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I. Ezra Sullivan el Dom Jul 02, 2017 1:42 pm

Recuerdo del primer mensaje :


Con  Niara Soyinka · Área - M



No necesitaba contar con el don de la magia para haberse dado cuenta de aquello. No precisaba de piedras con dibujos en el reverso, posos de té o bolas de cristal que aseguraban ser capaces de predecir el futuro. Sabía de sobre que lo que le esperaba en el interior de aquella celda vacía no era más que muerte y agonía. Desesperación enmascarada en forma de locura y es que ya sentía que había dejado de ser él mismo para convertirse en una especie de ente que deambula por los pasillos sin rumbo aparente. Que carece de motivaciones en la vida y que su única salida posible es la muerte. Una muerte que, tarde o temprano, llamaría a su puerta. Suponía que sería más tarde que temprano, pues a los Extirpadores les gustaba jugar con su comida incluso cuando no iban a devorarla. Les gustaba lanzar maleficios a diestro y siniestro. Adoraban el olor de la muerte y del sufrimiento. Y Ezra sabía que un día acabaría por perecer en una de aquellas torturas. Incluso con un poco de suerte el agotamiento o la mala nutrición serían los culpables del fin de sus días. Rogaba por una muerte tranquila en su celda. Acostado sobre aquello que algunos denominaban cama pero que no se alejaba mucho de ser un trozo de madera astillado.

- Filete de atún encebollado y espárragos trigueros al horno. – La mujer, con su habitual redecilla sobre la cabeza, depositó una masa grisácea casi sólida sobre la bandeja de Ezra. Este, alzó la vista para encontrar una sonrisa de dientes amarillos y torcidos que se reía de todos y cada uno de los presos. – Venga, largo de aquí. – Movió la mano libre donde no sujetaba el cucharón y obligó a que los presos avanzaran.

Ezra se dejó caer sobre uno de los asientos situado sobre lo que aparentaba ser una ventana. Pero no lo era. La luz del sol no llegaba hasta aquel recóndito lugar perdido del mundo donde habían ido a parar. Ni siquiera el sol se atrevía a visitar un lugar abandonado de toda esperanza como era el Área – M, allí sólo había margen para el sufrimiento que día tras día debían soportar los presos.

Ni siquiera miraba a las personas con las que se había visto obligado a pasar el tiempo hasta que la muerte llamase a sus puertas. Al principio lo hacía. Miraba de manera curiosa en busca de una cara amable que le hiciese ver que aquel lugar aún guardaba un atisbo de bondad. Buscaba, de manera desesperada, una mano amiga que se posase sobre su hombro y le dijese que todo iría bien. Pero no había manos amigas. No había caras amables. Sólo gritos cargados de sufrimiento, llantos ahogados, peticiones a un Dios que parecía haber olvidado que estaban en el mundo. Por suerte para él, nunca había necesitado creer en un ser superior que juega con las vidas humanas como si de simples marionetas se tratasen.

- ¡Wow! – Una voz animada sonó tras su espalda. Ezra miró de soslayo, ya conocía bien de quién se trataba. - ¿Me lo cambias? A mí me ha dado pollo asado con patatas, me dijo que no le quedaba más pescado pero… Ah, por Merlín, tu plato tiene una pinta increíble. – Era una mujer que rozaba los ochenta años. Su pelo era cano, totalmente blanco. Sus ojos azules estaban siempre inyectados en sangre y tenía unas marcadas bolsas bajo los ojos. Su rostro arrugado no mostraba maldad alguna y parecía que no sabía siquiera donde estaba. Los Extirpadores se habían negado a usarla como conejillo de indias para sus experimentos asegurando que aquella mujer no sería capaz de soportar ni un solo hechizo en sus carnes. Ezra lo agradecía. No podía estar más de acuerdo con ellos en que no sobreviviría. Pero, a diferencia de los Extirpadores, Ezra se alegraba por ella, pues no tenía que soportar el sufrimiento al que día tras día, el resto de presos debían enfrentarse.

- Pero el mío tiene espárragos. ¿Te gustan? – Preguntó fingiendo que aquella masa gris situada frente a su plato tenía algún tipo de forma o sabor. Para él, no era más que comer cartón mojado y aplastado. No quería pararse a pensar de qué estaba hecho aquello. Mejor no pensarlo si quería seguir comiendo.

- ¡Claro que me gustan! Una vez, cuando vivía en Limerick, encontré una plantación de espárragos muy cerca de mi casa. Saltaba la verja todas las mañanas para ir a buscar unos cuantos que tomar en el desayuno. Mi madre no sabía de dónde los sacaba pero encantada los preparaba con huevos revueltos y una tira de bacon. – Olfateó el aire, como si buscase algo. – Es como si pudiese olerlo.

Ezra ladeó los labios, como si fuese un intento por dibujar una sonrisa que jamás llegó a aparecer entre sus labios.

- He oído que mañana habrá bacon con huevos revueltos para desayunar. – Le dijo en un susurro, como si aquello fuese el secreto mejor guardado en la historia de la humanidad. La mujer se tapó la boca con ambas manos y, seguidamente, cogió su bandeja para seguir caminando hacia una de las mesas más cercanas a la puerta de salida. Sonreía. Aquella mujer había encontrado la forma de vivir con una sonrisa pintada en sus labios aun cuando todo a su alrededor auguraba la muerte. Ezra esperaba que al menos se fuese en paz, sin el sufrimiento con el que el resto tenían que lidiar.


Última edición por I. Ezra Sullivan el Dom Nov 05, 2017 5:38 pm, editado 2 veces
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Niara Soyinka el Jue Oct 05, 2017 7:32 am

Niara corrió con delicadeza el flequillo de su frente, helada y sudorosa. Él la miró, ahogándose en su propia sangre, alcanzándola con el brillo desesperado de su mirada; fue como reflejarse en los ojos de la muerte. Niara no dijo nada. Lo acurrucó contra su pecho, rojo de sangre, mientras presionaba inútilmente la herida en su garganta. Barnabás se le desangraba en brazos y no había nada que ella pudiera hacer. Ella acercó su cabeza y le susurró en otro idioma, sobre canciones y leyendas. Entre los dos lo sabían, ya era el fin. De un solo hombre. Detrás de él, otros permanecerían. Como siempre sucedía. Otros, seguirían lo que él.

No transcurrió mucho tiempo hasta que lo volvieron a oír. Pero la pesadilla que se había llevado a esa vida de convicción que tuvo por la brevedad de un plazo muy corto el brillo de lo inmarcesible, se quebró, contra el pecho tibio de la Soyinka, como se tuercen todas las apariencias de lo ilusorio. Esas que, desfiguradas, son la contemplación en el espejo de la dualidad de lo terrible: por un lado, te atemoriza; por el otro, te obliga a creer que hay algo mejor, más hermoso, en alguna realidad invertida, paralela, en la que depositas tus esperanzas, hacia donde trazas tu meta. Barnabás había fallado en su misión, y ahora, el espejo estaba roto.

—Ahora, hay que retomar la labor—dijo la Soyinka, suavemente—. Porque volveremos. Yo lo haré. Siempre volveré.

Desde el fondo de pasadizos húmedos e interminables, infinitamente oscuros, les llegó el último gemido de algo terrible. ¿Pero qué era una bestia en comparación al monstruo en los corazones de los hombres sin compasión?


***


Picas, cavas, picas. A los hombres se les daba bien. Niara, por primera vez en mucho tiempo, sonrió con la pica en la mano. En aquel ataúd de almas aletargadas, privadas de la vibración espectacular del estímulo cuando éste es agradable, ese acto, el de recordar amenos episodios de su vida, se había vuelto menos frecuente, prácticamente nulo. Porque Azkaban era muerte, y la muerte era estancamiento, era la negación del ojo interior a abrirse a la cálida memoria de la vida: risas, una tarde de sol, el canto de sus primos, el ronquido de un guepardo dormido. Y sin embargo, en medio del trajín en que los trabajadores estaban obligados a verse envueltos, ella evocó, sin proponérselo, un episodio de la vida de Niara Soyinka, aquella otra que fue, en otro tiempo, otro lugar.

¿A qué podría deberse?, ¿cómo explicarlo? Y extrañamente a como solía suceder una vez que el encierro se hacía tan largo que hasta podías contar los centímetros de los corredores de muerte por los que los arrastraban día a día, a pesar de eso, no le supo amargo reconocerse en aquella otra mujer. Algunos presos se entregaban agradecidos a los brazos indolentes de la oscuridad de sus mentes, cuando ésta consumía todo destello de nostalgia, haciendo que el sufrimiento fuera más tolerable, fácil de sobrellevar, al no tener que rendir cuentas con todo aquello que les habían quitado, todo lo que habían sido o hubieran podido ser: un padre, un amigo, un amante.

