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Este café sabe a... ¡mandrágora! [Priv. Archie Washburne]

Laith Gauthier el Jue Jul 06, 2017 9:16 pm

La mañana había comenzado triste y aburrida, una ligera llovizna que incitaba al sanador a seguir durmiendo, quien miraba distraídamente las gotas resbalando y haciendo carreras a través del cristal empañado por una tenue neblina. Era un lunes de mayo, nueve si no se equivocaba, que tenía más cara de domingo y los domingos no le gustaban, por alguna razón sin buenos fundamentos. El fin de semana había sido agradable, el sábado se encontró con su buen amigo Steven que tan preocupado lo tenía tras éste jugar a ser un tiro al blanco, y el día anterior había trabajado todo el día dejándolo tan cansado que no sentía que le bastaran el par de horas de sueño que había tenido tras tomar, para variar, el turno nocturno.

Abrazado a una almohada, tal era su ensimismamiento que apenas escuchó el sonido breve del zumbido de su teléfono. — ¿Dónde te metiste, cabrón? —cuestionó al no verlo; estaba debajo de una almohada a sus espaldas, escondiéndose de su mano, al encontrarlo recibió un texto que no entendió de un número que no tenía registrado. Aprovechó el movimiento para estirarse tanto como pudo y entonces lo encendió, mirando de fondo a su precioso Daario Naharis que le hizo sonreír como una jovencita con algún ídolo juvenil del momento. El texto venía de un número desconocido y leía algo sobre repetir algún café. — ¿A quién le debo cafés…? —se quedó pensando largo y tendido, nadie estaba apresurando a su pobre cerebro que no funcionaba sin, irónicamente, la primera dosis de cafeína del día.

Se le vinieron a la mente algunos rostros, unos cuantos descartados por ser magos o simplemente no tener su número de teléfono, al final entre las opciones restantes se le vino a la mente un excéntrico exprofesor fugitivo que casi lo mataba haciéndolo aparecer, ¿sería ese? Recordaba vagamente haber acordado otro café, y aunque en su opinión era muy mono no pensaba que en serio fuese a buscarlo para eso. En su mente, siempre que ofrecía su número, ofrecía a un sanador suicida y a domicilio, no muchos le tomaban la palabra de buscarle con otros propósitos, incluso simplemente hablar. Decidió jugársela y escribió: “Encantado, ¿dónde y a qué hora?”; si el tiro le salía mal, siempre podía huir. Porque sí, era lo más brillante del mundo aceptar salir a alguien desconocido por teléfono, pues no estaba seguro que fuese ese hombre.

Eran las ocho por la mañana y el mensaje que recibió a continuación le daba un par de horas para hacer sus cosas antes de encontrarse en una zona nomaj que tuvo que buscar en el mapa de su teléfono, ¿por qué siempre le llevaban a lugares tan rebuscados? Tenía que urgentemente conseguir su motocicleta. Luego de desayunar liviano y tomar un baño de agua fresca, se quedó frente al armario en ropa interior un largo rato pensando en qué ponerse. Si no sabía qué tipo de encuentro era, cómo saber qué debería vestir. Podría ser lo más casual del mundo como podía ser algo formal. Qué divertido, pensó con una sonrisa mientras se decantaba por unos jeans negros, una camiseta gris y una chaqueta del mismo color que los jeans, además de un oscuro sombrero negro para la lluvia.

Al salir de casa, guardándose la varita en la manga derecha, recordó vagamente aquella desastrosa cita a ciegas a la que lo forzó asistir Lindsay con el tipo más aburrido del mundo, no dejaba de meterse con él por fumar y luego de aquel primer encuentro, más encima, quería un segundo. Riéndose de aquello entre dientes, le pidió a Owl City acompañarlo al colocarse los audífonos, pidiendo un taxi que lo acercase a la zona donde tenía que encontrarse con su acompañante secreto. Tarareaba en voz baja, mirando a través de la ventana para saber cómo volver a casa de regreso si se le ocurría hacerlo a pie o volando, memorizando calles y locales hasta que llegaron a aquella apartada zona. Pagó lo justo, pues había intentado cobrarle de más por su condición de extranjero sin saber que el rubio llevaba años viviendo ahí.

It’s so deathly dark in the alleyway and a bleeding heart makes you easy prey. I would run and hide for the afternoon with the butterfly in the panic room. Though I won’t be missed, I would say it’s time for a different twist in the story line —cantaba en voz baja, con su espalda recargada en la pared de la cafetería en donde había quedado con aquella persona. Era seguramente su canción favorita de aquel grupo, lo hacía sentir extrañamente identificado. — It feels like I’m a lone survivor forgotten in a dark and deadly world and on my own I walk alone to see the sun again I’d give anything, but life demands a final chapter: a story that we all must leave behind. It’s do or die, and this is mine, the anthem of a bird with a broken wing —miraba al suelo, una mano dentro del bolsillo, la otra sujetaba entre sus dígitos un cigarrillo que se acababa con cada calada. Al alzar la mirada, vio un rostro familiar.
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Archie Washburne el Sáb Jul 29, 2017 4:50 pm

La charla, improvisada clase o tutoría forzada con Steven había sido de lo más esclarecedora, cuanto menos. Fructífera, prometedora. El mundo de la animagia se mostraba ante él, como una bestia indómita a la que Archie debía apaciguar. Sería un reto considerable, que no podría solventar de la noche a la mañana, ni intención tenía el mago. No corría ninguna prisa, salvo quizá la de la utilización de tal habilidad en sus conspiraciones, si todo iba según presuponía. Pero algo le decía que, aun así, debía andarse con cautela. Que no debía acelerar el proceso, aunque tampoco le pondría pausa a éste.
 
Con pausas o sin ellas, siempre tenía tiempo para el ocio. Y aunque Odi llenaba buena parte de aquel tiempo, a Archie cada día el refugio se le quedaba más y más pequeño. No era la primera vez que le albergaba aquella sensación; de hecho, recordaba bien la última vez que la sintió, lo que ésta le llevó a hacer y cómo terminó siendo la jornada. Fue arriesgado, claro, pero quien arriesga gana. Y en su caso había ganado el aprecio de una persona interesantísima y que llamaba la atención del estudiante de animagia.
 
Él había ganado su atención… y Archie su teléfono.
 
No era la primera vez que hablaba con Laith desde entonces. Habían compartido mensajes cuando ayudó a Synnove a reponerse de las heridas que le provocó su familia. Pero fuera de aquello no habían mantenido el contacto, de alguna u otra forma, por lo que no volvieron a hablar nunca de quedar de nuevo.
 
Hasta aquel día.
 
Una de las ventajas de estar en el refugio era que no era Hogwarts, para lo bueno y para lo malo, por lo que los aparatos electrónicos funcionaban sin problemas. ¡Hasta tenían cobertura allí! Harto de su encierro y, por qué no decirlo, con ganas de aupar un poco su adrenalina con algo de peligro, Archie se empecinó en contactar con el medimago y abandonar su exilio por unas horas. Le debía un café y estaba dispuesto a saldar su deuda. A su escueto mensaje —escrito casi en código— sobre repetir aquel café, Archie recibió otra corta réplica: “Encantado, ¿dónde y a qué hora?” Archie pensó su respuesta por un instante. Quería que aquella ocasión fuese especial y no lo sería si llevaba a Laith a otro café franquicia de servicio rápido. En su lugar se le ocurrió proponer un pub que conocía, algo apartado del centro de la gran urbe y en zona muggle. Perfecto para un fugitivo como él. El ambiente era tranquilo, había música en directo desde el mediodía y, si la cosa iba bien, podrían alargar la experiencia tanto como quisieran: allí no sólo servían cerveza, sino muy buena comida.
 
Aunque el pub estuviera alejado del epicentro de Londres y fuese lo más seguro que, dentro de su irresponsabilidad, había llegado a encontrar, Archie debía seguir un cuidadoso protocolo para minimizar riesgos. Comenzaba con madrugar, para tener tiempo suficiente para todo. Se dio una ducha bien fría, pues el calor apretaba incluso a aquella hora. Se vistió de manera casual, con unos vaqueros y una camisa blanca cuyas mangas no tardaría en enrollar. Luego se desapareció, materializándose en un callejón de aquel barrio. Allí empezaría a moverse de manera esquiva, aunque no tanto como para levantar sospechas. Comprobaría constantemente qué se cocía en su retaguardia, comprobaría ambos lados de la calle y observaría conductas extrañas o miradas indiscretas. Se pararía de vez en cuando frente a un escaparate, sólo para usar el reflejo para vigilar sus espaldas. Así, con toda la calma del mundo, llegó al pub acordado, cinco minutos antes de la hora prevista. Y pese a todo no fue el primero. El peliblanco ya esperaba junto a la entrada, fumándose un cigarrillo mientras canturreaba. Archie se acercó en silencio, oyéndolo tararear con media sonrisa torcida, y se plantó ante él con una última y larga zancada.
 
