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Bounty hunter [Priv. Dylan Dickens]

Sebastian E. Winterburn el Sáb Jul 08, 2017 10:07 am

Recuerdo del primer mensaje :

No había sido un buen día para salir. Bueno, no es que hubieran buenos días para salir para él, siempre que tocaba interactuar con la gente acababa muy irritado y por ello el día se le arruinaba. Al menos había llegado el verano y no volvería a saber del frío que cala en los huesos hasta dentro de algunos meses así que tan malas las cosas no estaban. Era recién media tarde, las seis de la tarde de un sábado en el que no es que tuviera planes de salir a divertirse con los amigos. Más bien llegaría a su departamento para sacar los cuadernos que necesitaba para un ensayo final que por más que se dijera que lo haría después de cualquier actividad iba a acabar siendo hecho hasta el lunes por la mañana a un par de horas de entregarse.

Luego de un viaje para conseguir un par de cosas para las vacaciones que llegaban muy próximas y dejarlas en su departamento, se le ocurrió volver a las calles para poder comprar algo de comida preparada puesto que la pereza de cocinar era tal que por el mero hecho de ahorrárselo podría irse a dormir sin cenar. Aún era temprano, así que, cámara en mano, esperaba poder capturar algunas buenas escenas para sus álbumes, quizá podría ampliarlas en esos centros muggle para poder venderlas y ganarse algo de plata extra. Qué lugar mejor que los alrededores del Valle de Godric para ello, tenía todo lo que necesitaba: silencio y buenos paisajes.

Estaba muy concentrado intentando capturar la esencia de un claro entre los bosques donde la luz crepuscular daba una imagen misteriosa y fascinante, el disparo salió con apenas un sonido y la fotografía salió de la cámara instantánea profesional, dejando que se secara para mirarla y sonreírse brevemente por haber conseguido una buena toma. Mientras guardaba la fotografía, notó un sonido extraño, el quebrar de algunas hojas, pasos que se acercaban a él presurosos entre una carrera, ¿quién venía a perturbarle la calma de aquella tarde?

Lo descubrió pronto cuando un sujeto no mucho mayor que él se chocó de lleno haciéndolo caer, sin que apenas pudiese hacer nada para esquivarlo. — ¡¿Pero qué demonios?! —se quejó el mayor de los dos hombres, quien fue bruscamente empujado por el universitario en cuanto sintió su peso encima, esperaba que no le hubiese dañado la cámara o iba a cabrearse mucho. El hombre tenía el cabello oscuro, muy oscuro, una barba de semanas y angustiados ojos de un marrón claro, contra su pecho asía una mochila más bien pequeña que por su interés parecía importante.

¿Qué rayos te pasa? —escupió Sebastian con la molestia creciente que de no haber sido porque notó a tiempo que su cámara estaba intacta su reacción hubiese sido mucho más brusca que ello. Lo que sí había hecho fue dañar la fotografía que se dobló al momento en que le tiró al suelo, y era bastante para provocarle una explosión a una bomba de mecha muy corta. El desconocido, sin embargo, no dio tiempo a reaccionar cuando ya se alejaba corriendo tropezosamente. — ¡Oye tú! ¡Vuelve acá! —quería decirle un par de palabras, tomando su mochila, la pobre fotografía y saliendo tras de él.

En un caso cualquiera le hubiese dejado ir y se habría encargado de sus propios asuntos. Ese, sin embargo, no iba a ser el caso, sin saber que podría estarse metiendo en problemas por su obstinación. Y es que le parecía bastante irritante que ni siquiera se haya dignado a disculparse, ¿quién se creía que era? Y por si no era suficiente, le daba curiosidad aquel paquete que cargaba, que si hubiese sido muggle habría pensado que llevaba un cargamento de droga para vender y venía persiguiéndolo la policía. Bueno, quizá no la policía, pero alguien sí que sí le perseguía, no sólo el iracundo rubio.
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Sebastian E. Winterburn el Miér Ago 09, 2017 11:25 pm

Él, en algún punto de su mente, se había imaginado que las personas cogían a los fugitivos sin más, bajo su propio riesgo por supuesto y ya. Es decir, ¿qué pasa si él, como civil sin licencia, veía a uno y podía atraparlo? ¿No era aceptado sólo porque no tenía permiso? Aunque no se lo preguntó a Dylan, porque, honestamente, no pensaba ir atrapando a diestra y siniestra fugitivos. Esa era una ocasión especial.

