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Revolution of two [Priv.]

I. Ezra Sullivan el Dom Jul 02, 2017 1:42 pm


Con  Niara Soyinka · Área - M



No necesitaba contar con el don de la magia para haberse dado cuenta de aquello. No precisaba de piedras con dibujos en el reverso, posos de té o bolas de cristal que aseguraban ser capaces de predecir el futuro. Sabía de sobre que lo que le esperaba en el interior de aquella celda vacía no era más que muerte y agonía. Desesperación enmascarada en forma de locura y es que ya sentía que había dejado de ser él mismo para convertirse en una especie de ente que deambula por los pasillos sin rumbo aparente. Que carece de motivaciones en la vida y que su única salida posible es la muerte. Una muerte que, tarde o temprano, llamaría a su puerta. Suponía que sería más tarde que temprano, pues a los Extirpadores les gustaba jugar con su comida incluso cuando no iban a devorarla. Les gustaba lanzar maleficios a diestro y siniestro. Adoraban el olor de la muerte y del sufrimiento. Y Ezra sabía que un día acabaría por perecer en una de aquellas torturas. Incluso con un poco de suerte el agotamiento o la mala nutrición serían los culpables del fin de sus días. Rogaba por una muerte tranquila en su celda. Acostado sobre aquello que algunos denominaban cama pero que no se alejaba mucho de ser un trozo de madera astillado.

- Filete de atún encebollado y espárragos trigueros al horno. – La mujer, con su habitual redecilla sobre la cabeza, depositó una masa grisácea casi sólida sobre la bandeja de Ezra. Este, alzó la vista para encontrar una sonrisa de dientes amarillos y torcidos que se reía de todos y cada uno de los presos. – Venga, largo de aquí. – Movió la mano libre donde no sujetaba el cucharón y obligó a que los presos avanzaran.

Ezra se dejó caer sobre uno de los asientos situado sobre lo que aparentaba ser una ventana. Pero no lo era. La luz del sol no llegaba hasta aquel recóndito lugar perdido del mundo donde habían ido a parar. Ni siquiera el sol se atrevía a visitar un lugar abandonado de toda esperanza como era el Área – M, allí sólo había margen para el sufrimiento que día tras día debían soportar los presos.

Ni siquiera miraba a las personas con las que se había visto obligado a pasar el tiempo hasta que la muerte llamase a sus puertas. Al principio lo hacía. Miraba de manera curiosa en busca de una cara amable que le hiciese ver que aquel lugar aún guardaba un atisbo de bondad. Buscaba, de manera desesperada, una mano amiga que se posase sobre su hombro y le dijese que todo iría bien. Pero no había manos amigas. No había caras amables. Sólo gritos cargados de sufrimiento, llantos ahogados, peticiones a un Dios que parecía haber olvidado que estaban en el mundo. Por suerte para él, nunca había necesitado creer en un ser superior que juega con las vidas humanas como si de simples marionetas se tratasen.

- ¡Wow! – Una voz animada sonó tras su espalda. Ezra miró de soslayo, ya conocía bien de quién se trataba. - ¿Me lo cambias? A mí me ha dado pollo asado con patatas, me dijo que no le quedaba más pescado pero… Ah, por Merlín, tu plato tiene una pinta increíble. – Era una mujer que rozaba los ochenta años. Su pelo era cano, totalmente blanco. Sus ojos azules estaban siempre inyectados en sangre y tenía unas marcadas bolsas bajo los ojos. Su rostro arrugado no mostraba maldad alguna y parecía que no sabía siquiera donde estaba. Los Extirpadores se habían negado a usarla como conejillo de indias para sus experimentos asegurando que aquella mujer no sería capaz de soportar ni un solo hechizo en sus carnes. Ezra lo agradecía. No podía estar más de acuerdo con ellos en que no sobreviviría. Pero, a diferencia de los Extirpadores, Ezra se alegraba por ella, pues no tenía que soportar el sufrimiento al que día tras día, el resto de presos debían enfrentarse.

- Pero el mío tiene espárragos. ¿Te gustan? – Preguntó fingiendo que aquella masa gris situada frente a su plato tenía algún tipo de forma o sabor. Para él, no era más que comer cartón mojado y aplastado. No quería pararse a pensar de qué estaba hecho aquello. Mejor no pensarlo si quería seguir comiendo.

- ¡Claro que me gustan! Una vez, cuando vivía en Limerick, encontré una plantación de espárragos muy cerca de mi casa. Saltaba la verja todas las mañanas para ir a buscar unos cuantos que tomar en el desayuno. Mi madre no sabía de dónde los sacaba pero encantada los preparaba con huevos revueltos y una tira de bacon. – Olfateó el aire, como si buscase algo. – Es como si pudiese olerlo.

Ezra ladeó los labios, como si fuese un intento por dibujar una sonrisa que jamás llegó a aparecer entre sus labios.

- He oído que mañana habrá bacon con huevos revueltos para desayunar. – Le dijo en un susurro, como si aquello fuese el secreto mejor guardado en la historia de la humanidad. La mujer se tapó la boca con ambas manos y, seguidamente, cogió su bandeja para seguir caminando hacia una de las mesas más cercanas a la puerta de salida. Sonreía. Aquella mujer había encontrado la forma de vivir con una sonrisa pintada en sus labios aun cuando todo a su alrededor auguraba la muerte. Ezra esperaba que al menos se fuese en paz, sin el sufrimiento con el que el resto tenían que lidiar.
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Niara Soyinka el Lun Jul 10, 2017 7:02 am

Las intrigas de la prisión formaban parte de un mundillo al que Niara se había desadaptado luego de tanto tiempo en aislamiento. Era una convivencia extraña estar rodeada de cerdos marcados para ir a morir al matadero, y despertar ‘una mañana’ dándose cuenta de que eras parte de ese ganado que acribillaban a diario, sin contemplaciones. Pero lo que ella empezaba a ver eran los tratos y alianzas que se formaban dentro de la prisión, entre esos codiciosos cerditos.

No era todo solidaridad y consuelo entre ellos, los perjudicados. Pero si tironeabas los hilos podías conseguir cosas, o que otros hicieran cosas por ti. Daiana, por ejemplo, antes de morir, había desarrollado un sistema de información, a modo de cable humano. Su intención había sido averiguarlo todo sobre los guardias, y saber a cuál sondear, de tal o cual manera, y de cuál retroceder. Había funcionado, cuando se trataba de pequeños favores, pero al confiarse demasiado, uno de los guardias que fingía arrepentimiento y ser la salvación para los presos, acabó delatando una tentativa de escape. Puede que nunca hubiera sido un éxito, pero el logro del guardia fue ver morir las esperanzas de un puñado de revoltosos. Y tal parece que tener ideas de escapar era peligroso. Lo cual, lo hacía tentador.

¿Por qué preocuparse tanto por aplacar una ilusión tan comprensible allí, en el infierno de Azkaban, si las posibilidades fueran negativas en un 100%?

Niara no hubiera vuelto a pensar en nada de esto si, en los últimos días, no hubiera sido abordada por distintas situaciones que la obligaron a tomar cierta postura. Y es que, desde el evento en el comedor, una buena parte de los presos que la reconocían, la despreciaban, y otra buena parte se acercaba y la tomaba de las manos, asegurándole que ‘estaban con ella’. Como para que no le quedaran dudas sobre qué motivaciones inspiraba en los demás presos, más de uno se le fue acercando, de a poco, para relatarle distintos planeamientos de escape.

Ni falta hacía decir que la mayoría estaban chalados. No, todos ellos. Completamente trastornados e incoherentes. Uno quería salir volando montado en un hipogrifo. Qué personajes más tristes y lamentables. Lo que ellos necesitaban era ayuda del exterior. Y ningún guardia hasta ahora había resultado de confianza. Pero, como desde la prisión estaban tan preocupados por las revoluciones que se podían dar desde adentro, uno empezaba a preguntarse, “¿y si quizá…?”. Tres palabras, que podían transformar una circunstancia desde sus cimientos.

—Me ha dicho que se iría volando en un hipogrifo—comentó Niara. No sonreía. Su expresión llevaba días apagada. Pero su voz, todavía tenía cierta musicalidad que traicionaba los silencios en que se sumía cuando se mostraba pensativa. A saber en los horrores que pensaba. No hablaba mucho de ello—Hubiera querido decirle por qué era imposible. Pero hubiera sentido que era yo la tonta—Se había sentado junto a Ezra y comía con las manos. No se sabía por qué, pero siempre hacía los cubiertos a un lado. Y de repente, agregó, agravando el acento—: Ezra—Lo apuñaló con una mirada cargada de advertencia—Esa mujer es una informante—No necesitó explicar quién, porque le había lanzado una mirada espeluznante apenas cruzar la puerta del comedor—Los seleccionan entre los presos porque quieren saber de qué hablamos, qué soñamos, qué tramamos. Tenlo en cuenta. No me fío de ella.

Últimamente, no se fiaba de nadie.

—¿Irías a la caza de hipogrifos conmigo, Ezra?—preguntó en un susurro, luego de una pausa. Lo miraba preocupada y severa. Ese día estaba muy seria. Seguramente, no le habría revelado todo lo que tenía por decirle.
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I. Ezra Sullivan el Miér Jul 12, 2017 1:14 am

Siempre le había gustado pasar tiempo solo. Con la única compañía de sus propios pensamientos y ajeno a lo que sucediese a su alrededor. Pero aquella prisión era algo que también le había arrebatado. Allí no tenía la oportunidad de salir a pasear en mitad de la noche para alejarse del resto de personas con las que convivía. Lo más parecido a tener su propio espacio y el silencio que tanto le agradaba era pasar unos días visitando las celdas de aislamiento. Al fin y al cabo no era un lugar tan malo, pues allí los  celadores y extirpadores no tenían cabida junto con el resto de sus juegos macabros.