Era su nada sutil forma de entrar en escena.
 
— ¿Laith? — preguntó, aunque no cabía duda de ello. Era más bien un saludo. O una forma de decir “eh, me acuerdo de ti”. Porque algo le decía que el medimago no parecía saber a quién esperaba. Fue entonces cuando recordó que había cambiado de número desde la última vez que le envió un mensaje. Tuvo que contener la risa cuando empezó a imaginarse a Laith recibiendo y aceptando la invitación de un completo extraño. “Tan propio de él”. — ¿Tanto he cambiado desde la última vez? — preguntó, con sorna. — Buenos días, ¿qué tal estás? — saludaría al fin, una vez que Laith le reconociera. Aunque casi no daría opción a réplica: — Entremos, verás qué acogedor.
 
El pub era largo y estrecho, cargado de madera por todas partes. Una public house de lo más tradicional, no como esas suertes de discoteca que se hacían pasar por pubs, cada vez más comunes en la capital inglesa. Nada más entrar, junto al cristal pintado que dejaba ver el exterior, había un pequeño escenario donde una guitarra acústica esperaba para ser tocada. Un poco más delante estaba la gran barra, que exponía varios tiradores de cervezas y ales, cantidad de botellas de licor y una gran cafetera expreso. Más al fondo había mesas más apartadas, un par de mesas de billar y una diana para dardos, además de una gran pantalla apartada donde solían proyectar el rugby. Archie condujo a Laith hasta allí, más por alejarse del escaparate de la entrada que por querer ver la televisión. Allí no había nadie aún, y la música llegaría hasta aquella zona interior, pero no tan alta como para interrumpir la conversación. Era el lugar ideal.
 
— ¿Qué te apetece?
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Laith Gauthier el Mar Ago 01, 2017 8:59 am

A Laith le gustaban las sorpresas, siempre que no desembocaran en su muerte o su encierro por traición. Esas sorpresas no le gustaban. Por ello es que recibir una invitación por un número desconocido no es que le resultase un problema, era parte de esas agradables sorpresas que a veces recibía, confiando ciegamente que no sería una trampa, es decir, si él hiciese una trampa se curraría más la excusa. Al final había acabado por llegar un rato antes de la hora acordada, más porque quería tiempo de armarse un plan por si algo fallaba. Localizó a la vista un par de callejones por los que podría salir, y también miró por el mapa del móvil cómo regresar.

Casi como sorpresa vio a alguien en frente de él, y resultó ser aquel exprofesor, motivo por el que casi instantáneamente sonrió. En realidad dudaba que fuese él, porque ya habían compartido un par de mensajes y no era el mismo número que había enviado aquellos textos, así que resultó una agradable e inesperada situación. Su nombre era otro tema, tuvo que buscar en los archivos de su memoria hasta conseguirlo, no era precisamente sencillo y por eso es que lo encontraba tan bonito. — Archimedes —sonrió en respuesta de su nombre en son de duda, un curioso saludo quizá demasiado formal. — Demasiado, parecen siglos desde que nos vimos —bromeó un poco con él, sin querer admitir su pequeño juego, su encuentro a ciegas. — Todo bien, ¿qué hay de ti?

Entró con Archimedes tras su invitación, era un lugar muy acogedor, como había dicho, no era su estilo, más acostumbrado a los lugares muy modernos, pero no le sentaba mal tan tradicional pub. Curioseó con la mirada el lugar, la guitarra que tuvo que ignorar pues parecía llamarlo a la acción, cómo le apetecía tocarla… Quizá si la tentación crecía con la espera, no podría responder por sus actos. Lo que sí que supo fue que siguió a Washburne hasta una de las mesas cerca de la televisión donde transmitirían algún partido más adelante, por el momento parecía que sólo estaban ellos dos en aquel lugar. Era un buen sitio, demasiado lejano para su gusto, pero por el momento resultaba ser un lugar discreto para un encuentro ilegal como el que estaban teniendo.

Buen sitio —halagó tras unos segundos, dando un rápido vistazo a su alrededor. — ¿Qué tal un café con whisky o ron, para empezar? —se sonrió, no sabía si Archimedes tenía intenciones de beber, pero él no pensaba desaprovechar el momento. Este se podría alargar tanto como quisieran, parecía ser un buen momento. — Qué agradable sorpresa, tu mensaje… ¿A qué se debe este honor? —fue directo al grano, quería saber si podía relajarse o si por el contrario tendrían que ponerse serios. Y es que no se imaginaba teniendo una conversación muy seria con el profesional.

Tenía un par de cosas que quería preguntarle, pero primero quería relajarse y que les trajeran la primera ronda de bebidas. Todavía estaba preocupado por el caso en el que Archie le había pedido ayuda, era su estilo preocuparse por todo el mundo como si tuviese la obligación de asegurar el bienestar de todas las personas. Sea como fuera, colocó los codos encima de la mesa para inclinarse un poco hacia el mayor, demostrando físicamente interés. Si era honesto, realmente le agradaba el profesor, su compañía le resultaba grata y no es que fuera precisamente feo. Era alguien con quien pasar el rato.

¿Está bien si te pregunto por la jovencita de la que me hablaste el otro día? ¿Cómo resultó todo? Hubiese sido mejor si hubiese recibido atención médica adecuada… Pero estaba ocupado, no podía atender mucho el teléfono —se excusó, le había dado algunos consejos para que la tratara, pero no por ello podía asegurar que el mayor hubiese podido proveerle de ayuda médica al nivel de su necesidad. Lo que sí sabía es que no podía quedarse con curiosidad y por ello preguntar fue la mejor solución.

Sus respuestas en el teléfono habían sido breves y muy directas, incluso consideró salir de trabajar antes de tiempo para poder ir a su auxilio. Las cosas a veces se daban de formas extrañas, su primer encuentro era un claro ejemplo de ello, aunque al menos se sentía tranquilo de que pudo haber servido de ayuda aunque no hubiese estado presente físicamente. Era el motivo principal por el que daba su número a los fugitivos, ellos, a diferencia de todos los demás miembros de la sociedad mágica, no tenían un servicio de salud adecuado al que acudir, era casi como si pensaran aislarlos de todo para que fuese más sencillo exterminarlos como plagas.
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Archie Washburne el Vie Jun 22, 2018 12:23 pm

Estaba bien eso de ver nuevas caras, para variar, fuera del selecto grupo de fugitivos con los que Archie se codeaba a diario. Y si aquella cara era la de Laith, que nunca mostraba ni sombra de tristeza o pesimismo, pues mejor que mejor. Lucía bien, quizá algo cansado, pero de buen humor. Canturreaba antes de entrar al pub, casi arrastrado por Archie que ni se dignó a responder a su pregunta, aunque no la obviaría por mucho tiempo. Su intención era la de exponerse lo menos posible y eso significaba salir de la vía pública cuanto antes para alejarse de miradas indiscretas.

Sonrió de soslayo ante la sugerencia del medimago. Si así comenzaba la jornada, mucho se tenía que torcer para que no acabara de manera genial. Buscó con la mirada al camarero y le levantó dos dedos:

— Dos cafés irlandeses cuando pueda, por favor.

A aquella hora, Archie habría tomado cualquier cosa que tuviera cafeína, y el alcohol nunca estaba de más. Más bien todo lo contrario. Cuanto menos, le serviría para relajar un poco la mente, y con un poco de suerte le soltaría la lengua lo suficiente como para hacer más divertida aquella mañana. Cuando el camarero hubo apuntado la comanda del mago, éste devolvió la mirada a Laith justo para oír su pregunta. Y aunque el medimago seguía siendo todo un extraño para él, también le continuaba inspirando una extraña confianza que no entendía muy bien de dónde salía. Así que ni se planteó el mentir o responder con medias tintas.

Sinceridad y nada más.

— Se debe a que me está matando el encierro. — confesó, sin darle mucha importancia a contar su situación. — Estoy que me subo por las paredes y quería un poco de aire fresco, y me acordé de ti y de que te debía un café por ayudarme en aquella ocasión. — añadió, sonriendo ampliamente.