¿Intentaste ser auror? —por su tono, lo encontraba difícil de creer, no se veía en un mundo con personas como Dylan siendo aurores. Aunque, por supuesto, estaba juzgando muy precipitadamente, quién sabe, quizá no era lo que aparentaba. — No lo sé, igual no es que me interese mucho, sólo me dio curiosidad —admitió al final, porque la verdad no iba a hacer el examen, qué más le daba si era fácil o difícil.

Él se había alejado caminando mientras la cazarrecompensas estaba tomando el comprobante y hablaba de sólo ella sabía qué chorradas con los trabajadores. Al final, ella se le adelantaría y saldrían finalmente de aquel lugar, incómodo por la cantidad de personas que había que sabían, quizá, que eran sus últimos momentos de libertad. Sobrecogedor, como poco, no había forma de encontrarlo de otra manera, no al menos para Sebastian.

Siendo honestos, no le hacía mucha confianza aparecerse con Dylan, pero era su mejor opción. Sólo esperaba que no le cortase una oreja o un brazo en el proceso, no pensaba pasar una semana en San Mungo para juntarle de vuelta el cuerpo. Por lo pronto, se limitó a sujetarle el brazo, asintiendo cuando la mujer mencionó que aparecerían “a la de tres”, brillando no por inteligencia en cuanto inició una cuenta regresiva. Por un momento tuvo tentación de reír, por suerte consiguió frenarlo a tiempo.

Había cosas que a día de hoy seguían sorprendiéndolo; el cómo la gente aparecía sin más era una de esa cosas. En su mundo muggle, nunca se le hubiese pasado por la cabeza, más allá de ocho o nueve años atrás. Un crujido, la presión en todo el cuerpo y ya estaban a entradas de Gringotts, generalmente las personas por un mínimo de respeto no se aparecían dentro de las propiedades. Y era un alivio, se imaginaba llegando a casa y que hubiese gente dentro porque se les hizo fácil…

En fin, el punto era que estaban en frente del banco, se dio un momento para arreglarse el cabello porque podía, en un gesto ligeramente vanidoso. Él no guardaba su dinero en Gringotts, uno aprendía desde el mundo muggle que los bancos no eran de fiar, pero en ese momento tenía la necesidad de entrar y así lo hizo siguiendo a la morena. — Fíjate dónde caminas —le soltó a una mujer mayor que le chocó el hombro al caminar.
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Sebastian E. Winterburn el Jue Ago 17, 2017 9:48 pm

Se notaba de lejos que al comienzo no estaba entendiendo mucho, pero entonces pareció algo hacer click dentro de la mente del rubio. Había que entenderle, los rubios no son conocidos precisamente por ser muy perspicaces. Ser cazarrecompensas era como ser auror, lo mismo pero más sencillo: arriesgar el pellejo para atrapar criminales en búsqueda y captura, y el proceso para deshacerse de ellos no parecía ser muy complejo, ¿cuánto habían tardado ahí? Mucho menos tiempo que el que dura todo el proceso de juicio, por supuesto.

Claro, lo entiendo —repuso como si no hubiese sido la gran cosa y lo hubiese pillado a la primera. Luego de cerrar el tema, no lo pensó de nuevo demasiado, así de volátiles eran los intereses de Sebastian, así que se limitó a aparecerse con ella en dirección a Gringotts para cobrar la recompensa que le correspondía por ayudarla, todavía un poco difícil de creer pero no imposible.

Decidieron entrar al banco mágico con la mala suerte de que se chocó con el rubio quien hizo gala de lo respetuoso que era, sin importarle si la gente lo veía bien o no. Los duendes de Gringotts estaban, como siempre, con sus caras de pocos amigos haciendo cosas que sólo ellos sabían para qué o con qué propósito se hacían. Y bueno, no es que aceptasen muy buen las preguntas, motivo por el que les ignoró mientras caminaban, sin mencionar nada hasta la nueva intervención de Dylan.

¿Dragones? Nunca uno en su tamaño original y mucho menos completamente maduro —admitió, sin saber de dónde salía aquella pregunta. En alguna ocasión habrían llevado uno reducido a clase de Criaturas Mágicas o alguna cría encerrada. — ¿Qué hay de ti, mujer llamada Dylan? —le devolvió la pregunta de la misma forma en que ella se lo había preguntado, empezando a acostumbrase un poco a las particularidades de la morena.

