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Beach evening [Priv. Steven D. Bennington]

Laith Gauthier el Dom Jul 02, 2017 9:22 pm

Aquel día se había levantado de particular buen humor: no había tomado turno nocturno, tampoco tenía trabajo ese día y no parecían tener ganas de molestarlo particularmente en ese momento con trabajo improvisado. Mientras desayunaba un nutritivo cereal con café y leía un poco una revista para enterarse de los últimos cotilleos, su mente divagaba y pronto tenía una idea bastante interesante. Era un sábado por la mañana, lo último que quería era quedarse encerrado todo el día en casa, así que buscó su teléfono para enviar un mensaje de texto:

“Tú, yo, en West Wittering hoy en un par de horas, tú pones las hamburguesas, yo las cervezas, piénsalo”, escribió y se lo envió a Steven. Seguramente sería divertido, no llegarían a una fiesta sino que ellos mismos pondrían su propia fiesta, lo que era mejor. Las fiestas en la playa siempre eran geniales y más si había sujetos atractivos en bañador, que eran su principal motivo para ir. Lo cierto es que el agua no le gustaba y nunca entraba al mar, presumía un poco de cuerpo, se alegraba la vista, no había más que hacer.

En cuanto el otro aceptara (que no iba a aceptar un no por respuesta, incluso si tenía que ir a sacarlo del trabajo él mismo), tomó las cosas que necesitaba para el momento. En una mochila de deporte metió una radio de tamaño mediano en la que podría meter algunos de los CD’s que llevaba, algunas toallas, un cambio de ropa por si acaso; el bañador se lo puso debajo del holgado pantalón que llevaba para ahorrar tiempo, la camiseta de Apocalyptica y la chaqueta de cuero del otro día que por fin podía estrenar debidamente.

Dejó su departamento con la chaqueta cerrada y el casco de la motocicleta también lo metió dentro de la mochila. Sólo cuando salió del mundo mágico al estacionamiento escondido donde aparcaba su motocicleta lo sacó y se abrió la chaqueta, acomodando la mochila para que no se cayese y arrancando. Era de las mejores adquisiciones que había hecho en la vida, con toda seguridad. Hizo una pausa para comprar una hielera en donde puso la cerveza y, como su nombre lo indica, hielo para mantenerla fría; si necesitaban más a lo largo de la tarde podrían simplemente marchar a comprarla. Un par de cosas más útiles y estaba listo.

Volvió a colocarse el casco, entonces arrancando con dirección a la playa a donde tenía que ir a una velocidad moderada. Llevaba en la cabeza alguna canción que se iba a poner nada más llegar, esperando que Steven ya estuviese ahí para ese momento. Le llevó quizá una hora y media, poco más, llegar, aunque no vio a aquel sujeto en ningún sitio. Se quedó en un sitio apartado de la multitud donde colocó la sombrilla y debajo de ésta la hielera para no dejarla al sol, la motocicleta a un par de metros. Cambió la chaqueta y la camiseta por una toalla donde se tumbó, colocando la radio y poniendo algo de música.

Don’t lose your grip on the dreams of the past, you must fight just to keep them alive. It’s the eye of the tiger, it’s the thrill of the fight, risin’ up to the challenge of our rival, and the last known survivor stalks his prey in the night and he’s watching us all in the eye of the tiger —colocó la canción que llevaba en la cabeza desde que salió de casa. Era más complicado oír música cuando conducía en la motocicleta, pero no le importaba, en ese momento simplemente se concentró en mirar a los chicos que había en el agua, sus ojos fijos tras los cristales oscuros de sus lentes.

Aún tenía los jeans puestos, el teléfono en la mano por si lo llamaba Steven, esperaba que el muy cabrón no lo dejara plantado. Aquella tarde prometía ser divertida, esperaba que no se metieran en problema ni que hubiese ahogados, era lo poco que pedía. El otro empezaba a tardar, aunque no le daba importancia, disfrutando de la sombra y la vista, cantando en altavoz las canciones que pasaban por la radio, todas del mismo estilo por ser un disco, aunque tenía otros que había dejado cerca de la radio por si les apetecía cambiar.
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Steven D. Bennington el Lun Jul 03, 2017 5:12 pm

Saltaba por aquella nube de algodón como si de un personaje de animación se tratase. Había regaliz rojo por todas partes, galletas de jengibre y una casita de hecha de galletas y gominolas se podía ver a lo lejos. El camino estaba hecho de ladrillos de ositos de gominola y grandes piruletas de colores adornaban el sendero mientras caminaba sobre este. A ambos lados podía ver refrescos y grandes edificios hechos con tabletas de chocolate. Todo era felicidad. Una nube de alegría en la que no había ningún tipo de problema al que enfrentarse ni con el que lidiar. No tenía que madrugar para ir a trabajar, ni siquiera tenía que preocuparse de esos Mortífagos que, varita en mano, intentaban darle caza. Incluido aquel hombre tan extraño que, después de tenerle dando vueltas por Londres con el propósito de capturarle, había desaparecido en mitad de la batalla sin dar ningún tipo de explicación. Lo cual Steven agradecía, pues no tenía intenciones de acabar muerto tan fácilmente.

Pero entonces, sonó el mensaje.

Casi termina por caer de la cama en un intento por llegar a la tableta de chocolate más cercana, pero se dio justo a tiempo cuenta de que estaba en la cama y no en el mundo de fantasía que su mente había creado aquella noche. Cogió el teléfono algo adormilado. No era precisamente pronto, pero aquello era el resultado de haber trabajado la noche previa repartiendo pizzas hasta casi las tres de la mañana. En verano, los jóvenes parecían no cansarse de comer sin importar la hora. Claro, que el beber alcohol siempre acababa por dar hambre.

Una vez leyó el mensaje, contestó con un par de iconos y una afirmativa al peculiar plan que Laith había previsto para ambos. Cualquiera en su sano juicio se hubiese quedado en el refugio, en un lugar seguro. Pero Steven nunca había estado en su sano juicio. Por suerte para Laith.

Entre unas cosas y otras, terminó por llegar tarde. No era tan fácil salir del registro como parecía. La gente hacía muchas preguntas y no todas referentes a sus salidas. Más bien referentes a cómo le iba todo o cómo estaban las cosas en el exterior. Pocos eran los que contaban con la oportunidad de poder darse una escapada para ver cómo estaba todo fuera por lo que aprovechaban para preguntarle a todo aquel que contase con la oportunidad de salir.

- ¿Y aún están de moda los pantalones de pana? – Preguntó una muy preocupada anciana que solía ir a todas partes con Ceferine. Steven no se había aprendido su nombre porque aquella mujer sólo hablaba y era imposible pararla para hacerle una pregunta. – ¿Podrías comprarme unos de mi talla de color rosa clarito? Y otros para Ceferine, pronto será su cumpleaños y las dos podríamos ir conjuntadas por el refugio. Seguro que a Albus también le encantaría tener unos a juego. Seremos la envidia de todo el refugio. – La mujer se tapó la boca para reír y Steven contestó con una sonrisa a sus palabras antes de aprovechar para salir corriendo hasta la salida del refugio.

En apenas dos segundos había aparecido en una de las salidas del refugio, concretamente en la localizada en el interior de uno de los museos más emblemáticos de la ciudad. Se abrió paso entre el gentío y entró hasta los baños, donde un grupo de niños salían alborotadamente gritando. Steven pasó tras ellos y, una vez entró en uno de los baños individuales, se desapareció al lugar donde había quedado con Laith.

- No iba a traer la comida fría, así que vamos a ese puesto de ahí antes de que se calienten las cervezas. – Dijo el castaño con una sonrisa a modo de saludo hacia Laith, casi obligándole a ir a uno de los puestos de comida situados en la calle principal, no muy lejos de la playa. - ¿Cómo ha ido la semana? ¿Mucho accidente de flecha en San Mungo? Mira que yo estaba tentado a ir esta semana, pero al final me quedé repartiendo pizzas que no era tan apasionante, pero me da de comer.
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Laith Gauthier el Mar Jul 04, 2017 8:53 am

Afortunadamente, el sanador no había tenido que insistir tanto para convencer a Steven de que lo acompañase en ese improvisado plan. Poco tiempo luego de haberle escrito ya tenía de vuelta algunos iconos y una breve afirmativa, supuso que aún estaría más dormido que despierto e imaginárselo estúpido por el sueño le hizo sonreír con gracia. Había sido agitado el resto de su día hasta el momento que lo tenía tumbado en la arena mirando a un moreno con un cuerpo de infarto, podría decirse que no se había percatado mucho que Steven ya venía con retraso. Retraso de tiempo, que el mental ya lo tenía de fábrica, y lo ayudaba de paso a sacar a relucir el retraso que el propio sanador poseía. Era una buena amistad.

