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Sibling from other family [Priv. Lisbeth Ravensdale]

Sebastian E. Winterburn el Dom Jul 02, 2017 12:01 am

Las vacaciones de verano habían empezado hace relativamente poco y, sin saberlo, ese dato pequeño pero relevante lo tenía muy tenso. Eran las primeras vacaciones de verano que no iría a la casa Winterburn a visitar a su familia, pues no podía relacionarse con muggles, sería catastrófico tan sólo considerar en ir y verlos. Probablemente les hiciera alguna llamada desde un teléfono público para excusarse, hacía meses que no hablaba con ellos, más o menos los mismos que habían dado inicio al régimen purista. Ni siquiera pasó navidades con ellos.

Esta vez Dager no lo acompañaba, pues tenía que ir a una zona muggle y Dager siempre se ponía muy agresivo en presencia de aquellos seres carentes de magia. El motivo era, de hecho, bastante simple: tenía que ir a comprar premios para el condenado crup, tenía una debilidad marcada a esos clásicos premios con forma de huesito para los perros muggle y era la forma más sencilla de motivarlo a aprender trucos nuevos, a pesar de que apenas era un cachorro. De regreso cruzaría por el Callejón Diagón para comprar una túnica nueva y algo de ropa para el verano.

Sus compras eran muy breves y es que habían casi sacado al estudiante a patadas cuando, tras dos equivocaciones con su talla, la inútil dependienta le trajo el color incorrecto y desembocó en una serie de bellezas verbales que la pobre chica no tenía por qué escuchar. Al menos había conseguido comprar lo que necesitaba y dignamente se fue de aquel sucio lugar que seguramente no volviese a pisar en su vida. Había lugares mucho mejores para comprar ropa, aunque le había llamado la atención un chaleco que había visto que le había llamado la atención, formaba parte de las prendas dentro de su bolsa de compras.

La cabeza había empezado a dolerle, se llevó la mano al rostro apretando el puente de su nariz con estrés y cansancio. Sólo quería volver a casa y tumbarse con Dager a leer algún buen libro sobre historia de las runas. También tendría que parar a comprar algunas provisiones para la cena de ese día, le apetecía algo más elaborado que usualmente, aunque justo cuando iba a empezar a caminar de regreso hizo una pequeña pausa mirando una mariposa de un precioso color blanco volando frente a él. Si hubiese sido un poco más bruto la hubiese tomado para disecarla, aunque seguramente la hubiese lastimado.

Se acercó despacio a ella una vez que había parado en un sitio a descansar las alas, había sacado su cámara instantánea de la mochila de bolso que llevaba para fotografiarla, estaba haciendo los últimos ajustes cuando un ruido le asustó y salió volando. Los ojos azules la siguieron sin saber si explotar en ira o si simplemente despedirla con algo de frustración, optó por mirar hacia el cielo, la cámara aún en posición. Estaba nublado y probablemente llovería, ni siquiera parecía que fuese verano, pensó con un bufido.

Mejor suerte para la próxima… —se dijo a sí mismo, no quería que siguiese creciendo el dolor de cabeza aunque en ese momento volvió a erguirse, guardando la cámara antes de volver los ojos a la persona que había causado aquel ruido que significó la pérdida de su captura perfecta. Estaba disgustado, aunque en ese momento estaba poniendo todo su empeño en no soltarse gritando, le dolía aún la garganta de lo sucedido en la tienda de ropa. Era de esos frecuentes días en que pensaba que no debía haber salido de casa.
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Lisbeth Ravensdale el Dom Jul 09, 2017 7:39 pm

Tras escapar de San Mungo antes de que la arrestaran por los resultados del test que habían concluido que era sangre sucia, cosa que Lisbeth continuaría negando hasta el fin del mundo porque era absolutamente imposible dado quienes eran sus padres, solamente le había quedado una opción: seguir huyendo. ¿Pero a dónde? No tenía ni idea de a dónde debía ir, ni qué debía hacer. El mundo en el que ella había despertado no era aquel que había abandonado al quedar en coma meses atrás durante el ataque de los mortífagos. Tendría que aprender nuevas normas, ocupar un nuevo puesto en la sociedad que ella jamás había pensado que le correspondería alguna vez. Estaba todo mal.

Tenía que buscar un sitio seguro. ¿Dónde era eso? No tenía ni idea. Ni siquiera su casa sería ya un lugar seguro, pues ahora que le estaban buscando por lo sucedido en el hospital ese sería el primer lugar al que irían a buscarla, pero no tenía otro lugar al que acudir. “Cinco minutos solamente,” se decía a sí misma mientras se dirigía a su pequeño apartamento cerca del Callejón Diagón. Era sumamente arriesgado, pero no tenía otra opción. Necesitaba cosas; las recogería y se marcharía inmediatamente antes de que alguien llegase a por ella.

Cuando llegó abrió la puerta con la llave que le dio el portero con la excusa de que la había perdido en un largo viaje que había hecho. Su compañera de piso no estaba allí en esos momentos, para alivio suyo. Todo sería mucho mejor así.

¡Touloouse! —exclamó alegre al ver a su gata blanca, tan gorda como siempre. La gata pareció dedicarle una mirada ofendida por los meses de abandono. Era una ridiculez llevarse a un animal ahora que era una fugitiva, pero Lisbeth no pudo evitarlo. Cogió una mochila grande y metió en ella a Toulouse, y también metió bolsas de comida, botellas pequeñas de agua, todo el dinero en efectivo que encontró en la casa, algo de ropa que no abultaba mucho, y el álbum de fotos de su familia. No podía dejar eso atrás, jamás lo haría.