Su encuentro había sido de lo más surrealista que le había pasado en mucho tiempo, y no era decir poco teniendo en cuenta su situación actual. Pero pese a lo extraño de aquél, a Archie le había quedado un regusto dulce en el recuerdo e inconscientemente había ansiado rescatar aquella sensación. Si bien habían mantenido el contacto a través de mensajes —como los que intercambiaron el día que Archie socorrió a su alumna—, nada como el cara a cara para disfrutar de la mutua compañía.

— No te preocupes, fuiste de gran ayuda. — tranquilizó. — Creo que los primeros cuidados que le hice le salvaron la vida, así que hiciste más que suficiente. Sin ti no habría sabido muy bien qué hacer. — sostuvo. — Ya está bien, recuperada. El trauma de lo vivido será más difícil de olvidar, eso sí… — El rostro de Archie se ensombreció un momento al recordar aquel ingrato día. — Pero no hablemos de cosas feas, — pidió, sacudiendo la cabeza para tratar de sacarse aquellos recuerdos de encima. — que estamos aquí para celebrar… no sé qué, pero para celebrar. — concluyó, riéndose entre dientes.

Recordó de repente que, aunque la pregunta fuese protocolaria, no había respondido al “qué hay de ti” de Laith. Subirse por las paredes del refugio no había sido lo único que había hecho, eso más bien fue la última de sus ocupaciones. Hasta llegar al punto de ansiar un poco de aire fresco, pese a poner en peligro su pescuezo, había mantenido ocupado su cerebro en el estudio de la animagia. Steven había sido de gran ayuda en la parte teórica, pero cuando se trataba de llevarlo a la práctica, Archie se encontraba ante un gran escollo. Como el propio metamorfo le había dicho, quizá debería buscar la ayuda de un animago consumado. El problema es que no conocía a ninguno.

“¿Y si Laith sí que supiera de alguno?”, se preguntó para sí, sin llegar a sospechar lo cerca que andaba de uno. “¿Qué has querido decir, marionetista?” El tiempo lo dirá. “Siempre tan misterioso tú”, pensó para sí, frunciendo el ceño. El caso es que no perdía nada por sacar el tema. Como mínimo lograría romper el hielo con un dato curioso.

— En cuanto a en qué he andado… pues la verdad es que no hay mucho que hacer en el exilio, como comprenderás. — explicó, encogiéndose de hombros. — Tanto me aburría que, a mi vejez, he vuelto a estudiar. ¡Y animagia, nada más y nada menos! — exclamó, como si aquello fuese gracioso. No lo era. — Siempre ha sido una asignatura pendiente, algo que me ha conectado con mi padre, que era animago; pero también algo que me ha dado escalofríos sólo pensar sobre ello, y no sé muy bien por qué. — confesó, torciendo el gesto. — Un compañero experto en transformaciones me ha ayudado mucho con la teoría, pero me falta poder llevarlo a la práctica.

También había leído sobre la poción que debía elaborar. Siguiendo el consejo de Steven, debía encontrar alguien con experiencia en su fabricación. Quizá ahí un medimago sí que pudiera ilustrarle. Es bien sabido que son duchos pocionistas, quizá supiera como empezar con tan complicada empresa, pensaba Archie. Claro está, Laith estaba más que puesto en el tema: ¿cuánto tardaría Archie en averiguarlo?
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Laith Gauthier el Vie Jun 22, 2018 9:43 pm

Whisky, fue lo que eligió el profesor al final con su sugerencia, lo que no estaba mal. Para ese momento, Archimedes había respondido a ninguna de sus preguntas y ya iba siendo hora de que a alguna le diera respuesta, lo que sucedió no mucho tiempo después. Él, honestamente, no se imaginaba encerrado en algún sitio pseudoprotegido donde no pudiera salir, por lo que una parte de su ser comprendía a la perfección que el encierro pudiese matar a alguien. No sólo por el aburrimiento de ser algo así como un hámster en una jaula donde se puede hacer más bien poco, sino que, al menos él imaginaba, debía ser un refugio al estilo películas: carente de luz solar y aire fresco. Sin eso no podría vivir.

Todo un honor, eso sí —hizo un gesto condescendiente con la cabeza. Luego preguntó sobre la jovencita, temiéndose no haber sido de ayuda para su auxilio, cuando el exprofesor decía todo lo contrario. Suspiró, entonces, aliviado. — Ese dolor es el que más cuesta curar —masculló. El cerebro era mucho más frágil que el cuerpo a la hora de recibir y curar heridas. Pero estaba de acuerdo, era mejor no hablar de cosas feas, sino para “celebrar” algo. Y acto seguido, Laith sonrió encantador. — Podemos celebrarte a ti, que eres una cosa bonita —no perdió el tiempo ni la oportunidad de coquetear.

Laith era así. Coquetear era, para él, como el aire que se respira. Archimedes no había dado indicio de que aquello le molestara y, si no tenía las mismas preferencias que él, siempre podía dejar que le engalane los oídos de buen modo. Que tampoco pensaba enfadarse porque no le correspondan el ligue. Sonrió al camarero que les llevó los dos cafés, tomando la bebida y dándole un sorbo. Tuvo que aclarar la garganta después, pero el café y el alcohol eran una magnifica combinación creada por los dioses y… Bueno, mejor dejar de exagerar.

El exprofesor había estado ocupado en ese tiempo, estudiaba, según decía. Lo que le causó cierto impacto a Laith fue que no estudiase otra cosa sino animagia. — Oh, ¿de verdad? —preguntó, como si fuera la gran cosa. Le parecía gracioso, incluso, la casualidad del destino. Lo dejó explicarle sus motivos, aquella conexión con su padre, antes de dar otro sorbo. — Ya sabrás sobre la poción, imagino —preguntó con un aire de sutileza. — Y estarás enterado sobre el hechizo, “Amato animo animato animagus” —inquirió, bebiendo otro sorbo. — Hasta donde yo sé, por supuesto.

Quiso empezar siendo sutil en el acto, aunque su conocimiento iba mucho más allá de lo aparente. Estaba bien familiarizado con el dolor de una transformación mal hecha, y esa jodida poción tan exigente que tuvo que repetir en más de una ocasión que encima tenía un sabor que él encontró de lo más desagradable. Y el hechizo que lo hizo sentir que moría justo antes de ver su forma animal luego de haberlo repetido dos veces al día mientras la poción reposaba. También estaba al tanto del miedo que uno siente en ese punto sin retorno donde se teme que acabe con partes de animal en un cuerpo semihumano. No era un proceso simple ni agradable, pero era un proceso, a fin de cuentas.

Y estarás también consciente de las contraindicaciones —el sanador hablaba, asumiendo cosas. — Quiero decir, llegados a este punto donde conoces la teoría, me extrañaría si no supieras que podrías quedar mitad animal y mitad persona si haces algo mal, hemos tenido casos en San Mungo y es irreversible, con suerte esos pobres condenados acaban en circos ambulantes —quería conocer qué tan implicado estaba Archimedes con el proceso. No era para pusilánimes ni cobardes y eso él lo comprendió justo a tiempo.

Todo lo iba diciendo con un gesto resuelto y una sonrisa, como si hablase del clima o algo carente de importancia, y no probablemente del proceso que podía arruinar la vida de los inconscientes que se embarcaban en su camino. Mientras hablaba, un cuervo se le cruzó por el pensamiento. El cuervo más hermoso que él había visto. Aquel que le enseñó a volar en su momento, y hoy él era quien intentaba abrirle las alas a alguien más. Más literalmente de lo que podría imaginar.
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Archie Washburne el Vie Jun 29, 2018 10:18 pm

Coqueteando, siempre coqueteando. Si bien Archie no es que fuera un total inexperto en aquellos lances, nunca sabía muy bien cómo reaccionar ante un halago. Así que hizo lo que pudo para contener su rubor y bajó la mirada hacia la mesa, sonriente. No tardó en echar la culpa de aquello a su alter ego cuasi divino, reprochándole en silencio:

Esto no será cosa tuya, ¿verdad? Mira que lo de ponerte romántico no se te da bien, lo tengo más que comprobado… ¿Y un tío? ¿Eso es nuevo? Me traes loco, ¡aclárate!

Menos mal que aquello fue como una pincelada al aire y Laith pronto se concentró en lo que Archie le contaba. Aunque algo le decía al fugitivo que no tardaría en verse en aquella tesitura de nuevo. Pero por ahora, le agradaba comprobar que el medimago sabía de lo que hablaba. Al menos conocía de la animagia lo esencial: su poción y su hechizo.

