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[FB] No puedes renunciar a algo en lo que piensas todos los días [Priv.]

Evans Mitchell el Dom Jul 09, 2017 5:57 am

Recuerdo del primer mensaje :

¡Bienvenidos a Hogwarts!—exclamó con los brazos abiertos un hombre algo regordete, que lucía un sombrero verde gracioso sobre la cabeza. Tenía una voz cálida y estentórea. Y agregó, recorriéndolos con una mirada exageradamente paternal—: pequeñas cabecitas llenas de polvo. ¡Carámbanos, sí que son enanos! Es como pararse al frente de un ejército de puffkeins. Sólo que a esos los quieren en casa y a ustedes… bueno, digamos que ya me explico por qué este año hay tantos nuevos alumnos: ni sus madres los quieren cerca. Huelen a barro, pedos y a pata de troll. ¿No han tenido siquiera la dignidad de darse un chapuzón con el calamar gigante?

El profesor —porque tenía que ser un profesor, ¿verdad?— se echó a reír de su propio chiste. Las caras silenciosas de los alumnos no animaron mucho la situación. Ninguno entendía de qué iba el asunto, ¿había un calamar gigante?, ¿por qué ríe solo?, ¿está loco? De lo que sí tenían absoluta certeza era de sus estómagos vacíos, de sus cuerpecillos helados y temblorosos que habían atravesado una tormenta, ¡en bote!, y de que su único guía los había abandonado a medio camino del gran castillo, todo porque dos de sus compañeritos —unos pesados, la verdad— le habían tomado tanto el pelo, con bromas y cargadas, que el hombre se largó a su cabaña con el corazón despechado. Y abrazado a su tronco. Sí, aparentemente llevaba un tronco a todos lados, al que le hablaba y del que recibía consejos.

Los niños no podían saber qué clase de consejos serían esos, porque el hombre los había dejado a su suerte bajo una tormenta y a metros de un bosque terrible y sombrío sobre el que algunos aseguraban que era el hogar de hambrientos hombres lobo en estado salvaje y otras cosas abominables. Afortunadamente, algunos de ellos tomaron la delantera y animaron al resto a hacer lo mismo —entre ellos, los dos tocapelotas, claro, porque parecía encantarles el protagonismo—, de manera que todos llegaron a resguardo dentro del castillo, aunque no supieran muy bien su destino.

Por supuesto, los responsables de ofender a un importantísimo trozo de madera estuvieron todo el camino riéndose de lo lindo sobre sus fechorías, como si eso no los hubiera metido a todos en un gran lío —aunque nadie podía decir en esos momentos que le caía bien el guardabosque—. Tampoco tenían trabas en la lengua cuando acusaban de cobardes y aguafiestas a los que no se reían con ellos y su grupete, y había un niño de lentes que se llevaba todas sus burlas —a falta de tronco, claro—.

En torno a esos dos, ya se habían definido quiénes eran sus más tenaces detractores. Había quiénes estaban fascinados con ellos y hasta se hicieron un grupete, y otros estaban deseando que por nada del mundo les tocara la misma casa que esos dos. Uno se llamaba Evans y el otro se llamaba Vane. Del primero no se sabía nada, pero del segundo se sabía que tenía un apellido de larga historia en la comunidad mágica, que venía de una familia de bien, purista y adinerada. “Toda su familia ha quedado en Slytherin”, decían, “la casa de los magos tenebrosos”.  

¡Bueno, bueno!, ¿¡pero por qué me vienen a llorar!?¿Dicen que los ha abandonado cerca del Bosque Prohibido?—El profesor se echó a reír con ganas frente a la indignada reacción de los niños, que ya no sabían qué lugar de locos era ese que llamaban “Hogwarts”. Entre la turba de infantes ofendidos se oyeron todo tipo de quejas: “¡Cuando mi padre se entere!”, “¡Tenemos hambre!”, “¡Esos dos le han levantado la pollera a mi amiga!”, “¿¡Alguien vio a mi rana!?”— ¡Ese pícaro viejo loco! Casi seguro que insultaron a su tronco. ¡Eh, ustedes dos!, ¡dejen a esa niña en paz! O seré yo el que les baje a ustedes los…

El profesor quedó atónito cuando el chico al que llamaban Evans, adelantándosele, expuso sus nalgas cual bebé recién nacido que llega al mundo sin pudores. Y bueno, pudor, parece que no tenía para nada. Se había bajado los pantalones y bailaba de una forma provocativa, riéndose y señalándole al profesor lo ridículo que era su sombrero. La reacción general fue de risas y grititos.

