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Past Unburied { Steven }

Johan A. Edelman el Dom Jul 09, 2017 2:04 pm

Era un día nublado, no llovía, pero qué oscuro y tranquilo estaba. Casi no parecía que hubiera una guerra en el mundo mágico, aunque no por eso él la olvidaba; todo lo contrario, la tenía presente en todo momento porque había perdido muchas cosas debido a ella y su vida había dado un giro de 360º. Era afortunado por tener aún un trabajo relacionado con la música, pero atender la tienda de Dominic no era comparable con dar clases de música en Hogwarts. Extrañaba a sus alumnos cada día.

También era afortunado por no estar preso o muerto; esto porque ocultaba su naturaleza impura y permanecía con un perfil bajo que cada vez soportaba menos; pero muchos otros que conocía estaban encerrados o desaparecidos, inclusive su mejor amigo, quien era perseguido activamente por los mortífagos. Hacía mucho que no lo veía, ni a él ni a nadie, y además temía que en cualquier momento arremetieran contra su padre o su hermano, muggle y squib, respectivamente.

No estaba feliz, y aún así, tenía que quitar la mirada de la revista que leía detrás del mostrador y sonreír cada vez que entraba alguien a la tienda, como si todo estuviera bien.

Algún día iba a acabar esa mierda. Algún día los puristas iban a perder el poder, y cada vez estaba más dispuesto a hacer lo que estuviera a su alcance para conseguirlo. Pero mientras tanto, ahí estaba: simulando, sonriendo, saludando a todos aquellos que entraban en la tienda, quienes, tal vez debido al clima, no eran muchos esa tarde.
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Steven D. Bennington el Dom Jul 09, 2017 9:43 pm

Todo en su vida había cambiado desde la caída del Ministerio de Magia. Desde aquella fatídica noche, se veía obligado a vivir refugiado, al margen del resto de la sociedad mágica. Incluso el mero hecho de salir a la calle del Londres muggle era todo un peligro para todo aquel que, como él, estuviese en busca y captura por el nuevo gobierno. Fotografías de nacidos de muggles y traidores al gobierno decoraban las calles del Londres mágico, donde el periódico local se había encargado de publicitar el precio que el ministerio les había puesto a sus cabezas. Crímenes como robo de magia, traición al Ministerio de Magia e intento de asesinato eran los crímenes más comunes por los cuales eran juzgados todos los opositores al régimen. O todos aquellos que habían tenido la mala suerte de no nacer en el seno de una familia mágica.

Como muchos otros, Steven había dado con un lugar donde refugiarse. Gracias a Odiseo Masbecth, miembro en activo de la perseguida Orden del Fénix, había conocido aquel refugio. Desconocía mucho sobre aquel lugar, pues lo único importante era que tanto Beatrice como él estaban lugar bajo aquel techo. Por mucho que estuviesen escondidos y no pudiesen seguir con sus vidas como antaño habían hecho, su hermana y él habían encontrado un nuevo sitio al que llamar hogar. Un lugar al que merecía la pena volver cada día y, por supuesto, por el que luchar. Era un lugar  donde niños y mayores convivían. Un lugar donde los más pequeños se seguían formando y los mayores no lo dudaban a la hora de ampliar sus conocimientos. Era el lugar  más parecido a la normalidad ante el cual podrían encontrarse.

La metamorfomagia le había dado la oportunidad de poder salir al exterior y seguir con su vida. O, al menos, con una vida lo más normalizada posible. Había tenido que dejar su puesto de trabajo en la tienda de música situada en el pequeño pueblo de Hogsmeade para repartir pizzas en un local muggle. Su apariencia debía cambiar para que no fuese reconocido por algún mago que estuviese lejos de su territorio pero aquello no era inconveniente alguno para alguien que podía jugar con su aspecto físico como si de un lienzo se tratase.

Pero, como muchos al igual que él, añoraba su antigua vida. A las personas que formaban parte de su día a día pero también añoraba el lugar en el que había trabajado durante años. Fue esa la razón principal por la cual aprovechó para hacer una visita a Hogsmeade antes de su turno aquel día. Su apariencia cambió por una que ya había utilizado en más de  una ocasión. Ojos verde claros, pelo anaranjado en cabeza y rostro y una sonrisa menos marcada de la suya habitual. Clementine le había asegurado que, por mucho que lo intentase, el rastro de su sonrisa seguía en rostro por mucho que intentase hacerlo desaparecer, pero no por ello se había rendido a la hora de pasar desapercibido.

- Disculpe. – El ahora pelirrojo se acercó a uno de los trabajadores de la tienda. No reconoció su rostro, aquel hombre no había trabajado allí cuando él lo hacía. - ¿Sigue James trabajando aquí? – Preguntó acerca de su antiguo compañero de  trabajo, con el cual había repartido turnos durante los últimos años.

- ¿Ese traidor? – Soltó una carcajada. – Lo encerraron en Azkaban pocas semanas después del nombramiento de la nueva ministra. Ese estúpido intentaba ayudar  a los sangre sucia a fugarse del país. ¿Te imaginas? Menudo iluso. – El hombre no parecía tener muchas luces, por lo que habló de aquel hombre abiertamente ante las miradas de los pocos clientes que se encontraban en la tienda en aquel momento. - ¿Por qué  pregunta por él?

