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Revolution of two [Priv.//+16]

I. Ezra Sullivan el Dom Jul 02, 2017 1:42 pm

Recuerdo del primer mensaje :


Con  Niara Soyinka · Área - M



No necesitaba contar con el don de la magia para haberse dado cuenta de aquello. No precisaba de piedras con dibujos en el reverso, posos de té o bolas de cristal que aseguraban ser capaces de predecir el futuro. Sabía de sobre que lo que le esperaba en el interior de aquella celda vacía no era más que muerte y agonía. Desesperación enmascarada en forma de locura y es que ya sentía que había dejado de ser él mismo para convertirse en una especie de ente que deambula por los pasillos sin rumbo aparente. Que carece de motivaciones en la vida y que su única salida posible es la muerte. Una muerte que, tarde o temprano, llamaría a su puerta. Suponía que sería más tarde que temprano, pues a los Extirpadores les gustaba jugar con su comida incluso cuando no iban a devorarla. Les gustaba lanzar maleficios a diestro y siniestro. Adoraban el olor de la muerte y del sufrimiento. Y Ezra sabía que un día acabaría por perecer en una de aquellas torturas. Incluso con un poco de suerte el agotamiento o la mala nutrición serían los culpables del fin de sus días. Rogaba por una muerte tranquila en su celda. Acostado sobre aquello que algunos denominaban cama pero que no se alejaba mucho de ser un trozo de madera astillado.

- Filete de atún encebollado y espárragos trigueros al horno. – La mujer, con su habitual redecilla sobre la cabeza, depositó una masa grisácea casi sólida sobre la bandeja de Ezra. Este, alzó la vista para encontrar una sonrisa de dientes amarillos y torcidos que se reía de todos y cada uno de los presos. – Venga, largo de aquí. – Movió la mano libre donde no sujetaba el cucharón y obligó a que los presos avanzaran.

Ezra se dejó caer sobre uno de los asientos situado sobre lo que aparentaba ser una ventana. Pero no lo era. La luz del sol no llegaba hasta aquel recóndito lugar perdido del mundo donde habían ido a parar. Ni siquiera el sol se atrevía a visitar un lugar abandonado de toda esperanza como era el Área – M, allí sólo había margen para el sufrimiento que día tras día debían soportar los presos.

Ni siquiera miraba a las personas con las que se había visto obligado a pasar el tiempo hasta que la muerte llamase a sus puertas. Al principio lo hacía. Miraba de manera curiosa en busca de una cara amable que le hiciese ver que aquel lugar aún guardaba un atisbo de bondad. Buscaba, de manera desesperada, una mano amiga que se posase sobre su hombro y le dijese que todo iría bien. Pero no había manos amigas. No había caras amables. Sólo gritos cargados de sufrimiento, llantos ahogados, peticiones a un Dios que parecía haber olvidado que estaban en el mundo. Por suerte para él, nunca había necesitado creer en un ser superior que juega con las vidas humanas como si de simples marionetas se tratasen.

- ¡Wow! – Una voz animada sonó tras su espalda. Ezra miró de soslayo, ya conocía bien de quién se trataba. - ¿Me lo cambias? A mí me ha dado pollo asado con patatas, me dijo que no le quedaba más pescado pero… Ah, por Merlín, tu plato tiene una pinta increíble. – Era una mujer que rozaba los ochenta años. Su pelo era cano, totalmente blanco. Sus ojos azules estaban siempre inyectados en sangre y tenía unas marcadas bolsas bajo los ojos. Su rostro arrugado no mostraba maldad alguna y parecía que no sabía siquiera donde estaba. Los Extirpadores se habían negado a usarla como conejillo de indias para sus experimentos asegurando que aquella mujer no sería capaz de soportar ni un solo hechizo en sus carnes. Ezra lo agradecía. No podía estar más de acuerdo con ellos en que no sobreviviría. Pero, a diferencia de los Extirpadores, Ezra se alegraba por ella, pues no tenía que soportar el sufrimiento al que día tras día, el resto de presos debían enfrentarse.

- Pero el mío tiene espárragos. ¿Te gustan? – Preguntó fingiendo que aquella masa gris situada frente a su plato tenía algún tipo de forma o sabor. Para él, no era más que comer cartón mojado y aplastado. No quería pararse a pensar de qué estaba hecho aquello. Mejor no pensarlo si quería seguir comiendo.

- ¡Claro que me gustan! Una vez, cuando vivía en Limerick, encontré una plantación de espárragos muy cerca de mi casa. Saltaba la verja todas las mañanas para ir a buscar unos cuantos que tomar en el desayuno. Mi madre no sabía de dónde los sacaba pero encantada los preparaba con huevos revueltos y una tira de bacon. – Olfateó el aire, como si buscase algo. – Es como si pudiese olerlo.

Ezra ladeó los labios, como si fuese un intento por dibujar una sonrisa que jamás llegó a aparecer entre sus labios.

- He oído que mañana habrá bacon con huevos revueltos para desayunar. – Le dijo en un susurro, como si aquello fuese el secreto mejor guardado en la historia de la humanidad. La mujer se tapó la boca con ambas manos y, seguidamente, cogió su bandeja para seguir caminando hacia una de las mesas más cercanas a la puerta de salida. Sonreía. Aquella mujer había encontrado la forma de vivir con una sonrisa pintada en sus labios aun cuando todo a su alrededor auguraba la muerte. Ezra esperaba que al menos se fuese en paz, sin el sufrimiento con el que el resto tenían que lidiar.


