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De caza [Privado]

Invitado el Jue Jul 20, 2017 11:22 am

DE CAZA
Londres - Julio de 2017 - Cae la noche

La noche caía con toda su grandeza sobre Londres. El silencio, incómodo y tenso, ayudaba a la labor que Bellatrix Lestrange debía de cumplir. Sería de nuevo un momento aciago para la historia de los mortífagos. Otro golpe de poder y severidad sobre el ya decantado tablero de juego. Sus pasos eran lo único que rompían el reinado del silencio. La directora de Hogwarts sonreía bajo su plateada máscara.

-Yo me ofrezco, mi Señor -le había dicho con adulación tras saber que este necesitaba alguien para torturar y sacar información a un muggle padre de hijos magos, traidores a la sangre. Los mismos estaban en busca y captura por el Ministerio y aún no habían hecho aparición. La joven mortífaga había decidido aparecerse a unas cuantas calles de distancia para no llamar demasiado la atención. No tardó más de cinco minutos en realizar el trayecto que la separaba de su destino.

Sabía perfectamente la casa que era. Habían estado bastante tiempo vigilándola por si alguno de los traidores a la sangre hacía aparición. Cansados de esperar, habían decidido tomar cartas en el asunto y dar ellos el primer golpe de efecto. Cuando llegó a la puerta de la residencia del muggle alzó su varita, y con un tono de voz impropio por la suavidad que tenía, conjuró:

-Reducto.

La puerta se partió en varios pedazos, desprendiéndose de los gonzones que la unían a la pared. Bellatrix sonrió aún más. Como en los viejos tiempos.

-Mami ha llegado a casa -dijo para después entrar en la vivienda, ya desbocada.
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Steven D. Bennington el Jue Jul 20, 2017 7:01 pm

Norman Bennington rozaba ya los sesenta años, había ganado más de diez kilos en los últimos seis meses y había descuidado tanto su aspecto físico que apenas era la sombra de lo que tiempo atrás había llegado a ser. Su vida había perdido todo el sentido cuando sus dos únicos hijos, Beatrice y Steven, habían desaparecido. La única información que había recibido al respecto era lo peligroso que sería tanto para ellos como para él volver a verse. Desde aquel momento, había entrado en un bucle paranoico sin precedentes en su vida.

Había comenzado a hacerse improvisados sombreros de papel de plata y llevaba auriculares en todo momento. Tenía la extraña teoría de que así nadie podría entrar en su mente y controlarlo para ponerle en contra de sus dos hijos. Lo único que había logrado con ese comportamiento era aislarse más del mundo. Su casa parecía un vertedero con restos de comida de hacía más  de seis semanas en la encimera de la cocina, platos sin fregar, lavadoras sin poner e incluso había dejado de salir de su casa alegando que se sentía observado.

Muchos podrían atribuir su comportamiento a la creencia en la existencia de la vida más allá de la tierra. Pero su miedo hacia los magos, de los que desconocía muchos aspectos, había sido el culpable de aquel comportamiento enfermizo que bien podía costarle la salud física y mental.

- Se espera una bajada de las temperaturas este fin de semana con las temperaturas  más altas en el sur  del país. Puede que caiga algún chubasco en la zona norte y se espera una gran tormenta en la frontera con Escocia. – Subió el volumen de la televisión, la única compañía con la que contaba desde hacía ya varios meses.

- ¡Y a mí que me importan los escoceses! – Gritó malhumorado Norman. Jamás había sido un hombre como el que ahora era. Jamás había alzado la voz, ni siquiera en sus frecuentes discusiones con su ex mujer antes del divorcio. Pero ya no había hueco en el mudo para alguien como el antiguo Norman. La soledad y la paranoia había hecho mella en el hombre, quien ni siquiera contestaba al teléfono por miedo a que las voces controlasen todas y cada una de sus acciones. - ¡Putos escoceses! – El mando del televisor salió despedido hacia la pared, golpeándola y abriéndose en dos. Las pilas cayeron al suelo, desparramadas por la habitación.

Norman se limitó a mirar el mando roto en el suelo y volvió la vista al televisor esperando que saliesen los ganadores de la lotería de aquel día. Con un poco de suerte ganaría el dinero suficiente para poder comprarse una casa hecha de papel de aluminio y así nadie podría controlar su mente.

Mientras pensaba en qué hacer con el dinero que, por supuesto, no ganó aquella noche en la lotería, la puerta de su casa  voló en mil pedazos. Dos mitades bien definidas salieron disparadas contra la pared más cercana. El resto de madera destrozada cayó al suelo.

Alertado, se volteó en dirección a la puerta al tiempo que corría a esconderse en una de las habitaciones. Cerró la puerta con llave aún a sabiendas que aquello no serviría de nada y cogió el teléfono situado sobre la mesita de noche. El sonido de los números le tranquilizó mientras marcaba mirando a la puerta, la cual en cualquier momento acabaría destrozada como la otra y su muerte llegaría rápido. Sólo esperaba que morir no doliese demasiado.