- Creía que lo buscaban todavía. Tenía información sobre pero ya veo que… - Comenzó con una mentira improvisada. Jamás había sido un gran mentiroso, suerte que su metamorfomagia no se tomaba la libertad de convertirle, literalmente, en un Pinocho ante aquel hombre.

- No sirve de nada. Ya otros han cobrado la  recompensa por su captura. Suerte la próxima vez. – Añadió antes de marcharse a seguir ordenando discos en la zona de la entrada de la tienda.

Por su parte, Steven siguió avanzando. Ya no tenía nada que hacer ahí pero la necesidad de estar en un lugar que meses atrás había sido como su segunda casa le impedía marcharse de allí tan fácilmente. Y mucho menos cuando vio una cara conocida. No era James, ni se asemejaba, pero había sido una parte importante de la vida de Steven durante años.

- Y yo que pensaba que no volvería a verte… - Comenzó hablando a la espalda del hombre. – Menos mal que los ojos no me fallan. – Añadió sin entrar en demasiados detalles después de rechazar la opción de hablar a Johan con un “eh, colega, ¿Te acuerdas de mí? Tu amigo el que está en busca y captura por sangre sucia”.
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Johan A. Edelman el Mar Jul 11, 2017 4:10 pm


Borró la sonrisa de su rostro cuando el último cliente, sin siquiera verlo, le dio la espalda al seguir de largo hacia el interior de la tienda. Al instante trató de retomar la lectura, pero no pudo evitar volver a alzar la vista disimuladamente cuando oyó la conversación que mantenía con el otro empleado. Se sintió incómodo cuando éste llamó “traidor” al tal James, tal vez porque bien podría haber sido él el que intentara ayudar a los impuros y acabar en Azkaban.  Sabía que, de tener la oportunidad de salvar a un hermano, probablemente lo haría, independientemente de las consecuencias que siempre andaban rondando por encima de su cabeza, como unos buitres esperando a que diera un paso en falso y muriera.

El pensamiento lo ponía nervioso, así que volvió a la lectura al finalizar aquella breve charla, girándose un poco en el taburete en el que estaba sentado; por eso no vio a aquel hombre acercándosele por la espalda, pero sí lo escuchó hablar de nuevo y supo, por la distancia, que se estaba dirigiendo a él. Se dio la vuelta un poco receloso, porque no lo conocía; lo miró con detenimiento y frunció el ceño, desconcertado.

Creo que… me está confundiendo con alguien más, señor —disimuló, a sabiendas de que si no era así, esta persona no estaba portando su verdadera apariencia y tenía cierta inquietud respecto de quién podía estar detrás de ese disfraz mágico, pues hoy en día, quienes debían usarlo eran precisamente los perseguidos que a James, por darles una mano, le habían valido la cárcel.

Johan, quien ocultaba su naturaleza impura, no quería revelar que tenía amigos y familiares también impuros, no sólo por el riesgo que podía implicar para él, sino también para ellos. Lo último que quería era funcionar como rastreador de impuros para los mortífagos y colaborar involuntariamente con la causa. Algo de eso quiso decirle a este hombre con la mirada, una mirada que trataba de ver más allá de esos ojos verdes. ¿Quién eres?

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Steven D. Bennington el Mar Jul 11, 2017 7:51 pm

Johan no era estúpido. No lo había sido nunca y, por suerte, era un rasgo que seguía intacto de su forma de ser. Ni mucho menos se giró fascinado por la nueva persona que interactuaba con él. Más bien lo hizo con cautela, como si temiese que aquella persona fuese a traicionarle sólo por mirarle a los ojos. Steven sabía de sobra que volver a cruzar palabra con las personas que su pasado sería complicado pero no pensó nunca que se toparía a Johan en su antiguo lugar de trabajo. ¡La de vueltas que da la vida! Apenas seis meses atrás podrían haber sido compañeros de trabajo y en aquellos momentos Steven no podía decirle siquiera de quién se trataba.

La tienda, aquella tarde, no se encontraba especialmente concurrida. Pero no contaba con el suficiente margen como para hablar a Johan abiertamente. No podía salir de buenas a primeras con la verdad por mucho que le gustaría. Ni alguien como Steven, con su inocencia natural, podía pensar que aquello era posible. No era seguro. Ni para él, ni para el pobre Johan a quien metería de lleno en un apuro.

- Será eso. Tienes una cara muy común. – Dijo con una media sonrisa. Ah, ¿Qué no sabía quién era aquel hombre? Pues Steven podía aprovecharlo para burlarse un rato de su amigo hasta que la situación propiciase que le contase la verdad. No podía, ni mucho menos, contarle delante de aquellas personas de quién se trataba. ¿Y si alguien los estaba escuchando? Sería un problema para él pero, lo más importante, también lo sería para Johan. – Entonces, ¿Tú trabajas aquí? – Preguntó el ahora pelirrojo. Tampoco estaba muy seguro de si Johan formaba parte de la plantilla actual de la tienda pero todo apuntaba a que sí. Que James ya no estuviese en su puesto de trabajo, que Johan hubiese sido previamente profesor de música en Hogwarts y, lo más importante, que estuviese en la tienda sin mirar nada.