Se bajó los lentes de sol cuando llegó finalmente, su saludo fue excusar que no traía comida con no querer llevarla fría así como lo invitó a un puesto cercano. Se levantó sin prisa de la toalla y bajó el volumen de la música para empezar a caminar, gracias al sitio que había elegido podrían cuidar el sitio para que no robasen nada desde la calle principal en donde se localizaba el puesto. Además, había decidido colocarse la camisa para no quemarse demasiado en la espera de la comida, empezando una conversación al más puro estilo Bennington.

Tío, te cuento, hace no mucho, un mes podría ser, me sentí completamente tú porque me llegó una flecha —se pasó una mano por el cabello con una risa, — yo estaba tan contento comprando dulces en Hogsmeade cuando aparece este tipo no precisamente en sus facultades mentales queriendo atacar a una chica, y tú sabes que soy un gallardo héroe —le dijo un poco al respecto, guiñándole un ojo con diversión. Si bien en su momento quería maldecir a todo el mundo, ahora le parecía algo divertido. No se le había dado por comentárselo antes, así que ahora tenía la posibilidad.

En realidad, habían pasado muchas cosas desde la última vez que se encontraron y asaltaron aquel pobre local de pizzas, pero eso había sido culpa de Steven quien lo había invitado. Muchas de aquellas cosas no eran muy fáciles de comentar ni era el momento adecuado, así que simplemente se encogió de hombros mientras pedían las hamburguesas de ambos.

Me duele que estés todo el día repartiendo pizzas y ninguna se te pierda por mi depa —bromeó un poco, haciendo a un lado el recurrente tema de las flechas. — ¿Qué hay de ti? ¿Cómo ha estado tu semana? Aburrida sin mí, imagino —se permitió alzarse el cuello un poco con ello, mirando en ocasiones a donde estaban las cosas por si acaso, que le había costado encontrar una motocicleta que lo convenciera para comprar y no iba a dejar que se la robaran tan fácilmente. — Ah, Agnes me ha llamado para decirme que estabas en los huesos, así que ponle doble aderezo —aquello era mentira, pero lo divertía que pensara que tenía una alianza con la entrañable anciana para engordarlo.

Cuando les entregaron las hamburguesas, decidió regresarse a la toalla. Prefería el riesgo de que se le llenase de arena que el riesgo de que su pobre moto sufriera daño, habría que ver lo que la sobreprotegía. La estacionaba en un estacionamiento abandonado nomaj con hechizos de protección y ocultamiento para que nadie le hiciera nada, así no lo mandaban a la hoguera por ser tan nomaj ni los propios nomaj podían vandalizarla. Estaba aburrido de ir en transporte público a todos lados, así que al menos sus paseos por el mundo nomaj ya los tenía un poco mejor cubiertos sin estúpidas apariciones de por medio, un buen punto para él.
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Steven D. Bennington el Miér Jul 05, 2017 12:34 pm

Nada más poner un pie en la arena de la playa, Laith le sorprendió con una nueva anécdota. Una de esas anécdotas que Steven pensaba que eran mentira y que únicamente contaba para tener algo gracioso que mostrar a su público. Un público que no estaba por ninguna parte pero, a fin de cuentas, un público. El castaño comenzó a pensar, porque a veces Steven pensaba y no usaba únicamente la cabeza para decorar sus hombros. ¿De verdad habría algún pirado por el mundo armado con un arco y flechas? ¿O con una ballesta? Eso sería incluso peor.

- Un gallardo héroe. – Repitió mientras caminaba hacia la zona de restauración situada cerca de la playa. – Y claro, tuviste que salvar a aquella bella mujer para así conseguir seducirla con tus encantos de gallardo héroe. Tenías que impresionar a tan hermosa dama con tu caballería. Sólo te faltaba un corcel sobre el que subirte y unas mallas ajustadas. – Siguió la broma, sin siquiera pararse a considerar que aquella historia pudiese ser verídica. Teniendo en cuenta que los Mortífagos iban por el mundo atacando a diestro y siniestro enmascarados como si de villanos de una película de super héroes se tratase, ¿Por qué no podía Robin Hood pasearse por Hogsmeade como cualquier otro que necesitase su dosis diaria de dulces?

Comenzaron a caminar hacia la zona de restaurantes y Steven vio uno que llamó su atención. ¡Había un kebab! Pero había prometido a Laith que tomarían hamburguesas aquel día… ¡Pero había kebab! Abandonó la idea de golpear a Laith y dejarlo inconsciente para ponerse hasta las orejas de kebab y fue hacia la hamburguesería mientras ambos seguían hablando pues, a lo tonto, hacía bastante tiempo que no se veían.

- Es que soy un trabajador responsable al que le descuentan las pizzas que nadie paga. Además, si te llevase una pizza te comerías hasta la moto porque olerá a pizza. – Agregó el chico como si creyese verdaderamente que Laith pudiese hacer algo así. Que podía ser. Pero no creía que fuese por ahí devorando motocicletas. – Todo sin ti es aburrido, no sé cómo aún no nos hemos cosido las espaldas para no separarnos nunca.

Era posible que Agnes hubiese conseguido el teléfono de Laith. No sabía cómo, pero aquello era mucho más creíble que la historia del arquero. ¿Quién va por ahí sintiéndose Pocahontas? Pocahontas era india, los indios usan flechas, ¿Pocahontas tenía un arco con flechas? Hacía años que no veía aquella película y no se acordaba en absoluto.

- Ya le ha oído, hamburguesa doble. – El dueño del local no pudo evitar sonreír ante la conversación de aquellos dos y comenzó a preparar lo que habían pedido. – Y para él también doble, que está en edad de crecimiento. – Añadió con su habitual sonrisa, tan inocente como siempre.

EL hombre no tardó mucho en preparar los pedidos y meterlos en el interior de una bolsa de plástico. Steven dejó la bolsa en la arena y sacó su toalla, ya que con las prisas de ir a por comida no lo había hecho. Se sentó al lado de Laith y le tendió una de las hamburguesas de la bolsa.

- La semana pasada casi acabo haciéndote una visita. – Comenzó mientras abría el embalaje de la comida. – Estaba repartiendo pizzas cuando vi a uno de esos trabajadores del Ministerio de Magia que nos van cazando. Ahora dicen que son Aurores. – Soltó una carcajada de lo más falsa. Totalmente irónica. – Iba con el casco así que él no me vio pero andaba persiguiendo a alguien así que…Le seguí yo a él y terminé metido donde no me llamaban. – Ahí la inteligencia de Steven. Su incapacidad para no acabar metido en un lío. – Estaba siguiendo a una cría de… Doce o trece años. Le atropellé con la moto, no me enorgullezco de eso. Pero claro, salí disparado del golpe aunque pude sacar de allí a la niña y a la moto. – Había terminado con un tobillo torcido pero por suerte había sanadores en el refugio que pudiesen hacerse cargo de averías leves como era aquella.
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Laith Gauthier el Miér Jul 05, 2017 9:03 pm

Notó inmediatamente que Steven no le creía, soltando una risa por aquello. Debía tomar una foto, pero claro, es que los móviles son nomaj y lo podrían lapidar por verlo con uno, y claro que no iba cargando una cámara en la mano todo el día. — ¿Quién dice que no traía mallas? —bromeó un poco con una sonrisa ladina. — Pero estoy hablando en serio… Es decir, no me topé a Legolas, era un sujeto con un sagittas, creo que estaba bajo los efectos de una maldición imperativa, lo que no sé es de quién —le confesó, aunque si ésta vez decidía no creerle, entonces lo tomaría por el lado de la broma. La vida era demasiado corta como para discutir sobre cosas así.

Probablemente si Steven le hubiese sugerido cambiar a un kebab, él felizmente habría accedido sin ponerle peros. Comida era comida, y si había dicho hamburguesas fue porque eso se le había antojado mientras le escribía el mensaje. Ya que Steven no le dijo nada al respecto, simplemente siguieron caminando y conversando, adoptando un gesto pensativo como si se considerase comerse la moto realmente; y luego se preguntaba de dónde sacaban que era un devorador impulsivo.

Si le pones salsa para pizza a la moto, por qué no… —bromeó un poco, guiñando un ojo tras exhalar a modo de risa. — Sería… incómodo, para empezar, imagina caminar así —y se le pegó en la espalda, sujetándole los brazos por los codos por si se caía no se fuese hasta el suelo, intentando caminar a la par. — Además imagina que te digo “Mira ese tipo tan mono” y tienes que girar tu cabeza como la niña del aro para verlo, e imagina si ese tío mono me hace caso, no creo que quieras estar ahí… —se puso a desvariar algunos de los “contras” de estar cosidos por la espalda, entonces soltándolo tras haberse tropezado para empezar a caminar como una persona normal.