- ¿Policia? Ha entrado alguien en mi casa. Ha destrozado la puerta y… - La voz al otro lado del teléfono le pedía calma. - ¿Cómo quiere que me calme? ¡Voy a morir, joder! – Su voz era un susurro a pesar del miedo que tenía. Tenía la vana esperanza de que solo fuese un ladrón. Un ladrón que iba a por sus pertenencias y se marcharía tan rápido como había llegado. – En el 79de Darthmouth Park Hill, por Dios, dense prisa.
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Invitado el Mar Jul 25, 2017 9:39 am

Una vez que estuvo dentro de la casa, Bellatrix no dudó en reventar y destrozar cualquier cosa que se le pusiera por delante con demenciales movimientos de varita. El ruido de la cristalería partiéndose, las puertas arrancándose y las paredes siendo taladradas se mezclaban con el intenso chillido que producía la risa de Bellatrix. Fue paso a paso, puerta por puerta, buscando al padre de aquellos traidores a la sangre. Aquella misión eran de las que gustaban a la joven directora de Hogwarts, ya que las mismas no se basaban en acabar con alguien, si no de torturarle, hacerle sufrir hasta que por sus demacrados labios surgieran las palabras que el Señor Tenebroso estaba buscando. Incluso su varita en forma de garra temblaba ante la emoción del momento.

-¡¡No te escondas de mami!! ¡¡Se que estás por aquiiiiiii!! -dijo con voz chirriante y melosa al mismo tiempo.

Cuando llegó a una puerta que ofreció un mínimo de reistencia sonrió ampliamente. No era normal que una puerta estuviese cerrada desde dentro si no había nadie. Su sonrisa se tornó en un gesto sádico y horroroso mientras alzaba su varita.

-¡¡Reducto!! -conjuró con un terrible grito.

La puerta que separaba a aquel viejo muggle de su torturadora quedó completamente destruida. El hechizo ocasionó una enorme explosión haciendo que los pedazos de madera saltaran de aquí para allá, clavándose en el papel que cubría las paredes.

Cuando entró en la habitación, solo se esuchaban los pasos de la antigua slytherin y una respiración entrecortada. Estaba allí, indefenso, solo, abandonado, sin ningún tipo de protección que se preciase. Una vida que no tenía ningún valor, que no valía nada.

-He venido a darte clases de magia, mi querido muggle -dijo en tono irónico regocijándose con el miedo de su interlocutor a la par que juguetaba con la varita entre sus dedos. -Para que todo sea más rápido y más ameno, voy a comenzar con la demostración de lo que puedo hacerte si no cooperas conmigo. Crucio.
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Steven D. Bennington el Mar Jul 25, 2017 9:31 pm

La magia siempre había sido un mundo desconocido para él. Incluso cuando sus dos hijos habían ido a aquella escuela en Escocia para magos y brujas, Norman no había comprendido a la totalidad lo que aquello había significado. Durante años les había visto leer libros de pociones y de hechizos, pergaminos interminables sobre la historia de la magia y había visto algún que otro hechizo en primera persona. Aquello había sido fascinante. Se enorgullecía de sus hijos más de lo que podía demostrar pero no por ello la magia era una amiga cercana. Más bien una conocida de la que poco sabía y que con los años se había ganado un hueco en su vida por necesidad. Era cierto que le resultaba algo fascinante, pero no por ello dejaba de temerla. Un simple movimiento de varita y su vida podría llegar a su fin.

Como pensaba que sucedería aquella fatídica noche en la que se había visto obligado a esconderse en su propio dormitorio cuando la puerta de la entrada estalló en mil pedazos ante sus ojos.

Podía escuchar los cristales romperse al otro lado de la puerta aún cuando su cabeza parecía no estar sobre sus hombros. Le temblaban las manos y el teléfono cayó entre ellas al escuchar la voz femenina al otro lado de la puerta. Inspiraba temor a quién la oyese. Irradiaba locura.

La puerta de su dormitorio se convirtió en astillas ante sus ojos como escasos minutos antes lo había hecho la de la entrada principal. Su cuerpo se había dejado caer casi de manera inconsciente al suelo, donde se aferraba a una pared que no le iba a dejar salir de aquel habitáculo que él mismo habría bautizado como su panteón si su mente no estuviese demasiado preocupada en temer a aquella mujer y al palo de madera que firmemente sujetaba en su mano.

El hombre no dijo nada. Nada en absoluto.

En condiciones habituales, de no haber sufrido la pérdida de sus hijos durante meses, de no haber vivido aferrado al miedo y a la desesperación, de no haber perdido parte de la cordura… Las cosas habrían sido muy diferentes. Habría opuesto resistencia. Habría lanzado un par de improperios que hubiesen hecho que su madre se retorciese en su tumba por la buena educación que a su juicio había recibido y lo mal que lo demostraba. Habría luchado, lanzando todo lo que encontrase a su paso aun sabiendo que se enfrentaba a una muerte segura.

Pero no hizo nada. Nada en absoluto.

Su cuerpo se meció en el suelo al recibir el hechizo en el pecho. Un dolor punzante comenzó a recorrer cada centímetro de su piel. Cada una de sus articulaciones. Su cabeza quería explotar. Su corazón necesitaba salir de su pecho aunque fuese trepando por su garganta hasta escapar entre sus labios. Pero nada de eso sucedió. Sólo había dolor. Las lágrimas caían de sus ojos recorriendo sus mejillas, su rostro se había tornado a un tono rojizo y los kilos de más que había ganado en los últimos meses le hacían parecer un cerdito a punto de entrar al matadero. ¿Acaso la realidad era diferente a eso?
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