Steven avanzó al lado del hombre y se acercó a uno de los estantes, donde reposaban diferentes aparatos de música. Había ido a situarse en la zona más semejante a la electrónica muggle pero claro, no podía hacer tal comparación en voz alta si no quería meterse en más problemas de los que ya se metería por estar ahí.

- Y esto, ¿Cómo funciona exactamente? Nunca he entendido bien para qué sirven estos cacharros. – Argumentó Steven como si no supiese nada acerca de aquellos artilugios. Lo único que buscaba era ganar tiempo. No confianza, pues consideraba que por aquel tiempo era algo imposible. Buscaba tiempo para que la tienda cerrase. O, al menos, para que la clientela comenzase a centrarse en sus asuntos o se marchase a otro lugar tras llevar a cabo sus compras. – Mi hija quiere uno de estos, pero no quiero comprarle uno si hay otro mejor. Ya sabes cómo son las mujeres y más encima cuando son mujeres en miniatura. – Bromeó. - ¿Cuál debería comprar?
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Johan A. Edelman el Jue Jul 13, 2017 8:44 am


Alzó una ceja. Así que tenía una cara común… No sabía cómo tomarse eso, pero no iba a hacer un mundo de una pequeñez. Dejó la revista a un lado cuando el cliente pareció requerir de su atención y la dedicó completamente a él, tras afirmar con la cabeza que era otro empleado más de la tienda, sin lucir demasiado feliz por ello. Fingir no era tan difícil, lo difícil era hacerlo todo el tiempo y a veces se le agotaban las fuerzas para esbozar sonrisas.

“Vamos, tienes que vender, Johan”, otra parte de sí le recordaba, “tienes que vivir de algo”. La otra opción era volver a Escocia, a la casa de los Edelman en el mundo humano, donde sólo le quedaba pasar el rato con su padre y su hermano esperando que los atraparan por impuros, pues no había mucho que pudiera hacer desde allí contra los puristas. Tampoco podía pedirle ayuda a su madre, quien estaba con las narices metidas en asuntos mortífagos hasta el punto en que desconocía a todo lo que portara el apellido Edelman, según le había dicho la última vez que habló con ella, para no ponerlos en riesgo; finalmente, se trataba de sus hijos, aunque también ella misma podía ser acusada de traidora si la descubrían cerca de impuros o, peor aún, dándoles una mano.

A pesar de todos estos problemas, Johan tenía que pensar en las características de los productos por los que el cliente preguntaba y orientarlo como mejor pudiera. No tenía ganas, pero trató de que no se le notara mientras explicaba las diferencias que justificaban la variedad en los precios. Como siempre, el mejor era el más caro y el que debía comprar, aunque otras opciones también le sirvieran, pero no era así como le habían enseñado a vender, cosa que le disgustaba porque siempre lo hacía sentir deshonesto, pero de algo tienes que vivir, Johan...

Este tiene mayor control de volumen, mayor capacidad de almacenamiento… Yo llevaría este —recomendó, aún mirando al cliente como si lo analizara. Algo tenía que le llamaba la atención de él, pero no sabía bien qué era—. ¿Cuántos años tiene su hija? —preguntó con aparente curiosidad. En realidad, era estrategia. Necesitaba verlo a la cara cuando contestara porque sospechaba que podía estar mintiendo—. Nunca lo había visto por aquí, por Hogsmeade...

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Steven D. Bennington el Vie Jul 14, 2017 10:33 pm

Nunca se le había dado bien mentir. Sus mentiras eran tan evidentes como las del mismo Pinocho, aquel muñequito creado por Disney al que le crecía la nariz cada vez que decía una mentira. O, bueno, seguro que había un cuento original de dónde Disney había sacado aquella historia como pasaba con todas sus películas. Nunca había sido gran fan de aquella película en concreto pero en aquel momento se sentía como ese muñeco de madera y encima no contaba con un grillo que le sirviese de conciencia para decirle que lo que estaba haciendo era una completa locura. Por suerte, su nariz seguía siendo de carne y hueso, por lo que no podía comenzar a crecer de buenas a primeras solo porque estuviese diciendo una mentira.  

Por suerte. Aquello no era mentira. Al menos, no del todo. Sólo era una locura de pies a cabeza. Pues, ¿A quién se le ocurre volver a visitar su antiguo lugar de trabajo cuando su cabeza tiene precio? Sí, a Steven.

- ¿Y de precio? – Preguntó como si no supiese nada en absoluto sobre aquellos aparatos con los que había trabajado a lo largo de los últimos años. – Y esto vendrá con algún tipo de manual de instrucciones, ¿Verdad? Porque a mí estos cacharros se me resisten. – Argumentó casi metiéndose en la piel de aquel personaje improvisado que había creado para aquella visita en la tienda.

Su visita pretendía ser corta y concisa. Ver que James estaba bien, que la tienda seguía en pie e irse de allí antes de meterse en problemas. Pero no. James estaba en Azkaban y se había topado con Johan, a quién no esperaba ver ahí y con quién había mantenido las distancias con tal de no meterle de lleno en un problema del que luego no podría ayudarle a salir.

- Acaba de cumplir doce. Este año comenzará su segundo curso en Hogwarts. – Dijo con sinceridad datos sobre su hija con el fin de que Johan se diese cuenta de quién era. ¡Pero cualquiera podía decir aquello! – Oh, no suelo pasar mucho por aquí. Ya sabe, como los alumnos de primero no pueden salir a Hogsmeade los fines de semana prefiero quedarme por Londres pero… Me habían hablado de esta tienda y pasé a comprobar si sus productos son tan buenos como los describían.