Llegados al local, soltó una carcajada en cuanto dijo que estaba en la edad del crecimiento. Ojalá fuera cierto, estaba convencido que le habían faltado al menos diez centímetros de altura para crecer. Recibieron la comida poco tiempo después, regresando a la playa entre esa conversación absurda que siempre podía caracterizarlos, poniéndose un poco al día con banalidades antes de que se volviese a sentar en su toalla y subiese el sonido de la música para tenerla de fondo mientras el otro preparaba su toalla para sentarse a su lado.

¿Hmn? —lo miró, distrayéndose de su comida que ya había empezado a abrir en cuanto oyó que le iba a hacer una visita. Sonrió amargamente con el comentario de aquellos pseudo-aurores, recordando sin querer a su amigo exauror. — Yo me enorgullecería —confesó, con un gesto resuelto. Podía ser tan amable y paciente como le dejasen, pero en realidad tenía arranques imprevisibles en determinadas ocasiones. — ¿Cómo resultó todo? ¿La niña estaba bien? ¿Y tú? —si hubiese estado bromeando, también preguntaría por la moto, pero estaba honestamente preocupado.

No había puesto en tela de duda aquella historia, de primera mano sabía lo desgraciados que podían ser aquellos cazadores. Fuesen “aurores” o cazarecompensas, no dejaban de ser seres bastante despreciables. Y es que cómo se van a poner a dar caza a niños como si fueran conejos en temporada, como si tuviesen la culpa de algo. Recordó amargamente un caso del hospital que por confidencialidad no creía poder comentar, dándole un buen bocado a su hamburguesa para quitarse aquellos pensamientos de la cabeza.

Hace un par de noches estuve pensando… Porque sí, mi cabeza sirve para otra cosa más que para teñírmela y ponerle aros —se metió un poco consigo mismo entre la distensión del ambiente. — En que todo este lío va en retroceso, ¿sabes? Cuando yo era más joven, en Norteamérica estaba esta ley que no permitía fraternizar con los nomaj, uno podía ser señalado por el mero hecho de hablarles… Y si rompías el Estatuto del Secreto, difícilmente te librabas, era ir al juzgado en el acto —aquel estatuto tenía su razón de ser y buenos motivos, pero siempre había creído que eran medidas muy duras. Era una pena que dos mundos tan cercanos no pudiesen convivir en armonía.
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Steven D. Bennington el Vie Jul 07, 2017 5:58 pm

No era capaz de imaginarse a un sujeto con un arco atacando a la gente que se cruzaba en su camino como si fuese un maldito arquero sacado de una película de indios y vaqueros. Aunque el mundo se había vuelto raro y surrealista en los últimos meses y tampoco sería raro que un hombre fuese con su arco sintiéndose un Cupido lanzando flechas a diestro y siniestro.

- ¿Hablas en serio? – Tampoco sería algo fuera de lo común que alguien estuviese bajo una maldición imperdonable como aquella. – A lo mejor había un Mortífago aburrido cerca sin nada mejor que hacer que sentirse en El Señor de los Anillos. – Siguió la broma. Steven no había terminado de ver aquellas películas por puro aburrimiento pero sabía cuál era el tema general y cuáles eran los personajes principales que aparecían en esta saga. Como Legolas.

Mejor no imaginar aquello. Pero era tarde. La imagen mental ya había aparecido en su cabeza y era de todo menos agradable. No se había parado a pensar si Laith sería activo, pasivo o un poco de ambas. Pero en su cabeza lo imaginó de ambas maneras. Y ninguna de ellas era agradable. Especialmente aquella en la que Laith tomaba la posición pasiva de la relación y Steven tenía que estar pegado por la espalda a él. Era de todo menos bonito.

- Además sería difícil conseguir ropa. Tendríamos que ir a un modista especialista en hacer ropa para gente pegada por la espalda. Nos saldría caro, he oído que son pocos los que se atreven a hacer ese tipo de prendas. – Dijo como si aquello fuese muy trabajoso y no consistiera simplemente en coser dos prendas para que formaran una más grande con la abertura suficiente para que la unión se produjese por la espalda.

La vida del fugitivo no era tan de color de rosa como podía ser Laith. O como le gustaría a Steven decir que era su vida. Desde que estaba siendo perseguido por la justicia había intentado vivir una vida lo más normalizada posible pero era evidente que, por mucho que  se esforzase en ello, no estaba cerca siquiera de ser posible. Vivía en peligro continuo. Debía ir con cuidado en todo momento y tampoco era raro que pasase a ser descubierto por alguien perteneciente al otro bando que conociese su condición de metamorfomago o que le estuviese siguiendo la pista de cerca.

- Sí, la llevé a un lugar seguro. – Aún no se había atrevido a hablarle a Laith del refugio en el que ahora residía. Quería creer que el rubio había asumido que seguía viviendo con Agnes o que, por el contrario, había dado con un grupo de fugitivos que, como él, no tenían donde caerse muertos. – Sus padres habían muerto por protegerla al principio de todo esto. Había escapado de Hogwarts la noche de la batalla y lo primero que hizo fue buscar a su familia. Desde que estos habían muerto había estado vagando por la calle. Una niña de doce años vagabundeando por Londres durante seis meses. ¿Imaginas lo que ha tenido que ser para ella? Su mentalidad ya no era la de una niña de doce años, es como si le hubiesen arrancado la infancia de golpe. A ella y a otros como ella. – No quería que Alex tuviese que vivir algo parecido. Su vida no podría ser normal nunca cuando su padre era un prófugo de la justicia pero no quería que la pequeña tuviese que lidiar con una vida como la de aquella niña.

Steven había leído algo sobre la relación entre los muggles y los magos en Norteamérica. Al parecer, las cosas allí eran muy diferentes a como habían sido en Inglaterra. Pero en aquellos momentos, Steven prefería que los muggles viviesen en su mundo y los magos en el suyo si así nadie salía dañado.

- ¿Y si nacía un mago de un pareja no mágica? – A lo mejor en aquel lugar no les permitían acudir a la escuela o no recibían jamás la invitación a esta. - ¿Les obligan a romper la relación con sus padres? ¿O les juzgan por robar magia como aquí?
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Laith Gauthier el Vie Jul 07, 2017 9:12 pm

Las cosas habían subido muchísimo de tono en cuanto las maldiciones imperdonables dejaron de ser tan imperdonables. No podía olvidar aquellas personas que llegaban agonizando víctimas de una maldición de tortura, la mayoría hijos de nomaj que se los llevaba el Ministerio para juzgarlos. Cuando uno ve eso en San Mungo, ya pocas cosas pueden sorprenderle en el día a día, para bien o para mal. Al menos con el otro, justo como esperaba, podían tomarlo con humor, incluso si tampoco había visto las películas del Señor de los Anillos, no eran su tipo de entretenimiento, lo aburrían un montón por lo lento que avanzaban.

Laith poseía la ventaja de que él no podía imaginarse a Steven teniendo relaciones con nadie, así que el trauma mental se lo ahorraba. Era como estar en medio calentón y que Bennington soltara un comentario de esos que dan risa por ser tan inesperados y corta la pasión. El otro, en cambio, le provocó mucha risa al verlo hacer gestos debido a las imágenes mentales que había desencadenado. Asintió, dándole la razón, cuando le habló sobre la ropa especial que necesitarían, como si en serio la gente se pusiese a pensar en la gente pegada por la espalda. Como los siameses. Seguramente ellos tendrían líos encontrando ropa.

Además que tú te robas hasta los floreros, imagina si te pillan, a la cárcel los dos —otro punto negativo de aquel plan de coserse las espaldas que, viéndolo bien, ya no parecía tan bueno como al principio lo hacía. — Yo sé que no puedes vivir sin mí pero lo mejor será que no nos cosamos, mejor salimos en plan amigos que no se cosen las espaldas y ya está —le sonrió ladinamente con diversión antes de exhalar con gracia, como una silenciosa risa.

Escuchó la anécdota de aquella niña a la que el otro había rescatado, no comprendía cómo alguien podía ser tan cruel para poder herir a niños de esa manera, pisoteando sus derechos y cazándolos como si fueran animales. Claro que podía creerlo, pero no entendía, simplemente no estaba hecho para concebir en su mente que la gente pudiera ser así. Niños de todas las edades arrebatados de sus familias, asesinados simplemente porque no corría una sangre “pura” por sus venas. Ese tipo de deprimentes asuntos le podían mucho.

Lamentablemente, las cosas actualmente son así… Si no son “del grupo” quieren romperlos para enviarlos a… donde sea que los manden. Y si lo son, quieren romperos para conseguir que sigan sus pasos… Ahora mismo, aquí no es un buen lugar para crecer —opinó con una larga exhalación; realmente le constaba, habiéndose convertido en el confidente de un muchacho de Hogwarts, tenía su propia manera de conocer los eventos que sucedían en su interior siempre que al joven le naciese comentárselos. Y, bueno, le contaba prácticamente hasta qué almorzaba, así que se entendía un poco su conocimiento.

