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Beach evening [Priv. Steven D. Bennington]

Laith Gauthier el Dom Jul 02, 2017 9:22 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Aquel día se había levantado de particular buen humor: no había tomado turno nocturno, tampoco tenía trabajo ese día y no parecían tener ganas de molestarlo particularmente en ese momento con trabajo improvisado. Mientras desayunaba un nutritivo cereal con café y leía un poco una revista para enterarse de los últimos cotilleos, su mente divagaba y pronto tenía una idea bastante interesante. Era un sábado por la mañana, lo último que quería era quedarse encerrado todo el día en casa, así que buscó su teléfono para enviar un mensaje de texto:

“Tú, yo, en West Wittering hoy en un par de horas, tú pones las hamburguesas, yo las cervezas, piénsalo”, escribió y se lo envió a Steven. Seguramente sería divertido, no llegarían a una fiesta sino que ellos mismos pondrían su propia fiesta, lo que era mejor. Las fiestas en la playa siempre eran geniales y más si había sujetos atractivos en bañador, que eran su principal motivo para ir. Lo cierto es que el agua no le gustaba y nunca entraba al mar, presumía un poco de cuerpo, se alegraba la vista, no había más que hacer.

En cuanto el otro aceptara (que no iba a aceptar un no por respuesta, incluso si tenía que ir a sacarlo del trabajo él mismo), tomó las cosas que necesitaba para el momento. En una mochila de deporte metió una radio de tamaño mediano en la que podría meter algunos de los CD’s que llevaba, algunas toallas, un cambio de ropa por si acaso; el bañador se lo puso debajo del holgado pantalón que llevaba para ahorrar tiempo, la camiseta de Apocalyptica y la chaqueta de cuero del otro día que por fin podía estrenar debidamente.

Dejó su departamento con la chaqueta cerrada y el casco de la motocicleta también lo metió dentro de la mochila. Sólo cuando salió del mundo mágico al estacionamiento escondido donde aparcaba su motocicleta lo sacó y se abrió la chaqueta, acomodando la mochila para que no se cayese y arrancando. Era de las mejores adquisiciones que había hecho en la vida, con toda seguridad. Hizo una pausa para comprar una hielera en donde puso la cerveza y, como su nombre lo indica, hielo para mantenerla fría; si necesitaban más a lo largo de la tarde podrían simplemente marchar a comprarla. Un par de cosas más útiles y estaba listo.

Volvió a colocarse el casco, entonces arrancando con dirección a la playa a donde tenía que ir a una velocidad moderada. Llevaba en la cabeza alguna canción que se iba a poner nada más llegar, esperando que Steven ya estuviese ahí para ese momento. Le llevó quizá una hora y media, poco más, llegar, aunque no vio a aquel sujeto en ningún sitio. Se quedó en un sitio apartado de la multitud donde colocó la sombrilla y debajo de ésta la hielera para no dejarla al sol, la motocicleta a un par de metros. Cambió la chaqueta y la camiseta por una toalla donde se tumbó, colocando la radio y poniendo algo de música.

Don’t lose your grip on the dreams of the past, you must fight just to keep them alive. It’s the eye of the tiger, it’s the thrill of the fight, risin’ up to the challenge of our rival, and the last known survivor stalks his prey in the night and he’s watching us all in the eye of the tiger —colocó la canción que llevaba en la cabeza desde que salió de casa. Era más complicado oír música cuando conducía en la motocicleta, pero no le importaba, en ese momento simplemente se concentró en mirar a los chicos que había en el agua, sus ojos fijos tras los cristales oscuros de sus lentes.

Aún tenía los jeans puestos, el teléfono en la mano por si lo llamaba Steven, esperaba que el muy cabrón no lo dejara plantado. Aquella tarde prometía ser divertida, esperaba que no se metieran en problema ni que hubiese ahogados, era lo poco que pedía. El otro empezaba a tardar, aunque no le daba importancia, disfrutando de la sombra y la vista, cantando en altavoz las canciones que pasaban por la radio, todas del mismo estilo por ser un disco, aunque tenía otros que había dejado cerca de la radio por si les apetecía cambiar.
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Steven D. Bennington el Lun Jul 17, 2017 12:40 pm

Si Steven alguna vez debía contarle a alguien no mágico que era un mago tenía claro que no lo haría en un lugar público. Sus padres no contaban como personas a las que contarles nada, pues la información llegó con un enviado directo de Hogwarts hasta su padre y luego su madre…  Su madre se enteró por teléfono y parecía no creerse nada hasta que volvió  a ver a sus hijos en el primer periodo de Navidades de Steven en el castillo. Como fuese, lo haría en casa. En la calle corría el peligro que había mencionado Laith. Que la otra persona cogiese la varita y saliese corriendo y predicando el secreto. Mientras que en casa tendría que dar con la puerta de salida antes, como mínimo. Y para eso existían las cerraduras.

- Técnicamente ella no incumplió ninguna ley. ¿No? Cuando contó el secreto no existía una ley que prohibiese que se juntase con gente no mágica. Vale que no pasó lo normal y que acabó poniéndonos en peligro a todos pero… Realmente no incumplió nada. Contó su secreto a una persona y esta era una desequilibrada mental. O sacada de la caza de brujas y necesitaba quemarnos a todos, no sé. – Hizo una breve pausa cuando un nuevo dato curioso pasó por su mente por mucho que este no tuviese nada que ver con el resto de la conversación. - ¿Sabes que los pelirrojos y los zurdos eran juzgados por brujos? – Era un dato curioso  que siempre le había llamado la atención. Miró a Laith y frunció el ceño. - ¿Eres zurdo? – Alzó sendas cejas como si esperase una afirmativa para poder encender una hoguera. Por Merlín, ni que fuese la bruja roja. Aunque, como verían poco después, la noche sí es oscura y alberga horrores.

Cada anécdota de Laith era mejor que la anterior. Era el tipo de persona que coleccionaba anécdotas absurdas, como bien podía hacer Drake, pero él tenía la excusa de haber ido a parar a Hufflepuff.

- Se pegaría él también un susto y no querría darle más vueltas al asunto. Imagínate que estás haciendo tu trabajo en mitad de la noche y te aparece un grupo de niños con palos gritando palabras raras. Normal que quieras dejarlo pasar y limitarte a regañarles por estar dónde no debían. – Asumió el castaño afirmando con la cabeza. Al menos, eso le habría sucedido a él, ya que después de una situación de mucho estrés tendía a olvidar todo lo que pasaba a su alrededor hasta que lograba relajarse. No sería la primera vez que le sucedería algo así que muchos podrían considerar pérdida de memoria transitoria y que Steven consideraba como algo normal en una situación de estrés o nerviosismo.

Los nuevos participantes en su plan de pasar la noche en la playa no parecían brillar precisamente por su inteligencia. La conversación que pudieron escuchar antes de que dos de ellos saliesen volando gracias al hechizo de Steven bien podía haber sido la conversación más recurrente en un psiquiátrico por dos esquizofrénicos mal medicados.

Steven desvió dos hechizos que provenían de la varita del sujeto que aún seguía en pie y, por lo poco que había hablado, era el más inteligente del grupo. Afirmó a las palabras de Laith con un simple movimiento de cabeza y se volteó para encargarse de los dos hombres que, enfurecidos, corrían hacia ellos.

- Encárgate del listo. – Puntualizó Steven al ver como Laith recibía un golpe del hombre con complejo de Leprechaun.

La varita de Steven se alzó y apuntó al Leprechaun lanzando un Animabilis no verbal. El hechizo impactó directamente contra el hombre que se retorció antes de convertirse en un sapo de color naranja. A causa de la conversación del oro se lo había imaginado con el pelo naranja y, teniendo en cuenta que los Leprechaun vestían de verde, un sapo (que suele ser verde) de color naranja, era la opción que había surgido en su mente.

El animal empezó a croar al tiempo que saltaba intentando golpear las rodillas de Steven pero la arena le impedía dar saltos demasiados grandes.

- ¡Cabrón! ¡Has matado a mi amigo! – Dijo el otro, quién no había visto al sapo que saltaba cerca de las piernas de Steven.

- Venga, colega, esto no tiene que acabar mal.

- ¡Lo has matadooooooooooooooooooooooooo! – Definitivamente, no eran inteligentes. El hombre envistió contra Steven como si se tratase de un toro en busca del color rojo y Steven únicamente se limitó a desaparecerse fuera de su alcance haciendo que el hombre terminase por envestir a su tercer amigo, quién en aquel momento intentaba ocuparse de Laith.
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Laith Gauthier el Lun Jul 17, 2017 11:18 pm

Steven parecía firme a querer quitarle un poco de culpa a la chica, aunque nadie era capaz de hacerlo realmente. Si bien Laith podía entender que confiara en quien no debía, no podía justificar que revelara un secreto a quien, según los libros y la creencia popular, era un completo desconocido al que pretendía impresionar. No tenía el conocimiento más completo como para tener una postura firme, pero por culpa de ese evento había tenido tiempos duros, y nunca podrían quitarle de la cabeza que el mismo evento le había arrebatado a alguien importante de su vida.