¿Cómo narices podía decirle a Johan que era él sin llegar a decírselo? ¡Ah! La bombilla imaginaria se encendió sobre su cabeza en forma de improvisada idea que, como el resto, no tenía por qué salir bien.

- ¿Por aquí hay alguna tienda de animales? Tengo que comprar algo de comida para mi camaleón si no quiero que el pobre acabe muriendo de inanición. Y ya que estoy por aquí… Mato dos pájaros de un tiro.
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Johan A. Edelman el Miér Jul 19, 2017 5:35 am



Le habló de los precios y contestó con bastante paciencia la duda sobre los manuales de instrucciones, ¿cómo podía ser eso una duda siquiera, si —a su parecer— era obvio que todos lo traían? Pero a veces los clientes querían cerciorarse incluso de lo que ya sabían. Lo aceptó sin chistar y esbozó una sonrisa nostálgica cuando el otro habló de la edad de la niña y de Hogwarts. Echaba de menos a los niños y a la escuela en sí. A todo lo que su vida solía ser.

No obstante, no dijo nada. A lo sumo, bajó la mirada para disimular cuando sintió que su expresión inevitablemente se tornaba triste, y sólo levantó la cabeza de nuevo cuando sintió que podía ocultar esa tristeza lo suficientemente bien.

Son buenos —afirmó como un vendedor más, antes de que el otro le mencionara que tenía un camaleón como mascota. Recordó a Hipoacusia, el que le había regalado a su amigo Steven, y de nuevo sintió mucha nostalgia, e incluso dolor porque le había perdido el rastro luego del cambio de gobierno, ¿dónde estaría? ¿Estaría vivo, siquiera? Era uno de los tantos perseguidos, como debía serlo también él, finalmente.

Recordó también que él tenía una hija y, más que pena o añoranza, de pronto sintió una suerte de sorpresa y emoción al considerar la posibilidad de que aquel hombre fuera Steven. Al fin y al cabo, era metamorfomago y podía ponerse cualquier «disfraz» para pasar desapercibido en lugares prohibidos… Cuadraba con el hecho de que no lo hubiera visto antes por ahí. Pero, antes de decir nada, por si acaso decidió confirmar sus sospechas:

¿Tiene un camaleón como mascota? Wow, yo siempre quise uno. ¿Puedo preguntar cómo se llama? Es decir, ¿qué clase de nombre se le pone a un camaleón? Para tenerlo en cuenta si consigo uno algún día —dijo como si fuera algo casual, cualquier otra conversación trivial que podrían tener dos desconocidos que de repente comparten un espacio. Pero Johan no dejaba de mirar al otro a la cara, evaluando sus expresiones, algo que le diera alguna pista.


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Steven D. Bennington el Miér Jul 19, 2017 10:26 pm

Steven nunca había sido bueno a la hora de disimular. Por Merlín, si el año que descubrió que Santa Claus eran su padre y su madre había acabado por contárselo a su hermana porque la presión le estaba abrumando. Aunque le había hecho prometer a Beatrice que fingiría sorpresa aquel  año sólo para que sus padres no se decepcionasen con él. Algo que, como todo, había acabado mal porque también les había contado la verdad. ¡No sabía disimular! Con decir que cada vez que jugaba a “Polis y cacos” con las cartas o a algún juego similar acababa tirando la carta del ladrón porque no podía con la presión de estar engañando al resto durante toda una partida. Toda  una partida que podría durar diez minutos como mucho.

Se estaba esforzando mucho. Muchísimo. No quería que nadie pudiese llegar a sospechar de Johan y su relación con los nacidos de muggles o los traidores como él. No quería meterle en problemas, por lo que prefirió utilizar aquel disfraz e ir dejando caer datos sobre él que ambos conocían con el fin de hacerle ver que el desconocido ante el que se encontraba no era tan desconocido. ¡Pero era muy complicado! Habría sido más fácil ir con una etiqueta en la frente con su nombre para que Johan se diese cuenta, aunque aquello implicaría ganarse las miradas de todos los presentes en la tienda. No mucha gente iba con una etiqueta con su nombre sujeta en la frente.

- ¿Sabe usted lo que es tener un amigo cruel? Pues, verá, yo tengo uno. Bueno, varios. Pero uno especialmente cruel. Creo que me adora y que incluso llegaría a casarse conmigo sólo por aburrimiento. – Comenzó lanzándole a su amigo algún que otro comentario que buscaba sacarle una sonrisa cuando descubriese de quién se trataba. Por mucho que lo hubiese intentado en alguna ocasión, Steven carecía de maldad y sus comentarios “hirientes” no eran más que boberías de niños pequeños. – Pues tuvo la magnífica idea de regalarme un camaleón. Ya sabe, los dueños se parecen a las mascotas o quizá era las mascotas a los dueños… No lo sé. – Frunció el ceño como si no supiese de lo que estaba hablando. – A lo mejor pensaba que nos parecíamos en el número de patas, el tamaño de los ojos o las escamas de la piel. Pero decidió regalarme uno y entre ambos pensamos que el nombre más cruel posible para el animal hacía referencia a la pérdida de audición. ¿Sabe usted a lo que me refiero? – Venga, Johan, con eso te lo había puesto en bandeja.