Los presos veteranos lo explicaban como ‘el oscurecer de la consciencia’, cuando te empezabas a acostumbrar, cuando habías dejado de luchar. Porque en la falta de recuerdos estaba la señal de lo que, luego, difícilmente se puede volver: el desapasionamiento absoluto de las almas, el desteñirse de los sueños, la nada hecha carne, esa carne que, día a día, se arrastraba por los corredores de la muerte. Y sin embargo, el sujeto de experimentación N-9, hacía percibido sin esperarlo el sabor extraño de la vida en su boca, venido desde dentro con un dulzor vigorizante, que sin sacudirle el agotamiento, hizo que se sintiera como algo más que tortura, más bien, como un estremecimiento de la carne que tiene un propósito, un nombre, un pasado y un porvenir. Fue tan sólo un instante, antes de saberse rendida por la dura faena a la que los sometían, pero por un segundo, se sintió digna de ese momento, entre toda esa podredumbre, incluso encerrada en aquel lugar, donde la habían arrebatado de todos sus derechos de ser humano.

Y entonces, se oyó el grito.

—¿¡Qué es eso!?—exclamó Niara, ladeando rápidamente hacia aquel alarido de ayuda.

Era Barnabás, capturado por algo espeluznante y arrastrado hacia la oscuridad de los negros pasadizos del túnel. Ella lo siguió, sin pensárselo demasiado, sin saber siquiera dónde iría a parar o con qué se encontraría.










Lalala:
"Había pensado volver a meter a nuestro querido Barnabás en escena…" Y yo voy y lo mato, que mala mujer estoy hecha (!)
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I. Ezra Sullivan el Jue Oct 05, 2017 8:29 pm

Lo que sucedió a continuación no fue mucho mejor. No hubo ningún extirpador que los golpease ni torturase. Tampoco un celador dispuesto a dejar volar su imaginación y escupir toda su furia de un solo golpe. Pero había cosas peores que podían llegar a suceder en las cloacas. En aquel nido de mierda donde se habían metido hasta las rodillas y donde cavaban como si aquella fuese una manera de escapar de aquel lugar. Ezra cerraba los ojos a cada golpe, imaginando en un inicio que cada golpe lo situaba un paso más cerca de esa ya tan lejana amiga llamada libertad. Cada golpe en la piedra era para subir un peldaño en la escalera hacia la salida. Al menos, así era en el inicio donde el ansia de libertad volvió durante horas. Pero esas ansias de volver a ser libre no tardaron en abandonarlos para ser sustituidas por la venganza, el odio y la ira. La ira era algo poderoso que se adueñaba de él con más facilidad que en cualquier otro ser humano. Así había sido incluso cuando era un niño que no alcanzaba a entender por qué actuaba. Pero ya lo comprendía y no hacía nada por frenar aquella sensación. La ira, la sed de venganza. Aquello se adueñaba de él a cada golpe. Un golpe tras otro que rompía la piedra que rodeaba el terreno a purgar. Disfrutaba con todos y cada uno de los golpes, imaginando que en lugar de la piedra estaba golpeando el cráneo de alguno de los Extirpadores. La estúpida sonrisa de Gates apareció en el primer golpe, y sus dientes se partieron como si de porcelana se tratase al caer al suelo. La voz de Breiner y las carcajadas de Perkins. También aquellos ojos amarillentos, como si de un felino se tratase, de Franklin. Incluso el hijo de puta de Hunter apareció en sus pensamientos mientras golpeaba la piedra.

Pero todo aquello quedó en una ilusión. En un vano deseo que no podría cumplir. Una falsa utopía que no podría alcanzar por mucho esfuerzo que pusiese en ello. Aquel sonido. Como un grito inhumano. Todos dejaron de cavar para girar sus cabezas hacia el foco del sonido. Buscaron de manera desesperada a Derek, quien se encontraba en la puerta de la entrada y no se inmutó por aquello.

Y volvió. Acompañado de un grito humano.

Niara desapareció del campo de visión de Ezra. No soltó el pico, sino que salió corriendo tras la chica llevándolo consigo, siendo ralentizado por el peso de aquel instrumento.

- ¿Qué ha pasado? – Preguntó a una distancia prudencial. La sangre manchaba a Niara y bañaba el cuerpo sin vida de Barnabas. Sus ojos miraban sin ver y no había rastro alguno de respiración en su pecho. Estaba muerto. Quizá aquello era lo mejor que podía haberle pasado.

- Ha sido ella. Lo ha matado. – Tras Ezra, Grunberg había alcanzado a llegar para ver el cuerpo de Barnabas entre los brazos de la muchacha. – Otra vez.

Ezra lo hizo de manera instintiva. Casi al segundo, sin necesidad de pensar. Se giró sobre sus talones y tiró la pica al suelo. Agarró del cuello de la camisa a Grunberg y lo elevó hasta pegar su espalda contra la pared.

- No vuelvas a decir algo parecido o acabaré contigo. – Tiró al hombre de manera violenta, obligándole a golpearse contra el suelo. Por suerte, pudo colocar sendas manos antes de caer  para no golpear su cabeza.

Nunca había sido un hombre con modales. Un hombre que pensase las cosas con la mente fría y luego actuase en consecuencia. Él simplemente actuaba. Y se había cansado de que todos hablasen a la espalda de Niara. Que unos y otros culpasen a la morena de lo que muchas veces ocurría. Era cierto que en ocasiones era la culpable. Pero en otras tantas no tenía nada que ver.

- ¿Qué ha pasado? – Repitió cogiendo la pica del suelo.

El sonido volvió a sus espaldas. Grunberg y Ezra se giraron como si estuviesen coordinados para ello. No había nada. La oscuridad al final del camino y aquellos pasos en los charcos. Había algo, algo con vida ahí abajo. Algo que había matado a Barnabas sin que ninguno pudiese hacer nada por impedirlo.

- Hay que seguir cavando. A nadie le importará que Barnabas esté muerto.

En ese momento, Derek volvió a aparecer en la escena. Miraba consternado el cuerpo sin vida de Barnabas. Se acercó a él a trompicones, colocándose de rodillas para comprobar que, como parecía a simple vista, no quedaba rastro de vida en su interior.

- Seguid cavando. – Dijo el hombre. Sin necesidad de magia, arrebató el cuerpo sin vida de Barnabas de los brazos de Niara. No miró a ninguno a los ojos. Se limitó a volver sobre sus pasos llevándose consigo el cuerpo del preso.

Ezra siguió con su tarea. Un golpe tras otro aún a sabiendas que algo no andaba bien ahí abajo. El sonido  volvía cada poco tiempo. Podían oír pasos cercanos. Algo les acechaba, como si fuese a atacarles a la más mínima oportunidad. Pero no tuvieron tiempo para comprobarlo. Derek volvió a bajar con la ropa manchada por el agua y la sangre de Barnabas acompañado de un nuevo preso.

- Andersen, estos serán tus compañeros hoy. – Le dio una pica a la mujer para que cumpliese con su trabajo. El pelo de la rubia caía en cascada sobre su rostro, lleno de mugre. Ezra no había visto a aquella mujer jamás, por lo que supuso que era  una de las nuevas adquisiciones del particular complejo vacacional todo incluido en el que se encontraban. – Hoy debéis recorrer cinco metros y dar con la segunda pared. Tras tirarla hay un recoveco y a partir de ahí veremos cómo podemos trabajar. En los mapas no aparece muy claro cómo está esa zona. – Derek había prometido que les ayudaría a escapar a través de un hueco en la pared. Algo un tanto estúpido teniendo en cuenta que estaban en una isla, pero el hombre aseguraba que darían con unos túneles que los guiarían a la superficie y deberían salir por ahí como pudiesen. De eso ya se encargarían cuando estuviesen fuera, había asegurado.

No hubiesen creído ninguno en él. Pero Barnabas, ahora fallecido, lo había creído. Derek había resultado ser el hermanastro de Barnabas y había comenzado a trabajar en la prisión con la única intención de liberar a su hermano. Ezra dudaba que mantuviese durante mucho tiempo el apoyo a los presos cuando Barnabas había muerto.

Y de nuevo, aquel sonido les alertó que no estaban solos.

Spoiler:
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Niara Soyinka el Miér Oct 11, 2017 2:00 am

Había vuelto a la celda de Niara en la sección de aislamiento. Hunter esperaba. Era paciente, siempre lo había sido. Sentado en aquel taburete que la Soyinka había visto tantas veces aparecerse por un movimiento de la varita. El sabor de la espera era dulce y amargo.

Apoyaba los codos en las rodillas, entrelazaba las manos, y en una posición centrada, sombría, se replegaba sobre el cúmulo de motivos que era él mismo: un manojo de carne que desea y actúa en consecuencia de eso. No te has preguntado a veces, ¿qué puede desear esta persona con un impulso tan terrible como para dañar a otros, destruir sus vidas sin rastro de escrúpulos?

No hacía falta ser extraordinariamente cruel. Eso era sólo lo que los corderos se creían, o la baba del diablo con la que se querían untar la carne, engañándose y condenándose a un tiempo por ello. Podías ser idiota y causar más daño que millones de maldades en la mente de un hombre inteligente. Podías ser bueno. Y recaer en lo pusilánime, hasta destrozar lo que era puro, no porque fuera su cualidad inherente, sino porque te mantuviste en la ilusión por un tiempo, que luego tú traicionaste.

Todas las cosas buenas acaban.

Te lo prometo.

Todas las cosas buenas.

Es mi palabra, contra tu nada.