¡Por Merlín!—exclamó, a medio reír—¿Ah, sí?— Arremangándose, el profesor sacó la varita. Tenía una idea perfecta para la ocasión, ¿se reiría del mismo modo si tuviera una cola de cerdito? Ya estaba a punto de apuntar a ese culito descarado cuando todos oyeron un grito indignado de mujer. ¡Ay!, ¡pero si lo habían atrapado con la varita en alto!

¡Profesor!, ¿¡qué, por las barbas de Merlín, qué está haciendo!?

Nada, sólo iba a castigar…

¿¡Castigar a un alumno con magia!?

Eeeeeh…

Para alegría de los de primer año, por fin tenían ante ellos a una persona sensata —no acurrucaba a un tronco en sus brazos, por lo menos; y su sombrero era de bruja, uno muy elegante— que los llevaría de una vez por todas donde estaba la comida. ¡Y es así como da comienzo la ceremonia de selección!





El traqueteo de la locomotora aminoró la marcha, preparándose para ingresar a la estación de Hogsmeade. Evans reía a carcajadas, pero se vio interrumpido por el chillido de los frenos y su impaciencia regresó tan pronto como se detuvieron, razón por la cual él desvió su atención de la broma de su nuevo amiguito y fue a pegar la cara contra la ventanilla. Era tan dado a hacer amistades que se había pasado el viaje correteando por los pasillos y paseándose por los compartimentos, codo a codo con un grupete entusiasmado de primer año. Hubo emoción cuando uno de los prefectos los persiguió, amenazándolos con vaya a saber qué gárgolas terribles, pero con tan poca autoridad sobre la situación, que acabó siendo víctima de sus travesuras.

Evans se había pasado el día haciendo rabiar a varios estudiantes y gastando bromas. Pero no solo, solo no. Había tenido la complicidad de Vane en todas sus fechorías y con él se habían hecho inseparables. Y fue Vane el que subió al tren cargado con los artículos de Zonko, ¡se había traído el local entero!—para deleite de Evans, quien le había dado a probar a todo el mundo los caramelos ‘bocasucia’, supieran o no lo que se llevaban a la boca—. Tan bien se llevaban esos dos, que no extrañaba el hecho de que se hicieran amigos de inmediato, apenas cruzaron miradas en el compartimento. Todo fue porque empezaron a mofarse del mismo cuatro-ojos, ¿no era eso congeniar de maravilla?

Ya en la ceremonia de selección, luego de haber pasado por una serie de eventos, cuando menos, curiosos, los niños a su alrededor comenzaron a murmurar con nerviosismo. “¿En qué casa crees que quedaré?”, “Mi madre me ha dicho que si no me hago gryffindor, ¡no me hará más su torta de chocolate!”, “Si me toca Hufflepuff, ¡puaj!”. Era cierto que había mucha hambre, pero llegados a ese momento, a muchos se les hacía un nudo en el estómago. No era el caso de Evans. Él estaba de los más confiado, muy entusiasmado con la idea de comerse un hipogrifo. Ni siquiera había tocado el tema de las casas con Vane, le parecía de risa que los demás tuvieran esas caras largas por algo tan tonto.

Él sería un gryffindor, eso ya lo tenía claro. Tenían un león en su bandera, y era genial. A Evans le gustaba la idea de que lo compararan con un león. Tenían garras, eran feroces, ¡rugían que daba miedo! Al lado de eso, para un niño altanero y enérgico como él, los tejones eran lo mismo que un perezoso —aburridas—, las serpientes eran poca cosa —vale, que se movían raro y a algunos les daban escalofríos…, vaya. A Evans lo mismo le daba—, y por último, las águilas, bueno, esas eran todavía menos impresionantes. Evans hasta tenía que hacer un gran esfuerzo para recordar qué animal representaba a los Ravenclaw. ¿Un cuervo, un águila, una lechuza? ¡Lo aburridas que debían ser todas esas casas! No, no, no. Él quería ser un gran león dorado, ¡un gryffindor!