Tras meter las cosas que necesitaba en esa mochila se cambió de ropa. Hacía calor, pero como no había podido meter muchas prendas en la mochila se vistió con varias capas para aprovechar. Se asaría al salir a la calle así en pleno verano, pero no importaba. Ocultó su llamativo cabello bajo la capucha de una sudadera y salió de la casa, con el corazón latiéndole furiosamente en el pecho porque estaba asustada. ¿Cómo no estarlo? Estaba en grave peligro y no tenía ni idea de qué hacer en ese momento. Al salir del edificio de apartamentos en el que vivía, a punto estuvo de darse de bruces con unos hombres que no conocía de nada, pero que le dieron un mal presentimiento. Lisbeth evitó todo contacto visual con ellos e intentó ocultar su rostro por si acaso. Uno de ellos se la quedó mirando desde el portal del edificio, incluso cuando ella ya había salido a la calle. Había caminado unos metros cuando decidió mirar hacia atrás para comprobar si la seguían. Ese hombre había salido a la calle, y Lisbeth le vio meter la mano en el bolsillo y sacar una varita…

Echó a correr. Corrió todo lo que pudo, perdiéndose en una marea de muggles en las calles de pleno Londres. No veía si la estaban persiguiendo, pero confiaba en que no le lloviesen hechizos delante de tantos muggles. Aunque quién sabe, puede que al Ministerio ya le diese igual el Estatuto del Secreto y que ahora en vez de esconderse y desmemorizar se dedicasen a volar por los aires la calle entera para borrar el rastro de la magia del mundo muggle cuando había incidentes.

Estaba muy cerca del Callejón Diagón, que era precisamente el lugar que debía evitar a toda costa. Giró bruscamente una esquina, estando entonces a punto de chocarse contra alguien. Pensó al principio que era un muggle cualquier, y estaba a punto de disculparse y seguir corriendo cuando se fijó en que no, no era un muggle cualquiera.

¡Sebastian! —exclamó al reconocer al muchacho de su misma edad, aunque no de su misma Casa, que había sido compañero suyo en Hogwarts. Al principio se había asustado, creyendo que era su primo Hayden. Ambos muchachos eran tan parecidos… Pero no, no era su primo Hayden, sino el chico de Slytherin a quien sus compañeros, entre ellos el mismo Hayden, habían acosado durante los años. Lisbeth le había defendido, le había tratado bien, hasta que discutieron. No se habían vuelto a hablar desde entonces. Miró hacia atrás entonces, angustiada, pensando que el cualquier momento esos dos hombres del Ministerio llegarían a por ella. La encerrarían la matarían. —¡Ayúdame! Por favor… —le suplicó entonces al muchacho desesperada. No tenía otra opción, ¿qué más podía hacer?
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Sebastian E. Winterburn el Lun Jul 10, 2017 4:51 am

El ruido que había espantado a su mariposa y, por lo tanto, imposibilitado su captura perfecta. La misma persona que causó aquellos pasos tan frustrantes por poco se choca contra él, creyó que sería algún subnormal que no se fijaba en su camino e iba a soltarse quejándose cuando se quedó en un sepulcral silencio, ¿qué era lo que estaba ocurriendo? La persona que estaba frente a él no era otra persona que Lisbeth Ravensdale, una bruja de su misma edad que al cruzarse con él, pronunciando su nombre, le ocasionó un montón de recuerdos.

Odiaba encontrarse con gente de sus épocas de colegio simple y sencillamente porque le recordaban lo débil que había sido. Siete años llenos de acoso y frustración, donde poquísimas personas, entre ellas la chica que tenía frente a él, le habían dado pequeños respiros catárticos. Claro, eso hasta aquel incidente tras el cual dejaron de hablar por completo, desde entonces no habían sabido del otro, al menos Winterburn no había sabido absolutamente nada de la muchacha, ni sabía ni le importaba si había sido recíproco.

¿Lisbeth? —cuestionó con una ceja enarcada, en especial cuando ella le suplicó que la ayudara. En situaciones normales le hubiese dicho que se perdiera y se hubiera metido en sus propios asuntos; él no metía las manos al fuego por nadie. Se mordió la lengua cuando estuvo por soltar esas palabras tan soeces, trayendo a su mente la imagen del día de la discusión; él había tenido toda culpa y sin embargo por orgullo, hasta ahora, no habían hablado, cuando Lisbeth era parte de esa minoría que en sus años estudiantiles le había tratado bien, incluso cuando se volvió insoportable. — ¿Qué pasa?

Por cómo miraba hacia sus espaldas, alguien la venía persiguiendo. ¿Eso significaba que ella era una traidora a la sangre? ¿Había ayudado a los sangre sucia y por eso la perseguían? ¿Qué hacía él, qué pintaba ahí? Pasos como aquel que había asustado a su mariposa, dos juegos de estos, le hicieron saber que tenía que decidir rápido, ¿dejarla a su suerte, como su instinto más primario se lo decía, o ayudarla, como ella lo había ayudado cuando no tenía por qué hacerlo? Ojalá el mejor camino fuese el más fácil, pero algo dentro del propio Sebastian le hizo saber que no era así.

Antes que aquellos sujetos doblaran la esquina en donde ellos estaban parados, el universitario sujetó por la muñeca a Lisbeth; la forma tensa en que lo hacía, un firme agarre, le dejaría la marca rojiza de la sujeción, pero la arrastró a través de callejones. Él frecuentaba callejones, odiaba profundamente caminar por las calles abarrotadas de personas; si conseguían llegar sin ser detectados a su complejo departamental entonces podría explicarle ahí todo, sin que nadie sospechara de poder encontrarla en ese lugar.