Te destruirá de tantas formas, saber que ni un minúsculo pulso de ti puede sobrevivir al absurdo, lo grotesco, no de Azkaban, pero de los hombres. Con esas mentes que te arrastrarán a la caída. Esa mente, Hunter. No puedo traspasar los poros de su piel, pero sabe a azufre y es suave, es tibia, y es humana. No es un experimento en una celda en penumbras, ni un niño abandonado traumado por fantasmas del pasado.

Es su propio enemigo, y no puede luchar contra su identidad. No puede luchar contra sí mismo y nadie le dirá lo contrario. Por eso, sus motivos son oscuros, porque no tienen lógica, surgen de la emoción, como todas las cosas, que luego nosotros colocamos en los casilleros de lo bueno y lo malo, o que un sistema intenta domesticar según ideales que, ¿a quién benefician?, ¿a quién le importan?, ¿y por cuánto tiempo?

Hunter es maligno, pero sólo por las mil razones por las que no pudo ser bueno. Pero sobre todo, porque otros tenían esa idea de él. Y aunque se la hubiera ganado, nunca había dejado de ser un corazón que anhela con una cierta ternura, enfurruñado en ese mundo negro y suyo que era una herida emponzoñada y apestosa.

Ahora, él esperaba.

No tenía que ir a por ella, ella volvería a él, a esa celda.

Porque te lo prometo.

Todas las cosas buenas.

***


Niara levantó la mirada, ¿cuándo se había acostumbrado a toda esa violencia? Ver a Ezra en situaciones que la preocupan, que podían comprometer su estado físico o mental, la ponían sobre alarma. Le recordaba que era humana. No hacía falta que se peleara con otros presos por ello. Pero lo sabía, ya lo había visto en su mirada antes. Él sería siempre emocional, un corazón. Y ella tenía que proteger eso. No podía lucir como alguien que necesitaba de protección si no quería que esas situaciones ocurrieran con más asiduidad con las que lo hacían.

—¡Ustedes dos!—llamó desde el suelo, pero entonces vino Derek. Y ella supo. Tenía que hacerse a un lado. Se miraron a los ojos, una brevedad que dura en su prolongación con un eco duradero. Y luego, se llevó el cuerpo. Algo había que enterrar, pero no era la carne que comenzaría a pudrirse, era el momento, ese en particular, porque otros vendrían, estuvieras o no preparado para ello.

—Seguid cavando.

Esa fue la orden, y la resolución del grupo se asentó con un pesado silencio, seguido por el rumiar incisivo de las picas. Andersen se unió al repiqueteo de la campaña, pero Niara posó una mano suave en su instrumento para que parara y le preguntó su nombre. Era lo que necesitaba, para recordarla, retenerla como una fotografía, no visual pero con esa intensidad, esa nitidez de los colores volcados en una forma que conmueve, más allá de la retina, más adentro en el sentimiento.

Como ese alarido de bestia.

—Eso fue lo que pasó—explicó Niara, sobrando los detalles.


Atacó sin motivo. Un animal que no aprovecha la carne, no es un animal. Es un hombre, o algo que él ha creado. Niara pensó en eso al alzar la mirada hacia la oscuridad del túnel. La muchacha a su lado perdió los nervios, y se apartó de la labor de los presos. Entre temblores y gestos dramáticos, intentaba controlarse, manejar su miedo, las voces de terror en su cabeza, calmar su corazón, atravesado por aquel hórrido alarido. Y como todos, ella tenía una forma particular de hacerlo, de retener la persona que había sido. Ella cantaba. Niara quedó conmovida por la fragilidad de esa voz, pero el susurro constante, cada vez más elevado, acabó por acallar a la bestia. Y entonces Niara se dio cuenta. Estaba escuchando.
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I. Ezra Sullivan el Vie Oct 13, 2017 12:45 pm

Escapar de la prisión se había convertido en el sueño que más anhelaban los presos de aquel lugar. Como en cualquier otra prisión. No hay nada peor que perder la libertad o eso es lo que cualquier preso común puede llegar a pensar. Hasta que pone un pie en el Área M donde la falta de libertad es el menor de tus problemas.

Los presos soñaban con escapar de ahí, sí. Pero pocos eran los valientes que buscaban un modo de hacerlo. El dolor era tal cuando cometías una infracción que muchos no habían tenido más remedio que esconder sus ansias de libertad con lo poco que quedase de su dignidad a aquellas alturas. La única opción posible era de hacer que la espera de la muerte fuese lo más corta posible y, a ser posible, indolora. Pero luego había quienes encontraban el coraje. Los que no se rendían. Los que encontraban una luz al final del túnel e intentaban alcanzarla con todos los medios posibles. Ese había sido Barnabás. Y su sueño lo había llevado a la muerte bajo terribles circunstancias.

Pero su muerta también había dejado que otros ocupasen su lugar. Que un número mayor de presos siguiese golpeando la tierra y la piedra para abrirse paso a través de algún túnel al exterior gracias a la ayuda de uno de los celadores. Aquello parecía ser el sueño hecho realidad del muerto pero también podía ser la peor pesadilla si todo resultaba  ser una broma de mal gusto. Una trampa para pillarlos con las manos en la masa.

Todos cavaban. Ninguno hablaba. El silencio se había convertido en el protagonista principal de sus horas encerrados ahí abajo. Hasta que llegaban las voces. Aquellas voces que emulaban ser gritos guturales. Inentendibles. Procedentes de una garganta que parecía no ser humana.

Y entonces llegó.

No era una animal pero se le asemejaba. Era grande, con la espalda encorvada y los hombros anchos, lo que hacía que su cuerpo pareciese incluso más grande de lo que ya era. No era muy alto, quizá con suerte alcanzaba el metro sesenta de altura. Pero aquel aspecto lo hacía ver como una mole. Como una criatura enorme que no dejaba espacio a su lado, como si pudiese ocupar todo el corredor él solo. Y su olor. Aquel olor era nauseabundo. Era peor incluso que el que ya respiraban por estar en las cloacas. Su piel era grisácea, como la de un muerto. Pero estaba vivo. O al menos, respiraba. Avanzaba con paso lento, como si de un borracho se tratase. Parecía ir sin rumbo pero sabía perfectamente a donde iba. Sus ojos eran rojos, pero apenas lograban a verse por las arrugas de su piel. No tenía cejas. Tampoco mucho pelo sobre su cabeza y el poco que tenía parecía estar a punto de caerse. Un pelo poco firme, como el de un enfermo de cáncer después de varias sesiones de quimioterapia. Sus manos… Sus manos parecían garras y quizá era su mejor arma para abrirse paso entre los vivos.

Andersen gritó y salió despavorida. Niara permaneció estática en su posición. Como un juguete en la habitación de un niño. Como una maldita caja de música que ha sido abierta y cuya bailarina gira y gira al son de una música repetitiva.

- La va a matar. – Susurró Andersen aferrándose al brazo de Ezra, quien había dejado de cavar para mirar en la dirección donde Andersen se encontraba con Niara. Y ahí seguía Niara. Con la mirada perdida, quizá. O con la mirada clavada en aquellos ojos rojos de animal salvaje.

Ezra no emitió palabra alguna. Tampoco pensó. Él no pensaba, sólo actuaba. Quizá viendo la situación desde la perspectiva del narrador hubiese frenado sus pasos y actuado de otro modo. Pero él no era el narrador de su historia. Él era un peón en la historia de los demás y el extraño protagonista de la suya propia. Y como extraño protagonista, debía actuar. Y como peón, debía intervenir convirtiéndose en el personaje que, sin darse cuenta, crea un nuevo problema de uno ya solucionado.

No frenó. Sus pasos avanzaron en dirección a donde Niara se encontraba llevando consigo el pico. Andersen seguía gimoteando al otro lado con el otro preso. Derek se encontraba en el piso superior asegurándose que nadie entrase a la zona donde se encontraban a husmear. Pero Ezra… Joder, lo que hizo fue lo peor que podía haber hecho.

El animal lo vio. Aquel monstruo. Dejó de escuchar, dejó de prestar atención a la morena para ver que algo no iba bien. Vio el instinto de supervivencia en los ojos de su futuro agresor y el miedo se adueñó de él. La rabia. La  impotencia. Una ira animal que hizo que saltase contra la chica, aferrando sus garras en los brazos de esta y arrastrándola hacia el otro lado. Llevándola a su guarida, si es que acaso tenía un lugar al que poder otorgarle aquel nombre.

Ezra corrió tras ellos. Pero la criatura era más rápida de lo que aparentaba ser en un primer momento. Sus pasos ya no eran torpes y lentos. Más bien todo lo contrario. Corría por su supervivencia y por llevar su tesoro a un lugar seguro. Como un animal que encuentra un objeto brillante y lo esconde en su nido. Como un cuervo.
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Niara Soyinka el Sáb Nov 04, 2017 10:16 am

Y ahí seguía Niara. Con la mirada perdida, quizá. O con la mirada clavada en aquellos ojos rojos de animal salvaje.