— He leído sobre la poción, pero no sé si sabría elaborarla sin la guía de alguien con experiencia. — confesó. No era una poción cualquiera, y él no era un pocionista experto. [deepskyblue]— Y respecto al hechizo, más de lo mismo. Mucha teoría, poca práctica. —[/color] Aunque no sabía por qué, le tenía menos reparo al hechizo que a la poción. Quizá lo viera más sencillo. — En definitiva, tanto para una cosa como para la otra, me hará falta ayuda si sigo queriendo avanzar en mis estudios.

Se encogió de hombros con aquella última frase, como fingiendo darse por vencido. Nada más lejos de la realidad. Archie era todo un Ravenclaw, nunca dejaría a medias un estudio, menos si tenía tanto significado para él como la animagia. Una historia familiar que se le antojaba misteriosa, pero que en realidad era mucho más oscura de lo que el exprofesor podría jamás recordar.

Tras aquel ademán, devolvió su mirada a los ojos claros de Laith. Lo observó por un instante y recordó sus palabras, pero también cómo las había pronunciado, con tanto sosiego y delicadeza. Parecía saber más de lo que cualquier mago medio conocía sobre la animagia, pero no entendía muy bien por qué. Archie entrecerró los ojos, intentando adentrarse en la mente de Laith a través de su mirada, intentando entrever qué escondía el joven medimago.

— ¿Para siempre? — preguntó, algo asustado. Había oído de esas medias transformaciones, él incluso había conseguido que le salieran plumas trasteando con hechizos, pero nunca nada irreversible. Si Laith mencionaba lo de los circos, ¿serían estas trasformaciones permanentes? ¿O simplemente intentaba meterle miedo en el cuerpo a Archie? — No me asustes más de lo que estoy, porfa. Soy consciente de los riesgos, por eso voy poco a poco y busco ayuda experta. — Ya de por sí era bastante horrible su experiencia con la animagia, aunque de nuevo, nada que recordara el Archie adulto. — Si te preguntas si estoy coqueteando con esto así sin más, pues la verdad es que no. Busco algo más aparte de coquetear. — afirmó, aunque se dio cuenta de que se había puesto demasiado serio y decidió enmendarlo: — Dime, ¿puedes decir tú lo mismo? — preguntó, guiñándole un ojo.

¿A qué vino eso? ¿A qué juegas, Escritor?

— En fin… — se atrevió a decir, bajando de nuevo la mirada y sonrojándose más aún por su atrevimiento que por el anterior de Laith. Sacudió su cabeza, de manera literal y metafórica al mismo tiempo, para ordenar de nuevo sus pensamientos. — Y a todo esto, ¿cómo sabes tanto sobre animagia?
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Laith Gauthier el Mar Jul 03, 2018 5:49 am

Archimedes a veces le parecía adorable, más allá que un hombre adulto en sus treintas, y era gracioso, si lo pensaba. Pero decidió embarcarse en esas aguas turbulentas que era la animagia, tanteando el terreno peligroso en el que el exprofesor se había metido. Nunca es seguro probar con magia en teoría ilegal y cuyas consecuencias pueden ser graves. No ocultó que conocía sobre el tema, pero hablaba con cuidado. Uno nunca revisa la profundidad de un lago con los dos pies, a riesgo de empaparse por completo de forma irreversible.

Por lo que sé, la poción es todo un tema, complicada como pocas —aceptó, sonriente. — Hacerlo solo realmente suena a tontería, admiro que reconozcas que no es algo que puedas hacer por tu cuenta —porque él, si hubiese estado en esa situación, era tan orgulloso que habría preferido ser un hombre pájaro, o eso es lo que pensaba. Quizá no, quizá hubiese sido suficientemente consecuente como para pedir ayuda, pero “hubiera” no existe. — De todos modos, ¿cuál es el asunto? ¿Quieres sentirte conectado a tu padre por la animagia o algo parecido? —inquirió sobre sus verdaderas intenciones, dando un nuevo sorbo a su bebida mientras hacía un recuento de posibilidades.

Archimedes no parecía del tipo que fuera a usar la animagia para hacer algo precisamente malo. Es decir, a sus ojos parecía un tipo demasiado… ¿bueno, quizá? No era el arquetipo de un villano que hiciera de las suyas siempre. Laith maquinó a toda velocidad en su cerebro, poniendo puntos sobre las íes y acomodando aquel rompecabezas mental que era suyo. Decidió hablarle sobre los riesgos, para saber el nivel de implicación que tenía sobre el tema, ¿estaba dispuesto al riesgo de quedarse como un fenómeno en un punto intermedio entre ser humano y animal?

Hay efectos que son reversibles —reconoció, jugando con el contenido de su vaso y mirándolo hacer un pequeño remolino mientras giraba. — Pero hay un punto sin retorno donde cualquier fallo que haces, será para siempre. Generalmente es cerca de beber la poción —le explicó, dándose cuenta tarde de que quizá hay demasiada información había soltado. Archimedes le dijo que no estaba seduciendo a la suerte, sino que era más allá que sólo desearlo. — ¿Yo? ¿Algo más que coquetear? —exclamó, llevándose una mano al pecho, sorprendido. — No lo sé, soy jugador, muy prudente al apostar —respondió su guiño, encantador.

Siempre era divertido ver la vida un poco como un juego de cartas. Era necesario estar muy atento pues cada jugador tiene secretos que guarda, pero más importante saber que era un reto marcharse y quedarse era uno todavía mayor. Y, además, hay veces que uno gana y veces que uno pierde. Por eso, cada parte de su vida podía usar esas reglas básicas. En esta ocasión, él era quien le había mostrado sus cartas a Archimedes, y podía que su juego no saliese bien. No lo creía. O al menos esperaba que no. Fue el exprofesor el primero en preguntar y él tuvo que tomar una decisión: ¿ocultarlo o relevarse como animago?

Oh, qué puedo decirte, soy una caja de sorpresas —exclamó con un gesto abierto de brazos, y se dejó caer en su asiento, como si de pronto se reservase. — Digamos que… tengo ases bajo la manga —y dicho aquello, y con un movimiento de su mano, salió un pequeño pajarillo de luz colorido que se consumió en sí mismo antes que ningún nomaj pudiese verlo. Un pequeño truco que había aprendido hace años en África, inofensivo de hecho. — Tal vez podría ayudarte un poco más de lo que tú crees que puedo, aunque admito que estoy desalentado. ¿sólo me llamaste porque pensaste que podía ayudarte con la poción? —exageró en su drama.

Si bien era un pocionista experto como el buen sanador que era, dudaba que Archimedes pudiese saber de buenas a primeras que él conocía aquella poción, así que su drama no tenía fundamentos sólidos. Pero cualquier cosa era buena si el objetivo sólo era tirar el anzuelo a ver qué pescaba. La verdad estaba gratamente sorprendido de que Archimedes se encontrase tan receptivo a sus cortejos, pero aún faltaba un poco más de lo pronosticado para llegar a saber si eso tenía un fin favorable.
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Archie Washburne el Jue Jul 19, 2018 1:53 am

¿Y si era verdad que no había pensado aquello en profundidad? ¿Y si se estaba dejando llevar por la memoria de su padre, por sus traumas más recónditos en vez de pensar aquello con un poco de razón? Había pasado por mucho últimamente, por demasiado. Antes era un tipo cabal, sosegado en sus pensamientos, rotundo en sus decisiones. ¿Se estaba dejando llevar por su situación actual? ¿Era aquella la decisión de un fugitivo sin cabeza al que no le quedaba ya nada que perder?

“No lo creo.”

Yo tampoco.

La mención de la poción por parte de Laith trajo de nuevo al presente a Archie. Como se temía, podría ser lo más complicado de aquella especie de metamorfosis que requería la animagia. No es que fuera totalmente obtuso en el arte de crear pociones, pero aquellas tan avanzadas seguían fuera de su alcance. Más si no las conocía. A través de una receta te podías hacer una idea, pero para que quede perfecta necesitaría algo más, necesitaría la ayuda de ojos expertos. Como en la cocina muggle, la receta no lo era todo; normalmente con práctica podrías llegar a dominar algún plato al intentarlo una y otra vez, pero en este caso sólo tendría una sola oportunidad.

Ponía su bienestar en juego.