No existía una ley que nos segregara por completo, pero estaba el Estatuto del Secreto que fue quebrado de forma estrepitosa —le explicó, iba a decir algo más cuando Steven lo interrumpió para dar el dato de los pelirrojos y los zurdos, y entonces le cuestionó si era zurdo como si planease juzgarlo y tirarlo en el acto a una hoguera. — ¿Piensas quemarme o algo? Hay formas más románticas de pedirme dejarte cocinarme, tío, también soy pelirrojo natural —aquello era mentira, pero servía para efectos de la broma, todo podía y sería transformado en una broma en manos de Steven y Laith.

Por la forma de ser del rubio, era sencillo tener todo tipo de anécdotas de lo más variopintas. Historias para todas las ocasiones, esa era particularmente divertida en su opinión, incluso soltó una risa dada la conclusión del mayor de no querer regañarlos de más por querer ignorarlo todo. De hecho, era algo así, aunque no le habían intentado hechizar sino que directamente lo cogieron a palos, nunca mejor dicho. Quizá debería ir a acampar un día de aquellos, invitar a algunos colegas y que pase lo que tenga que pasar, algo divertido seguro que sucedía.

Una vez que se vieron en medio de aquella improvisada pelea, sugirió que Steven se encargara de los que estaban más faltos de luces mientras él se encargaba del listo, quien los había empezado a atacar aún de pie cuando sus amigos salieron volando con el hechizo del fugitivo. — Dalo por hecho —asintió en cuanto le dijo que él se encargara del otro, intentaba hacer retroceder a aquel cazador mientras le cubría las espaldas a Steven, estaba consiguiéndolo de a poco mientras se defendía y lanzaba ataques también; no pretendía hacerle daño, sólo inmovilizarlo para poder hacer y deshacer en su mente con algún hechizo que lo pusiera a salvo.

Giró sobre su hombro en cuanto oyó que Steven había “matado” a uno de los otros, para poder comprobar la escena. No vio ni al hombre ni al sapo tampoco, pero sí como el otro hombre gritaba mientras se aproximaba hacia él al desaparecer Steven con tanta suerte que pudo esquivarlo causando que tacleara al tercer cazador. A Laith le costó dos segundos reaccionar y usar un Incarcerous que ató a los dos que habían caído juntos, y al sapo lo detuvo con un Petrificus Totalus; las cosas se habían dado extrañamente bien, mejor de lo esperado. Se preguntaba si él solo hubiese tenido tan buenos resultados.

Quién diría que sabías pelear, creí que sólo sabías repartir pizzas y recibir flechas —se sonrió divertido, como si nunca hubiese dudado que iban a salir bien parados de la situación. — No es que me avergüence de ti, tú sabes… Pero preferiría que no se acuerden que me vieron contigo, ¿qué tal se te da borrarle recuerdos a sapos? —le preguntó a su amigo mientras se acerca a los dos sujetos, mirando a la gente a la distancia que no pareció percatarse en ningún momento de aquel enfrentamiento. Les había amordazado con las cuerdas del hechizo para evitar el griterío y los improperios.

Hace tiempo que no le tocaba usar un Obliviate con nadie, así que esperaba conseguir hacerlo bien. Era una pena que una tarde tranquila se arruinase así, pero seguía teniendo un montón de cervezas, sólo hacía falta buscar otro sitio para bebérselas y no pasaba nada, si tres ineptos pensaban que podían arruinarle el buen ánimo estaban muy equivocados, se sonrió divertido mientras pensaba en ello, haciendo los respectivos hechizos.
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Steven D. Bennington el Miér Jul 19, 2017 10:25 pm

¿Laith sabía cocinar o quería decir que le podía cocinar a él vivo como si fuese miembro de alguna tipo de tribu caníbal perdida en la selva del Amazonas? De ser así, Steven sería un caníbal vegetariano, de esos que sólo se comen las palmas de las manos y las plantas de los pies. Pero por suerte para Laith, todavía no le había dado por el canibalismo y prefería seguir arruinando cualquier buffet libre por el fondo insaciable que llegaba a tener su estómago.

- Puede ser. Pero seguro que eres como esos inciensos para quitar el olor a tabaco y haces más mal que bien. – Frunció el ceño y arrugó la nariz fingiendo que olisqueaba a Laith antes de romper a reír. Lo peor de aquellos dos era su capacidad para alargar de tal modo una broma que esta parecía no llegar a tener fin.  Y es que ambos parecían guardar un as en la manga lleno de chistes incoherentes, bromas de mal gusto pero sin intención de dañar a su acompañante y, por supuesto, una positividad fuera de sí. Ambos siempre brillaban por su sonrisa. Y, en el caso  de Laith, porque su color de piel natural no era precisamente oscuro. Más bien era como un vampiro de Crepúsculo, brillaba con el sol.

Steven peleando era más surrealista que las obras de Dalí. Cualquier persona podía dar un puñetazo, una torta, un rodillazo, una patada… Bueno, pues Steven no. No porque no supiese, sino porque no le salía de dentro. No era de esas personas que reaccionaban con violencia. Más bien todo lo contrario. Si hasta cuando había un mosquito intentaba apartarlo en lugar de dar una palmada para matarlo. Eso de dañar seres vivos no iba con él. Eso sí, si estaban cocinados ya era otra cosa.

Incluso en sus tiempos de juventud había pasado por una fase hippie amante de las flores y de la música de los Beatles, los cuales a día de hoy  seguían siendo su grupo de música favorito. Por suerte, no se había topado con ninguna Yoko Ono en su vida, y no sólo porque no había nada más feo en este mundo que el culo de Yoko Ono.

- No sé pelear. Pero estudié transformaciones en la universidad. – Afirmó mirando al ahora petrificado sapo con curiosidad. Se agachó hasta situarse en cuclillas frente a la escena que formaban aquellos dos y el animalito y lo tocó para ver que era como si estuviese en un  laboratorio científico con ranas disecadas. Arqueó una ceja y le tocó una de las patas con el dedo índice. – Lo otro ha sido apartarme. Eso sabe hacerlo hasta un niño de diez años. Te lo digo yo, que tengo su mentalidad. – Se levantó dejando tranquilo al sapo que parecía disecado y a los dos hombres atados sobre la arena de la playa. Menudo espectáculo habían dejado ahí.

Nunca había borrado recuerdos a un sapo. Y si pensaba… Tampoco a una persona. Los hechizos para borrar recuerdos no eran algo que hubiese practicado mucho por lo que el resultado no tenía por qué ser necesariamente bueno.

- Puede que salga bien. Tira una moneda, si sale cara no lo consigo y si sale cruz… Quizá. Puede… - Hizo una breve pausa y se encogió de hombros. – Nunca lo he intentado. Tú eres el médico, a mí no me mires. – Aquello era como mezclar el tocino con la velocidad pero no era algo que a Steven le importase demasiado.

La escena que habían dejado era de lo más variopinta. Por suerte, no había gente en la playa observando lo que había sucedido y la luz no era lo suficientemente intensa como para permitir a los que pasaban por el paseo marítimo y los establecimientos cercanos ver la improvisada escultura que habían creado.

Elevó la varita en dirección a uno de los hombres y modificó sus recuerdos con un Memoror cambiatio. En ellos, el hombre había ido a la playa con dos de sus compañeros y habían bebido demasiado. Entre risas, habían acabado duelandose hasta convertir a uno de ellos en sapo y, por su estado de embriaguez, se habían vuelto incapaces de lanzar un simple Finite. Introdujo el mismo recuerdo en la mente de los dos hombres y del sapo para pasar a deshacer el embrujo de las cuerdas lanzado por Laith.

- Vamos, pensarán que bebieron hasta perder el control. – Apuntó a las cervezas vacías lanzando un Geminio no verbal para que pareciese que habían bebido más. Abrió otra de las cervezas y la derramó sobre los dos hombres y el sapo y, finalmente, lanzó un Confundus a cada uno de ellos para que estuviesen más, valga la redundancia, confundidos, de lo que ya lo estaban antes. – Larguémonos antes de que alguien nos vea. – Cogió sus pertenencias y esperó a Laith. A él le tocaba deshacer el petrificus, aunque sería divertido ver toda la situación desde algún lugar cercano.
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Laith Gauthier el Jue Jul 20, 2017 10:28 am

Laith no tenía ni la menor idea de cómo era que habían acabado hablando de canibalismo. Y es que, bueno, siendo ellos dos no es que realmente tuvieran las intenciones de ponerse a pensar en ello, de hecho, ¿cómo rayos era que habían llegado a ese tema en primer lugar? Ni siquiera parecía que momentos atrás se habían visto sumergidos en un tema tan taciturno como era la discriminación legal y que, en caso de ser desobedecida, habría severas consecuencias. Ese tema ya abandonado era una realidad tan grande como El Muro de Juego de Tronos; un traidor a la sangre y un impuro de sangre no eran precisamente la combinación más ética del mundo.

¿Hmn…? Bueno… Soy tan perfecto que al menos un defecto debería tener, hacer daño a los demás… —y se sonrió con elegancia, como si se tuviese bien creído que era un ser perfecto con una única imperfección. Lo cierto era que, a pesar de su alta autoestima, Laith era muy humilde, pero qué importaba si para efectos de la broma aquello podía ser usado como un juego. — Puede que yo sea un incienso que hace mal, o que tenga aroma a tabaco, pero… ¿Qué me dices de ti? Apuesto a que desde que escapaste no has visto una ducha, te regalaré jabones para tu cumpleaños —era su turno de meterse con el mayor.