Última edición por I. Ezra Sullivan el Dom Nov 05, 2017 5:38 pm, editado 2 veces
I. Ezra Sullivan
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I. Ezra Sullivan el Lun Dic 18, 2017 8:23 pm

La vida de un squib era más fácil. No tanto como la de un muggle que se niega a creer en fantasía, pero sí más sencilla que la de cualquier mago. Alguien como Ezra carecía de conocimientos certeros sobre un mundo al que no pertenecía. Podía lanzar hipótesis que no irían a ninguna parte. Podría imaginar, no cabía duda alguna, pero jamás lograría alcanzar conocer la verdad por mucho que lo intentase. Porque él carecía de esa magia que todos presumen. Porque él no había sido bendecido con esa luz especial. Él no había nacido con una estrella sobre su cabeza que anunciase la llegada de un niño especial. Sino que había sido uno más y, además de todo, el resto de sus hermanos sí habían tenido esa estrella.

Lograr imaginar lo que verdaderamente sucedió abajo era impensable. Había teorizado y de haber podido habría investigado. Pero no tenía acceso a libros, ni siquiera a una conversación con otra persona que pudiese proporcionarle esa información. Sólo estaba Niara. Y lo cierto es que a veces temía acercarse a ella. Parecía tener un imán para las desgracias. Parecía que, si algo podía salir mal, lo haría siempre y cuando Niara estuviese cerca. Y él acababa llevándose los  daños colaterales de una guerra que no le pertenecía. Igual que su estancia en aquella prisión que poco a poco acababa con su vida.

- ¿Un experimento? – Sabía la respuesta. Él mismo había sufrido una y otra vez el efecto de hechizos o pociones. Había sufrido en su propia carne pero también su propia mente. Había visto lo que era desesperarse, sentir que perdías la cabeza ahí dentro. Pero se había recuperado. Aunque le hubiese costado días de estar encerrado en la enfermería. Aunque le hubiese costado noches de pesadillas que, meses después, seguía manteniendo. Aunque su piel tuviese nuevas cicatrices a cada día que pasaba. Siempre parecía que el sol llegaba. Pero no para Niara. – Como… ¿Una doble personalidad? – Preguntó sin estar muy seguro de lo que estaba diciendo en aquel momento.

No comprendía la magnitud de la magia. No comprendía dónde se encontraba el límite de lo posible y lo imposible cuando a la magia se refería.

- ¿Cómo en El Club de la lucha? – Siempre había adorado el cine y era una de las cosas que más añoraba de su tan ansiada libertad. – ¿No eres consciente de cuándo te controla? ¿O lo ves cómo un espectador sin poder hacer nada? – No comprendía muy bien aquello. Le parecía el argumento de una película que no había visto y de la que necesitaba indagar más para comprender, mínimamente, a qué se refería.

Nunca le había gustado que la gente se diese por vencida. Y eso que él era amigo cercano de tomar de la mano la peor de las opciones por ver cercano el fin de sus días. Pero no el resto. El resto debían seguir adelante. Y Niara debía hacerlo.

- Tú vivirás. Esa cosa no te destruirá y saldremos de aquí. Algún día lo haremos. – La positividad que no había mostrado jamás ante Niara emergió como un animal que despierta después de un largo letargo.

* * *

Ser arrastrados por los pasillos era su día a día. Del mismo modo que lo era sufrir en manos de los extirpadores o tener que escuchar las continuas burlas de los celadores. Era lo que les esperaba por el resto de sus días y Ezra ya dudaba que llegase el día donde alguien los sacaría de ahí. Sino que tarde o temprano morirían. Esperaba que fuese temprano para no tener que seguir con aquella agonía.

- Ahí. – Señaló una joven extremadamente delgada; sus brazos eran como huesos y su rostro marcaba cada una de sus facciones. Apenas le quedaba músculo y la piel lucía pálida, casi muerta. Su cabello, si alguna vez había tenido brillo o vida, yacía cubriendo parte de su rostro despeinado.

Con su dedo índice señalaba hacia el fondo, donde atinó a ver algo que no tuvo tiempo a identificar. Era demasiado tarde. Un grito se ahogó en su garganta cuando sus labios entraron en contacto con los de aquella criatura. Parecía un ser fantasmal, apenas tangible y oscuro. Los brazos de la joven caían a ambos lados de su cuerpo mientras sus piernas se alzaban sin movimiento alguno salvo el del propio vaivén de su cuerpo.

Cayó al suelo sin vida, con una mueca de pánico en el rostro. No había señal alguna de paz. No había señal alguna de descanso.

- ¡Dementoreeeeeeeeeeees! – Aquel era un niño. Apenas habría cumplido los doce años y posiblemente había estado durante unos meses e Hogwarts. Empezó una carrera desesperada en dirección a la salida. Desesperado.

Ezra miró hacia atrás, con la idea de volver sobre sus talones. Pero no había nada. La puerta se había cerrado tras ellos y Mulciber miraba con superioridad al pequeño grupo de presos que había quedado encerrado en la galería bajo el control de aquellas oscuras criaturas.

- Hijo de puta. – Murmuró, sabiendo que Mulciber leería sus labios. El castaño giró de vuelta a la galería, viendo como unos y otros caían.

Y hacía frío. Mucho frío. Sentía que su cuerpo iba a dejar de funcionar de un momento a otro por la baja temperatura que, de pronto, lo golpeaba. Y nadie haría nada por salvarles. Ni Mulciber, que se regodeaba en el sufrimiento ajeno. Ni Hunter, que se había quedado sin palabras detrás de Mulciber. Y Ezra y Niara no tenían escapatoria. Al igual que el resto de presos de la galería.

Sin pensarlo tiró de la mano de Niara para apartarla de una de aquellas criaturas. Se sentía cansado aún cuando apenas había hecho algún esfuerzo. Como si las fuerzas le faltasen más que de costumbre.