La soledad era algo de lo que había tenido que prescindir. Y agradecía aquellos momentos donde podía estar solo, ajeno a las pocas conversaciones que los presos mantenían a pocos metros de distancia y sumido en sus propios pensamientos. Pero el silencio era algo que no duraba mucho. Tras la marcha de la señora de los  espárragos llegó otra  presencia para amenizarle la comida. O más bien, para obligarle a poner un pie en la realidad que tan poco le agradaba. Ezra había pasado a crear un mundo imaginario en sus pensamientos. A crear un lugar donde no tenía que lidiar  con problemas, con golpes y burlas. Donde no era maltratado y encerrado en una celda hasta que sus piernas no podían sostenerle. Un lugar donde no tenía que sufrir el daño de pociones y hechizos experimentales que aquellas personas lanzaban sobre su piel y el resto de  su organismo.

En ocasiones, tenía que admitir que no sabía si  Niara había perdido el juicio. Parecía tener esperanza y eso ya era una razón por la cual pensar que la tortura se había encargado de destrozar lo que quedase de ella en su interior.

- ¿Y qué te hace pensar que yo no soy uno de ellos? – Contestó con la misma retórica lanzada por la chica. Ezra no confiaba en nadie y odiaba que el resto confiasen en él. ¿Acaso no se daban cuenta dónde estaban? Si de por sí había sido una persona desconfiada por naturaleza, los últimos sucesos acontecidos en su vida lo habían agravado. El ser encerrado en el Área – M por la traición de su familia era un duro golpe. Pero estar en prisión no era un plato de nuevo sabor para Ezra. Conocía bien cómo funcionaban las prisiones. Había pasado cinco años en una muggle y, salvo las torturas, no era tan diferente en todo lo demás. – A lo mejor voy a traicionarte  hoy mismo para que te corten la lengua por hablar tanto. – Añadió antes de meterse una cucharada de aquella masa marrón en la boca. El sabor era incluso peor que el olor.

No sabía si Niara hablaba en serio. Si realmente creía que existían esos informadores o si  tenía  la vana esperanza de ganarse el favor de los extirpadores y celadores comportándose como si pensase que la escuchaban en todo  momento. Nunca se le había dado bien entender al resto de personas, y Niara era incluso más complicada que todas las que antes había conocido.

- Caza de hipogrifos. – Repitió el hombre. Volvió a tragar lo que pretendían que fuese comida. Su estómago ya sonaba del tiempo que llevaba sin probar alimento y su cuerpo estaba a un paso de la desnutrición. No importaba el sabor, sólo importaba sobrevivir. – Pero os sacaré ventaja a todos. No creo que os dejen una varita y un mago sin varita es un simple muggle. – Él lo había sido toda su vida. Tenía mayor experiencia en lo que era no tener un apoyo mágico que hiciese todo el trabajo por él o que, al menos, lo facilitase.

No entendía nada de hipogrifos ni de criaturas  mágicas. Tampoco entendía qué era lo que Niara pretendía decir  con aquella supuesta caza de hipogrifos. No podía ser  algo cierto, sino algún tipo de metáfora que, como otras tantas, Ezra no entendía. Nunca había sido alguien que entendiese al resto con facilidad y mucho menos si se andaban por las ramas.

- ¿Qué  es lo que estás buscando aquí? – Le preguntó sin ningún tipo de tapujos, más preocupado en el recorrido que realizaba la cuchara antes de llegar a su boca que en lo que estuviese buscando su amiga. A diferencia de Niara, Ezra había tirado la toalla.
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Niara Soyinka el Vie Jul 14, 2017 2:58 am

—No lo eres. Pero pueden usarte—respondió tranquilamente. Se chupó los dedos, uno a uno, despreocupada y sin remilgos— Tú ríete, pero la traición te deja maldito toda tu vida. Pobre el mago que no lo sepa—Tenía que soltar esas frases serias con una naturalidad tan negra, concluyente como una fábula trágica. Y agregó—: Es bueno saber que puedes sacar lo mejor de una situación.

Niara apartó su bandeja vacía. La había dejado limpísima. Se había dicho a sí misma que era importante acumular energías. Una buena alimentación podía ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Había dudado mucho de si decírselo o no. No quería comprometer a Ezra. Pero luego se dio cuenta, de que si escapaba, su vida ya no tendría ningún propósito fuera de Azkaban. No podía preocuparse por ella misma, pero en cambio, podía hacerlo por otros. Así que, ya no se trataba de hallar su escapatoria. Nada de eso era algo que su amigo necesitara saber.

Niara le tendió una larga mirada antes de responder.

—¿Aquí? Aquí sólo vengo por mi filete y mis espárragos—retrucó, irónica—Hubiera ido derecho a la salida, pero el guardia no me dejaba pasar—Hizo una pausa, en la que sonrió para sí, y explicó—: Es a mí a quien vienen a buscar. Yo no vine por nada en particular. Mira a ése que se acerca con la bandeja, quiere hablarnos. No te vayas. Quédate. Él sabe cómo escapar. Le he dicho que tú nos ayudarías. Y no bromees con traicionar a alguien. Ayer mataron a Miller, por la misma razón. Presos que asesinan presos. ¿Te das cuenta? Van en serio. Quieren saber si seremos de fiar.

Lo soltó todo tan de repente, tan casual, que nadie hubiera dicho que lo tenía planeado de antemano.

—Al menos, tienes que escuchar—aconsejó, razonablemente—Yo me uniré a esos locos. Y acudiré a ti cuando necesite ayuda—agregó, con sorprendente descaro. Podía apreciarse que tenía determinación. Lo que no se entendía era la insistencia a meterlo en ese embrollo—No es como si tuvieras algo más importante que hacer.

A ella no le gustaba la idea de depender de un grupo de chalados extremistas. Pero había hecho uso del impacto que causó su forma de guepardo para apropiarse de cierta información. Después de todo, incluso en aquel lugar sin ventanas, había los que no habían dejado de complotar, en pos de un bien común. No tenían lazos y podían traicionarse con facilidad —no era su caso—, pero sí tenían ideas interesantes. Barnabás, por ejemplo, el tipejo que se acercaba con la bandeja, apostaba por la posibilidad de huir por los conductos que daban al exterior. “Ellos no quieren que lo veas—decía—, pero salidas, las hay. Hay que ser bueno hallándolas. Y hay que ser todavía mejor si piensas en escabullirte”.

Era posible acceder al desagüe. Había hechizos que hacían de valla, pero estaban trabajando en ese tema. Había zonas en las que los hechizos se debilitaban, otras en las que saltaba la alarma al menor descuido. La cuestión es que ni los guardias patrullaban por allí, o siquiera pensaban que los presos pudieran darse cuenta de que sí había una luz al final del túnel.
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I. Ezra Sullivan el Dom Jul 16, 2017 11:53 am

Había sido toda su vida una persona desconfiada. Desde antes de que el mundo le diese razones para serlo. Cuando era un niño carente de maldad alguna en sus actos había mostrado desconfianza hacia todo el mundo. Incluidos todos y cada uno de los miembros de su familia a excepción de su madre. Quizá aquello había sido una señal de lo que sería su vida en el futuro, donde la única persona que merecía verdaderamente esa confianza era la que le había dado la vida. Dicen que los niños saben muchas cosas aunque no sean conscientes de su sabiduría. Que saben cuando se les quiere y cuando no. Pues Ezra era uno de esos niños y lo fue durante toda su vida aun cuando ya superaba los cuarenta. La confianza era algo complicado. Un tesoro que no se debía entregar con facilidad al resto, sino que había que trazar un enrevesado mapa para que otros fueran capaces de desenterrarlo en un futuro. Que mostrasen que merecían encontrar dicho tesoro o, en otras palabras, de merecerse su confianza.

Era por eso que Ezra no comprendía cuáles eran las razones por las cuales una persona confiaba tan fácilmente en el resto. Sin duda, el tiempo ole había demostrado a Niara que podía depositar toda su confianza en él, pero la situación y el contexto en el que se encontraban demostraba a Ezra, día tras día, que las cosas podían cambiar de un día para otro. Que tu mejor amigo podía convertirse en tu verdugo sin siquiera verlo venir, sin necesidad de un pretexto o explicaciones previas. ¿Por qué no iba a pasar algo así entre ambos cuando era la cárcel quién, en un macabro juego, les había unido?

- Suerte que no soy un mago. – Contestó con una media sonrisa sin dirigirle la mirada a Niara, aún inmerso en su propio plato de comida.

No supo muy bien si el resto de aquellas palabras no eran más que una ironía barata por parte de su ahora acompañante pero se limitó a sumergirse en sus propias preocupaciones que, en aquel momento, consistían en terminarse aquel plato de comida antes de que uno de los celadores considerase que estaba perdiendo el tiempo y lo llevase a rastras a su celda tras lanzar la comida contra una de las paredes. No es que la pared no fuese el mejor lugar donde aquello que llamaban comida podía ir a parar, es que de no alimentarse acabaría perdiendo el sentido.

- No me interesa ese tal Miller y tampoco me interesa cómo ese loco piensa que puede salir de aquí. – Su mirada seguía fija en su propia bandeja mientras terminaba lo que quedaba en el plato con más calma de la que la propia Niara había mostrado. Si por él fuese hubiese terminado con toda la comida de un solo manotazo pero la experiencia le había enseñado a racionar incluso cuando iba a terminar con el contenido de aquel plato de una sola sentada. – No hay salida posible a no ser que sea en una bolsa para cadáveres. ¿Quieres salir en una puta bolsa para cadáveres, Niara? – Se giró, con ojos acusadores, antes de volver la vista a la comida. No quería cargar con la responsabilidad a su espalda de la muerte de más presos. La pérdida de Miller no era del agrado de nadie por mucho que Ezra fingiese indiferencia hacia dicho suceso, pero Niara… Niara sí era su amiga.