Por su expresión confundida, el tema le había pillado por sorpresa. No pudo evitar recordar cuando se enteró que de hecho los dragones eran reales y se sonrió a sí mismo, un gesto breve pero divertido. Ignoraba que algunos establecimientos mágicos utilizasen a esas bestias mágicas como medida de seguridad, lo cierto es que no estaba muy interesado en la magizoología.

Aunque supongo que en mi opinión es del tipo de criaturas que es mejor tenerlas a distancia, muchas de ellas son impresionantes por ser difíciles de domar —dio su opinión, encogiéndose de hombros. No imaginaba a nadie domando un dragón como la albina esa de una serie de televisión que lo cierto es que nunca se vio pero sí que sabía más o menos de qué iba la trama.
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Sebastian E. Winterburn el Miér Ago 23, 2017 5:02 am

La miró con un gesto ofendido cuando le dijo que por fin pillaba algo a la primera. Hizo un gesto desdeñoso a raíz de aquello, ¿se estaba burlando de él? — No bebo —fue su respuesta, — ve sola si quieres, no importa, bébelos por mí —habló con bastante honestidad. Pocas veces había bebido alcohol y todas las ocasiones lo había odiado, así que lo mejor era mantenerse alejado del mismo. Celebrar y alcohol no iban de la mano, no para Sebastian al menos, aunque tampoco es que celebrase muy frecuentemente después de todo.

En fin, no tenía claro cuánto era el monto todavía, era Dylan quien tenía el cheque al fin y al cabo. Sólo caminaba a su lado, esperando poder cobrarlo lo más pronto posible, ¿no podía al menos pensar que los duendes tuvieran una buena organización y les pagaran rápido? Era al menos su pensamiento más recurrente, algo de bueno tenían que tener aquellas criaturas además de sus espadas, porque eran los duendes los que hacían las espadas poderosas, ¿no? ¿O eran los elfos? Ya estaba desvariando otra vez.

En Hogwarts tuve un profesor que estaba como una cabra y llevó dragones jóvenes hechos pequeños, no sé si seguirá vivo, fijo se lo comieron o algo, estaba mal de la cabeza —aceptó encogiéndose de hombros, tras escuchar que Dylan sólo los había visto en fotografías. A él le gustaban los dragones, pero no tenía una obsesión insana como la de aquel profesor, estirándose perezosamente haciendo crujir un par de las vértebras de su espalda. Se preguntó unos segundos cómo hubiese reaccionado su familia a un dragón y pronto desechó la idea.

Una muy saludable barbacoa chamuscada era una forma ideal de describir a alguien promedio tras un encuentro con un dragón, Dylan tenía un punto por ello. Aunque emocionante sí que era, seguro o racional podría dudárselo, pero había mucha gente que tomaba la vida a la ligera y se iba a pelear con dragones, aún no entendía muy bien el motivo. La gente estaba muy loca.

La agradable charla sobre los dragones duró hasta que llegaron a aquel duende mal encarado, ni siquiera podían saludar con propiedad. Y vale que el rubio era maleducado, pero los duendes se pasaban tres canchas de fútbol (¿o de Quidditch?) en la escala de mala educación. — ¿Y dónde rayos está la ventanilla 2B? —replicó cuando mencionó aquel proceso que ni siquiera Dylan conocía todavía, lo que hacían sólo para hacerles perder aún más el tiempo.

Entre la ventanilla 1B y la 3B, evidentemente —el duende lo miró con un gesto airado y sarcástico, antes de volver a poner su mirada y toda su atención en sellar sobres, como si fuera la cosa más importante del mundo. El universitario chasqueó los dientes y tuvo que morderse la lengua para alejarse de ahí.

Es bien sabido que cuando los encargados más irritación notan, más se tardan y tocan los cojones, así que mejor buscar la ventanilla sin decirle más nada. Caminó un poco a través de Gringotts hasta ver la ventanilla 2C, 1C, 5B, 4B, 3B… Tenían que estarlo jodiendo. Entre todas las ventanillas, la 2B era precisamente la que más llena se encontraba, no podía ser verdad, condenados duendes. Se metió en la fila con un gesto de fastidio.

Jodida burocracia, no entiendo para qué hacer tantos trámites y formularios, sólo para hacernos perder el tiempo… —se quejó en voz baja, haciendo fila a regañadientes. No iba a hacer que la fila avanzase más rápido pero sí que podría al menos desahogarse un poco en el proceso de espera.
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Sebastian E. Winterburn el Jue Ago 24, 2017 7:27 am

La miró de reojo en cuanto ella bromeó sobre si podría beber agua; Sebastian tenía el mismo sentido del humor que una puerta. De hecho, uno podría pensar que la puerta era más divertida y no estaría tan equivocado. — Quizá, cuando hayamos terminado —podía considerárselo seriamente, por qué no, no es que Dylan fuese una persona insoportable. Una salida sí que era, pero eran otras aguas, estaba aprendiendo a no preguntar de más después de todo.