Decidió comentarle un poco de lo sucedido en el norte de su continente, en donde residía y había estudiado. Las cosas eran raras porque fue en su juventud donde se abolió aquella estricta ley Rappaport, la misma que señalaba a los nomaj como enemigos en los que no podían confiar. Siempre estaba la excepción y a Laith particularmente le gustaba doblar las reglas hasta casi llegar al punto de quiebre, pero eso no significaba que estuviese bien visto lo que hacía, y en más de una ocasión su abuelo lo había advertido de ello.

Cómo te explico… —preguntó para sí mismo con un pequeño gesto, acariciándose el cuello. — Verás, al principio Ilvermorny, la escuela casi por excelencia, nació a raíz de eventos puristas en Irlanda, sus fundadores habían huido a Norteamérica y, casi sin querer, crearon la escuela donde al comienzo había menos de veinte alumnos, en principio se buscaba que ahí se formase a cualquiera con una pizca de magia —era cultura general mágica en su país. — Así que, como te imaginarás, estos asuntos eran muy delicados… Porque la MACUSA, nuestro congreso de magia, dividió completamente a los nomaj de los magos, ni los nomaj querían saber nada de los magos ni al revés, esto a raíz de un escándalo que empujó al magicongreso a instaurar la ley Rappaport —le explicó, jugando con las semillas de sésamo de su hamburguesa mientras hablaba. — De dos, una: o el nacido de nomaj reprimía tanto su magia que al final la corrompía y perdía el control de ella, que era muy común en esas épocas… O se le informaba a la familia. Cuando la MACUSA empezó a ver que era contraproducente ocultarlo, empezó a seguir muy de cerca estos casos para explicarles a la familia lo que sucedía y llevarlos al colegio para enseñarlos a controlarla; mucha burocracia, muchas amenazas, muchas leyes estrictas, un desastre.

No eran juzgados por “robar magia”, así que al menos eso lo tenían un poco mejor. En cambio, magos que interactuaban con los nomaj en un ámbito más cercano que las limitantes de las actividades diarias sí que eran juzgados. Así había perdido a varios conocidos, y a gente muy importante también. Aunque, si tenía que defenderse, su actual altruismo le había sido heredado por sangre, incluso de niño tenía sus amistades clandestinas. Culpa de su abuelo que se lo permitía.
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Steven D. Bennington el Dom Jul 09, 2017 9:44 pm

Si los floreros no eran algo de lo que uno pudiese alimentarse, no eran algo que podría estar entre los objetos que Steven robaría. Se había dado cuenta en los últimos tiempos que si el dinero faltaba lo único que podía robarse era aquello que verdaderamente necesitabas para sobrevivir. Por supuesto, un florero no era capaz de alimentar a una familia. Al menos, el tipo de floreros que Steven había visto en su vida. Tenía que admitir que, debido a cómo estaban las cosas, sí se había visto en la obligación de coger algo que no era suyo como cualquier fugitivo que necesitase sobrevivir. Aquello se había producido durante las primeras semanas de la llegada del nuevo régimen cuando no tenían nada de dinero ni la oportunidad de acceder a sus cuentas sin ser encontrados. En cuanto había encontrado un puesto de trabajo y Agnes había pasado a ser la encargada de proporcionar alimento s los Benningon, Steven había saldado su deuda apareciendo en aquellos locales donde había sustraído alimentos para pagar lo robado sin decirlo abiertamente.

- ¿Y una cremallera? Así podemos separarnos cuando queramos. – Preguntó como si el tema de conversación siguiese siendo algo coherente. ¿Acaso en algún momento de su vida aquellos dos habían tenido algo que se asemejase a una conversación coherente? De haber sido así, Steven debía de estar dormido, pues no recordaba nada parecido.

La crueldad del mundo no tenía límites. Era algo que había pasado a comprobar desde que se había visto obligado a huir de la justicia. No era raro escuchar las anécdotas de todos y cada uno de los fugitivos escondidos en el refugio sobre cómo casi habían sido capturados. O cómo lo habían sido y la suerte había querido que escapasen justo antes de ser llevados al Ministerio de Magia para fingir que se enfrentaban a un juicio justo con posibilidades de salir inocentes. Cada historia estaba cargada de una realidad tan dolorosa que Steven a veces pensaba que aquel no era el mundo en el que había vivido durante tantos años. El odio reinaba en la calle. Familias que se traicionaban sin importar cuánto tiempo llevasen los unos al lado de los otros. Amigos enfrentados cuando antes la sangre no había sido un impedimento para su amistad. Cada situación parecía ser peor que la anterior. Especialmente todas las que incluían niños, pues ni siquiera ellos se libraban de aquellos tormentos.

- Ya no existen lugares buenos para crecer, Laith. – Sonaba duro, pero era la verdad. – Si huimos del país darán con nosotros. Y si esto ha sucedido aquí, ¿Por qué no iba a extenderse por el resto del mundo esta estúpida ideología purista? Sabes que son muchos los que están de acuerdo con que la magia sólo debe quedarse entre los sangre limpias. Esas ideas pueden hacerse fuertes en otros países como lo han hecho aquí. No hace falta derrocar al Ministerio, tan sólo que el pueblo vote. – Si con Hitler había sucedido, ¿Por qué no iba a pasar también en el Mundo Mágico algo parecido? Al fin y al cabo, muggles y magos no eran tan diferentes. Ya que no existía ningún dato que confirmase que hubiese sido un mago.

La historia de la magia que se enseñaba en Hogwarts no hablaba tan en detalle de las leyes en otros países. Se hacía un vago recorrido por la historia mágica del mundo, claro, pero no se entraba en materia tanto como lo harían en Ilvermorny. Es más, Steven no sabía ni qué casas eran las que allí existían aunque Laith le había hablado de ellas en alguna ocasión.

- Pero, ¿Los niños luego siguen en contacto con su familia? – Ahí estaba la verdadera pregunta de Steven. El resto lo había entendido bien, aunque no comprendía qué tipo de mentalidad había hecho ese comportamiento. – Al menos ahí no te persiguen por haber nacido mago cuando tu familia no lo es. – Añadió antes de tomar otro pedazo de su hamburguesa. ¿Qué culpa tenía él de haber nacido mago? Ni que con un año hubiese ido por ahí robando magia para cambiarse el color del cabello. - ¿Tú familia también piensa así? – Preguntó con cierta curiosidad. Ni siquiera sabía si Laith pertenecía a una familia purista loca como las que ahora dominaban Inglaterra. - ¿O son unos pirados camicaces como tú que ayudan a los sangre sucia?
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Laith Gauthier el Lun Jul 10, 2017 5:26 am

Laith entendía que, en esas situaciones, muchos habían tenido que hacer acciones ilícitas para sobrevivir, y aunque le incomodaba un poco, también lo entendía. Después de todo, no es que él fuese un santo, pero sí trataba de no dañar al prójimo, así que no opinó seriamente de los hurtos de Steven. En cambio, parecía interesadísimo en el asunto de coserse al otro. — Ya… Yo pido ser la cremallera con el cierre —esa idea era mejor, separarse en cuanto quisieran, así que la aceptó pidiéndose ser determinada mitad de la cremallera sin ningún motivo aparente, sólo que la había cogido él y por eso debía ser muy guay.

El sanador y su profundo amor por la humanidad siempre se habían detenido a escuchar a alguien si lo necesitaba. Ayudar a otros era una medida terapéutica en la que se impedía volverse loco, no era raro encontrar al menor sentado oyendo a alguien en situación de calle, intentando ayudar a gente sin hogar incluidos los fugitivos del mundo mágico. Uno cuando es tan abierto a la interacción con los menos afortunados se enteraba de muchas cosas, la mayoría sumamente desalentadoras. No podían evitar tener en consideración que aquello, aunque lo “peor” había pasado, seguía siendo una guerra hasta erradicar el purismo o erradicar a los de sangre impura, no habría paz en ningún punto intermedio. Por eso le dolió saber que Steven tenía razón, más o menos.

Sé que no son precisamente una minoría, pero… Tío, todos los días nacen niños y de entre ellos nacen gente mágica, tenga o no parientes directos magos… No entiendo cómo es que alguien pueda creer que la magia sólo pertenece a los “puros” cuando, de ser así, estos niños ni siquiera habrían conocido la magia nunca, no tiene sentido —pero lamentablemente no todo el mundo pensaba como él. Lo demostraba que no era su ideología pacífica la que reinaba sino aquella que incitaba al odio y sólo traía discriminación y dolor al mundo. O quizá era eso mismo, que su ideología, por ser pacífica, no se imponía a base de muerte y miedo como lo estaba haciendo la otra.

Le explicó brevemente de lo que había sucedido en su continente, cómo nació la escuela estadounidense y cómo el gobierno norteamericano había reaccionado a una situación muy semejante. No era por purismo, sino por protección del Estatuto del Secreto, pero la respuesta era más o menos la misma, al menos al comienzo: discriminación a los nacidos de nomaj y un decrecimiento atroz en los mestizos. La pregunta de Bennington, no obstante, tenía una respuesta ambigua de parte del rubio.