Apretó los puños y dejó caer los cubiertos sonoramente. Niara ya había tomado una decisión sin siquiera contar con él. No es que le debiese explicaciones de cada uno de sus movimientos, pero sí cuando esos movimientos significasen acudir a él cuando necesitase ayuda. Aquellas palabras le gustaron incluso menos que ese falso filete con espárragos.

- No me jodas Niara. ¿Sabes lo que nos puede costar que nos relacionen con esa gente? – Dijo bajando la voz y acercando su rostro al de Niara por seguridad. Su nivel de paranoia desde que había acabado en el Área – M era tal que muchas veces pensaba que hasta les analizaban la orina para saber si habían tomado algo fuera del menú.

El hombre del que hablaba Niara no pasó de largo, sino que dejó caer la bandeja frente a ambos y tomó asiento, haciendo que Ezra se apartase levemente de Niara para mirar al nuevo comensal.

- ¿Y bien? ¿Tú amigo colaborará? – Preguntó ignorando por completo la presencia de Ezra a pesar de estar este delante para hablar directamente con Niara. Si no fuese porque estaban rodeados de presos y celadores, Ezra ya se habría levantado sin siquiera terminar su plato para largarse de allí. Pero era evidente que hasta alguien tan impulsivo como él sabía que aquello llamaría la atención innecesariamente.
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Niara Soyinka el Miér Jul 19, 2017 2:02 am

Niara le dedicó una mirada entrañable y triste, que contrastó notoriamente con el tono con que venía expresándose, uno demasiado confiado, para variar. La tensión que la situación provocaba en Ezra la conmovía.

—Ezra, ¿no te cansas de vivir en el miedo?—preguntó, apelando al hombre, más allá de sus ojos—No hay nada aquí por lo que valga la pena quedarse—prosiguió. Y, retomando la conversación por donde la había dejado, agregó—: Además, piénsalo, si tanto te obsesionas por permanecer entre la espada y la pared, ¿qué diferencia hay entre una prisión sin salida, como Azkaban, y una opción sin alternativa, como la que te estoy ofreciendo?, ¿qué diferencia te hace? ¿Es porque te has encariñado con tus extirpadores? Recuerda que yo también intenté matarte, y hasta creo que incluso en eso tuve más éxito que ellos. Y no olvidemos, que yo soy más encantadora.

Un día sí, otro día no. Últimamente se la notaba muy inestable, y no es como si Ezra la hubiera conocido en un estado distinto. Había días en los que no podía acercarse a la gente, y se aislaba, acechada por ideas delirantes. Visto así, ella misma no resultaba muy de fiar para nadie. Pero, considerando lo que hacían con ellos, los sujetos de experimentación, tampoco era raro ver casos como ella. Sólo que era imposible imaginar cuán irrecuperable era su caso.

>> ¿Qué, exactamente?—Quiso saber, bajando la voz, respecto al “costo” de implicarse en todo ello—: ¿Nuestra libertad?, ¿tu vida?, ¿la mía?, ¿dosis eternas de dolor? Pensé que eso estaba en el menú de todos los días. ¿Es que han estado siendo mezquinos con algo de eso en Azkaban?

No es que a Niara le causara gracia, porque gracia, de esa que te hace reírte de un chiste, no le hacía para nada. No, no era eso. Pero estaban tan acostumbrados a temer desproporcionadamente, que era lo único que hacían allí dentro: temían a los guardas, a los extirpadores, a la eventualidad, a todo. Y de ese modo, le daban a Azkaban un poder que no tendría por qué tener sobre sus almas. Eran tantas las razones por las que tener miedo, y tan convenientes, especialmente para los que querían retenerlos allí por siempre, obligándolos a repetirse cada día que no había escapatoria. Renunciar a la propia libertad no debería ser una opción. Por eso, pasó de escuchar las locuras de Barnabás, a decidirse a involucrarse activamente.

—Desconfía de ti—respondió Niara, de cara al recién llegado, un hombre canoso, barbudo y de complexión robusta. Azkaban estaba haciendo maravillas en él, por eso el aspecto de enfermedad. Le faltaban los cuatro dedos de su mano derecha, y eso que los tuvo hacía unas semanas. Una lástima. Niara agradeció que su cuerpo siguiera siendo útil a la causa, y eso fue todo—, pero eso es normal. Cuéntale lo que hay que llevar a cabo. Cuéntale lo que me contaste a mí.

Barnabás hizo una mueca renuente al principio, pero soltó la lengua, en tono grave y con aire circunspecto.

—Un par de nosotros patrullamos los conductos. Hay que comprobar cuáles pasos son seguros, hacia dónde llevan. Pero por sobre todo—Lo miró, con los ojos salidos de las órbitas como una forma de remarcar la importancia de la cuestión a develar—: no llamar la atención. Si averiguan que hay prisioneros buscando una salida, podemos perder una oportunidad valiosísima. Hemos hecho un mapa con lo que hemos visto hasta ahora, pero hay que ser muy precavidos. La próxima ronda será suya. ¿Entendido?  

Barnabás bajó la cabeza y se mandó un gran cucharón a la boca, interesado de pronto en las propiedades alimenticias de esa masa de pseudonutrientes que ocupaban su plato. Un guardia estaba de ronda entre las mesas, seguro porque no tenía nada que hacer. Puede que casualmente, o no, se detuviera a un lado de Niara, enfriando el ambiente. Su nombre era Hunter y era alguien peculiar, incluso para Azkaban. O porque era Azkaban un rejunte de retorcidas rarezas del mundillo de lo macabro. Estuvo allí, de pie, observándolos de reojo, hasta que finalmente se decidió por compartir mesa con ellos, tomando la posición de la cabecera. Era evidente, por el retraimiento de Niara y el peso de su mirada, que entre ellos, la relación había llegado a ser personal.

Hunter sonrió y sacó un fajo de cartas del bolsillo delantero, que empezó a mezclar, listo para repartir. No le hacía falta decir palabra. Estuvo claro, de forma tácita, que no los iba a dejar ir sin jugar primero. Pero las reglas de seguro no serían justas, y el objetivo estaba poco claro.

—Es curioso cómo algunos de ustedes murmuran y juntan sus cabezas—comentó, casual y con el asomo de una sonrisa viperina, mientras repartía—. Imagino que la muerte de Miller los habrá afectado. A los otros guardias les tiene sin cuidado, como es natural. Pero yo, no puedo evitar preguntarme… Barnabás, tú empiezas la ronda—Se lo apreciaba en su elemento, allí, presidiendo la partida de cartas, enrareciendo el aire a su alrededor, intoxicándolo—. Ah, pero si es Sullivan—fingió sorpresa, mirando en su dirección—Ustedes dos, no se han preguntado, ¿por qué los dejan estar juntos después de aquello?—inquirió, suavemente. Y se respondió a sí mismo—: Esperan que se equivoquen. Los guardias también podemos esperar. Hace de la tragedia final algo más placentero. Pero tú eres inteligente, ¿verdad Sullivan? Eres de esos perros que ladran, pero no muerden. No muerdas a quien te da comer, y estarás bien—Lo último lo dijo atacando a Niara con una mirada furtiva—. Después de todo, esa porquería que comen es mejor que nada.
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I. Ezra Sullivan el Jue Jul 20, 2017 9:28 pm

No era miedo lo que sentía. Era impotencia. Impotencia de saber que, hicieran lo que hicieran, no había salida. Cualquier movimiento, plan bien trabajo o hipotética idea de salida sería una pérdida de tiempo. Volverían a su celda sufriendo un tormento mayor del que ya habían sufrido. Las consecuencias a sus acciones siempre habían sido nefastas y era algo que había aprendido a base de golpes con el paso de los años. No necesitaba una celda ni  un grupo de extirpadores que, diariamente, le recordasen que cada decisión que tomaba que no cumplía con sus expectativas debía pagarse con sangre y lágrimas.

- He estado más veces  en prisión. – Admitió. Nunca como aquella. Nunca había sido torturado de aquella manera, con tal brutalidad y falta de humanidad. – Sé lo que me hago. - ¿Realmente lo sabía? No lo hacía. Niara tenía razón y él era demasiado cabezota como para admitirlo en voz alta. Podía dar gracias que no le discutió nada más y se limitó a refunfuñar como el cascarrabias que era mientras miraba su plato de lo que juraban que era comida.

Por mucho que le costase admitirlo, Niara tenía toda la razón. Pero estaba cansado de luchar. Prefería esperar a que la muerte llamase a su puerta e irse con ella sin oponer ningún tipo de resistencia. Se había cansado de luchar desde antes de haber entrado en aquella prisión de mala muerte y aquel tugurio no hacía más que llevarse las pocas ganas que aún podían quedarle escondidas en algún recoveco. No quería luchar. No podía hacerlo. Cada vez que lo llevaban frente a los extirpadores rogaba porque aquella visita fuese la última. Rogaba porque un hechizo mal lanzado acabase con su vida en cuestión de segundos, que lo hiciese uno de aquellos extraños brebajes que intentaban perfeccionar. Sólo podía que fuese rápido.

- ¿Tienes una familia ahí fuera? No les des razones para que vengan a hacerte una visita.- No era una amenaza. Sabía que Niara tenía una familia que, lo más seguro, estaría removiendo cielo y tierra para dar con ella. La querían, les importaba lo que le sucediese. Y Ezra estaba seguro de que si se acercaban demasiado al fuego acabarían quemándose. Igual que Niara se acabaría destruyendo a sí misma y a aquellos que la rodeaban si seguía comportándose de tal manera. Ezra, por su parte, prefería agachar la cabeza y esperar a que la ejecución llegase. Esperaba que ese día llegase, aunque debía admitir que se estaba haciendo de rogar.