¿Y si no lo entendía? A lo mejor el destino quería que fuese una persona lógica y no fuese por ahí metiendo en problemas a sus amigos por decirles dónde se encontraba. O a lo mejor el destino no existía y simplemente Johan se acababa de despertar de una larga siesta que había adormecido hasta la última de sus neuronas. Pero, y si por el contrario si lo comprendía, ¿Qué haría? Johan había sido su amigo durante años, no le traicionaría ni se cobraría su recompensa yendo al Ministerio de Magia. No, no, no. Johan era mucho mejor que eso. Y él estaba  metiendo en problemas a una buena persona. ¿En qué le convertía eso?
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Johan A. Edelman el Lun Jul 24, 2017 8:35 am



El concepto de crueldad no encajaba con la clase de amigo que se casaba con uno por aburrimiento, pero pronto entendió por qué lo decía. Reconoció la historia, por supuesto, y la sospecha se convirtió en certeza y, a la vez, en sorpresa e incertidumbre, ¿qué debía hacer? ¿Cómo reaccionar? Considerando que estaba en la tienda, lo primordial era que disimulara lo que fuera que le estuviera pasando por dentro, pero ni siquiera eso sabía bien qué era, además del asombro. La historia del camaleón lo llenaba de recuerdos y nostalgia, y el presente, de miedo, porque ¿qué mierda haces aquí, Steven? Era demasiado buscado y, siendo que Johan simulaba ser de sangre pura para que los mortífagos no lo despedazaran con una maldición asesina, no se suponía que nadie supiese de esa amistad que debía tener bien enterrada y oculta en el pasado.

Pero ahora parecía estar más viva que nunca, podía sentirlo y sonrió, esta vez no falsamente, sino con un aire de complicidad que nadie más detectaría.

Yo creo que fue porque puedes cambiar de color para ocultarte —dijo en voz baja y a poca distancia de él, como contando un secreto, respecto de los motivos que supuestamente lo llevaron a regalarle el camaleón, aludiendo a la metamorfomagia de Steven, ahora confirmada. Sin embargo, como no quería ser demasiado obvio ahí adentro, se quedó con las ganas de mencionar el nombre del camaleón y de preguntarle tantas cosas… Al fin y al cabo, le había perdido el rastro cuando subió al poder el nuevo gobierno.

Asintió con la cabeza, sí, sé a lo que te refieres. Pero ¿ahora qué?, parecía indagar con la mirada inquieta, comprometida y a la vez, era la mirada de alguien que no quiere soltar o dejar pasar, ahora que por fin tiene la oportunidad. Fue hacia el mostrador y sacó de un cajón cercano una tarjeta del local, hasta ahí era algo que podría haber hecho con cualquier otro cliente, lo que cambió fue que también sacó un bolígrafo y anotó algo: una dirección.

Aquí nos reunimos los viernes en la noche el club oficial de amantes de los camaleones de Hogsmeade —inventó, tendiéndole la tarjeta—. Debería venir el próximo viernes…


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Steven D. Bennington el Mar Jul 25, 2017 9:32 pm

¡Din, din, din, din, bingo! Johan había conseguido dar en el clavo y una campanita en el interior de la mente de Steven sonaba y sonaba haciendo una alerta en el interior de su cabeza porque el chico había conseguido adivinar de quién se traba. Eso, o acababa de hacer un juego de palabras increíblemente bueno para no saber que estaba ante un metamorfomago. Pero por suerte para ambos en aquella ocasión, Steven no era de esas personas que comenzaban a barajar todas las opciones posibles por desconfianza hacia el resto. Él no era capaz de pensar que Johan podía ser un Mortífago encubierto que le había seguido la pista hasta la tienda de música disfrazándose de uno de sus más antiguos amigos. Él no era capaz de pensar que la gente guardaba algún tipo de maldad en su interior y podría hacerle tal jugarreta. O que toda su conversación hubiese sido fruto de alguna conversación. Por Merlín y toda su ropa interior, Steven no era capaz de pensar en nada parecido.

- ¿Te imaginas ser  azul por un día? Serías como un duendecillo. Aunque mucho más pequeño y sin esas orejas puntiagudas, los ojos negros y las alas. –Hizo una breve pausa. – Ni las antenas, el número de dedos, los dientes afilados… Bueno, sólo te parecerías en el color y en tener brazos, piernas, tronco y cabeza. Pero serías azul. – Steven siempre había tenido un don natural para ser capaz de divagar sobre cualquier tema sin siquiera ser consciente de ello. Pero en aquel momento era totalmente consciente de ello. Cuando estaba nervioso hablaba incluso más de lo normal y, ¿Cómo no estar nervioso en aquella situación? Aún no sabía si Johan le mataría después de aparecer en su nuevo empleo cuando estaba siendo buscado por la justicia del Mundo Mágico.

Avanzó junto con Johan sin saber qué decir. ¿Qué se decía en aquellos casos? Nunca se había visto en una situación parecida y esperaba que aquella fuese, sin duda, la primera y la última. Por suerte para él, Johan fue más rápido a la hora de trazar un plan de salida de aquella incómoda situación donde cualquiera de los presentes en la tienda podría oír su conversación y acabarles por meter en un buen lío.