El sanador no era dado realmente alguien agresivo, incluso podría considerársele pacífico, pero su paciencia tenía un límite. Pasado ese límite, sus respuestas podrían ser violentas, y ese límite era más corto con alcohol en la sangre. Por suerte en ese enfrentamento se limitó a hacer retroceder al enemigo y a defenderse de los ataques hasta que, por arte de magia, la suerte se puso del lado de los dos pseudocriminales. Como una especie de karma divino en compensación por la torpeza de ambos hombres las cosas les salieron increíblemente bien, de modo que sólo tuvieron que inmovilizar a los dos hombres y al sapo.

¿No te bastaba ser camaleón humano? —cuestionó al oír su formación universitaria, antes de sonreírse. — Es broma, creo que es genial que explotes tus habilidades —decidió ser honesto con él, una de esas escasas veces que conseguía hacerlo sin bromas de por medio. Aunque, claro, así de raro como era duró más bien poco, ya que luego pudo volver a molestarlo. — Ya… Un niño podría hacerlo, pero por eso lo dudo de ti —la sonrisa tan espontánea y brillante indicaba aquella picardía de indicar que era menos inteligente que un niño de diez años.

Steven era su amuleto de la suerte así como quien le traía las malas experiencias. No era una sino dos ocasiones en las que lo había puesto en peligro de descubrir su traición, aunque en eso Laith no pensaba demasiado, le gustaba creer, simplemente, que las cosas se daban porque tenían que darse. Soltó una risa al oír que una desmemorización de Steven era igual de probable como lanzar una moneda; la sonrisa, no obstante, se le borró un poco al oír que él, por médico, debía ser quien tuviese mayores conocimientos al respecto.

Claro… Porque yo en mi trabajo todos los días hago lavados de cerebro —ironizó un poco. Lo cierto es que en el trabajo sólo un par de veces habían tenido que recurrir a eso en casos suyos, y generalmente llamaban a un experto para ello. — Qué desperdicio —se quejó al ver que les vaciaba una lata de cerveza mientras él mágicamente limpiaba todo, enviando las cosas a su departamento para evitar inconvenientes posteriores. Cuando terminaron, no quedaba el menor rastro de su pequeña aventura a la playa.

A él le quedaba por despetrificar al sapo; nada más hacerlo, éste comenzó a saltar erráticamente en medio de su confusión para momentos luego quedar desplomado junto a sus dos humanos compañeros. Menuda aventura más rara habían tenido, pensó con una sonrisa, guardándose la varita al mismo tiempo que caminaba en dirección a la motocicleta, montando en ella porque no pensaba aparecerse en ningún sitio, para algo la había comprado.

¿A dónde vamos? —le cuestionó al mayor, esperando a que subiera y moviéndose medio metro al arrancar para evitar que lo lograra a la primera. — Si te da miedo, puedes abrazarme —le guiñó el ojo en un exagerado coqueteo sólo por molestarlo. Apenas el otro le dijera algún sitio y subiera, arrancaría, sin dar ni un solo vistazo al sitio que estaban dejando atrás. Quizá en otro momento harían mejores memorias que haber sido casi atrapados por tres mentecatos.
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Steven D. Bennington el Jue Jul 20, 2017 7:01 pm

Que  ataque tan gratuito. Como todos los que Laith hacía, claro. ¿Cómo podía decir que no se había duchado desde que era un fugitivo de la ley, la justicia y los jabones de olores? Él, que había vivido con Agnes durante meses y que ahora residía en un refugio con agua corriente con la que poder ducharse siempre que quisiese. Los que eran sucios eran los magos, por regla general. Sucios y desordenados, incluso de algunos se podría llegar a decir  que padecían Síndrome de Diógenes con la cantidad de basura que podía llegar a acumular en sus casas. Y detrás de sus orejas.

- ¿Dónde te crees que vivo? ¿En un contenedor de basura o entre periódicos en un banco del parque? – Preguntó retóricamente. Viniendo de Laith, cualquier respuesta sería peor que las posibilidades que le había dado. – Además, mi cumpleaños en diciembre. Tendría que estar un año sin ducharme para que me dieses un poco de jabón, menudo amigo más malo estás hecho. – Sería un año completo. Y es que el cumpleaños de Steven había llegado a coincidir con la batalla librada en diferentes zonas del Mundo Mágico.

Lo que sucedió a continuación poco tenía que ver con la conversación del jabón o con la historia de la mujer que había supuesto un cambio en la legislación mágica de Estados Unidos. No, aquello más bien tenía que ver con la manera en la que algunos magos intentaban ganarse la vida a costa de la salud del resto. O, más bien, de su vida. Pues de haber logrado capturar a Steven su vida habría llegado rápidamente a su fin en una bonita celda con vistas al mar en la prisión de Azkaban. Y si Laith tenía suerte, viviría un par de meses en la celda de al lado antes de que un dementor decidiese que no podía soportar sus encantos y le diese un cálido beso.

- Tenía curiosidad por saber cómo funcionaba todo eso, por algo caí en Ravenclaw. – Por mucho que lo negase o que en muchas ocasiones no lo aparentase, Steven no era precisamente tonto. No era un lumbreras, ni mucho menos. Pero tenía la cabeza suficientemente amueblada y no tenía dificultad alguna a la hora de comprender las cosas. Por mucho que en ocasiones fingiese lo contrario únicamente por diversión. – Sí, yo soy más como uno de ocho años. Suerte que te tengo a ti que tienes seis. – Dijo continuando la broma y sacando la lengua de manera infantil para contestar a Laith.

No quedaba otra que cambiar los recuerdos de aquellos hombres. Preparar la escena del crimen para que se creyesen aquella falsa historia y salir de allí antes de que fuese demasiado tarde y tuviesen que volver a duelarse con dos hombres y un sapo. Porque el sapo seguía siendo un sapo, aunque parecía disecado.

- A Madagascar. – Dijo en modo irónico mientras se subía a la moto de Laith. – Tengo pánico a las motos, jamás me subiría a una. Lo hago porque es cuestión de vida o muerte. – Obviamente no era cierto teniendo en cuenta que para su trabajo en la pizzería debía usar una motocicleta. Aunque era  muy diferente a la de Laith, por supuesto.

Sonrió de medio lado e hizo que la moto junto con ambos magos desapareciese de aquella zona de la costa para situarse en las afueras del zoológico de Londres.

- ¿Alguna vez has entrado a un zoológico cerrado? – Preguntó con una sonrisa un tanto infantil. Él no lo había hecho, pero al convertir a aquel hombre en sapo era lo primero que se le había ocurrido para visitar después de marcharse de allí.
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Laith Gauthier el Sáb Jul 22, 2017 5:50 am

No le había importado hacer uso de una mentira con tal de poder disfrutar un momento con el fugitivo hablando de otras tonterías. No pensaba que no se duchase nunca, estaba seguro que incluso queriéndolo Agnes lo cogería del pellejo como un gato y lo obligaría a bañarse cuando la fuera a visitar. La imagen resultó ser más divertida de lo que jamás pensó y soltó una risa para sí mismo mientras negaba con la cabeza. El fugitivo tardó más bien poco en refutar su pensamiento y la acusación a la que lo sometía.

La última vez me dijiste que vivirías en periódicos en un banco del parque… En todo caso, lo dudo, ahí podrían pillarte fácilmente, pero tal vez en un contenedor de basura como ese personaje de Plaza Sésamo… —aunque la pregunta era retórica, decidió contestarla porque podía y porque quería, así que con una inocencia fingida le indicó ser aquel personaje. — Al final la mugre haría una capa protectora contra los hechizos, para qué necesitas hechizos de protección cuando tienes un año de mugre cubriéndote —aquello era imposible, pero qué importaba.

Corrieron con mucha suerte de que las cosas no se complicaran demasiado, mitad por la suerte que habían corrido y mitad por el hecho de que los tres sujetos estaban faltos de luces. Casi admirable era que hubiesen conseguido con apenas un par de heridas, pero valía la pena con tal de no acabar con suerte en prisión y, sin suerte, quizá muertos en el acto. Besar a un Dementor nunca había sido precisamente el sueño de su vida, así que, de ser posible, moriría de una forma más agradable que aquella.

Serías más genial si hubieses caído en la casa de los mapaches —esa casa le gustaba, aunque nadie había podido hacerlo entender que no era mapaches sino tejones. Qué le importaba si al final no iba a estar en esa casa nunca en su vida, él era Pukwudgie hasta la muerte. — Entre tú y yo tenemos catorce —se jactó como si fuera posible “unir” las edades de ambos para hacerse mayores cuando estaban juntos, aunque claramente no sería así. De lo contrario tendrían cincuenta y tantos juntos y eso no era nada bonito.

Asintió como si fuera evidente que iban a Madagascar. — Vamos a visitar a los pingüinos —obviamente estaba hablando de esos pingüinos de la película del mismo nombre, Madagascar, pero si no lo pillaba el otro no era muy relevante en realidad. Le divirtió oír de su supuesto pánico a las motos, cosa que debía de ser mentira por su trabajo de repartidor.