Un nuevo hombre se unió a la locura. A la conversación que a juicio del castaño no era más que una pérdida de tiempo que ninguno de ellos necesitaban. Suponía que el hombre hablaría de ideas imposibles, de hipotéticas situaciones, de utopías que no lograrían ni aunque no estuviesen rodeados de hombres armados y sin moralidad alguna.

- ¿Y reunirnos en el comedor no llama la atención? – Preguntó con sarcasmo. La gente no hablaba. La  gente hundía la cabeza y bajaba la mirada esperando que toda aquella muerte y desesperación pasase a otro lado. La gente sufría en silencio o gritaba pidiendo auxilio pero entre toda esa agonía, muchos habían perdido la capacidad  de ser sociables. Habían perdido una habilidad tan humana como era la de entablar conversación con otras personas. Y es que en aquel lugar en el que ahora habitaban se les había despojado de todo hasta quitarles algo tan humano como eso.

No tuvo tiempo de decir nada más, sólo pudo recibir la mala mirada de aquel hombre que engullía su comida como si pensase que alguien se la fuese a arrebatar.

La voz de Hunter les sacó de la conversación antes de que Ezra tuviese la oportunidad de largarse de allí. Había podido hacerlo, pero dudar le había retrasado en su marcha y ya era demasiado tarde. Pensar en las impresiones que podría causar si se levantaba con la comida aún por terminar. Pensar en qué pasaría con Niara si se metía en aquel agujero negro que resultaba ser el plan de Barnabás. De alguna forma se sentía responsable de ella. Toda aquella esperanza de encontrar una salida se la había proporcionado él en cada una de sus cartas. Toda esa desesperación, había sido por dejar de responder.

- Miller era un peón. – Contestó Ezra para que pensase que sabía de lo que estaba hablando. – Una cabeza de turco para ver cómo os movéis vosotros los guardias. Y ahora tenemos toda la información necesaria para acabar con vosotros.

La mano de Hunter golpeó el rostro de Ezra con la palma. El comedor se giró a mirar la escena. Ezra no movió ni un músculo, ni siquiera sonrió.

- Perro ladrador. – Sentenció Hunter antes de seguir como si nada, repartiendo las cartas y depositando un pequeño montón delante de cada uno de los jugadores. – Soyinka, empiezas. Pongamos las cartas sobre la mesa.
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Niara Soyinka el Sáb Jul 29, 2017 12:41 am

Había sido buena idea, exponerlos de esa manera. Hunter olisqueaba lo escondido, lo que apestaba a secreto. Pero definitivamente, ya había conseguido su pista hacía rato, y ahora los rondaba como un sabueso. Y no había farol que detuviera a ese villano, por muy firme que se le hubiera plantado Ezra, ¿para distraerlo?, ¿quería provocarlo? La golpiza que sobrevino a continuación hizo que el corazón de Niara se agitara con violencia, furioso. Hunter tuvo que retenerla en su sitio, a la fuerza, cuando amagó con arrojársele encima. Había tantos impulsos que se le hacían imposibles de controlar. El experimento con que la profanaban, en cuerpo y alma, estaba endureciéndola, volviéndola imprudente, ¿insensible? A veces se sorprendía así misma con una calma que no tenía, y al segundo siguiente, estaba pensando en llevar a cabo una venganza que compensara la humillación, el maltrato, el abuso que vivían día a día. Celadores como Mulciber, como Hunter, aparecían muertos en los pasillos, con los intestinos desparramados en el suelo, y los rostros, los rostros yacían petrificados del espanto. Algo estaban haciendo con ella, ¿por qué no podría volver su situación en contra de los que le hacían daño?, ¿por qué no mostrar las garras?, ¿por qué dejarlos pastar en el dolor ajeno sin consecuencias? Los presos no eran débiles. Algo, cualquier cosa, algo tenía que poder hacerse. Costara lo que costara. Niara pensó, por un efímero segundo, que no le importaría colocar a presos como Miller en tal posición estratégica en el juego por la supervivencia. Las vidas de los presos caían como moscas, pero a menos así, tendrían un propósito. Mientras Ezra lo entendiera y pudiera sacarlo de allí. Mientras no fuera él.

—Soyinka, empiezas. Pongamos las cartas sobre la mesa.

Hunter quería recordarle quién manda. Pero él no sabía nada de lo que sucedía dentro de ella. Ni Ezra lo sabía, pero él estaría a salvo en la ignorancia. En tanto que Hunter, Niara deseaba, él no correría con tanta suerte. Puede que fuera momento de generar otra distracción, esta vez, de forma que pudieran aprovecharla. Después de todo, los celadores habían demostrado ser unos inútiles controlando el caos. ¿Es que no se daban cuenta? Habían expuesto la peligrosa verdad, ellos no estaban preparados para contratacar lo inesperado, lo impensado: la rebelión de la granja. Así que sí, era hora de poner las cartas sobre la mesa. Niara, habiendo suavizado la ira de sus facciones, ahora inquietantes, obsequió a Hunter con el asomo de una sonrisa, una mueca horrible, sutil, pero horrible.

—Yo gano.

Otra bofetada, para ella.


***

     
El mensaje se extendió con rapidez entre los presos, y tuvo un efecto viral, como cuando una pieza de dominó arrastra a las demás consigo, no, exactamente como eso. ¿Cómo? Los canales de comunicación entre los presos eran limitados. Y la vigilancia sobre ellos, Hunter lo había demostrado, era una sobrevigilancia, un sobreseimiento muy molesto, constante. Entonces, ¿cómo? La idea fue de la mujer guepardo. Mensajes de papel, en los sitios más ridículos, por estrecha que fuera la rendija o peculiar el modo de hacerse con ellos, mensajes que como avioncitos de papel se pasaban de mano en mano, que empezaban en algún lugar, ¿pero dónde?, y terminaba en otro, ¿pero cuándo?, ¿cuándo terminaría esa pesadilla? Lo que se había dado entre los presos era difícil de entender para los celadores, acostumbrados a manejar el asunto a los palazos, siempre con una amenaza efectiva que paralizaba a los asustadizos. Esto era diferente. Era un suicidio masivo. ¿Cómo pudo darse esa locura? Los presos linchaban celadores cuando estos no lo esperaban o estaban solos, a costa de su propia vida, llevándoselos con ellos. Y no hubiera sido otra cosa que un chiste, hasta que Hunter leyó la nota en el mensaje: MUERTE A LOS CELADORES. Tuvo que quemar el papel enseguida e ir a la enfermería, porque estaba envenenado. Al menos, ahora sabía que en algún lado alguien había saqueado un botiquín específico de suministros (¿sería así?). Pero aunque apresaran a uno, resulta que ese infeliz no estaba solo, y la cadena de eventualidades seguía alargándose a pasos agigantados. Algo estaba en movimiento.  

—¡Ezra!, ¡pss!—Sí, era Niara, y estaba como dios la trajo al mundo, saltando en un pie. Diríase que estaba en la cola de un recital, si no fuera porque la gente en la fila (todas mujeres) tenían la cara más deprimida del mundo— ¡Mira aquí, aquí!

No es como si le estuviera gritando, tampoco era cosa que los celadores que pululaban por ahí, ojeando que todos entraran ordenadamente a las duchas, tanto en la fila de hombres, como en la fila de mujeres (sería que, por costumbre, todavía hacían esas divisiones. Después de todo, para los celadores, ellos no eran más que bolsas de carne). Además, había que tener cuidado, porque los celadores andaban nerviosos últimamente. Algunos de ellos no se atrevían a andar por ahí, despreocupados de la vida, si no era en grupos de tres o más.

Niara estaba preocupada. Hacía días que no había visto a su amigo. No sabía qué había sido de él. Quería que supiera que ella velaba por que todavía tuviera aire en los pulmones. Ella, por otro lado, no ofrecía un buen aspecto. Estaba tan delgada, tan maltratada, tan magullada. Las filas de hombres y mujeres estaban enfrentadas, y a veces había horas de espera, pero justo en ese momento, estaban empezando a moverse. Niara pasó por delante del cuerpo desnudo de una mujer anciana y débil, que parecía afiebrada, y casi chocó contra la espalda llena de bestiales mordeduras de otra, y no le hubiera prestado ninguna atención, de no ser porque ésta aferraba una piedra que habría encontrado por ahí. Que oportuna idea, esa que se le vino de repente. Niara tomó prestada la piedrita, dejando perpleja y triste a la mujer, y se la arrojó a su amigo. Seguramente él entendería que no le deseaba mal. Pero los celadores, esos eran otra historia. Estaban calculándolo todo para cobrarse su desquite ese día, en las duchas.  

Sandwichito:

Estaba pensando que la sangre de Niara, o incluso, la de otros presos que sufren experimentación sobre sus propios cuerpos, podía contener altas dosis de contaminantes que volvieran desquiciada a la gente o algo. ¿Entendés? Estaríamos atacando con lo que tenemos: sujetos de experimentación. Hay que usar lo que se tiene, ¿no? Incluso, la sangre infectada de uno, podría infectar a otros presos, volviéndolos agresivos o mutantes (!) (coincide con la idea de que Niara usa a los presos)

Dulce, me rompo mucho la cabeza con este tema XD (esto de vivir en prisión me estresa (?)). Perdón por tardar en postear, a veces. Es porque quiero que se me ocurran cosas (dentro del todo creíbles XD) y me estrujo la neurona XD

Ay, sí. Me daba mucha gracia la escena jejeje
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I. Ezra Sullivan el Vie Ago 04, 2017 4:15 pm

Recién había descubierto que Miller había  acabado muerto. Ni siquiera se había percatado de la ausencia de aquel hombre hasta que Niara se lo había hecho saber y tampoco era una información que le  quitaría el sueño aquella noche. El sueño ya se lo quitaban los alaridos procedentes de las celdas colindantes, las peticiones desesperadas de ayuda entre sollozos, los insultos dirigidos a nadie y los golpes  que unos y otros recibían en la oscuridad, donde sus agresores se movían entre las sombras.