No me hagas mucho caso… Según recuerdo, les dejaban brevemente tener interacción con su familia, pero de ese círculo cercano no podían salir y con los demás parientes tenían que inventar excusas para que no pregunten y revelarles el secreto —eso se acordaba de lo que un amigo suyo le dijo, sin tener conocimiento de si era un caso particular o si así se daba con todos. — Es que… no era purismo… Era protección, o eso decían… —le hizo saber con un gesto, dándole un bocado a su hamburguesa.

La pregunta sobre su familia, cuestionando si eran puristas o kamikazes suicidas como él, lo dejó pensando unos segundos. En realidad no lo sabía, no conocía a nadie más de su familia aparte de sí mismo, pero incluso así buscó en su mente una buena respuesta. Su historia era complicada y simple al mismo tiempo; carecía de un padre y de su madre no sabía ni siquiera si vivía o no; cuando intentó buscarla no tuvo respuestas. Su apellido, por lo tanto, venía de su lado materno de la familia, importante en Norteamérica aunque no era precisamente de un linaje envidiable; había muchos mestizos en ella que salieron a la luz tras la salida de la condenada ley. Su madre, por ejemplo, una aurora excepcional, y su abuelo uno de los pocionistas más reconocidos de la región. El hijo y nieto, esperaba pronto, uno de los mejores sanadores conocidos, o al menos era su aspiración.

No lo sé, supongo que lo eran y por eso es que no les conozco —admitió sin una pizca de reparo. — Vengo de una familia… rota. No tuve padre y no conocí a mi madre, aunque si me lo preguntas creo que desapareció por no obedecer la ley Rappaport pues mi sangre está mezclada; el resto de mi familia se distanció de mi abuelo cuando decidió hacerse cargo de mí, supongo que para no meterse en líos, la familia Gauthier en Norteamérica resuena por magos y brujas muy capacitados, aunque no por purismo, que yo sepa —le explicó lo poco que sabía. Nunca había sentido necesidad de buscar a esos parientes, aunque seguramente estudió sin saberlo con algún primo. — ¿Qué hay de ti? ¿Tu familia sabe algo de esto? —le preguntó.

Recordaba haber oído sobre los padres de Steven, aquella anécdota de su madre fumadora y unos cuantos detalles más. Gracias a sus conversaciones y el hecho de que Beatrice también fuera buscaba tenía la noción de que el otro era buscado por su sangre y no por traidor, la que sería su suerte si alguien llegaba a pillarlo en sus acciones piradas kamikazes como el otro las había muy bien descrito.
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Steven D. Bennington el Mar Jul 11, 2017 7:50 pm

Steven no era dado a ponerse serio. Era raro que se tomase la conversación como verdaderamente debía hacerlo si esta tocaba temas peliagudos. Prefería vivir con una sonrisa, indiferente a lo que sucedía a su alrededor. O más bien, comportándose como si no conociese todo lo malo que sucedía a su alrededor. A veces el desconocimiento es lo que más feliz hace, pues conocer el tipo de problemas y peligros que rodeaban el mundo en el que ahora vivía sólo servía para tener un terrible dolor de cabeza. Steven prefería fingir que nada de eso sucedía. Seguir con su vida de la manera más normalizada posible aunque a simple vista aquello pareciese una opción imposible.

Pero en aquel caso, no fue así.

En aquella conversación Laith se topó con la parte responsable de Steven. La parte que piensa en algo más que ser positivo y comer hasta que le doliese el estómago. La parte que se daba de lleno contra la realidad y que conocía de sobra que el futuro en el que se encontraban no había hueco para personas como él. Él no había elegido nacer con el don de la magia. Él no había decidido recibir la carta de Hogwarts ni ser seleccionado en una casa u otra. El sombrero se posó sobre su cabeza y lo mandó a una casa, ¿Acaso aquello no demostraba que no había robado nada? Al parecer no había manera alguna de justificarse. Ni siquiera huyendo de la vida mágica aquellos hombres y mujeres frenarían en sus intentos por acabar con su vida.

- Creo que lo ven como… Como cuando eres blanco y tu mujer es blanca. Pero tú hijo sale negro. Cualquiera pensaría “eh, mi mujer me ha puesto más cuernos de los que tiene un ciervo”, pero no pensamos que entre  todos nuestros antepasados puede haber una persona de color que preste sus genes al niño. Existe una posibilidad baja de que de dos padres blancos salga un niño mulato pero… Existe. – Quizá no era la mejor comparación, pero suponía que Laith entendía lo que quería decir. – También existe la posibilidad de que seas un ciervo, por supuesto. – Admitió sin darle demasiada importancia a aquel punto de la conversación. - Pero, ¿Qué culpa tiene el niño? Él no decidió nacer blanco, negro o amarillo. – Así era la magia. Aparecía y no la elegías. La magia llegaba y llamaba a tu puerta. O más bien, se colaba por esta sin que te dieses cuenta y antes de que pudieses decir algo al respecto ya estabas camino a Hogwarts en un tren con golosinas tan raras como un perro verde.

Aislar a un niño de su familia era cruel. No tan cruel como era encerrarlo en prisión como sucedía en aquellos momentos en Inglaterra pero no por ello dejaba de ser cruel. Dejarle al margen de lo que había sido su vida durante años sólo porque la ley mágica así lo dictaba.

- Supongo que entiendo el punto. Pero está llevado al extremo.  Es como llevar el Estatuto Internacional del Secreto a otro nivel.  Nosotros no vamos por ahí predicando que somos magos, volando en escoba por las calles de Londres y lanzando fuegos artificiales mágicos. Existe un término medio, ni ir por ahí presumiendo de tu magia ni prohibir toda relación con la gente no mágica. – Admitió Steven. Siempre había pensado que dicho estatuto era un tanto extremista pero viendo lo sucedido en aquellos momentos había pasado a comprenderlo. – Me gustaría creer que de ser al contrario los muggles no atacarían a los magos para encerrarlos. Pero tendría que ser muy iluso para pensar eso. El miedo a lo que no comprenden se encargaría de matarnos a todos. Varitas contra pistolas. –  ¿Por qué el mundo era así de complicado?

Nunca se había parado a pensar cómo sería la vida de Laith antes de todo aquello. Cómo habría sido la infancia del niño ahora convertido en adulto que tenía ante sus ojos. Encontrarse con aquella historia fue lo que menos esperaba.

- Yo… Lo siento, Laith. – Nunca sabía que decir en aquellos casos y mucho menos cuando todo había acontecido tantos años atrás. No es como si sus padres acabasen de desaparecer, sino que había sucedido años atrás. – Mis padres se separaron al poco de nacer Beatrice. Mi madre se quedó en Australia y nosotros nos mudamos a Londres con la familia  de mi padre. Ellos no son magos así que cuando llegó la carta de Hogwarts fue todo muy raro. Beatrice y yo ya esperábamos que me pasaba algo raro, por eso de la metamorfomagia, pero no sabíamos qué hasta que llegó un profesor del colegio a explicárselo a mi padre. Él estaba encantado y mi madre no entendía  nada. Creo que a día de hoy sigue sin entenderlo y nos tiene un poco de miedo pero al menos lo ha aceptado. Ella sabe que no podemos contactar con ella por motivos de seguridad y se ha topado con un par de magos vigilando su casa. Australia es el mejor lugar para que Beatrice y yo nos marchemos de aquí así que mi madre está muy vigilada. En cuanto a mi padre… Le dijimos que teníamos que mantener las distancias con él por su seguridad, pero no quisimos entrar en detalles. Él siempre ha sido comprensivo y que vea que el mundo mágico es igual de terrible que el mundo sería un duro golpe para él. – Admitió Steven algo decepcionado. Su padre siempre había tenido ilusión por la magia y esperanza en que los magos no cometiesen los mismos errores que los muggles. – Tú… Tú nunca has sido como ellos, ¿Verdad? Pensar que por ser mago eres superior a los que no lo son, me refiero.

Dudaba que Laith fuese ese tipo de personas. Pero ya no sabía que creer en un mundo donde todo había cambiado todo. Un mundo donde las familias se habían roto y las amistades habían dado paso a terribles problemas entre unos y otros.

- Creo que es la conversación más seria que hemos tenido nunca. – Admitió antes de romper a reír. – Yo que pensaba que sólo sabías comer, meterte en problemas por ayudar a fugitivos y burlarte de mí.
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Laith Gauthier el Miér Jul 12, 2017 6:20 am

Laith prefería siempre ponerle buena cara al mal tiempo; dado a su trabajo en muchas ocasiones deprimente y la tensa situación actual, si pensara durante todo el día lo mal que iban las cosas pasaría la vida triste y amargado. Por ello era optimista, buscaba los detalles bellos entre todo el desastre y trataba de, en la medida de lo posible, llevar una vida normal. Claro, con aquellos arrebatos suicidas y la paranoia, pero buscaba hacer las cosas lo mejor que pudiera. A pesar de todo, la conversación degeneró hasta los rincones más oscuros de la comunidad mágica, comprensible dado que, aunque pareciese que no, llevaban poco de conocerse y había mucho que aprender sobre las ideologías del otro.