— Es complicado. — respondió. “Y privado”, calló. Con Laith le unía una extraña confianza que no sabía muy bien cómo explicar. Le era doloroso recordar a su padre, y se le hacía raro hablarlo con un extraño, pero ante la bondadosa mirada del medimago, no pudo más que dejarse llevar: — Tan complicado que ni yo sé muy bien cómo explicarlo. Tengo pocos recuerdos con mi padre antes de que muriera, pero aun así parece marcar mi destino de algún u otro modo. Él era auror, yo intenté seguir sus pasos; era animago y parece que vuelvo a hacer lo mismo. La verdad, por la impresión que me ha dejado mi madre desde entonces, no pareció ser un buen padre, pero algo me sigue llamando hacia él y no consigo saber qué. — concluyó, algo abruptamente, para devolver la mirada hacia Laith, después de su pequeño discurso mirando a su taza. — Perdona por la perorata, esto parece la consulta de un psiquiatra. — bromeó, sonriendo ampliamente mientras se frotaba la coronilla en un gesto tan adorable que parecía pueril. — Claro está, — retomó, volviendo al discurso serio. — también tengo motivos más… pragmáticos, dada mi situación actual. Ser un búho en el mundo mágico me daría alas de libertad, nunca mejor dicho. — añadió, sonriéndole a Laith de nuevo.

De repente, la ceja derecha de Archie se arqueó. Fue un gesto sutil, tan sutil como la frase que lo propinó. ¿Había algo ahí o sólo eran imaginaciones del fugitivo? ¿Se estaba dejando llevar por el coqueteo —¿también muy sutil?— como para malinterpretar según qué frases? “No, creo intuir que oculta algo, que se está dejando algo en el tintero”. De ser así, Merlín había obrado su divina providencia al otorgarle alguien con tantos conocimientos a animagia de manera tan fortuita. Por suerte, ya había formulado la pregunta, directa y al grano. Fuera sutilezas.

— Bonito truco. — felicitó, echándose un tanto hacia atrás por la impresión. — Mira, otra cosa que estaba estudiando en Hogwarts: magia sin varitas. — apuntó. — Definitivamente sí que eres una caja de sorpresas. — Sonrió ampliamente con su último comentario, dejando caer hacia a un lado su cabeza, como si se tratara de un cachorro. — Sabes que no, la verdad es que disfruto de tu compañía y te debo casi la vida, así que quería volverte a ver y volver a agradecértelo. Eso sí, sería toda una suerte que supieras sobre la poción. Yo sólo saqué el tema por romper el hielo, no me imaginé que conocieras tanto sobre él. — se sinceró. Pausó unos segundos su discurso, pensando cómo tratar de descolocar a Laith: — Además, podría hacer la misma pregunta. Todo el rato hablando de la animagia, de mi padre… ¿Es que no me vas a hablar nunca de ti?

Aquello parecía un partido de tenis. ¿En qué tejado estaba ahora la pelota? Uno se acaba perdiendo. Eso sí, estuviera donde estuviera, y condujera a lo que condujera aquello, Archie parecía haber dado en el clavo: Laith sabía sobre la animagia, al menos sobre la poción. ¿Estaría dispuesto a ayudarle tanto como estaba dispuesto a devolver, sin duda, aquella nueva bola?
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Laith Gauthier el Mar Jul 24, 2018 8:38 am

“Es complicado” muchas veces se traduce en “realmente no quiero decirte”. Un tema que, quizá sin ser realmente así de complicado, se prefería no tocar. Por ello, en el momento en que Archimedes continuó hablando respecto a ello, hablando respecto a su historial familiar. Al parecer, había sido un padre distante que resultó ser, no obstante, el ejemplo a seguir primordial de aquel exprofesor. Laith reflexionaba al respecto, oyendo con oído amigo tanto como con oído experto. Por ello, no pudo evitar sonreírse cuando el otro lo relacionó como una consulta psiquiátrica.

Siéntete libre, tienes a uno en tu mesa, te haré un descuento en la consulta —hizo un breve ademán con su vaso. Laith no había dejado especialización médica sin tocar, unas con más interés que otras, pero entendido en la mayoría de las mismas. — ¿Un búho? ¿Y cómo tú, tan seguro, que serás uno? —inquirió, con ese tono de voz enigmático del que llevaba una buena parte de la conversación haciendo uso. Conocía que muchos no veían su forma final sino hasta bien aventurado el proceso, incluso justo cuando se ingería la poción. ¿Un prodigio, o sólo una corazonada?

No mentía ni exageraba cuando decía que era una caja de sorpresas. A pesar de lo transparente que siempre parecía, el sanador tenía un lado oculto que no dejaba ver a todo el mundo, los ases en sus mangas, como lo había llamado. Decir todo lo que se sabe es un error a veces mortal. Para el exprofesor pareció ser impresionante ese truco de manos que tanto le había costado, en su momento, aprender, allá en África, de las pocas cosas que podía hacer con magia sin utilizar su varita. Aprovechó, cómo no, para hacer un poco de drama y hacerse el interesante, además.

Admito que en ese sentido, también tienes tus trucos, jamás nadie había roto el hielo conmigo hablando sobre ese tema —se sonrió, divertido y pidiendo con un ademán otra bebida al camarero, muy amable. — ¿De mí? —preguntó, repentinamente confundido, sacado de su terreno. Vaciló un momento, tomando un dedo de pan que había en la mesa a disposición y dándole un bocado, unos segundos antes de encogerse de hombros. — De mí no hay mucho que contar, no tengo problemas paternales, no conocí a mi padre, muy poco de mi madre, me crio mi abuelo; fui a Ilvermorny, un alumno espléndido si me permites, me mudé aquí, seguí siendo igual de espléndido en la carrera hasta ser el espléndido médico que soy actualmente.

Exageró en sus gestos lo espléndido que era, más por la gracia del momento que por pensar realmente que siempre había sido así de impecable. Con un breve resumen sobre su vida, esperaba saciar el hambre de información que repentinamente había surgido en el exprofesor. La sonrisa amable sobre sus labios se deformó, mutando en esa mueca traviesa de pillo que tanto le llegaba a caracterizar. Aclaró la garganta, puño en la boca, antes de continuar.

Tampoco hago mucho, deporte eso sí, me gusta el hockey y el boxeo, también me gusta dibujar y soy profundamente partidario de acciones benéficas, como bien lo habrás notado —continuó hablando sobre él, tocando superficialmente algunos temas. — Me divierto cuando puedo, me gusta vivir bien aunque no soy muy fan del lujo, pero sí me encanta salir con hombres espléndidos a tomar un café, en especial si eso puede derivar a algo más… intimo —finalmente llegó a encauzar el motivo de aquella sonrisa, entre la lista de cosas para conocerle mejor, metió una ficha bien puesta, clara y concisa. — ¿Qué me dices de ti?

Como si no hubiese dicho nada especial, con un gesto le pidió que hablase de él, abriéndole paso con su mano a través del camino imaginario de la conversación, dejándole hablar de lo que más le apeteciera en ese momento. Era divertido, eso sí, cómo llegó todo a ese punto, pero Laith tampoco se enfocaba únicamente en el arte del cortejo. Más bien, parecía el sazón que cubría al plato fuerte y no el plato fuerte en sí mismo.
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Archie Washburne el Mar Jul 24, 2018 5:26 pm

El búho.

Ese tótem que Archie se había autoimpuesto muy temprano en su infancia. Había impregnado tanto su ser, que hasta su patronus tomaba su forma. Además, era un animal astuto, increíblemente inteligente y muy elegante hasta en sus movimientos; cualidades que el exprofesor intentaba, a toda costa, que se reflejaran en él. A veces lo conseguía, a veces no, pero lo intentaba al imaginarse siempre a sí mismo siendo analizado por su omnisciente creador y escritor quien, quizá, lo miraba desde las alturas sobrevolándolo en forma de aquella rapaz nocturna.

— Te parecerá una tontería… — comenzó a decir, soltando una risilla nerviosa antes de proseguir: — Yo me crié como un muggle, hasta casi mi adolescencia no conocí la magia. Al menos la magia verdadera. Antes, mucho antes, disfrutaba de ésta en las historias infantiles muggles. Una de estas, una película… no sé si sabes qué son. — se paró un segundo, llevándose un dedo al labio, pensativo. Agitó la cabeza, y continuó: — Bueno, una historia muggle que habla de Merlín y de un joven Arturo. Era mi favorita de pequeño, ahora entiendo por qué. Porque todo era real. La magia y Merlín. Pero ése es otro tema. El caso es que Merlín tenía un búho en esta historia, un tanto cascarrabias, llamado Archimedes. Sí, pura coincidencia, pero como el personaje me encantaba y encima tenía mi nombre, el animal comenzó a atraerme también. Es de lo poco que perdura de mi infancia, tanto que hasta mi patronus es un búho. — explicó. — Así que cuando trasteé con la animagia y conseguí plumas pardas, supe enseguida que mi transformación sería un búho. ¿Qué si no? — finalizó, encogiéndose de hombros. — Parece que el espíritu de ese animal está imbuido a fuego en mis adentros.