Ezra buscó la reacción en Hunter. Buscó que este diese un paso el falso para poder ver cuál era su reacción. Quería ver cómo se movía, cómo actuaba y cuáles eran los impulsos que lo movían. Desconocía tanto a aquel hombre como aquel hombre lo desconocía a él. Habían cruzado miradas e intercambiado algún insulto en más de una ocasión. Ezra había recibido una golpiza por parte de aquel celador y sus compañeros. Pero no por ello tenían una relación cercana. No por ello se conocían más allá de la relación entre preso y carcelero. Apenas conocían el nombre del otro y un atisbo de lo que habían llegado a ser en un pasado.

Recibió el golpe sin inmutarse lo más mínimo. No dijo nada, no parpadeo siquiera. Aguantó la vista en el celador hasta que este rompió el silencio tras colocar las cartas sobre la mesa. Ezra ni siquiera sabía jugar a las cartas pero aquello a Hunter no le importaba. Hunter sólo quería tenerles controlados. Hunter creía que tenía el control pero no se daba cuenta que este hacía tiempo que se escapaba entre sus dedos.

Apretó los puños y su trasero se despegó de la mesa antes siquiera de escuchar el golpe. Barnabás, elevó un brazo y lo colocó delante del pecho de Ezra, impidiéndole saltar para abalanzarse sobre Hunter en cuestión de segundos.

- Es lo que está buscando. – Susurró. Quizá las primeras palabras coherentes que Ezra había escuchado salir de la boca de aquel hombre.

* * *

Pasó nueve días, dos horas y siete minutos en aislamiento. Fue lo que Carter consideró tiempo de sobra para frenar sus insolencias.

Al igual que otros presos, Ezra había golpeado a uno de los celadores. Lo había hecho nada más salir de los laboratorios donde los extirpadores trabajaban. Había pasado horas encerrado en una jaula, tiempo de sobra para pensar cómo actuar y tiempo más que suficiente para que su cuerpo se preparase para lo que se le venía encima.

Tan sólo había contado con la ayuda de una aguja quirúrgica. Ni siquiera sabía cómo se utilizaba aquello pero sí sabía que podía causar un tremendo dolor si se utilizaba bien. Lo guardó entre los restos de su ropa cuando el extirpador volvió la espalda y cerró los ojos fingiendo que seguía inconsciente. Aguantó como pudo su propio pulso que luchaba por acelerarse ante los ojos del extirpador y fue enviado a su celda hasta que pasasen las horas reglamentarias.

Cuando Carter lo sacó de su celda y se dispuso a devolverlo a su lujosa habitación entre muros de piedra y hongos fruto de la humedad y la suciedad, clavó la aguja en su ojo izquierdo con la vana esperanza de que aquello sería como pinchar una aceituna con un palillo. A diferencia de lo esperado, el ojo se mantuvo en su cuenca pero Carter se derrumbó de rodillas gritando al tiempo que cubría su rostro con sendas manos. Ezra intentó alejarse lo más posible de Carter, pero el resto de celadores no tardaron en encerrarlo.

* * *

El aislamiento jamás había servido para controlar sus futuras acciones. No era un castigo válido para alguien que adoraba tanto la soledad como era el propio Ezra pero cuando volvió a encontrarse entre celadores y presos la cosa había cambiado. Los presos ya no miraban cabizbajos al suelo avergonzados de la situación degradante en la que se encontraban. Los presos alzaban la vista, desafiaban a base de miradas y sonrisas. Recibían los golpes con orgullo y satisfacción. En algunos casos incluso arremetían contra sus agresores para recibir una triple golpiza y un par de castigos por su mal comportamiento. A ninguno parecía importarle no volver a ver el amanecer la mañana que estaba por llegar. Lo importante era mantenerse en pie, aunque eso conllevase una muerte inminente.

Apenas cinco horas después de su salida de aislamiento tuvo su primer contacto con un recluso. Como cabía esperar, se trataba de Niara. Estaba situada en una fila de mujeres desnudas que, posiblemente, se encaminaban a las duchas. Por  su parte Ezra volvía de la enfermería tras haber comprobado que nueve días en aislamiento no le habían causado ningún daño irreversible.

La voz de la morena le obligó a girarse. En otra situación hubiese tapado sus ojos por respeto a las mujeres. O incluso le hubiese dicho a Niara que no era ni el lugar ni el momento. Pero en aquella prisión no había hueco para cordialidades.

- Sullivan, ¿No te toca ducha? – Uno de los celadores se burló y es que Ezra había conseguido en más de una ocasión no entrar con el resto de hombres a ducharse para así ahorrarse las humillaciones que sufrían allí.

- Te haría falta.

- Un puto ambientador de pino me hace falta. – Sonó desafiante y eso hizo que recibiese un puñetazo en el estómago. Se derrumbó de rodillas contra el suelo, tal y cómo había sucedido con Carter días antes pero a la inversa. Sonrió triunfante antes de volver a levantarse y, pocos segundos después, llegó el golpe por parte de Niara.

Antes de poder siquiera decir nada al respecto, uno de los celadores se abalanzó contra la chica por su agresividad y rebeldía habitual.

- ¿Es que no has aprendido nada, Soyinka? – Un golpe en la cara y dos hombres tiraron de sus brazos. - ¿Necesitas más golpes para aprender a no agredir a los demás presos? Pensaba que Sullivan era tu amigo pero ese desgraciado no podría tener un amigo ni aunque lo intentase. – El celador escupió en la cara de Niara, burlándose al ser tres contra uno. – Llevadla por delante de las demás, vamos a ver cuántas ganas tienes de joderlo todo cuando te queman viva. – Ezra sabía de sobra qué significaba aquello. Las duchas en su máxima temperatura sobre la piel desnuda de un preso. Les encantaba escuchar los gritos de dolor, ver la piel enrojecerse e incluso cuando esta llegaba a sangrar.

Ezra se abalanzó sobre el hombre que hablaba y rápidamente los otros dos soltaron a Niara, elevando su varita y haciendo que dos hechizos diesen de lleno contra Ezra. El primero le hizo saltar por los aires y el segundo obligó a su cuerpo a recibir una descarga eléctrica.

Spoiler:
Jajajajaja No te preocupes por tardar a mí me pasa exactamente lo mismo con estos temas. No tengo costumbre de rolear en una cárcel ni un personaje que siempre acaba llevándose todos los golpes (ni que habla tan poco, eso es un reto para mí, lo confieso). En cuanto a lo de la sangre creo que se podría utilizar perfectamente como bien dices así que por aquí podríamos montar una buena pelea con presos que se vuelven locos a la mínima y que acaben arrancando hasta las orejas a mordiscos a todo aquel que se les acerque (?) La locura siempre es divertida de llevar al rol.
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Niara Soyinka el Sáb Ago 12, 2017 10:58 pm

—¡Dejénlo en paz!, ¡cobardes!—gritó, forcejeando en el aire, manoteando con violencia, y con una mordida de rabia a alguna oreja poco afortunada—¡Dejénlo! ¡No se los estoy pidiendo!

Últimamente, tenía la manía de soltar órdenes. Desde que entrara a Azkaban su trato hacia los celadores había cambiado. Y esto era algo que entre esos inhumanos ya estaba pronosticado. Se los tenían estudiados, a sus presos: o se volvían muy sumisos, o se volvían peligrosos. No porque realmente fueran a suponer un problema, ¡ja!, eso nunca. ¿Quién se creían que llevaban las varitas? —aunque, de ahí a que las supieran usar—. Pero es que, todos los días los presos vivían ‘tensiones’ que les hacían perder la cordura. Por eso, uno de los celadores, un tal Broderick, estaba proponiendo que pasaran música en las celdas, y otro, había soltado la idea de facilitar a los espacios comunes ambientadores de pino. Todo fuera para ‘calmar los nervios’, ‘trabajar con las malas vibraciones en el ambiente’, etc. Claro que todo eso era una tremenda estupidez, pero los celadores no eran tan inteligentes que digamos.

El caso es, que cada vez que Niara lanzaba una orden, los celadores se le reían en la cara. Lo dejaban correr, porque eso era lo que les gustaba: que los desafiarán, que les alegraran el día con la oportunidad de desquitar su sadismo contra alguien, por puro deporte. No contaron con que ella pudiera tener un arma con la que defenderse. No contaron que otros podían seguir su ejemplo. No contaron con lo que Niara hizo en ese momento, pero que fue algo que no vieron, algo en lo que no repararon, porque no lo hubieran comprendido de todas maneras: Niara se había mordido a sí misma, y le había metido el puño ensangrentado a uno de ellos en la boca, para que se lo tragara, ¿por bocón? Eso no fue tomado más que como agresión, pura y dura. Pero lo que resultó a continuación, fue un caso insólito.

Pero esa continuación, aconteció cinco horas después, en el despacho de recreo de los celadores, mientras jugaban a las cartas. El tal Jackson, soltó espuma por la boca, blasfemó como un loco, y atacó a sus camaradas de cartas. Hunter pensó al principio que sería por una apuesta que había perdido, pero tenía un estado parecido a otros que ya habían sufrido los mismos síntomas: ojos rojos, espuma por la boca, sudores, explosiones de ira, y en algunos casos, muerte repentina. O de lo contrario, un resfriado prolongado, con brotes de demencia. Tuvieron que pedir el auxilio de los extirpadores. ¿Sería un brote viral?, ¿los pondrían en cuarentena?, ¿qué lo ocasionaba? Hunter tenía la corazonada —y los latidos reveladores de su desconfiada máquina de bombeo raramente se equivocaban—, de que eran los presos.