Y corrió, tirando de Niara intentando pasar desapercibido ante aquellas criaturas que parecían distraídas ante tantos humanos de los que alimentarse. Ellos disfrutaban y eso hacía que la temperatura bajase, el agotamiento se hiciese mayor y el miedo… El miedo lo llenase todo. La tristeza se había convertido en la mejor forma para hacer que los presos no pudiesen seguir avanzando. Desesperanzados. Aún más de lo que cada día ya lo estaban.
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Niara Soyinka el Lun Dic 18, 2017 9:54 pm


Los Dementores se estaban dando un festín, aprovechando el aval de los magos que consideraban que aquellos reos que se dispersaban despavoridos no eran más que mugre en el zapato. Vidas sin valor. Que les servían como conejillos de india, con o sin alma. ¿Qué era el alma después de todo? Nada que se pudiera medir, pero ALGO que se desvanecía con el beso de la desesperación.

Ezra tiró de Niara y Niara tiró de Ezra. Tenían la adrenalina en la sangre, y los huesos cansados y la fuerza casi quebrada, pero capaz de un último impulso. Sus pies corrían, pero las criaturas se deslizaban, vaporosas como la muerte, negra y repentina.

Magia. Sólo la magia podría salvarlos en ese momento. Sin varita y carente de la energía suficiente como para realizar conjuros con sus manos, o incluso el talento de otros magos de Uagadou que podían pasar de los hechizos menores a los avanzados con la magia en su cuerpo con una facilidad debida a años de entrenamiento, sin ello, Niara sólo podía apostar por su única carta en situaciones de vida o muerte. La bestia. Tal como había sucedido en las alcantarillas. Pero lo supo incluso antes de pensarlo, como un presentimiento, que se decía a esa íntima unión no deseada con su huésped: a la bestia le importaba su propia supervivencia, por eso se había batido con el obscurus allá abajo, pero esta vez. Esta vez era diferente. La bestia no necesitaba que Niara tuviera un alma. Sería más conveniente, que fuera sólo un cuerpo vacío que ocupar. Una simple marioneta de la oscuridad.

Niara, sin alma, se abriría como una cáscara de huevo, y lo que nacería sería monstruoso. Algo que venía gestándose experimento tras experimento, y que vencería al final, sin una consciencia que la combatiera. ¿Por qué?, ¿por qué Niara podía combatir a esta COSA?, ¿Porque era una maga extraordinaria? No. Entonces, ¿qué hacía que la bestia no tomara completo control sobre ella?

Era una criatura que se escondía en las sombras, que hallaba cobijo en la desesperación, en sus más negros sentimientos. Pero rehuía de lo que se le oponía en naturaleza. Niara podía haber sido especial desde que recibiera al emisario de Uagadou en sueños anunciándole que era parte de un mundo distinto, mágico, pero era sólo humana. Sólo humana, después de todo.

Corrían, pero no había hacia dónde escapar. Otros reclusos cayeron presos de las garras viscosas de los Dementores detrás de ellos. Detrás de ellos. Chillidos. Gritos ahogados. Llanto. La turba desatada acabaría rengueando por los pasillos de Azkaban, como cuerpos errantes, carentes de vida en sus ojos. Serían voz acallada, corazones fríos, condenados a andar sobre sus pies, pero no sus pies. Ya no serían nadie. Sólo la sombra de las personas que fueron.

Hunter sacó su varita, dispuesto. Pero Mulciber se le adelantó, y con una risa despreciable, lo cercó con su propia varita, enzarzándose ambos en un duelo, que desarmó al celador de la pitillera de plata, esa que siempre llevaba consigo, de la que siempre sacaba un cigarrillo, y de la que ahora Mulciber tomaba uno, colocándolo entre sus labios deformes en ese rostro desfigurado, sonriéndose, mientras veía su cuerpo tirado en el suelo, inconsciente. Je. Sabía que tenía algo con la negra. Un encaprichamiento enfermo, seguro. Pero no la salvaría. No le quitaría a Mulciber el privilegio de ver a la mujer guepardo recibiendo el beso del Dementor que, en la galería, los cercaba a ella y su amiguito de trifulca.

Ezra y Niara estaban solos. Tú siempre estás solo frente a la muerte. Y aunque se tenían mutuamente, eso acabaría pronto. Acabaría, en medio de ese vaho gélido e incapacitante que desprendían esas negras criaturas. Alrededor de ellas, y cuanto más se aproximaban, toda esperanza parecía vana. Todo ápice de felicidad parecía imposible en ese momento.

Recuerdos. Flashes de recuerdos. Los más desgarradores, atacaron a Niara desde dentro. A pesar de que lo intentó.

—Expec…to…


En vano.

Había estado esforzándose, clavada en el sitio, simulando una danza con sus manos, tal como le habían enseñado. Pero ella no era Nankín. Su primo, el orgullo de los Soyinka. Un genio, un prodigio. El más especial de todos. Capaz de manejar conjuros avanzados con sus manos. Mientras ella sólo era capaz de hacer magia de feria, como él la llamaba, él hubiera podido en ese momento conjurar un Patronus. No ella. Y el peso de haber sido tocada con magia negra, la misma que la había destrozado desde adentro, la empujaba a rendirse. La COSA no quería que ganara. Quería alimentarse de sus tormentos mejor guardados, tanto como los Dementores. Pero es curioso. Es curioso que cuando todas las fuerzas están en tu contra, tú halles un último recuerdo, uno que te impulsa a salir adelante, a seguir en pie. Porque tú sabes, Niara, todas las cosas pueden sucederte, puedes ser un imán para las desgracias, pero eres humana. La bestia menos sabia de todas. La que incluso en la derrota, encuentra una excusa para seguir tropezando con la misma roca. Eres de las pocas bestias que en la desesperación, encuentra su lado más amable. Porque Desespero tiene sólo una cara. Es en sí misma una sola agonía: porque el peor de los males no es sino la esperanza, porque prolonga la tortura del hombre. Así que. Un último recuerdo. El más doloroso de todos, y al que te aferras: un solo recuerdo que son muchas caras, tantos momentos, que son enteramente felices, que llevan el nombre de lo que para ti es el amor. Nankín. Su familia. Tío Merkel. Madre. Y el recuerdo sigue y sigue, como un doloroso torrente de emocionas. Ezra. Ése, que está en la picota, tanto como tú, en ese momento, ese último momento.