Quizá era algo involuntariamente presuntuoso, pero de pocas cosas había estado más seguro últimamente. Incluso antes de desgranar la teoría de la animagia, algo le decía que su animal aquél. “¿O es que el cambio es aleatorio?”, pensó. Tenía que averiguarlo:

— ¿Por qué te sorprende tanto? — se interesó. — ¿Acaso la forma animal de un animago no tiene que ver con la psique de éste?

Ante la payasada de Laith, y aunque el medimago no se explayó mucho en lo que a información personal se refiere, Archie no pudo más que sonreír. Y no disimuló su cara de sorpresa cuando su acompañante pidió otra bebida. Él apenas había tocado la suya, pese a que estaba riquísima. ¿Qué necesitaba con tanta urgencia, el café o el whiskey?

— Bebes rápido. — se limitó a decir. — Esplendidísimo, seguro. — replicó, con tono burlón. — Así que Ilvermorny, eso explica tu acento. — dijo sin más. — Me consta, me consta. — respondió sonriente a aquello de las acciones benéficas. No sólo le había ayudado a permanecer oculto ante miradas indiscretas, sino también en aquella otra ocasión le echó un cable para sanar a su alumna. Habría intentado obviar el no tan sutil nuevo raquetazo de Laith, pero era evidente que no podía pasarlo por alto. No podría aunque quisiera, pues sus mejillas un tanto sonrojadas eran buena prueba de ello. — ¿Algo más íntimo? ¿Como la intimidad que se crea ante un caldero humeante? — contestó poniendo carita de cordero degollado y saliendo del paso como pudo: con una pizca de humor, como suele gustar, y una buena dosis de proposición; no tan indecente como sin duda Laith hubiese querido.

No aún.

No le disgustaba aquel coqueteo, y no sabía muy bien por qué. Archie no había tenido ninguna experiencia íntima con un hombre; “eso dependía de ti, es tu elección”, sin duda pensaría. Y es que quizá aquel detalle no fuera más que casualidad, quizá en su camino podía elegir y disfrutar de ambos lados de aquella encrucijada, sólo que aún nunca antes había girado hacia la izquierda. Algo le decía que no tardaría en confirmarlo o desmentirlo, y mientras tanto seguiría jugando a aquel juego que a cada momento más le divertía.

Eso sí, no olvidaría nunca que se había topado, tan afortunadamente, con alguien que le podría ayudar en su complicada empresa. No podía desaprovechar aquella oportunidad, pero por otra parte no sabía cómo manejar aquel tema sin que pareciera que sólo estaba allí por puro interés. Quizá por ello, no le importó dejar ver algo más de su historia, ahora más cercana, aunque igualmente turbulenta. Muy a su pesar.

— ¿De mí? Pero si te he contado toda mi infancia, prácticamente. — contestó, riéndose. — Bueno, a ver… antes de dedicarme a tiempo completo a no ser puesto en prisión, yo era profesor de Hogwarts. Mi asignatura era la más impopular del colegio, y cuando los mortífagos asumieron su dirección, paso de ser impopular a directamente prohibida. ¿Adivinarías cuál es?
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Laith Gauthier el Vie Jul 27, 2018 11:29 pm

Ya, claro, “La Espada en la Piedra” —interrumpió, para hacerle ver que sí, conocía la película. Él había sido de esos casos que caminan en la fina línea de la magia y lo nomaj. Lo cierto es que no se había acordado de aquel personaje, del búho, cuando conoció al exprofesor y escuchó su nombre. O no del todo, por lo menos. Meditó unos momentos en lo que había escuchado, antes de hablar. — Una paloma parda —se metió inocentemente con él, sólo por fastidiar. — Tiene sentido, supongo, mucha gente no consigue descubrir su forma hasta que toma la poción —dijo.

Él lo había hecho antes, con mucha práctica de por medio. Casi le daba un poco de envidia saber que en el caso de Archimedes la práctica había sido mucho más fluida. La forma animaga era, pues, la misma que el Patronus, en muchas ocasiones. Y en ambos casos, relacionados con la persona en concreto y no por aleatoriedad. Tampoco es que pudiera confirmarlo, o rechazarlo. Hace años que no era capaz de conjurar un encantamiento Patronus.

Empezó a hablar de él, tras pedir otra bebida intuyendo el término de la actual. Archimedes lo señaló, él había bebido más bien poco, seguramente porque hasta entonces él se limitó a escuchar mientras que el mayor era quien hablaba. Había aprovechado su breve turno de hablar para dejar bien clara su postura: si bien no le molestaba que quedase en nada, bien preferiría que las cosas pasaran a otra plataforma, “un poco más que amigos”, como se diría. No pudo evitar sonreírse cuando, haciendo gala de inexperiencia, las mejillas del otro se sonrojaron más bien como un adolescente antes que como un hombre maduro. Adorable, cuando menos.

Un caldero humeante, no suena tan mal, dependiendo del contenido por supuesto, y del lugar —se dejó llevar como el agua a través de la compuerta que había abierto el otro. Coquetear a veces era como una caja de grageas de todos los sabores, algunas veces toca dulce y en ocasiones toca el trago amargo. En cualquier caso, hablando un poco más respecto a Archimedes, se sonrió. — ¿Estudios nomaj? —le preguntó, divertido. Eso sí lo recordaba de alguna otra conversación, así que fue relativamente fácil adivinarlo.

Por lo que recordaba, no sonaba como una materia especialmente interesante. Es decir, al menos para él, cuyo conocimiento en la cultura sin magia no era poco, era un tanto redundante incluso. No podía olvidar tampoco que muchos niños magos no tenían ese contacto del que él había gozado, en constante encuentro y choque con el otro mundo que se dividía en una brecha cultural. Muy a disgusto de su abuelo, si bien lo recordaba.

Digamos que… no estoy poco informado del tema —le sonrió. — Mi abuelo estaba muy en contra, recuerdo, estaba vigente la ley Rappaport en aquel entonces, me parece… Y… Sí, digamos que no le hacía gracia la idea de que tuviese tanto contacto con los del “otro mundo”, pero tampoco podía cortarle las alas a un colibrí —le explicó, jugando de nuevo con el contenido de su bebida, ahora escaso, mientras que esperaba la nueva bebida. — Por supuesto que para mí también fue una patada en el hígado, el tema del nuevo gobierno —se encogió de hombros en un gesto aparentemente desinteresado. No iba a tocar temas turbios, pero no por eso podía omitirse lo evidente.

Se encogió de hombros. Era un tema que ya había sido tocado hace tiempo, y la verdad era que no estaba seguro de querer tocar de nuevo. No es que quisiera hacer la vista gorda, es que no iban a conseguir nada hablando mal de aquel nuevo régimen sino arruinar un grandioso momento compartido. Se estiró un poco, recibiendo la nueva bebida y mirando cómo el camarero se llevaba el anterior, perdiéndose un momento en sus propios pensamientos, encodado en la mesa y con los nudillos haciendo soporte a su mentón.

Entonces —introdujo, irguiendo su espalda con las manos sobre la mesa. Una vértebra crujió, haciéndole cerrar los ojos. — Asumo que quieres pedirme ayuda, para lo de la poción, pero —hizo un gesto con la ceja, dibujando una media sonrisa además, — no quieres parecer un aprovechado o que sólo me buscas por interés —trató de leerlo. — Así que, como soy tan buena persona, te echaré una mano, Laith, ¿me ayudas? —se preguntó a sí mismo, mirando a su Laith imaginario a la izquierda, antes de volverse a la derecha. — Sí, te ayudo —se respondió.
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Archie Washburne el Jue Ago 02, 2018 5:45 am

Seguía sin acostumbrarse a que otros muchos magos conocieran tanto de la cultura muggle como él. Supongo que eran aires de nuevos tiempos, donde los puristas parecían cosa del pasado. Irónicamente, gobernaban el país ahora mismo, pero eso pronto cambiaría. Archie lo sabía, o eso quería creer.

— Exacto… esa misma película. — replicó, titubeante. — ¿La has visto? ¿También has tenido una infancia mestiza? — se atrevió a preguntar. Después de todo, él había contado tanto de sí que le parecía de recibo tomarse ciertas libertades. — Ja, ja, ja. — se burló, ante la broma de Laith. — Gracias… supongo. No sabía que fuese tan raro eso de saber tu forma antes de dominar la animagia. — dijo, encogiéndose de hombros, no dándole mucha importancia al asunto.