Ese estado en que contemplas el terror y le devuelves la mirada, ¿es cobardía?, ¿se congelan las piernas?, ¿la lengua se te traba impidiéndote el habla? Niara Soyinka había sufrido en carne propia la parálisis del miedo antes, atacada por la confusión y la frustración a la que te arrastra la inacción. Pero eso fue antes, cuando dejó morir a un niño, viéndolo correr hacia su destino, sin ser capaz de estirar su mano para detenerlo. *

Ahora, era tan, tan diferente. Ahora, estaba fascinada con ese terror, se había dejado envolver por una poderosa mística. Había hundido su pie en el mar del pulso hiriente de la tormenta pero relajada, entregada al sosiego interior del espíritu, y sus párpados se hicieron azules mientras que su cuerpo era una roca quemante y roja, tan a punto del ardor.

¿Tú no sabes lo que un segundo puede robarte?, ¿lo que puede tomar de ti? Estos instantes, esta dilación del tiempo, entre ella y la bestia, le quitaron a Niara para siempre la noción de riesgo. Era diferente a simplemente ser imprudente. Era un estado de delicuescencia, un estado tan diferente a todo lo que has conocido con todas tus preocupaciones, todos esos pequeños temores que te esclavizan a una ilusoria sensación de seguridad, cando en realidad eres sólo una pluma desplegada en el viento que puede cambiar abruptamente hacia cualquier dirección.

A ti no te importa.

Ni la altura.

Ni lo que será cuando acabe la tormenta.

Ni contra qué choques en el azar de las casualidades.

Estás simplemente suspendido en una nube de claridad. Ahora el dolor, la presión, la adrenalina, cobraban otro matiz, otro sabor que Niara experimentaba con esa nueva elasticidad, ligereza, que se adaptaba a su cuerpo, dócil e incorruptible a un tiempo. Por eso no hubo terror cuando la bestia la tomo. No en el sentido que otra persona pudo haber percibido: como causa de pánico. No, Niara fue arrastrada como no pudo desasir de esa violenta sujeción hasta que algo sucedió.

Naira siempre sería emociones que se expresaban como en una danza en torno a la fogata de su hogar, allá, en la sabana. Ella era el ritmo, la sangre, la pasión. Un trino, una dulzura, tan tibios, que puede tocarte como el sol y puede abrirte como el canto de un pájaro en primavera. No puede ser fría, no puede asesinar esas convicciones que la hacen moverse como una marioneta de sí misma, siempre. Pero lo que había sucedido con ella, en ese momento, es que recuperó el estado de disciplina emocional que requería la magia de las manos, de los magos de África.

Como cuando un mago no puede manipular su varita, porque está atravesando un conflicto emocional o debilidad física y anímica, si eres tú, con tu cuerpo, el canalizador de la magia, como esperarás, algo similar sucede. Niara no había podido utilizar nada de su magia y la debilidad hacía mella en ella. Pero hay magia en tu cuerpo demacrado, mujer. Y hay un fuego que nadie más tiene. Es posible de ver cuando el mundo colapsa y están los otros y estás tú, aferrada con tus manos desnudas a esa vida por la que te preocupas, y por esas otras vidas, tú proteges, amparas, bajo el velo intenso de tu cariño. Eres un corazón, que late, que abriga. Eso eres.

Y también, el odio que crece en ti y te lleva a tomar elecciones. Pero por ahora, sé esa antorcha que haga retorcer a las criaturas oscuras y hacerlas salir de su cueva. Como ese nicho de la bestia, al que fue arrastrada. Una parte del subsuelo, inundada. Húmeda, fría, oscura. Ideal para que fermente la putrefacción. Hasta allí, el bicho había conseguido retroceder, emitiendo quejidos extraños, alterado por saber que lo perseguían.

Niara lo sintió.

Estaba asustado.

***

—¡Espera!, ¡no lo lastimes!—gritó Niara, con el brazo sangrando. Los había alcanzado. La bestia había enloquecida, presa del pánico. Era el predador, pero estaba asustado.

La maga apuntaba, como podía, sus manos hacia la besia, ¿conteniéndola de alguna manera? Estaba intentando acercarse.
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I. Ezra Sullivan el Sáb Nov 04, 2017 4:45 pm

Aquella criatura se perdió en la oscuridad de las cloacas. Corrió como si su vida dependiese de ello llevándose a Niara consigo como si fuese algún tipo de tesoro al que aferrarse. Pero un monstruo así no podía tener la simple intención de coleccionar seres humanos. No. Sus intenciones debían ir más allá. Puede que si coleccionaba algo eran precisamente sus huesos en algún lugar de las cloacas al que pudiese llamar hogar. Se encargaría de pelar a las personas hasta el hueso como si de simples muslos de pollo se tratasen. Se encargaría de deshacerse de su piel a tiras. Devorar sus entrañas y sus órganos. Dejar que la sangre fluyese por sus garras y se entremezclase con su saliva.

O eso, al menos, era lo que Ezra pensaba.

El miedo le golpeó el pecho y se llevó su respiración consigo. También su cordura y su capacidad de pensar por un segundo de manera racional para luego actuar. Ezra no se dejaba llevar por los pensamientos que pudiesen dar lugar a la mejor idea posible. A una idea capaz de sacar a Niara viva de aquella situación. A una idea que estuviese marcada por la racionalidad y la paciencia de una mente serena. Pero Ezra no era sereno. Ni tenía pizca alguna de razonamiento cuando algo sucedía ante sus ojos. Era alguien que se dejaba llevar por sus propios impulsos. Por los impulsos más naturales del ser humano como era la supervivencia. En este caso, la supervivencia de un ser querido.

Sus piernas comenzaron a moverse en la oscuridad dejando atrás al resto de presos. Escuchó la voz de Andersen, no muy lejos de donde se encontraba pero ni siquiera entendió lo que quería decir. Era un simple eco en la oscuridad que poco tenía que ver con lo que volaba en la mente de un desesperado Ezra que se perdía en la oscuridad.

Oscuridad.

Vació.

Nada en absoluto salvo el sonido de sus propios pasos en los charcos. El chapoteo como el de unos niños jugando bajo la lluvia pero sin el pequeño detalle de sus risas cantarinas adornando todo a su alrededor. Ahí abajo no había hueco para las risas. En el Área M si reías era porque habías perdido la poca cordura que pudiese quedarte en un lugar como ese.

Los minutos que pasó ahí abajo parecieron ser horas. Y es que incluso llegó a superar los sesenta minutos perdido ahí abajo buscando en la oscuridad de las cloacas sin éxito alguno.

- ¡Niara! – Gritó el castaño, que no frenaba en su camino. - ¡Niara! – Volvió a gritar pero su voz quedaba ahogada por el más profundo de los silencios.

De la nada Andersen apareció tras la espalda de Ezra. Debía haber caminado en círculos, pues sino no veía posible que alguien tan frágil y con las piernas tan cortas como aquella chica hubiese dado con él con tal facilidad.

- ¿Has encontrado a Niara? – Preguntó la chica.

Ezra negó con la cabeza. Rara vez rompía sus silencios de no ser necesario.

-¿Crees que está…? – Pero su pregunta quedó ahogada en el aire. El hombre se aferró al cuerpo de la chica obligándola a pegarse con la pared, tapando su boca con la mano impidiendo así que siguiese hablando. Poco a poco, fue soltando a la chica y colocó el dedo índice sobre sus propios labrios en señal de silencio. La chica asintió.

Un hombre con la varita en alto pasó por una de las calles colindantes a la que se encontraban. La luz de la varita le permitía andar sin chocarse, a diferencia de lo que les sucedía a Anderson y a Ezra, los cuales no tardaron en volver a avanzar por la oscuridad buscando a Niara. Esta vez en silencio, por miedo a que el hombre de la varita – quien posiblemente sería uno de los celadores, incluso en el mejor de los casos podía tratarse de Derek – diese con ellos.

Se perdieron durante algo más de veinte minutos, cuando escucharon una respiración entrecortada. Forzosa. Como la de alguien que acaba de hacer ejercicio físico después de mucho tiempo y parece que su corazón está a punto de salir de su cuerpo aunque sea trepando por su garganta.

Ezra elevó el pico que aún tenía entre sus manos y lo elevó, estando a un paso de golpear de lleno sobre el cráneo de aquella criatura. Pero las palabras de Niara lo frenaron, haciendo que el golpe cayese a un lado pero, aún así, este golpease una pierna de aquella criatura de paso. Provocado así un grito desgarrador que salió de sus fauces y una herida que emanaba grandes cantidades de sangre.

- ¿Has perdido la cabeza? – Preguntó Ezra alterado, volviendo a alzar el pico por si debía propinar un segundo golpe y esta vez sería certero.

La criatura corrió cuanto pudo, pero las paredes de su propio refugio le impedían ir más allá. Se aferró a los barrotes que le impedían seguir avanzando, con miedo y soltando un desgarrador grito.