Podía ser mucho peor de lo que creían. Una pandemia era una cosa, ¿pero otro revuelo masivo dentro de la prisión? No. Era hora de que apelaran al inspector. Porque incluso los celadores estaban asustados, aunque fueran ellos la porquería que hacía temblar a un niño en su celda o que hacía que hombres y mujeres desfallecieran de pánico al oír sus pasos avanzar hasta ellos. Eran una puta porquería, pero que apestaba a miedo. Porque eran humanos después de todo. Porque podían ser heridos. Porque podían matarse. Y Niara estaba personalmente desesperada porque se corriera la voz sobre ese pequeño, importantísimo, detalle.

Ya nada de ella le importaba. Nada que no fueran los lazos. ¿Su piel? Podían quemarla si querían, mientras pudiera seguir corriendo la voz, y por el tiempo que fuera capaz de hacerlo, bajo esa condición, a Niara había dejado de importarle todo lo demás. No, no todo. Ezra no. Pero si tenían que quemarla, que la hicieran arder mientras las fuera posible. Como aquel día en las duchas.

—¡EZRA!

Se la habían llevado, en volandas, cargándola con una facilidad que se suponía que tenía que ser una burla: porque estaba débil, porque era puro hueso, porque tenían poder sobre ella. Poder. Eso no es algo que tú posees. Es algo que te conceden. Y Niara estaba harta de ceder. Pero la arrastraron, la primera en la fila, no, la arrojaron a las duchas, pasando por delante de caras enfermas, pálidas, sin vida. Caras que no se quejarían, que ya habían llorado demasiado, pero que otra vez, bajo la lluvia, sentirían una razón para removerse las entrañas a gritos, arañarse el alma, recordando que ellos eran: carne, que sentía, que dolía. ¡Que quemaba!

Los celadores empezaron a apurar a las filas de cuerpos desnudos, heridos, desganados, desnutridos, violados, ultrajados. A latigazos si era necesario. Pero no contaron con lo que sucedería. Un brote, fue como un brote que inició con un preso saltando sobre uno de los celadores, ¡con tal violencia!; ¡una violencia imposible en un cuerpo débil como aquel; ¡imposible! Pero los celadores ya tenían una idea bastante clara de, que si bien esos brotes eran aleatorios, no podían subestimarlos. Por culpa de esos arrebatos bestiales, ratos en que los presos actuaban como animales salvajes, como las mismísimas bestias con que las que experimentaban en los laboratorios, por culpa de esa ‘rara enfermedad’, habían perdido a más de un hombre. Razón por la que habían estado temerosos esos últimos días. Pero, envalentonados porque no estaban solos, desenfundaron sus varitas. Sólo era un solo preso. Luego fueron tres. Luego… Las filas de cuerpos desnudos enloquecieron, se desbandaron, todos tenían terror: porque esas bestias atacadas por al ira, no sólo iban contra los celadores, también contra los presos.

Y de algún lado alguien gritó: “¡Abran las duchas, abran las duchas!”. Y eso hicieron. Y los presos encerrados en las duchas se deshicieron en exclamaciones de fuego, dolor, ¡lamentaciones tan horribles! El oído humano puede escuchar muchas cosas, pero el oído del corazón no puede escuchar algunas otras sin estremecerse para siempre. Y ese sonido, era estremecedor.
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I. Ezra Sullivan el Dom Sep 10, 2017 1:12 pm

Aplacar los nervios no era tarea fácil. Pero tampoco era la tarea que les habían encomendado a los celadores antes de firmar su contrato de trabajo. Era algo que había surgido de la nada. O más bien, había surgido de la necesidad de tranquilizar a los presos que habían comenzado a perder la cabeza en muchos de los casos o a resistirse aunque aquello conllevase un castigo peor que la muerte. Muchos de los celadores dejaban sus puestos de trabajo cada día. En su lugar llegaban hombres y mujeres peores. Seres que habían sido entrenados como si de criaturas se tratase. Humanos que habían perdido toda su humanidad para convertirse en un remolino de odio, resentimiento y placer por el dolor ajeno. A esos era a los que había que temer verdaderamente. Y en aquel momento, estaban ante varios de aquellos especímenes.

No pudo ver lo que sucedía. De haberlo visto tampoco lo hubiese comprendido y es que a diferencia de Niara, Ezra no había llegado a la conclusión de lo peligrosa que podía llegar a ser la sangre humana cuando pasaba por lo que ellos, tratados como animales yendo directos al matadero, estaban experimentando.

Su cuerpo golpeó el suelo y notó el sabor de su propia sangre. Escupió a un lado viendo la mancha que ahora decoraba, más aún si era posible, aquel suelo carente de salubridad alguna. El siguiente hechizo le hizo retorcerse de dolor, casi impidiéndole realizar ningún movimiento antes de recibir un impacto directo en el estómago con la punta de la bota.

- Quietecito Sullivan, tú irás en la siguiente tanda.

Las puertas se cerraron, y con ellas Ezra perdió de vista, una vez más, a Niara. La morena había sido empujada contra su voluntad. Había sido obligada a entrar en aquellas duchas que se alejaban de proporcionar higiene a quién las pisaban. ¿El jabón? Sobrevalorado. ¿El agua? Mejor si estaba ardiendo.

Muchos salían con la piel roja por las altas temperaturas. Otros presentaban grandes quemaduras en la espalda y las piernas. Otros no podían apenas tenerse en pie por la presión del agua sobre sus partes íntimas. Los había que apenas podían respirar por el golpe de calor en pecho y cuello. Pies desgarrados por el calor del suelo de mármol mojado por agua hirviendo. Y los había que no volvían a salir de aquellas duchas que parecían haber tomado el relevo a las utilizadas en los campos de concentración durante la segunda guerra mundial. La diferencia es que eran muchos los que, para su desgracia, salían con vida de aquel lugar para tener que enfrentarse un día más al tormento.

- ¿Qué coño está pasando ahí dentro?

- ¡Abrid, joder! ¿No lo oyes?

- ¿Cómo no quieres que griten? Esas ratas son débiles, no saben aguantar un poco de agua caliente. ¿Verdad que no, Sullivan? A ti no te gusta el agua caliente, maldita rata. – El hombre volvió a golpearle el estómago con violencia. Ezra se estremeció de dolor en el suelo.

- ¿No piensas abrir?

- ¿Estás loco? Harris me mata si vuelvo a interrumpirle en uno de sus juegos macabros. – Todo el mundo sabía que no había que interrumpir. Nunca, bajo ningún concepto. Sino, las consecuencias podían ser peores que para cualquier preso. – Tienes sangre en la boca, Jackson.

Jackson pasó la manga de su camina por su boca, mirando la mancha rojiza que quedó en la tela.

- Alguno de esos hijos de puta debe haberme manchado. – Casi escupió las palabras, con asco. Escupió al suelo, una mancha roja. – Puede que me haya mordido.

No pudieron decir más, pues los gritos se acrecentaron y esta vez lo entendieron todo.

- ¡Llévalos a sus celdas! ¡Rápido! – Los presos fueron empujados por un pequeño grupo de celadores. Desconcertados, avanzaron hacia sus celdas mientras Ezra permanecía en el suelo como si fuese parte de este.

Las puertas se abrieron de par en par y los celadores fueron los primeros en salir. Los presos iban detrás. Muchos ensangrentados, otros con unas ojeras tales que parecían haber escapado de una película de terror. Pero ninguno mostraba miedo. Ninguno temía por su vida. Y eso era lo más peligroso que puede tener una persona.

- ¡Joder! – Gritó un celador antes de recibir un golpe directo en la mandíbula.

Jackson salió corriendo. También lo hizo Willem. Pero el resto  siguieron allí, intentando impedir que el resto avanzasen, sellando el pasillo y encerrando a los presos en aquel lugar. Los que no tuvieron suerte fueron aplastados por la muchedumbre enfurecida. Y Ezra pudo ver cómo un celador era descuartizado con las propias manos de los presos a pocos centímetros de donde se encontraba.

La sangre salpicó su rostro pero aquello fue lo que menos importaba. Había vuelto a meterse en mitad de un problema que no era suyo.

- ¡Pide ayuda! Joder, llama a los malditos extirpadores y diles que necesitamos ayuda. – Harris no era un hombre que fácilmente pidiese ayuda. Pero en aquella ocasión lo hizo. Fue Hunter, una vez más, el encargado de salir corriendo hasta la zona donde se encontraban los extirpadores.

En apenas quince minutos todo aquello había quedado vacío. Los presos devueltos a sus celdas. Muchos de ellos enviados al crematorio después de haber perecido en aquella lucha encarnizada. Otros fueron directos a la zona de los extirpadores.

- ¿Qué tenemos hoy aquí? – El hombre miró la celda donde Niara, Ezra y otros tres presos se encontraban. Una celda diseñada para un animal no muy grande por lo que el grupo apenas contaba con espacio y no podía tenerse en pie. - ¿Quién será el primero en jugar?
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Niara Soyinka el Jue Sep 14, 2017 9:19 pm

El fuego líquido puede descascararte la piel, abrasarte el alma, y no podrás pretender que nunca sucedió. Dentro de las duchas, se vivió el infierno. Niara sintió que la piel se le abría, y sus quemaduras se pelarían e inflamarían al salir de allí, porque salió, incluso cuando pensó que se ahogaba entre los cuerpos desnudos, más grandes, más pesados que ella, salió, arrastrada por una muchedumbre embravecida a un tiempo por el reanimado espíritu de lucha que avivó el grito conjunto de la desesperación humana. Subestimar lo que el dolor de las multitudes puede provocar, es un error. Porque la oleada fue demasiado intensa, porque tuvo la fuerza de abrir las puertas, de sacarlos del encierro, y tirarlos en una masa salvaje contra todo lo que se les pusiera en el camino.