—Ey, ¿has visto a ese chico?—Lo interpeló Vane, de pronto. Señalando hacia algún lugar que él no llegaba a ver. Solamente pudo reparar en la espalda de un muchacho que había sido colocado en Hufflepuff— ¡Tiene tu cara!, ¿se conocen?

No llegó a prestarle atención porque en ese momento lo llamaron por su apellido entre la ola de aplausos y celebración. Más le valía a ese sombrero andrajoso ponerlo en gryffindor, porque si no, ¡se iba a enterar!

***

—No soy sólo yo, Pete también lo piensa. Y hasta lo comentan los fantasmas. ¡Fijate!—instó Vane, otra vez a su lado, esta vez en la mesa de gryffindor y con un gran pedazo de pollo en la boca. Tomó su rostro con ambas manos y lo obligó a girarse para pudiera ver lo que a él le llamaba tanto la atención. ¿Un chico igual que él? ¡Ja!

— ¿Me estás comparando con un tejón? ¡Púdrete, Vane!—soltó Evans. Pero entonces lo vio. Y se quedó boquiabierto. Era como verse en un espejo. El puré se le cayó de la boca abierta—Sí que se ve como yo… ¡Pero que estúpido confundirme con otro! —Ay, esa boca, Evans—No es “como yo”—puntualizó, corrigiéndose—Yo tengo más…—No hallaba la palabra para expresarse, pero seguro que tenía relación con ser más “encantador”—Soy más, ¿entiendes? ¡Soy como un león!—explicó, con orgullo. Y agregó, con una mueca muy elocuente—Él… es un tejón.

Y con eso, estaba todo dicho.

Sin embargo, una vez que halló a su alter, no le quitó los ojos de encima. Hasta empezaba a ser notorio desde las otras mesas. Estaba sumamente impresionado. No paraba de hablar sobre ese chico, al principio sólo como un chiste: “Haría que se haga pasar por mí durante las clases que no me gustan y que lleve al día mi tarea”. Pero su entusiasmo fue in crescendo y hasta pensó que serían grandes amigos, ¡como dos gotas de agua! Ya se imaginaba el dúo increíble que serían, hasta podrían pedirle al director que al otro lo recolocaran en gryffindor, porque seguro que el sombrero ese se equivocó, ¡su alter no podía ser un tejón! Él ya se encargaría de dejar las cosas en claro. Por supuesto, lo que el otro quisiera o no le tenía sin cuidado. ¿Quién se negaría a ser amigo de un león? Es más, hasta le haría un favor.

—¡Ey, Mitch!—Lo llamó Vane al ver que su amigo cruzaba el Gran Salón hacia la mesa de los Hufflepuff. Tan ensimismado estaba el otro, que Vane tuvo que seguirlo, intrigado. Y se le acercó, casi corriendo—¿Hablarás con ése al que te pareces?

—¡Maldición, Vane!, ¿te lo explico con manzanas? Es mi alter. MÍO. Él se parece A MÍ. Por eso hago esto por él, ¿entiendes? Como un hermano mayor.

—¿Y sin fueran gemelos? Tú sabes, porque tienen la misma cara…

—¡Tampoco se parece taaanto! Es un tejón.

En ese debate tan profundo estaban metidos, hasta que finalmente llegaron a la mesa de los Hufflepuff. Entre los tejones fue a caer un muchachito de lo más confiado, con aires de vaya a saber qué, haciéndose lugar de un codazo que hizo que otro niño escupiera su jugo de calabaza. Evans tenía una mirada centelleante y alegre, ahora cargada con la seriedad del que sabe que sus palabras son importantes, es decir, del fulgor del presumido. Y es que él era un pillo muy presumido.

—Así que, lo que dicen es verdad. Mi alter ha venido a Hogwarts—Evans elevó la voz con cierta teatralidad, muy serio, pero con una sonrisa de suficiencia—Este es Vane—presentó, señalando a su amigo, que los observaba de pie y con los brazos cruzados. Parecía un guardaespaldas, aunque tenía el mismo aire arrogante que su amigo. Era él el que hizo que todo el Gran Salón se pusiera a hablar cuando fue seleccionado para ir a Gryffindor, cuando era ya sabido que toda su familia había ido a parar a Slytherin. Pero esos eran temas que a Evans no le interesaban—Y yo soy Evans, Evans Mitchell. Pronto te darás cuenta de que algunos amigos son mejores que otros. Y no quieres hacerte amigo de la gente equivocada, ¿verdad? Yo puedo ayudarte con eso.