- Oh, allí estaré. ¿Hay que llevar algún dulce? Siempre me han encantado los brownies de chocolate. – Afirmó cogiendo la tarjeta y doblándola para guardarla en su bolsillo. – Nos veremos allí entonces. Volveré pronto para terminar el encargo del equipo de música. – Mintió. Intentaría por todos los medios no volver a aparecer jamás por aquella tienda ahora que ya sabía que James había ido a parar a una celda de Azkaban y que podía mandar a Johan al mismo lugar si seguía comportándose de la misma manera.

Viernes por la noche.

Se había marchado de la tienda demúsica de Hogsmeade tan rápido como había ido. Después de darle muchas vueltas, había optado por aceptar la invitación de Johan. No había dudado por miedo a ser traicionado por su amigo, sino por la posibilidad de meterle en un problema del que el castaño no podría salir de otra manera que no fuese en una celda en Azkaban. Por lo que, una vez más, utilizó su metamorfomagia para dar un cambio radical a su imagen imitando el aspecto físico utilizado en la última ocasión para acudir al lugar que Johan había escrito en el trozo de papel.

Llegó con tiempo suficiente para aparecer antes de lo que hiciese Johan, quedándose no muy lejos del lugar acordado pero tampoco en el punto exacto, esperando ver a Johan o que, por el contrario, fuese él quién le viese.
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Johan A. Edelman el Vie Jul 28, 2017 9:24 am



La dirección que le había dado a Steven era difícil de ubicar porque se trataba de un subsuelo; por eso, a la hora acordada, lo fue a buscar a la superficie. No tardó mucho en encontrarlo, estaba usando el mismo disfraz que en la tienda de música y deambulaba por los alrededores con una actitud que al menos a él se le hubiera hecho sospechosa de no ser porque sabía que se trataba de Steven. Se acercó y, tomándolo del brazo, lo arrastró hacia el subsuelo.

Vamos, no te quedes aquí, llamas demasiado la atención. —Miró a los alrededores para verificar que no hubiera testigos antes de mandarlo escaleras abajo, hacia una puerta donde él tuvo que dar una contraseña para que fuese abierta del otro lado, y después cerrada a cal y canto una vez que ellos entraron.

No era un club de amantes de los camaleones. Aquel sótano amoblado funcionaba como punto de reunión para aquellos que querían un cambio. Revolucionarios, podían llamarlos. Insurgentes, por el momento bastante pasivos, pero firmes en sus convicciones. No eran muchos, pero todos dejaron lo que estaban haciendo y voltearon a ver al acompañante de Johan.

Ya puedes volver a ser tú si quieres. No te preocupes, estamos en confianza. Muchos de ellos son fugitivos también —le explicó éste a Steven—. Tienes tanto que contarme… Deberíamos sentarnos. —Señaló el sofá más cercano a sus posiciones—. Pero antes ¿no quieres presentarte? —ofreció, sintiendo que eso era lo que esperaba la mayoría, una presentación o una explicación por parte de Johan, quien de pronto metía a este desconocido en el escondite y, como nadie lo reconocía con aquel aspecto, obviamente desconfiaban. Eran personas muy perseguidas—. No es obligación… —clarificó, no obstante—. Yo puedo encargarme.

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Steven D. Bennington el Vie Ago 04, 2017 4:17 pm

Steven no tenía ni la más remota idea de dónde se había metido ni dónde debía ir exactamente. Tal y como le había indicado Johan, había acudido a la dirección escrita en el papel a la hora prevista ataviado con el mismo aspecto físico que había utilizado en el interior de la tienda de música. Pero, en aquella ocasión, no sabía dónde ir ni cómo actuar. No sabía siquiera qué era aquel lugar ni dónde se encontraría Johan en aquel preciso instante pero, por suerte, el castaño no tardó demasiado en aparecer casi arrastrándolo a la parte baja del lugar. Un subsuelo, final inesperado para un confuso Steven que se sentía más perdido que un pulpo en un garaje.

Una puerta se abrió ante sus ojos cuando Johan dio una contraseña. ¡Aquello era un club secreto! Sabía de sobra que aquello no ocultaría una asociación clandestina de amantes de los anfibios y de los camaleones, pero tampoco esperaba que el lugar estuviese tan bien protegido de los curiosos como él o del peligro como el que acechaba en el exterior. En aquellos momentos, nadie era amigo. Ninguna persona podía ser considerada como de fiar por mucho que lo pareciese pero Steven, una vez más, podía poner la mano en el fuego por sus amigos. En aquel caso, por Johan.

Bajó los peldaños hasta abrirse paso al interior del lugar. La puerta se cerró tras de sí y Steven miró asombrado como todo a su alrededor distaba con lo que podía verse en el exterior. Aquel lugar no era improvisado. Aquel lugar no ocultaba una asociación de amantes de la naturaleza, sino a un grupo amplio de personas que querían mantenerse ocultas y seguras ante las amenazas con las que debían convivir cada día.

- ¿Qué es exactamente este lugar? – Preguntó sin dejar de mirar todo a su alrededor.

Confiaba en Johan, sin duda alguna. No se hubiese arriesgado a cruzar palabra con él ni mucho menos a aparecer en un lugar desconocido que no había podido inspeccionar con anterioridad. Pero no confiaba en el resto, por muy fugitivos que fuesen. En los tiempos que corrían cualquiera podía traicionarle y desgraciadamente era algo que había aprendido por las malas experiencias.