—¡EXPECTO PATRONUM!

Mulciber lo vio, un halo plateado que mostraba sus dientes afilados. Y el cigarrillo se le deslizó de los labios, cayendo el suelo, desde donde Hunter recuperaba la consciencia y empuñaba su varita. Mulciber fue derribado, y Hunter salió a verlo por sí mismo. Y alzó de nuevo su varita, de la que salió un halo plateado, cargado de esperanza.

Quedaba preguntarse, ¿hacia dónde huiría la COSA cuando no había donde esconderse?
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I. Ezra Sullivan el Miér Dic 20, 2017 3:42 pm

Mulciber parecía más alto de lo que realmente era con aquella mirada de superioridad y esa  sonrisa a la que Ezra necesitaba romperle todos los dientes. Pero no podía hacerlo. Una puerta cerrada les impedía llegar al lugar seguro donde se encontraban los celadores y, aunque hubiese podido, Mulciber tenía aquel maldito palo de madera que bien podría haberse metido por el culo y así no lo usaría para torturar a todo aquel que se cruzase en su camino. La baja no le había durado lo suficiente como para borrar de su mirada ese odio acumulado; esa hambre de causar dolor al prójimo. Mulciber era, sin duda, uno de los peores celadores a los que los  presos debían enfrentarse día a día.

Tiró de Niara sin saber a dónde ir. No había salida. Y por mucho que corrieran y avanzaran por aquel pasillo no llegarían a ningún lado.

Una mano muerta, como la de un esqueleto, sujetó la mano del squib. No notaba ninguna fuerza física ejercida por aquella criatura pero aún así sentía la presión en sus huesos, casi como si calase a través de ellos. Como si aquella mano huesuda de color casi negro fuese portadora de la muerte y acabase de mostrarle el camino directo hacia ella. Apenas hizo un amago por acercarlo a él y Ezra ejerció todas las fuerzas que aún le quedaban para deshacerse, de un manotazo, de aquella mano.

La muñeca le dolía tras aquel contacto. Como si hubiese apretado con todas sus fuerzas contra sus propios huesos y ahora sintiese los efectos de aquel daño. Su aliento parecía congelado en su pecho y mientras intentaba correr se dio cuenta que no le quedaban fuerzas. Ni tampoco quedaban distracciones para los dementores.

El resto de presos yacía en el suelo, como si estuviesen muertos. Sus ojos miraban sin ver; el brillo de la vida había desaparecido de ellos. Sus manos temblaban arrítmicamente, incluso en algunos casos sus cuerpos realizaban breves sacudidas como si de un ataque epiléptico se tratase. No había rastro alguno de consciencia, tan sólo de algo que reposaba en su interior. Seguían con vida o al menos su cuerpo lo hacía. Pero ellos… Ellos ya no estaban. Ahora eran como vegetales. No hablarían nunca más, no ejercerían acciones por su propio pie, no sentirían. Aunque en una prisión como aquella aquel suceso parecía como caído del cielo.

La mano huesuda apareció de nuevo y esta vez se aferró a su pecho. Casi notaba como aquellas manos lo atravesaban aún cuando únicamente sujetaban con firmeza sus ropas y lo alzaba un par de centímetros del suelo. El dementor aspiraba, si aquello podía considerarse como tal. Se llevaba de su interior todo recuerdo positivo y evocaba tristeza en su interior.

La muerte de su madre apareció ante sus ojos; la mano sin vida que dejaba de sujetar firmemente la suya propia, aquellos ojos abiertos y la boca descolgada de la mandíbula. La figura de su padre, más joven que la última vez que lo había visto, elevando la mano antes de propinar un golpe en dirección al rostro de su madre. Su hermana, sus lágrimas recorriendo su mejilla el día que su madre se había ido. La imagen de unos niños que corrían por la casa tras la llegada de la última y tan esperada carta de Hogwarts en la familia Sullivan. La sonrisa narcisista de Henry Kerr antes de dejarlo fuera de combate. El primer día que pisó Azkaban y las primeras noches que pasó aferrado al fondo de una habitación sin luz.

Y todo se apagó.

* * *

Mulciber intentó levantarse, intentar ayudar a los dementores sin éxito. Soyinka se había hecho con una varita aún cuando él había conseguido detener a Hunter. Y Hunter volvía al ataque después de  recuperar la consciencia, aún con la varita en la mano. La elevó en dirección al dementor y un nuevo patronus salió a manos del celador para sorpresa del resto allí presente.

Sorpresa que no duró mucho en sus rostros pues dos de ellos fueron rápidamente abatidos por los propios dementores que aún seguían intentando alimentarse. Hunter apenas se tenía en pie después del golpe de Mulciber pero sus fuerzas fueron suficientes para apuntar a su compañero por la espalda y lanzar una maldición que lo dejó fuera de combate durante un par de minutos. Los suficientes para que uno de los dementores posicionase su boca sobre su rostro y aspirase todo rastro de su alma. Si es que acaso tenía una.

