿Era su idea o en otoño apetecía dormir más? No tenía ni la menor idea, pero se recargó con los codos sobre la mesa estirando su espalda un poco con el único propósito de relajar los músculos.
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