- Prefiero quedarme así. Es más seguro para todos. – Para él, para el propio Johan y para cualquier fugitivo que estuviese allí. Ya cargaban todos con suficientes crímenes a la espalda como para sumar el ocultamiento de fugitivos a la lista. Si no sabían de él, tampoco podrían ser juzgados por no haber dado información referente a su paradero. – Está bien... – No estaba muy convencido pero ante la insistencia de Johan y de los allí presentes hizo que su altura menguase, sus facciones se viesen modificadas, su cabello se volviese castaño y sus ojos volvieran a su habitual tono. Poco a poco su rostro fue tomando el de un Steven más cansado de lo habitual, con ojeras marcadas y el pelo despeinado. Pasó sendas manos por su cabello colocándolo ligeramente sin demasiada intención de lograrlo y sonrió con timidez a los allí presentes. – Traición, robo de magia, varita ilegal… Unos veinticinco mil galeones. – No pudo evitar reír ante aquella estúpida presentación que se acababa de dar a sí mismo. – Steven para los amigos. Un sangre sucia más para el resto del mundo. – Añadió haciendo una corta reverencia antes de tomar asiento en uno de los sillones que Johan le había indicado.

En cuanto su rostro quedó al descubierto, más de uno no tardó en identificarle. Hubo algún murmullo del que Steven ni siquiera se percató y luego volvieron a la tranquilidad habitual del local, donde todos se sentían seguro.

- Cuanto tiempo Steven, me alegra saber que estás bien. ¿Cómo está Beatrice? – Una mujer de unos cuarenta años se acercó al lugar donde Steven y Johan se habían sentado. – Me apenó saber que tuvo que dejar su puesto en San Mungo. Siempre estaba tan dispuesta a ayudarnos a todos… Es una pena.

- Está bien. Dejó el país en cuanto pudo para no acabar en Azkaban. – Mintió. No era dado a las mentiras pero había conseguido habituarse a aquella de tal manera que parecía que incluso creía sus propias palabras. No quería que nadie supiese que Beatrice seguía en el país si era posible evitarlo.

- Dale recuerdos de mi parte. Moira McConell. Trabajaba con ella en el hospital, dile que es un lugar más oscuro sin su sonrisa. – Posó la mano sobre la de Steven y se marchó de allí para seguir hablando con los presentes.

- ¿Qué se supone que es este sitio? – Preguntó con curiosidad en dirección a Johan. Cierto era que Steven tenía mucho que contar, pero en aquel momento su curiosidad era más poderosa.
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Johan A. Edelman el Mar Ago 08, 2017 9:56 am




La primera vez no supo explicar lo que hacían allí. Mientras vacilaba, buscando las palabras, Steven accedió a volver a su forma original, a pesar de haber dicho que no en un principio y con unos motivos muy válidos, así que a Johan lo sorprendió. Cuando se presentó ante los demás, éstos lo saludaron con calidez, dándole la bienvenida. Al fin de cuentas, todos estaban en la misma situación que él. Incluso había metamorfomagos y otros tantos que envidiaban esta habilidad que, por cómo estaban las cosas, hoy en día podía salvarles la vida.

Extrañaba tu cara de imbécil —le dijo amistosamente Johan después de esos saludos iniciales, sonriéndole a pesar de las circunstancias—. Pensé que no volvería a verte —confesó ya más serio, sentándose en el sofá al lado de él, mirándolo fijo, como si no pudiera creer que su amigo realmente estuviera ahí. Luego, volvió a sonreír, poco antes de que Moira interviniera.

Escuchó la breve conversación que sostuvieron sin interrumpir, hasta que le tocó a él hablar:

Gracias, Moira —dijo y acto seguido se volvió hacia Steven. Le debía aquella explicación—. Un club de amantes de los camaleones… Sólo que todos tenemos la sangre sucia y las ganas de que todo vuelva a ser como antes. Algunos usan este lugar como refugio, y los viernes nos reciben aquí para los que aún podemos estar fuera con cierta libertad les traigamos novedades… y lo que necesiten, en general.

» Obviamente, no nos limitamos sólo a eso. No queremos simplemente aguantar y quedarnos de brazos cruzados mientras nos apresan y matan a nosotros o a nuestras familias. También estamos pensando en la manera de recuperar nuestras vidas… Aunque puede que las perdamos en el camino
—reconoció con cierta angustia. De por sí, todo el lugar, toda la reunión era algo ilegal que, si llegara a oídos de los mortífagos, bueno… Éstos se encargarían de encarcelarlos o eliminarlos—. ¿No estás harto de vivir así, ocultándote, ocultando a Beatrice, temiendo por ella y por ti? Alguien tiene que hacer algo. Tal vez no hoy ni mañana, pero en algún momento, quizá cuando estemos más fuertes… la rebelión tiene que ocurrir. No podemos seguir permitiendo esto por siempre.

» Puedes irte si no quieres involucrarte en esto
—aclaró tras una breve pausa—. Sé que te compromete aún más estar aquí, que esto es traición pura y dura y podemos morir por ello, si nos descubren. No te traje aquí para que caves tu propia tumba, es sólo que creo que es el único lugar seguro en el que podemos hablar....