Sus intenciones eran llegar de regreso a Londres de la forma nomaj, aunque Steven no tenía la misma idea porque lo apareció a traición. Frenó con un chirrido de las llantas al llegar y tosió dolorosamente, bajando un pie para hacer soporte a la moto mientras se apoyaba con los antebrazos en el depósito de gasolina, su frente en sus palmas y sus dedos entre el cabello. Aquel traidor sabía que se le daba mal aparecer, ¿por qué ni siquiera le avisaba? Se quejaba mentalmente mientras intentaba sobrellevar el vértigo y la falta de aire. Seguramente la licencia se la había sacado de forma corrupta sobornando al examinador.

Tío, eres un traidor, te odio —se quejó en cuanto el aire le permitió hablar. Su pregunta sobre el zoológico no la había escuchado, pero alguna vez entró a algunos de su país y también al zoológico de Central Park donde a un colega suyo casi se lo comían. Hubiese sido una buena historia para contar, pero no sería contada. — ¿A dónde me has traído? ¿Me vas a descuartizar y enterrar por partes? Que no se ensucie mucho mi cabeza —le pidió, no había levantado la cara de sus manos porque se caería al hacerlo, sólo una vez pasado el mareo consiguió alzar la vista.

Se extrañó de estar a las afueras de aquel zoológico, ¿qué estaba pensando el otro? Una de esas travesuras que a veces hacían, con toda seguridad, no podía dejar de pensar en ello. Estaba aún un poco inquieto si tenía que ser honesto, pero el postaparición ya estaba pasando y por ello al menos no odiaba todo a su alrededor. Eran los minutos más horribles de su vida, que hacían acto de presencia luego de cada aparición sin conseguir acostumbrarse a ellas.
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Steven D. Bennington el Mar Jul 25, 2017 9:31 pm

¿Y si realmente funcionaba? La mente de Steven era dada a divagar sobre prácticamente cualquier tema. No importaba de qué se tratase, Steven era capaz de darle una y mil vueltas a un mismo tema hasta marearse y tener ganas de  echar su primera papilla. Y, en aquel caso, no iba a ser menos. Había métodos mágicos para protegerse. Desde un hechizo protector hasta una de esas capas de invisibilidad de las que tanto se hablaba. Steven había oído hablar de ellas en los cuentos que había visto en la biblioteca de Hogwarts, cuentos similares a los de Caperucita Roja pero en la  versión de los magos, que poca relación guardaba con las historias que los muggles contaban a sus hijos antes de ir a dormir cada noche. Pero, ¿Y si existía la manera de repeler la magia a base de mugre? No, ni siquiera alguien como Steven veía esa opción como algo verdaderamente factible.

- Podría montarle un buen estudio ahí abajo. Ahora están de moda los pisos pequeños, mira los japoneses con sus casas de cinco metros cuadrados. Podría tener mi propio contenedor y vivir a cuerpo de rey. Incluso podría ponerle un hechizo como los de las tiendas de campaña y tener un maldito castillo. Lo único… Si alguien tirase basura puede que tuviese visitas inesperadas en casa. O si un camión de basura decide vaciar mi casa como si fuese un piso ocupa, claro. – Comenzó a divagar, pero había  comenzado a ver aquella opción como algo más factible de lo que parecía a simple vista. No es que se estuviese replanteando vivir en el interior de un contenedor de basura, ni mucho menos. Pero sí veía muy útil el uso de objetos parecidos a modo de vivienda.

Tardó un buen rato en darse cuenta que la casa de los mapaches era la casa de los tejones. Al fin y al cabo no eran animales muy diferentes, aunque los mapaches eran cien veces más adorables que un tejón. Seguro que en el zoológico podían encontrar varios de estos animales con facilidad e incluso pararse a hacer una lista de diferencias y similitudes entre ambas especies. Si es que a alguno le interesaba, pero no era el caso.

- Entonces yo soy el mayor mentalmente hablando. – Si entre ambos tenían catorce años mentales y Steven por sí solo tenía ocho, Laith no superaba los seis años de edad mental. Algo muy acertado teniendo en cuenta el comportamiento del rubio, el cual tampoco se diferenciaba mucho del de Steven.

No tenía ni la más remota idea de dónde podían ir. Lo que era más que evidente era que ambos debían salir de allí como alma que lleva el diablo si no querían verse metidos en aún más problemas de los que ya lo estaban. Los dos magos y el sapo no tardarían mucho en volver a ser personas con movilidad total y control de su cuerpo y, aunque pensaran que todo había sido fruto del alcohol, era posible que pudiesen verles a lo lejos y volver a identificar a Steven. Lo que sumiría a ambos chicos en un círculo vicioso de ser perseguidos, duelarse y borrar mentes hasta el final de los tiempos.


- Eres un mago horrible. Te juntas con sangre sucias y odias aparecerte. ¿Tienes acaso licencia? – Preguntó sin estar muy seguro de que la respuesta fuese a ser una afirmativa. Si era sincero, no tenía recuerdo alguno de Laith apareciéndose de un lado a otro aunque sí que sabía que no le agradaba ni lo más mínimo. No lo recordaba. Steven tenía una memoria selectiva y en aquel caso su mente había decidido guardar esa información al margen del resto.  - ¿Bromeas? Soy demasiado vago para hacer eso. Yo te tiraría al río para que los peces hiciesen el trabajo duro. – Eso no era una broma. Sería demasiado vago para hacer algo tan complicado y trabajoso como sería asesinar a alguien, descuartizar su cadáver y encima tener que hacer agujeros en la tierra para cada una de sus partes y luego volver a tapar los agujeros con arena. Laith le tomaba por alguien demasiado trabajador para decir aquello. - ¿Estás bien? – Preguntó al verle con tan mala cara. – Que lo de matarte no iba en serio. – Añadió sacudiendo su cabeza para cambiar ligeramente su aspecto físico.

Su cabello se tiñó de un tono anaranjado, sus ojos se volvieron azules y ganó por un par de años en su rostro. Su rostro seguía teniendo un aire del suyo propio pero era difícil dar con Steven bajo aquel disfraz.

- Tú tendrás que conformarte con un pasamontañas. – El único problema es que no tenía uno. Eso ya era cosa de Laith. Sonrió antes de golpear con la varita el cabello del chico para volverlo de color negro y sonrió. – No te sienta mal. ¿Has probado a ponerlo negro y no rubio pollo? – Preguntó mirándole de arriba abajo.

Steven se acercó a una de las puertas de servicio y sin demasiada dificultad abrió la puerta con ayuda de la varita, abriéndose paso a un pequeño cuartito con ropa de los trabajadores. Steven miró a Laith y sonrió. Se le acababa ocurrir la brillante idea de disfrazarse por si las cámaras les grababan o se topaban con algún guarda de seguridad.
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Laith Gauthier el Lun Jul 31, 2017 2:03 am

Laith había dejado de darle vueltas a la posibilidad de que existiese mugre protectora; de hecho, no le sonaba que hubiese un objeto parecido ni siquiera, aunque en realidad debería ser maravilloso que existiera, pues realmente sería útil. De todos modos, el tema que más los ocupó fue el de una casa dentro del contenedor de basura, lo malo de esas bromas es que, como magos, tenían esa opción de hacer el lugar más grande y ya no daba mucha gracia, con los nomaj no pasaba eso. Pero era cierto, era una buena forma de vivir si alguna vez tenía que irse de su departamento y no tenía forma de quedarse en un sitio evidente, que esperaba no sucediera pronto.

El día que descubra que vives en un contenedor, me aseguraré que no quede uno solo sin una visita de un camión de basura, avisado quedas —bromeó de nuevo, pareciéndole curioso que encontrase una buena idea de aquellos juegos aparentemente estúpidos que tenía con Steven, que si bien la mayoría lo era a veces tenían aquellas joyas de donde sacar ideas buenas para el día a día. Sí, deberían darles un premio o algo.

El rubio disfrutaba a veces de perder la compostura y no ser otra cosa que un niño de seis años mentalmente; pasaba mucho estrés en su trabajo, en general en su vida diaria, así que un encuentro con Steven era catártico, tanto que lo ayudaba a olvidarse un poco de todo. Disfrutaba de esos momentos sin tener que ser el sanador serio y maduro, o el mago aparentemente purista que no quería que rodase su cabeza. Con Steven, simplemente era… Laith, no había nada más.

Claro, también eres un anciano hablando de edad, sólo por eso me ganas… Tenían que compensarte de alguna manera haber sobrevivido, ¿cuántos? ¿Treinta años? —por su tono, daba a entender que no creía que era fácil que ese fugitivo hubiese sobrevivido tanto. Y es que a veces le contaba historias que le hacían preguntarse cómo pasaba sin morir su día a día, pensaba que él era impertinente, no obstante mirar a Bennington lo dejaba en ocasiones como la persona más racional en la faz de la Tierra.


Gauthier se sintió un tanto ofendido con el comentario, si como mago era genial… Bueno, dentro de lo que cabía, no podía ser perfecto; pero ser un tipo altruistamente suicida que se junta con nacidos de nomaj y sus problemas de aparición no significaban nada, consideró. Al menos eso pensaba haciendo dramas mentales conforme conseguía soportar el mareo. De todos modos, no se defendió sino hasta que suficiente aire como para hacerlo sin forzarse demasiado.

No lo digas como si te hiciese mejor que aparezcas sin problemas, ¿será el nuevo régimen? ¿Discriminación a los que no podemos aparecer correctamente? —cuestionó con un tono indignado, — Para tu información, tengo licencia, pero no prometo no haber sobornado al examinador —comentó. Lo cierto es que él no había seguido el procedimiento, así que con toda posibilidad alguien más sí que habría sobornado al hombre, pero no es que importase demasiado a esas alturas. — No sólo me traicionas sino que me tiras al mar, ¿sabes lo mal que se conserva un cuerpo en el agua? Al final acabaría todo arrugado y mordisqueado por los peces —se quejó con ese tono vanidoso que a veces utilizaba.