Y entre la muchedumbre enfurecida, Niara distinguió a Ezra, tirado, pateado por las circunstancias, y hubiera querido correr hacia él, pero los presos la empujaron contra la piedra húmeda y fría del suelo, y la hundieron. Pero allí estaba. Con la boca abierta, saboreando su ambición, esa que había crecido fervientemente como una convicción: un suelo que temblaba en sus oídos, a través de sus quemaduras abiertas, bajo el peso de una multitud combativa, renuente a aceptar que les arrancaran la piel. No todo estaba perdido. No todo.

—¿Qué tenemos hoy aquí?

Niara temblaba. Le dolía cada centímetro del cuerpo. No habían tenido la consideración de llevarla a la enfermería. Dolía con tan sólo ver su aspecto. ¿Podía una persona en su condición, mantenerse en pie? Sí. Le quemaba hasta el alma, eso era todo. Respiraba, aunque sea. Una respiración sibilante, herida. Su piel se había despellejado donde podías mirar, y lucía roja y herida, con ampollas, hasta en la zona del cuero cabelludo; los labios los tenía descascarados, y su mirada, su mirada era auténticamente consciente de que lo peor estaba a tan solo un paso. Frente a ellos.

—Ezra, Ezra, deja de provocarlos—Llegó a susurrar. No se sabía si se refería a antes o a ese momento—La cabeza baja, Ezra.

Ese era el inspector, delante de la celda. Y tenía mucho trabajo en esa oportunidad, por lo que parecía ser la completa ineficacia del resto. Fue muy detallista a la hora de preguntar sobre los sucesos y cómo se habían desarrollado durante el día. Tenía algunas preguntas, que esperaba, le fueran respondidas. Pero no estaba solo. Venía acompañado un extirpador, especialmente desagradable, lo que era casi lo mismo que garantizar su profesionalismo en las cuestiones que les atañían. Aaron apretaba un pañuelo (limpísimo, blanco, exquisitamente perfumado pañuelo, con sus iniciales grabadas en él en letras doradas) contra su nariz, asqueado de toda esa inmundicia que se apretaba como ganado. ¡Pero hasta los gallineros olían mejor que eso!

—¡Ésa! Tiene que ser. La he visto antes. Puede que haya sido un error mezclarla con el resto. La verdad es que me pregunto qué incompetente la colocó… ¡Espera! Elige a una tanda, y drénalos. Queremos saber qué sustancia es esa que los vuelve locos. Tenemos inútiles ocupando las camas de una ‘enfermería’. Es curioso que nuestros hombres pasen a ser los conejillos de indias. En lo que a mí respecta, no hace la diferencia. Pero si no hayamos la cura a esto…

—Entiendo las consecuencias—interrumpió el extirpador, impaciente—Tú no deberías bajar a estos lares, Inspector. Todavía ni sabemos si es viral. Podrías estar escupiendo sangre antes de lo que….

—Si quisiera que unos inútiles me arruinaran la carrera, tomaría nota de tu agudo punto de vista. Pero ahora. Si no queremos que el Área-M de Azkaban entre en cuarentena (y vaya con la ironía), te concentrarás en simples estudios de sangre, y no en derramamientos de sangre. Es muy sutil, pero estoy seguro que sabrás hallar la diferencia. Drénalos. Pero no los mates. Son objetos de estudio. No juguetes para tus bajos instintos. ¡Empieza por la negra!

No era como tomar una muestra de sangre. Había complicados procesos de magia oscura en el medio. Y ‘drenar’ era una delicada forma de ponerlo, cuando lo que hacían era extirparte cualquier hálito de esperanza entre tanto procedimiento del demonio, torturante hasta decir basta. De ahí que se llamaran ‘extirpadores’, seguramente.

Era casi grotesco, eso de que los aniquiladores de la vida tuvieran que hallar una cura. Pero se hacía prácticamente imposible. Y costoso en cuanto a esfuerzos. Tanto como hallar el foco del problema. Porque el verdadero problema, se había propagado en la idea, de resistirse. Y eso, no era algo que podías hallar en la sangre. La sangre no decía tanto como ellos querían creer. No le daba derecho a nadie de mandar sobre la vida de otros. No les daría ninguna respuesta. Nada.

***

—¡Recluso! Tú, levanta—Era un celador. Había algo en su mirada. Pero en la mano, un garrote, como todos—Vendrás conmigo. Sin peros.

Como si eso fuera posible.
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I. Ezra Sullivan el Jue Sep 14, 2017 11:15 pm

Lo último que recordaba era el frío. El tacto del mármol y el sabor de su propia sangre inundando su boca. También recordaba un pequeño resplandor que se apagó en apenas de cuestión de segundos. Ahí se sumió en la oscuridad. Eterna oscuridad que ahora le impedía recordar qué era lo que había pasado minutos antes. Quizá horas. Incluso días. La capacidad para discernir entre el día y la noche era algo que había perdido.

Sus manos se estiraron sobre el suelo de la celda, como si buscasen encontrar algo entre la piedra. Sus ojos fueron aclimatándose a la luminosidad, y es que después de todo aquello sentía  que la poca luz que llegaba hasta su celda fuese como el led de la lámpara en un interrogatorio. Se clavaba en sus ojos. Le taladraba el cerebro y hacía que le palpitase el interior del cráneo.

- ¡Recluso! Tú, levanta. – La voz de aquel hombre no fue suficiente para que Ezra fuese consciente de lo que sucedía. Tampoco el primer golpe con el garrote, el cual hizo tintinear los barrotes metálicos provocándole un mayor dolor de cabeza. – Vendrás conmigo, Sin peros.

Cerró los ojos con fuerza. Todo aquello no había sido una pesadilla. No recordaba la última vez que no se había despertado, después de estar un largo periodo inconsciente, sin la sensación de haber estado soñando durante meses. Durante los meses que había estado encerrado en aquella prisión. En aquel lugar donde le habían arrebatado todo. Todo en absoluto salvo su último aliento. Porque incluso su vida  había acabado ya. Hacía tiempo que lo sabía.

- ¿Es qué no me oyes? – El golpe a los barrotes le hizo revolverse en el suelo. Ni siquiera habían tenido la decencia de dejarlo en su cama después de arrastrarlo hasta la celda inconsciente.

La celda se abrió. Como si aquello fuese a permitir que alguien lograse escapar de aquel lugar. El celador dio un golpe más, esta vez a la parte superior de las piernas de Ezra, haciéndole estremecerse en el suelo.

- Vamos, no tenemos todo el día.

No tuvo más remedio que obedecer. Nunca existía otra salida. Y es que era mejor aceptar con la cabeza baja que desafiar con la mirada. Pero Ezra parecía no entenderlo. No parecía entender que la resistencia parecía hacer que bajo su pantalón se pusiesen duros y disfrutasen más aún con las torturas a las que los sometían. Adoraban el dolor y el sufrimiento. Su melodía favorita eran sus gritos.

- Vosotros tres, trabajaréis ahí abajo. Hay una fuga en una de las cañerías. Encontradla y repararla.

Eran dos hombres más los que acompañaban a Ezra. Uno no debía tener mucho más de veinte años mientras que el otro rozaba la edad del propio Ezra.

- Yo no sé nada de cañerías, yo trabajaba en el departamento de Cat...

El golpe llegó a su rostro. Un golpe limpio con el garrote que hizo que el chico escupiese la mitad de sus dientes al suelo. Un baño de sangre.

- Y limpiaréis eso.  – Matizó el celador. – Trabajaréis con mascarillas, no sabemos lo que pude haber ahí abajo y los Extirpadores han insistido en que no os puede pasar nada malo. – Como si a aquellos les importase lo más mínimo la vida  de los presos.

En los últimos días, un Extirpador había advertido que una de las cañerías utilizadas en su laboratorio no funcionaba bien. Aquel hombre, George Foster, se había percatado que el sumidero no tragaba como debería y, cuando habían ido a repararlo, habían descubierto que los restos de pociones que lanzaba por el desagüe habían afectado a esa cañería en  concreto y que de no actuar rápidamente era posible que terminase por afectar mucho más.

No sabían cuál era la peligrosidad de aquel producto. Ni los efectos que podría acarrear respirar sus vapores. Por lo que habían optado por la mano de obra barata o más bien gratuita: los presos. Las instrucciones eran claras y estarían controlados en todo momento. Además, realizarían turnos alternos de tres horas, donde los grupos irían variando para que no pudiesen tramar algún tipo de conspiración.

La cañería goteaba y había formado un charco bajo ella. Un charco de tal tamaño que podrían cubrirse hasta las rodillas de entrar en él. Lo que complicaba la tarea de cambiar una cañería cuando, además, se negaban a cortar la salida de fluidos de los pisos superiores.

- Vamos a morir. A morir. A morir. – Repetía el mayor de ellos con musicalidad en la voz. Hacía tiempo que había preferido perder la cordura antes de seguir sufriendo. Los locos sufren menos.

Tras el primer turno, se prepararon para el cambio. Derek Pace se encargó de avisarles lanzando un hechizo contra el viejo, quien se dio de bruces contra el suelo y comenzó a chapotear en la parte menos profunda de aquel pozo de mierda.

- Tú te quedas aquí. – Puso el brazo en mitad del camino de Ezra impidiéndole salir. – Soyinka, Grunberg, respirad hondo antes de ahogaros en vuestra propia mierda.
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Niara Soyinka el Mar Sep 26, 2017 2:01 am

Tú no adivinarías lo que hay al fondo viciado, apestoso, de los subsuelos, allí donde corrían las cañerías, que vaya, no tenían mantenimiento. Técnicamente, debería haberlo. Pero, los encargados de saneamiento y control, tenían mucho cuidado de ir allá abajo. En los informes, ponían que todo estaba bajo control, cuando la realidad era muy, muy diferente, era monstruosa.