Le contó una experiencia con uno de sus profesores más chiflados, había sido probablemente una de las pocas clases interesantes de Cuidado de las Criaturas Mágicas que había tenido, era una materia que a él ni le iba ni le venía, de hecho recordaba haberla llevado porque tenía demasiadas horas libres y con algo tenía que llenar. De todos modos, su selectiva memoria no se había dado el lujo de recordar demasiado al respecto de ese profesor.

No recuerdo su nombre, aunque no creas, sí que me acuerdo de que una chica casi se queda sin mano, podía habérsela comido cocinada en la cena, al profe se le había olvidado usar un hechizo para hacer el fuego inofensivo —se sonrió divertido, como si aquel recuerdo fuera muy grato. — Podríamos ir voluntariamente a que nos hagan barbacoa —comentó, aunque no estaba hablando en serio, encogiéndose de hombros. No ocultaba a nadie su gusto por las criaturas, parte de su pequeña piromanía.

Luego de aquel intratable duende y de encontrar la enorme fila para la ventanilla 2B, se encontraron con la maldita sorpresa de que ese formulario no podrían conseguirlo sin un permiso. Tenían que estarlo jodiendo, de verdad, no podían haber hecho tanto papeleo en una semana, el tiempo que Dylan declaró que tenía sin ir a cobrar por un fugitivo. Quiso a éste realmente decirle un par de palabras, pero maldita sea, realmente necesitaban acabar con todo sin más problemas.

¿Cómo carajo se inventan tantos formularios y permisos en una semana? —fue el tema de conversación que se le ocurrió cuando ella se lo preguntó, exhalando airado. Mientras más vueltas le daba, más se enfadaba, así que decidió preguntar por otra cosa fuera del tema de los papeleos. — Imagino que fuiste a Hogwarts, ¿hubo alguna materia que te gustara o pasabas de todo? —pensó que por ahí podrían coger algún buen tema, aunque ya sabía que las runas no le interesaban. — Por ejemplo… ¿nunca explotaste el laboratorio de pociones? —preguntó lo primero que se le vino a la mente.

Luego de la carrera de persecución, bajar y subir y volver a bajar era pesado, pero cuando llegaron finalmente a la sexta planta creyó que su vida estaba solucionada, sólo un paso más y… Los dos duendes que atendían la oficina jota y la hache, correspondientemente, no paraban de parlotear sobre la alza de la economía y cosas que parecían más estar en chino que en inglés, y no dejaban espacio alguno para que ni Dylan ni Sebastian preguntasen por el permiso veintitrés.

¡Oye, escucha! —lo interrumpió abruptamente luego de un momento intentando hacerlo de la forma buena. — ¿Aquí podemos conseguir el permiso veintitrés? —preguntó, con las orejas rojas de la rabia.

¡Menudo maleducado! —espetó el duende, — El permiso veintitrés, el permiso veintitrés, dame acá tu registro —y extendió esos dedos largos y feos en dirección del universitario con una cara de todo menos agradable.

¿Qué registro? —cuestionó el rubio, con las cejas fruncidas y un gesto de confusión.

¡El registro para pedir el permiso! ¡El registro zeta que te dieron en el piso dos ventanilla nueve! —le respondió el duende como si hablase con un completo retrasado. El supuesto retrasado bufó llevándose una mano al cabello, debían de estarlo jodiendo. — Si no tienen el registro zeta, tienen que apresurarse, esta oficina cierra en treinta minutos —sonrió de forma desagradable, ¿sería verdad?.

Nos están jodiendo, ¿no? Tienen que estarnos jodiendo —le preguntó a Dylan mientras se separaba de aquella ventanilla para al dichoso piso dos para conseguir aquel registro, encima a contratiempo pues tenían los minutos contados.
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Sebastian E. Winterburn el Sáb Ago 26, 2017 4:11 am

Se encogió, nuevamente, de hombros, pues según tenía entendido muchos de los profesores incluso de su generación se habían ido a la llegada del nuevo régimen, pero si ella decía que tenía contactos quién era él para contradecírselo. — Es probable, me avisas si encuentras a alguien que te muestre uno —le pidió, no le gustaba mucho la idea de ser achicharrado por una lagartija superdesarrollada, pero valía la pena el riesgo si al final podía ver a un dragón de nuevo.