- Vosotros dos, sacad a esas cosas de aquí. – Ordenó Hunter sin apenas fuerzas en dirección a dos celadores de segunda que corrieron a intentar deshacerse de aquellas criaturas, obligándolas a avanzar para salir de aquel lugar.

Hunter elevó la varita una vez y más y esta vez apuntó en dirección a Niara, la única que aún se tendía en pie de los presos de la prisión.

- Desmaius.

* * *

Cuando despertó estaba en la enfermería de la prisión. Le costaba enfocar lo que había a su alrededor pero no tardó en identificar a Niara en la camilla contigua. Intentó moverse pero estaba atado de pies y manos. Elevó la cabeza tanto como le fue posible para atinar a ver el resto de la enfermería. Dos hileras de camas con presos que habían estado en aquel pasillo con los dementores. Mulciber y otros dos celadores. Todos lucían exactamente igual: vacíos por dentro.
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Niara Soyinka el Jue Ene 11, 2018 2:41 pm

Nadie lo hubiera esperado luego de aquel episodio en los pasillos, tampoco se suponía que pudiera caminar o siquiera respirar, o era sólo que los celadores eran idiotas y no sabían tomar el pulso, o sólo que allí nunca importó diferenciar entre un pulso latente y un pulso muerto cuando lo único que se puede palpar entre las paredes de Azkaban es la muerte. Mulciber atravesó la hilera de las camillas y llegó hasta donde podía ver su venganza, arrastrándose con una respiración forzada y varita en mano. Lo suponían muerto y por eso lo habían dejado allí, entre la pila de cuerpos sin almas que ocupaban las camillas. Pero abrió sus ojos, afiebrado por la pasión de dar muerte, dar tortura, a toda costa. Luego se encargaría de Hunter.

—¡Sullivan!

El llamado era el de una voz arrastrada, de ultratumba, que bien podría venir del centro ardido de la tierra. Niara abrió los ojos, golpeada de repente por, ¡la exasperación!, ¡la impotencia!, ¡el alarido! Las imagen de Mulciber agitando y apuntando fervientemente con su varita, contraída su expresión desfigurada del odio más supurante, le entró por los ojos, al mismo tiempo ella se debatía en la camilla, intentando soltarse de las amarras que le habían echado para mantenerla sujeta, tan inoportunamente, cuando lo que más necesitaba, ¡era contratacar!, ¡defender!, ¡moverse!, ¡Ezra!

—¡Crucio!—chillaba Mulciber, relamiéndose y soltando una risotada que la nacía de la garganta—, ¡crucio!, ¡crucio!

Alternaba los ojos entre Ezra y Niara. Sabía que ella lo odiaba en ese momento y se regodeaba con saber que la hería. Pero luego, aun teniendo que sostenerse con una mano del borde de una camilla que estaba en frente, apretujada entre otras, como si no hubiera allí el suficiente espacio y hubieran tenido que amontonar a las víctimas, como trastos viejos, aun así, Mulciber apuntó contra ella, dándole lo que se merecía, según su mente estrecha y miserable.

Rato después, Mulciber los observaba mientras tomaba aliento. El pecho le dolía, pero n le importaba. Cualquier exabrupto valía la pena si eso significaba darles tortura a esos dos. Se rió, fuerte y claro y horrendamente, pero luego. El brazo le dio comezón y el pecho, ¡algo extraño sucedía!  Le fallaba vista. Se llevó la mano al pecho, buscando ese corazón que no tenía, y cayó al suelo, inerte, muerto al fin. De un ataque al corazón. La ironía. Y los cuerpos de las víctimas torturadas permanecieron así, en dolor.

***

Uno de los celadores que había sido víctima de los ataques en el pasillo se presentó en el despacho del inspector, histérico, mientras que el inspector regaba sus plantas. Que sí, que había llevado plantas, para animar un poco el lugar, que era de por sí bastante opresivo. Por no decir, deprimente.

—¡Señor, hemos sufrido terribles bajas! Si no hubiera sido por los Dementores…!

—¿Terribles bajas?—repitió, con un acento inquisitivo y animado, entre que se arremangaba todavía mejor, y se fijaba, esta vez, en que había que cortar esas hojas marchitas de la maceta que tenía a su cuidado.

No había que utilizar la palabra ‘terrible’ tan a la tremenda. Sus consideraciones en la materia, del celador y el inspector respectivamente, serían muy distintas, de seguro. De eso, el pobre hombre histérico no tenía ni idea. Él pensaba que era “alguien”. Que era importante. Que era más que una simple herramienta en un sistema corrupto. Por su parte, el inspector, se tomaba el asunto con un poco más de realismo.

—Vaya, vaya, espere un poco, cálmese buen hombre. No vuelva a gritarme—frenó con falsa jovialidad, interrumpiendo la verborrágica marea de palabras sin sentido que le siguió después. El pobre insistía con que habían perdido a un tal Greg, un tal Murcy, un tal Mulciber, y así, como el rubio de las plantas, allí presente, tuviera interés en recordarse todos esos nombres.  

Algo en el tono del inspector decía a las claras que de no atajarse esa lengua… Pues, nada bueno podría salir de esa situación, ese momento, ese despacho. A lo sumo una baja de salario, uno que ya era bastante malo.

—¿Soyinka dijo usted?—el hombre sonrió—Me había olvidado de eso. El conejito de indias preferido de Gates, antes de que lo perdiéramos en lamentables circunstancias. O era un viaje de autodescubrimiento, ya no lo recuerdo bien. Como aquí todo el mundo muere. Quiero decir, no se alarme usted. Lo que quiero decir. Es que. En fin, ya me entiende. Algo habrá que hacerse. Sometan a la reclusa a observación, puede que otro extirpador se interese por su caso. Y yo que usted, tendría cuidado.