De hecho, en realidad dependía del tipo de cuerpo de agua en el que dejaran el cadáver, pero no iba a ponerse en modo científico para una conversación tan banal. Asintió finalmente cuando le preguntó si estaba bien, sólo era cuestión de tiempo para que regresase toda su energía a su cuerpo. Miró al metamorfomago hacer su magia al cambiar de aspecto físico, a sus ojos seguía siendo Steven sólo que con otro color de cabello, incluso si también modificó su rostro. Era parte de su memoria para las caras.

Claro, un pasamontañas así a lo ladrón —sonrió divertido, — o un calcetín, no tengo pasamontañas… —corrigió entonces, recordando las caricaturas, antes de que su cabello cambiase a negro, notándolo por un mechón que caía cerca de su rostro. — Hacía creo dos años no tenía el pelo oscuro… Quizá debería dejármelo al natural una temporada —consideró sinceramente, no lucía tan mal y le daría discreción en el mundo mágico. Era una pena porque ya no sería fácilmente localizado en los antros.

De todos modos, había dejado la motocicleta en un sitio más escondido antes de ir con el ahora pelirrojo para pasar al cuarto que parecía ser un vestidor de empleados. Le costó más bien poco entender la mirada de Steven. La idea de los disfraces no venía mal, aunque por un momento creyó que eso de disfrazarse le iba especialmente bien al fugitivo, que hasta era un camaleón humano. Ahora esa habilidad formaba parte de los planes improvisados que a veces se hacían, muchos de ellos tontos e imprudentes como meterse a un zoológico como si no fueran otra cosa que adolescentes.

Si hubiésemos crecido juntos, yo te habría dicho que no jugabas si jugábamos a los disfraces cuando niños —le dijo con un tono divertido y travieso, era divertido imaginarse a un Steven pequeño enfurruñado porque no jugaba por ser demasiado bueno en el juego. Todo aquello mientras buscaban ropa para disfrazarse de trabajadores.
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Steven D. Bennington el Vie Ago 04, 2017 4:17 pm

Era el tipo de persona a la que resultaba fácil engañar. Su inocencia se podía oler a kilómetros de distancia y cualquiera con un mínimo de maldad recorriendo sus venas sabía cómo aprovechar eso en su propio beneficio y poder hacer con Steven lo que quisiese. Era bueno hasta la médula. Tan bueno que en ocasiones era tonto y cualquiera podría aprovecharse de él con facilidad. Por suerte, no era fácil acabar con él ni capturarlo por sencillo que pudiese parecer. Acabar con Steven era como quitarle un caramelo a un niño, teóricamente fácil, pero todo cambiaba cuando lo pasabas a la práctica. Había sufrido el ataque de numerosos mortífagos, había sido perseguido, había sido herido y perdido gran cantidad de sangre en el camino, había sido engañado para caer en trampas e incluso había saludado a la muerte de cerca. Pero a pesar de todo aquello, se mantenía de una sola pieza. A pesar de todas las dificultades a las que día a día se había enfrentado, seguía con vida. No era tan fácil quitarle el caramelo a un niño.

- Y uno. Pero piensa que sólo llevo desde diciembre siendo un delincuente. Los años anteriores no se me había considerado todo un criminal peligroso para la sociedad mágica. Ya sabes cómo somos los ladrones de magia. Sigilosos y pasamos de inadvertidos pero en cuanto tenemos una oportunidad… ¡Zasca! Lanzamos piojos mágicos y nos hacemos con toda la magia a nuestro alrededor. – Dijo con una sonrisa radiante. Steven era de esas personas cuya sonrisa permanecía estática en su rostro y, de desaparecer, era porque las cosas se habían puesto realmente turbias. -  A lo mejor debería abrir mi propia tienda de sombreros y embrujarlos para ir robando magia a todo aquel que se los pruebe. ¿Crees que en Gringotts me darán un crédito? Mira que puedo pasar desapercibido. – El color de su cabello se volvió totalmente negro pero rápidamente recuperó su tonalidad habitual.

Él no iba a hablar de licencias ni iba a juzgar a nadie por ellas. Más que nada porque su licencia de conducir parecía haber caído del cielo. Por suerte, después de aprobar el examen había conseguido aprender a base de práctica. Si hubiese seguido con el mismo dominio del coche que el día que aprobó el examen… Los Mortífagos no hubiesen necesitado acabar con él, ya lo habría hecho él solo.

- A mí me regalaron la de conducir, me ahorré pagar el soborno. – Se encogió de hombros. – Mi examen fue hacer tres rotondas y volver al centro de exámenes. No tuve ni que aparcar. Y se me caló el coche dos veces. Pero aún así aprobé. Creo que porque no atropellé a ninguna viejita, aunque mi profesor de conducir siempre decía que eso contaba doble. – Añadió con tono bromista. Por suerte, la clase en la que casi acabó con la vida de un motorista no fue el día del examen. – Oye, hay gente que mete los pies en cubos de agua llenos de peces para que les mordisqueen las durezas. Yo te doy ese servicio gratis y por todo el cuerpo. ¿Cómo puedes decir que eso es traición? Soy un amigo inmejorable.

Colarse en un zoológico no era la mejor idea que había tenido. Posiblemente jamás llegaría el momento en el que pudiese decir “Sí, Steven, esta es la mejor idea que tuviste en toda tu vida”, más que nada porque sus ideas tendían a ser peligrosas a la vez que estúpidas.

El color de pelo de Laith cambió tras modificar su propio aspecto físico. Steven contaba con la ventaja de poder modificar su cuerpo prácticamente a su antojo y  más cuando había estado practicando como nadie durante los últimos meses para no ser capturado.

- ¿Tú pelo es así de horrible natural? Digo, el rubio pollo. – Elevó sendas cejas un par de veces antes de romper a reír, abriéndose paso al interior de aquel habitáculo.

Steven comenzó a ponerse la ropa de color azul marino con el logo del zoológico cosido tanto en la espalda como en un lateral del pantalón. Se colocó una gorra con el mismo logo y comprobó que su camiseta tenía una insignia con el pase de seguridad y un nombre.

- Ahora soy Lewis Carlson. – Sonrió orgulloso. – Venga, Hannah Smith, tenemos trabajo que hacer. – Cogió una de las escobas tras mirar el nombre escrito en la ahora ropa de Laith y salió por la puerta en dirección a la jaula más cercana.

En aquella ocasión se trataba de una jaula donde se encontraban varios monos dormidos. A diferencia del resto, uno se acercó a donde se encontraban Steven y Laith y comenzó a hacerles señas, como si tuviese algo que decirles. Steven, como toda persona infantil, se acercó sin pensarlo dos veces y el animal se alejó hacia uno de los árboles, trepando a una de las ramas y jugando entre ellas.

- Yo creo que has ligado. ¿Es tu tipo? – Rió el ahora pelirrojo mirando en dirección al simio.
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Laith Gauthier el Jue Ago 17, 2017 9:45 pm

Steven era precisamente el tipo de personas que valían la pena. Que aunque tuviesen todo tan duro por ser un fugitivo sólo por su sangre, simplemente era feliz porque así debía estar. Una vez alguien le dijo que cuando uno creía que las cosas iban a salir bien, todo el universo conspiraba para que así sucediese, era cuestión de mentalidad y a veces lo confirmaba con el otro. ¿Cómo era posible que siendo tan ingenuo y aparentemente torpe Steven siguiese libre y en una sola pieza? No había otra explicación lógica a ello que no fuera esa rara forma de ver la vida, al menos así lo consideraba el sanador, quien sonreía ante las palabras del mayor.

Treinta y uno, menudo anciano… —murmuró para molestarle un poco, de forma traviesa. — Mira, no sería una mala idea, luego puedes hacerte un cetro que tenga toda la magia comprimida y ya está, el rey fugitivo —con sus manos hizo la forma del cetro mostrando que la magia estaría en la “esfera” en una de las esquinas, le pareció haberlo visto en alguna serie o película, no recordaba ahora mismo cuál. — Pero no creo que en Gringotts te den crédito, yo no me fío de esos duendes, sólo hay que verlos con esas caruzas de pocos amigos —y procedió a hacer una de esas caras de los enfadados duendes.

Soltó una risa en cuanto lo oyó decirle que tampoco estaba seguro del por qué había aprobado la lección de conducir. Él para conducir era muy bueno, para aparecer era evidente que no tanto. Muchas veces dependía de su vida el hacer una aparición, de lo contrario tendía a utilizar cualquier otro medio de escape. Sólo supo negar con la cabeza, sintiéndose raramente identificado, a él se la habrían dado por no dejarse una pierna en despartición o algo así. Le dio un leve golpe en el hombro cuando le dijo aquel regalo de meterlo en el agua a que los peces lo mordisquearan, una sonrisa divertida en los labios.