Sebastian se había limitado a quejarse sobre aquel formulario que parecía ser necesario para que pudieran avanzar en el maldito proceso. Exhaló cuando ella le dio su teoría, enarcando una de sus cejas, ¿cómo se suponía que lo supiera? La verdad, sus conocimientos en burocracia implicada dentro de un banco, quizá un papel que habría que llenar o qué sabía él. Decidió pensárselo un poquito más cuando le preguntó a él su opinión sobre dicho permiso para no dar una respuesta tan escueta.

No lo sé… Podría ser algún permiso que te verifique que eres tú quien debe recibir el dinero o algo así, no se me ocurre mucho más —confesó con un suspiro, siendo que era un proceso casi por completo desconocido para él. Lo que sabía, lo sabía porque Niara se lo había dicho. La conversación se tornó entonces en la dirección el colegio, un pasado en común para los dos, incluso si habían ido en diferentes épocas

Trató de imaginársela en otra casa, pero no, Hufflepuff parecía sentarle de maravilla, de alguna rara forma. De hecho, se la había imaginado en esa época con porros y todo, lo que no estuvo tan distanciado de la realidad una vez que se lo dijo ella misma. Él nunca había entrado a cosas de ese tipo, pues era realmente malo lidiando con cualquier tipo de droga y era un poco menos doloroso para su reputación simplemente evitarlo y no hacer demasiado el idiota.

¿Magia sin varita? Nunca se me había cruzado por la cabeza, la verdad, aunque supongo que es bastante útil en determinadas ocasiones —no era de las cosas que él había intentado hacer, ciertamente, simplemente por falta de interés en ello. — Yo no hice nada épico, estropeé algunas varitas de mis compañeros intentando tallarles runas, aunque al menos con las últimas dos sí funcionaban un poco mejor —era probablemente su sueño, compaginar perfectamente las varitas y las runas, es una combinación poderosa en manos adecuadas. Las del Sebastian de entonces estaban lejos de serlas.

Cuando finalmente llegaron a la oficina que los mandó, para variar, a otra vuelta larga, Sebastian estaba ya perdiendo la escasa paciencia que tenía. Asintió una vez que Dylan le dijo que ella lo buscaría mientras él impedía el cierre de la oficina, ¿qué harían si no les funcionaba? Definitivamente no le apetecía regresar otro día, y todavía no tenía muy clara su ganancia, esperaba que valiese la pena después de todas las molestias.

Habían pasado cinco minutos, diez, quince. Dylan no regresaba de su aventurilla al piso dos, empezando a hacer dudar al rubio de que pudieran tener ese día todos los registros necesarios para hacer el cobro, cuando ni siquiera parecían ir a pasar de esa oficina. Veinte minutos, veinticinco, el duende había dejado de conversar con el otro duende para empezar a guardar las cosas y marcharse, ¿dónde demonios estaba Dylan? Treinta minutos y el duende tuvo intenciones de realmente cerrar.

¡No, espera, está por regresar! ¡Ya no tarda, vendrá con el registro para sacar el permiso! —insistió, casi metiéndose dentro de la oficina sin permiso para detenerlo. No había forma de que le cerrasen en las narices. — Sólo cinco minutos más, ella no tardará en volver —le pidió, casi desesperado, al duende malencarado y de expresión enfadada.

No se puede, es hora de cerrar —el duende estaba inflexible a dejar que aquellos dos hiciesen lo que necesitaban para conseguir su dichoso permiso.

Entre la discusión, las negativas del duende, Sebastian estaba consiguiendo ganar algunos minutos. No estaba seguro de cuántos, posiblemente el duende estuviese pensando ya tirarle algo para que lo dejase en paz, pero el pesado universitario no iba a permitir. Del hartazgo ya el pobre y enfadado duende casi les tira el bendito permiso a la cara en cuanto le dieron el trámite faltante, hablando en su idioma, seguramente maldiciendo a viva voz a los insoportables clientes.
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Sebastian E. Winterburn el Lun Ago 28, 2017 11:03 pm

La exclamación de la mujer le supo repentina y se sobresaltó un poco, aunque hizo todo lo posible por que no se le notase. De todas maneras, le era raro tener que ir y venir para conseguir papeles, y tampoco parecía ser precisamente del agrado de Dylan. Cuando dio su opinión de qué podría ser ese permiso, ella pareció todavía más en desacuerdo, lo que muy en el fondo generó cierta gracia en el rubio, un poco de burla oculta.