Dicho lo cual, le ofreció estrechar su mano, tendiéndosela con una seguridad muy engreída.
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Evans MitchellGryffindor

Maestro de Dados el Sáb Ago 19, 2017 6:05 am

El miembro 'Adrien Lévesque' ha efectuado la acción siguiente: Lanzada de dados


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Evans Mitchell el Miér Ago 23, 2017 7:09 am

Aterrado, era poco decir. Los feroces ladridos de fauces hambrientas que ahora descendían como una muerte violenta desde la elevación del terreno —¡como no se había dado cuenta, maldición!—, ¡queriéndoles darles caza!, eran una amenaza que no podía ignorar ni en el estado de aturdimiento en el que se encontraba luego de la caída. Evans sacudió su cabeza, como si quisiera quitarle el polvo a sus ideas, furioso por sobrevivir, por echar a correr, pero de lo primero que fue a darse cuenta fue del estado inconsciente de su alter. Ahí fue cuando el corazón la latió tan desesperado, que por unos segundos, el rededor se hizo lejano, tan lejano, como si lo viviera todo a través de un velo, o con los sentidos sumergidos en el agua. ¡Pero no era momento para perder tiempo!

—¡Tú!, ¡tú!—
lo llamó, a gritos, habiendo tomado ambas varitas en su mano y arrastrando a su alter por el barro seco con los bracitos por debajo de las axilas de Adrien, a quien la cabeza le colgaba como un peso muerto, y apurándose todo lo que podía sin siquiera ser capaz de ver qué pisaba en su camino hacia atrás. Evans hacía tal esfuerzo yendo en la dirección contrario de la jauría que se abalanzaba sobre ellos, y sin embargo, no era suficiente. No hubiera sabido hacer otra cosa que tirar de su alter, tampoco. Ni siquiera se le ocurrió ni por un momento, que podía dejarlo allí. Ni cuando el brazo se le enganchó con algo pegajoso, ¡asqueroso!, y tuvo que forcejar con toda el alma para zafarse. ¡Con lo poco que le quedaba de aliento!

Y cuando quiso darse cuenta, ya era demasiado tarde. La jauría entera abría sus mandíbulas para devorarlos, y Evans, con horror, los vio arrojarse sobre ellos, al tiempo que él se quebraba en un alarido y se precipitaba por instinto a cubrir el cuerpo del hufflepuff, sabiendo que ese era el final. Y rasgó su garganta de la agonía, sintiendo las patas de esos perros salvajes golpeando sus cuerpecitos, a riesgo de aplastarlos en esa salvaje y estrepitosa contienda de choques, pinzas y mordidas. Sólo cuando Evans tuvo la idea de que quizá, no estaban siendo despedazados vivos, alzó la mirada y, ¡sumido en el pánico más histérico!, se vio a los dos en el medio de una guerra de bestias entre gystags y acromántulas, ¡todos deseando probar esa carne fresca que se les servía, tan deliciosa, tan joven!

—¡AAAAAAAAAAAh!—Evans no supo cómo, ¡todo pasaba tan rápido!, pero enseguida se vio sorteando patas y pinzas que agitaban su mundo alrededor con violencia, arrojando conjuros al azar para abrirse camino hasta el primer refugio que vio viable: la ranura de un árbol hueco y altísimo (aunque de matarse se encargaban las bestias, tan hambrientas que estaban dispuestas a dar una buena pelea por su comida)—¡Sc¡aaaaaah!biem!, ¡Offensio!, ¡Diffindo! AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAh ¡Pasa, pasa!—insistió, empujando a su alter por la angosta ranura, ¡hasta que cedió! ¡Y los dos entraron! Evans se cayó en la oscuridad hueca del interior del árbol, y susurró—: ¡Lumus!— Acomodó a su alter de espaldas contra la pared de madera y observó su estado, pensando que esa pierna herid¡AAAAAAAAh!