Dame acá, pareces una indigente —prácticamente le arrebató la mochila que ella llevaba para colgársela él al hombro; estaba intentando ayudarla a su torpe manera de interactuar con la gente. Su complejo departamental estaba próximo a los alrededores del campus universitario, así que se sobreentendía que, más o menos, faltaba un rato para llegar y la mochila parecía ser bastante pesada. De hecho, al menos para el muchacho sin buena condición física, le resultó así, aún en su mano sus bolsas de compras mientras caminaban.

Se esmeraba en que nadie la mirase, pero gracias a sus conocimientos de las calles y callejones les costó más bien poco llegar al complejo. El portero, por suerte, no estaba ahí, así que simplemente subieron sin toparse con nadie. Y si se topaban con alguien, bastaba un empujón con el hombro del rubio para que salieran de su camino, una señora tuvo aquella suerte. Estaba nervioso, no le gustaba meterse en problemas con los que no sabía lidiar, buscando las llaves en su ropa pero sin encontrarlas; le costó hacerlo y al entrar, los ladridos del Crup no se hicieron esperar.

Dager, ya, para, yo te diré si te la puedes comer —le soltó una amable regañina al cachorro, aunque éste parecía más interesado en el contenido de la mochila de ella.
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Lisbeth Ravensdale el Sáb Jul 29, 2017 2:36 pm

El destino tenía una manera irónica de juntar a la gente de nuevo. Lisbeth recordaba perfectamente a Sebastian, el chico de su edad a quien había defendido en Hogwarts y con quién no había vuelto a dirigirse la palabra después de que una serie de odiosas palabras surgiesen de la boca del muchacho tras la muerte de la familia de la pelirroja. Lisbeth no habría tenido problema en no hablarle de nuevo en la vida después de aquello de no ser por el hecho de que estaba siendo perseguida y Sebastian era literalmente la única persona que podía ayudarla en aquel momento. Podría haber pasado de él y seguir huyendo, desde luego, pero se arriesgaría entonces a que Sebastian ayudase después a los magos que iban tras ella si se lía cruzaba y, además, estaba verdaderamente desesperada.

¡Me persiguen! —explicó, alterada tanto por la situación en sí como por la ansiedad al estar sus perseguidores casi literalmente pisándole los talones. —Piensan que soy una... —No terminó la frase. Sebastian ya había marcado maneras en Hogwarts, por eso mismo discutieron. ¿Y si ahora él apoyaba a aquellos que la perseguían? Lisbeth temió decirle la causa de su persecución, así que no lo hizo, y prácticamente se mordió la lengua antes de decir nada más. No estaba acostumbrada a tener que medir sus palabras por temor alrededor de la gente. —¡Ya vienen!

Era cierto, podía oírles. Sus zancadas estaban ya prácticamente a la vuelta de la esquina, y ella se desesperó, pero en ese momento Sebastian tomó una decisión que manifestó agarrándola del brazo y arrastrándola para alejarla de allí, ayudándola a huir. La agarró del brazo y tiró de ella de manera que le hizo daño y la chica temió que fuese a quedarle moretón, pero le importo más bien poco. Sus prioridades eran otras y estaba más que agradecida por la ayuda que estaba recibiendo. Se dejó arrastrar por callejones que desconocía pero que dada la seguridad de los pasos del chico que la guiaba por ellos parecía que los conocía como la palma de su mano. Estaba tan centrada en escapar que ni siquiera se ofendió por las palabras del chico cuando le arrebató la mochila acusándola de parecer una indigente con aquel tono tan poco amable que él poseía desde sus últimos años en Hogwarts.

Ten cuidado —le pidió, refiriéndose a la mochila, ya que él no sabía que dentro de ella estaba su gata.

Milagrosamente consiguieron esquivar a quienes la perseguían y llegaron a la vivienda de Sebastian. Lisbeth se indignó cuando vio al chico apartando a una pobre señora de un empujón para apartarla de en medio por el camino, y habría protestado de no ser porque se obligó a sí misma a morderse la lengua y no criticar aquel desagradable gesto. Odiaba esas cosas, pero tenía que tener sus prioridades claras en ese momento, y su prioridad por desgracia debía ser cuidar su propio pellejo. Si Sebastian se hartaba y la echaba a la calle su suerte se habría acabado, estaría perdida. Cuando llegaron al apartamento del chico la pelirroja se sobresaltó al ser recibida por los ladridos de un cachorro de perro que tras varios segundos ella se fijó que tenía dos colas. "Un crup" pensó. Su hermano había querido tener uno de esos, pero sus padres no le habían dejado.

No sabes cuánto te agradezco esto —dijo, refiriéndose a que la hubiese refugiado en su casa. Estaba agotada, pues después de estar meses postrada inmóvil en una camilla en el hospital sus músculos estaban atrofiados y el esfuerzo físico que había hecho al correr y huir le había costado mucho a pesar de que las pociones en el hospital la habían ayudado bastante con la movilidad, pero le costaría recuperar su anterior forma física.

Recuperó su mochila. El crup seguía ladrando y miraba la mochila con mucho interés. Lisbeth abrió la cremallera con cuidado y su gata blanca salió inmediatamente de la mochila, abalanzándose asustada a los brazos de su dueña. Lisbeth la acarició, pensando al menos que ese día lo peor ya había pasado.
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Sebastian E. Winterburn el Mar Ago 01, 2017 9:00 am

Si la situación hubiese sido otra, con toda seguridad Sebastian habría dicho algún comentario desatinado por recibir respuesta tan evidente, ¡si era clarísimo que la perseguían! Aunque ella no le dio explicaciones. Hacía relativamente poco tiempo había sido partícipe en la captura de algunos fugitivos, si eran criminales o sangre sucia era algo que hasta el día de hoy ignoraba. No estaba muy seguro de cómo había sido todo, y estuvo por pasar de ella de forma olímpica, pero algo lo detuvo. Algo muy parecido a la culpa, incapaz de saber si era el mismo sentimiento o era otro distinto. Fuese como fuese, había soltado aire en exasperación y tuvo que tomar una decisión.