¿Vas a tener a todos los criminales en el sótano mientras los recolectas antes de entregarlos? —eso sería gracioso de ver, poco práctico quizá, pero gracioso. — Puedes tenerlos de esclavos y que hagan los quehaceres —le dio vueltas al asunto un poco antes de dejarlo de lado. A veces tenía pensamientos aleatorios que no tardaban en quedar en un segundo plano, en especial cuando prefirió no enfadarse más y cambiar el tema de conversación a uno más agradable.

Dylan, por su lado, le contó toda esa experiencia del por qué quería aprender a hacer magia sin varita, todo el tema del color y la película que no le corrigió aunque entendió a cuál se estaba refiriendo en realidad. Se habría esperado, qué sabía él, una historia épica para decidir hacer algo de ese tipo, pero no era el caso. Aunque quién era Sebastian para juzgar a las personas y sus motivos para hacer cosas geniales, se limitó a encogerse de hombros, buscando no soltar comentarios soeces al respecto. A veces era más difícil de lo que parecía.

Al menos estás viendo avances, no recuerdo conocer a nadie que siquiera pueda hacer algo tan simple sin varita —confesó, buscando ¿darle ánimos? Eso parecía. Dylan, por otro lado, había cometido un pequeño fallo en pedirle a alguien como él información sobre algo que lo apasionaba tanto. — ¡Claro que se puede! Es un arte sumamente complicado, depende también del tipo de madera de la varita, su núcleo y el tipo de runa que quieras tallarle… Por ejemplo, si yo quisiera tallarle a una varita una runa Algiz, los hechizos protectores serían increíblemente poderosos, eso sumado a una varita de madera de serbal y núcleo de pelo de unicornio, puede dar una varita que incluso actúe por su propia cuenta en defensa de su dueño —le explicó, haciendo pequeños ademanes con las manos para dar énfasis a lo que decía. — Pero también hay formas de debilitar una varita… Por ejemplo, una runa de Thurizas se relaciona con el caos destructivo, puede debilitar a una varita de aliso, comúnmente adjudicada a dueños amables y altruistas, entorpeciendo sus poderes o, dependiendo del núcleo, provocando que éste muera o se resista a hacer hechizos, algunas runas mal seleccionadas pueden causar que el mago pierda la lealtad de su varita, porque… —y en ese momento se dio cuenta que había hablado demasiado, preciso instante en el que se quedó en completo silencio, sólo aclarando la garganta. — Sí, es posible —y ahí estaba la respuesta breve y concisa que debió dar en un comienzo.

Cuando terminase con su carrera en runología entraría de nuevo a estudiar varitología, lo tenía claro, sólo para poder especializarse en esa práctica que con tanta pasión le había intentado transmitir a la morena. Podría pasarse horas y horas hablando sobre runas y cómo mezclarlas con las varitas pero, tanto como ella, sólo conocía las bases teóricas y no era capaz de tallar correctamente una runa en una varita, no sin automáticamente volver inútil a la varita en cuestión. Esperaba que algún día en el futuro ella pudiese hacer su magia sin varita y él consiguiese tallar runas en varitas de forma adecuada.

En fin, luego de que el duende casi los asesinase (si las miradas mataran ellos ya no estarían vivos), el rubio exhaló pesadamente sonriendo sutilmente. La insistencia había dado frutos, a fin de cuentas. El siguiente paso… era más complicado, porque ninguno de los dos parecía tener claro a dónde dirigirse luego de todas las vueltas que les habían hecho dar en Gringotts, llevándose una mano al cabello para echarlo hacia atrás.

A ver… entramos… Fuimos con el duende con cara de estar oliendo mierda… ¿Luego nos atendió uno amable? ¿En…? Dónde era… Era el sitio donde casi te digo que volvíamos mañana a cobrarlo por la fila que había, ¿era en la ventanilla D14? Luego nos mandaron hacia acá… hay que volver —¿había una ventanilla D14? No estaba del todo claro, pero sí que sabía que debía ser en el piso en que estuvieron antes, ya se acordarían cuando estuvieran ahí, pensó.