Había recodos por los cuales tú no querrías perderte nunca, porque, ¿qué es lo que podría esperarte, acechando, oliéndote, emitiendo extraños sonidos mientras tú te congelabas en el lugar? Eran todo habladurías, por supuesto. Decían que había monstruos allí abajo. Experimentos fallidos. Espectros. Sádicos y hambrientos energúmenos, ¿y quién sabe?, quizá un preso, ido de la cabeza, que se alimentaba de las ratas, que las destripaba con sus dientes, y que te azotaba con una mirada asesina si osabas tocar con tus ojos su alimento.

Bueno pero, de hecho, resulta que éste existía. Eso acorde a los relatos de los celadores. Por eso, cuando surgían los problemas en el subsuelo: trabajares desaparecidos, obras paradas, incluso hasta alguna cañería rota, ellos le echaban la culpa a ‘la gran rata’, sobre cuya apariencia se había discutido bastante (Hunter tendía a resoplar con paciencia cada vez que oía hablar al resto, tan crédulos, tan asustados): la piel blanca, húmeda, la horrible mirada hundida en la sombra de sus ojeras. Una deformidad, un monstruo. Un hombre solo no podría con él. Y sólo verlo, ponía la piel de gallina. Según los celadores, aquel había sido un presidiario, ahora con la actitud de una alimaña.

Pero puede que ese rumor fuera una de las menores preocupaciones a la hora de bajar al subsuelo. Especialmente, durante el trajín de las reparaciones que habían movilizado a los presos fuera de sus celdas, para ser arrojados como mano de obra descartable. Niara, una Niara lesionada, quemada otra vez en su piel oscura, esta vez por los ácidos y sustancias nocivas que goteaban de esos tubos de alcantarilla, llevaba un barbijo improvisado en la cara. No le servía, pero quería pensar que sí.

El trabajo, en cierta forma, quería pensar, la obligaba a concentrarse. Pero no había manera de abstraerse del infierno. Siempre estaría ahí, recordándote todo lo malo, esa prisión que era Azkaban, donde hombres y mujeres perdían sus oportunidades, como si fuera el único destino posible. Y esa, era una realidad que te aplastaba, en la que despertabas todos los días, sin siquiera saber dónde el sol, dónde la luna, porque no había luz o estrella en ninguna parte.

Lo que había, en ese instante, era una cañería rota.

—Soyinka, Grunberg, respirad hondo antes de ahogaros en vuestra propia mierda.

O, dicho de otra manera: ‘Ya muy bien, mis felicitaciones por el esfuerzo, ya pueden retirarse’. Niara vio a Ezra y le obsequió esa mirada de familiaridad, de reconocimiento, que siempre le dedicaba. Tenía suerte, de haberlo visto más de una vez. Porque muchas cosas pasaban en esa prisión, pero algo más preocupante: muchas cosas sucedían allí, entre esas húmedas paredes. Cuando ella llegó, por ejemplo, con el resto, los demás habían desaparecido. Y el celador se había limitado a mirar a los lados, inconfesablemente asustado. Pero nada pasó. No todavía.

Grunberg se apresuró a cruzar ese charco, pero Niara quedó atrás. El celador, Derek, le lanzó una mirada extraña. Ella tenía una mirada particular, a pesar de verse agotada.

—Me quedaré a cumplir el turno que sigue.

—Tú no decides—escupió otro celador, Patrick, allí, con ellos, riéndose por dentro—¡No me hagas sacar la varita, Soyinka!

Pero, traicionándo el sentido de lo que significa una advertencia, apuntó hacia ella y la mujer se sintió expulsada hacia atrás. Entonces, lo oyeron. El celador se inquietó y miró a los lados. Era un sonido que provenía de ninguna parte y de todos lados a la vez. Era desagradable, como lo que oirías de algo grande y espeluznante. Te penetraba el oído y te cosquilleaba dentro de la cabeza, de una forma repulsiva.

—¿¡Qué es eso!?, ¿qué es eso? ¡VAMOS A MORIR!

Era el loco. Pero estaba lejos de la verdad. El extraño ruido se detuvo de repente, y ninguno de los celadores, con lo cobardes que solían ser, se manifestó demasiado al respecto. Sorprendió un poco su insistencia en que volvieran a concentrarse en el asunto, negando cualquier comentario. Los dos se veían internamente conscientes de algo, sin embargo. Pero insistieron con brutalidad.

—Y tú, si tanto lo quieres, ¡vuelve a lo tuyo, negra! Si desfalleces te dejaremos aquí.  


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I. Ezra Sullivan el Dom Oct 01, 2017 7:28 pm

Mandaban a cualquiera a encargarse del arreglo de las cañerías. A cualquiera  como bien hacían para otras tareas de la prisión. No importaba quién estuviese más preparado, lo importante era que se pasase un mal rato mientras se cumplían las órdenes. Porque, ¿Quién iba a ser el necio que se negaba a bajar por su propio pie ahí abajo? Todos sabían que, de no hacerlo voluntariamente, un hechizo acabaría por obligarles a hacerlo con un dolor tan insoportable que rogarían porque aquello fuese lo último que hiciesen en su vida. Rogarían para que aquel monstruo del que habían oído hablar les devorase sin ningún tipo de miramiento y así poder decir adiós a una vida de sufrimiento y tortura como la que estaban obligados a vivir.

El loco siguió chapoteando en aquella mezcla de agua y dios sabe qué. Ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Parecía un pez que intentaba volver al mar del que le habían sacado, moviéndose como si estuviese sufriendo un ataque epiléptico mientras balbuceaba casi de manera inentendible.

Cuando los otros dos presos – entre los que Ezra se encontraba – intentaron salir de allí para el cambio de turno, Derek obligó a Ezra a quedarse un turno más. ¿Sus razones? Totalmente desconocidas para el castaño que, una vez más, se vio obligado a acatar las órdenes. Se giró sin decir palabra alguna. No iba a negarse a hacer algo que tarde o temprano debía hacer. Lo peor que podía hacerles era ofrecer resistencia. A esos hijos de puta les encantaba.

- ¡Silencio! – Gritó Patrick molesto ante los constantes ruidos de unos y otros. - ¿Es qué en vuestra puta casa nadie os enseñó a trabajar en silencio? – Su varita apuntó al loco, quién había logrado arrodillarse sin ser un miembro productivo para el grupo que, casi a ciegas, buscaba la fuga en la cañería sin demasiado éxito.

El loco cayó de bruces, golpeando su rostro contra la piedra. La sangre comenzó a brotar por su pómulo izquierdo y por su nariz. La sangre manchaba la piedra mojada por la mugre pero a nadie pareció importarle. Ezra ni siquiera fue consciente de lo que sucedía hasta que Derek, dando grandes zancadas, se acercó hasta donde yacía el loco.

- Patrick, sácalo de aquí. ¡Ahora! Y vosotros... – Derek elevó su varita, apuntando uno a uno a los allí presentes. – Os quiero trabajando. No os largaréis de aquí hasta que deis con esa maldita fuga.

Por su parte, Patrick hizo que el cuerpo del loco, cubierto por su propia sangre, se elevase sobre el suelo, llevándolo en volandas hasta salir de aquel lugar.

- No me vuelvas a dejar en evidencia delante de esos despreciables seres. Tú no eres mi superior y no puedes darme órdenes.

- Y tú no puedes matar a ningún preso. No lo olvides. – La voz de Derek demostraba que no era la primera redecilla en la que se veía metido con Patrick, quien no tuvo más remedio que salir de allí a regañadientes llevándose consigo al loco, quien había vuelto en sí y mientras escupía sangre no dejaba de  balbucear. Ezra pensó que incluso había llegado a escupir alguno de sus dientes entre tanta palabrería incomprensible.

Siguieron trabajando durante algo más de quince minutos. En completo silencio. Ya no estaba el loco para romper el silencio con sus risas o sus locuras. Y el ruido no volvió a sonar. Al menos durante aquellos primeros quince minutos.

- ¿Ya habéis dado con la cañería rota? – Preguntó Derek mientras caminaba entre los presos, mirando con curiosidad lo que estaban haciendo.

Ninguno tenía ni la más mínima idea de cómo funcionaban las cosas ahí abajo. Ezra se limitaba a pasar las manos, a tientas y cubiertas por la propia tela de su ropa rota, las cañerías en busca de alguna fuga.

Al parecer, Grunberg sí sabía cómo funcionaba todo ahí abajo y había dado con la fuga. Una pequeña abertura entre dos juntas mal colocadas. De haber sido visto por un experto, este habría dado por hecho que se trataba de algo intencionado. Pero ninguno de los tres presos sabía cómo funcionaban las cañerías. Derek, por su parte, sí que lo sabía: él se había encargado de causarlo.

- Bien, empezaréis a picar aquí mañana. Tenemos que limpiar toda esta zona. Os quiero a los tres aquí a primera hora. Y, Soyinka, trae a Barnabás contigo, quiero que os ayude a cavar.

Una vez más, el sonido que había hecho que el loco tuviese otro de sus ataques, alertó a los tres presos y a Derek. El celador giró la cabeza, con la varita en mano y un hechizo salió despedido hacia aquel lugar. Un haz de luz iluminó todo el sendero, mostrando una figura que, a la más mínima señal, se agazapó en la oscuridad y salió del campo de visión.

- Largo de aquí. Mañana a primera hora os quiero aquí a los cuatro después del desayuno, ¿Quedó claro?

Kiwis con nata:
Hola, hola. Había pensado volver a meter a nuestro querido Barnabás en escena para que fuese familia/amigo/vecino de confianza de Derek y que a partir de esto confiasen en Derek para que les ayude a salir de ahí mediante el agujero que van a tener que cavar para "sanear" la zona.
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