Dicha decisión fue, de hecho, muy apresurada y se la cuestionaría cada paso desde que le sujetó el brazo de forma tan agresiva que quizá dejaría marca un día o dos hasta que llegó a su departamento. La había ignorado cuando pidió tener cuidado con su mochila, o al menos lo aparentó, porque realmente sí que había sido más cuidadoso, no sabía qué podía tener en su interior. Incluso empujó a una señora que se interpuso en su camino, molesto de aquello como si hubiese que apartarse a su paso, la señora sí que se quejó pero el rubio ni siquiera la miró. Le resultó raro que ni Lisbeth dijera algo, sin embargo entendió que no era lo más inteligente de acuerdo a su situación.

Deja las cursilerías para después —soltó mientras dejaba la mochila en el suelo para que Ravensdale pudiera tomarla por su cuenta. Tomó entre sus brazos a Dager para saludarlo entre caricias antes de volver a dejarlo en el suelo para ir a guardar las cosas que había comprado. Estaba nervioso y quería calmarse antes de cuestionarle a aquella chica qué era lo que había sucedido, tomándose su tiempo perdido en otra habitación. La verdad es que el departamento no estaba mal, el recibidor conectaba con la sala de estar, una cocina-comedor y la habitación principal, y no es que Sebastian precisase de más espacio que aquel.

El Crup, por otro lado, había sentido curiosidad por el blanco animal que salió de la mochila, peludo y extraño. Ignorando el principal recelo contra Lisbeth, había saltado un poco intentando morderle la cola a la gata. Era un poco travieso y como mascota única estaba sumamente mimado por su dueño, se notaba por la cantidad de juguetes que tenía regados por toda la sala de estar. Mismos que, con una señal de Sebastian, guardó adentro de una caja especialmente para ello. Por la constante atención del universitario, en aquel año había aprendido una generosa cantidad de trucos, entre ellos obedecer órdenes simples.

¿Piensas decirme ahora por qué te estaban persiguiendo? —cuestionó Sebastian ahora dirigiéndose a Lisbeth, haciendo notorio contraste en el cariño y la amabilidad que usaba para tratar a su cachorro y la carencia de la misma para, en general, todas las personas. Se preguntaba si Hayden le habría dicho a su prima el asunto con el ministerio que el rubio había tenido que pasar por sus padres muggles, por cómo tuvo que declarar su fidelidad al purismo, las cosas no habían sido precisamente agradables para él durante aquel tiempo, aunque ahora veía que para Lisbeth podría haber sido peor.

Tampoco es que estuviese precisamente seguro de cómo comportarse; tenía en consideración que Lisbeth podría seguir resentida con él por los asuntos del pasado, los mismos que habían distanciado su relación tiempo atrás. Sebastian quizá nunca lo admitiría, pero en el fondo se sentía mal de no haber sido un poco más empático con ella, había perdido más al ella alejarse que ella al hacerlo. Pero el orgullo era más fuerte, no pensaba admitir debilidad por la falta que le había hecho aquella chica el último tiempo en el colegio antes de la graduación.

Por lo pronto se sentó en la sala de estar, casi todo el departamento tenía colores cálidos que daban una impresión agradable y acogedora, era después de todo el sitio de Sebastian, un lugar que necesitaba sentir hogar y refugio a pesar de la escasa cantidad de habitantes que poseía. Invitó con un gesto de la cabeza a la ahora fugitiva a sentarse con él, como si no pensase que ella podría tomar la decisión por su propia cuenta y sólo lo hiciera porque él se lo ofrecía. Le gustaba tener las cosas en control, al menos aquellas que él podía controlar.
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Lisbeth Ravensdale el Mar Ago 29, 2017 9:14 am

El corazón le palpitaba tan rápido cuando llegaron al apartamento de Sebastian que creyó que se le saldría del pecho. ¿Y si no hubiese encontrado a una persona en la calle que la hubiese ayudado? Probablemente la habrían atrapado, y a saber qué horrible destino le tocaría sufrir. Cuando cayó en coma meses atrás había abandonado un mundo que parecía haber estado de camino a la paz y a un futuro mejor hasta que de repente en un segundo todo se desmoronó, y había despertado en un mundo que era un infierno nacido de las cenizas del anterior. ¿Qué destino podría depararle un lugar como aquel?

Por suerte ella ya había sabido con anterioridad que el mundo era horrible, así que en cierta manera estaba preparada para recibir el terrible golpe de la realidad. Sabía que el mundo estaba podrido, aunque no se había imaginado nunca que las cosas acabarían tan mal, tanto como para que los mortífagos se hiciesen con el control del mundo. Pero para eso había querido prepararse, ¿no? Para enfrentarse a ellos cuando eso sucediera, para impedírselo y derrotarles… Aunque había sucedido todo muy pronto. No estaba preparada, apenas acababa de empezar la universidad, su entrenamiento acababa de comenzar. No podía enfrentarse a nadie en esas condiciones.

Abrazó a su gata, encontrando confort en ella mientras la alejaba del crup que no hacía más que ladrar y ladrar con la atención puesta fijamente en Toulouse hasta que Sebastian le hizo una señal con la que el animal comenzó a guardar todos los juguetes que había esparcidos por el suelo, guardando por fin silencio. Parecía que al menos le tenía bien educado. Aunque el crup se había calmado, Lisbeth no soltó a su gata.