Detrás de Ezra y Anderson, Derek el celador no tardaría mucho en dar con su paradero ahí abajo.
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Niara Soyinka el Dom Nov 05, 2017 12:34 am

Andersen no era débil, como sí lo había parecido al principio de su llegada a Azkaban, y no podía evitar comprometerse. Eso era lo que la había mantenido fuerte. Incluso si tuviera que traicionar, realizar cosillas que en su otra vida pudo evitar, pero que ahora, eran salidas temporales, peldaños que escalaba para no ahogarse en la muerte. Que vana, necia, que lejana e ilusoria que se veía la moral ahora, en la distancia, adentrada en el abismo. Y sin embargo, cuando las torturas empezaron, no creyó que fuera a sobrevivir a ello. Tampoco lo quiso. ¿Sobrevivir?, ¿cuestión de determinación? Déjame que me ría en tu cara, puto Creador. Es instinto. No una elección. Incluso en la dulce tensión del suicidio, ese abandono en el que puedes recaer, te empuja a enderezarte en medio de la negrura absoluta de un instante terrible. Es una apuesta. Al todo o nada. Al final, somos un chiste absurdo. Somos fichas en un juego. Al princpio, al principio, ella hubiera deseado morir, MORIR DE UNA PUTA VEZ. No deposites la culpa sobre ese corazón atormentado. La cuestión, es que ella no lo hizo. Ella vivió. Por un tiempo. Si le puedes llamar a estar encerrado Azkaban, vida.

—¡PÁRALO!, ¡PÁRALO!, ¡te digo que…

Te pido que pares, te ruego que le pongas un fin a esto. No quiero mis emociones, no las quiero. No son comprendidas en este mundo que es tan cruel. Por favor te las devuelvo, Creador. ¡Duele!, ¡duele! Lo he comprendido. Renuncio a ESTO. No lo quiero. Te oigo, si es un castigo milenario por las almas que me han quitado pero por las que todavía cumplo una condena; que en esencia es como una mutilación, ya que no importa cuán entero nazca un niño, su grito será la aguda expresión de dolor de eso que le han rebanado, como cuchillas que se hunden en la carne. Esa es la pena de estar condenado a la expiación.

Sé que no quieres oír estas palabras, ¿pero te has parado a pensar?, que eres sólo un saco transido de carne herida que supura, que gime, que no te sirve a no ser para flotar boca abajo en un río de muerte, llevado por una corriente de tragedias que pudiste haber evitado, aparentemente. No puedes estar muy seguro porque la corriente es constante, vibra y es el símbolo del cambio que se inventa a sí mismo, a cada segundo. Sí, este es el susurro que oyes entre las paredes de Azkaban. Sólo puedes experimentar la desesperanza.  

PÁRALO.
Tú, Creador. Haz que pare.

Sí, siempre quieres recurrir a alguien la situación es insalvable. Pero la única que siempre viene a por ti, es la muerte. Aunque a veces, o la mayoría, se ríe en tu cara. No deposites la culpa en madre Muerte. Después de todo, los monstruos, son los humanos. El gran monstruo, era Azkaban, su creación. Pero otra vez, Andersen sobrevivió, hasta ese día que se la comió la bestia.

A todos ellos.

***

La saña con que arrinconaron a la bestia se convirtió en una situación confusa, con picas en la mano, una varita que atacó. Pero. La ‘bestia’ como le llamaban, era una creación de laboratorio, y antes había sido un mago, pero ahora, era una criatura que se arrastraba por las alcantarillas, como una concentración inestable de magia que no convenía alterar, mucho menos arrinconar. Una parte de esa criatura, un remanente de la persona que había sido, esas emociones que otros querían arrancarse de a ratos, la hacían correr y esconderse, actuar errática, irracional. A esa parte, quizá pudiera someterla. Pero todo está perdido cuando la magia estalla, descontrolada.

—Es inestable, Ezra—cortó Niara. Preocupada por velar por esa persona que había corrido por ella, en aras de socorrerla. Como ella hubiera hecho—¡Apártense! Puedo. Sé que puedo…

Controlarlo. Porque era lo que a ella le había enseñado a hacer. Controlarse.

Pero en su intento de huida, la bestia retrocedía y avanza, asustada, al principio sin saber qué hacer, hasta que quedó claro. Instinto. Por instinto, tenía que atacar, protegerse de la amenaza. Y cuando Derek llegó, soltando un maleficio, este no tuvo el efecto esperado, sino que desató un episodio: un obscurus se proyectó hacia fuera de esa carne pálida, húmeda y maloliente. Y era uno de los grandes, realmente grandes. Podría tapar las cañerías si seguía creciendo. En ese momento, sólo quedaba huir de allí, a todo costo. Pero Niara tenía sólo una prioridad. Salvara Ezra. Por eso, en contra de lo que incluso él pudiera desear o a quien él quisiera salvar.

—¡Déjalos!—En la corrida, en la confusión, Niara empujó a Ezra por una cañería abierta, y los dos cayeron a otro nivel, plagado de mierda esta vez, más mierda de lo habitual, mientras que detrás se oían los chillidos de la muerte de los que no lo habían conseguido. Niara aminoró la caída con magia, lo último que le quedaba, por su débil estado. Hicieron un jodido viaje por las cañerías, y Niata lo forzó a vivir.
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I. Ezra Sullivan el Dom Nov 05, 2017 9:42 pm

Los gritos eran estremecedores.

No supo cómo había logrado salir justo a tiempo para ver como, sobre sus cabezas, aquella nube de humo de color negro devoraba todo a su alcance. Sólo pudo estirar los brazos y anteponer sus manos para frenar el golpe justo a tiempo para no acabar golpeando su rostro contra la basura. Porque por el olor, aquello debía ser basura.

Y la basura era lo que mejor olía de todo lo que había en aquella zona de las cloacas.

* * *

Derek no lo vio venir. No tuvo tiempo siquiera de alzar su varita cuando vio como aquella nube de humor que parecía contener una tormenta en su interior lo golpeaba. El primer golpe no fue letal. Ni mucho menos. Ojalá lo hubiese sido. Su parte consciente rogaba a todos los dioses de las religiones existentes por un final más dulce. Menos doloroso.

No tuvo tiempo siquiera de gritar.

Tampoco de dar un paso hacia atrás. Ni mucho menos de imaginar lo que se le vendría encima en cuestión de segundos.

Las personas más positivas aseguran que, antes de morir, ves tu vida pasar a toda velocidad ante tus ojos. Como si se tratase de diapositivas o de una película a la que alguien aumentó la velocidad y eliminó el volumen. Momentos emotivos que te hacen ver el final como una parte esencial de la vida a la que acogerte como si de un amigo se tratase.

Pero Derek no vio su vida pasar a toda velocidad. Derek sólo vio oscuridad. Una oscuridad tan negra que ni el rayo de luz más poderoso hubiese podido acabar con ella. Una oscuridad que se mete en tus entrañas y te desgarra desde el interior de tu cuerpo. Que te corroe y te llena de malos pensamientos y de negatividad. Una oscuridad que te devora y se lleva todo a su paso sin importar de que se tratase.

Y eso fue lo que sucedió. Su cuerpo se elevó y golpeó la pared. Su varita cayó al suelo, lejos del alcance de sus manos. Su espalda se encontró con la piedra húmeda y cubierta por el moho de aquellas cloacas. Escuchó un gruñido inhumano que destrozó todas sus esperanzas. La sangre comenzó a brotar de sus oídos sólo por aquel gruñido.

Sintió el dolor desde el interior de su cuerpo. En su corazón, lo notaba. El corazón dentro de su pecho comenzó a bombear más sangre de la que podía. El ventrículo izquierdo fue el primero en fallar haciendo que la sangre saliese de las arterias, bañando todo el interior de su cuerpo. Siguió el derecho, que estalló. Incluso podía escuchar cómo sus arterías se rompían a cada segundo que pasaba. Cada vez más deprisa. Intentó sujetar su pecho con sus manos, en vano.

Cayó de rodillas y comenzó a toser. Sangre. Una sangre oscura y densa. Elevó la cabeza, alzando la mirada y por un momento sintió que su cuerpo flotaba. Se intentó levantar, dando trompicones. Se intentó levantar con las manos en el pecho rogándole a su corazón que parase. Notaba el dolor en sus sienes. ¿Aquello era un infarto? Había leído sobre ello pero los síntomas no se correspondían con los que él presentaba. La masa negra, el humo negro. Eso no era un maldito infarto. Lo estaba matando.

El humo negro volvió a elevar su cuerpo, sin permitirle siquiera gritar. Abrió la boca para hacerlo pero de esta solo salió sangre. Más sangre oscura y densa que brotaba a borbotones. No supo si el mal sabor se debía al aire respirado en las cloacas o al propio sabor de sus heces. Era consciente que se lo había hecho encima.

Una nueva herida apareció, esta vez en su estómago.  Una  herida profunda de la que no pudo recuperarse. Ni siquiera posicionar las manos sobre esta intentando impedir que la sangre brotase por la nueva herida. Estaba flotando. Esta vez de verdad flotaba gracias al humo negro que lo zarandeaba y golpeaba como si de un animal salvase se tratase.

Sus intestinos cayeron al suelo rajados, dejando escapar olor a muerte y descomposición. Lo hizo también su estómago y la totalidad de su sistema digestivo. Pero no el respiratorio. Sus pulmones seguían activos. Y su corazón… Su corazón latía aun cuando la sangre salía despedida por todo su cuerpo sin seguir ruta alguna. Estaba bañando en su propia sangre en sus adentros. Sus venas y arterias estallaban en segundos y, en apenas un minutos, la sangre brotaba de su nariz, boca y oídos. También de sus ojos pero sus globos oculares no tardaron en estallar por la presión que aquel humo negro ejercía en el interior de su cuerpo.