—¡Pero señor, yo…!

—Si tengo que repetírselo. Hago que lo arrojen de patitas… al mar. Que es lo único que rodea a esta prisión. En ese caso, deberá ser un excelente nadador.

—¡Sí, señor!, ¡lo siento, señor!

***

Era una enfermera, la que despertó a Sullivan. En su mirada había algo que, luego de no verlo por mucho tiempo, podías reconocer: preocupación.

—¿Cómo te encuentras? Mi nombre es Eureka. Ella está… peor que tú. Pero se recuperará. Oye, ¿es cierto lo que pasó?, ¿que se les arrojaron los Dementores encima? ¿¡No es una flipada!? Digo, sobreviviste. Eso no suele suceder. A mí me tiembla la varita sólo con tenerlos cerca. Recuerdo en mi examen de AO me hicieron enfrentarme a uno, y casi mato accidentalmente a mi instructor. Tuve, lo que se llama, ”una reacción exagerada” Pero tú puedes entenderlo, ¿verdad? ¡Son aterradores! Sólo me asusté demasiado. ¿Quieres un poco de chocolate? Descuida, no te contagiaré nada si tú prometes no morderme. Por cierto, ¿no sería hora de que te des un baño? Sé que son sucios en la sección del Área-M, pero aun así. Es antihigiénico, ¿sabes?
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I. Ezra Sullivan el Sáb Ene 13, 2018 11:43 am

No era necesario que aseguraban que todo aquello era por su propia seguridad. Bien sabían los presos que aquello no preocupaba a nadie que estuviese trabajando entre aquellas cuatro paredes de piedra mohosa. Si las cinchas rodeaban sus brazos impidiéndole la realización de hasta el más leve movimiento no era por mantenerle a él a salvo, sino para garantizar que, una vez más, Ezra Sullivan no se convirtiese en ejecutor de alguno de los empleados que intentaban controlarlo. En aquel caso del cuerpo médico de la prisión que descansaba al encontrarse a tan altas horas de la madrugada.

Tan sólo quedaba una enfermera de guardia cuando los ojos de Ezra se abrieron, levemente. Se intentó zafar de sus ataduras en un movimiento brusco. Lo intentó con fuerza y lo único que consiguió fue volver a abrir las heridas que intentaban sanarse en la parte baja de su espalda al entrar en contacto con unas sábanas que se alejaban de ser de suave lino. No se quejó, sino que intentó aún con más fuerza deshacerse de las ataduras, buscando en todas las direcciones sin recordar si quiera cómo había llegado a aquella habitación.

Parecía sacado de un sueño. O de una pesadilla. O más bien había entrado en una, ya que no recordaba qué era lo último que había sucedido antes de llegar a encontrarse tumbado sobre la camilla.

Le devolvió a la realidad la voz de una mujer. Suave y serena, tranquila a pesar de todo. La mujer respiraba aliviada al ver que uno de los presos lograba despertarse después de un largo letargo y no dudó a la hora de hablar como si de un loro se tratase. Como si no hubiese tenido acceso a una conversación civilizada en mucho tiempo. Y, en parte, aquello era cierto. Llevaba más de veinticuatro horas sin hablar con otra persona. Limitándose a canturrear antiguas canciones que sonaban en la radio durante su niñez y que su simple melodía podía desatar la furia del mayor de los puristas. Pero estaba sola. Ella y su soledad. Su única compañía era la de su propia voz y de no escucharla sabía que acabaría por volverse loca.

- ¿Está bien? – Preguntó atropelladamente mirando hacia la cama colindante. Las ataduras no le permitían hacer movimientos bruscos y eso hacía que se sintiese cautivo. Más de lo que ya lo estaba en una celda. Porque en la celda al menos tenía libertad de movimiento. Un par de metros, pero al fin y al cabo era algo. – Dementores. – Repitió Ezra sin saber exactamente a qué se refería con aquel término. Él no había sido educado para conocer las criaturas mágicas que vivía en aquel mundo que magos y muggles compartían. Él no había sido educado para tener que vivir algo como aquello pero, aún así, el destino había querido que lo acabase haciendo. Que no le quedase más remedio que enfrentarse a criaturas tan oscuras como aquellas.

Y de pronto llegó la luz.

No de manera literal, pues no había rastro alguno de ventanas o aberturas por las que la luz del sol pudiese abrirse paso a aquella estancia. Tampoco se prendió la bombilla situada sobre sus cabezas. Sino que los recuerdos comenzaron a llegar. La carrera, la sensación de frío y terror. El desaliento. Los gritos y la desesperación que acompañaban cada uno de sus movimientos hasta que, sin previo aviso, llegó la oscuridad.

- ¿Esas cosas eran Dementores?

- Oh, sí, lo eran. Esas criaturas alejan la felicidad de todo aquello que les rodea. Se lo dije a Baltimore, ¡Dementores en el Area-M! ¿Cómo se les ocurre? Locos, eso es lo que están. Aquí no queda felicidad que succionar, sólo almas. ¿Y sabes lo que hacen con las almas esos malnacidos? Se alimentan de ellas. Se las comen, como si fuese un suflé de chocolate con almendras. – Explicó la mujer, partiendo un pedazo de chocolate y ofreciéndolo en dirección a Ezra. – Ah, fallo mío. – Sin hacer uso de su varita recurrió a algo tan humano como su propio esfuerzo para desatar las manos del hombre.