Tomaron el elevador de regreso, entonces, para encontrarse con la sorpresa de que las ventanillas sólo llegaban al cinco en cada letra, por lo que D14 no existía. La respuesta más obvia hubiese sido acercarse a preguntar, pero no fue lo que hizo Sebastian, sino que se quedó orgullosamente intentando recordar por su cuenta en qué ventanilla era hasta que, más por milagro, le apareció la B2 en la cabeza. Y dicha ventanilla, cómo no, era la que más fila tenía, para variar.
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Sebastian E. Winterburn el Miér Ago 30, 2017 6:56 pm

El rubio enarcó una ceja cuando ella le habló, no muy seguro de a dónde quería llegar ella, pero entonces se encogió de hombros. — No lo sé, no es que la justicia tenga muy bien definidos sus marcos —comentó, acariciando ligeramente su nuca. — En cierta parte lo es, porque estás privando a alguien de su libertad… Por otro, no es que importe demasiado porque de todos modos van a hacerlo —desvarió un poco en el tema, era controversial después de todo, un tema algo absurdo para quien lo escuchase de fuera. — Supongo… aunque creo que los cheques caducan, ¿no? No lo sé, no tiendo a cobrar por cheques —y, nuevamente, se encogió de hombros.

No era el tema más normal del mundo, todo había que decirlo, y por lo poco probable que resultaba no le daba tantas vueltas. La gente hoy en día ya no usaba esclavos humanos, no al menos por norma y quienes lo hacían, que aún debía quedar alguna persona que sí que lo hiciera, normalmente lo mantenía escondido. Y pronto murió el tema de los esclavos, para eso mejor eran los elfos domésticos, aunque tampoco terminaba de acostumbrarse a la idea.

Luego del arranque que tuvo dando aquella prolongada explicación de los usos de las runas en las varitas, dirigió su mirada a la morena al escucharla hablarle con… ¿coquetería? No, debía estarse confundiendo. — No estudio varitología —advirtió, no podía identificar fácilmente una varita sólo con la vista, pero ella ya le entregaba su varita antes de que pudiese hacer nada. Así que, sí, decidió darse una oportunidad, qué tan malo podía ser. La miró, dándole vueltas entre sus dedos, la madera blanca, el núcleo extraño… No tardó en rendirse. — Creo que la varita es de álamo, por el color… De resto, no lo sé —confesó, devolviéndole su varita.

Su conocimiento en varitología era muy teórico, no había podido poner mucho en práctica sus habilidades. Podría reconocer los tipos de madera más comunes, pero uno tan curioso con un núcleo raro le resultaba un imposible. De vuelta a la odisea de reencontrar el camino, Dylan había sugerido volver realmente sobre sus pasos, caminando de espaldas para ello. Con una ceja enarcada, el universitario procedió a caminar de regreso con ella, aunque él caminaba normalmente sin hacer el idiota por el banco.

Vas a chocarte con… —empezó a decir, demasiado tarde, se chocó contra otra persona que estaba distraída hablando con un duende. — Demasiado tarde —se mofó de ello, ¿quizá debió advertirlo antes? El “hubiera” no existe. El elevador no estaba muy lejos de la zona del impacto, así que al cabo de un par de minutos ya estaban dentro, siguiendo el camino marcado por Dylan, mientras esperaban ahora sí llegar al sitio donde deberían haber ido.

Al llegar al piso, sí, parecía conocido, algún lugar donde ya habían estado antes. ¿Eso se debía a que la mayoría de los pisos se parecían o a que estaban en el lugar indicado? Al bajar del ascensor descubrieron que la letra “D” estaba prácticamente vacía, no llegaba al número 12 sin embargo. Además, tan vacía estaba, que ni siquiera tenía duendes atendiéndolas. Otra combinación letra y número se le vino a la mente al rubio, como una especie de déjà vu.

Creo que deberíamos ir al piso siguiente… También me suena la B2 —le comentó, ¿quién decía que los rubios eran tontos? Bueno, Sebastian no brillaba precisamente por inteligencia, pero al menos tonto no era. La ventanilla, siguiendo un orden lógico, debería estar en el piso inferior a ese, si comenzaban por la D, el anterior debería terminar con la C. De vuelta al ascensor, de nuevo. — Al menos ahora sé que no me quiero dedicar a ser cazarrecompensas, no si tengo que pasar esto diario —eso ya lo sabía de antes, pero ahora lo confirmaba.
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Sebastian E. Winterburn el Vie Sep 01, 2017 9:03 am

Mientras hablaban de los esclavos y los secuestrados, salió el tema de la caducidad de los cheques, saltando de tema en tema buscando en qué entretenerse. Sebastian seguro le habría creído si le decía que caducaban a los tres días y nada más, pero ella tenía otra idea en mente en cuanto le pegó el papel en el rostro para que lo viese por sí mismo, no obstante no habría modo ninguno de que lo viese por lo cerca que estaba, motivo por el cual el rubio le sujetó la muñeca para apartarle la mano del rostro.