El sanador sabía que, en el fondo y detrás de toda la estupidez, Steven debería tener una parte responsable y más seria; una parte de él que no es que le gustase mucho en realidad. Le gustaba más cuando en apoyo mutuo se olvidaban un rato de todo lo malo. El fugitivo le dio la razón en lo que habló antes: el niño no tenía la culpa, no había decidido ser mágico o no. Y es que había que ser estúpido para que a uno no le cupiese tal razonamiento en la cabeza, el menor exhaló con exasperación. Él nunca había pasado algo así, mágico desde su nacimiento, pero sí había sido cercano con personas que sí lo eran, incluso desde que fue más joven. Ese mismo fue el tema siguiente, cómo durante su infancia habían manejado a los nacidos de nomaj.

No “es como”, ”es” llevar el Estatuto del Secreto a otro nivel —lo corrigió; no era algo parecido, sino eso en sí mismo. — Serías, de hecho, bastante iluso… Verás, la ley Rappaport nació cuando la hija del Guardián de los Dragots, que es algo así como… un secretario de economía, le reveló los secretos mágicos a un nomaj, quien creía que todos los magos eran malvados y reveló mucha información, tanto así que la MACUSA tuvo que cambiar de sede, la filtración fue brutal —le explicó brevemente; los nomaj muchas veces atacaban por miedo y por eso es que las comunidades mágicas vivían en secreto. — Parece fácil, varitas contra pistolas… Pero los nomaj nos ganan en número —dio su opinión.

A él le gustaría vivir una utopía donde los nomaj y magos convivieran en paz, pero eso no era posible. La superioridad de los magos contra la envidia y el miedo de los nomaj harían estragos que repetirían la historia y sus conflictos bélicos, las persecuciones. Al final simplemente volverían al punto de partida sin haber avanzado nada pero habiendo perdido mucha gente. Steven le había preguntado sobre su familia, y, dada la confianza que habían desarrollado, el rubio no le vio muchos problemas a revelarle datos de su pasado. Se limitó a sonreírle cuando le dio un pésame que no sentía merecer.

Oyó sobre la historia Bennington, con más detalles de los que antes había querido revelarle. Honestamente no tenía ni idea que los magos londinenses tuvieran la libertad de ir a otros países a buscar fugitivos, aquello no tenía sentido, ¿qué estaba pasando con la Confederación Internacional de Magos? Le dio pesar que el padre de Steven no quisiese pensar que el mundo mágico podía ser tan malo, no estaba seguro de si la ignorancia era mejor que la verdad, en especial cuando las vidas de sus hijos estaban en riesgo, pero él no tenía el derecho de opinar sobre cómo manejaban Beatrice y Steven el secreto mágico con su familia.

¿Yo? En lo absoluto… Si tengo que ser honesto, muchas veces sentía envidia de ellos, aunque desde siempre fui una persona social y me hacía amigos hasta cuando salía a comprar pan; mi abuelo me decía que iban a atarme de un árbol que teníamos en casa por hacerme amigo de nomajs, por suerte nunca me metí en problemas serios por eso —se animó a distender de a poco el ambiente, sonriendo con aquella amenaza tan frecuente de aquel hombre. Su infancia había sido maravillosa a pesar de las dificultades, incluso el colegio pese a un par de años amargos que no le apetecía recordar. — Lo suicida lo traigo en la sangre, no es reciente —se jactó riendo nasalmente por ello. — ¿Y tú? ¿Qué sentiste cuando descubriste que no eras como los otros chicos?

Le daba honesta curiosidad cómo lo había manejado, porque no había sido su situación. Para él eran frecuentes esas escenas donde de pronto, al desayuno, llegaba una lechuza con el correo y el diario; durante las tardes lluviosas donde no le dejaban salir a mojarse o las noches heladas las había pasado en un sótano ayudando a hacer pociones. Algunas mañanas las había pasado jugando al hockey con sus amigos, y otras riéndose de los errores mágicos de los demás chicos. Había vivido en ambos mundos, en esa línea frágil entre lo real y la fantasía.

Eso hago el 90% de mi tiempo libre —le sonrió divertido, siempre era más entretenido molestar a los demás en lugar de ser serio todo el tiempo. Lo cierto era que podía llegar a ser bastante serio, que le gustara era otro tema. Le dio un gran bocado a su hamburguesa, los temas amargos no le quitaban el apetito, terminando de comer para limpiarse las manos con una servilleta desechable y tomar una cerveza de la hielera. — ¿Has surfeado aquí? —le preguntó por mera curiosidad, observando al agua antes de cambiar la canción actual.
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Steven D. Bennington el Vie Jul 14, 2017 10:33 pm

Conocer un poco más de la historia de la magia en otros países siempre era interesante, aunque debía admitir que el modo en el que habían llegado a aquel tema de conversación no era el mejor que hubiese deseado. Prefería que aquello hubiese salido de manera espontanea jugando al Trivial para ganar un quesito de historia. Hubiese sido un método mucho mejor de conocer dicha información. Entre risas y preguntas estúpidas que demostrasen que Steven era nefasto jugando al Trivial. Aunque el pobre debía admitir que se le daba mal hasta jugar al Parchís y eso que únicamente dependía de la puntuación de sus dados. Incluso a La Oca era bastante malo. Sin duda alguna, los juegos de mesa no eran su punto fuerte ni se acercaban a serlo.

- Suena a película. Pero a veces la realidad supera a la ficción, supongo. – Sólo tenía que ver la situación en la que ahora se encontraba. Obligado a huir de lo que durante años había sido su vida y que con tanto esfuerzo había construido. Ahora debía esconderse de la comunidad que tiempo atrás había llamado a su puerta para invitarle, con un tono amable y una sonrisa en los labios, que formase parte de ella. Que irónica podía llegar a ser la vida. – No sé por qué pero en mi cabeza ha sido todo un romance que no salió bien. – Rió. Pues Laith no había mencionado en ningún momento las razones por las que la mujer le había revelado tal secreto a una persona no mágica. Para Steven, esa confianza era fruto del amor de la chica hacia alguien en quien no debía haber confiado. – Una traición, a lo telenovela.- El tono de seriedad de Steven era algo que duraba tan poco como la felicidad cuando un dementor andaba cerca. – Paco Juan de todos los Santos, tú le dijiste a los tuyos que era una bruja. ¡Ahora me quemarán en la hoguera junto a tus otras doscientas tres amantes! – Puso un acento que buscaba imitar al de las telenovelas. Poco conseguido, había que admitir. – Pero Lucía María de las Nieves, tu padre podría convertirme en sapo. Chan chan. – El tono dramático, ante todo. – La influencia de Juego de Tronos.

Para Steven, una guerra entre magos y muggles acabaría con un exterminio hacia los magos. Los pocos que quedasen con vida se verían obligados a esconderse y vivir en las sombras, como actualmente debían hacer los fugitivos que, irónicamente, eran nacidos de muggles.

- Aunque el número estuviese igualado… Creo que el cine condiciona lo que pienso, pero creo que una pistola sería más efectiva que una varita. – Sí, sí, podías matar con la varita y protegerte. Pero la varita no requería de concentración o pensar qué hechizo lanzar. No. Simplemente disparabas y estaba todo hecho.

Steven sabia que la decisión que había tomado no era la mejor. No contarle nada a su padre no era ni de lejos la mejor de las opciones pero dado que era un hombre cabezota no garantizaba su seguridad si descubría que sus hijos estaban metidos en problemas.

- Me alegro, porque sería una decepción para ti darte cuenta que eres igual de mediocre que nosotros los sangre sucia. – Bromeó el castaño dándole nuevamente el toque de humor a una conversación que se había tornado demasiado seria para dos personas como eran Laith y Steven. – Seguro que de niño ya te metías en problemas por incumplir las normas. Aunque eso de violar las leyes… Ya son cosas mayores. – Sí aquello era una pregunta indirecta para que Laith le contase algo más de cómo había sido su niñez. Siempre le había gustado escuchar las anécdotas del resto, pero las de Laith estaba seguro que tendrían ese toque de humor que tanto caracterizaban al rubio.

A diferencia de los otros nacidos de muggles, Steven se había dado cuenta que era diferente mucho antes. No por hacer estallar un jarrón al enfadarse que pudiese hacerle pensar que no era más que una casualidad. No, no. Él sabía que algo no andaba bien con él y por eso había pasado la mayor parte de su infancia con un gorro de lana que el tiempo londinense le hizo poder llevar con toda tranquilidad. Su pelo cambiaba de color dependiendo de su estado de ánimo y se veía incapaz de controlarlo. También cambiaba cuando cada noche le leía un cuento a Beatrice, adoptando el color característico del personaje al que daba voz en aquel momento. Aquello, muy normal, no era.