Contrario a lo que habría hecho en otra ocasión no se movió de forma violenta. No golpeó a Eureka. Simplemente se sentó sobre la camilla y cogió el pedazo de chocolate. Aquello era la única comida que había entrado entre sus labios desde que había llegado al Área M. La primera vez que se hacía con algo que no fuese una masa maloliente, sin color ni sabor. Nauseabundo.

- Ahora debes tomar esto, te ayudará con las heridas. – Acercó a los labios de Ezra un vaso de cristal de tuvo. El hombre lo rechazó. – Venga, te aseguro que no te pasará nada malo. Esto es la enfermería, aquí estamos para cuidarte.

- ¿Bromeas? – Elevó una ceja. - ¿A alguien le importa si vivimos o morimos?

- A todos, evidentemente. No sois presos, Ezra. Sois sus conejillos de indias y necesitan que estéis sanos y salvos para poder seguir probando todo lo que prueban en vosotros. Si os pasa algo, todo el proceso previo se ha perdido. Y llevas suficiente tiempo aquí como para ser ya alguien de valor para sus experimentos. ¿No lo crees así?

No estaba seguro de ello, pero aún así aceptó a beber aquello. Lo escupió en cuestión de segundos, manchando el suelo con aquel líquido azul que aún impregnaba sus labios.

- Debí avisarte que no era zumo de calabaza. Las pociones nunca saben bien, menos una como esta. Pero bebe, bebe, sino no podrás mejorar tan rápido como ellos necesitan que lo hagas. Y si no eres útil… Bueno, ya sabes lo que se hace cuando algo ya no resulta útil. – La mujer parecía animada, lo cual rozaba lo enfermizo.

Volvió a intentar beber aquello, a regañadientes, tragando el contenido e intentando no echarlo antes de que este comenzase a bajar por su garganta.

- ¿Crees que puedes andar? Venga, te llevaré al baño.

- No quiero ir al baño.

- Pero irás de todas formas. Aprovecha que este baño no es una zona común y el agua no está hirviendo ni ardiendo. Es un baño como esos que recordarás de ahí fuera, venga, vamos. – Le animó de manera agradable, intentando que Ezra le hiciese caso.

Le llevó más de cuarenta y cinco minutos de conversación conseguir convencer a Ezra de ir al baño para ducharse. Y otros treinta y cinco para que este aceptase a ducharse con ella presente para garantizar que no hiciese nada que pudiese ser peligroso para sí mismo o para otros. Y es que el índice de suicidio era muy alto entre los presos que aún tenían fuerzas y medios para hacer algo parecido.

- Ella despertará. Quizá en horas o en días. Pero lo hará. Puede que tarde en recordar lo que ha sucedido, como contigo. Incluso… Puede que no sea del todo ella. – Ezra miró en dirección a Niara, tan preocupado por ella como de costumbre.

- ¿A qué te refieres?

- Los Dementores se alimentan de nuestras almas, pero también de nuestros recuerdos felices. ¿Recuerdas cómo te sentiste en su compañía?

- Hacía frío.

- Y sólo podías recordar aspectos negativos de tu vida. – Afirmó con la cabeza. – Eso hacen los Dementores. Y Niara estuvo mucho tiempo en su presencia antes de quedar inconsciente, no sabemos cuál puede haber sido el daño. Pero si está muy mal ellos dejarán de considerarla útil y…

- Ya sé lo que se hace cuando algo no es útil. – Interrumpió Ezra mirando a Eureka. - ¿Tienes un cigarro?

-  Golden Virginia. – La mujer se giró en busca de su cajetilla, tendiéndosela completa a Ezra.

* * *

Pasó setenta y dos horas más en la enfermería. Eureka alargó el tiempo todo lo posible para que no volviese a su celda. Y Niara seguía profundamente dormida.

- Kind, ¿Sullivan puede volver a su celda?

- Debería quedarse en observación aún un par de días. Los efectos de su tratamiento no están siendo tan buenos como deberían. Debe ser cosa de los experimentos, su sangre ya no es como la nuestra.

- ¿Y Soyinka?

- La entubamos y aún no se ha despertado.

- Dale cuarenta y ocho horas. Si no se despierta puedes dejar de intentarlo, no gastaremos más recursos con alguien como ella.

* * *

Había pasado todo aquel tiempo en la silla más cercana a la mesa de Niara. Aún sujetaba la mano entre la suya cuando cayó profundamente dormido, dejando apoyar su cabeza sobre el colchón y perdiéndose entre los sonidos de aquellas extrañas máquinas que conectaban a Niara. Que mantenían su cuerpo aún con vida cuando Eureka ya aseguraba que no despertaría nunca. No quería ser negativa, decía, pero ya había perdido toda la esperanza.
I. Ezra Sullivan
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Niara Soyinka el Lun Mar 26, 2018 9:06 pm

El eco de una risa que se le hacía muy familiar, un beso en la nariz, cosquillas y cantidades de recuerdos luminiscentes, rostros que hubiera querido abrazar pero que olvidaría al despertar. Lo que le quedaría, sería una sensación en el pecho, cálida y reconfortante, que duraría sólo un instante, sólo uno, para ser reemplazada por otra muy distinta: la lucidez en la desgracia, el peso de la realidad cuando esta es sucia y mala, cuando corrompe nuestros ánimos, como si no existiera ya nada que pudiera alegrarnos, nada bueno a lo que podemos asirnos.

La infelicidad es siempre inquieta, y nos atenaza desde el primer momento en que abrimos los ojos en un día negro, aciago y terrible, para recordarnos lo que se sienten los nervios, el calambre en el corazón, el veneno en la boca. Nos golpea, nos hiere, y nos busca, entre ilusiones que hubiéramos creído ciertas y sueños tan intensos como la alegría cuando esta nos sonríe, nos busca entre los escombros de lo que todavía no comprendemos como lo que es: fatalidad real, inevitable, de concreto: la destrucción de la alegría. Nos busca, y nos encuentro, hamacándonos en nubes de algodón, para zurrarnos por el atrevimiento de olvidarla: a esa presencia oscura e inquieta, que está ahí, para hacernos sentir vivos, pero vivos en el peor momento de nuestras vidas.