También seguía sin dar crédito acerca de cómo hablaba con tanta propiedad Laith sobre la animagia. Cualquiera diría que había probado el proceso. “Ya sería demasiada casualidad que fuese un animago también, ¿no?”, pensó para sí Archie, inconsciente de lo irónico de su cuestión. Por ahora, digamos que su experticia en las pociones parecía exceder a la media de sanadores, sino a cuento de qué conocía la de la animagia. “¿Qué más ocultas, Laith?”

— Ouch, eso suena a peligroso. — dijo, burlón, refiriéndose a la insinuación de Laith con el caldero humeante. — Y hasta incómodo, ¿no? — pensó en voz alta, llevándose un dedo al labio. Le gustaba aquel juego que se traían, era divertido. Sólo esperaba que nadie saliera malparado de aquella situación. Laith le caía muy bien y no le gustaría que su relación se enturbiara de aquella forma. Bueno, quizá sí que quería que se enturbiara, pero con otras connotaciones menos negativas, digamos. — ¡Bingo! A la primera. Estudios muggles. ¿Qué me ha delatado? — preguntó, riéndose, frotándose la nuca en ese gesto tan suyo. — Me encantaba impartirla. Existe una barrera entre el mundo muggle y mago en cuanto a lo cultural se refiere, y hay que ir derribándola poco a poco. Humildemente tendía a pensar que aportaba mi granito de arena para ello. — confesó, con una amplia sonrisa de orgullo.

“Extraña elección de palabras para esa metáfora: ¿un colibrí?”, se preguntó Archie, aunque exteriormente no dejó ni que sus cejas se arquearan. Aquella ley le sonaba, de las historias que contaba su madre. Muy de vez en cuando, cuando reunía suficientes fuerzas para acordarse y hablar de su padre, ella le contaba historias de cómo se conocieron y cómo vivieron casi de manera furtiva por culpa de aquella ley. Es la principal razón por la que Archie fuera inglés y no norteamericano, de hecho.

La conversación había dejado hace mucho de ser somera. No sólo estaban compartiendo muchos detalles de sus vidas privadas, sino que ahora también surgía el escabroso tema del nuevo gobierno. Seguro que Laith podría adjudicarle ciertas etiquetas a Archie, al fin y al cabo lo había conocido como fugitivo, protegiéndole antes de saber su nombre. Le agradaba, en cierto sentido, que Laith compartiera sus puntos de vista, aunque Archie intuía que habría mantenido un perfil bajo acerca de aquello, sin mostrar sus opiniones públicamente. Le agradaba, pero también le disgustaba, porque al fin y al cabo Laith estaba sufriendo por ello también. De todos modos, el sanador pareció dejarlo de lado por el momento, o eso leyó Archie de su encoger de hombros.

— Ajá. — confirmó el fugitivo, cabeceando afirmativamente cada vez que Laith asumía en voz alta lo que muy inteligentemente intuía de Archie. — ¡Genial! — exclamó, sin poder contener su felicidad, cuando Laith accedió a ayudarle de aquella forma tan graciosa. — ¿Y cuándo empezamos? ¿Antes o después de que te invite a cenar? — preguntó, guiñándole un ojo.

No se lo podía creer. Con tanta facilidad había encontrado ayuda para el más grande escollo que había encontrado en aquella empresa que se traía entre manos. Sin embargo, no dejaba de sentir curiosidad acerca de cómo Laith conocía tanto sobre el tema. Algo le decía que no sólo se debía a sus buenas dotes como pocionista. Tenía que haber algo más, aunque por ahora lo dejó estar. Al fin y al cabo, si el medimago hubiese querido compartir más información al respecto, ya lo habría hecho.

— Espera un momento. — exhortó Archie, abriendo ampliamente los ojos. Acaba de darse cuenta de algo. Laith hablaba de como la Ley Rappaport había afectado a su abuelo. A su abuelo. Esa ley supuso un quebradero de cabezas para sus padres. Eso significaba… — ¿Tu abuelo tuvo problemas con la Ley Rappaport? ¿Tu abuelo, no tus padres? — preguntó, sin esperar respuesta: — ¿¡Pero qué edad tienes, chiquillo!?

Comenzó a sentirse muy viejo, viejísimo. Todo un anciano frente al sanador.

“¡Lo que me faltaba!”


Última edición por Archie Washburne el Dom Ago 12, 2018 3:27 am, editado 1 vez
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Laith Gauthier el Vie Ago 03, 2018 8:41 am

Asintió con la cabeza, sonrisa por medio, cuando le preguntó si había visto aquella película, y nuevamente de nuevo al preguntar por su infancia. Su infancia, juventud, hasta llegar a la edad adulta, así había sido desde sus más tiernos principios. Aquella conversación estaba siendo extraña, cuando menos. Laith era, en muchas ocasiones, un libro abierto que se dejaba leer por los ojos adecuados, pero sólo era una fachada. Tenía capítulos ocultos que sólo le permitía a ciertas personas, dolores en el alma que a nadie contaba, hechos que se guardaba hasta que fuesen necesarios. Era un dicho popular, no decir todo lo que se sabe a riesgo de decir aquello que no conviene.

Para ti, yo haría de cualquier sitio un sitio cómodo, si eso te pone en modo, pero qué te digo si me gusta un… poco de peligro —Laith había soltado la sutileza, intentando seducirle con todo el descaro del que formaba parte su personalidad. Archimedes sólo se estaba haciendo el difícil, era la impresión que le daba, si no estuviese interesado lo habría detenido en seco. — Mi buena memoria, me lo has dicho antes —le confesó en cuanto el docente se sorprendió de que adivinara su materia con semejante facilidad. — En mi opinión, los jóvenes de hoy en día no están preparados, créeme, muchos de ellos acaban en mi oficina esperando que les dé prácticas, y sé de buena mano que esa barrera cultural es un limitante tremendo.

Lo recordaba de su hermosa Roxanne, aquella ocasión en que presenciaron un accidente y su pobre amiga no había sabido explicarle a la madre del niño que venía una “ambulancia”. A veces la molestaba con ello, porque su memoria era así de buena con cosas para molestar a sus amigos. Por mucho que intentaran dividir mundo mágico y nomaj, estos se correlacionaban coexistiendo en una armonía que había quienes se empeñaban en destruir.

Decidió ayudar un poco al pobre hombre cuyas intenciones se veían mermadas por la vergüenza, ayudándolo a pedirle ayuda. Es decir, a pedirse ayuda para el otro, lo que resultó en un gracioso diálogo consigo mismo, antes de sonreírse al verle emocionarse por aquella ayuda. Lo que lo hizo abrir un poco los ojos de sorpresa fue su clara invitación a cenar. — Después —dijo sin pensárselo dos veces, no estaba de más y creía que era óptimo para el momento.

Sin embargo, Archimedes reabrió el tema que acababan de dejar detrás, haciéndolo encodarse en la mesa, con una de sus manos sirviendo de soporte a su mentón mientras lo escuchaba. Se sonrió discretamente, notando que le había dado justo en la crisis de la edad cuando mencionó que el del problema había sido su abuelo y no sus padres, aprovechando, cómo no, para llamarlo chiquillo. El otro no debía ser más mayor que él, si se atrevía a apostar diría que no se llevaban más de diez años, por lo que era una estocada a su edad gratuita.

Sí, probablemente mis padres hubiesen tenido problemas con esa ley, si los hubiera conocido —su sonrisa y su actitud fresca no encajaban con la sombra que se había atravesado en su mirada. — Jamás supe quién era mi padre, y mi madre se alejó cuando era muy pequeño, me tomo la libertad de decir que probablemente gracias a la ley Rappaport, así que fue mi abuelo materno quien cuidó de mí —le explicó brevemente. — Tengo veinticinco años, no es una gran diferencia, ¿o es que causa algún inconveniente para ti? —se aventuró a decir. — ¿Cuántos tienes tú, de todos modos?

Comenzó a beber con más calma su nueva bebida, más tranquilo por supuesto. La oscuridad no duraba mucho en el sanador, él era más bien una entidad llena de energía, en primera instancia, positiva. Laith lo sabía, siempre lo repetía: ningún pesar necesita audiencia. Por ello es que siempre intentaba superar cada adversidad por su cuenta, arrastrando los problemas como una carga que dolía en el corazón, y sólo con sus más íntimas amistades se permitía quebrarse y admitirse humano.
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Archie Washburne el Sáb Ago 04, 2018 4:50 am

El coqueteo era cada vez más intenso y Archie se sorprendía que, al contrario de como cabría esperar, cada vez estuviera más y más cómodo con él. Comenzó a divagar sobre a lo que podría derivar aquello, sobre si sería tan diferente con un hombre, sobre por qué no lo había probado antes. “Lo dices como si estuviera todo el tiempo dale que te pego”, replicó el fugitivo para sí. “De hecho la última vez que intimé con alguien fue… fue… fue…”

Dejémoslo ahí.