Tener el cabello oscuro le hizo sonreír divertido, hacía mucho tiempo no lo tenía así desde un día que se atrevió a teñirse de rubio. No podía decir que fue la peor decisión de su vida así que así lo mantuvo durante todo ese tiempo. — Primero, el rubio pollo es sexy y segundo, no, naturalmente lo tengo castaño —hizo un pequeño ademán vanidoso con una sonrisa encantadora, para entonces seguir con vestirse con el uniforme del zoológico, sin fijarse en la insignia de seguridad sino, más o menos, en la complexión del traje.

Lewis leyó su propio nombre en la camiseta y entonces leyó el suyo, Hannah, no pudo evitar soltar una carcajada conforme salía de ahí junto con él, ¿para qué rayos quería Steven meterse a un zoológico? No lo sabía, pero lo iba siguiendo a ver qué resultaba de eso, caminando a través del lugar mientras miraba alrededor hasta que Bennington pareció encontrar a alguien de su especie que le hizo en señas hasta que se acercaron a su celda, dirigiéndole una mal fingida mirada de supuesto enfado a “Lewis”.

¿De qué hablas? Creo que es tu hermano gemelo o algo, ¿no viste que hasta te hablaba en lenguaje en señas? Sabe que te haces el sordo a veces —se metió un poco con él y su condición auditiva, sabiendo que el otro no se lo iba a tomar a mal, recargándose en la barra del reja que impedía a la gente acercarse demasiado. — Hasta se te parece —le molestó un poco. — Oh… Quizá viene a decirnos que el pasado puede doler, pero puedes huir de él o aprender —y acto seguido le dio una colleja, imitando a Rafiki cuando le da aquella lección a Simba, sabiendo que seguramente entendiese su referencia. — Vamos a buscar a los pingüinos.

Había dicho el primer animal que se le había ocurrido, empezando a caminar mientras jugaba con el manojo de llaves de Hannah llevaba en uno de sus bolsillos, descuidada Hannah que dejaba las llaves en su ropa y las ponía en manos de su suplente. Las hacía girar en uno de sus dedos traviesamente mientras caminaba por ahí, no debían dejar entrar a dos adultos con mente de críos a un lugar así, qué mala seguridad que no los había pillado. De todos modos, empezó a ver a la mayoría de los animales durmientes bajo el tintineo de las llaves con las que jugaba, sonriendo ligeramente hasta que se le cruzó un aviario, a lo que su sonrisa se tiñó de picardía mientras abría la enorme jaula donde uno podría caminar por ahí con naturalidad.

Señor Carlson —lo invitó a pasar, cerrando detrás de ellos, ya abriría la puerta del otro lado a ver si encontraban a los pingüinos que estaban buscando. Lo que sucedió es que un mosquito gigante lo atacó, o más o menos. Quizá la diferencia radicaba en que no era un mosquito gigante, sino un pequeño colibrí, y que no lo estaba atacando sino que empezó a revolotear alrededor de él curiosamente. — Anda, vete a dormir, los colibríes no son nocturnos —le riñó con una risilla divertida.
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Steven D. Bennington el Sáb Sep 09, 2017 12:51 pm

Hay quién decía que el rostro era el espejo del alma. O quizá aquella frase no era así y había vivido los últimos segundos de su vida en una mentira. Pero de cualquier forma, si aquello era cierto, demostraba la creencia de Laith sobre la desconfianza en los guardianes de Gringotts. Los duendes que se encargaban del banco de los magos no se caracterizaban por sus dulces y amables sonrisas. Tampoco por su belleza capaz de ganar cualquier concurso de belleza. Más bien por todo lo contrario, y es que los rostros arrugados de aquellos pequeños hombrecillos con orejas picudas distaba mucho de ser grato a la vista. Además, dn la mayoría de los casos, ni siquiera eran amables y no hacían más que demostrar que eran tan feos por fuera como por dentro. Pero Steven, quién siempre había intentado ver lo mejor en las personas (también en elfos domésticos, duendes, ogros, trolls y cualquier otra criatura que no fuese un unicornio, pues todo el mundo sabe que el unicornio es una criatura perfecta rellena de purpurina y buenos deseos) considera que aquel comportamiento tan amargo sólo quería mantener a los ladrones lejos de Gringotts y que aquellas criaturas eran un saco de bondad y alegría cuando estaban lejos de su lugar de trabajo.

- Ellos no son de fiar y yo soy un fugitivo, la combinación perfecta. La gente que no es de fiar llama a más gente que no es de fiar. Por eso estás aquí. - Remarcó con una sonrisa divertida. Steven, por lo general, era como el algodón de azúcar: dulce y blando. Pero con Laith el algodón de azúcar se empapaba hasta convertirse en una masa sólida y menos dulce. Quizá era la única persona con la que Steven se metía. Y es que aquel hombre de bueno podía llegar a ser tonto. Y aquello último era más bien una afirmación.

¿El rubio pollo era sexy? Quizá lo era, pero Steven veía a Laith tan sexy como a un ladrillo en mitad de una obra llena de otros mil ladrillos exactamente iguales. Si ya le costaba fijarse en el género opuesto como para encima tener que fijarse en dos géneros. Quizá por eso a veces se sentía tan asexual.

- ¿El champú tiene extractos de lejía para mantener el blanco natural? - Preguntó burlón como si se tratase de algún tipo de prenda blanca cuyo dueño intentase que no acabase amarilla por los lavados.

Lo único brillante que sumaban aquellos dos era el pelo de Laith e incluso eso había desaparecido por arte de magia. Eso hacia que el plan de Steve mo fuese brillante. Más bien una idea suicida de alguien con nada mejor que hacer y una percepción del peligro similar a la de un niño.

- Sólo espero que si dice eso no nos golpee primero con un palo. - Hizo una breve pausa y volvió sobre las palabras de Laith que había intentado ignorar cual niño. - Y si fuese mi gemelo ya podrías dar gracias que esté intentando ligar contigo. No todos los días te intenta conquistar un mono tan guapo. - Realmente no era alguien con un ego tan grande como para creerse algo así, más bien se consideraba un tipo del montón. Pero eso no quitaba que usase aquel tipo de comentarios (o cualquier otro) con el fin de molestar a Laith. O al menos hacer un intento. - Cuando era pequeño mis padres me llevaron al zoo en Australia. Había una jaula de cristal donde tenían a los monos. La cristalera estaba llena de mierda de mono y arriba había una rejilla para que pasase más aire y, supongo, para que no se ahogasen en el olor de su propia caca. Días después vi en las noticias que habían encontrado el modo de lanzar la mierda a los visitantes tirándola hacia la reja. - Aquello debía haber sido asqueroso para el que tuvo que comprobarlo pero para Steven, quien sólo lo había visto, era algo más que divertido. - Conclusión, si sales con un mono te llenará todo de mierda. Cuidado Laith, puede que el mono sea muy mono, pero no muy limpio.

Cambiaron su rumbo para ir en busca de la zona donde habitaban los pingüinos sin demasiado éxito. Tenía que admitir que ninguno sabía orientarse en aquel lugar y a todo aquello había que sumarle que era de noche.

- ¿No es como el bicho de Pocahontas? El mapache no, el otro. - No era la primera vez que tenían una conversación sobre personajes de Disney, por lo que no era una conversación tan rara entre magos.

Acto seguido una luz apareció a pocos metros de donde se encontraban.

- ¿Quién anda ahí? Puedo oiros. - La voz de un hombre les alertó, no estaban solos. El castaño pegó la espalda a la pared comp si aquello fuese algún tipo de inocente juego del escondite. - Los animales no saben escapar de sus jaulas. Y tampoco hablan.

- Fingir que trabajamos aquí no es factible, ¿No? - El de seguridad tenía que ser muy tonto para creerse que Laith se llamaba Hannah. Aun con ese pelo.

Sólo había una opcion: correr.
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Laith Gauthier el Mar Sep 12, 2017 12:00 am

Laith usualmente no prejuzgaba, pero había situaciones en las que era inevitable en cierta medida. El mal carácter de los duendes no era un caso aislado, sino que por norma casi todos los duendes de Gringotts eran desagradables y no le inspiraban confianza, en contadas ocasiones habría visto a alguno que rompía con el molde. De todos modos, asintió en un par de ocasiones, de acuerdo con su analogía, su filosofía de que la gente que no era de fiar se unificaba, sin esperar que fuese a decirle que él no era de fiar, dato que le provocó parpadear y mirarlo con un gesto que mezclaba sorpresa, diversión y enfurruño.

Depende de a quién le responda, claro… Mira, que ser un traidor no declarado y hacer mal los cálculos a propósito para pagar menos cuando dividimos cuenta no significa nada, ¿vale? —se burló, añadiendo ese dato falso para remarcar la broma. La verdad era divertido discutir así, siempre tenía la sensación de que los dos podían ser muchísimo más blandos, lo que causaba que le diese gracia a Laith que se llevasen a piques la mayor parte del tiempo, como aquel insulto a su cabello. — Naturalmente, ¿cómo sino tendría el pelo así? Ni que hubiese decolorantes o hechizos para el cabello —habló con sarcasmo, acomodándose la ropa en un gesto vanidoso.

El encuentro con el mono fue raro, pero habían, cómo no, sacado provecho entre bromas y desvaríos, haciendo un sonido de queja burlona nada más escuchó que debía sentirse halagado de que un mono tan guapo tratase de cortejarlo, puesto que su atractivo lo sacaba del supuesto parentesco con el fugitivo a su lado. Le resultó rara la comparación, no pudo evitar imaginarse un zoológico de gente nacida de nomaj, demasiado escalofriante como para que siquiera le diese un poco de risa. El tema, sin embargo, pronto se desvió nuevamente, esta vez a una experiencia del mayor.