Quiso pensar que estarían a salvo, pero un perro salvaje se estrelló contra la pequeña apertura, abriendo y cerrando sus fauces con una perseverancia atroz. Evans se apartó del hufflepuff, varita en mano, lanzando todos los conjuros que se sabía (los de un bromista, vamos), pero nada parecía detener el hambre de esa criatura. No se dio cuenta de las risillas en la oscuridad, ni de que unos traviesos duendecillos que habían estado dormitando allí, se alegraron con la idea de hacer una inocentada: sujetar a Adrien y llevárselo a volar hacia la superficie de la noche y más allá, hacia arriba, siempre hacia arriba, ¿para colgarlo de la copa del árbol? Cuando Evans los pescó infraganti, pegó un salto de un arrebato y se colgó de las piernas de su alter, a tiempo para comprobar cómo, ya muy por debajo de sus pies, un perro salvaje aullaba furioso, chorreando rabia y saliva frente a la visión de la comida que se le escapaba por los aires. Pero, ¿exactamente a dónde iban a ir parar? ¡Estaban a metros del suelo! Cuando tuviera una oportunidad, Evans lanzaría al cielo nocturno el conjuro: Pericullum. Pero, ¿eso les traería la salvación o sólo más problemas?



pssss:
JAJAJAJAJAJA CÓMO LA FLIPÉ. LA FLIPEEEEEEÉ. jajaja Ya me adivino tu nota mental: ‘No ofrecerle mi pj como sacrificio’ XD ¡Suerte en tus cositas! :3
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Evans MitchellGryffindor

Adrien Lévesque el Lun Sep 25, 2017 12:18 am

En la inconsciencia no sentía dolor, no escuchaba, no veía, su mente solo funcionaba para hacer lo básico: respirar, bombear sangre, sus órganos seguían operando. Pero lo que pasaba externamente no lo sabía, no podía estar atento, así que cuando el Gryffindor lo movió él ni se inmuto, ni reaccionó a la pelea de las criaturas de lo contrario le hubiera dicho que era buen momento para correr, para lejarse o quizás que debería usar un lumus o un diffindo algo contra esas criaturas, incluso le hubiera apoyado con su varita. Pero eso no pasó, sus ojos seguían cerrados y la sangre creaba una especie de barro al estar su cara llena de tierra.

Su cuerpo cual muñeca fue alzado por los aires como si no pesara nada para aquellas criaturas traviesas que inclusive le dieron una palmada a ver si despertaba, no era divertido molestar a un mago si éste no estaba despierto. Pero en cuanto Evans les prestó atención continuaron con su labor hasta elevarlo aunque su plan se vio frustrado cuando no esperaban que el otro humano se le colgara, así que a duras penas pudieron volar pero en ningún momento soltaban su carga. Los duendecillos se vieron, en un gesto mutuo asintieron con la cabeza y soltaron ambos cuerpos de forma brusca, claro ellos sin saberlo los habían alejado de las criaturas peligrosas aunque siguieron molestando, esta vez al gryffindor pues le jalaban una oreja, le tomaban del tobillo para hacerle perder el equilibrio y se reían al ver que sus travesuras surtían efecto, cuando no, se molestaban y atacaban al pobre niño.

-Immobulus - Dijo una voz en la oscuridad, la cual golpeó a varios duendecillos dejándolos paralizados, otros simplemente huyeron al ver que no podían seguir haciendo sus travesuras. El hechizo lanzado por Evans había atraído a los profesores - Los encontré - Grita entre las sombras, un grupo de adultos se acercaron, todos estaban asustados por los jovencitos de primero año - ¿Están bien? - La mirada severa de la profesora se suavizó, el celador iba con ellos de forma renuente, queriendo huir pero sabe que si lo hace lo pueden despedir - Hay que llevarlos en la enfermería ahora misma. Joven Mitchell ¿me está escuchando? Ya pasó todo - Habla con calma creyendo que el otro estaba en shock. Ya les había dado clase a ambos por separado, pero verlos juntos si que era impresionante, eran dos gotas de agua.