Es así de celosa, con todo lo que se ama y hace bien, que la da tibieza al corazón. Y sin embargo, si lograbas reunir los pedazos de esas risas que creías que se perdían en la lejanía, disolviéndose en el aire, si cerrabas los ojos y en la oscuridad hallabas una pequeña, pequeña luz, de algo que creías para siempre perdido, todo lo que amabas afloraba, tomaba cuerpo y forma, rugía y te arrancaba un espasmo de satisfacción, recorriéndote toda, muy hacia el fondo del alma, muy por debajo de la piel. Era grata la esperanza, cuando adquiría la forma de un Patronus.

Ahora, el rugido se había marchado.

Por días, Niara estuvo tendida en la camilla, habiendo perdido el sentido. Todas las luces se habían apagado para ella. Eureka estaba en verdad preocupada. Le daba lástima. Observar cómo Ezra velaba por ella la había enternecido, y se quedó sin chistes que contar cuando decidió que era hora de decirlo: “No puedo darle mucho más tiempo. Tendrás que afrontarlo. No le queda más”.

No quiso decirle que había leído el expediente de Soyinka, y lo que habían hecho con ella. Hubiera querido agregar, que era hasta piadoso dejarla morir. Sin saber lo que habían hecho con ella, al tratarla se percató de todas sus heridas internas: como un jarrón resquebrajado, lleno de luz, que desborda peste y oscuridad por todas sus rendijas abiertas. La magia negra deja marcas imborrables, en las cosas y en las personas. Muchos habían perdido la cordura. Si ella regresaba, si abría los ojos, por milagro, ¿seguiría siendo ella?

Eureka le daba vuelta a estas cosas en la cabeza. Ezra dormía. Se acercó a la camilla y sonrió posando la mirada en él, pero la desvió hacia Niara y suspiró, entristecida. Más bien, tenía una expresión infantil en el rostro, casi cómica. La tragedia no la tocaba más que superficialmente; era una optimista en el fondo, y era incapaz de una pena profunda. Era compasiva, sí. Si de ella dependiera, Niara viviría. Había hecho todo lo posible para que abriera los ojos, incluso aunque una parte de ella le decía que era mejor así, muerta, sumida en el letargo, mejor que se quedara así, y no sufrir más en ese mundo de oscuridad que era Azkaban.  

Visto así, intentaría animar a Ezra luego, diciéndole lo que pensaba. Pero no pudo evitar molestarse un poco con Niara de repente, al verla tan quieta. Resoplando, le pellizcó la mejilla. Vamos, que ella había hecho todo lo posible. ¿Por qué no despertaba, eh? Es que de pronto pensó, que Ezra se iba a quedar muy solo, y eso debía de ser malo para alguien que vive el encierro. Y Ezra le parecía un preso agradable, no quería tener que darle una mala noticia. Vamos, ¿qué gracia tenía morirse, eh? Irse así y dejarle las malas noticias a ella, ¡habrase visto! Venga, venga, ¡que despertara!

Eureka dejó de insistir —le había pellizcado la cara y los brazos, sin éxito—, y volvió a lo suyo, dejando descansar a Ezra. Pobrecito, mira que morirse. Que malagradecida, ¿no? Horas y horas velando por ella, y la otra va y se muere. Bueno, no había caso. No podía ser injusta con ella tampoco. Así que, Eureka comenzó a tararear, olvidándose del asunto. Iba por el estribillo, cuando se le cayeron todos los bártulos al suelo, estrellándose ruidosamente, ¡de la impresión!

Y al instante siguiente, se echó a reír, en dirección a una perezosa, adormilada y dolorida Niara Soyinka, que sin comprender el origen de aquel estrépito, se removía muy despacio, entre las sábanas. Y cómo no, metiéndole mano al tubo, quitándoselo. Respiró a bocanadas, aunque débil. De inmediato, localizó a Ezra, y con dos dedos le hizo “tuc-tuc” en la frente (una variante del “toc-toc”, se entiende, sólo que suave). Le tendió una sonrisa cansada, y al momento siguiente, entró en shock, convulsionando sobre la camilla. Todos los instrumentos conectados a ella chirriaron soltando la alarma. Eureka se asustó y llamó por ayuda, corriendo a atenderla. ¡Mira que despertar y preocupar a todo el mundo!

—¡Sujetala Ezra, sujetala!


La agitación, la sorpresa, la violencia desgarradora del momento, casi la extrañarías, cuando luego sobrevino la calma. Niara Soyinka parecía asustada, miró a un lado y a otro, confundida, y negando toda posibilidad de acercamiento o interacción, hasta que preguntó, intranquila y sinceramente alarmada:

—¿Quién eres tú?, ¿dónde estoy? ¿Por qué…? —
Le costaba respirar, y tuvo que afrontar que debía calmarse si quería hablar—¿Qué es este sitio?, ¿cómo llegué aquí?

—Estás en Azkaban, mi vida—
explicó Eureka, contentísima de verla viva. No le quitaba la mirada de encima, los ojos bien abiertos, así, contenta.

Niara le devolvió la mirada, los ojos bien abiertos, sí, también, pero con otra expresión en ellos, aterrada expresión. Una mirada que te decía a las claras, que se la hacía imposible asimilar lo que le estaba diciendo, tan naturalmente.

—¿Qué dices...?

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