¿Lo descubriste cuando te cayó una sorpresa demasiado grande como para ser de paloma…? Espera, no respondas a eso, prefiero ni siquiera hacerme la imagen mental —su intento de joder le salió mal, con lo asqueroso que era el pobre sanador ni siquiera quería considerar la posibilidad de pensar en ello. — No escuches a Steven, piensa en helado, Laith, piensa en helado de fresa —se habló a sí mismo exagerando su reacción, aunque no era tanto una exageración, con los índices y medios en las sienes buscando concentrarse en la imagen del helado de fresa que nada tenía que ver con mierda de mono.

Algún día iba a aprender a no decir las jugarretas tan pronto como las pensaba, por riesgo de que la jugada le saliese mal justo como en esa ocasión. Pero, en fin, habían dirigido su rumbo a los pingüinos, entrando por la reserva de aves y pronto viéndose en un ataque comandado por un pequeño colibrí al que le había llamado la atención causando que revolotease alrededor de él, por mucho que el rubio ahora moreno intentase reñirlo para que le dejase en paz y se marchara a dormir otra vez.

Uhm… ¿Flit? Sí, sí… Ah, quizá viene a decirme que deje de perder el tiempo y vaya en busca del guerrero más fuerte de toda la tribu —Flit, ese pequeño colibrí, era su personaje favorito de esa película, secundado por el mapache y el perro. También tenía un crush secreto con Kocoum, pero eso nadie tenía por qué saberlo. — O tal vez… —empezó a hablar, mas no finalizó, ya que escucharon a otro hombre que parecía haberles pillado, muy para diversión de Laith. — También podemos fingir que somos aves, tú te pareces a un pato torpe —él podría camuflarse, Steven evidentemente no por mucho tiempo, así que sólo les quedó una opción. — El último que llegue a la moto invita la comida china de la próxima vez.

Porque podían salir corriendo sin decir nada, pero no sería tan divertido que poniendo sobre la mesa una apuesta. Dicho aquello, Gauthier comenzó a correr por donde habían venido, notando la luz de la lámpara del hombre. Buscó en su bolsillo (el de Hannah) las llaves y localizó la que les daría el escape, pues en un ágil movimiento había conseguido abrir la puerta. En su imaginación, claro, porque en la realidad intentó con una que no sirvió, la segunda tampoco giraba, ni la tercera, mucho menos la cuarta. El hombre se acercaba ordenándoles que se detuvieran, la luz se movía inquietamente para hacer notar que estaba corriendo en su dirección.

Sólo la séptima llave abrió, al menos no había sido la última como en esas películas absurdas o cuando intentaba uno entrar a su casa luego de un día duro y queriendo ir al baño. El guardia estaba pisándoles los talones a causa de la torpeza cerrajera del menor, podrían encontrar el modo de entrar por donde vinieron, si había tiempo, lo que no esperaba, se quitaban el uniforme y luego se largaban de ahí como almas que lleva el diablo. Se decía fácil, pero no lo era cuando el vigilante dio el aviso y ya otro par los buscaba por el zoológico, haciendo que en cierto momento tuvieran que esconderse cerca del hábitat del cocodrilo al encontrarse casi de frente con una de esas personas.

Si nos llevan a la cárcel por esto, diré que estoy secuestrado y tú me obligaste —le advirtió en un susurro, respirando agitado por la carrerilla. — Los vestidores por donde entramos, ¿estaban antes o después de las tortugas? —le cuestionó, recordaba haber visto tortugas pero no estaba claro si las vio al paso o si las notó explorando en camino hacia el mono.
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Steven D. Bennington el Mar Sep 12, 2017 7:19 pm

No quería imaginar la cara de la señora Gauthier en pleno paritorio, empujando y sufriendo por el dolor provocado por el parto para luego toparse con aquel bebé tan… Laith. Lo habrían puesto sobre su regazo y la mujer, agotada por el esfuerzo, habría visto un cuerpecito ensangrentado con el pelo blanco. Posiblemente hubiese pensado que durante el embarazo había comido demasiado queso blanco, leche o espárragos. Por suerte, aquello no había llegado a suceder. Sino que años después, la señora Gauthier habría abierto la puerta para toparse con el rostro de su hijo y con su nuevo pelo  recién lavado con lejía. Como si hubiese visto un fantasma y su color de pelo se hubiese esfumado del pánico que sintió en aquel preciso instante.

- Sigo pensando que lo haces con lejía para ropa blanca. Nunca he entendido bien para qué sirve la lejía para ropa de color. ¿La deja blanca? – Steven siempre había vivido más en el mundo muggle que en el mágico. Tenía una cultura más amplia de todo aquello y los magos siempre acababan por sorprenderle. Pero tenía que admitir que en lo referente a lavar la ropa, plancharla o fregar los platos, tenía ciertos problemas: odiaba hacerlo y  lo hacía con magia siempre.

Steven siempre tenía una anécdota que contar. Era una persona que era capaz de rememorar cualquier recuerdo que poco tenía que ver con lo que estaba sucediendo en aquellos momentos a su alrededor. Pero en aquel caso había jaulas, monos y un zoológico, por lo que aquella anécdota tenía cabida en mitad de la conversación.

- Te dije que lo vi en las noticias. ¿Qué parte de verlo en las noticias has olvidado? – Alzó una ceja negando con la cabeza. De haber estado presente en aquel momento y haber recibido una mierda de mono sobre su ropa (o simplemente, una salpicadura en la distancia) no habría hablado del tema jamás por orgullo y amor propio. Y mira que de esas dos cosas el pobre Steven tenía poco. – Mejor en helado de chocolate. – Nunca había tenido problemas con los temas escatológicos. Era el típico niño que de pequeño se reía con los chistes de culos, cacas y pedos. Y actualmente, seguía haciéndolo. – No has visto El ciempiés humano, ¿Verdad? Deberíamos verla un día. Compramos helado de chocolate y te invito a verla a mi casa. Es un buen plan. – O lo sería si la película no fuese precisamente de personas que se ven obligadas a alimentarse de desechos humanos provenientes, precisamente, del trasero de otro ser humano.

Pocahontas era una de esas películas que había visto como si de un anuncio publicitario se tratase. No le había prestado demasiado atención porque se había aburrido casi desde el inicio. Eso de los indios no le había llamado la atención tanto como otras películas. O puede que la protagonista tan poco simpático tuviese mucho que ver en todo aquello, especialmente si a eso le sumamos que aquella maldita mujer acaba por dejar a su salvador en la segunda parte de Pocahontas para irse con un tipo de relleno que no le importaba a nadie. ¿Qué te hizo John Smith, Pocahontas? ¿Acaso ese tampoco sabía nada?

No pudo seguir preguntándole a Laith acerca del colibrí de aquella película. Tampoco sobre si apoyaba a los indios o a los conquistadores, aunque todo el mundo en su sano juicio iría con los indios en una película infantil. A no ser que seas Donald Trump, por supuesto.

El guarda de seguridad apareció de la nada apuntando con su linterna como si de un arma se tratase. Amenazó con descubrirles y Steven miró a Laith con cierto miedo. De ser enviado a una celda a pasar la noche era posible que los Mortífagos pudiesen dar con él con facilidad. Aunque siempre tendría la opción de desaparecerse si les viese llegar y poner en peligro el secreto de la comunidad mágica, por supuesto. Algo que no le importaba tanto como su propia vida.

- Acepto. – Le tendió la mano a Laith en modo de trato y, antes de que pudiese acercarse mucho más el guardia, salió huyendo de allí.

Ambos magos comenzaron a correr por el zoológico. Aquello se había convertido, irónicamente, en una selva donde ellos eran las presas y el cazador no tardaría en darles caza si no corrían lo suficiente. Aunque siempre tenían la posibilidad de esconderse, por supuesto.

- Venga, venga. – Animó Steven a Laith de manera nerviosa mientras este intentaba abrir la puerta. ¿Ninguno de ellos había pensado que era un maldito mago? Al parecer no. Por suerte, Steveno lo hizo aunque más tarde que temprano. – No me mates por esto. – Sonrió de manera inocente justo antes de desaparecerse en los vestidores de la entrada. Se quitó el mono que llevaba sobre su propia ropa y esperó a que Laith hiciese lo propio.

El pomo de la puerta tembló al otro lado. Steven miró a Laith y cubrió sus propios labios con su dedo índice en señal de silencio. Se acercó con cuidado a la puerta y, antes de que se abriese de par en par, se golpeó a sí miso con la varita para que su cuerpo y ropa cambiasen para, como un camaleón, imitar lo que tenía tras de sí.

- Sé que estáis ahí. – Dijo otro guardia, el cual no había sido el que les había empezado a dar caza. Su linterna se elevó en busca de los intrusos que creía haber oído en aquella habitación.
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Laith Gauthier el Miér Sep 13, 2017 7:36 am

No le negó la idea a Steven de que se decoloraba el cabello con lejía, aunque era completamente una mentira. No tenía claro ya cuándo había comenzado a teñírselo ni el motivo, pero, la verdad, mal no le sentaba. Consideró que tal vez podría volver al castaño, luciría raro, la verdad, pero no había más que hacer. Como sea, el otro le preguntó otra cosa sobre la ropa, más específicamente sobre cómo lavar la ropa de color con lejía. Laith lo miró en silencio unos segundos, ¿estaba preguntándole en serio? Sí, había algunas tareas que no le gustaban, pero sabía lavar la ropa, al menos.