- Siempre supe que era un bicho raro. – Admitió. – Eso de cambiar el color de pelo sin ir a la peluquería no parecía ser muy normal. – Rió. – Pero como mi hermana lo aceptaba, no le veía lo malo. Luego ya entendí que no era raro, simplemente mago. Riman, pero no son lo mismo. –Se encogió de hombros de manera divertida. – Pero que se presente un tipo con túnica en tu casa y te diga que eres mago es un poco… Chocante.

Por suerte, los temas amargos dieron paso a temas más alegres. Como el bullying que Laith le hacía a Steven la mayor parte del tiempo que decidía abrir la boca para decir algo. Steven era una persona sumamente inocente, por lo que no era raro convertirse en el foco de burlas de algún graciosillo. Por suerte, Laith no era gracioso.

- No. Las playas de Inglaterra nunca me han convencido mucho. – Ni siquiera en verano cuando había mejor tiempo. Muchas personas apostaban por un tiempo grisáceo como el de Inglaterra para surfear. Pero Steven era alguien de sol y calor incluso para hacer deporte.

Mientras hablaban, un grupito se comenzó a acercar donde se encontraban. Un grupo formado por tres hombres que parecían haber reconocido las caras de ambos magos. O, al menos, la más conocida de ellas  no era precisamente porque apareciese en las revistas del corazón.

- Vaya, vaya, vaya, mira lo que tenemos aquí. – Sonrió uno de los hombres.

- ¿Cuánto nos dan por este? – Preguntó uno de sus compañeros con una sonrisa. Steven no tardó en atar cabos pero la opción de salir de ahí desapareciéndose no existía. De hacerlo, metería a Laith en un aprieto del que difícilmente saldría.
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Laith Gauthier el Sáb Jul 15, 2017 8:14 am

Concordaba con Steven, la realidad superaba la ficción, nunca mejor planteado. Lo oyó con su análisis de la historia de la hija del Guardián y aquel nomaj mientras comía de su hamburguesa, un grave error porque casi se atraganta con la risa y el pan en cuanto lo oyó imitando la telenovela aquella. Laith no era mucho de ver telenovelas, pero seguramente se miraría una con aquella trama central, mirando sumamente divertido a su amigo mientras hacía el drama de las personas aquellas a las que hasta nombre les había puesto.

Aunque creas que no… Dicen las malas lenguas que Lucía María de las Nieves no se destacaba precisamente por inteligencia, le gustó Juan de todos los Santos y hasta le enseñó la varita para impresionarlo. La mágica —aclaró sólo por molestar un poco; — Juan se la roba y es donde empieza el teatro, va con todos los medios de comunicación, lo que hizo increíblemente difícil conseguir desmemorizar a todos. Y bam, ley Rappaport para la comunidad —le explicó lo que se sabía de aquel evento, no era agradable aunque por suerte él no había tenido que ser partícipe del mismo, sino estudiarlo como materia en el colegio.

Laith tuvo que pensar un poco cuando empezaron a hablar sobre cómo se solucionaría un conflicto entre nomajs y magos, armas contra varitas. Se alargó un poco de silencio por parte del rubio hasta que se dio cuenta que, si bien Steven no estaba tan errado, tampoco era del todo correcto lo que insinuaba, al menos de acuerdo al razonamiento del menor.

No lo sé… Porque, bien, un arma sólo coges y empiezas a disparar, pero una varita puede hacer escudos protectores, desviar balas y, más importante aún, atacar a más de un objetivo a la vez… Una varita no necesita recargarse a diferencia de un arma de fuego para la que necesitas cartuchos, y un arma blanca tendrías que acercarte mucho y en lo que te acercas ya te han caído las tres imperdonables —empezó a exponer su punto de vista; los magos tenían ventaja por la versatilidad de sus poderes, aunque los nomaj tenían, además de su número, un arsenal muy curioso de formas distintas de hacer daño. Era un combate bastante igualado si tomaban en cuenta todos esos puntos.

Asintió con la cabeza como si en serio creyese que hubiera sido una decepción, aunque entonces reaccionó que podría estar jodiéndolo a él y no al revés como creía. Se podía decir que no había entendido el chiste, así que su rostro era una especie de confundida sorpresa algo graciosa. Para cuando se dio cuenta, el otro ya le insinuaba que quería escuchar alguna de sus anécdotas de crío, y es que sí, muchas veces se había metido en líos. No era ese jovencito serio que se sienta y se calla, no, era de los que si le decías que iba a caerse si se subía al árbol iba a comprobarlo o a refutarte lo contrario.

Hmn~… Problemas por incumplir las normas… Recuerdo… una vez… Eran unas vacaciones de verano, recuerdo bien, y lo pasé en mi casa en Canadá. Como me aburría más que una ostra, escribí a algunos amigos y en menos de dos horas ya estábamos camino a un centro de excursión cercano, tendría… qué sé yo, doce o trece años, eran los primeros años de colegio… —explicó con una sonrisilla divertida. — El caso es que ya estábamos ahí, éramos sólo magos así que llevábamos nuestra casa de acampar encantada, entre la emoción de la noche nos pusimos a contar historias de horror y fue nuestro peor error, la paranoia nos comía, entonces un guardia tenía intenciones de, no sé, reñirnos o algo, y en ese momento me morí de un infarto y más el pobre hombre al que un montón de enanos de diferentes edades atacaban a fuerza de varas de árbol, que no nos dejaban tener las varitas fuera del colegio —acabó su anécdota. — Al final nos riñó porque estábamos a un kilómetro y medio de la zona de acampado.

A veces, en cartas, lo mencionaba con viejos colegas, aunque ya había perdido el contacto con muchos de ellos. Fue una de sus experiencias más divertidas en ese entonces. Oyó la experiencia de Steven, intuyendo que realmente debía ser más complicado por haber sido un metamorfomago. No creía que a su edad pudiese excusarse con tintes de cabello cada dos horas, o incluso menos tiempo, así que era más comprensible.

Anda, pero si eres raro y mago al mismo tiempo —se burló de él, porque siempre era un buen momento para picarlo un poco. Así se les iba olvidando todo lo malo que mencionaron antes, era agradable, tanto así que incluso se animó a preguntar si había surfeado en una playa como esa. Para surfear uno necesita especificaciones acuáticas que Laith ignoraba, como determinada profundidad y cierta velocidad y altura de las olas, por ejemplo.

Las risas se acabaron tan pronto vieron a aquellos hombres que habían hecho un grupo para acercárseles, al parecer reconociendo a Steven. Laith no podría irse tan fácilmente como una aparición, necesitaba contener a los tres hombres y borrar de sus memorias su propio rostro, estaba en riesgo si alguien lo reconocía en el mundo mágico. Era desigual y, sin embargo, lo que más se temía era la seguridad del metamorfomago, a quien miró haciéndole una indicación para que se marchara de ahí. Honestamente no creía poder vencer en un tres contra uno, pero si podía no quería embarrar a Steven en un plan que fue idea suya.

Creo que por ese nos dan… ¿Treinta? Imaginen lo que podríamos comprar con eso —se mofó uno de aquellos hombres, haciendo preguntarse al rubio si en serio planeaban hacer una escena en medio del Londres nomaj. — ¿Cuánto dan por el otro? —cuestionó, haciendo un ademán despectivo hacia el sanador, al menos hasta el momento nadie parecía haberlo identificado de su trabajo en San Mungo.
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Steven D. Bennington el Sáb Jul 15, 2017 1:06 pm

¡Santo cielo! ¡Por la ropa interior de Merlín!  Semejante desfachatez habían cometido aquellos dos incautos. La una por la falta de neuronas y el otro por la falta de coherencia que, al fin y al cabo, no estaba muy lejos de ser también fruto de la falta de neuronas.

Entendía casi a la perfección que una bruja revelase el secreto a su pareja. ¿Y si tenían hijos y nacían con el don de la magia ante el desconocimiento del padre? Él, personalmente, después de quedarse impactado se sentiría bastante traicionado. Suponía que eso de hablar de la magia a la pareja era algo muy común entre magos y muggles cuando llevaban años de relación aunque por suerte él no había tenido que pasar por una vivencia parecida. Zoe era plenamente consciente de la existencia del mundo mágico (algo evidente teniendo en cuenta que se habían conocido en Hogwarts) y luego no había tenido ninguna relación lo suficientemente seria como para contar aquel secreto.