Luché contra ellos —fue la respuesta inicial que dio a la pregunta del rubio. Era cierto, había luchado, o al menos lo había intentado en Hogsmeade durante el ataque en el que casi había muerto. Ojalá hubiese podido hacer más, haber ayudado en algo… Pero había sido una causa perdida. No estaban preparados para recibir tal ataque, habían estado condenados desde el principio.

Pero esa no era la verdadera razón por la que la habían perseguido. Se mostró un poco reacia al principio a decir la verdad completa, pues aunque estaba agradecida sentía algo de desconfianza. No podía evitarlo.

“Me ha salvado,” pensó entonces. “Si fuese a entregarme ya lo habría hecho en la calle.”

Piensan que soy hija de muggles —reveló entonces, tras sentarse junto a Sebastian. —Me obligaron a hacer un test en San Mungo. Tiene que haber habido un error, mis padres eran magos, los dos —mentes malignas insinuarían que su padre no era su padre, que sería la bastarda de algún muggle, pero su madre sí que había sido maga de sangre limpia. —Pero no les importa lo que yo diga, solo importó ese maldito test.

No le extrañó que Sebastian estuviese allí. Todos sabían que venía de una familia muggle, pero el Sombrero Seleccionador le puso en Slytherin. No era la primera vez ni la última que alguien se enteraba de que tenía ascendencia mágica debido a algo así. Supuso que eso le había salvado de la prisión, o incluso de la muerte.

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Sebastian E. Winterburn el Mar Ago 29, 2017 10:40 pm

En el departamento, finalmente creyó que estarían en paz. Desde hace algunos meses ya no recibía visitas inesperadas buscando fugitivos y otros sangre sucia, así que se sentía más relajado. Calló al cachorro dándole una encomienda sencilla mientras se sentaba en el sofá a un costado de la puerta, invitándola a venir con él al cabo de unos minutos para que le contase qué era lo que estaba sucediendo, sabiendo que estaba metiendo las manos al fuego por alguien que tal vez ni siquiera lo merecía. Se preguntó cuándo fue la última vez que hizo algo parecido.

Creí que eras inteligente —dijo sin el menor filtro a sus palabras, luchar contra ellos no era en lo absoluto la cosa inteligente para hacer, aunque recordaba claramente que Lisbeth era una leona, normal que actuase con tanta quijotería. Pensó que la verdad habría terminado ahí, la dejaría tranquilizarse y luego la echaría, no quería problemas con el ministerio cuando apenas iban dejándolo un poco en paz al respecto.

Dager había vuelto para subir al sofá y echarse en el regazo de su dueño, quien distraídamente comenzó a acariciarlo. Los ojos curiosos del crup seguían fijos al gato, aunque había parado de ladrar. Sebastian rápidamente regresó la mirada a la chica cuando ella confesó que la creían sangre sucia, algo verdaderamente extraño en su opinión, no supo qué decir durante algunos segundos, confundido y algo consternado de ahora mismo estar con una chica así. No porque él tuviera realmente algo en contra, sino porque eso volvía contra él al ministerio.

Qué te imp- —empezó a decir, rápidamente atacando en cuanto tuvo la posibilidad y ella preguntó algo que Winterburn encontró demasiado personal. Se mordió la lengua a tiempo, al menos. — Está bien, me hice de un par de contactos para desvincularlos completamente conmigo, así que nadie les buscó —confesó al final, sin estar del todo seguro del por qué lo hacía. Quizá simplemente necesitaba hablar con alguien, pese a todavía desconfiar un poco de las intenciones tras aquella pregunta.

Se levantó del sofá para caminar a través del departamento hasta la cocina, de donde se le podía ver a través de una barra usada como mesa poner a hervir agua, probablemente con la intención de preparar té. El departamento estaba decorado con fotografías colgadas de diferentes naturalezas, ninguna de ellas incluía a una persona reconocible, centrándose en paisajes o animales generalmente. Cuando volvió, dejando la estufa encendida, suspiró.

También me obligaron a hacer un test, culpable hasta que se demostrase lo contrario… Tengo que admitir que fue una sorpresa, a pesar de lo que pasó en Hogwarts… —él nunca había desconfiado de su familia cuando esta le juró que no había modo de que así fuera, que su sangre no podía ser otra. No lo había pensado más hasta ese día, esposado en el Ministerio dando su resultado mestizo. — Incluso ahora siento que no he salido del radar… así que te aviso que este no es un lugar seguro —no estaba amenazando, estaba siendo honesto.

Dager aprovechó una pequeña distracción para, travieso, morderle la cola a la gata y salir corriendo. No había intentado hacer daño sino meramente molestar, era algo travieso después de todo. Se divertía así, fastidiando un poco, y se quedó tranquilo en su cama en un rincón. El dueño no hizo nada por reñirlo, sino que volvió a la cocina para preparar el té con el agua ahora hirviendo a juzgar por el silbido de la tetera. Preparó una segunda taza que dejó frente a Lisbeth, volviendo a sentarse al lado de ella, igualmente con un té de pasionaria sin una pizca de azúcar. La infusión era su gran aliada durante periodos de estrés y dolores de cabeza, así que creyó que ella podría necesitar una dosis.