Sirve para limpiar la ropa, pero hay que diluirlo en agua o se limpia tanto que destiñe… Pero claro, qué te cuento, si vives debajo de un puente, fijo ni lavas la ropa —ironizó al final porque, aunque le había dado una respuesta real, no toda su respuesta podía ser tan seria. Había que meterse, por ley, con el fugitivo. — Debe ser como los animales, te metes a una fuente para bañarte con todo y ropa —le empujó con el hombro y una sonrisa, sin importarle molestarlo porque sabía que al final no se iba a enfadar con él. Era una rara relación de constante meterse con el otro que él encontraba muy divertida.

Gauthier se había perdido el pequeño detalle de que el mini-Steven lo había visto por televisión porque se ocupó muy pronto en no hacerse imágenes mentales de ningún tipo, incluso antes de darse cuenta de ello tras soltar la supuesta broma que le salió mal. Por ello es que soltó una carcajada en cuanto le corrigió, regañándole por no haberle puesto atención en esa parte, ¿qué podía hacer él si su mente había bloqueado uno o dos datos por no pensar mucho en cómo lucía un mono tirando caca desde su jaula?

Me junto mucho contigo, me contagias la sordera —se defendió, negando con la cabeza en un gesto lastimero, como si la víctima fuese él por haberse “contagiado”. — De fresa, mejor… O de pistacho —pensó encogiéndose de hombros, no era una mala idea, podría pasar a comprar helado antes de regresar. Miró a Steven cuando éste le dio lo evidente, no había visto dicha película, pero demonios que la conocía, era de ese tipo de películas que se conocían por rumor y en la mayoría causaba tanto morbo que las veían. Laith no era de ese grupo. — Gracias, pero prefiero que miremos, no sé, El Rey León o algo, Frozen puede ser —la primera película se le ocurrió por la charla del simio, la segunda porque Steven la odiaba.

La persecución empezó más temprano que tarde, luego de haber acordado que el perdedor de la carrerilla le invitaría al otro comida china. Las apuestas eran importantes en ese tipo de situaciones, así que tardó más bien poco tiempo en decidir algo para apostar. Y bueno, luego de todo, aquel traidor había vuelto a obligarlo a desaparecer, quiso golpearle la sonrisa pseudoinocente que le puso al descubrir sus intenciones, aunque no tuvo tiempo para hacerlo cuando ya se doblaba del dolor en los vestidores de la entrada. De no haber sido por ello, habría podido quitarse el mono suficientemente rápido como para evitar que el guardia los pillase.

Él no tenía la culpa de su dificultad para recomponerse tras una aparición, menos cuando esta había sido ejecutada a traición. Vio a Steven camuflarse como camaleón en la pared, y segundos antes de que la puerta se abriese por completo, el sanador también desapareció. Más o menos. En realidad estaba como un mosquito gigante revoloteando torpemente en el techo, aún un poco mareado, antes de quedarse de pie encima de uno de los casilleros que había por ahí. El guardia alumbró tanto buscando rastro alguno de los dos intrusos, caminó en el interior del vestidor rebuscando dentro de los armarios buscando alguna señal de la intrusión.

Laith volvió a hacer acto de presencia, detrás de la puerta, la que cerró haciendo un rechinido de película de horror con toda la intención del mundo. Cuando el hombre empezaba a girarse aterrado, alzó la varita. Antes de que incluso fuese iluminado con la lámpara, el hombre cayó al suelo bajo los efectos de un desmaius. — Salgo a divertirme con un traidor, estoy muy decepcionado —se quejó, pues siempre era buen momento para quejarse, acomodándose la chaqueta en un gesto orgulloso antes de salir al exterior, aproximándose a su oculta motocicleta. — Vuelve a aparecerme y te juro que haré algo que no te va a gustar… Te engañaré y te daré el helado que menos te guste haciéndote pensar que es de chocolate —esa fue la mejor amenaza que se le ocurrió en ese momento.

Dentro aún podían escuchar a los guardias buscándoles, así que mejor se montó en la motocicleta y esperó al otro para alejarse lo más rápido que pudo de ahí. Sería un agradable viaje en motocicleta de vuelta a su departamento, pero imaginaba que quizá Steven tuviese planes diferentes que no fueran llegar de la forma nomaj, y menos cuando estaba siendo perseguido. No se le olvidaban los hombres a los que derrotaron en la playa, después de todo, era demasiado pedir que imaginase que estaban a salvo completamente. Pero la suerte estaba de su lado la mayor parte del tiempo.

Si quieres volver apareciendo, no tengo ningún problema… Si quieres ir a otro sitio o disfrutar del trayecto, estoy por la labor —le puso las opciones sobre la mesa, deteniéndose bastante lejos del zoológico para aprovechar y fumarse un cigarrillo mientras el otro decidía qué era lo que quería hacer en ese rato. Lo encendió con un mechero nomaj, no le gustaba abusar demasiado de la magia si podía evitarlo, no era de los magos que no podía hacer ni un huevo sin magia. Bueno, él no podía ni con magia, pero se entendía la referencia.
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Steven D. Bennington el Miér Sep 13, 2017 4:35 pm

Laith había resultado tener un amplio conocimiento de la cultura muggle. Especialmente de aquella relacionada con la gastronomía y con las tareas del hogar. Si en algún momento lo echaban de San Mungo por ayudar a fugitivos a no desangrarse en mitad de la calle, podía buscar empleo como trabajador del hogar o en una lavandería. Sin duda, tendría un blanco futuro gracias a la lejía.

- Aún no he caído tan bajo como para que me detengan por escándalo público. – Dijo como si aquello fuese un intento de defenderse antes de demostrar que se estaba tomando toda la conversación como si de un chiste malo de un chino, un inglés, un francés y un alemán se tratase. – Ducharse está sobrevalorado. – Por suerte no había tenido que vivir como muchos otros fugitivos que no tenían dónde caerse muertos. Steven había podido dejar atrás su casa en mitad de la batalla, llevándose consigo todo lo posible antes de que entrar a su casa fuese algo que más que un peligro, resultase ser una misión suicida. Después de eso, no había tardado mucho en encontrar un lugar donde poder quedarse junto con Beatrice y, finalmente, habían dado con el refugio que otros fugitivos habían construido bajo la capital inglesa.

Correr por el zoológico en mitad de la noche para no ser atrapados por el guardia de seguridad era un plan estúpido incluso para alguien como Steven. Hasta alguien como él era capaz de pensar que tenía una varita y que podía usarla en cualquier momento para garantizarles así una salida victoriosa. Llevaba suficiente tiempo viviendo a la sombra y siendo obligado a huir en cualquier momento a causa de los Mortífagos y los caza recompensas que ya sabía cómo salir con cierta facilidad airoso de carreras como aquellas. Y, en esa ocasión incluso más, pues no contaba con la desventaja de enfrentarse a otro mago. Sino a un simple muggle con una linterna en la mano.

La aparición conjunta sucedió en cuestión de segundos. Steven no le dio a Laith tiempo para rechistar y lo tomó del brazo, haciendo que ambos desapareciesen hasta el vestidor.

Steven sólo vio a Laith desaparecer. ¿Había usado la aparición? Pero si él… Entonces lo vio. A pocos centímetros de su rostro. Un ave de pequeñas dimensiones o un moscardón casi del tamaño de un puño que volaba hasta empujar la puerta  del vestidor, haciendo que esta se cerrase y en ese preciso instante…  ¡Boom! El muggle se desplomó inconsciente en el suelo.

- ¿No podías haber esperado a que se marchase? – Preguntó agachándose en cuclillas cerca del hombre para comprobar que su respiración seguía produciéndose. Vivía en un mundo de locos a tal nivel que dudaba que la gente pudiese sobrevivir a una caída tan leve como aquella. - ¿Me darás helado de naranja? Que villano estás hecho, pajarraco. ¿Qué ha sido eso, por cierto? – Preguntó tras levantarse.

Se golpeó a sí mismo dos veces con la varita haciendo que su ropa y piel volviesen a su estado natural antes de seguir hablando con el ahora recién descubierto animago.

- ¿Preferías haber corrido hasta que nos hubiese pillado este? Nos estaban esperando aquí, ya lo has visto. - ¿Qué pretendía que hiciese? ¿Quedarse de brazos cruzados cuando había una salida fácil y eficiente para salir de todo aquel problema? Vale, quizá a veces no era el más brillante ni elocuente, pero sin duda aquello había sido una buena idea. Mejor que la de dejar inconsciente a aquel hombre.

Ambos hombres lograron salir de allí. Steven esperaba que su historia no apareciese en el periódico a la mañana siguiente donde acusarían a dos jóvenes de colarse en un zoológico de noche por cualquier razón, como hacer un ritual satánico con sangre de elefante.

- Creo que será mejor que me vaya pero… Me debes cena y cerveza, lo de hoy ni siquiera me lo he podido tomar. – Aquellos hombres habían aparecido cuando estaban en mitad de la cena por lo que no había podido terminarse su parte. – Y soy hombre de palabra. Me cobraré mi deuda.
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