Sus huesos estallaron. También lo hizo su cerebro. Su cráneo y sus dientes. Todos sus órganos  e incluso las uñas. Lo único que quedó de Derek fue una mancha de sangre que impregnaba las cloacas y una varita perdida.

* * *

- ¿Estás bien? – Comprobó que Niara estuviese de una sola pieza aún cuando escuchaba los gritos ahí arriba. No quería pensar en lo que estaba sucediendo ni en cuántas vidas estaban llegando a su fin sobre sus cabezas. – No podemos quedarnos aquí. – No le importaba. Quería pensar aquello. Quería pensar que no le importaba lo que estaba sucediendo ahí arriba aún cuando sabía que no era cierto. Una mentira que le permitiría seguir viviendo. Una más. - ¡Vamos!

Tiró del brazo de Niara, buscando a tientas en una profunda oscuridad que tan solo se rompía cuando daban con una trampilla sellada. Ezra siempre intentaba abrirlas. Todas ellas. Alguna debía llevar a otra parte. No podían morir ahí abajo. Nadie les buscaría. A nadie le importaban un par de presos que posiblemente habían sido devorados por la criatura que acechaba en las cloacas. ¿O sí?
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Niara Soyinka el Sáb Nov 11, 2017 4:53 pm


Los ves pulverizarse, a las víctimas del obscurus. Es una masa abominable, una concentración de muerte que los aprisiona, tomando de ellos lo que la vida le quita al recién nacido: un alarido, de rabia o dolor, pero que esta vez, es el preludio de un final violento. Esta criatura es como un parásito que avanza sobre el tiempo de otros y lo consume para siempre.

No sin antes haber escarbado en lo más hondo de sus intimidades, eso, que en las personas es como una crisálida escondida dentro de la que se debate una mariposa atravesada por las transformaciones que cada delgado hilo de sucesos agregó a sus historias personales, a lo largo de un camino de pequeños y grandes logros, en el que se habían cruzado con el amor y la derrota, la ilusión y la verdad, pero cosas que, en fin, de nada les servía ahora.

Les quitó todo, hasta quiénes eran.

Andersen, la muchacha de la voz cantarina y musical, le arrancó a su garganta las cuerdas vocales, que explotaron en sangre desde el primer grito, ese que se prolongó en chirriantes emanaciones de desbocado martirio.

En las cloacas de una prisión, sola, sin poder huir, Andersen moría inseminada de pústulas que se oscurecían sobre el blanco cubierto de lo que había sido su piel, y mientras sus sentidos eran chamuscados, acribillados, aplastados por suelas de púas, ella se suspendía en el aire como la horrible visión que era: una silueta amorfa de insectos que se removían inquietos, que se fundían en un movimiento continuado y eléctrico, negros como el asco.

Envuelta, por la oscuridad. Devorada, carcomida. En carne, en espíritu. Así es como se debatió durante sus últimos instantes. Ella era, en ese aleteo desesperado en el que se hallaba presa, una cría de paloma demasiado tierna que se atasca entre las encías amarillas, podridas, de unas fauces de pesadilla.

No hubo fotografías familiares, destellos de antaño. Sólo existía la consciencia inmediata. Y todas sus memorias se habían reducido a ese momento: la laceración provocada por las vertebras que se quebraban a través de la bolsa de nervios heridos que era su cuerpo.

Les hubiera escupido en la cara a los niños en sus cunas sólo de oír el eco lejano de algo parecido a la alegría, a la bondad. Hubiera renegado de todos a los que había amado. Porque vuelta hacia sí misma, hacia el dolor, como entonces, nada podría distraerla de la piel siéndole levantada del hueso, rastillada desde adentro para abrirse como rojas, orgullosas azucenas en el cénit de su frescura, como ternura viva que se abre para recibir el rocío del miedo, la agonía, el espanto.

Si había sido bella antes de Azkaban, cualquier rastro de afrodita había sido drenado por el desagüe de esas cloacas. Y de quedar alguien para llorarla, alguien que todavía tuviera la esperanza de volver a encontrarla incluso cuando aquella prisión era impenetrable, de quedar alguien. Nada perduraría para alimentar esa promesa. Sólo una ausencia.  

Al final, no quedó nada.

***

Eres sólo. Humano. Puedes romperte en pedazos. Un poco de oscuridad puede hundirte del todo, o puede levantarte. ¿Cuántas veces?, ¿cuántas veces puedes levantarte de nuevo? Ojalá fuera tan sencillo. Decir basta. Ojalá pudieras, te dices. Pero. Eres sólo. Humano. Y hace un coraje tremendo para no salir corriendo cuando la velocidad sube por tur piernas, así como el terror que te atenaza y te recuerda que tienes que ponerte a salvo. No puedes decirle que NO al instinto.

Perdóname si caigo. Si te hago trastabillar, o retrasarte. Perdóname si no puedo dejarte atrás. Si te pongo por encima de las circunstancias o del resto de víctimas. Perdóname por los pecados que no he cometido, pero en los que sé que incurriré. Y si al final del día, todavía no lo has hecho. Perdonarme. Lo entiendo. No sé por qué lo hago. Ya ni sé quién soy. Pero me muevo, corro, hacia ESA dirección, de ESTA manera, y se me echo atrás.

Me arrepentiré.

En Azkaban, aprendes una cosa. Niara aprendió UNA cosa. No había tiempo para echarse atrás, y no quería, no podía, ARREPENTIRSE. La vida la había tratado bien. Pero al entrar a ese lugar de espantos y escalofríos, la MUERTE no tuvo compasión. A cada segundo, atormentándola. Era feliz, como una niña que extiende los brazos al sol y goza de esa sensación quemante pero agradable contra la piel. Había sido feliz, sí. Miseria no era una realidad tangible, cruda, real. Hasta que pisó ese suelo de arenas negras y movedizas, en la que otros cuerpos que habían caído antes hacían de sostén. Hasta que todos tocaran el fondo, el mismo fondo.

Niara, Niara Soyinka, era sólo humana.

Y los que quedaron atrás, ya no eran nada. Pero eran esos a los que podía abandonar. Así que corrió. El piso superior del que habían caído había sido tomado en su totalidad por la masa oscura e informe que era el obscurus y que ahora se escurría, rápido y letal, filtrándose por las grietas que hallaba a su paso, ese que todo lo corrompía. Especialmente la vida.

—No, no podemos, Ezra, tenemos que…

La caída la había resentido, pero hacía falta correr y Ezra fue más veloz que ella en hacerse a la idea. La tironeó del brazo y ella lo siguió. Corrieron, chapoteando, entre el eco de sus pasos y el alarmante chillido que atravesaba los muros, proveniente de ESA COSA, el obscurus, desde algún lugar y desde todas partes a la vez.

Hasta que se detuvieron, aparentemente, en un callejón sin salida. Ezra era rabiosa y buscaba un resquicio por el que colarse a toda costa. Niara, por su parte, sentía que se desvanecía, que sus fuerzas la abandonaban y se recargó contra la pared, al borde del desmayo, mientras lo veía hacer. Entonces, lo oyeron. Y lo vieron. Detrás de ellos, viniendo desde el fondo, vaporosa y asesina, como un manto negro que se hacía y se deshacía como una maraña de insectos. Vertiginosa, ineludible. A un paso, a tan sólo unas pocas palpitaciones.

Podía sentirse débil, pero Niara se hallaba del todo lúcida.

—¡Ezra!—Él luchaba con una puerta vieja y pesada. Niara alzó la palma de su mano y usó la magia. Pero también la usó contra él, el squib que odiaba la magia. Porque había que retrasar a esa cosa, si acaso querían una oportunidad. Y hacía tiempo que Niara le ocultaba esa incómoda verdad sobre los experimentos que Silvanus Gates llevaba a cabo con ella, lo que habían hecho. Puede que ahora fuera algo útil.

Sucedió tan rápido y tan lento al mismo tiempo. Niara fue envuelta por esa negra calamidad que atravesaba al cuerpo al alma y los despedazaba sin compasión. Y se moría. Niara Soyinka se moría. De no ser porque debajo de su piel, anidaba también otro monstruo de la oscuridad.

—¡Sullivan, muevete!

El grito de Hunter salió de la nada. Y lo que siguió fue… publicidad gratuita

—¡Expecto Patronum!

… ver a una criatura de luz chocar ferozmente contra ESO, ese remolino de muerte en el que presumiblemente Niara estaba metida. Pero lo que ocurrió fue confuso. El obscurus retrocedió, pero no sólo o precisamente por ese haz blanquecino de esperanza, sino porque estaba siendo atacada,mordida, despedazada, por OTRA criatura, tan espeluznante, tan aterradora, que haría retroceder a cualquier precavido. Lo que se dio fue un cruce salvaje entre esas dos criaturas, entre las que el patronus también se debatía, intentando alejarlos. Porque la oscuridad retrocede ante la luz.