- Y Lucía María de las Nieves no tuvo tiempo de avisar a ningún otro mago para que se encargase de frenarle los pies a Juan de todos los Santos porque estaba demasiado deprimida e intentaba cortarse las venas con una cuchara de madera después de semejante deshonra sobre su inteligencia. – Siguió la historia como si él supiese algo del tema y no se estuviese inventando la mitad de lo que decía. – A ver, entiendo la parte de abrirte a tu pareja y contarle que eres mago. Hasta ahí bien. Lo que no entiendo es cómo no hizo algo para impedirle llegar a los medios de comunicación. Aunque capaz la pobre mujer de verdad no tenía muchas luces y no se enteró de nada hasta que acabó… - Frunció el ceño. - ¿Qué le pasó a Lucía María de las Nieves después de aquello?

Steven seguía viendo los puntos positivos a favor de los muggles. Un mago sin su varita ya no era nadie, en cambio, un muggle siempre recurriría a las manos y ya conocía bien cómo funcionaba aquello. Además, había que sumar la cantidad de ejércitos de los países muggles.

- También pueden ponernos una bomba y antes de poder desaparecernos ya estaríamos todos dispersos por la sala. Y no precisamente de una pieza. Por ahora no he oído de la existencia de un mago-fénix que renazca de sus cenizas. – Claro que las varitas tenían sus puntos fuertes. Muchísimos, a decir verdad. Pero en algo como la guerra, los muggles tenían muchísima más experiencia y control que ellos.

No pudo más que romper a reír ante la anécdota de Laith. Los niños podían llegar a hacer tonterías realmente enormes sólo por no ser conscientes de lo que pasaba a su alrededor. Él había sido un claro ejemplo de ello en su niñez y en ocasiones seguía sucediendo en su edad adulta. Pero lo de Laith era tan… Laith que el castaño no pudo evitar reír ante aquella historia.

- Suerte que no os dejaban. Me estaba temiendo que masacrasteis al pobre hombre sin siquiera saber quién era ni por qué os reñía. – Cuando la historia había comenzado, era la primera idea que había pasado por la mente de Steven. Un grupo de niños que, por accidente, acaban con la vida de un muggle. O, como mínimo, lo dejan trastornado por el suceso traumático. – Seguro que se lo tomó como un chiste. Que un grupo de niños te apunte mientras sacude trozos de madera y grita palabrejas que no entiendes tiene que ser una buena anécdota que contar a tus nietos. ¿No os riñó también por amenazarle con palos? – No pudo evitar bromear con aquel tema, y es que para él aquella situación hubiese sido realmente cómica.

Antes de poder contestar a Laith sobre lo raro que podía llegar a ser, un grupo de hombres se acercaron hasta donde se encontraban. Steven no tenía ni la más remota idea de quién eran ni que querían. En un principio pensó que Laith podría haber invitado a más amigos para montar algo parecido a una improvisada fiesta en la playa. Luego sopesó que fuesen conocidos del rubio o quizá tres personas perdidas en busca del camino al supermercado más cercano. Quizá necesitaban fuego o querían un cigarro. Pero no. Ninguna de esas opciones era la verdadera.

- No me suena su cara, pero seguro que es otro hijo de puta con la sangre más sucia que el coño de su madre. – Rieron todos ante aquella palabrería. Steven apretó los puños y miró a Laith. Sabía que no podía irse y dejarle ahí y que de irse los dos, el rubio estaría en graves problemas.

- Seguro que en el Ministerio agradecen que llevemos a dos traidores. Podría comprarme una varita de oro con lo que nos den.

- ¿Y para qué diablos quieres una varita de oro?

- Pues para hacer magia con una varita de oro.

- Zoquete, la varita tiene que ser de madera.

- Ah… - Rió como si de un cochinillo se tratase. - ¿Y si la recubro de oro? – Volvió a preguntar, lo que se convirtió en una discusión por las varita de oro entre dos de los magos.

Steven aprovechó ese momento para sacar su varia y hacer que los dos magos que discutían saliesen volando y dejasen de lado la palabrería para gritar hasta caer en la arena.

- ¡El sangre sucia me ha golpeado! – Gritó el de la varita dorada  mientras se levantaba. Mientras tanto, el otro mago ya había sacado su varita dispuesto a atacar.
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Laith Gauthier el Dom Jul 16, 2017 4:12 am

Laith tenía la suerte de que nunca se vería en la incómoda posición de tener que hablarle de magia a su pareja. Primero que nada, porque tenía decidido no tener pareja estable y, segundo, porque no corría el riesgo de que futuros hijos salieran con magia por su culpa, así que si un día decidía abandonar el mundo mágico y asentarse en la comunidad nomaj iba a tenerlo muy sencillo. Eso no significaba que no empatizara con la chica de la anécdota, cuyo nombre en realidad era Dorcus, él sabía que por encaprichamiento uno se hacía cosas imperdonables, incluido traicionar a toda tu comunidad por confiar en quien no debía.

La historia inventada por Steven era más interesante que la historia verdadera, oyendo cómo Lucía María de las Nieves no pudo hacer nada contra su enamorado, encogiéndose de hombros con naturalidad en cuanto acabó su parte de la anécdota antes de intentar, por algún motivo, defenderla un poco. Laith tuvo que hacer uso de su memoria un par de minutos antes de recordar el desenlace que tuvo todo aquello para Dorcus.

Pues… Según sé, todo fue más bien rápido, imagina que te robo la varita y salgo gritando que tengo el poder de un brujo y todo el mundo se entera así, no hubo tiempo a frenarle los pies… —comentó, aunque sin verdaderos fundamentos, no recordaba bien esa parte en realidad. — Muchos exigían la pena de muerte y otros cárcel de por vida, aunque sólo pasó un año en el calabozo… Cuando salió, la comunidad ya no era nada como la conocía, por lo que vivió aislada del mundo el resto de su vida —aquella era una pregunta que en el examen de historia le había salido mal y por ello es que se la había aprendido a rajatabla.

El sanador no tuvo otra opción que darle la razón al fugitivo, porque era cierto. Si bien la magia era muy buena, los nomaj habían usado mucho de su tiempo libre para hacer armas de destrucción masiva. Quizá deberían revelar el secreto mágico y que el gobierno militar hiciese de las suyas para poder ayudarlos a recuperar el mundo, aniquilando a los extremistas. No sería una mala idea, si era honesto, aunque lamentablemente sabía que no se conformarían con los extremistas y querrían matarlos a todos, suspiró con lástima.

Decidió contarle una anécdota de su infancia, la mayoría de ellas eran muy divertidas, lo había vivido al máximo siempre que había podido. Seguramente Steven debería haber imaginado que Laith no habría sobrevivido con aquello en su conciencia, asesinar a alguien por accidente… Bueno, llevaba algo parecido, pero no igual. — Usamos de excusa que pensamos que era un ciervo o un oso y pues no nos riñó demasiado, no sabíamos si recuperar los corazones que se nos cayeron del susto, levantar las caras que se nos caían de la vergüenza o huir de ahí corriendo, aunque sí tuvimos que movernos a la zona —se sonrió por aquello, realmente le agradaba aquella historia.

Las cosas estaban por arruinarse, con aquel grupo desconocido que les demostró que no estaban a salvo. Hablaron de ellos como si no fueran otra cosa más que animales ahí, como si deliberaran si llamar a la perrera o envenenarles para dejarlos morir a su suerte. Él fue identificado como “otro hijo de puta” y algunas bellezas más. Nunca se lo habían dicho ni nada parecido, pero no era la primera vez que lo insultaban, así que no le dio más vueltas, indicándole a Steven que podía irse solo con tal de que él, quien era el del verdadero riesgo, no les diese la oportunidad de atraparle. Y es que, vamos, ellos muy brillantes no eran, había que oír su conversación para darse cuenta.

¡Te vas a enterar! —bramó el que quedó ahí parado, varita en la mano, mientras empezaba a soltar maldiciones (verbales) y maldiciones (mágicas) contra los dos supuestos sangre sucia. Laith había tenido que sacarse la varita también, que por suerte no había escondido demasiado, para desviar los hechizos que el educado caballero de boca de camionero estaba lanzando contra ellos, aunque por ello no tuvo oportunidad de poder atacar de vuelta.

Tío, seré tu fan si consigues que aquellos dos no se nos acerquen —se refería a los que habían salido volando. Buscó algo más dentro de su ropa, oculta bajo el calcetín debajo del pantalón, la navaja que había robado a un asaltante. Y es que ladrón que roba ladrón tiene cien años de perdón, o eso dicen, esperaba que fuera cierto y que no muriese en ese encuentro. No podía irse ni dejar que se fueran, tenía que borrarles o modificarles las memorias para desaparecerse de ellas.

Me lo voy a cargar, ni el Ministerio ni su puta madre lo va a reconocer cuando acabe con él —soltó el del oro mientras sacaba su varita y corría a través de la arena para conseguir llegar hasta ellos. Laith desvió uno de sus ataques para hacerlo tropezarse con un muy básico hechizo, aunque a raíz de ello recibió un impacto en el brazo que lo dejó amoratado al instante, quejándose mientras retrocedía; al menos había sido el brazo derecho y la zurda la podía seguir usando para atacar.
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