Supe que escapó gente de Hogwarts, quién sabe, puede que alguno sobreviviera —no eran las palabras adecuadas, pero estaba intentando decirle que podría buscar a otros fugitivos con los que aliarse. Era algo malo expresando su preocupación, pero por más que intentaba convencerse que no era asunto suyo no conseguía dejar de darle vueltas al asunto.
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Lisbeth Ravensdale el Jue Ago 31, 2017 9:53 am

Sentía una gran empatía por las personas, por lo que necesitó preguntar cómo estaba la familia de Sebastian, ya que sabía que eran muggles. Aunque se detuvo a tiempo, pudo escuchar perfectamente la que habría sido su respuesta cortante y maleducada. Él era así, completamente inepto socialmente, brusco y sin mucha empatía, ya lo había comprobado en Hogwarts, sobre todo la última vez que se dirigieron la palabra después del asesinato de la familia de la pelirroja durante su sexto curso. Pero no le puso mala cara, sino que esperó al ver que él cambiaba su actitud y le daba otra respuesta, la que ella andaba buscando. Le dio mucha pena que él hubiese tenido que cortar los lazos con su familia por el hecho de ser muggles, pero al menos estaban a salvo. Eso era lo importante.

Me alegro de que estén bien —dijo ella con sinceridad.

Le contó la verdadera razón por la que la habían estado persiguiendo, que los resultados del test habían revelado una información que ella creía completamente falsa, aunque los mortífagos no la habrían creído ni aunque ella lo hubiese asegurado tras ingerir Veritaserum. Nunca atenderían a razón, y menos con alguien que les odiaba. Escuchó lo que le contó Sebastian entonces sobre su propia experiencia con el test. Claro que el hecho de que él hubiese estado en Slytherin no les había bastado con prueba definitiva; incluso sus compañeros de Slytherin le habían tratado como un hijo de muggles durante siete años, en especial el primo de Lisbeth, Hayden, quien ahora era mortífago, ¿así que por qué iban a tratarle los mortífagos adultos de manera distinta?

Qué irónica es la vida, ¿no te parece? —ella no pudo evitar reír entonces. Estaba muy estresada, y el estrés hacía que las pequeñas ironías le hiciesen reír aunque la gravedad de su situación era muy intensa. —Tú estabas completamente seguro de que eras hijo de muggles y resulta que por alguna razón eres mestizo. Yo soy mestiza y por alguna razón el estúpido test dice que soy hija de muggles.

Toulouse no se quejó cuando el crup le mordió la cola de manera juguetona, pero sí que se debatió con su dueña para que esta la soltase por fin y la dejase en el suelo. Salió corriendo detrás del crup, aunque los animales no se pelaron sino que parecía que comenzaron a enzarzarse en un juego. Lisbet sintió envidia de los animales, cuya vida era tan fácil y simple. Ellos no tenían guerras, ni odio, ni los crímenes que nosotros sufríamos. Sintió ganas de convertirse en animaga para poder perderse en el mundo animal y olvidarse de todo, aunque fuese al menos durante un tiempo. Ella bien sabía que su personalidad no le permitiría huir del conflicto durante mucho tiempo, jamás descansaría tranquila si lo hiciese.

Gracias —dijo cuando Sebastian le ofreció una taza de té. Estaba caliente y era muy reconfortante. Ella adoraba el té. Suspiró al escuchar sus palabras después de beber un pequeño sorbo con cuidado de no quemarse. —Ningún lugar es seguro… Pero tranquilo, me iré en cuanto pueda, no quiero causarte molestias ni meterte en líos.

Sabía que su última frase pretendía darle ánimo, tal vez, pero Lisbeth sintió un nudo en el estómago. “Puede”. Que palabra tan fea, llena de incertidumbre, de temor y de falsas esperanzas. Odiaba que la gente hubiese tenido que escapar de Hogwarts. Odiaba que puede que estuviesen muertos. Odiaba que el mundo estuviese así.

Si están vivos y los mortífagos todavía no han dado con ellos no sé cómo lo haré yo… —suspiró antes de beber otro pequeño sorbo. —Pero ojalá tengas razón.
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Sebastian E. Winterburn el Vie Sep 01, 2017 9:01 am

No hubiera dudado, en situaciones normales, en mandar al demonio a quien osara preguntar por su familia; a nadie le interesaba esa información. Quiso confiar, no obstante, que ella sentía verdadera curiosidad, que en serio le importaba. Le dio una mirada cuando ella respondió, alegrándose de que estuvieran bien. No agradeció, no dijo nada, en verdad Sebastian no tuvo ni la más pálida idea de qué decirle. Si bien Winterburn había empezado a madurar, todavía era un crío con poca inteligencia emocional, y en esa carencia quedaba el hecho de no estar seguro de cómo responder a ese tipo de amabilidades.

Ella le contó sus razones, y un poco más de lo mismo. Era raro que ellos dos hubiesen vivido lo mismo desde el camino del otro; justo como ella mencionó después. Él juraba que su sangre estaba sucia, que su familia nunca lo engañaría, y resultó que no compartía sangre con ellos. Lisbeth, por su parte, se sabía mestiza pero resultó que tampoco lo era. — Sería realmente bueno si, no lo sé, tu primo hubiese acabado siendo sangre sucia —comentó, encogiéndose de hombros, sin prestar aparentemente demasiada atención al tema.

Con su mirada veía a Dager y al gato jugando, a veces pensaba que el cachorro estaba demasiado tiempo solo, aunque sólo lo dejaba solo cuando tenía que ir a una zona muggle o estaba en la universidad, así que podría decir sin temor a equivocarse que no lo estaba. En fin, terminó de preparar las tazas de té para entregarle una de ellas a la chica, ella entendió la pequeña advertencia que le dijo mientras se sentaba a su lado.