Al final, y de tal forma que resultó extraordinario y brutal, esa bestia atroz acabó por masticarse al obscurus. Y aunque intentó atacarlos, un LUMUS SOLEM lo hizo chillar y retroceder hasta perderse velozmente por las alcantarillas con un rugido de escalofrío.

—Me importa poco si quieres quedarte aquí y pudrirte. Pero en lo que a mí respecta. Te llevaré a tu celda, y te quedarás allí—Hunter enfundó su varita, mirando por donde la criatura había desaparecido—Calladito, muggle. Calladito.





psss:

Sep. Hunter PUEDE realizar un patronus. Interesante, ¿verdad?

jaja Pobrecito Ezra. Me imagino su cara de WTF XD
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I. Ezra Sullivan el Dom Nov 12, 2017 7:57 pm

Corrió todo lo que pudo sin siquiera mirar atrás. No pensó en lo que podía estar sucediendo arriba y de haberlo intentando no se hubiese acercado ni mínimamente. No podía lograr imaginar lo que estaba sucediendo a tan pocos metros de distancia. Su mente era incapaz de imaginar que un suceso tan atroz estuviese teniendo lugar por encima de sus cabezas. Aquella sombra negra, era un ente desconocido para el Squib. No comprendía lo que era, pero no había que saber nada sobre ella para asegurar que no se trataba de nada bueno. Era una oscuridad tal que podía incluso olerse la muerte en ella.

Si Niara lo había empujado por aquel recóndito pasadizo no sería precisamente porque la sombra fuese a darles un cálido abrazo. Si Niara lo había empujado por aquel recóndito pasadizo sería porque era la única manera de salir vivos de ahí. Dejando atrás al celador que tanta ayuda parecía haberles prestado durante las semanas previas. Dejando atrás a la muggle que no había tenido ni la más mínima oportunidad contra una maldad contenida durante años que había estallado en forma de humo negro.

Los pasos de ambos se perdían por las cañerías aun cuando eran capaces de oír el sufrimiento de Anderson y Derek. Ezra tiró de la mano de Niara, obligando a que la chica siguiese avanzando aunque no contase con fuerzas para ello. Él estaba agotado, pero no le importaba en absoluto. Era una persona que no había  tenido una varita que hiciese el trabajo difícil por él. Era una persona que no había tenido facilidades en su vida y que no era la primera ni sería la última vez que tendría que correr para intentar salvar su vida. Tampoco la primera vez que tiraba de alguien que parecía roto, agotado, desganado e incluso perdido. Ezra no admitiría jamás que siempre tendía una mano amiga a quien la necesitaba, porque nadie se la había tendido a él nunca.

- ¡Corre! – Volvió a gritar, intentando que Niara acelerase.

Estuvo a un paso de frenar en seco y coger a la chica como si de un saco se tratase. Cargarla al hombro y correr aún sabiendo que quizá eso acabaría con las pocas fuerzas que aún le quedaban. Pero serían más rápidos, al menos durante el corto periodo de tiempo en el que sus piernas respondieran a sus peticiones. Hasta que el cansancio venciese su lucha y acabasen ambos en el suelo. Un golpe en aquel líquido cuyo contenido en agua era pura casualidad. Sabía que la mayor parte del líquido que los estaba manchando eran desechos humanos e incluso restos de sus compañeros e incluso amigos. Restos de lo que había quedado de ellos tras una dura sesión con los Extirpadores de la que jamás habían podido volver.

Niara logró soltarse de Ezra. Ni siquiera fue consciente de cómo sucedió. Sólo se vio obligado a soltar la mano de la chica, como si una fuerza invisible le golpease y obligase a hacer algo que no quería. Siguió corriendo durante un par de segundos hasta que fue consciente de que la mano de Niara no estaba entre la suya. Frenó en seco y miró atrás.

Por primera vez miró atrás.

Y entonces lo vio.

Una sombra oscura. Una nube de humo de color negro. Una oscuridad tan profunda que la vista podía perderse en su inmensidad. Porque era verdaderamente algo inmenso. Vibraba. Era como si vibrase a cada paso que daba, a cada centímetro que avanzaba devorando todo a su paso. O lo habría hecho de haber encontrado algo que devorar.  Algo más que las pobres ratas que salían despedidas, rogando por su vida, antes de ser devoradas por la inmensa oscuridad.

Las escuchaba gritar. Chirriar.

Apenas las hubo que no pudieron huir a tiempo. Apenas las hubo, pero fueron suficiente para estremecerse ante aquel sonido. El sonido de la muerte al quebrar sus pequeños huesos. Al abrir su piel y sus entrañas, haciendo estallar cada uno de sus órganos desde el interior de aquel pequeño cuerpo. Como si solo se tratase de juguetes.

Igual que había hecho con Derek.

Igual que había hecho con Andersen.

Se apartó a la voz de  Hunter. Pegó la espalda al a pared y vio lo que sucedía sin comprender lo que verdaderamente pasaba. Temió por la vida de Niara. La vio morir. Juraría una y mil veces que Niara había muerto ahí abajo. Pero era irónico hablar de muerte cuando en aquella prisión todos estaban muertos en vida. Todas sus vidas carecían de sentido cuando los Extirpadores los usaban.

- ¿Qué coño ha sido eso? – Atinó a preguntar a Hunter antes de darse cuenta que Niara seguía ahí. Al menos, su cuerpo lo hacía.

Corrió hacia el cuerpo de la chica. Se arrodilló de un golpe seco, ajeno al daño que pudiese sufrir su propio cuerpo. Comprobó que seguía con vida y miró a Hunter. Por primera vez, le ordenó que hiciese algo. Por primera vez, no fue un insulto o una mirada desafiante. Tampoco temerosa. En aquel momento el único miedo que sentía era por la vida de Niara. Por la vida de su amiga.

- ¡Ayúdala! – Gritó furioso. Enfadado con Hunter por no moverse. Sin saber si Hunter había salvado a Niara o era el culpable de lo que le había sucedido. - ¡Hazlo! – Volvió a gritar ante la mirada de un atónito Hunter.

Acortó la distancia que separaba al celador de los dos presos e hizo que el cuerpo de Niara se elevase, como si una camilla invisible llevase su cuerpo.

- Cálmate Sullivan, se podrá bien. – Mintió Hunter, sin saber si aquellas palabras llegarían a cumplirse.

Dio un chasquido con los dedos y dos elfos domésticos aparecieron. Su aspecto era incluso peor al que cualquier elfo doméstico acostumbraba. Incluso su olor lo era, pero ahí abajo no podía siquiera distinguirse.

- Llevad a este a su celda.

Ezra se resistió. Golpeó a uno de ellos, partiéndole la nariz al acto con la rodilla. El segundo logró inmovilizarlo con magia, impidiendo que hiciese movimientos.

- ¡Suéltame! ¡Hunter, diles que me suelten! ¡Joder!

Pero Hunter no hizo nada y Ezra simplemente se desvaneció, arrastrado a su celda por aquellas dos criaturas. Lo arrastraron, literalmente. Arrastraron su cuerpo hasta que volvió a su celda.

Por su parte, Hunter apartó el cabello de Niara de su rostro y depositó un suave beso en su frente, como si de un padre con su hija se tratase.

- Te recuperarás y serás más fuerte que nunca. – Aseguró Hunter, llevando a Niara hasta la planta superior, donde quedaría bajo el control de los Extirpadores.

Una vez más.

OFF: No sabes lo que me cuesta postear en este tema sin soltarte un spoiler de Lost XDDDD Ya lo comprenderás cuando conozcas a Jacob y su amiguito.  
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Niara Soyinka el Mar Nov 14, 2017 9:06 am

Es un ¡chispazo! lo que sucede, y del negro absoluto aparece un foco borroso de luz, mientras que el sonido te llega desde algún lugar, muy aquí ‘cerca tuyo’ y de más allá, como una onda expansiva y vibrante. Es baja al principio, hasta que empieza a crecer, no tanto en ruido como en miedo incapacitante, consciencia de alerta, necesidad de correr.

—¡Suel… ¡suéltenme!, ¡NOO!

No hacía falta que le pusieran las manos encimas, porque estaba sujeta por correas. Como en una pesadilla de la que no puedes escapar. No ves sus rostros, pero estás sumergida en este mundo que puede ser el patio de recreo de un niño con tanta imaginación como para devorar al mundo en fantasías, así como el. ¿Cómo es?, ¿cómo es cuando es real, tanto que pesa en el corazón, tan frío, ¡oh, tan helado!? E incluso después de despertar, no sales de ese cuarto oscuro, en el que te ataron a una dura camilla y te violaron en tantos sentidos que puedo exprimir la palabra y hacer que gotee sobre la piel, impregnándose hasta el hueso y por debajo del pudor, sin que siquiera se aproxime a ese instante de auténtico pavor?

Es horrible porque sucede, y te sucede a ti. Y peleas. Pero no es suficiente. No hay opción más que recibir los conjuros que susurran maldades que hace tiempo te has de preguntar por qué existen. Es simplemente lo que es. Pero te sucede a ti. Ni siquiera puedes consolarte, acariciarte la contusión y decirte que ya pasará, porque es ese el momento de la turbulencia, los alaridos, el nunca acabar.