Todos los profesores ayudaron a movilizarlos, le brindaron a ambos cuerpos una manta pues la noche empezaba a enfriar y no era para menos, si ya pasaba de medianoche, a Adrien le lanzaron un petrificus totalus para evitar que se lastimara, mientras lo levitaban pues estaba inconsciente - tu hermano se pondrá bien - Habla la profesora, pues ella creía que ellos sabían que eran hermanos ¿por qué se iban a parecer tanto si no lo fueran? No tenía idea de cuántas teorías podrían haber formulado esas pequeñas mentecitas. Pues en el caso de Adrien nunca se le pasó por la mente que fueran hermanos, simplemente que era un usurpador de cuerpo, un reflejo mal hecho, una broma de mal gusto, algún metamorfomago o que bebió una poción multijugos mal elaborada que le dejó así por el resto de su vida.


Última edición por Adrien Lévesque el Sáb Oct 07, 2017 5:00 pm, editado 1 vez
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Evans Mitchell el Dom Oct 01, 2017 2:18 pm



Vaya, fíjate que cuando un niñato perdía los nervios, hasta podía olvidarse para qué le servía la varita. Evans estaba tan consumido por el momento de ira y pánico, que se lanzó contra los duendecillos a puño limpio cuando se arrojaron contra él, queriendo ‘juguetear’ con sus tobillos y orejas, sin que eso sirviera de mucho porque, entre risillas, los muy pícaros levantaban sus pies del suelo y se burlaban de sus púgiles acrobacias en el aire. Hasta que finalmente, vino la ayuda.

Lo que los profesores encontraron fue un alumno desmayado y herido y, cómo no, una alimaña salvaje, buscando pleito con sus puños infantiles y hojarasca en el pelo, embarrada toda la carita y en un estado de ALERTA PERMANENTE. Fíjate que hasta se lanzó contra uno de los profesores al grito de guerra cuando este se acercó para calmarlo. Y no fue sino luego de un buen trecho haciendo pataleta y cargado como un saco de patatas que, exhausto, Evans se dejó vencer por el cansancio y retornar a la civilización. Aunque sea, como un primate domesticado.

En la enfermería, el chico tenía los ojos clavados en su alter, y recuperada la capacidad del habla, y cómo no, su manía de estar en todo, acusó a los adultos de no estar llevando al cuerpo inconsciente con el suficiente cuidado, que lo iban a lastimar si eran así de zopencos, que eran unas marmotas, ¿no se daban cuenta que había que apurarse? En resumen, lo hacían todo mal. Y el colmo fue cuando le plantó cara a la enfermera, ¿queriendo intervenir él mismo en el tratamiento? Mira que decirle lo que tenía que hacer (“Hay que vendarlo, le sangra, le sangre mucho, ¿no ve que eso DUELE? ¡Haga algo! ¡Hágalo ya!”), ni más ni menos que a la única que sí sabía lo que había que hacerse.  

Si no fuera porque la profesora que había intentado calmarlo antes intervino, casi lo echaban de la enfermería, al muy brutillo. Pero luego de lo que pareció una noche de completa pesadilla, y haciéndole tragar al muy quilombero una poción de sueño contra su voluntad, Evans Mitchell entró, finalmente, al mundo seguro y tranquilo y sobre todo seguro, de los sueños.

—¡AAAAAAAAAAAAH!—¡Evans despertó! De sopetón, incorporándose en la camilla como una momia salida de su ultratumba durante una noche de tormenta. ¡Ah, terrible habían sido sus sueños! Casi se lo comían de verdad esta vez. Miró a un costado el otro, su pechito se sacudía violentamente, respiraba agitado, ¡todo él estaba nervioso!

La enfermera roncaba.

Rápido, Evans sacó los pies de la camilla y se deslizó en la oscuridad, pálido y temeroso, y con cuidado, no sin cerciorarse de que el otro respiraba y que la vaca de allá había hecho su trabajo como correspondía, así, presuroso y sin decir nada, se coló entre las sábanas de, ¿su hermano? ¡Estúpida mujer! ¿Quién pensaría algo así? Era sólo que el otro tenía SU cara, y no eran taaan parecidos después de todo. Y se había dado muchas ojeadas al espejo para constatarlo, como un narciso convencido.

Así y todo, se abrazó a su alter como te aferras a un peluche cuando los monstruos nocturnos acechan desde debajo de tu cama. ¿Qué era eso de meterse en su camilla? Ah eso era porque, en su pesadilla, porque… ¿y a ti qué te importa?