Es una buena pregunta —admitió, llevándose la taza a los labios para tomar un sorbo. Los estaban persiguiendo después de todo, ¿no era así como se habían encontrado? No imaginaba que hubiera encuentros públicos como si planearan que los cazaran a todos al mismo tiempo. — Alguna manera encontrarás, usa el cerebro —no era la forma más agradable de decir que pensaba que alguien podía llegar a ser muy inteligente, pero al menos lo estaba intentando, había que valorarle el esfuerzo.

A veces se preguntaba cómo Dager conseguía intentar llevarse bien con todos, con ese mal carácter que a veces tenía. Lo cierto era que el cachorro era adorable y su curiosidad era más fuerte que el recelo que sentía hacia los demás, por ello no le importaba nada jugar con aquel gato, intentando morderle sin querer hacerle daño. Si la gente fuera un poco como los animales seguro que no estarían viviendo la situación que actualmente tenían, tanto odio a los demás sólo por ser diferentes.

De todos modos, en cierto momento se levantó, dejando la taza en la mesita de centro mientras caminaba en dirección a la mesa del comedor donde había dejado las cosas que llevaba al llegar. Rebuscó dentro de una mochila pequeña hasta encontrar su cámara, una cámara instantánea profesional, para caminar en dirección a los animales aunque teniendo su distancia para no distraerles puesto que dobló las rodillas para estar a su altura. Tuvo que levantarse a mover un poco las cortinas del balcón para modificar la iluminación antes de volver a la posición anterior y finalmente sacar una captura de los dos jugando. Aunque la cámara escupió la fotografía, tomó una segunda captura tras enfocar un poco más antes de regresar a su asiento.

En completo silencio, miró las fotografías que había sacado, la segunda era ligeramente más nítida que la primera, pero ambas eran realmente adorables. Dejó la segunda en la mesita, la otra la extendió a ella tomándola entre la fotografía. — Puedes quedártela si la quieres —le dijo, suspirando. Recordaba vagamente a la gata de Lisbeth, aunque su nombre escapara en ese momento a su memoria. Le resultaba raro, le daba recuerdos del colegio que se esmeraba en enterrar. — Recuerdo cuando discutimos por el cumpleaños —mencionó repentinamente, volviendo a tomar la taza.

Había sido una tontería, quizá el segundo año o tercero luego de haber empezado a hablarse, cosas de críos. Él fue el primero en enfadarse porque ella “le robaba el cumpleaños”, aunque en aquel entonces no era ni de lejos tan hiriente como lo fue la discusión definitiva que los alejó, por lo que había durado más bien poco enfadado con ella. Si lo pensaba en retrospectiva, el Sebastian de entonces tenía un poco de razón: ¿cuándo alguien iba a imaginarse que compartiría cumpleaños con alguien? Era, como poco, extraño.
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Lisbeth Ravensdale el Mar Sep 12, 2017 2:00 am

Rió ligeramente cuando Sebastian dijo que habría sido bueno si Hayden hubiese resultado ser hijo de muggles. Podía imaginarse perfectamente su cara completamente horrorizada, como si el Apocalipsis se le viniese encima para arrasar con todo lo que amaba. No era muy difícil imaginarlo, en verdad. Hacía muchísimo tiempo que Lisbeth no le veía, pero solo tenía que mirar a Sebastian y modificar su gesto en su mente para verle con expresión de horror y así veía a Hayden. Era increíble lo muchísimo que se parecían, y Lisbeth no era la única que se había dado cuenta del parecido entre ambos chicos de la misma edad que no compartían ni una sola gota de sangre en sus venas.

¿Te imaginas? Primero le daría un infarto y moriría del disgusto, y luego resucitaría e iría inmediatamente al hospital a hacerse una transfusión completa de sangre. Cinco transfusiones, en realidad, para asegurarse bien de que no le quedaba ni una sola gota muggle en las venas. —Podía parecer una exageración, pero no lo era. Así era su primo, un completo asco de persona, racista, clasista, purista y cruel, sin moral ni principios positivos. —Sería muy irónico, como si os hubieseis intercambiado el puesto… —Aunque Hayden era sangre limpia, no mestiza. —¿Estás seguro de que no os cambiaron al nacer? Porque sois casi idénticos, lo veo viable —bromeó.

Aunque le animó saber que había gente que había escapado del nuevo régimen de los mortífagos y ahora vivían como fugitivos, alimentando así su esperanza de que tal vez estuviesen planeando algo para restaurar el orden en la sociedad de nuevo, le preocupó no ser capaz de encontrarles. Llevaban escondiéndose meses sin que los mortífagos ni los leales a la autoridad les encontrase, ¿cómo iba a dar con ellos? Algo tendría que pensar, y tendría que ser pronto, si es que quería sobrevivir sin tener que ir a vivir debajo de un puente cuando la hospitalidad de Sebastian se agotase, situación en la que quedaría muy vulnerable. Pero en ese momento estaba demasiado distraída por todo lo ocurrido como para ser capaz de concentrarse en trazar un plan o siquiera en pensar por dónde empezar, así que decidió dejarlo todo para mañana. Mañana sería un día nuevo, y todo saldría bien, estaba convencida de ello.

No dijo nada cuando vio a Sebastian levantarse e ir a sacar una foto con su cámara profesional a los animales que jugaban alegremente en el suelo, completamente ajenos a los problemas de los humanos. Lisbeth observó en silencio mientras Sebastian modificaba la iluminación y escogía el ángulo perfecto. Cuando sacó la foto y se la tendió a la chica, ella la cogió. Sonrió al ver la imagen inmortalizada del crup y Toulouse jugando de mentira.

Es muy bonita —comentó, manteniendo la sonrisa. No dio las gracias, sentía que ya lo había hecho demasiadas veces en un espacio demasiado corto de tiempo, pero en su expresión se notaba que verdaderamente agradecía el obsequio y lo atesoraría. Era curioso lo mucho que se podía atesorar cosas tan simples y aparentemente insignificantes en tiempos oscuros como aquellos.