El sujeto de experimentación Niara Soyinka, gemía y se desarmaba en gritos, mientras operaban sobre ella este interminable procedimiento de examinación. Imagínate que quieres llegar a penetrar en la verdad en algo y para ello tuvieras que abrir una y otra capa de espanto, desgranar los nervios, reacomodarlos para poder hurgar en lo que buscas. Pero no estás seguro de lo que buscas, así que, el tiempo se extiende. Hasta que Niara Soyinka cae en un estado de sopor, interrumpido por violentos temblores y palabras ininteligibles, como un mantra que ni ella sabría que era capaz de repetir una y otra vez.

—Devuélvanla a su celda—ordenó con brusquedad el extirpador en jefe, encendiendo el último cigarrillo de su paquete.  

***

Hunter se había apostado en la puerta de la celda. De espaldas a él, el rumor de una cancioncilla —la voz era rasposa, áspera, y se interrumpía a veces, por los escalofríos— que Niara tarareaba, o intentaba articular, llegaba hasta él como una letanía. Era la misma tonada que Andersen cantara.

Él la oía en silencio, cruzado de brazos, apoyado contra los barrotes. Los extirpadores habían sido muy duros esta vez. Siempre lo eran. Pero esta vez. Y lo primero que ella le había preguntado cuando la metió en la celda, en ese penoso catre, habiéndolo sujetado de la solapa en un débil gesto, con los ojos salidos y la voz apenas audible, había sido por Ezra.

Niara Soyinka era de esos corazones que sólo hallan su motivación, su verdadera fuerza, en los otros, en los vínculos que establecen. Alguien que se pospondría a sí misma por el bien de otra persona. Y en gestos como ese, pequeños momentos que ocurrían en la prisión quizá con menos frecuencia con la que deberían o no, era cuando te dabas cuenta.

Él se limitó a decirle que su amigo estaba bien y Niara sólo se abandonó en ese catre cuando hubo contemplado muy adentro de los ojos de ese hombre, para comprobarlo. No fue hasta mucho más tarde que recuperaría sus energías.

***

Era el comedor. Hacían fila, por su plato del día. Que no habría variado mucho del vómito del día anterior. Uno de los reclusos cayó, sacudiéndose como un pez fuera del agua sobre el piso duro. Y sorprendentemente, las personas alrededor no reaccionaron. Ni siquiera los celadores. La fila simplemente se limitó a doblarse, de forma de evitar el bache en el camino. Pero entonces, la silueta delgada, diminuta, casi de pergamino, de Niara se acercó, inclinándose sobre esta persona y conteniendo ese episodio que sufría.
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I. Ezra Sullivan el Miér Nov 15, 2017 6:54 pm

Lo lanzaron ahí como si se tratase de una bolsa de basura. Pues, a fin de cuentas, para aquellos que trabajaban en el Área M los presos no eran mucho mejor a una bolsa de basura. Incluso la basura olía mejor que ellos. Incluso la basura tenía más valor que sus miserables vidas a ojos de aquellos que disfrutaban haciéndoles rabiar de dolor. Haciendo de sus vidas un lugar no apto para los débiles y donde aquellos que no aguantaban lo suficiente acababan en simples bolsas de plástico como esa basura con la que se los comparaba. Muertos. En una fosa común sin tener oportunidad de una despedida con sus familias que, en muchos de los casos, aún estarían buscando de manera desesperada a aquellos que habían perdido y cuyo paradero no lograban siquiera imaginar.

- ¡Soltadme! – Gritaba con las manos aferradas a las cuerdas conjuradas por los elfos que lo arrastraban, sin siquiera tocarlo, hasta su celda.

Aquello era un espectáculo grotesco. Los presos, desde sus propias celdas, se escudriñaban en sus barrotes para lograr ver lo que sucedía. A pesar de la poca luz que entraba en aquellas zonas, la vista de los presos estaba acostumbrada a aquella oscuridad y eran capaces de distinguir lo que estaba sucediendo. Ezra, arrastrado por cuerdas por dos criaturas arrugadas y de corta estatura, pataleaba e intentaba liberarse de las ataduras para salir de ahí.

- ¡Hijos de puta! – Volvió a gritar, mostrando su incapacidad por tener un vocabulario adecuado. Pero, ¿A quién le importaba el vocabulario cuando la muerte llamaba día sí y día también a tu puerta. - ¡Soltadme! ¡Llevadme con ella! – Añadía en un intento desesperado por zafarse de aquella magia que difícilmente podría vencer con el uso de la fuerza bruta.

Una vez cayó al frío suelo de su celda, las ataduras dejaron de aferrarle con fuerza. Se deshizo de ellas en cuanto tuvo oportunidad e intentó salir de su celda. Pero ya era demasiado tarde. Los elfos domésticos habían cerrado la puerta y ya era inservible golpearla una y otra vez. Y otra. Y otra. Pues eso fue lo que hizo un desesperado Ezra en un intento de salir de ahí.

- ¡Sacadme de aquí!

Gritó y pataleó cuanto pudo. Incluso sus nudillos acabaron en carne viva después de golpear el frío metal una vez tras otra. Pero no sentía dolor. Nada. No sentía nada. La muerte de aquellos que apenas había sucedido veinte minutos antes golpeaba todos sus pensamientos. El estado de Niara, inconsciente y con el pulso débil, se encargaba de alimentar sus pesadillas e imposibilitarle la opción de, simplemente, sentarse a esperar que llegase el día siguiente.

Pero el cansancio venció.

Acabó quedándose dormido con un hombro apoyado sobre los barrotes y los brazos extendidos hacia el exterior en un intento de lograr salir de ahí de cualquier manera. Por imposible que pareciese, y es que en momentos como aquel el ser humano lucha de cualquier forma. Sin importar el dolor. Sin importar la supervivencia de uno mismo. Sólo importaba salir de ahí, luchar un día más.

* * *

- ¿Qué demonios pasaba anoche? – La voz de Louisa MacGuff, una mujer que debía rondar la edad de Ezra pero que había envejecido veinte años de golpe en la primera semana de encierro en aquella prisión.

- Se llevaron a Niara.

- Eso no es ninguna novedad, Ezra. Nos llevan a todos, incluida a Niara. Sabes que…

- Tú no sabes nada, así que cierra esa bocaza antes de que me encargue yo de  hacerlo. – Cogió su bandeja y dio la espalda a la mujer avanzando en dirección a la fila que se había formado delante de la zona donde el personal de las cocinas, muy a regañadientes, servía bazofia a los presos. Aquello no podía considerarse comida, siquiera. Ni basura. La basura olía mejor que aquello. La basura olía mejor que ellos.

No tardó en tomar asiento en una de las mesas más apartadas intentando que aquí nadie se sentase a su lado. Pero Louisa no tardó en volver a alcanzarlo, tomando asiento a su lado y acomodando su pelo hacia el lado derecho de su cabeza como si eso fuese a servir para adecentar su aspecto físico. Aún le importaba la imagen que podía dar a otros presos, a otros seres humanos. Aquello sólo significaba que aquella mujer no estaba, todavía, lo suficientemente rota.

- Te he dicho que me dejases en paz.

- Ezra, yo… Lo siento. No quería ofenderte. Sabes que a veces hablo más de la cuenta. Este lugar va a acabar por volverme loca y lo único que me queda es poder hablar con otros. Contigo, con Andersen, con cualquiera. – Susurró en apenas un hilo de voz. – Andersen tampoco volvió anoche. Duerme en la celda de al lado. ¿Se la llevaron junto con Niara?

Las palabras se ahogaron en su garganta. O se aferraron a ella agarrando fuertemente sus cuerdas vocales para así no salir cuando Ezra intentaba que lo hiciesen. Un vacío en su garganta. Otro en su estómago. Y por supuesto, en su cabeza.

- ¿Ezra?

- No… No, sólo se llevaron a Niara. – A fin de cuentas no era una mentira, ¿Verdad? – Hunter se la llevó anoche.

- Ah, Hunter. La tiene tomada con ella. – Admitió la mujer volviendo la vista a su comida como si hubiese olvidado el recuerdo de Andersen.

Pero Ezra no lo había hecho. La culpabilidad le golpeaba nuevamente. Si Andersen no le hubiese seguido aún seguiría con vida. ¿Y acaso morir no era un regalo en aquel lugar? Quizá incluso le hubiese hecho un favor a esa chiquilla flacucha.

- ¡Ezra! – Louisa señalaba al suelo, donde un hombre yacía en el suelo sacudiéndose. Pero eso no era lo que Louisa señalaba, sino que había localizado a Niara.

En un abrir y cerrar de ojos, Ezra se encontraba al lado de Niara. Pero en lugar de ayudar a contener aquel episodio, cogió a Niara y la apartó del hombre cuya boca se había convertido en un nido de espuma.

- ¡Avisad a un extirpador! – Gritó Gary, uno de los nuevos celadores que recientemente había ocupado uno de los puestos vacantes tras las últimas muertes y deserciones de los celadores.

Ningún celador movió ni un dedo. A nadie le importaba el hombre que yacía en el suelo envuelto en sus propias babas. Envuelto en su propia desesperación hasta que, finalmente, dejó de moverse.

Se había ido.
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