Ya lo veo, ya lo veo —mintió, no le había dado ni una mirada, ¿es que ella se creía que se le iba a hacer costumbre cobrar esos cheques? Ella estaba muy equivocada, no estaba en sus planes en lo absoluto. Por ello es que le daba bastante igual por qué se conformara el cheque, sus caducidades y el resto de cosas que uno podía ver en uno de los cheques.

Por otro lado, lo que sí que le decepcionó fue no poder determinar bien el tipo de varita que Dylan poseía. La encontró sumamente rara, la madera le costó identificar y ni siquiera estaba seguro que fuera álamo, no tenía mucha idea de cómo identificar muy bien los núcleos, pero eventualmente aprendería de ello cuando se graduase de runología y empezara la carrera de varitología, sus estudios no estaban cerca de terminar. Motivo por el cual asintió cuando ella exclamó, quizá en un tono demasiado alto, que era cuestión de tiempo para que lo supiera.

Le generó cierta diversión aquella caída y el choque, no intercedió entre los insultos y mucho menos en las disculpas, lo que sí es que le daba gracia aquel impacto en un sentido tal vez un tanto malicioso. De una forma o de la otra, llegaron a ese desolado piso sólo para recordarse que precisamente ahí no era. La de vueltas que estaban dando era ya enloquecedor, si hubiese ido solo hubiera abandonado después del tercer impedimento, por lo que al menos la presencia de Dylan, además de ser una compañía conversacional, lo mantenía en la labor.

Se pensarán que lo que uno más quiere tras una persecución es ponerse a ir y venir por todo el banco para encontrar papeles cual búsqueda del tesoro —ironizó, poniendo los ojos en blanco unos segundos, regresando al ascensor. El siguiente tema de conversación no era en lo absoluto uno que querría tocar. — No es asunto tuyo, en realidad —y de vuelta a esas respuestas cerradas.

No le apeteció responderle, y tampoco iba a preguntar de vuelta por cortesía, así que nuevamente enviaba la conversación al silencio. El viaje en ascensor fue más bien rápido, al menos eso agradecía de la diferencia con los ascensores del Ministerio. Nada más bajar, suspiró pesadamente, tocaba encontrar la ventanilla mientras miraban por aquí y por ahí buscando algún duende que les sonara (porque eran, para Sebastian, como los asiáticos: todos iguales).

Uno de los duendes los llamó, preguntando por el formulario que ahora tenían, resolviendo la duda que tenían de por qué habían recordado algún D14, no era otra cosa que el nombre del formulario que habían estado buscando. Permitió que fuera la morena quien le entregase al duende el permiso para el formulario, ya mareado con tantos formularios y permisos y ventanillas.

Bien, bien… Menuda aventurita hemos tenido hoy, ya era justo y necesario terminar con todo esto —cantó victoria finalmente, ¿quizá demasiado pronto? Era momento de ir a donde se cobraban las recompensas, donde había comenzado todo.

Empezó a caminar en cuanto Dylan lo sugirió, recordaba que el primer duende era todo menos agradable, como si se hubiera robado la amargura del que los acababa de atender. En fin, el punto es que luego de unas tres personas finalmente estaban de nuevo frente a él y éste exhaló fastidiado, extendiendo su mano con sus desagradables dedos largos y uñas filosas como sus dientes.

El formulario D14 —les pidió, pronto recibiéndolo y revisando los datos escritos. Hizo algunas cosas de duendes hasta finalmente contar el dinero, queriendo asegurarse de no darles ni un sickle extra, y tendiéndoselo a la morena. — ¿Desean algo más? —miró a ambos, esperando la negativa.

Al final, Sebastian se mordió la lengua, resistiendo la tentación de decirle algo desagradable aunque era sumamente llamativa la idea. No hizo otra cosa que darle la espalda para alejarse de la ventanilla, tomando una larga bocanada de aire y mirando a la morena. Los tratos eran tratos, después de todo, ¿por qué había tomado tantas molestias?

Lo prometido es deuda —le recordó, prefiriendo arreglar el asunto del dinero dentro del banco antes de hacerlo en medio de la calle, quizá por seguridad, uno nunca sabía cuándo algún idiota podría intentar asaltar a alguien o algo parecido.
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