A la mañana siguiente


—¡Mira cómo chilla!—Evans estaba pletórico de contento, insoportable con tanta atención. Y es que, le habían obsequiado con un paquete de Honeydukes (bastante grande, por cierto), y allí estaba, en su camilla, regocijándose con sus dulces. Tenía en sus manos un ratón de azúcar chillón, que se retorcía en el aire mientras él lo sujetaba de la cola. Debía darle cierta satisfacción ser él, esta vez, el que manipulaba la situación—Tú sólo estás envidioso, porque tengo más ranas de chocolate que tú—argumentó, en un tonito de sapiencia muy molesto. Vaya compañero de hospital que le había tocado al Lévesque. Sonrió y se llevó la rata a la boca, todavía sujetándola de la cola.

chocolatinas:
¡Hola, dulce! Quizá haya que ir pensando en cerrar este tema. Si querés después lo hablamos o podés directamente cerrarlo en el próximo post. Vos decime :3 ¡Que tengas un bonito día! ¡Beso! :3
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Evans MitchellGryffindor

Adrien Lévesque el Sáb Oct 07, 2017 6:56 pm

Adrien había descansado toda la noche, las pociones para el dolor y los hechizos que le permitieron curar sus heridas sin ninguna cicatriz permitieron que aquello fuera posible, además de que en algún momento pudo sentir una sensación agradable que hizo que buscara más contacto, sin saber que aquello se debía al causante de todos esos malestares vividos, porque sí, para su mente infantil todo era culpa del otro ¿por qué podía aceptar que tenían rostros iguales y ya? León tenía que ser, obstinado, tontos que no entendían un "no", ¿tan difícil era la palabra? Claro, tenían un gran ego que ni siquiera aceptaban el rechazo, porque Adrien lo había rechazado más de una vez, orillando a Mitchell a perseguirlo, causando que encima la poción que realizaban saliera mal, lo que les ganó el castigo de andar por el Bosque Prohibido toda la noche y sin un adulto.

Sin embargo, dicen que las adversidades acercan a las personas... O tal vez no, porque en ese instante, estaba despierto escuchando las tonterías de aquel sangre sucia por algo tan simple como aquella golosina. Rueda los ojos, ellos eran tontos que se sorprendían por todo, la magia existía, que lo asumieran de una vez, solo retrasaban sus lecciones, porque muchos hechizos ya los sabía, solo le faltaba practicar con una varita real, como él estaban otros sangre limpia que ya sabían muchas cosas, pero el viejo barbudo tenía que darle acceso a los sangre sucia. Se preguntaba la motivación de su padre para ir a un país como Inglaterra, no dudaba que de estar en Francia podría ir a Beauxbaton, donde solo enseñaban a hijos de familias puras.

Suspiró acomodándose en la almohada, si pudiera hechizar el trasero de aquel fastidio para que dejara de hablar, simplemente lo ignoró, tomó un libro, el cual le había pedido a la enfermera ya que si estaba ahí no iba a retrasarse en sus clases, por lo tanto estaba adelantando las tareas, especialmente de DCAO. Tomó una rana de chocolate, viendo que la tarjeta ya la tenía simplemente la dejó en la caja como si fuera basura, de todas formas no las coleccionaba, no como tal, solo las conservaba para saber cuáles tenía... Aunque... tal vez esta no, debía revisar en lo que le dieran el alta.

Todo el día la pasó ahí, la enfermera entraba y salía, le daba la comida, le entregaba más libros, algunos de literatura mágica, simplemente buscando ignorar la voz chillona de su compañero, hasta que le dieron el alta, rápidamente se escabulló entre los pasillos aliviado de alejarse del otro, ingresando a su sala común (no sin antes ser bañado por vinagre, debía aprenderse bien la contraseña). Sin embargo, algo había cambiado, puede que ese dicho no estuviera del todo incorrecto, porque a pesar de su actitud fría, si estaba prestando atención a lo que Mitchell pudiera decir, causándole un poco de curiosidad y sintiendo respeto porque no estaba seguro como logró afrontar las adversidades arrastrándolo a él que estuvo inconsciente.
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