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Steven D. Bennington el Sáb Sep 09, 2017 12:49 pm

Se mostró reacio en un principio pero acabó por dar su brazo a torcer, accediendo a ocupar su forma habitual. No le agradaba demasiado perder aquella ventaja pero tal y como había dicho Johan, aquellas personas eran de fiar y se encontraban, muy posiblemente, en la misma situación que él. Steven tendía a confiar con facilidad en el resto pero era cierto que era una característica que poco a poco había ido menguando debido a los tiempos que corrían. En aquella época, hasta tu mejor amigo podía traicionarte para venderte al mejor postor.

- Sólo tenías que comprar cualquier edición de El Profeta y ver mi cara en la zona de fugitivos más buscados. Soy todo un delincuente y mi madre que decía que no llegaría a nada en esta vida estudiando música… - Rodó los ojos y no pudo evitar soltar una corta carcajada. Steven no había perdido su sentido del humor cuando se encontraba cerca de los suyos. Con los años había aprendido que una sonrisa lograba dotar de calidez a la más fría de las estancias y era algo que en aquellas circunstancias no debía olvidar. El humor era capaz de dotar a cualquier situación de una energía positiva que muchos envidiarían.

Steven se sentía dentro de una película de Star Wars donde formaba parte de la Rebelión al margen del Imperio quien, en este caso, estaba a cargo del Ministerio de Magia. Tenían una base rebelde bien marcada y diferentes pequeños asentamientos donde otros rebeldes se escondían. Los sangre sucia eran algo así como los Jedi, pues habían sido erradicados o encerrados en la mayoría de los casos y eran pocos los que quedaban aunque, por suerte, eran más que los Jedi tras la llegada al poder del Imperio en aquellas películas muggles.

- Creo que por mucho que haga ya no puedo involucrarme más. Sólo por tener padres no mágicos ya le han puesto precio a mi cabeza y dispararán sin antes preguntar. Bueno, ya me entiendes, por suerte aún los magos no andamos por ahí con pistolas además de con varitas… Ni con granadas. Espero que no llegue el día en el que se den cuenta que los muggles tienen mucho positivo que podrían aprovechar. – Negó con la cabeza y movió una de sus manos al unísono. – Hay más lugares como este. – Comenzó Steven. – Beatrice y yo estuvimos durante meses escondidos en el mundo muggle. Teníamos la esperanza de que allí nadie nos buscase pero ambos sabíamos que aquello era más una ilusión que una realidad. Con el tiempo empecé a salir en busca de lugares más seguros que aquel y finalmente di con un antiguo amigo de Hogwarts. Trabajaba en el castillo cuando lo atacaron, era profesor de Herbología. – Seguramente Johan, quien también había trabajado allí, se había cruzado en más de una ocasión con aquel hombre. – Odiseo nos habló de un lugar seguro que habían creado un grupo de magos. No me habló mucho del tema pero… Está lleno de gente. Nacidos de muggles, mestizos, sangre limpia… Hay traidores, pero también otras personas que nos ayudan desde las sombras. Dan clases para los alumnos que lograron escapar del castillo y nos preparan a todos para poder sobrevivir. Creo que traman algún tipo de revolución pero todavía no nos han dicho nada. Son como… Una organización secreta, como los espías de las películas. – Steven no sabía prácticamente nada de la Orden del Fénix. No había que ser muy listo para saber que ahí abajo tramaban algo pero él no sabía exactamente de qué se trataba. - ¿Y tú? ¿Cómo has estado estos meses? – Tenía curiosidad, más que nada, por saber cómo alguien como Johan aún no había sido detenido.
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Johan A. Edelman el Vie Sep 15, 2017 5:33 am



No sé si no deberíamos andar con pistolas y con granadas además de nuestras varitas. Ya no sé nada —confesó Johan. La revolución era complicada por donde se la mirase, pero era necesaria.

Tal vez por eso no le sorprendió oír que había más espacios como este. De alguna manera había sobrevivido Steven; intuyó que fue gracias a la ayuda de los grupos reprimidos o en desacuerdo con dicha represión (y exterminación, vamos, las cosas por su nombre) desde antes de que él lo contara.

Odiseo Masbecth. Lo recuerdo vagamente —dijo cuando mencionó al tipo que lo había salvado. Le interesó mucho la información acerca de otro posible foco revolucionario, y al final, añadió—: Ese es nuestro problema: que estamos todos separados. Si nos uniéramos en la supervivencia, quizá seríamos más notorios para los malos, pero también más fuertes y quizá podríamos enfrentarlos de una vez.

» Yo he estado… temiendo más por mi familia, más que nada por mi hermano y mi padre, que por mí o por mi madre. Ella es una bruja bastante respetada y creo que, en parte, es la razón por la que no me tocan. Pero también es el hecho de haber ocultado mi mesticidad. No me echaron de Hogwarts por mi sangre sino cuando los mortífagos tomaron el poder y las materias consideradas muggles fueron retiradas. De todos modos, había renunciado… Creo que fue lo más “revolucionario” que hice hasta ahora
—suspiró, no del todo conforme—. Eso y estar aquí.

» ¿Hay alguna posibilidad de que podamos juntarnos con el grupo de Odiseo?
—preguntó de pronto—. Me gustaría establecer contacto con ellos para ver qué podemos hacer.

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