— Que te va un poco, o un mucho, el peligro lo sé desde que te conocí. Si no a santo de qué me habrías ocultado en ese callejón. — contestó, desviando un poco el tema. Por seguir jugando con la mente de Laith, no porque ya no le interesara. — Aaah, vale. Entonces el de la mala memoria soy yo. — fingió darse un golpe en la frente con la palma de la mano. — Parece que te he contado ya demasiado de mí y tú muy poco de ti, pero por lo que parece no voy a poder enterarme de nada a esta distancia. — se quejó, como quien dice, aunque su tono era bastante insinuante. Cabeceó afirmativamente ante lo siguiente que dijo el medimago. — ¿Quieres decir que tú también tienes conocimientos muggles sobre medicina? — se interesó.

Si en algo, en la opinión de Archie, se diferenciaba la cultura muggle de la mágica era en su tecnología. Y ésta sólo se ha podido desarrollar gracias al avance científico. Seguro que los medimagos podrían aprender mucho de los médicos muggles; aunque estos últimos se vean tan limitados a veces, indudablemente conocen el cuerpo humano mucho mejor que el sanador medio.

De no ser por la mano que le tendió Laith, claramente aún estaría buscando la forma de pedirle ayuda. Ese gesto le llegó al alma y no pudo más que sonreír ante lo adorable de la escena. Acabara como acabara aquello, Archie sabía que se había topado con un alma especial y se sentía afortunado por haberla conocido.

— ¿Después? ¿Tienes miedo de que me escape? — preguntó, juguetón. — Después será, entonces.

Al fin podía alcanzar a Laith en cuanto a lo que beber se refería. Archie se recostó sobre el respaldar de su asiento y alzó la mano, pidiendo otra al camarero. Mientras, escuchó atentamente al sanador hablar sobre sus padres, de manera tan apática que casi le sorprendió. Pero algo en su mirada le enterneció, y supo entonces que no todo era tan liviano como el tono del medimago dejaba entrever.

— Vaya, lo siento. Yo viví sin un padre la mayor parte de mi vida, no quiero ni imaginar lo que sería hacerlo sin los dos. — se compadeció, frunciendo el ceño y con tono condescendiente. — Nah, era por hacer drama. Si tienes veinticinco, no es tanta la diferencia. No hubiésemos sido amigos si hubiéramos ido al mismo colegio, pero ahora no es tanta la diferencia. — explicó, mostrándole una amplia sonrisa para quitarle hierro al asunto. — Yo tengo treinta y dos. Ya me duelen las articulaciones con el mal tiempo y todo. — bromeó, sarcasmo que quedó patente en su voz.

Le alegró comprobar que aquella lúgubre mirada fue tan efímera como pasajera. Laith recuperó su jovialidad y Archie decidió no volver a sacar ese tema más, a menos que el medimago así lo deseara. El pasado era a menudo un mar turbulento, y en mares turbulentos poco se puede pescar.

— Cambiando de tema... ¿qué sueles hacer para divertirte? — fue lo primero que se le pasó por la cabeza. Aquello se le daba fatal, era obvio. “¿No será que se me da fatal porque quien escribe se le da fatal también?” Archie podría tener un interesante punto, pero eso no convertía la situación en vergonzante. Trató de enmendarlo: — ¿O prefieres hablar de nuestro queridísimo gobierno? — preguntó. — Aunque no sé cuan seguro sea este lugar.

Uno nunca sabía cuánto y dónde podía hablar de aquello sin correr peligro. Estaban en zona muggle, pero eso no borraba per se el rastro de cualquier mago de las cercanías. Quién sabe qué miradas u oídos indiscretos podría haber en aquel pub, o quién estaba a punto de entrar en él, varita en ristre buscando la recompensa que pendía sobre la cabeza del exprofesor. Pero la curiosidad le podía; seguía preguntándose cómo, con las ideas que parecen compartir, se las había arreglado Laith para pasar desapercibido ante el nuevo gobierno. Estos tiempos aciagos traen consigo historias de los más variopintas, de las que nunca se cansará Archie de descubrir.
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Laith Gauthier el Lun Ago 06, 2018 1:25 am

No pudo evitar soltar una carcajada en cuanto escuchó que ya era evidente que le gustaba el peligro. Sí, a Laith le gustaba poner las manos al fuego por las causas que creía justas, mas eso no podía ser considerado como negativo. No para él. Graciosamente, el docente se dio cuenta de que había olvidado detalles de él que le había contado y, contrario a ello, el sanador se había encontrado más reservado respecto a las cosas que había mencionado, culpando a la “distancia” que le estiró la comisura del labio en una sonrisa.

Podemos romper esta distancia en cualquier momento, Archimedes —hizo un gesto con su bebida, como si brindara. — Claro, ¿cómo si no? Estudié medicina y psiquiatra nomaj, medimagia, hice algunos cursados en psicología, cuando estuve en Francia me interesé en la neurología y en la cardiología, aunque se me dio mejor traumatología, y también fui a África a un grupo de ayuda con patologías nomaj y mágicas —le dio un breve resumen de todas las cosas más destacables que había hecho a lo largo de esos años de preparación y estudio. — Aún sigo preparándome —se sonrió. Estaba orgulloso de todos sus logros académicos.

Laith bien podía escribir un libro sobre sus vivencias, aunque, más que eso, esperaba poder hacer un avance médico que realmente ameritase que se sentase a escribir. No era un escritor nato, por lo que no era de su particular interés ponerse a escribir cualquier cosa que tuviese en frente. Quizá optaría por una vuelapluma o incluso a algún escritor que redactase todo lo que quería decir de forma clara y concisa, cosa para la que no tenía tiempo en aquellos momentos. Luego, quizá, habría más oportunidades.

Había, además, decidido extenderle la mano al pobre hombre que sufría porque no sabía cómo pedirle ayuda. Laith ayudaba, a veces sin que nadie se lo pidiera, porque estaba en esa naturaleza altruista dentro de su sistema. — Claro, me gustaría tenerte bien seguro primero —le dirigió una mirada intensa que se perdió en la mesa, donde probablemente hubiese seguido bajando de haber podido, — antes de abrirte la puerta y dejarte escapar —se sonrió, divertido, encogiéndose de hombros.

Sus ojos eran la ventana a su alma, que en muchas ocasiones no podían engañar a nadie. De un color verde claro que reflejaba cierto esplendor cuando se encontraba feliz, que podía oscurecerse tan pronto fuese necesario. Se encogió de hombros, sonriendo, sin hablar haciéndole entender que no pasaba nada cuando le dio aquel pésame, el tiempo que éste duró antes de que los dos decidieran pasar a un tema menos denso. Treinta y dos, no era la gran cosa, tampoco.

Todo un anciano, sí señor —se metió con él, aunque no lo pensaba realmente. Archimedes intentó alegrar el ambiente, aligerarlo con una pregunta básica que le hizo reír. — Sí, necesitas practicar, aunque prefiero ese tema al segundo, no creo que sea un buen lugar para hablar de ello, las paredes tienen oídos —no sabían quién podía escucharles, y por su seguridad era mejor que no lo descubrieran. — Para divertirme… Creo que te lo he dicho antes, soy fiestero, hago deporte, dibujo, ayudo en orfanatos y en casas de reposo, soy como un niño, me entretengo con casi cualquier cosa —se sonrió divertido. — ¿Qué hay de ti? No creo que tengas mucha diversión últimamente… —se aventuró a decir. — Quiero decir, la vida de fugitivo… No es precisamente miel sobre hojuelas, ¿no? —algo que él, para bien o para mal, no sabía.

Laith había maquinado a toca velocidad hasta volver a encodarse en la mesa, aproximándose hacia él mientras le pedía que se acercase con su índice, como si quisiera decirle un secreto, acercándose a su oreja si el mayor se lo permitía. Pero, lejos de querer decirle un secreto, lo que realmente quería hacer era mover una pieza más fuerte de su ajedrez ya que, aprovechando la cercanía, se atrevía a robarle un beso. El gusto a licor y café entre la suavidad del choque, del contacto labio a labio.
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