Cuando Sebastian mencionó el cumpleaños de ambos la pelirroja dejó de sonreír rápidamente y puso los ojos en blanco.

¡Fuiste un idiota! —exclamó sin poder evitarlo, le salió del alma. No estaba molesta, ni de lejos, había sido una discusión estúpida de niños. Con Sebastian siempre había muchas discusiones estúpidas. En el fondo le hacía gracia. —Me robas el cumpleaños —le imitó entonces con voz burlona y tono agudo, como un niño pequeño repelente, mientras hacía una graciosa mueca. No consiguió mantener la mueca durante mucho tiempo, pues entonces se rió ante la ridiculez del asunto. —Estábamos en el colegio y en Casas distintas, no es como que te estaba robando a tus amigos para que fuesen a mi fiesta o algo por el estilo, no importaba que compartiésemos la misma fecha… Pero en todo caso, ¿por qué te lo estaba robando yo a ti? ¡A lo mejor me lo estabas robando tú a mí, a lo mejor yo soy la mayor!
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Sebastian E. Winterburn el Mar Sep 12, 2017 9:32 am

Hubiese sido emocionante haber visto a Hayden siendo un sangre sucia sorpresa como ocurrió con Lisbeth, casi le agradaba imaginarse su estúpido rostro desencajado del horror, de la sorpresa, la rabia acumulada. Sería bastante divertido, como poco, y dudaba que con sólo transfusiones de sangre uno pudiese dejar de ser sangre sucia, de lo contrario no habría tantos fugitivos. Iba más allá de la sangre, en los genes, después de todo. Estaba demasiado ocupado pensando en ello que se sorprendió un poco de que le hiciese considerar tan sólo haber sido cambiado con Hayden; era una broma, pero una de muy mal gusto en su opinión.

Ni siquiera lo menciones, nunca entendí por qué demonios decían que nos parecíamos —no hay mayor ciego que el que no quiere ver, y Sebastian estaba muy convencido que no quería ni considerar ser semejante a aquel bastardo. — No hay modo de que nosotros nos parezcamos ni un pelo —insistió, orgullosamente. Seguramente habría sido cambiado con algún mestizo, pero no con el estúpido de Hayden, eso sí que lo tenía muy claro. Todavía no era capaz de desconfiar de su madre, a la que amaba y respetaba por encima de todo lo ocurrido.

De todos modos, le comentó que quizá, sólo quizá, podría encontrar a alguien para ello, para encontrar algún sitio donde quedarse con el resto de los fugitivos. Él no pensaba ofrecerle su casa en lo más mínimo, ya bastantes problemas tenía como para que encima volviese al punto de mira por resguardar a un fugitivo, que encima sería cobrado como traición. Era su pellejo antes que el de Lisbeth, después de todo, supervivencia básica, nada personal. Esperaba que Lisbeth lo comprendiese y entendiese que realmente no podía hacer demasiado por ella, no porque no quisiera sino porque no podía, o al menos así intentaba pensar para no sentirse tan culpable.

Se levantó a tomar, entonces, una fotografía del crup y la gata. Tenía un álbum entero con fotografías de Dager, desde que era un pequeño cachorro de semanas el cual le advirtieron que no viviría mucho hasta el actual, donde pensaba meter más tarde la fotografía que acababa de tomar. Su delicada salud había empezado a mejorar con el esfuerzo y la dedicación de su dueño, y ahora estaba en proceso de convertirse en un crup completamente adulto con la fuerza y fiereza de uno, pero con el alma de pequeñajo que travieso seguía sin perder la chispa de jovialidad, al menos con aquellos en quienes conseguía confiar. Y es que el pequeño podía ser tanto o más desconfiado que Sebastian, aunque al cachorro era fácil comprarlo.

¡¿Idiota, yo?! —replicó en cuanto ella lo llamó idiota, una vez que le recordó aquella absurda discusión sobre los cumpleaños. Le dio un golpe en el hombro sin demasiada fuerza para mostrar su descontento con la imitación barata que intentó hacer. — No es que tuviera muchos amigos, para empezar —pensó en voz alta, y como creyó que lo había pensado a sus adentros no le prestó atención. — ¡Mírate, no hay modo que tú seas mayor que yo! Estoy seguro que yo nací primero y por eso tú me lo robabas a mí —aunque claro que no había forma de saberlo a menos que sus padres les dijesen la hora a la que habían nacido. Ninguno de los dos podía preguntarlo en ese momento, por uno u otro motivo.

El colegio era un poco menos horrible cuando sólo recordaba las cosas medianamente agradables. Esos enfados, las discusiones sin sentido, los momentos de bromas que había pasado con sus colegas de entonces. Con casi nadie había mantenido el contacto, pocos privilegiados aún le podían mandar una carta que sería respondida. Incluso podía parecer que ni siquiera habían discutido y no se habían visto desde entonces. La vida tiene una forma rara de volver a juntar a personas con las que dejó de hablarse y de verse, ese día lo había descubierto bastante claro.

¿Qué fue lo que hiciste luego de salir del colegio? No volví a saber nada de ti desde entonces, ¿entraste a la universidad? —se animó a preguntarle. Y es que, claro, era difícil no verle cuando el director les llamó uno por uno para graduarse, pero a partir de ahí, en la extensión del campus universitario, no había vuelto a verle. Se preguntó si sería porque él estaba muy enfrascado en no prestar atención a nadie del colegio o si era realmente ella la que había tomado un camino distinto a raíz de su graduación.
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